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Acerca de George Grosz |
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Contrastes delirantes recorrían las calles de Berlín y George Grosz los reflejó en sus dibujos, grabados y pinturas: mutilados de guerra sin piernas o sin narices, prostitutas marcadas por la enfermedad, veteranos mendigando, traficantes del mercado negro envueltos en pieles lujosas, drogadictos, idiotas frenéticos, suicidas, criminales sexuales y descuartizadores. Pero también uniformados que balean a trabajadores indefensos, desocupados, sobrevivientes del hambre y la miseria. En la obra de Grosz de esa época Berlín es una selva urbana parecida a un matadero, un burdel, un hospicio, una sociedad que se derrumba por la guerra y sus secuelas, un mundo desmoralizado en que el asesinato es moneda corriente, la política ineluctablemente corrupta, y nadie puede escapar a la prostitución, simbólica o real. Mientras, los tres pilares del "orden" -capitalistas, militares y clero- contemplan sin intervenir el caos que prologó al nazismo. Se ha acusado a Grosz de mitificar ese Berlín, que debió abandonar en 1932, a los 39 de edad, cuando el nazismo en alza terminó considerándolo "el bolchevique cultural número uno". Pero la realidad era contundente. "Rara vez pasaban tres semanas -.recordó de Weimar el ruso Ehrenburg- sin que se descubriera algún crimen espantoso." Ocurrían asesinos sexuales en serie, como Wilhelm Grossmann, "el Barba Azul del ferrocarril de Silesia", acostumbrado a comerse a las mujeres que mataba. O el homosexual Fritz Haarmann, que liquidó a numerosos amantes pagos por una noche cortándoles la yugular con los dientes antes de preparar y vender su carne a carniceros desprevenidos. O Peter Kurten, que prefería beberse la sangre de niños y mujeres cuando sus cadáveres aún estaban calentitos. O Karl Denker, que coleccionaba recuerdos de sus víctimas, dientes, huesos o piel con la que confeccionaba objetos. El huevo de la serpiente estaba en plena incubación.
Las prostitutas que Grosz pintó y dibujó son vistas "contra un fondo de luz infernal" y constituyen "una imagen perfecta del salvajismo latente en el seno de la civilización", que dijera Baudelaire. Grosz tuvo un enemigo principal: la hipocresía de la moral burguesa, en la que se encarnizó para arrancarle máscaras y revelar lo brutal que cabe en un ser humano. En 1917 escribe a su cuñado Otto Schmalhausen sobre "el laberinto de espejos, los jardines encantados de la calle donde Circe convierte a los hombres en cerdos". El laberinto era Berlín. Como el belga James Ensor, y a diferencia del francés Marcel Duchamp y del suizo Paul Klee -.sobre todo alertas ante la invasión de la subjetividad por la máquina-, Grosz insistió en la para él grotesca persistencia de lo primitivo y bárbaro en la modernidad. Se ha pretendido que su arte es sólo político, y es cierto que las publicaciones del Partido Comunista alemán reproducían gustosamente sus ataques contra la hipocresía y la avaricia capitalistas. Perteneció al partido hasta 1923, año en que lo abandonó luego de un viaje decepcionante a la URSS. Pero en realidad fue un moralista satírico, de la vena de un Hogarth y un Daumier.La sociedad de entonces le olía mal -."¡Mi Dios! Aquí hay miasmas de niños asados", dice en uno de sus poderosos poemas- y en su serie Ecce Homo Cristo aparece con una máscara antigás rodeado de pordioseros y otras criaturas del desastre. Su mensaje es engañosamente fácil y aun crudo a primera vista, pero su obra es antes bien un intento de representar lo irrepresentable -.la catástrofe que se avecinaba- y cada precisión manifiesta de detalles agrega silencios y preguntas siniestras sobre el ser humano.
Las imágenes de Ecce Homo se
reunieron en un libro de gran tirada y acarrearon a Grosz un proceso
por "difusión de escritos inmorales" en 1923 y otro por "blasfemia"
en 1928. El último tuvo lugar en diciembre de 1930 y el artista se
defendió así: "Quería protestar (con Ecce Homo) contra este mundo de
destrucción recíproca. Con frecuencia me sentía como una pared que
devolvía el grito sangriento e inhumano del mundo que me rodeaba...
y si se me acusa a mí, se está acusando a la época, sus atrocidades
y su depravación, su anarquía y su injusticia". La obra de Grosz nos
sigue hablando porque muchos aspectos de la realidad que satirizó
son reconocibles en la nuestra. Su fuerza radica en la mezcla de
sensualidad y aspereza en su rechazo, aunque no falta una suerte de
apenada compasión por sus personajes más obscenos. Sabía que, como
cualquier hombre, compartía esa madera.
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