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Los escritos
políticos de Cornelius Castoriadis
Cornelius Castoriadis: ¿el último filósofo?
Andrés Lund. Texto inédito. Publicado con
permiso del autor
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El 26 de diciembre de 1997 murió el filósofo y psicoanalista Cornelius
Castoriadis. En nuestro país la muerte de Castoriadis -como su
existencia y su filosofía- pasó casi desapercibida. Pero, dirán algunos,
¿por qué habría que tomar en cuenta su muerte y, sobre todo, su
filosofía? Después de todo, ¿quién fue Cornelius Castoriadis? Pese a
radicar en París nunca sonó entre los fenomenólogos ni entre los
existencialistas, tampoco fue estructuralista o posestructuralista -ni
siquiera puede colocarse al lado de los posmodernos, aunque algunos lo
quisieran asimilar a esta corriente por su tentativa posmarxista. Aunque
ciertamente partió del marxismo, la filosofía de Castoriadis no puede
ser entendida como una variante más del “marxismo occidental” por su
radical ruptura con los supuestos esenciales que comparten todas las
corrientes marxistas. De hecho, la originalidad del pensamiento de
Castoriadis impide el fácil expediente de encajarlo dentro de algunas de
las tendencias principales de la filosofía de este siglo. Sin embargo,
continuarían los objetores, si ese supuesto “pensamiento original” del
tal Castoriadis es prácticamente desconocido en los circuitos
académicos, ¿no será, justamente, porque no fue tan original ni tan
importante? ¿Realmente habría que tomar en cuenta su muerte y su
filosofía? ¿Acaso tuvo la talla de un Husserl o un Heidegger, jugó un
papel como el de un Sartre o un Lukács? ¿Llevó a la crítica filosófica
hasta donde la colocaron un Wittgenstein, un Popper o un Adorno? ¿Fue
acaso tan importante como lo es Habermas en las ciencias sociales? ¿Es
tan actual como Vattimo o Lyotard? Si en verdad nos lamentamos por el
desconocimiento de la filosofía de Castoriadis en nuestro país, como es
el caso, entonces no podemos eludir este tipo de cuestionamientos –las
objeciones que podrían oponer filósofos acostumbrados a sacralizar
autores, a rumiar textos de la historia de la filosofía o a navegar en
las corrientes de las modas intelectuales. Tal vez sea necesario,
entonces, contrastar el proyecto filosófico de Castoriadis con otros
pensamientos de este siglo para destacar su importancia. Sin duda esta
diferenciación resultará desconcertante para un pensamiento que,
encerrado en la academia, se dedica a “interpretar” textos y autores,
sin tomar posición respecto a las interrogaciones que discute la
verdadera filosofía. El pensamiento de Castoriadis, en todo caso, es un
buen correctivo para tales prácticas estériles.
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Habría que empezar por reconocer que, efectivamente, Cornelius
Castoriadis fue un filósofo que nunca se perdió en la búsqueda de un
método (fenomenológico o neopositivista) que alcanzara la certeza
apodíctica (fenómeno o hecho atómico) capaz de superar la “crisis de las
ciencias” -como Husserl o los positivistas lógicos. Tampoco se extravió
en las “sendas perdidas” de la pregunta ontológica ni, por el peso de
esa pregunta, convirtió a la filosofía en un pensamiento débil -como
Heidegger o el posmoderno Vattimo. En vez de elaborar una filosofía a
espaldas de las revoluciones científicas de este siglo, buscando los
“fundamentos” de las ciencias fuera de ellas o sosteniendo una
cuestionable y estéril “diferencia ontológica”, Castoriadis se acercó a
las ciencias contemporáneas para replantear las cuestiones ontológicas,
epistemológicas, sociales y antropológicas centrales de nuestro tiempo.
Las cuestiones abiertas del ser, del saber y del hacer fueron pensadas
por él desde los aportes y problemas de la ciencia moderna, desde las
interrogaciones de lo histórico-social. En ese sentido, Castoriadis fue
uno de los pocos filósofos que se tomó la molestia de estudiar los
problemas actuales de las ciencias (física, matemáticas, biología,
antropología, economía) para hacer filosofía.
3
El punto de partida de la filosofía de Castoriadis fue un profundo
compromiso político que lo llevó a militar en la izquierda -rompiendo
muy joven con los comunistas griegos y el estalinismo, pasando
fugazmente por el trostquismo francés para organizar al grupo-revista
Socialismo o Barbarie. Pese a sus preocupaciones políticas y sociales,
el filósofo griego nunca cayó -como casi todo el marxismo militante,
trostquistas incluidos- en la trampa ideológica del “socialismo real” ni
tampoco -como casi todo el marxismo occidental, frankfurtianos
incluidos- en la trampa metafísica de la dialéctica, sea natural y
social (como la sostuvo Lukács y el marxismo oficial) o sólo social
(como la que defendió el viejo Sartre y el joven Lukács). Al llamado
“socialismo real” lo caracterizó como “capitalismo burocrático total y
totalitario” y a la dialéctica marxista la cuestionó por hegeliana,
racionalista y finalística. Profundizando en su análisis de las
“sociedades burocráticas” autodenominadas “socialistas”, Castoriadis no
se limitó a cuestionar al stalinismo o a la vulgata del Diamat sino que
sometió al marxismo a una implacable crítica integral, rechazando tanto
su infundada dialéctica como el determinismo y el reduccionismo
economicista que sustentan la supuesta “ciencia de la historia”,
contaminada también del imaginario mesiánico y del imaginario
capitalista productivista. Sin dejar de lado las cuestiones abiertas por
las ciencias modernas o los debates económicos y políticos de la
izquierda militante, Castoriadis reflexionó a fondo sobre la libertad
humana -que él replanteó como autonomía, individual y social- evadiendo
los determinismos (marxistas, freudianos o estructuralistas) que la
niegan o los dualismos insalvables en los que cayó Sartre cuando planteó
una libertad absoluta que llegó a negar las heteronomías del
inconsciente y de lo histórico-social. Sin ahogarse en los flujos de las
sucesivas mareas existencialistas, marxistas y estructuralistas,
Castoriadis se atrevió a rescatar el proyecto de la autonomía humana,
aceptando la profunda heteronomía del inconsciente -asimilando a Freud y
su propuesta liberalizadora, al punto de volverse psicoanalista- y de lo
histórico-social -asimilando a Marx, pero radicalizando a la tradición
libertaria. A diferencia de Sartre, Castoriadis pensó la libertad a
partir de la concepción psicológica más avanzada de este siglo, el
psicoanálisis -que concibe al ser humano como determinado por fuerzas
inconscientes. Como se sabe, Freud elaboró una concepción determinista
de la consciencia: según el padre del psicoanálisis lo Inconsciente
(sean los impulsos sexuales del Ello que son reprimidos o la compulsiva
represión del Superyo) determina a la consciencia (al Yo). Las
enajenaciones se deben a un conflicto entre lo Inconsciente y la
consciencia que todos los seres humanos padecemos (todos en mayor o
menor grado somos neuróticos que sufrimos una represión inte-rior); si
los conflictos son graves, la autonomía se pierde, pero aunque no lo
sean, la autonomía siempre está en entredicho pues ¿qué tanto actuamos
guiados por deseos o motivaciones inconscien-tes? Según Freud, todo el
tiempo. Sin embargo, tal determinismo es cuestionado ante la posibili-dad,
colocada por el propio Freud como razón de ser del psicoanálisis, de
invertir la relación entre lo Inconsciente y lo consciente: “Allí donde
estaba el Ello, debo devenir Yo”. Este pro-grama psicoanalítico puede
interpretarse de diversas formas, pero para Castoriadis el sentido sólo
puede ser uno: la autonomía individual debe ser el dominio de la
consciencia sobre lo Inconsciente. No obstante, el tránsito de la
heteronomía (Ello) a la autonomía de la consciencia (Yo) no puede ser
definitivo ni una mera toma de conciencia. Autonomía significa
legislarse por sí mismo, determinar mi ley; heteronomía se refiere a la
legislación que viene del Otro. El Inconsciente es el discurso del Otro,
la Ley del Otro. La heteronomía, a este nivel, es el dominio
inconsciente (la ley del Otro) sobre la consciencia. El discurso
autónomo debe tomar el lugar del discurso del Otro, la consciencia
autónoma debe prevalecer sobre la heterónoma. Pero, ¿esto es posible?
¿Acaso mi consciencia autónoma puede negar totalmente el discurso del
Otro, lo Inconsciente? ¿Es posible un discurso autónomo, transparente y
sin residuos inconscientes? -No, no es posible borrar todo lo
inconsciente. El “pozo sin fondo” inconsciente no puede ser cerrado ni
agotado. De hecho, el Inconsciente no sólo es la fuente de los delirios
enajenados sino también de las más altas creaciones humanas, en él no
hay sólo represión sino también deseos vitales; por eso, además de
inelimina-ble, lo Inconsciente es la base de la creatividad humana (de
lo imaginario instituyente). Si lo inconsciente, esa indeterminación en
el fondo de nuestras consciencias, es ineliminable, ¿cómo será posible
el pasaje de la heteronomía a la autonomía de la consciencia? No será,
indudablemente, un tránsito definitivo ni un estado acabado, pero bien
puede ser una actividad sostenida. No alcanzará una transparencia
completa ni advendrá un Yo con un discurso puramente autónomo;
seguramente producirá fantasmas inconscientes y retomará el discurso del
Otro; no obstante, la actividad sostenida autónoma puede establecer
otras relaciones entre lo Inconsciente y la consciencia, por ejemplo:
puede “mirar, objetivar, distanciar, destacar y finalmente transformar
el discurso del Otro en discurso del sujeto”; puede “develar sus
fantasmas” y no dejarse dominar por ellos, a menos de que lo desee, y
puede aunar lucidez y “función imaginaria”; puede, incluso, invertir la
máxima freudiana y decir: “Allí donde estaba el Yo, debo devenir Ello”,
ya que mis deseos y pulsiones también son yo. Puede, considerando lo
anterior, interrogarse y criticarse, reconocer y manejar sus
inconsciencias, no cercenar ni su imaginario ni su consciencia, asumir
sus deseos y pulsiones, y así, devenir un sujeto autónomo: “Un sujeto
autónomo es aquél que se sabe con fundamentos suficientes para afirmar:
esto es efectivamente verdad; y: esto es efectivamente mi deseo.” (La
institución imaginaria de la sociedad, vol. I. Tusquets, Barcelona 1983,
p.178) Una concepción del sujeto autónomo como la delineada no sólo
permite evadir ideas abstractas y subjetivistas de la libertad, también
posibilita pensar las “relaciones intersubjetivas” y definir una
“política de la libertad”. “El sujeto en cuestión no es, pues, el
momento abstracto de la subjetividad filosófica, es el sujeto efectivo
penetrado de parte a parte por el mundo y por los demás (Idem., p.181)
El Yo autónomo “es la instancia activa y lúcida que reorganiza
constantemente los contenidos”, de modo que puede elegir y hacer. Ya que
la autonomía conceptualizada no eliminó al Otro (su discurso) sino que
lo tomó en cuenta (reelaborándolo), ya que el sujeto autónomo de entrada
está “penetrado por el mundo y los demás” y nunca se pensó fuera de esas
relaciones, entonces el sujeto autónomo individual está tejido entre los
Otros, está colocado siempre enmedio de las relaciones intersubjetivas
(nunca podría decir que “el infierno son los Otros”, pues no hay nada
previo a ellos). ¿Cómo, enton-ces, puede definir sus relaciones con los
Otros preservando su autonomía? La praxis, como hacer autónomo que
apunta a los demás como seres autónomos, se vuelve problema
político-social porque “no se puede querer la autonomía sin quererla
para todos”, por lo que la realización de la autonomía se presenta como
una empresa colectiva. Las relaciones intersubjetivas, las relaciones
inmediatas entre los seres humanos (familiares, amistades, compañeros de
escuela), nos remiten a lo histórico-social, a las redes intersubjetivas
y sus productos, pero también a lo “colectivo anónimo”, a las
instituciones y estructuras, a lo instituido y a lo que institu-ye, a la
historia hecha y a la historia que se hace. En este plano nos topamos,
nuevamente, con la heteronomía, pero ahora social: con la enajenación
social. Si la heteronomía es lo que limita a la autonomía, la
heteronomía social va mucho más allá del “discurso del Otro” del
Inconsciente. El Otro ha desaparecido en la colectividad anónima, en
estructuras verticales impersonales, en instituciones heterónomas, en la
determinación de la economía o de la ley, del Estado o de la educación,
etc. El “discurso del Otro”, la heteronomía social, bien puede ser el
del padre autoritario, con todo y los golpes a su hijo; el de una
escuela que impone cursos, ideas, calificaciones; el de una publicidad
atosigante ordenándome comprar todo el tiempo; el de los Medios de
Comunicación de Masas que de manera subliminal me inculca valores,
metas, gustos, modos de ser; el de las resoluciones de jueces, con todo
y sus cárceles; el de las órdenes arbitrarias en el empleo, con todo y
sus sanciones; el “discurso” del alto precio de las mercancías y del
bajo salario de mi empleo, decidido en instancias para las que sólo soy
una cifra; el de las ametralladoras para someter a los que protestan,
etc. La heteronomía social se manifiesta como masa de condiciones de
privación y de opresión, como estructura soldificada global, material e
institucional, de economía, de poder y de ideología, como inducción,
mistificación, manipulación y violencia, pero también en el
condicionamiento del hacer de los individuos su-puestamente libres por
el campo social en el que viven. En el mundo occidental contemporáneo
-dice Castoriadis- el supuesto individuo “libre, soberano autárquico,
sustancial”, en la gran mayoría de los casos ya no es sino una marioneta
que realiza espasmódicamente los gestos que le impone el campo
histórico-social: hacer dinero, consumir y “gozar” (si lo logra...).
Supuestamente “libre” de darle a su vida el sentido que quiera, en la
aplastante mayoría de los casos no le da sino el “sentido” que impera,
es decir, el sinsentido del aumento indefinido del consumo. Su
“autonomía” vuelve a ser heteronomía, su “autenticidad” es el
conformismo generalizado que reina alrededor de nosotros. Ninguna
autonomía individual puede superar las consecuencias de este estado de
cosas o anular los efectos en nuestra vida de la estructura opresiva que
vivimos. Las instituciones, por tanto, resultan heterónomas, esto es,
enajenantes, si expresan y sancionan una estructura de clase y de poder,
o bien, si se autonomizan, cobrando una lógica y una inercias propias.
La autonomía individual sólo puede realizarse plenamente en una sociedad
autónoma o democrática, que permanentemente cuestione y pugne por la
eliminación de las injusticias y opresiones, que siempre ponga en
entredicho el poder concentrado en unas cuantas manos, las jerarquías
autoritarias, la ideología mistificante o la violen-cia. La autonomía
individual -cuestión ética fundamental- exige la autonomía social
-asunto y problema político. La autonomía nos lleva de la ética a la
política, ya que, según hemos visto, no se puede querer la autonomía sin
quererla para todos, y su realización no puede concebirse plenamente más
que como empresa colectiva. La libertad individual debe ser liberación
colectiva. Con el filósofo griego la libertad como autonomía se volvió
concreta y relativa, ligada a las heteronomías, pensada como una empresa
individual y social, ligando de manera inextricable lo ético y lo
político.
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Debatiendo con el marxismo y sus diversas variantes occidentales,
reexaminando la historia de la filosofía y los problemas de las ciencias
modernas, reflexionando a fondo sobre la psique humana, Castoriadis
llegó a una filosofía que puso en cuestión a todo el pensamiento
filosófico heredado (de raíz platónica o aristotélica), que él denominó
“conjuntista-identitario”, por lo que fue capaz de ir más allá de la
“relativización” de la ciencia del “racionalismo crítico” popperiano,
del anarquismo epistemológico de Feyerabend o de la “dialéctica
negativa” adorniana –filosofías que, finalmente, abandonaron “el alcance
ontológico de la ciencia”. En la reflexión ontológica de Castoriadis “el
‘ser’ no es un sistema, no es un sistema de sistemas y no es una ‘gran
cadena’. El ser es caos o abismo o lo sin fondo.” (Los dominios del
hombre. Gedisa, Barcelona 1988, p.64) El ser no es unidad parmenídea
(plenamente determinado) ni contradicción dialéctica (sea heracliteano-nicoliana
o hegeliano-marxista); el ser es determinación no plena de la que surgen
nuevas determinaciones, de modo que el ser es tiempo porque es creación
de nuevas determinaciones. Contra toda la tradición de la filosofía que
ha pensado al Ser como Cosmos (orden) o como determinación, Castoriadis
piensa al Ser como determinado/indeterminado, como cambio, como Caos –lo
que, además, revela los límites de todo racionalismo que pretende
asimilar el Ser al pensar, lo real a lo racional. En el Ser que es caos
existe el campo de lo histórico-social, que es el “dominio del hombre”
porque es su creación. La singularidad ontológica del anthropos es que
desde su imaginario radical es capaz de crear o instituir a la sociedad
como un todo (instituyendo normas, valores, herramientas,
procedimientos, diferencias sociales, individuos, etc.). Cuando la
“institución imaginaria de la sociedad” no se reconoce como tal se
vuelve heterónoma, encerrando o cercando al ser humano dentro de las
significaciones imaginarias que unifican a la sociedad y dan identidad a
sus integrantes. Sin embargo, cuando lo histórico-social se asume como
creación propia -como sucedió con los griegos y en el Occidente
moderno-, cuando se instituye a la sociedad como autónoma, se da la
posibilidad de cuestionar esas representaciones y de modificarlas
reflexiva y colectivamente. En ese sentido, la sociedad autónoma implica
una verdadera apertura ontológica. Nutriéndose de las reflexiones de
Maturana y Varela sobre la organización biológica, Castoriadis distingue
la autonomía biológica de la social por esta posibilidad de apertura.
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Aunque Castoriadis le da su justa dimensión (histórica, antropológica e
incluso ontológica) a esa “sociedad abierta” (autónoma) que los griegos
inventaron, en la que se anudan filosofía y democracia, nunca identifica
-como lo hace el liberalismo insuficientemente crítico de Popper- las
significaciones capitalistas (razón dominadora) con las de la autonomía
(actividad crítica, reflexiva y autodeterminada). Por otro lado, si bien
es cierto que Castoriadis recoge el impulso crítico de los
frankfurtianos a la “dialéctica de la Ilustración” -caracterizando al
capitalismo por la significación imaginaria de una “Razón productivista
y dominadora”-, avanza más allá de la “dialéctica negativa” de Adorno al
reconocer la vertiente libertaria de la Modernidad, de modo que escapa
del pesimismo de los primeros filósofos de la Escuela de Frankfurt. No
obstante, a diferencia del sucesor de Adorno en la dirección de la
escuela de Frankfurt, Jürgen Habermas, Castoriadis nunca intentó
reconstruir a la crítica como teoría que fuera síntesis del saber
sociológico (como “teoría de la acción comunicativa”) para fundamentar
así al proyecto emancipador en una kantiana e ingenua comunicación libre
de dominio. Castoriadis sabía que las “significaciones libertarias”
(libertad, igualdad, verdad, p.e.) no pueden “fundamentarse
racionalmente” porque son “creaciones” que ya se presuponen en todo
intento de “fundarlas” y porque quienes las combaten no les interesa en
lo más mínimo la “situación de comunicación ideal”.
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A diferencia de todos esos pensamientos, la filosofía de Castoriadis fue
la tentativa más importante de reflexionar creativamente sobre lo
histórico-social para replantear la vertiente crítica y libertaria de la
Modernidad como proyecto de autonomía individual y social. Por todo lo
anterior es posible afirmar que Cornelius Castoriadis fue el filósofo
más importante e innovador de este final de siglo. Fue, sin duda, uno de
los pocos pensadores cuya filosofía iluminará no pocas reflexiones,
prácticas y existencias en el próximo siglo. Y acaso fue el filósofo más
relevante de este fin de siglo por la sencilla razón de que siempre se
asumió como filósofo, porque nunca renegó de la filosofía. Nunca
pretendió hacer de la filosofía una “ciencia estricta” (fenomenológica)
o una “filosofía científica” (neopositivista) –de hecho, desde la
filosofía siempre cuestionó a lo que él llamó “tecnociencia” (esa
“ciencia sin con-ciencia” instrumentalizada por la Razón dominadora),
acercándose sin embargo a las interrogaciones ilimitadas (ontológicas,
epistemológicas, antropológicas) que la física o la biología, la
historia o el psicoanálisis han planteado en nuestra época. No renegó de
la filosofía por la ciencia o por un “pensar fundamental”, tampoco quiso
poner a la filosofía como fundamento de la ciencia: Castoriadis, como
todos los grandes filósofos, retomó los problemas de las ciencias
contemporáneas para replantear las interrogaciones centrales de la
filosofía. En su defensa de la filosofía criticó por igual a los
pensamientos que pretendían terminar con ella, ya sea por exceso de
potencia (porque creían tener todas las respuestas, como el racionalismo
marxista), o por su confesada impotencia y debilidad (como el
posmodernismo). Griego y filósofo, Cornelius Castoriadis reivindicó la
singularidad y excepcionalidad de la filosofía grecooccidental como una
reflexión crítica, capaz de poner en entredicho las representaciones del
Cosmos que intentan cubrir el Caos (ontológico, psíquico, social) en el
que vivimos, abriendo las interrogaciones ilimitadas, es decir, aquellas
cuestiones de fondo a las que el ser humano intentará dar “cuenta y
razón” sin proporcionar una respuesta definitiva. Si ya el hecho de
defender a la filosofía como “interrogación permanente” resulta
relevante, todavía lo es más alimentarla con los problemas que plantean
lo histórico-social, la psique o las ciencias modernas. Asumiendo tales
interrogaciones, Castoriadis logró elaborar una filosofía con una
perspectiva crítica y totalizadora (sin recaer en un sistema
totalitario) que incluye: 1) una ontología que escapando a todo
racionalismo plantea que “el Ser es caos”; 2) una epistemología que no
cierra las cuestiones del saber porque no acepta “explicaciones”
definitivas ni “comprensiones” o “interpretaciones” relativistas sino
“elucidaciones” abiertas a las razones; 3) una antropología conectada
con la psique y lo histórico-social, definida por la creatividad humana
(la institución imaginaria) –sin dejar de lado, 4) una ética-política de
la autonomía. En esa compleja concepción filosófica, la crítica a la
vertiente capitalista de la Modernidad nunca se abandona o disminuye,
por lo contrario: se vuelve más radical y profunda.
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Los primeros libros de Castoriadis son recopilaciones de artículos suyos
publicados en la revista Socialismo o Barbarie (de 1949 a 1967) que
reflexionan y discuten sobre las cuestiones fundamentales de la época:
en La sociedad burocrática realiza la crítica más lúcida a los
autodenominados regímenes socialistas, caracterizados como “capitalismo
burocrático totalitario”; en El capitalismo moderno y la revolución
determina las tendencias centrales del capitalismo occidental: la
concentración económica, la evolución tecnológica, el Estado
intervencionista, así como la consecuente capa burocrática que permea a
este tipo de sociedades; en La experiencia del movimiento obrero
cuestiona la cosificación que hace el marxismo a la clase obrera en la
esfera productiva –cosificación que desvaloriza las múltiples batallas
que no sólo han ampliado sus libertades sino que han permitido el propio
funcionamiento del sistema productivo; en estos textos detecta los
límites de un movimiento obrero enajenado por el stalinismo o las
socialdemocracias, abriéndose a la diversidad de luchas (de asalariados,
jóvenes, mujeres, intelectuales, minorías étnicas) que han impugnado y
transformado al capitalismo; en Los contenidos del socialismo replantea
el ideal socialista como proyecto de autonomía, social e individual. De
1964 a 1965 el filósofo griego hace una implacable crítica al marxismo,
desde la izquierda radical, en un largo ensayo publicado en los números
finales de la revista titulado “Marxismo y teoría revolucionaria”, que
abrió un nuevo horizonte al pensamiento libertario. Desde esa nueva
perspectiva se dedica a escribir La institución imaginaria de la
sociedad (1975), insertando en su primer tomo el ensayo mencionado.
Mientras desarrolla un pensamiento postmaxista que radicaliza la
vertiente libertaria de la Modernidad, Castoriadis expone su pensamiento
de manera fragmentaria (ensayos, entrevistas, artículos) en cinco tomos
que titula Las encrucijadas del laberinto (el primero se tituló así y
los otros, conservando el nombre como subtítulo, se llamaron: Los
dominios del hombre, El mundo fragmentado, El avance de la
insignificancia, Hecho y por hacer), trabajando al mismo tiempo varios
libros que al parecer quedaron inacabados: La creación humana, Tiempo y
creación y El elemento imaginario. En todos sus textos y hasta el final
de sus días, Castoriadis profundizó en la crítica a la modernidad
occidental, cuestionando “La época del conformismo generalizado” (en El
Mundo Fragmentado) y lo que él llamó (como tituló a su penúltimo libro)
El avance de la Insignificancia. Por cierto, su último libro es el
primero editado en México: Figuras de lo pensable.
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La crítica de Castoriadis al mundo moderno, no sólo cuestiona políticas
económicas que producen más desempleo, miseria y deterioro ecológico
mientras sacralizan un inexistente mercado libre y transforman a la
economía capitalista en un casino. Con una sólida formación económica,
Castoriadis nunca dejó de probar la inexistencia del “mercado libre” y
de cuestionar la idea de “Desarrollo”, de “racionalidad económica” o la
supuesta neutralidad y omnipotencia de la técnica (Cf. sus iluminadoras
“Reflexiones sobre el ‘desarrollo’ y la ‘racionalidad’”, en: Attali,
Morin, et.al. El mito del desarrollo. Kairós). Su crítica económica
reveló, además, el verdadero carácter subversivo de los movimientos
ecologistas. Al respecto decía:
“La ecología es subversiva pues cuestiona el imaginario capitalista que
domina el planeta. Rechaza el motivo central de ése, según el cual
nuestro destino es aumentar sin cesar la producción y el consumo.
Muestra el impacto catastrófico de la lógica capitalista sobre el
entorno natural y sobre la vida de los seres humanos. Esta lógica es
absurda en sí misma y conduce a una imposibilidad física a escala
planetaria, ya que desemboca en la destrucción de sus propias
presuposiciones. No solamente está la dilapidación irreversible del
medio y de los recursos no renovables. Está también la destrucción
antropomórfica de los seres humanos transformados en bestias productoras
y consumidoras, en zapeadores embrutecidos. Está la destrucción de sus
medios de vida.” (“La ecología contra los mercaderes”, Le Nouvel
Observateur, marzo de 1992)
La crítica económica que desarrolló Castoriadis siempre se acompañó con
una radical crítica política que nunca dejó de poner en entredicho las
fachadas políticas democráticas que ocultan el poder de las oligarquías
liberales o que fomentan la apropiación de los asuntos públicos por
políticos profesionales, profundamente incapaces pero apoyados por
partidos burocratizados. Sin embargo, la crítica más profunda que
desarrolló Castoriadis en sus últimos textos apunta a la crisis de
significaciones imaginarias de la propia sociedad moderna, incapaz de
proporcionar un sentido a la vida (individual y social), de sostener
valores o normas sin contradecirlos y erosionarlos, o de proporcionar
identidad y proyectos de futuro. En ese sentido, Castoriadis cuestiona
una sociedad dominada por el individualismo, la apatía y el cinismo, que
sólo parece valorar al dinero, la fugaz notoriedad y el poder; un mundo
moderno uniformado por el consumismo y los massmedia, en el que la
educación se ha vuelto obligación molesta o carga laboral, al mismo
tiempo que ha transformado a la cultura en un museo de obras muertas y a
crítica filosófica en mera “interpretación” o moda posmoderna –Castoriadis
puso en entredicho una sociedad que ha perdido su impulso crítico y
creativo, en el que el proyecto libertario de la autonomía se ha
eclipsado, abriéndose “la época del conformismo generalizado”.
Castoriadis critica un mundo de humanos privatizados, heterónomos y
enajenados, carentes de identidad o de proyectos, hundidos en las
trivialidades televisivas, ganados por la insignificancia. Un mundo, en
suma, que hace más necesaria que nunca la defensa y la práctica de la
filosofía como pensamiento reflexivo y crítico que elucide los caminos
de la autonomía.
Edición digital de la Fundación Andreu Nin, diciembre 2002
Los
escritos políticos de Cornelius Castoriadis -
Jordi Torrent Bestit -
Publicado en Trasversales nº 3, verano 2006.
Reseña del libro Cornelius Castoriadis: escritos políticos. Antología.
(Edición de Xavier Pedrol.Madrid, Los Libros de la Catarata, 2006)
En pocos pensadores contemporáneos es posible advertir un anudamiento
tan estrecho y consistente entre interrogación filosófica e
interrogación política como el que se da en la obra de C. Castoriadis
(1922-1997). Y ello hasta el extremo de poder conjeturarse que si el
discurso castoriadiano propiamente filosófico alcanza tan hondo y
singular calado -y se sitúa además en tan inclasificable posición con
respecto a los parámetros filosóficos convencionales (incluidos los
técnicos)- es a consecuencia de encontrarse todo él animado de una
explícita voluntad política. Acaso sea ésa también la razón por la cual
cabe aplicarle a Castoriadis, con mayor justeza que a otros, el apotegma
de Moritz Schlick: un pensador que tan sólo es filósofo no puede ser un
gran filósofo. A nuestro entender, es justamente la dimensión política,
inherente a su singular visión ontológica, la que hace de Castoriadis un
filósofo de magnitud tan considerable.
La selección de textos realizada por Xavier Pedrol para este breve y
substancioso volumen –sin precedentes en lengua hispana-, ofrece la
oportunidad de acceder a algunos de los escritos de impronta más
ceñidamente política del filosófo de la imaginación radical
correspondientes a una prolongada etapa de fértil creación teórica
(1960-1990). Apresurémonos a señalar que se trata de una oportunidad
harto agradecible si se considera la enorme cantidad de bisutería
quiliástica de que viene sobrecargado en el presente gran parte del
pensamiento político alternativo.
En el minucioso trabajo introductorio de los textos, el lector hallará
una descripción de la andadura personal, política y –objeto de
referencia derivada- filosófica de Castoriadis, así como un análisis de
su aportación específicamente política desplegado en cuatro apartados
temáticos de relativa extensión: el antropológico-filosófico; el de la
autonomía; el del poder; y, en fin –pero no en último lugar, desde
luego- el de la democracia. Es notable la capacidad de concisión con la
que logra X. Pedrol no sólo resumir las claves constitutivas de esas
cuatro vastas constelaciones característicamente castoriadianas, sino
hacer visible también una de sus fuentes nutricias: acción y reflexión
políticas son para el filosófo greco-francés manifestaciones del
complejo social-histórico, conceptuado éste como forma ontológica cuyo
cuestionamiento de sí misma a través de la actividad auto-reflexiva
puede generar su alteración explícita (1).
La trayectoria militante e intelectual de Castoriadis queda plasmada en
una obra (prosiguen editándose materiales inéditos) asistemática,
multidisciplinar y pluriforme, conducida por la aspiración prometeica
–el propio filósofo insistió en ello- de reexaminar críticamente la
totalidad de lo que él mismo denomina “pensamiento heredado”. Tan
singular empeño, materializado en una ingente cantidad de escritos,
coloca al antólogo ante serios dilemas de selección, tan sólo resolubles
mediante prudente autocontrol, en sí mismo impracticable si no se posee
un exhaustivo conocimiento de aquéllos. La mesura con la que X. Pedrol,
profesor de Filosofía del Derecho en la UB, ha dispuesto este amplio
recorrido textual procede sin duda del interés con el que desde hace
años profundiza en la obra de Castoriadis, y del cual dan buena cuenta
no sólo los artículos publicados en la revista Mientras tanto -de cuyo
consejo editorial es miembro-, sino también, menos circunstancialmente,
una tesis doctoral sobre el filósofo, así como una monografía crítica
sobre éste, de próxima aparición.
La antología responde a un proyecto bien concebido y cuidadosamente
realizado. La abren, según apuntamos ya, unas sucintas páginas
destinadas a definir el ámbito de reflexión donde deben situarse los
textos -de los cuales, por cierto, se indica en todos los casos fuente y
fecha originaria de publicación, sana práctica en creciente desuso-, e
incluye además precisas notas complementarias, así como una bibliografia
final establecida con buen criterio. La exigente escrupolosidad de X.
Pedrol incluso le ha llevado a retraducir la insatisfactoria versión
española ya existente en algún caso. El conjunto del trabajo desborda
los límites de guia pedagógica que a no dudar habrá de tener igualmente
el libro para cuantos lectores se aproximen por vez primera a la obra de
Castoriadis, descubriendo en él a una de las figuras mayores del
pensamiento de la emancipación.
Entre los propósitos de la antología está también -de modo nada
accesorio- el de subrayar la coherencia alcanzada por el esfuerzo
reflexivo castoriadiano, durante décadas centrado en tratar de liberar
el proyecto de autonomía de cualquier atadura teórico-especulativa
derivada de las distintas variantes de la ontología de la determinación,
labor imprescindible para despejar de “ideas que reinan de un modo
soberano en las penumbras de lo implícito, pero soportan difícilmente la
luz del día” (2) el horizonte político hacia el cual conviene dirigir
mirada y acción con urgente apremio. En este sentido, los textos de
madurez del filósofo recogidos en el libro van perfilando un recorrido
intelectual siempre a contracorriente y con frecuencia asistido de razón
anticipada.
Desde la segunda mitad de los años cincuenta del pasado siglo
Castoriadis venía dedicando su trabajo teórico a la crítica del
marxismo, del que señala su torpeza -de orden interno- para advertir y
confrontar las nuevas realidades sociales y económicas impuestas por la
modernidad capitalista. Y, sobre todo, subraya que el propio corpus de
ideas marxiano se halla impregnado en irreductible medida por el mismo
imaginario de dominación que mueve al capitalismo, lo cual hace
incompatible su orientación con la del proyecto revolucionario de
autonomía. Si falta le hiciera, el lector impaciente por calibrar de una
ojeada la manera cómo Castoriadis replantea los enormes problemas
sociales, políticos y económicos generados por el capitalismo
contemporáneo, no tiene más que dirigirse directamente a las dos últimas
páginas de la antología. De manera apretada, constatará en ellas el
lúcido esfuerzo que alienta en el contenido del libro.
La crítica radical del marxismo y de sus resultados históricos efectivos
desemboca en la crítica radical de la democracia representativa (el
fragmento seleccionado por X. Pedrol correspondiente a una conferencia
titulada “¿Qué democracia?” (1990) es al respecto modélico). El sistema
social y económico de dominación capitalista, recubierto por el
espejismo pseudo-democrático, se dispone a consolidar un nuevo tipo de
espécimen antropológico enteramente moldeado por el imaginario de la
ilimitación y desentendido por completo de cualquier actividad
relacionada con la participación activa en la configuración de un
espacio público no sometido a heteronomía alguna. Castoriadis formula la
crítica de tan estremecedora realidad desde la perspectiva de la
revalorización política de un proyecto de emancipación asentado
fundamentalmente en los procedimientos de democracia directa. Como es
bien sabido, fueron los antiguos griegos quienes hicieron germinar por
primera vez tales procedimientos, de importancia decisiva, según el
filósofo, para el proyecto de autonomía. Sobre este último extremo, X.
Pedrol ha incorporado a la antología un amplio fragmento de “La polis
griega y la creación de la democracia”, una de las intervenciones más
bien construidas -ya clásica en teoría política- de Castoriadis, y donde
aparece con suma nitidez el vínculo de unión entre la célebre “ruptura
griega” y la reflexión orientada hacia el horizonte político al cual nos
hemos referido con anterioridad.
Hay también en Castoriadis una coherencia –una fidelidad- de origen
probablemente más antiguo, que alguno de los textos seleccionados
permite asimismo reconocer. En el aludido fragmento sobre la polis
griega, por ejemplo, se cita la “Oración fúnebre” de Pericles a modo de
genuina muestra de sabiduría democrática alejada de las falsas
oposiciones establecidas por “la filosofía política moderna” (individuo
versus sociedad, sociedad versus Estado, etc.). El poeta R.M. Rilke –por
cuya obra expresó alta estima Castoriadis- señala que las cosas sólo
poseen algún sentido cuando se ha nacido con ellas. Sin necesidad de
evocar categorías de índole alegórica, tal vez quepa engarzar la pasión
por la libertad desde la que Castoriadis desarrolló su trabajo de
reflexión filosófico-política con el hecho de que la “Oración” estuviera
prohibida por la censura durante el régimen dictatorial de Metaxas.
Quién sabe si tal vez no fue ahí, en la tierra de sus ancestros, donde,
entre las “cosas” que tempranamente comenzaron a cobrar sentido para un
joven militante trotskista llamado Castoriadis, no se abrió paso también
la convicción de que, al hilo de las propias palabras del filósofo,
aquello que da sentido verdadero a la política, su objetivo mayor, no es
la felicidad, es la libertad.
NOTAS
(1). Un único punto en el trabajo preliminar de X. Pedrol suscita
nuestra reserva. Castoriadis juzgaba el pretendido “derrumbamiento de la
filosofía del sujeto” como una de las expresiones políticamente más
reaccionarias alumbradas por la galaxia foucaldo-althusseriana; de
hecho, consideraba toda la retórica en torno a la “muerte del sujeto”
como pieza esencial de lo que él mismo denomina irónicamente “ideología
francesa”. Es probable que la intención de X. Pedrol al señalar que
Castoriadis “trata de escapar de la filosofía del sujeto” apunte hacia
otro fin, pero ello no impide estimar desafortunada tan equívoca y
confusa afirmación.
(2). C. Castoriadis: La experiencia del movimiento obrero. Vol. 1: Cómo
luchar, Tusquets, Barcelona, 1979. p.10
Cornelius Castoriadis /
Anexo 01 / Anexo
02