1. Un oficial del Ejército sedicioso y regeneracionista
2. Traslado del proyecto político bolivariano
al frente civil
3. Arribo espectacular al poder por vía
electoral en 1999
4. Instauración de la República Bolivariana y primera
reelección presidencial
5. Resuelto activismo exterior y excepcionales relaciones
con Cuba
6. Sucesión de contestaciones internas y auge de la
oposición
7. La crisis de abril de 2002: derrocamiento, contragolpe y
restauración del chavismo
1. Un oficial del Ejército sedicioso y regeneracionista
El segundo de los seis hijos de un matrimonio de maestros
rurales de ascendencia zambo-mestiza y con escasos recursos
económicos, los señores Hugo de los Reyes Chávez y Elena
Frías –quien era nieta del célebre bandolero revolucionario
Pedro Pérez Delgado, alias Maisanta-, cursó los
estudios primarios en el Grupo Escolar Julián Pino y los
secundarios en el Liceo Daniel Florencio O'Leary del estado
de Barinas.
Muchacho inquieto y espabilado, manifestó habilidades
deportivas, como jugador de béisbol y sofbol, y artísticas,
como autor de pequeños relatos, poemas y dramas teatrales.
En la escuela mostró vivo interés por la vida, la ideología
y los escritos del Libertador Simón Bolívar, punto de
partida de una devoción icónica convertida en la piedra
angular de una de las carreras militar y política más
arrolladoras en la historia de América Latina. También, bajo
la influencia de su muy católica madre, que se lo imaginaba
ordenado sacerdote, ejerció de monaguillo en su Sabaneta
natal. Sin embargo, el joven quería seguir formándose a la
vez que labrarse una profesión en la milicia.
En 1971, una vez obtenido el título de bachiller en
Ciencias, con 17 años, comenzó estudios superiores en la
Academia Militar de Venezuela. En las aulas castrenses,
tomando como referencias las experiencias
militar-revolucionarias de los generales Omar Torrijos en
Panamá y Juan Velasco Alvarado en Perú -a quién conoció
personalmente en 1974 cuando, viajando en compañía de un
grupo de cadetes de la Academia, asistió en la nación andina
a los actos del 150º aniversario de la batalla de Ayacucho-,
desarrolló una perspectiva crítica de la realidad
latinoamericana del momento y fue perfilando un pensamiento
de corte nacionalista y socialista. Era la génesis de una
ideología sui géneris que él denominó "bolivariana", la
cual, estableciendo como núcleo la filosofía y los ideales
del prócer de la independencia nacional, se enriquecía con
nociones tomadas del guevarismo, el castrismo cubano, el
velasquismo peruano y el allendismo chileno, amén de los
escritos del historiador marxista venezolano Federico Brito
Figueroa. Incluso la figura de Jesucristo inspiraba a este
profundo creyente, quien una vez instalado en el poder iba a
definir al Mesías cristiano como "el primer socialista" de
la historia.
En julio de 1975 Chávez terminó sus estudios con la
licenciatura en Ciencias y Artes Militares, especialidad de
Comunicaciones Terrestres, y con el grado de subteniente.
Fue el octavo de una promoción de 75 cadetes. Comenzaban
para él 17 años de servicio activo en el Ejército
venezolano, siendo su primer destino el mando de un pelotón
de comunicaciones asignado al Batallón de cazadores de
montaña Manuel Cedeño, una unidad con cuartel en Cumaná, en
el oriente caribeño, y que estaba movilizada en el combate a
las subversiones armadas que entonces hostigaban, con bien
escasa efectividad, al Gobierno democrático del presidente
Carlos Andrés Pérez Rodríguez, concretamente los frentes
marxista y maoísta de Bandera Roja y el también comunista
Partido de la Revolución Venezolana. Paradójicamente, quien
defendía al Estado con el uniforme de soldado podía
simpatizar con las motivaciones, menos con el sustrato
ideológico leninista, de estas insurgencias
ultraizquierdistas. El caso era que los comportamientos
corruptos y negligentes que observaba en la Fuerza Armada
Nacional le disgustaban profundamente.
En 1977, tras recibir capacitación en la Escuela de
Comunicación y Electrónica de la Fuerza Armada, obtuvo
nombramiento como oficial de comunicaciones en el Centro de
Operaciones Tácticas (COT) sito en San Mateo, estado de
Anzoátegui. Fue el año en que contrajo matrimonio con una
paisana de Sabaneta, Nancy Colmenares; la pareja iba a tener
tres hijos en los 15 años que duró su vínculo conyugal, Rosa
Virginia, María Gabriela y Hugo Rafael. En el COT, Chávez
recibió adiestramiento en tácticas de guerra
contrainsurgente y psicológica, lo que requería
familiarizarse con la literatura revolucionaria que
propagaban los grupos rebeldes. No por casualidad, fue ahora
cuando el teniente veinteañero acometió su primer intento de
organizar un movimiento doctrinal en el seno de la
institución armada, lo que entraba en contradicción con el
estatus apolítico de los militares. Lo llamó el Ejército de
Liberación del Pueblo de Venezuela (ELPV), grandilocuente
calificación de lo que no era más que una célula integrada
por un puñado de oficiales camaradas que compartían sus
preocupaciones por la situación de la Fuerza Armada y en el
general por el curso político del país.
Mientras en secreto celebraba reuniones de contenido
político que le exponían a ser sancionado y hasta expulsado
del Ejército, Chávez fue enriqueciendo una notable hoja de
servicios, digna de un soldado profesional altamente
cualificado. En 1978 sirvió como oficial tanquista en el
Batallón Blindado Bravos de Apure, acuartelado en Maracay,
cuya comandancia asumió posteriormente, poniendo bajo sus
órdenes a una treintena de carros de combate del modelo AMX-30
con sus respectivas dotaciones. En 1980 fue comisionado en
la Academia Militar de Venezuela, donde en los cuatro años
siguientes se desempeñó sucesivamente como jefe del
Departamento de Educación Física, jefe del Departamento de
Cultura y comandante fundador de la Compañía José Antonio
Páez. En todo este tiempo no dejó de jugar al béisbol y el
sofbol en campeonatos y ligas tanto militares como civiles,
ni de de escribir literatura en prosa y en verso, dando
lugar a títulos como Vuelvan caras, Mauricio y
El genio y el centauro, siendo esta última una obra
de dramaturgia que en 1987 ganó el tercer premio de un
certamen convocado por el Teatro Histórico Nacional. Tenía
maña incluso para las artes plásticas, siendo un ejemplo de
la misma la escultura Sombra de Guerra en el Golfo,
realizada en 1980.
Con todo, era la política de enfoque castrense lo que más le
estimulaba. Sus convicciones nacionalistas le empujaron a
fundar el 17 de diciembre de 1982, junto con otros oficiales
del Ejército de Tierra y a partir de la experiencia del ELPV,
el Ejército Bolivariano Revolucionario 200 (EBR-200); el
dígito aludía al bicentenario del Libertador, nacido en
1783. El EBR-200 nacía como un grupo de reflexión y
agitación en el que jóvenes oficiales se reunían "para
estudiar el pensamiento de Simón Bolívar y discutir sobre la
situación del país", según explicaba el propio colectivo.
Los oficiales bolivarianos rehusaron la clandestinidad y se
presentaron a cara descubierta. Aunque aseguraban no
albergar ambiciones políticas, sino la pretensión de
dignificar la milicia y combatir la corrupción e ineptitud
de unos gobiernos civiles proclives a dilapidar los ingentes
ingresos del petróleo sin hacer verdadera justicia social,
lo cierto era que hacían proselitismo en los cuarteles y que
denunciaban con virulencia la presunta venalidad de la
cúpula castrense.
Por aquel entonces regía la Administración presidencial de
Luis Herrera Campins, del partido socialcristiano COPEI,
agrupación conservadora que para Chávez no era ni mejor ni
peor que su rival socialdemócrata, la Acción Democrática
(AD) de Carlos Andrés Pérez, sino coartífice de un sistema
bipartidista democrático pero excluyente que cada vez le
disgustaba más. Precisamente, activo militante del COPEI era
su propio padre, don Hugo, que se convirtió en director de
programas educativos en el estado de Barinas, punto de
arranque que fue de su propia carrera política. Aunque con
ideas contrapuestas, los tocayos nunca iban a permitir que
la política se interpusiera en las relaciones familiares;
transcurridas dos décadas, una vez llegado a presidente de
la República, el hijo arrastraría al padre a su campo
ideológico.
Por el momento, la actividad parapolítica de Chávez no debía
de alarmar a sus superiores, que en 1985, tras realizar un
cursillo en la Academia Militar, le confiaron la comandancia
del Escuadrón de Caballería Francisco Farfán, en Elorza,
estado de Apure, y un año más tarde la comandancia del
recién creado Núcleo Cívico-Militar del Desarrollo
Fronterizo Arauca-Meta. Más aún, en 1988, con el rango de
capitán, fue nombrado jefe de Auxiliares del Consejo
Nacional de Seguridad y Defensa y tomó despacho en el
palacio presidencial de Miraflores, cuyo inquilino era,
cumpliendo el penúltimo año de su mandato, el adeco Jaime
Lusinchi. Ese año, además, asistió en Guatemala a un Curso
Internacional de Guerras Políticas.
Chávez fue confirmado en este cargo tras la toma de posesión
el 2 de febrero de 1989 de Carlos Andrés Pérez, que había
ganado en las urnas su segundo mandato presidencial. Una vez
instalado en Miraflores, Pérez, en un intento de atajar la
aguda crisis de la deuda externa en un contexto de bajos
ingresos petroleros, decretó un draconiano plan de ajuste de
corte neoliberal y fondomonetarista que provocó un furibundo
estallido social con epicentro en Caracas. Turbas de
incontrolados, en muchos casos pobres a los que la
liberalización de los precios había puesto en una situación
límite, se lanzaron al asalto y saqueo de cuantos comercios
tuvieron a su alcance, sobre todo en las barriadas
populares. Las algaradas se extendieron rápidamente a otras
ciudades del país y, al amparo del estado de emergencia, se
produjo la intervención del Ejército, que disparó a mansalva
contra los revoltosos. El tristemente célebre Caracazo
se saldó con aproximadamente 400 muertos e incontables
pérdidas materiales, y aunque las violencias terminaron, los
rescoldos del enojo popular continuaron activos.
Chávez y sus compañeros, hombres jóvenes o de mediana edad
que se habían destacado entre los más brillantes de sus
promociones y que representaban a una escala de mandos
intermedios, de capitán a teniente coronel, comprendieron la
oportunidad que les brindaba este ambiente de profundo
descontento, dirigido no ya contra el Gobierno de turno,
fuera adeco o copeyano, sino contra la clase política
tradicional en su conjunto. Lo que estaba en crisis era el
mismo sistema político fundado por el Pacto de Punto Fijo de
octubre de 1958, cuando la AD, el COPEI y la actualmente
eclipsada Unión Republicana Democrática (URD) sentaron las
bases del nuevo orden democrático tras la caída de la
dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez.
El capitán debió de realizar algún movimiento sospechoso, ya
que en diciembre de 1989 fue arrestado junto con otros
oficiales acusado de conspirar contra la República y de
planear el asesinato de las altas autoridades del Estado.
Liberado rápidamente por falta de pruebas, fue sin embargo
apartado del servicio en Miraflores. A comienzos de 1990 sus
superiores le alejaron de Caracas dándole un destino de
oficial para asuntos civiles en la Brigada de Cazadores de
la guarnición de Maturín, en Monagas. Por otro lado, no
vieron inconveniente en que realizara un máster en Ciencias
Políticas en la Universidad Simón Bolívar de Caracas.
Siempre preocupado por absorber conocimientos teóricos,
Chávez inició esta formación, pero, limitado por sus
obligaciones militares, dejó la tesis pendiente de defender
y por lo tanto no recibió el título.
En julio de 1991, luego de terminar un curso de Comando y
Estado Mayor en la Escuela Superior del Ejército, Chávez fue
ascendido a teniente coronel y asumió el mando del Batallón
de Paracaidistas Coronel Antonio Nicolás Briceño, con base
en Maracay. Estar al frente de esta unidad militar de élite
y en un acuartelamiento próximo a Caracas facilitaba la
ejecución de sus planes, que eran abiertamente sediciosos.
El EBR-200 ya había sido renombrado como MBR-200 mediante la
sustitución del término ejército por el de
movimiento, lo que sugería la incorporación de elementos
civiles a una trama que hasta ahora había sido puramente
militar.
Chávez y sus compañeros tomaron la resolución de ejecutar su
plan secreto, codificado como Operación Ezequiel Zamora,
que no era otro que la toma del poder ejecutivo nacional en
un audaz y sorpresivo golpe de Estado. El teniente coronel
se erigió en comandante en jefe de la operación militar, en
la que se involucraron más de 2.000 uniformados entre
oficiales, suboficiales y tropa pertenecientes a diversas
unidades del Ejército, y también puso la mente intelectual,
como autor de dos documentos programáticos que debían guiar
la acción de gobierno de la futura junta golpista: el
Proyecto de Gobierno de Transición y el Anteproyecto
Nacional Simón Bolívar.
En la noche del 3 al 4 de de febrero de 1992, unos 300
efectivos de élite del batallón paracaidista de Chávez se
trasladaron a Caracas y tomaron posiciones alrededor de la
residencia presidencial de La Casona y la Base Aérea
Generalísimo Francisco de Miranda, popularmente llamada
La Carlota, mientras que otras unidades sediciosas se
hicieron con el control de centros neurálgicos en Maracaibo,
Maracay y Valencia. Tras unas horas de confusión y
entablados los primeros tiroteos entre soldados rebeldes y
leales, Pérez, por cuya integridad física se temió en un
principio, ya que el sobresalto le pilló justo cuando
regresaba de una reunión en Davos del Foro Económico Mundial
y en el trayecto desde el aeropuerto podía ser interceptado
por los facciosos, recondujo resueltamente la situación
desde el Palacio de Miraflores.
En la madrugada del martes 4 el presidente se dirigió a la
nación por la televisión, sorprendentemente no intervenida
por los golpistas, para anunciar el fracaso del
levantamiento y la lealtad al orden constitucional
manifestada por el Alto Mando de la Fuerza Armada. Pocas
horas después, el propio Chávez, tocado con boina roja y
vistiendo el uniforme de camuflaje de los paracaidistas,
comparecía ante una nube de cámaras y micrófonos y con tono
sereno exhortó a sus hombres con estas palabras:
"Compañeros, lamentablemente, por ahora, los objetivos que
nos planteamos no fueron logrados en la ciudad capital, es
decir, nosotros acá en Caracas no logramos controlar el
poder (…) ya es tiempo de evitar más derramamiento de
sangre, ya es tiempo de reflexionar, y vendrán nuevas
situaciones y el país tiene que enrumbarse definitivamente
hacia un destino mejor (…) por favor, reflexionen y depongan
las armas, porque ya en verdad los objetivos que nos hemos
trazado a nivel nacional es imposible que los logremos (…)
yo, ante el país y ante ustedes asumo la responsabilidad de
este movimiento militar bolivariano".
La intentona golpista de Chávez, sin precedentes en 34 años
de historia democrática de Venezuela, se saldó con 19
muertos y un millar de detenidos, la mayoría soldados y
reclutas, los cuales, según afirmaron los medios de
comunicación, fueron conducidos a engaño por un centenar
largo de militares profesionales, los verdaderos autores del
golpe. Aunque aplastada, la tentativa de derrocar a Pérez
fue acogida con indisimulado júbilo por una parte
considerable de la población, sobre todo entre las clases
desfavorecidas, a pesar de que Chávez procedía del más
completo anonimato y de que sus intenciones posgolpistas, ya
nunca realizables, constituían un misterio más bien
inquietante. En cuanto a su ideología bolivariana,
mencionada de pasada y de la que nada de sabía, suscitó
especulaciones sobre si bebía de la izquierda o si por el
contrario encerraba un autoritarismo y un nacionalismo de
derechas.
Ya llegaría el tiempo de conocer el pensamiento y el
proyecto de país de un personaje que de la noche a la mañana
se hizo famoso y popular. Por de pronto, nada más hacer su
alocución mediática, Chávez fue detenido y encarcelado en un
anexo de la prisión de Yare. Contra él incoó proceso
criminal un tribunal militar caraqueño por el delito de
rebeldía, imputación relativamente benigna toda vez que el
movimiento de febrero había sido un verdadero intento de
golpe de Estado. Lo cierto era que el Gobierno de la AD
había salido muy debilitado de la crisis y no se encontraba
en situación de hacer un escarmiento ejemplar con los
militares del MBR-200. Quedaba descartado un juicio
sumarísimo contra Chávez y sus camaradas. El COPEI atacó
duramente la gestión económica y social del presidente
mientras crecía la sensación de una corrupción generalizaba
en las instancias del poder.
|

Hugo Chávez |
2.
Traslado del proyecto político bolivariano al frente civil
Mientras su denostado Pérez afrontaba acusaciones de
corrupción que no iban a tardar en abismar su carrera
política, Chávez, desde su celda de Yare, suscribió un
manifiesto titulado Cómo salir del laberinto. Formulación
del Proyecto Político Bolivariano Simón Bolívar. El
texto pretendía explicar la naturaleza del bolivarianismo,
pero la singular doctrina, más allá de una serie de tópicos
regeneracionistas y antipuntofijistas, siguió sin ser
clarificada. Es más, ciertas propuestas de reorganización
política y social sugerían un corporativismo de resabios
fascistas.
El 27 de noviembre de 1992 el reo fue testigo de una nueva
rebelión protagonizada por sus compañeros uniformados,
quienes bombardearon los edificios de las principales
instituciones del poder político y durante unas horas
tuvieron el control de acuartelamientos clave y de la casa
de la televisión. Desde allí, los alzados retransmitieron un
mensaje sedicioso de Chávez, alimentando la percepción de
que la intentona en curso era un epílogo superior en fuerza
del movimiento abortado en febrero. Con posterioridad a los
hechos se supo que los golpistas, de hecho, intentaron
liberar a Chávez. Fuera como fuere, esta asonada revistió
más peligro para Pérez, ya que la lideraron oficiales de
mayor graduación, en particular los contraalmirantes Hernán
Grüber Odremán y Luis Enrique Cabrera Aguirre y el general
del Aire Efraín Francisco Visconti Osorio, e involucró a las
tres fuerzas armadas y a la Guardia Nacional. Además, en la
misma estuvieron implicados elementos civiles de los
partidos políticos Bandera Roja y Tercer Camino. Unos y
otros actuaron coordinados bajo el marchamo de Movimiento
Cívico Militar 5 de Julio, con el contralmirante Grüber como
responsable en jefe.
El día 28, un centenar de militares rebeldes, encabezados
por el general Visconti, escapó a Perú, mientras que otros
muchos fueron desarmados y detenidos por fuerzas leales al
orden establecido. El Gobierno reconoció 171 muertos en los
combates (aunque balances extraoficiales elevaron la cifra a
los tres centenares), mientras que la Organización de
Estados Americanos (OEA) y la comunidad internacional
expresaron su rotunda condena a la nueva irrupción
castrense. El segundo sobresalto militar de 1992 fracasó en
su propósito de mudar violentamente la titularidad del
poder, pero tuvo muy serias consecuencias políticas: la
popularidad del teniente coronel de paracaidistas, que como
estaba encarcelado no podía ser acusado otra vez de
rebelión, se disparó, mientras que Pérez se hundió en el
descrédito.
En el terreno personal, la estancia en prisión de Chávez
perjudicó su matrimonio con Nancy Colmenares, que ya vendría
resintiéndose por la relación adúltera de él con la
profesora de Historia Herma Marksman, con la que habría
iniciado relaciones en 1984. Obtenido el divorcio de
Colmenares y terminado también el vínculo sentimental con
Marksman, Chávez iba a contraer segundas nupcias en 1997, en
pleno trajín de su incipiente carrera política, con la
periodista Marisabel Rodríguez Oropeza, quien en 1998 iba a
darle su tercera hija, Rosa Inés. Ella ya tenía un hijo,
Raúl, fruto de un anterior matrimonio.
El 26 de marzo de 1994, menos de un año después de
producirse la destitución de Pérez por el Congreso bajo la
acusación de malversación de fondos, el nuevo presidente de
la República, el veterano estadista Rafael Caldera Rodríguez
-quien había ganado en las urnas su segundo mandato
presidencial como candidato, no del COPEI, la fuerza
política que había fundado medio siglo atrás, sino del
partido Convergencia-, firmó el sobreseimiento del caso del
militar rebelde. A cambio de la libertad sin cargos, a
Chávez se le exigió su baja del Ejército por la obvia
incompatibilidad que entrañaba portar el uniforme y exhibir
actitudes contrarias a las instituciones del Estado.
La indulgencia con el oficial que dos años atrás había
atentado contra el orden constitucional y causado, con su
golpe de fuerza, víctimas mortales, fue máxima. Además, al
ser obligado a abandonar la milicia, Chávez recibía vía
libre para desarrollar todo su activismo político en el
ámbito civil y desde la más rigurosa legalidad. Antes de
terminar el año, el 13 de diciembre, se desplazó a Cuba,
donde fue recibido con todos los honores por el dictador
Fidel Castro,
quien le elogió como un discípulo aventajado de Bolívar y
José Martí. Paradójicamente, Castro había condenado la
intentona de febrero de 1992 contra Pérez, al que entonces
seguía considerando un estadista amigo.
Esta visita de Chávez marcó el inicio de una relación
personal extremadamente cálida y de una alianza política que
con los años iba a alcanzar un calado estratégico de enorme
magnitud, sobre todo para Cuba. En mayo de 1995 el
venezolano se inscribió en Montevideo en el conocido como
Foro de Sao Paulo (FSP), un marco de encuentro de partidos y
organizaciones de izquierda de América Latina y el Caribe
montado en 1990 por Castro y el entonces dirigente opositor
brasileño
Luiz
Inácio Lula da Silva, de ideología socialista.
Lejos de mostrar gratitud a Caldera, al que no consideraba
diferente del resto de los políticos tradicionales, y
refrenar su tendencia oposicionista, Chávez se dedicó de
inmediato a contactar con sus antiguos camaradas del
movimiento de 1992, destacando entre todos Diosdado Cabello
Rondón, futura mano derecha del Chávez presidente, y con
políticos profesionales de trayectoria izquierdista que
simpatizaban con el bolivarianismo, como el veterano Luis
Miquilena Hernández, para formar un frente político
concentrado en un objetivo fundamental: derrocar a la vieja
clase partidista, que el común de los venezolanos
identificaba con los abusos cleptocráticos y los
despilfarros que habían dilapidado los ingentes ingresos
obtenidos en los años del boom petrolero y en general
de las vacas gordas de las exportaciones primarias de un
país con vastos recursos naturales. Chávez y su círculo
estaban decididos a laminar las viejas siglas (AD, COPEI) y
las nuevas pero animadas por viejos rostros (Convergencia),
aunque esta vez no por la vía insurreccional, sino usando
los instrumentos democráticos y electorales que el mismo
sistema que fustigaban ponía a su disposición.
De este proceso de conciliábulos y asambleas surgió el
Movimiento Quinta República (MVR), suerte de versión civil
del MBR-200 que recogía y actualizaba su programa de cambios
radicales. Como apoyo doctrinal a su proyecto político
renovado, Chávez divulgó la Agenda Alternativa Bolivariana (AAB),
la cual debía guiar la primera fase de la revolución que
tenía en mente. El MVR prometía restaurar el "honor perdido
de la nación", gestionar la explotación económica de la
riqueza nacional de manera honrada y eficiente, en aras del
interés social, y aplicar medidas eficaces contra la
inseguridad ciudadana. Su mayor ambición era la reforma de
la Carta Magna partiendo de la convocatoria de una Asamblea
Constituyente.
Erigido en director general del MVR, Chávez recorrió
el país con un discurso fieramente populista, pródigo en
mensajes de tono redentorista y reiteradamente asido a los
conceptos de misión y de servicio a la patria, tomando la
figura de Simón Bolívar como un referente casi hagiográfico.
Enarbolando un izquierdismo que todavía resultaba bastante
nebuloso e incluso, para muchos observadores, dudoso, el
movimiento chavista aspiraba a abrir una tercera vía
en un subcontinente que ya había experimentado el
estatalismo de mayor o menor sesgo socialista y más
recientemente, prácticamente sin excepciones en todos los
países, el capitalismo neoliberal.
Chávez mismo dijo sentirse de izquierdas, pero también se
definió como un católico devoto a quien la Biblia le
inspiraba tanto como su idolatrado prócer de la
independencia nacional. Podía encontrarse en el movimiento
del antiguo teniente coronel venezolano, a falta de
referencias doctrinales cercanas en el tiempo y de
naturaleza cívico-democrática, algún eco de las experiencias
terceristas de Torrijos en Panamá (1968-1981),
Velasco Alvarado en Perú (1968-1975), Juan José Torres en
Bolivia (1970-1971) y Guillermo Rodríguez Lara en Ecuador
(1972-1976), excepcionales en América Latina por adoptar
unas posiciones nacionalistas, populistas y revolucionarias,
pero carentes de una ideología articulada, amén de
autocráticas y violadoras de las libertades de principio a
fin. El símil con Salvador Allende y el socialismo chileno
de principios de los setenta parecía más peregrino. Otros
observadores describían su estilo como neocaudillista,
en alusión a otra forma de hacer política igualmente
periclitada en la región e indefectiblemente propensa a
posiciones conservadoras.
Aunque al principio de su andadura política rehusó optar a
cualquier mandato representativo para no legitimar un
sistema que juzgaba caduco, Chávez inscribió a su partido en
el registro electoral el 29 de abril de 1997 con la
intención de concurrir en los procesos electorales en
ciernes y librar la batalla con las formaciones
tradicionales en su propio terreno. Los resultados de este
envite iban a ser espectaculares. En las elecciones
legislativas del 8 de noviembre de 1998, el MVR, carente,
más allá de un elenco de figuras experimentadas, de cuadros
profesionales y de una maquinaria engrasada, se convirtió en
el segundo partido del país al obtener 49 de los 189 escaños
de la Cámara de Diputados y el 21,3% de los votos, sólo
cuatro décimas menos que la AD. El COPEI se hundió a la
cuarta posición, mientras que la Convergencia del presidente
Caldera, devastada por las medidas de choque aplicadas por
el Gobierno para enfrentar la crisis económica, tuvo que
conformarse con un testimonial 2,4% de los votos y tres
diputados. El zarpazo dado por el MVR hizo estremecer el
sistema político venezolano, pero la briosa irrupción de
Chávez era la consecuencia, no la causa, de una crisis
terminal que se nutría de situaciones como el auge imparable
de la pobreza y las desigualdades sociales.
|

Hugo Chávez |
3.
Arribo espectacular al poder por vía electoral en 1999
Chávez acudió a las elecciones presidenciales del 6 de
diciembre de 1998 montado en una ola triunfalista, confiado
en la enorme popularidad de que gozaba entre los
numerosísimos desfavorecidos tras una década de políticas
económicas de austeridad que habían sido letales para el
poder adquisitivo de las clases medias y bajas, y bien
arropado por un Polo Patriótico en el que además del MVR
estaban el Movimiento al Socialismo (MAS), el Partido
Comunista de Venezuela (PCV), Patria para Todos (PPT), el
Movimiento Electoral del Pueblo (MEP) y otros cinco partidos
menores, esto es, la izquierda en bloque. Presentándose como
un hombre del pueblo, de extracción social humilde,
empleando un lenguaje colorista y lleno de expresiones
coloquiales, y acusando un estilo directo y cáustico, la
puesta en escena de Chávez caló hondo en las masas populares
esperanzadas con un cambio a mejor. Para sus detractores,
aturdidos por tamaño éxito, en cambio, se trataba de un
burdo demagogo proclive al autoritarismo paramilitar y,
dados sus antecedentes sediciosos, de más que dudoso pedigrí
democrático.
Finalizada la más ruidosa campaña electoral en décadas de
democracia venezolana, el carismático ex militar arrolló con
el 56,2% de los votos válidos –que, contando la abstención,
representaban el 33% del censo electoral- a sus dos únicos
adversarios de relieve, el economista conservador Henrique
Salas Römer, que contaba con los apoyos de AD y COPEI y que
obtuvo el 39,9% de los sufragios, y la ex miss universo
Irene Lailin Sáez Conde, que no llegó a las 200.000
papeletas.
El 2 de febrero de 1999 Chávez, con 44 años, tomó posesión
de la Presidencia de la República para el quinquenio que
terminaba en 2004 ante una nutrida representación de
mandatarios regionales, entre los que figuraban el boliviano
Hugo Banzer, el peruano Alberto Fujimori -un presidente
autoritario y neoliberal que sin embargo encontró un amigo
afectuoso en Chávez, quien no olvidaba el refugio concedido
a los camaradas bolivarianos que protagonizaron la tentativa
golpista de noviembre de 1992- y
Fidel Castro,
al que, por cierto, acababa de ver en La Habana dos semanas
atrás, en su segundo viaje a la isla.
Fidel Castro
felicitó efusivamente a Chávez y saludó su elección como un
triunfo para toda América Latina. El intercambio de
cumplidos iba a prolongarse en los próximos meses y años,
con Chávez retratando a Castro como un "campeón de las
libertades" en el continente, y el líder cubano llamando al
venezolano el "mayor demócrata de América". Para
consternación de la clase política heredera del puntofijismo
y para extrañeza de casi todo el mundo, a la ceremonia de
investidura fue invitado nada menos que Marcos Pérez
Jiménez, la bestia negra de los demócratas
venezolanos de la segunda mitad del siglo, pero el
octogenario ex dictador derechista no interrumpió su
residencia permanente en Madrid.
Tras añadir a la fórmula legal la apostilla "juro sobre esta
moribunda Constitución", el flamante presidente pronunció un
áspero discurso inaugural lleno de citas bolivarianas y de
alusiones a la "catástrofe" en que estaba sumido el país, en
el que vindicó la rebelión militar de febrero de 1992 ("era
inevitable como lo es la erupción de los volcanes") y
arremetió contra Caldera, que acababa de transferirle la
banda presidencial y le escuchaba compungido, y contra los
diputados electos de la oposición.
A continuación fueron juramentados los ministros del
Gobierno, un equipo heterogéneo de tecnócratas, académicos,
políticos profesionales y antiguos militares cuyos nexos
eran la fidelidad a Chávez y una orientación izquierdista
más o menos definida en las filas de partidos como el MAS y
el PPT. Destacaban las presencias, en Interior, de Miquilena,
considerado a estas alturas como el preceptor intelectual y
el principal asesor de Chávez, al que además sucedió ahora
como director general del MVR, y, en Exteriores, de José
Vicente Rangel Vale, otro gran veterano de la política y
tres veces candidato presidencial por el MAS (1973 y 1978) y
por el PCV y el MEP (1983).
Una vez instalado en su despacho del Palacio de Miraflores,
a Chávez le faltó tiempo para firmar su primer decreto, que
no fue otro que el que llamaba a los venezolanos a
referéndum para decidir sobre la convocatoria de la Asamblea
Nacional Constituyente (ANC). Si la consulta prosperaba, las
consecuencias implícitas serían la anulación de la Carta
Magna de 1961 y la disolución del Congreso, donde los
partidos del Polo Patriótico sólo reunían algo más de un
tercio de los escaños. Se trataba, según él, de una
insoslayable exigencia popular que había que asumir "con
coraje y con valentía", ya que, como había afirmado en el
discurso inaugural, "o le damos cauce a la revolución
venezolana de este tiempo o la revolución nos pasa por
encima".
Asimismo, reclamó al Legislativo la aprobación de una Ley
Habilitante o de poderes especiales para permitir al
Ejecutivo enfrentar el estado de "emergencia social" que
vivía el país en los ámbitos de la salud, la vivienda y la
educación, donde asomaban estadísticas propias de los países
subdesarrollados, y anunció una campaña contra la evasión
tributaria para reducir el abultado déficit fiscal, que
alcanzaba los 9.000 millones de dólares, equivalente al 9%
del PIB. La deuda externa era casi cuatro veces superior, y
aunque existía la voluntad de pagarla, no podía asumirse sin
negociación estructural, advertía. El caso era que todas las
luces de la economía estaban en rojo: la recesión arreciaba,
la inflación superaba el 30% anual y el paro oficial marcaba
el 12%, aunque el desempleo real era varios puntos mayor y
el subempleo afectaba a la mitad de la población activa.
Abonando su atribuida fe en el tercerismo económico,
que renegaba del neoliberalismo pero descartaba el
intervencionismo de tipo socialista, propugnó "tanto Estado
como sea necesario y tanto mercado como sea posible",
sentencia que irradiaba pragmatismo. El mandatario añadió
que los militares saldrían de los cuarteles para desempeñar
tareas de apoyo a la población. Dicho y hecho, el 27 de
febrero el Gobierno presentó el Plan Bolívar 2000, llamado a
movilizar a alrededor de 40.000 soldados y voluntarios
civiles en labores sociales como vacunaciones de niños,
distribución de alimentos, construcción de carreteras y
facilitación de servicios educacionales. Fue la génesis de
lo que años más tarde iba a conocerse como las Misiones
Bolivarianas. A través de las fases Propatria,
Propaís y Pronación, el Plan Bolívar 2000 arrancó
formalmente el 27 de febrero de 2000 como una estrategia,
novedosa en Venezuela, para revertir las tendencias
negativas en lo social y medioambiental. En cuanto a la
política exterior, Chávez afirmó que aspiraba a sacar de
Venezuela de su postración y a convertirla en la nueva
abanderada continental, como lo había sido en los lejanos
tiempos de El Libertador.
En la campaña electoral Chávez había prometido emprender una
drástica reforma de Petróleos de Venezuela, S.A. (PDVSA), el
emporio estatal que aportaba el 80% de las exportaciones, el
40% de los ingresos del presupuesto nacional y el 27% del
PIB, con el objeto de erradicar la mala gestión y las
prácticas corruptas. Ahora bien, lo que se perseguía no era
un saneamiento típicamente liberal susceptible de desembocar
en una segmentación o privatización, sino precisamente lo
contrario: hacer más eficiente el funcionamiento de una
empresa clave para fortalecer su aportación financiera a las
arcas del Estado y de paso encadenar su titularidad pública.
Chávez, a falta de mayor precisión, dio a entender que no
acometería renacionalizaciones, pero tampoco avanzaría en
las privatizaciones. La misión más perentoria ahora era
estabilizar la economía, aunque no a costa de devaluar la
moneda o de imponer un sistema de control de cambios.
Precisamente, eran sus planes económicos, y desde luego los
que afectaban al petróleo, tratándose Venezuela del sexto
productor mundial y el tercero de la OPEP tras Arabia Saudí
e Irán, lo que más inquietaba a la comunidad internacional.
De hecho, Chávez culpó al petróleo -bendición a la vez que
maldición para las perspectivas del progreso nacional- de
las patologías que afectaban al desarrollo de los sectores
industrial, agrícola, minero y de servicios, y subrayó la
necesidad de estrenar un modelo que escapara de la
dependencia de este recurso natural como la única fuente
generadora de riqueza.
Antes de asumir la Presidencia, Chávez realizó una gira por
Europa para tranquilizar a las multinacionales de la energía
que operaban en Venezuela y a los gobiernos de los países
con intereses allí, pero fue tajante en que su intención era
revisar todos los contratos de explotación firmados en el
último septenio, durante la llamada apertura petrolera.
Asimismo, si bien aseguró que iba a respetar los acuerdos
firmados con la OPEP, no ocultó su intención de propiciar un
cambio en la filosofía de esta organización para hacerla
menos complaciente con los países importadores del mundo
desarrollado. Al hablar así, Chávez tenía presente el hecho
de que el desplome de los precios del barril de crudo a lo
largo de 1998 había causado mucho daño a la endeudada
economía venezolana.
El 22 de abril el Congreso le concedió los poderes
especiales que había solicitado para gobernar por decreto en
materia económica durante seis meses y para negociar con el
FMI la reestructuración de la deuda externa, cuyo monto de
32.000 millones de dólares devoraba el 40% del presupuesto
nacional. No obstante, se esperaba que el FMI le exigiese a
cambio el recorte del gigantesco aparato estatal, un millón
de trabajadores públicos sobre una población total de 24
millones. Cauto y conservador en sus primeras decisiones
económicas, que supeditó a su programa de reforma política,
en el mes de marzo Chávez se apuntó un primer éxito exterior
al conseguir que la OPEP decidiera una nueva reducción de la
producción con el consiguiente encarecimiento de los
precios, lo que iba a aportar miles de millones de dólares
extra muy necesarios para corregir el desequilibrio
presupuestario y hacer frente a los compromisos de la deuda.
4. Instauración de la República
Bolivariana y primera reelección presidencial
Aunque Chávez, haciendo referencias a la unidad y la
reconciliación nacionales, quiso remover los temores a una
forma suya de gobernar excluyente o despreciativa de las
fórmulas de consenso básicas en democracia, al reincidir en
declaraciones lapidarias sobre la "muerte" del Estado
tradicional y el nacimiento de una "verdadera democracia"
provocaba ansiedad en los compatriotas que no le habían
votado y preocupación en varios gobiernos extranjeros. El
gran interrogante era el rumbo que podría tomar el sistema
político y económico venezolano si se abría paso la tantas
veces anunciada revolución bolivariana.
El caso fue que el presidente, impertérrito ante las
crispaciones que sus modos y su lenguaje iban generando, se
mostró muy diligente en la realización de su promesa de
"barrer" los viejos "poderes oligárquicos". Otras
disposiciones, como la instrucción premilitar de todos los
estudiantes de primaria y secundaria, la apertura en los
cuarteles de cientos de Escuelas Bolivarianas (centros
dedicados al estudio de la obra de El Libertador) y la
participación de la Fuerza Armada en misiones de instrucción
civil y servicios comunitarios, levantaron bien pronto
airadas protestas de la oposición, que alertó contra una
deriva marcial de la sociedad civil.
El populismo de Chávez, solemne y mesiánico a veces, cordial
y dicharachero las más, desmedido o extravagante en todo
momento, se expresó a través de medios tan insólitos en las
democracias normales como un programa televisivo de emisión
semanal, Aló presidente, en el que él en persona
atendía solícito las peticiones y consultas de los
televidentes, hacía apología de su pensamiento político y
defendía la obra de su Gobierno, manteniendo un canal de
comunicación directa con el pueblo por encima de las
instituciones y de toda estructura formal de poder.
El 25 de abril de 1999, tres días después de concederle el
Congreso la Ley Habilitante para atajar la crisis económica,
Chávez ganó el referéndum sobre la elección de la ANC con un
92,3% de síes, si bien con sólo un 37,8% de
participación, lo que venía a suponer que en la consulta
votaron a favor los mismos electores que se habían decantado
por Chávez en las presidenciales. Aunque se había
establecido que el referendo sería válido sólo si superaba
el 50% de participación, el Consejo Nacional Electoral (CNE)
dictaminó que bastaba una mayoría de votos afirmativos.
Así legitimado, Chávez siguió adelante con su programa
político. El 25 de julio los venezolanos acudieron de nuevo
a las urnas para elegir la ANC. El Polo Patriótico arrasó al
conseguir 120 de los 131 asambleístas con el 62% de los
votos, lo que no dejaba dudas sobre el desenlace de la
catarata de cambios abierta por Chávez. La ANC, o
Soberanísima, como la llamaba su promotor, emprendió el
3 de agosto los trabajos de debate y redacción del proyecto
de Constitución bajo la presidencia del omnipresente
Miquilena, si bien los detractores del oficialismo acusaron
a dicha asamblea de limitarse a certificar un borrador que
ya había sido elaborado por el equipo del presidente y que
de hecho fue entregado a la institución constituyente por el
propio Chávez con el nombre de Ideas Fundamentales para
la Constitución Bolivariana de la V República.
Los puntos más significativos de la nueva Carta Magna eran:
el establecimiento de la V República Venezolana, incluyendo
el cambio del nombre del país, que pasaría a llamarse
República Bolivariana de Venezuela; la ampliación del
mandato presidencial de cinco a seis años y la posibilidad
de su renovación consecutiva una sola vez; la adición a los
tres poderes clásicos -ejecutivo, legislativo y judicial- de
otros dos nuevos: el moral, aplicado en la lucha
contra la corrupción, y el electoral, entendido como
el ejercicio de fórmulas de democracia directa, destacando
muy especialmente el instrumento del referendo revocatorio
del mandato de todos los cargos de elección popular; la
sustitución del Congreso bicameral por una Asamblea Nacional
de 165 miembros elegida cada cinco años y despojada de
escaños vitalicios para los ex jefes del Estado; el refuerzo
del poder ejecutivo del presidente, que ahora podría decidir
los ascensos militares, nombrar al vicepresidente, convocar
referendos y disolver el Parlamento; vagas referencias al
modelo de economía planificada; el reconocimiento de los
derechos de los pueblos indígenas; y, un especialmente
espinoso artículo sobre la participación de los militares en
la vida pública.
El 5 de agosto Chávez proclamó en la ANC la defunción de la
"IV República" y reclamó la aprobación de una declaración de
"emergencia nacional" que facultase a la asamblea para
intervenir en todas las instituciones del Estado. La
oposición, que parecía incapaz de reaccionar ante el huracán
chavista, lanzó débiles denuncias de "ilegalidad" y de
"golpe de Estado". La comunidad internacional seguía el
controvertido proceso con una mezcla de aprensión y
estupefacción. Reincidiendo en su ambigüedad económica,
Chávez apostrofó contra "un dogma de mercado que pretende
ser Dios" y propuso un modelo intermedio de carácter
"autóctono". En los días siguientes, la ANC consagró la
victoria total de Chávez, a través de cuatro decretos
consecutivos.
Primero, el 9 de agosto, en respuesta a su maniobra de
someter su cargo a disposición del cuerpo, la
Soberanísima ratificó a Chávez como presidente de la
República, a lo que siguió una segunda jura de la suprema
magistratura, pero esta vez ante el Acta de la Independencia
de 1811. Con esta escenificación, Chávez pretendía dejar
clara la autoridad suprema de la ANC sobre todos los poderes
constituidos de la sentenciada IV República. A continuación,
el 12 de agosto, la ANC, "considerando que la República vive
una grave crisis política, económica, social, moral e
institucional, que ha llevado al colapso a los órganos del
Poder Público y mantiene a la mayoría de la población en un
inaceptable estado de empobrecimiento, con el cual se
vulneran los más elementales derechos humanos", y "en razón
de la emergencia nacional existente", declaró la
"reorganización de todos los órganos del Poder Público".
Tercero, el 19 de agosto, la ANC, "en ejercicio del poder
constituyente originario otorgado por éste mediante
referendo aprobado democráticamente", y con el fin de
"transformar el Estado y crear un nuevo ordenamiento
jurídico que permita el funcionamiento efectivo de una
democracia social y participativa", decretó la
Reorganización del Poder Judicial (decreto de emergencia
judicial), que suponía la creación de una Comisión de
Emergencia Judicial de nueve miembros escogidos por la
propia Asamblea y con las competencias, entre otras, de
nombrar y destituir a cualesquiera magistrados, "evaluar" y
"reorganizar" el funcionamiento de la Corte Suprema de
Justicia, el Consejo de la Judicatura y las demás
instituciones del sistema de justicia, y "proponer" a la ANC
las medidas "necesarias" en este ámbito. Puesta ante el
hecho consumado, la Corte Suprema, el 24 de agosto, accedió
a autodisolverse, acto que fue calificado por su presidenta,
Cecilia Sosa Gómez, de "suicidio" de la institución para
evitar así su "asesinato".
Ya sólo quedaba intervenir un poder, el legislativo, cuya
institución titular era mayoritariamente desafecta y se
había declarado en rebelión; en realidad, el Congreso estaba
resignado a su destino, tal como indicaba su decisión del 28
de julio, cuando los diputados resolvieron "suspender" sus
actividades para no obstruir la labor de la ANC. El 25 de
agosto los constituyentes dieron luz verde a la Regulación
de las funciones del Poder Legislativo (decreto de
emergencia legislativa), que en la práctica liquidaba
las dos cámaras establecidas por una Constitución que aún
seguía en vigor. El penúltimo día del mes el Congreso fue
declarado en situación de "cierre técnico". Chávez, el MVR y
sus aliados completaron así su monopolio sobre los tres
poderes nacionales, creándose una clamorosa anomalía
político-jurídica y precisamente en mitad de un proceso
constituyente que tenía legitimidad democrática.
El 19 de noviembre la ANC entregaba el borrador final de la
nueva Constitución a Chávez, quien aprovechó la ocasión para
anunciar su candidatura reeleccionista en los nuevos
comicios presidenciales del año siguiente. El 15 de
diciembre, coincidiendo con las catastróficas riadas en
Vargas, el peor desastre natural sufrido por Venezuela en el
siglo XX, que provocaron entre 10.000 y 30.000 muertos
–aunque algunas estimaciones no oficiales elevaron la cifra
a 50.000- y arrasaron este estado costero, un segundo
referéndum sancionó la Carta Magna bolivariana con un
contundente 71,2% de votos favorables. En contra se
pronunció el 28,8% de los votantes, alcanzando la
participación el 45,9%; el porcentaje fue sensiblemente
superior al registrado en la consulta de abril, pero se
trataba todavía de un índice muy mediocre. El 20 de
diciembre de 1999 la ANC promulgó solemnemente la nueva
Constitución, que fue publicada por la Gaceta Oficial y
entró en vigor el 30 de diciembre.
El 30 de julio de 2000, culminando el arrollador proceso de
transformación de las estructuras políticas y jurídicas del
Estado, y luego de suspender el CNE (con gran polémica) su
celebración en la primera fecha convenida, el 25 de mayo,
con el argumento de que no se reunían las condiciones
técnicas, tuvieron lugar las elecciones generales. En las
legislativas, el MVR confirmó su supremacía al capturar 91
de los 165 escaños que componían la nueva Asamblea Nacional
con el 44,4% de los sufragios. Además, el MAS metió seis
diputados, lo que producía una mayoría oficialista de 98
parlamentarios.
En las presidenciales, Chávez se deshizo sin problemas con
el 59,8% de los votos de sus dos solitarios contrincantes,
de los cuales no era testimonial Francisco Javier Arias
Cárdenas, un antiguo camarada del MBR-200 (fue el cabeza del
golpe de febrero de 1992 en Maracaibo, tras lo cual
compartió con él arresto y prisión) convertido más tarde en
gobernador de Zulia en las filas de La Causa Radical. El 19
de agosto, cumpliendo con lo prometido cuando su
inauguración presidencial de año y medio año atrás, Chávez
arrancó su segundo mandato, esta vez con fecha de conclusión
en enero de 2007, prestando juramento ante un ejemplar de la
Constitución bolivariana. Antes de terminar el año,
el 3 de diciembre, el chavismo ganó sus primeras elecciones
locales y su tercer referéndum, una consulta de menor calado
que las anteriores aunque políticamente muy reveladora,
sobre la renovación obligatoria de los funcionarios de las
centrales sindicales.
5.
Resuelto activismo exterior y excepcionales relaciones con
Cuba
El debut presidencial de Chávez estuvo acompañado también de
una agresiva política exterior, insólita en un mandatario
latinoamericano en muchos años, que le convirtió en uno de
los personajes más conspicuos del panorama político
internacional. Como en el ámbito de casa, la agenda
diplomática estaba impregnada de pensamiento bolivariano,
expresado en una suerte de nacionalismo hemisférico.
El 27 de mayo de 1999 el mandatario asistió en la ciudad
colombiana de Cartagena de Indias al XI Consejo Presidencial
de la Comunidad Andina de Naciones (CAN), organización de la
que Venezuela era miembro fundacional -en marzo de 1996, a
partir del anterior Pacto Andino-, donde llamó a crear en
las próximas décadas una federación de estados
latinoamericanos y caribeños que, luego de resolver los más
perentorios problemas domésticos, pudiera dotarse de una
política exterior común.
El 21 de septiembre siguiente, con motivo de su alocución en
la Asamblea General de la
ONU en
Nueva York y luego de concederle
Estados
Unidos el visado de entrada (durante largo tiempo
denegado, por considerarle un subversivo, y por su
procastrismo), Chávez departió con el presidente Bill
Clinton, quien le expresó el respaldo de su Administración
al proceso emprendido en Venezuela, y de nuevo con el
colombiano Andrés Pastrana, con el que se había indispuesto
a raíz de ofrecerse para mediar entre el Gobierno de Bogotá
y las guerrillas comunistas colombianas, las cuales, se
opinaba en las altas esferas políticas y militares del país
vecino, mantenían ciertos tratos provechosos con el Gobierno
de Caracas.
Días antes de producirse estos encuentros en Nueva York,
Chávez mantuvo en Manaos una cordial entrevista con el
presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso (un
socialdemócrata que era preclaro partidario de avanzar en la
integración multisectorial de los países sudamericanos antes
de proceder a la liberalización de los mercados de todo el
continente bajo la batuta de Estados Unidos), y ambos se
manifestaron rotundamente en contra de una eventual
intervención militar estadounidense en Colombia para
combatir el narcotráfico.
En la I Cumbre Sudamericana, celebrada en Brasilia del 1 de
septiembre de 2000 y de la que salió una Declaración sobre
la convergencia económica y política del subcontinente,
Chávez advirtió que la región sería "aniquilada" si sus
integrantes no daban pasos decisivos hacia la unidad antes
de conformarse en 2005 la proyectada Área de Libre Comercio
de las Américas
(ALCA), uno de los grandes proyectos geopolíticos
perseguidos por el Gobierno de Washington, que esperaba
ponerlo en marcha en enero de 2005. Fue la primera y más
clara declaración de hostilidades de Chávez contra el ALCA,
a la que iban a seguir muchas más. En la II Cumbre
Sudamericana, celebrada en la ciudad ecuatoriana de
Guayaquil el 26 y el 27 de julio de 2002, el líder
venezolano propuso la creación de "una especie de
Petroamérica" y un "Fondo Humanitario Internacional"
dirigidos por y para los países del subcontinente, para
escapar del modelo neoliberal dictado por la OPEP y el FMI.
En cuanto a las relaciones personales con Castro,
adquirieron el lustre y la notoriedad que otorgaba el manto
institucional. Chávez volvió a La Habana el 15 de noviembre
de 1999, dos semanas después de su primera visita oficial a
España, con motivo de la IX Cumbre Iberoamericana de Jefes
de Estado y de Gobierno, y de nuevo el 12 de abril de 2000,
para participar en la primera cumbre de estadistas del Grupo
de los 77 (G-77). En la primera ocasión fue personalmente
condecorado por su anfitrión con la Orden
José Martí. El
26 octubre de 2000 los papeles se invirtieron y Chávez
tributó a su huésped en Caracas la bienvenida propia de un
héroe, tratándose de la primera visita de Estado de Castro a
Venezuela desde la realizada en 1959, nada más triunfar la
Revolución, cuando el comandante se acogió a la hospitalidad
del entonces presidente adeco Rómulo Betancourt, antes de
que éste le incluyera en su elenco de enemigos. En esta
ocasión, los mandatarios firmaron un Acuerdo de Cooperación
Integral por el que Venezuela abastecería a Cuba con 53.000
barriles de crudo al día –la tercera parte del petróleo
consumido por la isla- a precios ventajosos y con
facilidades financieras a cambio de servicios profesionales
y técnicos cubanos en las áreas educativa, sanitaria y
deportiva.
Esta diplomacia de prestigio, que perseguía subrayar la
independencia nacional a contracorriente de lo que Estados
Unidos consideraba aceptable, quedó bien patente en la
maratoniana gira realizada por Chávez del 10 al 14 de agosto
de 2000 por los otros diez estados de la OPEP, con el objeto
de invitar a sus respectivos mandatarios a una cumbre a
celebrar en Caracas encaminada a fortalecer la unidad de
criterio en la organización energética y a estabilizar el
precio del barril de crudo, que entonces cotizaba al alza,
en torno a los 30 dólares . Más aún, Chávez propuso dar
entrada en la OPEP a países exportadores como Rusia, Noruega
y Omán. Durante el itinerario, Chávez calificó a la OPEP de
"arma" para los Países en Vías de Desarrollo, una "especie
de instrumento estratégico" que "no se puede dejar escapar".
En Libia estuvo de acuerdo con Muammar al-Gaddafi en que si
se producía un nuevo desplome de los precios no habría más
remedio que recortar drásticamente la producción.
Por otro lado, al no excluir de la lista de capitales
visitadas a Bagdad, Teherán y Trípoli, Chávez suscitó un
considerable malestar en el Gobierno estadounidense. El
líder venezolano, convertido en el primer jefe de Estado que
visitaba a
Saddam Hussein desde la guerra del Golfo en 1991 y hacía
caso omiso del ostracismo internacional que pesaba sobre el
dictador árabe, rechazó las críticas y advirtió que
Venezuela era un país soberano al que nadie podía dictaminar
su política exterior.
Las aparentes ganas de Chávez de institucionalizar la OPEP
fueron interpretadas en Estados Unidos, sobre todo tras la
asunción en enero de 2001 de la administración republicana
de George W.
Bush, y la Unión Europea (UE) como un intento de
politizar el organismo regulador o de convertirlo en un
cártel del petróleo verdaderamente corporativo y metido en
una dialéctica Sur-Norte, si bien Washington no estaba en
condiciones de ir más allá de las amonestaciones verbales
porque importaba de Venezuela 1,4 millones de barriles al
día, lo que representaba más de la mitad del total de las
ventas venezolanas y el 14% del consumo petrolero
estadounidense. Por el momento, la escalada alcista en el
precio del barril iniciada en abril de 2000, que alcanzó el
pico de los 36,4 dólares en la segunda semana de agosto, una
cotización sin precedentes desde la ocupación irakí de
Kuwait en 1990, amortiguó los efectos de la crisis económica
en Venezuela.
Así, el año 2000 registró una inflación para el conjunto del
año del 13,4%, siete puntos menos que 1999 y la tasa más
baja desde 1986, mientras que la cuenta corriente consignó
su mayor superávit en un lustro y el déficit fiscal se
redujo hasta el 2%. Igualmente, el segundo año de la
Presidencia de Chávez se saldó con un crecimiento positivo
del PIB del 3,2%, cuando 1999 había padecido una recesión
brutal, del 7,2%.
La segunda cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la
OPEP desde la celebrada en Argel en 1975 tuvo como escenario
Caracas el 28 de septiembre de 2000. En ella, Chávez invitó
a los países consumidores de petróleo a discutir fórmulas
para contener el alza de los precios. Pero los saudíes
hicieron valer su peso tradicional, así que la denominada
Declaración de Caracas no extremó las críticas a los países
desarrollados (fundamentalmente, se les demandó el alivio de
las cargas fiscales sobre los carburantes para mitigar el
daño a sus consumidores), y aparcó para ulteriores
encuentros toda decisión sobre cuotas de producción.
A mediados de 2001 Chávez protagonizó otro período de
hiperactividad foránea. Primero, realizó una gira que le
llevó por Rusia, Irán, India, Bangladesh, China (país que,
al igual que Irak y
Cuba, no
estaba siendo condenado por Venezuela a la hora de votar en
la ONU los informes sobre la situación interna de los
Derechos Humanos), Malasia e Indonesia. En Yakarta, el 30 y
el 31 de mayo, no se perdió la XI Cumbre del Grupo de los
Quince (G-15).
A continuación, el 23 y el 24 de junio, presidió en Valencia
el XIII Consejo Presidencial Andino, en cuya clausura
anunció en primicia la captura en Caracas del que fuera
principal colaborador del dimitido presidente Fujimori,
Vladimiro Montesinos, y su inmediata entrega a las nuevas
autoridades peruanas que lo reclamaban para juzgarlo por
diversos crímenes. Ahora bien, la disputa con Lima estalló
al punto cuando el ministro del Interior peruano, Antonio
Ketin Vidal, desplazado a Caracas para coordinar la búsqueda
y captura de Montesinos, fue amonestado por violar la
soberanía nacional, mientras que el Gobierno del país andino
acusó a su homólogo venezolano de haber protegido al prófugo
durante meses. La crisis culminó el 29 de junio con la
retirada de los respectivos embajadores.
Con Colombia, los rifirrafes continuaron por la insistencia
de Chávez en declarar una posición neutral y potencialmente
mediadora en el tortuoso proceso de paz (por lo demás,
fracasado en febrero de 2002) entre el Gobierno y la
guerrilla de las FARC, cada vez más percibida fuera y dentro
de Colombia como una organización básicamente criminal y
terrorista no obstante su discurso revolucionario.
Las actitudes de proteccionismo comercial y de freno a la
integración regional percibidas por Colombia, Perú y Ecuador
en el seno de la CAN, la denuncia por el antiguo cónsul
venezolano en París, Nelson Castellano Hernández, de que el
mandatario, supuestamente, había intentado que Francia
excarcelara al sangriento terrorista internacional de los
años setenta Ilich Ramírez Sánchez, más conocido por sus
alias de Carlos y Chacal y venezolano de
nacimiento, y la furibunda reacción de Estados Unidos, con
la llamada a consultas a su embajadora en Caracas, frente a
la demanda del presidente de que cesaran los bombardeos
contra los talibanes de Afganistán porque no se podía
"combatir el terror con el terror", fueron otros tantos
episodios que aparejaron a Chávez el perfil de outsider
y destemplado rebelde contra la hegemonía estadounidense en
el proscenio internacional.
Del 11 al 13 de agosto Chávez agasajó a Castro en Ciudad
Bolívar y en Santa Elena de Uairén con motivo de su 75
cumpleaños –entre otros honores le concedió la Orden
Congreso de Angostura-, y de paso amplió el convenio
petrolero suscrito el año anterior las áreas agrícola y
turística. Este nuevo ejercicio de desembozo con el anciano
dictador ahondó las suspicacias en sectores de la sociedad
civil venezolana que atisbaban indicios de "cubanización"
del país y que por otro lado desconfiaban de iniciativas
presidenciales como el Plan Bolívar 2000, cuyo acento en el
voluntarismo social recordaba las movilizaciones dirigidas
por el Partido Comunista de Cuba.
En octubre de 2001 Chávez, incansable, desarrolló otra
prolongada gira por las capitales de la OPEP más París,
Roma, Bruselas, Lisboa, Moscú, Londres -donde sostuvo, el
día 23, una reunión con el primer ministro Tony Blair-,
Ottawa y México. La consigna del periplo era intentar
fraguar un consenso entre los países exportadores e
importadores de petróleo en torno a unos precios estables
con unos niveles de extracción bajos. El 11 y el 12 de
diciembre Isla Margarita brindó el escenario para la III
cumbre de la Asociación de Estados del Caribe (AEC), a la
que no faltó el incondicional mentor cubano.
6. Sucesión de contestaciones internas y auge de la
oposición
Si la controvertida actuación de Chávez en el exterior no
daba tregua a observadores y analistas, el sosiego tampoco
arraigaba en el interior. El incremento a ojos vista de la
corrupción, la pobreza -que afectaba ya a tres cuartas
partes de los venezolanos-, el paro -el 25% de la población
activa- y la criminalidad común -de proporciones
insoportables en los núcleos urbanos-, municionaron los
argumentos de la aún deshilvanada oposición (los
"escuálidos", en la expresión de Chávez), igualmente presta
a criticar los citados acercamientos a líderes y
organizaciones mundiales de pedigrí democrático más que
dudoso, en detrimento de los interlocutores tradicionales de
Venezuela.
Ya en los primeros meses de 2000, antes de las primeras
elecciones generales bajo la nueva Constitución, el chavismo
afrontó su primera crisis importante al declararse
desafectos varios antiguos comandantes de las aventuras
golpistas de 1992, quienes acusaron a su ex camarada de
laxitud frente a los comportamientos corruptos de algunos
mentores políticos del MVR. Este malestar, extensible a
sectores en activo de la Fuerza Armada, debido a ciertos
errores y precipitaciones del Gobierno y a denunciados
relajos que distaban de cumplir el espíritu bolivariano,
hacía suponer la configuración de una oposición interna
a Chávez, cuando paradójicamente la oposición nominal se
hallaba fuera de juego y carecía de una voz influyente.
En mayo de 2001, la constatación de la desazón y la
impaciencia sociales indujo a Chávez a sopesar la
declaración del estado de excepción para combatir por
decreto la corrupción y la pobreza, lo que motivó la ruptura
con el MAS, primera baja de un Polo Patriótico llamado a
disgregarse. El 9 de junio, en un acto con estética
guevarista convocado en su honor por el PCV, el presidente
urgió a sus seguidores a unirse bajo la bandera de la
"revolución antiimperialista", y a estar listos para parar
la "avalancha de ataques desde todos los frentes" y derrotar
a la "contrarrevolución" en marcha.
Después, el 8 de septiembre, Chávez presidió la entrega de
105.000 acres de latifundios baldíos del estado de Zulia al
Instituto Agrario Nacional (IAN). Anticipando la ultimada
Ley de Tierras y Desarrollo Agrario (LTDA), la medida fue
vista como el arranque de una reforma agraria de tipo
radical, más ambiciosa que la ahora derogada Reforma Agraria
de 1960, para acabar con una situación absurda: que el país
tuviera que importar dos tercios de los alimentos que
consumía a pesar de la feracidad de su suelo tropical y
mientras unos cientos de propietarios acaparaban el 70% de
las tierras cultivables. No en vano, Chávez instó a los
terratenientes, so pena de afrontar subidas de impuestos o
expropiaciones forzosas por ley, a que entregaran las fincas
incultas al Estado, el cual dispondría su distribución entre
las comunidades rurales más necesitadas.
A finales de noviembre, con las encuestas de opinión muy
desmejoradas y en un ambiente enrarecido que auguraba más
protestas e inestabilidad, el presidente negó que hubiera
riesgo de golpe de la Fuerza Armada. El titular de Defensa,
José Vicente Rangel (quien en febrero anterior había
reemplazado al general Ismael Eliécer Hurtado Sucre,
convirtiéndose en el primer civil al frente del Ministerio
desde 1929), alertó de la existencia de "gente que quiere
reeditar en Venezuela lo que pasó en Chile con Salvador
Allende". El propio Chávez, incapaz de moderar su
predisposición a la confrontación y de elaborar un solo
consenso político, advirtió: "esta revolución está armada".
El 10 de diciembre de 2001 marcó el punto de no retorno en
una etapa de contestación en las calles, a través de marchas
masivas, caceroladas al estilo argentino y paros nacionales,
convocados por un arco creciente de partidos, organizaciones
sectoriales, ONG y demás componentes de la sociedad civil.
Hecho insólito, los empresarios privados, a través de la
Federación Venezolana de Cámaras y Asociaciones de Comercio
y Producción (Fedecámaras), por cuyas manos pasaba el 90%
del PIB no petrolero, y los sindicatos, con la Confederación
de Trabajadores de Venezuela (CTV) -ligada a AD y que Chávez
había intentado, sin éxito, descabezar mediante el
referéndum del año anterior- en primer lugar, unieron
fuerzas para propiciar una revuelta civil que forzara, sin
esperar al referéndum revocatorio contemplado en la
Constitución, la dimisión del presidente.
Aquel día, una huelga general al grito de "¡fuera el loco!"
abucheó la promulgación, en virtud de la Ley Habilitante
aprobada el 13 de noviembre de 2000, de 49 decretos-leyes,
entre los que figuraban la ya comentada Ley de Tierras y la
nueva Ley Orgánica de Hidrocarburos, que perseguía aumentar
la tributación de las corporaciones extranjeras hasta el 30%
y reservar al Estado una participación mayoritaria, del 51%,
en las sociedades mixtas formadas con las empresas
concesionarias privadas. El cambio de rumbo en PDVSA trataba
de compensar la inesperada merma de la renta petrolera, a
causa de la caída del precio del barril por debajo de los 19
dólares tras los atentados del 11 de septiembre en Estados
Unidos, que a su vez había desbaratado los presupuestos de
2002.
En opinión de Fedecámaras, pero también de la CTV, los
propietarios agropecuarios y los medios de comunicación
privados, este paquete legal ponía en peligro el derecho a
la propiedad privada y la misma estructura de la economía de
mercado, considerando claramente inconstitucionales algunas
de las disposiciones. Por lo que respecta a los cambios
realizados en PDVSA, los detractores del Gobierno
denunciaron su carácter estatista y centralizador, y en un
análisis general, vaticinaron el derrumbe de las inversiones
privadas, cuyos preámbulos serían la fuga de capitales en
curso y, de nuevo, el incremento de los débitos del Estado.
El déficit fiscal se acercaba entonces al 10% del PIB, lo
que representaba unos 9.000 millones de dólares.
El 23 de enero de 2002, sendas marchas populares de uno y
otro signo (si bien sólo la antigubernamental fue
verdaderamente multitudinaria) midieron sus fuerzas en
Caracas en el cuadragésimo cuarto aniversario del
derrocamiento de Pérez Jiménez. Sólo un día después, Chávez
destituyó como ministro del Interior a Luis Miquilena,
aparentemente por defender una posición de diálogo y
acercamiento a sectores de la sociedad más allá del MVR y
sus socios de la izquierda, si bien era cierto que el
segundo hombre fuerte del Gobierno junto con Rangel
había sido para la oposición una verdadera bestia negra
al ofrecer un talante autoritario cuando estuvo al frente de
la ANC. La proclamación por Chávez el 4 de febrero, en el
décimo aniversario del intento de golpe de 1992, "día de
celebración nacional" ante 100.000 partidarios fue
considerada un "ultraje a la democracia" por la oposición.
El creciente número de militares, en activo o retirados, que
entraban a ocupar altos cargos en el Gobierno y la
Administración, en vez de anular la capacidad de la Fuerza
Armada para perturbar el orden constitucional de la
República Bolivariana, la estimuló. La dedicación de los
uniformados a menesteres no propiamente castrenses, los
discretos vínculos del chavismo con las guerrillas
colombianas, la promoción de la ideología bolivariana en los
cuarteles, los indicios de entregas de armas a chavistas
organizados como Círculos Bolivarianos (a imitación de los
Comités de Defensa de la Revolución cubanos) y la sucesión
de mudanzas en el escalafón para asegurar la lealtad al
Gobierno, generaron un resentimiento en varios mandos
intermedios que cristalizó, primero, en expresiones de
descontento más o menos contenidas en el perímetro de los
cuarteles, y luego, en desafecciones públicas.
Quien abrió la más peligrosa caja de Pandora para Chávez
fue, el 7 de febrero de 2002, el coronel de Aviación Pedro
Luis Soto, que en un programa de televisión, asegurando
hablar en nombre del "70% de la Fuerza Armada", demandó la
sustitución de su antiguo colega de armas por un presidente
civil y la celebración de elecciones anticipadas, ya que
Chávez no había sido elegido "para que se adueñara de
Venezuela" e "impusiera un sistema con una ideología que en
otros países ha fracasado, trayendo miseria y pobreza".
Soto fue castigado con la expulsión de la Fuerza Armada y el
Alto Mando Militar ignoró su llamamiento a la sublevación,
pero recibió la solidaridad de otros oficiales de diverso
rango, como el capitán de la Guardia Nacional Pedro José
Flores y el contralmirante Carlos Molina Tamayo, que en los
días y semanas siguientes le secundaron con sus propias
proclamas sediciosas. Los generales de brigada Ovidio
Poggioli Pérez y Guaicaipuro Lameda Montero fueron asimismo
apartados del servicio, el primero por pertenecer a la
disidencia y el segundo por expresa voluntad, al discrepar
con la reforma de PDVSA, de la que era presidente.
A la vez que encajaba estos desafíos desde el estamento
militar, Chávez hubo de hacer frente al imparable deterioro
de la situación económica, damnificada en parte por la
incertidumbre política y por la misma retórica beligerante
del presidente. El 13 de febrero, tras varias semanas de
intervenciones infructuosas del Banco Central (BCV) en
defensa del bolívar frente al dólar, el Gobierno eliminó la
banda de fluctuación vigente desde 1996 y dejó en libre
flotación a la moneda nacional, que sólo en las primeras 24
horas se devaluó un 31,4%, y anunció el ajuste fiscal, grato
al FMI, para enjuagar el déficit. De entrada, los
presupuestos generales del Estado serían podados en un 22%.
Las borrascas militar y económica animaron a la oposición
civil a intensificar la campaña de protestas, de manera que
el 5 de marzo, Fedecámaras, la CTV, la Conferencia Episcopal
y el rectorado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB)
firmaron un Pacto Democrático contra Chávez en el que
convocaban a la unidad de todos los sectores del país para
rescatar el diálogo social y acometer medidas urgentes
contra los múltiples y graves problemas que arrastraba el
país.
7. La crisis de abril de 2002: derrocamiento, contragolpe
y restauración del chavismo
La CTV realizó una huelga general el 9 de abril y, al
constatar su seguimiento desigual (en PDVSA se trabajó sin
novedad, no obstante la crispación causada por los recientes
despidos de ejecutivos rebelados contra el nombramiento de
la nueva dirección y contra la revisión de los criterios de
gestión mercantilistas del holding), decidió
prolongarla al día siguiente. En la segunda jornada de paros
la tensión se disparó, con la llamada por la CTV y
Fedecámaras a la huelga general indefinida, la
desautorización de Chávez por otros dos generales y la
advertencia del Gobierno de que estaba en marcha una
conspiración para derribarlo.
El día 11, jueves, los acontecimientos se aceleraron. En
respuesta al llamamiento de Fedecámaras y la CTV, varios
cientos de miles de caraqueños, en torno al medio millón, se
manifestaron para exigir la renuncia inmediata de Chávez. La
marcha, pacífica y protagonizada por las clases medias, se
encaminó hacia la sede de PDVSA en Chuao, en el sector este
de la ciudad, pero luego cambió el itinerario y se dirigió
hacia el Palacio de Miraflores, en cuyas inmediaciones
estaba congregada también una muchedumbre de partidarios del
presidente. Las dos manifestaciones no llegaron a tocarse,
pero esto no evitó que corriera la sangre por la irrupción
de individuos que, blandiendo pistolas y armas de cañón
largo, comenzaron a disparar. Lo que sucedió después estuvo
trufado de confusión y dio pábulo a una encendida
controversia llamada a durar años.
Según las informaciones iniciales, los marchistas opositores
fueron tiroteados indiscriminadamente por miembros de la
Guardia Nacional y por francotiradores de paisano,
aparentemente chavistas armados, que se encontraban
apostados en los márgenes de la riada humana. Más tarde, sin
embargo, se acumularon testimonios que apuntaban a elementos
de la Policía Metropolitana, cuerpo de orden público hostil
al Gobierno, como los iniciadores del tiroteo. Como
resultado del intercambio de disparos, 17 personas perdieron
la vida y más de un centenar resultaron con heridas de
diversa consideración. Contrariamente a lo divulgado en los
primeros momentos, varias de las víctimas resultaron ser
partidarios del presidente, lo que alimentó las dudas sobre
la verdadera autoría de estos crímenes, si fueron obra
exclusiva de uno u otro bando, o si fueron perpetrados por
los dos.
Con posterioridad a tan dramáticos hechos, en los medios
oficialistas cundió la convicción de que la matanza fue
planificada por aquellos que estaban interesados en crear
una situación de caos, provocando víctimas en las dos
manifestaciones, para desacreditar al Gobierno y justificar
su derrocamiento. Para la oposición, en cambio, no cabían
dudas de que su marcha se topó con una encerrona de
elementos chavistas que dispararon a matar.
Fuera como fuere, la masacre sucedida en el Puente Llaguno y
la Avenida Baralt, en pleno corazón de Caracas, desencadenó
en las horas siguientes una cascada de declaraciones de
rebeldía o de condena por parte de un grupo de generales
encabezados por el jefe del Estado Mayor de la Armada,
vicealmirante Héctor Ramírez Pérez, del alcalde
metropolitano de Caracas, Alfredo Antonio Peña –un reciente
tránsfuga del MVR-, de varios gobernadores estatales y del
ex ministro Miquilena, mientras que los medios de
comunicación privados, ya mal encarados con el Gobierno por
el acoso de los Círculos Bolivarianos a sus trabajadores y
las trabas oficiales a la libertad de expresión, pusieron el
grito en el cielo por el corte de sus emisiones.
El viernes 12, pródigo en informaciones confusas, se produjo
la caída de Chávez como consecuencia de la desautorización
pública del Alto Mando Militar, inclusive el comandante en
jefe del Ejército, general Efraín Vásquez Velasco, y el
inspector general y comandante en jefe de la Fuerza Armada,
general Lucas Rincón Romero. Éste, no sin ambigüedad sobre
su postura personal (de hecho no se le tenía por
antichavista), leyó ante las cámaras de la televisión un
comunicado en el que informó a la nación de que la cúpula
militar había pedido la dimisión de Chávez y que éste había
asentido. "Los miembros del Alto Mando Militar de la Fuerza
Armada de la República Bolivariana de Venezuela deploran los
lamentables acontecimientos sucedidos en la ciudad capital
en el día de ayer. Ante tales hechos, se le solicitó al
señor presidente de la República la renuncia de su cargo, la
cual aceptó ", explicó el que era el oficial de mayor rango
de la Fuerza Armada venezolana.
En lo que tenía todo el aspecto de ser un golpe de Estado,
Chávez, vestido con su uniforme de teniente coronel de
paracaidistas, fue puesto bajo arresto por el general de
brigada Néstor González González (quien el día 10 se había
anticipado a los hechos acusando de "traidor" al mandatario
por proteger a las FARC colombianas) en el Fuerte Tiuna,
sede de la Comandancia General del Ejército, después de que,
según parece, viera frustrado un intento de escapar del país
al estar tomados los aeropuertos por soldados rebeldes.
Trascendió que el mandatario había quedado confinado a la
espera de comparecer ante la justicia por la matanza del día
anterior. Asimismo, circularon versiones contradictorias
sobre si llegó a firmar o no la carta de dimisión aludida
por el general Rincón.
Entretanto, el presidente de Fedecámaras y principal rostro
de la oposición en los últimos meses, el empresario
petroquímico Pedro Francisco Carmona Estanga, anunció que
contaba con el apoyo de los militares para formar un
Gobierno Transicional de seis miembros, de hecho una junta
cívico-militar. Carmona, arrogándose el título de presidente
de la República –en flagrante violación de las previsiones
sucesorias en la jefatura del Estado establecidas por la
Constitución si faltare el titular del Ejecutivo-, y su
gabinete de "transición democrática y unidad nacional"
tomaron posesión la tarde del viernes en el Palacio de
Miraflores, en un clima de euforia en las filas opositoras,
que, con la consigna de "ni un paso atrás", creían asistir
al final del régimen bolivariano.
Carmona precisó que su mandato era interino, prometió
gobernar para reponer "la pluralidad democrática civil" y
asegurar "el pleno imperio de la ley", así como castigar a
los elementos de las "hordas chavistas" responsables de los
asesinatos de la víspera, desconvocó la huelga general,
nombró un nuevo Alto Mando Militar y se lanzó a emitir un
torrente de decretos ejecutivos, dirigidos a desarticular
toda la institucionalidad vigente desde 1999, entre los que
figuraban: la disolución y remoción de la Asamblea Nacional,
el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), la Fiscalía General,
la Contraloría General de la República, la Defensoría del
Pueblo y el CNE; la celebración de elecciones generales en
un año a más tardar; la retirada de la condición de
Bolivariana del nombre de la República; la dotación al
presidente de potestad para cesar y designar a todos los
representantes públicos, desde ministros a alcaldes pasando
por gobernadores, en el período de transición; el desarme de
las organizaciones civiles adictas al poder derrocado; y, la
suspensión de los polémicos 49 decretos-leyes autorizados
por la Ley Habilitante.
Esgrimiendo el artículo 350 de la Constitución de 1999, que
faculta al pueblo, en tanto que depositario del poder
constituyente originario, para "desconocer cualquier
régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores,
principios y garantías democráticos o menoscabe los Derechos
Humanos", Carmona parecía tener la situación bajo control,
pero en menos de un día confluyeron una serie de
circunstancias que precipitaron la desbandada de su gobierno
y la reposición triunfal de Chávez en la Presidencia.
En tan sorpresivo y vertiginoso vuelco en la correlación de
fuerzas resultó decisiva la retirada de la confianza a
Carmona por los mismos militares que lo habían aupado, por
intentar blindar su autoridad civil en el período de
transición y por el alcance, de regusto revanchista y
totalitario, de algunos de sus decretos, así como el
comienzo de la persecución sistemática por los cuerpos de
seguridad de figuras del régimen depuesto y de miembros de
los Círculos Bolivarianos. La fractura de la institución
armada, como la del conjunto de la sociedad, polarizada
hasta el borde de la guerra civil (según algunos análisis
fatalistas de observadores locales), era un hecho.
Primero, el ostentoso distanciamiento de los generales
titubeantes, segundo, el malestar de partidos políticos y
sindicatos por lo que veían era un volantazo a la derecha, y
tercero, la disparidad de reacciones en la comunidad
internacional ante el forzado relevo, con Estados Unidos
congratulándose sin disimulos, España deseando la pronta
recuperación de la "calma y solidez democrática", y el resto
de Latinoamérica, a través de la XVI Reunión en Costa Rica
del Grupo de Río, condenando la "interrupción del orden
constitucional" en Venezuela (los presidentes de Argentina,
Eduardo Duhalde, Paraguay, Luis Ángel González Macchi,
México, Vicente
Fox, y Chile,
Ricardo
Lagos, amén de Cardoso desde Brasilia, se expresaron en
términos duros, mostrándose distantes y cautos otros
mandatarios), animaron a los apesadumbrados partidarios de
Chávez, muy numerosos en los suburbios pobres, a adueñarse
de las calles céntricas de Caracas y, con cólera desatada, a
exigir la liberación de su ídolo.
En la tarde del sábado 13, Carmona, después de decir el
general Vásquez (a su vez, presionado por unidades salidas
en defensa de Chávez, como los paracaidistas de Maracay,
comandados por el general de división Raúl Isaías Baduel)
que el Gobierno de transición había cometido "errores",
anunció correcciones a los decretos del día anterior y
restituyó los poderes legislativo y judicial del Estado,
pero los partidarios de Chávez, civiles y militares, ya
habían iniciado el contragolpe. Mientras Caracas era
devastada por disturbios y pillajes, y una decena de
personas moría a manos de las fuerzas del orden público, que
no estaba claro si disparaban para contener a los
saqueadores o por motivos políticos contra los chavistas, el
vicepresidente ejecutivo Diosdado Cabello, nombrado el 13 de
enero anterior en sustitución de Adina Bastidas Ramírez
luego de servir a Chávez como ministro secretario de la
Presidencia, emergió de la clandestinidad para restaurar el
régimen.
Al final del día, Cabello prestó juramento como presidente
provisional en el Palacio de Miraflores, ya ocupado por los
ministros y demás hombres fieles a Chávez con la ayuda de la
guardia de la Casa Militar, ante el presidente de la
Asamblea Nacional, Willian Lara, quien en todo este tiempo
se había negado a obedecer a Carmona. El empresario
reconoció al punto a Cabello y presentó la dimisión, siendo
a continuación arrestado y confinado en el Fuerte Tiuna por
efectivos del Batallón Caracas. Ya en la madrugada del
domingo 14, Chávez partió en helicóptero desde su lugar de
cautiverio, la isla caribeña de La Orchila, a 100 km del
continente, y aterrizó directamente en Miraflores, en cuyas
inmediaciones le esperaban cientos de miles de
enfervorizados partidarios.
Acto seguido y vestido de civil, retomó la jefatura del país
de manos de Cabello y Lara, y, en una atmósfera de euforia
apenas contenida, pronunció un discurso inesperadamente
mesurado y conciliador, en el que declaró sentirse
"estupefacto" por el triunfo de la
"contra-contrarrevolución" y que regresaba "sin odio ni
rencor". Asimismo, llamó a la "calma" y la "cordura" de
todos, y negó que el Gobierno fuera a desatar una "caza de
brujas" en la oposición, a la necesitaba "leal con el país y
el pueblo". Con todo, la larga intervención televisada
comenzó con unas palabras enigmáticas, "a Dios lo que es de
Dios, al César lo que es del César, y al pueblo lo que es
del pueblo", y, a modo de advertencia, sentenció que era
hora de "tomar decisiones y ajustar muchas cosas",
exhortando directamente a los medios de comunicación para
que hicieran "profundas rectificaciones".
Parte 1 /
Parte 2