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Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de
Brasil

05 - Nacido como Luiz Inácio da Silva, siendo Lula un sobrenombre, el 27 de octubre de 1945 en Garanhuns, estado de Pernambuco.

Obrero y sindicalista del metal en São Paulo - Salto a la política desde las luchas sindicales - Lento ascenso electoral del Partido de los Trabajadores - Candidato presidencial en 1989 - Problemas con la imagen de izquierdista y nuevos fracasos electorales - Papel en los foros de São Paulo y Porto Alegre - Cuarto envite presidencial y victoria en 2002 - Una toma de posesión cuajada de expectativas

1. Obrero y sindicalista del metal en São Paulo

Séptimo de los ocho hijos de una pareja de labradores analfabetos (en realidad fueron doce hermanos, pero cinco murieron prematuramente), hasta los cinco años no conoció a su padre, ausentado por la época en que nació él para trabajar como estibador portuario en São Paulo. En 1952 la madre vendió las improductivas parcelas de labranza que poseía y se llevó a su prole a vivir a este estado sureño, que ofrecía un horizonte de oportunidades menos sombrío que el subdesarrollado Pernambuco. La familia vivió primero en Guarujá y luego en Santos, la ciudad que sirve de prolongación portuaria a la gran urbe de São Paulo y en cuyos muelles de carga trabajaba el padre.

El muchacho, apodado Lula por sus parientes y conocidos, contribuyó a las magras rentas familiares trabajando como vendedor callejero de tapioca y frutas tropicales, y recibió la educación primaria en el grupo escolar Marcílio Dias de Santos. En 1956 la madre decidió separarse de un esposo que no se ocupaba de ellos (años después Aristides Inácio da Silva moriría alcoholizado, no sin fundar una segunda familia igual de numerosa) y se instaló con sus hijos en la capital São Paulo, no encontrando otro inmueble para vivir que un cubículo en el sótano de un bar en el barrio obrero de Vila Carioca. En esta situación de absoluta precariedad el futuro sindicalista no pudo recibir más que una educación elemental y, como tantos jóvenes de su condición social, engrosó el proletariado urbano desde muy temprana edad.

A partir de los 12 años trabajó como peón y chico de los recados en talleres y fábricas de São Paulo, y cuando tenía 14 encontró su primer empleo de entidad como asalariado en la empresa siderometalúrgica Armazéns Gerais Colúmbia. La realización de un curso de tres años impartido por el Servicio Nacional de Industria (SENAI) le cualificó en 1963 como tornero, ampliando sus posibilidades profesionales en el sector. En 1964, el año del golpe de Estado militar que liquidó el sistema de partidos, Lula perdió el dedo meñique de la mano izquierda en un accidente laboral en el turno de noche de la fábrica Fris Moldu Car, especializada en remates de carrocerías de automóviles.
 


Luiz Inácio Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores

En enero de 1966 terminó una mala racha de casi un año de paro al ser contratado por la importante compañía metalúrgica Indústrias Villares, radicada en São Bernardo do Campo, una de las prefecturas o municipios del denominado ABC, subárea metropolitana de São Paulo y el principal cinturón industrial de Brasil y de toda Sudamérica. Según él mismo ha contado, en aquellos años era un joven despreocupado que cuando no tenía que ganarse la vida con el buzo ante un torno dedicaba todo su tiempo a jugar al fútbol, beber cachaça (un aguardiente típico de Brasil que se obtiene de la destilación de la caña de azúcar) y rondar a las chicas.

Fue en 1968 cuando Lula, de la mano de su hermano mayor, José Ferreira da Silva, alias Frei Chico, un militante del proscrito Partido Comunista Brasileño (PCB), se interesó por el movimiento obrero. Afiliado al Sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema, combinó la actividad puramente sindical, defendiendo los intereses de los trabajadores, con la difusión de boletines políticos rigurosamente clandestinos en los que se atacaba al régimen militar, el cual, encabezado por el mariscal Artur da Costa e Silva, vivía su fase más represiva.

En 1969 los hermanos da Silva fueron votados para integrar el Comité Ejecutivo del sindicato, José como secretario de área y Luiz Inácio como su suplente. En mayo de aquel año éste último contrajo matrimonio con una obrera de telar de nombre Maria de Lourdes, pero el matrimonio se truncó trágicamente un año más tarde con la muerte de ella, víctima de una hepatitis aguda, durante el nacimiento del primer hijo del sindicalista, que tampoco sobrevivió al parto. En 1974 Lula volvió a casarse con otra trabajadora, Marisa Letícia, también viuda y madre de un niño. Llegó a su segundo matrimonio con una hija fruto de la relación en 1972 con una auxiliar de enfermería llamada Miriam Cordeiro, y más tarde tuvo con Marisa otros tres chicos, conformando una familia de cinco vástagos.

2. Salto a la política desde las luchas sindicales

En 1972 Lula fue elegido director del Departamento de Protección Social del sindicato. Respetado y apreciado por sus compañeros por sus esfuerzos para mejorar la cobertura social, la preparación profesional y el nivel cultural de los trabajadores metalúrgicos del ABC paulista, en 1975 fue elevado a la presidencia del sindicato con el 92% de los votos y pasó ser la voz y el rostro de casi 100.000 trabajadores.

En febrero de 1978 fue reelegido con el 98% de los votos y adoptó una postura de total beligerancia frente a la dictadura castrense, ahora encabezada por el general Ernesto Geisel, que arrastraba una fase sin precedentes de críticas y desprestigio por el derrumbe del llamado "milagro económico brasileño" de finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y que no tuvo otro remedio que emprender una -muy cautelosa, no obstante- liberalización política.

Lula fue el promotor principal de las grandes manifestaciones y paros obreros en São Paulo en exigencia de libertades políticas y la readmisión en sus puestos de compañeros despedidos. Para detener este peligroso frente de contestación, en 1979 el Gobierno federal hizo aprobar una ley que prohibía las huelgas en los sectores esenciales de la economía. El 13 de marzo de ese año, en la víspera de la asunción presidencial del general João Baptista Figueiredo, Lula, en su primera acción que le reportó fama en todo el país, desobedeció la disposición y llamó a la huelga general en el ABC, pasando a entablar un forcejeo con las autoridades que se saldó con un precario acuerdo para el retorno de los huelguistas a las fábricas pero que no libró al sindicato de ser intervenido.

Los metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema salieron de esta porfía debilitados y con el mal sabor de boca que había supuesto la aprobación por el Congreso, a instancias de la promilitar Alianza Renovadora Nacional (ARENA), pero también de algunos diputados del opositor Movimiento Democrático Brasileño (MDB) -los dos partidos legales que cumplían el simulacro de democracia representativa implantado en 1966-, de una normativa lesiva de los derechos de los trabajadores. Así que cuajó una idea ya planteada por Lula a finales del año anterior, cual era formar un partido político que velara por los intereses de los trabajadores en las instituciones emanadas del voto popular, además de sumarse a la causa democrática en un sentido general.

El 10 de febrero de 1980, al amparo de la disposición legal del 29 de noviembre de 1979 que extinguió el bipartidismo y abrió la puerta a un multipartidismo que, empero, sus promotores deseaban que fuera limitado, los sindicalistas de Lula, activistas sociales y algunos políticos e intelectuales de izquierda fundaron en el Colegio Sion de São Paulo el Partido de los Trabajadores (PT). La nueva formación, aún no legal y a duras penas tolerada por las autoridades, reivindicaba un ideario socialista clásico, clasista y con nociones marxistas (es decir, un poco del estilo de los partidos socialistas y laboristas europeos de los años cincuenta y sesenta), con una organización disciplinada y una sólida implantación popular, la cual, ciertamente, se constituyó con mucha rapidez en las masas proletarizadas de São Paulo.

El PT recibió muchas adhesiones del sindicalismo brasileño y de sectores progresistas de la Iglesia católica permeables a la Teología de la Liberación. En aquella fase inicial estaba muy vinculado a grupos socialdemócratas adscritos al también recién fundado Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB, formación mayormente centrista y heredera del abolido MDB), en particular el del sociólogo
Fernando Henrique Cardoso, cuya campaña de 1978 para senador por São Paulo Lula apoyó activamente.

De hecho, la intención primera de Lula fue integrar a Cardoso (de un perfil personal bien diferente, por su extracción burguesa, su bagaje intelectual y su trayectoria cosmopolita) en un proyecto común de socialismo democrático para mejor oponerse a los militares en el poder, frustrada iniciativa que, según algunos comentaristas, brinda argumentos a quienes desde la izquierda más propiamente marxista han negado al PT el carácter de partido, no ya revolucionario, sino obrero propiamente.

En su lado del espectro político ya operaban otras formaciones en trance de organización y relanzamiento, principalmente el Partido Democrático Laborista (PDT) de Leonel Brizola, el PCB de Luiz Carlos Prestes y el Partido Laborista Brasileño (PTB) de Ivete Vargas. Estos grupos planteaban también una oposición sin ambages al régimen militar desde posturas de izquierda, pero a diferencia del PT portaban, de hecho, viejas siglas y viejos proyectos que vivieron mejores tiempos en el período democrático comprendido entre 1945 y 1964. El PCB llevaba años dividido entre facciones marxistas ortodoxas y renovadoras, mientras que el PDT, escorado al populismo de izquierdas, y el PTB, más moderado, mantenían una pugna particular por la titularidad de la herencia ideológica del trabalhismo del PTB original puesto en marcha por Getúlio Vargas hacía 35 años y que tenía su baluarte en Río de Janeiro.

Por de pronto, Lula continuó con su lucha de tintes políticos en el frente sindical. El 1 de abril de 1980 comenzó una huelga de los obreros paulistas en demanda de mejoras salariales que se prolongó durante 41 días y que fue duramente reprimida. Transcurridos 19 días de este nuevo y tenso pulso con el poder, Lula y resto de la directiva del sindicato de Metalúrgicos de São Bernardo do Campo y Diadema fueron arrestados y removidos de sus puestos gremiales sobre la base de la Ley de Seguridad Nacional.

Preso en los calabozos de la policía política de la dictadura, el DOPS, hasta mediados de mayo, se le imputó un delito de alteración del orden público y el 25 de febrero de 1981, semanas después de retornar de un viaje por Europa y Estados Unidos, un tribunal militar de São Paulo le condenó a tres años y seis meses de cárcel, pena que no llegó a cumplir porque el 2 de septiembre siguiente el Tribunal Supremo Militar anuló la sentencia y solicitó un nuevo juicio.

3. Lento ascenso electoral del Partido de los Trabajadores

El PT se registró provisionalmente el 11 de febrero de 1982 y tuvo su debut electoral en las legislativas multipartidistas del 15 de noviembre de aquel año, quedando en un discreto quinto lugar tras el PDT y el PTB con el 3,5% de los votos y ocho escaños en la Cámara de Diputados. Lula, ya liberado de toda cuenta pendiente con la justicia al declarar el Tribunal Supremo Militar la prescripción de su caso el 11 de mayo, probó suerte en la liza por el puesto de gobernador de São Paulo; pese a recibir más de un millón de votos (que eran casi todos los cosechados por el partido en el conjunto del país, lo que indicaba que su base de apoyos provenía casi exclusivamente del cinturón rojo paulista), fue rebasado por otros tres aspirantes encabezados por André Franco Montoro, del PMDB.

El 26 de agosto de 1983 Lula participó en la fundación de la Central Única de Trabajadores (CUT) como agrupación gremial ligada al PT y nuevo ariete movilizador contra el régimen militar. Desde finales de aquel año Lula integró, con Brizola y el jefe del PMDB, Ulysses Guimarães, el trío de líderes opositores que galvanizó las masivas manifestaciones populares exigiendo la elección directa de presidente de la República. Sin embargo, la campaña Diretas Já se saldó en fracaso, ya que en el Congreso, el 25 de abril de 1984, los diputados del Partido Democrático Social (PDS, heredero de ARENA) consiguieron frustrar la enmienda constitucional que la reforma requería.

El jefe petista no fue incluido en los conciliábulos de Guimarães, Brizola y los escindidos del PDS Aureliano Chaves y José Sarney para colocar en la Presidencia al candidato del PMDB, Tancredo Neves, frente al nominado por el PDS, Paulo Maluf, pero ante la disyuntiva del Colegio Electoral no dudó en apoyar a Neves. Luego de ganar la votación, el respetado ex gobernador de Minas Gerais falleció antes de poder asumir la suprema magistratura, pasando el testigo a su vicepresidente electo, Sarney.

La democracia había sido recobrada, pero para Lula y los petistas se abrió otro ciclo de contiendas políticas. Contestaron con una nueva hornada de huelgas y manifestaciones el plan de estabilización de Sarney, conocido como Plan Cruzado, para combatir con recetas liberales la hiperinflación y la crónica debilidad de la divisa nacional.

Exigiendo que se suspendiera el pago de la asfixiante deuda externa, que terminaran los despidos masivos en la industria paulista y, en definitiva, que no se transigiera con las demandas del FMI, Lula perfiló una estampa de izquierdista radical, con presencia y modos políticos propios del sindicalista ceñudo y un tanto rudo que había sido, e incapaz de sofisticarse para ganar respetabilidad y poder desenvolverse en los vericuetos de la alta política federal, copada por personajes, desde la derecha al centroizquierda, muy bien instruidos y hechos para el despacho oficial, el traje y la corbata.

Por las mismas razones, Lula incrementó su popularidad entre las clases trabajadoras golpeadas por la crisis y cimentó su liderazgo en las ciudades satélite de São Paulo. En las elecciones legislativas del 15 de noviembre de 1986 el PT adelantó al PDT, pisó los talones al PDS y se encaramó como la primera fuerza de la izquierda con el 6,9% de los votos, lo que le dio derecho a 16 diputados, quedando, de todas maneras, muy lejos de las dos grandes formaciones del centroderecha, el PMDB y el Partido del Frente Liberal (PFL, escisión del PDS). Con todo, Lula fue el cabeza de lista que obtuvo escaño en la Cámara baja del Congreso, que tenía mandato constituyente, con mayor número de votos, 650.000.

Lula pugnó en la Asamblea Nacional Constituyente emanada de la Cámara porque la nueva Carta Magna salvaguardara los intereses de los trabajadores; ciertamente, el texto promulgado el 5 de octubre de 1988 recogía el derecho de huelga, la reducción de la semana laboral, vacaciones parcialmente pagadas y revisiones salariales ajustadas al coste de la vida, entre otras mejoras. Sin embargo, uno de los puntos incorporados al programa del PT, la reforma agraria, siguió sin realizar.

4. Candidato presidencial en 1989

En 1989 tocaban las primeras elecciones presidenciales directas en tres décadas y Lula lanzó su postulación, así que en el V Encuentro Nacional del PT, el 4 de diciembre de 1987, fue nominado candidato al tiempo que cedía la presidencia del partido a otro responsable curtido en las luchas sindicales, Olívio Dutra. En los comicios municipales del 15 de noviembre de 1988 los candidatos petistas ganaron en 29 prefecturas, entre ellas tres capitales estatales, São Paulo, Porto Alegre y Vitória, y de cara a las presidenciales Lula formó el Frente Brasil Popular con el Partido Socialista Brasileño (PSB) y el muy ortodoxo Partido Comunista de Brasil (PCdoB, marxista-leninista).

Así las cosas, Lula arrancó la campaña para el envite del 15 de noviembre de 1989 con expectativas optimistas, pero se le interpuso el candidato prefabricado del centroderecha, el ex gobernador de Alagoas y millonario
Fernando Collor de Mello, del Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), el cual, patrocinado por poderosos círculos económicos y políticos conservadores, desarrolló una campaña basada en las más modernas técnicas de marketing electoral y en las promesas populistas, que no desdeñó tampoco los golpes sucios, como la contratación de Miriam Cordeiro, la antigua amante de Lula, que le acusó en la televisión de haberle pedido que abortara la niña tenida con él, Lurian.

El sonriente, elegante y bien parecido Collor llevó a Lula a un terreno, el de la imagen, en el que no podía rivalizar, así que en la primera vuelta el paulista, con el 17,2% de los votos, fue superado por el alagoano por más de once puntos y cerca estuvo de ser desplazado por Brizola para la segunda ronda del 17 de diciembre. Entonces el veterano político carioca y los otros candidatos derrotados de la izquierda y el centro, Mário Covas por el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), Guimarães por el PMDB y Roberto Freire por el PCB, llamaron a parar a Collor, pero estas adhesiones resultaron insuficientes y, por cinco puntos de diferencia, Lula fue derrotado con el 47% de los sufragios por el postulante del PRN, que sucedió a Sarney en marzo de 1990.

Convertido en el principal damnificado de esta brillante operación de las derechas para impedir el acceso a la Presidencia de un candidato de la izquierda, y terminado su mandato en el Congreso, Lula retomó la jefatura orgánica del partido en el VII Encuentro Nacional, el 31 de mayo de 1990, y se aprestó a plantear batalla a la administración de Collor.

Puso en marcha el denominado gobierno paralelo, inspirado en la fórmula del shadow cabinet británico, para oponer al programa neoliberal del PRN y sus socios de coalición una serie de políticas alternativas que tocaban los planteamientos tradicionales del PT: el aumento del salario mínimo y los ingresos reales de los trabajadores, la redistribución de la renta nacional, la corrección de las abrumadoras desigualdades socioeconómicas de los brasileños (las más acusadas del mundo), el lanzamiento de la siempre postergada reforma agraria y la concesión de absoluta prioridad a las áreas de salud, nutrición, educación, transporte y vivienda, donde el gigante sudamericano, que aspiraba a figurar en el selecto club de las potencias del primer mundo, presentaba gravísimas carencias propias de los países menos desarrollados.

De la mano de Lula, el PT continuó aunando votos en las sucesivas convocatorias electorales. Con el 10,2% de los sufragios fue la tercera lista más votada en las legislativas federales y estatales del 25 de noviembre de 1990, si bien en el reparto de diputados, 35, salió perjudicado con respecto al PSDB, el PRN, el PDS y el PDT, descendiendo a la condición de séptima fuerza parlamentaria. También estrenó su primer senador, por São Paulo, pero no ganó ningún puesto de gobernador estatal.

Luego de tomar parte activa en la campaña de movilizaciones populares en demanda del juicio parlamentario y destitución de Collor de Mello por corrupción (proceso que, efectivamente, se celebró y que obligó al mandatario a dimitir formalmente luego de ser suspendido), el partido de Lula registró nuevos avances en las municipales del 3 de octubre y el 15 de noviembre de 1992 y elevó sus prefecturas a 55, inclusive Belo Horizonte y Porto Alegre, aunque perdió la de São Paulo.

Entre medio, el PT celebró su I Congreso nacional, del 27 de noviembre al 1 de diciembre de 1991, en el que Lula sacó adelante su definición de "socialismo democrático", una tendencia "puramente socialista" que rechazaba tanto el capitalismo liberal como al socialismo estatista de estilo soviético, pero también la socialdemocracia, ya que, según él, esta vía sólo era hábil para países ricos capaces de destinar sus ingentes recursos al bienestar de una población que ya tiene sobradamente cubiertos sus mínimos vitales, lo cual no era el caso de un país en vías de desarrollo como Brasil.

En esta suerte de desmarxistización del PT estuvo el embrión de escisiones de sectores trotskistas contrarios a Lula, dando lugar en su momento a los partidos de la Causa Operaria (PCO) y Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU). Por otro lado, el aggiornamento petista no fue suficiente como para entrar en la Internacional Socialista (el PDT de Brizola era y es el único representante brasileño en esta organización), posibilidad que, por lo demás, Lula tampoco contemplaba.

5. Problemas con la imagen de izquierdista y nuevos fracasos electorales

Lula preparó su segunda aspiración presidencial recorriendo miles de kilómetros a lo largo y ancho del vasto país sudamericano y en el IX Encuentro Nacional petista, del 29 de abril al 1 de mayo de 1994, fue nominado candidato. Con la adhesión esta vez del PSB, el PCdoB, el PCB, el PSTU, el Partido Verde (PV) y el Partido Popular Socialista (PPS, el antiguo PCB de Freire luego de abandonar el marxismo en 1992, lo que no impidió que un sector ortodoxo se independizara con la sigla del PCB), que junto con el PT formaron el Frente Popular por la Ciudadanía, Lula encaraba la votación del 3 de octubre de 1994 con excelentes puntuaciones en los sondeos de opinión.

Pero cuando comenzó la campaña los muy influyentes medios de comunicación volvieron a favorecer al representante de la moderación y del establishment, Fernando Cardoso, por el PSDB, cuyo espectacular currículum académico, su prestigio internacional como sociólogo y su labor como ministro de Hacienda en el Gobierno de
Itamar Franco (terminando con las turbulencias monetarias y la hiperinflación), constituían unos activos que Lula, quien "ni siquiera" tenía terminada la secundaria, no pudo o no supo neutralizar con otra categoría de méritos presumibles.

Así, la proyección como hombre honesto, íntegro y voluntarioso, y la explicación de que compensaba con creces la falta de preparación teórica y académica con el conocimiento directo de la realidad cotidiana de los brasileños, siguieron pareciendo insuficientes a una parte sustancial de las clases medias que ligaban a Cardoso con el fin de la pesadilla inflacionista y que no querían saber nada de un cambio de timonel en Brasilia.

Acusado de carecer de la experiencia y la preparación para manejar los complejos asuntos de Gobierno, de no saber conducirse con la diplomacia y el pragmatismo requeridos en la política de Estado, de estar anclado en un izquierdismo trasnochado y de cultivar amistades equívocas en el ámbito internacional, Lula volvió a parecer un candidato poco de fiar a una mayoría de electores y fue vapuleado por Cardoso en la primera ronda con el doble de votos, el 54,3% para el socialdemócrata y el 27,1% para el petista. Una compensación insuficiente de este segundo fracaso de Lula fue la captura por el partido de los gobiernos del estado de Espíritu Santo y del Distrito Federal de Brasilia, y el incremento de la representación en el Legislativo federal con 49 diputados y 5 senadores.

En el X Encuentro Nacional del PT, el 20 de agosto de 1995, Lula dejó definitivamente la presidencia del partido, que fue asumida por José Dirceu, antiguo revolucionario de simpatías guevaristas reconvertido a un posibilismo de corte socialdemócrata. Lula quedó como presidente honorario del partido y pasó a coordinar el Instituto Ciudadanía, centro de estudios y de formulación de políticas del PT. Se pensó entonces que se retiraba del primer plano político y que entregaba el testigo del liderazgo del PT al cabo de 15 años, más cuando la mudanza tuvo lugar en un ambiente tenso por las revelaciones de prácticas corruptas en algunas prefecturas, pero no sucedió así.

El 11 de diciembre de 1997 lanzó su tercera aspiración presidencial y el 16 de enero de 1998 se apuntó un importante tanto al adoptar con Brizola un acuerdo de coalición y contra "el neoliberalismo y la globalización salvajes" por el que el líder del PDT obtendría la Vicepresidencia. La alianza entre dos dirigentes carismáticos que nunca habían mantenido relaciones especialmente cordiales se interpretó como un reconocimiento implícito del progresivo trasvase del electorado trabalhista de izquierda al PT. Lula integró al PCdoB, el PCB y el PSB en la plataforma, convirtiéndose en el candidato unitario de la izquierda, aunque esta vez el PPS prefirió concurrió por su cuenta.

Pese a los nubarrones que asomaban en el horizonte económico, el crecimiento de la deuda externa y el profundo malestar social causado por las privatizaciones, el 4 de octubre de 1998 Cardoso, cuya campaña invirtió diez veces el dinero recaudado por la de su rival, volvió a birlarle la segunda vuelta a Lula con autoridad, si bien el petista ascendió hasta el 31,7% de los votos, dejando bastante atrás a su más inmediato seguidor, Ciro Ferreira Gomes, antiguo miembro del PSDB pasado al PPS, que concurrió con el mensaje de que Lula estaba "gastado" y la determinación de reemplazarle como cabeza de una izquierda renovada y aligerada de dogmatismos.

De nuevo, las satisfacciones vinieron de los otros comicios: el PT se hizo con los gobiernos de Rio Grande do Sul, Acre y Mato Grosso do Sul, mientras que en el Congreso Nacional creció hasta los 58 diputados y 7 senadores, aunque no por ello dejó de ser la quinta fuerza parlamentaria tras el PFL, el PSDB, el PMDB y el Partido Popular Brasileño (PPB, fruto de la fusión del PDS con una serie de formaciones de derecha) de Maluf. Dos años más tarde, el 1 y el 29 de octubre de 2000, el PT ganó las prefecturas de Recife, Belém y Goiâna, y recuperó la de São Paulo, elevando el número de ciudades donde gobernaba a 187.

6. Papel en los foros de São Paulo y Porto Alegre

A iniciativa del dictador cubano
Fidel Castro, Lula convocó en São Paulo para los días 2, 3 y 4 de julio de 1990 el primer Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de América Latina y el Caribe, al que acudieron, además del PT y el Partido Comunista Cubano, más de sesenta partidos y guerrillas de izquierda de 22 países. El conocido como Foro de São Paulo (FSP) fue luego acusado de albergar en su seno a organizaciones subversivas que practicaban el terrorismo, el secuestro y la extorsión como instrumentos de lucha política, aunque los petistas replicaron con el argumento, no exento de ambigüedad, de la solidaridad con las luchas de índole social, indigenista o medioambiental.

Lula acudió puntualmente a los encuentros anuales del controvertido FSP. En 2000 y 2001 lo defendió como un espacio necesario, ya que "la izquierda en el mundo necesita reafirmar su discurso de paz", y de paso expresó su más rotunda condena al terrorismo, que "no ayuda a la izquierda y no lo ha hecho en ningún momento de la historia". No obstante estas puntualizaciones, las apariciones de Lula y Castro compartiendo camaradería e intercambiando elogios en toda la década de los noventa fueron un importante abono para la desconfianza, cuando no la hostilidad y el temor, de la mayoría de los políticos, empresarios y ciudadanos de clase alta y media de Brasil. Los conservadores veían en Lula poco menos que a un criptocomunista que, de llegar al poder, decretaría la estatalización de la economía, aumentaría los impuestos, derrocharía los ingresos públicos y pondría en fuga la inversión extranjera.

Una de las prefecturas más emblemáticas del PT, Porto Alegre, capital de Rio Grande do Sul, donde el partido ensayaba una experiencia para integrar a la ciudadanía en la política presupuestaria del consistorio ("presupuesto participativo"), acogió del 25 al 30 de enero de 2001 el primer Foro Social Mundial (FSM), como alternativa al Foro Económico Mundial que se celebraba al mismo tiempo en Davos, Suiza, y como punto de encuentro de organizaciones y activistas antiglobalización de todo el mundo.

En febrero del año siguiente representantes políticos de izquierda en el II FSM consideraron establecer un vínculo estratégico con el FSP (que envió al evento una nutrida delegación) y anunciaron que el III FSM, a celebrar en enero de 2003 en el mismo escenario, tendría presencia de jefes de Estado, lo que suscitó especulaciones sobre las asistencias de Castro y el controvertido presidente de Venezuela,
Hugo Chávez. Lula ofició como la estrella política de las dos primeras citas del FSM, consagrándose como una suerte de campeón de las izquierdas de Sudamérica.

7. Cuarto envite presidencial y victoria en 2002

En otro ambiente político, tres derrotas presidenciales consecutivas habrían sido motivo suficiente para arrojar la toalla, pero si de algo no estaba mermado Lula era de pugnacidad, terquedad y capacidad para mantener la confianza de las bases del partido. El 16 de diciembre de 2001, en el XII Encuentro Nacional del PT, lanzó su precandidatura presidencial y el 17 de marzo de 2002, en la primera nominación abierta a la militancia petista, el 85% de los 170.000 afiliados que ejercieron el voto se decantó por él frente al senador Eduardo Suplicy, un dirigente abiertamente partidario de apartar al líder fundador de la conducción política.

Lula advirtió a propios y extraños que no estaba "dispuesto a perder una cuarta elección" en octubre de 2002, así que, con José Dirceu como brazo derecho, puso en marcha una estrategia electoral enteramente renovada, que hizo hincapié en aspectos descuidados o voluntariamente excluidos en campañas anteriores. Por de pronto, se intentó anular las habituales acusaciones en su contra de ser una persona hosca, intratable e indigna de confianza, mediante un notable cambio de imagen: la indumentaria de regusto obrero dio paso al traje y la corbata; el cabello y la barba, otrora crespos y negros, se mostraban ahora más atusados y encanecidos, y los ademanes ceñudos y belicosos fueron sustituidos por sonrisas y jovialidad. Los asesores mostraron una imagen del candidato inédita, más relajada, como esposo y padre afectuoso, capaz de exteriorizar sentimientos.

El contenido experimentó una mudanza tanto o más importante que la forma. Manteniendo lo esencial del discurso crítico de izquierdas, Lula suavizó el tono y dirigió guiños a sectores ideológicamente remotos. Aseguró a los empresarios locales y a los operadores financieros que no había motivos para temer al PT en el poder, ya que los principios del libre mercado no se cuestionaban, al igual que algunos procedimientos de estabilización económica aplicados por Cardoso como la lucha contra la inflación y la colocación del real en el régimen de cambios variables. Esto último, a pesar de dar pábulo a los ataques especulativos contra la moneda nacional, movimientos que, precisamente, se incrementaron desde el momento en que los sondeos de intención de voto dieron a Lula por casi seguro ganador.

Un sorprendente aldabonazo de Lula fue la presentación en junio del magnate José de Alencar Gomes da Silva, uno de los dirigentes del Partido Liberal (PL), pequeña fuerza parlamentaria -una docena de diputados- y adalid de un liberalismo económico con vertiente social, como compañero de papeleta para la Vicepresidencia. En los meses siguientes, un número creciente de empresarios expresó su apoyo a la fórmula Lula-Alencar, al igual que los ex presidentes Sarney y Franco, amén del influyente político derechista de Bahía Antônio Carlos de Magalhães, dirigente del PFL y otrora protector de Collor de Mello; hasta Paulo Maluf, notorio superviviente de la derecha promilitar de tiempos de la dictadura, realizó comentarios elogiosos del que había sido su inveterado enemigo durante más de dos décadas.

La que se presentaba como principal adversaria de Lula, Roseana Macieira Sarney, hija de José Sarney y gobernadora de Maranhão por el PFL, se retiró de la campaña en abril al quedar tocada por un escándalo de corrupción. Ello redujo a tres los rivales de Lula con cierta entidad: José Serra, ministro con Cardoso y candidato tucano de la Gran Alianza formada por el PSDB y el PMDB; Ciro Gomes, respaldado por el Frente Laborista del PPS, el PTB y el PDT; y, el socialista Anthony Garotinho, por el Frente Brasil Esperanza del PSB, el Partido General de los Trabajadores (PGT) y el Partido Laborista Cristiano (PTC).

La extrema izquierda representada por los escindidos del PT, el PCO y el PSTU, concurrió aisladamente con Rui Costa Pimenta y José Maria de Almeida, respectivamente. En cuanto al favorito, la coalición Lula Presidente ligó al PT y el PL con el PCdoB, el PCB y el Partido de Movilización Nacional (PMN). Característica nunca vista en una elección presidencial de Brasil o del resto del continente, los seis candidatos, viéndolo objetivamente a tenor de sus propuestas, se ubicaban con mayor o menor nitidez en la izquierda del espectro político.

En agosto, con el real devaluado un 30% desde enero, la inflación acercándose al 2% mensual y las calificaciones internacionales de la deuda pública y el riesgo inversor de mal en peor, Lula, que hacía poco había tildado a la asistencia del FMI a su país de "beso de la muerte", concedió a Cardoso la garantía en principio de respetar el reciente acuerdo suscrito por el Gobierno con el citado organismo internacional, por el que Brasil accedía a una línea de crédito de 30.000 millones de dólares (de los que 26.000 estaban, precisamente, condicionados a la política económica del futuro ejecutivo) y podía gastar 10.000 millones adicionales de las reservas para defender el real de los ataques especulativos, a cambio de perseguir un superávit presuestario primario (descontando el servicio de los intereses de la deuda) para 2003 de al menos el 3,75 % del PIB.

Lula declaró que apoyaba "la idea" de que Brasil tuviera que pedir dinero, pero eludió expresar un compromiso en firme con los términos del acuerdo con el FMI. Si él llegaba a la Presidencia, Brasil recibiría más inversiones, "pero sólo productivas", precisó, y en todo caso estaba resuelto a aplicar una política de marcado corte socialdemócrata, expansionista y socialmente orientado, añadiendo que a los empresarios les interesaba integrar en la demanda de mercado a la legión de marginados económicos.

Lula citó la necesidad de relanzar la producción, en franco declive desde comienzos de 2001, y obtener tasas de crecimiento anuales no inferiores al 4,5% o el 5% del PIB, así como de, al socaire del buen nivel de las reservas internacionales y el progreso de las exportaciones (una repercusión positiva de la devaluación del real), reducir el tipo básico de interés, entre los más elevados del mundo, del 18,5% al 13%, precisamente para reactivar las inversiones productivas y el consumo, desanimar las inversiones financieras típicamente especulativas y aflojar el dogal de la deuda pública interna, que en mayo de 2002 se situó en los 175.000 millones de dólares (259.000 millones en términos brutos), representando el 70% de la deuda pública total y el 42% del PIB.

Las máximas prioridades esbozadas por Lula se extraían de los compromisos petistas de siempre, resumidos en la mejora de los estándares de vida de los brasileños y, en especial, los de los menos favorecidos. Lula abogaba por ampliar el nivel laboral creando millones de puestos de trabajo y dignificando otros ya existentes. La tasa oficial de paro alcanzaba en agosto de 2002 el 7,5%, lo que se traducía en más de seis millones de desempleados censados. El dato, con ser preocupante, todavía decía poco sobre el verdadero alcance de la precariedad laboral, ya que la mitad de la población activa se ocupaba en la economía sumergida o estaba subempleada.

Para avanzar en el reparto de la renta nacional, Lula formuló la pretensión de aumentar el impuesto sobre la renta en el tramo máximo del 27% al 35%, como anticipio de una profunda reforma fiscal de carácter más progresivo, abierta a la discusión y el consenso de los partidos y los actores sociales, y también de elevar el salario mínimo legal. Partiendo de los programas de asistencia creados por el Gobierno de Cardoso, apuntó como factible, hasta llegar al último de los 171 millones de brasileños, la universalización de los servicios urbanos y los derechos sociales.

Con su política de renta mínima, Lula centraba la mirada en el colectivo de entre 30 y 55 millones de pobres -según el umbral que se establezca para ser considerado como tal-, cifras que en términos absolutos son desoladoras pero que en términos relativos lo son un poco menos, ya que los porcentajes son comparativamente inferiores a los de otros países latinoamericanos (un dato que suele olvidarse habitualmente es que Brasil tiene la clase media más numerosa de América después de Estados Unidos).

El punto de la reforma agraria se mantenía igualmente intacto en la agenda de Lula, que prometía entregar tierras improductivas a los campesinos sin propiedad, así como los medios tecnológicos y económicos para cultivarlas, por lo que, concluía, el Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra (MST), cuyas reivindicaciones el PT siempre había apoyado, tendría que poner fin a las ocupaciones, a veces violentas, de latifundios. En su programa, Lula sintetizaba estas dos ambiciosas metas en el lema "inclusión social con justicia ambiental".

En cuanto a la política exterior, los observadores señalaron que Lula mantendría la tradicional autonomía de Brasil frente a Estados Unidos, retomando y, seguramente, intensificando, las posturas críticas de Cardoso frente a procesos de alto interés estratégico para Washington como la consecución del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) a partir de 2005 o el Plan Colombia para combatir el narcotráfico en el país andino dando prelación a los medios militares.

Antes de las elecciones, el dirigente petista declaró que un Gobierno suyo concedería prioridad absoluta al Mercado Común del Sur (MERCOSUR, integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay) frente al estrictamente librecambista ALCA, vigorizándolo en una etapa de grave cuestionamiento por la proliferación de conflictos comerciales entre sus miembros a raíz de la crisis económica que zarandea la región, e incluso favoreciendo la integración de Chile, Venezuela o Perú como nuevos estados miembros.

En cuanto a la alarma suscitada en sectores conservadores del continente por una eventual "alianza Castro-Lula-Chávez" y las advertencias de un "efecto dominó" izquierdista en todo el subcontinente, el brasileño replicó que, efectivamente, tenía relaciones con esos dos dirigentes (de Chávez aseguró no conocerle en persona aún), como los tenía "con otros estadistas del mundo", pero aclaró que un gobierno suyo no trazaría preferencias diplomáticas. Simpatías evidentes aparte, el concepto subyacente en todas estas manifestaciones de Lula era el de la independencia y la libertad para establecer la agenda internacional de Brasil, tanto en lo político como en lo comercial.

Llegado el 6 de octubre, con una expectación internacional por unas elecciones en América Latina muy pocas veces vista, las dudas se reducían a si Lula ganaría en la primera vuelta con más del 50% de los votos o si tendría que acudir a una segunda. Sucedió lo segundo, al recibir el 6 de octubre el 46,4%, seguido por Serra con el 23,2%, Garotinho con el 17,9% y Gomes con el 12%. El 27 de octubre, luego de recibir el respaldo de los dos aspirantes eliminados, así como de Brizola, el petista batió definitivamente al tucano con el 61,3% de los sufragios, convirtiéndose en el presidente más votado en la historia de Brasil. Su papeleta se impuso en 26 de los 27 estados. El espectacular vuelco electoral se expresó también en los comicios al Congreso, donde el PT obtuvo 91 diputados y 14 senadores, erigiéndose en la primera fuerza de la Cámara baja y en la tercera de la Cámara alta.

Paradójicamente, la marea de votos hacia Lula y el PT en el nivel federal no tuvo su equivalente en los comicios para los gobiernos y asambleas de los estados y el Distrito Federal de Brasilia. El PT fracasó particularmente en São Paulo (si bien en la metrópoli capitalina Lula se impuso a Serra en su pugna particular), donde el gobernador reeleccionista Geraldo Alckmin (PSDB) batió a José Genoíno Neto en la segunda vuelta gracias al apoyo de Maluf, tercero en discordia. También en Bahia, donde Jaques Wagner cayó en la primera vuelta ante Paulo Ganem Souto (PFL), y en el Distrito Federal, escenario de una liza muy ajustada en la que Joaquim Domingos Roriz (PMDB) arrebató a Geraldo Magela Pereira una plaza que los petistas daban por segura.

El partido de Lula tampoco fue capaz de retener los importantes gobiernos de Río de Janeiro y Río Grande do Sul, siendo los damnificados respectivamente la gobernadora Benedita Souza da Silva, ante Rosinha Garotinho (PSB), y Tarso Herz Genro (aspirante para suceder a su colega Olívio Dutra), ante Germano Antônio Rigotto (PMDB). El PT sólo ganó los gobiernos de Acre, Mato Grosso do Sul y Piauí.

8. Una toma de posesión cuajada de expectativas

Luego de confirmarse su victoria y entre el delirio de sus seguidores que salieron a celebrarlo en São Paulo y otras ciudades, Lula proclamó la llegada de una "nueva era" a Brasil y convocó "a todos los hombres y mujeres brasileños, a empresarios, sindicalistas e intelectuales, para construir una sociedad más justa, fraterna y solidaria". Anunció la formación de un gobierno de coalición abierto "a los mejores" y un pacto nacional contra la pobreza, la corrupción y la inflación, y reiteró que si al final de su mandato de cuatro años (constitucionalmente renovables por otros cuatro) cada brasileño podía desayunar, almorzar y cenar cada día, "entonces habré realizado la misión de mi vida".

El 29 de octubre Lula fue recibido por Cardoso en el palacio presidencial de Planalto para establecer la coordinación entre el Gobierno saliente y el equipo técnico de transición nombrado por él, conformándose una suerte de cogobierno formal con el que el mandatario electo desempeñó funciones institucionales de hecho en los dos meses previos a la transferencia de poderes el 1 de enero de 2003. En el Gobierno que alineó Lula destacaron las presencias de Ciro Gomes como ministro de Integración Nacional, Celso Amorim como titular de Exteriores (que ya ocupara en el Gobierno de Itamar Franco) y el cantante Gilberto Gil como responsable de Cultura.

A lo largo de diciembre, Lula estuvo varios días en el extranjero para reunirse con diversos mandatarios americanos, inclusive el argentino
Eduardo Duhalde, el chileno Ricardo Lagos, el mexicano Vicente Fox y el mismo presidente de Estados Unidos, George W. Bush. Este encuentro del 10 de diciembre en la Casa Blanca, impensable en el pasado, en el que Bush no escatimó cortesías con su anfitrión no obstante el abismo ideológico que les separa, testimonió a las claras la importancia primordial que para la superpotencia del norte tiene Brasil, como pulmón económico de toda Sudamérica, independientemente de la orientación política de quien mande allí. En añadidura, Lula compartió con Cardoso el protagonismo en la cumbre del MERCOSUR celebrada en Brasilia el 5 de diciembre.

El 1 de enero de 2003 Lula se convirtió en el primer receptor de la banda presidencial de manos de otro titular elegido directamente por el pueblo desde la transferencia de 1961 entre Juscelino Kubitschek y Jânio Quadros, en una jornada festiva que convocó en Brasilia a medio millón de personas. Tras jurar su cargo en el palacio del Congreso Nacional ante el pleno de diputados y senadores y representantes de 118 países -entre ellos, once presidentes y jefes de Gobierno, inclusive Fidel Castro y Hugo Chávez-, Lula pronunció el discurso de investidura y reiteró sus principales compromisos electorales, reafirmándose en el objetivo preciso, erigido poco menos que en un mantra promisorio en función del cual se expone a ser juzgado cuando termine su mandato, de dar tres comidas diarias a todos y cada uno de los brasileños.

Si el nuevo mandatario brasileño persigue contra viento y marea estas metas de justicia social y pretende resultados más bien tempranos, plantea una ecuación extraordinariamente complicada, ya que, al tiempo que da satisfacción a sus seguidores tradicionales, los cuales han aguardado 22 años este momento y son los más pobres y marginados de la sociedad, deberá ser capaz de calmar a los mercados financieros, afrontar los vencimientos de la deuda y proseguir la austeridad presupuestaria de la que depende la asistencia del FMI.

De momento, en su primera semana como presidente, Lula no ha perdido el tiempo para demostrar con decisiones concretas dónde están sus prioridades absolutas. Así, el ministro de Defensa, José Viegas, anunció el aplazamiento hasta 2004 de la adquisición de 12 aviones de combate, con un coste de 760 millones de dólares, para las Fuerzas Aéreas, y el Consejo de Ministros dio luz verde a una campaña de captación de donaciones voluntarias, tanto nacionales como del extranjero, para el fondo del proyecto Hambre Cero.

Lula encargó también al Ministerio de Justicia y a la Secretaría Nacional de Derechos Humanos sendos proyectos para entregar títulos de propiedad a los millones de habitantes de las favelas levantadas ilegalmente en los cinturones de miseria urbanos, y para brindar la asistencia del Estado a aquellos jóvenes de las áreas marginales que deseen abandonar el submundo de las drogas. - Pliegos de Opinión
 


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