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Colocado bajo la protección del rais Gamal Abdel Nasser, en El
Cairo Saddam retomó la actividad política en el Mando Regional egipcio
del Baaz, así como los estudios en la escuela superior Al Qasr An Nil,
donde terminó su educación secundaria. Muy interesado en su
instrucción, en 1962, becado por el Gobierno egipcio, se matriculó en
la Facultad de Derecho de la universidad capitalina, donde no pudo
terminar la carrera por las circunstancias políticas y quizá por sus
limitaciones académicas. De todas formas, en 1971, ya aupado al poder
en Irak, Saddam obligó a la Universidad Al Mustansiriya de Bagdad a
otorgarle el diploma de jurista, según se asegura, compareciendo a los
exámenes vestido de uniforme y -no pudo ser más contundente la
intimidación- depositando su pistola sobre el pupitre a la vista de
alumnos y profesores.
El 8 febrero de 1963 Kassem fue derrocado y ejecutado en un golpe
conjunto de baazistas y nasseristas dirigido por el coronel Ahmad
Hassán al-Bakr, alto dirigente del Baaz y pariente lejano de Saddam,
que dejó un elevado número de cadáveres en Bagdad al ofrecer
resistencia los efectivos afectos. Bakr se convirtió en primer
ministro y el nasserista Abdel Salam Muhammad Aref en presidente de la
República y el Consejo del Mando Revolucionario (CMR), o junta
político-militar. Sin dilación, Saddam retornó de Egipto junto con
otros exiliados para ponerse al servicio de las nuevas autoridades e
integrarse en las estructuras del Baaz, donde pasó a desempeñar
labores de inteligencia, de seguridad interna del partido y de
persecución de enemigos políticos, con los comunistas como víctimas
predilectas.
Antes de terminar el año, en noviembre, se produjo la depuración de
los ultraviolentos baazistas civiles, el ala izquierdista
encabezada por Alí Salih as-Saadi, merced a la alianza entre la
facción militar del Baaz, más moderada y leal a Bakr, quien
perdió, empero, el puesto de primer ministro, y los nasseristas de
Aref, el cual por su parte aprovechó las divisiones internas en sus
cada vez más incómodos compañeros de viaje para asegurarse todo el
poder en el CMR y establecer la Unión Socialista Árabe como virtual
partido único. Saddam permaneció fielmente del lado de Bakr,
testimoniando su apego, fundamentalmente, y por no decir
exclusivamente, a los vínculos de paisanaje y de sangre, lo que
favoreció su aceptación como baazista de pleno derecho y miembro del
Mando Regional del partido.
Sobre este fondo permanente de violencias y tensiones, en octubre de
1964 Saddam, fue arrestado, no sin recibir a tiros a los oficiales que
venían a prenderle, bajo la acusación de conspirar contra la vida del
jefe del Estado. En 1965 seguía en prisión cuando el VIII Congreso
Regional del Baaz le eligió vicesecretario general del Mando Regional
irakí, teniendo como único superior a Bakr, que había recobrado la
libertad después de conocer su propia experiencia carcelaria.
En otro episodio que cimentó su aureola de hombre indómito, en julio
de 1966 Saddam consiguió evadirse de la cárcel aprovechando su
traslado a otro centro, aunque se sospecha que el Gobierno pudo
facilitar esta huida, extremo que, de ser cierto, suscita
especulaciones sobre un posible doble juego de Saddam. Tres meses
atrás, Aref había perecido en un accidente de helicóptero y le había
sucedido en la Presidencia su propio hermano, Abdel Rahmán Muhammad
Aref, un nasserista bastante tibio cuya falta de implacabilidad le
convertía en blanco fácil de todo tipo de complots, en un país donde
las luchas políticas se dirimían y se dirimen a tiros.
Desde la clandestinidad, Saddam organizó una milicia baazista, el
Jihaz Haneen, que iba a jugar un papel decisivo en el golpe de Estado
perpetrado por Bakr el 17 de julio de 1968. Aref fue derrocado con
suma facilidad, no hubo derramamientos de sangre y el Baaz retornó al
poder, pero esta vez con la intención de usufructuarlo en exclusiva.
En marzo anterior, el Baaz irakí se había separado definitivamente del
Baaz de Siria, donde ostentaba el poder desde 1963, así que el Mando
Regional de Bagdad, con Bakr como secretario general y Saddam como
vicesecretario, pasó a funcionar con independencia del Mando Nacional
(es decir, supranacional), el cual formalmente siguió existiendo bajo
la jefatura de uno de los fundadores del partido histórico, el
cristiano sirio Michel Aflak, que fijó su residencia en Bagdad, y
cooptado de hecho por el poder irakí.
Luego de tomar parte activa en el asalto al poder, concretamente en la
captura del palacio presidencial, Saddam recibió de Bakr el encargo de
organizar el aparato de seguridad e inteligencia del nuevo régimen. Su
primer cometido fue deshacerse, el 30 de julio, de dos altos mandos
militares no baazistas cuyo concurso en el golpe había sido necesario,
los generales Abdel Razzaq Said an-Nayif e Ibrahim Daud, los cuales
habían accedido a sumarse a la conjura contra Aref a cambio de ser
nombrados primer ministro y ministro de Defensa, respectivamente; el
primero fue prendido por Saddam en persona a punta de pistola en el
palacio presidencial de Bagdad y el segundo fue arrestado en Jordania
para luego ser ambos enviados al exilio.
2. Factótum en la cúpula de partido Baaz
En tanto que hombre de la máxima confianza de Bakr -presidente de la
República, presidente del CMR y primer ministro- y cancerbero servil
del régimen, Saddam inició un ascenso irresistible a la cúpula del
poder político. Tras el llamado "golpe correccional" del 30 de julio
de 1968 fue designado vicepresidente en funciones del CMR y en
noviembre de 1969 se convirtió en vicepresidente de la República y el
CMR le confirmó como su vicepresidente.
Como prolegómeno de esta última promoción, Saddam se encargó de
ajustar cuentas con el ex primer ministro nasserista (1965-1966) Abdel
Rahmán al-Bazzaz: arrestado, torturado y condenado a 15 años de
prisión en octubre de 1969, Bazzaz terminó siendo ejecutado en 1973.
Incansable, Saddam puso su mirada ahora en dos poderosos jerifaltes
militares baazistas que él veía amenazadores para su proyecto de
poder.
Estos eran el general Hardán Abdel Ghafar al-Tikriti, viceprimer
ministro, ministro de Defensa y eminencia gris del golpe de 1968, que
fue defenestrado el 5 de octubre de 1970 y mandado liquidar en Kuwait
el 30 de marzo de 1971, y Salih Mahdi Ammash, el otro vicepresidente
del CMR así como ministro del Interior, que en septiembre de 1971 fue
rebajado al puesto de embajador en Moscú y que una década más tarde
iba a morir en activo, en principio por causas naturales. Ahmad Shihab
y Saadun Ghaydan se hicieron cargo de los ministerios de Defensa e
Interior, respectivamente.
La desaparición de aquellas dos personalidades representó el triunfo
de Saddam y la rama civil del Baaz sobre el estamento militar, una
cuestión que el futuro dictador había perseguido con ahínco. Libre ya
de potenciales rivales por la sucesión de Bakr, Saddam se erigió en el
indiscutible lugarteniente del presidente y en el principal delegado
de la política irakí tanto interior, al coordinar las centrales de
inteligencia y la policía secreta, como exterior, al pasar a asumir lo
esencial de las misiones de representación diplomática ante los países
con los que Irak tenía relaciones.
Saddam jugó también un papel fundamental en la trascendental decisión
del régimen, el 1 de junio de 1972, de nacionalizar la Compañía de
Petróleos Irakí (IPC), operación que generó un fabuloso incremento de
los ingresos petroleros y que a partir de 1976 permitió impulsar los
programas de armamento de destrucción masiva, tanto nuclear como
químico y bacteriológico, así como el rearme a gran escala en las
categorías de armamento convencional.
Por lo que se refiere a la política exterior irakí de estos años, el
radicalismo y la belicosidad de los baazistas, especialmente
intransigentes con Israel, bien hizo fluctuantes los tratos con Siria,
Irán y la URSS, bien los dificultó extraordinariamente con la mayoría
de los demás países árabes. La aparatosa intervención militar siria en
Líbano en 1976 para impedir la derrota de los cristianos derechistas
frente a los palestinos y las milicias libanesas de izquierda marcó un
fuerte deterioro en las relaciones con el país vecino y rival, desde
1970 dirigido con mano de hierro por
Hafez al-Assad, un militar baazista hostil -al igual que Saddam- a
las veleidades marxistas en la rama siria del partido.
Precisamente, como se apuntó arriba, a raíz del cisma ideológico con
Damasco el Baaz irakí recibió el parabién de Michel Aflak, acogido de
buena gana en Bagdad, donde se recordaba la protección brindada por el
prestigioso ideólogo a Saddam cuando su exilio damasceno en 1959-1960.
Un último intento de aproximación sirio-irakí entre 1978 y 1979, al
calor de las catilinarias comunes contra el Egipto de Anwar as-Sadat
por sus acuerdos de paz con Israel, que incluso decidió restablecer el
mando unificado del Baaz, se frustró cuando Saddam se hizo con todo el
poder.
Finalmente, el 10 de octubre de 1980, después de que los sirios
apoyaran a Irán frente a la agresión militar irakí, Saddam ordenó la
ruptura de relaciones diplomáticas con Siria (y de paso con Libia, su
aliado); en lo sucesivo, Saddam y Assad se iban a considerar enemigos
mortales de sus respectivos proyectos de engrandecimiento nacional y
de liderazgo en el mundo árabe.
El 6 de marzo de 1975 Saddam firmó en Argel con el sha Mohammad Reza
Pahlevi un acuerdo para la delimitación territorial del Chatt Al Arab,
la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates antes de desaguar en el
golfo Pérsico, por el que Irak cedía la orilla izquierda del estuario
a cambio del cese por Irán de su ayuda a la guerrilla kurda, que, como
consecuencia fulminante, se derrumbó tras 14 años de lucha.
Por la parte soviética, Saddam viajó a Moscú en 1971 y el 7 de abril
de 1972 devolvió la visita el primer ministro Aléksei Kosygin, para la
firma de un Tratado de Amistad y Cooperación de 15 años de validez. La
firme línea prosoviética de Irak en estos años se tradujo, en 1973, en
la entrada en el Gobierno de ministros comunistas, todo un viraje al
cabo de tantos años de sañudas persecuciones, si bien la novedad
resultó efímera y en vísperas de su salto a la Presidencia Saddam
retornó al exterminio de comunistas con más bríos que nunca.
La URSS fue en estos años el principal proveedor de armamento
convencional de Irak, mientras que Francia se avino a vender la
infraestructura necesaria y uranio enriquecido para sacar adelante el
ambicioso programa nuclear, enmascarado como para usos civiles, cuyo
florón era el reactor atómico experimental Tammuz, en Al Tuwaitha, en
las inmediaciones de Bagdad.
Esta instalación fue destruida en un raid aéreo israelí el 7 de
junio de 1981, propinando un golpe prácticamente de gracia a los
perturbadores sueños de grandeza de Saddam, resuelto a convertir Irak
en la primera potencia nuclear del mundo árabe. Semejante perspectiva,
con toda lógica, resultaba intolerable a Israel, que fundaba su
concepto de supervivencia como Estado en un mar de hostilidad árabe en
la supremacía tecnológica en todos los niveles de la defensa y en la
capacidad de disuasión por la tenencia, encubierta oficialmente pero
por todos conocida, de su propia capacidad nuclear.
3. Asunción de todo el poder y campaña bélica contra
Irán
El 16 de julio de 1979, culminando una paulatina socavación de
autoridad y de poder, Saddam apartó del mando nominal a Bakr, el
hombre a cuya sombra había hecho lo fundamental de su carrera y que a
estas alturas era básicamente una figura decorativa. El veterano
baazista fue oportunamente jubilado en una alternancia palaciega
absolutamente limpia que contó con la resignada aquiescencia del
afectado, responsable de comunicar a la nación su propia purga
disfrazada con razones de salud y probablemente bajo amenazas del
beneficiario.
Se trató de la quinta mudanza en la primera poltrona del país en 21
años, pero la primera en la que no mediaron circunstancias dramáticas.
Después de anunciarse la defunción de Bakr el 4 de octubre de 1982
como víctima de una larga enfermedad, resultó inevitable que se
propalara la especie de que Saddam había tenido que ver con el deceso.
Saddam adquirió todas las atribuciones de su antiguo protector:
presidente de la República, presidente del CMR, primer ministro,
secretario general del Baaz y comandante en jefe de las Fuerzas
Armadas. A pesar de carecer de cualquier formación castrense, Saddam
ostentaba el galón de teniente general desde 1973 y el de general
desde enero de 1976. Pero ahora no tuvo reparos en autonombrarse
mariscal de campo del Ejército irakí.
Apoyado en sus familiares y paisanos de Tikrit y en el factor sunní, e
insistiendo en el método de la eliminación física de los que
consideraba sus enemigos, Saddam implantó una férrea dictadura
personal y se dispuso a hacer realidad su ambición de liderar la
nación árabe, huérfana de un conductor carismático desde la muerte de
Nasser en 1970. Entonces, Egipto, el más importante país árabe, se
encontraba marginado debido a la estrategia pacifista con Israel del
presidente Sadat. Fue precisamente en Bagdad el 31 de marzo de 1979,
cinco días después del tratado de paz egipcio-israelí, donde la Liga
Árabe, reunida con urgencia, resolvió castigar a Egipto con la
suspensión de pertenencia y la ruptura de relaciones diplomáticas por
los estados miembros.
Sólo unos días después de la asunción presidencial de Saddam se
practicaron una serie de arrestos que afectaron a cinco miembros del
CMR, inclusive su secretario general, Abdel Hussein Mashhadi, y a
cientos de cuadros baazistas, oficiales del Ejército y responsables
gubernamentales. Tras acusarles por sorpresa en un mitin del partido
que se reveló como un juicio con sentencia ya dictada tan grotesco
como sumarísimo, el 8 de agosto fueron pasadas por las armas una
veintena de personalidades supuestamente involucradas en tratos
conspirativos con Damasco, aunque su pecado no era otro que haberse
opuesto a la defenestración de Bakr y al ascenso de Saddam. Y aún ese,
ya que sólo Saddam, director de este brutal drama con que quiso
inaugurar su despotado, conocía los motivos que sellaron la suerte de
unos y dejaron con vida a otros.
Entre los ejecutados estuvieron el histórico baazista Abdel Jaliq as-Samarraj,
en prisión desde julio de 1973 con una cadena perpetua por estar
involucrado en un intento de asesinar a Saddam y Bakr orquestado por
el entonces jefe del Servicio de Seguridad General o Al Amn Al Amm,
Nadhim Kazzar (el complot fue abortado y terminó con las muertes del
ministro de Defensa, Shihab, rehén de Kazzar, y del propio Kazzar), y
Muhy Abdel Saddam, secretario del CMR. Antes de la asunción
presidencial, el largo brazo de los servicios secretos a las órdenes
de Saddam se divisó en el asesinato del ex primer ministro an-Nayif en
su exilio londinense el 9 de julio de 1978.
Con posterioridad a la asunción y a las purgas que la prologaron,
otras personalidades cayeron víctimas de la inquina de Saddam. Abdel
Karim ash-Shaijli, antiguo compañero de correrías baazistas, desde
1968 brillante ministro de Exteriores y miembro del CMR hasta
septiembre de 1971, cuando fue degradado al puesto de embajador de
Irak ante la ONU, fue impunemente asesinado en 1980 en plena calle de
Bagdad, cuando ya estaba retirado del servicio diplomático; los ex
miembros del CMR Riyadh Ibrahim y Shafiq Abdel Jabbar al-Kamali fueron
fusilados en junio de 1982; y el militar Tahir Yahya, que sirviera
como primer ministro dos veces en el régimen de los hermanos Aref,
murió en 1986 en la cárcel.
Saddam orientó las relaciones exteriores hacia Occidente. En este
sentido, la persecución masiva del Partido Comunista en 1979 dañó
irremisiblemente las hasta entonces privilegiadas relaciones con
Moscú. Ansioso de convertirse en el nuevo gendarme del golfo Pérsico
tras el derrocamiento del sha en febrero de 1979 en la revolución
liderada por el ayatollah Ruhollah Jomeini (exiliado en Najaf, ciudad
santa del shiísmo, hasta que fue expulsado por orden de Saddam en 1978
a demanda del sha), el presidente irakí empezó por minar los acuerdos
de Argel de 1975, que hasta entonces ambas partes habían respetado
escrupulosamente; primero, reclamando las islas Tumb, que Irán se
había atribuido en 1971 luego de desbaratar Saddam un intento de golpe
de oficiales armados por Teherán, y a continuación, reanudando la
ayuda a la comunidad árabe del Juzestán, en el oeste de Irán.
La amenaza de las autoridades de Teherán con exportar la revolución
islámica a Irak y sus llamamientos a los millones de shiíes locales
para que se rebelaran contra los gobernantes "impíos" de Bagdad,
brindaron a Saddam el pretexto para lanzar una guerra relámpago cuyo
objeto sería, más que destruirla, derrotar a la República Islámica en
el campo de batalla para luego arrancarle un tratado de paz favorable,
con la ampliación de la exigua franja costera irakí en el Golfo como
principal cesión.
En el verano de 1980, con los ecos de una limpieza religiosa
que alcanzó a decenas de miles de ciudadanos shiíes, despojados de sus
propiedades y deportados a Irán, y en el caso de sus dirigentes,
ejecutados, Saddam consideró madura la situación por las grandes
dificultades que hallaba para consolidarse el régimen revolucionario,
el cual, desgarrado por disidencias de toda índole y con el Ejército
diezmado por las purgas de los jomeinistas, parecía precisar sólo una
presión adicional para desmoronarse. El 17 de septiembre el Gobierno
de Bagdad declaró derogados los acuerdos de Argel al tiempo que
acusaba a Teherán de "violaciones repetidas y flagrantes de la
soberanía irakí". El 22 de septiembre el Ejército irakí invadió Irán
por diversos puntos, desbordando una defensa desorganizada y avanzado
con rapidez.
Los éxitos iniciales de las huestes de Saddam, empero, no pudieron
culminarse por la dispersión de los objetivos a tomar y para enero de
1981 Irán pasó a la contraofensiva. La reacción persa, cuya inicial
debilidad militar quedó compensada por la exaltación del martirio de
sangre y el ardor fanático de los Guardianes de la Revolución (Pasdarn),
lanzados en masa contra las defensas irakíes en sucesivas ofensivas de
infantería al estilo de la Primera Guerra Mundial, colocó al dictador
irakí ante la perspectiva imprevista de una larga guerra de desgaste a
lo largo de un estrecho frente de trincheras en las marismas del Chatt
Al Arab, para la que sus tropas no estaban preparadas a menos que se
las dotara del más moderno armamento y en enormes cantidades.
Entonces salió a relucir la impericia militar de Saddam como
comandante en jefe, que había comenzado el conflicto sin tener una
idea clara de cómo terminarlo, tendía a sobrevalorar sus fuerzas, era
rígido en su táctica y un estratega aún peor, amén de entrometerse
hasta en los más nimios detalles de las operaciones, desorientando a
los militares de carrera. Confrontado con los reveses en el frente,
Saddam podía mandar fusilar a oficiales que se habían replegado, una
práctica que en nada ayudó a la moral de los hombres bajo su mando. Si
en el bando iraní el acicate de la combatividad era la religión y el
orgullo nacional de la patria agredida, en el irakí pesaba sobre todo
el miedo a la represalia de Saddam.
El 27 de septiembre de 1981 los iraníes levantaron el cerco a su
ciudad de Abadán y el 24 de mayo de 1982 recuperaron la cercana
Jorramshahr, capturada por los irakíes al mes de comenzar la guerra.
El general irakí responsable de las operaciones en el sector respondió
del desastre ante el pelotón de ejecución, aunque no faltan fuentes
que apuntan, como en otros sucesos similares anteriores y posteriores,
a su eliminación personalmente por Saddam pistola en mano. Para junio
de 1982 Irak había perdido la totalidad del suelo iraní invadido dos
años atrás y el 14 de julio hubo de defender su propio territorio
cuando el enemigo se lanzó en tromba tras la frontera para la
conquista de Basora.
Para contener las oleadas de atacantes iraníes, Saddam aumentó los
pedidos de armas a Occidente, empleó gases tóxicos en el frente (desde
Teherán, Jomeini ordenó no responder con el mismo arma), y para
desasirse de una guerra ruinosa, multiplicó las ofertas de alto el
fuego sobre la base del Acuerdo de Argel, sin otro deseo que hacer
borrón y cuenta nueva de lo sucedido y regresar a las posiciones
anteriores a la invasión de septiembre de 1980.
También estrechó los lazos con los regímenes árabes moderados, como
Egipto, Jordania y las monarquías del Golfo, todos los cuales estaban
interesados en la neutralización de la amenaza iraní. El 18 de marzo
de 1985 viajaron a Bagdad para expresarle su apoyo el rey Hussein de
Jordania y el presidente egipcio
Hosni Mubarak, a pesar de que oficialmente, por mandato de la Liga
Árabe, Bagdad y El Cairo no tenían relaciones diplomáticas; éstas se
restablecieron en noviembre de 1987 luego de así autorizarlo la Liga
Árabe en su cumbre de Ammán.
Con el objeto de contrarrestar el discurso de Teherán, que le trataba
de apóstata, Saddam ensayó la retórica religiosa, de la que en la
década siguiente iba a dar rienda suelta en su enfrentamiento con
Estados Unidos, y del choque de civilizaciones, presentando la guerra
como el último episodio del enfrentamiento multisecular entre los
árabes sunníes y los persas shiíes. La reclamación de legitimidad
religiosa por un dirigente absolutamente laico que hasta entonces no
había dado muestras de piedad u observancia islámicas incluyó el
proclamarse descendiente directo del Profeta Mahoma. En este regateo
de clientela espiritual con Teherán, Saddam no tuvo empacho en
presentar un árbol genealógico "revisado", irrisoriamente burdo y
ofensivo para los creyentes, en el que hacía remontar su estirpe hasta
Alí, yerno del Profeta y primer imán del shiísmo.
Para Europa Occidental y Estados Unidos, potencia que el 26 de febrero
de 1982 le borró de su lista de países patrocinadores del terrorismo
internacional, sólo tres años después de haberle incluido, y que el 25
de noviembre de 1984 restableció las relaciones diplomáticas
interrumpidas en 1967, Irak era un valladar frente al expansionismo
shií en particular e islámico en general, luego les interesaba
invertir en la victoria de Saddam.
En esta línea de apoyo y refuerzo de las opciones militares de Saddam
se inscribió la visita el 19 de diciembre de 1983 de Donald Rumsfeld,
ex secretario de Defensa de Estados Unidos y ahora enviado especial
del presidente Ronald Reagan para Oriente Próximo, supuestamente para
ofrecerle imágenes por satélite de las posiciones iraníes,
helicópteros de combate, agentes para sintetizar gas sarín y hasta
cultivos bacterianos para desarrollar bombas de ántrax y botulismo
(todo ello recibió Saddam de Estados Unidos, si bien la contribución
al arsenal bacteriológico irakí por la superpotencia se redujo,
al parecer, a una cepa del virus de la fiebre del Nilo occidental).
Igualmente, países como el Reino Unido, Alemania, China y, sobre todo,
Francia, se cuidaron de que los arsenales irakíes estuvieran bien
pertrechados, tanto los convencionales como los de destrucción masiva.
Como la URSS tampoco veía con buenos ojos al jomeinismo por un
eventual contagio desestabilizador de sus repúblicas musulmanas, pese
al desagrado que le habían causado los encarcelamientos y ejecuciones
de comunistas en Irak, siguió suministrando armamento en secreto. Ello
convirtió a Irak en un raro caso de múltiple clientelismo en la Guerra
Fría.
Desde comienzos de 1983 la guerra entró en un punto muerto, de
equilibrio entre el potencial humano iraní y la superioridad
cualitativa irakí. Saddam intentó arrancar el armisticio mediante el
bombardeo con aviación y misiles de la retaguardia iraní, tanto
objetivos urbanos como los nudos de producción y de distribución de
petróleo.
La escalada de la batalla económica, con sus fases de guerra de las
ciudades y guerra de los petroleros, puso en serio peligro
la navegación en el golfo Pérsico y alarmó a los gobiernos de las
grandes potencias. Éstos enviaron una flota de buques de guerra para
escoltar el comercio del crudo, y, de paso, ofrecer una cortina
protectora para las represalias aéreas de Irak contra los petroleros,
puertos y terminales iraníes, aunque también empezaron a apostar, a
través de la ONU, por un alto el fuego satisfactorio para ambas
partes.
En febrero de 1986 el Ejército iraní, en una gran ofensiva relámpago,
atravesó el Chatt Al Arab, tomó el puerto de Al Fao, del que arrancaba
el oleoducto submarino que conectaba con las terminales petroleras
offshore de Jor Al Amaya y Mina Al Bakr, aniquiló a los 10.000
soldados irakíes que lo defendían y avanzó en dirección a la frontera
con Kuwait, mientras otra pinza amagaba contra Basora por el norte.
Pero el Ejército de Saddam aguantó su más serio aprieto desde el
comienzo de la guerra y en los meses siguientes evitó las caídas de la
citada segunda ciudad del país y del puerto de Umm Qasr, a tiro de
piedra de territorio kuwaití, que era la última salida al mar que le
quedaba a Irak. Las desesperadas ofensivas Karbala de 1986 y
1987 se estrellaron una y otra vez con las bien pertrechadas defensas
irakíes, mientras que en el Golfo, Estados Unidos adoptó una posición
de beligerancia activa contra Irán.
La balanza militar empezó a inclinarse del lado de Irak, que retomó la
iniciativa en el Kurdistán y los frentes meridionales. El 18 de abril
de 1988 los irakíes recuperaron en pocas horas Al Fao y en las semanas
siguientes reconquistaron todos los territorios propios perdidos desde
1982. Poco antes, el 16 de marzo, su aviación había atacado con gases
mostaza y sarín la población kurda de Halabja, conquistada en la
víspera por los iraníes con el apoyo de guerrilleros kurdos, matando
aproximadamente a 5.000 civiles.
La masacre suscitó en círculos oficiales el primer debate serio sobre
el uso que el dictador irakí estaba haciendo de las armas que se le
suministraban, además de recordar la existencia de una guerra de
exterminio, con visos de genocidio, en la región del Kurdistán. Pero
no hubo exactamente un revuelto internacional. Los medios de
comunicación insertaron el espantoso episodio en el reguero diario de
informaciones que generaba la interminable guerra del Golfo,
desdibujando su dimensión y significado.
Como había sucedido con las denuncias por la ONU del uso de armas
químicas en los frentes iraníes en los años anteriores, los gobiernos
occidentales, con el de Washington a la cabeza, prefirieron
desdramatizar lo sucedido en Halabja y manejaron el asunto de una
manera que parecía que lamentaran que no hubiesen sido los iraníes los
autores de aquel horror. Estados Unidos dio otras muchas muestras de
condescendencia con Saddam. Así, marcando un asombroso contraste con
la actitud desplegada sólo tres años más tarde ante la invasión de
Kuwait, Washington aceptó de buenas a primeras las disculpas irakíes
por el bombardeo por error con un misil Exocet de la fragata
USS Stark, el 17 de mayo de 1987, que mató a 28 marineros.
Confrontada con la evidencia de que Occidente no iba a permitir la
derrota militar de Irak y agotada por el terrible coste humano de la
contienda, el 18 de julio Irán transigió y aceptó la resolución 598
del Consejo de Seguridad de la ONU del 20 julio de 1987 que llamaba al
alto el fuego pero no determinaba al agresor, el cual, objetivamente,
no era otro sino Irak. El 26 de julio Bagdad anunció la retirada de
los territorios ocupados en el Juzestán, el 8 de agosto las
delegaciones negociadoras acordaron el cese de hostilidades y el 20 de
agosto la guerra concluyó oficialmente, si bien las armas callaron al
menos diez días antes.
4. Invasión de Kuwait y segunda guerra del Golfo
Irak salió de la guerra con un pírrico estatus de vencedor, si se
considera la evolución de la contienda desde 1987, no así en su
conjunto, pero el país estaba exangüe tras ocho años de lucha
extremadamente letal que le había causado entre 200.000 y 300.000
muertos (las bajas iraníes fueron tres veces superiores) y enormes
destrucciones en infraestructuras económicas clave. Por el contrario,
el aparato militar fue rápidamente repuesto con nuevas remesas de
armamento importado de los países proveedores.
Los costes de la reconstrucción, unos 230.000 millones de dólares, y
el pago de la deuda adquirida con las monarquías del Golfo, otros
85.000 millones (de los que tres cuartas partes correspondían a la
adquisición de armas), produjeron fuertes desequilibrios en las
balanzas de pagos y comercial, para cuya corrección los ingresos del
petróleo se mostraron insuficientes. El volumen de las exportaciones
en 1989, 14.200 millones de dólares, no cubrió siquiera los costes
combinados del servicio de la deuda y la importación de alimentos
aquel año. A las dificultades económicas se añadió la perturbación
social causada por la desmovilización de cientos de miles de
combatientes.
Confiado de la tolerancia de Estados Unidos, un país siempre ligado a
su trayectoria y no pocas veces en un sentido positivo para él (mucho
se ha hablado sobre hipotéticos contactos con la CIA, ya en las
primeras etapas de su carrera, en los primeros años sesenta) y el
poderío militar de Irak, descrito entonces como entre los más temibles
del mundo, al menos cuantitativamente, Saddam planeó un envite
formidable y arriesgado: la invasión del Emirato de Kuwait.
El pequeño y opulento Estado regido por la dinastía absolutista de los
Al Sabah había sido junto con Arabia Saudí el principal sustentador
financiero de Irak durante la guerra con Irán, desarrollada ante sus
mismas puertas. Pero Kuwait ahora estaba frustrando en el seno de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) las urgencias
irakíes a las monarquías del Golfo para que pusieran fin a su política
de producir por encima de los topes estipulados, razón del
abaratamiento del barril en el mercado internacional, con el
consiguiente quebranto para los ingresos de Irak. Desde la lógica de
Saddam, la posesión de Kuwait no sólo terminaría con los apuros
económicos de de Irak, sino que a él le convertiría en el nuevo
caudillo del mundo árabe, el nuevo Nasser, y en el árbitro del golfo
Pérsico como poseedor de un colosal imperio petrolero.
En julio de 1990 el Gobierno irakí sumó a sus críticas por la
producción excesiva de petróleo por Kuwait y su negativa a concederle
una moratoria del servicio de la deuda de guerra la denuncia de
sustracciones ilegales desde 1980 de los pozos compartidos en el campo
de Rumaila, al oeste de Basora, por lo que exigía compensaciones
millonarias. De ahí pasó a reivindicar la soberanía de las islas
costeras de Warbah y Bubiyán para reforzar la salida irakí al mar,
limitada a la península de Al Fao y el pedazo de costa anexo, y
finalmente cuestionó la misma soberanía de Kuwait, que fuera un mero
distrito administrativo de Basora bajo la dominación otomana y luego
una provincia que los británicos separaron del reino de Irak en 1932 y
a la que otorgaron la independencia por separado en 1961.
Saddam pensó probablemente que el mundo no iba a rasgarse las
vestiduras ante una recomposición de fronteras por la fuerza, por una
ocupación militar, como había sucedido con las aventuras imperialistas
de Estados Unidos y la URSS en el Tercer Mundo, o con las presencias
de Israel, Siria, Marruecos, China e Indonesia en Cisjordania, Líbano,
Sáhara Occidental, Tíbet y Timor Oriental, respectivamente, todas
ellas impuestas a la comunidad internacional como hechos consumados.
Convencido de que Estados Unidos no intervendría en un asunto interno
de los árabes y de que estos gobiernos, dependiendo de su orientación
política, se limitarían a rezongar un poco, a resignarse temerosos e
incluso a apoyarle, Saddam se lanzó a la acción. De hecho, la prensa
norteamericana informó que en una entrevista fechada el 25 de julio,
la embajadora en Bagdad, April Glaspie, le habría dado a entender a
Saddam la neutralidad estadounidense en un conflicto ocasionado por el
asunto del supuesto robo de petróleo por Kuwait.
Este extremo sugiere que el dictador irakí se sirvió de la ambigüedad
de la embajadora para emprender su agresión contra el emirato, o que
acaso no interpretó bien sus palabras. Tampoco han faltado
elucubraciones sobre que Saddam pudo haber caído en una especie de
maquiavélica trampa: ser medio invitado a invadir Kuwait para luego
toparse con el muro bélico de Estados Unidos, que supuestamente habría
prefabricado la crisis con el objeto de rentabilizar una serie de
ventajas estratégicas y satisfacer determinados intereses económicos
propios, por de pronto, llenar las arcas de sus multinacionales
petroleras a fuer de la escalada del precio del barril de crudo.
Fuera lo que discurriera entre bambalinas y en la mente de Saddam,
siempre calenturienta a tenor de su trayectoria, el hecho es que en
las primeras horas del 2 de agosto de 1990, después de varios días de
movimientos de tropas en la frontera, 120.000 soldados irakíes
invadieron Kuwait sin encontrar mayor resistencia. La conmoción
internacional originada reveló de inmediato que, como en 1980 con
Irán, Saddam había errado garrafalmente el cálculo. Estados Unidos,
alarmado por la drástica alteración estratégica en el Golfo y la
indefensión de Arabia Saudí, puso en marcha una imponente maquinaria
bélica, la Operación Escudo del Desierto (Desert Shield),
que movilizó a más de medio millón de soldados de esa nacionalidad, y
enroló a una vasta coalición de países para obligar a Irak a dar
marcha atrás.
Invocando el derecho internacional violado, las potencias occidentales
se movilizaron en el ámbito de la ONU y auspiciaron un rosario de
resoluciones de condena y sanción contra Irak, la primera de las
cuales, la 660, se aprobó el mismo día de la invasión con 14 votos a
favor y una abstención (la de Yemen), mientras que la segunda, la 661,
el día 6, le impuso un embargo económico total.
Los gobiernos más involucrados espolearon también una campaña de
demonización de Saddam. De la noche a la mañana, el dirigente irakí
fue presentado a las estupefactas sociedades occidentales por los
medios de comunicación públicos y también por la mayoría de los
privados como un dictador brutal (oprobioso término que hasta el 2 de
agosto rara vez se le había endilgado), el nuevo Hitler de Oriente
Próximo y una amenaza intolerable para la seguridad internacional,
pues controlando las grandes reservas mundiales de petróleo tenía la
llave para desatar una crisis energética global.
Conforme pasaban las semanas se fue mostrando la magnitud del yerro de
Saddam. La URSS de Mijaíl Gorbachov atravesaba una situación interna
muy delicada y no estaba en condiciones de ejercer el tradicional
contrapeso internacional de Estados Unidos. Moscú se limitó a proponer
salidas negociadas de la crisis, pero implícitamente se situó en la
coalición antiirakí.
Peor aún, importantes estados árabes se sumaron, y no sólo
diplomáticamente, al bando occidental; tanto Siria como Egipto, país
este último que hasta entonces había mantenido unas excelentes
relaciones con Irak, enviaron tropas a Arabia Saudí, 55.000 entre los
dos, y naciones musulmanes no árabes como Pakistán y Bangladesh
actuaron de igual manera. Todas las monarquías del Golfo, con la saudí
a la cabeza, que aportó 67.000 soldados, corrieron en socorro de la
casa real kuwaití. En total, Escudo del Desierto reclamó a
660.000 soldados de 34 países.
El resto de estados árabes ofrecieron distintos grados de
circunspección, tibieza o solidaridad formal que apenas ocultaron su
malestar por el caos regional y las posibles repercusiones internas
que la agresión irakí había provocado. Sólo los gobiernos de Sudán,
Yemen y Mauritania apoyaron sin reservas a Irak como nación hermana
acosada por Occidente, pero se trataba de países con poca ascendencia
en el concierto de naciones árabes. La Libia de
Muammar al-Gaddafi, con la que las relaciones nunca fueron cálidas
(el 12 de septiembre de 1987 quedaron restablecidos los contactos
diplomáticos tras siete años de ruptura por causa del apoyo de Trípoli
a Teherán), excusó salir en defensa de Saddam y escurrió el bulto con
una ambigua postura antibelicista.
La Jordania del rey Hussein mantuvo una lealtad forzada por la
dependencia económica. El aliado de Saddam más cercano geográficamente
fue la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de
Yasser Arafat, con quienes había tenido sus más y sus menos en el
pasado (Bagdad había sido la retaguardia de los disidentes terroristas
palestinos Abu Nidal y Wadi Haddad, que en los años setenta intentaron
liquidar a Arafat y sus lugartenientes), pero éstos eran los que menos
tenían que ofrecerle (y, por el contrario, mucho que perder, como
luego se vio). La Liga Árabe, si bien con el rechazo de los países
miembros citados, exigió repetidamente la evacuación de Kuwait y
condenó la política agresiva de Bagdad.
Ante tan apurada situación, Saddam no escatimó sus bazas. Haciendo
gala de su inveterada falta de escrúpulos, apeló directamente a las
masas árabes, que demostraron sus fuertes simpatías proirakíes en las
calles, para que derrocaran a sus gobernantes "traidores" a la nación
árabe. El discurso nacionalista se revistió del manto religioso -él,
como ya se apuntó arriba, un no practicante, si no un agnóstico, que
había hecho del laicismo un pilar de su régimen-, recuperado para la
circunstancia del baúl de los disfraces ideológicos. El autócrata se
autoconcedió los títulos de "El Creyente", "Servidor de Dios" y "Guía
de todos los Musulmanes", empezó a comparecer vestido con el atuendo
tradicional de beduino y convocó a la guerra santa contra el "infiel",
entre otros recursos de populismo islámico.
Saddam manipuló a las opiniones públicas occidentales, donde había
importantes sentimientos de rechazo a una "guerra por el petróleo",
con el argumento de la injusticia histórica cometida con Irak en la
descolonización, que negaría el derecho de existir al Estado kuwaití,
y con la amenaza de una hecatombe ecológica y de ingentes bajas entre
los soldados de la coalición por causa de las armas químicas.
Chantajeó a los gobiernos de los mismos países con la ocupación de sus
embajadas y la anulación de los visados a sus residentes en Irak,
retenidos como moneda de cambio y escudos humanos frente a
eventuales ataques aéreos.
Cuando en los países afectados surgieron iniciativas privadas de
intercesión y liberación de los nacionales retenidos (en la mayor
parte de los casos estas embajadas las encabezaron ex presidentes y
primeros ministros), Saddam no desaprovechó la oportunidad de
presentarse como un dirigente razonable y magnánimo, tal que a partir
del 6 de diciembre todos los rehenes fueron autorizados a marchar.
Asimismo, el dictador intentó romper el bloqueo de la ONU ofreciendo
petróleo gratuito a países en vías de desarrollo si acudían a
recogerlo personalmente en los puertos de Irak y Kuwait.
Finalmente, Saddam trató de mezclar el problema palestino con la
solución de la crisis kuwaití, algo que a él no le reportó ninguna
ventaja pero sí grandes perjuicios a los palestinos. El 12 de agosto
planteó una iniciativa de paz que fue rechazada según la cual Irak se
retiraría de Kuwait si Israel hacía lo propio de los territorios
árabes ocupados de Gaza, Cisjordania, el Golán y sur de Líbano.
Todo ello, por lo que se refiere a la guerra psicológica. En cuanto a
las operaciones sobre el terreno, Saddam procedió a la asimilación
contrarreloj de Kuwait, declarando su anexión como la decimonovena
provincia irakí (8 de agosto), designando unas autoridades de
ocupación y renombrando los toponímicos para suprimir toda referencia
a la monarquía derribada. Al mismo tiempo, se apuntó un tanto con la
aceptación por Irán (14 de agosto) de un futuro acuerdo de paz que
daba satisfacción a buena parte de las exigencias de Teherán. Además
de reconocer el Acuerdo de Argel y de devolver 1.500 km² de territorio
iraní aún ocupado (cosa que cumplió inmediatamente), Saddam propuso el
intercambio de prisioneros, los 70.000 irakíes por los 30.000 iraníes.
Estas concesiones equivalían a correr un velo sobre reivindicaciones
históricas de Irak y a convertir en completamente estériles los ocho
años de guerra, pero de lo que se trataba para Saddam era resguardar
su retaguardia de un beligerante potencial. El 9 de septiembre visitó
Teherán Tarik Aziz, viceprimer ministro, ministro de Asuntos
Exteriores y destacado miembro del CMR (miembro de la minúscula
Iglesia Cristiana Caldea y jerarca cultivado, Aziz estaba considerado
el rostro afable del régimen y fungía como interlocutor habitual de
Occidente), el 14 de octubre se anunció la normalización de relaciones
diplomáticas y el 14 de noviembre Bagdad acogió al responsable de la
diplomacia iraní, Ali Akbar Velayati.
Como se apuntó arriba, los medios de comunicación se explayaron en
ponderar lo imponente del arsenal convencional irakí. Los stocks
acumulados tras la guerra con Irán conformaban una panoplia
heteróclita y ya anticuada en el caso de varias categorías de armas,
pero, con todo, asombrosa en términos numéricos. Ahora bien, se
desconocía cuántas de estas unidades eran operativas, por falta de
mantenimiento o de tripulantes y servidores con la instrucción
necesaria.
Según estudios armamentísticos occidentales, en 1990 las Fuerzas
Armadas irakíes poseían 5.600 tanques (soviéticos, británicos y
chinos), 6.500 vehículos blindados de toda clase (soviéticos,
brasileños, checoslovacos, franceses, españoles y chinos), 5.500
cañones remolcados o autopropulsados y baterías de artillería
antiaérea (soviéticos, estadounidenses, franceses, australianos,
checoslovacos y yugoslavos), más de un millar de lanzadores de cohetes
múltiples (soviéticos, brasileños y egipcios), cerca de 20.000 misiles
anticarro (franceses y soviéticos), 700 aviones (soviéticos y
franceses) y 450 helicópteros (soviéticos, estadounidenses y
franceses).
Intentar evaluar las unidades para la guerra química y bacteriológica
era una tarea de lo más procelosa. Del arsenal de misiles con carga
explosiva convencional se tenía un conocimiento un poco menos
incierto: varios miles de unidades para la guerra aérea y aeronaval,
de fabricación francesa, soviética y estadounidense, y algunos
centenares de vectores tierra-tierra de corto y medio alcance, tanto
de fabricación propia como soviética, la mayoría de la serie Scud,
ingenios balísticos que eran susceptibles de acomodar cargas químicas.
Cuando Irak se convirtió en el villano internacional por la invasión
de Kuwait, más de 200 compañías privadas de una veintena de países
estaban involucradas en el abastecimiento de tecnologías de armas no
convencionales al régimen de Saddam: a la cabeza, Alemania, con nada
menos que 86 contratistas, seguida por el Reino Unido y Estados Unidos
con 18 cada uno (las firmas norteamericanas habían proporcionado
precursores químicos y computadores para misiles), Austria con 17,
Francia con 16, Italia con 12 y la pacífica Suiza con 11.
En cuanto a las fuerzas humanas irakíes, se calculaban en 950.000 los
soldados encuadrados en siete cuerpos de Ejército de Tierra, que
incluían a siete divisiones blindadas o mecanizadas y 40 divisiones de
infantería. La Guardia Republicana, tropa de élite separada del
Ejército regular, constaba de tres divisiones blindadas o mecanizadas,
cuatro divisiones de infantería y una de fuerzas especiales. 45.000
uniformados servían en las Fuerzas Aéreas y 5.000 pertenecían a la
irrelevante Armada.
Pese a las inquietantes bravatas de Saddam sobre una "madre de todas
las batallas" (Umm Al-Ma'arik) y una jihad contra los
"profanadores" de las ciudades santas del Islam en Arabia Saudí, la
coalición de Estados Unidos puso a punto su aparato bélico y además
encontró el camino despejado con la resolución 678 aprobada por el
Consejo de Seguridad de la ONU el 29 de noviembre, que concedía una
"última oportunidad" a Irak y autorizaba a los estados miembros el
recurso a "todos los medios necesarios" para restaurar el statu quo
legal en Kuwait.
En la medianoche, en horario de Washington, del martes 15 al miércoles
16 de enero de 1991 venció el ultimátum explicitado en la resolución
678. La guerra no se hizo esperar: a las 18,38 horas del 16 en horario
de Washington, las 2,38 horas del jueves 17 en horario de Bagdad, la
aviación aliada comenzó la Operación Tormenta del Desierto (Desert
Storm), el bombardeo sistemático y sostenido de objetivos del
poder militar y político irakí en Kuwait y a lo largo y ancho del
propio Irak.
Carente de estrategia militar, Saddam decidió no combatir a sus
enemigos con las mismas armas (así, puso su aviación, en la que no
debía confiar gran cosa, a buen recaudo en aeródromos iraníes o en
hangares bajo tierra), insistió en su táctica favorita de confundir y
dividir al adversario, y provocó a Israel y Arabia Saudí lanzándoles
misiles Scud, no todos los cuales pudieron ser interceptados
por los contramisiles Patriot estadounidenses, con la intención
de incendiar todo Oriente Próximo. Ilustrado por los aliados con
triunfales partes de material bélico irakí destruido, el asalto aéreo
contra la maquinaria de Saddam se mostró, empero, ineficaz en los
propósitos políticos de lograr la evacuación de Kuwait.
Cada vez más impaciente, el 22 de febrero Estados Unidos respondió al
segundo plan soviético de paz ultimando a Bagdad a que comenzase la
retirada del emirato a partir de las ocho de la tarde, en horario de
Bagdad, del sábado 23, y que la completase para el 1 de marzo. Saddam,
atrapado en el dilema de retirarse de Kuwait incondicionalmente, sin
poder salvar la cara ante su pueblo y el mundo árabe, o encajar una
derrota total y quien sabía si mortal, no movió pieza, de manera que a
las 4 de la madrugada del domingo 24 en Bagdad, las 8 de la tarde del
23 en Washington, la coalición emprendió la por doquier temida
ofensiva terrestre.
Las tropas aliadas, esencialmente estadounidenses (350.000),
británicas (36.000) y francesas (14.000), apenas encontraron
resistencia, y sólo se reportó un enfrentamiento de entidad con los
blindados de la Guardia Republicana. En sólo tres días, con bajas por
su parte prácticamente inexistentes, los atacantes completaron la
liberación de Kuwait, en cuya defensa Saddam había desplegado 600.000
soldados, tomando miles de prisioneros en su avance. Al tercer día, el
martes 26, el Ejército irakí, siguiendo la orden impartida en la
víspera por Saddam de una evacuación "organizada" del emirato, comenzó
a retirarse, pero en desbandada.
El caótico repliegue derivó en tragedia, pues, privadas de protección
aérea, las columnas de miles de vehículos militares y civiles,
rebosantes de soldados malamente pertrechados y de bienes fruto del
pillaje en el emirato, fueron bombardeadas por la aviación aliada en
la saturada autopista que subía a Basora prácticamente a capricho y
sin necesidad, ya que se trataba de un ejército derrotado. Al mismo
tiempo, paracaidistas de la CI División Aerotransportada de Estados
Unidos alcanzaban el Éufrates a la altura de Nasiriyah.
El miércoles 27 fue el día del final: Bagdad anunció su aceptación
incondicional de la docena de resoluciones de la ONU en su contra, las
avanzadillas aliadas, con unidades del Ejército del emir derrocado,
Jabir Al Ahmad Al Sabah, a la cabeza, entraron en la capital,
donde miles de civiles kuwaitíes salieron a recibirles con júbilo, y
horas más tarde el presidente George Bush anunció que Kuwait había
sido liberado y ordenó el cese de las hostilidades con efecto en la
madrugada del jueves 28, en horario de Washington, las ocho de la
mañana en el teatro de operaciones. La guerra había durado 43 días.
5. Rebeliones internas y el castigo de los vencedores
La derrota de Saddam en Kuwait había sido catastrófica en el plano
militar: murieron entre 30.000 y 50.000 uniformados, por citar un
baremo equilibrado entre los balances más mortíferos y los más
mesurados. A ellos debían sumarse otro tanto o más de civiles, también
en número muy impreciso. Se han calculado en más de 10.000 las
víctimas inmediatas de los bombardeos aéreos sobre las ciudades, pero
a esta cifra hay que añadirle todas las defunciones a posteriori, por
heridas, infecciones y desatención médica, que sin lugar a dudas
fueron mucho más numerosas.
Sin llegar a conocerse nunca la mortandad exacta de esta guerra del
lado irakí, es seguro que el total de muertos provocados por los
ataques de la coalición, entre combatientes y no combatientes, excedió
los 100.000. En este punto, el contraste con las bajas infligidas al
enemigo no podía ser más sangrante: Estados Unidos perdió a 315
soldados, de los cuales sólo 148 fueron caídos en combate, debiéndose
los demás fallecimientos a accidentes, al denominado fuego amigo
o a causas naturales.
Pero, ahora, para Saddam lo que estaba en juego era su misma
permanencia en el poder. En efecto, las tropas aliadas parecían no
conformarse con liberar el emirato y amagaban, aprovechando la
desintegración del Ejército irakí, con tomar Basora y llegar hasta la
misma Bagdad, según sugería la presencia estadounidense en el curso
medio-bajo del Éufrates. Estas avanzadillas llegaron a una distancia
de 250 km de Bagdad, y en ese tramo no se les interponía ninguna
defensa, según declaró después el comandante en jefe del cuerpo
expedicionario, general Norman Schwarzkopf.
Sin embargo, Bush, por consideraciones de geopolítica, no quiso darle
el golpe de gracia a Saddam, además de que las resoluciones de la ONU
nada decían de derrocar gobiernos internacionalmente reconocidos. Hoy
hay bastante unanimidad en la suposición de que Estados Unidos temía
más un vacío de poder en Irak que la continuidad de Saddam en el
mismo, pues el derrumbe del Gobierno central podría haber alentado la
autodeterminación de los kurdos sunníes del norte y de los árabes
shiíes del sur, que suponen respectivamente el 18% y el 65% de la
población irakí, fraccionando el país en perjuicio de los intereses
estratégicos occidentales. Convenía, pues, que Saddam, si bien
convenientemente debilitado y controlado, siguiera al mando en Bagdad.
En la primera de una serie de contradicciones y vacilaciones en la
etapa posbélica, Washington alentó la rebelión kurda y shií para luego
asistir impávido a su destrucción por Saddam. El 3 de marzo, el mismo
día en que el Ejército irakí firmó la rendición incondicional en un
puesto de mando en Safwán, estallaron revueltas en el sur, donde los
shiíes, ayudados por unidades rebeldes del Ejército, se hicieron con
el control de Basora, Nasiriyah y las ciudades santas de su fe,
Karbala y Najaf. El día 11 la guerra civil se extendió al Kurdistán,
donde las guerrillas de la Unión Patriótica (UPK) y el Partido
Democrático (PDK) capturaron Kirkuk y entablaron combate por Mosul.
Ante la inacción de los aliados, Saddam se apresuró a poner coto a dos
rebeliones que amenazaban con cogerle en una pinza en Bagdad. Para el
31 de marzo la revuelta de los shiíes quedaba aplastada, con un
balance de decenas de miles de muertos, la mayoría ejecutados
sumariamente, y de devastaciones en las ciudades reconquistadas.
Entonces, el sátrapa se volvió contra el norte: tras recuperar Kirkuk,
Erbil y Dahuk en los últimos días de marzo, el 1 de abril el Ejército
lanzó una contraofensiva general, logrando el hundimiento de los
peshmerga kurdos y provocando un éxodo masivo de cientos de miles
de civiles en penosas condiciones hacia Turquía y Siria.
El drama de los kurdos conmovió a la opinión pública occidental, que
forzó a sus gobiernos a intervenir. Con manifiesta reluctancia, el 17
de abril Estados Unidos movilizó a 10.000 soldados en la operación
humanitaria Proveer el Consuelo (Provide Comfort),
autorizada implícitamente por la resolución 688 de la ONU del 5 de
abril, la cual condenó la represión de los kurdos y apeló a la
asistencia humanitaria internacional.
Aunque el Gobierno de Saddam bramó contra la "injerencia" en sus
asuntos internos, ordenó a sus soldados que abandonasen la zona de
seguridad establecida por los aliados en el Kurdistán, que desde el 19
de mayo (en esta fecha, unos 4.500 efectivos de Estados Unidos,
Francia, Reino Unido y otros países) hasta el 15 de julio fueron
retirando sus tropas de protección a sus bases en Turquía para dar
paso a personal de la ONU. Saddam había perdido el extremo norte del
país, en lo sucesivo autónomo de hecho bajo la protección
internacional, pero no descuidó explotar la rivalidad entre el PDK y
la UPK para impedir la consolidación de un poder político y militar
kurdo susceptible de revolverse otra vez contra él.
Desde su sorprendente acuerdo de cese de hostilidades con Jalal
Talabani, líder de la UPK, el 24 de abril de 1991, hasta su fugaz
intervención militar para ayudar al jefe de la otra formación, Massud
Barzani, el 31 de agosto de 1996, Saddam aplicó éxito con las
turbulentas facciones kurdas la táctica del divide y vencerás.
Cambiando de peón cuando lo juzgó oportuno, después de 1991 el
autócrata bagdadí obtuvo un inestimable provecho de las luchas
fratricidas de los kurdos, incapaces de establecer una coalición de
Gobierno, cuanto menos de plantear, como punta de lanza de una
hipotética coalición general de fuerzas opositoras, una amenaza seria
al régimen baazista.
Pero, además, los sucesos de marzo y abril de 1991 demostraron que,
pese a los ingentes daños recibidos, el Ejército irakí conservaba una
más que notable capacidad operativa. En 1992 se estimó en 400.000 los
efectivos de las Fuerzas Armadas, con varios cientos de tanques y
aviones en servicio. No en vano, tras la guerra se supo que muchos de
los supuestos carros de combate, piezas de artillería y rampas de
misiles tierra-tierra destruidos por los misiles inteligentes
de Estados Unidos no eran sino ingeniosas reproducciones de plástico,
entre otras estratagemas de engaño y disimulo.
Mientras Saddam destruía a sus oposiciones internas, se sometía a
regañadientes al alto el fuego bajo condiciones fijado en la
resolución 686 del 2 de marzo del Consejo de Seguridad de la ONU, y a
las prolijas y duras condiciones de paz estipuladas por la resolución
687 del 3 de abril.
Las exigencias al perdedor eran las siguientes: la eliminación de
todas las armas de destrucción masiva que pudiera tener, así como el
desmantelamiento de los programas, instalaciones y componentes
relacionados; el sometimiento a los tratados internacionales sobre
prohibiciones que afectaban a estas armas (paradójicamente, Irak era
signataria del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares -TNP- de
1968 y de la Convención de prohibición total de Armas Bacteriológicas
-BWC- de 1972); la eliminación, igualmente bajo supervisión de la ONU,
de todos los misiles balísticos con un alcance superior a los 150 km;
la prohibición de adquirir, por tiempo indefinido, armas
convencionales; y, el pago de reparaciones a Kuwait por los daños
cometidos durante la ocupación, así como la asunción de
responsabilidades por los perjuicios a la ecología del golfo Pérsico.
Hasta que estos puntos no fueran satisfechos, las sanciones económicas
permanecerían en vigor.
6. Porfía con Estados Unidos en el escenario posbélico
Para Saddam, una cosa era acatar sobre el papel, y otra sobre el
terreno. En los años siguientes, convertido en el nuevo villano
favorito de Occidente luego de la inhibición internacional de Gaddafi
y la muerte de Jomeini, jugó al gato y el ratón con Estados Unidos y
la ONU, sondeando su compromiso con la línea de dureza marcada por el
presidente Bush mediante provocaciones militares, amenazas verbales y
regateos diplomáticos en torno al régimen de sanciones y las nuevas
medidas que intensificaron el cerco a Irak.
El 27 de agosto de 1992 Estados Unidos, Reino Unido y Francia
establecieron, sin el respaldo en una resolución expresa de la ONU,
una zona de exclusión aérea al sur del paralelo 32 con el fin
declarado de proteger a los shiíes, la cual vino a sumarse a la zona
de seguridad establecida en el Kurdistán al norte del paralelo 36 (en
septiembre de 1996 Estados Unidos extendió unilateralmente la primera
zona hasta el paralelo 33). Los dispositivos Vigilancia del Norte
(Northern Watch) y Vigilancia del Sur (Southern Watch)
correspondieron al patrullaje aéreo de ambas zonas de exclusión.
El 13 de enero de 1993, en vísperas de su despedida presidencial, Bush,
secundado por sus colegas británico y francés, ordenó una serie de
bombardeos contra objetivos en el sur en respuesta a penetraciones de
soldados irakíes en territorio kuwaití, parece ser que para recuperar
material bélico abandonado, y al movimiento de defensas antiaéreas
dentro de la zona de exclusión. Estas incursiones coincidieron con el
anuncio por Bagdad de su disposición a "liberar" los territorios al
sur del paralelo 32 y de "una de las provincias del extremo sur".
La llegada del demócrata
Bill Clinton a la Casa Blanca en enero de 1993 relajó un tanto la
tensión, pero el nuevo presidente no tardó en esgrimir un tono
intransigente. Después del ataque con misiles de crucero el 27 de
junio de 1993 contra la sede de los servicios secretos en Bagdad, como
represalia por un supuesto plan irakí para asesinar a Bush en Kuwait
en abril, y de nuevos movimientos de tropas irakíes en la frontera con
el emirato en la segunda semana de octubre de 1994, el 10 de noviembre
siguiente el CMR anunció que reconocía las fronteras y la soberanía de
Kuwait.
Se trataba de un envite de alcance, toda vez que en abril de 1992 la
ONU había redefinido las demarcaciones territoriales en perjuicio de
Irak, que perdió su parte en el campo petrolífero de Rumaila y algunas
áreas de Umm Qasr. Además, desde abril de 1991 la frontera
desmilitarizada estaba vigilada por una misión de observadores de la
ONU (UNIKOM). Posteriormente, el 20 de mayo de 1996, Saddam comunicó
otra aceptación: la venta de petróleo bajo las condiciones fijadas por
la ONU en la resolución 986 del 14 de abril del año anterior.
El texto del Consejo de Seguridad autorizaba a los estados miembros a
importar de Irak una cuota de crudo equivalente a 1.000 millones de
dólares cada 90 días, para la adquisición, bajo el control de la ONU,
de medicinas y alimentos destinados a la población. Esta exención era
sensiblemente más amplia que la contenida en la resolución 706 del 15
de agosto de 1991, entonces tajantemente rechazada por Irak, que
estipulaba ventas petroleras por 1.600 millones de dólares en un
período de 180 días. Así, el 10 de diciembre de 1996 Irak reanudó
parcialmente sus exportaciones de crudo.
En noviembre de 1997 comenzó un nuevo y prolijo capítulo en el
enfrentamiento con Estados Unidos a propósito del ámbito de actuación
de la Comisión Especial de la ONU para la verificación de las
limitaciones armamentísticas (UNSCOM). De la aceptación el 23 de marzo
de 1998 del plan de
Kofi Annan, secretario general de la ONU, para la inspección de
los palacios de Saddam sospechosos de albergar material prohibido, se
pasó al desentendimiento por Bagdad del acuerdo el 5 de agosto, a la
recusación del nuevo jefe de la UNSCOM, el australiano Richard Butler,
acusado de espiar para la CIA (en efecto, agentes de inteligencia
estadounidenses acompañaron a la UNSCOM y recogieron datos que más
tarde fueron usados para atacar objetivos militares irakíes) el 31 de
octubre, a una nueva contramarcha de Saddam el 14 de noviembre, que
permitió la vuelta de personal de la UNSCOM tres días después, y
finalmente a la represalia militar de estadounidenses y británicos
entre el 16, día en que la UNSCOM abandonó definitivamente el país, y
el 20 de diciembre.
La Operación Zorro del Desierto (Desert Fox) fue la más
contundente acometida desde 1991 y estuvo destinada tanto a minar la
capacidad del Ejército irakí como a cazar a Saddam y sus notables en
sus residencias en Bagdad. La prensa de Estados Unidos venía
informando que la administración Clinton y la CIA habían tratado de
eliminar físicamente a Saddam en varias ocasiones, bien mediante un
ataque militar de precisión, bien financiando a comandos del Congreso
Nacional Irakí (CNI) que penetraban desde el Kurdistán, bien alentando
el golpe de Estado interno de oficiales descontentos reclutados por
otra organización de oposición en el exilio y rival del CNI, el
Acuerdo Nacional Irakí (ANI).
Extremando sus agresiones directas, alentando la reconciliación de la
UPK y el PDK y apadrinando con mayor dotación económica al CNI
(incorporando de paso a los shiíes sureños), a mediados de los noventa
Washington cambió la estrategia de contención de Saddam por la
del derrocamiento puro y simple, según declaró sin ambages la
secretaria de Estado Madeleine Albright, si bien una sucesión de
desastres en 1996, entre los que se incluyeron las luchas fratricidas
de los kurdos, mostraron a las claras la extraordinaria eficacia de
los servicios de seguridad de Saddam a la hora de abortar complots y
destruir a sus ejecutores.
El hostigamiento intermitente de Saddam desde el frente militar con el
dudoso el aval de la ONU siguió su curso, tal que desde comienzos de
1999 los raids aéreos estadounidenses y británicos contra
posiciones artilleras, rampas de misiles o estaciones de radar irakíes,
y ya no necesariamente dentro de las áreas de exclusión, se
convirtieron en algo tan rutinario que desaparecieron del primer plano
informativo, no obstante tratarse de agresiones bélicas en toda línea
sin mediar provocación. Estos ataques, algunos realizados con misiles
inteligentes, causaban bajas entre el personal militar, pero
también se cobraban los eufemísticamente llamados "efectos
colaterales" entre la población civil, produciendo un goteo de
víctimas que reforzó el coro de críticas internacionales contra la
estrategia de Estados Unidos.
A esas alturas, Francia se había descolgado de británicos y
norteamericanos y había unido su voz a las de China y Rusia que, por
razones políticas y económicas, pedían un rápido levantamiento de las
sanciones por el Consejo de Seguridad al constatar que no servían para
nada que no fuera el fortalecimiento de Saddam en el poder.
Desde mediados de los años noventa la opinión pública internacional
tomó conciencia del drama humanitario en Irak. La penuria de bienes de
primera necesidad se estaba cebando en el grupo más vulnerable, los
niños de corta edad, víctimas por cientos de miles desde el comienzo
de las sanciones, según diversas ONG y agencias humanitarias
internacionales. En 2000 UNICEF denunció que cada mes morían en Irak
una media de 4.500 niños y 1.500 adultos como consecuencia directa del
embargo. En 1999 y 2000 esta catástrofe apenas fue aliviada por las
renovaciones y las ampliaciones de la cuota de exportación según el
programa Petróleo por Alimentos.
Potencialmente uno de los países más ricos de Oriente Próximo, no
obstante los estragos de las guerras provocadas por Saddam y el
embargo presente, aún quedaban en Irak vestigios del alto nivel de
vida y el desarrollo alcanzado en las décadas de los setenta y
ochenta, cuando el Baaz creó lo más parecido a un Estado del bienestar
árabe, con educación gratuita desde la escuela preescolar hasta la
universidad y un sistema nacional de salud pública libre de costes
para el usuario. Además, confluía la circunstancia de que si el
régimen de Saddam era en lo político atrozmente totalitario, por otro
lado había alentado un progresismo social que, por ejemplo, situaba a
los derechos de la mujer en un plano más relevante que en la mayoría
de los países árabes.
7. La implacabilidad del ejercicio del poder
Las campañas militares contra las rebeliones norteña y sureña tras la
guerra del Golfo fueron el aviso de Saddam de cómo iba a tratar los
focos contestatarios en el futuro. Sometido al cerco económico
internacional y a la amenaza militar de Estados Unidos, el autócrata
irakí se dispuso a sobrevivir en el poder exclusivamente mediante los
métodos draconianos.
Los mínimos indicios de complot fueron atajados con ejecuciones
sumarias e intensas purgas en el Ejército, el partido y los diversos
cuerpos de seguridad y espionaje, objetos de reestructuraciones y
cooptaciones regulares. Desertores, contrabandistas y delincuentes
comunes fueron las víctimas recurrentes de campañas represivas
presentadas como ejemplarizantes, aunque en el fondo obedecían a un
sistema de sujeción de la sociedad mediante la dosificación del terror
y la identificación de chivos expiatorios por las calamidades que el
aventurerismo insensato de Saddam había aparejado al país.
Combinando las represalias físicas, las amenazas, las gratificaciones
o los matrimonios concertados en pago a la lealtad, y la manipulación
de las rivalidades existentes entre los clanes de Tikrit y la alta
oficialidad árabe sunní, Saddam se aseguró el anclaje en el poder
absoluto, seguramente uno de los mejor estructurados del mundo
teniendo presente los múltiples peligros que asaltaron y que consiguió
sortear este maestro de la supervivencia.
El Baaz irakí, en realidad, nunca fue una fuerza política
especialmente popular y antes de la revolución de 1968 nada tenía que
ver con un partido de masas. Luego de dar el golpe de Estado, Bakr y
Saddam inventaron sobre la marcha los discursos de legitimación
popular que precisaban, no dudando en espolear y manipular los más
bajos instintos de unas turbas frustradas por sus problemas
cotidianos. Con todo, fue la violencia, una violencia extrema y de un
sadismo inaudito en no pocas ocasiones, como mostraban el recurso
sistemático a la tortura de los detenidos y la profusión de
situaciones truculentas, el método de acción prevaleciente de un
partido que, por trayectoria y liderazgo, fue esencialmente criminal.
Figuran numerosas informaciones, algunas bien documentadas, sobre una
persistente realidad en la década posterior a la derrota en Kuwait de
levantamientos religiosos, motines militares y conjuras golpistas,
invariablemente abocadas al fracaso y al baño de sangre, aunque las
motivaciones últimas de todas estas revueltas, cuales habrían sido
derrocar al dictador o acrecentar posiciones de clan en un contexto de
pugnas internas, no siempre estuvieron claras. Táctico y calculador,
lo que no le ahorró, como resultaba palmario en la política exterior,
tremendos errores de percepción, el dirigente irakí recurrió a la
guerra semipermanente y al Estado policiaco como instrumentos de
movilización en torno al líder y de amedrentamiento de la población.
Hasta aquí, los métodos de Saddam, que el 29 de mayo de 1994 recuperó
el puesto de primer ministro del que se había desprendido el 23 de
marzo de 1991, para perpetuarse en el poder presentan evidentes
características estalinianas. Como el dictador soviético, Saddam podía
mostrarse brutal en el trato que dispensaba a sus ministros y
generales, pero además ello no se limitaba al procedimiento
burocrático e incluía las vejaciones en la relación personal.
Intimidador nato, invitados extranjeros que trataron con él han
explicado que este mal comunicador carente de sofisticación y proclive
a perorar sobre una infinidad de vaguedades que no venían al caso
poseía una perspicacia natural que le permitía adivinar
instintivamente lo que sus interlocutores intentan transmitirle u
ocultarle; desde luego, de serle propia, esta facultad no la ejercitó
Saddam en su entrevista con la embajadora Glaspie en julio de 1990.
En Saddam, esta metodología estalinista de la violencia, que
planificaba la misma y la ejecutaba sin ahorro de brutalidad y
cinismo, estaba indisolublemente unida a los valores tribales
tradicionales del Irak rural. Así, ese puntilloso código del honor del
irakí sunní tribal, que reclama la venganza de sangre si se produce
una afrenta a la familia, dio lugar a crueles vendettas, no
siempre con lectura política, en el seno mismo del clan de Tikrit.
Por lo demás, los biógrafos han presentado a Saddam con los rasgos
típicos de los modernos tiranos. Inmediatamente llama la atención el
culto a su personalidad que fomentó, en el mundo acaso sólo superado
por el que se tributa al dictador comunista de Corea del Norte, Kim
Jong Il, tal era la miríada de retratos, murales, estatuas y
memoriales panegíricos, amén de museos sobre su persona, que
abarrotaban el país con resabios orwellianos. Características eran
también la percepción paranoica de la realidad, que le hacía no fiarse
de nadie o, si acaso, sólo de un reducido número de parientes tikritis
(los cuales, llegado el caso, tampoco parecían gozar de una garantía
de inmunidad frente a las iras del jefe), así como un orgullo y un
rencor recalcitrantes que le empujaban a ajustar cuentas con los que
le habían agraviado en el pasado.
Saddam, fumador de puros cubanos, amigo de las buenas viandas
preparadas por cocineros de confianza y probadas por catadores (para
evitar envenenamientos), poseedor de un inagotable guardarropa,
suplantado, según era la creencia general, por dobles perfectos en
apariciones públicas cuando lo consideraba oportuno y que, conforme a
la costumbre local, disfrutaba disparando al aire con pistolas y
fusiles durante sus baños de multitudes programados, abordaba su papel
en el Irak contemporáneo con una megalomanía desaforada. Fomentó una
imagen machista de superhombre capaz de las mayores hazañas, trazó una
continuidad de grandeza histórica entre los imperios babilonio y
asirio, el califato abbasí, el reino de Saladino y la república
baazista, y apeló al orgullo nacionalista de los irakíes como pueblo
cultural y racialmente superior a sus vecinos.
En un terreno más tangible se situaban los faraónicos programas de
obras públicas y privadas, con los famosos y fastuosos palacios
presidenciales, la construcción de tres colosales mezquitas en Bagdad,
una red de búnkeres e instalaciones subterráneas de insospechado
alcance, las restauraciones (algunas con dudoso criterio, como las
ruinas de Babilonia) del riquísimo patrimonio arqueológico nacional y
la erección de monumentos conmemorativos, todo ello a mayor gloria del
gran líder y sin reparar en gastos, en un país donde la población de a
pie sufría penurias sin cuento.
Dicho sea de paso, la revista Forbes incluyó a Saddam en su
relación de los estadistas más adinerados del mundo. Según diversas
fuentes, la fortuna personal de Saddam y su familia pudo ascender a
los 200.000 millones de dólares, impresionante cifra obtenida gracias
a la manipulación del programa Petróleo por Alimentos y, sobre
todo, por la amplia red de contrabando manejada por el núcleo duro del
clan de Tikrit, con los hijos del dictador a la cabeza, constitutiva
de una fragrante violación del embargo.
8. Una sórdida historia de avatares familiares
En 1963 Saddam tomó en matrimonio a su prima carnal Sajida Tulfah,
hija de Jairallah Tulfah, quien a su vez fue nombrado gobernador de
Bagdad luego del encumbramiento de su sobrino en el poder. En 1988,
acogiéndose al permiso coránico, Saddam contrajo una segunda esposa,
Samira Fadel Shahbandar, perteneciente a una prominente familia de
Bagdad, que le dio un hijo llamado Alí Saddam Hussein. Previamente, el
entonces marido de Samira, director de unas líneas aéreas, consintió
(por la cuenta que le traía, obviamente) en concederle el divorcio a
su esposa. Sajida siguió siendo, no obstante, la esposa oficial de
Saddam, además de madre de sus cinco hijos, dos varones y tres
mujeres. En la década de los noventa afloraron rumores, bastante
convincentes, de que Saddam tomó en secreto una tercera y joven esposa
hacia 1985.
El primogénito del dictador, Uday Saddam Hussein, nacido en 1964,
adquirió una fama de enfant terrible al que todos los excesos
le estaban permitidos. En sus manos se concentraba un imperio
mediático y propagandístico que incluía varios periódicos, incluyendo
a Babel, el principal diario del país, revistas y emisoras de
radio y televisión, aunque sus negocios lucrativos proliferaban sobre
todo en los turbios ámbitos del contrabando y el mercado negro. Uday
fungió oficiosamente como ministro de la Juventud, quedando bajo su
exclusivo control todo lo que tuviera que ver con los deportes,
inclusive la presidencia del Comité Olímpico Irakí, y en particular
con el fútbol. Es conocida la información que asegura que mandó
apalear a jugadores de la selección nacional de fútbol como castigo
por sus malos resultados en campeonatos internacionales disputados por
Irak.
Hombre de carácter extremadamente violento y bravucón, abusador y
violador de mujeres, coleccionista ávido de coches de lujo y servido
por un ejército privado de 15.000 hombres conocidos como Fedayin
Saddam y a los que se dirigía con el rango de teniente general, el
delfín oficioso del régimen protagonizó el 18 de octubre de
1988 un dramático episodio palaciego cuando irrumpió en una fiesta que
se celebraba en un recinto lúdico en una isla sobre el Tigris y, ante
la espantada concurrencia (entre la que se encontraba la esposa del
presidente egipcio Hosni Mubarak), aporreó hasta la muerte a un hombre
de confianza de Saddam que le había presentado a Samira y que
concertaba sus encuentros con ella. En los mentideros bagdadíes se
decía que Uday asesinó al infeliz porque era necesario "lavar el
honor" de su madre.
Encolerizado por este crimen, Saddam metió entre rejas a Uday y le
llevó a juicio con la supuesta intención de condenarlo al patíbulo,
pero, en atención "al deseo de la población", no tardó en perdonarle,
para acto seguido enviarle a un exilio temporal en Suiza. Periodistas
jordanos añaden que Sajida, asustada, pidió al rey Hussein que
intercediera ante su esposo por la vida de un hijo cuyo caótico
comportamiento suscitó en los años siguientes dudas sobre si no
padecería algún tipo de perturbación mental.
Uday, que en 1988 tomó como esposa a una hija del vicepresidente del
CMR y segunda persona del partido desde 1979, Izzat Ibrahim ad-Duri,
otro paisano de Saddam del área de Tikrit, sufrió el 12 de diciembre
de 1996 un severo golpe a sus aspiraciones de sucesión de su padre
cuando un comando no identificado ametralló el vehículo que conducía
por las calles de Bagdad y le hirió gravemente en las piernas,
dejándolo semiparalítico. Hospitalizado hasta junio de 1997 y durante
un tiempo aquejado de las secuelas psicológicas del atentado, cuando
las elecciones de marzo de 2000 se reportó de Uday que había obtenido
un escaño en la Asamblea Nacional. Este mandato se consideró un jalón
del primogénito de Saddam en su reanudado asalto al poder.
El hijo menor, Qusay Saddam Hussein, nacido en 1966 y casado desde
1985 con una hija del general Maher Ar-Rashid (quien fue castigado en
1986 por discrepar con la conducción por Saddam de la guerra con Irán)
y padre de dos muchachos, operaba con mayor discreción y cálculo, que
no con menor brutalidad, luego lo que diferenciaba a los dos hermanos
no era tanto el fondo como las formas.
Fuertemente involucrado en las tareas informativas y de seguridad,
Qusay ascendió al frente de una vasta red de espías, de la Guardia
Republicana Especial o Al Haris Al Jamhuri Al Jas, verdadera guardia
de corps del régimen formada por unos 13.000 efectivos que pasaban por
ser las tropas más disciplinadas y mejor equipadas de Irak, y del
Servicio de Seguridad Especial o Al Amn Al Jas, otros 5.000 hombres
que, a modo de una tropa de pretorianos, se distribuían en un círculo
impenetrable de seguridad alrededor de Saddam, quizá el estadista con
más guardaespaldas y escoltas del mundo.
Adicionalmente, desde finales de los años noventa Qusay empezó a
presidir reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, un órgano que
supervisaba las cinco agencias de seguridad e inteligencia del
régimen, concebidas para competir entre sí y para rendir cuentas por
separado directamente ante Saddam. Ciertamente, a Saddam no le
interesaba coordinar a sus cinco agencias e incluso espoleaba sus
rivalidades y enfrentamientos: si todo el mundo temía a todo el mundo
y los unos se vigilaban a los otros, lo más probable es que toda
conspiración, de surgir, quedara automáticamente paralizada.
Este conjunto de fuerzas a las órdenes de Qusay superaba con creces,
cuantitativa y cualitativamente, a los fedayines de su hermano. En los
últimos años se ventilaron encontronazos entre Uday y Qusay por
intromisiones en sus respectivos cotos de poder político y económico.
No cabe duda de que Qusay aprovechó la convalecencia de su hermano
para escalar posiciones, hasta adelantarle en la primacía sucesoria.
Significativamente, el 17 de mayo de 2001 Qusay figuró entre los ocho
nuevos integrantes del Mando Regional del Baaz de 18 miembros, y
además fue nombrado "responsable adjunto" del Departamento Militar del
partido, un cargo equivalente a viceministro de Defensa y que le
confería presencia en el CMR, el supremo órgano de decisión política.
Sobre la acumulación de responsabilidades por Qusay, en septiembre de
2000 el rotativo árabe editado en Londres Asharq Al Awsat
informó que había sido puesto al frente de un "consejo familiar" con
la misión de asegurar el control del régimen por los tikritis en caso
de defunción de Saddam, y que éste, aseguraba tal fuente, padecía de
un cáncer linfático y estaba siendo sometido a quimioterapia bajo la
supervisión de un comité médico.
Los hermanastros Barzán, Sabawi y Watbán Ibrahim al-Hassán al-Tikriti,
hijos del padrastro Hassán al-Ibrahim y como Saddam con un pasado
trufado de violencias, ostentaron también puestos de privilegio en el
círculo íntimo del dictador, como ministros, consejeros o altos
burócratas de la represión, pero no en relaciones de armonía con el
dictador durante largos períodos.
Así, en mayo de 1995 Watbán fue destituido como ministro del Interior
al cabo de cuatro años de servicio e inmediatamente después resultó
gravemente herido en un atentado supuestamente instigado por el
irascible Uday. Tres años después, Sabawi, conocido sobre todo por
organizar la rapiña sistemática de Kuwait cuando la ocupación en
calidad de gobernador para asuntos del Interior, fue a su vez cesado
como director del Servicio de Seguridad General, luego de haber
ocupado la misma posición en el Departamento General de Información o
Al Mujabarat Al Amma, la temible agencia de vigilancia política del
partido inspirada en el KGB soviético.
Por lo que respecta a Barzán, responsable de la Seguridad Especial y,
a partir de 1979, del Departamento General de Información, y de paso
casado con una hermana de Sajida llamada Ilham, cometió alguna
ignorada deslealtad con su hermanastro y en 1983 hubo de abandonar el
país. Desde aquel año permaneció medio asilado en Ginebra y en 1988
esta estancia forzosa adquirió justificación oficial al ser nombrado
embajador de Irak ante la sede de la ONU en la capital helvética, una
oficina diplomática absolutamente impropia de su perfil de ejecutor
represivo.
En 1998 Saddam reclamó su presencia en Bagdad, pero Barzán, quizá
olisqueándose alguna celada de su hermanastro a través de su siempre
impredecible sobrino Uday, se negó a obedecer. Saddam le destituyó
fulminantemente y en 1999, luego de fallecer Ilham y de denegarle las
autoridades suizas la renovación de su visado, Barzán se avino a
retornar a casa, donde le esperaba un recibimiento bastante hosco, si
bien Saddam no descargó represalias más allá del preceptivo período de
confinamiento en residencia vigilada, situación que pasó a compartir
con sus hermanos.
Se conoce el dato de que en 1984 Saddam dispuso la boda de Uday con
una hija de Barzán, Saja, en un aparente intento de reconciliación.
Pero el enlace fue un estrepitoso fracaso: transcurridos dos meses
desde el desposorio, la muchacha abandonó a Uday aterrorizada por sus
maltratos físicos y corrió a refugiarse en Ginebra junto con su padre.
Con el retorno de Barzán a Bagdad las trifulcas en esta rama familiar
se sosegaron y los tres hermanos Ibrahim empezaron a ser citados en
las listas de oficiales del Gobierno como "asesores estatales".
En diciembre de 1999 los tres comparecieron en público para recibir de
su hermanastro varias medallas de condecoración y luego se conoció su
pertenencia a la citada junta familiar creada a raíz de la enfermedad
de aquel, si bien entonces estaba claro que su poder había disminuido
a la par que el ascenso y la omnipresencia de los vástagos del
dictador. En todo este tiempo los Ibrahim administraron sus
respectivos feudos económicos, cimentados en los negocios irregulares
y el lucrativo contrabando de productos de lujo.
En añadidura, el general Adnán Jairallah Tulfah, primo y cuñado de
Saddam, "héroe" de la guerra contra Irán, ministro de Defensa desde el
15 de octubre de 1977, viceprimer ministro desde octubre de 1982 y
virtual número dos del régimen, a la sazón casado con una hija
del ex presidente Bakr, falleció en un sospechoso accidente de
helicóptero el 5 de mayo de 1989 en el paraje de Sarsang, a 450 km al
noroeste de Bagdad, cuando regresaba de una reunión familiar cerca de
Mosul. En el funeral de su hijo, Jairallah Tulfah atribuyó a su
sobrino y yerno la autoría del siniestro, atrevimiento que el anciano
pagó con el arresto domiciliario y la desaparición de la escena. Poco
después se conoció su fallecimiento, se supone que por causas
naturales.
Periodistas de la región han especulado con que Adnán, descrito como
un militar de carrera capacitado y no involucrado en las sevicias
represivas del aparato de seguridad, aunque venial a manos llenas como
el resto de jerifaltes tikritis, dejó de ser fiable para Saddam por el
poder y el prestigio que había alcanzado, una peligrosidad potencial
que se tornó más factible a raíz de la ignominia cometida contra su
hermana Sajida con motivo del segundo matrimonio de Saddam, cosa que
le ofendió profundamente, como no dudó en proclamar públicamente.
Disputas y revanchas internas aparte, del primer círculo de allegados
de Saddam salió también la desafección más sonada. El 8 de agosto de
1995, tras ver lo que le había sucedido a Watbán Ibrahim, desertaron a
Jordania los hermanos Hussein Kamel y Saddam Kamel al-Majid, primos de
Saddam en primer grado por la parte del padre y esposos de sus hijas
mayores, Raghda y Rana, respectivamente. Dicho sea de paso, la hija
menor, Hala, nacida en 1972, fue casada por su padre con el primo
Jamal Mustafá al-Tikriti, hermano del general Kamel Mustafá al-Tikriti,
alto mando militar que a su vez estaba casado con una hermana del
primo Hussein Kamel.
El teniente general Hussein Kamel al-Majid estaba identificado como el
padre de los programas clandestinos de armamento en tanto que jefe de
la Organización para la Industrialización Militar. Dirigió en sus
orígenes la Seguridad Especial y era otro teórico número dos
del régimen después de la desaparición de Adnán Tulfah. También se le
tenía por uno de los planificadores de la invasión de Kuwait y por el
ejecutor de la represión de los shiíes en el sur. El más joven Saddam
Kamel, teniente coronel de la brigada de misiles, dirigía a los
guardaespaldas presidenciales de élite, dentro de la Seguridad
Especial.
El 12 de agosto Hussein Kamel hizo en Ammán un llamamiento para
arrojar a su suegro "al basurero de la historia" que no encontró eco
en la oposición por tratarse el personaje de uno de los pilares de la
dictadura hasta la víspera de su defección. Concedió varias
entrevistas a los medios y entre las cosas que reveló estuvo la
confirmación de que Adnán Tulfah fue asesinado por orden de Saddam: el
propio Hussein Kamel colocó la bomba con temporizador en el
helicóptero del general instantes antes de tomarlo para regresar a
Bagdad.
El 20 de febrero de 1996, insólitamente, los hermanos Majid regresaron
con sus familias a Irak en circunstancias inciertas, probablemente
tras recibir garantías de perdón de Saddam. Lo cierto es que el rey
Hussein no quería saber nada con tan incómodos huéspedes y los países
occidentales, pese a recibir de Hussein Kamel información militar
secreta, no estaban dispuestos a concederles asilo. Precisamente, este
episodio marcó el final de la complacencia con Saddam del monarca
hachemita, que en lo sucesivo apostó por el cambio de jefatura en
Bagdad.
Tres días después se anunciaron los divorcios de Raghda y Rana, que
quedaron bajo una suerte de arresto domiciliario, y la muerte de sus
maridos como castigo a su traición. Ambos perecieron, al igual que un
hermano, dos hermanas y el padre de los cinco, Kamel al-Majid, tío de
Saddam, durante el asalto de las fuerzas de seguridad contra la villa
de los Majid en Assadiyah, cerca de Bagdad.
La operación fue dirigida por Uday y por otro de los primos paternos
de Saddam, el teniente general Alí Hassán al-Majid, antiguo director
del Servicio de Seguridad General, brutal preboste del partido en las
provincias norteñas de mayoría kurda a finales de los años ochenta y
luego no menos brutal gobernador para asuntos militares en el Kuwait
ocupado. Después de la guerra ministro del Interior, ministro de
Defensa y comandante del Ejército en el sur, y últimamente sólo
miembro del CMR y representante presidencial en misiones oficiales,
Majid estaba casado con otra hija de Bakr y portaba el siniestro
sobrenombre de Alí el Químico por haber dirigido el exterminio
de kurdos en Halabja en 1988.
Saddam estaba complacido por este nuevo servicio de su primo, uno de
los más entusiastas verdugos a su servicio, así que Alí Hassán le
ofreció desposar a una hija suya con el permanentemente casadero Uday.
A la luz de todos estos tremebundos sucesos, el posterior atentado
contra Uday pudo ser una venganza de los entornos de Hussein Kamel al-Majid
o, más seguramente, de Watbán Ibrahim.
El desenlace sangriento de la aventura de los primos felones puso fin
a uno de los capítulos más extravagantes de la saga familiar del
dictador, evocadora de las historias de crímenes y tropelías
pasionales de las familias cesáreas de la Roma imperial. Pero aquel
aún registró un epílogo en marzo de 2000, cuando la madre de los Kamel,
Safiya Hassán, que había sobrevivido a la matanza de 1996, fue a su
vez alcanzada por la venganza que exigía el exterminio de toda la rama
familiar caída en desgracia.
Con anterioridad a estos hechos, el 2 de diciembre de 1994, había
escapado al Kurdistán autónomo el general Wafiq Hamud as-Samarraj,
jefe del Servicio de Inteligencia Militar o Al Istijbarat Al Askariyya
hasta 1991, quien también apeló al golpe de palacio, sin mayor
repercusión. El balance de una década de turbulencias familiares fue
la consolidación del poder de los hijos del dictador en detrimento de
los parientes en grado secundario, como los hermanastros y los primos.
Con semejante personificación del ejercicio político, la celebración
de elecciones legislativas puntualmente cada cuatro años, desde la
primera edición, el 20 de junio de 1980, hasta la última, el 27 de
marzo de 2000, no pasó de lo anecdótico. Huelga decir que todos los
escaños de la Asamblea Nacional fueron ganados por los candidatos del
Baaz, bien como militantes del mismo, bien como simpatizantes
teóricamente independientes, los únicos autorizados a participar.
Como en la vecina Siria, en estas ocasiones el Baaz de Saddam
concurría tras la sigla de un Frente Nacional Progresista, pero, a
diferencia de como sucede en Damasco, sin compañía de ninguna
formación satélite. Por lo demás, el 15 de octubre de 1995 el
presidente irakí se sometió al formulismo plebiscitario sobre su
permanencia en el poder, que, en virtud de su única candidatura, quedó
confirmada por otros siete años con el 99,95% de los votos.
Exactamente siete años después, Saddam se iba a someter a la última de
estas parodias de unas elecciones presidenciales.
Por lo que se refiere a su jefatura en el partido, Saddam fue
reelegido secretario general, y por tanto renovado automáticamente en
la presidencia del CMR, en mayo de 2001, durante la XII Conferencia
del Baaz irakí, a la par que el lanzamiento de Qusay a la cúpula.
Meses atrás, en junio de 2000, Saddam engrosó su relación de
magistraturas con la, a esas alturas básicamente simbólica, Secretaría
General del Mando Nacional del Baaz, que permanecía vacante desde la
muerte de Aflak en 1989.
9. Intentos de superar el aislamiento internacional
El ínfimo aligeramiento del embargo económico y el creciente rechazo
internacional a las represalias militares de Estados Unidos animaron a
Saddam a abrir grietas en su cuarentena diplomática, con escasos
resultados. En el terreno más inmediato, los países árabes, Egipto y
las monarquías del Golfo continuaron siendo muy remisos a concederle
facilidades, mientras que las sucesiones en Jordania y Siria de los
difuntos Hussein y Hafez al-Assad por sus retoños
Abdallah II y
Bashar al-Assad, respectivamente, no dieron pie a un relajo de las
desconfianzas.
Saddam intentó reconducir las relaciones con Irán, estancadas desde la
aproximación de 1990, y ello a pesar de los periódicos rebrotes de
tensión, con cruces de acusaciones de apoyar a las respectivas
oposiciones armadas, los Mujahidín del Pueblo en Irán y los shiíes
descontentadizos en Irak. Más aún, en Teherán produjo viva irritación
el asesinato de tres ayatollah shiíes en la ciudad santa de Najaf
entre 1998 y 1999.
El atentado mortal contra el gran ayatollah Mohammad Sadek as-Sadr,
máxima autoridad de los shiíes irakíes, provocó el 20 de febrero de
1999 levantamientos en Nasiriyah, Karbala y otras ciudades del sur,
con la consiguiente represión del Ejército. Los observadores de la
zona identificaron esta campaña de terrorismo político-religioso como
el último capítulo de la lucha de muerte entre los milicianos
clandestinos shiíes y el omnipresente Uday Hussein, que les
culpabilizó de su atentando de 1996. Precisamente, el ayatollah as-Sadr
había emitido poco antes una fatwa contra Uday, en castigo por
su presunta implicación en el atentado que costó la vida a un
dirigente shií en Najaf.
El 29 de septiembre de 2000, aprovechando su coincidencia en Caracas
para asistir a una cumbre de la OPEP, el vicepresidente de la
República Taha Yassin Ramadán al-Jazrawi se reunió con el presidente
de Irán,
Mohammad Jatami, en el primer encuentro de alto nivel desde que
Izzat Ibrahim prestara una visita a Teherán en 1991. Justamente, los
preparativos de esta cita de la OPEP incluyeron el mes anterior la
visita a Bagdad del presidente venezolano
Hugo Chávez, en la primera recepción por Saddam a un jefe de
Estado extranjero desde 1991. Por otro lado, Irak, después de diez
años, envió el 21 de octubre de 2000 una delegación a una cumbre de la
Liga Árabe, la celebrada en El Cairo para estudiar la crítica
situación en Palestina.
Movimientos diplomáticos a un lado, el caso es que Saddam no hizo un
sólo guiño que indicara su buena voluntad en materia de control de
armamentos, siendo así que Irak integró con Corea del Norte y Cuba el
grupo de países que se negaron a firmar los tres grandes instrumentos
internacionales de desarme aprobados en la década, a saber, la
Convención de prohibición total de Armas Químicas (CWC) de 1993, el
Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT) de 1996 y el
Tratado de prohibición total de Minas Anti-Personal (APM) de 1997,
amén del boicot a la Corte Penal Internacional (CPI) aprobada en Roma
en 1998 e inaugurada en La Haya el 1 de julio de 2002. Claro que sus
dos enemigos principales, Estados Unidos e Israel, no daban un ejemplo
mucho mejor, ya que en 2002 ambos sólo tenían firmados el CTBT y la
CWC, de los cuales ratificados únicamente estaba la CWC por parte de
Estados Unidos (Israel ni siquiera era signatario del TNP y la BWC).
10. Inclusión en el eje del mal y objetivo a
batir por la administración Bush
En el cambio de década, la situación para Saddam, su régimen y su país
seguía dominada por la inercia en todos los aspectos. El horizonte
inmediato sólo ofrecía más bloqueo económico internacional, más
ostracismo diplomático occidental y más acoso militar
angloestadounidense. Pero en enero de 2001, la llegada al poder en
Estados Unidos de
George
Bush, hijo del ex presidente George Bush, y su
administración republicana, con una plataforma ideológica
profundamente conservadora y nacionalista, vino a agudizar la ojeriza
de Washington hacia Saddam.
El 16 de marzo de 2001 el bombardeo contra un centro de radares en
Bagdad supuso la presentación al dictador irakí de la carta de
intenciones de Bush, un antiguo empresario petrolero lanzado a la
política al que, por convicciones personales y por la influencia de
sus colaboradores halcones en las áreas de seguridad y de
Defensa, deseosos de acabar de una vez por todas con el irritante
desafío de Bagdad, le movía una animadversión a Saddam tal que tenía
regusto a cuenta familiar pendiente.
Así, en septiembre de 2002 Bush explicaba que Saddam era "el tipo que
intentó matar a mi papá", en alusión al descubrimiento a tiempo por la
CIA de un coche bomba preparado para estallar al paso del cortejo de
Bush padre durante su visita a Kuwait en abril de 1993, atentado
frustrado que, se recordará, desató la represalia militar del Gobierno
Clinton en junio del mismo año. Pero las intenciones y planes de la
administración Bush para con Saddam tardaron más de un año en ser
explícitos, y en este sentido los catastróficos atentados del 11 de
septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York y el
Pentágono en Washington cometidos por la organización fundamentalista
islámica Al Qaeda del renegado saudí
Osama bin Laden, alteraron drásticamente la situación.
Seguramente, fue entonces cuando se activó una inexorable cuenta atrás
para Saddam.
Después del 11 de septiembre Saddam emitió la única voz discordante en
el coro universal de condenas y expresiones de solidaridad con Estados
Unidos. Como regodeándose en la tragedia, la prensa controlada por
Uday opinó que el "cowboy americano" había merecido unos ataques que
eran la consecuencia de sus "crímenes contra la humanidad".
Saddam en persona abonó este análisis acusando a Estados Unidos de
"exportar maldad, corrupción y crímenes" por doquier y en particular a
Oriente Próximo, así que la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva
York no había sido sino la "cosecha" por la práctica de una "política
diabólica". Cuando en octubre comenzó la intervención militar de
Estados Unidos y sus aliados contra Afganistán para destruir a las
fuerzas de Al Qaeda y de paso al régimen ultraintegrista de los
talibán que les daba cobijo, el Gobierno irakí elevó una enérgica
protesta por lo que consideraba una agresión de Occidente contra el
orbe islámico.
A la luz de los sucesos posteriores, no cabe duda de que estos
posicionamientos disonantes de Saddam lo único que consiguieron fue
empeorar su situación. Pero, también, tales declaraciones evocaban
unos barruntos, certeramente premonitorios, de que él podría ser el
segundo enemigo a batir en la guerra declarada por Estados Unidos al
terrorismo internacional.
Incluso antes de iniciarse la Operación Libertad Duradera (Enduring
Freedom) en el teatro de operaciones afgano, medios
estadounidenses, basándose en filtraciones de oficiales del Gobierno,
divulgaron la más que dudosa especie de que el jefe del comando
suicida que había secuestrado los aviones para lanzarlos contra los
rascacielos neoyorkinos y el edificio del Pentágono, Mohammed Atta,
había mantenido reuniones con oficiales de inteligencia irakíes en
algún lugar de Europa. Por supuesto, Bagdad negó de plano este
malévolo intento de involucrar a Saddam (como si no tuviera ya
suficientes crímenes a sus espaldas), aunque fuera de manera muy
indirecta, en la hecatombe del 11 de septiembre.
Todo indicaba que esta |