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1006 - Silvina Friera - La marca de un creador de ilusiones “El trabajo del
escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin
una connotación moral represiva”, dijo el autor de
“Una página de Di Benedetto es inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh”, decía Juan José Saer. A 20 años de la muerte -1986- del escritor y periodista Antonio Di Benedetto, su literatura está venciendo el olvido, el maltrato y la indiferencia, que también había sufrido el autor en los últimos años de su vida, cuando regresó del exilio. La editorial Adriana Hidalgo, que desde 1999 está reeditando la obra del escritor mendocino (El silenciero, Cuentos claros, Zama, Mundo animal, Absurdos y El pentágono, entre otros), acaba de publicar los Cuentos Completos, que incluye varios relatos inéditos y algunos cuentos que sólo circularon en diarios, antologías o revistas. La semana pasada se estrenó el film Los suicidas, de Juan Villegas, el primer largometraje hecho a partir de una obra del escritor mendocino, y esta semana en la Biblioteca Nacional se realizarán jornadas de homenaje con la participación de Noé Jitrik, Luis Chitarroni, Mario Goloboff, Marcelo Cohen, Hebe Uhart y Graciela Speranza, entre otros. En una autobiografía que escribió en 1968 por encargo para una publicación de Alemania Occidental, Di Benedetto, que nació el 2 de noviembre de 1922 en Mendoza, decía que prefería la noche y el silencio. El escritor pensaba que los ruidos introducen en el mundo el accidente, la asimetría, el sufrimiento. “El trabajo del escritor tiene mucho de embaucador, claro que sin una connotación moral represiva –explicaba el autor de Zama–.Creo que Borges encontró una fórmula: dice que el autor escribe sobre lo que descree para hacer que lo crea el lector.” Aunque había cursado algunos años de abogacía, se dedicó al periodismo y a la literatura. Se cuenta que en su despacho de director del diario Los Andes tenía una botella de alcohol para lavarse las manos después de saludar a quienes iban a verlo. “Es que las manos son una parte especial del ser humano, pero lo que uno toca y hace con ellas no siempre es bello –explicaba el escritor–. Los crímenes que se cometen con las manos, lo que se ensucia con ellas... Y aunque no lo haga con las manos, su piel se contamina a tal extremo que la representación más descarnada es la de las manos. Es por donde recibe a la gente, o sea por la mirada y por las manos.” En 1953 publicó su primer libro de cuentos, Mundo animal (que obtuvo el Premio Municipal de Mendoza en 1952 y la Faja de Honor de la SADE, en 1953), en los que el autor eligió animales domésticos que mantienen una relación “más íntima” con el hombre. Su prosa aparentemente sencilla y lacónica, potente y a la vez personal, se fue aceitando en El pentágono (1955), su segundo libro y primera novela, y alcanzó su máxima soltura, rigor y perfección con Zama, publicada en 1956. “El ejercicio del periodismo da una agilidad expresiva y una capacidad de síntesis muy diestra en saber distinguir lo principal de lo secundario. Eso es muy valioso para un escritor –planteaba Di Benedetto–. Pero más importante todavía me resultó lo que dijo un escritor, que creo que fue John Steinbeck, sobre su aprendizaje en el periodismo y la fluidez que le había dado para describir la vida y los personajes en la literatura. Fue cuando le dieron un gran premio, que también contó que había sido cartero por muchos años y lo echaron porque le resultaba irresistible violar la correspondencia buscando historias que excitaran su imaginación de escritor.” “A mí la realidad siempre me maltrata, me ha dado una vida bastante dura, atormentada. No se puede convocar a la irrealidad para que gobierne nuestra vida cotidiana, pero sí se puede buscarla como consuelo mediante los sueños. Y la otra forma de alcanzar la irrealidad es mediante la literatura fantástica. Entonces, ya no nos queda solamente el consuelo de la noche para soñar. Uno ingresa al cuento y puede llegar hasta el cuello en su ahogo, pero no se muere”, decía el escritor, que seguía escribiendo y publicando relatos, Cuentos claros (1957), Declinación y ángel (1958) y El cariño de los tontos, entre otros, para exorcizar ese ahogo o acaso como un consuelo. El 24 de marzo de 1976, la misma noche del golpe militar, Di Benedetto fue arrestado. Primero estuvo detenido unos meses en Mendoza, en el Colegio Militar. “No se lo podía ver, pero sí llevarle ropas y alimentos. Cuando lo trasladaron sorpresivamente a la Unidad 9 de La Plata, no nos dijeron adónde lo habían llevado. Empezamos a buscar con Bernardo Canal Feijóo, y los dos, cada uno por su lado, logramos saber su destino”, recordaba Adelma Petroni, una escultora amiga de Di Benedetto. Estuvo detenido un año y siete meses, desde marzo de 1976 hasta septiembre de 1977. “Yo pedí a todo el mundo que hiciese lo posible para lograr su libertad. Finalmente el Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll le envió un telegrama a Videla”, dice Petroni. El autor sufrió cuatro simulacros de fusilamiento y numerosos golpes. Sin poder escribir, porque le rompían todos los papeles, encontró entonces un ardid: “Me mandaba cartas donde me decía: ‘Anoche tuve un sueño muy lindo, voy a contártelo’. Y transcribía el texto del cuento con letra microscópica”, reveló Petroni. Esos cuentos se terminarían editando bajo el título de Absurdos. Con el anticipo que le dio el editor viajó a Europa, dio algunas vueltas y se instaló en España. Cuando salió de la cárcel, a los 56 años, lo esperaban el destierro, la miseria y la enfermedad. “Ni una sola vez lo oí quejarse, y cuando le preguntaba las causas posibles de su martirio, sonreía encogiéndose de hombros y murmuraba: ‘¡Polleras!’. Pero ese año indigno lo destruyó”, contaba Saer. Di Benedetto sostenía que nunca estuvo seguro de que hubiera sido encarcelado por algo que publicó: “Mi sufrimiento hubiese sido menor si alguna vez me hubieran dicho por qué exactamente. Pero no lo supe. Esta incertidumbre es la más horrorosa de las torturas”. La economía y la exactitud, matizadas con lo coloquial, lo lírico y lo reflexivo, fueron las máximas virtudes de la prosa de Di Benedetto. Su obra está empezando a ocupar lentamente el sitio que se merece en la literatura argentina.
Cuenta la leyenda literaria que el joven periodista, crítico de cine y narrador casi secreto Antonio Di Benedetto escribió Zama en un mes. El también lo ha contado, prolijamente. Tenía treinta y tres años, trabajaba en Los Andes de su Mendoza natal y estaba de vacaciones en Córdoba. Se puso, y prácticamente la liquidó tecleando durante dieciocho días en “una casa vacía”. Con una semana larga más, ya de vuelta en el diario y robándole tiempo y escritorio al laburo –como su personaje Manuel Fernández–, la terminó. Zama se publicó a los pocos meses en una editorial chica que sacaba nuevos narradores, en general provincianos: Doble P. Era en 1956 y ya hace medio siglo de eso. Por esos meses/años también publicaban buenas primeras o primerizas novelas los jóvenes o maduros David Viñas, Marco Denevi, Andrés Rivera, Beatriz Guido, Enrique Wernicke y algún otro pronto reconocible. Sin embargo, los relatos más poderosos que el tiempo ha decantado para el momento, y los debutantes, son tres textos que, cada uno a su manera, resultaban marginales y prácticamente “invisibles” para el sistema narrativo vigente: Operación Masacre de Walsh, El Eternauta de Oesterheld y este increíble, extemporáneo Zama. Que no se parece a nada. El monólogo de un funcionario colonial anclado en una entrevista Asunción que, víctima de la espera –-como el coronel de García Márquez o el protagonista de El pozo– termina hundido en la degradación, el sinsentido o, mejor, en su trágico “destino sudamericano”, rompe con todas las expectativas de una supuesta novela “histórica” o “regionalista” para establecer un cruce inédito de esos clichés con ciertas formas contemporáneas –la novela existencialista, de El extranjero a La náusea, por ejemplo– pero sin rastro de modelo alguno, sin “traducir” conflictos filosóficos en ficción. Bastan la invención prodigiosa y el rigor del estilo para hacer de Diego de Zama un trágico destino universal. Como explicó alguna vez Bioy para describir el estilo de La invención de Morel, la aparente simplicidad y las frases cortas de Zama fueron, según Di Benedetto, una manera de no complicarse, hacerla corta, correr menos riesgos de errarle al escribir apurado. Parece chiste. La (modesta) explicación, digo. Porque como ha dicho Saer, que lo leyó bien desde siempre, que le dio lugar a la novela en el podio americano y universal antes que otros, hay en su escritura un sello tan flagrante como el borgeano, una manera Di Benedetto reconocible en pocas líneas. Y esa marca se hace huella en y a partir de Zama. La lengua construida, imaginada para contar una historia alevosamente fechada, es un coloquial elíptico, ascético pero condensado de alusiones, a saludable contrapelo del “torrencial” americano. El camino de Rulfo y de Felisberto Hernández, dos referencias que ponen a Di Benedetto en un lugar que no le queda chico. La soledad del hombre en el mundo - Mario Goloboff De Antonio Di Benedetto nos queda la imagen de un hombre digno y altamente ético, que no abandonó sus principios ni en las peores circunstancias y que vivió para la literatura, a la que intentó trasladar su inquietud por la condición humana. Queda también una vasta obra, diversa, novedosa, escrita con rigor clásico, una de las más sobrias y originales de la literatura contemporánea, cuyo centro es la soledad del hombre en medio del mundo. Y, de toda su calificada producción, queda asimismo una novela mayor, Zama, que cuenta entre las más importantes escritas en América latina, en la cual se destaca un universo narrativo muy propio, donde la limpieza y el afinamiento lingüísticos llevan el ciclo de la corrosión existencial hasta sus límites. Se trata de un texto apretado, homogéneo, complejo, de enorme tensión, en el que Don Diego de Zama, funcionario colonial español de origen americano en Asunción del Paraguay, expone, en un insistente monólogo interior, su vida, sus obsesiones, su degradación personal y política, la de sus normas y valores, al tiempo que acompaña (y exhibe) la declinación del Imperio. Pero Diego de Zama no solamente habla sobre sí; habla, igualmente, para sí: “Esos temas quedaban sólo para mí, excluidos de la conversación con el gobernador y con todos, por mi escasa o nula facilidad para hacer amigos íntimos con quienes explayarme”. La salida del soliloquio, la salida social, se deposita en la escritura, en esa actividad separada por una franja delgada del habla, y en la cual, sí, habría modos de comunicarse con los otros. Es la literatura la que, por caminos distintos que los del discurso, accede a la sociedad, a la historia. En diálogo con Günter Lorenz, Di Benedetto afirmaba: “Escribo porque me gobierna una voluntad intensa de construcción por medio de la palabra. (...) Pero guardo conciencia de que estoy usando, como instrumento, un lenguaje, y no me refiero al idioma español, sino a la palabra escrita que es vía de comunicación con todos los seres humanos”. Amigo y admirado maestro de Juan José Saer, su obra fue reconocida por Augusto Roa Bastos y por Alain Robbe-Grillet, quien la recibió como una precursora del “Nouveau roman”, tuvo rápida difusión en Europa, y gozó tempranamente de enorme prestigio. En 1978 recibió en Roma el Premio Italo-latinoamericano por Zama: “...un texto difícil de encasillar en una escuela o un filón precisos. Es una novela histórica de tipo particular. (...) Se trata de una escritura refinada y, casi, destilada”. |
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Desde luego que no es el caso de Antonio Di Benedetto. Sus narraciones provienen de una profunda necesidad personal, indiferentes a la expectativa pública y a lo establecido y, por esa misma razón, no hay lector atento que, en lo más íntimo, no se reconozca en ellas.
Hace cuarenta años, los grandes éxitos de librería como los llaman;
nacionales e internacionales, ocultaron, con su barullo injustificado,
la aparición de Zama, su obra maestra. Cuatro décadas más tarde,
desvanecida ya la feria de ilusiones que nos lo escamoteaba, este texto
a la vez épico y discreto, viviente y desgarrador, fulgura todavía entre
nosotros. Es cierto que desde su aparición en 1956, varias ediciones
confidenciales, casi secretas, se fueron sucediendo en la Argentina y en
España, pero su lugar–uno de los primeros–en la narrativa de nuestra
lengua no ha venido a ocuparlo todavía. Entre los autores de ficción de
este idioma y de este siglo, Di Benedetto es uno de los pocos que tiene
un estilo propio, y que ha inventado cada uno de los elementos
estructurantes de su narrativa. Una página de Di Benedetto es
inmediatamente reconocible, a primera vista, como un cuadro de Van Gogh.
Sus grandes textos Zama, El silenciero, El cariño de
los tontos, Cuentos claros, Aballay son un
archipiélago singular en la geografía a decir verdad bastante banal de
la narrativa en lengua castellana. Entre tantos mamotretos demostrativos
y tantas agachadas supuestamente vanguardistas, la prosa lacónica de Di
Benedetto, construida con una tensión que no cede ni un solo instante,
demuestra una vez más, aunque haya que recordarlo a menudo, que el arte
del relato nace siempre de una conjunción de rigor, de inteligencia y de
gracia. Sylvia Saítta y Luis Alberto Romero, Grandes entrevistas de la
Historia Argentina (1879-1988), Buenos Aires, Punto de Lectura,
2002. |
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