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Biografías Ernst Jünger Fernando Báez baez@rector.ula.ve |
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En parte porque su vida, como la de Heidegger, no estuvo
a salvo del entusiasmo inicial por el
nazismo o porque su obra y particularmente sus diarios ENTRE DOS GUERRAS Nacido el 29 de marzo de 1895, en Heidelberg, hijo del Dr. Ernst George Jünger, un respetado profesor de química y Lily Karoline, Ernst Jünger pasó por varias escuelas antes de tomar la decisión radical de unirse, junto con su hermano Friedrich a los Wandervögel en 1911. Este grupo, que sostenía principios radicales posteriormente adoptados por el movimiento hippie, extremaba el espíritu de la naturaleza y la búsqueda de los bosques así como el respeto absoluto por la vida animal, lo que en el joven aprendiz de escritor se convertiría en una pasión ininterrumpida por la entomología. Esta independencia forzó la ruptura con sus padres y su incorporación a la Legión Extranjera Francesa en 1913. Como se sabe y se repite, más que como se conoce realmente, la Legión era un feroz cuerpo militar internacional integrado por hombres que asumían su pertenencia como un exilio o refugio en el África y Jünger tuvo la suerte de sobrevivir en esa fuerza y ser respetado durante su corta estancia en Argelia. A pedido de su padre, regresó para estudiar en Hannover, pero la Primera Guerra Mundial le ofreció una ocasión más relevante para continuar su independencia y, ante el llamado del Káiser, no perdió tiempo en asimilarse. El rechazo a la vida burguesa tenía como contraparte la búsqueda de lo excitante e inaudito. Con el rango de Teniente, peleó en Champagne y en el valle de la Somme, en 1916, y fue testigo de la muerte de un millón de hombres para que los aliados avanzaran diez kilómetros. En su morral, llevaba sus provisiones de rutina y sus tomos de Nietzsche y Schopenhauer. A ratos, escribía. Herido varias veces, regresó a pelear con tal coraje que recibió la más importante condecoración conocida: la Medalla Orden al Mérito. Al término de la guerra, era uno de los pocos héroes de su país y durante un buen tiempo se encargó de formar soldados y escribir manuales prácticos para la Infantería. |
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Lector de
Oswald Spengler, estudioso del mundo esotérico y de las drogas,
guerrero, no dudó en aprovechar Su decepción con el nazismo fue lenta y
en 1932 la radicalizó en el extenso ensayo "Der Arbeiter" (El
Trabajador, 1932). En este escrito enfatizó su crítica de la técnica
como elemento destructor de la dignidad humana y la presentación del
trabajo como realización de la voluntad. En el fondo, esta obra mantiene
su vigencia invicta debido a los signos terribles de la revolución
microelectrónica, cuya esencia prescinde del trabajador en todas sus
formas. El desencuentro de Jünger terminó en el rechazo a la oportunidad
de ingresar a la Academia de Poesía Alemana en 1933, purgada por la
Gestapo, y se marchó a una aldea, Goslar, en las montañas Harz; después
se radicó en Ueberlingen. El contacto con el exterior lo mantuvo a
través de sus viajes a Noruega, en 1935, en 1936 a Brasil, Canarias y
Marruecos, en 1937 a París, donde se encontró con Andre Gide y Julien
Green y en 1939 se mudó a Kirchhorst en la Baja Sajonia. Sus
publicaciones no terminaron: en 1934 publicó "Blaetter und Steine"
(Hojas y piedras), primera crítica soterrada al racismo fascista, en
1936 su novela "Afrikanische Spiele" (Juegos africanos), basada en su
experiencia en la Legión Extranjera, y en 1939 "Auf den Marmorklippen"
(Acantilados de mármol), también una novela, pero de mayor envergadura.
La Segunda Guerra Mundial no tuvo ninguno sentido para Ernst Jünger y en su diario (Strahlungen, Irradiaciones), con gran displicencia, cuenta cómo, leyendo a Heródoto, supo que la oficina de reclutamiento lo llamaba a entrar en combate en agosto de 1939. Esa actitud indiferente lo alejó por completo de cualquier acción heroica. Transferido a París en 1941 formó parte de las fuerzas de ocupación liderizadas por el General Otto von Stülpnagel, pero antes que ser un inquisidor o estratega, prefirió conocer mejor la cultura francesa y defenderla de los excesos de los soldados. La edición y posterior traducción al francés de "Garden und Strassen" (Jardines y calles) en 1942 le garantizó la admiración de algunos escritores e intelectuales franceses como Paul Leauteau, Jean Cocteau, Gaston Gallimard, Louis Ferdinand Céline, Paul Morand, Pierre Drieu La Rochelle con quienes sostuvo largas conversaciones. En su "Diario" sorprende que sus preocupaciones no fuesen las de un militar en tierra extranjera sino las de un dandy, interesado por las buenas comidas, el clima, la naturaleza, ciertas lecturas excéntricas, dos o tres conversaciones, una buena amante. Hay un pasaje fechado el 3 de octubre del 42 en el que refiere, por ejemplo: "Por la tarde en la librería del «Palais Royal», donde adquirí la edición de Crébillon impresa en 1812 por Didot. En las tapas de vitela verde se observa todavía la fuerza del estilo que conservaba el imperio...Francia disfruta todavía de las ventajas de esta tradición que se transmite por herencia, y es de esperar que la conserve gracias a su política que, en general, puede considerarse razonable. Porque, ¿qué es lo que importa ahora en este país? Que no se destruyan sus viejos nidos, las ciudades, sobre cuyas ruinas se levantarían sucursales de Chicago, como ocurrirá con Alemania...". En 1942 fue enviado al Frente Ruso y vivió en carne propia la derrota de las tropas nazis, el hambre, el frío, la desesperación. En 1944 dimitió del Ejército después del atentado contra Hitler y se retiró a Kirchhorst, donde recibió la noticia de la muerte de su hijo. La verdad es que su hijo fue enviado a un batallón de castigo por sus ideas subversivas y encontró un fin misterioso, lo que explica que se negara a enfrentar a los norteamericanos en la captura de Alemania. Para él la guerra ya había concluido con una devastación espiritual intensa e imborrable. DESDE OTROS SILENCIOS Stuart Hood, traductor de "Auf den
Marmorklippen", visitó a Jünger en septiembre de 1945 y lo encontró
delgado, impecable, preciso. Entre las cosas que reseñó de la reunión,
al principio difícil, se encuentra el hecho de que el novelista se
declaró francófilo. "Discutimos, escribió Hood, de literatura alemana.
Me expresó su disguto por Thomas Mann y su estilo...El admira a Rivarol,
a quien ha traducido. Yo no sabía nada en absoluto de Rivarol. (Fue un
autor que satirizó a la monarquía en los tiempos de la Revolución
Francesa y acabó sus días como refugiado en Alemania...)... Sus modelos
literarios, me declaró, fueron franceses...". Esta afirmación es cierta
y subraya una de las grandes paradojas del escritor: admirador decidido
de la claridad francesa, optó por un estilo enrevesado, metafísico. Lo
que parece haberle interesado, más bien, fue el cuidado por el estilo y
la contundencia en la expresión. Tenía la idea de que la literatura no
es un acto gratuito: "La misión del autor...consiste en la creación de
una patria, de una residencia espiritual...". Ya desde 1950 vivía con Gretha, su gran amor, en Wilflingen, en la casa del guardabosque del castillo de una familia amiga. Su esposa murió en 1960 y sobrevino un período corto de depresión con una boda posterior (dos años después): esta vez la mujer era una archivista, Liselotte Lohrer. Entre 1962 y 1966, viajó por Egipto, Sudán y Angola. La tendencia prolífica se multiplicó en los años posteriores de tal manera que de los 60 a los 70 logró ver editados unos diez libros, algunos de ellos menores y al menos una obra maestra, continuación de lo planteado en Heliópolis, con el título de "Eumeswil" (1977), a la cual hay sociedades enteras que le dedican revistas y amplias monografías. En esta utopía, Venator, historiador al servicio del régimen del Condor, mantiene un diario secreto que permite informar sobre la situación real de terror. Del resto de los textos, habría que mencionar "Der Elstaat" y "Sgraffitti" de 1960, "Typus, Name, Gestalt" y "Maxima-Minima" de 1963, "Annaeherungen: Drogen und Rausch" (Aproximación a las drogas y a la intoxicación, 1970) y "Die Zwille" (1973), novela con ciertas reminiscencias de la infancia. RETIRO Y RECONOCIMIENTO La década de los ochenta rescató a Ernst
Jünger del olvido y, libro a libro, lo transformó en una figura pública
discutida, polémica, pero por sobre todo admirada. El Premio Goethe 1982
y el Premio de la Fundación Cino del Duca predispuso a muchos sectores
en su contra y sirvió para que nuevas generaciones leyeran sus obras sin
prejuicios de ninguna clase. En 1983 publicó la novela "Aladins Problem"
y una colección de aforismos literarios que muy pronto se popularizó en
todos los idiomas: "Autor und Autorschaft". Para 1985 condescendió con
la novela policial y aportó un relato titulado "Eine gefaehrliche
Begegnung" con un escenario parisino. La llegada del Cometa Halley
despertó en él numerosos recuerdos y los compiló en "Zwei Mal Halley",
que apareció en 1987. Admirador de "Las Mil y Una Noches", releyó una y
otra vez el clásico y continuó sus investigaciones naturalistas. "Aquí está un hombre libre", dijo de Jünger, conmovido, aterido por su presencia imponente, el entonces presidente de Francia, François Miterrand, cuando, acompañado por Helmuth Kohl, lo visitó, en 1995, en su aldea de Wilflingen para hacerle un modesto homenaje en su centésimo aniversario. Pocas palabras tan ciertas. Ahora, tras su muerte, noto que la discusión vuelve a abrirse y se ignora que el gran escritor es un hombre peligrosamente libre. Negar a Jünger por su apoyo temprano a los nazis o a Ezra Pound, Louis Ferdinand Céline, Martin Heidegger, es olvidar que esas circunstancias históricas son pasajeras y que sus obras trascienden el equívoco político. En el fondo, se trata de entender que no puede dejar de leerse a un Francis Bacon por haber sido un funcionario corrupto o a un Jenofonte por servir como soldado mercenario en una guerra interna en Persia. Eso es todo. |
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