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Genet queer - Entrevistas a Jean Genet

Fuente Edmund White: Genet. A Biography, Vintage Books, Nueva York, 1993.

De 1940 a 1947, época en que Genet escribió sus mejores obras, vivió rodeado de libros, libreros y hasta autores famosos. Puede haber sido un bandido, pero era un bandido muy literario. Hacia el final de la guerra se recibieron informes de la clase de juegos que Genet practicaba con sus amigos: en una librería bien provista, uno de ellos tomaba un libro al azar, leía un pasaje y los demás debían adivinar el nombre del autor. Entre estos jugadores muy letrados, el que siempre ganaba era Genet. Uno de ellos le preguntó que a qué horas había leído tántos libros. Genet respondió: "Tuve tiempo de leer en la cárcel. No tenía más que hacer." Esta omnivoracidad desmintió un ensoberbecido comentario que Genet le hizo, más o menos por la misma época, a Roger Stéphane, en el sentido de que sólo había leído a Baudelaire y a Proust.

Pero no cabe duda de que Proust fue la influencia literaria más importante para Genet, influencia que se sintió primero a fines de los años treinta o principios de los cuarenta. La tarjeta de Navidad que Genet le envió a Anna Bloch o a Lily Pringsheim, fue un elemento que le dio el ímpetu necesario para iniciar su carrera de escritor. El otro fue su lectura de Proust. Como alguna vez le confesó Genet al novelista alemán Hubert Fichte:

    Leí A la sombra de las muchachas en flor en prisión. Intercambiábamos libros a hurtadillas en la cárcel. Fue durante la guerra. Como no me importaban los libros, yo era de los últimos; alguien me dijo: "Oye, tú puedes tomar ese", y vi a Marcel Proust. Me dije a mí mismo: "Ese libro debe ser un fastidio." Y después, quiero que me creas cuando te digo que, aún cuando no siempre he sido totalmente sincero contigo, al menos esta vez lo soy. Leí la primera oración del libro, que es cuando Monsieur de Norpois va a casa de los padres de Proust ­o más bien, a casa de los padres del narrador­ a una cena. Empieza con una oración muy larga. Cuando la hube terminado cerré el libro y me dije a mí mismo: "Ahora estoy en calma, sé que voy a pasar de una maravilla a otra." La frase era tan densa, tan hermosa, que esa aventura fue el primer gran destello que predijo el fuego por venir. Me llevó casi un día entero reponerme. Abrí de nuevo el libro por la tarde y, en efecto, pasé de una maravilla a otra.

El relato suena auténtico, a pesar de la actitud de hombre rudo que Genet tomaba con respecto a su supuesta falta de interés en los libros. Hay que notar que Genet es cuidadoso, aún en una conversación, en distinguir entre Proust mismo y el narrador en primera persona de sus libros: una diferenciación que Genet señalaría en su obra unas veces y ocultaría deliberadamente en otras.

Genet elaboró aún más sus comentarios sobre Proust en una entrevista de 1983, citada en la introducción de este libro, en la que declaró: "Crear es siempre hablar acerca de la infancia. Es siempre nostálgico. En todo caso, en mi escritura lo es y en casi toda la escritura moderna. Ustedes saben tan bien como yo, o quizá mejor, que la primera oración de las obras completas de Proust comienza así: 'Durante mucho tiempo me fui a la cama temprano.' Y después recuerda toda su infancia, que dura mil quinientas o dos mil páginas. Yo tenía treinta años cuando comencé a escribir, y treinta y cuatro o treinta y cinco cuando dejé de hacerlo. Pero fue un sueño; una fantasía, en todo caso. Escribí en prisión. Una vez libre, estuve perdido." Verdaderamente, las cinco novelas de Genet pueden leerse como una respuesta consciente a los siete volúmenes de En busca del tiempo perdido de Proust. Mientras que Proust registró sobre todo las vidas de la clase media y la aristocracia parisinas en el Faubourg Saint-Germaine, Genet documentó, en cambio, el estilo de las clases bajas de Montmartre y sus alrededores: Genet es el Proust del París marginal.

La conexión con Proust no es evidente. Las oraciones de Proust son largas y sintácticamente dúctiles, fagocitos capaces de ingerir todos los detalles. En cambio, las oraciones de Genet por lo general son más cortas. A menudo, en sus diálogos Proust hizo a un lado el esfuerzo de aproximarse al habla normal. Los personajes de Genet hablan de un modo convincente, con la jerga del submundo de París. Proust en un psicólogo sutil y paciente, en tanto que Genet trata con tipos, si bien éstos son sumamente originales. En consecuencia, los personajes de Proust evolucionan, en tanto que los de Genet presagian su destino y después, sencillamente, lo cumplen. De seguro, el sentido de "psicología" es por completo distinto en los dos. Los personajes de Genet siguen el ejemplo de eventos y actos externos, "superficiales", en tanto que los de Proust están marcados por la infancia ­aunque el significado de la infancia se aclara sólo cuando es refractado por la memoria o redefinido por el arte. Ambos escritores interrumpen su flujo narrativo con largas interpolaciones, a veces al punto de destruir completamente el sentido de continuidad.

Ya sea que describa una escena sadomasoquista en un burdel masculino o una recepción en casa de la Princesa de Guermantes, Proust utiliza siempre el mismo tono analítico y elevado. Escapa a la moralización fácil y prefiere encontrar temas comunes, más que las escandalosas diferencias entre sus personajes. Esta imparcialidad se convertiría también en el método de Genet: imparcialidad o, quizás, una inversión Olímpica de los valores aceptados.

Más importante aún, Proust nunca es un mero narrador de anécdotas. Cada ocurrencia está sujeta a un examen filosófico completo. Nada se gasta, nada se tira; nada permanece sin digerir; nada es absurdo. Si cualquier cosa parece estrafalaria a primera vista, pronto se ve compelida a rendir su universalidad. Del mismo modo, Genet encontró una verdad religiosa, o al menos una mística, en temas que antes se consideraban degradantes. Y, sin embargo, jamás enfatizó sus aspectos sensacionalistas. Al igual que Proust, no dejó nada a la imaginación del lector. Ambos novelistas controlan todas las respuestas del lector y dictan todos sus juicios. Ambos estetizan el reino de la moralidad, aunque de una manera sombría, nunca frívola. Ambos son divertidos caricaturistas, con especial habilidad para describir una idiosincrasia. Ambos comparten un talento "dickensiano" para el esbozo rápido, socavado por una concepción puntillista de la personalidad, como si Daumier y Seurat estuvieran en guerra.

Genet sí advirtió en qué difería de Proust y de Gide, diferencia que se advierte en su plena aceptación de las implicaciones antisociales de la homosexualidad: "Sí, soy homosexual y todo el mundo lo sabe", le declaró a un entrevistador en los años cincuenta. "Pero soy un homosexual con rigor y con lógica. ¿Qué es un homosexual? Un hombre para quien, antes que nada, el sexo femenino en su totalidad, la mitad del género humano, no existe. Después, un hombre que por su naturaleza no está en la misma línea que el resto del mundo, que se niega a entrar al sistema que organiza al mundo entero. El homosexual rechaza esto, lo niega, lo hace pedazos, quiera o no. Para él, el romance es sólo un tipo de estupidez o decepción: para él sólo existe el placer. Vivir con sorpresas, cambios, aceptar riesgos, exponerse al insulto; es lo contrario al apremio social, a la comedia social. Es evidente que si un homosexual más o menos acepta un papel en esta comedia, como lo hicieron Proust o Gide, miente, hace trampa: todolo que dice se vuelve sospechoso. Mi imaginación está sumergida en la ignominia, pero al menos en ese aspecto es noble, pura. Rechazo el engaño. Si alguna vez he exagerado y orillado a mis héroes o a sus aventuras en dirección a lo que es temible u obsceno, ha sido para conducirlos a la verdad."

Genet y Proust trataron la homosexualidad de manera muy distinta. El narrador de En busca del tiempo perdido es tolerante, tiene paciencia, es un observador casi científico de la homosexualidad, aunque la mayoría de los demás personajes masculinos son bisexuales, o incluso más que nada heterosexuales (en principio, si no en la práctica, pues en casi la totalidad de los actos sexuales y los lazos emocionales que se describen están involucrados hombres). En verdad, ninguno de los ilustres predecesores de Genet (Proust, Gide o Cocteau) reconocieron su homosexualidad en su ficción de una manera tan franca como lo hizo Genet. Gide, para ser justos, había publicado Corydon, su defensa de la homosexualidad, en 1911. Aunque el libro llegó ciego al mundo, sin el nombre de la casa editorial ni de su autor, Gide sí firmó sus memorias If it Die, en las que hablaba de su primera experiencia homosexual, veinticinco años antes.

Arte e Ilusión Ernst Gombrich - Análisis-resumen de "Cien años de soledad"

 

 

En cuanto a Cocteau, publicó El libro blanco en 1928. Tanto la casa editorial como el nombre del literato fueron anónimos. El editor era Maurice Sachs, homosexual, mitad judío, autor de Witch's Sabbath, quien más tarde colaboró con los nazis, que lo mataron al final de la guerra. Cocteau nunca reconoció su paternidad de Le livre blanc, aunque permitió que fuera incluido en sus obras completas. En 1930 apareció una segunda edición de Le livre blanc con "ilustraciones del autor" en el distintivo estilo a lápiz y tinta de Cocteau.

 

El libro blanco tenía menos de cien páginas. Era una deliciosa y perniciosa fusión de un estilo puro con pensamientos impuros, de extraños apotegmas ("Cuando la fatalidad aparece disfrazada nos da la ilusión de libertad") y descripciones art nouveau ("Los cuerpos recostados estaban amalgamados en las ingles, los perfiles sombríos y los ojos entrecerrados". El libro comienza cuando su muy joven protagonista siente deseo por un granjero y, después, por uno de los sirvientes de la hacienda de su padre. La acción lleva al héroe al Lycée Condorcet (donde Cocteau había

(Genet, dibujado por Cocteau, a la derecha)

 estudiado). Ahí se enamora de un estudiante compañero suyo, un tipo rudo de nombre Dargelos, que aparece en varias de las subsecuentes obras de Cocteau, aunque Le Livre blanc es la única en la que Dargelos muere.

Entre los dieciséis y los dieciocho años, el narrador corteja a una actriz y espera haberse salvado de su "vicio", sólo para enterarse de que Jeanne es lesbiana y lo engaña con otra mujer (este "desplazamiento" de la homosexualidad del héroe en su amante ya había sido una estrategia proustiana). Después se enamora de una joven, sólo para descubrir que realmente se siente atraído hacia el "hermano" de ésta (quien resulta ser un alcahuete, un joven italiano). Cuando el narrador se percata de que el italiano lo ha robado, la relación termina de manera abrupta. Descorazonado por el amor, frecuenta prostitutas. Después sucumbe a la tentación del catolicismo (como lo hicieron Maurice Sachs y Cocteau, al convertirse por su lectura de Jacques Martin, el sutil filósofo católico de moda). Finalmente, el héroe vuelve al amor, esta vez con un atormentado bisexual llamando Marcel. Para redondear este lúgubre panorama, el héroe se involucra con una joven, pero pronto empieza a dormir también con el hermano de ésta. El hermano y la hermana pelean. El hermano se suicida. Cocteau culpa a la sociedad de toda esta desdicha.

Genet rechazó la idea de que la literatura homosexual fuera una súplica de indulgencia o un deber de culpa racional. Mostró la homosexualidad como algo completamente perverso, a manera de un elemento en medio de un río de "virtudes" como el robo y la perfidia. Ideológicamente, Genet fue mucho más lejos que quienes lo antecedieron. Nuestra señora de las flores es una obra más detallada, más comprometida y confesional que los intentos anteriores por exponer la homosexualidad y, a diferencia de éstos, no es una obra "científica" ni apologética. En modo alguno se puede decir que Genet preparó una "defensa" médica, legal o religiosa de la homosexualidad. Sus delincuentes confiesan sus crímenes y se acusan a sí mismos. El narrador invoca al demonio, no a Dios. Sus travestistas no hacen concesión alguna al lector, al que se refieren como "usted" (vous), y asumen su absoluto convencionalismo. A lo largo de Nuestra señora de las flores hay constantes recordatorios de que al lector se le ve como un ciudadano respetuoso de las leyes, que ha cumplido con el canon del matrimonio y que con toda certeza se escandalizará. Inconfundiblemente, en Diario de un ladrón Genet escribe: "Decidí vivir con la cabeza inclinada y seguir mi camino hacia la oscuridad, exactamente lo opuesto que usted, para explotar el otro lado de su esplendor.

Traducción de Laura Emilia Pacheco.

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