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Junichiro Koizumi

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Japón Al día - Recuerdos de Hiroshima y Nagasaki

Nieto del ministro de Comunicaciones en el Japón de preguerra Matajiro Koizumi e hijo del que fuera director general de la Agencia de Defensa, con rango de ministro de Estado, durante el Gobierno de Hayato Ikeda (1960-1964), Junya Koizumi, se educó en la prestigiosa Universidad Keio de Tokyo, por la que se licenció en Economía en 1967, y en la Universidad de Londres, a donde acudió para aprender el idioma inglés. A finales de 1969 se hallaba en la capital británica cuando su padre falleció inesperadamente y la familia le exhortó a que regresara a Japón para que, de acuerdo con la tradición al uso en las dinastías políticas del gobernante Partido Liberal Democrático (Jiyu Minshuto o Jiminto, JMt), se presentara a la elección del escaño de diputado que había quedado vacante con el deceso.

Su total inexperiencia en las lides políticas frustró ese propósito, pero el intento le permitió entrar en el círculo de protegidos de Takeo Fukuda, veterano diputado, ministro de Finanzas y uno de los altos dirigentes del JMt. En 1970 Fukuda, quien a lo largo de la década iba a servir en sendos períodos discontinuados como ministro de Exteriores y primer ministro, le convirtió en su secretario personal. Con tan buen padrinazgo, en las elecciones generales del 10 de diciembre de 1972, ostentando la presidencia del Gobierno Kakuei Tanaka, Koizumi ganó el escaño de diputado en la Cámara baja de la Dieta por la 11ª circunscripción de la prefectura de Kanagawa. Éste iba a ser el primero de los diez mandatos legislativos consecutivos de Koizumi, siempre representando a su Yokosuka natal.

En 1979 arrancó su trayectoria en la administración del Ejecutivo, como secretario de Estado de Finanzas en el gabinete de Masayoshi Ohira. En la recomposición gubernamental que siguió al fallecimiento de Ohira en junio de 1980, Koizumi abandonó el Ejecutivo para hacerse cargo de la presidencia del Comité de Finanzas del JMt, una labor de la burocracia del partido. Desde 1986 desempeñó la misma función en la Cámara de Representantes de la Dieta y en 1987 simultaneó dicha labor con la primera vicepresidencia del Comité del JMt sobre Asuntos de la Dieta. En diciembre de 1988 el entonces primer ministro, Noboru Takeshita, barón de la más poderosa facción del partido, le nombró ministro de Salud y Bienestar Social, cartera en la que le confirmó Sosuke Uno en junio de 1989 tras sustituir a Takeshita por su implicación en el escándalo financiero Recruit.

El nuevo presidente del JMt y primer ministro desde agosto de 1989, Toshiki Kaifu, no le revalidó en el Ejecutivo y Koizumi retornó a la dirección interna del partido como presidente del Comité de Organización, y luego de la comisión encargada de formular políticas sobre la reforma del sistema sanitario. En noviembre de 1991 la elección de Kiichi Miyazawa para los dos altos puestos arriba citados en lugar de Kaifu catapultó a Koizumi al frente de dos oficinas de relieve: la primera vicesecretaría general del JMt y luego, a partir de diciembre de 1992, el Ministerio de Correos y Telecomunicaciones del Gobierno, la misma cartera que portara su abuelo seis décadas atrás.

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En estos años Koizumi se construyó una imagen pública de contestatario enfrentado a la vieja guardia liberaldemócrata, a la que achacaba incapacidad para renovar el discurso y reaccionar ante las últimas alarmas electorales, que parecían preludiar el final de una hegemonía en la política japonesa que duraba desde la fundación del partido en 1955. Con unos modos y una presencia física inusuales en la habitualmente rigurosa élite del JMt (pelo crecido, entrecano y sin engominar, cierto desaliño o extravagancia en la indumentaria) y declaraciones de remembranzas quijotescas (él mismo se comparaba con el personaje cervantino), Koizumi se convirtió en un notorio heterodoxo del partido, aunque, en realidad, nunca fue un outsider proclive a la defección o al motín interno.

Así, cuando en 1992 y 1993 el partido sufrió las escisiones de dirigentes reformistas que precipitaron su histórica pérdida de la mayoría absoluta en las elecciones generales del 18 de julio del último año citado, comicios que supusieron su expulsión del Ejecutivo tras haberlo monopolizado durante 38 años seguidos, él se mantuvo fiel al oficialismo. A su relativa incorrección política contribuyó una faceta de su vida privada que no pasaba desapercibida para los estándares nacionales: desde 1982 estaba divorciado de su esposa, con la que había tenido dos hijos y a la que había abandonado cuando ella esperaba el tercero. Por lo demás, el hombre cultivado que asistía a las representaciones de kabuki, el teatro tradicional japonés, y escuchaba la ópera lírica no tenía empacho en asegurar que era un fanático del karaoke y un aficionado no menos devoto del rock duro de factura occidental.

Sin ser aún uno de los shogun del JMt –otro nombre empleado por la prensa para denominar a los cabezas de facción-, en agosto de 1995 Koizumi mostró a las claras su ambición de poder al anunciar su candidatura a la sucesión del presidente del partido, Yohei Kono, que dirigía la formación desde la dimisión de Miyazawa tras la debacle de 1993 y que en junio de 1994 había conseguido reintegrarla en el Gobierno como socio del Partido Social Demócrata de Japón (Nihon Shakaito, NSt), bajo la dirección de Tomiichi Murayama. Koizumi se enfrentó a Ryutaro Hashimoto, ahijado político de Takeshita, viceprimer ministro del Gobierno y otro dirigente carismático y cáustico, aunque su estilo personal, un insider de pura cepa con una presencia lustrosa propia de un magnate del cine, era harto diferente. Hashimoto representaba al aparato del partido y el 22 de septiembre de 1995 en la elección interna batió a Koizumi por 304 votos contra 87.

Al año siguiente, Koizumi aceptó la invitación de Hashimoto de entrar en su gobierno como ministro de Salud y Bienestar Social, y se mantuvo en el Ejecutivo hasta la dimisión de su jefe el 13 de julio de 1998, luego de que los socios de coalición del JMt, los socialistas y el partido Sakigake, le retiraran su apoyo y de que en la víspera el JMt sufriera un fuerte revés en las elecciones parciales al Cámara de Consejeros, equivalente al Senado. Como telón de fondo, el país sufría una angustiosa convulsión económica, en el contexto de la gran crisis financiera en toda Asia oriental. Koizumi no dudó en lanzarse a la arena y el 17 de julio hizo pública su candidatura para la elección interna del presidente del partido, saliendo a batirse con Keizo Obuchi, ministro de Exteriores y dirigente de la facción Takeshita, y Seiroku Kajiyama, ex secretario del Gabinete.

Aunque contaba con el respaldo de la importante facción de Hiroshi Mitsuzuka, ex ministro de Finanzas con Hashimoto, el 24 de julio Koizumi fue ampliamente derrotado y quedó en tercer lugar con sólo 84 votos. Obuchi, que recibió 225 votos, fue esta vez el candidato moderado consensuado por las facciones dominantes y por una mayoría de altos oficiales que desconfiaba de las proclamas de cambio y renovación lanzadas por el díscolo ministro saliente de Salud.

Koizumi, en todo la antítesis de Obuchi, éste perfilado como un funcionario del partido tan laborioso como gris y modesto, no articuló sin embargo un programa de reactivación económica diferenciado del de sus competidores, ya que los tres vinieron a coincidir en las propuestas de ajuste y austeridad, con recortes fiscales, moderación en los gastos de la administración y saneamiento de los bancos en suspensión de pagos. Las opiniones de Koizumi sobre política internacional, terreno en el que no tenía experiencia alguna, eran menos conocidas, aunque de un tiempo a esta parte venía haciendo declaraciones de corte nacionalista.

Koizumi, si bien fuera del Gobierno, se consolidó como uno de los miembros del restringido liderazgo colectivo del partido, al margen de su presidencia uninominal. Pasó a ser el número dos de la facción Mitsuzuka cuyo mando había heredado Yoshiro Mori, otro dirigente fogueado en el círculo de Fukuda y un peso pesado del aparato muy ducho en los vericuetos de un partido que funciona en la práctica como una federación de tendencias y camarillas entregadas al cabildeo permanente.

Cuando en abril de 2000 Obuchi quedó incapacitado en el desempeñó de sus funciones al sufrir una embolia cerebral (el desenlace de la dolencia fue dramático, ya que Obuchi cayó en coma y ya no se recuperó, produciéndose su defunción el 14 de mayo), Mori se encaramó a la jefatura del partido por consenso y Koizumi no lanzó ninguna aspiración por respeto al primer ministro gravemente enfermo y por fidelidad a su jefe de facción.

En las elecciones generales celebradas el 25 de junio la coalición tripartita formada por el JMt, el Partido del Gobierno Limpio (Komeito, Kt, que se halla bajo la influencia de la secta budista Soka Gakkai) y el Partido Conservador (Hoshuto, Ht, una reciente escisión del Partido Liberal –Jiyuto, Jt- fundado en 1998 por el destacado ex dirigente del JMt Ichiro Ozawa, cuya negativa a permanecer en el Gobierno de Obuchi precipitó la ruptura interna) mantuvo, con 271 escaños, la mayoría absoluta en la Cámara baja de la Dieta. Aun y todo, el JMt perdió 38 actas con respecto a la asamblea saliente y descendió a los 233 diputados.

La gestión de Mori no tardó en sumirse en el descrédito por la prolongación de la incertidumbre económica y por los propios errores de imagen del primer ministro, creándose un clima de revuelta en el partido. La carrera para reemplazar a un Mori prematuramente desgastado empezó después de votarse, el 21 de noviembre, la moción de censura lanzada por la oposición de la que sólo a última ahora se desentendió la facción liberaldemócrata de Koichi Kato, con lo que el primer ministro se salvó por los pelos. A comienzos de 2001 Koizumi se desvinculó de su facción para gozar de más libertad de movimientos y se dispuso a elaborar su envite, al tiempo que se perfilaban otros pretendientes, como el septuagenario Hiromu Nonaka y el mismo Hashimoto. De puertas adentro del partido, Koizumi cortejó las simpatías de otros dirigentes marginados, como Kato, en un intento de romper con la rigidez del sistema de facciones.

Discretamente primero y abiertamente después de que el 6 de abril Mori anunciara que presentaría la dimisión tan pronto como el partido eligiera a su sustituto en unas elecciones internas adelantadas a ese mes, el equipo de imagen de Koizumi, como si de unos comicios presidenciales abiertos se tratara, jugó a fondo las bazas del aspirante, captando la atención preferente de los medios de comunicación. El ya bautizado como Rey León por su melena canosa, confesó que este su distintivo era un artificio de coquetería creado por su peluquero para hacerle más dinámico e informal. Por otro lado, los colaboradores de Koizumi incidieron en una reputación de hombre limpio, radicalmente ajeno a los escándalos de corrupción que habían proliferados en el JMt en la última década.

Aunque Koizumi enarbolaba una reforma estructural que era anatema para el partido, la privatización de la gigantesca red de cajas postales de ahorros, y los socios del JMt en el Gobierno de coalición, el Kt de Takenori Kanzaki y el Ht de Chikage Ogi, habían expresado sus preferencias por el más convencional Nonaka, en la elección del 24 de abril Koizumi ganó los votos de 298 -le bastaban 244- de los 487 delegados, entre parlamentarios y representantes de las prefecturas. Los oficiales del partido no tuvieron otro remedio que aceptar el contundente resultado de la interna, en la que, por primera vez, fueron involucrados el millón largo de afiliados permitiéndoles elegir a sus compromisarios en las 47 prefecturas del país.

Los observadores interpretaron que los dirigentes territoriales del partido, aún sin estar del todo de acuerdo con la plataforma Cambiar el JMt, Cambiar Japón de Koizumi, temían más la perspectiva de que Hashimoto o Nonaka, exponentes del tradicionalismo, ocuparan las presidencias del partido y el Gobierno cuando se celebraran en julio las elecciones senatoriales. Frente al electorado, Koizumi aparecía como un émulo de los carismáticos y dinámicos líderes del principal partido de la oposición, el Democrático (Minshuto, Mt, fundado en septiembre de 1996 por disidentes del Kt y el NSt), Yukio Hatoyama y Naoto Kan, personajes que tenían porte de futuros primeros ministros.

Dado que la coalición tripartita gozaba de una amplia mayoría en la Cámara de Representantes, la investidura de Koizumi como primer ministro, el noveno en diez años, entrañaba un mero trámite. El 26 de abril de 2001 su candidatura salió adelante con 287 votos frente a los 127 conseguidos por Hatoyama y acto seguido entró en funciones al frente de un gobierno de coalición que mantenía el equilibrio tripartito.

Entre los nuevos ministros del JMt destacaron en Asuntos Exteriores Makiko Tanaka, hija del difunto Kakuei Tanaka, una política altamente popular, con fama de disidente también y colaboradora de Koizumi (a quien ella había calificado de "bicho raro" en una ocasión), y en Finanzas Masajuro Shiokawa, un conservador casi octogenario cuyo apoyo a la reforma fiscal y los presupuestos realistas iba a servir para tranquilizar a los mercados temerosos de que los nuevos gobernantes intentaran aplicar experimentos arriesgados en la reconducción de la crisis. Del todo inesperada fue la nutrida presencia de mujeres en el gabinete, con cuatro titulares además de Tanaka.

Los medios de comunicación locales se congratularon de la elección de Koizumi, que interpretaron como el principio de la renovación urgente en una etapa de incertidumbres, la más acuciante desde la recuperación de posguerra, en torno al futuro del modelo de funcionamiento económico y social en el que Japón había basado su espectacular crecimiento desde los años sesenta, hasta convertirse en la segunda potencia económica del mundo tras Estados Unidos.

Desvanecida la burbuja financiera de los años ochenta y primeros noventa, y severamente cuestionada toda una cultura de hacer los negocios, pródiga en prácticas heterodoxas desde el punto de vista del mercadeo globalizado, el panorama era francamente ominoso. Así, el desempleo, alimentado por las quiebras en cadena de grandes corporaciones en los sectores financiero, industrial, comercial, asegurador o de la construcción, rondaba la tasa histórica del 5% de la población activa, y las modalidades de contratación precaria –que en Japón alude a cualquier tipo de contrato no fijo- afectaban ya a la tercera parte de los asalariados.

El consumo y la actividad industrial no levantaban cabeza, impetrando el fantasma de una nueva recesión como las registradas en los ejercicios 1993-1994 y 1998-1999. Y la deuda pública alcanzaba el 150% del PIB, la tasa más hinchada de los países desarrollados, como consecuencia de las masivas inyecciones de dinero público en el sistema productivo, gasto que, a la postre, no había producido apenas efectos en la economía. Con unos tipos de interés virtualmente inexistentes, otra medida para estimular la actividad, la balanza de precios se encontraba en una situación deflacionaria, y en cuanto a la Bolsa de Tokyo, el índice Nikkei acababa de derrumbarse, situándose por debajo de la barrera simbólica de los 12.000 puntos.

En sus primeras alocuciones como primer ministro, Koizumi confirmó que iban a emprenderse reformas de calado, no simplemente apaños coyunturales o políticas de relanzamiento de la demanda como los que habían aplicados sucesivamente Hashimoto, Obuchi y Mori urgidos por la crisis económica. Haciendo hincapié en el eslogan, meridianamente explícito, de "sin reforma estructural no hay recuperación económica", subrayó la necesidad de restablecer la confianza de la asustada población en los responsables políticos y económicos, acabar con la situación de los créditos impagados de la banca comercial, que estrangulaba la concesión de la financiación requerida por las pequeñas, medianas y grandes empresas que sí eran solventes para mantener su actividad, y poner coto a la desaforada deuda pública.

Para el segundo de los objetivo trazados, Koizumi anunció un plan de saneamiento estructural y desregulación a un plazo máximo de tres años que dejaba en manos de la libre competencia la suerte -su liquidación o bien su continuidad mediante las reestructuraciones y fusiones necesarias- que pudieran correr las firmas financieras en bancarrota, el restablecimiento de los sistemas de crédito productivo y, por ende, la revisión a la alta de los muy deteriorados índices de calificación que testimonian la confianza internacional en la economía japonesa.

Para el tercer objetivo, de entrada Koizumi renunciaba a la emisión masiva de bonos de deuda pública como fuente de financiación del Estado y añadió que se administrarían con cautela los fondos públicos reservados a un mecanismo de compra de acciones cuyo objeto era neutralizar las pérdidas excesivas en la Bolsa. Ahora bien, donde no se renunciaba a gastar era en la generación de empleo. Koizumi advirtió que a lo largo de este proceso de reformas profundas podrían producirse "sacudidas" y "consecuencias dolorosas" en los "sectores ineficientes" de la sociedad.

En cuanto a la política exterior, Koizumi ponderó la alianza de seguridad con Estados Unidos como el eje de la diplomacia nipona y abogó por desarrollar los tratos con los vecinos asiáticos, en especial China, Corea del Sur y Rusia. Otra propuesta inédita y polémica apuntaba a la revisión el artículo 9 de la Constitución para permitir a las Fuerzas de Autodefensa (sucedáneo de unas Fuerzas Armadas regulares y permanentes, a las que Japón hubo de renunciar tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial) participar en misiones de paz allende las fronteras nacionales, dejando atrás la exclusividad del estatus defensivo que desde comienzos de los años noventa sólo había cuestionado tímidamente la misión de cascos azules enviada en 1992 a Camboya, como parte de la operación de mantenimiento de la paz de la ONU Autoridad de Transición (UNTAC) y al amparo de la Ley de Cooperación en la Paz Internacional, luego las proscripciones contenidas en la Carta Magna quedaron salvaguardadas en aquella ocasión.

Por de pronto, las encuestas de opinión indicaban que el flamante primer ministro, presto a romper los moldes tradicionales de la política japonesa, gozaba de unos niveles récord de popularidad (entre el electorado femenino muy en particular, siendo legión las admiradoras que se disputaban los lugares de proximidad en los actos abiertos al público, con las consiguientes escenas que recordaban más a un cantante de moda acosado por sus fans). Probablemente, en el período inicial de su mandato, Koizumi poseía los más elevados índices de aceptación nunca disfrutados por un primer ministro en la era democrática.

Esto le animó a dirigir una advertencia sin precedentes a los detractores de dentro del JMt que estaban dispuestos a obstaculizar el vendaval de reformas anunciado: “si el partido se me resiste, no dudaré en eliminarlo”. El 29 de julio se celebraron elecciones para renovar la mitad de los 247 puestos de la Cámara alta del Parlamento y el primer ministro pudo alardear de haber obtenido una confortable mayoría absoluta de 138 escaños (de los que 110 los aportó su partido), a pesar de que muchos de los consejeros electos del JMt eran conservadores refractarios a las reformas.

En los meses que quedaban hasta terminar el año, Koizumi menudeó los anuncios de medidas espectaculares para reformar en profundidad el sistema en crisis, pero la multiplicación de las declaraciones empresariales de quiebra y el incremento del paro reabrieron el debate sobre la validez de una política económica y social de inspiración neoliberal. Así, los proyectos de privatización de empresas del Estado tan emblemáticas como la Corporación de Carreteras, verdadero sumidero de partidas presupuestarias, y el servicio de Correos, mastodonte que cuenta con el mayor fondo nacional de depósitos y seguros a través del cual el gobierno de turno suele inyectar liquidez al sistema, ambos manejados por el JMt como cotos particulares, levantaron tal oposición faccionaria en el partido y dudas no menos paralizantes entre los socios de coalición que Koizumi se vio obligado a suspenderlos.

El primer ministro se negó en redondo a transferir masivamente fondos públicos al sistema bancario, sumido virtualmente en un caos de insolvencia y recomposiciones, tal como le exigía la oposición parlamentaria, pero en febrero de 2002 contradijo su pregonada determinación de ir eliminando los préstamos improductivos o morosos (non-performing loans, en la terminología del FMI) de las carteras crediticias de los bancos, cuando, discretamente, cuando concertó con un grupo de bancos un plan de salvamento con reestructuración de 520.000 millones de yenes (unos 3.900 millones de dólares al tipo de cambio del momento) del grupo Daiei, la mayor cadena de supermercados del país, cuya quiebra se antojaba inevitable al acumular deudas por valor de 17.000 millones de dólares.

Se trataba de un dilema, ya que Daiei daba empleo a cerca de 100.000 trabajadores. Las angustias contables del grupo se habían visto agravadas por la crisis del sector cárnico, a raíz de la detección en septiembre de los primeros casos en Japón de la encefalopatía espongiforme bovina, más conocida como el mal de las vacas locas. La actuación de Koizumi recordó las preocupaciones de algunos dirigentes de la socialdemocracia europea frente a este tipo de situaciones y volvió a poner al descubierto los íntimos vínculos existentes en Japón ente la banca privada y la política. En octubre siguiente se repitió la operación de ayuda a Daiei, aunque a menor escala (60.000 millones de yenes fueron desembolsados ahora).

A la espera de realizaciones que evitaran permitir hablar de retórica oficial, 2001 se consideró un año perdido, de transición a la recuperación: el PIB registró un crecimiento negativo del 0,4%, la deuda pública marcó el 133% del PIB y el promedio del desempleo se colocó ligeramente por encima del 5% (el 5,6% en el mes de diciembre). La deflación o inflación negativa marcó un valor medio anual insólito en el contexto mundial: el 1,2%, toda una señal del síndrome de anemia económica que atenazaba al país. Con todo, la recesión habría sido más profunda si las industrias exportadoras natas, típicamente el sector de la automoción, no hubieran experimentado una notable bonanza gracias a la depreciación del yen.

Al despuntar 2002 detractores y observadores imparciales coincidían en el análisis de que si Koizumi era incapaz de satisfacer las expectativas generadas entre la población, su popularidad se evaporaría tan rápido como había surgido. El tiempo iba a desmentir este pronóstico, aunque las oscilaciones en el favor del público fueron la tónica.

El 29 de enero de 2002 la crisis que venía gestándose en el mismo núcleo del gabinete la exteriorizó por las buenas Koizumi destituyendo a su principal aliada en la plataforma reformista del año anterior, Tanaka. Con este repentino cese, producido minutos después de que la Dieta aprobara un paquete presupuestario de contingencia para reflotar la economía y simultáneamente al despido del viceministro de Exteriores, Yoshiji Nogami, Koizumi impuso un desenlace pretendidamente salomónico a una intensa porfía que envolvía a Tanaka, conocida por no morderse la lengua, y un grupo de altos funcionarios del Ministerio encabezados por Nogami.

La responsable de la diplomacia nipona venía acusado a un influyente diputado del JMt, Muneo Suzuki, de haber intentado vetar la participación de dos ONG japonesas críticas con el Gobierno en la Conferencia Internacional de Donantes para Afganistán, celebrada recientemente, los días 21 y 22 de enero, en Tokyo. Suzuki refutó a Tanaka, y entonces Nogami se puso en contra de su jefa ministerial saliendo a defender al primero. Toda vez que este alboroto estaba interfiriendo en el procedimiento parlamentario para sacar adelante el presupuesto, Koizumi cortó por lo sano y cesó a los dos protagonistas.

Los observadores comentaron que las razones de la remoción de Tanaka trascendieron su enfrentamiento puntual con Nogami y Suzuki, y apuntaron a una satisfacción por Koizumi de las quejas expresadas por la burocracia liberaldemócrata y los diplomáticos de carrera del Ministerio, a los que Tanaka estaba hostigando incansablemente en su determinación de poner fin a la práctica inveterada del manejo de fondos públicos de manera patrimonial. Tanaka era el símbolo de la lucha contra la corrupción, se trataba de un miembro del Gobierno altamente popular y su salida de mala manera afectó de manera inmediata a los índices de aceptación del primer ministro, que hasta ahora se habían mantenido por encima del 70%: en sólo 48 horas los sondeos reflejaron caídas de hasta 20 puntos.

El 1 de febrero Koizumi nombró a otra mujer como titular de Asuntos Exteriores, Yoriko Kawaguchi, la responsable de la Agencia del Medio Ambiente, considerada una oficial obediente y conservadora. Tres días después, envalentonados por la reciente crisis, los principales partidos de la oposición lanzaron una moción de censura contra el ministro de Agricultura por su gestión del brote de la enfermedad de las vacas locas. La moción fue fácilmente derrotada en la Dieta en la jornada siguiente, 5 de febrero, pero en las semanas y meses ulteriores el Gobierno encajó situaciones embarazosas una detrás de otra.

Nada más derrotar a la oposición en el Parlamento, el Ejecutivo dio a entender que la situación de la banca comercial no merecía una urgente actuación de su parte; aún resonaba esta declaración en los oídos de los inversores cuando se produjo una avalancha de ventas de valores financieros en la Bolsa de Tokyo y el parqué descendió a su nivel de capitalización más bajo en 18 años. El 18 de marzo, el conocido legislador reformista Koichi Kato fue obligado a abandonar su escaño y de paso el JMt tras acusársele de malversar fondos y de haber aceptado sobornos empresariales una década atrás, y tras ver cómo un ayudante era arrestado por la Policía para responder de una imputación judicial de evasión fiscal.

En abril estalló otro escándalo que envolvió al presidente de la Cámara de Consejeros, Yutaka Inoue, al publicar una revista nacional que uno de sus asistentes había recibido sobornos de una constructora en conexión con un proyecto de obra pública; amenazado por la oposición con boicotear las sesiones de la Cámara alta, Inoue presentó la dimisión el 19 de abril. Al propio Koizumi le rondó el escándalo a fuer de unas informaciones periodísticas involucrando a su hermano menor, Masaya Koizumi, que le servía como secretario privado (y, según el primer ministro, un “fanático de Elvis Presley” que le hizo descubrir el mundo del rock and roll), en ciertos manejos sospechosos cuando trabajaba para una consultora.

Suma y sigue, el 19 de junio le tocó el turno al citado Muneo Suzuki, quien perdió la inmunidad parlamentaria y acto seguido fue detenido en cumplimiento de una orden de arresto emitida por el propio Gobierno para responder de la acusación de haber cobrado cinco millones de yenes de una empresa maderera con el objeto de que ejerciera sus influencias en la Agencia de Bosques de la administración y evitara que ésta sancionara a dicha empresa por haber talado árboles de una reserva forestal sin autorización.

Koizumi vio erosionada sustancialmente su popularidad como resultado de esta cadena de conmociones, pero, según indicaban los sondeos, retuvo la suficiente cuota de apoyos como para prevenir cualquier hipotético motín en el JMt a instancias de la facción de Hashimoto y otros notables de la vieja guardia antirreformista. Varias de las discrepancias con los socios del Gobierno y, desde luego, la grave incertidumbre económica, tuvieron que ver con la desasosegante situación internacional y regional, siendo los dos polos de tensión los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos y el desafío nuclear de Corea del Norte, lanzado con crudeza a finales de 2002.

Osama bin Laden, Koizumi demostró cuán importantes eran para él las relaciones con Estados Unidos, un sentimiento pronorteamericano que los citados atentados vinieron a robustecer hasta prácticamente lo incondicional. El 30 de junio de 2001 Koizumi sostuvo su primer encuentro con el presidente George W. Bush en Camp David, cerca de Washington, y protagonizó una de esas reuniones “sin corbatas” tan del gusto del mandatario americano en la que los dos líderes comparecieron con indumentaria informal (el nipón volvió a marcar el contraste con sus predecesores en el cargo y se mostró a guisa propia de un turista, luciendo una juvenil camisa azul desabotonada que dejaba ver una camiseta blanca de cuello redondo).

Huésped y anfitrión intercambiaron elogios y lanzaron una “asociación americano-japonesa por el crecimiento”, cuyo objetivo era promover el crecimiento económico sostenible en ambos países y el resto del mundo mediante políticas macroeconómicas, librecambismo y reformas estructurales. Se discutió también el espinoso asunto del sistema de Defensa Nacional Antimisiles (NMD) y su versión específica, en fase de investigación conjunta, para la protección de los socios y aliados de Estados Unidos en la cuenca del Pacífico, la llamada Defensa de Teatro Antimisiles (TMD).

Koizumi acogió “con compresión” la TMD y se desmarcó de chinos, rusos, franceses y alemanes en su rechazo al proyecto. A diferencia de ellos, y de los reacios surcoreanos, el primer ministro nipón no creía que el NMD-TMD fuera a espolear la carrera de armamentos en todo el mundo y a suponer un baldón para los esfuerzos multilaterales de contraproliferación de armas de destrucción masiva, sino que podría servir para reforzar el pacto de seguridad con Estados Unidos. De todas maneras, recomendó a Washington que antes de tomar una decisión sobre la viabilidad del TMD consultara a Beijing y Moscú.

El 13 agosto de 2001 Koizumi agitó los recelos de China y Corea del Sur con motivo de su visita al santuario shintoísta de Yasukuni, donde están inhumados con honores algunos jerifaltes civiles y militares, entre ellos el general y primer ministro Hideki Tojo, que fueron ejecutados por los aliados después de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial como culpables de crímenes de guerra y contra la paz. Ningún primer ministro había realizado una visita oficial al santuario desde Yasuhiro Nakasone en 1985, y aunque Koizumi decidió a última hora adelantar la suya en dos días y no hacerla coincidir con el 56º aniversario de la rendición, la polémica estuvo servida, más todavía porque el 15 de agosto quienes se personaron en Yasukuni fueron nada menos que cinco ministros del Gobierno y una delegación de diputados. La comitiva oficial rindió tributo a todos los caídos nipones en la guerra, civiles y militares, que tal es la dedicación formal del monumento.

Las reacciones de malestar fueron especialmente estridentes en Corea del Sur, país con el que las relaciones no pasaban por su mejor momento debido a la aprobación por el Ministerio de Educación japonés de un nuevo manual de historia para los escolares; según el Gobierno de Seúl e historiadores surcoreanos, el libro de texto era revisionista e inaceptablemente indulgente u olvidadizo con las atrocidades cometidas por Japón en el período de dominación colonial (1910-1945). Para dejar patente su postura en esta cuestión, el presidente y premio Nobel de la Paz Kim Dae Jung había llamado a consultas al embajador en Tokyo el 9 de abril, y ahora también expresó sin rodeos su enfado por los homenajes en el santuario shintoísta. En casa, los budistas del Kt y el Soka Gakkai, representantes del más acendrado espíritu pacifista de la sociedad japonesa, no se quedaron atrás y calificaron el gesto de Koizumi de “inquietante” y “deplorable”.

La intención de Koizumi, expuesta después de los atentados del 11 de septiembre, de contribuir a la operación antiterrorista Libertad Duradera, cuya primera fase bélica se estaba desarrollando en Afganistán, con el envío al océano Índico de varias unidades aeronavales de apoyo logístico a las fuerzas de Estados Unidos y otros aliados, y al socaire de una legislación antiterrorista especial, válida por dos años y prorrogable por otros dos, que permitiera a los miembros de las Fuerzas de Autodefensa participar en un escenario internacional de operaciones militares en misiones no de combate, suponía superar definitivamente un tabú de posguerra que volvió a generar dudas en el partido de influencia budista y el rechazo categórico del Mt en la oposición.

El 29 de octubre la legislación especial pasó el escrutinio de la Dieta y el 9 de noviembre partieron al Índico tres destructores entre reacciones de muy distinto signo, desde la resueltamente contraria de grupos pacifistas y ecologistas de izquierda hasta la entusiasta de asociaciones de la extrema derecha nacionalista. El sesgo internacional tomado por Koizumi tras los atentados del 11 de septiembre desató la inquietud en los vecinos asiáticos que padecieron el imperialismo japonés, donde se hablaba sin rodeos de “rearme” de Japón. En Corea del Sur, China o Vietnam medios oficiales y privados se hicieron eco del temor a que Japón pudiera aprovechar la cooperación con Estados Unidos en su campaña global contra el terrorismo para llevar a la práctica sus propias e inconfesables ambiciones militaristas.

La agenda diplomática de Koizumi fue intensa en este período. El 26 de septiembre acudió por segunda vez al encuentro con Bush, en la Casa Blanca, y le certificó que su país estaba codo con codo con Estados Unidos en el combate antiterrorista. En octubre y noviembre el primer ministro se volcó con los vecinos y socios asiáticos, y las visitas efectuadas estuvieron dirigidas a mitigar las recientes aprensiones con una serie de gestos, solventar contenciosos y hablar de seguridad.

El 8 de octubre Koizumi aterrizó en Beijing y desde el aeropuerto se dirigió en derechura al memorial de guerra chino erigido en el puente de Marco Polo, en las afueras de la ciudad, escenario en 1937 del primer encontronazo armado entre soldados regulares de los dos países y que suele considerarse el comienzo de la atroz guerra chino-japonesa, luego subsumida en la Segunda Guerra Mundial, con el fin de depositar una corona de flores en recuerdo del “pueblo chino que fue sacrificado en la invasión”. En la misma jornada mantuvo conversaciones con el presidente y secretario general del Partido Comunista, Jiang Zemin, y el primer ministro, Zhu Rongji.

El 15 de octubre le tocó el turno a Seúl, y allí Koizumi no ahorró tampoco los gestos de remordimiento y compunción oficiales. Al presidente Kim le transmitió su “sentida contrición” por el “gran dolor y sufrimiento” infligidos al pueblo surcoreano por el colonialismo nipón, y se refirió a la honda impresión que le había causado visitar el museo de historia dedicado a los resistentes represaliados por el ocupante.

Los días 20 y 21 de octubre participó en Shanghai en la IX Cumbre de la Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC), donde volvió a encontrarse con Bush, Jiang y Kim, y agregó su firma a una declaración especial en la que los líderes condenaron el terrorismo internacional. Finalmente, el 5 y el 6 de noviembre, tomó parte en Brunei en la VII Cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), reconfigurada desde diciembre de 1997 como ASEAN+3 para formalizar el diálogo comercial con tres países no miembros pero socios privilegiados de la organización: Japón, China y Corea del Sur.

En 2002 dio la impresión de que el activismo internacional de Koizumi sirvió para restar relieve a la acumulación de fracasos en política interna, donde las reformas económicas prometidas fueron posponiéndose para mejor ocasión a la par que se sucedían los escándalos políticos. El 18 y 19 de febrero, cuando los sondeos domésticos de opinión más ingratos eran y se solapaban a las críticas desde el extranjero por la pasividad del Ejecutivo ante la contracción de los precios y la enormidad, todavía, de los impagados crediticios de los bancos, el primer ministro tuvo acogido en Tokyo a Bush, quien le agradeció su alineamiento internacional y rompió una lanza por el éxito de la reforma económica japonesa, aunque cortésmente le pidió que no cayera en la tentación de propiciar una depreciación mayor del yen con finalidades de competitividad comercial. Koizumi aprovechó esta visita para anunciar un plan antideflacionario.

El 17 de septiembre Koizumi se marcó otro tanto con su histórico viaje a Corea del Norte, allá donde nunca antes había ido un jefe de Gobierno nipón. Los radicales desacuerdos en una serie de temas habían impedido hasta la fecha el establecimiento de relaciones diplomáticas normales. El encuentro de Koizumi con el dictador comunista Kim Jong Il despertó gran expectación en Corea del Sur porque podía resultar útil a la sunshine policy, la estrategia de acercamiento y reconciliación lanzada por Kim Dae Jung que perseguía poner fin al estado de guerra, vigente sobre el papel, entre ambas Coreas a falta de un tratado de paz que completara el mero armisticio firmado en 1953. Precisamente, la sunshine policy surcoreana se estaba viendo afectada negativamente por los planes del TMD y la decisión de Estados Unidos de condicionar la reanudación del diálogo bilateral, demandado insistentemente por Pyongyang, a una serie de cesiones unilaterales en el capítulo de armamentos de destrucción masiva.

El programa nuclear norcoreano se encontraba congelado desde 1994 en virtud a un acuerdo por el que Pyongyang renunció a sus vetustos reactores nucleares, susceptibles de producir plutonio para usos militares, y Washington se comprometió a construirle dos plantas nucleares con tecnología y financiación occidentales para usos estrictamente civiles, y a suministrarle gratuitamente 500.000 toneladas anuales de petróleo para subvenir las necesidades energéticas del país mientras durasen aquellas obras.

Japón y Corea del Sur formaron con Estados Unidos la Organización para el Desarrollo de la Energía en la península Coreana (KEDO), consorcio para canalizar las dotaciones económicas y dirigir las actividades de suministro energético a Corea del Norte, que también quedó obligada a someterse a un régimen de inspecciones periódicas de sus instalaciones por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), cosa que hasta la fecha no se había producido. A comienzos de año el Gobierno de Bush había citado a Corea del Norte como uno de los países del “eje del mal” (los otros dos eran Irak e Irán), y ahora siguió con gran interés lo que allí ventilaba su mejor aliado en Extremo Oriente.

A los japoneses les interesaba grandemente amansar a los siempre imprevisibles norcoreanos, que les habían dado unos cuantos sustos en los últimos años, como el lanzamiento en agosto de 1998 de un misil balístico de largo alcance, el Taepodong 1, que sobrevoló el archipiélago nipón a la altura de la isla de Honshu y que cayó en el océano Pacífico, y el incidente del supuesto barco espía hundido por la guardia costera japonesa en aguas territoriales del mar de la China Oriental en diciembre de 2001.

En Pyongyang Koizumi encontró a un Kim Jong Il sonriente que le ofreció concesiones en materia de seguridad, centradas en la promesa de extender la moratoria de los ensayos con misiles balísticos más allá de su expiración en enero de 2003, y una disculpa (insólita en el lenguaje de este régimen singularmente autista y replegado sobre sí mismo) por el rapto por agentes secretos norcoreanos de 11 ciudadanos japoneses en los años setenta y ochenta, cuatro de los cuales, informó, continuaban vivos y los restantes, o ya habían muerto o estaban desaparecidos, con lo que el anuncio de que se iban a emprender los trámites para la devolución a Japón de los primeros si tal era su deseo quedó empañado por la conmoción de conocer la triste suerte de los segundos.

En Tokyo algunos indignados diputados cercanos a los familiares de las víctimas declararon que lo que imperaba en Corea del Norte no era otra cosa que el terrorismo de Estado. Además, se tenía la convicción de que el régimen comunista había raptado a muchos más japoneses de los que ahora reconocía; no están muy claras las razones de estos secuestros, para la creencia más extendida es que guardaban relación con el desarrollo de labores forzosas de inteligencia y espionaje.

Por su parte, Koizumi emitió la disculpa de rigor por la barbarie colonial de 1910-1945, pero rehusó hablar de ayudas económicas directas, cosa que, como sucedió con Corea del Sur en 1965, vendría únicamente después del establecimiento de relaciones diplomáticas, aspecto que iba a centrar unas conversaciones bilaterales a desarrollar en las próximas semanas. Una vez de vuelta en Tokyo, Koizumi informó que había llamado por teléfono a Bush para proponerle la exclusión de Corea del Norte del ominoso trío del “eje del mal”, siendo la respuesta del estadounidense que iba a “considerar seriamente” tal posibilidad.

Sin embargo, no se había cumplido un mes desde el histórico encuentro en Pyongyang cuando Koizumi vio virtualmente volatilizadas las expectativas de realizaciones en los tratos con el régimen de Kim Jong Il al reconocer éste, el 16 de octubre, que, tal como sospechaban los servicios de inteligencia occidentales, se había embarcado en un programa atómico secreto de enriquecimiento de uranio para usos militares, lo cual era una flagrante contravención del acuerdo de 1994 y podía interpretarse como que Corea del Norte había conseguido fabricar la bomba atómica. Al igual que en 1993 a instancias del difunto Kim Il Sung, padre del actual autócrata, la crisis nuclear norcoreana estaba servida.

En la X Cumbre de la APEC, celebrada en Los Cabos, México, el 26 y el 27 de octubre, Koizumi suscribió con Bush y Kim Dae Jung una declaración tripartita que demandaba el desmantelamiento verificable del programa nuclear de Pyongyang, cuyo desafío de regusto chantajista, tal era la opinión general, perseguía arrancar a Estados Unidos unas negociaciones en pie de igualdad en torno a un tratado bilateral de no agresión, al margen de las negociaciones intercoreanas de paz. La administración Bush había dejado claro que aquella no era la cuestión y que Corea del Norte lo que tenía que hacer era respetar la no proliferación nuclear, así que en noviembre decidió interrumpir los envíos de petróleo. La sanción fue secundada por Japón y Corea del Sur en tanto que miembros de la KEDO

El 4 y el 5 de noviembre Koizumi tomó parte en la VIII Cumbre de la ASEAN+3 en Phnom Penh y después asistió a la escalada nuclear de los norcoreanos, que el 12 de diciembre anunciaron la reactivación del reactor de Yongbyon, capaz de sintetizar plutonio, el 23 de diciembre desprecintaron los sistemas de vigilancia y seguridad que la AIEA mantenía en esa planta, y el 10 de enero de 2003 comunicaron que se retiraban del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Ese mismo día Koizumi se encontraba en Moscú y transmitió a Corea del Norte un llamamiento conjunto con el presidente Vladímir Putin para que detuviera su escalada y regresara a los compromisos adquiridos.

El 13 de febrero el ministro de Defensa de Koizumi, Shigeru Ishiba, advirtió que Japón podría lanzar un ataque preventivo contra Corea del Norte, como legítima medida de autodefensa, si llegaba a la conclusión de que estaba preparando un ataque con misiles balísticos contra el archipiélago. A los pocos días, el 24 de febrero, Corea del Norte hizo, en efecto, un ensayo de misil, si bien se trató de una unidad antinaval de corto alcance que cayó a 60 km de la costa norcoreana en el mar del Japón.

Tokyo se apresuró a quitar hierro al incidente, que parecía destinado a impresionar más los surcoreanos, ya que al día siguiente tenía lugar la transferencia presidencial de Kim Dae Jung a su sucesor electo, Roh Moo Hyun. El Gobierno nipón declaró que no se había violado la declaración de Pyongyang sobre la moratoria de pruebas con misiles balísticos. Pero el 10 de marzo Corea del Norte lanzó otro misil de corto alcance, que esta vez se adentró 160 km en el mar del Japón, haciendo cundir la preocupación y suscitando graves interrogantes sobre la vulnerabilidad del país. Koizumi y su gabinete se mantuvieron silenciosos, no sacaron a colación la TMD y prefirieron no dar pábulo al alarmismo cuando, a los pocos días, se divulgaron rumores de que Corea del Norte preparaba un tercer ensayo, esta vez con un misil de medio alcance Nodong, capaz de alcanzar cualquier punto del archipiélago japonés.

A estas alturas del curso político, la inminente invasión por Estados Unidos y el Reino Unido de Irak con el pretexto principal –falaz, a la postre- de que el régimen de Saddam Hussein estaba burlándose de las inspecciones internacionales y escondía armas de destrucción masiva, químicas y bacteriológicas, prohibidas por el Consejo de Seguridad de la ONU tras su derrota en Kuwait en 1991, acaparó los pronunciamientos internacionales de Koizumi, que, pesase a quien pesase, no vaciló en cerrar filas con Bush.

El 19 de marzo, en la víspera del estallido de la guerra, el primer ministro salió a respaldar el ultimátum de 48 horas lanzado por Bush a Saddam el día anterior y afirmó que la decisión de Estados Unidos de atacar se había tornado “inevitable” y que no era necesaria un nuevo pronunciamiento del Consejo de Seguridad luego de la ambigua resolución 1.441 (que fijó una fecha límite a Irak para que aceptara el régimen de inspecciones pero sin explicitar el recurso a la guerra en caso de incumplimiento) aprobada el 8 de noviembre de 2002, para dar validez jurídica a la operación en ciernes, si bien expresó su contrariedad por la incapacidad del Consejo para adoptar una postura común sobre tan grave asunto desde aquella fecha.

Lógicamente, el japonés figuró entre la treintena de gobiernos mundiales que aceptaron ser citados por el Departamento de Estado de Estados Unidos como partidarios de la invasión de Irak, que comenzó el 20 de marzo y terminó el 9 de abril con la entrada de las tropas estadounidenses en Bagdad, si bien hasta el 1 de mayo Bush no dio por terminados los combates. En un tema de agenda aparte, los días 30 y 31 de aquel mes Koizumi estuvo de nuevo en Rusia con motivo del 300º aniversario de la ciudad de San Petersburgo.

Aprovechó para sostener su primer encuentro con el nuevo presidente y líder comunista chino, Hu Jintao, y con Putin volvió a hablar de los proyectos de construcción de un oleoducto desde Siberia hasta la costa rusa del Pacífico y de un gasoducto desde la isla de Sajalín a Japón, en los que Tokyo estaba muy interesado. Estos planes de inversión conjunta estaban ligados al principal y sempiterno escollo en las relaciones ruso-japonesas, la reclamación por el país asiático de la devolución de las islas Kuriles, ocupadas por la URSS al cabo de la Segunda Guerra Mundial. Sobre el particular, los portavoces del Gobierno japonés comentaron que se habían producido “progresos”, pero tras la reunión de San Petersburgo la parte rusa se encargó de minimizar las expectativas de un acuerdo cuya inexistencia ha impedido hasta el momento a Japón y Rusia, en tanto que heredera de la URSS, firmar el tratado de paz pendiente desde 1945, luego, técnicamente, los dos países continúan en estado de guerra.

Desde mediados de 2003, la nada satisfactoria evolución de la economía y la posible participación en la ocupación militar de Irak fueron los dos grandes temas que pautaron las intenciones políticas de Koizumi a corto plazo. 2002 terminó siendo, de nuevo, un año muy malo, con una tasa del PIB del 0,3% -una de las más mezquinas de la OCDE-, una deflación del 0,9% y el desempleo pertinazmente situado en el 5%. Los dos últimos trimestres del año finalizado habían dado pábulo a una esperanza de recuperación, pero en el primer trimestre de 2003 la economía volvió a registrar el crecimiento cero.

Koizumi seguía sin decidirse a lanzar la gran reforma estructural del sistema, que, según algunos observadores, podría acercarse a la revolución liberal-derechista desatada por Margaret Thatcher en el Reino Unido en 1979, posiblemente porque no las tenía todas consigo, con un partido lleno de voces discrepantes, que, de hecho, evocaban el temor general de la población a la reconversión traumática de un modelo socioeconómico que se agotaba a ojos vista, y privado de la mayoría absoluta parlamentaria que le permitiera gobernar sin el Kt y el Ht.

Ahora mismo, la batalla política concernía a los planes con respecto a Irak. En parte por deseo propio, en parte urgido por Estados Unidos, el Gobierno tomó la arriesgada decisión de enviar tropas de tierra al país árabe, que estaba lejos de pacificarse por la emergencia de un movimiento de resistencia de los partidarios de Saddam (a la sazón, fugitivo) y los golpes terroristas de probable matriz islamista, y sometido a un régimen de ocupación prácticamente monopolizado por Estados Unidos y su aliado británico, cuyo soporte civil, la llamada Autoridad Provisional de la Coalición (APC), no contaba aún con el reconocimiento del Consejo de Seguridad de la ONU, luego, en un sentido estricto, si la guerra había sido ilegal, la actual ocupación militar de Irak también violaba el derecho internacional.

Estos argumentos que compartían una parte importante de la comunidad internacional y también de la opinión publica nacional no impresionaron a Koizumi, que estaba decidido a no repetir la situación de 1990-1991 durante la crisis del Golfo, gobernando Toshiki Kaifu, cuando Tokyo se escudó en su Constitución pacifista para no sumar tropas a la gran coalición internacional que desalojó a Irak de Kuwait –con la autorización expresa de la ONU en esta ocasión- y salió del paso haciendo honor a su condición de gigante económico y enano político, es decir, aflojando su bien surtida faltriquera y poniendo sobre la mesa la gigantesca cantidad de 13.000 millones de dólares

Ahora, Japón iba a entregar mucho menos dinero: en la Conferencia de Donantes a Irak celebrada en Madrid el 23 y el 24 de octubre de este año Japón aportó 1.500 millones de dólares como donación a fondo perdido para 2004 y 3.500 millones más en créditos para el trienio 2005-2007. Se trató de la segunda mayor contribución a la reconstrucción de Irak después de Estados Unidos y en Tokyo los manifestantes contra la implicación en Irak no dejaron de expresar su hartazo de que su país fuera siempre el “cajero automático” de otros cuando había que arrimar el hombro en una crisis internacional, máxime tratándose de una situación que, como la presente, había sido provocada por potencias invasoras actuando por su cuenta y riesgo.

Puesto que la vigente Ley de Cooperación en la Paz Internacional requería el consentimiento del gobierno del país destinatario de las tropas, el cese de las hostilidades sobre el terreno y unas condiciones para trabajar allí con imparcialidad, típicamente en el contexto de una operación organizada y comandada por la ONU, y que en Irak, ni había gobierno, ni regía la ONU, ni imperaba el sosiego, ni cabía la neutralidad, Koizumi precisaba de un nuevo instrumento legal que, haciendo encaje de bolillos jurídico, no atentara contra la Constitución.

Así, el Gobierno elaboró el proyecto de la denominada Ley sobre Medidas Especiales para la Asistencia a la Reconstrucción de Irak, que autorizaba el despacho de soldados de las Fuerzas de Autodefensa, un contingente en torno al millar de hombres, zapadores e ingenieros en su mayor parte, para unirse a la División Multinacional del Sur-Este (MND-SE) que se estaba constituyendo con la participación de británicos, italianos y holandeses, correspondiendo el mando operativo a los primeros, para conducir las tareas del régimen de ocupación en las provincias meridionales de Basora, Maysán, Dhi Qar y Al Muthanná.

Los efectivos japoneses, recogía el proyecto de ley, irían allí en misión de “asistencia humanitaria”, de “apoyo logístico” y de “asistencia a la seguridad”, cosa esta última que no quería decir capacidad para el combate, sino sólo “ayuda en las tareas de mantenimiento del orden público”, según el Gobierno. En cuanto a la base de derecho internacional para este despliegue, el Gobierno consideraba suficientes las resoluciones 687 (1991) y 1.441 (2002), las mismas que habían esgrimido Estados Unidos, el Reino Unido y España para justificar la guerra en el Consejo de Seguridad, más la aprobada el 22 de mayo del año en curso, la 1.483, que, entre otros puntos, reconocía a Estados Unidos y el Reino unido como “potencias ocupantes” revestidas de “autoridad sujeta al derecho internacional”. Sin embargo, la 1.483 no reconocía expresamente a la APC ni bendecía la presencia de tropas de otras nacionalidades.

Los cuatro partidos de la oposición intentaron entorpecer las votaciones parlamentarias del proyecto de ley por todos los medios posibles, alargando los debates plenarios con interpelaciones, sometiendo enmiendas e incluso presentando mociones de censura, contra el ministro de Defensa, el ministro de Exteriores, el jefe del Gabinete y el propio Koizumi, todas las cuales fueron derrotadas (la de Koizumi, el 24 de julio). El oficialismo resistió la presión y no sufrió defecciones en el grupo parlamentario liberaldemócrata, tal que el 29 de julio, después de recibir la aprobación de la Dieta (el 4 de julio) y de la Cámara de Consejeros (el 26 de julio), la Ley para la Asistencia a la Reconstrucción de Irak entró en vigor.

Con este triunfo en la mano, Koizumi afrontó muy confiado la prueba de la elección interna del JMt, que tocaba celebrar el 20 de septiembre y de la que iba a salir el presidente del partido para los próximo tres años, que era como decir el primer ministro de la nación, al menos hasta las siguientes elecciones a la Dieta; éstas, de acuerdo con el calendario de la legislatura, correspondían en 2004, pero cabían pocas dudas de que Koizumi, si era reelegido por el partido, disolvería las cámaras y convocaría comicios anticipados para aprovechar el tirón victorioso. Además, estaba la buena noticia de que en el segundo trimestre del año el PIB había crecido el 1%.

En el cálculo de Koizumi, no obstante el rechazo o reluctancia mayoritarios del electorado a la implicación japonesa en la posguerra irakí, cabía la obtención de la mayoría absoluta por el JMt en solitario, lo cual le permitiría abordar la enmienda de la Constitución para transformar las Fuerzas de Autodefensa y pisar el acelerador –o más bien, poner en marcha el motor- de las reformas económicas pendientes: las privatizaciones empresariales, la liquidación de los créditos morosos, el recorte de los astronómicos déficit y deuda públicos, y la supresión de subsidios agrícolas.

El 20 de septiembre, con 399 votos sobre 657, Koizumi derrotó fácilmente a los tres diputados conmilitones que le habían arrojado el guante, a saber: Shizuka Kamei, antiguo ministro de Obras Públicas y responsable de formulación de políticas del partido, que venía atacando al primer ministro como si de un líder de la oposición se tratara, exigiéndole que mutara sus políticas económicas de austeridad por otras de carácter expansivo y denostando su predilección por una “sociedad de estilo americano donde los débiles son devorados”; el respetado ministro de Exteriores con Obuchi, Masahiko Komura, defensor también del gasto público para estimular la economía, pero con moderación; y, Takao Fujii, antiguo ministro de Transportes, que pregonaba una inyección de dinero público nada menos que de 10 billones de yenes.

Los comentaristas del proceso sostuvieron que muchos delegados del partido pudieron haber votado por Koizumi, no por simpatías ideológicas, sino por un criterio práctico: con este líder capaz de preservar su carisma a pesar de la inercia económica, los escándalos de corrupción y el alboroto de Irak, el JMt tenía garantizado tras las elecciones el control del Ejecutivo y la mayoría en la Dieta. En efecto, el 10 de octubre Koizumi disolvió las cámaras y convocó para el 9 de noviembre unas elecciones generales que bautizó como “de la reforma”. En ese momento, contaba con un 60% de popularidad según los sondeos.

El profundo deterioro de la situación de la seguridad en Irak y la campaña electoral aconsejaron postergar hasta después de los comicios el despliegue de los soldados en Irak, misión que merced a la resolución 1.511 aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 16 de octubre, sí iba a gozar de legitimidad a efectos del derecho internacional.

La cita con las urnas deparó una sensación un poco agridulce a Koizumi, pues el JMt vio confirmada su primacía con el 34,9% de los sufragios y 237 diputados, una ganancia de 4 con respecto a las elecciones de 2000, pero se quedó a falta de otros 4 para la mayoría absoluta, luego budistas y conservadores, que sumaron 38 actas (las mismas que hasta ahora, sólo que las tres pérdidas por el Ht engrosaron el grupo del Kt), seguirían siendo socios del Gobierno. El ganador moral de las elecciones fue el Mt, que rebotó desde los 127 escaños de 2000 hasta los 177 ahora, gracias a la reciente absorción (el 24 de septiembre) del Jt de Ozawa y a la capitalización del descontento por la situación económica y la controversia de Irak (Kan hizo bandera del no envío de soldados al país musulmán). Más aún, en el cómputo del voto según el sistema proporcional, que adjudica 180 de los 480 escaños de la Dieta, el Mt, con el 37,4%, aventajó en más de dos puntos al JMt.

El 19 de noviembre Koizumi pasó el trámite de la investidura por la Dieta para un nuevo período de Gobierno con mandato hasta 2007. El mismo día se supo que una docena de soldados japoneses ya había sido desplegada discretamente, casi clandestinamente, en Samawah, en la provincia de Al Muthanná, colocándose bajo mando holandés y con la misión de explorar el terreno. Sólo cinco días antes Koizumi había comunicado en Tokyo al secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, que no era seguro que las tropas pudieran estacionarse en Irak este año debido a los últimos ataques de la resistencia y atentados terroristas con vehículos suicidas contra las fuerzas ocupantes, el más grave de los cuales, cometido el 12 de noviembre en Nasiriyah, se cebó con el contingente italiano. Koizumi pidió un esfuerzo para mejorar los niveles de seguridad antes de enviar a las tropas.

El 25 de noviembre un porfiado Koizumi ratificó el compromiso adquirido por su país con la coalición mandada por Estados Unidos en Irak y aseguró que Japón no iba a dejarse intimidar por ninguna amenaza terrorista. Sin embargo, las encuestas del momento reflejaban la preocupación creciente entre los japoneses por que la implicación en Irak pudiera convertir en objetivos a batir por los grupos insurgentes a los compatriotas civiles y militares presentes allí, e incluso extender al archipiélago el espanto terrorista de Al Qaeda y grupos afines, padecido estos días por Arabia Saudí y Turquía, dos países que estaban cooperando con Estados Unidos en Irak.

El asesinato el 29 de noviembre de dos diplomáticos japoneses cerca de Tikrit, el mismo día en que siete agentes de inteligencia españoles caían abatidos en una emboscada de carretera al sur de Bagdad y horas antes de que dos civiles surcoreanos corrieran igual suerte también en el área de Tikrit, mostró crudamente cuán pertinentes eran los temores suscitados. El doble crimen llenó de consternación a la opinión pública japonesa y colocó en una situación altamente comprometida a Koizumi, que se declaró “furioso” con unos “ataques indiscriminados” que sólo pretendían “llevar a Irak al caos”. El 4 de diciembre el primer ministro decidió iniciar el despliegue de 1.100 soldados de los tres ejércitos de autodefensa a partir de enero de 2004 tras llegar a la conclusión de que se iba a poder mantener un cierto nivel de seguridad en los alrededores de Samawah.

(Última actualización: 5 diciembre 2003)

Fuente CIDOB


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