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Parte 1 / Parte 2 / Parte 3

090509
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Sumario

Parte 1


 
El niño que quería aprender 
 
Comienzo de la actividad revolucionaria 
 
Voluntario en el ejército prusiano 
 
El paso al materialismo y el comunismo 
 
Una ciencia para transformar el mundo 
 
La Liga de los Comunistas 
 
En las batallas revolucionarias 
 
La hora de la reacción 

Parte 2

 
La práctica teórica 
 
La Primera Internacional 
 
La Comuna de París
 

Parte 3

 
Últimos años junto a Marx 
 
Maestro del proletariado europeo 
 
La lucha contra el revisionismo 
 
Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras completas de Marx y Engels


La práctica teórica


Una vez impuesta la reacción, Marx y Engels se vieron en condiciones muy difíciles para proseguir su labor teórica y sus actividades políticas. Sufrieron la dureza del destierro y de las penurias económicas. Engels podía ganarse la vida trabajando como periodista, pero a Marx, padre de familia numerosa, le era imposible.
Engels se sacrificó para aliviar la existencia de Marx, con la intención de conservar para el proletariado su mente más portentosa. El único modo era volver a la oficina y ocuparse del maldito comercio. Sin lamentaciones al hacer el sacrificio, Engels se decidió porque no veía otra salida. Marx recibió con la misma naturalidad aquella prueba de abnegación tan propia de su amigo. En rigor, los dos continuaron combatiendo hombro con hombro por el triunfo de la causa a que habían consagrado la vida. Las nuevas condiciones les obligaron a repartirse el trabajo. Engels, que siempre reconocía la superioridad de su amigo, vio natural preocuparse en parte considerable del sustento material de Marx y de su familia, para dejar a aquél el paso franco a su labor teórica y política. En noviembre de 1850 se trasladó a Manchester, donde comenzó a ejercer de agente comercial en la compañía Ermen and Engels.

El retorno de Engels a la oficina y los estudios intensos de Marx en la Biblioteca del Museo Británico dieron lugar a muchas calumnias en la emigración pequeño burguesa. Pero la conciencia de cumplir con su deber protegía a Engels de los ataques, y fue él quien calmaba en estos casos a un Marx enfurecido, convenciéndole de no hacer caso a los exiliados. Consideraba que ayudando a Marx hacía mucho más por el triunfo de la revolución proletaria que todos los pequeño burgueses. Sin embargo, abrigaba la esperanza de que no tendría que ocuparse durante mucho tiempo del maldito comercio. Confiaba en que el auge industrial cesaría pronto y estallaría otra crisis, que sería seguida de una nueva tempestad revolucionaria.

No obstante, estas esperanzas no se cumplieron. Trabajando primero en la compañía de agente comercial, desde 1860 ejerció de apoderado y, en 1864, se hizo socio de la misma, invirtiendo en los negocios la herencia que recibió a la muerte de su padre. En su profesión, Engels tenía que tratar con gente de intereses ajenos a los suyos, observar la etiqueta para guardar las apariencias y llevar, por consiguiente, una doble vida. De esa duplicidad descansaba sólo en compañía de su mujer, Mary Burns, sencilla obrera irlandesa, de quien se había enamorado durante su primera estancia en Manchester. Esta mujer le brindó apoyo y consuelo en aquel período aciago. Pero el 6 de enero de 1863 Mary moría de insuficiencia cardiaca. Engels sufrió mucho: Si uno ha convivido tanto tiempo con una mujer -escribió a Marx-, su muerte no puede dejar de estremecerte. Creí enterrar junto con ella la última partícula de mi juventud.

Pese a que durante veinte años Marx y Engels se vieron obligados a residir en ciudades diferentes, sus relaciones se consolidaron más aún en aquel período. Los viajes de Marx a Manchester o de Engels a Londres no eran frecuentes y por eso se cruzaron muchas cartas. Esta copiosa correspondencia que llegó a nuestros días es una joya del acervo literario de sus autores, como laboratorio en el que fueron germinando las fecundas ideas de los impulsores del comunismo científico. Estas cartas son también un espejo de la semblanza de cada uno de los dos grandes jefes del proletariado. A pesar de las persecuciones por parte de los enemigos, de las difamaciones de que fueron objeto en la prensa burguesa y de la lucha extenuante que tuvieron que librar para ganarse la vida, Marx y Engels siempre se distinguieron por el optimismo, el sentido del humor, la firmeza y el inquebrantable y combativo espíritu. Al releer la correspondencia en cuestión cuando ponía en orden la herencia literaria de Marx, Engels escribió a Becker: Ante mis ojos volvieron a pasar los viejos tiempos y los numerosos instantes de alegría que nos proporcionaron nuestros adversarios. A menudo me moría de risa evocando aquellas viejas historias. Nuestros enemigos jamás pudieron quitarnos el sentido del humor.

La correspondencia de Marx y Engels ofrece abundantes datos para caracterizarlos como teóricos y jefes del proletariado, de una inteligencia sorprendentemente vigorosa, de inmensa energía y de gran entereza. Permite formar un juicio cabal sobre la permanente lucha, difícil y agotadora, que tuvo que librar Marx, el genio del proletariado, para no morir en la miseria, y sobre lo que significó para él la amistad leal y desinteresada de Engels. Mientras Engels fue un simple empleado de la empresa comercial, la ayuda pecuniaria que pudo prestar a Marx fue bastante escasa. La miseria virtualmente agobiaba a Marx, que vivía con su familia en las mayores privaciones, sosteniendo una guerra inacabable con sus acreedores y huyendo de los tenderos y caseros que le perseguían. Lo más desolador fue que sus hijos enfermaron y murieron. Marx sufrió sobremanera la muerte de su hijo Edgar o Mush (gorrioncillo), un muchacho maravilloso. Cuando lo enterraron, Marx escribió a Engels:

He vivido muchos infortunios, pero sólo ahora he conocido lo que es la verdadera desgracia.
En todos los horribles sufrimientos de estos días, me confortaban el pensar en ti, en tu amistad, y la esperanza de que los dos podremos hacer todavía algo provechoso en la vida.

Engels hacía todo lo que podía para librar de las privaciones a la familia de Marx. Cuando se le ofreció la posibilidad de brindar una ayuda material adicional a Marx como periodista, la aceptó de buen grado. En agosto de 1851 Marx recibió del diario progresista New York Tribune la propuesta de colaborar. En una carta a Engels escribió: En cuanto al New York Tribune, debes ayudarme ahora, porque estoy ocupadísimo con la economía política. Escribe una serie de artículos sobre Alemania a partir de 1848. Engels se puso inmediatamente manos a la obra y empezó a mandar artículo tras artículo a Marx, que éste reenviaba con regularidad al New York Tribune. Así surgió la famosa serie de artículos Revolución y contrarrevolución en Alemania. Sólo cuando se publicó la correspondencia entre Marx y Engels se supo quién había sido realmente el autor.
Además de los artículos que Engels escribía por Marx para el New York Tribune, le ayudaba traduciendo sus artículos al inglés. Marx no dominaba todavía ese idioma, y sólo desde 1853 empezó a escribir en inglés por sí mismo. De los muchos artículos que Marx envió en varios años al New York Tribune, Engels escribió por lo menos un tercio. Pero pese a la intensa labor literaria que Marx con ayuda de Engels hacía para el New York Tribune, ganaba poquísimo. Charles Dana, director del diario, trataba a su corresponsal como cualquier capitalista, le disminuía bajo cualquier pretexto la remuneración y acabó por reducir a la mitad los honorarios. Por eso la situación material de Marx volvió a empeorar mucho.

En aquel triste período para Marx, el propio Charles Dana le propuso colaborar en la Nueva Enciclopedia Americana que editaba. Engels convino de buen grado participar en la empresa, consciente de que sería un gran apoyo para Marx. Como de día estaba ocupado en la oficina, tuvo que escribir para la Enciclopedia por las noches. Sabiéndolo, Marx quiso varias veces mandar al diablo aquella empresa, pero él mismo redactaba sus artículos para dicha edición por las noches, para no interrumpir sus trabajos de economía.

Engels ayudaba a Marx no sólo como periodista. Muchas veces Marx le pedía aclarar las más diversas cuestiones teóricas y siempre recibía respuestas exhaustivas, bien pensadas, que a veces requerían especiales estudios previos. Por su parte, Marx también ayudaba activamente a su amigo, le comunicaba su opinión sobre problemas que ocupaban a Engels; a menudo buceaba durante días enteros en la Biblioteca del Museo Británico para encontrar material sobre unas u otras cuestiones especiales del arte militar, la historia, la literatura, la lingüística, etc.

En el período en que Engels residía en Manchester, en su labor teórica dedicaba la máxima atención al estudio de las ciencias militares. También se ocupó de la expansión colonial de los Estados capitalistas y de las guerras de liberación nacional que libraban los pueblos contra el colonialismo. En muchos artículos sobre este tema rebasó en su análisis el aspecto meramente militar. Por ejemplo, los artículos referentes a la sublevación nacional en la India, además de un excelente análisis de las operaciones militares, son una denuncia de la política colonial británica. En el artículo titulado Persia y China Engels apoyó que las masas populares participaran en la lucha contra el yugo extranjero. Demostró gran interés por el destino de los pueblos africanos y simpatizó con la lucha que sostenían contra un colonialismo voraz. Hablando de la conquista de Argelia por Francia, denunció los crueles métodos del dominio colonial y los penosos efectos de este dominio para los pueblos subyugados. Constató con satisfacción que pese a su cruenta guerra de tres décadas, las clases dominantes de Francia no habían logrado romper la resistencia del pueblo argelino. También en sus artículos sobre Afganistán y Persia trató los problemas del colonialismo.

Los artículos de Marx y Engels sobre la India y China publicados en los años 50 en el New York Tribune y las valoraciones que hicieron del problema de las nacionalidades en Europa, pusieron los cimientos de la política revolucionaria del proletariado en la cuestión nacional y colonial.

En los artículos que sobre temas militares escribió Engels asombra la erudición y la profundidad del análisis de los hechos concretos. No debe extrañar que el público lector atribuyera dichos artículos, que solían publicarse como anónimos, a algún destacado especialista en materia militar. Engels fue el primer especialista militar y el primer teórico militar del proletariado revolucionario. Los amplísimos horizontes políticos, conocer la economía, saber orientarse perfectamente en las relaciones internacionales y -lo que era fundamental- dominar a la perfección la dialéctica materialista, permitió a Engels -a diferencia de los científicos militares- abordar la guerra como fenómeno social condicionado por el desarrollo histórico y la lucha de clases.

En el Anti-Dühring Engels enunció en forma sintética las tesis marxistas relativas a la guerra y al arte militar: Nada hay que tanto dependa de las condiciones económicas previas como, precisamente, el ejército y la marina. El armamento, la composición del ejército, la organización, la táctica y la estrategia dependen ante todo del grado de producción imperante y del sistema de comunicaciones. No han sido las creaciones libres de la inteligencia de jefes militares geniales las que han actuado de modo revolucionario, sino la invención de armas más perfectas y los cambios experimentados por el material del soldado; la influencia del jefe genial se reduce, en el mejor de los casos, a la adaptación de los métodos de lucha a las nuevas armas y a los nuevos luchadores. Desde este punto de vista Engels ofreció en la obra un brillante ensayo histórico sobre el desarrollo del arte de la guerra. En la misma obra pronosticó -y no se equivocó- que el auge del militarismo iniciado después de la guerra franco-prusiana de 1870, agravaría al máximo todas las contradicciones de la sociedad capitalista, a consecuencia de lo cual el ejército, instrumento de las clases dominantes, se constituiría en un poderoso factor de la triunfante revolución proletaria: El militarismo -escribía Engels- predomina y devora a Europa. Pero también este militarismo alberga en su seno el germen de su propia ruina. La concurrencia desatada entre los Estados los obliga, por una parte, a invertir cada año más dinero en tropas, en barcos de guerra, en cañones, etc., acelerando con ello cada vez más la bancarrota financiera; por otra parte, los obliga a aplicar cada vez más rigurosamente el servicio militar obligatorio, con lo cual no hace más que familiarizar con el empleo de las armas a todo el pueblo, es decir, capacitarle para que en un determinado momento pueda imponer su voluntad a despecho del mando militar. Y este momento llegará tan pronto como la masa del pueblo -los obreros del campo y de la ciudad y los campesinos- tenga una voluntad. A partir de este instante, los ejércitos de los príncipes se convierten en ejércitos del pueblo, la máquina se niega a seguir funcionando y el militarismo perece, por la dialéctica de su propio desarrollo.

La enorme herencia literaria sobre el tema militar dejada por Engels, conserva su valor hasta el presente. Lenin, que prestó gran atención a las ciencias militares, insistía en que el partido debía aprender de Engels el arte militar y señalaba la inmensa importancia de los conocimientos militares, del material de guerra y de la organización militar en tanto que armas que las clases trabajadoras utilizan para dar solución a las grandes colisiones históricas.

Paralelamente a las ciencias militares, Engels continuó estudiando lenguas. Dominando ya a perfección las principales de Europa y conociendo bien las muertas (el griego y el latín), en 1850 empezó a estudiar a fondo el ruso. La guerra de Crimea y el intenso interés por Oriente movieron a Engels a estudiar el idioma persa; la guerra con Dinamarca de 1864 y la pugna por Schleswig-Holstein, los idiomas escandinavos. A fines de los años 60, cuando en la I Internacional cobró fuerza el problema irlandés, Engels se instruyó en las lenguas céltico-irlandesas. En el mismo período buceó en el idioma frisón (el de una provincia de Holanda) y en el escocés. En el ocaso de su vida se puso a aprender rumano y búlgaro, dada la necesidad de dirigir el movimiento socialista incipiente en los países respectivos. Engels era un verdadero políglota: hablaba y escribía con soltura y fluidez en doce idiomas; leía en veinte.

El conocimiento de idiomas permitió a Engels estudiar los problemas generales de la lingüística y dar un sólido cimiento marxista también a esta materia. Dichas investigaciones le resultaron muy útiles cuando redactaba en los años 80 la historia de los germanos antiguos y el libro El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. Hizo una sinopsis de los conceptos marxistas referentes al origen del idioma en el ensayo El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre. Lo empezó a escribir en 1876, pero lo dejó inconcluso.

En estrecha relación con sus estudios lingüísticos, Engels continuó en Manchester los de la literatura universal. En estos últimos alcanzó resultados brillantes. Por ser uno de los mayores eruditos de su siglo, Engels era un gran conocedor de la literatura de diferentes pueblos (no sólo europeos, sino también orientales; la moderna y la de épocas anteriores). Conceptuando las letras y artes como formas de conciencia social, determinada, en última instancia, por la base económica de la sociedad, Engels dilucidó las raíces clasistas de la lucha entre las diversas corrientes en las mismas. Abogó por el alto nivel ideológico, por la verdad de la vida en ellas, por el realismo que supone, además de la veracidad en los detalles, reproducir de manera fidedigna los caracteres típicos en las circunstancias típicas.

A fines de los años 50 comenzó a estudiar a fondo las ciencias naturales: la química, la física, la fisiología, la biología. Lo que más le interesaba era emplear la dialéctica materialista en este campo. Le entusiasmó la obra de Charles Darwin El origen de las especies, que acabó de publicarse entonces; la calificó como un gran y feliz intento de demostrar el desarrollo histórico de la naturaleza.

Durante los primeros años de su residencia en Manchester, en el trabajo revolucionario práctico de Engels ocupó un lugar destacado su participación en el movimiento cartista. Después de la derrota sufrida en abril de 1848, el cartismo entró en seria decadencia. El pujante auge industrial, la transformación de Inglaterra en taller del mundo y la explotación a que la burguesía británica sometía sus extensas colonias aportaron ciertas mejoras a los obreros ingleses más calificados y dieron caldo de cultivo al oportunismo. En aquel contexto ciertos dirigentes cartistas desistieron del programa original y optaron por una componenda con los radicales burgueses. Marx y Engels fueron explicando a los cartistas de izquierda que era necesario romper con los oportunistas, establecer relaciones entre el cartismo y el socialismo y unir la lucha política con las reivindicaciones económicas por las que la clase obrera bregaba a diario. Aun haciendo cuanto podían por ayudar al cartismo a resurgir sobre una base nueva, Marx y Engels no abrigaban ilusiones sobre el particular, conscientes de que esa corriente se ponía cada vez más del lado del radicalismo burgués. En la carta a Marx de 7 de octubre de 1858, Engels desentrañó las causas del descenso que atravesaba el movimiento obrero revolucionario en Inglaterra: En rigor, el proletariado inglés va aburguesándose cada vez más, parece que esta nación, la más burguesa de todas las naciones, quiera acabar por tener una aristocracia burguesa y un proletariado burgués al lado de la burguesía. Desde luego, esto es hasta cierto punto propio de una nación que está explotando al mundo entero.

A fines de los años 50 en Europa comenzaron a reanimarse los movimientos democrático-burgueses de liberación nacional. En varios países volvieron a plantearse los problemas pendientes de la revolución burguesa. En Alemania e Italia, a medida que fue desarrollándose el capitalismo, se hacía más apremiante reunificar las naciones respectivas y crear en ellas Estados centralizados. En el orden del día entraba qué fuerzas, con qué medios y de qué modo cumplirían aquella tarea. En Alemania la cuestión de las nacionalidades se agravó sobremanera en 1859, dada la guerra que empezó Napoleón III contra Austria disputándole el norte de Italia. Para hacer dicha guerra popular y apuntalar su trono tambaleante, el emperador francés declaró demagógicamente que lo hacía para liberar del yugo austriaco a Italia. Sobre dicho tema Engels publicó el folleto anónimo titulado Po y Rin, en el cual abogó por la liberación de Italia, denunciando a la vez a Luis Bonaparte, cuya única ambición era imponer un nuevo yugo al pueblo italiano so pretexto de luchar por su independencia nacional. Engels demostró también que, al sostener la guerra a orillas del Po, el emperador francés atentaba, en realidad, contra el Rin, es decir, se preparaba para atacar Alemania. La Francia bonapartista estaba interesada en que la vecina Alemania siguiese dividida económica y políticamente. Por eso Engels consideraba necesario romper las hostilidades contra Bonaparte, creyendo que la guerra de Prusia contra éste despertaría un vasto movimiento popular que barrería al gobierno prusiano y unificaría a la Alemania desde abajo, por medio de la revolución.

En 1860 Engels desarrolló este criterio en otro folleto anónimo: Saboya, Niza y el Rin.

La posición de Marx y Engels en cuanto a la guerra austriaco-italo-francesa, motivó serias discrepancias con Ferdinand Lassalle, un antiguo demócrata que se declaró en reiteradas ocasiones partidario del Marxismo. Pero a diferencia de Marx y Engels, que abogaban por la unificación revolucionaria de Alemania desde abajo, a través de una república democrática, Lassalle opinaba que el papel hegemónico en la unión de Alemania correspondía a la Prusia reaccionaria. Mientras Marx y Engels denunciaban a la Francia bonapartista, que pretendía la dirección en Europa, y exhortaban al pueblo italiano a asumir la liberación nacional y la unificación nacional, Lassalle sembraba ilusiones respecto a la misión liberadora de Luis Bonaparte para con aquel pueblo, apoyando con ello la política conquistadora del emperador francés.

Las controversias entre Marx y Engels, por una parte, y Lassalle, por otra, se acentuaron más cuando este último se puso al frente de la flamante Unión General de Obreros Alemanes. En varios artículos y discursos Lassalle trazó el programa de esta organización, completamente distinto de los principios que Marx y Engels proclamaran en el Manifiesto del Partido Comunista y en el Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas. Orientaba a la clase obrera a adoptar únicamente la vía pacífica y legal de lucha. Opinaba que, una vez implantado el sufragio general, surgiría un Estado popular libre, que establecería tanto la igualdad de derechos como la igualdad material de sus ciudadanos. Infundía en los obreros la ilusión de que, al implantarse el sufragio general, el Estado prusiano les ayudaría a adquirir los medios de producción y los libraría de la explotación. Adoptaba una actitud negativa hacia la lucha de clases, las huelgas y los sindicatos. Igual que los conceptos teóricos de Marx y Engels, por una parte, y de Lassalle, por otra, divergían también cardinalmente su táctica y su línea política. Marx manifestó sin ambages a Lassalle: En política no estamos de acuerdo en nada, a excepción de algunos objetivos finales. Mientras en lo relativo a la unificación nacional de Alemania, Marx y Engels abogaban por una revolución en que las grandes masas campesinas actuaran bajo la dirección del proletariado, Lassalle consideraba a las capas campesinas y otras no proletarias de la población una masa reaccionaria y así calificaba también a los movimientos campesinos antifeudales.

Lassalle accedió de buen grado a los conatos del Gobierno de Bísmarck de unificar Alemania desde arriba, bajo la hegemonía de los terratenientes prusianos. Cuando en el conflicto constitucional Bismarck optó por flirtear con el proletariado para recabar su apoyo en la lucha contra la burguesía liberal, Lassalle entabló con él negociaciones directas. Pese a que Marx y Engels ignoraban este último hecho, no les pasaba desapercibido que Lassalle se congraciaba con los terratenientes prusianos y el Gobierno de Bismarck.

Cuando Lassalle comenzó a realizar su propaganda entre los obreros alemanes, Marx y Engels se pusieron primero a la expectativa y no lo criticaron en público, porque en una etapa determinada Lassalle había desempeñado un papel positivo, contribuyendo a que los obreros se sacudiesen la influencia del partido progresista burgués. Por medio de sus adeptos, de Guillermo Liebknecht en primer término, procuraron interceder dentro de la Unión General de Obreros Alemanes y ayudar a sus afiliados a asumir posiciones válidas. Pero al enterarse de que Lassalle había traicionado al movimiento obrero, empezaron una campaña abierta contra él. Sin embargo, como las tradiciones lassalleanas tenían ya arraigo en el movimiento obrero de Alemania, hubieron de llevar una lucha sostenida contra la herencia de Lassalle, fundador del oportunismo en la socialdemocracia alemana.

La Primera Internacional

La lucha infatigable y tenaz de Marx y Engels por unidad internacional del proletariado en las duras condiciones de la reacción, culminó en 1864 con fundación de la Asociación Internacional de Trabajadores, la I Internacional.
La crisis industrial que estalló en 1857 dio origen a nuevo auge del movimiento obrero. A medida que capitalismo se desarrollaba, se evidenciaba cada vez más claramente que el destino de los proletarios de diferentes países era común. Los obreros se percataron de ello sobre todo durante la crisis, cuando la burguesía trató de volcar sobre los trabajadores todo el peso de la misma. Respondieron con huelgas. Entonces los capitalistas empezaron a utilizar la mano de obra inmigrante, lo cual demostró que era necesario coordinar la acción de los proletarios de todos los países contra el capital.

A fines de los años 50 y comienzos de los 60 se reanimaron los movimientos democrático burgueses; entre ellos, los de liberación nacional. Esto contribuyó al despertar político de la clase obrera. La campaña que organizaron los obreros de Inglaterra con motivo de la guerra civil en Estados Unidos fue un brillante exponente de la solidaridad internacional del proletariado. Con sus manifestaciones y mítines masivos de protesta impidieron a las clases dominantes intervenir en defensa del sur esclavista contra los más progresistas Estados del norte.

La creciente solidaridad internacional del proletariado se puso de manifiesto más aún en relación con la sublevación de 1863 en Polonia; en los numerosos mítines internacionales, los obreros manifestaban simpatías con los polacos oprimidos y el odio al zarismo ruso, su opresor.

Al valorar acertadamente la situación económica y política internacional y el nuevo auge del movimiento obrero, Marx decidió que había llegado la hora de materializar la idea de la solidaridad proletaria internacional, idea que no dejaba de propugnar junto con Engels. El 28 de setiembre de 1864 asistió al mitin internacional celebrado en Saint Martin's Hall de Londres, donde se fundó la Asociación Internacional de Trabajadores, de la cual sería dirigente y teórico.

Desde los primeros días se descubrió lo difícil que era dirigir la Asociación Internacional de Trabajadores: había que unir los movimientos obreros de diferentes países y de distinto nivel de desarrollo, organizar acciones unitarias de elementos muy heterogéneos, venciendo sus tendencias sectarias pequeño burguesas y elevando la lucha obrera a una etapa superior.

Al trazar el Manifiesto inaugural de la Internacional, Marx confiaba en que la experiencia práctica de las masas y la campaña que él y Engels no dejaban de librar contra los conceptos pequeño burgueses de todo color, ayudarían a los obreros a comprender el comunismo científico. Así, desde los primeros días de la Internacional propugnó de forma sistemática el dominio ideológico del comunismo científico en el seno de la misma.

Engels, que seguía residiendo en Manchester, no pudo participar en persona en la fundación de la Internacional ni en el trabajo de su órgano supremo, el Consejo General, pero prestó una eficaz ayuda a Marx en su dirección. Marx le informaba con regularidad de los debates que había de sostener en el Consejo General, le pedía su opinión sobre las más diversas cuestiones y, en reiteradas ocasiones, los documentos que necesitaba para las discusiones. Por ejemplo, fue Engels quien preparó el informe detallado sobre las uniones que formaban los obreros de las minas de carbón en Sajonia. El Consejo General de la Internacional lo publicó en 1861 como si fuera de Carlos Marx, en su calidad de secretario del mismo para Alemania.

En relación con la lucha que fue desenvolviéndose en la Internacional, Engels intervino en la prensa reiteradamente defendiendo el Marxismo y criticando a sus opositores burgueses y pequeñoburgueses.

La primera oposición que Marx conoció apenas se fundó la Internacional fue el proudhonismo. La influencia de Proudhon, político pequeño burgués francés, era entonces muy grande en Francia, Bélgica, Italia y algunos otros países, donde continuaba en grado considerable la producción pequeña y la artesanía. Una de las cuestiones en que los proudhonistas se manifestaron en la Internacional contra Marx fue la referente a la independencia de Polonia. Se opusieron a que se incluyese en la agenda del Congreso de la Internacional a celebrar en 1866 en Ginebra, so pretexto de que era una cuestión política y por eso no concernía a los obreros. A petición de Marx, Engels escribió contra los proudhonistas una serie de artículos titulada ¿Qué importa Polonia a la clase obrera? Denunció a los proudhonistas, quienes, al negarse a defender a los polacos, apoyaban, de hecho, la política de opresión de las monarquías prusiana, austriaca y rusa.

Criticando a los proudhonistas, Marx y Engels no dejaron de rebatir también a los lassalleanos. Al poco tiempo de fundada la Internacional, Schweitzer, uno de los dirigentes de la Unión General de Obreros Alemanes, gestionó la colaboración de Marx con El Socialdemócrata, periódico que se editaba bajo su dirección. La carta en que lo hacía realzaba el papel de Marx como fundador del partido obrero alemán y como luchador de vanguardia. Adjunto venía el prospecto de su periódico sin las típicas consignas lassalleanas. Por ello, Marx y Engels, confiando en que podrían utilizar El Socialdemócrata para propagar las ideas de la Internacional en Alemania, convinieron en colaborar. Marx envió al periódico el Manifiesto inaugural de la Internacional. Pero luego varios números de El Socialdemócrata alertaron a Marx y Engels. En el espíritu de las tradiciones lassalleanas, el periódico había comenzado a halagar al Gobierno de Bismarck, que interpretaba los intereses de los terratenientes. Marx aprovechó el artículo que escribió con motivo de la muerte de Proudhon para pronunciarse en las columnas de El Socialdemócrata contra todo compromiso, siquiera fuese aparente, con los poderes existentes y calificó de bajeza el flirteo político de Proudhon con Luis Bonaparte. A su vez, Engels mandó al periódico de Schweitzer su traducción de una vieja canción campesina danesa sobre un episodio de la guerra campesina antifeudal, acompañándola del siguiente comentario aleccionador: En un país como Alemania, en que las clases pudientes se componen mitad de la nobleza feudal mitad de la burguesía, lo mismo que el proletariado tiene mitad de obreros industriales y mitad -o incluso más- de obreros agrícolas, esta vieja y optimista canción campesina viene muy al caso.

Fracasados todos los intentos de rectificar la línea de El Socialdemócrata, Marx y Engels se vieron obligados a hacer una declaración oficial el 23 de febrero de 1865, rompiendo con el periódico en vista de que la redacción no había cumplido sus reiterados requerimientos de que la lucha contra el ministerio de Bismarck y contra el partido feudal-absolutista fuese, al menos, igualmente enérgica que contra la burguesía.

Al poco de romper con El Socialdemócrata, Engels criticó con igual motivo a los lassalleanos en un folleto especial que bajo el título de La cuestión militar en Prusia y el partido obrero alemán se publicó en 1865. La cuestión militar en Prusia, referente a la reorganización del ejército prusiano, se había vuelto candente en Alemania y había generado un conflicto constitucional entre la burguesía y el gobierno. En dicho conflicto Engels explicó qué actitud debía asumir el partido proletario hacia las fracciones de las clases en pugna: hacia los terratenientes y su gobierno, por una parte, y hacia la burguesía liberal, por otra. A diferencia de los lassalleanos, Engels sostuvo que el proletariado no debía apoyar en ningún caso al reaccionario gobierno prusiano y a los terratenientes. En su lucha contra la burguesía, la reacción flirteaba con los obreros y les hacía ciertas concesiones, pero, alertó Engels, cuando el movimiento obrero se tornase una fuerza independiente, el gobierno lo perseguiría para destruirlo.

Al analizar el proceder de la burguesía prusiana en el conflicto constitucional, Engels dedujo que se inclinaba cada vez más a transigir con la monarquía. Los obreros debían desenmascarar la política cobarde de la burguesía y, en el caso de que ésta se traicionase a sí misma, el partido obrero debería continuar la agitación en defensa de las reivindicaciones democrático-burguesas, la libertad de prensa, el derecho de reunión, etc. El partido obrero funcionaría como partido independiente, explicándoles sus intereses de clase, y en las conmociones revolucionarias más próximas estaría listo para actuar. Así concretó Engels con arreglo a las condiciones gestadas en Alemania en los años 60 la táctica trazada en el Manifiesto del Partido Comunista.

La crítica a que Marx y Engels sometían el lassalleanismo, fue influyendo para que en Alemania se formase una organización obrera distinta de la lassalleana. Contribuía a ello también la propia experiencia práctica de las masas obreras, experiencia que las convencía cada vez más de lo erróneos que eran los planteamientos de Lassalle. De ese modo se gestaron las condiciones favorables para fundar un nuevo partido, socialista y contrapeso de la Unión General de Obreros Alemanes. Los promotores de aquel partido nuevo fueron August Bebel, tornero, y Guillermo Liebknecht, que participó en la revolución de 1848 y seguía a Marx y Engels. En 1869 en el Congreso reunido en Eisenach se adoptó el programa del Partido Socialdemócrata Obrero, conocido desde entonces como los eisenachianos.

La historia del movimiento obrero alemán está llena de las polémicas entre los lassalleanos y los eisenachianos, y la razón histórica era que éstos y aquellos adoptaban posiciones diferentes en la cuestión clave de la vida política de Alemania: las vías de unificación nacional. Esta unificación podía realizarse, con la correlación de clases de aquel entonces, de dos maneras: por medio de una revolución dirigida por el proletariado y que proclamase una república panalemana o por medio de las guerras dinásticas conducidas por Prusia al objeto de consolidar la hegemonía de los terratenientes prusianos en una Alemania unida. En su espíritu prusiano y estatalista, los lassalleanos estaban volcados sobre los problemas internos de Alemania, relegando los principios internacionalistas.

Pero Marx y Engels tuvieron que criticar y corregir con frecuencia a los eisenachianos en varias cuestiones. Sin embargo, pese a todas sus equivocaciones, gracias a la táctica acertada que siguieron en los problemas cardinales del proletariado alemán y gracias a la dirección de Marx y Engels, lograron sentar los cimientos del Partido Socialdemócrata Obrero. En los éxitos que los eisenachianos alcanzaron en su batallar ideológico contra el lassalleanismo correspondió un papel considerable el primer tomo de El Capital, la inmortal obra de Marx, fruto de una titánica labor teórica de muchos años, publicada en 1867. Marx terminaba de redactar el primer tomo de El Capital en condiciones muy difíciles. A la par con los intensos estudios teóricos, realizaba un trabajo inmenso y complicado de dirigir la Internacional. La tensión permanente y las penurias materiales minaron la salud de Marx, ya por sí deteriorada. En uno de los momentos duros de entonces, Marx, pidiendo una nueva ayuda a Engels, le escribía: Te aseguro, me sería menos doloroso dejar que me cortasen el dedo pulgar que dirigirme a tí con la presente. Me desespera pensar que la mitad de mi vida me encuentro en dependencia. Lo único que me conforta es la conciencia de que trabajamos a prorrata, dedicando yo mi tiempo al aspecto teórico de nuestra empresa y a la labor partidista. Con amistad y preocupación de militante del partido por su primera cabeza, Engels se apresuraba siempre a acudir en ayuda de Marx. Cuando la salud de este último empeoró, Engels, alarmado, consultó a los médicos y se puso a convencer a Marx de que fuese a Manchester a descansar y dedicarse a curar aquella enfermedad, que podía tener el desenlace fatal: Hazme a mí y a tu familia un solo favor: deja que te curen. ¿Qué será de todo el movimiento, si a ti te pasa algo? Pues, si tú sigues portándote como hasta ahora, podría llegar lo inevitable. Mira, no tendré un momento de sosiego hasta que te salve de este trance; cuando pasa un día sin saber de ti, me inquieto y pienso que otra vez has empeorado.

La ayuda que Engels prestaba a Marx cuando éste trabajaba en El Capital no se limitaba al sustento material. Marx solía aconsejarse con su amigo en los más importantes problemas teóricos, le daba a conocer en las cartas las conclusiones a que llegaba, requería su opinión sobre unas u otras cuestiones, solía consultar con él asuntos de economía, en los que era muy versado. Muchas veces Engels criticaba a Marx por su excesiva escrupulosidad científica, por su costumbre de no dar el trabajo por terminado antes de convencerse de que había leído ya cuanto se publicara sobre el tema y tener ponderadas todas las objeciones que hacía a otros autores. Conociendo estas peculiaridades de Marx, por las cuales éste postergaba infinitas veces la entrega del primer tomo a la imprenta, Engels no dejaba de animarle y exigirle que publicase el primer tomo de El Capital sin esperar a concluir los demás.

Por eso, el 27 de marzo de 1867 Marx informó a Engels que había concluido el manuscrito del primer tomo y se proponía llevarlo a Hamburgo para editarlo. Engels acogió la noticia con regocijo. Cuando empezaron a llegar las galeradas de Hamburgo, Marx las reenviaba a Manchester para conocer la opinión de su amigo, que la consideraba suprema. El 16 de agosto de 1867 informó a Engels que había terminado de corregir el último pliego de El Capital y mandado también a la editorial el prefacio: Así, este tomo está listo. ¡Sólo gracias a ti ha sido posible! Sin los sacrificios que te impusiste por mí, jamás habría podido yo dar cima a todo el enorme trabajo que suponen los tres tomos. ¡Te abrazo lleno de gratitud!... ¡Un saludo, mi querido y fiel amigo!

La conclusión del primer tomo de El Capital no sólo fue un gran acontecimiento en la vida de Marx y Engels, sino también algo de trascendencia histórico-mundial para el movimiento obrero y para el desarrollo de la teoría revolucionaria del proletariado: Desde que hay en el mundo capitalistas y obreros, no se ha publicado un solo libro que tenga para los obreros la importancia de éste, escribió Engels refiriéndose a El Capital. Marx necesitó 25 años de intensas investigaciones científicas para poder exponer de forma consumada, clásica, su doctrina económica en El Capital. En esta obra inmortal el rigor científico va aparejado a la vehemencia revolucionaria; la implacable objetividad, al profundo partidismo. Empleando como poderoso instrumento la dialéctica materialista, Marx creó una doctrina económica que produjo una revolución en la economía política.

El primer defecto de toda la economía política burguesa consistía en que hasta sus figuras de mayor relieve -Adam Smith y David Ricardo- tenían por perpetuas e invariables las leyes económicas de la sociedad burguesa, conceptuando esta última como régimen económico natural y adecuado a la naturaleza humana. Con ello impedían que se realizasen estudios científicos objetivos de la sociedad capitalista. Sólo el ideólogo del proletariado, la clase libre de la cortedad y de los prejuicios egoístas de las clases explotadoras, pudo desentrañar las leyes objetivas que rigen el desarrollo del capitalismo, pudo investigar los orígenes, el apogeo y la decadencia de la sociedad capitalista y demostrar que su existencia era pasajera y tenía sus límites históricos. Marx mostraba en El Capital que todas las lacras del capitalismo -la anarquía de la producción, las crisis, el desempleo, la depauperación del proletariado, la ruina de la pequeña burguesía urbana y del campesinado- se debían a la contradicción fundamental del capitalismo: la existente entre el carácter social de la producción y la forma capitalista privada de apropiación.

El gran descubrimiento de Marx fue su teoría de la plusvalía, piedra angular de toda su doctrina económica. Marx demostró científicamente que la fuente común de cuantos ingresos se obtienen en el capitalismo sin trabajar (ganancia, renta de la tierra, etc.) es el trabajo no pagado al obrero, la plusvalía: la diferencia entre el costo que con su trabajo crea el obrero y el coste de su mano de obra, esto es, de los medios de existencia necesarios para mantenerlo a él y a su familia. La de la plusvalía es la ley económica fundamental del capitalismo; resume la esencia de la producción capitalista. En su teoría de la plusvalía Marx puso en evidencia la explotación capitalista y dilucidó la base económica del antagonismo entre el proletariado y la burguesía. Según la ley general de acumulación capitalista, descubierta por Marx, este antagonismo es creciente. En la sociedad capitalista no sólo se gestan las premisas materiales de la revolución socialista, también se forma la fuerza social que realizará la revolución proletaria, implantará la dictadura del proletariado y destruirá para siempre toda explotación.

El Capital permitió a la clase obrera comprender la irreversibilidad histórica de la desaparición del capitalismo y del triunfo de la nueva sociedad, la comunista. Esta obra genial que dio la más profunda y múltiple fundamentación al comunismo científico, representó un gigantesco adelanto en el desarrollo de todas las partes integrantes del Marxismo: la economía política, la filosofía y el socialismo.

Ahora bien, ¿cómo acogió El Capital la ciencia burguesa? Incapaz de rebatir con argumentos el método científico de Marx, prefirió silenciar la publicación del libro. Para romper el silencio sepulcral con que la prensa burguesa acogió la obra, Engels no se limitó a insertar reseñas de divulgación en los poco numerosos órganos obreros o simpatizantes con el movimiento obrero. Por mediación de testaferros logró publicar en varios diarios burgueses críticas mostrando una sorprendente habilidad para informar a los lectores de los conceptos de Marx de modo que quedaban con la impresión de que la razón la tenía Marx y no el autor que le criticaba. Engels creyó que la conclusión del primer tomo de El Capital cambiaría la vida de Marx y de él mismo. Esperaba que los ingresos que la obra proporcionarían a Marx aumentarían algo y él podría retirarse para siempre del comercio y vivir, ayudando como siempre a su amigo, de los medios que cobrara de la compañía, de la que era socio, y de los honorarios que percibiría como literato. No hay cosa que ansíe más apasionadamente que librarme del comercio de perros que me desmoraliza por completo y consume todo mi tiempo, se le escapó en una carta a Marx. Sin embargo, pasaron dos años largos desde que concluyó el primer tomo de El Capital hasta que Engels pudo cumplir su propósito. Eleonora (Tussy), hija menor de Marx, que estaba en casa de Engels, escribió lo siguiente en sus memorias al referirse al último día que su anfitrión había pasado en la empresa:

Nunca olvidaré cómo exclamó con júbilo: ‘¡La última vez!’ cuando se ponía botas para ir a la oficina.
Algunas horas después esperábamos a Engels a la puerta, le vimos atravesar un pequeño prado que había frente a la casa. Iba agitando su bastón en el aire, canturreando algo e irradiando alegría. Aquel día nos dimos un banquete, tomamos champaña y nos sentimos felices.

En aquel entonces yo era demasiado joven para comprenderlo todo. Pero hoy cuando lo evoco me brotan las lágrimas.

Esa alegría de quien se sacudió, por fin, del peso que le había venido agobiando durante años, se percibe también en las cartas de Engels a sus familiares y amigos. Hoy es el primer día de mi libertad, escribió a su madre. Mi nueva libertad me encanta. Desde ayer soy un hombre distinto, he rejuvenecido unos diez años. Acometió la redacción de una historia de Irlanda. En compañía de su esposa Lizzy Burns (hermana de la difunta Mary) y Eleonora Marx, hizo un viaje a Irlanda, para conocer mejor el oprimido país. Su interés por Irlanda no era casual, ni mucho menos. En aquella época el problema irlandés se debatía mucho en la Internacional. En la cizaña nacional que avivaban las clases dominantes entre los obreros ingleses e irlandeses veían Marx y Engels la causa de la debilidad de la clase obrera de Inglaterra. Estimaban que la Internacional tenía como tarea especial despertar en los obreros ingleses la conciencia de que para ellos la emancipación nacional de Irlanda no es una cuestión de justicia abstracta o de simpatía humana, sino la condición primera de su propia emancipación. La separación de Irlanda y la revolución agraria irlandesa habrían de ser un golpe fuerte para las clases dominantes inglesas (la burguesía y los latifundistas) e impulsar la revolución en la propia Inglaterra: La política de Marx y Engels en el problema irlandés -señaló Lenin- constituye un magnífico ejemplo, y este ejemplo ha conservado, hasta hoy día, un valor práctico enorme de la actitud que debe mantener el proletariado de las naciones opresoras ante los movimientos nacionales.
Engels comenzó a estudiar Irlanda justamente en el período en que el problema adquirió mayor agudeza debido al auge del movimiento agrario y a la represión que el Gobierno inglés desató contra los fenianos, revolucionarios irlandeses. Lizzy Burns, irlandesa, tenía conceptos revolucionarios y simpatizaba con las luchas que su pueblo sostenía por la liberación nacional; volcaba muchas energías en ayudar a los fenianos perseguidos, quienes siempre podían contar con amparo, refugio y ayuda en la casa de Engels. Apoyando al movimiento irlandés de emancipación nacional, Engels criticó al mismo tiempo a los fenianos por su táctica de complots, por su política de pronunciamientos separados y por falta de contactos con aquel pueblo amante de la libertad. Al atribuir una gran importancia teórica y política al problema de Irlanda, Engels pensaba demostrar en la obra que había concebido cómo el país en cuestión se había convertido en la primera colonia británica. Pero no pudo concluir aquel libro sobre la historia irlandesa. Como había pronosticado, al poco tiempo en Europa se avecinaban singulares acontecimientos políticos que le harían abandonar por un buen período los estudios teóricos.

La Comuna de París

La guerra franco-prusiana comenzó el 19 de julio de 1870. Cuatro días después el Consejo General de la Internacional emitió sobre aquel particular un llamamiento -lo había redactado Marx- a los obreros de todos los países. En este documento Marx calificó la guerra por parte de Francia como dinástica y empezada a favor de Bonaparte; por parte de Alemania, como defensiva, pues la sostenía contra el bonapartismo interesado en la división de los alemanes y enemigo de su unidad nacional. Pero allí mismo Marx señaló que existía una marcada diferencia entre los verdaderos intereses de Alemania en aquella guerra y los objetivos de rapiña que perseguía la Prusia reaccionaria.
Llamó a los obreros a no permitir que, a fuerza de las ambiciones que abrigaba Prusia, la guerra se volviese de defensiva en conquistadora y expoliadora. Refiriéndose a varios mensajes y resoluciones adoptados por los obreros alemanes y franceses, Marx constató con satisfacción que los obreros avanzados habían asumido respecto a la guerra en cuestión una actitud internacionalista:

Tan sólo ese gran hecho, sin precedentes en la historia, permite abrigar la esperanza de que el futuro será más radiante. Demuestra que, como contrapartida a la vieja sociedad con su miseria económica y su demencia política, nace una nueva, cuyo principio internacional será la paz, puesto que cada uno de los pueblos tendrá un mismo soberano: el trabajo.
La Asociación Internacional de Trabajadores es la precursora de esta nueva sociedad.

En carta a Marx del 15 de agosto de 1870 Engels, por petición de aquél, expuso lo que pensaba de la táctica de los obreros alemanes y de su partido en las complejas condiciones de la guerra franco-prusiana: delimitar estrictamente los intereses nacionales alemanes y los dinásticos de Prusia; oponerse a la anexión de Alsacia y Lorena; procurar la paz en cuanto hubiera en París un Gobierno republicano; defender la unidad de los obreros alemanes y franceses que no aprobaban la guerra ni la hacían los unos contra los otros. Marx aceptó de plano esa táctica, y en ese espíritu dio instrucciones al partido socialista alemán.
Cuando en julio de 1870 el Reichstag autorizó por primera vez un crédito de guerra, los diputados Bebel y Liebknecht se abstuvieron, no queriendo conceder con sus sufragios un voto de confianza al Gobierno de Prusia; pero los lassalleanos, como nacionalistas que eran, votaron a favor, prestando así su apoyo incondicional a Bismarck.

Dos acontecimientos -el propósito de Bismarck de anexionarse Alsacia y Lorena y la caída de Luis Bonaparte pronosticada por Marx, con posterior proclamación de la república en Francia el 4 de setiembre de 1870- empujaron al Consejo General de la Internacional a emitir un nuevo llamamiento. Marx señaló en él que la guerra por parte de Alemania se había vuelto conquistadora y proponía a los obreros protestar por la anexión de Alsacia y Lorena, procurar que se firmase con Francia una paz honrosa, reconociéndose a la República Francesa. Exhortó a los obreros franceses a no sucumbir ante el nacionalismo, a desconfiar del nuevo Gobierno y aprovechar las libertades republicanas para organizarse ellos mismos. Predijo con perspicacia que la anexión de Alsacia y Lorena empujaría a Francia a una alianza con la Rusia zarista. La parte del mensaje en que se demostraba que desde el punto de vista militar-estratégico Alemania no estaba interesada en la anexión de Alsacia y Lorena, había sido escrita por Engels.

Al cambiar el carácter de la campaña, los obreros alemanes tuvieron que adoptar otra táctica. En el Reichstag, Bebel y Liebknecht votaron ya contra los créditos militares, censurando así la guerra conquistadora contra el pueblo francés. Al poco tiempo, ellos dos, y, luego otros socialdemócratas, fueron detenidos y encarcelados. Engels procuró prestar ayuda moral y material a los presos y a sus familias. En una carta enviada a la compañera de Liebknecht escribía: Durante esta guerra los obreros alemanes se mostraron tan perspicaces y enérgicos que enseguida se pusieron al frente del movimiento obrero europeo, y usted comprenderá que este hecho nos colma de orgullo.

La Internacional dirigida por Marx salió airosa de la prueba histórica: fue modelo del internacionalismo proletario en las complejas circunstancias de la guerra franco-prusiana. Desde el mismo comienzo de la contienda Engels fue comentando en la prensa el curso de las operaciones militares. Sus artículos Apuntes de la guerra causaban sensación, porque los pronósticos que contenían sobre las operaciones militares siempre se justificaban. Por ejemplo, Engels predijo con ocho días de anticipación la derrota del ejército francés en la batalla de Sedán. Como publicaba sus artículos sin firmarlos, los lectores los atribuían a alguna eminencia militar. Los amigos que conocían quién era el autor de aquellos escritos, manifestaban a Engels su admiración. Fue entonces cuando una de las hijas de Marx -Jenny- le confirió en broma el título de general, que sería el sobrenombre de Engels entre sus íntimos.

En setiembre de 1870 Engels se trasladó de Manchester a Londres, donde se estableció en las proximidades de la casa de Marx (a diez minutos a pie). Desde entonces los dos amigos pudieron verse a diario y discutir en directo todas las cuestiones que les interesaban, cosa que habían venido haciendo por correspondencia. Según contó Paul Lafargue:

En los intervalos entre una entrevista y otra, estudiaban, cada uno por separado, un tema para llegar a un criterio común. Ninguna otra crítica de sus pensamientos y sus obras tenía para los dos mayor importancia que aquel intercambio de pareceres, en tanta estima se tenían el uno y el otro.
Marx no dejaba de admirar la riqueza de los conocimientos y la sorprendente flexibilidad de la inteligencia de Engels, gracias a lo cual éste pasaba fácilmente de una materia a otra: por su parte, Engels se mostraba maravillado por la poderosa fuerza de análisis y síntesis que poseía Marx.

A su traslado a Londres, Engels, por iniciativa de Marx, fue integrado en el Consejo General de la Internacional y se dedicó a la labor política orgánica. De acuerdo con Marx dirigió la campaña favor del reconocimiento de la República Francesa y criticó con violencia a los dirigentes tradeunionistas ingleses, miembros de la Internacional, por su insignificante, aporte a dicha campaña.
En la serie de artículos que tituló Apuntes de la guerra, flageló la política anexionista del gobierno de Bismarck y los bárbaros métodos de combatir a la prusiana; saludó a los guerrilleros franceses que empuñaron las armas para rechazar a los invasores. Al abogar por el reconocimiento de la República Francesa, Marx y Engels desenmascaraban al mismo tiempo al gobierno y a los generales de aquel país, que, por miedo a los obreros, fraguaban una traición, ansiosos de concertar la paz con Prusia sin importar las condiciones y soltarse las manos para reprimir a su propio pueblo.

En la noche del 17 al 18 de marzo de 1871 el gobierno de Thiers trató de asestar un golpe decisivo a los proletarios parisienses y tomar la artillería de la Guardia Nacional, emplazada en Montmartre. Como respuesta, el pueblo se sublevó. El Gobierno, asustado, se refugió en Versalles. Por primera vez en la historia los obreros tomaban el poder. Marx y Engels habían prevenido al proletariado francés de que la sublevación sería inoportuna estando las tropas prusianas a las puertas de París. Pero en cuanto la lógica de la lucha de clases llevó a la revolución del 18 de marzo, Marx y Engels acudieron en ayuda de los obreros parisinos con toda la vehemencia y todo el ímpetu de jefes del proletariado.

Engels se volcó de lleno en el intenso trabajo que el Consejo General de la Internacional venía realizando bajo dirección de Marx con el fin de movilizar al proletariado internacional y a los obreros de Francia para que respaldasen al París revolucionario.

Ya el 21 de marzo Engels presentó un informe detallado sobre los acontecimientos de París a una reunión del Consejo General de la Internacional. Por iniciativa de Marx, aquel día se adoptó la resolución que incitaba a los obreros ingleses a apoyar a los insurrectos de París. En la reunión que el Consejo General tuvo el 11 de abril, Engels, al resumir el curso de aquellas luchas, señaló uno de los mayores errores cometidos por la Comuna: Había que actuar contra Versalles cuando estaba débil, pero esta ocasión favorable se perdió y parece que ahora Versalles lleva las de vencer y está acosando a los parisienses. Pero apuntó que los obreros estaban organizados mejor que en las insurrecciones anteriores. Marx y Engels ayudaban a los comuneros dándoles consejos, criticando sus errores, enviándoles documentos secretos que conseguían sobre el estado del ejército prusiano, recomendándoles cómo defender la ciudad. Pero los consejos que con inmensas dificultades viajaban a la urbe sitiada no podían remediar el defecto fatal de que adolecía el movimiento obrero francés: la falta de un partido proletario progresista. Ni los blanquistas ni los proudhonistas podían ejercer una dirección atinada en la Comuna; eran incapaces de trazar una estrategia y una táctica certeras y ponerlas en práctica con férrea tenacidad.

Al criticar los errores de la Comuna, Marx y Engels alabaron el heroísmo y la iniciativa de los obreros de París; a base de la experiencia de las luchas que éstos libraban, formularon tesis importantes para la teoría revolucionaria. En una carta que escribió en aquellos días, Marx apuntaba: La próxima tentativa la revolución francesa no será ya, como hasta ahora, pasar la máquina burocrático-militar de una a otra mano, sino el destruirla, y esto es esencial para toda verdadera revolución popular del continente. Y esto es lo que están intentando nuestros heroicos camaradas del partido en París. ¡Qué elasticidad, qué iniciativa histórica, qué capacidad de sacrificio la de estos parisienses! La historia no tiene otro ejemplo de semejante grandeza.

Cuando en París continuaba aún la lucha en las barricadas, Marx estaba redactando La guerra civil en Francia, llamamiento del Consejo General de la Internacional al que dio lectura en la reunión de este órgano el 30 de mayo de 1871. En este documento Marx sintetizó teóricamente la experiencia histórica de las masas y desarrolló -cosa de suma importancia- su propia doctrina referente al Estado y a la dictadura del proletariado. Al analizar concretamente las actividades de la Comuna, fundamentó una tesis muy esencial, formulada por él antes, de que el proletariado necesitaba destruir la vieja máquina del Estado. Marx y Engels consideraban tan importante esta tarea de la clase obrera respecto al aparato estatal burgués que hicieron en ella otra vez especial hincapié en el prefacio que en 1872 escribieron para una nueva edición del Manifiesto del Partido Comunista.

Basándose en la experiencia de la Comuna de París, Marx esbozó también cómo sería el Estado de nuevo tipo que debía construir el proletariado. Dedujo que un Estado como el de la Comuna era la forma política al fin descubierta para llevar a cabo dentro de ella la emancipación económica del trabajo. Demostró que la Comuna había sido un verdadero gobierno nacional de Francia: interpretaba los intereses del campesinado y de la pequeña burguesía urbana, representaba cuantos elementos sanos tenía la sociedad francesa. Encomió la gesta de los comuneros y estigmatizó a sus verdugos.

Con la guerra franco-prusiana y la Comuna de París concluía un período enorme en la historia del movimiento obrero. Al comenzar el mismo, la doctrina de Marx y Engels no era la primera, sino una de las numerosas corrientes del socialismo. Luego la revolución de 1848 y, más aún, la Comuna de París dieron al traste con todas las variantes del socialismo pequeño burgués premarxista. En los combates revolucionarios se evidenció al máximo la inconsistencia de cuantas corrientes socialistas se oponían al marxismo. Sin embargo, las diferentes corrientes pequeño burguesas del movimiento obrero no se rindieron fácilmente. Después de caer la Comuna, que había enfatizado las cuestiones neurálgicas de la revolución proletaria, se atizaron las polémicas en el seno de la Internacional: los adeptos de Bakunin, los dirigentes oportunistas de las trade uniones inglesas y otros elementos, adversarios del marxismo emprendieron incesantes arremetidas contra Marx, Engels y sus partidarios. Sobre todo se radicalizó la oposición bakuninista al Consejo General marxista, conformada aún antes de estallar la guerra franco-prusiana y de proclamarse la Comuna de París.

Ingresado en la Internacional en 1869, Bakunin, en vez de disolver, como había prometido, la organización que dirigía, la Alianza de la Democracia Socialista, se esforzaba solapadamente por ampliarla con vistas de hacerse con la dirección en la Asociación Internacional de Trabajadores. El anarquismo de Bakunin tuvo buena acogida en varios países con proporción considerable de población pequeño burguesa: España, Italia, Suiza latina, Bélgica. Asustado por el desarrollo del capitalismo, los pequeño burgueses y los sectores atrasados de la clase obrera recién llegados al movimiento, eran terreno abonado para la agitación rebelde de Bakunin. Los bakuninistas se empeñaron en ganar también a cuantos elementos afiliados de la Internacional no compartían los criterios del anarquismo pero discrepaban de Marx en unas u otras cuestiones del movimiento obrero.

La actitud hacia la Comuna, hacia la dictadura del proletariado, hacia el partido proletario fue entonces piedra de toque para las diferentes corrientes en la Internacional.

Una vez en Londres, Engels se encargó de una considerable parte del trabajo en el Consejo General. Lo eligieron primero secretario para Bélgica, luego, secretario-corresponsal para España y en agosto de 1871, también secretario para Italia. Más tarde, tuvo que cumplir funciones semejantes para Portugal. En la Internacional Engels pudo aplicar a fondo su brillante conocimiento de idiomas tanto para traducir documentos como para mantener la copiosa correspondencia. Después de caer la Comuna de París, cuando Londres se llenó de refugiados, Engels dirigió la ayuda material del Consejo General a los comuneros. Se preocupó por prestar apoyo a cada destacamento proletario que emprendía la lucha contra sus opresores. Organizó la ayuda material a los obreros que se declararon en huelga en Amberes, al movimiento huelguístico en Bruselas; llamó a los obreros londinenses a respaldar las huelgas de los trabajadores del textil de Barcelona, de los toneleros de Santander, de los curtidores de Valencia, etc. Después de cada huelga de aquellas, la Asociación Internacional de Trabajadores crecía con nuevos contingentes del proletariado. En las directrices y cartas circulares que en nombre del Consejo General remitía a los dirigentes de las secciones nacionales, Engels fue propagando la experiencia de la Comuna de París y esclareciendo con paciencia los fundamentos de la estrategia y la táctica científicas de la clase obrera.

Realizó un intenso trabajo con motivo de la convocatoria de la Conferencia de la Internacional en Londres (setiembre de 1871), cuya primera tarea era aprender las lecciones de la Comuna. Marx y Engels demostraban a los delegados lo absurdo que era abstenerse de la política, máxime después de la Comuna de París, que había puesto al orden del día las luchas políticas del proletariado. En la resolución que sobre la acción política de la clase obrera aprobó la Conferencia se consignaba que contra el poder colectivo de las clases pudientes el proletariado podía actuar como clase únicamente constituyéndose en partido político independiente; que esta constitución era inexcusable para el triunfo de la revolución social.

Las resoluciones de la Conferencia de Londres que representaban un nuevo triunfo del marxismo, fueron acogidas de uñas por los bakuninistas. Estos últimos empeñados en convertir el Consejo General del Estado Mayor eficiente y combativo en un buzón de correspondencia u oficina de informaciones, le acusaron de haber usurpado el poder. Haciendo frente a los bakuninistas, Engels abogó por una férrea disciplina proletaria rebatiendo los intentos de desacreditar las resoluciones y reventar la Internacional. En poco tiempo la Alianza bakuninista se convertía en el centro de atracción de cuantos elementos hostiles al marxismo había en el movimiento obrero. Los bakuninistas acabaron por aliarse con la reacción europea en pie de guerra contra la Internacional. En la lucha contra el bakuninismo, Marx y Engels recibieron el apoyo de la sección rusa de la Internacional, cuyos organizadores -exiliados políticos rusos- pidieron a Marx ser su representante en el Consejo General. Respondiéndoles en carta fechada el 24 de marzo de 1870, Marx informaba que la sección rusa se admitía a la Internacional y él aceptaba representarla en el Consejo General. Más tarde la sección rusa ayudaría bastante a Marx y a Engels facilitándoles documentos sobre la actividad desorganizadora de Bakunin y de sus partidarios en Rusia.

En aquel período causaron no pocas preocupaciones a Engels los dirigentes del Partido de Eisenach. Bebel y Liebknecht habían hecho mucho por propagar las ideas de la Internacional en Alemania; sin embargo, Engels tuvo que criticarlos más de una vez por su insuficiente actividad. En nombre del Consejo General exigió a Liebknecht que actuase con más decisión para lograr que en el Congreso a reunir en La Haya estuviesen representados al máximo los obreros alemanes.

Pese a las intrigas de los bakuninistas de vísperas del Congreso, los partidarios de Marx y Engels pudieron disponer en él de una mayoría segura. El Congreso de la Haya reconoció la necesidad de las luchas políticas y de la constitución del partido proletario como primera premisa de la revolución socialista triunfante. Aquel trascendental postulado del marxismo fue incluido en los Estatutos de la Internacional, constituyéndose con ello en una ley para todos los afiliados. El Congreso adoptó una resolución sobre la labor de zapa que en la Internacional estaban realizando los bakuninistas y optó por expulsar de ella a Bakunin y otras figuras destacadas de la oposición bakuninista.

En el Congreso de La Haya Engels propuso que el Consejo General se trasladase a Nueva York, porque los Gobiernos europeos habían recrudecido la persecución contra la Internacional y también porque en varias secciones de ésta habían anidado elementos anarquistas y otros pequeño burgueses que se esforzaban por escindirla y disolverla.

Al principio la mayoría de los delegados insistió en que Marx y Engels continuasen dirigiendo la Internacional, pero ellos se negaron rotundamente a aceptar el nuevo mandato, porque necesitaban tiempo libre para continuar sus trabajos científicos. No obstante, después del Congreso de La Haya Engels realizó grandes esfuerzos para dar instrucciones al Consejo General residente ya en Nueva York. Informó regularmente a F.A.Sorge, secretario general de la Internacional, sobre la situación en las diferentes secciones nacionales de la Asociación y continuó rebatiendo el anarquismo. Cumpliendo lo acordado en el Congreso de La Haya, Marx, Engels y Lafargue publicaron en 1873 el folleto La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de Trabajadores. Engels impugnó el bakuninismo en otros artículos, dos de los cuales se titulaban Sobre la autoridad y Los bakuninistas en acción. En el segundo, al analizar lo sucedido durante la insurrección de España en 1873, apuntó que los bakuninistas españoles nos han dado un ejemplo insuperable de cómo no debe hacerse una revolución. De modo que las teorías anarquistas que habían sufrido la quiebra ideológica en la Internacional, demostraban su inutilidad también en la práctica.

Justamente para el momento en que el marxismo obtuvo el triunfo ideológico en la Internacional, en la palestra mundial se habían producido cambios ostensibles que no podían dejar de repercutir en las actividad de dicha asociación: El obrero inglés corrompido por las ganancias imperialistas, la Comuna de París aplastada, el movimiento nacional-burgués que acababa de triunfar en Alemania (1871), la Rusia semifeudal sumida en un letargo secular: así fue como caracterizó Lenin la situación existente después de caída la Comuna de París. Marx y Engels tuvieron en cuenta el momento, comprendieron la situación internacional y las tareas de la aproximación lenta hacia el comienzo de la revolución social. A primer plano pasaba la tarea de preparar, reunir y organizar las fuerzas, así como de fundar partidos proletarios en diversos países. Al informar a F.A.Sorge en setiembre de 1873, Marx le escribía: En vista de la situación de Europa, considero de gran utilidad postergar por algún tiempo la organización formal de la Internacional y solamente, si es posible, no dejar de la mano el punto central con sede en Nueva York [...] Los acontecimientos y el irreversible desarrollo y complicación de la situación harán de por sí que la Internacional se reponga y mejore. Los éxitos alcanzados en la propaganda de la doctrina de Marx y la formación de cuadros capaces de constituir el núcleo de los futuros partidos obreros crearon las premisas para que en diferentes países se fundasen fuertes partidos obreros. La I Internacional había cumplido su misión histórica y dio paso a una época de desarrollo incomparablemente más amplio del movimiento obrero en todos los países del mundo, época en que este movimiento había de desplegarse en extensión, propiciando el surgimiento de partidos obreros socialistas dentro de cada Estado nacional.

La solidaridad internacionalista del proletariado, hecha realidad en la Asociación Internacional de Trabajadores continuó creciendo y consolidándose, adquiriendo nuevas formas adecuadas a la nueva etapa del movimiento obrero. - Antorcha


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