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Más tarde, él mismo reveló que en marzo de 1999, cuando se preparaba
para el ascenso a coronel, transmitió una misiva al Alto Mando
criticando al Gobierno por desatender los problemas del Ejército, y
que en noviembre siguiente, en otra iniciativa rayana en la
insubordinación que en aquel momento tampoco trascendió fuera de los
ámbitos castrenses, entregó un memorándum al jefe del Comando
Conjunto de las Fuerzas Armadas, general Carlos Mendoza Poveda,
donde expresaba su oposición a la pretensión del presidente Mahuad
de incrementar los impuestos sobre la renta y el consumo, y donde
advertía que no se podía seguir "estrangulando al pueblo
ecuatoriano" mientras no se moralizara la función pública y no se
pusiera coto a la corrupción generalizada.
Más aún, el coronel demandaba una "revolución democrática" en el
Ecuador a partir de un "diálogo cívico-militar" imbuido de espíritu
regenerador y patriótico, tarea tanto más urgente por cuanto que "la
descomposición social era evidente" y existía un "altísimo riesgo de
entrar en una guerra civil". Semanas más tarde, en diciembre de
1999, Gutiérrez culminó sus exámenes para coronel y en la ceremonia
de recepción de despachos, en el INAGUE, estrechó la mano de Mahuad
a la vista de todo el mundo, incurriendo en una infracción de
protocolo que constituía un desacato abierto a la primera autoridad
del Estado.
2. Papel protagonista en la insurrección indígeno-militar
de 2000
Aquella proclama de Gutiérrez en favor del retorno de las Fuerzas
Armadas a la gestión política del país con un talante nacionalista,
estatalista, disciplinal y antioligárquico puede considerarse un
aviso de lo que se pergeñaba, ya que todo indica que el coronel,
lejos de adherirse espontáneamente en enero de 2000 a la revuelta
indígena sobre la marcha, planificó el movimiento insurreccional con
antelación, por lo menos desde noviembre del año anterior, junto con
los coroneles Fausto Cobo Montalvo, Luis Aguas Narváez, Gustavo
Lalama Hervas y Jorge Luis Brito Albuja, más la implicación incierta
del general Mendoza, recién nombrado ministro de Defensa, y, fuera
de los cuarteles, en estrecha coordinación con la Confederación de
Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) que lideraba el
quechua Carlos Antonio Vargas Guatatuca, la cual debía actuar como
la punta de lanza del movimiento.
El desarrollo de los hechos fue como sigue. El 9 de enero Mahuad
anunció la dolarización total de la economía ecuatoriana; la mudanza
monetaria, al igual que el decreto unos meses antes de la
congelación parcial de los depósitos bancarios de los particulares,
era de hecho una medida desesperada que buscaba estabilizar el tipo
de cambio del sucre, cuya cotización con respecto a la moneda
estadounidense estaba en caída libre, y recuperar la confianza de
los mercados financieros, pero en un contexto social explosivo, que
se nutría de la indigencia crónica de extensas capas de la
población, puso la espoleta para el estallido definitivo. El 12 de
enero, vigente de nuevo el estado de emergencia nacional por las
protestas callejeras en Guayaquil, Quito y otras ciudades, un
autodenominado "Parlamento Nacional de los Pueblos del Ecuador"
llamó a la desobediencia civil y a la toma del poder.
Mahuad se negó a dimitir o a revocar el decreto de dolarización,
pero el viernes, 21 de enero, miles de indígenas, reforzados, en
inopinada alianza, por efectivos del Ejército de rangos inferiores y
medios, ocuparon los edificios del Congreso Nacional, la Corte
Suprema de Justicia (CSJ) y la Contraloría General, y declararon
cesantes los poderes del Estado. Fue en este momento de anarquía en
que no se sabía muy bien qué estaba sucediendo cuando emergió
Gutiérrez como presidente de una denominada Junta de Gobierno de
Salvación Nacional, flanqueado por Vargas y por el magistrado Carlos
Solórzano Constantine, ex presidente de la CSJ.
Secundado por los cuatro coroneles arriba citados, que se hicieron
cargo de los puestos cimeros del Alto Mando militar (Cobo, la
Jefatura del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, Aguas, la
Comandancia General de la Fuerza Terrestre, y Lalama, la Jefatura
del Estado Mayor de la Fuerza Terrestre) y por numerosos oficiales y
suboficiales jóvenes de la ESPE y la Academia de Guerra -varios de
ellos veteranos de la guerra del Cenepa contra el Perú-, Gutiérrez
asumió la portavocía del movimiento y, micrófono en mano, proclamó
el inicio de "una lucha pacífica para romper las cadenas que atan a
la más espantosa corrupción, cambiar las estructuras del Estado y
fortalecer las instituciones democráticas".
Con posterioridad a los hechos, Gutiérrez justificó su rebelión como
un acto de patriotismo ante una situación nacional crítica, ya que
Mahuad "había perdido toda cualidad moral" para conducir el Estado
por, según él, haber aceptado dinero empresarial y haber antepuesto
los intereses particulares de los capitalistas ecuatorianos a los
intereses del pueblo desde el momento en que confiscó los ahorros.
Según el coronel, la asonada fue legítima en virtud de los artículos
3 y 97 de la Constitución ecuatoriana, que obligan, respectivamente,
al Estado, a garantizar el sistema democrático y la administración
pública libres de corrupción, y a todos los ciudadanos, a denunciar
y combatir estos mismos actos de corrupción; puesto que Mahuad había
"violado" la Carta Magna, concluía Gutiérrez, el Ejército se sintió
compelido a intervenir porque había jurado defender aquella suprema
ley.
A posteriori también, Gutiérrez desveló que medidas habría adoptado
la Junta de haber permanecido más tiempo en el poder: reversión de
la dolarización y, con carácter temporal, elevación del tipo
intervenido de cotización de los 25.000 a los 13.000 sucres por
dólar; inicio de procedimientos de extradición contra políticos y
banqueros corruptos para "hacerles devolver el dinero que robaron al
Ecuador y meterlos en la cárcel"; fiscalización, "casi inquisidora",
de todas las instituciones que recibían dinero público para cubrir
sus agujeros financieros; levantamiento del sigilo bancario a todo
funcionario público; creación de un cuarto poder del Estado, llamado
de "control financiero" o de "rendición de cuentas"; y, una profunda
reforma en los órganos del poder legislativo y judicial, reduciendo
el número de diputados y despolitizando la magistratura.
Claro que entonces apenas hubo tiempo para conjeturas sobre los
pasos a tomar por la Junta, porque en cuestión de horas la aventura
de Gutiérrez y sus compañeros tocó a su fin. Antes de acabar el día
y sin explicar las razones -lo que, de entrada, sugirió graves
descoordinaciones y divisiones entre los militares-, la Junta fue
sustituida por otro triunvirato denominado Consejo de Estado, en el
que Gutiérrez ya no figuró.
Su puesto fue ocupado por el general Mendoza, quien acto seguido
procedió a reconducir la sublevación engañosamente triunfante a la
situación precedente, lo que desde el punto de vista de los alzados
constituyó un acto de "traición". Según el testimonio
autoexculpatorio del general, él se vio arrastrado a la sedición
cuando Mahuad le exigió, el día 20, que empleara la fuerza para
contener a las turbas antigubernamentales, lo que, en su opinión,
agotó los "escenarios de rectificación" para dar a la crisis una
salida dentro del orden establecido.
Con las seguridades recibidas de Mendoza y el Alto Mando, el 22 de
enero el Congreso tomó las riendas de la crisis y le dio un
cerrojazo institucional: declaró cesante a Mahuad por abandono de
sus funciones e invistió al vicepresidente Gustavo Noboa Bejarano,
un exponente de la élite política tradicional del mismo partido que
Mahuad, presidente constitucional con mandato hasta el 15 de enero
de 2003. Poco después, Mahuad, desde su escondite, comunicó su
conformidad con el nombramiento de Noboa.
En resumidas cuentas, la alta oficialidad de las Fuerzas Armadas y
la clase dirigente civil se apresuraron a apuntalar el orden de
cosas puesto en peligro por unos sectores sociales desde siempre
marginados por las clases dirigentes blancas que creyeron conquistar
el poder por la vía insurreccional y con la ayuda inestimable de
Gutiérrez y su grupo de coroneles, los cuales fracasaron en
convencer a todos los mandos por encima de ellos.
Gutiérrez y sus compañeros fueron inmediatamente arrestados y
sometidos a las autoridades judiciales, tanto civiles como
militares. El 1 de junio el coronel llevaba más de cuatro meses
encarcelado cuando el Congreso, a instancias del Gobierno de Noboa,
que deseaba apaciguar la tensa situación social por la reactivación
de la protesta indígena y la escalada en los precios, aprobó una ley
de amnistía para él y otros 16 oficiales, los cuales recobraron la
libertad al día siguiente. Se trataba de una exoneración ante las
justicias civil y militar por los cargos de insubordinación y
sedición, no ante la Comandancia General del Ejército, que aún debía
dictar las sanciones disciplinarias correspondientes. Según un
sondeo de opinión realizado poco antes, el 67% de los ecuatorianos
rechazaba el enjuiciamiento de los oficiales implicados en la
asonada de enero.
Sin perder un minuto, Gutiérrez se hizo entrevistar por la prensa
local y extranjera para defender su actuación en los acontecimientos
del 21 enero. Así, negó que aquel día se intentase un golpe de
Estado, tal como aseguraban Mahuad y otros políticos, y, antes bien,
describió los hechos como una "rebelión popular nacida de las
entrañas mismas del pueblo ecuatoriano", que, como "forma de
autodeterminación de los pueblos", le parecía tan legítima como las
revoluciones francesa, norteamericana y la propia de los
ecuatorianos cuando la independencia de España a principios del
siglo XIX.
Estos comentarios le acarrearon el 5 de junio un arresto de cuatro
días por orden de la autoridad militar. Superado este último
encontronazo con sus superiores uniformados, Gutiérrez se lanzó de
lleno a la política. Con celeridad, articuló un movimiento de apoyos
para catapultarle a la Presidencia de la República en las elecciones
de 2002, meta que, estaba convencido, quedaba al alcance de su mano,
no obstante ser un absoluto neófito en estas lides y, a priori, un
rival no de talla para los líderes políticos consolidados, algunos
de ellos, empresarios multimillonarios que no iban a reparar en
gastos para sufragar sus campañas.
3. Proyecto político presidencial con mensajes de regeneración
nacional
El 10 de junio de 2000 Gutiérrez solicitó a la Comandancia General
el estado de servicio pasivo en las Fuerzas Armadas. Una vez
obtenido el pase a la reserva del Ejército, el 5 de julio presentó
junto con algunos militares, policías y civiles que participaron en
la asonada el Partido Sociedad Patriótica 21 de enero (PSP). La
primera parte del nombre aludía al fracasado alzamiento patriótico
de 1809 contra los españoles, que prologó la verdadera independencia
en 1822; la segunda parte dejaba constancia de la reciente "gesta
heroica" en la que, en una "simbiosis maravillosa con el pueblo
ecuatoriano", su grupo de militares dio "horas de libertad, dignidad
y autoestima" a ese mismo pueblo.
Gutiérrez explicó que su movimiento aspiraba a ser tan grande como
los 12 millones de ecuatorianos -"sólo los corruptos" no tendrían
acceso al mismo-, a traer "la segunda y definitiva liberación" del
Ecuador, y a "refundar el país" de manera pacífica y democrática, y
atendiendo a criterios morales, ya que el problema más grave que
tenía la nación andina no era "el económico ni el social, sino el
ético". Indagado sobre el sustrato ideológico del PSP, Gutiérrez
esquivó la atribución de cualquier etiqueta clásica de izquierda e
insistió en que sólo se guiaba por la devoción por la patria y un
sentimiento de unidad nacional que bebía del pensamiento y las
acciones de los próceres de la independencia y, muy especialmente,
del Libertador Simón Bolívar.
La presentación de sí mismo como un "ferviente" seguidor de las
ideas integracionistas bolivarianas enriqueció el cuadro de
similitudes de Gutiérrez, por antecedente sedicioso y por discurso
regeneracionista, con el otrora teniente coronel y ahora presidente
de Venezuela Hugo Chávez, quien en diciembre de 1998 había
arrollado en las urnas por acertar a capitalizar el profundo rechazo
de la gran mayoría de la población venezolana a su clase política y
a transmitir a la sociedad del país vecino un proyecto ilusionante.
Gutiérrez no se privó de expresar su admiración por el movimiento
chavista -dos años después de llegar al poder en Venezuela, tan
puesto en entredicho-, cuyo éxito en la implicación de los militares
en política y en el salto al poder por la vía exclusivamente
democrática constituía para el coronel ecuatoriano una referencia de
primer orden.
La estirpe contemporánea de militares progresistas (Omar
Torrijos en Panamá, Juan Velasco Alvarado en Perú, Juan José Torres
en Bolivia) tenía en el mismo Ecuador un notorio representante, el
ya citado dictador Guillermo Rodríguez Lara, el cual dirigió entre
1972 y 1976 un régimen calificado de nacionalista y revolucionario
que se asignó los objetivos de la reforma agraria, el control
estatal del petróleo, la plena explotación de los recursos
naturales, el desarrollo educativo y el sometimiento de la
oligarquía al poder popular, con resultados bastante discutibles.
Como Gutiérrez 25 años después, Rodríguez Lara aseguraba carecer de
ideología al uso.
Más cerca en el tiempo estaba el caso de Frank Vargas Pazzos,
díscolo general de Aviación que provocó varias perturbaciones
golpistas durante la Presidencia del conservador León Febres
Cordero, del Partido Social Cristiano (PSC), en 1986 y 1987; erigido
en fustigador de corruptos en los estamentos civil y militar, Vargas
se hizo muy popular entonces por su talante, difícil de clasificar,
a caballo entre el nacionalismo presuntamente regeneracionista, un
machismo típicamente castrense y la admiración por los métodos de
acción directa en lugar de las fórmulas legalistas y los cabildeos
políticos.
Otro elemento de carisma en Gutiérrez tenía que ver con su tez
morena, evocadora de un grado de mestizaje con el que, un poco al
modo del presidente peruano Alejandro Toledo (no obstante
presentar éste un tipo racial mucho mas acusado, de indígena
quechua), podían sentirse más identificados esa gran mayoría de
ecuatorianos mestizos e indígenas puros que desde la restauración de
la democracia sólo habían conocido presidentes blancos de
ascendencia española o libanesa.
En enero de 2001 Gutiérrez acompañó a Antonio Vargas en la nueva
campaña de movilizaciones de la CONAIE contra las subidas de las
tarifas de los servicios públicos y el IVA decretadas por el
Gobierno de Noboa, y en los meses siguientes multiplicó los actos
públicos como preparación de su candidatura presidencial. El 27 de
febrero de 2002 el PSP fue inscrito en el registro de partidos.
Para robustecer las posibilidades de pasar a la segunda vuelta en
las elecciones del 20 de octubre, a lo largo de 2002, el coronel
napeño pactó el respaldo de la CONAIE, ahora presidida por Leónidas
Iza, y de otras organizaciones y sindicatos, más sendas alianzas con
los partidos políticos de izquierda Movimiento Unidad Plurinacional
Pachakutik-Nuevo País (MUPP-NP), coordinado por Miguel Lluco Tixe y
estrechamente ligado a la CONAIE en tanto que brazo político del
colectivo indígena militante, y el Movimiento Popular Democrático (MPD),
éste de tendencia marxista. También, se fraguaron listas comunes con
el Partido Socialista Ecuatoriano-Frente Amplio (PSE-FA), de extrema
izquierda, pero el acuerdo fue roto a los dos meses de la firma.
Como compañero de fórmula para la Vicepresidencia de la República,
Gutiérrez escogió a un independiente, el médico cardiólogo y ex
ministro de Sanidad Alfredo Palacio González.
En el programa de Gobierno de Gutiérrez y el PSP señoreaban dos
puntos. En primer lugar, la lucha frontal e implacable, con
características de cruzada, contra toda forma de corrupción y fraude
económicos cometidos por funcionarios públicos, empresarios privados
y personal bancario. En particular, proponía una legislación
especial para combatir la evasión tributaria, el contrabando
aduanero y el trasiego ilícito de dinero entre los poderes públicos
y la banca y la empresa privadas, así como proceder a extraditar
para ser juzgados por tales delitos a quienes estando procesados se
hallaban refugiados en el extranjero, y aplicar penas draconianas,
como la cadena perpetua para todo funcionario público hallado
culpable de malversar fondos superiores a los 5.000 dólares.
El otro aspecto destacado del programa electoral era la atención
prioritaria, por delante de transformaciones como la privatización
de los sectores eléctrico y de las telecomunicaciones, a las
cuestiones sociales, aliviando de cargas al ecuatoriano de a pie
golpeado por la crisis y brindando servicios y oportunidades a los
más desfavorecidos.
Entre las propuestas en este terreno, calificadas alternativamente
de "izquierdistas" y "populistas" por sus detractores, figuraban: la
rebaja del IVA del 12% al 10%; el aumento de los gastos de educación
hasta suponer el 30% del presupuesto total (tal como recoge la
Constitución, que exhorta a erradicar el analfabetismo); el
establecimiento de un seguro universal de salud; la dotación de
vivienda subvencionada y vivienda prefabricada a cargo del Estado a
cuatro millones de familias; y, una oferta de bonos específicos para
cubrir las necesidades de los pobres, los estudiantes, los
agricultores, los pescadores y los artesanos.
Adicionalmente, Gutiérrez manifestaba su intención de impulsar la
creación de una Agencia de Garantías del Emigrante para atender
todas las necesidades de este importantísimo colectivo, que subvenía
a la economía nacional con sus remesas, y vigilar sus condiciones
legales y laborales en los países de acogida, fundamentalmente
Estados Unidos y España, de lo que se derivaba la lucha policial
contra el tráfico de personas.
En política exterior, Gutiérrez se presentaba como un
latinoamericanista convencido que desearía la articulación de un
"gran frente continental" para presentar una propuesta global contra
la hipoteca al desarrollo que suponía la deuda externa y para
enfrentar el resto de problemas compartidos por los estados del
subcontinente, cuales eran la pobreza, la corrupción, el
narcotráfico y las agresiones al medio ambiente. En consecuencia,
durante la campaña Gutiérrez se declaró muy crítico con el
denominado Plan Colombia -acometido por Estados Unidos para
combatir el narcotráfico en el país vecino con incidencia en los
medios militares-, con el convenio ecuato-estadounidense de
noviembre de 1999 para el uso conjunto de la Base Área de Manta
–sita en la provincia de Manabí, la instalación era un importante
centro operacional de Estados Unidos en su lucha contra el narco-terrorismo
en la región- y también con el proyecto del Área de Libre Comercio
de Las Américas (ALCA).
En el cierre de la campaña, Gutiérrez refutó las imputaciones de
"comunista" vertidas por el candidato del Partido Renovador
Institucional Acción Nacional (PRIAN), el magnate y antiguo
bucaramista Álvaro Fernando Noboa Pontón, recalcando que, como
hombre de la milicia, no tenía formación ideológica ni doctrina
política, que su "única ideología" era "el pueblo del Ecuador" y
que, de hecho, se trataba de un hombre de profundas convicciones
cristianas, respetuoso con la propiedad privada y los Derechos
Humanos. El 6 de octubre, en una entrevista concedida a un diario
guayaquileño, se había definido como "un nacionalista que ama
profundamente al Ecuador" y como "un individuo no dogmático, sino
más bien pragmático".
4. Inopinada victoria electoral en 2002
Según los sondeos demoscópicos, Gutiérrez ni siquiera tenía seguro
el paso a la segunda vuelta y aparecía rezagado con respecto al ex
presidente socialdemócrata (1988-1992) Rodrigo Borja Cevallos,
de la Izquierda Democrática (ID). Pero el 20 de octubre, el militar
en la reserva dio la campanada al colocarse el primero con el 20,3%
de los votos seguido de Noboa, León Roldós Aguilera por el
Movimiento Ciudadano, y Borja. El otro protagonista de la asonada de
2000, Antonio Vargas, compitió por cuenta propia, como candidato del
partido Amauta Jatari, y sólo cosechó el 0,8% de los votos.
En el interludio hasta la segunda vuelta, donde se vería las caras
con Noboa, Gutiérrez aplicó a su discurso un tono más conciliador y
menos retórico, para aquietar los temores que sus propuestas
programáticas -más que su estilo personal, habitualmente contenido y
alejado, por ejemplo, de la exuberancia y la agresividad de Hugo
Chávez- estaban suscitando en los operadores económicos.
Gutiérrez amplió su relación de contactos con los actores sociales
ecuatorianos, mantuvo reuniones con el presidente saliente y con la
cúpula militar, e incluso viajó a Estados Unidos para entrevistarse
con empresarios, banqueros y representantes del FMI, a quienes causó
una buena impresión al asegurarles que un gobierno suyo respetaría
la dolarización, mantendría el diálogo con el organismo financiero
sobre un préstamo de contingencia de 240 millones de dólares y
cuidaría la austeridad fiscal, un punto este último que se antojaba
difícilmente conciliable con la prometida expansión del gasto social
del Gobierno.
De paso, Gutiérrez se etiquetó por primera vez como un político de
"centro-izquierda", negó que pudiera ser la tercera ficha de un
dominó ideológico en América Latina luego de los triunfos de Chávez
en Venezuela y Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, y
aclaró que apoyaba la presencia de militares estadounidenses en
Manta, todo lo cual generó suspicacias en el movimiento indígena.
El 24 de noviembre, arropado por una masa de enfervorizados
partidarios, Gutiérrez acudió a votar en su colegio quiteño vestido
"por última vez" con la indumentaria paramilitar de color verde
oliva con que había realizado toda la campaña, y exudando
triunfalismo. Al cabo de una jornada electoral impecablemente
democrática, el escrutinio otorgó la victoria a Gutiérrez sobre el
magnate de Guayaquil con el 54,3% de los votos.
En sus primeros momentos como presidente electo, Gutiérrez anunció
un gobierno pluralista y de concertación nacional, con inclusión de
representantes de los movimientos sociales a la vez que banqueros y
hombres de negocios de probada honestidad. Tanto el Pachakutik como
el MPD obtendrían ministerios. También, indicó que tras asumir
enviaría al Congreso sendos proyectos de ley para despolitizar los
tribunales de justicia, crear la cuarta función del Estado, la de
control y rendición de cuentas, reducir el número de diputados,
reformar el código electoral y modernizar el aparato burocrático.
La salida adelante de esta reforma política y estatal se auguraba
complicada, ya que Gutiérrez iba a tener que negociar con el
atomizado Congreso que produjeron los comicios del 20 de octubre,
los cuales sólo otorgaron 13 escaños sobre 100 a las candidaturas
del PSP y el Pachakutik, bien como lista conjunta, bien concurriendo
por separado. Entre los escaños ganados estaban los de la futura
primera dama, Ximena Bohórquez, por Pichincha, el hermano menor de
Gutiérrez, Fausto Gilmar, también militar de carrera, por Napo, y un
primo materno, Aníbal Renán Borbúa Espinel, por Guayas. Además,
Gilmar Gutiérrez y Renán Borbúa eran respectivamente el presidente
nacional del PSP y el jefe del partido en Guayaquil.
Aparte, un puñado de candidatos de ambas formaciones obtuvo el
escaño en algunas circunscripciones dentro de listas conjuntas con
partidos de izquierda. Contrastando vivamente con lo sucedido en las
presidenciales, el PSC, el PRE y la ID, esto es, los partidos
dominantes tradicionales, se hicieron con las bancadas más nutridas
del hemiciclo.
Para tranquilizar a los descontentadizos del Pachakutik a raíz de su
viraje a la moderación entre los turnos electorales, Gutiérrez
aseguró que no iba a aplicar un paquetazo, es decir, medidas
de ajuste traumáticas de la economía, porque "los ecuatorianos no
resisten más". Ya entonces, a modo de análisis prospectivo, cabía
aventurar que el nuevo mandatario ecuatoriano se exponía a correr la
suerte de otros líderes sudamericanos aupados al poder con muy
parecidas o idénticas promesas de luchar contra la corrupción y la
pobreza rampantes, es decir, que en un tiempo muy breve viera
evaporarse su popularidad. Lo cierto era que los esperanzados
votantes de Gutiérrez, que no estaban homogéneamente repartidos en
todos los ámbitos sociales y geográficos del país, ya que
predominaban abrumadoramente los indígenas y mestizos del interior
serrano, ansiaban apreciar con la mayor prontitud una mejora
sustancial en sus deplorables condiciones de vida.
En este sentido, la accidentada cuenta atrás de la toma de posesión
de la Presidencia con un mandato de cuatro años el 15 de enero de
2003, a la que asistieron varios presidentes de la región inclusive
Chávez y el recién inaugurado Lula de Silva, podía ser vista como un
aviso de entrada a Gutiérrez. En los días previos al evento, en el
que lanzó la advertencia lapidaria "o cambiamos al Ecuador o morimos
en el intento", el antiguo uniformado desató una tormenta política
con su declaración de que los nueve ex presidentes vivos del país
deberían "ir a la cárcel" por su responsabilidad "en el desastre
nacional". Gutiérrez arremetió especialmente contra el veterano
político guayaquileño Febres Cordero, que seguía conservando un
considerable ascendiente en la política nacional desde que terminó
su mandato presidencial en 1988, a quien llamó "el personaje más
nefasto del país".
Gutiérrez se vio obligado a retractarse de estos comentarios y a
pedir disculpas públicamente, y también hubo de abandonar su
intención inicial de prestar juramente de su cargo, no ante el pleno
del Congreso, sino "ante el pueblo", en un foro alternativo que no
especificó. Por si fuera poco, las negociaciones emprendidas con los
partidos de la oposición para intentar asegurarse una mayoría de
respaldo en el Congreso no prosperaron. Este rosario de tropezones,
insólito en un mandatario que ni siquiera había tomado posesión aún,
mereció duras reprimendas de la prensa ecuatoriana, que presentó los
tempranos bandazos de Gutiérrez como los propios de un líder
impulsivo y bisoño, acostumbrado a las fórmulas autoritarias de la
milicia y no familiarizado con las formalidades y mecanismos de la
institucionalidad civil.
5. Temprano giro a la derecha y ruptura con el principal
colectivo indígena
Quienes entre las élites políticas y empresariales tradicionales
habían temido que el Ejecutivo, con Gutiérrez al timón, tomara una
deriva populista de izquierdas, empezara a aplicar medidas de corte
socialista o impusiera soluciones expeditivas al estilo "castrista"
o "chavista" quedaron rápidamente aliviados. Al contrario, la
frustración afloró en los partidos de la izquierda, los sindicatos y
los colectivos indígenas al ver cómo el ex coronel, a las primeras
de cambio, se desdecía de las promesas electorales de contenido
social y se sometía a las directrices liberales.
El 19 de enero, a los cuatro días de empezar a gobernar, en un
vuelco que recordó el dado por Bucaram nada más iniciar su mandato
en agosto de 1996, el presidente y su ministro de Economía y
Finanzas, Mauricio Pozo Crespo, anunciaron a la nación un "Programa
de Ordenamiento Económico y Desarrollo Humano" que contemplaba el
incremento inmediato de los precios de los combustibles, la
congelación de los salarios en el sector público y reducciones en
los gastos del Estado. Como compensación, el llamado bono
solidario, que recibían 1.200.000 ecuatorianos, subía de 11,5 a
15 dólares.
"Con profundo dolor asumo la responsabilidad de las medidas y pido
la comprensión y el apoyo de todos los ecuatorianos", dijo el
presidente en su alocución televisada. El Gobierno reconoció que lo
que tenía entre manos era un programa de ajuste, pero "no
tradicional", por fijarse metas tanto de ingresos como de gastos.
Las medidas, proseguía el Gobierno, eran insoslayables debido al
voluminoso déficit fiscal heredado de la Administración de Noboa
Bejarano.
A continuación, el 9 de febrero, Gutiérrez inició en Estados Unidos
un viaje no oficial de seis días. El 10 de febrero asistió a la
firma por el ministro Pozo en la sede del FMI en Washington de una
carta de intenciones sobre la liberalización de los precios, el
manejo cuidadoso de los ingresos fiscales, la introducción de
reformas en los terrenos laboral, tributario y arancelario, y el
pago de la deuda externa, que entonces alcanzaba los 16.400 millones
de dólares. A cambio, el país andino recibía del FMI un crédito de
200 millones de dólares y la elegibilidad para obtener otros 500
millones más a cuenta del Banco Mundial y el Banco Interamericano de
Desarrollo (BID).
En la jornada posterior, el presidente comunicó a su homólogo
anfitrión en la casa blanca, George W. Bush, que el Ecuador
deseaba convertirse "en el mejor amigo y aliado de Estados Unidos en
la lucha permanente por alcanzar la paz en el mundo, fortalecer la
democracia, reducir la pobreza, combatir el narcotráfico y terminar
con otra lacra humana como es el terrorismo". De estas palabras se
desprendía que Quito aceptaba participar en el Plan Colombia
y levantaba cualquier objeción al convenio sobre el uso conjunto de
la Base Aérea de Manta hasta 2009.
Sectores de la CONAIE y el Pachakutik, que tenían a dos líderes
históricos en el Ejecutivo, Nina Pacari Vega, ministra de Relaciones
Exteriores, y Luis Macas Ambuludi, ministro de Agricultura y
Ganadería, acusaron a Gutiérrez de estar enajenando la soberanía
nacional con sus primeras decisiones de puertas afuera. Además, el
presidente se puso a cortejar con acciones clientelistas de entrega
de prebendas y dádivas a una ONG de nuevo cuño que se erigió en
rival de la CONAIE, el Frente de Defensa de los Pueblos Indígenas
Campesinos y Negros del Ecuador (FEDEPICNE). Ahora bien, la
inquietud de la opinión pública, aquí sin distingos de ideología,
comenzó a manifestarse también en relación con los fuertes indicios
de nepotismo presidencial.
Si la condición de diputados del PSP de la esposa, el hermano menor
y un primo del presidente no presentaba ninguna incompatibilidad,
las dudas y el estupor resultaron inevitables a medida que fue
conociéndose el número impresionante de parientes sanguíneos y
políticos que estaban recibiendo un despacho o una prebenda en la
función pública del Estado. De entrada, el presidente colocó
a sus tres hermanas: Janeth, a quien hizo su secretaria particular,
Paola, a la que nombró coordinadora general de Banco del Estado (BEDE),
y Susana, encargada de misión en la Embajada ecuatoriana en Buenos
Aires.
El esposo de Janeth Gutiérrez, Gualberto Napoleón Villa Barragán,
coronel retirado de la Policía, fue designado presidente ejecutivo
del Fondo de Solidaridad, un organismo clave encargado de financiar
los programas de desarrollo social, aunque su gestión aquí iba a ser
efímera. Varios familiares del cuñado del jefe del Estado recibieron
importantes nombramientos en el Fondo de Solidaridad y en las
empresas estatales Petroecuador, Petrocomercial, Petroproducción y
Pacifictel, así como en el servicio diplomático.
El apellido Borbúa, es decir, la familia carnal del presidente por
parte de madre, también abundaba en las instituciones del sector
público. Por ejemplo, un tío, Mario Aníbal Borbúa Bohórquez, antiguo
gobernador de Napo, era el gerente general del Fondo de Inversión
Social de Emergencia (FISE). Y lo mismo sucedía con la familia
materna del primo Renán Borbúa. En añadidura, una hermana de la
primera dama, Rocío Bohórquez Romero, tomó asiento en el Directorio
de Andinatel y en calidad de presidenta del mismo, un puesto que
cabía calificar de sinecura.
Todo prácticamente sin solución de continuidad, los entresijos de la
familia presidencial desembocaron en un galimatías de
recriminaciones atizadas por propios y extraños. El 7 de abril,
cuando ya habían tenido que dimitir cinco altos cargos del
oficialismo, entre ellos el ministro de Desarrollo Urbano y
Vivienda, Nelson Álvarez, tras revelarse que arrastraba una orden
judicial de arresto por estafa desde 1996 y una denuncia por
falsificación de documento bancario y desfalco desde el año pasado,
y el propio Supercuñado del presidente, Napoleón Villa,
acusado de haberse embolsado irregularmente haberes de la Policía en
1994, Ximena Bohórquez, que no vivía en Carondelet y que a todos los
efectos estaba separada de su marido, generó un nuevo escándalo al
declarar al periódico El Universo que su marido había errado
en la selección de funcionarios, que el Gobierno debía "entrar en un
sano proceso de depuración" y que el país merecía "respeto" y
"transparencia".
Gutiérrez reaccionó inmediatamente, tachando de "lamentables" y
"rayanas en los límites de la inmoralidad" las declaraciones de la
primera dama, pero se vio obligado a dejar caer a más allegados
identificados por la prensa como integrantes de la "red" de
familiares y amigos, y como beneficiarios de las "cuotas" de poder
pactadas por el presidente. La puesta en marcha del Sistema
Anticorrupción del Ecuador (SAE) a partir de una Comisión adscrita a
la Presidencia no impresionó a unas cabeceras de prensa
decididamente fiscalizadoras y hostiles que endilgaron al cabeza de
tal comisión, el dirigente del PSP Alejandro Nájera, la elaboración
de "listas negras" de "enemigos" del Gobierno, entre los que habría
numerosos periodistas, y la comisión de espionajes telefónicos.
El ambiente se enrareció más a partir del 12 de abril, cuando el
Ministerio de Relaciones Exteriores de Colombia anunció que las
autoridades del país estaban colaborando con las ecuatorianas en el
esclarecimiento de un presunto complot para asesinar a Gutiérrez;
los anónimos conspiradores habrían contratado a sicarios de Cali
para perpetrar un "atentado" contra la vida del presidente. El 6 de
julio, el MPD, que tenía dos ministros en el Gobierno, abandonó el
barco del oficialismo por la "derechización" del presidente. El
primero de agosto dimitió sin dar una explicación satisfactoria el
ministro de Gobierno y Policía, Mario Canessa Oneto.
Cinco días después de la salida de Canessa, poniendo el colofón a
unas relaciones tormentosas que habían tomado este vericueto el
mismo día de la asunción del Ejecutivo, y al tiempo que el Congreso
derrotaba un proyecto de ley enviado por el Gobierno para introducir
controles en la contratación de trabajadores estatales y podar la
burocracia, la CONAIE y el Pachakutik declararon rota la coalición
porque el presidente, así rezaba el duro manifiesto de la ONG
indígena, había "traicionado el mandato que le fue entregado por el
pueblo ecuatoriano" desde el momento en que firmó la carta de
intenciones con el FMI, asumió el principio de la privatización de
los activos del Estado, flexibilizó el mercado laboral, reformó la
fiscalidad y lanzó "una reforma de la Seguridad Social que busca
destruirla". El grupo de los ahora dimitidos Pacari, Macas y Doris
Solís Carrión, ministra de Turismo, se desligaba de "cualquier
responsabilidad" por la actuación del Gobierno y llamaba a los
ecuatorianos a movilizarse y a expresar "su rechazo a un régimen que
se caracteriza cada vez más por la corrupción y el entreguismo".
La espantada de sus socios indígenas e izquierdistas dio a Gutiérrez
plena libertad para, por necesidad legislativa y, al parecer,
también por convicciones personales, negociar el soporte de los
partidos escorados al centro y la derecha, empezando por el PSC. El
17 de diciembre de 2003 se hizo cargo del Ministerio de Gobierno y
Policía un antiguo lugarteniente de Rodrigo Borja, Raúl Baca Carbo,
mientras que para la Secretaría General de la Administración Pública
fue reclutado el ex ministro con Durán-Ballén y ex diputado del PUR
Xavier Ledesma Ginatta.
Antes de terminar 2003, la CONAIE celebró una denominada Asamblea de
los Movimientos Indígenas, Campesinos, Sociales y Partidos Políticos
de Izquierda y Democráticos, la cual, ya sin tapujos, llamó a forzar
la salida del poder del "traidor" Gutiérrez "por no ser coherente
con los principios y programas que le permitieron triunfar en las
urnas y por haberse subordinado una vez más al PSC y a los
planteamientos del FMI, que han profundizado el modelo neoliberal,
la corrupción y pobreza para el 80% de los ecuatorianos". La CONAIE
expresó también su "rechazo a la política dictatorial y autoritaria"
del Ejecutivo, en referencia a la represión policial de una huelga
de maestros y de varias movilizaciones de los colectivos indígenas y
campesinos.
6. Cuenta atrás para el estallido social
La "gran marcha hacia la unidad nacional" y la "gran asamblea de
trabajadores y los pueblos del Ecuador" convocadas por la CONAIE
para principios de 2004 con la intención de poner a Gutiérrez contra
las cuerdas fracasaron debido a las disensiones con la Confederación
Nacional de Organizaciones Campesinas Indígenas y Negros (FENOCIN),
las cuales impidieron por el momento la realización de
movilizaciones conjuntas. Y eso, a pesar de un suceso tan grave como
el intento de asesinato de Leónidas Iza, que el 1 de febrero fue
blanco de los disparos efectuados por dos pistoleros en el momento
de apearse de un taxi él y su familia frente a la sede de la CONAIE
en Quito; aunque el presidente de la confederación indígena salió
ileso, su hijo, su esposa y otros dos familiares resultaron heridos
de diversa consideración.
El atentado contra Iza sucedió al asesinato, el 30 de enero, del
funcionario de Petroecuador Patricio Campana, justo cuando se
disponía a presentar a la justicia un informe sobre la sustracción
ilícita de combustible por una mafia de propietarios de gasolineras,
y precedió al intento de asesinato, fallido también, el 9 de
febrero, del presidente ejecutivo de la emisora de televisión
Telesistema, Carlos Muñoz Insúa. El Gobierno condenó enérgicamente
estos crímenes y habló de "grupos extremistas" que pretenderían
desestabilizarlo, pero la alarmada oposición política y social no
tuvo ambages en enmarcarlos en una "política de persecución, crimen
e impunidad" que tendría sus expresiones más cotidianas en las
amenazas anónimas a periodistas. A estas alturas, las relaciones
entre el poder y los medios de comunicación, sobre todo los basados
en Guayaquil, que no se cansaban de publicar detalles escandalosos
sobre presuntas corruptelas y abusos en el oficialismo, eran
absolutamente belicosas.
La tensión política fue escalando de nivel a lo largo de 2004. A
finales de mayo, el presidente no tuvo más remedio que cesar a uno
de los pesos pesados del Ejecutivo y el partido, el coronel en la
reserva Patricio Acosta Jara, que venía fungiendo de ministro de
Bienestar Social desde diciembre, cuando dejó el puesto de
secretario general de la Administración Pública, luego de saberse
que el Departamento de Estado de Estados Unidos le había incluido en
su lista de autoridades extranjeras sospechosas de corrupción y le
había cancelado el visado de entrada en el país. La defenestración
de Acosta fue unánimemente considerada un rudo golpe para Gutiérrez,
que nombró para el Ministerio de Bienestar Social a su antiguo
compañero en la revuelta de 2000, el quechua Antonio Vargas.
Antes de poder digerir el escándalo en torno a Acosta la opinión
pública se encontró con la renuncia del ministro Mauricio Pozo, que
se encontraba muy desgastado por el coro de críticas del frente
social e indígena, el cual empezaba a tener éxito en el liderazgo de
la oposición popular a los intentos del presidente y los diputados
afectos de que el Congreso diera luz verde a la explotación de los
campos petrolíferos amazónicos de Shushufindi, Lago Agrio, Culebra-Yulebra
y Auca, a cual más rentable, por concesionarias privadas
extranjeras. Gutiérrez reemplazó a Pozo por el presidente del
Directorio del Banco Central, Mauricio Yépez Najas. El país era un
mentidero, y el rumor del momento apuntaba a una inminente "autodictadura"
del Gobierno que incluiría el cierre del Legislativo.
Una semana después de la caída de Pozo, el 6 de junio, coincidiendo
con el arranque en la capital del XXXIV período ordinario de
sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados
Americanos (OEA), al que no faltó el secretario de Estados de
Estados Unidos, Colin Powell, el país fue sobresaltado por un
rosario de bombas de escasa potencia que estallaron en Quito,
Guayaquil y Cuenca, y que tenían el remite del Grupo de Combatientes
Populares. Al mismo tiempo, piquetes de la CONAIE bloqueaban la
carretera panamericana en dos puntos al norte de Quito. Ahora mismo,
la aceptación popular del presidente no superaba el 20%, de creer
los sondeos periodísticos.
El estilo porfiado de Gutiérrez fue ganando en intensidad a medida
que arreciaban las acusaciones de sus detractores. Su agenda
exterior había sido, e iba a seguir siéndolo, perturbada por los
conflictos en el Gobierno y el Congreso, aunque el 12 de julio de
2004 discurrió sin novedad en Quito el XV Consejo Presidencial de la
Comunidad Andina de Naciones (CAN). Teniendo a Gutiérrez de
anfitrión, los presidentes de los cinco países miembros adoptaron la
Declaración sobre el Establecimiento y el Desarrollo de la Zona de
Paz Andina.
Uno de los principales motivos de la irritación de la CONAIE era el
acusado interés de Gutiérrez por las dinámicas de integración
comercial y desarme arancelario. El otrora crítico con los procesos
librecambistas se había convertido en un paladín de los mismos. El
Gobierno no ahorraba los gestos ostensiblemente favorables al ALCA;
así debía verse la decisión de conceder parte del patrimonio de
Petroecuador a las multinacionales. El Tratado de Libre Comercio con
Estados Unidos, propuesto formalmente por Gutiérrez a Bush en
octubre de 2003, empezó a negociarse el 18 de mayo siguiente en
Cartagena de Indias en una mesa multilateral que también incluía a
Perú y Colombia.
Entre medio, el 16 de diciembre de 2003, en Montevideo, el canciller
Patricio Zuquilanda Duque firmó un Acuerdo de Complementación
Económica que, con vistas a la formación a la mayor brevedad de un
área de libre comercio entre los dos bloques, comprometía al
Ecuador, Colombia y Venezuela por parte de la CAN, y a Argentina,
Brasil, Uruguay y Paraguay por parte del Mercado Común del Sur
(MERCOSUR). Justo un año después, el MERCOSUR iba a conceder al
Ecuador el estatus de Estado asociado.
Transcurrido el verano de 2004, las relaciones de mutuo interés
entre el PSP y el PSC, es decir, entre Gutiérrez y Febres Cordero,
quien para muchos era la segunda figura política más influyente del
país, se fueron a pique por diferencias insuperables en torno a las
licitaciones y concursos a la hora de sacar a la venta los activos
del Estado; la oposición izquierdista describió el conflicto como
una reyerta por el "botín de las privatizaciones" entre unos
partidos que no renunciaban a convertir las transformaciones del
sector público en un negocio para engrosar patrimonios y clientelas.
Las acusaciones cruzadas de latrocinio se recrudecieron durante la
campaña de las elecciones seccionales (a prefectos y consejeros
provinciales, a alcaldes y concejales municipales, y a miembros de
las juntas parroquiales) del 17 de octubre, que depararon unos
resultados harto mediocres al oficialismo (28 alcaldías sobre 219
con el 8% de los votos).
Crecidos con sus buenos resultados en estos comicios, los
socialcristianos capitanearon en el Congreso un movimiento de
destitución del presidente por unos supuestos de corrupción, por uso
ilícito de fondos del Estado para financiar giras de candidatos
electorales del PSP. El 4 de noviembre, un grupo de parlamentarios
del PSC, la ID, el Pachakutik y el MPD presentó una petición de
juicio político al presidente bajo las presunciones de peculado
(malversación de fondos públicos), cohecho y delitos contra la
seguridad del Estado.
Aunque un proceso de impeachment, de destitución con juicio
político, tenía muy pocas posibilidades de prosperar, Gutiérrez
montó en cólera, prometió "luchar a muerte" en defensa de su cargo y
de su reputación, y acusó a Febres Cordero de ser el "cerebro" de
una "conspiración" de políticos y empresarios conservadores que,
según él, actuarían por venganza, porque el Gobierno había empezado
a cobrarles las deudas que tenían con el fisco. El 8 de noviembre
renunció el ministro Baca Carbo, a quien sucedió Jaime Damerval
Martínez. Al día siguiente, la iniciativa opositora contra el
presidente quedó frenada en seco al no reunir sus promotores el
número suficiente de votos, 51, para nombrar una comisión
legislativa que sería la encargada de determinar la factibilidad del
enjuiciamiento.
Para escapar del cerco que le estaban tendiendo sus enemigos
políticos, Gutiérrez se echó en los brazos de los partidos
populistas PRE, de Bucaram, y PRIAN, de Noboa Pontón, que sumaban 25
escaños en un Congreso atomizado. Las dos agrupaciones que se
sentaban con el PSP en el Gobierno, el Amauta Jatari y el Movimiento
Esperanza, Transformación y Acción (META), eran dos grupúsculos
extraparlamentarios que no podían ofrecerle ningún soporte más allá
de lo simbólico. En cuanto al vicepresidente Palacio, tomó la
decisión de cancelar todo acto institucional que le juntara con
Gutiérrez hasta que éste escuchara a los colectivos populares,
apostara por el consenso político, cumpliera con sus promesas
electorales y abrazara "un nuevo modelo económico y social".
El enorme riesgo político que este movimiento entrañaba no disuadió
a Gutiérrez de negociar en secreto una delicada transacción con el
ex presidente Bucaram, con quien ya el primero de septiembre sostuvo
una entrevista en Panamá, no obstante ser un prófugo de la justicia
ecuatoriana, y con su rival electoral en 2002, Noboa. Como pago a su
vital respaldo en el Congreso, el presidente accedió a que
representantes de los dos partidos tomaran asiento en la CSJ. El
más interesado en una politización favorable de la CSJ era Bucaram,
sobre el que pendían varias causas criminales por corrupción que
únicamente el alto tribunal podía cerrar.
La grave crisis política y social, que no económica, en términos de
producción e ingresos financieros, ya que las macromagnitudes se
estaban beneficiando del boom petrolero, con más
exportaciones y a precios más altos (así, 2004 iba a cerrar con un
crecimiento del PIB del 6,6%, la inflación rebajada a un histórico
1,9%, un superávit primario del sector público no financiero del
4,9% del PIB y un superávit comercial de 318 millones de dólares),
entró en una fase de no retorno a partir de dos actuaciones
extremadamente controvertidas de la nueva mayoría congresual formada
por el oficialismo y sus aliados, entre los que volvían a estar los
izquierdistas MPD y PSE.
La primera, el 25 de noviembre, fue la destitución en bloque de los
vocales del Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo Electoral.
La segunda, el 8 de diciembre, fue la idéntica medida tomada con 27
de los 31 jueces de la CSJ, seguida del nombramiento de sus
sustitutos, la mayoría de los cuales eran afines al bloque
progubernamental. Sin ir más lejos, el presidente de la nueva corte,
Guillermo Castro Dáger, era un roldosista confeso, amigo de Bucaram
y también de Gutiérrez.
La drástica "reforma judicial" abrió la caja de los truenos, con la
oposición formada por el PSC, el Pachakutik y la ID hablando lisa y
llanamente de "usurpación de los poderes del Estado" y de
"dictadura". Las acusaciones de escalada autoritaria recibieron un
nuevo estímulo el 20 de diciembre con el anuncio por el presidente
de que el 21 de enero de 2005 los ecuatorianos serían preguntados en
referéndum si estaban de acuerdo en que los integrantes de la CSJ,
el Tribunal Supremo Electoral, el Tribunal Constitucional y la
Procuraduría General del Estado fueran nombrados, no por el
Legislativo, sino a través de colegios electorales.
La consulta, situada por Gutiérrez en su lucha contra quienes se
habían "apoderado de todos los mecanismos de control" no llegó a
celebrarse, pero el 5 de enero, la elección del diputado del PRE
Omar Quintana Baquerizo como presidente del Congreso fue presentada
por la oposición como la primera prueba de que entre Bucaram y su
antiguo edecán existía un conciliábulo. A final de mes, el
presidente arremetió contra una serie de periodistas críticos con su
Gobierno, a los que tildó de "miserables, testaferros, podridos y
sinvergüenzas".
En febrero, el pulso político entre el poder y la oposición adquirió
un inquietante matiz de polarización social al reflejar las
encuestas que el índice de aprobación del presidente había subido al
35% y al registrarse en Quito y Guayaquil, cuyos alcaldes eran
respectivamente el ex jefe de las Fuerzas Armadas Paco Moncayo
Gallegos (ID) y el dos veces candidato presidencial Jaime Nebot
Saadi (PSC), nutridas manifestaciones en contra y a favor de
Gutiérrez, si bien sólo las marchas antigubernamentales fueron
verdaderamente multitudinarias.
Con el tono de quien estaba presto a librar batalla, el presidente
arengó a sus partidarios y aseguró que las movilizaciones en su
contra eran obra de la "oligarquía corrupta". El 16 de febrero,
desde la balconada de Carondelet, afirmó que él era "un guerrero que
va a cambiar el país o morir en el intento", y que "esos señoritos
sinvergüenzas y amanerados, que se hacen la cirugía plástica y se
robaron el dinero del pueblo para llevárselo a Miami, son ahora los
que me critican porque me he atrevido a reclamarles lo que hurtaron
durante la crisis financiera de hace siete años". Moncayo llamó
"tirano, dictador y cínico" a Gutiérrez, quien para refutar este
tipo de denuestos se le ocurrió decir que él, en realidad, era un "dictócrata",
es decir, "dictador para los pelucones [oligarcas]" y "demócrata
para los pobres".
El diputado Gilmar Gutiérrez insistió en que la oposición conspiraba
contra el Gobierno, que el 21 de este mes registró su enésima baja,
la del titular de Interior, Jaime Damerval, por estar en desacuerdo
con la propuesta del referéndum. A Damerval le sucedió el hasta
entonces secretario general de la Administración, Xavier Ledesma, el
cual a su vez fue reemplazado por Óscar Ayerve Rosas. El trasiego de
ministros se prolongó con la renuncia de Ledesma tan sólo un mes
después de ser nombrado, alegando "motivos de salud". Esta vez
Gutiérrez recurrió a un hombre de su entera confianza, Fausto Cobo,
uno de los coroneles rebeldes que le siguieron en la revuelta contra
Mahuad, para ocupar la Secretaría General de la Administración, en
tanto que Ayerve cubrió la vacancia de Ledesma en Gobierno y
Policía.
En marzo, para mostrar que seguía liderando la iniciativa política,
el presidente envió al Congreso el proyecto de Ley Orgánica de
Racionalización Económica del Estado, más conocida como Ley Topo.
El instrumento buscaba modificar la legislación en tres áreas: los
hidrocarburos, para que Petroecuador pudiera firmar contratos de
obras, bienes o servicios con el sector privado en todas las fases
de la industria petrolera; la electricidad, para que el Gobierno
pudiera subsidiar las tarifas; y, la Seguridad Social, para iniciar
reformas tendentes a establecer un sistema mixto.
7. La caótica revuelta popular de abril de 2005 y remoción del
poder
Las dudas que pudieran quedar sobre la existencia de un pacto entre
Gutiérrez y Bucaram quedaron disipadas el 31 de marzo. Ese día, en
un auto no por esperado o temido menos escandaloso, la CSJ canceló
los dos juicios contra Bucaram y de paso los que pendían, también
por corrupción, sobre el ex presidente Noboa Bejarano y el ex
vicepresidente (1992-1995) Alberto Dahik Garzoni. Para anular y
archivar los casos, el magistrado Guillermo Castro invocó razones de
procedimiento, señalando que la justicia había emprendido los
procesos penales sin contar con la autorización del Congreso.
Los tres beneficiados se apresuraron a regresar al país desde sus
respectivos exilios: Dahik desde Costa Rica, Bucaram desde Panamá y
Noboa desde la República Dominicana. El retorno de Bucaram, alias
El Loco, como él mismo gustaba llamarse, a su bastión de
Guayaquil el 2 de abril fue muy espectacular, con miles de
partidarios aclamándole con fervor mesiánico y él mismo advirtiendo
que volvía "más viejo y más loco que nunca".
La sensación general de que la impunidad había vuelto a triunfar en
el Ecuador atizó la ira popular, y los aspavientos de los
bucaramistas no hicieron más que encrespar esos ánimos. La primera
protesta organizada tuvo lugar el 5 de abril, cuando una "asamblea
ciudadana" encabezada por el alcalde Moncayo y el prefecto de
Pichincha, Ramiro González Jaramillo, también de la ID, intentó
llegar a la sede del Congreso para exigir a los diputados el cese
inmediato de la CSJ.
El 15 de abril, la profusión de violentos alborotos en Quito, las
caceroladas, los paros y la desafección de algunos prefectos
provinciales empujaron a Gutiérrez, luego de llamar "forajidos" a
quienes querían echarle del poder, y encomendándose a Dios, a dar
una de cal y otra de arena, con la esperanza de desactivar la
protesta: la primera palada fue la declaración del estado de
excepción en la capital y la segunda el decreto de cese de los
magistrados de la CSJ nombrados en diciembre. Por su parte, el
vicepresidente Palacio denunció el "estado dictatorial" que vivía la
república.
El día 16, el presidente retiró la excepcionalidad constitucional,
llamó a todas las organizaciones sociales, políticas y ciudadanas a
un "diálogo respetuoso y abierto" para buscar una salida a la
crisis, y pidió al Congreso que ratificara la disolución de la CSJ y
emprendiera los pasos para asentar "la mejor Corte Suprema de la
historia, que tendrá que ser independiente de los grupos de poder
político y económico". El 18, el Congreso, con el voto unánime de
los 89 diputados presentes, aprobó una resolución por la que dejaba
sin efecto el reemplazo de los anteriores magistrados y admitió a
trámite la reforma de La Ley Orgánica de la Función Judicial. Con
este proceder, el Legislativo no ratificó el decreto presidencial de
tres días atrás, sino que anuló su propia decisión del 8 de
diciembre.
Las medidas de apaciguamiento no surtieron efecto. Al ver que
Gutiérrez titubeaba y rectificaba, y que el Congreso se apresuraba a
modularse al sentir popular, los participantes en las protestas se
pusieron a exigir el cese en bloque de todos los políticos con
mandato electoral, sin distinción de etiquetas, lo que demostraba el
carácter espontáneo de las algaradas. Un descomunal y furibundo
movimiento de repudio a la clase política ecuatoriana, jaleado con
gritos como los proferidos durante la crisis argentina de diciembre
2001 (se escuchó con insistencia el "¡Que se vayan todos!"), se
adueñó del país.
La situación se desbordó el día 19 con la represión policial de los
manifestantes que pretendían llegar al Palacio de Carondelet, con el
resultado de un muerto y numerosos heridos. En la mañana del 20,
miércoles, la dimisión del comandante de la Policía Nacional, Jorge
Poveda Zúñiga, y los rumores sobre que las Fuerzas Armadas, el poder
fáctico decisivo en esta y anteriores crisis de similar calado,
estaban flaqueando en su apoyo a Gutiérrez, hicieron que el
Legislativo reaccionara como un resorte.
Reunidos en sesión de urgencia en el Centro Internacional de
Estudios Superiores de Comunicación para América Latina (CIESPAL),
ya que el edificio del Congreso estaba cercado por los manifestantes
(quienes terminarían asaltándolo y destrozándolo), los diputados
tomaron tres decisiones consecutivas: elegir a la socialcristiana
Cynthia Viteri Jiménez como vicepresidenta primera de la
institución, destituir a Omar Quintana y, con el voto a favor de 60
de los 62 presentes, invocar el punto sexto del artículo 167 de la
Constitución para declarar "que el coronel Lucio Gutiérrez ha
abandonado el cargo de presidente y en consecuencia deben operar los
mecanismos de sucesión constitucional". En realidad, Gutiérrez no
había sacado un pie de Carondelet, donde continuaba atrincherado.
Al punto, la cúpula de las Fuerzas Armadas retiró su apoyo al jefe
del Estado en un comunicado que fue leído por el jefe del Comando
Conjunto, vicealmirante Víctor Hugo Rosero Barba, y ordenó a los
soldados que retornaran a sus cuarteles. Finalmente, Viteri, en
calidad de presidenta en funciones del Congreso, tomó juramento a
Palacio como presidente de la República y encargado de terminar el
mandato electoral en enero de 2007. La primera decisión de Palacio
fue ordenar el cierre de las fronteras para impedir las huidas de
Gutiérrez y Bucaram, pero en las horas siguientes, el cardiólogo y
los diputados iban a estar demasiado ocupados en zafarse de los
zarandeos y las agresiones de la turba de exaltados que, con total
impunidad e inaudita violencia, penetraron en la CIESPAL con la
pretensión de que los legisladores renunciaran a sus escaños.
Gutiérrez, en efecto, se dio a la fuga. Minutos después de su
destitución por el Congreso, salió de Carondelet montado en un
helicóptero del Ejército y con la intención de abandonar el país. La
televisión especuló con que trataría de llegar a Panamá, donde ya se
encontrarían su esposa y sus dos hijas, extremo este último que no
era cierto. Sin embargo, la avioneta que debía recogerle en el
aeropuerto internacional Mariscal Sucre de Quito se encontró con que
las pistas estaban ocupadas por manifestantes hostiles. Gutiérrez
quedó acantonado en una zona militar restringida del aeropuerto
antes de ser puesto bajo custodia en una guarnición del Ejército en
las afueras de Quito. Entretanto, la fiscal general, Cecilia Armas
de Tobar, dictaba contra él una orden de arresto y prisión
preventiva por el "delito flagrante de ordenar a miembros de la
Policía y militares reprimir al pueblo capitalino".
El desenlace, aunque provisional, de toda esta peripecia comenzó a
aclarársele a Gutiérrez en la noche de la dramática jornada, al
permitirle la Embajada de Brasil en Quito acogerse a su protección.
Una vez en la legación brasileña, Gutiérrez, toda vez que se sentía
"personalmente amenazado e incapaz de garantizar mi libertad e
integridad física, así como las de mi esposa y mis hijas", como
hacía constar en la misiva, solicitó el asilo político, que le fue
otorgado, por un período de dos años. En el exterior del edificio,
la Policía ecuatoriana desplegó un cordón de seguridad con la
aparente intención de impedir la evasión del ilustre refugiado; unos
metros más allá, cientos de detractores hacían guardia.
En la madrugada del 24 de abril, amparados en la nocturnidad y
burlando a los manifestantes, una dotación de agentes especiales
sacó a Gutiérrez de la Embajada por la puerta trasera, disfrazado de
policía y cubierto con pasamontañas negro y casco. Un vehículo le
condujo hasta el aeropuerto Mariscal Sucre, donde se reunió con su
esposa y una de sus hijas, Viviana Estefanía, de 15 años (la
primogénita, Karina Ximena, de 20, a quien alcanzaba el asilo, se
quedó en Quito, prosiguiendo sus estudios en un centro castrense).
Desde allí, los tres volaron en helicóptero hasta un aeródromo más
pequeño en Latacunga, 80 kilómetros al sur, donde les esperaba un
avión de la Fuerza Aérea Brasileña con la orden de trasladarlos
directamente a Brasilia. Para el mediodía, los Gutiérrez ya estaban
alojados en una vivienda propiedad del Ejército brasileño, en un
suburbio del sur de la capital.
Los nuevos ministros de Gobierno y Policía, Mauricio Gándara
Gallegos, y de Exteriores, Antonio Parra Gil, reconocieron que las
autoridades ecuatorianas habían concedido a las brasileñas el
correspondiente salvoconducto para poder sacar a Gutiérrez del país,
y ajustándose estrictamente a las reglas internacionales para el
asilo político. Las esperanzas de Gutiérrez de una reacción
internacional favorable a su tesis de que había sido expulsado de la
Presidencia de manera inconstitucional se desvanecieron al evitar la
OEA, la Comunidad Sudamericana de Naciones, Estados Unidos y la
Unión Europea una condena explícita de la polémica remoción.
De entrada, la OEA demandó una explicación convincente del
procedimiento legislativo aplicado el día 20, ya que se había basado
en un quórum insuficiente de diputados, la sesión no había sido
convocada por el presidente titular del hemiciclo y, a mayor
abundamiento, no concurría el supuesto constitucional del abandono
del cargo. Los representantes ecuatorianas replicaron que esa
dejación, si no físicamente, sí se había producido en términos
"morales", y que, de todas maneras, si alguien había violado la
Constitución fue el propio Gutiérrez, al inmiscuirse en la
judicatura y quebrantar el principio de la separación de poderes,
actos que no habían merecido la reconvención de la organización. La
OEA envió a Quito una misión indagatoria que se limitó a constatar
el hecho consumado. Superadas las dudas iniciales, Palacio recibió
de la comunidad internacional pleno reconocimiento como el
presidente legítimo del Ecuador.
8. Retorno al Ecuador y sometimiento a la justicia
Gutiérrez no tardó en romper su silencio y en intentar un
contraataque político. El 6 de junio, la cadena Teleamazonas
difundió un vídeo entregado por Fausto Cobo en el que el ex
presidente anunciaba su intención de regresar al Ecuador lo antes
posible para oponerse a Palacio, quien, según él, se apoyaba en un
plantel de "deudores morosos" de la banca, y al que poco después, en
una entrevista concedida a la BBC, tachó de "usurpador". El mismo
día, el Ministerio de Exteriores brasileño comunicó que el súbdito
bajo su protección había renunciado al estatus de asilado político.
Con tono vindicativo, en su vídeo, que según Cobo fue grabado en Río
de Janeiro, Gutiérrez afirmaba que se consideraba víctima de un
"golpe de Estado" al que se llegó por tres razones: porque comenzó
"a cobrar" a los morosos de la banca, porque no dejó que "se
repartieran" la CSJ y porque se estaba convirtiendo en "una amenaza
para la oligarquía". "No sólo me querían sacar del poder (…), sino
que me querían matar, y yo tenía que proteger mi vida para continuar
esta lucha y mi compromiso con los tres millones de ecuatorianos que
votaron por mí y que me siguen respaldando", añadía en el documento
audiovisual. Al día siguiente, 7 de junio, Gutiérrez abandonó Brasil
en dirección a Estados Unidos y recaló en un inmueble particular que
su primo Renán Borbúa tenía en la ciudad de Miami.
Gutiérrez ejecutó una estrategia consistente en crear un ambiente de
presión nacional e internacional sobre el Gobierno de Palacio para
que "el Ecuador vuelva a la democracia, se cobren las deudas de los
ladrones y se llame inmediatamente a nuevas elecciones". No aclaró
si intentaría presentarse a esas elecciones presidenciales –aunque
todo sugería que sí lo haría-, pero las denuncias de la supuesta
ilegalidad de su destitución no encontraron eco fuera de las
palestras periodísticas. La OEA no quiso recibirlo en Washington.
Por el contrario, agravaron sus cuentas con la justicia ecuatoriana,
ya que el ministro Gándara solicitó a la fiscal general que
investigara si sus declaraciones a la prensa de Miami suponían una
"incitación a la rebelión en contra del Gobierno" y, por ende, un
"atentado contra la seguridad interna y externa del Estado".
La iniciativa procesal del Ministerio Público fue aceptada a trámite
y registró las diligencias oportunas hasta llegar a la orden del
magistrado jefe de la Corte Superior de Justicia de Quito, el 22 de
julio, de prisión preventiva contra Gutiérrez y de paso contra su
hermano Gilmar, que afrontaba una acusación de peculado y que el 30
de junio anterior había sido despojado de su escaño parlamentario, y
contra Fausto Cobo. Al parecer, el mandamiento judicial trastocó los
planes de Gutiérrez de regresar al Ecuador entrando por la provincia
de El Oro desde la ciudad peruana de Tumbes, donde en efecto se
hallaba el día de la orden del juez.
Instalado en Lima, Gutiérrez inició el trámite para su asilo en
Perú, aunque el 21 de septiembre, en mitad del proceso, se trasladó
a Bogotá, donde volvió a solicitar el asilo. Las autoridades
colombianas se lo concedieron el 4 de octubre, pero sólo nueve días
después, el inquieto dirigente renunció por segunda vez a este fuero
y anunció su intención de partir inmediatamente al Ecuador. En rueda
de prensa celebrada en el hotel bogotano que lo hospedaba, Gutiérrez
afirmó enfáticamente que regresaba a casa con el objeto de emprender
"todas las acciones legales y constitucionales para recuperar el
poder que ilegítimamente está en manos del usurpador".
De paso, aprovechó para presentar el libro El Golpe, en el
que narraba "la verdad" de los sucesos que llevaron a su
apartamiento del poder. A vueltas con la crisis de abril, explicó
que el llamado golpe había tenido como autores a "ciertos grupillos
complotados que no significan más allá del 0,1% de la
población ecuatoriana y que no representan a nadie, sino a sus
oscuros intereses". Asimismo, acusó al venezolano Chávez de tomar
parte en la supuesta conjura.
Dicho y hecho, en la noche del 14 de octubre, los hermanos Gutiérrez
aterrizaron en el aeropuerto de Manta acompañados de sus abogados y
a bordo de un vuelo chárter. Nada más bajar del avión, la Policía,
tal como había advertido el Ministerio, procedió a detenerles y sin
pérdida de tiempo les montó en un helicóptero que puso rumbo a
Quito. Una vez allí, quedaron recluidos en un pabellón de máxima
seguridad del antiguo penal García Moreno. El mayor de los Gutiérrez
pasó a compartir celda con Cobo, mientras que el menor fue metido en
la celda contigua.
El estado de prisionero de Lucio Gutiérrez era sólo provisional,
conforme a la medida preventiva ordenada por la Corte Superior de
Justicia de Quito en relación con la acusación de atentado contra la
seguridad del Estado por sus declaraciones en el exilio. Las otras
seis causas que pendían sobre él y que se referían a delitos
presuntamente cometidos durante su ejercicio presidencial se
hallaban en la etapa de indagación previa por la Fiscalía General
del Estado, que era como decir congeladas.
Éso era así porque correspondía a la CSJ pronunciarse sobre los
cargos, y en estos momentos, debido al decreto ejecutivo dictado por
Gutiérrez en vísperas de su caída y ratificado a su manera por el
Congreso, no funcionaba dicho tribunal. Los cargos eran: "atentado
contra el orden constituido"; malversación de fondos del Ministerio
de Bienestar Social; peculado en campañas de propaganda oficial;
peculado en la organización del certamen de Miss Universo;
ilegalidades en la adquisición de equipos para la Radio Nacional; y,
responsabilidad en la muerte del periodista chileno Julio García
Romero, acaecida durante los disturbios del 19 de abril.
(Cobertura informativa hasta 1/1/2006) |