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Biografías José Garibaldi |
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Garibaldi: el guerrero sin fronteras de la independencia
Tal proceso -insuficientemente estudiado en las aulas chilenas- posee, en el guerrillero camisa roja, su artífice romántico y triunfal. Tras aquella figura, por cierto están el ideólogo Mazzini, el diplomático Cavour y el monarca Víctor Manuel I. ¿Pero por qué se manifiesta que el personaje, amén de héroe del Viejo Mundo, lo sea del Nuevo? ¿Es libertador e integrador en el Nuevo? ¿U opera en otra trinchera quizás alucinado por la "libertad" -hoy democracia y DDHH- y desdeña la trascendencia de conservar la integración o de reimponerla?. El siglo XIX sorprende a Italia fragmentada en repúblicas urbanas y en reinos regionales. El Imperio Austrohúngaro por otro lado, ejerce dominación sobre comarcas norteñas y su tutoría es evidente sobre todo el país. El mensaje de Dante y de Maquiavelo en orden a integrar la nacionalidad italiana y expulsar a los invasores, es acción política de los "mazzinianos". Su brazo armado de mayor nombradía será el notable nizano. En 1835 participa en el alzamiento por la unidad y contra la opresión de Viena. Al fracasar aquel conato, huye, refugiándose en su natal Niza. En toda Italia el brote nacionalista libertador ha sido aniquilado.
De Niza, Garibaldi, se desplaza a Marsella. De allí atraviesa el Atlántico con destino a Río de Janeiro. En Brasil es testigo de la repercusión de la revolución de 1830, que conmueve a Francia, poniendo punto final a la Restauración. Tal hecho obliga al Emperador Pedro I, a abdicar en beneficio de su hijo, quién asume como Pedro II. No obstante, se insurrecciona Río Grande del Sur, que anima afanes republicanos y balcanizadores. Es la revolución de Farrapos, insurgencia de los andrajosos, según estigmatiza al movimiento la prensa. A tal alzamiento, encabezado por el "gaúcho" Bento Gonzalvez, se unen los emigrantes italianos incorporados a la logia ultramarina de la Joven Italia. Dedicados al comercio de cabotaje, la tarea la efectúan mientras mercadean en un pequeño barco que bautizan "Mazzini". Estos "carbonari" simptizan el movimiento farrouphila (nombre dado a los separatistas sureños por la monarquía de Braganza). Obtienen patente de corso para contribuir a consolidar, desde el mar, la República de Piratinin. (Estado escisionista que asocia a Porto Alegre y Río Grande del Sur en territorio de Brasil). Los integradores en Europa operan como desintegradores en nuestra América. GUERRA, AMOR Y MAR El comandante de la nave es José Garibaldi, en aquel momento proscrito y condenado a muerte en su país natal. Aplastado el brote republicano y desmembrador, el barco protagoniza una fuga rocambolesca, que incluye, entre otras peripecias el encarcelamiento y posterior evasión de su capitán de Argentina. Retorna clandestinamente a Brasil. Es allí donde convierte en esposa a Ana María Ribeiro da Silva. Testigos los describen así: él, alto, colorín, barbudo y de treinta años. Ella, cabellos negros, ojos vivaces, tez morena y veintiañera. La guerra, reiniciada entre el Brasil de Pedro II y la insurrecta república farrophila, supone nuevas aventuras. Algunas amargas, otras gratas: como la alianza conyugal anotada. Extinguida la insurgencia, Garibaldi y Anita, cruzan la frontera asilándose en Uruguay. Allí, contraen matrimonio en el templo de San Francisco. El osado corsario se transforma, por un instante, en pacífico ganadero. Alivia la derrota domiciliándose vecino al mar. El Atlántico es la ventana que le permite asomarse a Italia. Está consiente que al otro lado del océano hay faena pendiente.
En aquel entonces Juan Manuel de Rosas, jefe supremo de la Confederación Argentina, anhela reaglutinar los fragmentos del Virreinato del Plata. Programa la anexión de la Banda Oriental como entonces se conoce al Uruguay. Con el objeto de contribuir a la defensa de lese Estado tapón el joven Garibaldi moviliza 700 voluntarios. Misión: defensa de Montevideo. Utiliza, en la confección del uniforme la única tela disponible: paño escarlata. Lo usan para sus mamelucos los matarifes. Ver desfilar la brigada garibaldina con vestuario de aquel color, origina el asombro ciudadano. Desde entonces se emplea la expresión, primero despectiva y después enaltecedora, de camisas rojas. Nuevamente el futuro unificador de Italia opera oponiéndose al programa rosista que apunta a atenuar la fragmentación del ex virreinato. Siempre atraído por el mar, organiza la escuadra uruguaya. Con ella enfrenta a la flota de Rosas, capitaneada por Guillermo Brown. De esas proezas deriva que Uruguay le confiere el rango de almirante. No obstante, la situación en la patria de origen lo inquieta. A esta altura, la prensa ha difundido a los cuatro vientos las hazañas de Garibaldi en Sudamérica, Los líderes del "Risorgimento" urgen su retorno.
Así pone fin a su periplo en el Nuevo Mundo. Acompañado de 73 camisas rojas marcha a la magna gesta europea. Allá serán apodados como "gauchos". Constituyen, de hecho, una secta. Dialogan en castellano, mezclado con vocablos y giros lusitanos, usan poncho, vincha y chiripá. Cuando vivaquean, beben mate amargo. Son las marcas indelebles que ha estampado, en el caudillo y su entourage, el Brasil sureño y el Río de la Plata. Su mujer Anita y la familia, también están allí, en aquella otra guerra. Ella lo acompañará siempre compartiendo la alegría de la victoria y la tristeza de los reveces. No presencia la culminación de la campaña. En 1849, durante la defensa de Roma, enferma. En la retirada fallecerá cerca de Ravena. Se le sepulta apresuradamente en el bosque. Sus últimas palabras, anotadas en portugués, son despachadas a su esposo. Merecen el bronce: "En la hora del combate no pienses en mí, ni en nuestros hijos, sólo piensa en la patria" Ella ha insistido en participar en aquella, su tercera guerra. En los episodios bélicos, motiva la admiración de la tropa por sus condiciones de amazona y por su coraje. Garibaldi, según atestiguan sus Memorias, siempre la conservará en su corazón. Del mismo modo jamás olvida a Brasil, Argentina, y Uruguay.
En Roma, el monumento ecuestre al gaucho Garibaldi -desintegrador aquí y unificador allá- en sólido bronce domina la ciudad. Está en la cumbre del Gianicolo, con su estampa pampera, poncho y vincha. Al contemplarlo lo sentimos emparentado a Don Segundo Sombra y a Martín Fierro, es decir, al Cono Sur. Nos preguntamos: ¿Y Anita, dónde está?. La gratitud italiana es imprevista y sublime. Ella no ocupa ninguna cumbre. Está en un discreto parque arbolado, para evocar a su país natal, con palmeras. Allí entre el verde de los jardines y el cielo azul galopa, pistola en mano en brioso corcel. Es todo movimiento y belleza. Quizás sea una de las estatuas más bellas por el fervor romántico que fluye de su figura. Los sudamericanos, al visitar París suelen congregarse bajo el Arco de Triunfo. Escrutan el granito para, entre decenas de nombres esculpidos, encontrar el de Francisco Miranda. También en la capital de la latinidad ocurre algo parecido. No somos pocos los que no hemos descansado hasta encontrar a la criolla garibaldina enamorada. Desde la cima y sobre un potro la protege su hombre: José Garibaldi, el héroe de dos mundos cuya brújula política está estragada en el Nuevo Mundo, pero funciona de modo correcto en el Viejo. No advierte que nuestro Mazzini es Bolívar y que nuestra América requería la integración tanto como la Italia de entonces.
Giuseppe Garibaldi:
el guerrero sin fronteras de
la independencia |
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El descendiente del príncipe regente de Portugal,
don Juan, se había escabullido a Brasil huyendo de las invasiones
napoleónicas y nombrado a su hijo emperador de Brasil, bajo el
nombre de Pedro I, quien a su vez abdicó en 1831 a favor de su
vástago, Pedro II, con apenas seis años de edad. Esa infantil
regencia estuvo plagada, no es para menos, de no pocas etapas de
agitación, ansias libertarias e ideas republicanas, en especial en
buena parte de los hacendados de las regiones brasileñas del sur,
hastiados de sustentar el boato de la corte, y empeñados en la
abolición de la esclavitud. En 1841 Anita le da el primer hijo: Menotti. En
este mismo año Garibaldi decide pedir una licencia; la obtiene y
regresa a Montevideo donde, de inmediato, se pone al servicio de la
República. Uruguay se está desangrando a causa de una guerra civil
entre el partido "colorado" que tiene al general Rivera como líder,
y el partido "blanco" guiado por el general Oribe, apoyado por la
Argentina. Garibaldi, que lucha al lado de los "colorados". Allí
recibe el encargo de guiar una flotilla que, remontando el Paraná,
deberá llegar a la rebelde provincia argentina de Entre Ríos.
Alcanzado por la flota enemiga, es derrotado en la batalla de Costa
Brava pero logra escapar junto a un puñado de compañeros sin ser
capturado. El curso de la guerra es favorable a los "blancos"
quienes, en 1843 sitian la ciudad de Montevideo. Un amigo genovés, Francesco Carpaneto, se reúne
con él y, juntos, parten hacia el Perú. Al mando de una nave realiza
varios viajes. En 1852 se dirige hacia Cantón. Un año más tarde,
después de una larga navegación, regresa al Perú. Vuelve a Nueva
York y toma conocimiento de la nueva situación planteada en el
Píamonte. Decide regresar a Italia y lo hace comandando la nave de
su viejo amigo Antonio Figari. En 1854 En el mes de febrero llega a
Londres. Allí se encuentra con Mazzini y tiene ocasión de conocer a
los más prestigiosos líderes de la izquierda europea. Por fin,
regresa a su Niza natal. Al año
siguiente realiza un viaje de propaganda electoral por el Veneto;
pero Garibaldi ya está proyectando su intento de marchar sobre Roma
pues está convencido de que la ciudad se apresta a rebelarse contra
la autoridad papal. Después de una breve permanencia en Ginebra,
ciudad en la que se está llevando a cabo el Congreso por la Paz,
Garibaldi parte rumbo a las fronteras del Estado Pontificio para
reunirse con sus voluntarios allí concentrados. Es arrestado en
Sinalunga y conducido a la prisión de Alessandria. Luego es
trasladado a Caprera. A pesar de la vigilancia ejercida por una
escuadra, Garibaldi logra burlarla y huye; se presenta entonces en
la ciudad de Florencia (capital del Reino desde 1865) para retomar
la conducción de sus voluntarios. Comienza así la campaña del Agro
Romano que termina con la derrota de Mentana y el triste regreso a
territorio italiano. Al término de un breve período de cárcel,
regresa una vez más a Caprera, donde permanecerá por espacio de dos
años durante los cuales se dedica a escribir sus primeras novelas:
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