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En su lado del espectro político ya operaban otras formaciones en
trance de organización y relanzamiento, principalmente el Partido
Democrático Laborista (PDT) de Leonel Brizola, el PCB de Luiz
Carlos Prestes y el Partido Laborista Brasileño (PTB) de Ivete
Vargas. Estos grupos planteaban también una oposición sin ambages
al régimen militar desde posturas de izquierda, pero a diferencia
del PT portaban, de hecho, viejas siglas y viejos proyectos que
vivieron mejores tiempos en el período democrático comprendido
entre 1945 y 1964. El PCB llevaba años dividido entre facciones
marxistas ortodoxas y renovadoras, mientras que el PDT, escorado
al populismo de izquierdas, y el PTB, más moderado, mantenían una
pugna particular por la titularidad de la herencia ideológica del
trabalhismo del PTB original puesto en marcha por Getúlio
Vargas hacía 35 años y que tenía su baluarte en Río de Janeiro.
Por de pronto, Lula continuó con su lucha de tintes políticos en
el frente sindical. El 1 de abril de 1980 comenzó una huelga de
los obreros paulistas en demanda de mejoras salariales que se
prolongó durante 41 días y que fue duramente reprimida.
Transcurridos 19 días de este nuevo y tenso pulso con el poder,
Lula y resto de la directiva del sindicato de Metalúrgicos de São
Bernardo do Campo y Diadema fueron arrestados y removidos de sus
puestos gremiales sobre la base de la Ley de Seguridad Nacional.
Preso en los calabozos de la policía política de la dictadura, el
DOPS, hasta mediados de mayo, se le imputó un delito de alteración
del orden público y el 25 de febrero de 1981, semanas después de
retornar de un viaje por Europa y Estados Unidos, un tribunal
militar de São Paulo le condenó a tres años y seis meses de
cárcel, pena que no llegó a cumplir porque el 2 de septiembre
siguiente el Tribunal Supremo Militar anuló la sentencia y
solicitó un nuevo juicio.
3.
Lento ascenso electoral del Partido de los Trabajadores
El PT se registró provisionalmente el 11 de febrero de 1982 y tuvo
su debut electoral en las legislativas multipartidistas del 15 de
noviembre de aquel año, quedando en un discreto quinto lugar tras
el PDT y el PTB con el 3,5% de los votos y ocho escaños en la
Cámara de Diputados. Lula, ya liberado de toda cuenta pendiente
con la justicia al declarar el Tribunal Supremo Militar la
prescripción de su caso el 11 de mayo, probó suerte en la liza por
el puesto de gobernador de São Paulo; pese a recibir más de un
millón de votos (que eran casi todos los cosechados por el partido
en el conjunto del país, lo que indicaba que su base de apoyos
provenía casi exclusivamente del cinturón rojo paulista),
fue rebasado por otros tres aspirantes encabezados por André
Franco Montoro, del PMDB.
El 26 de agosto de 1983 Lula participó en la fundación de la
Central Única de Trabajadores (CUT) como agrupación gremial ligada
al PT y nuevo ariete movilizador contra el régimen militar. Desde
finales de aquel año Lula integró, con Brizola y el jefe del PMDB,
Ulysses Guimarães, el trío de líderes opositores que galvanizó las
masivas manifestaciones populares exigiendo la elección directa de
presidente de la República. Sin embargo, la campaña Diretas Já
se saldó en fracaso, ya que en el Congreso, el 25 de abril de
1984, los diputados del Partido Democrático Social (PDS, heredero
de ARENA) consiguieron frustrar la enmienda constitucional que la
reforma requería.
El jefe petista no fue incluido en los conciliábulos de Guimarães,
Brizola y los escindidos del PDS Aureliano Chaves y José Sarney
para colocar en la Presidencia al candidato del PMDB, Tancredo
Neves, frente al nominado por el PDS, Paulo Maluf, pero ante la
disyuntiva del Colegio Electoral no dudó en apoyar a Neves. Luego
de ganar la votación, el respetado ex gobernador de Minas Gerais
falleció antes de poder asumir la suprema magistratura, pasando el
testigo a su vicepresidente electo, Sarney.
La democracia había sido recobrada, pero para Lula y los petistas
se abrió otro ciclo de contiendas políticas. Contestaron con una
nueva hornada de huelgas y manifestaciones el plan de
estabilización de Sarney, conocido como Plan Cruzado, para
combatir con recetas liberales la hiperinflación y la crónica
debilidad de la divisa nacional.
Exigiendo que se suspendiera el pago de la asfixiante deuda
externa, que terminaran los despidos masivos en la industria
paulista y, en definitiva, que no se transigiera con las demandas
del FMI, Lula perfiló una estampa de izquierdista radical, con
presencia y modos políticos propios del sindicalista ceñudo y un
tanto rudo que había sido, e incapaz de sofisticarse para ganar
respetabilidad y poder desenvolverse en los vericuetos de la alta
política federal, copada por personajes, desde la derecha al
centroizquierda, muy bien instruidos y hechos para el despacho
oficial, el traje y la corbata.
Por las mismas razones, Lula incrementó su popularidad entre las
clases trabajadoras golpeadas por la crisis y cimentó su liderazgo
en las ciudades satélite de São Paulo. En las elecciones
legislativas del 15 de noviembre de 1986 el PT adelantó al PDT,
pisó los talones al PDS y se encaramó como la primera fuerza de la
izquierda con el 6,9% de los votos, lo que le dio derecho a 16
diputados, quedando, de todas maneras, muy lejos de las dos
grandes formaciones del centroderecha, el PMDB y el Partido del
Frente Liberal (PFL, escisión del PDS). Con todo, Lula fue el
cabeza de lista que obtuvo escaño en la Cámara baja del Congreso,
que tenía mandato constituyente, con mayor número de votos,
650.000.
Lula pugnó en la Asamblea Nacional Constituyente emanada de la
Cámara porque la nueva Carta Magna salvaguardara los intereses de
los trabajadores; ciertamente, el texto promulgado el 5 de octubre
de 1988 recogía el derecho de huelga, la reducción de la semana
laboral, vacaciones parcialmente pagadas y revisiones salariales
ajustadas al coste de la vida, entre otras mejoras. Sin embargo,
uno de los puntos incorporados al programa del PT, la reforma
agraria, siguió sin realizar.
4. Candidato
presidencial en 1989
En 1989 tocaban las primeras elecciones presidenciales directas en
tres décadas y Lula lanzó su postulación, así que en el V
Encuentro Nacional del PT, el 4 de diciembre de 1987, fue nominado
candidato al tiempo que cedía la presidencia del partido a otro
responsable curtido en las luchas sindicales, Olívio Dutra. En los
comicios municipales del 15 de noviembre de 1988 los candidatos
petistas ganaron en 29 prefecturas, entre ellas tres capitales
estatales, São Paulo, Porto Alegre y Vitória, y de cara a las
presidenciales Lula formó el Frente Brasil Popular con el Partido
Socialista Brasileño (PSB) y el muy ortodoxo Partido Comunista de
Brasil (PCdoB, marxista-leninista).
Así las cosas, Lula arrancó la campaña para el envite del 15 de
noviembre de 1989 con expectativas optimistas, pero se le
interpuso el candidato prefabricado del centroderecha, el
ex gobernador de Alagoas y millonario
Fernando Collor de Mello,
del Partido de Reconstrucción Nacional (PRN), el cual, patrocinado
por poderosos círculos económicos y políticos conservadores,
desarrolló una campaña basada en las más modernas técnicas de
marketing electoral y en las promesas populistas, que no desdeñó
tampoco los golpes sucios, como la contratación de Miriam Cordeiro,
la antigua amante de Lula, que le acusó en la televisión de
haberle pedido que abortara la niña tenida con él, Lurian.
El sonriente, elegante y bien parecido Collor llevó a Lula a un
terreno, el de la imagen, en el que no podía rivalizar, así que en
la primera vuelta el paulista, con el 17,2% de los votos, fue
superado por el alagoano por más de once puntos y cerca estuvo de
ser desplazado por Brizola para la segunda ronda del 17 de
diciembre. Entonces el veterano político carioca y los otros
candidatos derrotados de la izquierda y el centro, Mário Covas por
el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), Guimarães por
el PMDB y Roberto Freire por el PCB, llamaron a parar a Collor,
pero estas adhesiones resultaron insuficientes y, por cinco puntos
de diferencia, Lula fue derrotado con el 47% de los sufragios por
el postulante del PRN, que sucedió a Sarney en marzo de 1990.
Convertido en el principal damnificado de esta brillante operación
de las derechas para impedir el acceso a la Presidencia de un
candidato de la izquierda, y terminado su mandato en el Congreso,
Lula retomó la jefatura orgánica del partido en el VII Encuentro
Nacional, el 31 de mayo de 1990, y se aprestó a plantear batalla a
la administración de Collor.
Puso en marcha el denominado gobierno paralelo, inspirado
en la fórmula del shadow cabinet británico, para oponer al
programa neoliberal del PRN y sus socios de coalición una serie de
políticas alternativas que tocaban los planteamientos
tradicionales del PT: el aumento del salario mínimo y los ingresos
reales de los trabajadores, la redistribución de la renta
nacional, la corrección de las abrumadoras desigualdades
socioeconómicas de los brasileños (las más acusadas del mundo), el
lanzamiento de la siempre postergada reforma agraria y la
concesión de absoluta prioridad a las áreas de salud, nutrición,
educación, transporte y vivienda, donde el gigante sudamericano,
que aspiraba a figurar en el selecto club de las potencias del
primer mundo, presentaba gravísimas carencias propias de los
países menos desarrollados.
De la mano de Lula, el PT continuó aunando votos en las sucesivas
convocatorias electorales. Con el 10,2% de los sufragios fue la
tercera lista más votada en las legislativas federales y estatales
del 25 de noviembre de 1990, si bien en el reparto de diputados,
35, salió perjudicado con respecto al PSDB, el PRN, el PDS y el
PDT, descendiendo a la condición de séptima fuerza parlamentaria.
También estrenó su primer senador, por São Paulo, pero no ganó
ningún puesto de gobernador estatal.
Luego de tomar parte activa en la campaña de movilizaciones
populares en demanda del juicio parlamentario y destitución de
Collor de Mello por corrupción (proceso que, efectivamente, se
celebró y que obligó al mandatario a dimitir formalmente luego de
ser suspendido), el partido de Lula registró nuevos avances en las
municipales del 3 de octubre y el 15 de noviembre de 1992 y elevó
sus prefecturas a 55, inclusive Belo Horizonte y Porto Alegre,
aunque perdió la de São Paulo.
Entre medio, el PT celebró su I Congreso nacional, del 27 de
noviembre al 1 de diciembre de 1991, en el que Lula sacó adelante
su definición de "socialismo democrático", una tendencia
"puramente socialista" que rechazaba tanto el capitalismo liberal
como al socialismo estatista de estilo soviético, pero también la
socialdemocracia, ya que, según él, esta vía sólo era hábil para
países ricos capaces de destinar sus ingentes recursos al
bienestar de una población que ya tiene sobradamente cubiertos sus
mínimos vitales, lo cual no era el caso de un país en vías de
desarrollo como Brasil.
En esta suerte de desmarxistización del PT estuvo el
embrión de escisiones de sectores trotskistas contrarios a Lula,
dando lugar en su momento a los partidos de la Causa Operaria (PCO)
y Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU). Por otro lado,
el aggiornamento petista no fue suficiente como para entrar
en la Internacional Socialista (el PDT de Brizola era y es el
único representante brasileño en esta organización), posibilidad
que, por lo demás, Lula tampoco contemplaba.
5.
Problemas con la imagen de izquierdista y nuevos fracasos
electorales
Lula preparó su segunda aspiración presidencial recorriendo miles
de kilómetros a lo largo y ancho del vasto país sudamericano y en
el IX Encuentro Nacional petista, del 29 de abril al 1 de mayo de
1994, fue nominado candidato. Con la adhesión esta vez del PSB, el
PCdoB, el PCB, el PSTU, el Partido Verde (PV) y el Partido Popular
Socialista (PPS, el antiguo PCB de Freire luego de abandonar el
marxismo en 1992, lo que no impidió que un sector ortodoxo se
independizara con la sigla del PCB), que junto con el PT formaron
el Frente Popular por la Ciudadanía, Lula encaraba la votación del
3 de octubre de 1994 con excelentes puntuaciones en los sondeos de
opinión.
Pero cuando comenzó la campaña los muy influyentes medios de
comunicación volvieron a favorecer al representante de la
moderación y del establishment, Fernando Cardoso, por el
PSDB, cuyo espectacular currículum académico, su prestigio
internacional como sociólogo y su labor como ministro de Hacienda
en el Gobierno de
Itamar Franco
(terminando con las turbulencias monetarias y la hiperinflación),
constituían unos activos que Lula, quien "ni siquiera" tenía
terminada la secundaria, no pudo o no supo neutralizar con otra
categoría de méritos presumibles.
Así, la proyección como hombre honesto, íntegro y voluntarioso, y
la explicación de que compensaba con creces la falta de
preparación teórica y académica con el conocimiento directo de la
realidad cotidiana de los brasileños, siguieron pareciendo
insuficientes a una parte sustancial de las clases medias que
ligaban a Cardoso con el fin de la pesadilla inflacionista y que
no querían saber nada de un cambio de timonel en Brasilia.
Acusado de carecer de la experiencia y la preparación para manejar
los complejos asuntos de Gobierno, de no saber conducirse con la
diplomacia y el pragmatismo requeridos en la política de Estado,
de estar anclado en un izquierdismo trasnochado y de cultivar
amistades equívocas en el ámbito internacional, Lula volvió a
parecer un candidato poco de fiar a una mayoría de electores y fue
vapuleado por Cardoso en la primera ronda con el doble de votos,
el 54,3% para el socialdemócrata y el 27,1% para el petista. Una
compensación insuficiente de este segundo fracaso de Lula fue la
captura por el partido de los gobiernos del estado de Espíritu
Santo y del Distrito Federal de Brasilia, y el incremento de la
representación en el Legislativo federal con 49 diputados y 5
senadores.
En el X Encuentro Nacional del PT, el 20 de agosto de 1995, Lula
dejó definitivamente la presidencia del partido, que fue asumida
por José Dirceu, antiguo revolucionario de simpatías guevaristas
reconvertido a un posibilismo de corte socialdemócrata. Lula quedó
como presidente honorario del partido y pasó a coordinar el
Instituto Ciudadanía, centro de estudios y de formulación de
políticas del PT. Se pensó entonces que se retiraba del primer
plano político y que entregaba el testigo del liderazgo del PT al
cabo de 15 años, más cuando la mudanza tuvo lugar en un ambiente
tenso por las revelaciones de prácticas corruptas en algunas
prefecturas, pero no sucedió así.
El 11 de diciembre de 1997 lanzó su tercera aspiración
presidencial y el 16 de enero de 1998 se apuntó un importante
tanto al adoptar con Brizola un acuerdo de coalición y contra "el
neoliberalismo y la globalización salvajes" por el que el líder
del PDT obtendría la Vicepresidencia. La alianza entre dos
dirigentes carismáticos que nunca habían mantenido relaciones
especialmente cordiales se interpretó como un reconocimiento
implícito del progresivo trasvase del electorado trabalhista de
izquierda al PT. Lula integró al PCdoB, el PCB y el PSB en la
plataforma, convirtiéndose en el candidato unitario de la
izquierda, aunque esta vez el PPS prefirió concurrió por su
cuenta.
Pese a los nubarrones que asomaban en el horizonte económico, el
crecimiento de la deuda externa y el profundo malestar social
causado por las privatizaciones, el 4 de octubre de 1998 Cardoso,
cuya campaña invirtió diez veces el dinero recaudado por la de su
rival, volvió a birlarle la segunda vuelta a Lula con autoridad,
si bien el petista ascendió hasta el 31,7% de los votos, dejando
bastante atrás a su más inmediato seguidor, Ciro Ferreira Gomes,
antiguo miembro del PSDB pasado al PPS, que concurrió con el
mensaje de que Lula estaba "gastado" y la determinación de
reemplazarle como cabeza de una izquierda renovada y aligerada de
dogmatismos.
De nuevo, las satisfacciones vinieron de los otros comicios: el PT
se hizo con los gobiernos de Rio Grande do Sul, Acre y Mato Grosso
do Sul, mientras que en el Congreso Nacional creció hasta los 58
diputados y 7 senadores, aunque no por ello dejó de ser la quinta
fuerza parlamentaria tras el PFL, el PSDB, el PMDB y el Partido
Popular Brasileño (PPB, fruto de la fusión del PDS con una serie
de formaciones de derecha) de Maluf. Dos años más tarde, el 1 y el
29 de octubre de 2000, el PT ganó las prefecturas de Recife, Belém
y Goiâna, y recuperó la de São Paulo, elevando el número de
ciudades donde gobernaba a 187.
6.
Papel en los foros de São Paulo y Porto Alegre
A iniciativa del dictador cubano
Fidel Castro,
Lula convocó en São Paulo para los días 2, 3 y 4 de julio de 1990
el primer Encuentro de Partidos y Organizaciones de Izquierda de
América Latina y el Caribe, al que acudieron, además del PT y el
Partido Comunista Cubano, más de sesenta partidos y guerrillas de
izquierda de 22 países. El conocido como Foro de São Paulo (FSP)
fue luego acusado de albergar en su seno a organizaciones
subversivas que practicaban el terrorismo, el secuestro y la
extorsión como instrumentos de lucha política, aunque los petistas
replicaron con el argumento, no exento de ambigüedad, de la
solidaridad con las luchas de índole social, indigenista o
medioambiental.
Lula acudió puntualmente a los encuentros anuales del
controvertido FSP. En 2000 y 2001 lo defendió como un espacio
necesario, ya que "la izquierda en el mundo necesita reafirmar su
discurso de paz", y de paso expresó su más rotunda condena al
terrorismo, que "no ayuda a la izquierda y no lo ha hecho en
ningún momento de la historia". No obstante estas
puntualizaciones, las apariciones de Lula y Castro compartiendo
camaradería e intercambiando elogios en toda la década de los
noventa fueron un importante abono para la desconfianza, cuando no
la hostilidad y el temor, de la mayoría de los políticos,
empresarios y ciudadanos de clase alta y media de Brasil. Los
conservadores veían en Lula poco menos que a un criptocomunista
que, de llegar al poder, decretaría la estatalización de la
economía, aumentaría los impuestos, derrocharía los ingresos
públicos y pondría en fuga la inversión extranjera.
Una de las prefecturas más emblemáticas del PT, Porto Alegre,
capital de Rio Grande do Sul, donde el partido ensayaba una
experiencia para integrar a la ciudadanía en la política
presupuestaria del consistorio ("presupuesto participativo"),
acogió del 25 al 30 de enero de 2001 el primer Foro Social Mundial
(FSM), como alternativa al Foro Económico Mundial que se celebraba
al mismo tiempo en Davos, Suiza, y como punto de encuentro de
organizaciones y activistas antiglobalización de todo el mundo.
En febrero del año siguiente representantes políticos de izquierda
en el II FSM consideraron establecer un vínculo estratégico con el
FSP (que envió al evento una nutrida delegación) y anunciaron que
el III FSM, a celebrar en enero de 2003 en el mismo escenario,
tendría presencia de jefes de Estado, lo que suscitó
especulaciones sobre las asistencias de Castro y el controvertido
presidente de Venezuela,
Hugo Chávez.
Lula ofició como la estrella política de las dos primeras citas
del FSM, consagrándose como una suerte de campeón de las
izquierdas de Sudamérica.
7.
Cuarto envite presidencial y victoria en 2002
En otro ambiente político, tres derrotas presidenciales
consecutivas habrían sido motivo suficiente para arrojar la
toalla, pero si de algo no estaba mermado Lula era de pugnacidad,
terquedad y capacidad para mantener la confianza de las bases del
partido. El 16 de diciembre de 2001, en el XII Encuentro Nacional
del PT, lanzó su precandidatura presidencial y el 17 de marzo de
2002, en la primera nominación abierta a la militancia petista, el
85% de los 170.000 afiliados que ejercieron el voto se decantó por
él frente al senador Eduardo Suplicy, un dirigente abiertamente
partidario de apartar al líder fundador de la conducción política.
Lula advirtió a propios y extraños que no estaba "dispuesto a
perder una cuarta elección" en octubre de 2002, así que, con José
Dirceu como brazo derecho, puso en marcha una estrategia electoral
enteramente renovada, que hizo hincapié en aspectos descuidados o
voluntariamente excluidos en campañas anteriores. Por de pronto,
se intentó anular las habituales acusaciones en su contra de ser
una persona hosca, intratable e indigna de confianza, mediante un
notable cambio de imagen: la indumentaria de regusto obrero dio
paso al traje y la corbata; el cabello y la barba, otrora crespos
y negros, se mostraban ahora más atusados y encanecidos, y los
ademanes ceñudos y belicosos fueron sustituidos por sonrisas y
jovialidad. Los asesores mostraron una imagen del candidato
inédita, más relajada, como esposo y padre afectuoso, capaz de
exteriorizar sentimientos.
El contenido experimentó una mudanza tanto o más importante que la
forma. Manteniendo lo esencial del discurso crítico de izquierdas,
Lula suavizó el tono y dirigió guiños a sectores ideológicamente
remotos. Aseguró a los empresarios locales y a los operadores
financieros que no había motivos para temer al PT en el poder, ya
que los principios del libre mercado no se cuestionaban, al igual
que algunos procedimientos de estabilización económica aplicados
por Cardoso como la lucha contra la inflación y la colocación del
real en el régimen de cambios variables. Esto último, a pesar de
dar pábulo a los ataques especulativos contra la moneda nacional,
movimientos que, precisamente, se incrementaron desde el momento
en que los sondeos de intención de voto dieron a Lula por casi
seguro ganador.
Un sorprendente aldabonazo de Lula fue la presentación en junio
del magnate José de Alencar Gomes da Silva, uno de los dirigentes
del Partido Liberal (PL), pequeña fuerza parlamentaria -una docena
de diputados- y adalid de un liberalismo económico con vertiente
social, como compañero de papeleta para la Vicepresidencia. En los
meses siguientes, un número creciente de empresarios expresó su
apoyo a la fórmula Lula-Alencar, al igual que los ex presidentes
Sarney y Franco, amén del influyente político derechista de Bahía
Antônio Carlos de Magalhães, dirigente del PFL y otrora protector
de Collor de Mello; hasta Paulo Maluf, notorio superviviente de la
derecha promilitar de tiempos de la dictadura, realizó comentarios
elogiosos del que había sido su inveterado enemigo durante más de
dos décadas.
La que se presentaba como principal adversaria de Lula, Roseana
Macieira Sarney, hija de José Sarney y gobernadora de Maranhão por
el PFL, se retiró de la campaña en abril al quedar tocada por un
escándalo de corrupción. Ello redujo a tres los rivales de Lula
con cierta entidad: José Serra, ministro con Cardoso y candidato
tucano de la Gran Alianza formada por el PSDB y el PMDB; Ciro
Gomes, respaldado por el Frente Laborista del PPS, el PTB y el
PDT; y, el socialista Anthony Garotinho, por el Frente Brasil
Esperanza del PSB, el Partido General de los Trabajadores (PGT) y
el Partido Laborista Cristiano (PTC).
La extrema izquierda representada por los escindidos del PT, el
PCO y el PSTU, concurrió aisladamente con Rui Costa Pimenta y José
Maria de Almeida, respectivamente. En cuanto al favorito, la
coalición Lula Presidente ligó al PT y el PL con el PCdoB, el PCB
y el Partido de Movilización Nacional (PMN). Característica nunca
vista en una elección presidencial de Brasil o del resto del
continente, los seis candidatos, viéndolo objetivamente a tenor de
sus propuestas, se ubicaban con mayor o menor nitidez en la
izquierda del espectro político.
En agosto, con el real devaluado un 30% desde enero, la inflación
acercándose al 2% mensual y las calificaciones internacionales de
la deuda pública y el riesgo inversor de mal en peor, Lula, que
hacía poco había tildado a la asistencia del FMI a su país de
"beso de la muerte", concedió a Cardoso la garantía en principio
de respetar el reciente acuerdo suscrito por el Gobierno con el
citado organismo internacional, por el que Brasil accedía a una
línea de crédito de 30.000 millones de dólares (de los que 26.000
estaban, precisamente, condicionados a la política económica del
futuro ejecutivo) y podía gastar 10.000 millones adicionales de
las reservas para defender el real de los ataques especulativos, a
cambio de perseguir un superávit presuestario primario
(descontando el servicio de los intereses de la deuda) para 2003
de al menos el 3,75 % del PIB.
Lula declaró que apoyaba "la idea" de que Brasil tuviera que pedir
dinero, pero eludió expresar un compromiso en firme con los
términos del acuerdo con el FMI. Si él llegaba a la Presidencia,
Brasil recibiría más inversiones, "pero sólo productivas",
precisó, y en todo caso estaba resuelto a aplicar una política de
marcado corte socialdemócrata, expansionista y socialmente
orientado, añadiendo que a los empresarios les interesaba integrar
en la demanda de mercado a la legión de marginados económicos.
Lula citó la necesidad de relanzar la producción, en franco
declive desde comienzos de 2001, y obtener tasas de crecimiento
anuales no inferiores al 4,5% o el 5% del PIB, así como de, al
socaire del buen nivel de las reservas internacionales y el
progreso de las exportaciones (una repercusión positiva de la
devaluación del real), reducir el tipo básico de interés, entre
los más elevados del mundo, del 18,5% al 13%, precisamente para
reactivar las inversiones productivas y el consumo, desanimar las
inversiones financieras típicamente especulativas y aflojar el
dogal de la deuda pública interna, que en mayo de 2002 se situó en
los 175.000 millones de dólares (259.000 millones en términos
brutos), representando el 70% de la deuda pública total y el 42%
del PIB.
Las máximas prioridades esbozadas por Lula se extraían de los
compromisos petistas de siempre, resumidos en la mejora de los
estándares de vida de los brasileños y, en especial, los de los
menos favorecidos. Lula abogaba por ampliar el nivel laboral
creando millones de puestos de trabajo y dignificando otros ya
existentes. La tasa oficial de paro alcanzaba en agosto de 2002 el
7,5%, lo que se traducía en más de seis millones de desempleados
censados. El dato, con ser preocupante, todavía decía poco sobre
el verdadero alcance de la precariedad laboral, ya que la mitad de
la población activa se ocupaba en la economía sumergida o estaba
subempleada.
Para avanzar en el reparto de la renta nacional, Lula formuló la
pretensión de aumentar el impuesto sobre la renta en el tramo
máximo del 27% al 35%, como anticipio de una profunda reforma
fiscal de carácter más progresivo, abierta a la discusión y el
consenso de los partidos y los actores sociales, y también de
elevar el salario mínimo legal. Partiendo de los programas de
asistencia creados por el Gobierno de Cardoso, apuntó como
factible, hasta llegar al último de los 171 millones de
brasileños, la universalización de los servicios urbanos y los
derechos sociales.
Con su política de renta mínima, Lula centraba la mirada en el
colectivo de entre 30 y 55 millones de pobres -según el umbral que
se establezca para ser considerado como tal-, cifras que en
términos absolutos son desoladoras pero que en términos relativos
lo son un poco menos, ya que los porcentajes son comparativamente
inferiores a los de otros países latinoamericanos (un dato que
suele olvidarse habitualmente es que Brasil tiene la clase media
más numerosa de América después de Estados Unidos).
El punto de la reforma agraria se mantenía igualmente intacto en
la agenda de Lula, que prometía entregar tierras improductivas a
los campesinos sin propiedad, así como los medios tecnológicos y
económicos para cultivarlas, por lo que, concluía, el Movimiento
de los Trabajadores Sin Tierra (MST), cuyas reivindicaciones el PT
siempre había apoyado, tendría que poner fin a las ocupaciones, a
veces violentas, de latifundios. En su programa, Lula sintetizaba
estas dos ambiciosas metas en el lema "inclusión social con
justicia ambiental".
En cuanto a la política exterior, los observadores señalaron que
Lula mantendría la tradicional autonomía de Brasil frente a
Estados Unidos, retomando y, seguramente, intensificando, las
posturas críticas de Cardoso frente a procesos de alto interés
estratégico para Washington como la consecución del Área de Libre
Comercio de las Américas (ALCA) a partir de 2005 o el Plan
Colombia para combatir el narcotráfico en el país andino dando
prelación a los medios militares.
Antes de las elecciones, el dirigente petista declaró que un
Gobierno suyo concedería prioridad absoluta al Mercado Común del
Sur (MERCOSUR, integrado por Brasil, Argentina, Uruguay y
Paraguay) frente al estrictamente librecambista ALCA,
vigorizándolo en una etapa de grave cuestionamiento por la
proliferación de conflictos comerciales entre sus miembros a raíz
de la crisis económica que zarandea la región, e incluso
favoreciendo la integración de Chile, Venezuela o Perú como nuevos
estados miembros.
En cuanto a la alarma suscitada en sectores conservadores del
continente por una eventual "alianza Castro-Lula-Chávez" y las
advertencias de un "efecto dominó" izquierdista en todo el
subcontinente, el brasileño replicó que, efectivamente, tenía
relaciones con esos dos dirigentes (de Chávez aseguró no conocerle
en persona aún), como los tenía "con otros estadistas del mundo",
pero aclaró que un gobierno suyo no trazaría preferencias
diplomáticas. Simpatías evidentes aparte, el concepto subyacente
en todas estas manifestaciones de Lula era el de la independencia
y la libertad para establecer la agenda internacional de Brasil,
tanto en lo político como en lo comercial.
Llegado el 6 de octubre, con una expectación internacional por
unas elecciones en América Latina muy pocas veces vista, las dudas
se reducían a si Lula ganaría en la primera vuelta con más del 50%
de los votos o si tendría que acudir a una segunda. Sucedió lo
segundo, al recibir el 6 de octubre el 46,4%, seguido por Serra
con el 23,2%, Garotinho con el 17,9% y Gomes con el 12%. El 27 de
octubre, luego de recibir el respaldo de los dos aspirantes
eliminados, así como de Brizola, el petista batió definitivamente
al tucano con el 61,3% de los sufragios, convirtiéndose en el
presidente más votado en la historia de Brasil. Su papeleta se
impuso en 26 de los 27 estados. El espectacular vuelco electoral
se expresó también en los comicios al Congreso, donde el PT obtuvo
91 diputados y 14 senadores, erigiéndose en la primera fuerza de
la Cámara baja y en la tercera de la Cámara alta.
Paradójicamente, la marea de votos hacia Lula y el PT en el nivel
federal no tuvo su equivalente en los comicios para los gobiernos
y asambleas de los estados y el Distrito Federal de Brasilia. El
PT fracasó particularmente en São Paulo (si bien en la metrópoli
capitalina Lula se impuso a Serra en su pugna particular), donde
el gobernador reeleccionista Geraldo Alckmin (PSDB) batió a José
Genoíno Neto en la segunda vuelta gracias al apoyo de Maluf,
tercero en discordia. También en Bahia, donde Jaques Wagner cayó
en la primera vuelta ante Paulo Ganem Souto (PFL), y en el
Distrito Federal, escenario de una liza muy ajustada en la que
Joaquim Domingos Roriz (PMDB) arrebató a Geraldo Magela Pereira
una plaza que los petistas daban por segura.
El partido de Lula tampoco fue capaz de retener los importantes
gobiernos de Río de Janeiro y Río Grande do Sul, siendo los
damnificados respectivamente la gobernadora Benedita Souza da
Silva, ante Rosinha Garotinho (PSB), y Tarso Herz Genro (aspirante
para suceder a su colega Olívio Dutra), ante Germano Antônio
Rigotto (PMDB). El PT sólo ganó los gobiernos de Acre, Mato Grosso
do Sul y Piauí.
8. Una
toma de posesión cuajada de expectativas
Luego de confirmarse su victoria y entre el delirio de sus
seguidores que salieron a celebrarlo en São Paulo y otras
ciudades, Lula proclamó la llegada de una "nueva era" a Brasil y
convocó "a todos los hombres y mujeres brasileños, a empresarios,
sindicalistas e intelectuales, para construir una sociedad más
justa, fraterna y solidaria". Anunció la formación de un gobierno
de coalición abierto "a los mejores" y un pacto nacional contra la
pobreza, la corrupción y la inflación, y reiteró que si al final
de su mandato de cuatro años (constitucionalmente renovables por
otros cuatro) cada brasileño podía desayunar, almorzar y cenar
cada día, "entonces habré realizado la misión de mi vida".
El 29 de octubre Lula fue recibido por Cardoso en el palacio
presidencial de Planalto para establecer la coordinación entre el
Gobierno saliente y el equipo técnico de transición nombrado por
él, conformándose una suerte de cogobierno formal con el que el
mandatario electo desempeñó funciones institucionales de hecho en
los dos meses previos a la transferencia de poderes el 1 de enero
de 2003. En el Gobierno que alineó Lula destacaron las presencias
de Ciro Gomes como ministro de Integración Nacional, Celso Amorim
como titular de Exteriores (que ya ocupara en el Gobierno de
Itamar Franco) y el cantante Gilberto Gil como responsable de
Cultura.
A lo largo de diciembre, Lula estuvo varios días en el extranjero
para reunirse con diversos mandatarios americanos, inclusive el
argentino
Eduardo Duhalde,
el chileno
Ricardo Lagos,
el mexicano
Vicente Fox
y el mismo presidente de Estados Unidos,
George W. Bush.
Este encuentro del 10 de diciembre en la Casa Blanca, impensable
en el pasado, en el que Bush no escatimó cortesías con su
anfitrión no obstante el abismo ideológico que les separa,
testimonió a las claras la importancia primordial que para la
superpotencia del norte tiene Brasil, como pulmón económico de
toda Sudamérica, independientemente de la orientación política de
quien mande allí. En añadidura, Lula compartió con Cardoso el
protagonismo en la cumbre del MERCOSUR celebrada en Brasilia el 5
de diciembre.
El 1 de enero de 2003 Lula se convirtió en el primer receptor de
la banda presidencial de manos de otro titular elegido
directamente por el pueblo desde la transferencia de 1961 entre
Juscelino Kubitschek y Jânio Quadros, en una jornada festiva que
convocó en Brasilia a medio millón de personas. Tras jurar su
cargo en el palacio del Congreso Nacional ante el pleno de
diputados y senadores y representantes de 118 países -entre ellos,
once presidentes y jefes de Gobierno, inclusive Fidel Castro y
Hugo Chávez-, Lula pronunció el discurso de investidura y reiteró
sus principales compromisos electorales, reafirmándose en el
objetivo preciso, erigido poco menos que en un mantra promisorio
en función del cual se expone a ser juzgado cuando termine su
mandato, de dar tres comidas diarias a todos y cada uno de los
brasileños.
Si el nuevo mandatario brasileño persigue contra viento y marea
estas metas de justicia social y pretende resultados más bien
tempranos, plantea una ecuación extraordinariamente complicada, ya
que, al tiempo que da satisfacción a sus seguidores tradicionales,
los cuales han aguardado 22 años este momento y son los más pobres
y marginados de la sociedad, deberá ser capaz de calmar a los
mercados financieros, afrontar los vencimientos de la deuda y
proseguir la austeridad presupuestaria de la que depende la
asistencia del FMI.
De momento, en su primera semana como presidente, Lula no ha
perdido el tiempo para demostrar con decisiones concretas dónde
están sus prioridades absolutas. Así, el ministro de Defensa, José
Viegas, anunció el aplazamiento hasta 2004 de la adquisición de 12
aviones de combate, con un coste de 760 millones de dólares, para
las Fuerzas Aéreas, y el Consejo de Ministros dio luz verde a una
campaña de captación de donaciones voluntarias, tanto nacionales
como del extranjero, para el fondo del proyecto Hambre Cero.
Lula encargó también al Ministerio de Justicia y a la Secretaría
Nacional de Derechos Humanos sendos proyectos para entregar
títulos de propiedad a los millones de habitantes de las favelas
levantadas ilegalmente en los cinturones de miseria urbanos, y
para brindar la asistencia del Estado a aquellos jóvenes de las
áreas marginales que deseen abandonar el submundo de las drogas.
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