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Imágenes de Benito Juárez.
Vida y obra
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Benito Juárez, México
y América
010209 -
Yucatán
- (1806-1872) - Nació en San
Pablo Guelatao, Oaxaca,
México,
en 1806. De extracción indígena, habló solamente zapoteco
durante gran parte de su niñez. En la ciudad de Oaxaca vivió con
su hermana Josefa, quien servía en la casa de don Antonio Maza.
Estudió en el Seminario de Santa Cruz, único plantel de
secundaria que existía en Oaxaca.
Posteriormente, Juárez estudió Derecho en el Instituto de
Ciencias y Artes. Fue regidor del Ayuntamiento de Oaxaca en 1831
y diputado local en 1833. Durante algún tiempo vivió de su
profesión defendiendo comunidades indígenas. Al ser derrocado de
la presidencia el general Paredes Arrillaga, Juárez resultó
electo diputado federal, y le correspondió aprobar el préstamo
que Gómez Farías había solicitado a la Iglesia (1847) para
financiar la guerra contra Estados Unidos de América.
Como gobernador de su
estado natal (1847) procuró el equilibrio económico y ejecutó
obras públicas: caminos, reconstrucción del Palacio de Gobierno,
fundación de escuelas Normales; levantamiento de una carta
geográfica y del plano de la ciudad de Oaxaca; reorganizó la
Guardia Nacional y dejó excedentes en el tesoro.
Al volver Santa Anna al poder, muchos liberales, entre ellos
Juárez, fueron desterrados. Juárez fue a Nueva Orleans, donde,
sin descuidar su actividad política, desempeñó diversos oficios
para ganarse la vida. Mientras tanto en México se proclamó el
Plan de Ayutla que desconocía a Santa Anna como presidente.
Al caer Santa Anna y
llegar Juan Álvarez a la presidencia, nombró a Juárez Ministro de
Justicia e Instrucción Pública (1855). Desde este ministerio, expidió La
Ley sobre Administración de Justicia y Orgánica de los Tribunales de la
Nación, del Distrito y Territorios (Ley Juárez), con la que fueron
abolidos los fueros, privilegios que tenían los militares y el clero por
encima de otras personas. Nombrado gobernador de Oaxaca, convocó a
elecciones; como resultado de ellas, fue reelecto.
Promulgó en su estado la
Constitución de 1857. Se le nombró ministro de Gobernación (1857) y
posteriormente fue elegido presidente de la Suprema Corte de Justicia,
durante el gobierno del presidente Comonfort. Al desconocer Comonfort la
Constitución de 1857, y dar un golpe de Estado, encarceló a diversos
ciudadanos, entre ellos Juárez. Este acto de Comonfort desencadenó la
Guerra de Reforma.
Al ser liberado (11 de
enero de 1858) asumió la presidencia en Guanajuato por ministerio de
ley. En julio de 1859, con apoyo del grupo liberal, expidió las Leyes de
Reforma, que declaraban la independencia del Estado respecto de la
Iglesia, la ley sobre matrimonio civil y sobre registro civil; la de
panteones y cementerios, y el paso de los bienes de la Iglesia a la
nación.
Al concluir la Guerra de
Reforma con el triunfo de los liberales, fue electo constitucionalmente
para continuar en la Presidencia (15 de junio de 1861). Debido a la
intervención francesa, en mayo de 1863 tuvo que dejar la ciudad de
México, ejerciendo su gobierno desde diferentes puntos del país. Regresó
a la ciudad de México el 15 de julio de 1867, después de que Maximiliano
fue juzgado y fusilado.
Por su defensa de las
libertades humanas, defensa que sirvió de ejemplo a otros países
latinoamericanos, fue proclamado "Benemérito de las Américas".
Al triunfo de la
República, dijo en un célebre discurso: "Mexicanos: encaminemos ahora
todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios de la
paz. Bajo sus auspicios, será eficaz la protección de las leyes y de las
autoridades para los derechos de todos los habitantes de la República.
Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los
individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la
paz".
"Confiemos en que todos los mexicanos,
aleccionados por la prolongada y dolorosa experiencia de las comunidades
de la guerra, cooperaremos en el bienestar y la prosperidad de la nación
que sólo pueden conseguirse con un inviolable respeto a las leyes, y con
la obediencia a las autoridades elegidas por el pueblo".
En octubre de 1867 fue reelecto
presidente de la República; se dedicó a organizar la situación económica
del país, redujo el ejército, organizó una reforma educativa, ordenó
sofocar los alzamientos militares y enfrentó la división de los
liberales. Se mostró respetuoso ante la organización de los obreros y
artesanos.
En 1871 fue reelecto por
última vez como presidente. Murió el 18 de julio de 1872.
Fuente: Instituto
Nacional de Solidaridad, Micro biografías, Personajes en la historia de
México - Benito Juárez , México, 1993.
010209
- La Jornada
- 210306 -
Imágenes de Benito Juárez -
Enrique Florescano
//Litografía de G.G Ancira, Ciudadano Benito
Juárez Presidente de los Estados Unidos Mejicanos. Juárez aparece aquí
flanqueado por las alegorías de la Patria republicana (izquierda) y la
Constitución de 1857 (derecha). Tomada de Nación de Imágenes. La
litografía mexicana del siglo XIX, 1994, Museo Nacional de Arte,
Conaculta//
LA VIDA Y LA OBRA DE BENITO JUÁREZ marchan entrelazadas con una época
decisiva en la formación de la nación moderna, un proyecto que él, como
ningún otro personaje del siglo XIX, contribuyó a forjar. Benito Juárez
nace el 21 de marzo de 1806, cuando lo que hoy llamamos México era el
Virreinato de la Nueva España, una parte del extenso imperio colonial de
España en América. Y muere el 18 de julio de 1872, cuando la antigua
colonia era un país independiente, había adoptado la forma de República
federal y se regía por una constitución liberal que reconocía la
igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Es decir, en el transcurso
de su vida el país dejó atrás la subordinación colonial, la estructura
estamental y el predominio de la Iglesia y construyó un Estado laico
asentado en leyes. Fue éste un tránsito marcado por la prueba de fuego
de los años 1846 a 1867, cuando la nación experimentó la irrefrenable
lucha faccional de los partidos, la invasión de potencias extranjeras,
una cruenta guerra civil y la pérdida de más de la mitad del territorio.
Dice la sabiduría popular que los seres humanos son hijos de su tiempo.
La vida de Benito Juárez es un espejo exacto de ese apotegma, pues
corrió unida con la historia de su patria, que en esos años enfrentó los
signos más adversos que pueden afligir el nacimiento de una nación. Sólo
poniendo a prueba el temple de sus mejores hombres pudo la nación
remontar esos obstáculos, constituir la República federal y definir los
lineamientos de un Estado moderno. La biografía de Benito Juárez es la
historia de la construcción política y moral de esa República.
En las páginas que siguen voy a resaltar algunos episodios de esa
relación íntima entre el ciudadano Benito Juárez y la construcción de la
República liberal.
***
Cuando la antigua Nueva España proclamó en 1810 su independencia de la
metrópoli, Benito Juárez apenas tenía 5 años. Vivía en un lugar remoto,
casi inaccesible, en San Pablo Guelatao, Oaxaca. Y era un indio
zapoteca. Es decir, pertenecía al grupo de los mexicanos más pobres
entre los pobres. Sólo hablaba la lengua de sus padres y no tenía
ninguna posibilidad de aprender el español o de romper el cerco de
miseria que había consumido a varias generaciones de sus predecesores.
Por un acto inicial que reveló la fuerza de su carácter, a los 12 años
Benito Juárez huyó de su pueblo y decidió asentarse en Oaxaca, la
capital de su estado. En sus Apuntes para mis hijos escribió que tomó
esa decisión inducido por el deseo de aprender el español y estudiar.
***
Los historiadores y los interesados en el liberalismo del siglo XIX se
preguntan cómo Benito Juárez pudo saltar el cerco de la miseria y la
postración del analfabeta y llegar a ser un jurista consumado, un
experto constitucionalista y un admirador obsesivo del pensamiento
liberal francés, el cual ayudó a transplantar a las leyes y prácticas
políticas mexicanas. Quienes han tratado de responder esta incógnita
aducen su tenacidad proverbial. Sin embargo, la verdad es que la palanca
que disparó el genio de Juárez fue la educación, la sólida y novedosa
formación que recibió en el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca.
Este Instituto se fundó en 1828 y en él se formó la generación más
brillante de liberales oaxaqueños.
El Instituto fue el primer centro educativo secular de Oaxaca. Ahí, en
lugar de la tradicional carrera eclesiástica sus profesores enseñaron
derecho, difundieron los principios del liberalismo europeo e
inauguraron las clases de lógica, matemáticas y ética. Sus alumnos
conocieron entonces los nuevos aires que transformaban la política, la
ciencia y la educación. Ahí escucharon las primeras críticas razonadas
contra el fanatismo y conocieron las virtudes cívicas. El Instituto fue
al mismo tiempo un lugar de aprendizaje y un centro formador de
vocaciones políticas. Como dice Brian Hamnett, el biógrafo de Juárez, el
Partido Liberal de Oaxaca nació en las aulas del Instituto de Ciencias y
Artes.
***
Otras imágenes de Juárez que es obligado recordar en los desamparados
días que corren es la del político y la que dibuja la estatura del
estadista. Desde su nacimiento hasta que cumple 43 años Juárez se forma
en su estado natal. Abogado, profesor y más tarde director del Instituto
de Ciencias y Artes, magistrado de la Suprema Corte, diputado y
gobernador interino y constitucional de su estado, Juárez aprende las
artes de la política en la arena local y regional. No participa en el
Congreso Constituyente de 1856-57. Sin embargo, cuando ocurre el golpe
de estado de Ignacio Comonfort en 1857, Juárez, que pocos días antes
había sido nombrado presidente de la Suprema Corte de Justicia, asume la
primera magistratura y se transforma en baluarte y escudo de la
Constitución de 1857. Juárez percibió con claridad que el mayor defecto
de la carta constitucional era la disminución de las facultades del
Poder Ejecutivo y las enormes atribuciones que le cedía al Legislativo.
Pero para corregir esas debilidades en lugar de acudir a la revuelta
optó por la vía política, constitucional, y dedicó un año tras otro al
empeño de restablecer el equilibrio entre los poderes Ejecutivo y
Legislativo.
Cuando Benito Juárez llegó a ocupar la Presidencia de la República los
personajes del Partido Liberal que entonces brillaban con luz propia
eran Melchor Ocampo, Ignacio Manuel Altamirano, Ignacio Ramírez, Miguel
y Sebastián Lerdo de Tejada, Guillermo Prieto, Francisco Zarco, Jesús
González Ortega, Vicente Riva Palacio. Eran actores que habían labrado
un nombre en la arena política nacional por sus habilidades como
representantes en el Congreso, o por su participación en las leyes, las
armas o las letras. Juárez carecía de esos talentos. Sin embargo, frente
a esa pléyade de "hombres que parecían gigantes", como los llamó Justo
Sierra, Benito Juárez construyó su propio camino para alcanzar uno de
los lugares más altos en la memoria nacional. Como dice Daniel Cosío
Villegas, "En Juárez se dieron, en una proporción muy finamente
equilibrada, el estadista y el político, es decir, el hombre de Estado,
capaz de concebir grandes planes de acción gubernamental, y el hombre
ducho en la maniobra política". Con esas virtudes Juárez puso en acto
las leyes de Reforma que cambiaron el destino de la República. Basta
recordar aquí las sustantivas:
* Separación de la Iglesia del Estado
* Nacionalización de los bienes de la Iglesia
* Registro civil de los nacimientos, casamientos y defunciones
* Instauración de la educación laica
En el manifiesto que dirigió a la nación para explicar el sentido de
esas leyes, escribió: estas medidas "son las únicas que pueden dar por
resultado la sumisión del clero a la potestad civil en sus negocios
temporales, dejándolo, sin embargo, con todos los medios [...] para que
pueda consagrarse exclusivamente [...] al ejercicio de su ministerio".
De este modo, decía, el gobierno "cree también indispensable proteger en
la República, con toda su autoridad, la libertad religiosa", la libertad
de cultos. Estas leyes, seguidas por la determinación intransigente de
su cumplimiento, dieron origen a la nación secular, sustentada no en el
privilegio o los fueros étnicos, religiosos o militares, sino en el
reconocimiento de la igualdad de los ciudadanos ante la ley. La fe
absoluta de Juárez en la bondad del credo liberal la revela su actitud
ante los grupos étnicos. Aún cuando conocía mejor que nadie su situación
degradada, jamás pensó en otorgarles a los pueblos étnicos derechos
especiales, pues él vio el interés de los indígenas a través de los
principios liberales, es decir, promoviéndolos a la categoría de
ciudadanos sin más, iguales a los otros.
Otro ejemplo del talento político de Juárez es su capacidad para
amalgamar y mantener unido al grupo de fuertes y contrastadas
personalidades que componían el Partido Liberal. Así, a pesar de las
divisiones internas y las rivalidades personales, Juárez condujo a su
partido a metas nacionales, a logros que trazaron el rumbo futuro de la
nación. Brian Hamnett dice que la coherencia política de Juárez estaba
regida por tres principios. Primero, su apego al gobierno
constitucional, al estado de derecho. Segundo, su convicción de que la
ley debería imperar sobre cualquier otro interés. Tercero, su fe en la
primacía del poder civil como sustento de todo el edificio político.
Juárez fue siempre fiel a estos principios liberales. Pero su lealtad
esencial no era partidista, como lo mostró su actitud en los días
aciagos de la intervención francesa y el imperio de Maximiliano. Cuando
los ejércitos de Napoleón III invadieron el territorio, Benito Juárez
asumió a plenitud el cargo de jefe de la defensa nacional, convocó a
todas las fuerzas disponibles para combatir al agresor extranjero, y
bajo condiciones hostiles y adversas, impuso la derrota al usurpador. La
victoria de las armas nacionales decretó entonces la muerte del invasor
extranjero y de sus corifeos mexicanos. La condena de fusilar a
Maximiliano suscitó presiones en el exterior y en el interior, algunas
hechas por reconocidas celebridades europeas, como Víctor Hugo y
Garibaldi. Juárez fue inflexible. Sostuvo que Maximiliano había sido
condenado a la pena de muerte por los crímenes cometidos contra una
nación independiente; su condena era el castigo merecido a las potencias
imperialistas y a las monarquías absolutas, acostumbradas a avasallar a
los países débiles. Nosotros, decía Juárez en el documento que
justificaba su determinación, "heredamos la nacionalidad indígena de los
aztecas, y en correspondencia con ese legado no reconocemos soberanos,
ni jueces ni árbitros extranjeros".
Más tarde, apoyado en su victoria sobre el imperialismo europeo y el
conservadurismo nativo, Juárez traza las grandes líneas de la política
exterior. Declara una moratoria para la deuda exterior y se compromete a
pagar las deudas justamente pactadas y reanudar las relaciones rotas si
las potencias afectadas manifestaban su deseo de renovarlas y si estaban
dispuestas a negociar nuevos tratados sobre una base de estricta
igualdad. Para todos los países latinoamericanos, asiáticos, africanos y
europeos oprimidos por las potencias imperiales, México fue entonces
ejemplo de soberanía y dignidad.
***
La siguiente imagen se debe a los historiadores liberales, quienes
presentaron a Benito Juárez como encarnación de la patria. El más
notable de estos historiadores es Justo Sierra, quien escribió dos obras
memorables. La más famosa es su Evolución política del pueblo mexicano,
un gran lienzo que abarca todo el desarrollo histórico de México. En
este libro Hidalgo es el fundador de la patria mexicana. De acuerdo con
esta idea, de las 400 páginas que Sierra dedica a la formación histórica
del país, 250 están consagradas a la Independencia y la Reforma, las dos
grandes revoluciones, las "dos aceleraciones violentas de su evolución".
En un intento por comprender la avalancha de acontecimientos abrumadores
que nublaron el horizonte de la patria, por descifrar el sentido del
faccionalismo político, la ambición de los caudillos regionales, la
codicia de los jefes militares, o el apetito de los agiotistas que sin
escrúpulo aprovechaban la imparable bancarrota del gobierno, Sierra
describe los terribles sucesos que desbarataron la estabilidad del país
y lo instalaron en la quiebra económica, la ingobernabilidad y la guerra
civil, hasta finalizar con la pérdida de la mitad del territorio. Sus
páginas más vibrantes recogen el enfrentamiento contra la Iglesia, el
partido conservador y los caudillos militares, representados por la
figura rocambolesca de Antonio López de Santa Anna.
Esas páginas sombrías apenas se iluminan con el relato que narra el
triunfo de las fuerzas liberales contra el Partido Conservador en la
Guerra de Reforma, la gesta que afirmó la separación de la Iglesia del
Estado, la desamortización de los bienes de la primera, la supresión de
los conventos y comunidades religiosas, la prohibición para estas
instituciones de adquirir bienes raíces y el derecho incontestable del
Estado para regular los actos esenciales de la vida ciudadana
(nacimiento, matrimonio y defunción). En su relato de las interminables
pugnas faccionales, virulentos enfrentamientos, guerras, masacres
colectivas y muertes indecibles, las páginas luminosas las ocupan los
actos heroicos de los miembros del Partido Liberal.
Imitando las vidas ejemplares de Plutarco, el historiador romano que
hizo del relato histórico un discurso cívico, Sierra compone breves
retratos de los hombres y mujeres que derramaron su sangre por la causa
de la Reforma y la defensa de la patria. Entre esos retratos destacan
los de Benito Juárez, José Joaquín Herrera, Melchor Ocampo, Ignacio
Ramírez, Ignacio Manuel Altamirano, Guillermo Prieto, Manuel González
Ortega, Miguel y Sebastián Lerdo de Tejada, Francisco Zarco, Santos
Degollado, Porfirio Díaz... Entre todos esos defensores de la integridad
de la patria sobresale la figura granítica de Benito Juárez, el escudo
inconmovible de la República, a quien Justo Sierra celebra con las
virtudes del legislador, el atributo supremo encomiado por Plutarco. En
este libro Juárez, las leyes de Reforma y la victoria sobre el imperio
de Maximiliano son las cumbres del patriotismo liberal. La mejor
expresión de esta idea la resume el párrafo siguiente, que celebra el
triunfo de la República sobre los invasores franceses:
"La República fue entonces la nación; con excepciones ignoradas, todos
asistieron al triunfo, todos comprendieron que había un hecho
definitivamente consumado, que se habían realizado conquistas que serían
eternas en la historia, que la Reforma, la República y la patria
resultaban, desde aquel instante, la misma cosa y que no había más que
una bandera nacional, la Constitución de Cincuenta y Siete; bajo ella
todos volvieron a ser ciudadanos, a ser mexicanos, a ser libres."
La consolidación del Estado laico, el patriotismo entendido como entrega
a la República y sus fundamentos cívicos, y la defensa de la
Independencia, son los valores que Sierra ve amalgamados en Juárez, el
patriota por excelencia. El homenaje final que Sierra le consagró a
Juárez adoptó la forma de libro, su obra más madura como historiador:
Juárez su obra y su tiempo. En este libro notable en la historiografía
mexicana, escrito como respuesta a la diatriba que contra Juárez publicó
Francisco Bulnes (El verdadero Juárez y la verdad sobre la intervención
y el imperio, 1904: y Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma,
1905), Sierra dio rienda suelta a su patriotismo y en poco más de
quinientas páginas plasmó el mayor tributo al carácter y la obra
republicana de Benito Juárez.
Juárez su obra y su tiempo es un compendio magnífico de la ideología y
los valores del liberalismo encarnados en Juárez, un relato dramático
del vía crucis recorrido por la República en su enfrentamiento con los
intereses corporativos heredados del Virreinato (iglesia, ejército,
oligarquía criolla), los años infaustos de la guerra civil que derramó
torrentes de sangre, la invasión estadounidense con su cuota de derrotas
humillantes y su trágico desenlace, el cataclismo de la intervención
francesa y el imperio de Maximiliano con la secuela de guerras
fratricidas, episodios sangrientos y mortandades, y, por último, detrás
de todo ello, la brega sorda, cotidiana, abrumadora, para mantener la
integridad del territorio y la independencia de la nación.
Los años de 1846 a 1867 fueron cruciales en la formación del Estado
mexicano. Son estos los años cuando la nación luchó por su
supervivencia, construyó los baluartes políticos del Estado y trazó los
rasgos de su identidad. Para Justo Sierra en esa época encrespada,
dolorosa, desfalleciente y aniquiladora, la roca inquebrantable que
sostuvo el edificio nacional fue Benito Juárez. En esta interpretación
el temple liberal de Juárez y su lucha indeclinable contra el invasor
extranjero y el gobierno espurio de Maximiliano, son los constructores
del patriotismo y la República liberal.
***
Para finalizar quiero señalar porqué hoy la obra y la vida de Benito
Juárez siguen siendo lecciones permanentes. El es, en la mitad crítica
del siglo XIX, como lo advirtió Ignacio Manuel Altamirano, el ejecutor
de la segunda Independencia de México. Su figura encarna la
independencia política ante las agresiones del exterior y la defensa
moral de los principios de autodeterminación de los pueblos.
Importa recordar a Juárez en el año 2006, el año del bicentenario de su
nacimiento, porque hoy nuestra política exterior es sinónimo de miopía
ante la amenazadora situación internacional que nos rodea, cuando vuelve
a imperar la fuerza sobre el derecho y la autonomía de los pueblos,
cuando nuestra política exterior se sujeta a los poderes imperiales y
olvida nuestras responsabilidades en el hemisferio y en el escenario
mundial. En contraste con la política internacional independiente y
visionaria de Juárez, hoy se nos considera en la esfera diplomática un
apéndice de la política estadounidense, fieles seguidores de un rumbo
que nunca nos fue consultado y no es el nuestro.
Recordamos hoy a Juárez porque con él culmina la larga batalla liberal
contra el fanatismo religioso, porque su política abrió el horizonte del
laicismo, cerró las puertas a la religión de Estado y sembró las bases
para conjurar las luchas de religión y los fundamentalismos que hoy
resucitan en diversas regiones del mundo. Reivindicamos la memoria de
Juárez porque hoy, desde la misma Secretaría de Gobernación se apoyan
los intereses religiosos que ayer escindieron a la nación y provocaron
la guerra fratricida entre los mexicanos.
Recordamos hoy a Juárez por su conocimiento profundo de la diversidad
social del país y su esfuerzo tenaz por darle unidad al cuerpo político.
Así, cuando Benito Juárez restaura la República, en su manifiesto del 15
de julio de 1867 tiende una mano conciliadora al Partido Conservador
derrotado y convoca a la unidad de la nación. En ese manifiesto asentó:
"No ha querido ni ha debido antes el gobierno, y menos debiera en la
hora del triunfo completo de la República, dejarse inspirar por ningún
sentimiento de pasiones como los que nos han combatido [...] encaminemos
ahora todos nuestros esfuerzos a obtener y a consolidar los beneficios
de la paz..."
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Escultura
de Manuel y Juan Islas, La patria lamenta la muerte de Juárez,
1837-1880. Tomada de Fausto Ramírez |
Recordamos hoy a Benito Juárez porque frente al elenco de héroes
derrotados que celebra la memoria popular y la colección de mitos
perpetrados por la historia de bronce y la izquierda petrificada en el
dogmatismo populista, él configura la imagen de un héroe victorioso.
Como dice Carlos Monsiváis, "Juárez es un vencedor insólito, mucho más
un contemporáneo de vanguardia que un precursor. Vence al racismo
ancestral, a las imposibilidades y dificultades de la educación en un
país y una región asfixiados por el aislamiento, a los problemas de su
carácter tímido y cerrado, a las divisiones de su partido, a la ira y
las maniobras del clero integrista y los conservadores, a la
intervención francesa, a las peripecias de su gobierno nómada, al
imperio de Maximiliano, a la oposición interna de varios de los
liberales más extraordinarios, a sus terquedades en el mando. Se le
persigue, encarcela, destierra, calumnia, veja y ridiculiza". No
obstante, a pesar de la saña que lo combatió ayer y la desmemoria
política que lo olvida hoy, Juárez "permanece por la congruencia de su
ideario y vida, y por defender con razón y pasión las ideas cuyo tiempo
ha llegado".
Recordamos hoy a Juárez porque su vida es el reverso exacto de los
escandalosos casos de corrupción y deshonestidad cotidiana que nos
brindan los políticos por mediación de cada uno de sus partidos. Admiro
a Juárez, decía don Daniel Cosío Villegas, "por una última razón, que en
su tiempo poco o nada significaba, pero que en los nuestros parece
asombrosa, de hecho increíble: una honestidad personal tan natural, tan
congénita, que en su época no fue siquiera tema de conversación y mucho
menos de alabanza". Por esas razones, y por muchas más contenidas en sus
obras, es un deber moral recordar hoy, en el bicentenario de su
nacimiento, el legado eminente del patricio Benito Juárez.
17 de marzo, 2006
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Acercamiento al rostro de Juárez.
Tablero Juárez redivivo de José Clemente Orozco, pintado
en 1948. Tomado del Mural painting of the Mexican Revolution,
1985. Fondo Editorial de la Plástica Mexicana. |
010209
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Periodistas en línea - 07 -
Benito Juárez, México
y América - Alfonso Cadalzo Ruiz
- Cienfuegos, CUBA
Hace poco se cumplieron 201 años del nacimiento del
Benemérito de América, como es conocido el patriota mexicano
Benito Juárez. Hijo de padres zapotecas, vio la luz el 21 de
marzo de mil ochocientos seis en el pueblito oaxaqueño de San
Pablo Guelatao. Su vida comenzó marcada por el signo de la
América india, culturalmente mestiza. Fue su persona
representativa del nuevo hombre americano que, con el tiempo,
reclama para sí por legítimo derecho una América nueva, a la
medida de su propia realidad.
Juárez murió el 18 de julio del año 1872, y justamente escribo
estas líneas al conmemorarse 135 años del suceso en que para
siempre se incorporó a la Historia de su Patria y de América
Latina como una de las personalidades más relevantes. En Juárez
se unieron las virtudes del ideal independentista con las del
ideal revolucionario. América se emancipó del colonialismo
español, pero muchas de sus estructuras socio-políticas no
cambiaron con la primera independencia. Siglos de dominación y
el mismo nacimiento como colonias bajo la cultura medieval
española, calaron muy hondo como para impedir, desde un primer
momento, que fuesen de la mano el propósito independentista y el
imprescindible accionar revolucionario, condición necesaria para
una auténtica emancipación. Correspondió a Juárez en México
sentar las bases institucionales que diesen pie a la
profundización de la independencia cultural de su Patria.
La tarea de romper esquemas y ataduras conceptuales le granjeó a
Juárez no pocas incomprensiones entre sus coetáneos, y para
complicar más la situación tuvo que ingeniárselas también frente
a enemigos externos. Sufrió cárcel y la deportación, que le
trajo de paso por La Habana. Más tarde recayó sobre sus hombros
la dirección de la guerra contra la ocupación napoleónica de su
país; fue un momento crucial para el acontecer histórico
mexicano, y Juárez llegó a ser uno de los hombres que más
enfrentó la adversidad. Como Presidente de México, de un lado a
otro y en un carruaje, dirigía el país y las acciones de lucha
contra la intrusión extranjera.
En las primeras líneas hice referencia a la misión institucional
de Juárez en la vida social de México, y para abundar un poco
quisiera comentar sobre el Plan de Ayutla, que significó uno de
los programas socio-políticos más importantes de aquel tiempo.
Juárez dio su pleno apoyo a ese Plan promulgado en 1854, que
consistía en un conjunto de reivindicaciones de contenido
liberal, por medio del cual se exigía la creación de una
Asamblea Constituyente en el marco de una constitución federal.
Entre otros aspectos, el Plan de Ayutla consideraba la
separación de Iglesia y Estado. Su anterior unidad era un factor
heredado de la época colonial que impedía se llevasen a cabo
otras reformas de orden político. Como el eminente abogado que
fue, dentro del Plan de Ayutla se contempló la Ley Juárez,
relacionada con la administración de justicia y orgánica de los
tribunales, y la abolición los fueros eclesiásticos.
La dimensión latinoamericana de Benito Juárez se da, en primer
término, por el carácter revolucionario de su acción histórica.
Fue, decididamente, un hombre de leyes dirigidas a la
profundización y consolidación de la Independencia, y eso sirvió
de ejemplo para el resto de las ex – colonias y otras aun
entonces colonias del hemisferio. Desde los primeros momentos de
la lucha independentista en Cuba, el Benemérito de América dio
su respaldo a los patriotas antillanos; muestra de ello fue que
su yerno, el cubano Pedro de Santacilia, llegara a ser el primer
representante de Cuba en Armas ante el Gobierno Mexicano
encabezado por Juárez.
El Benemérito tuvo como misión histórica sentar las bases de lo
que más tarde continuaría, de acuerdo con cada etapa, la lucha
por el Institucionalismo en la República Mexicana, cuestión que
se tradujo años más tarde en las luchas agraristas que dieron
paso a la Revolución de 1910. Es un largo andar en que la obra
juarista dejó su impronta.
Los nuevos tiempos de América cuentan con la recia personalidad
y ejemplo legados por tan insigne patriota, y la actualización
de su proceder consecuente sirve de mucho para desbrozar caminos
en un continente que se renueva.
No es mera casualidad la ascendencia indígena de Juárez para un
México y una América marcados por el mestizaje, elemento
renovador y de reencuentro de sí mismo con la realidad de un
continente.
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