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Parte
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03 -
Cidob
Saddam Hussein `Abd al-Majid at-Tikriti
Irak
Presidente de la República
Duración del mandato: 16 de Julio de 1979 - 09 de Abril de 2003
Nacimiento: Al Ajwa, Tikrit, provincia de Salah ad-Din , 28 de Abril
de 1937
Defunción: Camp Justice, Al Kadhimiyah, provincia de Bagdad , 30 de
Diciembre de 2006
Partido político: Baaz
Profesión: Funcionario de seguridad
-
De conspirador violento a dirigente expeditivo
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Factótum en la cúpula de partido Baaz
-
Asunción de todo el poder y campaña
bélica contra Irán
-
Invasión de Kuwait y segunda guerra del
Golfo
-
Rebeliones internas y el castigo de los
vencedores
-
Porfía con Estados Unidos en el
escenario posbélico
-
La implacabilidad del ejercicio del
poder
1. De conspirador violento a dirigente expeditivo
Nació en el seno de una familia de campesinos sin tierras de la aldea
de Al Ajwa, mísero asentamiento de cabañas de adobe a orillas del
río Tigris y sito a ocho kilómetros de Tikrit, una pequeña ciudad de
provincias con un presente de pobreza y subdesarrollo. La parentela
familiar pertenecía al clan al-Bejat de la tribu de musulmanes
sunníes de al-Bu Nasir, dominante en la región.
El padre, Hussein al-Majid, falleció sólo meses antes de nacer el
niño, si bien biografías no oficiales sugieren que abandonó a su
esposa, Subha Tulfah (fallecida en 1983), ya fuera poco antes o poco
después de venir al mundo Saddam, y, de paso, que pudo no haber sido
su padre biológico siquiera. Sea como fuere, desde muy corta edad
Saddam quedó al amparo de su tío materno, Jairallah Tulfah, sunní
devoto y riguroso oficial del Ejército que en 1941 fue expulsado del
mismo y encarcelado por su militancia antibritánica y pronazi. Tras
ser liberado en 1946, Tulfah se ganó la vida como maestro de escuela
en Tikrit.
El muchacho empezó a recibir la educación primaria a los nueve años,
si bien mientras vivió con el segundo marido (y primo carnal, a la
sazón) de su madre, Hassán al-Ibrahim, recibió un trato brutal, fue
obligado a pastorear rebaños de cabras o a realizar trapicheos y
hurtos para subvenir las necesidades de un núcleo familiar que no
generaba rentas de trabajo, y apenas asistió a clase. Con todo,
consiguió terminar la primaria y en 1955 se trasladó a Bagdad para
proseguir su formación en el instituto de secundaria Al Jark, foco
de un radicalismo estudiantil que se nutría del odio a la monarquía
hachemita reinante y a Estados Unidos y el Reino Unido, los cuales
adoptaron aquel año el Pacto de Bagdad para preservar la región de
las influencias comunistas.
El contacto con el ambiente político de Bagdad le separó a Saddam de
su inicial educación religiosa y tradicional. En 1957, luego de ser
rechazado en la Academia Militar por su pobre currículum escolar e
influenciado decisivamente por su tío, que en estos años aparece
como el mentor ideológico del futuro dirigente, se incorporó al
entonces minúsculo Partido del Renacimiento Árabe Socialista (Baaz),
seducido por sus ideales laicos, nacionalistas y revolucionarios.
Notorios anticolonialistas irakíes habían nacido en el área de
Tikrit, a 160 km al noroeste de Bagdad, que fue también la patria de
Saladino, el gran sultán turco-kurdo conquistador de Jerusalén a los
cruzados en 1187.
Joven de físico intimidador, naturaleza violenta y pendenciera, y
partidario de la acción directa, los biógrafos no oficiales remontan
el primer asesinato político de Saddam, el de un militante comunista
de Tikrit y mediante un disparo en la cabeza, a octubre de 1958.
Estas mismas fuentes aseguran que dicho crimen, al parecer,
instigado o medio ordenado por Jairallah Tulfah, les valió a sobrino
y tío compartir celda en la prisión de la ciudad durante medio año.
Una vez liberado por falta de pruebas, la dirección del Baaz incluyó a
Saddam, entonces valorado únicamente por sus dotes de esbirro, en un
comando de diez hombres con la misión de asesinar al primer ministro
Abdel Karim Kassem. Éste, general del Ejército, había derrocado la
monarquía hachemita el 14 de julio de 1958, en un sangriento golpe
de Estado que costó la vida al joven rey Faysal II, al primer
ministro Ahmad Mujtar Baban, al ex primer ministro Nuri as-Said y al
antiguo regente Abdallah ibn Alí, y que había dado paso a una
dictadura militar de tipo nacionalista, antioccidental y
prosoviética, pero al mismo tiempo enemiga declarada del nasserismo
y el panarabismo socializante que esgrimía el Baaz.
El 7 de octubre de 1959 el comando de Saddam ametralló en una
emboscada el vehículo de Kassem en el centro de Bagdad. A diferencia
de su chófer y su edecán, el general pudo salvar la vida con heridas
leves gracias a que, según parece, Saddam pretendió apuntarse el
mérito del magnicidio e incurrió en precipitación abriendo fuego a
destiempo. Herido en la pierna izquierda, protagonizó, siempre según
la leyenda oficial, una rocambolesca fuga, vía Tikrit, a Siria y de
ahí hasta Egipto, donde llegó el 21 de febrero de 1960. En Bagdad le
aguardaba una sentencia a muerte in absentia.
Colocado bajo la protección del rais Gamal Abdel Nasser, en El
Cairo Saddam retomó la actividad política en el Mando Regional egipcio
del Baaz, así como los estudios en la escuela superior Al Qasr An Nil,
donde terminó su educación secundaria. Muy interesado en su instrucción,
en 1962, becado por el Gobierno egipcio, se matriculó en la Facultad de
Derecho de la universidad capitalina, donde no pudo terminar la carrera
por las circunstancias políticas y quizá por sus limitaciones
académicas. De todas formas, en 1971, ya aupado al poder en Irak, Saddam
obligó a la Universidad Al Mustansiriya de Bagdad a otorgarle el diploma
de jurista, según se asegura, compareciendo a los exámenes vestido de
uniforme y -no pudo ser más contundente la intimidación- depositando su
pistola sobre el pupitre a la vista de alumnos y profesores.
El 8 febrero de 1963 Kassem fue derrocado y ejecutado en un golpe
conjunto de baazistas y nasseristas dirigido por el coronel Ahmad Hassán
al-Bakr, alto dirigente del Baaz y pariente lejano de Saddam, que dejó
un elevado número de cadáveres en Bagdad al ofrecer resistencia los
efectivos afectos. Bakr se convirtió en primer ministro y el nasserista
Abdel Salam Muhammad Aref en presidente de la República y el Consejo del
Mando Revolucionario (CMR), o junta político-militar. Sin dilación,
Saddam retornó de Egipto junto con otros exiliados para ponerse al
servicio de las nuevas autoridades e integrarse en las estructuras del
Baaz, donde pasó a desempeñar labores de inteligencia, de seguridad
interna del partido y de persecución de enemigos políticos, con los
comunistas como víctimas predilectas.
Antes de terminar el año, en noviembre, se produjo la depuración de
los ultraviolentos baazistas civiles, el ala izquierdista
encabezada por Alí Salih as-Saadi, merced a la alianza entre la facción
militar del Baaz, más moderada y leal a Bakr, quien perdió, empero,
el puesto de primer ministro, y los nasseristas de Aref, el cual por su
parte aprovechó las divisiones internas en sus cada vez más incómodos
compañeros de viaje para asegurarse todo el poder en el CMR y establecer
la Unión Socialista Árabe como virtual partido único. Saddam permaneció
fielmente del lado de Bakr, testimoniando su apego, fundamentalmente, y
por no decir exclusivamente, a los vínculos de paisanaje y de sangre, lo
que favoreció su aceptación como baazista de pleno derecho y miembro del
Mando Regional del partido.
Sobre este fondo permanente de violencias y tensiones, en octubre de
1964 Saddam, fue arrestado, no sin recibir a tiros a los oficiales que
venían a prenderle, bajo la acusación de conspirar contra la vida del
jefe del Estado. En 1965 seguía en prisión cuando el VIII Congreso
Regional del Baaz le eligió vicesecretario general del Mando Regional
irakí, teniendo como único superior a Bakr, que había recobrado la
libertad después de conocer su propia experiencia carcelaria.
En otro episodio que cimentó su aureola de hombre indómito, en julio
de 1966 Saddam consiguió evadirse de la cárcel aprovechando su traslado
a otro centro, aunque se sospecha que el Gobierno pudo facilitar esta
huida, extremo que, de ser cierto, suscita especulaciones sobre un
posible doble juego de Saddam. Tres meses atrás, Aref había perecido en
un accidente de helicóptero y le había sucedido en la Presidencia su
propio hermano, Abdel Rahmán Muhammad Aref, un nasserista bastante tibio
cuya falta de implacabilidad le convertía en blanco fácil de todo tipo
de complots, en un país donde las luchas políticas se dirimían y se
dirimen a tiros.
Desde la clandestinidad, Saddam organizó una milicia baazista, el
Jihaz Haneen, que iba a jugar un papel decisivo en el golpe de Estado
perpetrado por Bakr el 17 de julio de 1968. Aref fue derrocado con suma
facilidad, no hubo derramamientos de sangre y el Baaz retornó al poder,
pero esta vez con la intención de usufructuarlo en exclusiva. En marzo
anterior, el Baaz irakí se había separado definitivamente del Baaz de
Siria, donde ostentaba el poder desde 1963, así que el Mando Regional de
Bagdad, con Bakr como secretario general y Saddam como vicesecretario,
pasó a funcionar con independencia del Mando Nacional (es decir,
supranacional), el cual formalmente siguió existiendo bajo la jefatura
de uno de los fundadores del partido histórico, el cristiano sirio
Michel Aflak, que fijó su residencia en Bagdad, y cooptado de hecho por
el poder irakí.
Luego de tomar parte activa en el asalto al poder, concretamente en la
captura del palacio presidencial, Saddam recibió de Bakr el encargo de
organizar el aparato de seguridad e inteligencia del nuevo régimen. Su
primer cometido fue deshacerse, el 30 de julio, de dos altos mandos
militares no baazistas cuyo concurso en el golpe había sido necesario,
los generales Abdel Razzaq Said an-Nayif e Ibrahim Daud, los cuales
habían accedido a sumarse a la conjura contra Aref a cambio de ser
nombrados primer ministro y ministro de Defensa, respectivamente; el
primero fue prendido por Saddam en persona a punta de pistola en el
palacio presidencial de Bagdad y el segundo fue arrestado en Jordania
para luego ser ambos enviados al exilio.
2. Factótum en la cúpula de partido Baaz
En tanto que hombre de la máxima confianza de Bakr -presidente de la
República, presidente del CMR y primer ministro- y cancerbero servil del
régimen, Saddam inició un ascenso irresistible a la cúpula del poder
político. Tras el llamado "golpe correccional" del 30 de julio de 1968
fue designado vicepresidente en funciones del CMR y en noviembre de 1969
se convirtió en vicepresidente de la República y el CMR le confirmó como
su vicepresidente.
Como prolegómeno de esta última promoción, Saddam se encargó de
ajustar cuentas con el ex primer ministro nasserista (1965-1966) Abdel
Rahmán al-Bazzaz: arrestado, torturado y condenado a 15 años de prisión
en octubre de 1969, Bazzaz terminó siendo ejecutado en 1973. Incansable,
Saddam puso su mirada ahora en dos poderosos jerifaltes militares
baazistas que él veía amenazadores para su proyecto de poder.
Estos eran el general Hardán Abdel Ghafar al-Tikriti, viceprimer
ministro, ministro de Defensa y eminencia gris del golpe de 1968, que
fue defenestrado el 5 de octubre de 1970 y mandado liquidar en Kuwait el
30 de marzo de 1971, y Salih Mahdi Ammash, el otro vicepresidente del
CMR así como ministro del Interior, que en septiembre de 1971 fue
rebajado al puesto de embajador en Moscú y que una década más tarde iba
a morir en activo, en principio por causas naturales. Ahmad Shihab y
Saadun Ghaydan se hicieron cargo de los ministerios de Defensa e
Interior, respectivamente.
La desaparición de aquellas dos personalidades representó el triunfo
de Saddam y la rama civil del Baaz sobre el estamento militar, una
cuestión que el futuro dictador había perseguido con ahínco. Libre ya de
potenciales rivales por la sucesión de Bakr, Saddam se erigió en el
indiscutible lugarteniente del presidente y en el principal delegado de
la política irakí tanto interior, al coordinar las centrales de
inteligencia y la policía secreta, como exterior, al pasar a asumir lo
esencial de las misiones de representación diplomática ante los países
con los que Irak tenía relaciones.
Saddam jugó también un papel fundamental en la trascendental decisión
del régimen, el 1 de junio de 1972, de nacionalizar la Compañía de
Petróleos Irakí (IPC), operación que generó un fabuloso incremento de
los ingresos petroleros y que a partir de 1976 permitió impulsar los
programas de armamento de destrucción masiva, tanto nuclear como químico
y bacteriológico, así como el rearme a gran escala en las categorías de
armamento convencional.
Por lo que se refiere a la política exterior irakí de estos años, el
radicalismo y la belicosidad de los baazistas, especialmente
intransigentes con Israel, bien hizo fluctuantes los tratos con Siria,
Irán y la URSS, bien los dificultó extraordinariamente con la mayoría de
los demás países árabes. La aparatosa intervención militar siria en
Líbano en 1976 para impedir la derrota de los cristianos derechistas
frente a los palestinos y las milicias libanesas de izquierda marcó un
fuerte deterioro en las relaciones con el país vecino y rival, desde
1970 dirigido con mano de hierro por Hafez al-Assad, un militar baazista
hostil -al igual que Saddam- a las veleidades marxistas en la rama siria
del partido.
Precisamente, como se apuntó arriba, a raíz del cisma ideológico con
Damasco el Baaz irakí recibió el parabién de Michel Aflak, acogido de
buena gana en Bagdad, donde se recordaba la protección brindada por el
prestigioso ideólogo a Saddam cuando su exilio damasceno en 1959-1960.
Un último intento de aproximación sirio-irakí entre 1978 y 1979, al
calor de las catilinarias comunes contra el Egipto de Anwar as-Sadat por
sus acuerdos de paz con Israel, que incluso decidió restablecer el mando
unificado del Baaz, se frustró cuando Saddam se hizo con todo el poder.
Finalmente, el 10 de octubre de 1980, después de que los sirios
apoyaran a Irán frente a la agresión militar irakí, Saddam ordenó la
ruptura de relaciones diplomáticas con Siria (y de paso con Libia, su
aliado); en lo sucesivo, Saddam y Assad se iban a considerar enemigos
mortales de sus respectivos proyectos de engrandecimiento nacional y de
liderazgo en el mundo árabe.
El 6 de marzo de 1975 Saddam firmó en Argel con el sha Mohammad Reza
Pahlevi un acuerdo para la delimitación territorial del Chatt Al Arab,
la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates antes de desaguar en el
golfo Pérsico, por el que Irak cedía la orilla izquierda del estuario a
cambio del cese por Irán de su ayuda a la guerrilla kurda, que, como
consecuencia fulminante, se derrumbó tras 14 años de lucha.
Por la parte soviética, Saddam viajó a Moscú en 1971 y el 7 de abril
de 1972 devolvió la visita el primer ministro Aléksei Kosygin, para la
firma de un Tratado de Amistad y Cooperación de 15 años de validez. La
firme línea prosoviética de Irak en estos años se tradujo, en 1973, en
la entrada en el Gobierno de ministros comunistas, todo un viraje al
cabo de tantos años de sañudas persecuciones, si bien la novedad resultó
efímera y en vísperas de su salto a la Presidencia Saddam retornó al
exterminio de comunistas con más bríos que nunca.
La URSS fue en estos años el principal proveedor de armamento
convencional de Irak, mientras que Francia se avino a vender la
infraestructura necesaria y uranio enriquecido para sacar adelante el
ambicioso programa nuclear, enmascarado como para usos civiles, cuyo
florón era el reactor atómico experimental Tammuz, en Al Tuwaitha, en
las inmediaciones de Bagdad.
Esta instalación fue destruida en un raid aéreo israelí el 7 de
junio de 1981, propinando un golpe prácticamente de gracia a los
perturbadores sueños de grandeza de Saddam, resuelto a convertir Irak en
la primera potencia nuclear del mundo árabe. Semejante perspectiva, con
toda lógica, resultaba intolerable a Israel, que fundaba su concepto de
supervivencia como Estado en un mar de hostilidad árabe en la supremacía
tecnológica en todos los niveles de la defensa y en la capacidad de
disuasión por la tenencia, encubierta oficialmente pero por todos
conocida, de su propia capacidad nuclear.
3. Asunción de todo el poder y campaña bélica contra
Irán
El 16 de julio de 1979, culminando una paulatina socavación de
autoridad y de poder, Saddam apartó del mando nominal a Bakr, el hombre
a cuya sombra había hecho lo fundamental de su carrera y que a estas
alturas era básicamente una figura decorativa. El veterano baazista fue
oportunamente jubilado en una alternancia palaciega absolutamente limpia
que contó con la resignada aquiescencia del afectado, responsable de
comunicar a la nación su propia purga disfrazada con razones de salud y
probablemente bajo amenazas del beneficiario.
Se trató de la quinta mudanza en la primera poltrona del país en 21
años, pero la primera en la que no mediaron circunstancias dramáticas.
Después de anunciarse la defunción de Bakr el 4 de octubre de 1982 como
víctima de una larga enfermedad, resultó inevitable que se propalara la
especie de que Saddam había tenido que ver con el deceso.
Saddam adquirió todas las atribuciones de su antiguo protector:
presidente de la República, presidente del CMR, primer ministro,
secretario general del Baaz y comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
A pesar de carecer de cualquier formación castrense, Saddam ostentaba el
galón de teniente general desde 1973 y el de general desde enero de
1976. Pero ahora no tuvo reparos en autonombrarse mariscal de campo del
Ejército irakí.
Apoyado en sus familiares y paisanos de Tikrit y en el factor sunní, e
insistiendo en el método de la eliminación física de los que consideraba
sus enemigos, Saddam implantó una férrea dictadura personal y se dispuso
a hacer realidad su ambición de liderar la nación árabe, huérfana de un
conductor carismático desde la muerte de Nasser en 1970. Entonces,
Egipto, el más importante país árabe, se encontraba marginado debido a
la estrategia pacifista con Israel del presidente Sadat. Fue
precisamente en Bagdad el 31 de marzo de 1979, cinco días después del
tratado de paz egipcio-israelí, donde la Liga Árabe, reunida con
urgencia, resolvió castigar a Egipto con la suspensión de pertenencia y
la ruptura de relaciones diplomáticas por los estados miembros.
Sólo unos días después de la asunción presidencial de Saddam se
practicaron una serie de arrestos que afectaron a cinco miembros del CMR,
inclusive su secretario general, Abdel Hussein Mashhadi, y a cientos de
cuadros baazistas, oficiales del Ejército y responsables
gubernamentales. Tras acusarles por sorpresa en un mitin del partido que
se reveló como un juicio con sentencia ya dictada tan grotesco como
sumarísimo, el 8 de agosto fueron pasadas por las armas una veintena de
personalidades supuestamente involucradas en tratos conspirativos con
Damasco, aunque su pecado no era otro que haberse opuesto a la
defenestración de Bakr y al ascenso de Saddam. Y aún ese, ya que sólo
Saddam, director de este brutal drama con que quiso inaugurar su
despotado, conocía los motivos que sellaron la suerte de unos y dejaron
con vida a otros.
Entre los ejecutados estuvieron el histórico baazista Abdel Jaliq as-Samarraj,
en prisión desde julio de 1973 con una cadena perpetua por estar
involucrado en un intento de asesinar a Saddam y Bakr orquestado por el
entonces jefe del Servicio de Seguridad General o Al Amn Al Amm, Nadhim
Kazzar (el complot fue abortado y terminó con las muertes del ministro
de Defensa, Shihab, rehén de Kazzar, y del propio Kazzar), y Muhy Abdel
Saddam, secretario del CMR. Antes de la asunción presidencial, el largo
brazo de los servicios secretos a las órdenes de Saddam se divisó en el
asesinato del ex primer ministro an-Nayif en su exilio londinense el 9
de julio de 1978.
Con posterioridad a la asunción y a las purgas que la prologaron,
otras personalidades cayeron víctimas de la inquina de Saddam. Abdel
Karim ash-Shaijli, antiguo compañero de correrías baazistas, desde 1968
brillante ministro de Exteriores y miembro del CMR hasta septiembre de
1971, cuando fue degradado al puesto de embajador de Irak ante la ONU,
fue impunemente asesinado en 1980 en plena calle de Bagdad, cuando ya
estaba retirado del servicio diplomático; los ex miembros del CMR Riyadh
Ibrahim y Shafiq Abdel Jabbar al-Kamali fueron fusilados en junio de
1982; y el militar Tahir Yahya, que sirviera como primer ministro dos
veces en el régimen de los hermanos Aref, murió en 1986 en la cárcel.
Saddam orientó las relaciones exteriores hacia Occidente. En este
sentido, la persecución masiva del Partido Comunista en 1979 dañó
irremisiblemente las hasta entonces privilegiadas relaciones con Moscú.
Ansioso de convertirse en el nuevo gendarme del golfo Pérsico tras el
derrocamiento del sha en febrero de 1979 en la revolución liderada por
el ayatollah Ruhollah Jomeini (exiliado en Najaf, ciudad santa del
shiísmo, hasta que fue expulsado por orden de Saddam en 1978 a demanda
del sha), el presidente irakí empezó por minar los acuerdos de Argel de
1975, que hasta entonces ambas partes habían respetado escrupulosamente;
primero, reclamando las islas Tumb, que Irán se había atribuido en 1971
luego de desbaratar Saddam un intento de golpe de oficiales armados por
Teherán, y a continuación, reanudando la ayuda a la comunidad árabe del
Juzestán, en el oeste de Irán.
La amenaza de las autoridades de Teherán con exportar la revolución
islámica a Irak y sus llamamientos a los millones de shiíes locales para
que se rebelaran contra los gobernantes "impíos" de Bagdad, brindaron a
Saddam el pretexto para lanzar una guerra relámpago cuyo objeto sería,
más que destruirla, derrotar a la República Islámica en el campo de
batalla para luego arrancarle un tratado de paz favorable, con la
ampliación de la exigua franja costera irakí en el Golfo como principal
cesión.
En el verano de 1980, con los ecos de una limpieza religiosa
que alcanzó a decenas de miles de ciudadanos shiíes, despojados de sus
propiedades y deportados a Irán, y en el caso de sus dirigentes,
ejecutados, Saddam consideró madura la situación por las grandes
dificultades que hallaba para consolidarse el régimen revolucionario, el
cual, desgarrado por disidencias de toda índole y con el Ejército
diezmado por las purgas de los jomeinistas, parecía precisar sólo una
presión adicional para desmoronarse. El 17 de septiembre el Gobierno de
Bagdad declaró derogados los acuerdos de Argel al tiempo que acusaba a
Teherán de "violaciones repetidas y flagrantes de la soberanía irakí".
El 22 de septiembre el Ejército irakí invadió Irán por diversos puntos,
desbordando una defensa desorganizada y avanzado con rapidez.
Los éxitos iniciales de las huestes de Saddam, empero, no pudieron
culminarse por la dispersión de los objetivos a tomar y para enero de
1981 Irán pasó a la contraofensiva. La reacción persa, cuya inicial
debilidad militar quedó compensada por la exaltación del martirio de
sangre y el ardor fanático de los Guardianes de la Revolución (Pasdarn),
lanzados en masa contra las defensas irakíes en sucesivas ofensivas de
infantería al estilo de la Primera Guerra Mundial, colocó al dictador
irakí ante la perspectiva imprevista de una larga guerra de desgaste a
lo largo de un estrecho frente de trincheras en las marismas del Chatt
Al Arab, para la que sus tropas no estaban preparadas a menos que se las
dotara del más moderno armamento y en enormes cantidades.
Entonces salió a relucir la impericia militar de Saddam como
comandante en jefe, que había comenzado el conflicto sin tener una idea
clara de cómo terminarlo, tendía a sobrevalorar sus fuerzas, era rígido
en su táctica y un estratega aún peor, amén de entrometerse hasta en los
más nimios detalles de las operaciones, desorientando a los militares de
carrera. Confrontado con los reveses en el frente, Saddam podía mandar
fusilar a oficiales que se habían replegado, una práctica que en nada
ayudó a la moral de los hombres bajo su mando. Si en el bando iraní el
acicate de la combatividad era la religión y el orgullo nacional de la
patria agredida, en el irakí pesaba sobre todo el miedo a la represalia
de Saddam.
El 27 de septiembre de 1981 los iraníes levantaron el cerco a su
ciudad de Abadán y el 24 de mayo de 1982 recuperaron la cercana
Jorramshahr, capturada por los irakíes al mes de comenzar la guerra. El
general irakí responsable de las operaciones en el sector respondió del
desastre ante el pelotón de ejecución, aunque no faltan fuentes que
apuntan, como en otros sucesos similares anteriores y posteriores, a su
eliminación personalmente por Saddam pistola en mano. Para junio de 1982
Irak había perdido la totalidad del suelo iraní invadido dos años atrás
y el 14 de julio hubo de defender su propio territorio cuando el enemigo
se lanzó en tromba tras la frontera para la conquista de Basora.
Para contener las oleadas de atacantes iraníes, Saddam aumentó los
pedidos de armas a Occidente, empleó gases tóxicos en el frente (desde
Teherán, Jomeini ordenó no responder con el mismo arma), y para
desasirse de una guerra ruinosa, multiplicó las ofertas de alto el fuego
sobre la base del Acuerdo de Argel, sin otro deseo que hacer borrón y
cuenta nueva de lo sucedido y regresar a las posiciones anteriores a la
invasión de septiembre de 1980.
También estrechó los lazos con los regímenes árabes moderados, como
Egipto, Jordania y las monarquías del Golfo, todos los cuales estaban
interesados en la neutralización de la amenaza iraní. El 18 de marzo de
1985 viajaron a Bagdad para expresarle su apoyo el rey Hussein de
Jordania y el presidente egipcio Hosni Mubarak, a pesar de que
oficialmente, por mandato de la Liga Árabe, Bagdad y El Cairo no tenían
relaciones diplomáticas; éstas se restablecieron en noviembre de 1987
luego de así autorizarlo la Liga Árabe en su cumbre de Ammán.
Con el objeto de contrarrestar el discurso de Teherán, que le trataba
de apóstata, Saddam ensayó la retórica religiosa, de la que en la década
siguiente iba a dar rienda suelta en su enfrentamiento con Estados
Unidos, y del choque de civilizaciones, presentando la guerra como el
último episodio del enfrentamiento multisecular entre los árabes sunníes
y los persas shiíes. La reclamación de legitimidad religiosa por un
dirigente absolutamente laico que hasta entonces no había dado muestras
de piedad u observancia islámicas incluyó el proclamarse descendiente
directo del Profeta Mahoma. En este regateo de clientela espiritual con
Teherán, Saddam no tuvo empacho en presentar un árbol genealógico
"revisado", irrisoriamente burdo y ofensivo para los creyentes, en el
que hacía remontar su estirpe hasta Alí, yerno del Profeta y primer imán
del shiísmo.
Para Europa Occidental y Estados Unidos, potencia que el 26 de febrero
de 1982 le borró de su lista de países patrocinadores del terrorismo
internacional, sólo tres años después de haberle incluido, y que el 25
de noviembre de 1984 restableció las relaciones diplomáticas
interrumpidas en 1967, Irak era un valladar frente al expansionismo shií
en particular e islámico en general, luego les interesaba invertir en la
victoria de Saddam.
En esta línea de apoyo y refuerzo de las opciones militares de Saddam
se inscribió la visita el 19 de diciembre de 1983 de Donald Rumsfeld, ex
secretario de Defensa de Estados Unidos y ahora enviado especial del
presidente Ronald Reagan para Oriente Próximo, supuestamente para
ofrecerle imágenes por satélite de las posiciones iraníes, helicópteros
de combate, agentes para sintetizar gas sarín y hasta cultivos
bacterianos para desarrollar bombas de ántrax y botulismo (todo ello
recibió Saddam de Estados Unidos, si bien la contribución al arsenal
bacteriológico irakí por la superpotencia se redujo, al parecer,
a una cepa del virus de la fiebre del Nilo occidental). Igualmente,
países como el Reino Unido, Alemania, China y, sobre todo, Francia, se
cuidaron de que los arsenales irakíes estuvieran bien pertrechados,
tanto los convencionales como los de destrucción masiva.
Como la URSS tampoco veía con buenos ojos al jomeinismo por un
eventual contagio desestabilizador de sus repúblicas musulmanas, pese al
desagrado que le habían causado los encarcelamientos y ejecuciones de
comunistas en Irak, siguió suministrando armamento en secreto. Ello
convirtió a Irak en un raro caso de múltiple clientelismo en la Guerra
Fría.
Desde comienzos de 1983 la guerra entró en un punto muerto, de
equilibrio entre el potencial humano iraní y la superioridad cualitativa
irakí. Saddam intentó arrancar el armisticio mediante el bombardeo con
aviación y misiles de la retaguardia iraní, tanto objetivos urbanos como
los nudos de producción y de distribución de petróleo.
La escalada de la batalla económica, con sus fases de guerra de las
ciudades y guerra de los petroleros, puso en serio peligro la
navegación en el golfo Pérsico y alarmó a los gobiernos de las grandes
potencias. Éstos enviaron una flota de buques de guerra para escoltar el
comercio del crudo, y, de paso, ofrecer una cortina protectora para las
represalias aéreas de Irak contra los petroleros, puertos y terminales
iraníes, aunque también empezaron a apostar, a través de la ONU, por un
alto el fuego satisfactorio para ambas partes.
En febrero de 1986 el Ejército iraní, en una gran ofensiva relámpago,
atravesó el Chatt Al Arab, tomó el puerto de Al Fao, del que arrancaba
el oleoducto submarino que conectaba con las terminales petroleras
offshore de Jor Al Amaya y Mina Al Bakr, aniquiló a los 10.000
soldados irakíes que lo defendían y avanzó en dirección a la frontera
con Kuwait, mientras otra pinza amagaba contra Basora por el norte.
Pero el Ejército de Saddam aguantó su más serio aprieto desde el
comienzo de la guerra y en los meses siguientes evitó las caídas de la
citada segunda ciudad del país y del puerto de Umm Qasr, a tiro de
piedra de territorio kuwaití, que era la última salida al mar que le
quedaba a Irak. Las desesperadas ofensivas Karbala de 1986 y 1987
se estrellaron una y otra vez con las bien pertrechadas defensas irakíes,
mientras que en el Golfo, Estados Unidos adoptó una posición de
beligerancia activa contra Irán.
La balanza militar empezó a inclinarse del lado de Irak, que retomó la
iniciativa en el Kurdistán y los frentes meridionales. El 18 de abril de
1988 los irakíes recuperaron en pocas horas Al Fao y en las semanas
siguientes reconquistaron todos los territorios propios perdidos desde
1982. Poco antes, el 16 de marzo, su aviación había atacado con gases
mostaza y sarín la población kurda de Halabja, conquistada en la víspera
por los iraníes con el apoyo de guerrilleros kurdos, matando
aproximadamente a 5.000 civiles.
La masacre suscitó en círculos oficiales el primer debate serio sobre
el uso que el dictador irakí estaba haciendo de las armas que se le
suministraban, además de recordar la existencia de una guerra de
exterminio, con visos de genocidio, en la región del Kurdistán. Pero no
hubo exactamente un revuelto internacional. Los medios de comunicación
insertaron el espantoso episodio en el reguero diario de informaciones
que generaba la interminable guerra del Golfo, desdibujando su dimensión
y significado.
Como había sucedido con las denuncias por la ONU del uso de armas
químicas en los frentes iraníes en los años anteriores, los gobiernos
occidentales, con el de Washington a la cabeza, prefirieron
desdramatizar lo sucedido en Halabja y manejaron el asunto de una manera
que parecía que lamentaran que no hubiesen sido los iraníes los autores
de aquel horror. Estados Unidos dio otras muchas muestras de
condescendencia con Saddam. Así, marcando un asombroso contraste con la
actitud desplegada sólo tres años más tarde ante la invasión de Kuwait,
Washington aceptó de buenas a primeras las disculpas irakíes por el
bombardeo por error con un misil Exocet de la fragata
USS Stark, el 17 de mayo de 1987, que mató a 28 marineros.
Confrontada con la evidencia de que Occidente no iba a permitir la
derrota militar de Irak y agotada por el terrible coste humano de la
contienda, el 18 de julio Irán transigió y aceptó la resolución 598 del
Consejo de Seguridad de la ONU del 20 julio de 1987 que llamaba al alto
el fuego pero no determinaba al agresor, el cual, objetivamente, no era
otro sino Irak. El 26 de julio Bagdad anunció la retirada de los
territorios ocupados en el Juzestán, el 8 de agosto las delegaciones
negociadoras acordaron el cese de hostilidades y el 20 de agosto la
guerra concluyó oficialmente, si bien las armas callaron al menos diez
días antes.
4. Invasión de Kuwait y segunda guerra del Golfo
Irak salió de la guerra con un pírrico estatus de vencedor, si se
considera la evolución de la contienda desde 1987, no así en su
conjunto, pero el país estaba exangüe tras ocho años de lucha
extremadamente letal que le había causado entre 200.000 y 300.000
muertos (las bajas iraníes fueron tres veces superiores) y enormes
destrucciones en infraestructuras económicas clave. Por el contrario, el
aparato militar fue rápidamente repuesto con nuevas remesas de armamento
importado de los países proveedores.
Los costes de la reconstrucción, unos 230.000 millones de dólares, y
el pago de la deuda adquirida con las monarquías del Golfo, otros 85.000
millones (de los que tres cuartas partes correspondían a la adquisición
de armas), produjeron fuertes desequilibrios en las balanzas de pagos y
comercial, para cuya corrección los ingresos del petróleo se mostraron
insuficientes. El volumen de las exportaciones en 1989, 14.200 millones
de dólares, no cubrió siquiera los costes combinados del servicio de la
deuda y la importación de alimentos aquel año. A las dificultades
económicas se añadió la perturbación social causada por la
desmovilización de cientos de miles de combatientes.
Confiado de la tolerancia de Estados Unidos, un país siempre ligado a
su trayectoria y no pocas veces en un sentido positivo para él (mucho se
ha hablado sobre hipotéticos contactos con la CIA, ya en las primeras
etapas de su carrera, en los primeros años sesenta) y el poderío militar
de Irak, descrito entonces como entre los más temibles del mundo, al
menos cuantitativamente, Saddam planeó un envite formidable y
arriesgado: la invasión del Emirato de Kuwait.
El pequeño y opulento Estado regido por la dinastía absolutista de los
Al Sabah había sido junto con Arabia Saudí el principal sustentador
financiero de Irak durante la guerra con Irán, desarrollada ante sus
mismas puertas. Pero Kuwait ahora estaba frustrando en el seno de la
Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) las urgencias
irakíes a las monarquías del Golfo para que pusieran fin a su política
de producir por encima de los topes estipulados, razón del abaratamiento
del barril en el mercado internacional, con el consiguiente quebranto
para los ingresos de Irak. Desde la lógica de Saddam, la posesión de
Kuwait no sólo terminaría con los apuros económicos de de Irak, sino que
a él le convertiría en el nuevo caudillo del mundo árabe, el nuevo
Nasser, y en el árbitro del golfo Pérsico como poseedor de un colosal
imperio petrolero.
En julio de 1990 el Gobierno irakí sumó a sus críticas por la
producción excesiva de petróleo por Kuwait y su negativa a concederle
una moratoria del servicio de la deuda de guerra la denuncia de
sustracciones ilegales desde 1980 de los pozos compartidos en el campo
de Rumaila, al oeste de Basora, por lo que exigía compensaciones
millonarias. De ahí pasó a reivindicar la soberanía de las islas
costeras de Warbah y Bubiyán para reforzar la salida irakí al mar,
limitada a la península de Al Fao y el pedazo de costa anexo, y
finalmente cuestionó la misma soberanía de Kuwait, que fuera un mero
distrito administrativo de Basora bajo la dominación otomana y luego una
provincia que los británicos separaron del reino de Irak en 1932 y a la
que otorgaron la independencia por separado en 1961.
Saddam pensó probablemente que el mundo no iba a rasgarse las
vestiduras ante una recomposición de fronteras por la fuerza, por una
ocupación militar, como había sucedido con las aventuras imperialistas
de Estados Unidos y la URSS en el Tercer Mundo, o con las presencias de
Israel, Siria, Marruecos, China e Indonesia en Cisjordania, Líbano,
Sáhara Occidental, Tíbet y Timor Oriental, respectivamente, todas ellas
impuestas a la comunidad internacional como hechos consumados.
Convencido de que Estados Unidos no intervendría en un asunto interno
de los árabes y de que estos gobiernos, dependiendo de su orientación
política, se limitarían a rezongar un poco, a resignarse temerosos e
incluso a apoyarle, Saddam se lanzó a la acción. De hecho, la prensa
norteamericana informó que en una entrevista fechada el 25 de julio, la
embajadora en Bagdad, April Glaspie, le habría dado a entender a Saddam
la neutralidad estadounidense en un conflicto ocasionado por el asunto
del supuesto robo de petróleo por Kuwait.
Este extremo sugiere que el dictador irakí se sirvió de la ambigüedad
de la embajadora para emprender su agresión contra el emirato, o que
acaso no interpretó bien sus palabras. Tampoco han faltado
elucubraciones sobre que Saddam pudo haber caído en una especie de
maquiavélica trampa: ser medio invitado a invadir Kuwait para luego
toparse con el muro bélico de Estados Unidos, que supuestamente habría
prefabricado la crisis con el objeto de rentabilizar una serie de
ventajas estratégicas y satisfacer determinados intereses económicos
propios, por de pronto, llenar las arcas de sus multinacionales
petroleras a fuer de la escalada del precio del barril de crudo.
Fuera lo que discurriera entre bambalinas y en la mente de Saddam,
siempre calenturienta a tenor de su trayectoria, el hecho es que en las
primeras horas del 2 de agosto de 1990, después de varios días de
movimientos de tropas en la frontera, 120.000 soldados irakíes
invadieron Kuwait sin encontrar mayor resistencia. La conmoción
internacional originada reveló de inmediato que, como en 1980 con Irán,
Saddam había errado garrafalmente el cálculo. Estados Unidos, alarmado
por la drástica alteración estratégica en el Golfo y la indefensión de
Arabia Saudí, puso en marcha una imponente maquinaria bélica, la
Operación Escudo del Desierto (Desert Shield), que
movilizó a más de medio millón de soldados de esa nacionalidad, y enroló
a una vasta coalición de países para obligar a Irak a dar marcha atrás.
Invocando el derecho internacional violado, las potencias occidentales
se movilizaron en el ámbito de la ONU y auspiciaron un rosario de
resoluciones de condena y sanción contra Irak, la primera de las cuales,
la 660, se aprobó el mismo día de la invasión con 14 votos a favor y una
abstención (la de Yemen), mientras que la segunda, la 661, el día 6, le
impuso un embargo económico total.
Los gobiernos más involucrados espolearon también una campaña de
demonización de Saddam. De la noche a la mañana, el dirigente irakí fue
presentado a las estupefactas sociedades occidentales por los medios de
comunicación públicos y también por la mayoría de los privados como un
dictador brutal (oprobioso término que hasta el 2 de agosto rara vez se
le había endilgado), el nuevo Hitler de Oriente Próximo y una amenaza
intolerable para la seguridad internacional, pues controlando las
grandes reservas mundiales de petróleo tenía la llave para desatar una
crisis energética global.
Conforme pasaban las semanas se fue mostrando la magnitud del yerro de
Saddam. La URSS de Mijaíl Gorbachov atravesaba una situación interna muy
delicada y no estaba en condiciones de ejercer el tradicional contrapeso
internacional de Estados Unidos. Moscú se limitó a proponer salidas
negociadas de la crisis, pero implícitamente se situó en la coalición
antiirakí.
Peor aún, importantes estados árabes se sumaron, y no sólo
diplomáticamente, al bando occidental; tanto Siria como Egipto, país
este último que hasta entonces había mantenido unas excelentes
relaciones con Irak, enviaron tropas a Arabia Saudí, 55.000 entre los
dos, y naciones musulmanes no árabes como Pakistán y Bangladesh actuaron
de igual manera. Todas las monarquías del Golfo, con la saudí a la
cabeza, que aportó 67.000 soldados, corrieron en socorro de la casa real
kuwaití. En total, Escudo del Desierto reclamó a 660.000 soldados
de 34 países.
El resto de estados árabes ofrecieron distintos grados de
circunspección, tibieza o solidaridad formal que apenas ocultaron su
malestar por el caos regional y las posibles repercusiones internas que
la agresión irakí había provocado. Sólo los gobiernos de Sudán, Yemen y
Mauritania apoyaron sin reservas a Irak como nación hermana acosada por
Occidente, pero se trataba de países con poca ascendencia en el
concierto de naciones árabes. La Libia de Muammar al-Gaddafi, con la que
las relaciones nunca fueron cálidas (el 12 de septiembre de 1987
quedaron restablecidos los contactos diplomáticos tras siete años de
ruptura por causa del apoyo de Trípoli a Teherán), excusó salir en
defensa de Saddam y escurrió el bulto con una ambigua postura
antibelicista.
La Jordania del rey Hussein mantuvo una lealtad forzada por la
dependencia económica. El aliado de Saddam más cercano geográficamente
fue la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) de
Yasser Arafat, con
quienes había tenido sus más y sus menos en el pasado (Bagdad había sido
la retaguardia de los disidentes terroristas palestinos Abu Nidal y Wadi
Haddad, que en los años setenta intentaron liquidar a Arafat y sus
lugartenientes), pero éstos eran los que menos tenían que ofrecerle (y,
por el contrario, mucho que perder, como luego se vio). La Liga Árabe,
si bien con el rechazo de los países miembros citados, exigió
repetidamente la evacuación de Kuwait y condenó la política agresiva de
Bagdad.
Ante tan apurada situación, Saddam no escatimó sus bazas. Haciendo
gala de su inveterada falta de escrúpulos, apeló directamente a las
masas árabes, que demostraron sus fuertes simpatías proirakíes en las
calles, para que derrocaran a sus gobernantes "traidores" a la nación
árabe. El discurso nacionalista se revistió del manto religioso -él,
como ya se apuntó arriba, un no practicante, si no un agnóstico, que
había hecho del laicismo un pilar de su régimen-, recuperado para la
circunstancia del baúl de los disfraces ideológicos. El autócrata se
autoconcedió los títulos de "El Creyente", "Servidor de Dios" y "Guía de
todos los Musulmanes", empezó a comparecer vestido con el atuendo
tradicional de beduino y convocó a la guerra santa contra el "infiel",
entre otros recursos de populismo islámico.
Saddam manipuló a las opiniones públicas occidentales, donde había
importantes sentimientos de rechazo a una "guerra por el petróleo", con
el argumento de la injusticia histórica cometida con Irak en la
descolonización, que negaría el derecho de existir al Estado kuwaití, y
con la amenaza de una hecatombe ecológica y de ingentes bajas entre los
soldados de la coalición por causa de las armas químicas. Chantajeó a
los gobiernos de los mismos países con la ocupación de sus embajadas y
la anulación de los visados a sus residentes en Irak, retenidos como
moneda de cambio y escudos humanos frente a eventuales ataques
aéreos.
Cuando en los países afectados surgieron iniciativas privadas de
intercesión y liberación de los nacionales retenidos (en la mayor parte
de los casos estas embajadas las encabezaron ex presidentes y primeros
ministros), Saddam no desaprovechó la oportunidad de presentarse como un
dirigente razonable y magnánimo, tal que a partir del 6 de diciembre
todos los rehenes fueron autorizados a marchar. Asimismo, el dictador
intentó romper el bloqueo de la ONU ofreciendo petróleo gratuito a
países en vías de desarrollo si acudían a recogerlo personalmente en los
puertos de Irak y Kuwait.
Finalmente, Saddam trató de mezclar el problema palestino con la
solución de la crisis kuwaití, algo que a él no le reportó ninguna
ventaja pero sí grandes perjuicios a los palestinos. El 12 de agosto
planteó una iniciativa de paz que fue rechazada según la cual Irak se
retiraría de Kuwait si Israel hacía lo propio de los territorios árabes
ocupados de Gaza, Cisjordania, el Golán y sur de Líbano.
Todo ello, por lo que se refiere a la guerra psicológica. En cuanto a
las operaciones sobre el terreno, Saddam procedió a la asimilación
contrarreloj de Kuwait, declarando su anexión como la decimonovena
provincia irakí (8 de agosto), designando unas autoridades de ocupación
y renombrando los toponímicos para suprimir toda referencia a la
monarquía derribada. Al mismo tiempo, se apuntó un tanto con la
aceptación por Irán (14 de agosto) de un futuro acuerdo de paz que daba
satisfacción a buena parte de las exigencias de Teherán. Además de
reconocer el Acuerdo de Argel y de devolver 1.500 km² de territorio
iraní aún ocupado (cosa que cumplió inmediatamente), Saddam propuso el
intercambio de prisioneros, los 70.000 irakíes por los 30.000 iraníes.
Estas concesiones equivalían a correr un velo sobre reivindicaciones
históricas de Irak y a convertir en completamente estériles los ocho
años de guerra, pero de lo que se trataba para Saddam era resguardar su
retaguardia de un beligerante potencial. El 9 de septiembre visitó
Teherán Tarik Aziz, viceprimer ministro, ministro de Asuntos Exteriores
y destacado miembro del CMR (miembro de la minúscula Iglesia Cristiana
Caldea y jerarca cultivado, Aziz estaba considerado el rostro afable del
régimen y fungía como interlocutor habitual de Occidente), el 14 de
octubre se anunció la normalización de relaciones diplomáticas y el 14
de noviembre Bagdad acogió al responsable de la diplomacia iraní, Ali
Akbar Velayati.
Como se apuntó arriba, los medios de comunicación se explayaron en
ponderar lo imponente del arsenal convencional irakí. Los stocks
acumulados tras la guerra con Irán conformaban una panoplia
heteróclita y ya anticuada en el caso de varias categorías de armas,
pero, con todo, asombrosa en términos numéricos. Ahora bien, se
desconocía cuántas de estas unidades eran operativas, por falta de
mantenimiento o de tripulantes y servidores con la instrucción
necesaria.
Según estudios armamentísticos occidentales, en 1990 las Fuerzas
Armadas irakíes poseían 5.600 tanques (soviéticos, británicos y chinos),
6.500 vehículos blindados de toda clase (soviéticos, brasileños,
checoslovacos, franceses, españoles y chinos), 5.500 cañones remolcados
o autopropulsados y baterías de artillería antiaérea (soviéticos,
estadounidenses, franceses, australianos, checoslovacos y yugoslavos),
más de un millar de lanzadores de cohetes múltiples (soviéticos,
brasileños y egipcios), cerca de 20.000 misiles anticarro (franceses y
soviéticos), 700 aviones (soviéticos y franceses) y 450 helicópteros
(soviéticos, estadounidenses y franceses).
Intentar evaluar las unidades para la guerra química y bacteriológica
era una tarea de lo más procelosa. Del arsenal de misiles con carga
explosiva convencional se tenía un conocimiento un poco menos incierto:
varios miles de unidades para la guerra aérea y aeronaval, de
fabricación francesa, soviética y estadounidense, y algunos centenares
de vectores tierra-tierra de corto y medio alcance, tanto de fabricación
propia como soviética, la mayoría de la serie Scud, ingenios
balísticos que eran susceptibles de acomodar cargas químicas.
Cuando Irak se convirtió en el villano internacional por la invasión
de Kuwait, más de 200 compañías privadas de una veintena de países
estaban involucradas en el abastecimiento de tecnologías de armas no
convencionales al régimen de Saddam: a la cabeza, Alemania, con nada
menos que 86 contratistas, seguida por el Reino Unido y Estados Unidos
con 18 cada uno (las firmas norteamericanas habían proporcionado
precursores químicos y computadores para misiles), Austria con 17,
Francia con 16, Italia con 12 y la pacífica Suiza con 11.
En cuanto a las fuerzas humanas irakíes, se calculaban en 950.000 los
soldados encuadrados en siete cuerpos de Ejército de Tierra, que
incluían a siete divisiones blindadas o mecanizadas y 40 divisiones de
infantería. La Guardia Republicana, tropa de élite separada del Ejército
regular, constaba de tres divisiones blindadas o mecanizadas, cuatro
divisiones de infantería y una de fuerzas especiales. 45.000 uniformados
servían en las Fuerzas Aéreas y 5.000 pertenecían a la irrelevante
Armada.
Pese a las inquietantes bravatas de Saddam sobre una "madre de todas
las batallas" (Umm Al-Ma'arik) y una jihad contra los
"profanadores" de las ciudades santas del Islam en Arabia Saudí, la
coalición de Estados Unidos puso a punto su aparato bélico y además
encontró el camino despejado con la resolución 678 aprobada por el
Consejo de Seguridad de la ONU el 29 de noviembre, que concedía una
"última oportunidad" a Irak y autorizaba a los estados miembros el
recurso a "todos los medios necesarios" para restaurar el statu quo
legal en Kuwait.
En la medianoche, en horario de Washington, del martes 15 al miércoles
16 de enero de 1991 venció el ultimátum explicitado en la resolución
678. La guerra no se hizo esperar: a las 18,38 horas del 16 en horario
de Washington, las 2,38 horas del jueves 17 en horario de Bagdad, la
aviación aliada comenzó la Operación Tormenta del Desierto (Desert
Storm), el bombardeo sistemático y sostenido de objetivos del poder
militar y político irakí en Kuwait y a lo largo y ancho del propio Irak.
Carente de estrategia militar, Saddam decidió no combatir a sus
enemigos con las mismas armas (así, puso su aviación, en la que no debía
confiar gran cosa, a buen recaudo en aeródromos iraníes o en hangares
bajo tierra), insistió en su táctica favorita de confundir y dividir al
adversario, y provocó a Israel y Arabia Saudí lanzándoles misiles
Scud, no todos los cuales pudieron ser interceptados por los
contramisiles Patriot estadounidenses, con la intención de
incendiar todo Oriente Próximo. Ilustrado por los aliados con triunfales
partes de material bélico irakí destruido, el asalto aéreo contra la
maquinaria de Saddam se mostró, empero, ineficaz en los propósitos
políticos de lograr la evacuación de Kuwait.
Cada vez más impaciente, el 22 de febrero Estados Unidos respondió al
segundo plan soviético de paz ultimando a Bagdad a que comenzase la
retirada del emirato a partir de las ocho de la tarde, en horario de
Bagdad, del sábado 23, y que la completase para el 1 de marzo. Saddam,
atrapado en el dilema de retirarse de Kuwait incondicionalmente, sin
poder salvar la cara ante su pueblo y el mundo árabe, o encajar una
derrota total y quien sabía si mortal, no movió pieza, de manera que a
las 4 de la madrugada del domingo 24 en Bagdad, las 8 de la tarde del 23
en Washington, la coalición emprendió la por doquier temida ofensiva
terrestre.
Las tropas aliadas, esencialmente estadounidenses (350.000),
británicas (36.000) y francesas (14.000), apenas encontraron
resistencia, y sólo se reportó un enfrentamiento de entidad con los
blindados de la Guardia Republicana. En sólo tres días, con bajas por su
parte prácticamente inexistentes, los atacantes completaron la
liberación de Kuwait, en cuya defensa Saddam había desplegado 600.000
soldados, tomando miles de prisioneros en su avance. Al tercer día, el
martes 26, el Ejército irakí, siguiendo la orden impartida en la víspera
por Saddam de una evacuación "organizada" del emirato, comenzó a
retirarse, pero en desbandada.
El caótico repliegue derivó en tragedia, pues, privadas de protección
aérea, las columnas de miles de vehículos militares y civiles,
rebosantes de soldados malamente pertrechados y de bienes fruto del
pillaje en el emirato, fueron bombardeadas por la aviación aliada en la
saturada autopista que subía a Basora prácticamente a capricho y sin
necesidad, ya que se trataba de un ejército derrotado. Al mismo tiempo,
paracaidistas de la CI División Aerotransportada de Estados Unidos
alcanzaban el Éufrates a la altura de Nasiriyah.
El miércoles 27 fue el día del final: Bagdad anunció su aceptación
incondicional de la docena de resoluciones de la ONU en su contra, las
avanzadillas aliadas, con unidades del Ejército del emir derrocado,
Jabir Al Ahmad Al Sabah, a la cabeza, entraron en la capital, donde
miles de civiles kuwaitíes salieron a recibirles con júbilo, y horas más
tarde el presidente George Bush anunció que Kuwait había sido liberado y
ordenó el cese de las hostilidades con efecto en la madrugada del jueves
28, en horario de Washington, las ocho de la mañana en el teatro de
operaciones. La guerra había durado 43 días.
5. Rebeliones internas y el castigo de los vencedores
La derrota de Saddam en Kuwait había sido catastrófica en el plano
militar: murieron entre 30.000 y 50.000 uniformados, por citar un baremo
equilibrado entre los balances más mortíferos y los más mesurados. A
ellos debían sumarse otro tanto o más de civiles, también en número muy
impreciso. Se han calculado en más de 10.000 las víctimas inmediatas de
los bombardeos aéreos sobre las ciudades, pero a esta cifra hay que
añadirle todas las defunciones a posteriori, por heridas, infecciones y
desatención médica, que sin lugar a dudas fueron mucho más numerosas.
Sin llegar a conocerse nunca la mortandad exacta de esta guerra del
lado irakí, es seguro que el total de muertos provocados por los ataques
de la coalición, entre combatientes y no combatientes, excedió los
100.000. En este punto, el contraste con las bajas infligidas al enemigo
no podía ser más sangrante: Estados Unidos perdió a 315 soldados, de los
cuales sólo 148 fueron caídos en combate, debiéndose los demás
fallecimientos a accidentes, al denominado fuego amigo
o a causas naturales.
Pero, ahora, para Saddam lo que estaba en juego era su misma
permanencia en el poder. En efecto, las tropas aliadas parecían no
conformarse con liberar el emirato y amagaban, aprovechando la
desintegración del Ejército irakí, con tomar Basora y llegar hasta la
misma Bagdad, según sugería la presencia estadounidense en el curso
medio-bajo del Éufrates. Estas avanzadillas llegaron a una distancia de
250 km de Bagdad, y en ese tramo no se les interponía ninguna defensa,
según declaró después el comandante en jefe del cuerpo expedicionario,
general Norman Schwarzkopf.
Sin embargo, Bush, por consideraciones de geopolítica, no quiso darle
el golpe de gracia a Saddam, además de que las resoluciones de la ONU
nada decían de derrocar gobiernos internacionalmente reconocidos. Hoy
hay bastante unanimidad en la suposición de que Estados Unidos temía más
un vacío de poder en Irak que la continuidad de Saddam en el mismo, pues
el derrumbe del Gobierno central podría haber alentado la
autodeterminación de los kurdos sunníes del norte y de los árabes shiíes
del sur, que suponen respectivamente el 18% y el 65% de la población
irakí, fraccionando el país en perjuicio de los intereses estratégicos
occidentales. Convenía, pues, que Saddam, si bien convenientemente
debilitado y controlado, siguiera al mando en Bagdad.
En la primera de una serie de contradicciones y vacilaciones en la
etapa posbélica, Washington alentó la rebelión kurda y shií para luego
asistir impávido a su destrucción por Saddam. El 3 de marzo, el mismo
día en que el Ejército irakí firmó la rendición incondicional en un
puesto de mando en Safwán, estallaron revueltas en el sur, donde los
shiíes, ayudados por unidades rebeldes del Ejército, se hicieron con el
control de Basora, Nasiriyah y las ciudades santas de su fe, Karbala y
Najaf. El día 11 la guerra civil se extendió al Kurdistán, donde las
guerrillas de la Unión Patriótica (UPK) y el Partido Democrático (PDK)
capturaron Kirkuk y entablaron combate por Mosul.
Ante la inacción de los aliados, Saddam se apresuró a poner coto a dos
rebeliones que amenazaban con cogerle en una pinza en Bagdad. Para el 31
de marzo la revuelta de los shiíes quedaba aplastada, con un balance de
decenas de miles de muertos, la mayoría ejecutados sumariamente, y de
devastaciones en las ciudades reconquistadas. Entonces, el sátrapa se
volvió contra el norte: tras recuperar Kirkuk, Erbil y Dahuk en los
últimos días de marzo, el 1 de abril el Ejército lanzó una
contraofensiva general, logrando el hundimiento de los
peshmerga kurdos y provocando un éxodo masivo de cientos de miles
de civiles en penosas condiciones hacia Turquía y Siria.
El drama de los kurdos conmovió a la opinión pública occidental, que
forzó a sus gobiernos a intervenir. Con manifiesta reluctancia, el 17 de
abril Estados Unidos movilizó a 10.000 soldados en la operación
humanitaria Proveer el Consuelo (Provide Comfort),
autorizada implícitamente por la resolución 688 de la ONU del 5 de
abril, la cual condenó la represión de los kurdos y apeló a la
asistencia humanitaria internacional.
Aunque el Gobierno de Saddam bramó contra la "injerencia" en sus
asuntos internos, ordenó a sus soldados que abandonasen la zona de
seguridad establecida por los aliados en el Kurdistán, que desde el 19
de mayo (en esta fecha, unos 4.500 efectivos de Estados Unidos, Francia,
Reino Unido y otros países) hasta el 15 de julio fueron retirando sus
tropas de protección a sus bases en Turquía para dar paso a personal de
la ONU. Saddam había perdido el extremo norte del país, en lo sucesivo
autónomo de hecho bajo la protección internacional, pero no descuidó
explotar la rivalidad entre el PDK y la UPK para impedir la
consolidación de un poder político y militar kurdo susceptible de
revolverse otra vez contra él.
Desde su sorprendente acuerdo de cese de hostilidades con Jalal
Talabani, líder de la UPK, el 24 de abril de 1991, hasta su fugaz
intervención militar para ayudar al jefe de la otra formación, Massud
Barzani, el 31 de agosto de 1996, Saddam aplicó éxito con las
turbulentas facciones kurdas la táctica del divide y vencerás.
Cambiando de peón cuando lo juzgó oportuno, después de 1991 el autócrata
bagdadí obtuvo un inestimable provecho de las luchas fratricidas de los
kurdos, incapaces de establecer una coalición de Gobierno, cuanto menos
de plantear, como punta de lanza de una hipotética coalición general de
fuerzas opositoras, una amenaza seria al régimen baazista.
Pero, además, los sucesos de marzo y abril de 1991 demostraron que,
pese a los ingentes daños recibidos, el Ejército irakí conservaba una
más que notable capacidad operativa. En 1992 se estimó en 400.000 los
efectivos de las Fuerzas Armadas, con varios cientos de tanques y
aviones en servicio. No en vano, tras la guerra se supo que muchos de
los supuestos carros de combate, piezas de artillería y rampas de
misiles tierra-tierra destruidos por los misiles inteligentes
de Estados Unidos no eran sino ingeniosas reproducciones de plástico,
entre otras estratagemas de engaño y disimulo.
Mientras Saddam destruía a sus oposiciones internas, se sometía a
regañadientes al alto el fuego bajo condiciones fijado en la resolución
686 del 2 de marzo del Consejo de Seguridad de la ONU, y a las prolijas
y duras condiciones de paz estipuladas por la resolución 687 del 3 de
abril.
Las exigencias al perdedor eran las siguientes: la eliminación de
todas las armas de destrucción masiva que pudiera tener, así como el
desmantelamiento de los programas, instalaciones y componentes
relacionados; el sometimiento a los tratados internacionales sobre
prohibiciones que afectaban a estas armas (paradójicamente, Irak era
signataria del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares -TNP- de
1968 y de la Convención de prohibición total de Armas Bacteriológicas -BWC-
de 1972); la eliminación, igualmente bajo supervisión de la ONU, de
todos los misiles balísticos con un alcance superior a los 150 km; la
prohibición de adquirir, por tiempo indefinido, armas convencionales; y,
el pago de reparaciones a Kuwait por los daños cometidos durante la
ocupación, así como la asunción de responsabilidades por los perjuicios
a la ecología del golfo Pérsico. Hasta que estos puntos no fueran
satisfechos, las sanciones económicas permanecerían en vigor.
6. Porfía con Estados Unidos en el escenario posbélico
Para Saddam, una cosa era acatar sobre el papel, y otra sobre el
terreno. En los años siguientes, convertido en el nuevo villano favorito
de Occidente luego de la inhibición internacional de Gaddafi y la muerte
de Jomeini, jugó al gato y el ratón con Estados Unidos y la ONU,
sondeando su compromiso con la línea de dureza marcada por el presidente
Bush mediante provocaciones militares, amenazas verbales y regateos
diplomáticos en torno al régimen de sanciones y las nuevas medidas que
intensificaron el cerco a Irak.
El 27 de agosto de 1992 Estados Unidos, Reino Unido y Francia
establecieron, sin el respaldo en una resolución expresa de la ONU, una
zona de exclusión aérea al sur del paralelo 32 con el fin declarado de
proteger a los shiíes, la cual vino a sumarse a la zona de seguridad
establecida en el Kurdistán al norte del paralelo 36 (en septiembre de
1996 Estados Unidos extendió unilateralmente la primera zona hasta el
paralelo 33). Los dispositivos Vigilancia del Norte
(Northern Watch) y Vigilancia del Sur (Southern Watch)
correspondieron al patrullaje aéreo de ambas zonas de exclusión.
El 13 de enero de 1993, en vísperas de su despedida presidencial,
Bush, secundado por sus colegas británico y francés, ordenó una serie de
bombardeos contra objetivos en el sur en respuesta a penetraciones de
soldados irakíes en territorio kuwaití, parece ser que para recuperar
material bélico abandonado, y al movimiento de defensas antiaéreas
dentro de la zona de exclusión. Estas incursiones coincidieron con el
anuncio por Bagdad de su disposición a "liberar" los territorios al sur
del paralelo 32 y de "una de las provincias del extremo sur".
La llegada del demócrata Bill Clinton a la Casa Blanca en enero de
1993 relajó un tanto la tensión, pero el nuevo presidente no tardó en
esgrimir un tono intransigente. Después del ataque con misiles de
crucero el 27 de junio de 1993 contra la sede de los servicios secretos
en Bagdad, como represalia por un supuesto plan irakí para asesinar a
Bush en Kuwait en abril, y de nuevos movimientos de tropas irakíes en la
frontera con el emirato en la segunda semana de octubre de 1994, el 10
de noviembre siguiente el CMR anunció que reconocía las fronteras y la
soberanía de Kuwait.
Se trataba de un envite de alcance, toda vez que en abril de 1992 la
ONU había redefinido las demarcaciones territoriales en perjuicio de
Irak, que perdió su parte en el campo petrolífero de Rumaila y algunas
áreas de Umm Qasr. Además, desde abril de 1991 la frontera
desmilitarizada estaba vigilada por una misión de observadores de la ONU
(UNIKOM). Posteriormente, el 20 de mayo de 1996, Saddam comunicó otra
aceptación: la venta de petróleo bajo las condiciones fijadas por la ONU
en la resolución 986 del 14 de abril del año anterior.
El texto del Consejo de Seguridad autorizaba a los estados miembros a
importar de Irak una cuota de crudo equivalente a 1.000 millones de
dólares cada 90 días, para la adquisición, bajo el control de la ONU, de
medicinas y alimentos destinados a la población. Esta exención era
sensiblemente más amplia que la contenida en la resolución 706 del 15 de
agosto de 1991, entonces tajantemente rechazada por Irak, que estipulaba
ventas petroleras por 1.600 millones de dólares en un período de 180
días. Así, el 10 de diciembre de 1996 Irak reanudó parcialmente sus
exportaciones de crudo.
En noviembre de 1997 comenzó un nuevo y prolijo capítulo en el
enfrentamiento con Estados Unidos a propósito del ámbito de actuación de
la Comisión Especial de la ONU para la verificación de las limitaciones
armamentísticas (UNSCOM). De la aceptación el 23 de marzo de 1998 del
plan de Kofi Annan, secretario general de la ONU, para la inspección de
los palacios de Saddam sospechosos de albergar material prohibido, se
pasó al desentendimiento por Bagdad del acuerdo el 5 de agosto, a la
recusación del nuevo jefe de la UNSCOM, el australiano Richard Butler,
acusado de espiar para la CIA (en efecto, agentes de inteligencia
estadounidenses acompañaron a la UNSCOM y recogieron datos que más tarde
fueron usados para atacar objetivos militares irakíes) el 31 de octubre,
a una nueva contramarcha de Saddam el 14 de noviembre, que permitió la
vuelta de personal de la UNSCOM tres días después, y finalmente a la
represalia militar de estadounidenses y británicos entre el 16, día en
que la UNSCOM abandonó definitivamente el país, y el 20 de diciembre.
La Operación Zorro del Desierto (Desert Fox) fue la más
contundente acometida desde 1991 y estuvo destinada tanto a minar la
capacidad del Ejército irakí como a cazar a Saddam y sus notables en sus
residencias en Bagdad. La prensa de Estados Unidos venía informando que
la administración Clinton y la CIA habían tratado de eliminar
físicamente a Saddam en varias ocasiones, bien mediante un ataque
militar de precisión, bien financiando a comandos del Congreso Nacional
Irakí (CNI) que penetraban desde el Kurdistán, bien alentando el golpe
de Estado interno de oficiales descontentos reclutados por otra
organización de oposición en el exilio y rival del CNI, el Acuerdo
Nacional Irakí (ANI).
Extremando sus agresiones directas, alentando la reconciliación de la
UPK y el PDK y apadrinando con mayor dotación económica al CNI
(incorporando de paso a los shiíes sureños), a mediados de los noventa
Washington cambió la estrategia de contención de Saddam por la
del derrocamiento puro y simple, según declaró sin ambages la secretaria
de Estado Madeleine Albright, si bien una sucesión de desastres en 1996,
entre los que se incluyeron las luchas fratricidas de los kurdos,
mostraron a las claras la extraordinaria eficacia de los servicios de
seguridad de Saddam a la hora de abortar complots y destruir a sus
ejecutores.
El hostigamiento intermitente de Saddam desde el frente militar con el
dudoso el aval de la ONU siguió su curso, tal que desde comienzos de
1999 los raids aéreos estadounidenses y británicos contra
posiciones artilleras, rampas de misiles o estaciones de radar irakíes,
y ya no necesariamente dentro de las áreas de exclusión, se convirtieron
en algo tan rutinario que desaparecieron del primer plano informativo,
no obstante tratarse de agresiones bélicas en toda línea sin mediar
provocación. Estos ataques, algunos realizados con misiles
inteligentes, causaban bajas entre el personal militar, pero
también se cobraban los eufemísticamente llamados "efectos colaterales"
entre la población civil, produciendo un goteo de víctimas que reforzó
el coro de críticas internacionales contra la estrategia de Estados
Unidos.
A esas alturas, Francia se había descolgado de británicos y
norteamericanos y había unido su voz a las de China y Rusia que, por
razones políticas y económicas, pedían un rápido levantamiento de las
sanciones por el Consejo de Seguridad al constatar que no servían para
nada que no fuera el fortalecimiento de Saddam en el poder.
Desde mediados de los años noventa la opinión pública internacional
tomó conciencia del drama humanitario en Irak. La penuria de bienes de
primera necesidad se estaba cebando en el grupo más vulnerable, los
niños de corta edad, víctimas por cientos de miles desde el comienzo de
las sanciones, según diversas ONG y agencias humanitarias
internacionales. En 2000 UNICEF denunció que cada mes morían en Irak una
media de 4.500 niños y 1.500 adultos como consecuencia directa del
embargo. En 1999 y 2000 esta catástrofe apenas fue aliviada por las
renovaciones y las ampliaciones de la cuota de exportación según el
programa Petróleo por Alimentos.
Potencialmente uno de los países más ricos de Oriente Próximo, no
obstante los estragos de las guerras provocadas por Saddam y el embargo
presente, aún quedaban en Irak vestigios del alto nivel de vida y el
desarrollo alcanzado en las décadas de los setenta y ochenta, cuando el
Baaz creó lo más parecido a un Estado del bienestar árabe, con educación
gratuita desde la escuela preescolar hasta la universidad y un sistema
nacional de salud pública libre de costes para el usuario. Además,
confluía la circunstancia de que si el régimen de Saddam era en lo
político atrozmente totalitario, por otro lado había alentado un
progresismo social que, por ejemplo, situaba a los derechos de la mujer
en un plano más relevante que en la mayoría de los países árabes.
7. La implacabilidad del ejercicio del poder
Las campañas militares contra las rebeliones norteña y sureña tras la
guerra del Golfo fueron el aviso de Saddam de cómo iba a tratar los
focos contestatarios en el futuro. Sometido al cerco económico
internacional y a la amenaza militar de Estados Unidos, el autócrata
irakí se dispuso a sobrevivir en el poder exclusivamente mediante los
métodos draconianos.
Los mínimos indicios de complot fueron atajados con ejecuciones
sumarias e intensas purgas en el Ejército, el partido y los diversos
cuerpos de seguridad y espionaje, objetos de reestructuraciones y
cooptaciones regulares. Desertores, contrabandistas y delincuentes
comunes fueron las víctimas recurrentes de campañas represivas
presentadas como ejemplarizantes, aunque en el fondo obedecían a un
sistema de sujeción de la sociedad mediante la dosificación del terror y
la identificación de chivos expiatorios por las calamidades que el
aventurerismo insensato de Saddam había aparejado al país.
Combinando las represalias físicas, las amenazas, las gratificaciones
o los matrimonios concertados en pago a la lealtad, y la manipulación de
las rivalidades existentes entre los clanes de Tikrit y la alta
oficialidad árabe sunní, Saddam se aseguró el anclaje en el poder
absoluto, seguramente uno de los mejor estructurados del mundo teniendo
presente los múltiples peligros que asaltaron y que consiguió sortear
este maestro de la supervivencia.
El Baaz irakí, en realidad, nunca fue una fuerza política
especialmente popular y antes de la revolución de 1968 nada tenía que
ver con un partido de masas. Luego de dar el golpe de Estado, Bakr y
Saddam inventaron sobre la marcha los discursos de legitimación popular
que precisaban, no dudando en espolear y manipular los más bajos
instintos de unas turbas frustradas por sus problemas cotidianos. Con
todo, fue la violencia, una violencia extrema y de un sadismo inaudito
en no pocas ocasiones, como mostraban el recurso sistemático a la
tortura de los detenidos y la profusión de situaciones truculentas, el
método de acción prevaleciente de un partido que, por trayectoria y
liderazgo, fue esencialmente criminal.
Figuran numerosas informaciones, algunas bien documentadas, sobre una
persistente realidad en la década posterior a la derrota en Kuwait de
levantamientos religiosos, motines militares y conjuras golpistas,
invariablemente abocadas al fracaso y al baño de sangre, aunque las
motivaciones últimas de todas estas revueltas, cuales habrían sido
derrocar al dictador o acrecentar posiciones de clan en un contexto de
pugnas internas, no siempre estuvieron claras. Táctico y calculador, lo
que no le ahorró, como resultaba palmario en la política exterior,
tremendos errores de percepción, el dirigente irakí recurrió a la guerra
semipermanente y al Estado policiaco como instrumentos de movilización
en torno al líder y de amedrentamiento de la población.
Hasta aquí, los métodos de Saddam, que el 29 de mayo de 1994 recuperó
el puesto de primer ministro del que se había desprendido el 23 de marzo
de 1991, para perpetuarse en el poder presentan evidentes
características estalinianas. Como el dictador soviético, Saddam podía
mostrarse brutal en el trato que dispensaba a sus ministros y generales,
pero además ello no se limitaba al procedimiento burocrático e incluía
las vejaciones en la relación personal.
Intimidador nato, invitados extranjeros que trataron con él han
explicado que este mal comunicador carente de sofisticación y proclive a
perorar sobre una infinidad de vaguedades que no venían al caso poseía
una perspicacia natural que le permitía adivinar instintivamente lo que
sus interlocutores intentan transmitirle u ocultarle; desde luego, de
serle propia, esta facultad no la ejercitó Saddam en su entrevista con
la embajadora Glaspie en julio de 1990.
En Saddam, esta metodología estalinista de la violencia, que
planificaba la misma y la ejecutaba sin ahorro de brutalidad y cinismo,
estaba indisolublemente unida a los valores tribales tradicionales del
Irak rural. Así, ese puntilloso código del honor del irakí sunní tribal,
que reclama la venganza de sangre si se produce una afrenta a la
familia, dio lugar a crueles vendettas, no siempre con lectura
política, en el seno mismo del clan de Tikrit.
Por lo demás, los biógrafos han presentado a Saddam con los rasgos
típicos de los modernos tiranos. Inmediatamente llama la atención el
culto a su personalidad que fomentó, en el mundo acaso sólo superado por
el que se tributa al dictador comunista de Corea del Norte, Kim Jong Il,
tal era la miríada de retratos, murales, estatuas y memoriales
panegíricos, amén de museos sobre su persona, que abarrotaban el país
con resabios orwellianos. Características eran también la percepción
paranoica de la realidad, que le hacía no fiarse de nadie o, si acaso,
sólo de un reducido número de parientes tikritis (los cuales, llegado el
caso, tampoco parecían gozar de una garantía de inmunidad frente a las
iras del jefe), así como un orgullo y un rencor recalcitrantes que le
empujaban a ajustar cuentas con los que le habían agraviado en el
pasado.
Saddam, fumador de puros cubanos, amigo de las buenas viandas
preparadas por cocineros de confianza y probadas por catadores (para
evitar envenenamientos), poseedor de un inagotable guardarropa,
suplantado, según era la creencia general, por dobles perfectos en
apariciones públicas cuando lo consideraba oportuno y que, conforme a la
costumbre local, disfrutaba disparando al aire con pistolas y fusiles
durante sus baños de multitudes programados, abordaba su papel en el
Irak contemporáneo con una megalomanía desaforada. Fomentó una imagen
machista de superhombre capaz de las mayores hazañas, trazó una
continuidad de grandeza histórica entre los imperios babilonio y asirio,
el califato abbasí, el reino de Saladino y la república baazista, y
apeló al orgullo nacionalista de los irakíes como pueblo cultural y
racialmente superior a sus vecinos.
En un terreno más tangible se situaban los faraónicos programas de
obras públicas y privadas, con los famosos y fastuosos palacios
presidenciales, la construcción de tres colosales mezquitas en Bagdad,
una red de búnkeres e instalaciones subterráneas de insospechado
alcance, las restauraciones (algunas con dudoso criterio, como las
ruinas de Babilonia) del riquísimo patrimonio arqueológico nacional y la
erección de monumentos conmemorativos, todo ello a mayor gloria del gran
líder y sin reparar en gastos, en un país donde la población de a pie
sufría penurias sin cuento.
Dicho sea de paso, la revista Forbes incluyó a Saddam en su
relación de los estadistas más adinerados del mundo. Según diversas
fuentes, la fortuna personal de Saddam y su familia pudo ascender a los
200.000 millones de dólares, impresionante cifra obtenida gracias a la
manipulación del programa Petróleo por Alimentos y, sobre todo,
por la amplia red de contrabando manejada por el núcleo duro del clan de
Tikrit, con los hijos del dictador a la cabeza, constitutiva de una
fragrante violación del embargo.
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Parte 2
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