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Anexo 1: Carta final antes del suicidio

. René Favaloro y la miseria nacional
. René Favaloro y el país Caníbal

Los ideales que guiaron sus pasos

René Gerónimo Favaloro nació en 1923 en una casa humilde del barrio "El Mondongo" de La Plata. A tan sólo una cuadra se levantaba el Hospital Policlínico como presagio de un destino que no se hizo esperar. Con apenas cuatro años de edad, Favaloro comenzó a manifestar su deseo de ser "doctor".

Quizás la razón se debía a que de vez en cuando pasaba unos días en la casa de su tío médico, con quien tuvo oportunidad de conocer de cerca el trabajo en el consultorio y en las visitas domiciliarias o quizás se debía a que simplemente tenía una vocación de servicio, propia de la profesión médica.

>>Última conferencia académica del Dr René Favaloro>>

Pero la esencia de su espíritu iba más allá de su vocación y era mucho más profunda: calaba en los valores que le fueron inculcando en su casa y en las instituciones donde estudió. Sobre esa base edificó su existencia.

Cursó la primaria en una modesta escuela de su barrio, donde, con pocos recursos, se fomentaba el aprendizaje a través de la participación, el deber y la disciplina. Las tardes las pasaba en el taller de carpintería de su padre ebanista, quien le enseñó los secretos del oficio. En los veranos se transformaba en un obrero más. Gracias a sus padres -su madre era una habilidosa modista- aprendió a valorar el trabajo y el esfuerzo.

Su abuela materna le transmitió su amor por la tierra y la emoción al ver cuando las semillas comenzaban a dar sus frutos. A ella le dedicaría su tesis del doctorado: "A mi abuela Cesárea, que me enseñó a ver belleza hasta en una pobre rama seca".

En 1936, después de un riguroso examen, Favaloro entró al Colegio Nacional de La Plata. Allí, docentes como Ezequiel Martínez Estrada y Pedro Henríquez Ureña le infundieron principios sólidos de profunda base humanística. Más allá de los conocimientos que adquirió, incorporó y afianzó ideales como libertad, justicia, ética, respeto, búsqueda de la verdad y participación social, que había que alcanzar con pasión, esfuerzo y sacrificio.

Un giro inesperado

Al finalizar la escuela secundaria ingresó en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de La Plata. En el tercer año comenzó las concurrencias al Hospital Policlínico y con ellas se acrecentó su vocación al tomar contacto por primera vez con los pacientes. Nunca se limitaba a cumplir con lo requerido por el programa, ya que, por las tardes, volvía para ver la evolución de los pacientes y conversar con ellos.

Mientras cursaba las materias correspondientes a su año, se entremezclaba con los alumnos de sexto año de las cátedras de Rodolfo Rossi o Egidio Mazzei, ambos titulares de Clínica Médica. También se escapaba a presenciar las operaciones de los profesores José María Mainetti , de quien captó su espíritu renovador, y Federico E.B. Christmann, de quien aprendió la simplificación y estandarización que aplicaría después a la cirugía cardiovascular, quizás la mayor contribución de Favaloro a las operaciones sobre el corazón y los grandes vasos. Sería Christmann quien diría, no sin razón, que para ser un buen cirujano había que ser un buen carpintero.

El hecho fundamental de su preparación profesional fue el practicantado (actual residencia) en el Hospital Policlínico, centro médico de una amplia zona de influencia. Allí se recibían los casos complicados de casi toda la provincia de Buenos Aires. En los dos años en que prácticamente vivió en el Hospital, Favaloro obtuvo un panorama general de todas las patologías y los tratamientos pero, sobre todo, aprendió a respetar a los enfermos, la mayoría de condición humilde. Como no quería desaprovechar la experiencia, con frecuencia permanecía en actividad durante 48 o 72 horas seguidas.

Todo hacía suponer que su futuro estaba allí, en el Hospital Policlínico, siguiendo los pasos de sus maestros. Casualmente, en 1949, apenas recibido, se produjo una vacante para médico auxiliar. Accedió al puesto en carácter interino y a los pocos meses lo llamaron para confirmarlo. Le pidieron que completara una tarjeta con sus datos; pero en el último renglón debía afirmar que aceptaba la doctrina del gobierno. El destino se ensañaba de manera incomprensible. Sus calificaciones eran mérito más que suficiente para obtener el puesto. Sin embargo, ese requisito resultaba humillante para alguien que, como él, había formado parte de movimientos universitarios que luchaban por mantener en nuestro país una línea democrática, de libertad y justicia, razón por la cual incluso había tenido que soportar la cárcel en alguna oportunidad. Poner la firma en esa tarjeta significaba traicionar todos sus principios. Contestó que lo pensaría, pero en realidad sabía con claridad cuál iba a ser la respuesta.

Conocer el alma del paciente para curar su cuerpo

Por ese entonces llegó una carta de un tío de Jacinto Aráuz, un pequeño pueblo de 3.500 habitantes en la zona desértica de La Pampa. Explicaba que el único médico que atendía la población, el doctor Dardo Rachou Vega, estaba enfermo y necesitaba viajar a Buenos Aires para su tratamiento. Le pedía a su sobrino René que lo reemplazara aunque más no fuera por dos o tres meses. La decisión no fue fácil. Pero al final Favaloro llegó a la conclusión de que unos pocos meses transcurren rápidamente y que, mientras tanto, era posible que cambiara la situación política.

Llegó a Jacinto Aráuz en mayo de 1950 y rápidamente trabó amistad con el doctor Rachou. Su enfermedad resultó ser un cáncer de pulmón. Falleció unos meses más tarde. Para ese entonces Favaloro ya se había compenetrado con las alegrías y sufrimientos de esa región apartada, donde la mayoría se dedicaba a las tareas rurales.

La vida de los pobladores era muy dura. Los caminos eran intransitables los días de lluvia; el calor, el viento y la arenisca eran insoportables en verano y el frío de las noches de invierno no perdonaba ni al cuerpo más resistente. Favaloro comenzó a interesarse por cada uno de sus pacientes, en los que procuraba ver su alma. De esa forma pudo llegar a conocer la causa profunda de sus padecimientos.

Al poco tiempo se sumó a la clínica su hermano, Juan José, médico también. Se integró muy pronto a la comunidad por su carácter afable, su gran capacidad de trabajo y dedicación a sus pacientes. Juntos pudieron compartir la labor e intercambiar opiniones sobre los casos más complicados.

Durante los años que ambos permanecieron en Jacinto Aráuz crearon un centro asistencial y elevaron el nivel social y educacional de la región. Sentían casi como una obligación el desafío de paliar la miseria que los rodeaba.

Con la ayuda de los maestros, los representantes de las iglesias, los empleados de comercio y las comadronas, de a poco fueron logrando un cambio de actitud en la comunidad que permitió ir corrigiendo sus conductas. Así, lograron que casi desapareciera la mortalidad infantil de la zona, redujeron las infecciones en los partos y la desnutrición, organizaron un banco de sangre viviente con donantes que estaban disponibles cada vez que los necesitaban y realizaron charlas comunitarias en las que brindaban pautas para el cuidado de la salud.

El centro asistencial creció y cobró notoriedad en la zona. En alguna oportunidad Favaloro reflexionó sobre las razones de ese éxito. Sabía que habían procedido con honestidad y con la convicción de que el acto médico "debe estar rodeado de dignidad, igualdad, piedad cristiana, sacrificio, abnegación y renunciamiento" de acuerdo con la formación profesional y humanística que habían recibido en la Universidad Nacional de La Plata.

Renace la pasión por la cirugía torácica

Favaloro leía con interés las últimas publicaciones médicas y cada tanto volvía a La Plata para actualizar sus conocimientos. Quedaba impactado con las primeras intervenciones cardiovasculares: era la maravilla de una nueva era. Poco a poco fue renaciendo en él el entusiasmo por la cirugía torácica, a la vez que iba dándole forma a la idea de terminar con su práctica de médico rural y viajar a los Estados Unidos para hacer una especialización. Quería participar de la revolución y no ser un mero observador. En uno de sus viajes a La Plata le manifestó ese deseo al Profesor Mainetti, quien le aconsejó que el lugar indicado era la Cleveland Clinic.

Lo asaltaban miles de interrogantes, entre ellos el de abandonar doce años de medicina rural que tantas satisfacciones le habían dado. Pero pensó que al regresar de Estados Unidos su contribución a la comunidad podría ser aun mayor. Con pocos recursos y un inglés incipiente, se decidió a viajar a Cleveland. Otra vez, el breve tiempo que pensaba permanecer allí terminó siendo una década.

Trabajó primero como residente y luego como miembro del equipo de cirugía, en colaboración con los doctores Donald B. Effler, jefe de cirugía cardiovascular, F. Mason Sones, Jr., a cargo del Laboratorio de Cineangiografía y William L. Proudfit  jefe del Departamento de Cardiología.

Al principio la mayor parte de su trabajo se relacionaba con la enfermedad valvular y congénita. Pero su búsqueda del saber lo llevó por otros caminos. Todos los días, apenas terminaba su labor en la sala de cirugía, Favaloro pasaba horas y horas revisando cinecoronarioangiografías y estudiando la anatomía de las arterias coronarias y su relación con el músculo cardíaco. El laboratorio de Sones, padre de la arteriografía coronaria, tenía la colección más importante de cineangiografías de los Estados Unidos.

A comienzos de 1967, Favaloro comenzó a pensar en la posibilidad de utilizar la vena safena en la cirugía coronaria. Llevó a la práctica sus ideas por primera vez en mayo de ese año. La estandarización de esta técnica, llamada del "bypass" o cirugía de revascularización miocárdica, fue el trabajo fundamental de su carrera, lo cual hizo que su prestigio trascendiera los límites de ese país, ya que el procedimiento cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria. Está detallado en profundidad en su libro Surgical Treatment on Coronary Arteriosclerosis, publicado en 1970 y editado en español con el nombre Tratamiento Quirúrgico de la Arteriosclerosis Coronaria. Hoy en día se realizan entre 600.000 y 700.000 cirugías de ese tipo por año solamente en los Estados Unidos.

Su aporte no fue casual sino el resultado de conocimientos profundos de su especialidad, de horas y horas de investigación y de intensa labor. Favaloro decía que su contribución no era personal sino el resultado de un equipo de trabajo que tenía como primer objetivo el bienestar del paciente.

Un centro de primer nivel en Buenos Aires

El profundo amor por su patria hizo que Favaloro decidiera regresar a la Argentina en 1971, con el sueño de desarrollar un centro de excelencia similar al de la Cleveland Clinic, que combinara la atención médica, la investigación y la educación, tal como lo dijo en su carta de renuncia a Effler:

"Una vez más el destino ha puesto sobre mis hombros una tarea difícil. Voy a dedicar el último tercio de mi vida a levantar un Departamento de Cirugía Torácica y Cardiovascular en Buenos Aires. En este momento en particular, las circunstancias indican que soy el único con la posibilidad de hacerlo. Ese Departamento estará dedicado, además de a la asistencia médica, a la educación de posgrado con residentes y fellows, a cursos de posgrado en Buenos Aires y en las ciudades más importantes del país, y a la investigación clínica. Como usted puede ver, seguiremos los principios de la Cleveland Clinic."
(De La Pampa a los Estados Unidos)

Con ese objetivo creó la Fundación Favaloro en 1975 junto con otros colaboradores y afianzó la labor que venía desarrollando desde su regreso al país. Uno de sus mayores orgullos fue el de haber formado más de cuatrocientos cincuenta residentes provenientes de todos los puntos de la Argentina y de América latina (Alumni). Contribuyó a elevar el nivel de la especialidad en beneficio de los pacientes mediante innumerables cursos, seminarios y congresos organizados por la Fundación, entre los que se destaca Cardiología para el Consultante, que tiene lugar cada dos años.

En 1980 Favaloro creó el Laboratorio de Investigación Básica  -al que financió con dinero propio durante un largo período- que, en ese entonces, dependía del Departamento de Investigación y Docencia de la Fundación Favaloro. Con posterioridad, pasó a ser el Instituto de Investigación en Ciencias Básicas del Instituto Universitario de Ciencias Biomédicas, que, a su vez, dio lugar, en agosto de 1998, a la creación de la Universidad Favaloro. En la actualidad la universidad consta de una Facultad de Ciencias Médicas, donde se cursan dos carreras de grado -medicina (iniciada en 1993) y kinesiología y fisiatría (iniciada en 2000)- y una Facultad de Ingeniería, Ciencias Exactas y Naturales, donde se cursan tres carreras de ingeniería (iniciadas en 1999). Por su parte, la Secretaría de Posgrado desarrolló cursos, maestrías y carreras de especialización.

En la actualidad, la investigación abarca más de treinta campos en los que trabajan profesionales de distintas disciplinas -medicina, biología, veterinaria, matemática, ingeniería, etc.- en colaboración con los centros científicos más importantes de Europa y Estados Unidos. Se publicaron más de ciento cincuenta trabajos en revistas especializadas con arbitraje internacional.

En 1992 se inauguró en Buenos Aires el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro, entidad sin fines de lucro. Con el lema "tecnología de avanzada al servicio del humanismo médico" se brindan servicios altamente especializados en cardiología, cirugía cardiovascular y trasplante cardíaco, pulmonar, cardiopulmonar, hepático, renal y de médula ósea, además de otras áreas. Favaloro concentró allí su tarea, rodeado de un grupo selecto de profesionales.

Como en los tiempos de Jacinto Aráuz, siguió haciendo hincapié en la prevención de enfermedades y enseñando a sus pacientes reglas básicas de higiene que contribuyeran a disminuir las enfermedades y la tasa de mortalidad. Con ese objetivo se desarrollaron en la Fundación Favaloro estudios para la detección de enfermedades, diversidad de programas de prevención, como el curso para dejar de fumar, y se hicieron varias publicaciones para el público en general a través del Centro Editor de la Fundación Favaloro, que funcionó hasta 2000.

Pero Favaloro no se conformó con ayudar a resolver los problemas de esa necesidad básica que es la salud en cada persona en particular sino que también quiso contribuir a curar los males que aquejan a nuestra sociedad en conjunto. Jamás perdió oportunidad de denunciar problemas tales como la desocupación, la desigualdad, la pobreza, el armamentismo, la contaminación, la droga, la violencia, etc., convencido de que sólo cuando se conoce y se toma conciencia de un problema es posible subsanarlo o, aun mejor, prevenirlo.

Favaloro fue miembro activo de 26 sociedades, correspondiente de 4, y honorario de 43. Recibió innumerables distinciones internacionales entre las que se destacan: el Premio John Scott 1979, otorgado por la ciudad de Filadelfia, EE.UU; la creación de la Cátedra de Cirugía Cardiovascular "Dr René G. Favaloro" (Universidad de Tel Aviv, Israel, 1980); la distinción de la Fundación Conchita Rábago de Giménez Díaz (Madrid, España, 1982); el premio Maestro de la Medicina Argentina (1986); el premio Distinguished Alumnus Award de la Cleveland Clinic Foundation (1987); The Gairdner Foundation International Award, otorgado por la Gairdner Foundation (Toronto, Canadá, 1987); el Premio René Leriche 1989, otorgado por la Sociedad Internacional de Cirugía; el Gifted Teacher Award, otorgado por el Colegio Americano de Cardiología (1992); el Golden Plate Award de la American Academy of Achievement (1993); el Premio Príncipe Mahidol, otorgado por Su Majestad el Rey de Tailandia (Bangkok, Tailandia, 1999).

Desde siempre sostuvo que todo universitario debe comprometerse con la sociedad de su tiempo y recalcaba: "quisiera ser recordado como docente más que como cirujano". Por esa razón, dedicó gran parte de su tiempo a la enseñanza, tanto a nivel profesional como popular. Un ejemplo fue su participación en programas educativos para la población, entre los que se destacaba la serie televisiva "Los grandes temas médicos", y las numerosas conferencias que presentó en la Argentina y en el exterior, sobre temas tan diversos como medicina, educación y la sociedad de nuestros días.

Publicó Recuerdos de un médico rural (1980); De La Pampa a los Estados Unidos (1993) y Don Pedro y la Educación (1994) y más de trescientos trabajos de su especialidad. Su pasión por la historia lo llevó a escribir dos libros de investigación y divulgación sobre el general San Martín: ¿Conoce usted a San Martín? (1987) y La Memoria de Guayaquil (1991).

René Favaloro y la miseria nacional
- Jesús Villar

Conocí a René Favaloro a principios de los años noventa, durante mi periodo de formación como investigador en el Hospital Mount Sinai de la Universidad de Toronto.

 Le escuchaba mientras me sentaba en uno de los pocos sitios libres en el suelo de un auditorio universitario que estaba hasta la bandera de estudiantes, médicos, farmacéuticos, biólogos, investigadores de varios países del mundo y políticos interesados por la ciencia. Había sido premiado junto con Christian Barnard y a Grusin por sus contribuciones en la cardiología y cirugía cardiovascular. Barnard fue el primer cirujano que realizó el trasplante de un corazón humano a otro ser humano. Grusin fue el pionero de la angioplastia coronaria, nombre que se da a una técnica médica mínimamente invasiva que consiste en dilatar las arterias coronarias para evitar la muerte del miocardio o músculo cardiaco. René Favaloro fue el inventor de la técnica quirúrgica conocida como by-pass aortocoronario, que desde su introducción hace más de 30 años ha salvado la vida de millones de enfermos cardiacos en todo el mundo. Desde entonces, estos tres grandes hombres de la cardiología y cirugía cardiaca eran firmes candidatos al Premio Nóbel de Medicina.

Volví a hablar con él por teléfono en 1996 para invitarle a participar, junto a Salvador Moncada y Valentín Fuster, en un curso de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo sobre la importancia de la investigación biomédica. No pudo venir porque las fechas propuestas le coincidían con una visita a EE UU, pero prometió visitarnos en un futuro próximo. No va a poder ser. A finales de julio, Favaloro se suicidó con un disparo de pistola en el corazón, el órgano que según él hacía ruido, bombeaba sangre y podía servir de alimento.

Favaloro era argentino, hijo de una familia humilde de emigrantes italianos. Había estudiado medicina en la Universidad de La Plata en Buenos Aires y ejerció de médico rural en La Pampa. Sus ideas sobre el corazón le llevaron a ser aceptado por la prestigiosa Cleveland Clinic de EE UU para formarse como cirujano cardiovascular a principios de los años sesenta. En Cleveland fue el protagonista de una revolución en la cirugía cardiaca. Los enfermos con infarto agudo de miocardio morían porque el corazón se quedaba sin sangre suficiente para oxigenarlo debido a la obstrucción de las arterias coronarias que lo irrigan. Si las arterias coronarias se originaban en la gran arteria aorta, se le ocurrió crear un puente (en inglés, by-pass) entre la aorta y la arteria coronaria obstruida con un trozo de vena extraída de la pierna del paciente.
Tras experimentar con éxito en perros, en 1965 intervino al primer paciente con esa técnica. Con el paciente anestesiado, el tórax abierto, el corazón parado pero manteniendo la circulación y la oxigenación de la sangre con una máquina que hacía de corazón-pulmón artificial, Favaloro insertó el segmento de vena extraído y lo empalmó por los dos extremos para permitir que la sangre volviera a correr libremente, desde un orificio creado en la aorta hasta otro en la porción abierta de la arteria obstruida, para irrigar el corazón hambriento del combustible de la vida. A partir de ese momento, Favaloro obtuvo el reconocimiento de la comunidad médica internacional y marcó un hito en la popularidad de los avances médicos al cambiar las ideas que se tenían sobre la muerte y el corazón.
Pero además de gran médico y científico, Favaloro era también un gran humanista, intelectual, escritor (autor de un libro histórico sobre José San Martín, libertador de Argentina) e idealista que le llevó a rechazar quedarse en EE UU como responsable de un equipo de cardiólogos y cirujanos cardiovasculares. Su motivo: regresar a Argentina y ayudar al desarrollo de la medicina e investigación médica. Para la Cleveland Clinic, su marcha supuso un verdadero duelo del que nunca se repuso, por más que se le ofreciera el oro y el moro para que se quedara.

Su personalidad, cargada de energía y optimismo le llevó a ser el protagonista indiscutible del desarrollo de la cirugía cardiovascular de toda Hispanoamérica, incluyendo Brasil. Creó el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular dependiente de la Fundación que lleva su nombre y entregó su vida a la docencia y al fomento de la investigación en medio de un ambiente hostil, navegando contra viento y marea y luchando contra la inoperancia, ignorancia y corrupción de los políticos de su país. Mantuvo su vinculación con EE UU, donde sólo por un par de charlas recibía como honorarios más dinero que su salario mensual, bastante similar a lo que ocurre en España, donde alabamos y bien pagamos a los españoles que triunfan fuera; ponemos alfombras a los investigadores extranjeros que nos visitan, y somos verdugos de los investigadores que por cuatro pesetas siguen creando ciencia en el país.

A medida que fue pasando el tiempo, la cara y la mirada de Favaloro se fueron entristeciendo; la visión miserable de la sociedad en la que vivía le hizo mendigar los dineros que necesitaba para mantener la llama de la ciencia médica en su instituto. Pero su llama se fue apagando, y en su carta acusadora dirigida al presidente de la nación, escrita antes de suicidarse, le comentaba que ya estaba cansado de llamar y golpear puertas para recaudar el dinero que permitiera seguir trabajando e investigando a los cientos de médicos, profesionales e investigadores que tenía a su cargo. Es la misma indiferencia y falta de apoyo oficial que sentimos los que investigamos en cualquier lugar de España, donde un jugador de fútbol gana tres millones de pesetas diarios, el sueldo anual de cualquiera que esté ahora mismo intentando encontrar una cura para el asma, el SIDA, el cáncer o las neumonías resistentes a antibióticos, y se gastan cantidades de dinero que producen dolor de oído en programas televisivos realizados por charlatanes y descerebrados con el fin de perpetuarse y multiplicarse.

El mundo está de luto por Favaloro. Su suicidio es el suicidio lento de todos los investigadores españoles obligados a mendigar desde la época de Ramón y Cajal.

[Nota]*Jesús Villar es director de la Unidad de Investigación del Hospital de la Candelaria, de Santa Cruz de Tenerife, e investigador asociado en el Mount Sinai Hospital Research Institute de Toronto (Canadá)

René Favaloro y el país Caníbal - Manuel Lozano

Sarmiento nos había advertido que estábamos convirtiéndonos en pastores de Europa, en criadores de vacas; y más tarde, lo vemos ahora con evidencia, nos convertimos en criadores de cerdos.
(Ezequiel Martínez Estrada, Cuadrante del Pampero)

Porque la cara de la muerte es verde, con la aguda humedad de una hoja de violeta y su grave color de invierno exasperado.
(Pablo Neruda, Residencia en la tierra II)


He leído rápidamente (sí, el adverbio se adecua en claridad a este caso), y no sin una creciente sensación de estupor, las ligeras y hasta obscenas notas publicadas en relación con la muerte de uno de nuestros hombres paradigmáticos, René Favaloro. Pareciera que una capacidad morbosa, por no decir psicopática, se adentrase en quienes sólo con un mero afán de crasa figuración pretenden ganar los primeros espacios de los mass-media.

A esta situación no la percibimos únicamente en las grandes ciudades de nuestro país, sino aún en las más pequeñas comunidades: los personajitos de pacotilla, los oportunistas de siempre, los cuervitos de papel maché, que no dejan de citar -aprovechando siempre la ocasión, es obvio- los previsibles lugares comunes del ego o las complacientes y lucrativas alabanzas a Dios.

Tuve el altísimo honor de compartir una amistad y de colaborar, durante más de diez años, con la poeta Olga Orozco, una de las voces más claras y profundas de la lengua española, una humanista como Favaloro. Recuerdo siempre que Olga, refiriéndose a esos sujetos rastacueristas, los llamaba no sin la caústica ironía que le surgía a borbotones, "sastrecillos de la vida y del idioma, escribientes con mangas de lustrina". ¿A qué buscar el cómo o el porqué de un suicidio, apelando a vagas e improbables motivaciones? Ahora la vida, su vida, en este punto, se transforma en objetos verbales: llámense mensajes, teorías, descubrimientos o experiencias.

¿No convendría preguntamos por los subtextos que conlleva esta muerte: cada uno de los "llamados de alerta" que nos lleva a resistir cada día? Un suicidio es una decisión personalísima de su libertad y no merece el juicio de quienes se arrogan, al mismo tiempo, los roles de fiscales y jueces en una tristísima opereta. El latino, intemporalmente más sabio, advertía: "La puerta está siempre abierta..."

Toda muerte abre entonces un interregno insoluble, frente al cual sólo quedan preguntas flotando en los mares lustrales del enigma. En un ensayo sobre Horacio Quiroga, anota Martínez Estrada, "(...) La muerte que para Pascal y Reclus era un acto en absoluto solitario, también resulta por su anverso una coacción colectiva; porque lo cierto es que nada debe juzgarse de menos responsabilidad propia que la muerte voluntaria. La sociedad es, en definitiva, la responsable y la que tiene que rendir cuentas; sobre ella recae la culpa, tarde o temprano, y la tiene que expiar". Entendamos, pues, el concepto de culpa o responsabilidad de Martínez Estrada, como una idea que tiene que ver menos con la tradición judeocristiana que con un destino de "hybris" helénica o purgamiento en el devenir social de nuestros grandes problemas.

Nuestras autoridades nacionales, acordes con la mejor tradición argentina de solemnidad y de hipocrecía (Borges dixit), ni siquiera parecen intuir lejanamente la trascendencia de esta terrible desaparición. La verborrea pedestre de estos gobernantes está a la orden del día: el secretario general de la Presidencia, Jorge de la Rúa, declara "que el gobierno nacional no tiene culpas que lavar", a la vez que sostiene que "no hay ánimo de salir a polemizar porque entendemos que no hay polémica". Bajo el mismo tenor, el gobernador Ruckauf niega una deuda con la institución, mientras Rodolfo Terragno opina "la muerte de Favaloro anula cualquier debate". Estos representantes del pueblo -de uno u otro signo político- han aprendido lo suficientemente bien las lecciones de los viejos Pilatos vernáculos.

También ha sido refrendada por miembros de la Fundación Favaloro la versión, mediante la cual, la Sra. Felgueras (ex interventora del PAMI) le habría hablado de manera grosera al científico cuando él acudió a reclamar una deuda de tres millones de pesos que "se habría esfumado". Por otra parte, mientras Favaloro recibía diversos homenajes (como el del hospital Pompidou o el Premio del American College of Cardiology) y era inaugurado un busto suyo en París en julio último, la embajada argentina hacía caso omiso de su presencia en esa ciudad, dedicándose a distinguir a los "embajadores agrícolas", Gabriela Sabattini y Guillermo Vilas. Este es el tratamiento especialísimo que prodigan nuestros gobiernos a los científicos e intelectuales. ¿En el ránking mundial del respeto a la ciencia y la cultura (la pregunta es paródica) qué sitio ocupa este país? Su amigo, el cirujano Carlos Chachques, rememorando el encuentro en París, declara: "llegamos a la conclusión de que la Argentina es un país antropófago. Se devora a sus mejores hijos".

La carta enviada por Favaloro al subdirector del diario "La Nación", Dr. José Escribano, se transforma a la luz de los hechos ocurridos, en un verdadero testamento póstumo. Revela de manera harto dramática: "Se nos adeudan dieciocho millones de dólares y se hace cada vez más difícil sostener nuestro trabajo diario que como siempre se brinda a toda la comunidad sin distinción de ninguna naturaleza, con tecnología de avanzada y personal altamente calificado, además de la tarea docente y de investigación. Le envío una nota que destaca los hechos recientes. Quizá le sorprenda que no esté de acuerdo con la modestia que siempre me ha acompañado. Le ruego su publicación -realmente lo necesito- para que se vea cómo se me trata en el mundo en contraste con lo que sucede en mi país. Me refiero a aquéllos vinculados al quehacer médico. La mayoría de las veces un empleado de muy baja categoría de una obra social -gubernamental o no- o de Pami ni contesta mis llamados"

Esa misma carta remata de la siguiente manera, "En este último tiempo me he transformado en un mendigo (...) Yo no vivo de homenajes, me duran unos momentos. Sí vivo de las pequeñas cosas de la vida y desde siempre mi satisfacción es ser útl a los semejantes". Este mensaje fue remitido a seis funcionarios y al Dr. Escribano. Sólo este último respondió al cardiocirujano. No resulta casual que el Premio Nobel de Medicina y Fisiología César Milstein llame al gobierno "a revisar toda la política oficial con respecto a la ciencia en Argentina".

Para seguir la tesis de Martínez Estrada, nuestro Favaloro eligió la muerte antes que la indignidad, la ley de Antígona (vale decir la memoria más pura de la especie humana) a los brutales dictados de Creonte. "(...) Esa era la ley, la ley de Antígona y no la de Creonte, a la que todavía en el siglo pasado obedecían los hombres de pro. Hasta que sus hijos se atuvieron a leyes, ordenanzas y edictos escritos en papeles timbrados y no en la conciencia libre de los hombres sanos", escribe el autor de "La cabeza de Goliat". "Si los intelectuales que sienten la cultura como un bien indispensable para su vida trabajan para defenderla de toda sumisión, especialmente si es ominosa, todo está salvado; pero si se doblegan y entran en el servicio de las grandes empresas anónimas que envilecen al hombre en su alma para esclavizarlo, todo se habrá perdido. Se trata, otra vez, de poder decir no y de saber morir antes de tiempo", remata el pensador.

Su indoblegable humanismo lo acompañó hasta el final. Sus últimas horas me recuerdan las últimas horas de Sócrates. El filósofo conversa con sus discípulos de los temas más variados, discurre sobre el alma y sus transmigraciones. Le pide a un amigo que luego de su muerte ofrezca un gallo a Esculapio, dios de la medicina. Borges señala que este hecho "tiene el sentido de señalar que Esculapio, dios de la medicina, lo ha curado del mal esencial, la vida". Favaloro trabajó hasta el final, como si quisiese sacarle dramaticidad a una decisión largamente razonada.

Georges Bataille, exquisito indagador y fusionador de los emblemas del bien y del mal, dictamina: "Ante la especie humana se plantea una doble perspectiva. Por una parte, la del placer violento, el horror y la muerte -exactamente la de la poesía- y, en sentido opuesto, la de la ciencia o el mundo real de la utilidad (...) Jamás tenemos el derecho de preferir la seducción: la verdad tiene derechos sobre nosotros. Incluso tiene sobre nosotros todos los derechos. Sin embargo podemos, e incluso debemos, responder a una cosa que, no siendo Dios, es más fuerte que todos los derechos: este imposible al que no accedemos sino olvidando la verdad de todos aquellos derechos, aceptando su desaparición".

¿Por qué no leer con más seriedad y respeto esta última decisión de un hombre que entregó su vida por el prójimo? ¿Por qué no asumir el espléndido trazado de una vida ejemplar, que excede en demasía el ejercicio de una disciplina científica, para transformarse en un arquetipo de lo humano en vías de extinción? ¿Qué sentido tienen ahora los panegíricos funerarios, un premio post-mortem, o las banderas a media asta por decreto presidencial? ¿Tal vez ya nadie recuerda que el desquiciado vocablo "patria", significó en otros tiempos, "la tierra de nuestros padres"?

Como los suicidios de Leandro Alem, de Alfonsina Storni, de Horacio Quiroga, de Lugones, o de un Lisandro de la Torre en las primeras décadas del siglo; como el lento y cruel suicidio de su amigo Martínez Estrada o de un Héctor Alvarez Murena, éstos últimos enfermos de un país que todavía hoy no los vindica, la muerte de nuestro querido Favaloro es más que una advertencia, que un mero grito desolante en mitad de un país cariado por la corrupción y el aletargado abandono de sus políticos analfabetos. Es el emblema humano de la inmolación de uno de nuestros últimos maestros. Es un tremendo alarido que resplandece en medio del desierto y nos obliga a actuar. -
Fuente Fundación Favaloro

Anexo 1: Carta final antes del suicidio
 


 

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