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Biografías / Biographies
Robert (Bobby) James Fischer

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Bobby Fischer

 

Recurso disponible en: Español. Inglés

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Bobby Fischer según la revista Life

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La Muerte juega al ajedrez con El Caballero, en "El Séptimo Sello" de I Bergman

0108 - Biografía - Ajedrez al Ataque - Javier Cordero Fernández


Robert James Fischer nació en Chicago el 9 de Marzo de 1943.

Fischer aprendió a jugar al ajedrez, junto a su hermana, a la edad de 6 años. Ambos lo aprendieron de una forma simple: leyendo el folleto que venía en el juego y que explicaba como mover las piezas. A partir de ahí no prestó atención a otro cosa que no fuera el de los 64 escaques. A los 12 años se negó a ir a la escuela, los argumentos que dio a su madre fueron: "Prefiero ser el mejor del Mundo en ajedrez que uno más entre muchos con cualquier carrera".

Bobby Fischer era un niño prodigio con un cociente intelectual de 184 (más que Einstein), pero en sus comienzos en el ajedrez no destacó como otros niños prodigio (Reshevsky, Capablanca, Morphy...). Los éxitos le llegarían en la adolescencia. Con 15 años y 6 meses obtuvo el título de Gran Maestro, fue el jugador más joven de la Historia en lograrlo. Hoy en día, con la ayuda de las computadoras, que ejercen de entrenadores, se logra dicho título a edades más tempranas; por ejemplo Sergei Karjakin con 12 años y 7 meses.

Fischer se convirtió en un jugador imbatible, no solo vencía en los torneos, sino que lo hacía de forma aplastante (por ejemplo en el Campeonato de los Estados Unidos de 1964 venció en las 11 partidas que disputó). Su temprano talento le llevó a ser apodado como el Mozart del ajedrez. (Ver Palmarés)

Estudió a los maestros del Siglo XIX, cosa que se reflejó en su juego. Siempre que podía buscaba una eléctrica combinación que destrozase la defensa de su rival. En realidad era un jugador de estilo universal, es decir, dominaba todas las formas de juego. Su única prioridad era la victoria y le daba igual el modo de llegar a ella. Por eso podía hacerlo de manera tranquila, estilo Petrosian, o de forma brillante como Anderssen. Hay jugadores más espectaculares, pero Fischer tenía tanto talento que podía combinar como los mejores.

En 1956 jugó la que es considerada su mejor partida: D. Byrne-B. Fischer (New York 1956), esta partida fue denominada como "La inmortal del Siglo XX". Ese mismo año consiguió su primer triunfo importante al vencer en el Cto. Júnior de los Estados Unidos, en Philadelphia (con sólo 13 años). El año 1957 fue el de su consagración, varios victorias logradas en su país le abrieron las puertas de los torneos internacionales europeos. De este modo podía empezar a competir por su gran sueño: el Campeonato del Mundo. Hay que resaltar que fue campeón de su país con 14 años, ante rivales tan importantes como Reshevsky o Byrne.

Fischer era la única amenaza que los jugadores soviéticos veían en el horizonte. El dominio de esta prolífica saga de jugadores era devastador desde hacía décadas y ante la amenaza venida desde el Atlántico decidieron unirse. Esto ocurrió en múltiples torneos, los jugadores de la URSS jugaban al 100% contra Fischer y luego reservaban fuerzas cuando se enfrentaban entre si (con tablas en pocos movimientos). Un claro ejemplo ocurrió en el torneo de candidatos de 1962, Petrosian fue primero seguido de Geller y Keres. Fischer fue 4º tras duras batallas contra sus rivales de la URSS. Hay que reconocer el potencial de la escuela soviética, tenían varios jugadores con capacidad suficiente para ser campeones del mundo.

Durante esa época Fischer publicó la primera de sus famosas listas de los mejores jugadores de la historia. En ella se puede ver la influencia de los jugadores románticos en todos los ajedrecistas jóvenes. Años más tarde publicaría una segunda lista. Podéis ver ambas en: (Ver listas).

Estos no fueron tiempos fáciles para Bobby, en la mayoría de los torneos era superado por alguno de los representantes soviéticos. Aun así consiguió varios triunfos de renombre y siempre estaba en la parte alta de todas las competiciones a las que acudía. En los torneos disputados en Estados Unidos no conoció rival, solo en uno quedó apeado del primer lugar (Santa Mónica 1966, 2º).

Hablemos ahora de un rasgo que le acompañó siempre (por fortuna o por desgracia): la polémica. Sus declaraciones nunca dejaban indiferente a nadie, siempre demostrando una confianza en si mismo infinita. Sus discrepancias con los organizadores de los torneos eran algo habitual, mantener contento a Mozart era verdaderamente difícil. Pero gracias a él los ajedrecistas empezaron a cobrar sumas más altas por dedicarse a su profesión.

Pero todo era secundario para Bobby. Su meta era luchar por ser campeón del Mundo y su gran momento llegó en el año 1971. Acudió al torneo de candidatos como gran favorito y no defraudó a nadie. Para ese torneo se había buscado una formula para acabar con las alianzas de los jugadores de la URSS y se encontró una: eliminatorias. En este formato Bobby no encontró rival y desplegó un ajedrez espectacular. Estos fueron sus resultados:

  • Cuartos de final : Fischer 6 - Taimanov 0

  • Semifinales : Fischer 6 - Larsen 0

  • Final : Fischer 6'5 - Petrosian 2'5

Y Bobby Fischer (En la foto, a la derecha) se había ganado el derecho a luchar por la corona mundial que estaba en poder de Boris Spassky (En la foto, a la izquierda).

Este duelo por el Campeonato del Mundo fue considerado como el match del Siglo. Con un claro trasfondo político, en plena guerra fría, ambos jugadores recibieron todo el apoyo de sus respectivos países.

Fischer nunca había derrotado a Spassky hasta ese momento, cosa que no le preocupaba demasiado. El encuentro era tan importante que varias ciudades pujaron por albergarlo, al final se disputó en Reykjavik (tras la renuncia de Belgrado por las exigencias de Fischer). Este evento levantó una gran expectación en todo el mundo, miles de aficionados llegaron a Reykjavik y cientos de periodistas se acreditaron para cubrir la información de cada partida. El match tuvo que ser aplazado por nuevas exigencias del norteamericano. Ni con el comienzo del encuentro Fischer se tranquilizó, no se presentó a la segunda partida por desavenencias con los organizadores. Finalmente el match pudo continuar y Fischer logró hacerse con el triunfo tras unos comienzos dubitativos. Este triunfo terminaba con el dominio soviético, que duraba desde el año 1948 y que no parecía tener fin. El match transcurrió como sigue:

 

Campeonato del Mundo - Reykjavik 1972

 

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

Tot.

Spassky

1

1

0

=

0

0

=

0

=

0

1

=

0

=

=

=

=

=

=

=

0

8'5

Fischer

0

0

1

=

1

1

=

1

=

1

0

=

1

=

=

=

=

=

=

=

1

12'5

 

Tras proclamarse campeón del mundo Fischer no volvería a participar en ningún torneo más. Sus desavenencias con la FIDE eran totales y se negó a defender su título en 1975 ante Anatoly Karpov, que pasó a ser el nuevo campeón del mundo sin haber movido una sola ficha en ese match. Karpov negoció con Fischer varias veces para que el match se celebrase, pero éste se negó. Es una verdadera pena habernos quedado tan pronto sin el talento de este fenomenal jugador.

A partir de aquí Fischer desapareció sin que nadie supiese nada de él. Sólo volvió a dar señales de vida por algún escándalo poco claro. En 1992 (20 años después de retirarse) decidió volver al mundo del ajedrez para jugar un match contra Boris Spassky (no oficial). El match se celebró en Sveti Stefan (Yugoslavia) y fue ganado por Fischer por 10-5 (10 victorias, 15 tablas y 5 derrotas). Con este resultado demostraba al mundo entero que, a pesar de los 20 años que llevaba retirado, seguía siendo un jugador capaz de jugar al máximo nivel. Y una vez más Bobby decidió retirarse del ajedrez y evadirse del mundo.

Es mejor recordarle por sus buenas cualidades, como su forma de jugar. Su estilo era agresivo, buscaba atacar y atacar hasta la victoria. Siempre comentaba que los que no jugaban 1.e4 en la apertura eran unos cobardes. Debido a esto su repertorio de aperturas no era muy amplio, pero lo compensaba con una comprensión del juego sólo a su alcance.

Consideraba que la teoría de las aperturas mataba la creatividad y esto le llevó a crear una nueva forma de jugar al ajedrez: el sistema Random. Dicha modalidad consistía en una colocación diferente de las piezas: los peones se colocaban igual, pero la posición de las otras piezas se decidía por sorteo antes del comienzo de la partida. Esto daba lugar a una posición inicial distinta, con lo que el conocimiento de las aperturas pasaba a no tener relevancia.

Fischer siempre fue un personaje peculiar, con rasgos entrañables y con otros verdaderamente insoportables. Siempre demostró ser una persona íntegra, fiel a sus ideas. Una de ellas era la sinceridad, trataba de no mentir nunca y repudiaba cualquier tipo de falsedad. Una prueba de ello nos la dio al principio de su carrera, su madre había conseguido un contrato de 500 $ para que Bobby protagonizase un anuncio de pianos. En el anuncio aparecería tocando el piano, pero como Fischer no sabía tocarlo se negó a rodar porque no quería engañar al público de esa manera. Algo parecido le ocurrió poco antes de su match con Spassky. Una marca de productos para el cabello le ofreció una alta suma para que apareciese en sus anuncios. Por supuesto Fischer se negó aduciendo que él no usaba ninguna crema para el cabello, por lo que no podía aparecer en un anuncio fingiendo que las utilizaba.

Esta forma de ser dio pie a muchas anécdotas, una de ellas estuvo relacionada con su nula afición a las bebidas alcohólicas: durante un torneo en Zagreb la organización obsequió a cada jugador con dos botellas de licor típico de la región. Por aquel entonces Bent Larsen era el segundo de a bordo del equipo de Fischer. Bent fue a la habitación de Bobby para ver que tal se encontraba y le encontró tratando de abrir las botellas. Larsen, sorprendido, le dijo "¿Quieres beber eso ahora?". Bobby le contestó "No, lo que quiero es tirarlas por el lavabo". Larsen trató de convencerle de que no lo hiciese, que por lo menos se las regalase a algún amigo. Bobby fue tajante: "No quiero ser el responsable de la intoxicación de un ser humano". Una persona siempre fiel a sus principios, hasta la última consecuencia.

En cuanto a su vida en los últimos años, de vez en cuando aparece en escena concediendo una entrevista a alguna radio o escribiendo un artículo en algún periódico. La mayoría de las veces lo hace para dar alguna opinión política, generalmente para criticar alguna acción de su país con la que no está de acuerdo (por ejemplo, el embargo a Cuba o la reciente guerra de Irak). Hay que recordar que Fischer no puede entrar en los Estados Unidos ya que hay una condena de 10 años de cárcel esperándole (está condenado por escupir sobre una Orden que decía que violaría sanciones de las Naciones Unidas si jugaba al ajedrez en Yugoslavia, cosa que hizo durante su match con Spassky en 1992).

Se rumorea que hoy en día juega al ajedrez por Internet, pero de manera anónima. Dicen que es fácil reconocerle por su típico movimiento de rey en las primeras jugadas, donde rechaza enrocarse y mueve su monarca a e2 ó d2. Por lo que ustedes pueden estar jugando una partida contra Fischer en cualquiera de los múltiples portales para jugar al ajedrez que hay en el Mundo.

Las últimas noticias que se tienen de él son muy recientes y nada buenas. Ha sido detenido en el aeropuerto de Narita (Tokio) por llevar el pasaporte caducado. Esto ocurrió cuando se disponía a viajar a Filipinas para ver a su única hija. Los Estados Unidos han reaccionado con rapidez y han pedido su extradición por lo ocurrido en Yugoslavia en 1992. Sería un triste final para Fischer acabar en la cárcel, a mi personalmente me apenaría que un gran campeón como él acabara de esta forma. Bonito el gesto de Boris Spassky que ha escrito una carta a George Bush pidiendo que retiren las acusaciones contra Fischer por la importancia de este para el deporte estadounidense. Además añadió que si Fischer era encarcelado también deberían encarcelarle a él y así podría jugar al ajedrez con Bobby en la cárcel. Parece ser que Islandia le quiere dar asilo político, pero de momento no se sabe si lo podrán lograr.

Bobby Fischer es una leyenda viva y para muchos es el mejor jugador de la Historia. Lo que está claro es que su talento es muy difícil de igualar, aunque nos hubiese gustado que se enfrentase a Karpov y Kasparov para ver que hubiese ocurrido.

Las estadísticas de Fischer son: victorias 447, tablas 251 y derrotas 89; con un promedio de 72'3% (el promedio se saca de sumar victorias y tablas, y dividirlo por las partidas totales). A pesar de lo corta que fue su carrera llegó a tener un ELO máximo de 2.785 ptos, algo sólo superado por Kasparov... y en la actualidad por Anand, Topalov y Kramnik. Aunque estos jugadores no tienen tanto mérito porque se dedican a jugar pocos torneos, disputando sólo aquellos en los que pueden perder pocos puntos, de esta manera van engordando su casillero sin demasiados problemas.

Para finalizar este artículo aquí tenéis unas partidas del ¿mejor jugador de la Historia?...
 

 

B. Fischer  1 - Kupper  0           B. Fischer : blancas

            Zurich  1959                      Kupper     : negras

1. e4 / c5  2. Cf3 / Cc6  3. d4 / cxd4  4. Cxd4 / Cf6  5. Cc3 / d6  6. Ac4 / e6

7. Ab3 / Ae7  8. 0-0 / Cxd4  9. Dxd4 / 0-0  10. Rh1 / b6  11. f4 / Ab7  12. f5 / e5

13. Dd3 / h6  14. Tf3 / Tc8  15. Th3 / Rh7  16. Ae3 / Dd7  17. Cd5 / Axd5

18. Axd5 / Cxd5  19. exd5 / Af6  20. Axh6 / gxh6  21. De3 / Ag7  22. f6 / Th8

23. Tf1 / Db5  24. Df3 / Tc4  25. Df5+ / Abandono ( Kupper ).
 

Después de 19... Af6

 
 
 

B. Fischer  1 - Gligoric  0          B. Fischer : blancas

        Yugoslavia  1959                  Gligoric    : negras

 

1. e4 / c5  2. Cf3 / Cc6  3. d4 / cxd4 4. Cxd4 / Cf6  5. Cc3 / d6  6. Ac4 / Ad7

7. Ab3 / g6  8. f3 / Ca5  9. Ag5 / Ag7  10. Dd2 / h6  11. Ae3 / Tc8  12. 00-0 / Cc4

13. De2 / Cxe3  14. Dxe3 / 0-0  15. g4 / Da5  16. h4 / e6  17. Cde2 / Tc6

18. g5 / hxg5  19. hxg5 / Ch5 20. f4 / Tfc8  21. Rb1 / Db6  22. Df3 / Tc5

23. Dd3 / Axc3  24. Cxc3 / Cxf4  25. Df3 / Ch5  26. Txh5 / gxh5  27. Dxh5 / Ae8

28. Dh6 / Txc3  29. bxc3 / Txc3  30. g6 / fxg6  31. Th1 / Dd4

32. Dh7+ / Abandono ( Gligoric ).

Después de 25...Ch5

 
 
 

Leteletier  0 - B. Fischer  1         Leteletier : blancas

             Leipzig  1960                     B. Fischer : negras

 

1. d4 / Cf6  2. c4 / g6  3. Cc3 / Ag7  4. e4 / 0-0  5. e5 / Ce8  6. f4 / d6  7. Ae3 / c5

8. dxc5 / Cc6  9. cxd6 / exd6  10. Ce4 / Af5  11. Cg3 / Ae6  12. Cf3 / Dc7

13. Db1 / dxe5  14. f5 / e4  15. fxe6 / exf3  16. gxf3 / f5  17. f4 / Cf6

18. Ae2 / Tfe8  19. Rf2 / Txe6  20. Te1 / Tae8  21. Af3 / Txe3  22. Txe3 / Txe3

23. Rxe3 / Dxf4+  24. Abandono ( Leteletier ).

 

Después de 21.Af3

 
 
 

B. Fischer  1 - Najdorf  0        B. Fischer : blancas

           Varna  1962                     Najdorf    : negras

 

1. e4 / c5  2. Cf3 / d6  3. d4 / cxd4  4. Cxd4 / Cf6  5. Cc3 / a6  6. h3 / b5

7. Cd5 / Ab7  8. Cxf6+ / gxf6  9. c4 / bxc4  10. Axc4 / Axe4  11. 0-0 / d5

12. Te1 / e5  13. Da4+ / Cd7  14. Txe4 / dxe4  15. Cf5 / Ac5  16. Cg7+ / Re7

17. Cf5+ / Re8  18. Ae3 / Axe3  19. fxe3 / Db6  20. Td1 / Ta7  21. Td6 / Dd8

22. Dc2 / Dc7  23. Axf7+ / Rd8  24. Ae6 / Abandono ( Najdorf ).

Después de 13...Cd7

 
 
 

B. Fischer  1 - Panno  0           Fischer : blancas

    Buenos Aires  1970                 Panno  : negras

 

1. e4 / c5  2. Cf3 / e6  3. d3 / Cc6  4. g3 / g6  5. Ag2 / Ag7  6. 0-0 / Cge7

7. Te1 / d6  8. c3 / 0-0  9. d4 / cxd4  10. cxd4 / d5  11. e5 / Ad7  12. Cc3 / Tc8

13. Af4 / Ca5  14. Tc1 / b5  15. b3 / b4  16. Ce2 / Ab5  17. Dd2 / Cac6

18. g4 / a5  19. Cg3 / Db6  20. h4 / Cb8  21. Ah6 / Cd7  22. Dg5 / Txc1

23. Txc1 / Axh6  24. Dxh6 / Tc8  25. Txc8+ / Cxc8  26. h5 / Dd8  27. Cg5 / Cf8

28. Ae4 / De7  29. Cxh7 / Cxh7  30. hxg6 / fxg6  31. Axg6 / Cg5  32. Ch5 / Cf3+

33. Rg2 / Ch4+  34. Rg3 / Cxg6  35. Cf6+ / Rf7  36. Dh7+ / Abandono ( Panno ).

Después de 28...De7

 
 

Bobby Fischer según la revista Life - Revista LIFE, 12 de noviembre de 1971 - Texto: Brad Darrach - Fotos: Harry Benson - Fuente David LLada

La revista LIFE es, desde su fundación en 1936 por Henry Luce, todo una institución dentro del fotoperiodismo. Un reconocimiento que, a pesar de su marcado papel como instrumento de propaganda yankee a lo largo de los años, nadie le niega.

En su portada han aparecido algunas de las imágenes más trascendentes del siglo XX, como por ejemplo, las incomparables fotografías bélicas de Robert Capa durante el día D, la caída de Berlín, o la de ese soldado del ejército rojo chino cuyo rostro impasible causa tanta impresión. Esta revista también ha inmortalizado la frescura de la mejor Marilyn Monroe en las fotografías de Philip Halsman, o el empecinamiento -ya cercana la derrota- de los americanos en Vietnam, retratado inmejorablemente por Henri Huet.

A partir de este viernes, 20 de abril, esas legendarias portadas dejarán de pasar por la imprenta. LIFE, este icono del fotoperiodismo, se volcará en exclusiva en su versión en internet, abandonando para siempre los kioskos.

La parte buena del asunto es que LIFE anuncia que su inmenso archivo fotográfico, compuesto por más de 10 millones de imágenes –en su mayor parte inéditas- estará disponible online de forma gratuita. Pero qué duda cabe de que la mayor parte del encanto se habrá perdido.

Aquellos que conservan números antiguos de la revista están haciendo su agosto ahora, a costa de los mitómanos que se han lanzado a comprar en las subastas por internet los ejemplares cuya portada estaba consagrada a la estrella de turno.

Yo, aunque lejos de ser un mitómano, no pude resistirme a comprar una de ellas: La del 12 de noviembre de 1971, que muestra en su portada la imagen de Bobby Fischer, el legendario ajedrecista norteamericano. La compré por unos modestos 18 dólares en ebay, y la tengo desde hace un mes entre algodones en mi casa. Los retratos de Harry Benson, tomados en un rancho de argentina poco después de su victoria sobre Petrosian, ilustran una extensa entrevista/perfil que no tiene desperdicio, y que en los próximos días traduciré -y publicaré por entregas- en este blog.

Al igual que para muchos aficionados a la música la imagen por excelencia de los Beatles es la de los cuatro de Liverpool cruzando la calle por Abbey Road, para mí la imagen por excelencia de Fischer es ésta. Bobby era, entonces, un hombre de ojos huidizos y nerviosos, por lo que no era fácil –imagino- retratarle su mirada. Mucho menos así, frontalmente, invitándonos a leer lo que se escondía en esa prodigiosa mente llena de enigmas.

Voces de enfado atraviesan la puerta de la habitación de hotel de Bobby Fischer en el mismo momento que levanto mi mano para llamar a ella. “¡Maldita sea, estoy harto de todo esto!”, le oigo gritar a Bobby. “Estoy harto de ver a gente, necesito trabajar, necesito descansar! ¿Por qué no me preguntaste antes de concertar todas estas citas?”. Entonces escucho la voz, suave y llena de dignidad, del director ejecutivo de la USCF, dirigiéndose al hombre que podría ser el mejor ajedrecista de la historia en un tono sólo ligeramente superior a un lamento: “Bobby, desde que llegamos a Buenos Aires no he hecho nada más que cuidar de ti, día y noche. ¡Eres un desagradecido!”.

Eran las tres en punto de la tarde, un poco temprano para que Fischer estuviese ya levantado. Diez minutos más tarde, en vista de que el hall estaba silencioso, finalmente me atreví a llamar a la puerta, y Fischer abrió la puerta con brusquedad. “Ah, sí, el tipo de la revista Life. Pasa”. Su sonrisa era amplia y juvenil, pero sus ojos eran cautelosos. Alto, ancho y flaco, con una cabeza demasiado pequeña para su gran cuerpo, me recordaba a una pálida versión humana de una escultura de Henry Moore. Le había visto con anterioridad en dos ocasiones, pero nunca antes tan cansado.

Me detuve nada más atravesar el umbral. La habitación era un desastre, peor que un piso de estudiante. La ropa de cama se apilaba en grandes montones sobre el suelo. Calcetines, ropa interior, bolsas, periódicos y revistas formaban un revoltijo en la cama desocupada. Las cajas se apilaban sobre el sofá, y en el suelo, entre los muebles, había una graciosa cáscara de plátano. El único rincón limpio del cuarto era una pequeña mesa junto a la ventana, donde un hermoso tablero de ajedrez de madera había sido colocado. Sereno y hermoso, como un altar entre los escombros de la batalla.

Un campo de batalla es lo que ha sido la vida de Fischer en los últimos 11 meses. En Mayo, tras una racha de siete victorias en partidas de torneo, el prodigio de Brooklyn, de 28 años, comenzó su andadura en el desafío por el campeonato del mundo de ajedrez. En el primero de los tres matches eliminatorios destrozó al ruso Mark Taimanov por 6-0, siendo la primera vez que se daba tal resultado en un encuentro a nivel magistral. En el segundo match Fischer liquidó al danés Bent Larsen con el mismo resultado. En su duelo con el ruso Tigran Petrosian, finalizado dos días antes de mi llegada a Buenos Aires, Fischer elevó su racha de victorias consecutivas a 20, pero entonces se resfrió y perdió una partida. Con el match empatado 2½ - 2½, Bobby cambió de hotel, tomó un buen sueño reparador, y condujo las cuatro últimas partidas contra el ex campeón del mundo como si se tratasen de una brutal exhibición de fuerza. Un día de la próxima primavera, en un lugar aún por determinar, Fischer se enfrentará al ruso Boris Spassky en una batalla al mejor de 24 partidas, estando el juego el título mundial que ostenta el ruso. Spassky es un Gran Maestro formidable, pero incluso algunos de los mejores expertos soviéticos creen ahora que Fischer acabará con los 35 años de dominación rusa en el ajedrez para convertirse en el primer americano de la historia que conquista el Campeonato del Mundo.

- “Felicidades por su victoria”, trato de decir.

- “Sí, sí…”, farfulla Fischer tímidamente y se aparta para coger un abrigo y una corbata. “Tengo que comer. Me muero de hambre. Hablamos después”. Y se va apresuradamente a desayunar con unas 20 revistas de ajedrez rusas plegadas bajo el brazo.

En el vestíbulo la gente se precipita sobre Fischer desde todas las direcciones. Él parece asustado e irritado. En Argentina existe un gran fervor ajedrecístico (hay 60 clubs sólo en Buenos Aires) y durante más de un mes Fischer ha sido acosado día y noche con la típica efusividad latina. Un hombre canoso le agarra y le habla seriamente. Una chica se cuelga de su brazo y le dice algo intenso que le hace recular y después alejarse a zancadas. Un equipo de televisión deportiva estadounidense le toma por el codo para intentar retenerle, pero él no acepta ser interrumpido. “¡Después!”, les espeta Fischer, inclinándose hace adelante, y tambaleándose con sus fuertes y desgarbadas zancadas que le hacen parecer el Capitán Ahab avanzando con fuerte viento.

En el London Grill, una réplica del típico pub inglés de agradable y decadente encanto, Fischer se dirigió a una mesa del fondo y pidió dos vasos grandes de zumo de naranja natural, el bistec más grande de la casa, una ensalada mixta y una botella de agua mineral con gas. Cinco minutos después pidió otro vaso de zumo y, para cuando ya se preparaba para un enorme postre de bananas y sabrosísima crema de Chantilly, ya había terminado su cuarta botella de agua mineral. Comía con el vigor oral de una barracuda y hablaba incesantemente de lo buena que era la comida. “¡Mira este zumo: fresco, no helado! ¿Y dónde puedes encontrar un vaso tan grande por menos de 10 centavos? ¡Mira este bistec! Tiene un grosor de 5 centímetros como mínimo. ¡Y puedes saborearlo de verdad! No como esa pésima carne americana, llena de químicos. ¡Esta carne es natural! Lo que yo te diga, la comida argentina es la mejor del mundo, ¡la mejor del mundo! Aquí van a por la calidad. Como la ropa. Aquí puedes conseguir una chaqueta de sastre por menos de 100 $, ¡y duradera! Y zapatos. Aquí tienen los mejores zapatos del mundo. Mira este par que llevo puesto. Éstos que llevo puestos: ¡míralos!” Desata rápidamente un enorme zapato marrón, se descalza y lo pone ante mí sobre la mesa. “¡Mira esa suela! Yo gasto un par normal de zapatos en unos días, ¡en unos días! Pero llevo usando estos durante un año y continúan en buen estado. Quiero decir que amo América y nunca he sido otra cosa que un americano, pero las cosas se están viniendo abajo allí. Que cada uno se ocupe de lo suyo simplemente no funciona. ¡Necesitamos organización! ¡Necesitamos volver a los viejos valores!” Negó tristemente con la cabeza y pidió otro plato de bananas y Chantilly.

A la tarde, como hace todas las tardes de los viernes de su vida, Fischer desapareció en su habitación durante 24 horas para meditar en soledad. Pertenece a la Iglesia de Dios, una iglesia fundamentalista californiana, y se toma la religión en serio. No hablará del tema, de todas formas. No hablará nunca con la prensa de ningún aspecto de su vida privada. Pero es mucho lo que ya se sabe.

Hijo de un matrimonio roto, Bobby creció en Brooklyn con una madre dominante y un padre ausente. Tenía una apariencia solitaria y un poco retraída, sin destacar en absoluto por nada, hasta que un día, cuando tenía 6 años, su hermana mayor trajo a casa un juego de ajedrez. Desde ese día, el destino se apoderó de Bobby. Padre, madre, amigos: toda la gente que necesitaba, la encontró en las figuras del ajedrez, todo el mundo que él quería cabía en el espacio de 30 centímetros cuadrados.

A los 13 años, Bobby ganó el campeonato juvenil de EEUU. Y a los 14, se abrió camino a lo largo de 11 partidas -tres de ellas frente a Grandes Maestros- para convertirse en el campeón de EEUU más joven de todos los tiempos. Sin embargo su madre creía firmemente que no se le valoraba como se debía. Fue a Washington a protestar por Bobby, llegando un día a encadenarse literalmente a la verja de la entrada de la Casa Blanca. Sumamente avergonzado, Bobby la fue empujando fuera de su vida de forma gradual. A los 17, dejó la escuela (“los profesores”, decía, “son gilipollas”) y vivió solo en un laberinto de literatura ajedrecística.

A los 18, Fischer jugaba con una brillantez tan endiablada que los maestros de este deporte estaban seguros de que se convertiría en campeón del mundo al año siguiente. Pero después del torneo de Curaçao, acusó a los rusos de jugar en equipo, dejando ganar a sus mejores jugadores, y luchando como tigres para derrotarle a él. En un ataque de furia producido por la humillación, rehusó enfrentarse a los rusos de nuevo hasta que las normas fuesen modificadas. La prensa se burló de él calificándole de mal perdedor, pero a pesar del altísimo precio que su carrera tuvo que pagar por ello, Fischer no modificó su postura ni un ápice. Ahora, la organización mundial del ajedrez ha desestimado el sistema de torneo para el campeonato del mundo y lo ha sustituido por una serie de enfrentamientos individuales, tal como Fischer reclamaba. Mano a mano, razonaba, el talento decidirá.

El talento y la erudición. Fischer es el más profundo estudiante del ajedrez que jamás ha existido. Lee incesantemente, no olvida nada, convierte el conocimiento en acción con monstruosa precisión y ferocidad. “Ningún otro maestro”, me dijo un experto alemán, “tiene tan tremenda voluntad de ganar. Ante el tablero irradia peligro, e incluso los más fuertes oponentes tienden a quedarse inmóviles, como conejos cuando huelen una pantera. Incluso sus debilidades son peligrosas. Con las blancas su apertura es previsible –puedes hacer planes contra ella- pero tan fuerte que tus planes casi nunca funcionarán. En el medio juego su precisión e invención son fabulosas, y en el final simplemente no puedes vencerle”.

En la tarde del sábado Fischer sale impetuosamente del ascensor, en dirección al vestíbulo del hotel. Una multitud aún mayor le aguardaba allí. Mortalmente pálido por el hambre tras un día de ayuno, bajó la cabeza y se dirigió a la calle. Había prometido a una cadena de televisión americana una entrevista esa noche, pero apartó a un lado con impaciencia al cámara. “¡Más tarde, más tarde!”.

El sonido del disparador de las cámaras de fotos suenan por todas direcciones según Bobby sale a la luz del día. Un ronco paparazzo argentino le persiguió disparando su objetivo con insistencia. De pronto Fischer se volvió hacia él, intentó agarrar su cámara sin conseguirlo y entonces le dio dos patadas en la pierna derecha. Antes de que el fotógrafo pudiese recuperar el equilibrio, Fischer dobló la esquina y desapareció. Conmocionado, el fotógrafo se sentó en el parachoques de un taxi cercano. “Bobby está loco”, refunfuñó sacudiendo la cabeza.

Algo misterioso sucedió esa noche en la habitación de Fischer. Se encogió como una tortuga y puso en orden su mundo. Primero encendió una pequeña radio Sony de onda corta y la estuvo manipulando hasta sintonizar un canal por el que emitían rock ligero londinense. Entonces sacó las revistas rusas de ajedrez (Fischer rara vez se aventura más allá del “ajedrez ruso”, pero lee y habla español con soltura). Con los ojos nublados por la introspección, reprodujo 10, 15, 20 partidas a una velocidad enfebrecida, lanzando las piezas por el tablero como si fueran dardos y murmurando crueles, burlones o fascinados comentarios. Era el genio exhibiendo toda su rabia, y duró por una hora, hasta que alzó la vista y recordó que yo estaba allí.

“No debí patearle”, dijo. “No se puede ir por el mundo dando patadas a la gente”.

Entonces sus ojos se nublaron de nuevo y reprodujo doce partidas más. Esto es todo, pensé. Ésta es la vida de Bobby. Duerme todo el día. Devora algo de comida. Se esconde con una radio pequeña, un radio-cassette o una televisión, y juega al ajedrez consigo mismo durante toda la noche. No hay gente en su vida, si él puede evitarlo. Sólo un pequeño entorno de aparatos electrónicos conocidos y que no le exigen nada. Es un hombre solo con una única obsesión, una monomanía.

“No es un mal tipo, supongo”, siguió Fischer, aparentemente sin darse cuenta de que habían transcurrido 20 minutos entre ambas frases. “Lo malo es su trabajo”.

Subió el volumen de la radio. “¡Es Víctor Sylvester!”, exclamó con excitación . “¡Escucha esa música! Sonora, ¿eh?” Tragué saliva y asentí con la cabeza. Víctor Sylvester es el Lawrence Welk británico.

“Desprecio a los medios de comunicación”, continuó, mirándome a los ojos y frunciendo el ceño. “’Adiós, reportero. Esparciendo tu paranoia por el mundo. Creando situaciones que no comprendes’. Están destrozando la realidad, convirtiéndolo todo en noticia”, dijo subiendo el volumen aún más.

Sonó el teléfono. Era el gran maestro yugoslavo Svetozar Gligoric, llamando desde Venecia. Fischer resplandeció. Gligoric es uno de sus más calurosos admiradores. “¡Gligo! Gracias. ¿Qué? Estaba un poco preocupado tras la segunda partida, sí… Bueno, en la quinta él tenía una buena posición pero no intentó ganar… Es cierto, estos matches son de algún modo fáciles para mí… pero siento que he estado en mi mejor momento desde hace muchos años… ¿Spassky? Es muy sólido pero bueno, ya sabes… ¿Felicitaciones de Spassky? No, nada… Adiós, Gligo.”

Colgó el teléfono sonriendo. “No he recibido felicitaciones de Spassky todavía. Creo que le mandaré un telegrama: ‘FELICIDADES POR GANAR EL DERECHO A ENFRENTARTE A MI POR EL CAMPEONATO DEL MUNDO’”.

Alrededor de la una de la madrugada salimos a cenar. No había fotógrafos en el vestíbulo, pero Fischer no quiso correr ningún riesgo. Descendimos por las escaleras traseras, salimos por una puerta lateral y bordeamos un muro hasta que estuvimos a dos manzanas del hotel. “Creo que nos hemos sacado de encima a esos imbéciles”, dijo Fischer. Entonces caminó unas 20 manzanas a un paso que me hizo sentir como Dopey the Dwarf (el enano estúpido en la versión americana del cuento), luchando por mantener el ritmo de la gente grande. Las calles estaban abarrotadas de parejas jóvenes paseando enlazadas y besándose. Fischer miraba por encima de sus cabezas y apretaba el paso. Me preguntaba si reparaba en ellos hasta que lanzó una mirada a un coche aparcado en el que un hombre de unos 40 ó 50 años estaba besuqueándose con una chica joven. “¿Has visto eso?”, explotó. “¡Es repugnante!”

Comimos en un restaurante chino. Fischer pidió dos platos principales, uno con pato y el otro con cerdo, creo recordar, y los remezcló con el tenedor hasta obtener una especie de sopa medio derretida. “¡Aquí tienen una comida fenomenal!”, masculló con los ojos relampagueantes.

Después de cenar salimos a dar un paseo hasta que nos dieron las 5 de la madrugada; a buen paso, recorreríamos no menos de 13 kilómetros. Fischer hablaba con ruidosa impaciencia juvenil acerca de sus temas favoritos: ajedrez, dinero, los rusos, aparatos electrónicos, ajedrez, ropa, comida, los rusos, ajedrez, ciencia, ecología, problemas urbanos, ruido. Para ser un hombre de quien popularmente se asume que tiene una inteligencia estrecha de miras –limitada al tablero-, muestra un notable abanico de intereses. Pero cuanto más hablaba, más quedaba en evidencia que toda esa información era factual, no emocional. Procedía de libros, revistas, periódicos, televisión –los medios de comunicación que despreciaba. Poco antes del alba estaba diciéndome qué horribles son las ciudades para la gente, cuánto ama la naturaleza y el campo abierto. Le hablé de una gran rancho que yo conocía y sugerí que podíamos volar en una avioneta hasta allí a pasar el día siguiente. Al principio se mostró encantado con la idea, pero entonces me miró, el color desapareció de sus mejillas, y su mandíbula se desencajó, como si hubiese sido golpeado en la barriga. “No sé nada de esa avioneta”, dijo con lentitud. “Supón que los rusos –por ejemplo, hicieran algo al motor, cualquier cosa. Quiero decir, la gente no se da cuenta de lo importante que es el ajedrez para su imagen. Les gustaría muchísimo poder quitarme de en medio ahora mismo.”

Verde y llana, la pampa primaveral parecía como una Irlanda planchada. A menos de una hora de Buenos Aires la avioneta aterrizó en una franja de tierra segada -¡ops! El rancho equivocado. Tres minutos después vimos “Santa Elena” pintado en un tejado metálico y descendimos en picado hacia una camioneta que esperaba para trasladarnos. Encerrado en hoteles por casi un año, Fischer miraba la hierba como un prisionero mira al sol. “¡Guau!”, era todo lo que acertaba a decir, “¡Guau!”

La casa solariega era un confortable chalé con un tejado inclinado, situado en un parque de pinos tropicales y sicomoros altos como torres. Una gorda y amistosa perra collie se acercó caminando como un pato sobre el césped. Se llamaba Ruby y Bobby se enamoró de ella a primera vista. Durante dos horas retozaron, se abrazaron y pasearon por toda la finca. Hubo un momento en que Ruby atacó un armadillo pero Fischer tiró de ella y durante unos buenos diez minutos pareció conmocionado. Esto me hizo preguntarme si habría visto algo de sí mismo en la pequeña criatura aterrorizada.

e vuelta a la casa, la vivaz ama de llaves nos sirvió un sabroso plato argentino consistente en asado con verduras. En un arranque de euforia Fischer se sacudió dos vasos de vino tinto, las primeras bebidas alcohólicas que nadie que yo sepa le ha visto nunca tomar.

Después de la cena, con Ruby trotando fielmente junto a él, Fischer salió a montar a caballo. Saltó sobre la silla, puso las riendas en torno a su propia nuca y dijo “¡arre!” Estaba asustado y se llevó un terrible meneo, pero el cansancio pudo con él. Se durmió poco después en una dura silla del porche con Ruby a sus pies. “La gente es muy amable aquí”, murmuró con asombro cuando nos fuimos. “Puedes confiar en ellos, ¿sabes?”

En Santa Elena, Fischer estuvo más abierto que durante el resto de los días que pasé con él. De vuelta a casa en la avioneta, mientras la noche se cerraba en torno a nosotros como una gran rosa y él se sentaba arqueado jugando con furia en su ajedrez de bolsillo, yo tomaba notas de lo que me decía.

“Los americanos quieren un vencedor; aman a los vencedores. Si pierdes, no eres nada… Pero yo voy a ganar… Es bueno para el encuentro que Spassky tenga un tanteo favorable contra mí. Nos hemos enfrentado cinco veces. Él venció en tres ocasiones e hicimos dos tablas. Pero yo soy más fuerte y un match largo me favorece…”

Cuando le dije que yo había oído que Spassky abandona su vida privada por un mínimo de seis meses antes de un match por el campeonato del mundo, levanta pesas, corre y visita a un psicoanalista todos los días, Fischer sonrió misteriosamente y dijo: “No bromees”. Cuando le pregunté cómo pretendía entrenarse, él se encogió de hombros y dijo: “No lo sé. Como siempre, supongo. Estudiando. Jugando algo al tenis, posiblemente. Caminando. Me gusta caminar, ya sabes.”

¿Y cuando gane el campeonato? “Jugaré mucho, jugaré matches la pasta. No como los rusos. Ellos ganan el campeonato y se esconden durante tres años. Cada pocos meses, en todo caso dos veces al año, me gustaría reunir una bolsa de premios y ponerla en juego frente a un rival. Es bueno para el ajedrez, mantiene alto el interés por el juego, y es bueno para la cuenta bancaria. Quiero amontonar algo de dinero. Como lo hacen los profesionales del fútbol. Todos esos atletas ganando cientos de miles de dólares. Contratos, promociones. Si hay sitio para todos ellos, debería haberlo para mí. Quiero decir, después de todo, soy un embajador de buena voluntad de los Estados Unidos. Además, quiero dinero, así puedo decir a alguna gente dónde no me gusta ir… sí”.

En mi última noche en Buenos Aires los paparazzi tienden una emboscada a Fischer. Regresando al hotel tras un paseo de tres horas, fue asaltado por un grupo de unos 15 fotógrafos y reporteros, la mayoría trabajando para un diario local de escándalos que había prometido “perseguir” a Fischer hasta que concediese una entrevista. Los reporteros le rodearon, clavando los hombros en sus costillas y siseando insultos en su cara mientras los fotógrafos retrataban su malestar. Pálido de rabia, Fischer empujó a la multitud hasta alcanzar el ascensor. Pero en su habitación empezó a sonreír abiertamente, y rió tan fuertemente que casi cae del sofá. “¡Es como el ajedrez!” explicó con gran regocijo. “Yo liquidé una de sus piezas y ellos fueron a por el rey. ¡Pero yo me escapé, me escapé! ¡Guau, estoy hambriento! Tan pronto como se vayan, vamos a escabullirnos y conseguir algo de comer!”

 

 

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