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050409 - Rafael Vicente Correa Delgado
Ecuador:
Presidente de la República, en funciones.
Nacimiento: Guayaquil, provincia de Guayas , 06 de Abril de 1963.
Partido político: Alianza PAIS
Profesión: Economista.

Resumen


Ecuador eligió en noviembre de 2006 presidente de la República a un economista cuya carrera política, verdaderamente fulgurante, sólo arrancó en abril de 2005 con su nombramiento como ministro de Finanzas por el mandatario saliente, Alfredo Palacio, labor fugaz que preludió su aspiración presidencial al frente de la Alianza PAIS. Tachado de populista de izquierdas y visto a sí mismo como un "socialista cristiano", Correa triunfó con el perfil del candidato antisistema y con un programa centrado en un proceso constituyente para vencer a la "partidocracia", en la prioridad del gasto social sobre el pago de la deuda externa y en el aumento del control estatal sobre la industria petrolera. Un plantel de promesas que no pierde de vista un reto básico: conseguir agotar el mandato electoral de cuatro años que inicia el 15 de enero de 2007, lo que no ha logrado ningún presidente en el turbulento país andino desde 1996.

Biografía

1. Un economista sin partido pero de ideas críticas con el neoliberalismo
2. Efímero ejercicio de ministro como trampolín de una ambición presidencial
3. Perfil y programa de un candidato de izquierda
4. Victoria electoral a dos vueltas frente al multimillonario Noboa


1. Un economista sin partido pero de ideas críticas con el neoliberalismo


Hijo de un hogar de clase media baja y profundas convicciones católicas formado por los señores Rafael Correa Icaza (ya fallecido) y Norma Delgado Rendón, realizó los estudios primarios y secundarios en el Colegio San José La Salle de su Guayaquil natal. El joven pasó la infancia y la primera juventud en la parroquia o barrio de Pedro Carbo, donde se introdujo en el movimiento Boy Scout y colaboró con los padres lasallistas en actividades culturales y religiosas. Como catequista o como escultista, el muchacho realizó numerosas salidas fuera de la urbe portuaria, las cuales le permitieron conocer otros aspectos geográficos y humanos del Ecuador. Era un católico creyente y practicante, característica que mantuvo al hacerse adulto.

Sus buenas calificaciones escolares le hicieron merecedor de una beca con la que en 1982 pudo matricularse en la Facultad de Economía, Administración y Auditoría de la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil (UCSG). Mientras cursó la carrera trabajó de asistente de cátedra y fuera de las aulas como especialista industrial en el Centro de Desarrollo Industrial del Ecuador (CENDES), un organismo adscrito al Ministerio de Industrias. Asimismo, estuvo al frente de la Asociación de Estudiantes de la facultad, función que le condujo a presidir durante un año, en 1986, la Federación de Estudiantes de la UCSG y la Federación de Estudiantes Universitarios Particulares del Ecuador (FEUPE).

En julio de 1987 obtuvo la licenciatura con una tesis titulada Evaluación de los programas de apoyo al sector informal en Guayaquil, trabajo que recibió una mención especial del tribunal académico, y con el título de economista en la mano se dispuso a emprender una carrera profesional. Antes, sin embargo, destinó un año a realizar labores de voluntariado en la misión que los lasallistas tenían en Zumbahua, poblado del cantón Pujilí de la provincia de Cotopaxi, a 3.600 metros de altitud, donde ayudó a aplicar proyectos de desarrollo rural para las comunidades indígenas. Él mismo, recordando aquella experiencia como una de las mejores de su vida, ha explicado que en Zumbahua tanto arrimaba el hombro en los trabajos del campo como daba clases de matemáticas elementales y organizaba microempresas agrícolas.
 

































Correa junto a su esposa Anne Malherbe y su hijo Miguel

De vuelta a Guayaquil, su alma máter le contrató para que dirigiera las finanzas universitarias y de paso para que impartiera docencia como profesor asociado de Economía en su antigua facultad. Lejos de acomodarse en estos puestos académicos, administrativo el uno y lectivo el otro, con el fin de esmerar su formación para poder aspirar a realizar su sueño –que según él ya tenía entonces- de alcanzar un día la Presidencia de la República, en 1989 se apuntó a un concurso nacional de merecimientos para hacerse con sendas becas de posgrado ofertadas por el Gobierno de Bélgica y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID); ganó las dos, y como sólo podía disfrutar una se decantó por el destino europeo. Fue el inicio de un bienio de formación en la Universidad Católica de Lovaina-la-Nueva, un centro íntimamente ligado al humanismo renacentista, que concluyó en junio de 1991 con la obtención de su primer máster en Economía. En Bélgica conoció a su futura esposa, Anne Malherbe, con la que iba a tener tres hijos: Sofía, Anne Dominique y Rafael Miguel.

En 1992 Correa comenzó una trayectoria profesional
como docente de su especialidad, pero dejando abierta la puerta a la consecución de nuevos méritos formativos. De profesor asociado en la UCSG pasó, en 1993, a profesor titular del Departamento de Economía de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ), casa de estudios privada donde iba a ejercer con interrupciones en los próximos 12 años, como director departamental y como profesor de las asignaturas de Macroeconomía, Microeconomía, Economía Cuantitativa, Desarrollo Económico y Economía Empresarial.

Hasta 1993 fungió también de directivo en el Ministerio de Educación y Cultura (MEC) del Ecuador, con competencias administrativas en programas de mejora del sistema educativo nacional financiados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID). Correa no guarda una grata experiencia de su paso por el proyecto MEC-BID: unos meses después de iniciar esta labor en Quito, denunció un caso de corrupción interna y como represalia sus superiores le rescindieron el contrato. "Casi aniquilan mi vida", afirma en la página web montada con motivo de su candidatura presidencial en 2006. Sin embargo, sus vínculos con las aulas no se vieron afectados. En 1997 recaló en Illinois, Estados Unidos, para redondear su currículum académico en el Departamento de Economía del campus de Urbana-Champaign de la Universidad de ese estado, donde en mayo de 1999 obtuvo una segunda maestría y en octubre de 2001 se sacó el doctorado. De Estados Unidos se trajo también el bagaje del idioma inglés, cuyo conocimiento sumó al que ya tenía del francés.

A finales de 2001 Correa se reincorporó a la USFQ en calidad de director del Departamento de Economía. En los cuatro años siguientes consolidó su perfil dando clases como profesor visitante en tres centros de Quito, la unidad académica de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), la sede del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM) y la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB), y otros tantos de Guayaquil, la Universidad Estatal, la Universidad Católica de Santiago (UCSG) y la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL). Fue ahora también cuando adquirió experiencia como asesor sobre economía ecuatoriana, en especial la consultoría de prospectiva y riesgos, de diversos organismos y entidades, entre los que se citan el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el Japan Bank for International Cooperation (JBIC) y la Asociación Ecuatoriana de Agentes de Carga y Logística Internacional (ASEACI).

Asimismo, escribió un buen número de artículos de análisis de las actualidades económicas del Ecuador y el conjunto del subcontinente que fueron publicados por universidades y revistas especializadas. Que el economista era un fuerte detractor del modelo neoliberal lo traslucían ya los títulos de algunos de sus trabajos, como Más allá de la economía autista; economía y humanismo, El sofisma del libre comercio y Canje de deuda: todo en función de los acreedores. Sus amonestaciones fueron también directas a la gestión y las políticas de los últimos presidentes ecuatorianos, los democristianos Jamil Mahuad Witt y Gustavo Noboa Bejarano, y el ex coronel Lucio Gutiérrez Borbúa, las cuales fueron puestas en la picota en trabajos como Ecuador: de absurdas dolarizaciones a uniones monetarias y Lo mismo de lo peor: la política económica del Gobierno de Lucio Gutiérrez. Idéntico tono crítico, que podía considerarse de izquierdas, presidía un libro publicado en 2004, La vulnerabilidad de la economía ecuatoriana: hacia una mejor política económica para la generación de empleo, reducción de la pobreza y desigualdad.
 

2. Efímero ejercicio de ministro como trampolín de una ambición presidencial

Aunque albergaba inquietudes políticas y en sus años de estudiante ya había mostrado aptitudes para el liderazgo, Correa tuvo un encuentro bastante tardío con la profesión de político a través del corto, pero decisivo, puente de la alta función gubernamental. La oportunidad que iba a dar un vuelco fenomenal a su trayectoria se la brindó en abril de 2005, cuando continuaba dando clases en la USFQ, el recién inaugurado presidente de la República, Alfredo Palacio González, quien le reclutó para un puesto de su Gabinete de las mayores relevancia e importancia: la titularidad del Ministerio de Economía y Finanzas. La confianza de Palacio se la había ganado Correa tras prestarle asesoría económica a lo largo de su ejercicio como vicepresidente de la República con Lucio Gutiérrez, desde enero de 2003.

Palacio, otro servidor público sin vínculos partidistas –en su caso, cardiólogo de profesión-, tomó posesión el 20 de abril como presidente constitucional con el aval del Congreso para sustituir a Gutiérrez, luego de ser éste declarado cesante en el cargo en medio de una caótica revuelta social cuya espoleta fue una arbitraria renovación de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia. Palacio era el séptimo presidente ecuatoriano y el tercer vicepresidente desde 1997 llamado a asumir la jefatura del Estado por la caída, forzada desde la calle, de otros tantos cabezas del Ejecutivo aupados al mismo a través de elecciones democráticas, pero rápidamente enfrentados a la ira popular por su gestión corrupta y autoritaria, sus medidas de ajuste liberal de una economía en crisis, y sus extralimitaciones en el ejercicio del poder institucional.

Una serie de pecados imperdonables para una población empobrecida y crecientemente hastiada por el incumplimiento sistemático de demasiadas promesas populistas de contenido social, y que se asociaban respectivamente a Abdalá Bucaram Ortiz (destituido por el Congreso por "incapacidad mental" en febrero de 1997), a Jamil Mahuad (puesto en fuga por una asonada de indígenas y militares en enero de 2000), y, ahora mismo, como resultado de la llamada rebelión de los forajidos, a Lucio Gutiérrez, el último mandatario caído en desgracia. La mudanza presidencial entre Gutiérrez y Palacio apaciguó los ánimos de una población encolerizada con sus gobernantes y con los políticos en general, pero no atajó el profundo malestar de fondo, que podía dar lugar a nuevos estallidos en cualquier momento.

El 21 de abril de 2005, con los rescoldos de la furibunda algarada de Quito aún calientes, Correa se integró en un Gobierno formado íntegramente por personalidades apartidistas, tecnócratas y funcionarios, y cuyas tareas perentorias habían de ser, por una parte, la revisión de la normativa sobre la explotación petrolera por concesionarias privadas y de las negociaciones de los tratados de liberalización comercial, y, por otra parte, el pago de la "deuda social" mediante una redistribución presupuestaria en beneficio de las áreas de salud, educación y protección social. Se trataba de un cambio de rumbo que sin embargo no ponía en cuestión ni la dolarización de la economía, vigente desde la presidencia de Mahuad (y cuya entrada en vigor activó la insurrección que tumbó a aquella administración), ni los compromisos asumidos ante los acreedores de la voluminosa deuda externa. En política exterior, Palacio quería mantener el convenio con Estados Unidos, vigente hasta 2009, que hacía de la Base Aérea de Manta, en la provincia de Manabí, una instalación militar de uso conjunto, pero sin que ello tuviera que entrañar la participación del Ecuador en el controvertido Plan Colombia, destinado al combate del narco-terrorismo imperante en el país vecino.

El primer cometido gubernamental de Correa, si se exceptúa el trabajo realizado en el MEC entre 1992 y 1993, estuvo caracterizado por la determinación de imprimir un viraje a la izquierda en el rumbo económico del Ecuador y por la brevedad (duró menos de cuatro meses), como resultado de ver frustrado aquel deseo. Nada más jurar su cargo, el economista confirmó que el dólar estadounidense iba a seguir siendo la divisa nacional del Ecuador, aunque consideró "el mayor error" en la política financiera del país la adopción de dicha medida en enero de 2000. Si bien admitió que "a largo plazo" el esquema monetario podría revertirse, recalcó que del mismo era "muy difícil salir", y que el Gobierno no tenía vocación de "suicida". Una profesión de pragmatismo continuista que, empero, fue simultánea al anuncio de la eliminación del Fondo de Estabilización, Inversión Social y Productiva, y Reducción del Endeudamiento Público (FEIREP), el cual colectaba el excedente de los ingresos de Petroecuador, la compañía estatal de hidrocarburos, y destinaba el grueso del mismo al pago de las deudas públicas interna y externa. Con los recursos del FEIREP, el Gobierno, aseguraba Correa, podía cubrir necesidades fiscales y programas sociales.

Para el ministro, la política petrolera de los gobiernos precedentes había sido "desastrosa" y había "rayado en la traición a la patria". En cuanto al FEIREP, le parecía un mecanismo que favorecía los intereses de los compradores de bonos de deuda pública al fijar por ley un porcentaje de la renta petrolera para el pago de aquella. En junio, el Congreso aprobó la supresión del FEIREP y su reemplazo por la Cuenta Especial de Reactivación Productiva y Social, Desarrollo Científico-Tecnológico y de la Estabilización Fiscal (CEREPS), que establecía una nueva distribución de la financiación, con una reducción de la partida destinada a la recompra de deuda pública desde el 70% al 35%. La activación de la CEREPS, más los avisos de Correa de que el Ecuador, en caso de iliquidez fiscal –perspectiva no en ciernes gracias a los elevados precios del petróleo- dejaría de privilegiar el pago de la deuda sobre sus "obligaciones internas", y sometería a referéndum el Tratado de Libre Comercio (TLC) en vías de negociación con Estados Unidos, despertaron recelos en los organismos multilaterales de crédito y en instancias de poder económico de Estados Unidos.

De un día para otro, Correa garantizaba el cumplimiento por el Estado de todos sus compromisos de deuda y se afanaba en clausurar algunas reglas liberales del juego con la negativa a aceptar "ninguna insinuación" del FMI sobre la política económica del Gobierno y a aparcar un "plan económico soberano" que iba a impedir la conversión del Ecuador en una "colonia" del mismo Fondo. Correa adquiría popularidad y fama de lenguaraz a marchas forzadas, y a comienzos de junio elevó muchas cejas al presentarse en Zumbahua, provisto de poncho y sombrero, para anunciar disimuladamente su propósito de convertirse en postulante a la Presidencia en 2006.

Esta acción incrementó las críticas de quienes le acusaban de coquetear con el populismo, de montarse en la creciente ola de rechazo popular al TLC y de pretender convertirse en el nuevo candidato outsider, el valedor de las clases marginadas y el fustigador de las élites dirigentes. En otras palabras, el ministro ambicionaría desempeñar el rol ya jugado en el pasado reciente por los ex presidentes Bucaram y Gutiérrez, por más que tuviera un recorrido vital harto disímil y no simpatizara precisamente con ellos. La emergencia de aspirantes presidenciales rompiendo los tradicionales esquemas de los partidos encontraba terreno abonado en un sistema político seriamente desprestigiado y debilitado. Cabía decir incluso que las elecciones presidenciales de 2006 eran una competición completamente abierta por la ausencia de favoritos y la naturaleza apartidista e interina del oficialismo de turno, donde cualquier político con los suficientes carisma, ambición y empuje, y con los imprescindibles fondos de campaña y plataforma de apoyos, podía irrumpir y dar la campanada.

No por casualidad, a partir de la sorpresiva visita a la comunidad indígena, Correa potenció su discurso de sabor decididamente izquierdista. Así, denunció la existencia de una "conspiración interna y externa", impulsada por acreedores y bancos, que perseguía desestabilizar al Gobierno y hacer fracasar su plan de atención a los sectores sociales, y propuso una "nueva arquitectura financiera donde se vuelva impostergable la creación de un tribunal internacional de deuda". La bofetada recibida a últimos de julio en Washington del Banco Mundial, que desestimó su petición de un préstamo de 100 millones de dólares, precipitó su dimisión el 4 de agosto. El economista declaró que su continuidad en el Gabinete era "insostenible" tras haber "perdido la confianza" de Palacio en relación con sus gestiones con el Gobierno de Venezuela para la compra de bonos de deuda ecuatoriana por valor de 300 millones de dólares y sobre una serie de acuerdos en materia energética.

Según Correa, Palacio había sucumbido a las presiones de un "círculo oscuro" de asesores que le advertían contra una "asociación" del Ecuador con el presidente venezolano, Hugo Chávez, y su ideología bolivariana. El secretario de Comunicación de la Presidencia explicó que Correa había incumplido su obligación de "mantener permanentemente informado" al presidente de los avances y resultados obtenidos en materia económica. Además, el Ministerio de Economía notificó a la prensa que Correa había enviado una carta al presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, demandando una explicación por la negativa del crédito.

Cese decidido por el entorno presidencial o poco menos que fabricado por su protagonista, para tener las manos libres de cara a las elecciones generales del año siguiente, el caso fue que la salida de Correa del Gobierno fue muy mal acogida por movimientos sociales como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), que interpretaron aquella como un frenazo del Ejecutivo a sus políticas de vocación social. Las amenazas de una "insurrección popular" no fueron del todo vanas, ya que en las semanas y meses siguientes Palacio hubo de afrontar una cadena de protestas, movimientos huelguísticos y acciones de sabotaje de la producción de Petroecuador en las provincias amazónicas de Orellana, Sucumbíos y Napo, cuyos habitantes acusaban al Gobierno de incumplir sus compromisos de inversión pública en las infraestructuras locales. Esta ola contestataria impulsada por trabajadores indígenas y apenas contenida por las sucesivas declaraciones del estado de excepción hizo bandera también del rechazo al TLC con Estados Unidos. Y por si no tuviera suficientes frentes abiertos, Palacio entabló un áspero forcejeo con el Congreso al rechazar éste su plan de llegar a la convocatoria de una Asamblea Constituyente a través de un referéndum nacional.
 

3. Perfil y programa de un candidato de izquierda

Mientras Ecuador se adentraba en el enésimo período de inestabilidad, Correa no perdió el tiempo en la preparación de su postulación presidencial. El 4 de diciembre de 2005 formalizó su precandidatura "independiente" en un acto celebrado en la UASB. Con el anuncio de que en 2007 iba a expedirse la "partida de defunción de la partidocracia tradicional", el economista arrancó una campaña proselitista trufada de declaraciones públicas, giras provinciales, discursos –en un aceptable quechua, según sus oyentes- a comunidades indígenas y viajes al extranjero, donde buscó el contacto con miembros de la extensa diáspora de emigrantes. Es lo que caracterizó sus desplazamientos a Estados Unidos, España e Italia.

Las visitas realizadas en el ámbito latinoamericano tuvieron, en cambio, un cariz más político, de indicación o confirmación de a dónde se dirigían sus simpatías continentales. En enero de 2006 asistió en La Paz a la toma de posesión presidencial del líder indígena socialista Evo Morales, cuyo triunfo electoral en Bolivia le parecía "la demostración del gran giro hacia lo social que está tomando América Latina respecto del caduco sistema neoliberal". Ese mismo mes no dejó de acudir a la sexta edición del Foro Social Mundial, en Caracas. En marzo siguiente, en calidad de invitado especial al igual que en su desplazamiento a La Paz, presenció en Santiago la asunción de la socialista Michelle Bachelet como presidenta de Chile. Y en agosto fue recibido por el argentino Néstor Kirchner en la sede del Gobierno en Buenos Aires, y cenó con Chávez en Caracas luego de impartir en la Universidad Bolivariana de Venezuela una conferencia titulada nueva política económica para Latinoamérica. Además, en febrero, participó en La Habana en el VIII Encuentro Internacional de Economistas, y el 13 de agosto envió una carta de felicitación a Fidel Castro con motivo de su octogésimo aniversario.

Correa reconoció ser un amigo y un gran admirador de Chávez, con quien compartía un nacionalismo de izquierda y neoconstitucional, el rechazo a cualquier integración mercantil con Estados Unidos, fuera mediante un tratado bilateral ("botaremos el TLC al tacho de basura de la historia, pues no es un tratado de libre comercio, es un bobo aperturismo y claudicación de la soberanía nacional") o a través del Acuerdo de Libre Comercio de Las Américas (ALCA), así como una valoración negativa del presidente George W. Bush. Cuando Chávez, en septiembre, arremetió contra el estadista norteamericano en la Asamblea General de la ONU identificándole con el Diablo, Correa opinó que "llamar diablo a Bush es ofender al Diablo, porque éste podrá ser malvado, pero es inteligente", y añadió que el mentado se trataba de un presidente "tremendamente torpe que ha hecho mucho daño a su país y al mundo". Sin embargo, insistió en que una cosa era la Administración Bush y otra Estados Unidos, "un país al que quiero mucho", tras haber vivido cuatro años y haberse sacado allí dos títulos académicos. A su entender, Ecuador y Estados Unidos debían tener unas relaciones de "mutuo respeto".

Correa no se oponía a la Ley de Promoción Comercial Andina y Erradicación de la Droga (ATPDEA), un instrumento estadounidense que concedía preferencias arancelarias a las importaciones de los países de la región comprometidos en la lucha antidroga, pero no estaba dispuesto a ligar su prórroga a la aceptación del TLC. También afirmó que un gobierno suyo estrecharía los lazos con Venezuela, Bolivia y Cuba, y por el contrario no renovaría con Estados Unidos el acuerdo sobre la base de Manta ("Si soy presidente en el 2009, primero me cortan la mano antes que renovar ese contrato"). En cuanto a la polémica sobre las operaciones en el país de la Occidental Petroleum Corporation (Oxy), Correa hizo suya la exigencia de la CONAIE de que Petroecuador rescindiera a esta compañía estadounidense el contrato para la extracción de crudo en la Amazonía ante el cúmulo de violaciones de la Ley de Hidrocarburos que se le imputaban. Cuando en mayo el Gobierno ecuatoriano declaró caducado el contrato con Oxy y su homólogo estadounidense, como represalia, suspendió las negociaciones sobre el TLC, algunos comentaristas señalaron que Correa y otros aspirantes presidenciales que habían hecho de este doble no un estandarte programático se habían quedado cojos de reivindicaciones.

A lo largo de la precampaña y la campaña, Correa negó insistentemente ser el "candidato del chavismo" en Ecuador y rechazó el calificativo de "bolivariano", unos epítetos que difícilmente podía esquivar habida cuenta de las tomas de postura arriba comentadas, que parecían prefigurar, si tomaba posesión del Palacio de Carondelet, un alineamiento geopolítico con el eje liderado por Caracas. Con más vehemencia aún desmintió que Chávez estuviera financiándole, algo que daban por seguro todos los observadores. Preguntado en entrevistas por el líder de la zona con el que se sentía más identificado, su respuesta fue que con el argentino Kirchner, "por su pragmatismo, porque llegó sin levantar expectativa alguna, y ha levantado a la Argentina de la destrucción menemista". Correa se veía a sí mismo como un "socialista con fuentes cristianas, no marxista", y como un "humanista cristiano de izquierda" que creía en una ideología "de amor y no de odio", y que soñaba "con un Ecuador sin miseria, con un Ecuador sin niños en la calle, donde todos y todas, sin opulencia, pero con dignidad y con elementales niveles de bienestar, puedan vivir feliz".

Aunque derrochaba desparpajo y una confianza en sí mismo que para sus detractores no era otra cosa que arrogancia, Correa necesitaba, obviamente, una organización política propia, un partido que endosara su candidatura y sostuviera su proyecto de "revolución ciudadana" y "cambio radical", capaz de contender con agrupaciones orgánicas como el Partido Renovador Institucional Acción Nacional (PRIAN) de Álvaro Noboa Pontón, el Partido Sociedad Patriótica 21 de enero (PSP) de los hermanos Lucio y Gilmar Gutiérrez, y el derechista Partido Social Cristiano (PSC), que seguía estando liderado por el ex presidente republicano (1984-1988) y ex alcalde guayaquileño (1992-2000) León Febres-Cordero. Las del PRIAN y el PSC, en particular, eran dos maquinarias proselitistas bien engrasadas por una abundante financiación de origen empresarial.

Con la implicación de representantes de una amplia variedad de colectivos y sectores de la sociedad civil, Correa puso en marcha la Alianza Ciudadana del Ecuador, que rápidamente pasó a denominarse Alianza PAIS, expresión que como acrónimo significaba Patria Altiva i Soberana. El movimiento político fue lanzado formalmente en Quito el 19 de febrero de 2006 con un "festival cívico" que sus organizadores definieron como el "semillero de la nueva patria". El 29 de julio, dos centenares largos de delegados provinciales de la Alianza PAIS reunidos en Asamblea Nacional oficializaron la candidatura de Correa, que fue proclamada el 5 de agosto en Palestina, Guayas, y registrada ante el Tribunal Supremo Electoral (TSE) dos días después.

Como compañero de binomio y candidato a la Vicepresidencia Correa escogió a Lenín Moreno Garcés, un antiguo funcionario de la administración del Estado que en la actualidad dirigía una fundación dedicada a la investigación y la promoción del humor como fuente de salud y bienestar emocional, tema sobre el que había publicado varios libros. Fuera de la Alianza PAIS salió a respaldar la candidatura de Correa el Partido Socialista-Frente Amplio (PS-FA), formación de izquierda moderada que procedía de la fusión una década atrás del Partido Socialista Ecuatoriano (PSE) y el Frente Amplio de Izquierda (FADI), y que desde octubre de 2005 estaba liderado por Guadalupe Larriva González.

El Plan de Gobierno 2007-2001 de la Alianza PAIS enumeraba cinco ejes programáticos o "revoluciones" con las que acometer la "transformación radical del Ecuador" y "construir el país que soñamos", "un país alegre, optimista, propositivo, donde no haya nadie sin futuro", "un país solidario y comprometido con las angustias de sus habitantes dentro y fuera de sus fronteras". En primer lugar estaba la revolución constitucional y democrática, que pasaba por la inmediata convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente vía referéndum para reformar el Estado en un sentido descentralizador y mejorar las instituciones del sistema democrático.

El enemigo a batir aquí era el "poder mafioso de la partidocracia". Puesto que el Congreso estaba "moribundo" y la Asamblea Constituyente ya se encargaría de "estructurarlo profundamente", la Alianza PAIS no iba a presentar candidatos a diputado. La decisión resultaba insólita, ya que Correa, de ganar, afrontaría un proceso constituyente con un Legislativo potencialmente hostil hasta el último escaño, salvo que negociara con los mismos partidos que ahora descalificaba. En segundo lugar, no podía faltar una revolución ética, que supondría un "combate frontal" y una "lucha a muerte" contra la corrupción y la evasión fiscal, y el establecimiento de mecanismos de transparencia en la administración pública.

En tercer lugar, Correa proponía una revolución económica y productiva, para acabar con un "esquema económico perverso que privilegia la especulación financiera, que beneficia en extremo a los acreedores del país". Para ese fin, se ejecutarían políticas públicas activas, de fomento de la inversión, la producción y el empleo ("500.000 puestos de trabajo generados"), así como la "modernización integral" del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), un generoso programa de subsidios para la adquisición de vivienda ("160.000 familias con escrituras"), una reforma agraria, una "política energética soberana" centrada en el fortalecimiento de Petroecuador, la extensión del control estatal a todas las etapas de la industria hidrocarburífera y la revisión de los contratos con las compañías adjudicatarias, y también una "política soberana de deuda externa", que por ejemplo no vacilaría en reestructurar el servicio de la deuda, o incluso declarar una moratoria en el pago de la misma, si el Gobierno necesitaba ese dinero para cubrir necesidades domésticas.

En otras palabras, la Alianza PAIS preconizaba "un cambio radical en el modelo económico porque el neoliberalismo ha fracasado; hay que pasar de una economía rentista, financiera y descontrolada, a una economía que apoye al sector productivo y a la generación de empleo, sobre todo a través de la economía popular". Por si a alguien le quedaban dudas, Correa enfatizó que un Gobierno aliancista respetaría la dolarización, que a fin de cuentas había traído estabilidad monetaria, aunque él se lamentaba de que el Estado hubiese perdido la herramienta de la depreciación para relanzar las exportaciones y corregir el déficit comercial, no quedándole más opción que subir los aranceles a las importaciones. Por último, el Plan de Gobierno contemplaba una revolución educativa y de la salud, y una revolución por la dignidad, la soberanía y la integración latinoamericana, que entre otros puntos preveía consultar en referéndum a la ciudadanía sobre el futuro de un TLC cuya firma ahora, en los términos negociados con Estados Unidos, significaría un "suicidio social" para el Ecuador.

Aunque para él, el ex presidente Lucio Gutiérrez no era sino un "traidor" y un "corrupto", no podían dejar de observarse similitudes en los discursos preelectorales del economista y del antiguo militar: como Correa, Gutiérrez ganó las elecciones de 2002 incidiendo en su patriotismo desinteresado, su condición de valedor de mestizos, indígenas y pobres, su intolerancia con toda forma de corrupción, los llamamientos a "refundar" el país y la promesa de virtualmente todo lo que los electores querían oír. Incluso en la indefinición ideológica se asemejaban, ya que uno y otro aseguraban estar por encima de los encasillamientos doctrinales, si bien es cierto que Correa fue menos ambiguo en este punto desde el momento en que aceptó la etiqueta izquierdista.
 

4. Victoria electoral a dos vueltas frente al multimillonario Noboa

Según los sondeos de intención de voto, Correa, que escogió el color verde manzana como distintivo de su candidatura, se pasó toda la precampaña y parte de la campaña a remolque de León Roldós Aguilera, candidato conjunto de la Red Ética y Democracia (RED) y la Izquierda Democrática (ID), de perfil socialdemócrata, y del prianista Noboa, magnate de la industria bananera y, más allá de las imprescindibles arengas sociales, sensible a los intereses de la derecha proempresarial, los acreedores de deuda y las multinacionales. Ambos eran unos políticos curtidos en estas lides, con otros dos intentos presidenciales, aunque infructuosos, cada uno (Roldós, además, era un antiguo vicepresidente de la República, llegado al puesto en 1981 de resultas de la muerte en accidente aéreo de su hermano, el presidente Jaime Roldós Aguilera). Pero para finales de septiembre, el aliancista ya les había adelantado, una remontada espectacular si se tenía presente que apenas un año atrás no tenía ni programa, ni partido ni plataforma de apoyos.

El ascenso de Correa tuvo mucho que ver con unas técnicas proselitistas que dentro y fuera de Ecuador fueron calificadas de demagógicas. Unos eslóganes que reflejaban voluntarismo y optimismo (pasión por la patria, porque otro país es posible), un repertorio de canciones pegadizas y, sobre todo, el efectista logotipo animado de un cinturón restallando a la voz de "¡dale correa!", en fácil aprovechamiento metafórico del apellido del candidato, conformaron una puesta en escena triunfalista donde el aspirante presidencial se deshacía en sonrisas, exudaba dinamismo juvenil y vislumbraba un futuro luminoso para el país.

Con Roldós desfondado por no poder competir en exuberancia mediática, la carrera electoral quedó reducida a un duelo entre Correa y Noboa. El líder del PRIAN, muy fuerte en su bastión de Guayas y en general bien acogido por el electorado costeño, situó a los ecuatorianos ante la disyuntiva de elegir entre el "populismo comunista de Correa" (exactamente lo mismo que había imputado a Gutiérrez en 2002) y la "libre empresa que yo represento". A Noboa no parecía preocuparle el posible efecto boomerang de su propio populismo desaforado, sus aspavientos religiosos ("yo soy el héroe de Dios") y su estilo mesiánico, al estilo de Bucaram, del que en el pasado había sido acólito. Para los medios internacionales, lo que acontecía en Ecuador era una pugna entre un "populismo de izquierdas" y un "populismo de derechas".

Correa devolvió las descalificaciones a su adversario, acusándole, por ejemplo, de "explotar a los niños en sus plantaciones de plátanos" y de ser un "oligarca que no paga impuestos". Pero además encontró tiempo para sembrar continuas polémicas: denunció a Mahuad ante el Ministerio Fiscal por "delitos de lesa humanidad"; advirtió a Febres-Cordero, en tanto que "cabeza de la partidocracia", que la Asamblea Nacional Constituyente iba a traer "el fin de la impunidad"; fustigó a Roldós por desligarse, tan sólo horas después de haberlo firmarlo con él el 10 de agosto, de un acuerdo que les comprometía, en caso de ganar las elecciones, a convocar el 16 de enero de 2007, es decir, al día siguiente de la toma de posesión, una consulta popular para la instalación de la Constituyente; y desairó al Gobierno colombiano al opinar que la guerrilla de las FARC no tenía naturaleza terrorista.

En la recta final de la campaña el ímpetu de Correa se desinfló en beneficio de su inmediato perseguidor, Noboa. Las últimas encuestas seguían poniendo al aliancista en cabeza con un máximo del 30% de los votos, un porcentaje más que insuficiente para ser proclamado ganador en la primera vuelta, donde se exigía el 50% más uno de los votos o bien superar el 40% y sacar una ventaja de 10 puntos al segundo más sufragado. De hecho, desde la restauración democrática de 1979, ningún candidato se había proclamado presidente en la primera vuelta. El 15 de octubre no se rompió esta tradición, pero saltó una sorpresa: Noboa quedó primero con el 26,8% y Correa segundo con el 22,8%. Descalificados para la segunda vuelta fueron Gilmar Gutiérrez (17,4%), León Roldós (14,8%) y la socialcristiana Cynthia Viteri Jiménez de Villamar (9,6%). En las elecciones al Congreso, clamorosamente ignoradas por la Alianza PAIS, los partidos más votados fueron el PRIAN (28 escaños), el PSP (23), el PSC (13) y la coalición RED-ID (13).

La reacción inmediata de Correa fue bramar contra el "verdadero atraco" de que había sido objeto, incluso, según él, con la complacencia de la misión de observadores de la Organización de Estados Americanos (OEA); sólo la "manipulación" de un buen número de votos en blanco que habían sido computados como votos válidos a favor de otras candidaturas le había impedido ser el ganador en una sola vuelta. Caída en saco roto la denuncia, Correa solicitó la "unión" tras su candidatura y así conseguir el 26 de noviembre "un triunfo contundente de la ciudadanía para evitar que el país siga en las manos de los mismos de siempre y se convierta en una gran hacienda bananera".

El llamado del aliancista encontró eco: su opción fue respaldada por la CONAIE, el partido indígena Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik-Nuevo País (MUPP-NP) y la ID. Los gestos populistas, los insultos y las advertencias arreciaron a medida que se acercaba la segunda vuelta: Noboa alertó del riesgo de una "guerra civil" y la conversión del Ecuador en "otra Cuba" si el "bacalao mentiroso" y el "diablo comunista" se imponía en las urnas, mientras que Correa acusó al hombre más adinerado del país de tener de su parte a las "mafias" del TSE y expresó su temor a una "repetición" del fraude cometido en la primera vuelta, cuando le "robaron ocho puntos".

El 26 de noviembre de 2006, la incertidumbre sobre quién iba a ser el próximo presidente del Ecuador a partir del 15 de enero de 2007 se zanjó a favor de Correa al recibir el economista un contundente 56,7% de los votos. En su primera conferencia de prensa tras la votación, el político izquierdista se proclamó presidente electo y aseguró que había ganado "el afán de cambio" en una "jornada histórica". También reafirmó que la Asamblea Constituyente era "inclaudicable" y manifestó su disposición, forzada por la tenencia de su lado de sólo un reducido número de diputados -que ni siquiera eran de su partido-, a dialogar con las agrupaciones políticas para alcanzar aquel objetivo "con las menores fricciones". El 4 de diciembre el TSE declaró presidente electo a Correa, que días después asistió en la ciudad boliviana de Cochabamba, por invitación del Gobierno de Evo Morales, a los actos de la II Cumbre de la Comunidad Sudamericana de Naciones. - CIDOB

(Cobertura informativa hasta 10/12/2006)


 

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