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Bobby
Fischer |
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Bobby Fischer según la revista Life
. La
Muerte juega al ajedrez con El Caballero, en "El Séptimo Sello" de I Bergman
0108 - Biografía -
Ajedrez al Ataque
- Javier Cordero Fernández
Robert James Fischer nació en Chicago el 9 de Marzo de 1943.
Fischer aprendió a jugar al ajedrez, junto a su hermana, a la edad de 6
años. Ambos lo aprendieron de una forma simple: leyendo el folleto que venía
en el juego y que explicaba como mover las piezas. A partir de ahí no prestó
atención a otro cosa que no fuera el de los 64 escaques. A los 12 años se
negó a ir a la escuela, los argumentos que dio a su madre fueron: "Prefiero
ser el mejor del Mundo en ajedrez que uno más entre muchos con cualquier
carrera".
Bobby Fischer era un niño prodigio con un cociente intelectual de 184 (más
que Einstein), pero en sus comienzos en el ajedrez no destacó como otros
niños prodigio (Reshevsky, Capablanca, Morphy...). Los éxitos le llegarían
en la adolescencia. Con 15 años y 6 meses obtuvo el título de Gran Maestro,
fue el jugador más joven de la Historia en lograrlo. Hoy en día, con la
ayuda de las computadoras, que ejercen de entrenadores, se logra dicho
título a edades más tempranas; por ejemplo Sergei Karjakin con 12 años y 7
meses.
Fischer se convirtió en un jugador imbatible, no solo vencía en los torneos,
sino que lo hacía de forma aplastante (por ejemplo en el Campeonato de los
Estados Unidos de 1964 venció en las 11 partidas que disputó). Su temprano
talento le llevó a ser apodado como el Mozart del ajedrez. (Ver Palmarés)
Estudió a los maestros del Siglo XIX, cosa que se reflejó en su juego.
Siempre que podía buscaba una eléctrica combinación que destrozase la
defensa de su rival. En realidad era un jugador de estilo universal, es
decir, dominaba todas las formas de juego. Su única prioridad era la
victoria y le daba igual el modo de llegar a ella. Por eso podía hacerlo de
manera tranquila, estilo Petrosian, o de forma brillante como Anderssen. Hay
jugadores más espectaculares, pero Fischer tenía tanto talento que podía
combinar como los mejores.
En 1956 jugó la que es considerada su mejor partida: D. Byrne-B. Fischer (New
York 1956), esta partida fue denominada como "La inmortal del Siglo XX". Ese
mismo año consiguió su primer triunfo importante al vencer en el Cto. Júnior
de los Estados Unidos, en Philadelphia (con sólo 13 años). El año 1957 fue
el de su consagración, varios victorias logradas en su país le abrieron las
puertas de los torneos internacionales europeos. De este modo podía empezar
a competir por su gran sueño: el Campeonato del Mundo. Hay que resaltar que
fue campeón de su país con 14 años, ante rivales tan importantes como
Reshevsky o Byrne.
Fischer era la única amenaza que los jugadores soviéticos veían en el
horizonte. El dominio de esta prolífica saga de jugadores era devastador
desde hacía décadas y ante la amenaza venida desde el Atlántico decidieron
unirse. Esto ocurrió en múltiples torneos, los jugadores de la URSS jugaban
al 100% contra Fischer y luego reservaban fuerzas cuando se enfrentaban
entre si (con tablas en pocos movimientos). Un claro ejemplo ocurrió en el
torneo de candidatos de 1962, Petrosian fue primero seguido de Geller y
Keres. Fischer fue 4º tras duras batallas contra sus rivales de la URSS. Hay
que reconocer el potencial de la escuela soviética, tenían varios jugadores
con capacidad suficiente para ser campeones del mundo.
Durante esa época Fischer publicó la primera de sus famosas listas de los
mejores jugadores de la historia. En ella se puede ver la influencia de los
jugadores románticos en todos los ajedrecistas jóvenes. Años más tarde
publicaría una segunda lista. Podéis ver ambas en: (Ver listas).
Estos no fueron tiempos fáciles para Bobby, en la mayoría de los torneos era
superado por alguno de los representantes soviéticos. Aun así consiguió
varios triunfos de renombre y siempre estaba en la parte alta de todas las
competiciones a las que acudía. En los torneos disputados en Estados Unidos
no conoció rival, solo en uno quedó apeado del primer lugar (Santa Mónica
1966, 2º).
Hablemos ahora de un rasgo que le acompañó siempre (por fortuna o por
desgracia): la polémica. Sus declaraciones nunca dejaban indiferente a
nadie, siempre demostrando una confianza en si mismo infinita. Sus
discrepancias con los organizadores de los torneos eran algo habitual,
mantener contento a Mozart era verdaderamente difícil. Pero gracias a él los
ajedrecistas empezaron a cobrar sumas más altas por dedicarse a su
profesión.
Pero todo era secundario para Bobby. Su meta era luchar por ser campeón del
Mundo y su gran momento llegó en el año 1971. Acudió al torneo de candidatos
como gran favorito y no defraudó a nadie. Para ese torneo se había buscado
una formula para acabar con las alianzas de los jugadores de la URSS y se
encontró una: eliminatorias. En este formato Bobby no encontró rival y
desplegó un ajedrez espectacular. Estos fueron sus resultados:
-
Cuartos de final : Fischer 6 -
Taimanov 0
-
Semifinales : Fischer 6 - Larsen 0
-
Final : Fischer 6'5 - Petrosian 2'5
Y Bobby Fischer
(En la foto, a la derecha) se había ganado el derecho a luchar por la
corona mundial que estaba en poder de Boris Spassky
(En la foto, a la izquierda).
Este duelo por el Campeonato del Mundo fue considerado como el match del
Siglo. Con un claro trasfondo político, en plena
guerra fría,
ambos jugadores recibieron todo el apoyo de sus respectivos países.
Fischer nunca había derrotado a Spassky hasta ese momento, cosa que no le
preocupaba demasiado. El encuentro era tan importante que varias ciudades
pujaron por albergarlo, al final se disputó en Reykjavik (tras la renuncia
de Belgrado por las exigencias de Fischer). Este evento levantó una gran
expectación en todo el mundo, miles de aficionados llegaron a Reykjavik y
cientos de periodistas se acreditaron para cubrir la información de cada
partida. El match tuvo que ser aplazado por nuevas exigencias del
norteamericano. Ni con el comienzo del encuentro Fischer se tranquilizó, no
se presentó a la segunda partida por desavenencias con los organizadores.
Finalmente el match pudo continuar y Fischer logró hacerse con el triunfo
tras unos comienzos dubitativos. Este triunfo terminaba con el dominio
soviético, que duraba desde el año 1948 y que no parecía tener fin. El match
transcurrió como sigue:
| |
|
Campeonato del Mundo -
Reykjavik 1972
|
|
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
8 |
9 |
10 |
11 |
12 |
13 |
14 |
15 |
16 |
17 |
18 |
19 |
20 |
21 |
Tot. |
|
Spassky |
1 |
1 |
0 |
= |
0 |
0 |
= |
0 |
= |
0 |
1 |
= |
0 |
= |
= |
= |
= |
= |
= |
= |
0 |
8'5 |
|
Fischer |
0 |
0 |
1 |
= |
1 |
1 |
= |
1 |
= |
1 |
0 |
= |
1 |
= |
= |
= |
= |
= |
= |
= |
1 |
12'5 |
|
| |
Tras proclamarse campeón del mundo Fischer no volvería a
participar en ningún torneo más. Sus desavenencias con la FIDE eran totales
y se negó a defender su título en 1975 ante Anatoly Karpov, que pasó a ser
el nuevo campeón del mundo sin haber movido una sola ficha en ese match.
Karpov negoció con Fischer varias veces para que el match se celebrase, pero
éste se negó. Es una verdadera pena habernos quedado tan pronto sin el
talento de este fenomenal jugador.
A partir de aquí Fischer desapareció sin que nadie supiese nada de él. Sólo
volvió a dar señales de vida por algún escándalo poco claro. En 1992 (20
años después de retirarse) decidió volver al mundo del ajedrez para jugar un
match contra Boris Spassky (no oficial). El match se celebró en Sveti Stefan
(Yugoslavia) y fue ganado por Fischer por 10-5 (10 victorias, 15 tablas y 5
derrotas). Con este resultado demostraba al mundo entero que, a pesar de los
20 años que llevaba retirado, seguía siendo un jugador capaz de jugar al
máximo nivel. Y una vez más Bobby decidió retirarse del ajedrez y evadirse
del mundo.
Es mejor recordarle por sus buenas cualidades, como su forma de jugar. Su
estilo era agresivo, buscaba atacar y atacar hasta la victoria. Siempre
comentaba que los que no jugaban 1.e4 en la apertura eran unos cobardes.
Debido a esto su repertorio de aperturas no era muy amplio, pero lo
compensaba con una comprensión del juego sólo a su alcance.
Consideraba que la teoría de las aperturas mataba la creatividad y esto le
llevó a crear una nueva forma de jugar al ajedrez: el sistema Random. Dicha
modalidad consistía en una colocación diferente de las piezas: los peones se
colocaban igual, pero la posición de las otras piezas se decidía por sorteo
antes del comienzo de la partida. Esto daba lugar a una posición inicial
distinta, con lo que el conocimiento de las aperturas pasaba a no tener
relevancia.
Fischer siempre fue un personaje peculiar, con rasgos entrañables y con
otros verdaderamente insoportables. Siempre demostró ser una persona
íntegra, fiel a sus ideas. Una de ellas era la sinceridad, trataba de no
mentir nunca y repudiaba cualquier tipo de falsedad. Una prueba de ello nos
la dio al principio de su carrera, su madre había conseguido un contrato de
500 $ para que Bobby protagonizase un anuncio de pianos. En el anuncio
aparecería tocando el piano, pero como Fischer no sabía tocarlo se negó a
rodar porque no quería engañar al público de esa manera. Algo parecido le
ocurrió poco antes de su match con Spassky. Una marca de productos para el
cabello le ofreció una alta suma para que apareciese en sus anuncios. Por
supuesto Fischer se negó aduciendo que él no usaba ninguna crema para el
cabello, por lo que no podía aparecer en un anuncio fingiendo que las
utilizaba.
Esta forma de ser dio pie a muchas anécdotas, una de ellas estuvo
relacionada con su nula afición a las bebidas alcohólicas: durante un torneo
en Zagreb la organización obsequió a cada jugador con dos botellas de licor
típico de la región. Por aquel entonces Bent Larsen era el segundo de a
bordo del equipo de Fischer. Bent fue a la habitación de Bobby para ver que
tal se encontraba y le encontró tratando de abrir las botellas. Larsen,
sorprendido, le dijo "¿Quieres beber eso ahora?". Bobby le contestó "No, lo
que quiero es tirarlas por el lavabo". Larsen trató de convencerle de que no
lo hiciese, que por lo menos se las regalase a algún amigo. Bobby fue
tajante: "No quiero ser el responsable de la intoxicación de un ser humano".
Una persona siempre fiel a sus principios, hasta la última consecuencia.
En cuanto a su vida en los últimos años, de vez en cuando aparece en escena
concediendo una entrevista a alguna radio o escribiendo un artículo en algún
periódico. La mayoría de las veces lo hace para dar alguna opinión política,
generalmente para criticar alguna acción de su país con la que no está de
acuerdo (por ejemplo, el embargo a Cuba o la reciente guerra de Irak). Hay
que recordar que Fischer no puede entrar en los Estados Unidos ya que hay
una condena de 10 años de cárcel esperándole (está condenado por escupir
sobre una Orden que decía que violaría sanciones de las Naciones Unidas si
jugaba al ajedrez en Yugoslavia, cosa que hizo durante su match con Spassky
en 1992).
Se rumorea que hoy en día juega al ajedrez por Internet, pero de manera
anónima. Dicen que es fácil reconocerle por su típico movimiento de rey en
las primeras jugadas, donde rechaza enrocarse y mueve su monarca a e2 ó d2.
Por lo que ustedes pueden estar jugando una partida contra Fischer en
cualquiera de los múltiples portales para jugar al ajedrez que hay en el
Mundo.
Las últimas noticias que se tienen de él son muy recientes y nada buenas. Ha
sido detenido en el aeropuerto de Narita (Tokio) por llevar el pasaporte
caducado. Esto ocurrió cuando se disponía a viajar a Filipinas para ver a su
única hija. Los Estados Unidos han reaccionado con rapidez y han pedido su
extradición por lo ocurrido en Yugoslavia en 1992. Sería un triste final
para Fischer acabar en la cárcel, a mi personalmente me apenaría que un gran
campeón como él acabara de esta forma. Bonito el gesto de Boris Spassky que
ha escrito una carta a George Bush pidiendo que retiren las acusaciones
contra Fischer por la importancia de este para el deporte estadounidense.
Además añadió que si Fischer era encarcelado también deberían encarcelarle a
él y así podría jugar al ajedrez con Bobby en la cárcel. Parece ser que
Islandia le quiere dar asilo político, pero de momento no se sabe si lo
podrán lograr.
Bobby Fischer es una leyenda viva y para muchos es el mejor jugador de la
Historia. Lo que está claro es que su talento es muy difícil de igualar,
aunque nos hubiese gustado que se enfrentase a Karpov y Kasparov para ver
que hubiese ocurrido.
Las estadísticas de Fischer son: victorias 447, tablas 251 y derrotas 89;
con un promedio de 72'3% (el promedio se saca de sumar victorias y tablas, y
dividirlo por las partidas totales). A pesar de lo corta que fue su carrera
llegó a tener un ELO máximo de 2.785 ptos, algo sólo superado por Kasparov...
y en la actualidad por Anand, Topalov y Kramnik. Aunque estos jugadores no
tienen tanto mérito porque se dedican a jugar pocos torneos, disputando sólo
aquellos en los que pueden perder pocos puntos, de esta manera van
engordando su casillero sin demasiados problemas.
Para finalizar este artículo aquí tenéis unas partidas del ¿mejor jugador
de la Historia?...
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B. Fischer
1 - Kupper 0
B. Fischer : blancas
Zurich 1959
Kupper : negras
1.
e4 / c5
2.
Cf3 / Cc6
3.
d4 / cxd4
4.
Cxd4 / Cf6
5.
Cc3 / d6
6.
Ac4 / e6
7.
Ab3 / Ae7
8.
0-0 / Cxd4
9.
Dxd4 /
0-0
10.
Rh1 / b6
11.
f4 / Ab7
12.
f5 / e5
13.
Dd3 / h6
14.
Tf3 / Tc8
15.
Th3 / Rh7
16.
Ae3 / Dd7
17.
Cd5 /
Axd5
18.
Axd5 / Cxd5
19.
exd5 / Af6
20.
Axh6 / gxh6
21.
De3 / Ag7
22.
f6 / Th8
23.
Tf1 / Db5
24.
Df3 / Tc4
25.
Df5+ / Abandono ( Kupper ).
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Después de 19... Af6 |
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B. Fischer
1 - Gligoric 0
B. Fischer : blancas
Yugoslavia 1959
Gligoric : negras
1.
e4 / c5
2.
Cf3 /
Cc6
3.
d4 / cxd4
4.
Cxd4 / Cf6
5.
Cc3 / d6
6.
Ac4 / Ad7
7.
Ab3 / g6
8.
f3 / Ca5
9.
Ag5 / Ag7
10.
Dd2 / h6
11.
Ae3 / Tc8
12.
00-0 / Cc4
13.
De2 / Cxe3
14.
Dxe3 / 0-0
15.
g4 / Da5
16.
h4 / e6
17.
Cde2 / Tc6
18.
g5 /
hxg5
19.
hxg5 / Ch5
20.
f4 / Tfc8
21.
Rb1 / Db6
22.
Df3 / Tc5
23.
Dd3 /
Axc3
24.
Cxc3 / Cxf4
25.
Df3 / Ch5
26.
Txh5 / gxh5
27.
Dxh5 / Ae8
28.
Dh6 /
Txc3
29.
bxc3 / Txc3
30.
g6 / fxg6
31.
Th1 / Dd4
32.
Dh7+ /
Abandono ( Gligoric ).

Después de 25...Ch5 |
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Leteletier
0 - B. Fischer 1
Leteletier : blancas
Leipzig
1960 B.
Fischer : negras
1.
d4 / Cf6
2.
c4 / g6
3.
Cc3 / Ag7
4.
e4 / 0-0
5.
e5 / Ce8 6.
f4 / d6
7.
Ae3 / c5
8.
dxc5 / Cc6
9.
cxd6 / exd6
10.
Ce4 / Af5
11.
Cg3 / Ae6
12.
Cf3 / Dc7
13.
Db1 / dxe5
14.
f5 / e4
15.
fxe6 / exf3
16.
gxf3 / f5
17.
f4 / Cf6
18.
Ae2 / Tfe8
19.
Rf2 / Txe6
20.
Te1 / Tae8
21.
Af3 /
Txe3
22.
Txe3 / Txe3
23.
Rxe3 / Dxf4+
24.
Abandono ( Leteletier ).

Después de 21.Af3 |
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B. Fischer
1 - Najdorf 0
B. Fischer : blancas
Varna 1962
Najdorf : negras
1.
e4 / c5
2.
Cf3 / d6
3.
d4 / cxd4
4.
Cxd4 / Cf6
5.
Cc3 / a6
6.
h3 / b5
7.
Cd5 / Ab7
8.
Cxf6+ / gxf6
9.
c4 / bxc4
10.
Axc4 / Axe4
11.
0-0 / d5
12.
Te1 / e5
13.
Da4+ / Cd7
14.
Txe4 /
dxe4
15.
Cf5 / Ac5
16.
Cg7+ / Re7
17.
Cf5+ / Re8
18.
Ae3 / Axe3
19.
fxe3 / Db6
20.
Td1 / Ta7
21.
Td6 / Dd8
22.
Dc2 / Dc7
23.
Axf7+ / Rd8
24.
Ae6 / Abandono
( Najdorf ).

Después de 13...Cd7 |
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B. Fischer
1 - Panno 0
Fischer : blancas
Buenos Aires 1970
Panno : negras
1.
e4 / c5
2.
Cf3 / e6
3.
d3 / Cc6
4.
g3 / g6
5.
Ag2 / Ag7
6.
0-0 / Cge7
7.
Te1 / d6
8.
c3 / 0-0
9.
d4 / cxd4
10.
cxd4 / d5
11.
e5 / Ad7
12.
Cc3 / Tc8
13.
Af4 / Ca5
14.
Tc1 / b5
15.
b3 / b4
16.
Ce2 / Ab5
17.
Dd2 / Cac6
18.
g4 / a5
19.
Cg3 / Db6
20.
h4 / Cb8
21.
Ah6 / Cd7
22.
Dg5 / Txc1
23.
Txc1 / Axh6
24.
Dxh6 / Tc8
25.
Txc8+ / Cxc8
26.
h5 / Dd8
27.
Cg5 / Cf8
28.
Ae4 / De7
29.
Cxh7 / Cxh7
30.
hxg6 / fxg6
31.
Axg6 /
Cg5
32.
Ch5 / Cf3+
33.
Rg2 / Ch4+
34.
Rg3 / Cxg6
35.
Cf6+ / Rf7
36.
Dh7+ / Abandono (
Panno ).

Después de 28...De7 |
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Bobby Fischer según la revista Life
- Revista LIFE, 12 de noviembre de 1971 -
Texto: Brad Darrach - Fotos: Harry Benson - Fuente
David LLada
La revista LIFE es, desde su fundación en 1936 por Henry Luce, todo
una institución dentro del fotoperiodismo. Un reconocimiento que, a
pesar de su marcado papel como instrumento de propaganda yankee a lo
largo de los años, nadie le niega.
En su portada han aparecido algunas de las imágenes más
trascendentes del siglo XX, como por ejemplo, las incomparables
fotografías bélicas de Robert Capa durante el día D, la caída de
Berlín, o la de ese soldado del ejército rojo chino cuyo rostro
impasible causa tanta impresión. Esta revista también ha
inmortalizado la frescura de la mejor Marilyn Monroe en las
fotografías de Philip Halsman, o el empecinamiento -ya cercana la
derrota- de los americanos en Vietnam, retratado inmejorablemente
por Henri Huet.
A partir de este viernes, 20 de abril, esas legendarias portadas
dejarán de pasar por la imprenta. LIFE, este icono del
fotoperiodismo, se volcará en exclusiva en su versión en internet,
abandonando para siempre los kioskos.
La parte buena del asunto es que LIFE anuncia que su inmenso archivo
fotográfico, compuesto por más de 10 millones de imágenes –en su
mayor parte inéditas- estará disponible online de forma gratuita.
Pero qué duda cabe de que la mayor parte del encanto se habrá
perdido.
Aquellos que conservan números antiguos de la revista están haciendo
su agosto ahora, a costa de los mitómanos que se han lanzado a
comprar en las subastas por internet los ejemplares cuya portada
estaba consagrada a la estrella de turno.
Yo, aunque lejos de ser un mitómano, no pude resistirme a comprar
una de ellas: La del 12 de noviembre de 1971, que muestra en su
portada la imagen de Bobby Fischer, el legendario ajedrecista
norteamericano. La compré por unos modestos 18 dólares en ebay, y la
tengo desde hace un mes entre algodones en mi casa. Los retratos de
Harry Benson, tomados en un rancho de argentina poco después de su
victoria sobre Petrosian, ilustran una extensa entrevista/perfil que
no tiene desperdicio, y que en los próximos días traduciré -y
publicaré por entregas- en este blog.
Al igual que para muchos aficionados a la música la imagen por
excelencia de los Beatles es la de los cuatro de Liverpool cruzando
la calle por Abbey Road, para mí la imagen por excelencia de Fischer
es ésta. Bobby era, entonces, un hombre de ojos huidizos y
nerviosos, por lo que no era fácil –imagino- retratarle su mirada.
Mucho menos así, frontalmente, invitándonos a leer lo que se
escondía en esa prodigiosa mente llena de enigmas.
Voces de enfado atraviesan la puerta de la habitación de hotel de
Bobby Fischer en el mismo momento que levanto mi mano para llamar a
ella. “¡Maldita sea, estoy harto de todo esto!”, le oigo gritar a
Bobby. “Estoy harto de ver a gente, necesito trabajar, necesito
descansar! ¿Por qué no me preguntaste antes de concertar todas estas
citas?”. Entonces escucho la voz, suave y llena de dignidad, del
director ejecutivo de la USCF, dirigiéndose al hombre que podría ser
el mejor ajedrecista de la historia en un tono sólo ligeramente
superior a un lamento: “Bobby, desde que llegamos a Buenos Aires no
he hecho nada más que cuidar de ti, día y noche. ¡Eres un
desagradecido!”.
Eran las tres en punto de la tarde, un poco temprano para que
Fischer estuviese ya levantado. Diez minutos más tarde, en vista de
que el hall estaba silencioso, finalmente me atreví a llamar a la
puerta, y Fischer abrió la puerta con brusquedad. “Ah, sí, el tipo
de la revista Life. Pasa”. Su sonrisa era amplia y juvenil, pero sus
ojos eran cautelosos. Alto, ancho y flaco, con una cabeza demasiado
pequeña para su gran cuerpo, me recordaba a una pálida versión
humana de una escultura de Henry Moore. Le había visto con
anterioridad en dos ocasiones, pero nunca antes tan cansado.
Me detuve nada más atravesar el umbral. La habitación era un
desastre, peor que un piso de estudiante. La ropa de cama se apilaba
en grandes montones sobre el suelo. Calcetines, ropa interior,
bolsas, periódicos y revistas formaban un revoltijo en la cama
desocupada. Las cajas se apilaban sobre el sofá, y en el suelo,
entre los muebles, había una graciosa cáscara de plátano. El único
rincón limpio del cuarto era una pequeña mesa junto a la ventana,
donde un hermoso tablero de ajedrez de madera había sido colocado.
Sereno y hermoso, como un altar entre los escombros de la batalla.
Un campo de batalla es lo que ha sido la vida de Fischer en los
últimos 11 meses. En Mayo, tras una racha de siete victorias en
partidas de torneo, el prodigio de Brooklyn, de 28 años, comenzó su
andadura en el desafío por el campeonato del mundo de ajedrez. En el
primero de los tres matches eliminatorios destrozó al ruso Mark
Taimanov por 6-0, siendo la primera vez que se daba tal resultado en
un encuentro a nivel magistral. En el segundo match Fischer liquidó
al danés Bent Larsen con el mismo resultado. En su duelo con el ruso
Tigran Petrosian, finalizado dos días antes de mi llegada a Buenos
Aires, Fischer elevó su racha de victorias consecutivas a 20, pero
entonces se resfrió y perdió una partida. Con el match empatado 2½ -
2½, Bobby cambió de hotel, tomó un buen sueño reparador, y condujo
las cuatro últimas partidas contra el ex campeón del mundo como si
se tratasen de una brutal exhibición de fuerza. Un día de la próxima
primavera, en un lugar aún por determinar, Fischer se enfrentará al
ruso Boris Spassky en una batalla al mejor de 24 partidas, estando
el juego el título mundial que ostenta el ruso. Spassky es un Gran
Maestro formidable, pero incluso algunos de los mejores expertos
soviéticos creen ahora que Fischer acabará con los 35 años de
dominación rusa en el ajedrez para convertirse en el primer
americano de la historia que conquista el Campeonato del Mundo.
- “Felicidades por su victoria”, trato de decir.
- “Sí, sí…”, farfulla Fischer tímidamente y se aparta para coger un
abrigo y una corbata. “Tengo que comer. Me muero de hambre. Hablamos
después”. Y se va apresuradamente a desayunar con unas 20 revistas
de ajedrez rusas plegadas bajo el brazo.
En el vestíbulo la gente se precipita sobre Fischer desde todas las
direcciones. Él parece asustado e irritado. En Argentina existe un
gran fervor ajedrecístico (hay 60 clubs sólo en Buenos Aires) y
durante más de un mes Fischer ha sido acosado día y noche con la
típica efusividad latina. Un hombre canoso le agarra y le habla
seriamente. Una chica se cuelga de su brazo y le dice algo intenso
que le hace recular y después alejarse a zancadas. Un equipo de
televisión deportiva estadounidense le toma por el codo para
intentar retenerle, pero él no acepta ser interrumpido. “¡Después!”,
les espeta Fischer, inclinándose hace adelante, y tambaleándose con
sus fuertes y desgarbadas zancadas que le hacen parecer el Capitán
Ahab avanzando con fuerte viento.
En el London Grill, una réplica del típico pub inglés de agradable y
decadente encanto, Fischer se dirigió a una mesa del fondo y pidió
dos vasos grandes de zumo de naranja natural, el bistec más grande
de la casa, una ensalada mixta y una botella de agua mineral con
gas. Cinco minutos después pidió otro vaso de zumo y, para cuando ya
se preparaba para un enorme postre de bananas y sabrosísima crema de
Chantilly, ya había terminado su cuarta botella de agua mineral.
Comía con el vigor oral de una barracuda y hablaba incesantemente de
lo buena que era la comida. “¡Mira este zumo: fresco, no helado! ¿Y
dónde puedes encontrar un vaso tan grande por menos de 10 centavos?
¡Mira este bistec! Tiene un grosor de 5 centímetros como mínimo. ¡Y
puedes saborearlo de verdad! No como esa pésima carne americana,
llena de químicos. ¡Esta carne es natural! Lo que yo te diga, la
comida argentina es la mejor del mundo, ¡la mejor del mundo! Aquí
van a por la calidad. Como la ropa. Aquí puedes conseguir una
chaqueta de sastre por menos de 100 $, ¡y duradera! Y zapatos. Aquí
tienen los mejores zapatos del mundo. Mira este par que llevo
puesto. Éstos que llevo puestos: ¡míralos!” Desata rápidamente un
enorme zapato marrón, se descalza y lo pone ante mí sobre la mesa.
“¡Mira esa suela! Yo gasto un par normal de zapatos en unos días,
¡en unos días! Pero llevo usando estos durante un año y continúan en
buen estado. Quiero decir que amo América y nunca he sido otra cosa
que un americano, pero las cosas se están viniendo abajo allí. Que
cada uno se ocupe de lo suyo simplemente no funciona. ¡Necesitamos
organización! ¡Necesitamos volver a los viejos valores!” Negó
tristemente con la cabeza y pidió otro plato de bananas y Chantilly.
A la tarde, como hace todas las tardes de los viernes de su vida,
Fischer desapareció en su habitación durante 24 horas para meditar
en soledad. Pertenece a la Iglesia de Dios, una iglesia
fundamentalista californiana, y se toma la religión en serio. No
hablará del tema, de todas formas. No hablará nunca con la prensa de
ningún aspecto de su vida privada. Pero es mucho lo que ya se sabe.
Hijo de un matrimonio roto, Bobby creció en Brooklyn con una madre
dominante y un padre ausente. Tenía una apariencia solitaria y un
poco retraída, sin destacar en absoluto por nada, hasta que un día,
cuando tenía 6 años, su hermana mayor trajo a casa un juego de
ajedrez. Desde ese día, el destino se apoderó de Bobby. Padre,
madre, amigos: toda la gente que necesitaba, la encontró en las
figuras del ajedrez, todo el mundo que él quería cabía en el espacio
de 30 centímetros cuadrados.
A los 13 años, Bobby ganó el campeonato juvenil de EEUU. Y a los 14,
se abrió camino a lo largo de 11 partidas -tres de ellas frente a
Grandes Maestros- para convertirse en el campeón de EEUU más joven
de todos los tiempos. Sin embargo su madre creía firmemente que no
se le valoraba como se debía. Fue a Washington a protestar por Bobby,
llegando un día a encadenarse literalmente a la verja de la entrada
de la Casa Blanca. Sumamente avergonzado, Bobby la fue empujando
fuera de su vida de forma gradual. A los 17, dejó la escuela (“los
profesores”, decía, “son gilipollas”) y vivió solo en un laberinto
de literatura ajedrecística.
A los 18, Fischer jugaba con una brillantez tan endiablada que los
maestros de este deporte estaban seguros de que se convertiría en
campeón del mundo al año siguiente. Pero después del torneo de
Curaçao, acusó a los rusos de jugar en equipo, dejando ganar a sus
mejores jugadores, y luchando como tigres para derrotarle a él. En
un ataque de furia producido por la humillación, rehusó enfrentarse
a los rusos de nuevo hasta que las normas fuesen modificadas. La
prensa se burló de él calificándole de mal perdedor, pero a pesar
del altísimo precio que su carrera tuvo que pagar por ello, Fischer
no modificó su postura ni un ápice. Ahora, la organización mundial
del ajedrez ha desestimado el sistema de torneo para el campeonato
del mundo y lo ha sustituido por una serie de enfrentamientos
individuales, tal como Fischer reclamaba. Mano a mano, razonaba, el
talento decidirá.
El talento y la erudición. Fischer es el más profundo estudiante del
ajedrez que jamás ha existido. Lee incesantemente, no olvida nada,
convierte el conocimiento en acción con monstruosa precisión y
ferocidad. “Ningún otro maestro”, me dijo un experto alemán, “tiene
tan tremenda voluntad de ganar. Ante el tablero irradia peligro, e
incluso los más fuertes oponentes tienden a quedarse inmóviles, como
conejos cuando huelen una pantera. Incluso sus debilidades son
peligrosas. Con las blancas su apertura es previsible –puedes hacer
planes contra ella- pero tan fuerte que tus planes casi nunca
funcionarán. En el medio juego su precisión e invención son
fabulosas, y en el final simplemente no puedes vencerle”.
En la tarde del sábado Fischer sale impetuosamente del ascensor, en
dirección al vestíbulo del hotel. Una multitud aún mayor le
aguardaba allí. Mortalmente pálido por el hambre tras un día de
ayuno, bajó la cabeza y se dirigió a la calle. Había prometido a una
cadena de televisión americana una entrevista esa noche, pero apartó
a un lado con impaciencia al cámara. “¡Más tarde, más tarde!”.
El sonido del disparador de las cámaras de fotos suenan por todas
direcciones según Bobby sale a la luz del día. Un ronco paparazzo
argentino le persiguió disparando su objetivo con insistencia. De
pronto Fischer se volvió hacia él, intentó agarrar su cámara sin
conseguirlo y entonces le dio dos patadas en la pierna derecha.
Antes de que el fotógrafo pudiese recuperar el equilibrio, Fischer
dobló la esquina y desapareció. Conmocionado, el fotógrafo se sentó
en el parachoques de un taxi cercano. “Bobby está loco”, refunfuñó
sacudiendo la cabeza.
Algo misterioso sucedió esa noche en la habitación de Fischer. Se
encogió como una tortuga y puso en orden su mundo. Primero encendió
una pequeña radio Sony de onda corta y la estuvo manipulando hasta
sintonizar un canal por el que emitían rock ligero londinense.
Entonces sacó las revistas rusas de ajedrez (Fischer rara vez se
aventura más allá del “ajedrez ruso”, pero lee y habla español con
soltura). Con los ojos nublados por la introspección, reprodujo 10,
15, 20 partidas a una velocidad enfebrecida, lanzando las piezas por
el tablero como si fueran dardos y murmurando crueles, burlones o
fascinados comentarios. Era el genio exhibiendo toda su rabia, y
duró por una hora, hasta que alzó la vista y recordó que yo estaba
allí.
“No debí patearle”, dijo. “No se puede ir por el mundo dando patadas
a la gente”.
Entonces sus ojos se nublaron de nuevo y reprodujo doce partidas
más. Esto es todo, pensé. Ésta es la vida de Bobby. Duerme todo el
día. Devora algo de comida. Se esconde con una radio pequeña, un
radio-cassette o una televisión, y juega al ajedrez consigo mismo
durante toda la noche. No hay gente en su vida, si él puede
evitarlo. Sólo un pequeño entorno de aparatos electrónicos conocidos
y que no le exigen nada. Es un hombre solo con una única obsesión,
una monomanía.
“No es un mal tipo, supongo”, siguió Fischer, aparentemente sin
darse cuenta de que habían transcurrido 20 minutos entre ambas
frases. “Lo malo es su trabajo”.
Subió el volumen de la radio. “¡Es Víctor Sylvester!”, exclamó con
excitación . “¡Escucha esa música! Sonora, ¿eh?” Tragué saliva y
asentí con la cabeza. Víctor Sylvester es el Lawrence Welk
británico.
“Desprecio a los medios de comunicación”, continuó, mirándome a los
ojos y frunciendo el ceño. “’Adiós, reportero. Esparciendo tu
paranoia por el mundo. Creando situaciones que no comprendes’. Están
destrozando la realidad, convirtiéndolo todo en noticia”, dijo
subiendo el volumen aún más.
Sonó el teléfono. Era el gran maestro yugoslavo Svetozar Gligoric,
llamando desde Venecia. Fischer resplandeció. Gligoric es uno de sus
más calurosos admiradores. “¡Gligo! Gracias. ¿Qué? Estaba un poco
preocupado tras la segunda partida, sí… Bueno, en la quinta él tenía
una buena posición pero no intentó ganar… Es cierto, estos matches
son de algún modo fáciles para mí… pero siento que he estado en mi
mejor momento desde hace muchos años… ¿Spassky? Es muy sólido pero
bueno, ya sabes… ¿Felicitaciones de Spassky? No, nada… Adiós, Gligo.”
Colgó el teléfono sonriendo. “No he recibido felicitaciones de
Spassky todavía. Creo que le mandaré un telegrama: ‘FELICIDADES POR
GANAR EL DERECHO A ENFRENTARTE A MI POR EL CAMPEONATO DEL MUNDO’”.
Alrededor de la una de la madrugada salimos a cenar. No había
fotógrafos en el vestíbulo, pero Fischer no quiso correr ningún
riesgo. Descendimos por las escaleras traseras, salimos por una
puerta lateral y bordeamos un muro hasta que estuvimos a dos
manzanas del hotel. “Creo que nos hemos sacado de encima a esos
imbéciles”, dijo Fischer. Entonces caminó unas 20 manzanas a un paso
que me hizo sentir como Dopey the Dwarf (el enano estúpido en la
versión americana del cuento), luchando por mantener el ritmo de la
gente grande. Las calles estaban abarrotadas de parejas jóvenes
paseando enlazadas y besándose. Fischer miraba por encima de sus
cabezas y apretaba el paso. Me preguntaba si reparaba en ellos hasta
que lanzó una mirada a un coche aparcado en el que un hombre de unos
40 ó 50 años estaba besuqueándose con una chica joven. “¿Has visto
eso?”, explotó. “¡Es repugnante!”
Comimos en un restaurante chino. Fischer pidió dos platos
principales, uno con pato y el otro con cerdo, creo recordar, y los
remezcló con el tenedor hasta obtener una especie de sopa medio
derretida. “¡Aquí tienen una comida fenomenal!”, masculló con los
ojos relampagueantes.
Después de cenar salimos a dar un paseo hasta que nos dieron las 5
de la madrugada; a buen paso, recorreríamos no menos de 13
kilómetros. Fischer hablaba con ruidosa impaciencia juvenil acerca
de sus temas favoritos: ajedrez, dinero, los rusos, aparatos
electrónicos, ajedrez, ropa, comida, los rusos, ajedrez, ciencia,
ecología, problemas urbanos, ruido. Para ser un hombre de quien
popularmente se asume que tiene una inteligencia estrecha de miras
–limitada al tablero-, muestra un notable abanico de intereses. Pero
cuanto más hablaba, más quedaba en evidencia que toda esa
información era factual, no emocional. Procedía de libros, revistas,
periódicos, televisión –los medios de comunicación que despreciaba.
Poco antes del alba estaba diciéndome qué horribles son las ciudades
para la gente, cuánto ama la naturaleza y el campo abierto. Le hablé
de una gran rancho que yo conocía y sugerí que podíamos volar en una
avioneta hasta allí a pasar el día siguiente. Al principio se mostró
encantado con la idea, pero entonces me miró, el color desapareció
de sus mejillas, y su mandíbula se desencajó, como si hubiese sido
golpeado en la barriga. “No sé nada de esa avioneta”, dijo con
lentitud. “Supón que los rusos –por ejemplo, hicieran algo al motor,
cualquier cosa. Quiero decir, la gente no se da cuenta de lo
importante que es el ajedrez para su imagen. Les gustaría muchísimo
poder quitarme de en medio ahora mismo.”
Verde y llana, la pampa primaveral parecía como una Irlanda
planchada. A menos de una hora de Buenos Aires la avioneta aterrizó
en una franja de tierra segada -¡ops! El rancho equivocado. Tres
minutos después vimos “Santa Elena” pintado en un tejado metálico y
descendimos en picado hacia una camioneta que esperaba para
trasladarnos. Encerrado en hoteles por casi un año, Fischer miraba
la hierba como un prisionero mira al sol. “¡Guau!”, era todo lo que
acertaba a decir, “¡Guau!”
La casa solariega era un confortable chalé con un tejado inclinado,
situado en un parque de pinos tropicales y sicomoros altos como
torres. Una gorda y amistosa perra collie se acercó caminando como
un pato sobre el césped. Se llamaba Ruby y Bobby se enamoró de ella
a primera vista. Durante dos horas retozaron, se abrazaron y
pasearon por toda la finca. Hubo un momento en que Ruby atacó un
armadillo pero Fischer tiró de ella y durante unos buenos diez
minutos pareció conmocionado. Esto me hizo preguntarme si habría
visto algo de sí mismo en la pequeña criatura aterrorizada.
e vuelta a la casa, la vivaz ama de llaves nos sirvió un sabroso
plato argentino consistente en asado con verduras. En un arranque de
euforia Fischer se sacudió dos vasos de vino tinto, las primeras
bebidas alcohólicas que nadie que yo sepa le ha visto nunca tomar.
Después de la cena, con Ruby trotando fielmente junto a él, Fischer
salió a montar a caballo. Saltó sobre la silla, puso las riendas en
torno a su propia nuca y dijo “¡arre!” Estaba asustado y se llevó un
terrible meneo, pero el cansancio pudo con él. Se durmió poco
después en una dura silla del porche con Ruby a sus pies. “La gente
es muy amable aquí”, murmuró con asombro cuando nos fuimos. “Puedes
confiar en ellos, ¿sabes?”
En Santa Elena, Fischer estuvo más abierto que durante el resto de
los días que pasé con él. De vuelta a casa en la avioneta, mientras
la noche se cerraba en torno a nosotros como una gran rosa y él se
sentaba arqueado jugando con furia en su ajedrez de bolsillo, yo
tomaba notas de lo que me decía.
“Los americanos quieren un vencedor; aman a los vencedores. Si
pierdes, no eres nada… Pero yo voy a ganar… Es bueno para el
encuentro que Spassky tenga un tanteo favorable contra mí. Nos hemos
enfrentado cinco veces. Él venció en tres ocasiones e hicimos dos
tablas. Pero yo soy más fuerte y un match largo me favorece…”
Cuando le dije que yo había oído que Spassky abandona su vida
privada por un mínimo de seis meses antes de un match por el
campeonato del mundo, levanta pesas, corre y visita a un
psicoanalista todos los días, Fischer sonrió misteriosamente y dijo:
“No bromees”. Cuando le pregunté cómo pretendía entrenarse, él se
encogió de hombros y dijo: “No lo sé. Como siempre, supongo.
Estudiando. Jugando algo al tenis, posiblemente. Caminando. Me gusta
caminar, ya sabes.”
¿Y cuando gane el campeonato? “Jugaré mucho, jugaré matches la
pasta. No como los rusos. Ellos ganan el campeonato y se esconden
durante tres años. Cada pocos meses, en todo caso dos veces al año,
me gustaría reunir una bolsa de premios y ponerla en juego frente a
un rival. Es bueno para el ajedrez, mantiene alto el interés por el
juego, y es bueno para la cuenta bancaria. Quiero amontonar algo de
dinero. Como lo hacen los profesionales del fútbol. Todos esos
atletas ganando cientos de miles de dólares. Contratos, promociones.
Si hay sitio para todos ellos, debería haberlo para mí. Quiero
decir, después de todo, soy un embajador de buena voluntad de los
Estados Unidos. Además, quiero dinero, así puedo decir a alguna
gente dónde no me gusta ir… sí”.
En mi última noche en Buenos Aires los paparazzi tienden una
emboscada a Fischer. Regresando al hotel tras un paseo de tres
horas, fue asaltado por un grupo de unos 15 fotógrafos y reporteros,
la mayoría trabajando para un diario local de escándalos que había
prometido “perseguir” a Fischer hasta que concediese una entrevista.
Los reporteros le rodearon, clavando los hombros en sus costillas y
siseando insultos en su cara mientras los fotógrafos retrataban su
malestar. Pálido de rabia, Fischer empujó a la multitud hasta
alcanzar el ascensor. Pero en su habitación empezó a sonreír
abiertamente, y rió tan fuertemente que casi cae del sofá. “¡Es como
el ajedrez!” explicó con gran regocijo. “Yo liquidé una de sus
piezas y ellos fueron a por el rey. ¡Pero yo me escapé, me escapé!
¡Guau, estoy hambriento! Tan pronto como se vayan, vamos a
escabullirnos y conseguir algo de comer!”
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