Su fuerza de escritor estaba en el artículo periodístico, en
el feuilleton, que se cultivó mucho en la gran prensa
vienesa. Viajando por varios países europeos, vino Herzl, en 1891, a España,
desde donde enviaba a su periódico interesantes crónicas sobre la vida
política y cultural española bajo la Regencia. En Madrid le sorprendió el
nombramiento de corresponsal del Neue Freie Presse en París.
Cinco años, de 1891 a 1896, permaneció Herzl en la capital de Francia
informando a sus lectores sobre la política francesa. Sus crónicas de
corresponsal y otros artículos periodísticos, publicados después en libros,
Gesammelte Feuilletons (3 vols, Berlín, 1911) y Das Palais Bourbon (Leipzig,
1895) dan testimonio del ojo penetrante y de la agilidad de Herzl como
observador político. La estancia en París no sólo consagró a Herzl como
periodista, pues en 1896 fue llamado a Viena para encargarse de la dirección
de la sección literaria de Neue Freie Presse, que llevó hasta su muerte,
sino que aquellos años fueron decisivos para su actividad política. él mismo
anotó en su Diario que el problema judío le interesaba desde siempre, lo
cual no le impidió ser miembro activo de la asociación de los estudiantes
nacionalistas alemanes "Albia".
El quería pasar por totalmente asimilado al ambiente, pero siempre tuvo que
sentir que pertenecía a un pueblo odiado y perseguido. Siendo alumno de
Enseñanza Media, hubo de cambiar de Instituto a causa de las arrogancias de
un profesor, y, más tarde, en la Universidad, se estremeció al enterarse de
los sangrientos pogroms que se habían producido en Rusia contra los judíos,
en los años 1881 y 1882.
Cuando Georg Schönerer acentuó el antisemitismo como parte integrante de su
programa pangermano, Herzl salió de la asociación "Albia". Pero el
famoso proceso
Dreyfus,
del que fue en París testigo ocular, presenciando todas las peripecias del
affaire en la vida francesa, le hizo ver y comprender lo trágico del eterno
problema judío. Este proceso fue para Herzl la revelación del judaísmo y del
antisemitismo, constituyendo el punto de partida que había de emprender en
defensa de los derechos de sus correligionarios. Le hirió más que nada el
hecho de que tales explosiones de antisemitismo hubieran podido producirse
precisamente en Francia, patria de los derechos del hombre. Antes creía que
con la elevación espiritual podrían superarse todos los prejuicios
antijudíos, considerando el antisemitismo posible sólo en los medios
atrasados y pobres, pero después se convenció de que ni el progreso en las
ciencias y en la técnica ni el elevado nivel de la civilización eran capaces
de impedir tales retrocesos antidemocráticos.
Sabe que el antisemitismo no es un fenómeno pasajero, sino la consecuencia
de la anormal situación de los judíos en el mundo. Por eso dice: "No nos
dejemos abatir por el odio que nos rodea. Somos un pueblo y contamos
millones. El mundo no puede desinteresarse de nosotros si tomamos nuestra
suerte en las propias manos. Ya que somos perseguidos y se nos aparta de los
demás, trabajemos para lograr una existencia nacional, libre y normal.
Proclamemos en voz alta que queremos un Estado judío, y creemos el
movimiento que lo realice". Con esto nació el sionismo como un movimiento
político.
También antes existía una vaga idea sionista, llena de misticismo, pero
lejos de un programa político y soluciones prácticas. Herzl, al concebir la
idea de un Estado nacional para los judíos, todavía no conocía otros planes
para la emancipación judía, como tampoco sabía algo de la organización "Joveve
Zion" que, en consecuencia de los feroces
pogroms
de 1882, organizó el cirujano Jehudah Leib Pinsker, en Odesa en 1885.
Pinsker también propagaba una solución nacional del problema judío,
sugiriendo igualmente la colonización del exceso de la población judía en
los países de persecución en Palestina, pero por medio de infiltración, y
sin pedir un territorio propio.
Como se puede deducir de su Diario, Herzl,
aun antes, había buscado soluciones al problema
judío.
Ya en 1878 pensó en el regreso de las masas judías a Palestina.
Posteriormente se le ocurrió la idea de conversión de las masas hebreas al
catolicismo con el fin de protegerlas de las persecuciones y asegurarles paz
y una tranquila convivencia de las futuras generaciones. Herzl, por aquel
entonces, no era hombre de acción, y en este sentido no se hizo nada. Sin
embargo, los círculos liberales y judíos de Viena rogaron, por mediación del
cardenal Schönborn, al Papa León XIII que amonestara al grupo de antisemitas
austriacos. Pero a partir del proceso de Dreyfus, Herzl se consagra con
todas sus energías a la acción y a la realización de su idea. Primero buscó
colaboradores entre los rabinos e intelectuales y pidió la ayuda económica
de los grandes capitalistas y filántropos judíos, pero tuvo poca suerte. De
los intelectuales se adhirieron a su movimiento desde el primer momento dos
grandes escritores judíos: Max Nordau de Alemania, y Zangwill (Israel) de
Inglaterra.
El gran rabino de Viena, Güdeman, que en un principio siguió con simpatía su
labor, se convirtió más tarde en su gran enemigo. Siguieron su ejemplo
muchos rabinos de Alemania, llamados "Protestrabbiner".
Los barones judíos Hirsch y Edmond de Rothschild sostenían sus propias obras
filantrópicas financiando la colonización judía en Palestina y Argentina,
pero no querían ni hablar de un Estado judío, considerando esta idea
sumamente peligrosa para las buenas relaciones con los gobiernos de
Constantinopla y Londres.
Fracasados los intentos de ganar para sus planes a los judíos
prominentes, Herzl decidió dirigirse a las masas, odiadas y perseguidas,
esperando de ellas comprensión y apoyo. Con tal fin compuso el libro Der
Judenstaat (El Estado judío, una solución moderna de la cuestión judía,
Viena, 1896), El pequeño escrito, de algo más de cien páginas, fue traducido
inmediatamente al inglés, francés y ruso, despertando un enorme interés de
las masas judías por el sionismo político.
La idea fundamental de esta obra programática es la siguiente : "La cuestión
judía es una cuestión nacional; para solucionarla tenemos que hacer de ella,
ante todo, una cuestión mundial que ha de ser resuelta en un Consejo de
naciones civilizadas. Nosotros somos un pueblo, un pueblo", Herzl pide para
la nación judía la soberanía sobre un territorio que podría ser Palestina o
la Argentina, puesto que en ambos países se han hecho tentativas de
colonización por infiltración paulatina.
La Argentina dispone de mejores condiciones económicas, pero Palestina es la
patria histórica del pueblo, y si el Sultán les diese este país, los judíos
se comprometerían a sanear la economía de su Imperio. Para llevar a la
práctica su plan, Herzl sugiere la creación de dos compañías, la "Jewish
Company" y la "Society of Jews", La primera debería ser un órgano para el
suministro de fondos y para la colonización, que, primero, liquidaría los
intereses y los bienes de los inmigrantes en los países de la diáspora, y
luego organizaría el orden económico en la nueva patria. La "Society of Jews"
sería una especie de procurador o gestor de los judíos, cuya tarea consistía
en explorar científicamente el país y conseguir concesión y reconocimiento
internacionales, es decir, tendría la autoridad de constituir el nuevo
Estado judío.
Ninguna de las dos compañías serían organizaciones democráticas, de masas,
sino asociaciones de judíos destacados en hacienda, ciencia y política. La
Constitución del futuro Estado se basaría en una democracia representativa,
debiéndose hacer la política de arriba abajo, como en una república
aristocrática.
Para Herzl, "el sionismo es una parte de la cuestión del Cercano Oriente y
el problema judío entra en los intereses coloniales de Europa. Los gobiernos
de los países afectados por el antisemitismo tienen sumo interés en ayudamos
a obtener tal soberanía", Convencido de la exactitud de estas suposiciones
suyas, Herzl empezó sus primeras gestiones diplomáticas.
El pastor protestante W, H. Hechler, entusiasmado por sus proyectos, le
facilitó entrevistas con el Gran Duque de Baden, Federico I, que se le
mostró muy propenso, pero no supo ni pudo ganar para su idea al Kaiser, como
Herzl esperaba. Una carta dirigida al príncipe de Bismarck quedó sin
contestación. La entrevista con el Nuncio apostólico en Viena, Mons.
Agliardi, tampoco dejó ilusiones en el ánimo de Herzl, aunque él había
ofrecido la neutralización de los Santos Lugares. El Nuncio no creía en la
posibilidad de realizar estos planes, y la Santa Sede prefirió esperar
prudentemente los acontecimientos, interesada vivamente en la justa solución
del problema de Tierra Santa. Entonces, Herzl decidió negociar directamente
con el Sultán.
Newlinski, un ex político polaco, a la sazón al servicio del gobierno
otomano, le consiguió la audiencia. Abdul Hamid, a pesar de la desastrosa
situación económica de su Imperio, declinó los millones judíos a cambio de
soberanía sobre una parte del territorio nacional. Rechazado también por el
barón de Rothschild y frustrado su intento de acercarse a la Corte rusa por
mediación del Príncipe de Bulgaria, Fernando, Herzl no se desanimó, sino que
continuó con más empeño trabajando con las masas judías. éstas necesitaban
un órgano ideológico y propagandístico y una fuerte organización, cuyos
representantes se reunirían en grandes congresos sionistas para discutir
públicamente los problemas referentes a la realización del programa, Por su
actividad, Herzl fue generalmente considerado como jefe del movimiento
sionista político, y cuando una delegación de la asociación universitaria "Kadimah",
de Viena le pidió que se encargara también formalmente de la jefatura del
movimiento, él lo aceptó.
En junio de 1897 fundó el diario Die Welt (El Mundo), que ha sido el órgano
central del movimiento. El periódico, que se publicaba en Viena bajo su
dirección, era para él una fuente de disgustos. Los propietarios del Neue
Freie Presse le reprocharon el trabajo en este periódico y en el movimiento
sionista; Herzl estuvo a punto de dejar su puesto en el Neue Freie Presse,
pero como no disponía de otros medios para vivir y, además, tenía que cubrir
el déficit del Die Welt, permaneció hasta su muerte en la redacción del gran
diario vienés.
Aún más dificultades encontró al convocar el primer Congreso sionista en
1897. Con sus más íntimos colaboradores pensó que el lugar ideal para tal
congreso sería Muních; pero los rabinos alemanes (los "Protestrabbiner")
pidieron al gobierno bávaro que no se autorizase la celebración del Congreso
sionista.
La plutocracia judía de Alemania temía que un congreso sionista pudiera
provocar una nueva ola de antisemitismo. Las poderosas organizaciones de "Joveve
Zion" también se oponían, pero Herzl perseveró en su decisión y logró reunir
el primer Congreso sionista en Basilea. A pesar de la oposición de los
judíos "asimilados", el Congreso constituyó un éxito, siendo creada en él la
Organización Mundial Sionista y proclamado el programa, llamado "de
Basilea", que reza: "El objetivo del sionismo es crear un hogar en Palestina
para el pueblo judío, asegurado por el Derecho Público".
Queriendo resumir los resultados de este Congreso, Herzl anotó en su Diario:
"En Basilea fundé el Estado Judío; si yo dijera esto hoy, sería objeto de la
risa universal; en cinco años, quizás en cincuenta, cualquiera lo verá".
Designada Palestina por el Congreso como la tierra de colonización y del
futuro Estado judío, Herzl continuó las negociaciones diplomáticas para
obtener un "Charter" del Sultán. Otra vez se entrevistó con el Gran Duque de
Baden, que informó al Kaiser sobre los proyectos de Herzl. Luego habló con
el Conde de Eulenburg y con el Canciller Von Bülow. Por fin consiguió una
audiencia de Guillermo II durante su visita a Constantinopla. El Kaiser
pareció interesado en el asunto, Herzl le pidió únicamente que recomendara
ese asunto a Abdul Hamid. Unos días más tarde hablaron el Kaiser y Herzl dos
veces más en Tierra Santa, donde podían apreciar todas las posibilidades de
los proyectos del sionismo y examinar los resultados obtenidos por los
colonos judíos. A pesar de las buenas impresiones, Guillermo II no quiso
apoyar a Herzl en la Sublime Puerta, a causa de la oposición del Canciller
Von Bülow.
En este viaje vio Herzl por primera vez la Tierra de Promisión. La vio como
era y la imaginó como sería en el futuro Estado nacional : cultivada y
próspera por obra del pueblo judío. Esta visión suya situada en el año 1920,
cuando ocurre la acción de su novela utópica Altneuland (Vieja-Nueva
Patria), publicada en 1900, es hoy en gran parte realidad.
El segundo Congreso sionista, que se celebró en 1898, también en Basilea,
estaba dedicado a cuestiones prácticas, en primer lugar a la fundación del
Banco Colonial como instrumento financiero del sionismo. El Jewish Colonial
Trust, con sede en Londres, tenía un capital nominal de dos millones de
libras, pero hasta el año 1902 no se suscribieron más que 250.000 libras por
140,000 accionistas de todo el mundo. Otra vez se abstuvieron los judíos
pudientes. En el tercer Congreso, en 1899, surgieron diferencias
ideológicas. Los " prácticos recomendaban una inmigración inmediata, aunque
de infiltración clandestina, mientras los " espiritualistas" de Achad Haam,
que desde los mismos principios atacaba todos los proyectos de Herzl, se
daban por satisfechos con la creación de un simple centro espiritual en
Palestina.
Los rabinos de Alemania y Austria veían en el sionismo gran peligro para la
estabilidad de las comunidades judías en Europa interpretándolo como enemigo
de todas las tradiciones mesiánicas. Pero a pesar de estas diferencias y
polémicas, el sionismo estaba en marcha, teniendo cada vez más adeptos,
incluso procedentes del "Joveve Zion". Desde el principio de sus esfuerzos
diplomáticos Herzl había pensado en Inglaterra como potencia interesada en
el Cercano Oriente que podría prestarle ayuda para realizar el Estado judío,
pero como el sionismo se originó como reacción del antisemitismo, y éste
apenas si existía en Inglaterra, Herzl trató primero de consolidar su
movimiento en los países de la Europa Central y Oriental, donde las masas
judías vivían en constante peligro. Conseguido en parte este propósito y
agotados todos los medios de interesar a los gobiernos afectados, Herzl
decidió celebrar el cuarto Congreso en Londres en 1900. Al cabo de muy
animadas discusiones fue votada una resolución en la que se trataba de
conciliar varios puntos de vista que hicieron su aparición en el movimiento
y que una vez ponían su mirada en los problemas culturales y religiosos y
otra vez en la acción política y económica. Pero el resultado más importante
de ese Congreso fue su repercusión en los círculos gubernamentales
británicos, que empezaron a interesarse por la colonización judía.
En el mes de mayo de 1901 renovó Herzl sus contactos con el Sultán a través
del orientalista profesor Vambery, de origen hebreo. El momento psicológico
era bueno, porque la situación económica del Imperio Otomano no podía ser
peor y el Sultán necesitaba urgentemente un préstamo que no le pusiera en
manos de las grandes potencias europeas. La entrevista entre Abdul Hamid y
Herzl se desarrolló en un tono cordial, y Herzl salió del palacio con buenas
impresiones, pero tampoco esta vez con éxito, ya que el débil monarca estaba
totalmente dominado por sus altos funcionarios, que ya estaban preparando
otro préstamo y además temían el surgimiento de un Estado judío en
Palestina.
En el quinto Congreso, reunido otra vez en Basilea, a finales del año 1901,
aumentaron las disensiones a causa del fracaso de las negociaciones con el
Sultán; en cambio, el Banco Colonial se consolidó y además se creó el "Fondo Nacional Judío ". Un mes después de este Congreso, en febrero de 1902,
fue Herzl llamado por un alto personaje del gobierno otomano a
Constantinopla. Abdul Hamid le propuso una dispersa colonización de judíos
en varias regiones de Turquía, principalmente en Mesopotamia, pero con
exclusión de Palestina, Herzl lo rechazó y volvió a Viena con las manos
vacías. Una vez más intentó Herzl obtener el "Charter" del Sultán. En julio
del mismo año, durante su última estancia en Constantinopla, le entregó un
Memorándum ofreciendo al Imperio la unificación de la deuda del Estado a
cambio de un "Charter" o una concesión con que se garantizase la
colonización judía en Mesopotamia y en la región de Haifa en Palestina.
Estaba seguro de que los capitalistas judíos acudirían con sus medios
financieros en el caso de que el Sultán le concediese la ansiada Carta; pero
el Sultán repitió la misma propuesta del mes de febrero, que Herzl no pudo
aceptar. Al mismo tiempo surgieron posibilidades de encontrar una porción de
tierra para la colonización y fundación del Estado judío en el Imperio
Británico, Herzl fue llamado ante la comisión Real Británica para la
Inmigración (Alien Commission) para exponer sus planes, y en octubre de 1902
empezaron serias negociaciones con el gobierno de Salisbury, con el fin de
encontrar un territorio para la colonización judía. El ministro de Asuntos
Exteriores, lord Landsdowne, apoyó el plan de Greenberg, según el cual se
les daría a los judíos la región de EI-Arish, en Egipto. Fue nombrada una
comisión de técnicos cuya misión era preparar las condiciones jurídicas y
económicas para la realización de los planes de Herzl. El dictamen de la
comisión fue favorable, suponiendo que el gobierno de Egipto permitiese la
irrigación de esta región con las aguas del Nilo; pero era imposible
conseguir precisamente esta concesión; además, el gobierno otomano y los
círculos militares británicos hicieron todo lo posible para que fracasase
ese plan de colonización de judíos en una región de gran valor estratégico.
Herzl, que ya se había familiarizado con la idea de organizar un territorio
judío en EI-Arish, cerca del Monte Sinaí, de tantas evocaciones históricas
para el pueblo judío, volvió de Egipto agotado, pero no vencido.
En Londres le recibió el ministro de Colonias, Joe Chamberlain, ofreciéndole
una región de Uganda, en el África Oriental Británica, con amplia autonomía.
Herzl aceptó esta propuesta como una solución de urgencia para las víctimas
de los nuevos pogroms verificados en Rusia y Rumania, sin renunciar a
Palestina. Aun con esta distinción, el proyecto con Uganda sería motivo de
grandes polémicas en el sexto Congreso sionista que se celebró en Basilea,
en 1903, conocido por el nombre de "Congreso de Uganda". Una gran oposición
se levantó en este Congreso contra Herzl. El no podía hacer otra cosa que
informar sobre sus fracasos en las negociaciones con el Sultán y con el
gobierno egipcio sobre EI-Arish. Ni su reciente viaje a Rusia aportó
resultados. La población judía le recibió allí en triunfo, pero no consiguió
una audiencia del Zar, teniendo que contentarse con redactar un memorando
para Nicolás II. Sus entrevistas con los ministros Plehwe y Witte tampoco
dieron resultados concretos. Lo único que le quedó era el proyecto con
Uganda, que él consideraba sólo como "un asilo nocturno", hasta que no se
consiguiera Palestina. La oposición le reprochó la traición de los ideales
del judaísmo afirmando que Uganda no era Sión y que este territorio no tenía
ninguna relación con la historia ni con la religión judía.
Al cabo de muchas discusiones y con escasa mayoría, el plan de Uganda fue
aceptado con muchas reservas respecto a la utilización de los fondos. De
todas maneras fue aprobada una moción para enviar a Uganda una comisión
exploradora.
El Congreso de Uganda fue el último Congreso sionista que Herzl presidió.
Volvió a Viena cansado y exhaustas sus fuerzas físicas. Su salud estaba ya
seriamente quebrantada. En vez de descansar tuvo que continuar la lucha. Los
sionistas rusos del "Joveve Zion" convocaron en Jarkov una conferencia en la
que, instigados por M. M. Ussischkin, gran enemigo de Herzl, redactaron un
verdadero ultimátum al presidente, en que le exigían que en lo sucesivo no
propusiera al Congreso ningún plan territorial que no fuera única y
exclusivamente en Eretz Israel, debiendo prometer que antes del séptimo
Congreso la proyectada colonización en África Oriental sería liquidada y que
debería iniciar inmediatamente una labor práctica en el Eretz Israel. Herzl,
aunque gravemente enfermo, tiene energías aún para sostener negociaciones
con el ministro ruso Plehwe y con el Gran Duque de Baden acerca de la ayuda
rusa y alemana, respectivamente, en el asunto de Palestina. Al principio del
ano 1904 fue recibido en audiencia por el rey de Italia, Víctor Manuel II, y
por el Papa Pío X. Víctor Manuel le expresó sus simpatías, pero el Papa se
opuso a que Palestina volviera a los judíos, reafirmando la conocida postura
de la Santa Sede acerca de los Santos Lugares.
Todavía tuvo tiempo para hacer los últimos esfuerzos con el fin de conseguir
una tregua en las filas del sionismo y redactar un memorando para el zar
Nicolás II. Inútilmente buscó remedio a su salud en el balneario Franzensbad
y en Edlach, donde murió el 4 de julio de 1904, a consecuencia de una anemia
cerebral. Apenas había cumplido los cuarenta y cuatro años, y de éstos sólo
los nueve últimos estaban enteramente dedicados al sionismo político, Herzl
llamó a su sionismo "político" para distinguirlo del programa cultural y
nacional del "Joveve Zion", él consideraba a los judíos como una unidad
moral y política. Su problema jamás puede ser resuelto en la diáspora, donde
los judíos siempre permanecerían en una minoría sin ninguna fuerza política.
Por eso la cuestión judía debía ser resuelta en un plano de política
internacional. Consecuentemente, creó Herzl una política nacional judía, con
el fin de conseguir la erección de un Estado judío. Todas sus gestiones
diplomáticas estaban encauzadas en ese sentido: asegurar a los judíos un
territorio garantizado por el Derecho Público Internacional; sin esta
postura fundamental, que era lo nuevo que Herzl introdujo en el sionismo, no
se podría comprender la posterior
"declaración de Balfour"; ni la fundación del Estado de Israel.
Herzl creó una poderosa organización sionista que se extendió por todo el
mundo, Sus órganos, es decir, los Congresos, comités de acción y asambleas
locales estaban constituidos sobre una base democrática ; pero él
personalmente fue siempre muy autoritario. En todo fue una personalidad
fuerte y atrayente que creía poseer una fe inquebrantable en sus ideales,
estando siempre seguro de que un día se realizarían. En efecto, sólo
cuarenta y cinco años después de su muerte, el Estado de Israel fue
reconocido por la Organización de las Naciones Unidas. La moderna ciudad de
Tel-Aviv es la realización de sus sueños utópicos en la novela Altneuland
(Vieja-Nueva Patria, que en hebreo se expresa Tel Abid, y de aquí el nombre
de la ciudad). Sin embargo, dos cosas no previó Herzl con suficiente
claridad: la imposibilidad de Palestina de absorber toda la población judía
amenazada y perseguida en la diáspora, durante la primera mitad de este
siglo, y el nacionalismo árabe. Y estas dos cosas significan, a la larga, un
grave peligro para su obra.
BIBLIOGRAFÍA
FRIEDMANN, A.: Das Leben Theodor Herzls. 1919.
KELLNEB, L,: Theodor Herzls Lehrjahre , 1920
HAAS, JACOB DE: The Life of Theodor Herzl . Nueva York, 1927
HAGANI, B,: Vita di Teodoro Herzl . Roma, 1919,
GOLDSTEIN, M.:El camino hacia Israel. Vida y obra del Dr. Theodor Herzl,
el primer estadista judío de la diáspora . Buenos Aires, 1950,
Bö, A,: Herzl, Theodor, En la Encyclopaedia Judaica-Das Judentum in
Geschichte und Gegenwart , tomo VII, Berlín, 1931
Declaración de Balfour
Para ganarse el apoyo de la comunidad judía europea, el
Ministro de Asuntos Exteriores británico Arthur Balfour se
comprometió en una carta dirigida al dirigente sionista británico Lord
Rothschild el 2 de noviembre de 1917 a apoyar la constitución de un
Estado judío en la entonces posesión turca de Palestina.
Aunque la declaración señalaba que el nuevo estado no
debía causar perjuicio alguno a los derechos de la población árabe del
territorio, este compromiso era claramente contradictorio con la promesa
hecha en el mismo período a los dirigentes árabes que se habían rebelado
contra los turcos de otorgarles el gobierno de Palestina.
Tras la guerra, Palestina fue asignada a Gran Bretaña como
mandato de la Sociedad de Naciones. En adelante, los intentos británicos de
reconciliar ambas promesas marcaron el inicio de los problemas posteriores
en esa zona del mundo.
Texto en inglés de la declaración
Foreign Office,
November 2nd, 1917.
Dear Lord Rothschild,
I have
much pleasure in conveying to you, on
behalf of His Majesty's Government, the following
declaration of sympathy with Jewish Zionist aspirations
which has been submitted to, and approved by, the Cabinet.
"His
Majesty's Government view with favour the
establishment in Palestine of a national
home for the
Jewish people, and will use their best
endeavours to
facilitate the achievement of this object,
it being
clearly understood that nothing shall be
done which
may prejudice the civil and religious
rights of
existing non-Jewish communities in
Palestine, or the
rights and political status enjoyed by Jews
in any
other country".
I should be grateful if you
would bring this
declaration to the knowledge of the Zionist Federation.
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