|
|
|
Nace en Braunau
(Austria) el 20 de abril de 1889 en el seno de una familia de clase
media.
Su padre fue Alois Hitler, un funcionario de aduanas aficionado al
alcohol y
Hitler se inspira en su ídolo Mussolini y copia no sólo sus ideas sino también sus organizaciones partidarias y políticas. Inspirándose en las camisas negras de Mussolini, crea sus camisas pardas y sus SS, en vez de Duce se hace llamar Fuhrer, pero en lo único que no puede imitarlo es en su apariencia física. A pesar de usar hombreras artificiales y botas hasta las rodillas, su físico escuálido contrasta con la figura robusta del Duce; su cuerpo pálido y lampiño conforma un aspecto afeminado que contrasta con la virilidad de Mussolini, quien por el contrario ama hacerse fotografiar con el torso desnudo o haciendo footing en la playa; su ridículo bigote lo asemeja a Chaplin mientras el Duce con su mentón prominente, su boca provocadora y un cráneo romano perfecto se asemeja a un César. El único fuerte de Hitler son sus ojos azules que parecen poseer, a juzgar por la cantidad de testimonios, de una rara capacidad hipnótica. Hombres de gran personalidad como Goering, una vez delante de Hitler terminaban contando las baldosas del piso, tanto era el temor que inspiraba ese hombrecito. Observándolo en los documentales, con sus movimientos torpes y su sombrero de cartero, cuesta entender la autoridad que irradió entre sus subordinados y la devoción que despertó en su pueblo. Fue, sin embargo, un excepcional orador con una voz de timbre mesiánico, su rostro se desfiguraba, las venas de su cuerpo se hinchaban y su apariencia se asemejaba mucho a la de un Cristo sediento de venganza. El éxtasis que provocaba en el público ni siquiera es comparable con las ensordecedoras ovaciones que recibía Mussolini. Mientras el Duce, actor nato, conquistaba a su público con sus gestos ampulosos y exagerados, que provocaban un diálogo cómplice con su auditorio, la relación de Hitler con las masas estaba envuelta en una atmósfera religiosa. Por último, la propaganda fascista no escondía al gran público las aventuras sexuales de Mussolini en un pueblo donde la infidelidad conyugal está íntimamente relacionada con la virilidad del hombre. En Alemania, en cambio, Hitler era visto como un asceta y su relación con Eva Braun (si es que realmente existió algún tipo de contacto) se mantuvo en el más absoluto secreto hasta el final de la guerra.
La relación de Adolf Hitler con Eva Braun se utilizó durante la
posguerra para desacreditar su imagen de asceta y de hombre
plenamente consagrado a su patria tal como lo presentaba la
propaganda nazi. Dado que sus críticos no pudieron derribar su mito
de soldado valiente durante la gran guerra ni encontraron pruebas de
actos de corrupción por su parte
(lo mismo sucedió con Mussolini), escarbaron su vida privada
subrayando hasta la exageración sus relaciones amorosos, en donde
no faltan opiniones acerca de un sadomasoquismo e incluso de
supuestas relaciones homosexuales.
Por el testimonio de la gente que estuvo a su lado en distintas
etapas de su vida, Hitler solamente amó a una mujer, aparte de su
madre, que fue su medio sobrina Geli Raubal, quién tuvo un trágico
final suicidándose en 1931. Está demostrado que Hitler nunca sintió nada por Eva Braun (ella en cambio sí lo amaba) y si aceptó tenerla cerca de su entorno fue más por compasión o comodidad que por algún rasgo de cariño. Los repetidos intentos de suicidio de Eva Braun (En la foto de la derecha) estaban destinados a que Hitler fijara su atención en ella e incluso antes de morir Hitler le regala una boda de casamiento en reconocimiento a su lealtad y no por amor. Textualmente escribe Hitler: “Durante mis años de lucha consideré que no debía contraer matrimonio pero ahora que mi vida llega a su fin, he decidido tomar por esposa a la mujer que aún sabiendo que Berlín se hallaba rodeada vino para morir al lado del hombre que amaba”.De su parte, no hay ni una palabra de amor o de afecto, sólo un reconocimiento de lealtad. Su desinterés por los afectos se hizo abarcativo a su propia familia, hermanos y sobrinos a quienes nunca veía y no porque tuviera una mala relación con ellos. En ese sentido era muy parecido a Stalin y vivía dedicado a Alemania las 24 horas del día. Alemania fue la obsesión de toda su vida y la confundía con su madre. Su desprendimiento por lo material era absoluto y las cuantiosas ganancias que obtuvo por la venta de su libro “Mi Lucha” las donó a las arcas de su partido. Stalin, Hitler y en menor medida Mussolini fueron fanáticos de una idea nacionalista y se desvivieron por ella. Mandaron al frente a morir a cientos de miles de soldados, pero antes ellos habían luchado con valor en las trincheras. Si se quiere, tenían una autoridad moral en ese sentido. Luchaban contra la corrupción de sus gobiernos dando el ejemplo de honestidad personal como primera medida. Cuando durante la guerra los alemanes tomaron de prisionero a su hijo, Stalin se negó a negociarlo por un general alemán. Mussolini perdió en la guerra a su hijo Bruno, el más parecido a su padre en carácter, mientras piloteaba un avión. Esta faz de los dictadores no los hace mejor personas pero permite evaluar la historia con objetividad. Si no es imposible entender como seres tan perversos pudieron generar en vida tantas adhesiones. En la historia del hombre todo tiene una lógica en la medida en que se señalan los hechos en su conjunto sin ocultar o alterar la verdad de lo ocurrido. |
|
|
La intervención de su otro aliado, Japón, tuvo consecuencias no menos letales para Alemania. En vez de atacar a los rusos desde Siberia, como pretendía Hitler, los japoneses atacaron sorpresivamente la base americana de Pearl Harbor en diciembre de 1941, justo en el momento en que los alemanes más necesitaban de la ayuda japonesa. La acción japonesa sólo sirvió para abrir otro frente de batalla y lo que es peor despertaron a un gigante dormido como Estados Unidos que hasta ese momento se había mantenido neutral. Hitler debe haber experimentado la misma sensación que tuvo cuando se enteró del ataque italiano a Grecia. Hay que decir a favor de los japoneses que ellos no querían servir a una Alemania que más tarde se les vendría encima. Los mismos miedos de Mussolini con respecto a los planes futuros de Alemania los encontramos en los japoneses que prefieren iniciar una guerra paralela en el Pacífico mientras Alemania se desangraba en su lucha contra la Unión Soviética. Esto demuestra que el Eje fue cualquier cosa menos una alianza militar y que sus integrantes desconfiaban unos de otros. Los resultados están a la vista. Finalmente el 30 de abril de 1945, con los rusos a las puertas de Berlín, un Hitler físicamente devastado por los más variados achaques, se pega un tiro y ordena ser cremado para impedir que su cadáver tuviera el mismo fin que el de Mussolini. El 8 de mayo Alemania capitulaba en una conmovedora prueba de lealtad hacia su Fuhrer. Hasta que no se difundió la noticia de su muerte, los alemanes (niños, ancianos y mujeres) siguieron peleando por un país devastado con un fanatismo similar al de los japoneses. |
|
AVIZORA |