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Sadam Hussein - Parte 2

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Parte 1 / Parte 2

8. Una sórdida historia de avatares familiares
9. Intentos de superar el aislamiento exterior
10. Inclusión en el eje del mal y objetivo a batir por la administración Bush
11. Prolegómenos, razones explícitas y motivos ocultos de una guerra ilegal
12. Tempestad internacional sobre la inspección del desarme
13. Fracaso de la diplomacia de la ONU e invasión de Estados Unidos
14. Desarrollo de la ofensiva, conquista de Bagdad y derrocamiento del régimen

8. Una sórdida historia de avatares familiares
En 1963 Saddam tomó en matrimonio a su prima carnal Sajida Tulfah, hija de Jairallah Tulfah, quien a su vez fue nombrado gobernador de Bagdad luego del encumbramiento de su sobrino en el poder. En 1988, acogiéndose al permiso coránico, Saddam contrajo una segunda esposa, Samira Fadel Shahbandar, perteneciente a una prominente familia de Bagdad, que le dio un hijo llamado Alí Saddam Hussein. Previamente, el entonces marido de Samira, director de unas líneas aéreas, consintió (por la cuenta que le traía, obviamente) en concederle el divorcio a su esposa. Sajida siguió siendo, no obstante, la esposa oficial de Saddam, además de madre de sus cinco hijos, dos varones y tres mujeres. En la década de los noventa afloraron rumores, bastante convincentes, de que Saddam tomó en secreto una tercera y joven esposa hacia 1985.

El primogénito del dictador, Uday Saddam Hussein, nacido en 1964, adquirió una fama de enfant terrible al que todos los excesos le estaban permitidos. En sus manos se concentraba un imperio mediático y propagandístico que incluía varios periódicos, incluyendo a Babel, el principal diario del país, revistas y emisoras de radio y televisión, aunque sus negocios lucrativos proliferaban sobre todo en los turbios ámbitos del contrabando y el mercado negro. Uday fungió oficiosamente como ministro de la Juventud, quedando bajo su exclusivo control todo lo que tuviera que ver con los deportes, inclusive la presidencia del Comité Olímpico Irakí, y en particular con el fútbol. Es conocida la información que asegura que mandó apalear a jugadores de la selección nacional de fútbol como castigo por sus malos resultados en campeonatos internacionales disputados por Irak.

Hombre de carácter extremadamente violento y bravucón, abusador y violador de mujeres, coleccionista ávido de coches de lujo y servido por un ejército privado de 15.000 hombres conocidos como Fedayin Saddam y a los que se dirigía con el rango de teniente general, el delfín oficioso del régimen protagonizó el 18 de octubre de 1988 un dramático episodio palaciego cuando irrumpió en una fiesta que se celebraba en un recinto lúdico en una isla sobre el Tigris y, ante la espantada concurrencia (entre la que se encontraba la esposa del presidente egipcio Hosni Mubarak), aporreó hasta la muerte a un hombre de confianza de Saddam que le había presentado a Samira y que concertaba sus encuentros con ella. En los mentideros bagdadíes se decía que Uday asesinó al infeliz porque era necesario "lavar el honor" de su madre.

Encolerizado por este crimen, Saddam metió entre rejas a Uday y le llevó a juicio con la supuesta intención de condenarlo al patíbulo, pero, en atención "al deseo de la población", no tardó en perdonarle, para acto seguido enviarle a un exilio temporal en Suiza. Periodistas jordanos añaden que Sajida, asustada, pidió al rey Hussein que intercediera ante su esposo por la vida de un hijo cuyo caótico comportamiento suscitó en los años siguientes dudas sobre si no padecería algún tipo de perturbación mental.

Uday, que en 1988 tomó como esposa a una hija del vicepresidente del CMR y segunda persona del partido desde 1979, Izzat Ibrahim ad-Duri, otro paisano de Saddam del área de Tikrit, sufrió el 12 de diciembre de 1996 un severo golpe a sus aspiraciones de sucesión de su padre cuando un comando no identificado ametralló el vehículo que conducía por las calles de Bagdad y le hirió gravemente en las piernas, dejándolo semiparalítico. Hospitalizado hasta junio de 1997 y durante un tiempo aquejado de las secuelas psicológicas del atentado, cuando las elecciones de marzo de 2000 se reportó de Uday que había obtenido un escaño en la Asamblea Nacional. Este mandato se consideró un jalón del primogénito de Saddam en su reanudado asalto al poder.

El hijo menor, Qusay Saddam Hussein, nacido en 1966 y casado desde 1985 con una hija del general Maher Ar-Rashid (quien fue castigado en 1986 por discrepar con la conducción por Saddam de la guerra con Irán) y padre de dos muchachos, operaba con mayor discreción y cálculo, que no con menor brutalidad, luego lo que diferenciaba a los dos hermanos no era tanto el fondo como las formas.

Fuertemente involucrado en las tareas informativas y de seguridad, Qusay ascendió al frente de una vasta red de espías, de la Guardia Republicana Especial o Al Haris Al Jamhuri Al Jas, verdadera guardia de corps del régimen formada por unos 13.000 efectivos que pasaban por ser las tropas más disciplinadas y mejor equipadas de Irak, y del Servicio de Seguridad Especial o Al Amn Al Jas, otros 5.000 hombres que, a modo de una tropa de pretorianos, se distribuían en un círculo impenetrable de seguridad alrededor de Saddam, quizá el estadista con más guardaespaldas y escoltas del mundo.

Adicionalmente, desde finales de los años noventa Qusay empezó a presidir reuniones del Consejo de Seguridad Nacional, un órgano que supervisaba las cinco agencias de seguridad e inteligencia del régimen, concebidas para competir entre sí y para rendir cuentas por separado directamente ante Saddam. Ciertamente, a Saddam no le interesaba coordinar a sus cinco agencias e incluso espoleaba sus rivalidades y enfrentamientos: si todo el mundo temía a todo el mundo y los unos se vigilaban a los otros, lo más probable es que toda conspiración, de surgir, quedara automáticamente paralizada.

Este conjunto de fuerzas a las órdenes de Qusay superaba con creces, cuantitativa y cualitativamente, a los fedayines de su hermano. En los últimos años se ventilaron encontronazos entre Uday y Qusay por intromisiones en sus respectivos cotos de poder político y económico. No cabe duda de que Qusay aprovechó la convalecencia de su hermano para escalar posiciones, hasta adelantarle en la primacía sucesoria. Significativamente, el 17 de mayo de 2001 Qusay figuró entre los ocho nuevos integrantes del Mando Regional del Baaz de 18 miembros, y además fue nombrado "responsable adjunto" del Departamento Militar del partido, un cargo equivalente a viceministro de Defensa y que le confería presencia en el CMR, el supremo órgano de decisión política.

Sobre la acumulación de responsabilidades por Qusay, en septiembre de 2000 el rotativo árabe editado en Londres Asharq Al Awsat informó que había sido puesto al frente de un "consejo familiar" con la misión de asegurar el control del régimen por los tikritis en caso de defunción de Saddam, y que éste, aseguraba tal fuente, padecía de un cáncer linfático y estaba siendo sometido a quimioterapia bajo la supervisión de un comité médico.

Los hermanastros Barzán, Sabawi y Watbán Ibrahim al-Hassán al-Tikriti, hijos del padrastro Hassán al-Ibrahim y como Saddam con un pasado trufado de violencias, ostentaron también puestos de privilegio en el círculo íntimo del dictador, como ministros, consejeros o altos burócratas de la represión, pero no en relaciones de armonía con el dictador durante largos períodos.

Así, en mayo de 1995 Watbán fue destituido como ministro del Interior al cabo de cuatro años de servicio e inmediatamente después resultó gravemente herido en un atentado supuestamente instigado por el irascible Uday. Tres años después, Sabawi, conocido sobre todo por organizar la rapiña sistemática de Kuwait cuando la ocupación en calidad de gobernador para asuntos del Interior, fue a su vez cesado como director del Servicio de Seguridad General, luego de haber ocupado la misma posición en el Departamento General de Información o Al Mujabarat Al Amma, la temible agencia de vigilancia política del partido inspirada en el KGB soviético.

Por lo que respecta a Barzán, responsable de la Seguridad Especial y, a partir de 1979, del Departamento General de Información, y de paso casado con una hermana de Sajida llamada Ilham, cometió alguna ignorada deslealtad con su hermanastro y en 1983 hubo de abandonar el país. Desde aquel año permaneció medio asilado en Ginebra y en 1988 esta estancia forzosa adquirió justificación oficial al ser nombrado embajador de Irak ante la sede de la ONU en la capital helvética, una oficina diplomática absolutamente impropia de su perfil de ejecutor represivo.

En 1998 Saddam reclamó su presencia en Bagdad, pero Barzán, quizá olisqueándose alguna celada de su hermanastro a través de su siempre impredecible sobrino Uday, se negó a obedecer. Saddam le destituyó fulminantemente y en 1999, luego de fallecer Ilham y de denegarle las autoridades suizas la renovación de su visado, Barzán se avino a retornar a casa, donde le esperaba un recibimiento bastante hosco, si bien Saddam no descargó represalias más allá del preceptivo período de confinamiento en residencia vigilada, situación que pasó a compartir con sus hermanos.

Se conoce el dato de que en 1984 Saddam dispuso la boda de Uday con una hija de Barzán, Saja, en un aparente intento de reconciliación. Pero el enlace fue un estrepitoso fracaso: transcurridos dos meses desde el desposorio, la muchacha abandonó a Uday aterrorizada por sus maltratos físicos y corrió a refugiarse en Ginebra junto con su padre. Con el retorno de Barzán a Bagdad las trifulcas en esta rama familiar se sosegaron y los tres hermanos Ibrahim empezaron a ser citados en las listas de oficiales del Gobierno como "asesores estatales".

En diciembre de 1999 los tres comparecieron en público para recibir de su hermanastro varias medallas de condecoración y luego se conoció su pertenencia a la citada junta familiar creada a raíz de la enfermedad de aquel, si bien entonces estaba claro que su poder había disminuido a la par que el ascenso y la omnipresencia de los vástagos del dictador. En todo este tiempo los Ibrahim administraron sus respectivos feudos económicos, cimentados en los negocios irregulares y el lucrativo contrabando de productos de lujo.

En añadidura, el general Adnán Jairallah Tulfah, primo y cuñado de Saddam, "héroe" de la guerra contra Irán, ministro de Defensa desde el 15 de octubre de 1977, viceprimer ministro desde octubre de 1982 y virtual número dos del régimen, a la sazón casado con una hija del ex presidente Bakr, falleció en un sospechoso accidente de helicóptero el 5 de mayo de 1989 en el paraje de Sarsang, a 450 km al noroeste de Bagdad, cuando regresaba de una reunión familiar cerca de Mosul. En el funeral de su hijo, Jairallah Tulfah atribuyó a su sobrino y yerno la autoría del siniestro, atrevimiento que el anciano pagó con el arresto domiciliario y la desaparición de la escena. Poco después se conoció su fallecimiento, se supone que por causas naturales.

Periodistas de la región han especulado con que Adnán, descrito como un militar de carrera capacitado y no involucrado en las sevicias represivas del aparato de seguridad, aunque venial a manos llenas como el resto de jerifaltes tikritis, dejó de ser fiable para Saddam por el poder y el prestigio que había alcanzado, una peligrosidad potencial que se tornó más factible a raíz de la ignominia cometida contra su hermana Sajida con motivo del segundo matrimonio de Saddam, cosa que le ofendió profundamente, como no dudó en proclamar públicamente.

Disputas y revanchas internas aparte, del primer círculo de allegados de Saddam salió también la desafección más sonada. El 8 de agosto de 1995, tras ver lo que le había sucedido a Watbán Ibrahim, desertaron a Jordania los hermanos Hussein Kamel y Saddam Kamel al-Majid, primos de Saddam en primer grado por la parte del padre y esposos de sus hijas mayores, Raghda y Rana, respectivamente. Dicho sea de paso, la hija menor, Hala, nacida en 1972, fue casada por su padre con el primo Jamal Mustafá al-Tikriti, hermano del general Kamel Mustafá al-Tikriti, alto mando militar que a su vez estaba casado con una hermana del primo Hussein Kamel.

El teniente general Hussein Kamel al-Majid estaba identificado como el padre de los programas clandestinos de armamento en tanto que jefe de la Organización para la Industrialización Militar. Dirigió en sus orígenes la Seguridad Especial y era otro teórico número dos del régimen después de la desaparición de Adnán Tulfah. También se le tenía por uno de los planificadores de la invasión de Kuwait y por el ejecutor de la represión de los shiíes en el sur. El más joven Saddam Kamel, teniente coronel de la brigada de misiles, dirigía a los guardaespaldas presidenciales de élite, dentro de la Seguridad Especial.

El 12 de agosto Hussein Kamel hizo en Ammán un llamamiento para arrojar a su suegro "al basurero de la historia" que no encontró eco en la oposición por tratarse el personaje de uno de los pilares de la dictadura hasta la víspera de su defección. Concedió varias entrevistas a los medios y entre las cosas que reveló estuvo la confirmación de que Adnán Tulfah fue asesinado por orden de Saddam: el propio Hussein Kamel colocó la bomba con temporizador en el helicóptero del general instantes antes de tomarlo para regresar a Bagdad.

El 20 de febrero de 1996, insólitamente, los hermanos Majid regresaron con sus familias a Irak en circunstancias inciertas, probablemente tras recibir garantías de perdón de Saddam. Lo cierto es que el rey Hussein no quería saber nada con tan incómodos huéspedes y los países occidentales, pese a recibir de Hussein Kamel información militar secreta, no estaban dispuestos a concederles asilo. Precisamente, este episodio marcó el final de la complacencia con Saddam del monarca hachemita, que en lo sucesivo apostó por el cambio de jefatura en Bagdad.

Tres días después se anunciaron los divorcios de Raghda y Rana, que quedaron bajo una suerte de arresto domiciliario, y la muerte de sus maridos como castigo a su traición. Ambos perecieron, al igual que un hermano, dos hermanas y el padre de los cinco, Kamel al-Majid, tío de Saddam, durante el asalto de las fuerzas de seguridad contra la villa de los Majid en Assadiyah, cerca de Bagdad.

La operación fue dirigida por Uday y por otro de los primos paternos de Saddam, el teniente general Alí Hassán al-Majid, antiguo director del Servicio de Seguridad General, brutal preboste del partido en las provincias norteñas de mayoría kurda a finales de los años ochenta y luego no menos brutal gobernador para asuntos militares en el Kuwait ocupado. Después de la guerra ministro del Interior, ministro de Defensa y comandante del Ejército en el sur, y últimamente sólo miembro del CMR y representante presidencial en misiones oficiales, Majid estaba casado con otra hija de Bakr y portaba el siniestro sobrenombre de Alí el Químico por haber dirigido el exterminio de kurdos en Halabja en 1988.

Saddam estaba complacido por este nuevo servicio de su primo, uno de los más entusiastas verdugos a su servicio, así que Alí Hassán le ofreció desposar a una hija suya con el permanentemente casadero Uday. A la luz de todos estos tremebundos sucesos, el posterior atentado contra Uday pudo ser una venganza de los entornos de Hussein Kamel al-Majid o, más seguramente, de Watbán Ibrahim.

El desenlace sangriento de la aventura de los primos felones puso fin a uno de los capítulos más extravagantes de la saga familiar del dictador, evocadora de las historias de crímenes y tropelías pasionales de las familias cesáreas de la Roma imperial. Pero aquel aún registró un epílogo en marzo de 2000, cuando la madre de los Kamel, Safiya Hassán, que había sobrevivido a la matanza de 1996, fue a su vez alcanzada por la venganza que exigía el exterminio de toda la rama familiar caída en desgracia.

Con anterioridad a estos hechos, el 2 de diciembre de 1994, había escapado al Kurdistán autónomo el general Wafiq Hamud as-Samarraj, jefe del Servicio de Inteligencia Militar o Al Istijbarat Al Askariyya hasta 1991, quien también apeló al golpe de palacio, sin mayor repercusión. El balance de una década de turbulencias familiares fue la consolidación del poder de los hijos del dictador en detrimento de los parientes en grado secundario, como los hermanastros y los primos.

Con semejante personificación del ejercicio político, la celebración de elecciones legislativas puntualmente cada cuatro años, desde la primera edición, el 20 de junio de 1980, hasta la última, el 27 de marzo de 2000, no pasó de lo anecdótico. Huelga decir que todos los escaños de la Asamblea Nacional fueron ganados por los candidatos del Baaz, bien como militantes del mismo, bien como simpatizantes teóricamente independientes, los únicos autorizados a participar.

Como en la vecina Siria, en estas ocasiones el Baaz de Saddam concurría tras la sigla de un Frente Nacional Progresista, pero, a diferencia de como sucede en Damasco, sin compañía de ninguna formación satélite. Por lo demás, el 15 de octubre de 1995 el presidente irakí se sometió al formulismo plebiscitario sobre su permanencia en el poder, que, en virtud de su única candidatura, quedó confirmada por otros siete años con el 99,95% de los votos. Exactamente siete años después, Saddam se iba a someter a la última de estas parodias de unas elecciones presidenciales.

Por lo que se refiere a su jefatura en el partido, Saddam fue reelegido secretario general, y por tanto renovado automáticamente en la presidencia del CMR, en mayo de 2001, durante la XII Conferencia del Baaz irakí, a la par que el lanzamiento de Qusay a la cúpula. Meses atrás, en junio de 2000, Saddam engrosó su relación de magistraturas con la, a esas alturas básicamente simbólica, Secretaría General del Mando Nacional del Baaz, que permanecía vacante desde la muerte de Aflak en 1989.

9. Intentos de superar el aislamiento internacional
El ínfimo aligeramiento del embargo económico y el creciente rechazo internacional a las represalias militares de Estados Unidos animaron a Saddam a abrir grietas en su cuarentena diplomática, con escasos resultados. En el terreno más inmediato, los países árabes, Egipto y las monarquías del Golfo continuaron siendo muy remisos a concederle facilidades, mientras que las sucesiones en Jordania y Siria de los difuntos Hussein y Hafez al-Assad por sus retoños Abdallah II y Bashar al-Assad, respectivamente, no dieron pie a un relajo de las desconfianzas.

Saddam intentó reconducir las relaciones con Irán, estancadas desde la aproximación de 1990, y ello a pesar de los periódicos rebrotes de tensión, con cruces de acusaciones de apoyar a las respectivas oposiciones armadas, los Mujahidín del Pueblo en Irán y los shiíes descontentadizos en Irak. Más aún, en Teherán produjo viva irritación el asesinato de tres ayatollah shiíes en la ciudad santa de Najaf entre 1998 y 1999.

El atentado mortal contra el gran ayatollah Mohammad Sadek as-Sadr, máxima autoridad de los shiíes irakíes, provocó el 20 de febrero de 1999 levantamientos en Nasiriyah, Karbala y otras ciudades del sur, con la consiguiente represión del Ejército. Los observadores de la zona identificaron esta campaña de terrorismo político-religioso como el último capítulo de la lucha de muerte entre los milicianos clandestinos shiíes y el omnipresente Uday Hussein, que les culpabilizó de su atentando de 1996. Precisamente, el ayatollah as-Sadr había emitido poco antes una fatwa contra Uday, en castigo por su presunta implicación en el atentado que costó la vida a un dirigente shií en Najaf.

El 29 de septiembre de 2000, aprovechando su coincidencia en Caracas para asistir a una cumbre de la OPEP, el vicepresidente de la República Taha Yassin Ramadán al-Jazrawi se reunió con el presidente de Irán, Mohammad Jatami, en el primer encuentro de alto nivel desde que Izzat Ibrahim prestara una visita a Teherán en 1991. Justamente, los preparativos de esta cita de la OPEP incluyeron el mes anterior la visita a Bagdad del presidente venezolano Hugo Chávez, en la primera recepción por Saddam a un jefe de Estado extranjero desde 1991. Por otro lado, Irak, después de diez años, envió el 21 de octubre de 2000 una delegación a una cumbre de la Liga Árabe, la celebrada en El Cairo para estudiar la crítica situación en Palestina.

Movimientos diplomáticos a un lado, el caso es que Saddam no hizo un sólo guiño que indicara su buena voluntad en materia de control de armamentos, siendo así que Irak integró con Corea del Norte y Cuba el grupo de países que se negaron a firmar los tres grandes instrumentos internacionales de desarme aprobados en la década, a saber, la Convención de prohibición total de Armas Químicas (CWC) de 1993, el Tratado de Prohibición Total de Pruebas Nucleares (CTBT) de 1996 y el Tratado de prohibición total de Minas Anti-Personal (APM) de 1997, amén del boicot a la Corte Penal Internacional (CPI) aprobada en Roma en 1998 e inaugurada en La Haya el 1 de julio de 2002. Claro que sus dos enemigos principales, Estados Unidos e Israel, no daban un ejemplo mucho mejor, ya que en 2002 ambos sólo tenían firmados el CTBT y la CWC, de los cuales ratificados únicamente estaba la CWC por parte de Estados Unidos (Israel ni siquiera era signatario del TNP y la BWC).

10. Inclusión en el eje del mal y objetivo a batir por la administración Bush
En el cambio de década, la situación para Saddam, su régimen y su país seguía dominada por la inercia en todos los aspectos. El horizonte inmediato sólo ofrecía más bloqueo económico internacional, más ostracismo diplomático occidental y más acoso militar angloestadounidense. Pero en enero de 2001, la llegada al poder en Estados Unidos de George Bush, hijo del ex presidente George Bush, y su administración republicana, con una plataforma ideológica profundamente conservadora y nacionalista, vino a agudizar la ojeriza de Washington hacia Saddam.

El 16 de marzo de 2001 el bombardeo contra un centro de radares en Bagdad supuso la presentación al dictador irakí de la carta de intenciones de Bush, un antiguo empresario petrolero lanzado a la política al que, por convicciones personales y por la influencia de sus colaboradores halcones en las áreas de seguridad y de Defensa, deseosos de acabar de una vez por todas con el irritante desafío de Bagdad, le movía una animadversión a Saddam tal que tenía regusto a cuenta familiar pendiente.

Así, en septiembre de 2002 Bush explicaba que Saddam era "el tipo que intentó matar a mi papá", en alusión al descubrimiento a tiempo por la CIA de un coche bomba preparado para estallar al paso del cortejo de Bush padre durante su visita a Kuwait en abril de 1993, atentado frustrado que, se recordará, desató la represalia militar del Gobierno Clinton en junio del mismo año. Pero las intenciones y planes de la administración Bush para con Saddam tardaron más de un año en ser explícitos, y en este sentido los catastróficos atentados del 11 de septiembre de 2001 contra el World Trade Center de Nueva York y el Pentágono en Washington cometidos por la organización fundamentalista islámica Al Qaeda del renegado saudí Osama bin Laden, alteraron drásticamente la situación. Seguramente, fue entonces cuando se activó una inexorable cuenta atrás para Saddam.

Después del 11 de septiembre Saddam emitió la única voz discordante en el coro universal de condenas y expresiones de solidaridad con Estados Unidos. Como regodeándose en la tragedia, la prensa controlada por Uday opinó que el "cowboy americano" había merecido unos ataques que eran la consecuencia de sus "crímenes contra la humanidad".

Saddam en persona abonó este análisis acusando a Estados Unidos de "exportar maldad, corrupción y crímenes" por doquier y en particular a Oriente Próximo, así que la destrucción de las Torres Gemelas de Nueva York no había sido sino la "cosecha" por la práctica de una "política diabólica". Cuando en octubre comenzó la intervención militar de Estados Unidos y sus aliados contra Afganistán para destruir a las fuerzas de Al Qaeda y de paso al régimen ultraintegrista de los talibán que les daba cobijo, el Gobierno irakí elevó una enérgica protesta por lo que consideraba una agresión de Occidente contra el orbe islámico.

A la luz de los sucesos posteriores, no cabe duda de que estos posicionamientos disonantes de Saddam lo único que consiguieron fue empeorar su situación. Pero, también, tales declaraciones evocaban unos barruntos, certeramente premonitorios, de que él podría ser el segundo enemigo a batir en la guerra declarada por Estados Unidos al terrorismo internacional.

Incluso antes de iniciarse la Operación Libertad Duradera (Enduring Freedom) en el teatro de operaciones afgano, medios estadounidenses, basándose en filtraciones de oficiales del Gobierno, divulgaron la más que dudosa especie de que el jefe del comando suicida que había secuestrado los aviones para lanzarlos contra los rascacielos neoyorkinos y el edificio del Pentágono, Mohammed Atta, había mantenido reuniones con oficiales de inteligencia irakíes en algún lugar de Europa. Por supuesto, Bagdad negó de plano este malévolo intento de involucrar a Saddam (como si no tuviera ya suficientes crímenes a sus espaldas), aunque fuera de manera muy indirecta, en la hecatombe del 11 de septiembre.

Todo indicaba que esta vez el régimen no mentía en su declaración de inocencia. Más aún, ninguno de los trabajos de investigación periodísticos sobre las andanzas y entresijos de bin Laden y su organización que salieron en forma de libro en los últimos meses de 2001 concedían relieve, más allá de nebulosos contactos y conversaciones inconclusas, a la supuesta colaboración o mutua asistencia entre dos hombres, Saddam y bin Laden, que, si bien compartían enemigos -Estados Unidos e Israel-, procedían de culturas políticas y religiosas radicalmente diferentes: bin Laden sólo podía considerar un apóstata y un represor de la fe (además de una amenaza directa para su país de origen en 1990) a Saddam, y éste a aquel un fanático religioso y un subversor del poder establecido.

El caso es que desde bastante antes del 11 de septiembre, servicios de inteligencia occidentales estaban rastreando las relaciones entre Saddam y los grupos islamistas radicales de Oriente Próximo. Los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido creían que Bagdad, cuyos tratos directos con el terrorismo revolucionario propalestino, laico y ultraizquierdista de Abu Nidal y el venezolano Carlos o Chacal estaban bien documentados, había empezado a financiar el terrorismo de matriz religiosa después de que éste tomara el relevo a los grupos anteriores a lo largo de los años ochenta. Pero las pesquisas no arrojaron prácticamente nada que permitiera convertir aquellas presunciones en una incriminación plausible ante la opinión pública.

La amenaza de Estados Unidos a Saddam se planteó a las claras el 8 de noviembre de 2001 en boca del secretario de Estado Colin Powell, a la sazón, jefe de la Junta de Jefes del Estado Mayor del Ejército cuando el conflicto de Kuwait, quien sin pelos en la lengua señaló a Irak como el siguiente objetivo de la maquinaria de guerra de su país en cuanto terminaran las operaciones de Afganistán. El 29 de enero de 2002, en su discurso sobre el estado de la Unión, Bush metió a Irak, junto con Irán y Corea del Norte, en un "eje del mal" identificado en el sistema internacional. La fórmula, de resabios religiosos, era una puesta al día del análisis maniqueo realizado por Reagan dos décadas atrás, en el apogeo de la Guerra Fría, cuando se refirió a la URSS como el "imperio del mal".

Contribución irresponsable a la proliferación mundial de armas de destrucción masiva, tenencia de esas mismas armas con aviesas intenciones, fomento del terrorismo internacional y, en definitiva, grave peligro para la paz y la seguridad globales, fueron los cargos que la administración Bush imputó a estos países y a Irak en particular.

Toda vez que la llamada doctrina Bush de "autodefensa preventiva", contenida en el documento de nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicado en septiembre de 2002, apostaba por que Estados Unidos ejerciera una hegemonía activa en los asuntos mundiales de ser preciso a través de ataques militares ("acciones anticipatorias") allá donde se detectara una amenaza inminente para la seguridad nacional, sin mediar primera agresión y sin distinguir entre los terroristas y sus amparadores, el primero en servir de cobaya para la puesta en práctica de este revolucionario y perturbador cambio en el pensamiento estratégico de la superpotencia americana no podía ser otro sino Saddam, que era un paria internacional cuyo derrocamiento no iba a ser llorado por nadie.

11. Prolegómenos, razones explícitas y motivos ocultos de una guerra ilegal
A finales del verano de 2002 fueron tomando forma los preparativos del Gobierno de Estados Unidos para lanzar la segunda guerra contra Irak, tercera guerra del Golfo para los irakíes. A través de una vasta campaña de propaganda y persuasión, la administración Bush, primero, se dirigió a la traumatizada ciudadanía de su país para convencerla de que Saddam representaba un peligro intolerable para su seguridad, y, segundo, movilizó sus resortes internacionales con la intención no tanto de construir una gran coalición de países que incluyera a los principales aliados y socios, ya que, de ser necesario, Estados Unidos iría a la guerra sólo o con la única compañía del fiel aliado británico, como de recibir una mera luz verde del Consejo de Seguridad de la ONU para sus planes.

En Estados Unidos la pública satanización de Saddam arreció con una virulencia como no se conocía desde la última guerra, y los poderes mediáticos y políticos comenzaron a explayarse en la enumeración de los mortíferos arsenales y sistemas de armamento prohibidos que Irak, según ellos, escondía, en una burla intolerable a la comunidad internacional. El chaparrón de denuestos puso sordina a otra serie de noticias que pasaron prácticamente desapercibidas y que ponían en tela de juicio la altura moral de quien exigía desarme a machamartillo, como que el propio Gobierno de Estados Unidos, a los ojos de todos y con flagrante desprecio hacia este tipo de controles multilaterales, estaba resistiéndose, incluso blindándose con legislación ad hoc, a ser inspeccionado por la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), que tenía la misión de verificar el cumplimiento de la CWC por los países signatarios.

Posteriormente iba a comprobarse que muchos de los pavorosos análisis y prospectivas sobre las capacidades bélicas de Irak divulgados o filtrados por instancias políticas, servicios de inteligencia y think tanks de Estados Unidos y el Reino Unido consistían en exageraciones y manipulaciones interesadas, cuando no en groseras falsedades, como los bulos de la capacidad para fabricar en pocos meses la bomba atómica (en una tergiversación de lo informado por la AIEA en 1998), la existencia de planes para librar una "jihad nuclear", la existencia de una "flota de aviones teledirigidos" capaces de alcanzar territorio estadounidense, o la disponibilidad para lanzar un ataque biológico o químico en un plazo de "45 minutos".

Por lo que respectaba al delicado asunto de la cobertura legal, Estados Unidos tenía sobre la mesa todas las resoluciones relacionadas con el desarme irakí que Saddam había burlado, amén de dos resoluciones especiales aprobadas después de los atentados del 11 de septiembre, la 1.368 del 12 de septiembre y la 1.373 del 28 de septiembre; la primera expresaba la disposición de los miembros del Consejo a "tomar todas las medidas necesarias" para "combatir el terrorismo en todas sus formas", y la segunda detallaba las obligaciones de los estados miembros para librar dicho combate con efectividad, siempre, eso sí, con arreglo a la Carta de Naciones Unidas.

Ahora bien, ninguno de los dos textos mencionaba a países, gobiernos u organizaciones, y, de todas maneras, una operación de tanta gravedad como la invasión directa de Irak iba a precisar de una base jurídica específica y más que sólida, a poco que los deseosos de derrocar a Saddam albergaban un prurito legalista, o, en su defecto, un elevado nivel de legitimidad y consenso internacionales.

Por ejemplo, a falta de un asidero nítido en el primer supuesto (las resoluciones de la ONU brindaron, como mucho, un aval implícito), Estados Unidos y sus aliados se basaron en el segundo, un consenso casi universal, para desencadenar la ofensiva contra el régimen talibán afgano, el cual, con la colaboración fundamental de la oposición mujahidín local, fue derrocado en noviembre. En ese momento, ningún país del mundo -salvo Pakistán, pero sin efectividad- mantenía relaciones diplomáticas con el Gobierno del recalcitrante líder supremo de los talibán, el mullah Mohammad Omar. Pero volver a invocar las resoluciones antiterroristas 1.368 y 1.373 por todo soporte jurídico para deshacerse de Saddam, cuyo Gobierno era legítimo a la luz del derecho internacional, se antojaba abusivo e inaceptable.

Saddam y su cúpula probablemente entendieron mejor que nadie hasta qué punto Estados Unidos iba en serio contra ellos, y lo que hicieron fue acelerar la dinámica de superar el aislamiento en el mundo árabe. En la cumbre especial de la Liga Árabe celebrada en Beirut el 27 y 28 de marzo de 2002 el vicepresidente Ibrahim consiguió que se condenara cualquier tentativa norteamericana de intervenir en Irak y de paso la escenificación de la reconciliación de su país con Kuwait y Arabia Saudí. Días después Saddam anunció la suspensión unilateral de las exportaciones petroleras durante un mes como medida de solidaridad con los palestinos y de "sanción" a Israel y Estados Unidos.

El 2 de agosto, en el duodécimo aniversario de la ocupación de Kuwait, el ministro de Asuntos Exteriores, Naji Sabri, dirigió una carta a Annan en la que invitaba a Bagdad al jefe de la Comisión de Inspección, Vigilancia y Verificación de la ONU (UNMOVIC), el sueco Hans Blix, para mantener "conversaciones técnicas" sobre la posible reanudación de los trabajos de la antigua UNSCOM, a la que la UNMOVIC reemplazó en diciembre de 1999. Nada más conocer la iniciativa irakí, miembros de la administración Bush declararon su rechazo a cualquier tipo de discusión sobre preliminares o generalidades, y zanjaron que lo que Irak tenía que hacer era desarmarse automáticamente, so pena de exponerse a la invasión. El Gobierno británico se refirió también desdeñosamente al "último de los juegos" de Saddam.

El 12 de agosto el dictador en persona prometió a un diputado británico visitante el acceso incondicional a los inspectores de la ONU, al tiempo que rechazaba que estuviera reconstruyendo una fábrica de armas biológicas y advertía contra una agresión de Estados Unidos. Al mismo tiempo, jerarcas y diplomáticos del régimen se afanaban en una ofensiva internacional para espolear el creciente rechazo a la guerra en Europa y los mundos árabe y musulmán.

El 12 de septiembre Bush puso sus cartas sobre la mesa ante la comunidad internacional. En un áspero discurso en la Asamblea General de la ONU basado en el documento de la Casa Blanca titulado Una década de decepción y desafío, el presidente expuso la intención de su país de atacar a Irak y formuló el pliego de acusaciones contra Saddam: incumplimiento de 16 resoluciones vinculantes del Consejo de Seguridad; desafío a otras 30 declaraciones del presidente del Consejo; tenencia o desarrollo experimental de armas químicas, biológicas y nucleares, y de misiles con más de 150 km de alcance; comisión de masacres contra su pueblo y de violaciones masivas de los Derechos Humanos; apoyo al terrorismo internacional y conspiración para asesinar a líderes internacionales; ocultación de listas de prisioneros de guerra y otros desaparecidos; negativa a restituir las propiedades robadas en Kuwait y a pagar las indemnizaciones impuestas; y, violación del embargo económico de la ONU.

En resumen, los motivos explícitos y públicos de Estados Unidos para ir a la guerra contra Irak y -meta implícita evidente para todo el mundo- destruir el régimen de Saddam, concernían a la paz, la seguridad, el cumplimiento de la ley internacional y cuestiones de tipo humanitario y moral. Pero existían otras razones no confesadas, de índole geopolítica y económica, que excedían con mucho los objetivos tácticos, en primera lectura razonables o válidos para la comunidad internacional, y que apuntaban a metas estratégicas de Estados Unidos extraordinariamente ambiciosas.

Por de pronto, se trataba de poner a prueba la Doctrina Bush de la disuasión mediante la guerra preventiva, la cual, por cierto, chocaba con la legalidad internacional emanada de la Carta de la ONU, que sólo recoge el derecho de los estados al uso de la fuerza en dos supuestos (articulado del capítulo VII): como "legítima defensa" frente a una agresión producida, y si así lo decide y autoriza el Consejo de Seguridad para contrarrestar una amenaza a la paz o un quebranto de la misma.

El núcleo duro de la administración estadounidense, formado por altos funcionarios, asesores e ideólogos del Departamento de Defensa, varios de los cuales procedían del fundamentalismo cristiano y judío, y apoyado en las argumentaciones de los intelectuales neoconservadores y neorrealistas sobre el falso debate entre "poder duro" y "poder blando" y sobre la necesidad de aprovechar la oportunidad histórica que se le brindaba a Estados Unidos para arraigar su supremacía militar y extender sus valores e intereses en todos los órdenes a una escala planetaria, presionaba para que se liquidara rápidamente a Saddam a modo de escarmiento y aviso a cualquier gobierno o fuerza extranjera hostil del altísimo precio que tendría para ellos recurrir al chantaje o al ataque terrorista-militar contra Estados Unidos.

Responsables como el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, la consejera de seguridad nacional Condoleezza Rice, el subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz y el presidente del Comité de Política de Defensa del Pentágono Richard Perle, deseaban imponer en el crucial país del Golfo un régimen moderado, responsable y cooperativo, que no supusiera una amenaza regional y en particular a Israel, y que se erigiera en valladar contra el terrorismo de Al Qaeda. Las consideraciones de seguridad nacional clásica tenían un cariz de urgencia y respondían a preocupaciones genuinas.

Aunque quiza no tan perentorio como los peligros de las armas de destrucción masiva y el terrorismo, también el factor del petróleo revestía una importancia clave: resultaba imperioso que Irak, con sus 112.000 millones de barriles de reservas confirmadas -esto es, el 10% de las reservas mundiales, las segundas después de Arabia Saudí- y otros 220.000 millones de reservas probables, cayera en la zona de control de Estados Unidos por consideraciones de seguridad energética nacional, ya que la política de Bush sobre el particular se basaba en la satisfacción de la creciente demanda interna de combustibles fósiles, mejor si eran baratos, y teniendo presente que Estados Unidos era en esos momentos el mayor consumidor mundial de petróleo irakí a través del programa Petróleo por Alimentos.

Por supuesto, no se ignoraban los pingües beneficios que obtendrían las compañías petroleras estadounidenses en el Irak de posguerra merced a un Gobierno afecto que privilegiara los contratos de explotación con ellas en perjuicio de las firmas francesas o rusas. De resultas de todo ello, Estados Unidos adquiriría una enorme influencia sobre el mercado petrolífero mundial, con los consiguientes recorte del margen de maniobra de la OPEP y fortalecimiento del dólar, que últimamente veía amenazar por el euro su primacía en las transacciones internacionales en diversos puntos del planeta.

Y es que, precisamente, en noviembre de 2000 Bagdad se había pasado a la europea como moneda de referencia para sus pagos y cobros comerciales, a pesar de que entonces estaba más débil que el dólar y el cambio de la divisa supuso pérdidas millonarias para la tesorería irakí. Hacerse con el control de Irak y redolarizar el país significaría parar en seco el alarmante avance del euro en el corazón geoestratégico del mundo, estación central del ciclo de los petrodólares con que Estados Unidos financia su enorme déficit en la balanza de cuentas corrientes y sostiene su crecimiento.

Más todavía. Clavar una pica política y económica en Irak, incluso convertirlo en su portaaviones estratégico en Oriente Próximo, permitiría a Estados Unidos dejar de depender de Arabia Saudí, que se estaba mostrando como un socio regional menos colaborador y fiable que antaño, sobre todo a raíz del 11 de septiembre, y ejercer una presión formidable en sus mismas fronteras sobre los gobiernos antipáticos de Irán y Siria, integrantes del "eje del mal".

Finalmente, el equipo de Bush, dentro de esta lógica imperial, creía que con Saddam fuera de juego, primero Irak, y luego todo Oriente Próximo, coto cerrado de regímenes dictatoriales e inmovilistas, experimentarían un renacer democrático sin precedentes y se abrirían al libre mercado de acuerdo con los intereses de la superpotencia, y que el conflicto de Palestina, fuera de control desde hacía dos años y dejado a su suerte, vería multiplicadas las posibilidades de resucitar el proceso de paz y de desembocar en una entidad estatal palestina, pero satisfaciendo las exigencias israelíes.

12. Tempestad internacional sobre la inspección del desarme
Con tono de desafío, Bush advirtió ante la Asamblea General que la ONU, o aceptaba las posiciones de su país, o quedaba condenada a la "irrelevancia". La maquinaria militar de la invasión se puso en marcha, ya que la guerra contra Saddam estaba, apenas caben dudas, decidida ya, si bien Estados Unidos se afanó en conseguir del Consejo de Seguridad una resolución con un ultimátum, una última oportunidad a Irak para que cumpliera en plazo breve todo lo que se esperaba de él.

Por momentos, dio la impresión de que los esfuerzos diplomáticos para convencer a los demás estados miembros del Consejo de la necesidad de un ultimátum a Irak estaban destinados a mitigar las aprensiones del aliado británico, ya que el primer ministro Tony Blair temía los efectos políticos domésticos, con posibilidades de rebelión en su propio partido, de una aventura bélica sin el aval de la ONU.

El 17 de septiembre Bagdad notificó que aceptaba el regreso "incondicional" de los inspectores y añadió que Washington ya no tenía justificaciones para atacarle. Al día siguiente, Bush rechazó el anuncio como una "maniobra" y afirmó que la ONU "no debía dejarse engañar" por Saddam. Fue el inicio de seis intensísimos meses de regateos, disimulos, porfías, amenazas y batallas diplomáticas en los que Irak, intentando sembrar divisiones con su exasperante estilo marrullero, y Estados Unidos, seduciendo con promesas de beneficios y presionando con bien poco tacto -hasta el borde del chantaje en algunos casos-, compitieron en la captación de los países miembros del Consejo de Seguridad para sus respectivos planteamientos.

La preguerra diplomática terminó levantando una borrasca sin precedentes en las relaciones internacionales, con Saddam y su país en el ojo de la misma, de la que salieron severamente magulladas la ONU, la Política Exterior y de Seguridad de la Unión Europea y hasta la OTAN, donde la impetuosidad belicista y la prepotencia desabrida de Estados Unidos toparon con la resistencia, posibilista y alternativa para unos, obstruccionista e interesada para otros, de Francia y Alemania.

El 1 de octubre Irak y la ONU llegaron a un principio de acuerdo para el retorno de la UNMOVIC sobre la base de las resoluciones del Consejo de Seguridad existentes. Esto contrarió al eje Washington-Londres, que condicionaba la reanudación de las inspecciones a una nueva resolución incluyendo un pliego de exigencias mucho más riguroso a la vez que la amenaza nítida de represalias militares en caso de incumplimiento. A su vez, Francia, Alemania, Rusia y China preferían un doble pronunciamiento del Consejo, sin automatismos: primero, la resolución que fijase las nuevas condiciones del desarme, y, después, de ser preciso, la del ultimátum de la guerra.

Confrontado a la oposición de sus aliados europeos, Estados Unidos dio un poco su brazo a torcer y consensuó un tercer borrador que el 8 de noviembre dio lugar a la ambigua resolución 1.441. Aprobado por unanimidad de los 15 miembros del Consejo, el texto concedía a Saddam una "última oportunidad para cumplir con sus obligaciones de desarme" tal como estipulaba la resolución 687 de 1991. Bagdad tenía un plazo de siete días para notificar su aceptación de la presente resolución y otro de 30 para que entregara a la UNMOVIC una lista exhaustiva del estado de sus programas nucleares, químicos, bacteriológicos y de misiles balísticos. Los inspectores empezarían sus trabajos en 45 días a más tardar y dispondrían de libre acceso a todos los rincones del país, incluido los palacios presidenciales.

La resolución no contenía una autorización del uso automático de la fuerza en caso de incumplimiento, así que si la UNMOVIC, la AIEA o un Estado miembro constataban una nueva violación irakí, el asunto regresaría al Consejo para ser tratado. Pero sí recordaba a Irak que ya había sido repetidamente advertido de las "serias consecuencias" de la persistencia de su actitud. El lapidario eufemismo para referirse a la invasión estaba ahí, y, además, en el preámbulo de la resolución, el Consejo recordaba que el alto el fuego de la guerra de 1991 descansaba en el acatamiento de los mandamientos de la resolución 687. La 1.441 dejaba suficientes elementos en el aire como para municionar los argumentos de unos y de otros sobre el supuesto del uso de la fuerza, si bien Estados Unidos anticipó que no se dejaría constreñir por los mecanismos del Consejo si consideraba que no podía demorarse por más tiempo la intervención militar.

El 13 de noviembre, dos días antes de expirar el primer plazo, el Gobierno de Saddam aceptó "sin reservas" la 1.441, el 18 llegó a Bagdad Hans Blix con una avanzadilla de expertos y el 27 comenzaron las inspecciones de la UNMOVIC. El 5 de diciembre Saddam elevó gratuitamente la tensión al amenazar con expulsar a Blix y su gente a menos que no "cambiaran de actitud", en relación con las "malas maneras" demostradas durante las comprobaciones efectuadas en un palacio presidencial, y al arremeter contra el “arrogante e injusto despotismo americano", advirtiendo de paso que podía "agotársele la paciencia" y, si ésta se le hacía, dispondría lo necesario para "ganar la guerra".

El 7 de diciembre, un día antes de expirar el segundo plazo, Irak presentó el informe requerido, un voluminoso legajo de 12.000 páginas que no aportaba ninguna evidencia de la posesión de armas prohibidas. Realizado el escrutinio del informe por los miembros del Consejo, el 17 de diciembre estadounidenses y británicos denunciaron no haber hallado en él más que "omisiones obvias". Bush confesó su "preocupación" y "pesimismo" por el cariz que tomaba la crisis, y remachó que el informe presentado por los irakíes era "decepcionante para quienes ansiamos la paz". En otras palabras, por lo que respectaba a Estados Unidos, Irak ya había violado la 1.441.

El 27 de enero de 2003, mientras seguían llegando miles de tropas de combate a la zona del Golfo, tuvieron lugar las esperadísimas comparecencias ante el Consejo de Seguridad de Blix y del egipcio Muhammad El Baradei, director general de la AIEA, para dar cuenta de dos meses de rastreos de armas, químicas, biológicas y misiles en el primer caso, y nucleares en el segundo.

Muy crítico, el jefe de la UNMOVIC informó que su grupo no había hallado nada comprometedor (la "pistola humeante" cara a Bush), pero también era cierto que los irakíes no estaban colaborando "en la sustancia" y seguían sin dar explicaciones sobre qué se había hecho de importantes cantidades de precursores, componentes y municiones no declarados de los que la UNMOVIC tenía noticia, como un número incierto de cientos de toneladas de gas nervioso VX y de miles de litros de ántrax o carbunco. Las cifras se exponían en el antepenúltimo informe de trabajo enviado por la UNSCOM al Consejo, en enero de 1999, antes de ser expulsada, si bien la predecesora de la UNMOVIC en ningún momento dio por sentada la existencia de las armas: lo que entondes dijo fue que observaba un desajuste total entre los datos de preguerra que ella manejaba y lo que el Gobierno irakí le decía, siendo así que no era capaz de hacer confirmaciones.

El Baradei fue menos contundente que su colega sueco y relató que no tenía constancia de que Irak estuviera intentado reanimar su programa nuclear, si bien resaltó la cuestión de la posible adquisición de unos tubos de aluminio endurecido susceptibles de emplearse para fabricar bombas atómicas. Los dos inspectores convinieron en que necesitaban más tiempo para completar sus misiones.

Blix indicó con claridad qué era lo que tenía que hacer Saddam: bien declarar todos los programas de armas de destrucción masiva y presentar esos ingenios para su eliminación, o bien entregar pruebas demostrativas de que ya habían sido destruidos. Claro que la disyuntiva encerraba un agudo dilema para el dictador, ya que si hacía lo primero (eso, en el supuesto de que tuviera las armas), revelaría las pruebas de su culpabilidad y se condenaría ante el mundo, y si hacía lo segundo (suponiendo que no las tuviera ya), se quedaría sin la baza disuasoria de la duda internacional sobre qué escondía realmente y qué estaba en condiciones de emplear en caso de ser agredido.

Hiciera lo que hiciera Saddam, nunca le creería Estados Unidos, que iba a atacarle de todas maneras porque la guerra en ciernes se fundaba en un abanico de motivaciones que excedía con mucho la cuestión del desarme. Pues bien, Saddam no hizo ni lo uno ni lo otro, se guardó el misterio para sí y se dedicó a lo que mejor sabía hacer: negarlo todo, escabullirse y dirigir improperios y bravuconadas contra quienes querían hacerle mal, aunque reservándose dosificar las cesiones a cuentagotas. En definitiva, siguió balanceándose peligrosamente en su cuerda de funambulista, actitud que, en retrospectiva, hace alzar las cejas, ya que después de la guerra el mundo iba a conocer la clamorosa verdad: que en vísperas de la guerra las armas de destrucción masiva no existían y que los gobiernos que realizaron y promovieron la sangrienta invasión engañaron y mintieron a las opiniones públicas de sus países y de todo el mundo.

El 29 de enero, en el discurso sobre el estado de la Unión, Bush proclamó la disposición de su país a emprender contra el régimen de Saddam "cualquier acción" que considerase necesaria con el fin de "defender la libertad y la seguridad de nuestro pueblo, y la paz del mundo". En esta ocasión, el mandatario realizó de pasada una acusación muy grave, que posteriormente iba a revelarse como una mera invención: que Bagdad, según sabía el Gobierno británico, había intentado recientemente procurarse unas "cantidades significativas de uranio de África" (concretamente, de Níger, si bien Bush no citó el país).

Las supuestas pruebas que incriminaban a Saddam fueron expuestas por el secretario de Estado Powell al Consejo de Seguridad el 5 de febrero. Nunca antes Estados Unidos se había tomando tantas molestias en fundamentar sus acusaciones, y el abundante material mostrado, con fotografías de satélite y conversaciones telefónicas escaneadas por los servicios de inteligencia, dieron realmente que pensar, sobre todo lo concerniente a 18 camiones de gran tonelaje habilitados, se insistía, como laboratorios móviles de armas químicas y biológicas. Pero Powell no logró convencer a los tres miembros permanentes del Consejo, Rusia, China y Francia, de que el dictador estaba escamoteando armas y sistemas a la UNMOVIC, y burlándose de la comunidad internacional. Cada vez más impaciente, dos días después Bush espetó directamente a Saddam con un lapidario "the game is over" ("el juego ha terminado").

El 14 de febrero, en vísperas de dos jornadas de masivas manifestaciones populares contra la guerra en todo el mundo, Blix y El Baradei emitieron su segundo informe al Consejo de Seguridad, que era un poco más de lo mismo: se constataba una evolución ligeramente positiva en la cooperación irakí, aunque todavía no se podían sacar conclusiones sobre el desarme. Blix volvió a ser crítico con la parte investigada, pero desestimó como no concluyentes las que para Powell eran las pruebas gráficas incontrovertibles de maniobras irakíes de ocultación de equipos sospechosos en vísperas de determinadas inspecciones por sorpresa. El 26 de febrero Saddam concedió a la cadena CBS la primera entrevista a un medio estadounidense desde 1990; entre otras cosas, aseguró que no tenía intención de exiliarse y ofreció un debate cara a cara y televisado con Bush para rebatir las acusaciones que le hacía.

Luego de la segunda comparecencia de los inspectores las divisiones se acentuaron en el Consejo de Seguridad, perfilándose los tres bloques: los partidarios de emplear la fuerza sin dilación porque creían que la resolución 1.441 ya había sido violada, que eran Estados Unidos, Reino Unido, España y, con menos vehemencia, Bulgaria; los partidarios de seguir dando tiempo a las inspecciones en el convencimiento de que éstas estaban funcionando, a saber, Francia, Alemania, Rusia, China y Siria; y, los que se resistían a definirse en una u otra postura, a la espera de que los cinco grandes se pusieran de acuerdo, es decir, Chile, México, Angola, Camerún, Guinea y Pakistán, los cuales exhibieron diferentes matices de reluctancia y de tibieza.

Las convicciones de fondo se reafirmaron, pero, paradójicamente, las posturas sobre la segunda resolución se invirtieron: ahora era el grupo de países partidarios de la guerra el que quería un pronunciamiento adicional del Consejo haciendo notar que Irak no había "aprovechado la última oportunidad" de la 1.441 y dando paso a la acción militar, mientras que el grupo franco-ruso-alemán salió a rechazar esa eventualidad. Embajadores, altos funcionarios y miembros del Ejecutivo de Estados Unidos, con bien poco éxito, intensificaron las presiones de una agresividad pasmosa a colegas de los países contrarios y vacilantes; la consigna era clara: el Consejo no tenía en sus manos decidir sobre la guerra, sino únicamente si iba secundar o no a Estados Unidos en la misma.

El 7 de marzo, luego de que Bagdad comenzara a aplicar las exigencias de la UNMOVIC de permitir los sobrevuelos de aviones espía puestos a su servicio y de destruir todos los misiles experimentales tierra-tierra Al Samud II por ser sospechosos de sobrepasar los 150 km de alcance, tuvo lugar la tercera comparecencia informativa de los inspectores ante el Consejo. En esta ocasión, El Baradei dijo que había indicación de que Irak tuviera armas ni programas nucleares, mientras que Blix admitió "progresos" en su terreno y solicitó "no años ni semanas, sino meses" para completar su trabajo. De paso, los dos funcionarios no dudaron en refutar puntualmente la veracidad de varias aseveraciones hechas por la administración Bush; el sueco afirmó no tener constancia de la existencia de los laboratorios móviles, y el egipcio calificó de "infundados" los informes sobre el tráfico de uranio entre Irak y Níger.

El mismo 7 de marzo, Estados Unidos, Reino Unido y España presentaron su segundo borrador de nueva resolución (el primer borrador fue divulgado el 24 de febrero) que fijaba a Irak un ultimátum para el desarme antes del 17 de marzo. En la víspera, Bush advirtió que no iba a "dejar al pueblo estadounidense a merced del dictador irakí" y que no necesitaba "el permiso de nadie" para defender a su país de Saddam y "de sus armas". El 10 de marzo el presidente francés Jacques Chirac y el ministro de Exteriores ruso Igor Ivanov aseguraron que sus países vetarían cualquier resolución ultimando a Irak.

El 12 de marzo el Reino Unido, mucho más preocupado que su desdeñoso aliado americano por el punto muerto en que se hallaban las negociaciones diplomáticas, propuso al Consejo aprobar una lista de exigencias a Irak, a modo de tercer borrador de resolución, para esquivar la salida bélica; se insistía en el desarme completo y verificado, y se incluía una obligación específica para Saddam harto peregrina, a la que ningún jefe de Estado del mundo se plegaría por lógicas razones de honor nacional y de legitimidad personal: que ante las cámaras y micrófonos de su país confesara al mundo "haber tratado de esconder en el pasado armas de destrucción masiva" y anunciara haber "tomado la decisión estratégica" de no volver a producirlas. La propuesta de Blair nació muerta, pero el desenlace de la crisis ya era inminente.

13. Fracaso de la diplomacia de la ONU e invasión de Estados Unidos
El grupo de Estados Unidos tenía sólo cuatro votos y necesitaba como mínimo cinco más para sacar adelante la segunda resolución, y eso siempre que no aplicara el veto cualquiera de los tres miembros permanentes refractarios a la guerra, aunque, precisamente, confiaba en que ni franceses ni rusos se atreverían a ejercer este su derecho a la hora de la verdad.

Viendo que eran incapaces de atraerse a uno solo de los seis países diletantes para votar en favor del ultimátum (al menos, de obtener de ellos una definición pública de su postura favorable), Estados Unidos, Reino Unido y España decidieron terminar con sus esfuerzos y seguir adelante sin la ONU, a la vez que se exoneraban de toda responsabilidad en el clamoroso fracaso y adjudicaban éste al otro bando, con Francia a la cabeza, por su terquedad. Stricto sensu, más en un asunto tan grave como la invasión a gran escala de un Estado miembro y la pretensión de derrocar a su Gobierno, el camino emprendido por estos tres países suponía un acto unilateral que violaba la legalidad internacional emanada del derecho de la ONU.

El 16 de marzo Bush, Blair y el presidente del Gobierno español, José María Aznar, comparecieron ante la expectante comunidad internacional en Lajes, islas Azores, en un encuentro decisivo que un sector de la prensa dio en llamar la "cumbre de la guerra" y que tuvo de anfitrión al primer ministro portugués, José Manuel Durão Barroso.

Con el semblante tenso pero decidido, los dirigentes dieron parte de una declaración llamada El compromiso con la solidaridad transatlántica y pronunciaron alocuciones personales en las que hicieron capítulo de los incumplimientos y desafueros de Saddam, explicaron sus razones para lanzar el ataque, que, armas prohibidas aparte, se proponía directamente acabar con el régimen baazista ("el pueblo irakí merece quedar libre de la inseguridad y la tiranía"), y dieron por suficientes la 1.441 "y las resoluciones anteriores", a efectos jurídicos. Además, lanzaron un plazo de 24 horas para que la diplomacia de la ONU resolviera la crisis, lo cual más pareció un ultimátum a los países del Consejo de Seguridad ausentes de la Cumbre Atlántica de Lajes. En las horas y días siguientes, 30 gobiernos del mundo aceptaron ser citados como integrantes de la coalición internacional abanderada por Estados Unidos.

En ese momento, la coalición aliada tenía acampados en Kuwait, Qatar, Bahrein, Omán, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, y abordo de portaaviones y otros buques apostados en las aguas del Golfo, el océano Índico, el mar Rojo y el Mediterráneo alrededor de 260.000 soldados, pilotos y marinos, de los cuales 35.000 eran británicos y 2.000 australianos, siendo el resto estadounidenses, y varios miles más estaban en camino. España se disponía a embarcar a un millar de hombres en misión no de combate y Polonia estaba en trance de despachar unas cuantas decenas de comandos para operaciones especiales.

La superpotencia americana tenía en la zona cinco portaaviones, tres en el mar Arábigo y dos en el Mediterráneo oriental, aportando un millar de aeronaves. Además, contaba con la flota de bombarderos asentados en bases nacionales, europeas y en la isla británica de Diego García, en mitad del Índico. Nuevas generaciones de armamento ofensivo de elevada precisión y enorme poder destructivo, sobre todo en la guerra aérea, habían entrado en servicio desde la contienda de 1991.

A este temible aparato bélico, que aunaba ventajas cuantitativas y una supremacía tecnológica apabullante, Saddam oponía los malamente armados 350.000 soldados en activo del Ejército regular, y por lo menos medio millón más de teóricos reservistas, aunque de su efectividad para el combate se dudaba mucho más que la atribuida a los 80.000 efectivos de la Guardia Republicana, encuadrados en seis divisiones (Adnán, Al Nida, Bagdad, Hammurabi, Medina y Nabuconodosor), algunas de ellas acorazadas.

Por lo que se refiere a las fuerzas en la retaguardia, estaban los 13.000 miembros de la Guardia Republicana Especial a las órdenes de Qusay, que, por adiestramiento, motivación y pertrechos, se antojaba, eran los únicos capaces de plantear algún tipo de defensa ordenada en la capital, más una pléyade de fuerzas paramilitares que el régimen podía reclutar como tropas auxiliares para el combate callejero y acciones de tipo partisano: los 15.000 Fedayin Saddam de Uday, los 150.000 hombres y mujeres alistados en el Ejército Popular o Jaish Al Shaabi, la milicia del Baaz, y los 25.000 o 30.000 funcionarios armados (el número era incierto) pertenecientes a los distintos cuerpos de seguridad.

En cuanto a los arsenales, estudios militares occidentales hablaron de 2.200 carros de combate, 1.900 piezas artilleras y 1.500 misiles tierra-aire y tierra-tierra, aunque estaba por ver cuantas de estas obsoletas unidades estaban operativas o eran capaces de infligir algún daño, después de doce años sin el necesario mantenimiento técnico. Y, por supuesto, a Saddam le quedaban las armas químicas y biológicas que supuestamente escondía, aunque algunos analistas arguyeron que si fuera cierto que estas armas existían y estaban listas para ser empleadas, Bush y Blair se habrían guardado de exponer a sus tropas a campo abierto.

El mismo día de la cumbre de Azores, Saddam dividió el país en cuatro regiones militares a cuyo frente puso a sendos comandantes con plenos poderes: la Central, incluyendo Bagdad, las zonas de mayoría sunní y Tikrit, para su hijo Qusay; la del Sur, de mayoría shií, para el primo Alí Hassán al-Majid; la del Norte, de mayoría kurda, para el vicepresidente Izzat; y la de Éufrates Central, en el despoblado oeste irakí, para Mizbán Khadr Hadi, miembro del CMR y del Mando Regional del Baaz. Saddam se reservó para sí el control de la fuerza aérea (que, como en 1991, no parecía que fuera a hacer acto de presencia), la defensa antiaérea y las unidades de misiles.

El 17 de marzo Estados Unidos y sus aliados retiraron su proyecto de segunda resolución minutos antes de reunirse el Consejo de Seguridad, Annan ordenó la salida de Irak de todo el personal de la ONU, inclusive los inspectores de la UNMOVIC y los monitores de la UNIKOM que vigilaban la Zona Desmilitarizada (DMZ) extendida a lo largo de la frontera (5 km dentro de Kuwait y otros 10 km dentro de Irak), y Saddam se descolgó con una declaración reconociendo haber tenido armas de destrucción masiva durante la guerra con Irán, pero no desde entonces.

A las 8 de la tarde del lunes 17 de marzo, siendo las 4 de la madrugada del martes 18 en Irak, Bush lanzó el ultimátum: Saddam, junto con sus hijos, tenía 48 horas para exiliarse y permitir la "entrada pacífica" de las tropas de la coalición, so pena de convertirse en un "enemigo mortal hasta el final" contra el que se desencadenaría un "conflicto militar". Para Bush, el "día de la liberación" de Irak estaba "cercano". Por la mañana, Saddam, enfundado en su uniforme militar por primera vez desde la guerra de 1991, hizo saber su respuesta negativa, al tiempo que Uday les vaticinaba "lágrimas de sangre" a las esposas y las madres de los soldados norteamericanos. El miércoles 19 la avanzadilla de la tropa de invasión penetró en la DMZ.

Expirado el ultimátum a las 20 horas del 19 en el horario de Washington, la bautizada como Operación Libertad Irakí (Iraqi Freedom) comenzó exactamente 95 minutos más tarde, a las 5,35 de la madrugada del jueves 20 en el horario de Bagdad, con un bombardeo de misiles de crucero mar-tierra y de aviación contra objetivos seleccionados en la capital, puntos neurálgicos del poder militar irakí, sobre todo centros de comunicaciones y mando. Menos de una hora después, Bush compareció para anunciar a sus gobernados que había empezado una guerra que "podría ser más larga y difícil" de lo que algunos predecían, aunque ésta no iba a ser una campaña en que las medidas se tomaran "a medias", y para recalcar que ellos no tenían otra ambición en Irak que "eliminar una amenaza y restaurar el control del país por su propio pueblo".

14. Desarrollo de la ofensiva, conquista de Bagdad y derrocamiento del régimen
Para Saddam empezó la partida postrera, y no cabe duda de que concedió total crédito a los machacones avisos de Bush y su equipo de que esta vez, costase lo que costase, no iban a parar hasta acabar con él. Es lo que se desprende de unas informaciones divulgadas por medios de Estados Unidos meses más tarde sobre que el dictador habría realizado en vísperas de la invasión febriles intentos de negociar lo innegociable con la CIA y el Pentágono a través de un hombre de negocios libanés.

Puesto que los ataques y la destrucción se cebaron a su alrededor desde el primer momento, Saddam, simplemente, se eclipsó, cubriendo con un manto de misterio virtualmente todo aquello en lo que el pueblo irakí se la jugaba: la estrategia militar, la cadena de mando, las tácticas de supervivencia a largo plazo y las intenciones inmediatas para con respecto a él, su gente más próxima, su ejército, su partido, su régimen y el país entero. Aparentemente, Saddam intentaría resistir el embate hasta que la presión política internacional y la opinión pública occidental, sobre todo la de Estados Unidos y el Reino Unido, cansada de una guerra alargada y de un número inaceptablemente alto de bajas, tanto de los soldados propios como de los civiles irakíes, obligaran a Bush y a Blair ordenar la retirada. Pero estaba por ver cómo podría el dictador salir airoso en semejante apuesta.

Se reprodujeron pautas de la contienda de 1991 relacionadas con la guerra psicológica y la propaganda, como el lanzamiento (inocuo) de unos pocos misiles Scud contra suelo kuwaití, la exhibición de prisioneros de guerra capturados, y la difusión de imágenes de soldados enemigos abatidos, de algún helicóptero derribado y de los estragos que estaban produciendo los bombardeos supuestamente quirúrgicos en núcleos habitados, amén de equívocas y fugaces filmaciones del líder supremo presidiendo consejos de su estado mayor o dirigiendo animosos mensajes a la nación con profusión de invocaciones a Alá.

También, y en esta ocasión explotándolo hasta la caricatura, el Gobierno irakí, al que puso rostro principal el ex ministro de Exteriores y ahora ministro de Información, Muhammad Said as-Sahhaf (el cual, por el desparpajo con que realizó su cometido, se convirtió en toda una estrella de las televisiones), facilitó triunfales partes de guerra que hablaban del rechazo del enemigo con severas bajas infligidas incluso cuando, a escasas horas de derrumbarse todo, los tanques de Estados Unidos se enseñoreaban ya de las avenidas de la capital. Claro que los medios de información adictos y oficiales de las potencias atacantes no se quedaron cortos en esta frenética competición por manipular y tergiversar la verdad de la guerra en favor de uno u otro bando.

El régimen saddamista, como no podía ser de otra manera, sucumbió a la Operación Libertad Irakí al cabo de 21 días de furor bélico que, aunque no fue precisamente un paseo militar para Estados Unidos y el Reino Unido, sí mostró a las claras el aplastante desequilibrio de las fuerzas enfrentadas, principalmente en el lado cualitativo, y el bien poco interés mostrado por la tropa regular irakí, mal alimentada y peor armada, en llevar a la práctica el conocido juramento, salmodiado por los asistentes en todos los actos de adhesión coreografiados por el Baaz, de "Por ti sacrificaremos nuestra sangre y nuestras almas, Saddam".

Ciertamente que, en las presentes circunstancias, salir a plantar cara a los invasores foráneos a campo descubierto era poco menos que buscar el suicidio, a menos que existiera y se llevara hasta sus últimas consecuencias la lealtad ideológica al régimen, cuya desaparición sólo podría deparar a quienes le habían servido con eficiencia represiva la hora de la rendición de cuentas y la revancha de los represaliados. El patriotismo movilizador desprovisto de simpatías baazistas no parece que conquistara muchas mentes, hartas de guerras, de penurias y de persecuciones políticas. Por lo demás, tal como habían advertido los detractores de la guerra en todo el mundo, las consecuencias fueron trágicas para el pueblo irakí, que pagó un tributo de miles de muertos, y eso sin contar con la orgía de violencia que iba abatirse sobre el país bajo el régimen de ocupación extranjero.

Ya el primer día de la guerra, por la noche, inmediatamente después de sufrir Bagdad una segunda oleada de bombardeos y precedida por la batida del terreno con fuego de artillería pesada y de helicópteros, comenzó la invasión terrestre a cargo de 150.000 soldados estadounidenses y británicos, que abrieron dos frentes.

La primera punta de lanza, compuesta por elementos de la I División Acorazada, la VII Brigada Acorazada (las Ratas del Desierto), la XVI Brigada de Asalto Aéreo y los Royal Marines por parte del Reino Unido, más la I Fuerza Expedicionaria de Marines de Estados Unidos, tenía como misión la captura inmediata de la franja costera, el Chatt Al Arab y los campos petroleros de Rumaila, Zubayr y Nahr Umr en torno a Basora; el otro cuerpo ofensivo, consistente en la III División de Infantería Mecanizada y la CI División Aerotransportada de Estados Unidos, comenzó una galopada hacia Bagdad dejando el río Éufrates a la derecha y sin la intención de detenerse en la conquista metódica de las ciudades intermedias.

En el frente del extremo sur, donde no estaban destacadas divisiones de la Guardia Republicana, la resistencia fue liviana, pero el mero hecho de que la hubiera echó por tierra algunos pronósticos triunfalistas sobre una rendición en masa de los irakíes a la primera arremetida aliada. Los británicos capturaron la península de Al Fao el segundo día y los norteamericanos hicieron lo propio con el campo de Rumaila y la ciudad de Safwán el tercer día, aunque el puerto de Umm Qasr no lo tuvieron enteramente controlado hasta el sexto día, 25 de marzo.

Además, la gran ciudad de Basora, pese a los duros bombardeos a que fue sometida y a las contradictorias informaciones sobre alzamientos de población shií contra los milicianos baazistas y los soldados regulares, insurrección que debería facilitar la entrada de los aliados y poner fin a una situación humanitaria insostenible, constituyó un obstáculo durante 18 días. Los británicos se quedaron a terminar de conquistar la provincia, pero los marines norteamericanos remontaron el Chatt Al Arab y se encaminaron a Bagdad por la zona pantanosa comprendida entre el Tigris y el Éufrates.

Paralelamente, en el frente principal al oeste del Éufrates, la III División topó con una resistencia inesperada en Nasiriyah, Najaf y Karbala, ciudades que distrajeron un importante número de efectivos aunque no al grueso de la columna, que les dio un rodeo y continuó hacia el noroeste. Sin embargo, las pésimas condiciones ambientales en el desierto, el alargamiento de las líneas de suministro deficientemente protegidas por los blindados y el hostigamiento de unidades irakíes con resolución combativa y tácticas de emboscada ralentizaron notablemente el avance de la III División hacia el día 25, cuando su vanguardia ya estaba a menos de 100 km de Bagdad.

Ello, más la no concreción de la revuelta de los shiíes del sur -quienes, aparentemente escarmentados de su desastroso alzamiento posbélico de 1991, prefirieron no intervenir y esperar el final de la guerra- y el veto de Turquía a la apertura del tercer frente terrestre en el Kurdistán -planeado para cortar la posible retirada de Saddam y sus huestes hacia sus bastiones sunníes del norte y sellar el cerco de Bagdad-, alimentó análisis militares sombríos sobre una penosa guerra de desgaste que podría durar meses, e incluso lo que el 20 de marzo se antojaba inconcebible, que la campaña fuera perdida por Estados Unidos. Y es que, si en el sur shií tropas irakíes pobremente armadas estaban frenando el avance aliado y causando bajas, qué podría suceder en el centro-norte sunní, donde había muchos paisanos y tribus saddamistas, y en el gran Bagdad, custodiado por las divisiones de la Guardia Republicana, la Guardia Republicana Especial y decenas de miles de fedayines y milicianos en armas?.

No había indicios de un próximo colapso de las fuerzas de Saddam (en el duodécimo día de la guerra los aliados reconocieron no tener más que 8.000 prisioneros, la mayoría rendidos voluntariamente), y Bush y Rumsfeld, por obvias razones de política interna, tampoco querían que los caídos propios dejaran de contarse por decenas y se convirtieran en centenares, extremo probable si el Pentágono ordenaba tomar las ciudades dejadas atrás en asaltos frontales. Para anular el escenario que Saddam parecía acariciar, el de plantar la batalla decisiva en Bagdad y arrastrar a los invasores a un sangriento combate urbano (sabido el escaso aprecio que Saddam tenía por la vida de sus gobernados, todo el mundo le creía perfectamente capaz de usar a los cinco millones de bagdadíes como barricada), Rumsfeld confiaba en la imposición de la supremacía cualitativa y sobre todo en el dominio absoluto del aire, a través de bombardeos sistemáticos e inmisericordes de las posiciones enemigas.

La estrategia, gráficamente bautizada como conmoción y pavor (shock and awe), se cebó en Bagdad y sus alrededores desde el segundo día de la guerra -si bien todas las grandes ciudades fueron atacadas desde el aire-, dejando un rosario de matanzas de civiles; perseguía machacar los dos anillos defensivos de la ciudad, romper la voluntad de combatir que pudiera albergar la Guardia Republicana y cazar a Saddam y los altos prebostes en sus refugios, para descabezar el régimen y desarticular la cadena de órdenes. Se tenía por seguro que la tropa, en cuanto se enterara de que Saddam había sido muerto o apresado, depondría toda resistencia en el acto.

El presidente se cuidó de dosificar las comparecencias televisivas para desmentir las conjeturas del Ejército estadounidense y demostrar que había conseguido escapar ileso de los misiles teledirigidos que llevaban su nombre escrito con tiza; así lo hizo en las primeras horas de la guerra, cuando aseguró que iban a enfrentarse a los invasores "con la ayuda de Dios" y a obligarles a "perder la paciencia y la esperanza de lograr lo que les impusieron los sionistas criminales".

Hasta el desenlace del 9 de abril, Saddam dio señales de vida en otras siete ocasiones: el 21 de marzo se mostró recibiendo a Qusay y al ministro de Defensa, Mahmud Dhiyab al-Ahmad; el 22 de marzo apareció presidiendo una reunión de la cúpula con una escenificación de relajo y de tener todo bajo control; el 24 de marzo emitió un segundo discurso en el que avizoró "una pronta victoria" y afirmó que "quien resiste, vencerá"; el 31 de marzo encabezó otro consejo de su estado mayor, flanqueado esta vez por sus dos hijos y horas antes de que el Gobierno divulgara un mensaje suyo llamando a la jihad del mundo musulmán; el 3 de abril apareció celebrando una reunión con oficiales del Baaz; y el 4 de abril hizo presencia por partida doble: discurseando de nuevo a la nación y realizando una visita "sorpresa" de inspección en un barrio bombardeado en la que, luciendo una sonrisa de oreja a oreja y con ademanes victoriosos, se puso a estrechar las manos a unos cuantos hombres vestidos de civil que acudían a vitorearle, un baño de contacto físico que pareció tanto más extraño cuanto que en las imágenes no se apreciaba un cordón de seguridad más allá de dos o tres guardaespaldas.

Todo este intrigante material levantó dudas entre los oficiales de Estados Unidos que lo escrutaron: a falta de referencias temporales en los mensajes o del audio en algunas imágenes, se especuló con que se trataran de grabaciones realizadas antes de la guerra. Si se aceptaba que eran emisiones del momento, se desconocía dónde habían sido hechas, lo que no arrojaba pista alguna sobre la localización de su protagonista, quien, de todas formas, parecía seguro que seguía en Bagdad. Incluso se habló de la entrada en juego de los famosos sosías del dictador.

El 31 de marzo se registró en las proximidades de Najaf el primer enfrentamiento directo entre la III División y la Guardia Republicana, y a los irakíes debió irles francamente mal. Al día siguiente los marines tomaron la tercera ciudad importante después de Umm Qasr y Safwán, Diwaniyah, al este de Najaf. Entre tanto, progresaba lentamente el frente secundario del Kurdistán, abierto el 25 de marzo con el lanzamiento de comandos de operaciones especiales y de paracaidistas de la LXXXII División Aerotransportada, los cuales facilitaron el avance hacia las ciudades del sur de los combatientes de la UPK.

El 2 de abril se produjo la ruptura del impasse bélico, por vía doble: la III División consiguió atravesar el segundo anillo defensivo de Bagdad, dejó Karbala a sus espaldas y cruzó un canal sobre el Éufrates al nordeste, en Musayyib, situándose a 30 km de la capital, mientras que la I Fuerza de Marines, tras anular a la Guardia Republicana salida a su encuentro en Kut, tomó un puente crucial sobre el Tigris en Numaniyah, al oeste de aquella ciudad, que abría el acceso por carretera a la capital; todo en un día, tropas de la CI División entraban en Najaf, donde fueron bien acogidas por la población.

A partir de este momento, las operaciones se aceleraron: el 3 de abril la CI División completó su control sobre Najaf, conquistó Hindiyah, la conexión fluvial de Karbala, quebró el primer anillo de seguridad de Bagdad y se situó en condiciones de tomar el aeropuerto internacional, a la par que en su sector los marines reducían la bolsa de resistencia de Hillah; el 4, al cabo de una batalla de tanques, los estadounidenses se hicieron con el aeropuerto de Bagdad, y el cerco al perímetro metropolitano por las direcciones sudeste, sur y sudoeste comenzó a tomar forma; el 5 cayó Nasiriyah en el sur y una brigada blindada de la III División realizó una destructiva incursión en el interior de Bagdad antes de girar a la izquierda y retirarse al aeropuerto, que fue acondicionado a toda velocidad para empezar a recibir aviones; el 6 la CI División entró en Karbala y los británicos se adueñaron del centro de Basora, la cual controlaron totalmente al día siguiente.

La impune penetración de tanteo del 5 de abril reveló que las defensas urbanas de Bagdad eran muy débiles y animó al mando estadounidense a lanzar la arremetida final, despreciando las advertencias del régimen sobre que "miles de voluntarios árabes" se habían incorporado a la defensa de la capital y que ellos, al igual que los fedayines de Uday, estaban listos para lanzarse cargados de explosivos contra los soldados y los vehículos norteamericanos, multiplicando por cien el puñado de ataques suicidas registrado hasta el momento. En la víspera, el ministro Said as-Sahhaf anunció un "ataque no convencional" contra las tropas americanas que se hallaban "aisladas" en el aeropuerto internacional y del cual éstas no podrían "sobrevivir" a menos que aceptaran la "rendición".

Nada de todo eso sucedió. De la noche a la mañana, las divisiones de la Guardia Republicana, o lo que quedaba de ellas, de desvanecieron. La aguerrida Guardia Republicana Especial a las órdenes de Qusay, oficialmente intacta, prácticamente no hizo acto de presencia. Y la ausencia fue verdaderamente total en el caso de las armas de destrucción masiva que Saddam supuestamente poseía y que eran el principal motivo oficial de la guerra, armas que el dictador, puesto en una lógica de morir matando porque lo más consolador que podía esperar del enemigo era la capitulación incondicional, el apresamiento y la cárcel de por vida, bien podría haber lanzado contra las concentraciones de tropas americanas, con horribles consecuencias para todo el mundo. En resumidas cuentas, la temida batalla de Bagdad no tuvo lugar más allá de escaramuzas y algunos combates de mediana entidad y menor duración, por la posesión de determinados puntos neurálgicos, como los puentes fluviales y los accesos a las autopistas.

El 7 de abril la III División lanzó una segunda incursión, esta vez dirigida contra el corazón de la ciudad, y sus infantes se hicieron con varios edificios oficiales, entre ellos el imponente Palacio de la República, que era el principal complejo de dependencias relacionado con Saddam, en la llamada zona presidencial, levantada en un recodo del Tigris. El 8 de abril los norteamericanos expandieron su control en los distritos residenciales, establecieron una cabeza de puente sobre el río en pleno barrio de los ministerios y tomaron también el aeródromo militar Rashid, al sudeste. El régimen político establecido en 1968 y dirigido con carácter absoluto por Saddam desde 1979 vivía sus últimas horas.

El miércoles, 9 de abril de 2003 toda resistencia coherente en Bagdad se desmoronó y el Ejército estadounidense, avanzando desde tres direcciones, se desplegó en los puntos del centro y en los distritos del noroeste de la ciudad que les faltaban por tomar. Los marines y sus tanques se presentaron en los hoteles Palestine y Sheraton, que acogían a la prensa internacional, y en la aledaña plaza Fardous, en la orilla este del río, donde se erigía una imponente estatua de Saddam saludando con el brazo en alto inaugurada hacía menos de un año con motivo de su 65 aniversario.

Los televidentes de todo el mundo presenciaron en directo unas impactantes escenas llenas de carga simbólica y donde se confundieron lo espontáneo y lo preparado. Tímidamente primero, más decididamente después, corrillos de hombres bagdadíes fueron congregándose bajo el compacto monumento con el propósito de derribarlo con métodos rudimentarios que fueron improvisando (a golpes de maza y tirando de sogas). Ante lo vano de sus esfuerzos, se acercaron los soldados norteamericanos con una grúa de su parque móvil que, haciendo estallar de alegría a la concurrencia, sí logró echar abajo la estatua al primer tirón, pero no sin que antes uno de los marines encapuchara la cabeza de Saddam con la bandera de las barras y estrellas para acto seguido sustituirla por una enseña irakí a requerimiento de los excitados participantes en el telegénico acto.

(Cobertura informativa: hasta el 9 de abril de 2003)
En la actualidad, Julio del 2006, Saddam está siendo juzgado por el gobierno títere de los Estados Unidos, por diversos crímenes. Es probable que sea condenado a muerte. No obstante su final es incierto. Irak está prácticamente inmerso en una guerra civil y Estados Unidos absolutamente empantanado allí desde el punto de vista militar, en medio de una creciente impopularidad internacional.

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