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Biografías |
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Nacida en la ciudad de Melo, capìtal del
Departamento de Cerro Largo situado en el extremo Este de la
frontera entre la República Oriental del Uruguay y la
República Federativa del Brasil, el 8 de marzo de 1895 — día
de San Juan — (aunque algunas fuentes mencionan el año 1892)
y fallecida en Montevideo el 15 de julio de 1979, fueron sus
padres los esposos Vicente Fernández, oriundo de la región
española de Galicia, y Valentina Morales, también nacida en
la ciudad de Melo.Bautizada, entonces, como Juana Fernández Morales — en cuya ceremonia fuera su padrino Aparicio Saravia — adoptó como seudónimo literario — nombre ficticio utilizado para identificarse artísticamente — el de Juana de Ibarbourou. En realidad, ése era el apellido de su esposo, por lo cual su seudónimo surgió de su vínculo matrimonial. De su infancia y juventud — transcurridas en la misma ciudad de Melo y ocasionalmente en los campos cercanos — se conoce relativamente poco. Algunos detalles generales provienen de ella misma, por referencias contenidas especialmente en su libro “Chico Carlo”, y en el discurso que pronunciara en 1947, cuando tuvo lugar su incorporación a la Academia Nacional de Letras. Cursó estudios primarios en una Escuela pública de Melo — que actualmente ha sido designada con su nombre literario — y secundarios en un colegio religioso. Se interesó asimismo en el aprendizaje del idioma francés que, en esa época, era el segundo idioma preferido por quienes procuraban acceder a un superior nivel cultural. Según algunos cronistas literarios, fue su profesora de francés la que, percibiendo su temprana inclinación a la poesía, le facilitó el acceso a algunos poetas franceses en boga; especialmente Anne de Noailles, de cuya obra perciben fuerte influencia en su formación literaria y en su obra inicial. También se menciona en su orientación hacia la literatura versificada, el influjo de su padre, quien — según ella misma relatara — solía recitar versos del poeta español Espronceda y de la poetisa Rosalía de Castro; esta última venerada por los inmigrantes de Galicia, por sus poemas en gallego, que les rememoran su tierra natal: “airiños, airiños aires, airiños da miña terra”. En el año 1914, cuando contaba diecinueve años, contrajo matrimonio con el entonces Capitán del Ejército Lucas Ibarborou; quien en su carrera militar alcanzó el grado de Mayor. Durante los siguientes cuatro años, siguiendo los destinos de servicio de su esposo, el matrimonio hubo de residir en diversas localidades del país. Hasta que, en el año 1918, se establecieron definitivamente en Montevideo, en una modesta vivienda situada en la calle Asilo, en el barrio de La Unión, posiblemente por razones de cercanía con la Unidad en que servía Ibarborou. Posteriormente, el matrimonio residió por varios años en una cómoda casa de dos plantas, situada en la calle Comercio, en el mismo barrio, cercana a la playa de El Buceo; por lo cual ha mencionado que escribía en una habitación desde la cual veía por la ventana las aguas del Río de la Plata. Por cierto que Juana de Ibarborou, ya viuda, vivió sus últimos años, solitaria y recluida, en una antigua residencia solariega situada en la Avda. 8 de Octubre frente a la calle Mariano Moreno, en los límites del mismo barrio de La Unión, lindera con el Hospital Central de las Fuerzas Armadas. Según las crónicas, en su modesta vivienda de la calle Asilo, y pasando estrecheces económicas, compartió las labores hogareñas y el cuidado de su hijo todavía pequeño, con la elaboración artesanal, y venta, de flores artificiales; habilidad que había adquirido en el Colegio, (en época en que tales capacitaciones formaban parte de la enseñanza de las jóvenes). Habiendo comenzado a escribir poemas en su adolescencia, siguió cultivando esa afición; inspirada en lo cotidiano, para transformarlo en poesía:
Había publicado anteriormente algunos poemas en periódicos de la ciudad de Melo (también, en una época en que los diarios publicaban poesía) utilizando como seudónimo el afrancesado de Jeannette d'Ybar. Ahora pudo reunir un grupo de poemas, conformando un breve libro; el cual sometió al juicio crítico de Vicente Salaberry, quien dirigía una página literaria en el diario La Razón, que aparecía en Montevideo. Entusiasmado con lo que consideró de gran valor literario, Salaberry publicó en ese diario una página en que, bajo el titular “La revelación de una extraordinaria poetisa” formuló sus opiniones laudatorias e incluyó varios de los poemas. Ese primer libro se publicó en 1919 — ya identificada como Juana de Ibarborou — por una editorial de Buenos Aires, con el título de marcada tonalidad modernista, de “Las lenguas de diamante”; con un prólogo escrito por el novelista argentino Manuel Gálvez. Ciertamente, para esas fechas, el movimiento literario del modernismo, había perdido buena parte de un predominio que, gracias a la extraordinaria veta poética de Julio Herrera y Reissig y del nicaragüense Rubén Darío había alcanzado todos los ámbitos de la poesía en español, y naturalmente también en nuestro medio literario. Sin embargo, la obra inicial de Juana de Ibarborou, sin duda por influencia de sus lecturas — aunque fueran bastante escasas — incluye el recurso de la referencia a temas, imágenes y expresiones extraídas de los componentes culturales de la antigüedad griega y de otros orígenes europeos; aunque se caracteriza fundamentalmente porque trasunta una actitud vital ajena a la exagerada intelectualización del modernismo, orientada hacia una sensibilidad natural, esencialmente intuitiva. La crítica literaria señala en sus primeras obras, como un elemento característico, a pesar del empleo de esos instrumentos estéticos de origen modernista, un componente fundamentalmente originario en referencias a experiencias emanadas de la realidad de la vida, con fuerte presencia de los factores de carácter cotidiano, intuitivamente recogidos en su lenguaje poético. Lo cual, evidentemente, no ha sido en sus poemas el resultado de una deliberada elaboración intelectualizada proveniente de una ideología literaria; sino la resultante espontánea de la emotividad, de quien ha sido descripta — al menos en esta primera etapa — como “una joven pueblerina, sencilla, de una cultura elemental y una gran hermosura” que expresó su amor sano y limpio con una autenticidad y una independencia creadora, para la cual los rasgos del antecedente modernista no fueron otra cosa que un instrumento accesorio y hasta transitorio. |
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Lo que resulta, en definitiva, como valoración primordial
de la poesía de Juana de Ibarborou, es una expresión Surgida al ambiente literario con cercana posterioridad a Delmira Agustini, como otra de las escasas representantes de la poesía femenina americana (junto con Gabriela Mistral, Alfonsina Storni y María Eugenia Vaz Ferreira); la obra inicial de Juana de Ibarborou se destacó inmediatamente por su tonalidad temática visiblemente amatoria; impregnada de una sensualidad erótica que, si actualmente puede considerarse apenas insinuada, en su momento resultaba indudablemente atrevida. Claramente originados en los sentimientos y experiencias de adolescente, sus primeros poemas contienen numerosas alusiones al medio campesino y propio de una pequeña ciudad del interior del país de principios del siglo XX:
Al año siguiente, 1920, publicó su segundo libro, “Cántaro fresco”, en el cual persiste la temática de una sensualidad siempre referida a la vida sencilla, hogareña y solariega, vinculada a la naturaleza en su expresión principalmente vegetal. Le siguió en 1922 “Raíz salvaje”, que es por muchos considerado el que trasunta de una manera más lograda la síntesis poética de su sensibilidad vital, en que los sentimientos del amor humano se fusionan con el sentir de la Naturaleza.
Su siguiente libro, “La rosa de los vientos” (1930), marca una importante evolución doble de su tonalidad poética; que por un lado se aparta de algunos componentes de tipo modernista, tales como la búsqueda de imágenes elaboradas y el empleo de expresiones dirigidas a conferir sonoridad al recitativo, al tiempo que emplea formas de versificación más libres respecto de los moldes tradicionales, de lo que había aplicado en su producción anterior. Asimismo, su temática se alejó del naturalismo asociado a la sensualidad vital, para orientarse hacia expresiones subjetivas referidas al avanzar de la vida y su transcurso hacia la muerte. Evolución en la cual se ha señalado una correlación entre la vitalidad y el naturalismo juvenil, y la conciencia de las responsabilidades y los destinos, propia de la madurez. Acaso, el empleo de un lenguaje que se evidencia como mucho más elaborado, que se aleja bastante de su sencillez y cotidianeidad inicial, pudo ser consecuencia de haberse visto inserta en la corriente de la fama literaria, y consiguientemente comprometida a asumir sus elaboraciones conceptuales, separándose de la espontaneidad e intimidad de sus orígenes poéticos.
Incorporada rapidamente al “Parnaso”, aceptada por cooptación como miembro pleno en la institucionalidad literaria, Juana de Ibarborou cosechó de manera generosa — por cierto que merecidamente, en su caso — los elogios con que los capitostes de la cultura se disciernen en reciprocidad el estrellato de su género, salvaguardando con ello su propia autoridad intelectual. El 10 de agosto de 1929, en el Salón de los Pasos Perdidos del recientemente inaugurado Palacio Legislativo de Montevideo, Juana de Ibarborou fue proclamada “Juana de América”; en un acto multitudinario en que tuvieron participación protagónica el escritor mejicano Alfonso Reyes y el poeta uruguayo Juan Zorrilla de San Martín. Sin embargo, Juana de Ibarborou se encontró en buena medida sorprendida por su notoriedad literaria y su popularidad. “¿Qué hay de grande en mi poesía?” expresó al ser aclamada como Juana de América; dejando a salvo que no había buscado ni alentado ese homenaje. Su propia interpretación acerca de la realidad que a su propia persona le tocó vivir, está expuesta en su poema “Autorromance de Juanita Fernández”, escrito en 1955:
En definitiva, Juana de Ibarborou obtiene la
admiración de sus lectores, a partir de un estilo que por encima de los
recursos un tanto artificiosos propios del modernismo, expresa su sentir
íntimo con la fresca espontaneidad de una muchacha simple, cuyo amor
juvenil por la vida y la naturaleza se expone con alegría y con
libertad, en un lenguaje que siempre resulta directamente accesible a
todos. Los cambios operados en la tonalidad de su poesía a lo largo del
tiempo, son reflejo de las mutaciones operadas en su propia vida
emotiva, lo que legitima la continuidad de su obra. Además de su numerosa producción poética, Juana de Ibarborou escribió también obras en prosa; en el extenso período comprendido entre 1930 y 1950, transcurridos entre la publicación de “La rosa de los vientos” y “Perdida”. “El cántaro fresco”, aparecido en 1920, fue su primer libro de prosa; en el cual presenta cuadros breves en que la autora dialoga con objetos y seres menores de la naturaleza, empleando siempre un lenguaje familiar y de fácil comprensión. Dos libros publicados en 1934, recogen la veta mística de Juana de Ibarborou, como católica practicante: “Loores de Nuestra Señora” en que expresa su devoción hacia la Virgen María, y “Estampas de la Biblia”. “Chico Carlo”, aparecido en 1944, contiene evocaciones de sus años y lugares juveniles, en sus ambientes familiares, expresadas en narraciones breves. El mismo sentido evocativo tiene “Juan soldado”, de 1971; donde una narrativa de ambiente campesino le permite recrear personajes y ambientes de su época juvenil. Premios y distinciones. Además de su consagración como “Juana de América”, en 1929, Juana de Ibarborou recibió numerosas expresiones de reconocimiento por su labor literaria:
Producción literaria Sus principales libros, son: “Las lenguas de diamante”, de 1919 |
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