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Si nuestro
Cervantes acompañó a su padre, podría haber aprendido sus primeras
letras en un colegio de la Compañía de Jesús de esas localidades (tras
el fracaso de Valladolid, el padre de Cervantes fue a Córdoba y es
posible que el futuro escritor asistiese al colegio jesuítico de Santa
Catalina), e incluso haberse aficionado al teatro -una vocación que no
abandonaría jamás- bajo la tutela del padre Acebedo.
A finales de
1564, el padre de Cervantes se instala en Sevilla como regente de unas
casas de alquiler, sin que sepamos tampoco si su familia lo acompaña o
no. Pero nuevas deudas le obligan a abandonar la ciudad en unos dos
años. Es en este momento donde cabe conjeturar la asistencia de Miguel
al colegio de los jesuitas, donde habría tenido al ya citado padre
Acebedo como maestro y a Mateo Vázquez, luego secretario de Felipe II,
como condiscípulo. En 1565 Luisa Cervantes ingresa en el convento de
Alcalá. Desde 1566, Rodrigo Cervantes se halla establecido con su
familia en Madrid, iniciando por esos años el joven Cervantes su
carrera literaria gracias a Alonso Getino de Guzmán, organizador de
espectáculos de la capital con quien Rodrigo andaba metido en
negocios: su primera obra, en 1567, es un soneto dedicado a la reina
("Serenísima reina, en quien se halla"), con motivo del nacimiento de
la infanta Catalina Micalea, la segunda hija de Felipe II e Isabel de
Valois. En 1568, Cervantes estudia con Juan López de Hoyos, nombrado
rector del “Estudio de la Villa” el 12 de enero, quien le encarga
cuatro poemas destinados a la “Relación oficial de las exequias”
celebradas con motivo de la muerte de Isabel de Valois. En estos años,
el joven Cervantes debió estar en contacto y mantener amistad con
poetas como Pedro Laynez o Gálvez de Montalvo.
Más poemas,
camarero y soldado, que no es manco (bueno, sí es manco)
Esos
tempranos inicios poéticos se vieron truncados casi en sus comienzos,
pues a finales de 1569, encontramos al joven escritor instalado en
Roma como camarero del cardenal Giulio Acquaviva, al que serviría
durante un tiempo (año y pico) para iniciar pronto su carrera militar.
Allí tuvo Cervantes ocasión de familiarizarse con la literatura
italiana del momento, tan influyente en su propia obra.
¿Qué hace de
repente nuestro joven escritor en Roma? Una explicación de este brusco
cambio de escenario estaría en una provisión real (encontrada en el
siglo XIX en el Archivo de Simancas), fechada en septiembre de 1569,
en la que se ordenaba el apresamiento de un joven estudiante homónimo
de nuestro autor por haber herido en duelo al maestro de obras Antonio
de Sigura. Según el contenido del documento, el culpable fue condenado
en rebeldía a que le cortaran públicamente la mano y a ser desterrado
del Reino por 10 años. Fuese o no nuestro Miguel el autor de dicha
herida en duelo, quizá escuchó el consejo de alguno de sus parientes y
se decidió a pasar un tiempo en Roma.
Cervantes
abandonó el ambiente pontificio en 1570, para entrar en el servicio
militar, entonces absolutamente voluntario, en el que desde luego no
le sonreiría nunca la fortuna. Se alistó primero en Nápoles a las
órdenes de Álvaro de Sande, para sentar plaza después, con toda
seguridad, en la compañía de Diego de Urbina, del tercio de don Miguel
de Moncada, bajo cuyas órdenes se embarcaría en la galera “Marquesa”,
junto con su hermano Rodrigo, para combatir, el 7 de octubre de 1571,
en la batalla naval de Lepanto. Aunque en aquellos días sufría de
fiebres, luchó con valor (“más quería morir peleando por Dios e por su
rey”), pues recibió dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano
izquierda, que se la dejaría inutilizada para siempre. No es extraño
que fuera herido, ya que el puesto de combate que se le asignó, a popa
del navío, era particularmente peligroso. A cambio de la herida en la
mano, quedaría inmortalizado como “El manco de Lepanto” y conservaría
hasta su muerte el orgullo de haber participado en “la más alta
ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver
los venideros”, como él denominaba a la batalla de Lepanto.
Manco,
cautivo y empeñado en fugarse, casi como Papillón
Ya
recuperado de sus heridas en Mesina, en 1572 se incorporó a la
compañía de don Manuel Ponce de León, del tercio de don Lope de
Figueroa, dispuesto a seguir como soldado, pese a tener una mano
lisiada. Participó en diversas campañas militares en los años
siguientes (Ambarino y La Goleta, por ejemplo), pasando gran parte de
su tiempo en los aburridos cuarteles de invierno de Mesina, Sicilia,
Palermo y Nápoles. Cansado de tal modo de vida, unos tres años después
Cervantes decide regresar a España, no sin obtener antes cartas de
recomendación del propio don Juan de Austria y del duque de Sessa,
reconociéndole sus méritos militares, con intención de utilizarlas en
la Corte para obtener algún cargo oficial. Así, en 1575 embarca en
Nápoles, junto con su hermano Rodrigo, en una flotilla de cuatro
galeras que parten rumbo a Barcelona, con tan mala suerte que una
tempestad las dispersa y precisamente “El Sol”, en la que viajaban
Cervantes y su hermano, es apresada, ya frente a las costas catalanas
(no lejos de Cadaqués), por unos corsarios berberiscos al mando del
renegado albanés Arnaut Mamí. Los cautivos son conducidos a Argel y
Miguel de Cervantes cae en manos de Dalí Mamí, apodado “El Cojo”,
quien, a la vista de las cartas de recomendación del prisionero,
firmadas por el gran capitán mediterráneo Juan de Austria, fija su
rescate en 500 escudos de oro, cantidad prácticamente inalcanzable
para su familia.
Así se
inicia el periodo más terrible de la vida de Cervantes: cinco largos
años de cautiverio en las mazmorras o baños argelinos, que dejarían
una huella indeleble en la mente del escritor:
“La
libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres
dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que
encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la
honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el
cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres”
(Quijote, II, 58).
La idea de
libertad alimentaría numerosas páginas de sus obras, desde La
Galatea al Persiles , pasando por El capitán cautivo
del primer Quijote, y sin olvidar El trato de Argel ni
Los baños de Argel . Cervantes intentó escaparse en varias
ocasiones, sin éxito. En 1576 intenta fugarse por primera vez y huye
con otros dos cristianos rumbo a Orán, pero el moro que los guiaba los
abandona y no les queda más remedio que regresar a Argel. En 1577 se
produce el segundo intento: Cervantes se encierra con otros catorce
cautivos en una gruta del jardín del alcalde Hasán, donde estarán
cinco meses esperando a que su hermano Rodrigo, rescatado poco antes,
acuda a liberralos. Pero un renegado apodado “El Dorador” los
traiciona y son sorprendidos en la gruta: Cervantes, valerosamente, se
declara único responsable, lo que le supone ser cargado de grillos (no
precisamente de los que hacen cri-cri) y conducido a las mazmorras. En
1578, tercer intento. Nulo. Cervantes envía a un moro con unas cartas
dirigidas a don Martín de Córdoba, general de Orán, para que les envíe
algún espía que los saque de Argel. Pero el moro es detenido (y luego
empalado) y Hasán ordena que se den 1000 palos a Cervantes.
Evidentemente, el castigo no se cumplió. Cuarto intento: Cervantes
intenta armar una fragata en Argel par luego alcanzar España con unos
sesenta pasajeros. Pero una denuncia de Juan Blanco de Paz (que había
sido fraile dominico) estropea el proyecto y Cervantes, que una vez
más se hace responsable de todo, se entrega a Hasán, quien le perdona
la vida (bueno, por lo menos es seguro que este Hasán era un hombre
paciente) y lo encarcela en sus baños.
Después de
tantos intentos fallidos (más que Platón intentando establecer un
gobierno ideal en Siracusa), el 19 de septiembre de 1580, cuando
Cervantes está a punto de partir hacia Constantinopla con la flota de
Hasán, los trinitarios fray Juan Gil y fray Antón de la Bella, con las
monedas obtenidas de sus recorridos pedigüeños por la geografía
española, pagan el rescate y Cervantes queda en libertad. El 27 de
octubre llega a las costas españolas y desembarca en Denia (Valencia):
su cautiverio ha durado cinco años y un mes.
Libertad,
buscando trabajo y contrayendo matrimonio
Cervantes
pretendió largo tiempo algún puesto oficial, especialmente en América,
a donde quería viajar. En 1581 fue a Orán, en misión desconocida, y
luego a Lisboa, a dar cuentas al gobierno de Felipe II. Sigue empeñado
en un puesto en América, y así en 1582, dirige una solicitud a Antonio
de Eraso, que le es denegada. Nunca le fueron recompensados sus
méritos militares.
Dedicado de
lleno a las letras, en el mundo literario del Madrid de finales del
siglo XVI, mantiene relaciones amistosas con las más altas plumas de
la época: Laýnez, Figueroa, Padilla… y se dedica a redactar La
Galatea (donde figuran como personajes buena parte de estos
autores), que vería la luz en Alcalá de Henares, en 1585. Sigue
también muy de cerca la evolución del teatro, acelerada por el
nacimiento de los corrales de comedias, y se empapa de las obras de
Argensola, Cueva, Virués, etc., llevando a cabo una actividad
dramática muy fecunda no ajena al éxito:
"Compuse
en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se
recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa
arrojadiza; corrieron su carrera sin silbos, gritas ni barahúndas"
, dice en el Prólogo a Ocho comedias
.
De ellas se
conservan El trato de Argel (inspirado en los recuerdos del
cautiverio argelino), La Numancia y, si admitimos su
paternidad, la recién atribuida Conquista de Jerusalén .
También conocemos un contrato firmado en 1585 con Gaspar de Porres,
referente a dos piezas perdidas: El trato de Constantinopla y
La Confusa . Ante la imposibilidad de obtener algún cargo
público, Cervantes parece ya definitivamente enfocado hacia la
literatura, aunque su vida todavía dará muchas vueltas.
En 1584
Cervantes mantiene relaciones con Ana de Villafranca, o Ana Franca de
Rojas, de quien nacería la única descendencia de nuestro autor: Isabel
de Saavedra. Después, Cervantes viaja a Esquivias para entrevistarse
con Juana Gaitán, viuda de su amigo Pedro Laýnez, a intentar publicar
sus obras. Allí conoce a Catalina de Palacios, con cuya hija de
diecinueve años, Catalina de Salazar, contraerá matrimonio, teniendo
Cervantes treinta y siete años, el 12 de diciembre. De momento, se
instala con su esposa, pero poco después siguió con sus viajes y
movimientos por el ancho mundo, que le llevaron a tener esposa de modo
sólo nominal, pues hasta principios del siglo XVII no volverá a verse
con ella.
La vida en
Sevilla (y el resto del sur) no es una maravilla
En 1585
Cervantes firma un contrato con Gaspar de Porres, quien le entregará
cuarenta ducados por dos piezas perdidas: El trato de
Constantinopla y La confusa . Poco después, se publica
la primera parte de La Galatea , dividida en seis libros,
dirigida a Ascanio Colona e impresa en Alcalá de Henares por Juan
Gracián, a costa de Blas de Robles. Ese mismo año muere su padre.
Desde
principios de mayo de 1587 le vemos instalado en Sevilla, donde, al
fin, obtiene, por mediación de Diego de Valdivia (Alcalde la Real
Audiencia de Sevilla), el cargo de comisario real de abastos para la
Armada Invencible. Más tarde sería encargado de recaudar las tasas
atrasadas en Granada, habiéndole denegado una vez más el oficio en
Indias que había vuelto a solicitar en 1590 (contaduría del Nuevo
Reino de Granada, gobierno de Soconusco, contador de las galeras de
Cartagena o corregidor de La Paz). Tan miserables empleos lo
arrastrarían a soportar, hasta finales de siglo, un continuo
vagabundeo mercantilista por el sur (Écija, La Rambla, Castro del Río,
Cabra, Úbeda, Estepa, etc.), sin lograr más que disgustos,
excomuniones de cabildos eclesiásticos, denuncias y algún
encarcelamiento (Castro del Río, en 1592, y Sevilla, en 1597), al
parecer siempre injustos y nunca demasiado largos. Como contrapartida,
el viajero entrará en contacto directo con las gentes de a pie en
caminos y posadas y aun con los bajos fondos, adquiriendo una
experiencia humana magistralmente recreada en sus obras. A estos años
pertenece la “Novela del cautivo”, intercalada en el primer
Quijote (XXXIX-XLI).
En 1591 lo
encontramos por Jaén, Úbeda, Baeza, Estepa, Montilla… Su ayudante,
Nicolás Benito, es denunciado por abusos y Cervantes evade su
responsabilidad gracias a la mediación de Pedro de Isunza. Pero
Cervantes terminará en la cárcel de Castro del Río por venta ilegal de
trigo, hasta que de nuevo la mediación de Isunza le deje en libertad.
Como
dramaturgo, se compromete en 1592 con Rodrigo Osorio a entregarle seis
comedias, que no cobraría si no resultaban de las mejores, entre las
cuales se cuentan varias de las incluidas en el tomo de 1615; como
novelista, redacta varias novelas cortas y, mucho más importante,
esboza nada menos que la primera parte del Quijote y, quizá,
el comienzo del Persiles . Su labor como comisario de abastos
termina en 1593, coincidiendo con la muerte de su madre en octubre.
En 1594,
Agustín de Cetina encarga al excomisario la misión de recaudar los
atrasos de tasas del Reino de Granada. Cervantes acepta y vuelve a su
tarea de recaudador, depositando el dinero en casa del banquero Simón
Freire. Pero la mala suerte persigue al escritor-recaudador: la
quiebra del banquero le enviará de nuevo a la cárcel, esta vez en
Sevilla (allí podría haber esbozado el plan novelesco del Quijote
u haber iniciado su escritura).
A comienzos
del siglo XVII, Cervantes se despide de Sevilla por las mismas fechas
en las que su hermano Rodrigo muere en la batalla de las Dunas, y sólo
sabemos de él que anda dedicado de lleno a la escritura del
Quijote . En 1604 se instaló en Valladolid (en el suburbio del
Rastro de los Camareros, junto al hospital de la Resurrección), ciudad
declarada nuevamente capital de España por Felipe III, con su esposa y
numerosa parentela femenina: Andrea, Constanza, Magdalena, Isabel y la
criada María de Ceballos.
Y en esto
llega El Quijote
A principios
de 1605, de forma un tanto precipitada, ve la luz El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha , dirigido al duque de Béjar, en
la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta, a costa de Francisco de
Robles, con un éxito inmediato y varias ediciones piratas (en Lisboa,
Valencia y Zaragoza), por lo que Juan de la Cuesta inicia la segunda
edición al poco tiempo. Cervantes vendió su obra por 1.500 reales y la
tirada inicial fue de uno 1.600 ejemplares, que se vendían a 290,5
maravedíes. Este éxito se vería empañado por un nuevo encarcelamiento,
ordenado sediciosamente por el alcalde Villarroel, motivado por el
asesinato de Gaspar de Ezpeleta a las puertas de la casa de los
Cervantes, en cuyo proceso la familia fue acusada de llevar vida
licenciosa (el alcalde Villarroel se dejó llevar seguramente por la
mala fama que envolvía a "las Cervantas"). Y el éxito también fue
empañado porque Cervantes no ganó tanto dinero como debería a causa de
las ya comentadas ediciones piratas (el “top manta” también existía en
el siglo XVII). Y es que estas copias piratas eran muy frecuentes
porque, por entonces, los derechos de una obra se obtenían para una
zona determinada, por lo que se sacaba el libro en otros sitios sin
necesidad de pagar. Como Cervantes tenía el privilegio de impresión
para el Reino de Castilla, los reinos aledaños imprimían la obra más
barata y luego la vendían en Castilla. Nuestro artista salía
perdiendo.
La rápida
difusión del Quijote , por cierto, explica por qué en 1614 se
publicó una falsa “Segunda parte del ingenioso hidalgo Don Quijote de
la Mancha”, impresa en Tarragona bajo el nombre, apócrifo, de Alonso
Fernández de Avellaneda. No ha sido posible identificar quién fue en
verdad este autor, aunque probablemente debió ser un literato mediocre
con cierta cultura teológica que intentó simplemente conseguir un
beneficio que la gran difusión de la obra le proporcionaría. Pero
“candidatos” a la autoría de la falsa segunda parte del “Quijote” ha
habido muchos, desde Lope de vega y Quevedo (en fin...) o, como dice
Martín de Riquer, el aragonés Gerónimo de Passamonte, un personaje
real que no salía demasiado bien parado en la primera parte de la obra
(Cervantes lo habría incluido con el nombre ficticio de Ginés de
Passamonte).
Tras la
Corte (que vuelve a instalarse en Madrid), en 1606 viaja de nuevo y se
queda a vivir en Madrid (en el barrio de Atocha y después en la calle
Magdalena, cerca de la librería de Francisco Robles). Ese mismo año,
su hija se casa con Diego Sanz, de cuyo matrimonio nace, al año
siguiente, Isabel Sanz. Tras la muerte de Diego, Isabel se casa con
Luis de Molina en 1608. En abril de 1609, preocupado ya por su
salvación eterna, Miguel de Cervantes ingresa en la congregación de
los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar, sin que sepamos si
llegó a acatar las muy estrictas reglas que ésta imponía sus miembros:
ayuno y abstinencia los días prescritos, asistencia cotidiana a los
oficios, ejercicios espirituales y visita de hospitales. En octubre
muere su hermana Andrea, seis meses después su nieta Isabel Sanz y,
otros seis más tarde, Magdalena. En 1610, Cervantes intenta acompañar
a Pedro Fernández de Castro, conde de Lemos, a su virreinato en
Nápoles, pero Lupercio Leonardo de Argensola, encargado de reclutar la
comitiva, lo deja fuera, lo mismo que a Góngora.
En julio de
1613, Cervantes ingresa como novicio en la Orden Tercera de San
Francisco (como su mujer y sus hermanas), en la que hará los votos
definitivos tres años después. Tras ocho años de silencio editorial
desde la publicación de la novela que lo inmortalizaría, publica una
verdadera avalancha literaria: Novelas ejemplares (1613),
Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses
nuevos nunca representados (1615) y la Segunda parte del
ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615 también),
anunciada por el autor al final de la primera. La lista se cerraría,
póstumamente, con la aparición, gestionada por su mujer Catalina, de
Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), obra cortada
por el patrón de la novela griega, exhumada por los humanistas del
Renacimiento.
Hasta los
más grandes se mueren
Enfermo
gravemente de "hidropesía" (probablemente una diabetes, enfermedad sin
remisión en aquella época) en 1616 se vio morir: el 18 de abril recibe
los últimos sacramentos; el 19 redacta, "puesto ya el pie en el
estribo, con las ansias de la muerte", su último escrito: la
sobrecogedora dedicatoria del Persiles. La noche del 22 al
23 de abril, poco más de una semana después que Shakespeare, el autor
del “Quijote” fallece y es enterrado al día siguiente, con rostro
descubierto y el sayal franciscano, en el convento de las Trinitarias
Descalzas de la calle de Cantarranas (actual calle de Lope de Vega).
Los cofrades de la Venerable Orden Tercera de San Francisco tuvieron
que pagar al escritor un entierro para pobres. Sus restos mortales se
perdieron, dispersados a finales del siglo XVII durante la
reconstrucción del convento. Su obra inmortal, no. |