Google

Avizora - Atajo Google


 

Avizora Atajo Publicaciones Noticias Biografías

Biografías
Federico Engels. Parte 1

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- Carlos Marx
-
Desviaciones del materialismo histórico
- Textos de Carlos Marx
- Antonio Gramsci
- La Explotación  del trabajo infantil

 

Google

Avizora - Atajo Google


Parte 1 /
Parte 2 / Parte 3

090509
-
Sumario:

Parte 1

 
El niño que quería aprender 
 
Comienzo de la actividad revolucionaria 
 
Voluntario en el ejército prusiano 
 
El paso al materialismo y el comunismo 
 
Una ciencia para transformar el mundo 
 
La Liga de los Comunistas 
 
En las batallas revolucionarias 
 
La hora de la reacción 

Parte 2

 
La práctica teórica 
 
La Primera Internacional 
 
La Comuna de París


Parte 3

 
Últimos años junto a Marx 
 
Maestro del proletariado europeo 
 
La lucha contra el revisionismo 
 
Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras completas de Marx y Engels

El niño que quería aprender

Federico Engels nació el 28 de noviembre de 1820 en la ciudad de Barmen, en la Prusia renana, en el seno de la familia de un fabricante textil.
Su país de origen era la provincia alemana desde la que comenzó a extenderse la gran industria capitalista, donde surgió el proletariado y comenzaron a perfilarse los antagonismos de clase entre el proletariado y la burguesía. En Federico dejó una impresión indeleble la miseria y los sufrimientos de los humildes, que él observó desde niño. En su primer escrito -Cartas de Wuppertal- describió con sincera compasión la aciaga vida de los obreros fabriles y artesanos de Barmen y Elberfeld, exponiendo que hubiera sido distinta si los capitalistas no las dirigieran de un modo tan insensato.

Las Cartas de Wuppertal provocaron una tremenda indignación en la hipócrita clase explotadora denunciada por Engels. Ninguno de los lectores de aquel artículo anónimo sospechaba que su autor pertenecía a una respetable familia de acaudalados.

El padre de Engels era un hombre muy religioso, conservador y déspota. Federico tenía tres hermanos y cuatro hermanas. Los primeros siguieron el camino de su padre y se hicieron fabricantes. Las segundas se casaron con hombres de su misma condición social. Sólo él rompió con el espíritu que imperaba en el hogar paterno. Voluntarioso y con ganar de aprender, demostró muy temprano tener una mente aguda, así como un modo de pensar y de proceder independiente. Una carta conservada de las que Engels padre escribía a su esposa testimonia la preocupación que le causaba Federico, que a la sazón tenía 15 años de edad: Como sabes, en apariencia se ha hecho cortés, pero, pese a las sanciones severas que le imponemos, yo diría que no teme nuevos castigos y rehuye la obediencia absoluta. Por ejemplo, con gran pesar mío, otra vez he encontrado hoy en su escritorio un abominable libro de la biblioteca pública, una novela épica sobre la vida del siglo XIII. Que Dios guarde su alma; temo por este chico, excelente en general.

En setiembre de 1837 Federico Engels se vio obligado a dejar el instituto cuando le faltaba un año para concluir los estudios. El padre quería hacer un comerciante de su primogénito y adiestrarle en los negocios, haciéndole trabajar primero durante un año en su propia oficina y luego destinándole a una importante casa comercial de Brema. Pero la perspectiva de hacerse comerciante atraía poco al joven Federico. Su padre, muy preocupado por el rumbo que tomaba, le alojó en casa de un pastor protestante. Pero precisamente allí el joven se vio dominado por fuertes dudas respecto a la religión y rompió para siempre con ella. Cada vez pensaba más en los problemas políticos y sociales. La situación de entonces en la Alemania prerrevolucionaria y en los países vecinos ofrecía abundante material para la meditación e influyó grandemente en las ideas de Federico Engels. En Brema, gran puerto comercial con estatuto de ciudad libre, Federico tuvo la posibilidad de leer periódicos ingleses, holandeses y franceses, así como libros prohibidos en el resto de Alemania. La literatura y la prensa ampliaban los horizontes ideológicos y le ayudaban mucho a conocer los idiomas extranjeros. Se interesaba por la vida de los trabajadores desposeídos, que son lo mejor que el rey puede tener en su Estado.

Comienzo de la actividad revolucionaria

La revolución burguesa de 1830 en Francia rompió la calma de la que disfrutaba la reacción europea. Luego vinieron las primeras expresiones clasistas del proletariado: las sublevaciones de los tejedores lioneses en 1831 y 1834. Comenzó la agitación en Bélgica, Polonia, Italia y España. La lucha de clases se agudizó también en Inglaterra, donde en 1832 una reforma parlamentaria dio acceso al poder a la burguesía industrial; los obreros, protagonistas de aquella lucha, comprendieron que la burguesía les había traicionado y crearon su propio movimiento, el cartista.
En la segunda mitad de la década de los treinta y a comienzos de los cuarenta en Alemania se fueron formando, en el seno de la burguesía y la intelectualidad, grupos oposicionistas de distinta índole, literarios y filosóficos, cuyos miembros criticaban -tímidamente aún- el régimen dominante en sus escritos. Uno de aquellos grupos eran los neohegelianos, discípulos de izquierda del filósofo alemán Hegel, cuyo mayor mérito consistió analizar todos los fenómenos del mundo dialécticamente. Empleando este método, trató de descubrir las leyes que rigen el desarrollo de la naturaleza y la sociedad humana, demostrar que la lucha de los contrarios era la base de este desarrollo. Pero, por muy erudito y progresista que fuese su método, Hegel no pudo cumplir la tarea que se había planteado. Su sistema filosófico adolecía de un vicio esencial: Hegel era idealista y su dialéctica también. Estimaba que en la base de desarrollo de la naturaleza y la sociedad radicaba el desarrollo del espíritu, de la idea absoluta, que existía antes de que surgiera el mundo. Esa idea absoluta que Hegel consideró hacedora de la naturaleza y de la sociedad humana no era sino una fe en dios, encubierta con un velo filosófico. En favor de sus conceptos políticos conservadores, Hegel traicionó la dialéctica, proyectándola únicamente al pasado y nunca al presente ni al futuro.

Influidos por la revolución francesa de 1830 y la agudización de las contradicciones en Alemania, los discípulos de Hegel sacaron conclusiones distintas a las de su maestro. Si todo lo existente debía, tarde o temprano, retroceder ante lo nuevo, también debía sobrevenir el fin de la monarquía prusiana y del dominio de los feudales. Como la política era entonces un tema prohibido en Alemania, los neohegelianos apuntaron sus críticas contra la religión, uno de los pilares de la monarquía prusiana. Pero a Engels no le satisfacían las ideas de los neohegelianos: encerrados en las cuestiones de la filosofía y la religión, permanecían distantes de la práctica, de la política. Engels se propuso demostrar que eran necesarias la unidad y la interacción de la ciencia y la vida, la filosofía y la política, el pensamiento y la acción. Sus primeros escritos y cartas a sus amigos evidencian sus inquietudes políticas y su energía revolucionaria. Soñaba con que un día el viejo mundo se derrumbara; le llenaban de júbilo las luchas que se avecinaban y la seguridad de la victoria. Poco a poco llegó a la decisión de consagrarse al periodismo, a la denuncia y a la agitación.

En los artículos que publicó con seudónimo en el Telegraph für Deutschland, Engels aparece como un vehemente demócrata revolucionario. En estos primeros escritos juveniles se percibe el odio a la monarquía, la compasión por los pueblos oprimidos y un vigoroso temperamento rebelde. Engels critica la monarquía, la propiedad feudal de tierra, los privilegios de la nobleza y las arbitrariedades de los burócratas. Lanza la consigna: ¡Abajo todos los estamentos! ¡Arriba una gran nación unida de ciudadanos con derechos iguales! En sus artículos planteaba como primera tarea de la revolución democrático-burguesa, la unidad del país dividido en lo económico y lo político (eran 38 los Estados pequeños y minúsculos que lo formaban). Propugnando un Estado democrático alemán unificado, Engels rebatía a la vez los intentos de la Prusia reaccionaria de llevar la voz cantante en el país unificado.

Esas eran las ideas políticas que Engels desarrolló en sus artículos y cartas, escritos cuando trabajaba para una casa comercial de Brema. Amplios horizontes, temperamento revolucionario, honda compasión por las sufridas masas trabajadoras: todo esto ponía al joven Engels muy por encima de su medio.

Voluntario en el ejército prusiano

En la primavera de 1841 Engels regresó a Wuppertal, y poco tiempo después estuvo en Berlín cumpliendo el servicio militar obligatorio. En la capital se enganchó como voluntario a una brigada de artillería, en la que conoció de cerca el adiestramiento militar prusiano y sacar buen provecho de ello: aprendió el arte de la guerra y pronto sería cañonero. Más tarde estudió a fondo la ciencia militar.
En las horas libres de servicio, asistía como oyente a los cursos de la Universidad de Berlín, especialmente a las lecciones de filosofía. Fue entonces cuando conoció al grupo de los neohegelianos: los hermanos Bruno y Edgar Bauer, Max Stirner y otros. Marx, que había formado parte de dicho grupo, ya no estaba en la ciudad, pero Engels oyó hablar mucho acerca de él, no siempre en buenos términos. Participó en los debates filosóficos que libraban entonces los neohegelianos. Publicó bajo seudónimo un artículo y luego dos folletos anónimos que inicialmente fueron atribuidos a Bakunin. En ellos criticaba los conceptos reaccionarios de Schelling y sus intentos de conciliar religión y ciencia, fe y saber. Contrariamente a Schelling, que se había propuesto liquidar la filosofía de Hegel, Engels defendió cuanto de racional y progresista contenía. Al mismo tiempo destacó la inconsecuencia de Hegel y la profunda contradicción que había entre su dialéctica intranquila y sus conclusiones políticas conservadoras. Al criticar la mística y reaccionaria filosofía de Schelling, Engels fue el primero de los neohegelianos en levantar abiertamente la bandera del ateísmo. Para ello se remitió en varias ocasiones al libro de Feuerbach La esencia del cristianismo, aparecido en 1841, donde criticaba la religión, que ejerció una enorme influencia sobre él y sobre todos los intelectuales avanzados de aquella época. En aquellos escritos contra Schelling, aún asumiendo todavía posiciones idealistas, se perfila ya el viraje de Engels hacia el materialismo. Estos ensayos filosóficos se diferencian de los de otros neohegelianos también por su espíritu militante, revolucionario. En los artículos que tratan problemas filosóficos, se deja oír ya el fragor de la revolución en ciernes, a la que el joven Engels saluda al final de su folleto Schelling y la revelación con estas palabras: ¡El día de la gran solución, el día del batallar de los pueblos se está aproximando, y la victoria será nuestra!

El 8 de octubre de 1842 se licenció del ejército. Cuando regresó a Barmen, su padre le propuso trasladarse a realizar prácticas comerciales a Inglaterra a la fábrica textil Ermen and Engels de Manchester. Más que proporcionar una cualificación profesional a su hijo, quería alejarlo de las luchas ideológicas de la Alemania prerrevolucionaria. Si bien Engels no había publicado todavía nada con su firma, sus ideas democrático-revolucionarias no eran un secreto para la familia.

De camino a Inglaterra, Engels se detuvo en Colonia donde en la redacción de la Gaceta Renana conoció a aquel Marx del que le habían hablado en Berlín. Desde allí le había enviado algunos artículos para su publicación en la revista, y lo continuaría haciendo después desde Manchester hasta que la censura acabó con ella. Se intercambiaron las direcciones postales para poder mantenerse en contacto y contrastar ideas. Se inicio así una historia de 60 años de algo que siempre fue mucho más allá de la amistad y de la intimidad: una lucha común que bajo la bandera del marxismo le pertenece a Engels tanto como a Marx, aunque él siempre insistiera en situarse en un modesto segundo plano.

El paso al materialismo y al comunismo

En noviembre de 1842 Engels llegó a Londres. Su estancia en Inglaterra le fue muy útil y dio comienzo al viraje en su evolución ideológica. La atrasada Alemania que dejaba atrás, un país entonces agrario, contrastaba con Inglaterra, el país capitalista por excelencia. En ningún otro lugar del mundo las contradicciones entre el proletariado y la burguesía eran tan acusadas como en Inglaterra.
Engels estudió atentamente la situación de los obreros, así como los métodos de lucha que empleaban. No se limitó a leer libros y documentos oficiales. Deambuló por las ruidosas calles de Londres, Leeds y Manchester. Conocía muy bien Manchester, donde vivía y trabajaba. En las horas libres se marchaba de la parte comercial de la ciudad y recorría los barrios obreros. Con frecuencia le acompañaba Mary Burns, la joven trabajadora irlandesa de la que se había enamorado en Manchester.

La estancia de Engels en Inglaterra coincidió con el auge del movimiento cartista. Engels asistía a las reuniones y mítines cartistas, entró en contacto con los dirigentes del ala izquierda de dicho movimiento, entre ellos, con George Julian Harney, director del periódico cartista The Northern Star (La Estrella del Norte). Conoció también a los seguidores ingleses del socialista utópico Robert Owen. Empezó a colaborar con su publicación The New Moral World, donde insertaba artículos informando a los obreros ingleses del movimiento socialista en Francia, Alemania y Suiza, familiarizándolos con los conceptos de los grandes socialistas utópicos franceses Saint-Simon y Fourier, con las teorías de Cabet, Leroux, Proudhon y Weitling. De forma escueta habló de los filósofos alemanes Kant, Fichte y Schelling, así como de la doctrina de Hegel, cumbre de toda la filosofía idealista alemana. Criticando sus defectos, consignaba lo positivo que cada uno de ellos había aportado a la cultura universal.

En el artículo Los progresos del movimiento por la transformación social en el continente, Engels narró que ya en el otoño de 1842 algunos de los discípulos de izquierda de Hegel habían llegado a la conclusión de que las reformas políticas no bastaban y que el régimen social consonante con sus principios podría implantarse sólo como producto de una revolución social, cuyo elemento básico sería la propiedad colectiva. Entre estos hegelianos de izquierda -con quienes se solidarizaba- mencionó a Carlos Marx. De modo que ya antes de trasladarse a Inglaterra Engels había dado el primer paso hacia el comunismo, pero un comunismo aún indefinido y difuso.

Se hizo comunista durante su estancia en Inglaterra. Sus obras de aquel período muestran el camino que, sobre la base de sus propias experiencias científicas y vitales, recorrió del materialismo al comunismo. En los Esbozos para la crítica de la economía política criticó la teoría burguesa sobre el capitalismo desde las posiciones del proletariado. A diferencia de los economistas burgueses, que creían las leyes del capitalismo eternas e invariables, Engels las enfocó como históricamente determinadas y pasajeras. El paso a las concepciones comunistas coincidió con su viraje del idealismo al materialismo. El que Engels acabara por asumir las posiciones materialistas se pone de manifiesto en el análisis que hizo del sistema social y político de Inglaterra. Dedujo que la base de las luchas políticas en ese país eran los intereses materiales de las diferentes clases; describió el carácter de clase de los partidos políticos rivales y la naturaleza clasista del Estado inglés. Caracterizó el partido reaccionario -el de los tories- propio de la nobleza y el clero reaccionario, el partido liberal -el de los whigs- como representante de fabricantes y comerciantes, y, finalmente, el cartista, como partido cuyos principios interpretaban la conciencia común de los obreros ingleses.

Engels resumió sus estudios de las relaciones sociales y, en primer término, de la vida y las luchas del proletariado, en el libro La situación de la clase obrera en Inglaterra, que publicó en Alemania en 1845. En esta obra fue el primero en analizar las profundas secuelas de la revolución industrial en Inglaterra y descubrió varias leyes del capitalismo: las crisis económicas periódicas, la formación del ejército industrial de reserva o de desempleados, así como el aumento de la explotación de la clase obrera a medida que el capital se acumula. Al describir las condiciones de vida y de trabajo de los obreros, sus salarios, sus jornadas laborales, sus viviendas, el duro trabajo de las mujeres y los niños, así como la situación desesperada de los parados, Engels sacaba en conclusión que los intereses del proletariado y de la burguesía eran irreconciliables.

Una ciencia para transformar el mundo

A finales de agosto de 1844 Engels abandonó Manchester. De retorno a su país pasó por París, donde visitó a Marx, que estaba allí desde finales de octubre del año anterior. Desde Manchester Engels había seguido enviando sus artículos a la redacción de la Gaceta Renana en Colonia hasta que en enero de 1843 el gobierno prusiano la clausuró por su carácter democrático-revolucionario cada vez más marcado. En París Marx editaba otra publicación revolucionaria y socialista en colaboración con Arnold Ruge: los Anales franco-alemanes. También a ella envió Engels sus colaboraciones. En esta revista se publicaron los Esbozos para la crítica de la economía política, la obra que impulsó a Marx a reanudar sus estudios en la materia.
Aquellos diez días de contacto permanente en París en agosto de 1844, dieron comienzo a una amistad que ambos cultivarían toda la vida, a la coordinación de dos mentes lúcidas que proporcionarían a la clase obrera la teoría revolucionaria y los fundamentos de la estrategia y la táctica. Las leyendas de la antigüedad nos ofrecen conmovedores ejemplos de amistad. El proletariado europeo puede decir que su ciencia fue creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a las leyendas más emocionantes, escribió Lenin.

Al reunirse en París, Marx y Engels eran ya ambos comunistas. En el hecho de que optaran por el materialismo, desempeñó un gran papel el filósofo alemán Ludwig Feuerbach, quien en su libro La esencia del cristianismo demostraba que no era dios quien había creado al hombre, sino el hombre quien había creado a dios a su imagen y semejanza; que no era el espíritu, ni la idea, ni el pensamiento quien daba origen a la existencia, sino al contrario: la existencia daba origen al pensamiento. Aun valorando altamente la filosofía de Feuerbach, Marx y Engels vieron que el materialismo de aquel hombre era limitado. En la interpretación del proceso histórico, Feuerbach seguía siendo idealista. Por el contrario, Marx y Engels consideraban que el materialismo debía aplicarse de modo consecuente también para explicar los fenómenos sociales al estudiar la historia. A diferencia de Feuerbach, que simplemente rechazó la dialéctica idealista de Hegel, Marx y Engels comenzaron a revisarla críticamente con el fin de que el materialismo y la dialéctica confluyesen en una cosmovisión científica integral.

En París ambos concluyeron que habían llegado a conclusiones semejantes, aunque por caminos diferentes. Decidieron iniciar su colaboración escribiendo un libro para exponer los fundamentos de la nueva concepción del mundo, materialista y revolucionaria. Empezaron la obra allí mismo, en París. Engels tuvo tiempo de redactar varios capítulos, pero la mayor parte del libro la escribió Marx. Publicado bajo el irónico título de La sagrada familia o la Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y compañía, estaba dirigido contra los neohegelianos, con quienes los autores habían roto ya.

Rebatiendo las concepciones idealistas de Bruno Bauer y de sus correligionarios, quienes consideraban que sólo seres escogidos hacían la historia, Marx y Engels formularon en La sagrada familia uno de los postulados básicos del materialismo histórico, que afirma lo siguiente: los verdaderos artífices de la historia no son los individuos heroicos, sino las masas populares. Demostraron que las masas irían convirtiéndose cada vez más en conscientes protagonistas del desarrollo histórico. En La sagrada familia expusieron de forma casi consumada ya su criterio respecto a la misión liberadora universal del proletariado. Contrariamente a los socialistas utópicos, para quienes la clase obrera era una masa impotente y sufrida, Marx y Engels demostraron que el proletariado, la clase más oprimida, pero organizada ya en el propio proceso de la producción capitalista, estaba llamado a realizar la transformación revolucionaria del mundo.

La idea sobre la misión histórica mundial del proletariado se constituyó en el sólido fundamento sobre el que se levantaría el edificio del comunismo científico: Lo principal en la doctrina de Marx es el haber puesto en claro el papel histórico universal del proletariado como creador de la sociedad socialista, consignó luego Lenin. Expuesto este descubrimiento esencial, el socialismo pasó de la utopía a la ciencia y entró en terreno firme de las luchas revolucionarias de la clase obrera.

De regreso a Barmen, Engels, ocupado en concluir su ensayo La situación de la clase obrera en Inglaterra, se volcó también en la acción revolucionaria. Recorrió varias ciudades para establecer contactos con los socialistas locales. En sus discursos explicaba que la revolución social era la consecuencia inexorable del desarrollo capitalista, a raíz de la cual surgiría una sociedad basada en el colectivismo y en que los medios de producción serían patrimonio del pueblo. Semejante sociedad, predecía Engels, no provocaría guerras de rapiña. Engels narraba por carta aquellas reuniones a Marx, diciéndole que le alegraba la posibilidad de tratar con hombres de carne y hueso, predicándoles en directo, de forma manifiesta. Sin embargo, aquella alegría se veía aguada por la tirantez reinante en su familia por sus actividades políticas y por su renuncia a ocuparse del maldito comercio.

En la primavera de 1845 Engels partía para Bruselas, donde residía entonces Marx, expulsado de París por instigación del gobierno prusiano. Al evocar su encuentro con Marx en la capital belga, Engels escribióa más tarde: Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primavera de 1845, Marx [...] había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a especificarla en los más diversos aspectos.

Marx y Engels expusieron sus nuevas concepciones en una obra extensa que titularon La ideología alemana, pero que no pudieron publicar por no haber editor que la aceptase. En vista de ello, entregamos de muy buen grado el manuscrito a la crítica roedora de los ratones, pues nuestro objeto principal, poner en claro nuestras propias ideas, estaba ya conseguido. Por primera vez el texto íntegro de esta obra se publicó en la Unión Soviética en 1932 en alemán.

En La ideología alemana, Marx y Engels criticaron a los neohegelianos, la filosofía de Hegel y la filosofía idealista en general. Aun rindiendo tributo a la aportación que había hecho Feuerbach a la lucha contra el idealismo, mostraron los defectos de su materialismo metafísico, limitado y pasivamente contemplativo. Dedicaron un amplio espacio a denunciar el socialismo pequeño burgués, cuyos dirigentes rechazaban la lucha de clases y predicaban con hipocresía el amor, la fraternidad, la justicia, etc.

El mérito teórico de La ideología alemana consistía en formular por vez primera las tesis básicas del materialismo histórico, el gran descubrimiento de Marx que señalaba un viraje cardinal, una verdadera revolución en la filosofía y en la concepción de la historia universal que hizo de ella una ciencia verdadera. Marx y Engels demostraron que las condiciones de la vida material de la sociedad y el modo de producción de los bienes materiales son la base del proceso histórico. Por consiguiente, las raíces de los cambios históricos y de las revueltas sociales no debían buscarse en ideas, teorías y conceptos políticos abstractos, sino en las condiciones de la vida material de la sociedad, en la existencia social, cuyo reflejo eran dichas ideas, teorías y criterios políticos.

En La ideología alemana apareció por primera vez la tesis de que la sucesión de las formaciones socioeconómicas es una regularidad objetiva e históricamente determinada. El crecimiento de las fuerzas productivas pone éstos en contradicción con las relaciones de producción existentes. Estas contradicciones tienen su expresión política en la lucha de clases, fuerza motriz de las sociedades antagónicas, que conduce a la revolución y al cambio de una formación sociopolítica por otra (por ejemplo, feudalismo en lugar de capitalismo). En el proceso de la revolución, los hombres no sólo modifican las relaciones sociales, también cambian ellos.

La ideología alemana contiene varias tesis básicas de la economía política marxista. Al analizar las leyes que rigen el desarrollo del capitalismo, Marx y Engels demostraron que el fracaso de este sistema era irreversible y fundamentaron la necesidad de la revolución socialista. Para destruir la sociedad capitalista, el proletariado, como toda clase que quiere regir sus destinos, debe, en primer lugar, conquistar el poder político. De esta tesis nacería la doctrina marxista sobre la dictadura del proletariado.

En La ideología alemana sus autores bosquejaron también la sociedad comunista del futuro. A diferencia de los socialistas utópicos, el comunismo no fue para Marx y Engels un sueño fantástico de un futuro idílico, sino una meta objetivamente necesaria e históricamente determinada, a alcanzar por la acción revolucionaria. Criticando el materialismo contemplativo de Feuerbach, Marx y Engels establecieron la indisoluble unidad de la teoría y la práctica revolucionarías, así como la eficacia transformadora de la teoría avanzada. Marx formuló esta idea con claridad meridiana y con el máximo laconismo en sus famosas tesis sobre Feuerbach trazadas en 1845: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

La ideología alemana constituyó una etapa trascendental en la formación de los fundamentos teóricos y filosóficos del comunismo científico: el materialismo dialéctico e histórico.

La Liga de los Comunistas

En contraste con la filosofía de Feuerbach, Marx y Engels insistían en el fondo eficaz y revolucionario de su doctrina. No podían conformarse con abonar con argumentos científicos sus tesis y limitarse a exponerlos al mundo de los estudiosos. A la vez que iban creando su teoría revolucionaría, empezaron a esforzarse por unir el socialismo y el movimiento obrero, por fundar un partido obrero. Esta tarea urgía ya que en varios países europeos se estaba gestando una situación revolucionaria.
En aquella época, en París y Londres había varias secciones de la organización clandestina Liga de los Justos integrada en su mayor parte por artesanos alemanes. En 1843 Engels conoció en Londres a tres dirigentes de aquella Liga: Karl Schapper, Heinrich Bauer y Joseph Moll; durante el viaje de seis semanas que hizo a Inglaterra en compañía de Marx en 1845, reanudó sus contactos con ellos, que para entonces se habían convertido en dirigentes también de la Sociedad Cultural de Obreros Alemanes, fundada en Londres en 1840.

A comienzos de junio de 1847 Londres acogía el Congreso de la Liga. Marx no pudo asistir al mismo por sus dificultades económicas; en representación de las comunidades parisinas lo hizo Engels; de la de Bruselas, Guillermo Wolff.

En aquel Congreso la Liga cambió la denominación de los Justos por la de los Comunistas. En vez del viejo lema Todos los hombres son hermanos, se adoptó el proclamado por Marx y Engels: ¡Proletarios de todos los países, uníos! que, como expresión de internacionalismo proletario, se convirtió desde entonces en el grito de guerra frente a la esclavitud capitalista. El proyecto de Estatutos y de Programa adoptado por el Congreso se distribuyó en los comités para ser discutido y luego ratificado definitivamente en el Segundo Congreso de la Liga.

Aquel Segundo Congreso se inauguró el 29 de noviembre de 1847 en Londres. Engels representaba en él a las comunidades de París; Marx a la de Bruselas. El Congreso aprobó con algunas reformas el proyecto de Estatutos. La fórmula clásica de su primer artículo, propuesta por Marx y Engels, rezaba: La finalidad de la Liga es derrocar a la burguesía, alcanzar el dominio para el proletariado, suprimir la vieja sociedad burguesa, basada en los antagonismos de clase, y crear una nueva sociedad, sin clases y sin propiedad privada. Tras largos y animados debates en torno al Programa, en los que Marx y Engels esgrimieron la nueva teoría, los principios que propugnaban fueron aprobados por unanimidad y se les propuso redactar el Manifiesto.

Marx y Engels aprovecharon su estancia en Londres también para ampliar los contactos con los obreros comunistas y con los demócratas de diferentes países. Asistieron al mitin democrático internacional organizado para conmemorar el aniversario de la insurrección de 1830 en Polonia. En sus discursos trazaron las líneas fundamentales de la política del proletariado en la cuestión de las nacionalidades. Así Engels lanzó una tesis que se constituiría en principio rector del proletariado en lo relativo a las nacionalidades: Ninguna nación puede ser libre si continúa oprimiendo a otras.

De regreso a Bruselas, Marx y Engels trabajaron juntos en el Manifiesto hasta fines de diciembre. Luego Engels volvió a Paris, y Marx se dedicó a poner a punto el Programa de la Liga de los Comunista.

En febrero de 1848 se publicó en Londres el Manifiesto del Partido Comunista, el primer documento programático del comunismo científico que, a la larga, como escribió Engels, se convirtiría en la obra más difundida, la más internacional de toda la literatura socialista, el programa de muchos millones de obreros de todos los países, desde Siberia hasta California.

En el Manifiesto del Partido Comunista se acuñó por primera vez, con extraordinaria sencillez, la teoría revolucionaria del proletariado, el comunismo científico: Esta obra -escribió Lenin- expone con una claridad y una brillantez geniales, la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo, la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico mundial del proletariado como creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista. El Manifiesto explica científicamente que históricamente es irreversible la desaparición del capitalismo, y en su lugar -por obra de la revolución proletaria y la implantación del dominio político del proletariado- se levantará una sociedad nueva, sin clases.

Los fundadores del marxismo demuestran en el Manifiesto que la historia de la sociedad humana ha sido la de las luchas de clases, entre los explotadores y los explotados, entre dominadores y oprimidos. La sociedad capitalista que reemplazó al feudalismo no ha hecho sino crear, en vez de las viejas, unas clases nuevas, ha intensificado y enconado los antagonismos de clase. A diferencia de los ideólogos burgueses, pregoneros de la ideología de que el Estado está por encima de las clases sociales, los fundadores del marxismo señalan en el Manifiesto que en la sociedad capitalista el poder político no es más que el consejo de administración que rige los intereses comunes de toda la clase burguesa.

Marx y Engels mostraban en el Manifiesto que la propiedad privada sobre los medios de producción se convierte en una traba para las fuerzas productivas en desarrollo. Intensifica cada vez más el antagonismo del sistema capitalista, el que existe entre el carácter social de la producción y el modo capitalista privado de apropiarse los productos. Los antagonismos del capitalismo desembocan en las crisis que periódicamente sacuden a la sociedad. La burguesía se sobrepone a estas crisis destruyendo buena parte de los productos elaborados, conquistando nuevos mercados y librando guerras de rapiña que acarrean indecibles sufrimientos a la humanidad. Pero así remedia unas crisis preparando otras, más extensas y alarmantes. La burguesía, defensora de la propiedad privada sobre los medios de producción, pasa de ser la clase progresista que fue a convertirse en la clase más reaccionaria, al obstáculo que se interpone al avance del género humano hacia el comunismo.

Sólo la revolución socialista y la instauración del dominio político del proletariado puede liberar a los trabajadores de los padecimientos y penalidades que genera el capitalismo. Al crecer, el capitalismo crea premisas materiales para la futura sociedad comunista y produce, ante todo, a sus propios enterradores: los proletarios, artífices de la nueva sociedad. El proletariado, la clase consecuentemente revolucionaria, no puede liberarse sin liberar también de toda explotación, de toda opresión, a la humanidad entera.

El Manifiesto contiene la tesis del papel dirigente del partido comunista como requisito para que el proletariado gane sus luchas. Los comunistas, explican Marx y Engels, son la parte más decidida, el acicate siempre en tensión de todos los partidos del mundo; teóricamente, llevan de ventaja a las grandes masas del proletariado su clara visión de las condiciones, los derroteros y los resultados generales del movimiento proletario. Interpretan los intereses de todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad, y propugnan el internacionalismo proletario. En todas las fases históricas que recorre la lucha entre el proletariado y la burguesía, mantienen siempre el interés del movimiento, enfocado en su conjunto: acabar con toda opresión, con toda explotación.

Refutando los embustes que sobre los propósitos de los comunistas iba propalando la burguesía, en el Manifiesto Marx y Engels formularon los objetivos reales del partido proletario: derribar el dominio de la burguesía y hacer que el proletariado conquiste el poder político. El proletariado se valdrá del poder político para ir despojando gradualmente a la burguesía de todo el capital, de todos los instrunientos de producción, centralizándolos en manos del Estado, es decir, del proletariado organizado como clase dominante y procurando aumentar, con la mayor rapidez posible las fuerzas productivas. Esta tesis del Manifiesto contiene una de las más brillantes ideas del marxismo respecto al Estado. El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante, no es otra cosa que la dictadura del proletariado, escribió Lenin analizando este documento.

Marx y Engels proclamaron y fundamentaron teóricamente en el Manifiesto el principio del internacionalismo proletario. El dominio del proletariado, sostuvieron, pondría fin a la opresión colonial y salvaría para siempre de las guerras de conquista y rapiña a la humanidad.

El valor de la previsión científica que hicieron los fundadores del marxismo estaba también en que supieron trazar en el Manifiesto los contornos generales de la futura sociedad comunista y demostrar la gran superioridad de un sistema social cuyo artífice sería el proletariado. Marx y Engels señalaron que en la sociedad comunista no habría trabas y, por consiguiente, ningún límite para el desarrollo de las fuerzas productivas. Contrariamente a la sociedad capitalista, en la que impera el principio de que quien trabaja, nada adquiere, mientras que quien adquiere, no trabaja, en la sociedad comunista el trabajo será un medio para dilatar, fomentar y enriquecer la vida del obrero, afirmaron.

En las batallas revolucionarias

La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió con importantes acontecimientos revolucionarios en Europa. En enero de 1848 estalló la insurrección en Sicilia. El 23 y el 24 de febrero los obreros de París, con el apoyo de la pequeña burguesía, vencieron a las tropas en enfrentamientos heroicos en las barricadas y obligaron al Gobierno provisional a proclamar la Segunda República. A fines de febrero y comienzos de marzo, la avalancha revolucionaria se extendió a los Estados del oeste y el sur de Alemania más cercanos a Francia. En el mismo período se desencadenó el movimiento revolucionario de liberación nacional en Hungría, parte del multinacional Imperio Austriaco. El 13 de marzo se produjo un estallido revolucionario en Viena. El 18 de marzo, en la capital de Prusia, Berlín. En marzo y abril se registró un nuevo auge del movimiento cartista en Inglaterra.
Destruir las monarquías absolutistas, abolir el dominio feudal de la tierra, romper el yugo extranjero, formar Estados democráticos nacionales: tales eran las tareas históricas del momento. Los fundadores del marxismo consideraban que con el favorable devenir de la lucha de clases, la revolución democrático burguesa en algunos países de Europa podría ser el prólogo de la revolución proletaria.

Marx y Engels, que consideraban la revolución como la gran fuerza motriz, la locomotora de la historia, acogieron con júbilo las noticias de estas primeras batallas revolucionarias. Estimaron que su misión consistía en ayudar a las masas populares, dar conciencia y organización a sus impetuosas acciones espontáneas. El período de su participación en la lucha revolucionaria de masas de 1848-1849 fue un punto central en las vidas de Marx y Engels.

En vísperas de la revolución de febrero en Francia, Engels, a quien el gobierno francés expulsó de París por su labor revolucionaria entre los obreros, se trasladó a Bruselas. Pero estuvo allí poco tiempo. Comenzada la revolución en Francia, Marx y Engels decidieron volver a París, al centro de la lucha. El gobierno belga aceleró la realización de este propósito. El 3 de marzo Marx recibió la orden de abandonar Bélgica en 24 horas; en la noche del 3 al 4 de marzo fue detenido junto con su esposa pero, puestos en libertad a las pocas horas, partirían hacia París. Engels se quedó en Bruselas dos semanas más para organizar la campaña de protesta contra la expulsión de Marx.

Cuando Engels llegó a Paris, Marx había desarrollado una extensa labor. De acuerdo con las atribuciones del Comité Central londinense, formó un nuevo Comité Central de la Liga de los Comunistas, llegando a presidirlo. Karl Schapper fue elegido secretario. Engels sería miembro de dicho organismo.

A fines de marzo Marx y Engels redactaron las Reivindicaciones del Partido Comunista de Alemania, importante documento donde formularon la plataforma política del proletariado en la revolución alemana. Comenzaba con la consigna clave de los comunistas en la revolución burguesa alemana: una república alemana indivisa. A continuación se proponía armar a todo el pueblo, suprimir sin indemnización todas las cargas y deudas feudales que agobiaban al campesinado, confiscar los latifundios, formar un banco del Estado que reemplazase a todos los bancos privados, nacionalizar las minas, los transportes y las comunicaciones, separar por completo la Iglesia y el Estado, establecer altos impuestos progresivos, fundar talleres nacionales.

Las Reivindicaciones del Partido Comunista de Alemania, firmadas por los miembros del Comité Central de la Liga de los Comunistas, fueron impresas como proclama y, junto con el Manifiesto del Partido Comunista, distribuidas como documentos políticos rectores entre los obreros alemanes que volvían al país. Al mismo tiempo Marx y Engels encargaron a los militantes de la Liga de los Comunistas, fundar comités de aquella y otras organizaciones obreras en Alemania.

Cumplido este trabajo preliminar, Marx y Engels abandonaron París a comienzos de abril y se dirigieron a Alemania.

En aquella época los levantamientos de los obreros y la pequeña burguesía en las ciudades, así como del campesinado en las zonas rurales, obligaron a los gobiernos de los Estados alemanes a hacer concesiones. Pero en todas partes la gran burguesía monopolizó los frutos de la victoria popular. La burguesía liberal que se abrió paso hacia el poder no tardó en mostrarse como una fuerza contrarrevolucionaria, dispuesta a transigir con la monarquía y la nobleza. Como resultado, el poder fáctico (ejército, policía, aparato estatal) siguió en manos de los terratenientes y de los monarcas. La batalla decisiva estaba todavía por delante.

Marx y Engels se instalaron en Colonia. No era casual; era la capital de la industrialmente avanzada provincia Renana y uno de los más importantes centros del movimiento obrero. Además, allí Marx y Engels encontraron condiciones favorables para madurar un plan: editar un gran diario revolucionario.

En Alemania Marx y Engels realizaron un gran esfuerzo para fundar comités de la Liga de los Comunistas y otras organizaciones obreras. Pero el proletariado alemán, en su mayor parte compuesto por artesanos, era entonces débil, no estaba organizado y le devoraban los prejuicios pequeño burgueses. En vista de ello, Marx y Engels decidieron sumarse al movimiento democrático que se había desplegado en el país, situándose en su flanco izquierdo. En aquel contexto, la bandera del diario que fundaban podía ser sólo la democracia, pero una democracia que en todas partes y en cada caso concreto declare su específico carácter proletario.

Para realizar su propósito, Marx y Engels ingresaron en la Sociedad Democrática de Colonia y recomendaron a todos sus partidarios hacer lo mismo. El 1 de junio de 1848 vio la luz el primer número de la Nueva Gaceta Renana, con el subtítulo: Órgano de la democracia. Fue el único vehículo impreso de la política revolucionaria del proletariado, de orientación infalible en las complicadas peripecias de las luchas de clases de 1848-1849. Como director de aquel diario, el propio Marx escribió poco en él, por estar ocupado en la dirección política general y correr con la mayor parte del trabajo organizativo. La mayor parte de los artículos políticos de fondo, los redactaba Engels, colaborador insustituible gracias a la agilidad de su pluma y a su lucidez periodística. Como en otras materias, Marx y Engels se complementaban perfectamente. La Nueva Gaceta Renana se planteaba como tarea de primordial importancia combatir las ilusiones ya arraigadas de que la revolución había concluido en los combates de marzo y que sólo quedaba cosechar los frutos. Rebatiendo estas ilusiones, Marx y Engels reanudaron el combate contra la gran burguesía traidora, que no había cumplido ni una sola tarea de la revolución burguesa y, temiendo al pueblo revolucionario, había establecido una alianza con las fuerzas reaccionarias.

Combatiendo a la burguesía por su traición al campesinado, el diario propugnaba que se aboliesen sin indemnización las cargas feudales y se liquidasen los latifundios.

Con ironía mordaz y sarcasmo, tan propio de él, Engels ridiculizó las asambleas representativas convocadas en Alemania, en las que en lugar de acciones revolucionarias se daban a la charlatanería parlamentaria y a las resoluciones pusilánimes, inútiles. Como contrapartida a las vacilaciones de los dirigentes de la pequeña burguesía, Marx y Engels incitaban al pueblo a librar una lucha implacable contra la reacción feudal y la contrarrevolución burguesa. Instaurar la dictadura revolucionaria del pueblo era la premisa trascendental para que la revolución pudiese avanzar triunfante, estimaban los fundadores del marxismo. Todo sistema estatal provisional, después de una revolución, exige una dictadura y además una dictadura enérgica, decía en la Nueva Gaceta Renana.

Al trazar el programa de acción, el diario exhortaba a los demócratas alemanes y de Europa entera a alzar la voz en defensa de los pueblos oprimidos y a unirse en la lucha revolucionaria contra los tres enemigos más peligrosos de la revolución: la Rusia zarista, la contrarrevolucionaria Inglaterra burguesa y la reaccionaria Prusia de los junkers. En varios artículos Engels dilucidó los principios de la política del proletariado respecto a las nacionalidades y las formas concretas de la misma en el contexto de la revolución de 1848-1849. Con la máxima vehemencia revolucionaria denunció la traición de la burguesía alemana, que continuó explotando y oprimiendo a otros pueblos. Engels insistía en que la emancipación de las naciones oprimidas era una condición imprescindible para el futuro desarrollo del pueblo alemán como nación libre y democrática. Alemania será libre en la medida en que conceda la libertad a los pueblos vecinos. Para Marx y Engels la cuestión de las nacionalidades no estaba aislada ni era independiente; la abordaron siempre desde el punto de vista de los intereses de la revolución. De ahí la calificación diferente que dieron a los movimientos nacionales de distintos pueblos. En la situación concreta gestada en 1848 y 1849 apoyaron resueltamente el movimiento nacional-liberador de polacos y húngaros. Saludaron también la insurrección de los checos, que se alzaron en Praga contra el yugo austriaco. Pero cambiaron su actitud hacia el movimiento nacional de los checos y de otros pueblos eslavos que formaban parte del Imperio Austriaco, cuando el zarismo ruso y la casa de los Habsburgo comenzaron a azuzar a estos pueblos contra los movimientos democráticos alemán y húngaro y aprovechar la lucha nacional de aquellos con fines reaccionarios.

La dura derrota infligida al proletariado parisno en junio de 1848 hizo desencadenar la contrarrevolución en toda Europa. La burguesía francesa había provocado a los obreros a una insurrección armada que, tras cuatro días de luchas heroicas en las barricadas, fue anegada en sangre. La prensa burguesa del mundo entero ensalzó a la soldadesca del general Cavaignac que aplastó a los insurrectos y cubrió de embustes a los vencidos. Fue en aquellos días cuando se realzó el verdadero carácter revolucionario de la Nueva Gaceta Renana, el único diario de Alemania, y de casi toda Europa, que puso en alto la bandera ensangrentada del proletariado. Marx dedicó a los héroes de junio uno de sus artículos más emocionados, que terminaba así: Ceñir con una corona de laureles su frente sombría y amenazante es un privilegio y un derecho para la prensa democrática. Engels comentó los acontecimientos de junio en varios artículos. Admiró el heroísmo, la audacia, la organización improvisada con rapidez y la unanimidad de los insurrectos. Eran los primeros escritos en que Engels abordaba cuestiones militares, en cuyo estudio alcanzó pronto resultados brillantes. Es curioso que empezara sus investigaciones en la materia militar por la insurrección armada.

La Nueva Gaceta Renana alertó a las masas respecto al golpe de Estado contrarrevolucionario que amañaban en Alemania. Engels puso el máximo empeño en movilizar a las masas para combatir a la contrarrevolución. El 13 de setiembre habló en un mitin masivo convocado por la Nueva Gaceta Renana, en el cual se fundó el Comité de Seguridad, órgano revolucionario de las masas populares, entre cuyos miembros figuraban Marx y Engels.

A los cuatro días, el 17 de setiembre, el consejo de redacción de la Nueva Gaceta Renana y la Sociedad Obrera de Colonia reunieron en un prado próximo a la aldea de Worringen, a orillas del Rin, una nueva asamblea multitudinaria de obreros y campesinos. Engels fue elegido secretario. En el discurso que pronunció en el mitin lanzó la consigna -incluida después en la resolución adoptada- de luchar por la instauración de una república democrática.

Cuando en Colonia se recibió la noticia del levantamiento de los obreros y campesinos de Frankfurt y de sus inmediaciones, la Nueva Gaceta Renana manifestó enseguida su apoyo a los rebeldes. Bajo la influencia de Marx y Engels, el 20 de setiembre se convocó en Colonia una reunión de masas populares en solidaridad con los combatientes de las barricadas.

Al gobierno prusiano le preocupaba el auge que cobraba el movimiento de masas en Renania, en cuya capital se editaba la Nueva Gaceta Renana y se encontraba el Estado Mayor de la Liga de los Comunistas, con Marx y Engels al frente. Concentró allí enormes contingentes de tropas y esperó el momento propicio para provocar a las masas y reprimir. La Nueva Gaceta Renana alertó con insistencia a los trabajadores contra un levantamiento prematuro y falto de preparación. El 25 de setiembre detuvieron a dos dirigentes destacados del movimiento obrero de Colonia: Schapper y Becker. Se veía amenazado de detención también Joseph Moll, uno de los dirigentes más populares de la Sociedad Obrera local. Los obreros decidieron impedirlo y comenzar la insurrección. Marx, Engels y sus partidarios lograron a duras penas retener a las masas frente a aquella acción prematura y aislada.

Al fracasar en su provocación, el 26 de setiembre el gobierno implantó el estado de sitio en Colonia, desarmaron a las milicias, prohibieron las organizaciones obreras y democráticas, así como sus diarios. La Nueva Gaceta Renana también fue declarada fuera de la ley. Al mismo tiempo ordenaron la detención de algunos redactores, entre ellos a Engels, que se había destacado como uno de los organizadores y dirigentes del movimiento de masas desatado en setiembre en Renania. No deseando vérselas con los militares prusianos y pasar encarcelado aquel álgido período revolucionario, Engels se trasladó a Bruselas. Pero las autoridades belgas lo detuvieron y expulsaron del país. Entonces se fue a París.

La capital francesa, ciudad de la contrarrevolución triunfante, le deprimió: No pude aguantar más tiempo en este París muerto, escribió entonces. Debía huir, no importa a dónde. Entonces me encaminé primero a Suiza. Disponía de poco dinero, por lo que tuve que ir a pie. Tardó dos semanas en llegar de París a Suiza; atravesó el sur de Francia, pasó por Ginebra y luego por Lausana donde, tras recibir dinero de Marx, se dirigió a Berna, donde se instaló temporalmente. Le fastidiaba tener que permanecer en la sórdida Suiza pequeño burguesa, apartada de las tempestades revolucionarias, aunque allí tampoco permaneció de brazos cruzados: trabó una relación que ya sería indeleble con Guillermo Liebknecht, el fundador de la socialdemocracia alemana, y participó en el movimiento obrero suizo. En diciembre de 1848 asistió al Congreso Obrero de Berna en representación de la Sociedad Obrera de Lausana, la cual le había delegado como luchador veterano por la causa del proletariado.

Mientras tanto, Marx había reanudado con grandes sacrificios la edición de la Nueva Gaceta Renana y Engels escribió desde Berna varios artículos sobre Suiza, uno de ellos titulado La lucha en Hungría, en el que apoyaba los métodos revolucionarios de los húngaros insurrectos frente a la contrarrevolución.

Hasta mediados de enero de 1849 Engels no pudo volver a Alemania. Cuando llegó a Colonia, la contrarrevolución estaba en plena ofensiva. La Nueva Gaceta Renana dirigida por Marx había alzado con audacia la bandera de la lucha sin cuartel frente a la contrarrevolución, había lanzado las consignas de oposición por todos los medios al pago de impuestos, de armar a las masas y de crear comités de seguridad. En aquellos días críticos había sugerido qué medidas debía adoptar la Asamblea Nacional de Berlín, que se limitaba a llamar a la resistencia pasiva frente a la reacción y a negarse a pagar los impuestos; el 5 de diciembre fue disuelta.

Entonces la contrarrevolución intentó ajustar las cuentas a los dirigentes del proletariado. El 7 de febrero Engels y Marx tuvieron que comparecer ante un tribunal acusados de desacato a la autoridad. En el proceso, los acusados se convirtieron en acusadores. El jurado no se atrevió a pronunciar una sentencia condenatoria y los absolvió.

La hora de la reacción

En la primavera de 1849 la situación en Alemania era tensa: la contrarrevolución concentraba sus fuerzas para dar el último golpe. Se volvían peligrosos todos los elementos vacilantes e indecisos que trataban de apartarse del combate decisivo y desmoralizaban a las masas. La experiencia política del proletariado, su desilusión en la democracia pequeño burguesa, su afán por agruparse de una manera independiente, permitían abordar en la práctica la cuestión de fundar un partido proletario. Marx y Engels intensificaron sus contactos con los militantes de la Liga de los Comunistas, diseminados por toda Alemania, instruyéndoles y requiriendo que trabajasen enérgicamente en el seno de las masas.
Ante la proximidad de combates decisivos, el tono de la Nueva Gaceta Renana era cada vez más incisivo, prueba de su vocación verdaderamente proletaria. Las ediciones extraordinarias de abril y de mayo fueron toda una incitación a prepararse para un ataque decidido.

En aquella situación tirante, se decidió a actuar hasta el parlamento de Frankfurt. Pero, en vez de hacer un enérgico llamamiento a las masas y desarrollar audazmente la lucha revolucionaria, se dedicó a redactar una Constitución imperial, que no querían reconocer ni el rey de Prusia ni los gobiernos de otros Estados alemanes. Las tropas prusianas comenzaron a concentrarse en las inmediaciones de Frankfurt. La única salida estaba en empuñar las armas. Las masas populares se alzaron a la lucha a favor de la Constitución imperial. A comienzos de mayo el oeste y el sur de Alemania (Sajonia, Renania, Westfalia, Palatinado y Baden) se vieron envueltos en las llamas de la insurrección, encabezada por la pequeña burguesía.

Marx y Engels pusieron todo su empeño en auxiliar a las masas insurrectas, en dar al movimiento un objetivo claro, en contribuir a organizar las luchas. El histórico mérito de Engels fue haber trazado el plan de la insurrección armada, que sería el primer exponente concreto de que los marxistas la tienen por un arte. Desencadenar las energías revolucionarias de las masas, tener una dirección centralizada, audacia y rapidez en la acción: esos eran los componentes más imponentes del plan. Engels lo había coordinado con la perspectiva general de las luchas revolucionarias en Europa, con el nuevo auge de la revolución en Francia y en Italia, con la guerra revolucionaria en Hungría.

Los días 9 y 10 de mayo estalló la insurrección armada en uno de los distritos industriales de Renania. Al conocer la noticia, Engels se trasladó enseguida a la ciudad de Elberfeld, uno de los núcleos de la insurrección. Le causó mala impresión ver allí gran confusión y desconcierto; se percató de que el Comité de Seguridad pequeño burgués era incapaz de tomar las medidas imprescindibles. Apoyado por unos cientos de obreros armados, logró que el Comité le encomendase construir las barricadas; formó con rapidez una compañía de zapadores, con la cual terminó de levantar las defensas y rehizo una parte de las existentes; se preocupó de armar a los obreros y de situar en las barricadas a los combatientes, las piezas de artillería, etc. Engels trataba de extender la insurrección a las zonas vecinas y organizar una defensa adecuada de toda la región.

Con el fin de conservar en aquella etapa un frente general con los demócratas pequeño burgueses, Engels no formuló ninguna reivindicación proletaria o socialista. Pero el propio hecho de la llegada al lugar de uno de los directores de la Nueva Gaceta Renana asustó a la burguesía de Elberfeld, bajo cuya presión el Comité de Seguridad adoptó el 14 de mayo una disposición en la que, rindiendo homenaje a Engels le instaba a abandonar la ciudad so pretexto de que su estancia podía dar lugar a incomprensiones respecto al carácter del movimiento. Esto causó gran indignación a los obreros, quienes exigieron que Engels se quedase y prometieron defenderlo, al precio de sus propias vidas. Pero Engels, no queriendo constituirse en una cuña en las filas de los rebeldes ante las tropas prusianas que se aproximaban, tranquilizó a los obreros, entregó su cargo a un auxiliar y se marchó de Elberfeld.

Al poco tiempo la insurrección de Elberfeld fue derrotada, lo mismo que las que habían estallado de forma aislada en las ciudades vecinas.

El fracaso de las insurrecciones en el Rin significaba también un golpe mortal para la Nueva Gaceta Renana. La contrarrevolución podía ya atreverse a emprender represalias contra la prensa del proletariado revolucionario. Contra varios redactores se procedió judicialmente; a otros, por no ser prusianos, se les instó a dejar Prusia. En vista de que Marx había dejado de ser ciudadano prusiano en 1845, el Gobierno ordenó expulsarlo de Prusia como extranjero que habla violado el derecho de hospitalidad. Todo aquello significaba el fin de la Nueva Gaceta Renana.

El 19 de mayo salió el último número de la publicación impreso en rojo. El llamamiento que hacía el consejo de redacción A los obreros de Colonia concluía así: Al despedirse de vosotros los redactores de la Nueva Gaceta Renana os agradecen la simpatía con ellos. Sus últimas palabras serán siempre y en todas partes: ¡Emancipación de la clase obrera! Treinta y cinco años después, evocando el final de la Nueva Gaceta Renana, Engels dijo con legítimo orgullo: Nos vimos obligados a entregar nuestra fortaleza, pero nos replegamos con armas y municiones, con música y con la flameante bandera del último número en rojo.

De Colonia, Marx y Engels se dirigieron al sudoeste de Alemania, envuelto en la insurrección. Realizaron los máximos esfuerzos por ampliarla, por impulsar a los demócratas pequeño burgueses a una enérgica actividad revolucionaria. En Mannheim (Baden) se reunieron con los líderes del movimiento y trataron de convencerles de poner en práctica el plan de Engels. Pero estos últimos, pusilánimes y pasivos, hicieron oídos sordos a sus consejos.

De Baden, Marx y Engels partieron al segundo centro de la insurrección, Palatinado, donde se entrevistaron con los miembros del Gobierno provisional local. Allí fueron detenidos por soldados de Hesse, acusándoseles de participar en el levantamiento. Los trasladaron a Frankfurt, pero al poco tiempo fueron puestos en libertad.

Convencido de que era imposible lograr nada sólido en Alemania y que importantes acontecimientos revolucionarios sobrevendrían en Francia, Marx partió hacia París con un mandato del Comité Central Democrático. Por su parte, Engels volvió a Palatinado. Las noticias de que las tropas contrarrevolucionarias prusianas estaban a la ofensiva, le obligaron a empuñar las armas y sumarse al destacamento voluntario dirigido por Willich, miembro de la Liga de los Comunistas, e integrado, en su mayoría, por obreros. El 13 de junio Engels llegó a Offenbach, donde estaba el cuartel general de Wilich, y se convirtió en su ayudante de campo. Participó en los combates que libró el destacamento en cuestión, al que correspondió la tarea de cubrir la retirada del ejército de Baden, reteniendo al de Prusia en su ofensiva.

Engels se acreditó como un brillante organizador que no rehuía misión alguna ni temía peligro alguno. Las unidades de voluntarios estaban mal abastecidas y mal armadas, carecían de lo más indispensable. Engels volcó sus energías en encontrar y llevarles pólvora, plomo, cartuchos, armas, ropa, vituallas, así como en entrenar a los combatientes. Durante las operaciones militares siempre estaba en la primera línea de fuego, participó en tres grandes batallas, comprendida la de Rastatt: Cuantos le vieron combatir -escribió Eleonora Marx- evocaban mucho tiempo después su extraorciinario dominio de sí mismo y su absoluto desprecio por el peligro.

El 12 de julio, un día más tarde que las demás tropas insurgentes, el destacamento de Willich -y Engels con él- pasó a Suiza. Así la insurrección del sur y el oeste de Alemania quedaba reducida a mediados de julio de 1849. Era la derrota definitiva de la revolución alemana de 1848-1849.

En el curso de los acontecimientos revolucionarios de aquellos dos años se pusieron a prueba los partidos y las clases, las diferentes teorías y las plataformas políticas. Las revoluciones de 1848 y 1849 dieron al traste con todas las variantes del socialismo utópico premarxista y, al mismo tiempo, demostraron la superioridad de la teoría científica del proletariado, la cual salió airosa de su primer examen histórico. El curso de los acontecimientos revolucionarios de 1848-1849 vino a confirmar de un modo brillante la nueva teoría, como habían de confirmarla también en lo sucesivo todos los movimientos proletarios y democráticos de todos los países del mundo.

Hasta 1848 Marx y Engels insistieron en los fundamentos filosóficos del comunismo científico; durante las batallas revolucionarias de 1848 y 1849 promovieron al primer plano las ideas políticas, la estrategia y la táctica. Aquella táctica había sido la única acertada, que no condujo al triunfo de la revolución porque el proletariado no estaba suficientemente preparado para ello y porque el capitalismo no había alcanzado todavía la plenitud de desarrollo. La línea política que Marx y Engels siguieron en 1848-1849, enseñó al proletariado la táctica revolucionaria, la táctica de desarrollar la lucha hasta sus formas más elevadas, la táctica que lleva al campesinado detrás del proletariado y no al proletariado detrás de la burguesía liberal.

Cuando Marx se fue de Alemania a París, el contacto entre los dos amigos y correligionarios se interrumpió por más de dos meses. A Marx le preocupaba Engels, pues sabía que se empeñaría en estar en los lugares de mayor peligro. Por su parte, Engels estaba igualmente preocupado por su amigo. En la primera carta que pudo enviar de Suiza a la esposa de Marx el 25 de julio de 1849 escribió: ¡Quisiera estar seguro de que Marx se encuentra en libertad! He pensado muchas veces que bajo las balas prusianas corrí mucho menos peligro que los nuestros en Alemania y, sobre todo, Marx en París. Ruego me libre cuanto antes de una desazón por no saber cómo está mi amigo. Le contestó el propio Marx: Me sentí muy intranquilo por tí -escribía-, y me causó gran alegría recibir ayer una carta de tu puño y letra. A continuación decía: Ahora tienes una excelente posibilidad de trazar la historia de la revolución de Baden y Palatinado o un panfleto sobre el tema. Cuando lo hagas, podrás explicar bien la actitud general de la Nueva Gaceta Renana hacia el Partido Demócrata.

Esta sugerencia de Marx coincidía con los propósitos del propio Engels. Al poco tiempo el ensayo La campaña alemana por la Constitución imperial estaba escrito. De un modo brillante y ameno, con genuina maestría, Engels describió paso a paso la lucha armada librada en la Prusia Renana, Baden y Palatinado de mayo a julio de 1849, analizó las premisas y el devenir de la pugna por la Constitución imperial, caracterizó con acierto la actitud asumida por las clases y los partidos y, en especial, el papel que jugaron el proletariado y el campesinado. Restituyendo el curso de la lucha armada en el oeste y el sur de Alemania como partícipe activo que fue, habló con desprecio de los líderes pequeño burgueses que la habían dirigido y la habían llevado al fracaso. Al analizar con detalle las operaciones militares, explicó cómo no se debe dirigir una insurrección armada. De modo que en La campaña alemana por la Constitución imperial desarrolló la teoría marxista sobre la insurrección armada, teoría que había empezado a crear en los artículos referentes a los combates librados en junio de 1848 por los obreros de París y a la lucha revolucionaria en Hungría e Italia.

A fines de agosto de 1849, Engels recibió de París otra carta de Marx informándole de que las autoridades le obligaban a trasladarse al departamento de Morbihan, parte pantanosa de Bretaña. Preocupado por un camuflado atentado semejante contra su salud y su vida, Marx decidió abandonar Francia. Participando a su amigo de que se proponía ir a Londres, donde esperaba editar una revista alemana, le decía: Por eso tú debes partir sin demora para Londres. Además, lo exige tu propia seguridad. Los prusianos te habrían fusilado ya dos veces: 1) por Baden; 2) por Elberfeld. ¿Para qué seguir en esa Suiza donde nada puedes hacer? En Londres sí que podremos trabajar.

Engels tomó de buena gana el consejo que le daba su amigo. Como no podía pasar por Alemania ni por Francia, donde hubiera sido detenido enseguida, fue a Italia; en Génova embarcó el 6 de octubre de 1849 en un velero y a mediados de noviembre llegaba a Londres y reanudaba su colaboración revolucionaria con Marx. La situación era muy difícil. Por todas partes dominaba la reacción. Entre los exiliados políticos menos estables empezó a cundir el desánimo y la falta de fe en la causa. En aquel ambiente Marx y Engels se mantuvieron a la altura como jefes del proletariado revolucionario.

En primer término, decidieron reconstruir la Liga de los Comunistas. Algunos militantes, que habían participado activamente en el movimiento, estaban presos; otros, diseminados por distintas ciudades. Los contactos estaban rotos, la correspondencia fue durante algún tiempo imposible, por eso y por el temor a que les leyeran las cartas. Sin embargo, gracias a la actividad decidida de Marx, el Comité Central de la Liga quedó reorganizado ya en setiembre de 1849, En torno a Marx y Engels se reagruparon al poco tiempo casi todos los dirigentes veteranos de la misma. Al propio tiempo, se les sumaron nuevos camaradas enérgicos, destacando entre ellos August Willich, con quien Engels había hecho la campaña de Baden y Palatinado, Konrad Schramm y Guillermo Liebknecht.

Con el fin de restablecer los contactos con Alemania, el Comité Central de la Liga envió allí en marzo de 1850 a un emisario especial, Heinrich Bauer, portador de un mensaje, redactado por Marx y Engels. En aquel documento trascendental Marx y Engels hicieron balance de la revolución de 1848-1849 en Alemania, concretaron la táctica de los comunistas en la revolución democrático-burguesa y especificaron su idea relativa a la revolución permanente. Señalaban en el mensaje que durante los años revolucionarios, los miembros de la Liga de los Comunistas siempre habían estado a la vanguardia de la única clase consecuentemente revolucionaria, el proletariado, y que la plataforma política de la Liga había sido la única acertada. Pero en el período transcurrido, la Liga, antes fuerte, había quedado bastante debilitada. En varios lugares sus células habían sucumbido a la influencia del Partido Demócrata pequeño burgués. En la futura revolución alemana, consignaban Marx y Engels, el partido obrero debería actuar en la medida de lo posible más organizado, unido e independiente.

En la futura revolución -decían en el mensaje- los demócratas pequeño burgueses traicionarán a la revolución, al estilo de los burgueses liberales alemanes de 1848. En aquel período, los pequeño burgueses exhortaban al proletariado a la unidad y procuraban integrarlo a un gran partido de oposición dirigido por ellos. Había que rebatir aquellos intentos de convertir al proletariado en un apéndice de la democracia pequeño burguesa. Los obreros debían crear una organización independiente, abierta y clandestina a la vez. La actitud del partido revolucionario obrero hacia la democracia pequeño burguesa debía consistir en luchar juntos contra el enemigo común, pero manifestarse contra ella siempre que mostrase deseo de insistir en sus intereses egoístas. Mientras la democracia pequeño burguesa aspiraba a reducir la revolución a unas reformas del régimen social existente, conservando la base de éste -la esclavitud asalariada de los obreros- nuestros intereses y nuestras tareas -exponían Marx y Engels- consisten en hacer la revolución permanente hasta que sea descartada la dominación de las clases más o menos poseedoras, hasta que el proletariado conquiste el poder del Estado: Para nosotros no se trata de reformar la propiedad privada, sino de abolirla; no se trata de paliar los antagonismos de clases, sino de abolir las clases, no se trata de mejorar la sociedad existente, sino de establecer una nueva.

Para contrarrestar la traición de los demócratas burgueses, los obreros debían estar armados y tener su organización militar autónoma. Además había que impedir a los demócratas burgueses atraer a su lado -mediante reformas- a los campesinos. Los obreros tenían que exigir que las tierras confiscadas a los señores feudales se convirtiesen en propiedad del Estado, en colonias obreras explotadas por el proletariado agrícola asociado, el cual aprovechará todas las ventajas de la gran explotación agrícola.

Como contrapartida a los demócratas pequeño burgueses, que ambicionaban implantar una república federal con la máxima autonomía en las provincias, los obreros debían luchar por una sola e indivisa república alemana y procurar la máxima centralización del poder estatal. Los obreros deberían avanzar al máximo en la revolución. Su grito de guerra ha de ser: la revolución permanente.

Los esfuerzos que realizaron Marx y Engels por reorganizar la Liga de los Comunistas dieron sus frutos. El segundo Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas, que redactaron en junio de 1850, informaba ya de los éxitos de la Liga. Empeñados en fundar un partido proletario de vanguardia en Alemania, Marx y Engels reunían al mismo tiempo a su alrededor a los más destacados revolucionarios del movimiento obrero internacional.

En estas tareas daban mucha importancia a un nuevo órgano de prensa. En 1850 salieron seis números de la Nueva Gaceta Renana. Revista política y económica, dirigida por Marx y que se imprimía en Hamburgo. Marx y Engels escribieron para ella varios artículos sobre las revoluciones de 1848-1849 en Francia y Alemania, algunas reseñas y comentarios internacionales. Como demuestran los comentarios internacionales insertados en los números de febrero y de abril, Marx y Engels cifraban sus esperanzas en un nuevo auge revolucionario. Pero en el verano de 1850 comprendieron ya que esas esperanzas eran infundadas. La crisis industrial de 1847 que había incubado a la revolución de 1848, terminó; comenzaba un período de crecimiento económico.

Ante las nuevas condiciones objetivas, Marx y Engels exigieron -como verdaderos dirigentes proletarios- revisar la táctica del partido. Era menester concentrar con paciencia las fuerzas y prepararlas de modo regular para la revolución, cuyos plazos se postergaban. La nueva actitud que asumieron Marx y Engels provocó serias disensiones en la Liga de los Comunistas y en su Comité Central. Se les opuso una parte de los miembros, con Willich y Schapper al frente, apoyados por un considerable número de militantes londinenses de la Liga. Era una fracción oportunista de izquierda, incapaz de sostener una lucha proletaria firme en las duras condiciones de receso de la revolución. Haciendo caso omiso de las condiciones objetivas, exhortaba a organizar sin demora una insurrección armada. Como el grupo Willich-Schapper optó por dividir la Liga, en noviembre de 1850 fue expulsado de ella.

Sintetizar la nueva experiencia de la lucha revolucionaria fue para Marx y Engels en los primeros años después de la revolución de 1848-1849 una de las más importantes tareas teóricas. La acometieron Marx, en sus obras Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850, El 18 Brumario de Luis Bonaparte; Engels en La guerra campesina en Alemania y Revolución y contrarrevolución en Alemania. Esas obras testimonian que el Marxismo, en tanto que doctrina viva y creadora, fue elaborándose y desarrollándose en relación directa con la práctica revolucionaria. En el prólogo a la tercera edición de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, escribió Engels:

Marx fue el primero que descubrió la gran ley que rige la marcha de la historia, la ley según la cual todas las luchas históricas, ya se desarrollen en el terreno político, en el religioso, en el filosófico o en otro terreno ideológico cualquiera, no son en realidad sino la expresión más o menos clara de luchas entre clases sociales, y que la existencia, y por tanto, también los choques de estas clases están condicionados, a su vez, por el grado de desarrollo de su situación económica, por el modo de su producción y su cambio, condicionado por ésta.
Al sintetizar la experiencia de las luchas que las masas trabajadoras libraron en aquel período revolucionario, exteriorizando al máximo -como sucede en esos periodos- sus energías, sus iniciativas y su papel de forjadores de la historia, Marx y Engels lo enriquecieron con nuevos postulados esenciales. La experiencia de aquellas revoluciones permitió a Marx desarrollar el tema de la revolución proletaria y la dictadura del proletariado. Combatiendo el socialismo pequeño burgués, quebrado por dichas revoluciones, Marx le opuso el socialismo revolucionario, el comunismo, consignando que es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura de clase del proletariado como punto necesario de transición para la supresión de las diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de todas las ideas que brotan de estas relaciones sociales. De modo que en la obra Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850 Marx ya acuñó la fórmula dictadura del proletariado.
En El 18 Brumario de Luis Bonaparte, escrito en 1852, refiriéndose al viejo mecanismo del Estado, llegó a la siguiente conclusión importantísima: Todas las revoluciones perfeccionaban esta máquina, en vez de destrozarla. Al citarla, Lenin escribirá:

En este notable pasaje, el marxismo da un gigantesco paso adelante en comparación con el ‘Manifiesto Comunista’. Allí, la cuestión del Estado se planteaba todavía de un modo abstracto en extremo, usando las nociones y expresiones más generales. Aquí se plantea de un modo concreto, y la conclusión a que se llega es exacta y precisa en grado superlativo, prácticamente tangible: todas las revoluciones anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, pero lo que hace falta es romperla, destruirla.
Esta conclusión es lo principal, lo fundamental, en la teoría del marxismo acerca del Estado.

Tanto en Las luchas de clases en Francia como en El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte Marx habló mucho de la relación entre el proletariado y el campesinado. Demostró que, de comprender bien sus intereses, los campesinos llegarían a ser aliados del proletariado. Engels también prestó atención al tema. En La guerra campesina en Alemania analizó las causas, las perspectivas y los resultados de la gran revuelta antifeudal de 1525 del campesinado alemán. En esta obra realzó el papel del campesinado en la lucha de clases y la necesidad de que el proletariado revolucionario se esforzase por dirigir a las masas campesinas. Concluyó su análisis afirmando que las insurrecciones campesinas fracasaron debido a la traición de la pequeña burguesía urbana, a la división política y al particularismo local, a consecuencia del cual en Alemania -en vez de un movimiento nacional- se produjeron cientos de levantamientos en lugares diferentes, aplastados uno a uno. Evocó las figuras relevantes de la gran guerra campesina y recordó al pueblo alemán las tradiciones revolucionarias que poseía.
Engels hizo balance de los enfrentamientos revolucionarios de 1848 y 1849 en el ensayo Revolución y contrarrevolución en Alemania, escrito entre 1851 y 1852. Aplicando el método del materialismo histórico y comprendiendo a fondo los acontecimientos en que había participado personalmente, pudo hacer un brillante análisis de las premisas, las fuerzas motoras, las etapas principales, la situación internacional, las enseñanzas y los resultados de aquella revolución en Alemania. La obra contiene la fórmula clásica marxista relativa a la insurrección armada como arte y enuncia con claridad las reglas fundamentales para que el proletariado pueda vencer: La insurrección es un arte, lo mismo que la guerra o cualquier otro arte. Está sometida a ciertas reglas que, si no se observan, dan al traste con el partido que las desdeña [...] La primera es que jamás se debe jugar a la insurrección a menos se esté completamente preparada para afrontar las consecuencias del juego [...] La segunda es que, una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo alzamiento armado [...] Hay que atacar por sorpresa al enemigo mientras sus fuerzas aún están dispersas y preparar nuevos éxitos, aunque pequeños, pero diarios, mantener en alto la moral que el primer éxito proporcione; atraer a los elementos vacilantes que siempre se ponen del lado que ofrece más seguridad, obligar al enemigo a retroceder antes de que pueda reunir fuerzas.

Antes de optar por la insurrección, es preciso analizar cuidadosamente la situación política y militar. Pero, una vez tomada la decisión de alzarse y comenzados ya los preparativos, hace falta abordar el alzamiento como un arte y actuar con la máxima resolución y la máxima audacia, sin disminuir un solo instante el ímpetu ofensivo. Las geniales tesis de Engels sobre la insurrección como arte pertenecen al caudal del Marxismo como parte suya de suma importancia para la revolución proletaria.

Paralelamente a la labor teórica, Marx y Engels continuaron actuando en la Liga de los Comunistas. Dividida en setiembre de 1850, atravesaba un período difícil: tenía que hacer frente tanto al trabajo desorganizador del grupo Willich-Schapper, como a la represión policiaca. En mayo y junio de 1851 fueron detenidos en Alemania varios miembros del Comité Central de Colonia y otros dirigentes de la Liga. Introduciendo provocadores, el gobierno preparaba un gran proceso contra los comunistas detenidos. Engels ayudó a Marx en lo relativo al proceso insertando en varios periódicos ingleses y alemanes artículos denunciando las provocaciones, falsificaciones y maquinaciones de la policía prusiana; a la vez, recopilaban testimonios y documentos para defender a los acusados.

Al mismo tiempo Marx y Engels resistieron las arremetidas de la fracción Willich-Schapper y los emigrados pequeño burgueses vinculados a ella. En mayo y junio de 1852 Engels escribió, en colaboración con Marx, el panfleto Los grandes de la emigración, fustigando a los dirigentes pequeño burgueses de los exiliados en Londres por ocuparse de cosas intrascendentes en vez de entregarse de verdad a la revolución.

En octubre y noviembre de 1852 procesaron en Colonia a once detenidos de la Liga de los Comunistas. A siete de ellos les impusieron distintas penas. Para denunciar los métodos represivos con los que el gobierno prusiano había logrado aquellas sentencias condenatorias, Marx escribió el folleto Sobre el proceso de los comunistas de Colonia y Engels el artículo Proceso de los comunistas de Colonia, publicado en el New York Tribune. Las detenciones en Alemania y el subsiguiente proceso de Colonia causaron un daño irreparable a la Liga de los Comunistas. Los contactos entre el grupo londinense, con Marx y Engels al frente, y el continente, quedaron rotos. La Liga dejaba de existir. A mediados de noviembre de 1852 se declaró disuelta por sugerencia de Marx.

La Liga de los Comunistas dejó huella en la historia del movimiento obrero como la primera organización política que empezó a unir este último y el socialismo, y también como la primera etapa en la lucha de Marx y Engels por fundar un partido proletario. - Antorcha


Parte 1 / Parte 2 / Parte 3

 


 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com