Cargando


 

Avizora Atajo Publicaciones Noticias Biografías

Biografías
Antonio Di Benedetto

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- "Zama": Acerca de la novela de Di Benedetto
-
Antonio Di Benedetto y la espera
- Literatura
- Borges y Arlt: las paralelas que se tocan
-
Dylan Marlais Thomas

 

Google

Avizora - Atajo Google
 

 

 

1006 - Antonio Di Benedetto nace el 2 de noviembre de 1922 en Mendoza, Argentina y muere el 10 de octubre de 1986 en Buenos Aires. Fue periodista y escritor

Silvina Friera
- La marca de un creador de ilusiones

“El trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva”, dijo el autor de Zama, Absurdos y Los suicidas, que sufrió la detención ilegal en la dictadura y el exilio, pero nunca perdió la llama vital para seguir escribiendo, con un estilo único

“Una página de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh”, decía Juan José Saer. A 20 años de la muerte -1986- del escritor y periodista Antonio Di Benedetto, su literatura está venciendo el olvido, el maltrato y la indiferencia, que también había sufrido el autor en los últimos años de su vida, cuando regresó del exilio. La editorial Adriana Hidalgo, que desde 1999 está reeditando la obra del escritor mendocino (El silenciero, Cuentos claros, Zama, Mundo animal, Absurdos y El pentágono, entre otros), acaba de publicar los Cuentos Completos, que incluye varios relatos inéditos y algunos cuentos que sólo circularon en diarios, antologías o revistas. La semana pasada se estrenó el film Los suicidas, de Juan Villegas, el primer largometraje hecho a partir de una obra del escritor mendocino, y esta semana en la Biblioteca Nacional se realizarán jornadas de homenaje con la participación de Noé Jitrik, Luis Chitarroni, Mario Goloboff, Marcelo Cohen, Hebe Uhart y Graciela Speranza, entre otros.

En una autobiografía que escribió en 1968 por encargo para una publicación de Alemania Occidental, Di Benedetto, que nació el 2 de noviembre de 1922 en Mendoza, decía que prefería la noche y el silencio. El escritor pensaba que los ruidos introducen en el mundo el accidente, la asimetría, el sufrimiento. “El trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva –explicaba el autor de Zama–.Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector.” Aunque había cursado algunos años de abogacía, se dedicó al periodismo y a la literatura. Se cuenta que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes iban a verlo. “Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello –explicaba el escritor–. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas... Y aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.”

En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal (que obtuvo el Premio Municipal de Mendoza en 1952 y la Faja de Honor de la SADE, en 1953), en los que el autor eligió animales domésticos que mantienen una relación “más íntima” con el hombre. Su prosa aparentemente sencilla y lacónica, potente y a la vez personal, se fue aceitando en El pentágono (1955), su segundo libro y primera novela, y alcanzó su máxima soltura, rigor y perfección con Zama, publicada en 1956. “El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor –planteaba Di Benedetto–. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.”

“A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere”, decía el escritor, que seguía escribiendo y publicando relatos, Cuentos claros (1957), Declinación y ángel (1958) y El cariño de los tontos, entre otros, para exorcizar ese ahogo o acaso como un consuelo. El 24 de marzo de 1976, la misma noche del golpe militar, Di Benedetto fue arrestado. Primero estuvo detenido unos meses en Mendoza, en el Colegio Militar. “No se lo podía ver, pero sí llevarle ropas y alimentos. Cuando lo trasladaron sorpresivamente a la Unidad 9 de La Plata, no nos dijeron adónde lo habían llevado. Empezamos a buscar con Bernardo Canal Feijóo, y los dos, cada uno por su lado, logramos saber su destino”, recordaba Adelma Petroni, una escultora amiga de Di Benedetto.

Estuvo detenido un año y siete meses, desde marzo de 1976 hasta septiembre de 1977. “Yo pedí a todo el mundo que hiciese lo posible para lograr su libertad. Finalmente el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll le envió un telegrama a Videla”, dice Petroni. El autor sufrió cuatro simulacros de fusilamiento y numerosos golpes. Sin poder escribir, porque le rompían todos los papeles, encontró entonces un ardid: “Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica”, reveló Petroni. Esos cuentos se terminarían editando bajo el título de Absurdos. Con el anticipo que le dio el editor viajó a Europa, dio algunas vueltas y se instaló en España. Cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad. “Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros y murmuraba: ‘¡Polleras!’. Pero ese año indigno lo destruyó”, contaba Saer. Di Benedetto sostenía que nunca estuvo seguro de que hubiera sido encarcelado por algo que publicó: “Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho por qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosa de las torturas”.

La economía y la exactitud, matizadas con lo coloquial, lo lírico y lo reflexivo, fueron las máximas virtudes de la prosa de Di Benedetto. Su obra está empezando a ocupar lentamente el sitio que se merece en la literatura argentina.

Zama o nada que ver - Juan Sasturain

Cuenta la leyenda literaria que el joven periodista, crítico de cine y narrador casi secreto Antonio Di Benedetto escribió Zama en un mes. El también lo ha contado, prolijamente. Tenía treinta y tres años, trabajaba en Los Andes de su Mendoza natal y estaba de vacaciones en Córdoba. Se puso, y prácticamente la liquidó tecleando durante dieciocho días en “una casa vacía”. Con una semana larga más, ya de vuelta en el diario y robándole tiempo y escritorio al laburo –como su personaje Manuel Fernández–, la terminó. Zama se publicó a los pocos meses en una editorial chica que sacaba nuevos narradores, en general provincianos: Doble P. Era en 1956 y ya hace medio siglo de eso. Por esos meses/años también publicaban buenas primeras o primerizas novelas los jóvenes o maduros David Viñas, Marco Denevi, Andrés Rivera, Beatriz Guido, Enrique Wernicke y algún otro pronto reconocible. Sin embargo, los relatos más poderosos que el tiempo ha decantado para el momento, y los debutantes, son tres textos que, cada uno a su manera, resultaban marginales y prácticamente “invisibles” para el sistema narrativo vigente: Operación Masacre de Walsh, El Eternauta de Oesterheld y este increíble, extemporáneo Zama. Que no se parece a nada. El monólogo de un funcionario colonial anclado en una entrevista Asunción que, víctima de la espera –-como el coronel de García Márquez o el protagonista de El pozo– termina hundido en la degradación, el sinsentido o, mejor, en su trágico “destino sudamericano”, rompe con todas las expectativas de una supuesta novela “histórica” o “regionalista” para establecer un cruce inédito de esos clichés con ciertas formas contemporáneas –la novela existencialista, de El extranjero a La náusea, por ejemplo– pero sin rastro de modelo alguno, sin “traducir” conflictos filosóficos en ficción. Bastan la invención prodigiosa y el rigor del estilo para hacer de Diego de Zama un trágico destino universal.

Como explicó alguna vez Bioy para describir el estilo de La invención de Morel, la aparente simplicidad y las frases cortas de Zama fueron, según Di Benedetto, una manera de no complicarse, hacerla corta, correr menos riesgos de errarle al escribir apurado. Parece chiste. La (modesta) explicación, digo. Porque como ha dicho Saer, que lo leyó bien desde siempre, que le dio lugar a la novela en el podio americano y universal antes que otros, hay en su escritura un sello tan flagrante como el borgeano, una manera Di Benedetto reconocible en pocas líneas. Y esa marca se hace huella en y a partir de Zama. La lengua construida, imaginada para contar una historia alevosamente fechada, es un coloquial elíptico, ascético pero condensado de alusiones, a saludable contrapelo del “torrencial” americano. El camino de Rulfo y de Felisberto Hernández, dos referencias que ponen a Di Benedetto en un lugar que no le queda chico.

La soledad del hombre en el mundo - Mario Goloboff

De Antonio Di Benedetto nos queda la imagen de un hombre digno y altamente ético, que no abandonó sus principios ni en las peores circunstancias y que vivió para la literatura, a la que intentó trasladar su inquietud por la condición humana. Queda también una vasta obra, diversa, novedosa, escrita con rigor clásico, una de las más sobrias y originales de la literatura contemporánea, cuyo centro es la soledad del hombre en medio del mundo. Y, de toda su calificada producción, queda asimismo una novela mayor, Zama, que cuenta entre las más importantes escritas en América latina, en la cual se destaca un universo narrativo muy propio, donde la limpieza y el afinamiento lingüísticos llevan el ciclo de la corrosión existencial hasta sus límites.

Se trata de un texto apretado, homogéneo, complejo, de enorme tensión, en el que Don Diego de Zama, funcionario colonial español de origen americano en Asunción del Paraguay, expone, en un insistente monólogo interior, su vida, sus obsesiones, su degradación personal y política, la de sus normas y valores, al tiempo que acompaña (y exhibe) la declinación del Imperio.

Pero Diego de Zama no solamente habla sobre sí; habla, igualmente, para sí: “Esos temas quedaban sólo para mí, excluidos de la conversación con el gobernador y con todos, por mi escasa o nula facilidad para hacer amigos íntimos con quienes explayarme”. La salida del soliloquio, la salida social, se deposita en la escritura, en esa actividad separada por una franja delgada del habla, y en la cual, sí, habría modos de comunicarse con los otros. Es la literatura la que, por caminos distintos que los del discurso, accede a la sociedad, a la historia. En diálogo con Günter Lorenz, Di Benedetto afirmaba: “Escribo porque me gobierna una voluntad intensa de construcción por medio de la palabra. (...) Pero guardo conciencia de que estoy usando, como instrumento, un lenguaje, y no me refiero al idioma español, sino a la palabra escrita que es vía de comunicación con todos los seres humanos”.

Amigo y admirado maestro de Juan José Saer, su obra fue reconocida por Augusto Roa Bastos y por Alain Robbe-Grillet, quien la recibió como una precursora del “Nouveau roman”, tuvo rápida difusión en Europa, y gozó tempranamente de enorme prestigio. En 1978 recibió en Roma el Premio Italo-latinoamericano por Zama: “...un texto difícil de encasillar en una escuela o un filón precisos. Es una novela histórica de tipo particular. (...) Se trata de una escritura refinada y, casi, destilada”.

Di Benedetto - Juan José Saer. "Zama" Reflexiones sobre la novela de Antonio Di Benedetto - Juan José Saer

Recordando una ironía que Goethe aplicó a los liberales, podríamos decir que a muchos escritores las cosas les resultan fáciles hoy en día, porque el público entero les sirve de suplente. Ni una sola frase estampan que sus lectores no hayan plebiscitado de antemano. Tan obvia es la estética sumaria que les proponen, tan de acuerdo con la opinión, con el sentido común, con las generalidades más deslavadas del "hombre culto", que sus libros se vuelven innecesarios, puesto que los mismos lugares comunes que vehiculan ya han sido proferidos hasta la náusea por los semanarios, las reseñas académicas y los debates políticos y culturales. Y es fácil observar que, al poco tiempo, esas banalidades tan aclamadas se disuelven junto con la actualidad en la que se injertan.

Desde luego que no es el caso de Antonio Di Benedetto. Sus narraciones provienen de una profunda necesidad personal, indiferentes a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón, no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en ellas.

Hace cuarenta años, los grandes éxitos de librería como los llaman; nacionales e internacionales, ocultaron, con su barullo injustificado, la aparición de Zama, su obra maestra. Cuatro décadas más tarde, desvanecida ya la feria de ilusiones que nos lo escamoteaba, este texto a la vez épico y discreto, viviente y desgarrador, fulgura todavía entre nosotros. Es cierto que desde su aparición en 1956, varias ediciones confidenciales, casi secretas, se fueron sucediendo en la Argentina y en España, pero su lugar–uno de los primeros–en la narrativa de nuestra lengua no ha venido a ocuparlo todavía. Entre los autores de ficción de este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno de los pocos que tiene un estilo propio, y que ha inventado cada uno de los elementos estructurantes de su narrativa. Una página de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh. Sus grandes textos Zama, El silenciero, El cariño de los tontos, Cuentos claros, Aballay son un archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante banal de la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos demostrativos y tantas agachadas supuestamente vanguardistas, la prosa lacónica de Di Benedetto, construida con una tensión que no cede ni un solo instante, demuestra una vez más, aunque haya que recordarlo a menudo, que el arte del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de gracia.

Aunque opuesto en todo a los viajantes de comercio de la esencia americana, Di Benedetto, sin desde luego ningún voluntarismo programático, ha, por añadidura, elaborado en Zama una imagen exacta de América. Soliloquio lírico sobre la espera, la soledad, el desgaste existencial y el fracaso, este libro desesperado y sutil nos refleja de un modo más verídico que tantos carnavales conmemorativos que, con el pretexto de corretear lo americano, chapotean en el más chirle conformismo respecto de la forma narrativa, la cual, sin embargo, puesto que se presentan como libros de ficción, tendría que ser la primera de sus exigencias.

El rigor de Zama está presente en los otros grandes textos de Di Benedetto. Cuatro novelas El pentágono, Zama, El silenciero y Los suicidas y una quincena de relatos de diferente extensión, constituyen un universo narrativo de primer orden, por su unidad estilística y formal y por su lucidez sin concesiones. El sabor de su prosa, vivificado por discretos matices coloquiales, es, a pesar de su sencillez aparente, resultado de un análisis magistral de la problemática narrativa que su tiempo le planteó.

Los que tuvimos la suerte de ser sus amigos–lo que no estaba exento a veces de afectuosas dificultades– sabemos además que en la obra estaba presente la integridad de la persona, hecha de discreción, de penetración amarga, de abismos afectivos, de nobleza y de ironía. En 1976, las marionetas sangrientas que impusieron el terrorismo de Estado, lo arrestaron la noche misma del golpe militar y, sin ninguna clase de proceso, lo mantuvieron en la cárcel durante un año. Los notables mendocinos que había frecuentado durante décadas se lavaron las manos, de modo que cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad. Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros y murmuraba: "¡Polleras!". Pero ese año indigno lo destruyó. El elemento absurdo del mundo, que fecunda cada uno de sus textos, terminó por alcanzarlo. Y sin embargo, hasta último momento, a pesar de la declinación mental y física, encaró, con la misma ironía delicada de los años de plenitud, la inconmensurable desdicha.

14 de julio de 1985 - Clarín - Entrevista a Di Benedetto - por Jorge Halperín

Vladimir Nabokov comparó el trabajo del escritor con el de la Naturaleza. Dijo que la Naturaleza tiene un maravilloso sistema de engaños y sortilegios y que el escritor lo reproduce y actúa como un gran embaucador. ¿Usted se siente un embaucador?

–En la medida en que en algunos relatos he cultivado la picaresca, puede ser. Desde luego que en cuanto hay cosas inauténticas, pero que uno puede aceptar como verosímiles, el trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva. Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector. Lo fantástico es así.

–Usted construye literatura fantástica con personajes carnales. ¿Por qué?

–Es la fuga de la realidad. A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere.

–¿Cuáles son las reglas del sueño?

–Reglas no tiene, sino características. Los rasgos del sueño son la incoherencia, la precipitación de los sucesos, a veces sin gobierno, los finales abruptos que lo dejan a uno con el sueño colgado y la espada sobre la cabeza. A veces, son anuncios tétricos de una visión sobrenatural.

–Su última novela Sombras nada más, se construye a partir de los sueños.

–Yo he tratado de darle una relativa forma novelística. El cauce mayor es una reunión de sueños para los que me ejercité escribiendo un par de cuentos y busqué lo que llamo el sueño inducido.

–¿Qué es?

–Creo que se puede llegar a soñar lo que uno quiera por una necesidad espiritual muy grande de evadirse hacia ese sueño o de reencontrar en él a una persona.

–¿Es una experiencia real?

–En algún momento tuve la impresión de que yo me había inducido y había conseguido hacer tales o cuales cosas en el sueño o provocar la aparición de tales o cuales cosas. En un cuento que traje de España relato la necesidad del reencuentro con mi madre fallecida y cómo se va transformando el paisaje o la cantidad de personas que ella frecuentaba, o sus visitas a mi departamento de la calle Fundadores. Y yo escribía de inmediato, como cuando viví en un bosque de New Hampshire, Estados Unidos. También soñé con mi padre, que se escapaba de la tumba y, como lo había hecho en vida, se dedicaba a perseguir mujeres y cometer infracciones. Y yo tenía que atarlo con una cuerda a la tumba para que anduviera pero no tanto, y yo pudiera educarlo, adoctrinarlo.

–¿En la vida de vigilia también siente que tiene un mandato de enseñar y adoctrinar?

–En política, la única participación que tuve fue una muy breve en el Partido Socialista de Alfredo Palacios y pensé que tantos milenios de trampas y miserias cambiarían si se daba una fuerte conciencia moral. También lo propugné como profesor.

–¿Piensa que tiene alguna misión?

–Hablar de misión sería demasiado grande. Yo lo llamaría preocupación ética que, creo, existe en todos mis libros.

–Me hace evocar una anécdota mencionada en un reportaje que le hicieron: decía que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes venían a verlo.

–Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas. Y... aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.

–Es una visión muy particular.

–Fíjese: cuando nos cruzamos con alguien por la calle, le adivinamos los designios con sólo observar dónde posa su mirada o qué frescura o limpidez tiene, o qué grado de condensación hacia la amargura o qué sedimentos de tristeza carga. La mirada indica todo eso. Y luego, la mano es corroboración de todo lo malo, porque suele ser un puño abierto.

–Es como mirar al hombre en posición hostil.

–Lo común es que el hombre se esté clavando las uñas para no clavárselas a los demás, no porque no quiera sino porque no se lo permite. En vez de destrozar al otro con la mano abierta, cierra el puño anímicamente, simbólicamente.

–¿El hombre tiene como condición usar las manos para dañar?

–Las manos como síntesis de toda la capacidad corporal. También usa los pies, sobre todo cuando está descontrolado. Cuando puede, guarda las formas y usa la palabra o las manos. Pero cuando está descontrolado, se vuelve animal de cuatro patas y da la patada.

–Usted ha admitido la ambigüedad: la agresión pero también la búsqueda del contacto con el otro por las manos. ¿Para qué se lavaba las manos con alcohol? ¿Para quitarse todo lo que del otro quedó posado en usted?

–En cierto modo sí. Pero creo que el alcohol lo usaba nada más que cuando había hecho un juicio severo sobre la mano que recibí, sobre la persona, que me parecía repelente en lo moral. No se olvide que el despacho del director de un diario suele ser un depositorio de acusaciones, de maldades y tormentos, y si a uno lo contaminan, a lo mejor lo siente en las manos. Además, había una razón práctica: el baño estaba en el otro piso y no tenía tiempo de lavarme con agua.

–Parece la ceremonia religiosa de expurgar el mal.

–Yo tengo un origen fuertemente religioso. Principalmente por mi padre, y también por mi tío que fue sacerdote. Siempre he sido cristiano y fui víctima de cristianos que no lo son.

–Usted ha buscado siempre la soledad, pero también le tocó vivir un encierro no voluntario.

–Pero fíjese que la prisión de un año y medio que sufrí entre 1976 y 1977 fue uno de los encierros más transitados que he tenido en mi vida. Estaba visitado de noche por los sueños –en realidad, por las pesadillas porque allí no era posible soñar diáfanamente–. Y de día, las requisas militares, los atropellos y la violencia eran mis visitantes. Por ejemplo, la tristísima noticia de que un compañero de pabellón se había suicidado colgándose con una toalla en la celda de castigo. Así que era una soledad demasiado visitada.

–¿Esa soledad no elegida cambió su carácter?

–Me parece que sí. En algunas situaciones me he vuelto una persona de mayor capacidad para mover sus antenas en la captación de lo malo y lo dramático. Y, de otra parte, el resarcimiento de aquella experiencia me ha facultado para gozar a veces de la alegría. Soy un lector infatigable de chistes.

–¿Qué siente que perdió a partir de su cautiverio?

–Primero, perdí transitoriamente la fe, aunque luego me recobré. Había perdido la fe que uno puede depositar en un poder sobrenatural, en un Dios que gobierna para el Bien y no para el Mal. Es que vi una crueldad y una maldad infinitas. Y perdí, entonces, la fe en mis semejantes. Ya no me hizo confianza nadie. Pero también perdí la fe en mí mismo porque me sentí culpable, no de las culpas que me atribuían los militares, que, si eran culpas, podían haberse sancionado por una ley de prensa y no en el marco inhumano al que me sometieron. No, yo tenía conciencia de otras culpas de conducta frente a los demás y entonces desconfié mucho de mí. Pero pude salir de eso.

–¿Pudo cerrar la experiencia dentro suyo?

–Yo pensé que los desvíos crueles e innobles no podían ser permanentes ni albergarse en la conducta y el sentimiento de todos los militares. Y como eran indistinguibles –el uniforme los mimetiza en una multitud– yo tenía que aplicar una indulgencia muy amplia con un sistema muy práctico: la ley del olvido. Apliqué el olvido a muchas acciones que cada vez que las recuerdo me hacen sufrir una barbaridad y al otro día me levanto con trastornos hasta en el sistema motor de las piernas. No es fácil aplicar esa regla porque las heridas son muy grandes. Pero, de momento no he levantado el dedo para acusar a nadie, aunque tengo en el fondo de mi memoria algunos nombres (llora).

–¿Esa intensa melancolía que usted siempre transmite es porque siente que no ha encontrado un proyecto nuevo de vida?

–No quedé sin proyecto. Mantengo el de tratar de ser escritor, aunque ese sería el más noble y el más general. También deseo ir reparando el daño que con mi detención le hice a mi familia, que quedó disuelta, aunque yo nunca fuera acusado de nada concreto.

–¿Qué atractivos encontró en el encierro voluntario del bosque de New Hampshire?

–Primero, el no tener ninguna preocupación económica. Porque fue la beca de una fundación para que yo hiciera lo que quisiera durante varios meses en medio del bosque. Tenía todas mis necesidades materiales cubiertas: al mediodía, una caperucita roja me traía una canastilla con el almuerzo. Yo escribía todo el día y al atardecer, con la puesta del sol, cenábamos en una mesa donde lo más común era el pavo asado. Porque New Hampshire no tiene ganado vacuno. Es una zona de coníferas que se prolonga hasta Canadá, pero con unas plantas de hojas grandes de un estupendo rojo carmesí en el otoño. O sea el fuego, los vientos y la luz.

–¿Usted vivía solo la mayor parte del tiempo?

–Vivía totalmente encerrado escribiendo lo principal de Sombras nada más. Soñaba mucho y tomaba inmediatos apuntes en la mesa de dormir.

–¿El cautiverio no le hizo tomar miedo a la soledad?

–No. Si uno llena la soledad, no le tiene miedo. Yo escribía y pensaba. Mi método de trabajo consiste en pensar un párrafo, descomponerlo en frases y, luego, repitiéndolas en voz alta para percibir la cadencia que les he impuesto, corregirlas para que tengan una adecuada sonoridad, pensando cómo le van a resultar al lector.

–¿Como un músico?

–A veces trato de establecer una prolongada melodía. Como la melodía central de la composición armónica. Otras veces, no, pero siempre me esmero para que las frases y las oraciones tengan una construcción armónica y, si es posible, con cadencia.

–Últimamente, usted ha declarado que siente que perdieron calidad sus narraciones. ¿Qué ha sucedido?

–Es que había períodos, que no consigo recuperar, en que podía evadirme de la forma periodística para pensar en forma puramente literaria. Se me hace difícil, no sé si por la edad o por la vida amarga que llevo, pero me sale comúnmente la forma periodística.

–¿Qué es lo que realmente cambió? ¿Su prosa o la mirada que echa sobre su prosa?

–Francamente, no le he meditado.

–Usted fue periodista gran parte de su vida. ¿Hay un abismo entre periodismo y literatura?

–No, al contrario. El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.

–¿Podría decirse que el periodista es una categoría diferente de escritor?

–No es diferente. Esencialmente, el escritor es un periodista que no trabaja sobre el tema que sucedió hoy y hay que entregar esta noche para que se publique mañana. El escritor es un cronista, por momentos redactor, por momentos entrevistador. Es decir que varios aspectos de la profesión periodística están aglutinados en el escritor.

–Alguien dijo que es muy difícil que quien escribe regularmente por encargo no quede incapacitado para la literatura.

–Es difícil, pero yo tuve experiencias a favor y en contra. Por ejemplo, mi cuento “Caballo en el salitral”, que tuvo tan buenas consecuencias (premios internacionales, N. del R.) es el producto de una época donde yo trabajaba de sol a sol. Y lo escribí en cuatro horas de la madrugada.

–¿Cómo se inspiró para ese cuento donde casi no hay seres humanos?

–Fue una observación que hice a la hora de la siesta que, como usted sabe, en toda la zona de Cuyo, es el momento en que la ciudad se vacía. Al fondo de la calle Catamarca vi un carruaje de panadero estacionado. Me acerqué y observé el caballo atado, soportando todo el sol y sin comer, mientras que el carro rebosaba de panes. Me pareció absurdo que el animal estuviera atado a su alimento –aunque, claro, él hubiera preferido el pasto– sin poder comer. De ahí que lo pensara en el cuento llevando fardos y dando vueltas en el desierto desesperado de hambre sin saber que llevaba con él el alimento.

–¿Por qué escribió cuentos sin seres humanos?

–Porque me atropelló un desafío de Sabato. El anduvo por Mendoza hace muchos años y un grupo de amigos lo rodeamos para escuchar sus lecciones sobre tal o cual tema literario. Incluso, lo invitamos a nadar en un zanjón donde aprendimos cosas de la Naturaleza. Pasó un hombre con una gran bolsa y extrajo de ella unas ranas. Las excitó y los animalitos comenzaron a hacer una danza sexual que hubiera entusiasmado al autor del El beso de la mujer araña (Manuel Puig). Cuando Sabato concluía su estadía en la provincia, dio una conferencia sobre Madame Bovary, de Flaubert, y en un pasaje dijo que en toda novela no puede faltar el ser humano con sus sentimientos y su conducta.

–¿Usted pensó en una novela con objetos?

–Yo me quedé un instante quieto pero no me animé a replicar. Se me dibujó una contradicción en la mente. Yo vi como un cielo abierto –o cerrado– que descargaba una cantidad de granizo. Algunas de las piedras rompían una ventana, rodaban y golpeaban en su paso un vaso de agua. El vaso se iba sobre una carta escrita y el agua desflecaba la letra. La acción se completa sin que participe el ser humano. Fue por el cielo y el agua, los elementos de la Naturaleza.

–¿Y por qué sigue siendo literatura?

–Porque está escrito con algún estilo. Desde la composición al ordenamiento de los materiales hasta el encadenamiento de cada frase. Y, además, la belleza, la intensidad, el dramatismo o el agonismo que se ha puesto en cada pensamiento. Eso es literatura.

–¿Qué opinó Sabato?

–Yo escribí el cuento “El abandono y la pasividad”, pero como ya había partido hacia Buenos Aires se lo mandé por correo y le escribí: “Mire, Sabato, posiblemente una novela sin seres humanos no se puede hacer porque requiere más acción, la concurrencia de más episodios y la conflagración de los episodios, pero un cuento sí se puede”. Sabato, con su laconismo, que es de una maestría extraordinaria, me contestó: “La excepción confirma la regla”. Es decir que yo había conseguido escribir un cuento, pero no tenía razón.

–Usted ha dicho que uno de sus temas recurrentes es la provocación de la nada. ¿A qué se refiere?

–Hay que entenderlo de dos maneras: por un lado, es la búsqueda del auxilio de la muerte, por el suicidio. Entregarse a la nada por convicción –y en eso me aparto de la visión cristiana– de que después de la muerte no hay nada. En segundo lugar, que la nada se puede construir respecto del prójimo si se siente que él piensa de uno que es la nada. No en un sentido moral sino que no vale, que no existe, que lo “borran”. Es mejor vivir “borrado” cuando al existente lo meten en la cárcel, lo golpean y lo insultan. Pero en un sentido realista y moralista, la nada es también minimizarse, achicarse y eso puede implicar acobardarse. Entonces no lo acepto. Trato de ser valiente en la medida en que mi cobardía me lo permite.

–Hace ocho meses que está reinstalado en Buenos Aires. ¿Cómo le ha ido?

–Siento una gran frustración. Lentamente, estoy volviendo al exilio porque no me han ido bien las cosas. No puedo seguir poniéndole el hombro a una situación absurda. Fui llamado para venir aquí y ahora han dejado sin renovarme el contrato con el área de cultura oficial.

–¿Le dieron explicaciones?

–Me hablaron de “austeridad”. Salvo por mi modesto trabajo en la Casa de la Provincia de Mendoza, me resulta muy difícil sobrevivir. Y yo no sé qué hacer porque no tengo habilidades para otra cosa que no sea la cultura.

Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura, 2002.

“Se ha hecho todo lo posible para localizar a todos los derechohabientes de los reportajes incluidos en este volumen. Queremos agradecer a todos los diarios, revistas y periodistas que han autorizado aquellos textos de los cuales declararon ser propietarios, así como también a todos los que de una forma u otra colaboraron y facilitaron la realización de esta obra.”


 

 

 

 

AVIZORA.COM
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com