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En estos años Koizumi se construyó una imagen pública de contestatario
enfrentado a la vieja guardia liberaldemócrata, a la que achacaba
incapacidad para renovar el discurso y reaccionar ante las últimas
alarmas electorales, que parecían preludiar el final de una hegemonía
en la política japonesa que duraba desde la fundación del partido en
1955. Con unos modos y una presencia física inusuales en la
habitualmente rigurosa élite del JMt (pelo crecido, entrecano y sin
engominar, cierto desaliño o extravagancia en la indumentaria) y
declaraciones de remembranzas quijotescas (él mismo se comparaba con
el personaje cervantino), Koizumi se convirtió en un notorio
heterodoxo del partido, aunque, en realidad, nunca fue un outsider
proclive a la defección o al motín interno.
Así, cuando en 1992 y 1993 el partido sufrió las escisiones de
dirigentes reformistas que precipitaron su histórica pérdida de la
mayoría absoluta en las elecciones generales del 18 de julio del
último año citado, comicios que supusieron su expulsión del Ejecutivo
tras haberlo monopolizado durante 38 años seguidos, él se mantuvo fiel
al oficialismo. A su relativa incorrección política contribuyó una
faceta de su vida privada que no pasaba desapercibida para los
estándares nacionales: desde 1982 estaba divorciado de su esposa, con
la que había tenido dos hijos y a la que había abandonado cuando ella
esperaba el tercero. Por lo demás, el hombre cultivado que asistía a
las representaciones de kabuki, el teatro tradicional japonés,
y escuchaba la ópera lírica no tenía empacho en asegurar que era un
fanático del karaoke y un aficionado no menos devoto del
rock duro de factura occidental.
Sin ser aún uno de los shogun del JMt –otro nombre empleado por
la prensa para denominar a los cabezas de facción-, en agosto de 1995
Koizumi mostró a las claras su ambición de poder al anunciar su
candidatura a la sucesión del presidente del partido, Yohei Kono, que
dirigía la formación desde la dimisión de Miyazawa tras la debacle de
1993 y que en junio de 1994 había conseguido reintegrarla en el
Gobierno como socio del Partido Social Demócrata de Japón (Nihon
Shakaito, NSt), bajo la dirección de Tomiichi Murayama. Koizumi se
enfrentó a Ryutaro Hashimoto, ahijado político de Takeshita,
viceprimer ministro del Gobierno y otro dirigente carismático y
cáustico, aunque su estilo personal, un insider de pura cepa
con una presencia lustrosa propia de un magnate del cine, era harto
diferente. Hashimoto representaba al aparato del partido y el 22 de
septiembre de 1995 en la elección interna batió a Koizumi por 304
votos contra 87.
Al año siguiente, Koizumi aceptó la invitación de Hashimoto de entrar
en su gobierno como ministro de Salud y Bienestar Social, y se mantuvo
en el Ejecutivo hasta la dimisión de su jefe el 13 de julio de 1998,
luego de que los socios de coalición del JMt, los socialistas y el
partido Sakigake, le retiraran su apoyo y de que en la víspera el JMt
sufriera un fuerte revés en las elecciones parciales al Cámara de
Consejeros, equivalente al Senado. Como telón de fondo, el país sufría
una angustiosa convulsión económica, en el contexto de la gran crisis
financiera en toda Asia oriental. Koizumi no dudó en lanzarse a la
arena y el 17 de julio hizo pública su candidatura para la elección
interna del presidente del partido, saliendo a batirse con Keizo
Obuchi, ministro de Exteriores y dirigente de la facción Takeshita, y
Seiroku Kajiyama, ex secretario del Gabinete.
Aunque contaba con el respaldo de la importante facción de Hiroshi
Mitsuzuka, ex ministro de Finanzas con Hashimoto, el 24 de julio
Koizumi fue ampliamente derrotado y quedó en tercer lugar con sólo 84
votos. Obuchi, que recibió 225 votos, fue esta vez el candidato
moderado consensuado por las facciones dominantes y por una mayoría de
altos oficiales que desconfiaba de las proclamas de cambio y
renovación lanzadas por el díscolo ministro saliente de Salud.
Koizumi, en todo la antítesis de Obuchi, éste perfilado como un
funcionario del partido tan laborioso como gris y modesto, no articuló
sin embargo un programa de reactivación económica diferenciado del de
sus competidores, ya que los tres vinieron a coincidir en las
propuestas de ajuste y austeridad, con recortes fiscales, moderación
en los gastos de la administración y saneamiento de los bancos en
suspensión de pagos. Las opiniones de Koizumi sobre política
internacional, terreno en el que no tenía experiencia alguna, eran
menos conocidas, aunque de un tiempo a esta parte venía haciendo
declaraciones de corte nacionalista.
Koizumi, si bien fuera del Gobierno, se consolidó como uno de los
miembros del restringido liderazgo colectivo del partido, al margen de
su presidencia uninominal. Pasó a ser el número dos de la facción
Mitsuzuka cuyo mando había heredado
Yoshiro Mori, otro dirigente fogueado en el círculo de Fukuda y un
peso pesado del aparato muy ducho en los vericuetos de un partido que
funciona en la práctica como una federación de tendencias y camarillas
entregadas al cabildeo permanente.
Cuando en abril de 2000 Obuchi quedó incapacitado en el desempeñó de
sus funciones al sufrir una embolia cerebral (el desenlace de la
dolencia fue dramático, ya que Obuchi cayó en coma y ya no se
recuperó, produciéndose su defunción el 14 de mayo), Mori se encaramó
a la jefatura del partido por consenso y Koizumi no lanzó ninguna
aspiración por respeto al primer ministro gravemente enfermo y por
fidelidad a su jefe de facción.
En las elecciones generales celebradas el 25 de junio la coalición
tripartita formada por el JMt, el Partido del Gobierno Limpio (Komeito,
Kt, que se halla bajo la influencia de la secta budista Soka Gakkai) y
el Partido Conservador (Hoshuto, Ht, una reciente escisión del Partido
Liberal –Jiyuto, Jt- fundado en 1998 por el destacado ex dirigente del
JMt Ichiro Ozawa, cuya negativa a permanecer en el Gobierno de Obuchi
precipitó la ruptura interna) mantuvo, con 271 escaños, la mayoría
absoluta en la Cámara baja de la Dieta. Aun y todo, el JMt perdió 38
actas con respecto a la asamblea saliente y descendió a los 233
diputados.
La gestión de Mori no tardó en sumirse en el descrédito por la
prolongación de la incertidumbre económica y por los propios errores
de imagen del primer ministro, creándose un clima de revuelta en el
partido. La carrera para reemplazar a un Mori prematuramente
desgastado empezó después de votarse, el 21 de noviembre, la moción de
censura lanzada por la oposición de la que sólo a última ahora se
desentendió la facción liberaldemócrata de Koichi Kato, con lo que el
primer ministro se salvó por los pelos. A comienzos de 2001 Koizumi se
desvinculó de su facción para gozar de más libertad de movimientos y
se dispuso a elaborar su envite, al tiempo que se perfilaban otros
pretendientes, como el septuagenario Hiromu Nonaka y el mismo
Hashimoto. De puertas adentro del partido, Koizumi cortejó las
simpatías de otros dirigentes marginados, como Kato, en un intento de
romper con la rigidez del sistema de facciones.
Discretamente primero y abiertamente después de que el 6 de abril Mori
anunciara que presentaría la dimisión tan pronto como el partido
eligiera a su sustituto en unas elecciones internas adelantadas a ese
mes, el equipo de imagen de Koizumi, como si de unos comicios
presidenciales abiertos se tratara, jugó a fondo las bazas del
aspirante, captando la atención preferente de los medios de
comunicación. El ya bautizado como Rey León por su melena
canosa, confesó que este su distintivo era un artificio de coquetería
creado por su peluquero para hacerle más dinámico e informal. Por otro
lado, los colaboradores de Koizumi incidieron en una reputación de
hombre limpio, radicalmente ajeno a los escándalos de corrupción que
habían proliferados en el JMt en la última década.
Aunque Koizumi enarbolaba una reforma estructural que era anatema para
el partido, la privatización de la gigantesca red de cajas postales de
ahorros, y los socios del JMt en el Gobierno de coalición, el Kt de
Takenori Kanzaki y el Ht de Chikage Ogi, habían expresado sus
preferencias por el más convencional Nonaka, en la elección del 24 de
abril Koizumi ganó los votos de 298 -le bastaban 244- de los 487
delegados, entre parlamentarios y representantes de las prefecturas.
Los oficiales del partido no tuvieron otro remedio que aceptar el
contundente resultado de la interna, en la que, por primera vez,
fueron involucrados el millón largo de afiliados permitiéndoles elegir
a sus compromisarios en las 47 prefecturas del país.
Los observadores interpretaron que los dirigentes territoriales del
partido, aún sin estar del todo de acuerdo con la plataforma
Cambiar el JMt, Cambiar Japón de Koizumi, temían más la
perspectiva de que Hashimoto o Nonaka, exponentes del tradicionalismo,
ocuparan las presidencias del partido y el Gobierno cuando se
celebraran en julio las elecciones senatoriales. Frente al electorado,
Koizumi aparecía como un émulo de los carismáticos y dinámicos líderes
del principal partido de la oposición, el Democrático (Minshuto, Mt,
fundado en septiembre de 1996 por disidentes del Kt y el NSt), Yukio
Hatoyama y Naoto Kan, personajes que tenían porte de futuros primeros
ministros.
Dado que la coalición tripartita gozaba de una amplia mayoría en la
Cámara de Representantes, la investidura de Koizumi como primer
ministro, el noveno en diez años, entrañaba un mero trámite. El 26 de
abril de 2001 su candidatura salió adelante con 287 votos frente a los
127 conseguidos por Hatoyama y acto seguido entró en funciones al
frente de un gobierno de coalición que mantenía el equilibrio
tripartito.
Entre los nuevos ministros del JMt destacaron en Asuntos Exteriores
Makiko Tanaka, hija del difunto Kakuei Tanaka, una política altamente
popular, con fama de disidente también y colaboradora de Koizumi (a
quien ella había calificado de "bicho raro" en una ocasión), y en
Finanzas Masajuro Shiokawa, un conservador casi octogenario cuyo apoyo
a la reforma fiscal y los presupuestos realistas iba a servir para
tranquilizar a los mercados temerosos de que los nuevos gobernantes
intentaran aplicar experimentos arriesgados en la reconducción de la
crisis. Del todo inesperada fue la nutrida presencia de mujeres en el
gabinete, con cuatro titulares además de Tanaka.
Los medios de comunicación locales se congratularon de la elección de
Koizumi, que interpretaron como el principio de la renovación urgente
en una etapa de incertidumbres, la más acuciante desde la recuperación
de posguerra, en torno al futuro del modelo de funcionamiento
económico y social en el que Japón había basado su espectacular
crecimiento desde los años sesenta, hasta convertirse en la segunda
potencia económica del mundo tras Estados Unidos.
Desvanecida la burbuja financiera de los años ochenta y primeros
noventa, y severamente cuestionada toda una cultura de hacer los
negocios, pródiga en prácticas heterodoxas desde el punto de vista del
mercadeo globalizado, el panorama era francamente ominoso. Así, el
desempleo, alimentado por las quiebras en cadena de grandes
corporaciones en los sectores financiero, industrial, comercial,
asegurador o de la construcción, rondaba la tasa histórica del 5% de
la población activa, y las modalidades de contratación precaria –que
en Japón alude a cualquier tipo de contrato no fijo- afectaban ya a la
tercera parte de los asalariados.
El consumo y la actividad industrial no levantaban cabeza, impetrando
el fantasma de una nueva recesión como las registradas en los
ejercicios 1993-1994 y 1998-1999. Y la deuda pública alcanzaba el 150%
del PIB, la tasa más hinchada de los países desarrollados, como
consecuencia de las masivas inyecciones de dinero público en el
sistema productivo, gasto que, a la postre, no había producido apenas
efectos en la economía. Con unos tipos de interés virtualmente
inexistentes, otra medida para estimular la actividad, la balanza de
precios se encontraba en una situación deflacionaria, y en cuanto a la
Bolsa de Tokyo, el índice Nikkei acababa de derrumbarse, situándose
por debajo de la barrera simbólica de los 12.000 puntos.
En sus primeras alocuciones como primer ministro, Koizumi confirmó que
iban a emprenderse reformas de calado, no simplemente apaños
coyunturales o políticas de relanzamiento de la demanda como los que
habían aplicados sucesivamente Hashimoto, Obuchi y Mori urgidos por la
crisis económica. Haciendo hincapié en el eslogan, meridianamente
explícito, de "sin reforma estructural no hay recuperación económica",
subrayó la necesidad de restablecer la confianza de la asustada
población en los responsables políticos y económicos, acabar con la
situación de los créditos impagados de la banca comercial, que
estrangulaba la concesión de la financiación requerida por las
pequeñas, medianas y grandes empresas que sí eran solventes para
mantener su actividad, y poner coto a la desaforada deuda pública.
Para el segundo de los objetivo trazados, Koizumi anunció un plan de
saneamiento estructural y desregulación a un plazo máximo de tres años
que dejaba en manos de la libre competencia la suerte -su liquidación
o bien su continuidad mediante las reestructuraciones y fusiones
necesarias- que pudieran correr las firmas financieras en bancarrota,
el restablecimiento de los sistemas de crédito productivo y, por ende,
la revisión a la alta de los muy deteriorados índices de calificación
que testimonian la confianza internacional en la economía japonesa.
Para el tercer objetivo, de entrada Koizumi renunciaba a la emisión
masiva de bonos de deuda pública como fuente de financiación del
Estado y añadió que se administrarían con cautela los fondos públicos
reservados a un mecanismo de compra de acciones cuyo objeto era
neutralizar las pérdidas excesivas en la Bolsa. Ahora bien, donde no
se renunciaba a gastar era en la generación de empleo. Koizumi
advirtió que a lo largo de este proceso de reformas profundas podrían
producirse "sacudidas" y "consecuencias dolorosas" en los "sectores
ineficientes" de la sociedad.
En cuanto a la política exterior, Koizumi ponderó la alianza de
seguridad con Estados Unidos como el eje de la diplomacia nipona y
abogó por desarrollar los tratos con los vecinos asiáticos, en
especial China, Corea del Sur y Rusia. Otra propuesta inédita y
polémica apuntaba a la revisión el artículo 9 de la Constitución para
permitir a las Fuerzas de Autodefensa (sucedáneo de unas Fuerzas
Armadas regulares y permanentes, a las que Japón hubo de renunciar
tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial) participar en misiones
de paz allende las fronteras nacionales, dejando atrás la exclusividad
del estatus defensivo que desde comienzos de los años noventa sólo
había cuestionado tímidamente la misión de cascos azules enviada en
1992 a Camboya, como parte de la operación de mantenimiento de la paz
de la ONU Autoridad de Transición (UNTAC) y al amparo de la Ley de
Cooperación en la Paz Internacional, luego las proscripciones
contenidas en la Carta Magna quedaron salvaguardadas en aquella
ocasión.
Por de pronto, las encuestas de opinión indicaban que el flamante
primer ministro, presto a romper los moldes tradicionales de la
política japonesa, gozaba de unos niveles récord de popularidad (entre
el electorado femenino muy en particular, siendo legión las
admiradoras que se disputaban los lugares de proximidad en los actos
abiertos al público, con las consiguientes escenas que recordaban más
a un cantante de moda acosado por sus fans). Probablemente, en
el período inicial de su mandato, Koizumi poseía los más elevados
índices de aceptación nunca disfrutados por un primer ministro en la
era democrática.
Esto le animó a dirigir una advertencia sin precedentes a los
detractores de dentro del JMt que estaban dispuestos a obstaculizar el
vendaval de reformas anunciado: “si el partido se me resiste, no
dudaré en eliminarlo”. El 29 de julio se celebraron elecciones para
renovar la mitad de los 247 puestos de la Cámara alta del Parlamento y
el primer ministro pudo alardear de haber obtenido una confortable
mayoría absoluta de 138 escaños (de los que 110 los aportó su
partido), a pesar de que muchos de los consejeros electos del JMt eran
conservadores refractarios a las reformas.
En los meses que quedaban hasta terminar el año, Koizumi menudeó los
anuncios de medidas espectaculares para reformar en profundidad el
sistema en crisis, pero la multiplicación de las declaraciones
empresariales de quiebra y el incremento del paro reabrieron el debate
sobre la validez de una política económica y social de inspiración
neoliberal. Así, los proyectos de privatización de empresas del Estado
tan emblemáticas como la Corporación de Carreteras, verdadero sumidero
de partidas presupuestarias, y el servicio de Correos, mastodonte que
cuenta con el mayor fondo nacional de depósitos y seguros a través del
cual el gobierno de turno suele inyectar liquidez al sistema, ambos
manejados por el JMt como cotos particulares, levantaron tal oposición
faccionaria en el partido y dudas no menos paralizantes entre los
socios de coalición que Koizumi se vio obligado a suspenderlos.
El primer ministro se negó en redondo a transferir masivamente fondos
públicos al sistema bancario, sumido virtualmente en un caos de
insolvencia y recomposiciones, tal como le exigía la oposición
parlamentaria, pero en febrero de 2002 contradijo su pregonada
determinación de ir eliminando los préstamos improductivos o morosos (non-performing
loans, en la terminología del FMI) de las carteras crediticias de
los bancos, cuando, discretamente, cuando concertó con un grupo de
bancos un plan de salvamento con reestructuración de 520.000 millones
de yenes (unos 3.900 millones de dólares al tipo de cambio del
momento) del grupo Daiei, la mayor cadena de supermercados del país,
cuya quiebra se antojaba inevitable al acumular deudas por valor de
17.000 millones de dólares.
Se trataba de un dilema, ya que Daiei daba empleo a cerca de 100.000
trabajadores. Las angustias contables del grupo se habían visto
agravadas por la crisis del sector cárnico, a raíz de la detección en
septiembre de los primeros casos en Japón de la encefalopatía
espongiforme bovina, más conocida como el mal de las vacas locas.
La actuación de Koizumi recordó las preocupaciones de algunos
dirigentes de la socialdemocracia europea frente a este tipo de
situaciones y volvió a poner al descubierto los íntimos vínculos
existentes en Japón ente la banca privada y la política. En octubre
siguiente se repitió la operación de ayuda a Daiei, aunque a menor
escala (60.000 millones de yenes fueron desembolsados ahora).
A la espera de realizaciones que evitaran permitir hablar de retórica
oficial, 2001 se consideró un año perdido, de transición a la
recuperación: el PIB registró un crecimiento negativo del 0,4%, la
deuda pública marcó el 133% del PIB y el promedio del desempleo se
colocó ligeramente por encima del 5% (el 5,6% en el mes de diciembre).
La deflación o inflación negativa marcó un valor medio anual insólito
en el contexto mundial: el 1,2%, toda una señal del síndrome de anemia
económica que atenazaba al país. Con todo, la recesión habría sido más
profunda si las industrias exportadoras natas, típicamente el sector
de la automoción, no hubieran experimentado una notable bonanza
gracias a la depreciación del yen.
Al despuntar 2002 detractores y observadores imparciales coincidían en
el análisis de que si Koizumi era incapaz de satisfacer las
expectativas generadas entre la población, su popularidad se
evaporaría tan rápido como había surgido. El tiempo iba a desmentir
este pronóstico, aunque las oscilaciones en el favor del público
fueron la tónica.
El 29 de enero de 2002 la crisis que venía gestándose en el mismo
núcleo del gabinete la exteriorizó por las buenas Koizumi destituyendo
a su principal aliada en la plataforma reformista del año anterior,
Tanaka. Con este repentino cese, producido minutos después de que la
Dieta aprobara un paquete presupuestario de contingencia para reflotar
la economía y simultáneamente al despido del viceministro de
Exteriores, Yoshiji Nogami, Koizumi impuso un desenlace
pretendidamente salomónico a una intensa porfía que envolvía a Tanaka,
conocida por no morderse la lengua, y un grupo de altos funcionarios
del Ministerio encabezados por Nogami.
La responsable de la diplomacia nipona venía acusado a un influyente
diputado del JMt, Muneo Suzuki, de haber intentado vetar la
participación de dos ONG japonesas críticas con el Gobierno en la
Conferencia Internacional de Donantes para Afganistán, celebrada
recientemente, los días 21 y 22 de enero, en Tokyo. Suzuki refutó a
Tanaka, y entonces Nogami se puso en contra de su jefa ministerial
saliendo a defender al primero. Toda vez que este alboroto estaba
interfiriendo en el procedimiento parlamentario para sacar adelante el
presupuesto, Koizumi cortó por lo sano y cesó a los dos protagonistas.
Los observadores comentaron que las razones de la remoción de Tanaka
trascendieron su enfrentamiento puntual con Nogami y Suzuki, y
apuntaron a una satisfacción por Koizumi de las quejas expresadas por
la burocracia liberaldemócrata y los diplomáticos de carrera del
Ministerio, a los que Tanaka estaba hostigando incansablemente en su
determinación de poner fin a la práctica inveterada del manejo de
fondos públicos de manera patrimonial. Tanaka era el símbolo de la
lucha contra la corrupción, se trataba de un miembro del Gobierno
altamente popular y su salida de mala manera afectó de manera
inmediata a los índices de aceptación del primer ministro, que hasta
ahora se habían mantenido por encima del 70%: en sólo 48 horas los
sondeos reflejaron caídas de hasta 20 puntos.
El 1 de febrero Koizumi nombró a otra mujer como titular de Asuntos
Exteriores, Yoriko Kawaguchi, la responsable de la Agencia del Medio
Ambiente, considerada una oficial obediente y conservadora. Tres días
después, envalentonados por la reciente crisis, los principales
partidos de la oposición lanzaron una moción de censura contra el
ministro de Agricultura por su gestión del brote de la enfermedad de
las vacas locas. La moción fue fácilmente derrotada en la Dieta en la
jornada siguiente, 5 de febrero, pero en las semanas y meses
ulteriores el Gobierno encajó situaciones embarazosas una detrás de
otra.
Nada más derrotar a la oposición en el Parlamento, el Ejecutivo dio a
entender que la situación de la banca comercial no merecía una urgente
actuación de su parte; aún resonaba esta declaración en los oídos de
los inversores cuando se produjo una avalancha de ventas de valores
financieros en la Bolsa de Tokyo y el parqué descendió a su nivel de
capitalización más bajo en 18 años. El 18 de marzo, el conocido
legislador reformista Koichi Kato fue obligado a abandonar su escaño y
de paso el JMt tras acusársele de malversar fondos y de haber aceptado
sobornos empresariales una década atrás, y tras ver cómo un ayudante
era arrestado por la Policía para responder de una imputación judicial
de evasión fiscal.
En abril estalló otro escándalo que envolvió al presidente de la
Cámara de Consejeros, Yutaka Inoue, al publicar una revista nacional
que uno de sus asistentes había recibido sobornos de una constructora
en conexión con un proyecto de obra pública; amenazado por la
oposición con boicotear las sesiones de la Cámara alta, Inoue presentó
la dimisión el 19 de abril. Al propio Koizumi le rondó el escándalo a
fuer de unas informaciones periodísticas involucrando a su hermano
menor, Masaya Koizumi, que le servía como secretario privado (y, según
el primer ministro, un “fanático de Elvis Presley” que le hizo
descubrir el mundo del rock and roll), en ciertos manejos
sospechosos cuando trabajaba para una consultora.
Suma y sigue, el 19 de junio le tocó el turno al citado Muneo Suzuki,
quien perdió la inmunidad parlamentaria y acto seguido fue detenido en
cumplimiento de una orden de arresto emitida por el propio Gobierno
para responder de la acusación de haber cobrado cinco millones de
yenes de una empresa maderera con el objeto de que ejerciera sus
influencias en la Agencia de Bosques de la administración y evitara
que ésta sancionara a dicha empresa por haber talado árboles de una
reserva forestal sin autorización.
Koizumi vio erosionada sustancialmente su popularidad como resultado
de esta cadena de conmociones, pero, según indicaban los sondeos,
retuvo la suficiente cuota de apoyos como para prevenir cualquier
hipotético motín en el JMt a instancias de la facción de Hashimoto y
otros notables de la vieja guardia antirreformista. Varias de
las discrepancias con los socios del Gobierno y, desde luego, la grave
incertidumbre económica, tuvieron que ver con la desasosegante
situación internacional y regional, siendo los dos polos de tensión
los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 en Estados
Unidos y el desafío nuclear de Corea del Norte, lanzado con crudeza a
finales de 2002.
Osama bin Laden, Koizumi demostró cuán importantes eran para él las
relaciones con Estados Unidos, un sentimiento pronorteamericano que
los citados atentados vinieron a robustecer hasta prácticamente lo
incondicional. El 30 de junio de 2001 Koizumi sostuvo su primer
encuentro con el presidente
George W. Bush
en Camp David, cerca de Washington, y protagonizó
una de esas reuniones “sin corbatas” tan del gusto del mandatario
americano en la que los dos líderes comparecieron con indumentaria
informal (el nipón volvió a marcar el contraste con sus predecesores
en el cargo y se mostró a guisa propia de un turista, luciendo una
juvenil camisa azul desabotonada que dejaba ver una camiseta blanca de
cuello redondo).
Huésped y anfitrión intercambiaron elogios y lanzaron una “asociación
americano-japonesa por el crecimiento”, cuyo objetivo era promover el
crecimiento económico sostenible en ambos países y el resto del mundo
mediante políticas macroeconómicas, librecambismo y reformas
estructurales. Se discutió también el espinoso asunto del sistema de
Defensa Nacional Antimisiles (NMD) y su versión específica, en fase de
investigación conjunta, para la protección de los socios y aliados de
Estados Unidos en la cuenca del Pacífico, la llamada Defensa de Teatro
Antimisiles (TMD).
Koizumi acogió “con compresión” la TMD y se desmarcó de chinos, rusos,
franceses y alemanes en su rechazo al proyecto. A diferencia de ellos,
y de los reacios surcoreanos, el primer ministro nipón no creía que el
NMD-TMD fuera a espolear la carrera de armamentos en todo el mundo y a
suponer un baldón para los esfuerzos multilaterales de
contraproliferación de armas de destrucción masiva, sino que podría
servir para reforzar el pacto de seguridad con Estados Unidos. De
todas maneras, recomendó a Washington que antes de tomar una decisión
sobre la viabilidad del TMD consultara a Beijing y Moscú.
El 13 agosto de 2001 Koizumi agitó los recelos de China y Corea del
Sur con motivo de su visita al santuario shintoísta de Yasukuni, donde
están inhumados con honores algunos jerifaltes civiles y militares,
entre ellos el general y primer ministro Hideki Tojo, que fueron
ejecutados por los aliados después de la derrota de Japón en la
Segunda Guerra Mundial como culpables de crímenes de guerra y contra
la paz. Ningún primer ministro había realizado una visita oficial al
santuario desde Yasuhiro Nakasone en 1985, y aunque Koizumi decidió a
última hora adelantar la suya en dos días y no hacerla coincidir con
el 56º aniversario de la rendición, la polémica estuvo servida, más
todavía porque el 15 de agosto quienes se personaron en Yasukuni
fueron nada menos que cinco ministros del Gobierno y una delegación de
diputados. La comitiva oficial rindió tributo a todos los caídos
nipones en la guerra, civiles y militares, que tal es la dedicación
formal del monumento.
Las reacciones de malestar fueron especialmente estridentes en Corea
del Sur, país con el que las relaciones no pasaban por su mejor
momento debido a la aprobación por el Ministerio de Educación japonés
de un nuevo manual de historia para los escolares; según el Gobierno
de Seúl e historiadores surcoreanos, el libro de texto era
revisionista e inaceptablemente indulgente u olvidadizo con las
atrocidades cometidas por Japón en el período de dominación colonial
(1910-1945). Para dejar patente su postura en esta cuestión, el
presidente y premio Nobel de la Paz Kim
Dae Jung había llamado a consultas al embajador en Tokyo el 9 de
abril, y ahora también expresó sin rodeos su enfado por los homenajes
en el santuario shintoísta. En casa, los budistas del Kt y el Soka
Gakkai, representantes del más acendrado espíritu pacifista de la
sociedad japonesa, no se quedaron atrás y calificaron el gesto de
Koizumi de “inquietante” y “deplorable”.
La intención de Koizumi, expuesta después de los atentados del 11 de
septiembre, de contribuir a la operación antiterrorista Libertad
Duradera, cuya primera fase bélica se estaba desarrollando en
Afganistán, con el envío al océano Índico de varias unidades
aeronavales de apoyo logístico a las fuerzas de Estados Unidos y otros
aliados, y al socaire de una legislación antiterrorista especial,
válida por dos años y prorrogable por otros dos, que permitiera a los
miembros de las Fuerzas de Autodefensa participar en un escenario
internacional de operaciones militares en misiones no de combate,
suponía superar definitivamente un tabú de posguerra que volvió a
generar dudas en el partido de influencia budista y el rechazo
categórico del Mt en la oposición.
El 29 de octubre la legislación especial pasó el escrutinio de la
Dieta y el 9 de noviembre partieron al Índico tres destructores entre
reacciones de muy distinto signo, desde la resueltamente contraria de
grupos pacifistas y ecologistas de izquierda hasta la entusiasta de
asociaciones de la extrema derecha nacionalista. El sesgo
internacional tomado por Koizumi tras los atentados del 11 de
septiembre desató la inquietud en los vecinos asiáticos que padecieron
el imperialismo japonés, donde se hablaba sin rodeos de “rearme” de
Japón. En Corea del Sur, China o Vietnam medios oficiales y privados
se hicieron eco del temor a que Japón pudiera aprovechar la
cooperación con Estados Unidos en su campaña global contra el
terrorismo para llevar a la práctica sus propias e inconfesables
ambiciones militaristas.
La agenda diplomática de Koizumi fue intensa en este período. El 26 de
septiembre acudió por segunda vez al encuentro con Bush, en la Casa
Blanca, y le certificó que su país estaba codo con codo con Estados
Unidos en el combate antiterrorista. En octubre y noviembre el primer
ministro se volcó con los vecinos y socios asiáticos, y las visitas
efectuadas estuvieron dirigidas a mitigar las recientes aprensiones
con una serie de gestos, solventar contenciosos y hablar de seguridad.
El 8 de octubre Koizumi aterrizó en Beijing y desde el aeropuerto se
dirigió en derechura al memorial de guerra chino erigido en el puente
de Marco Polo, en las afueras de la ciudad, escenario en 1937 del
primer encontronazo armado entre soldados regulares de los dos países
y que suele considerarse el comienzo de la atroz guerra
chino-japonesa, luego subsumida en la Segunda Guerra Mundial, con el
fin de depositar una corona de flores en recuerdo del “pueblo chino
que fue sacrificado en la invasión”. En la misma jornada mantuvo
conversaciones con el presidente y secretario general del Partido
Comunista,
Jiang Zemin, y el primer ministro,
Zhu
Rongji.
El 15 de octubre le tocó el turno a Seúl, y allí Koizumi no ahorró
tampoco los gestos de remordimiento y compunción oficiales. Al
presidente Kim le transmitió su “sentida contrición” por el “gran
dolor y sufrimiento” infligidos al pueblo surcoreano por el
colonialismo nipón, y se refirió a la honda impresión que le había
causado visitar el museo de historia dedicado a los resistentes
represaliados por el ocupante.
Los días 20 y 21 de octubre participó en Shanghai en la IX Cumbre de
la Cooperación Económica de Asia-Pacífico (APEC), donde volvió a
encontrarse con Bush, Jiang y Kim, y agregó su firma a una declaración
especial en la que los líderes condenaron el terrorismo internacional.
Finalmente, el 5 y el 6 de noviembre, tomó parte en Brunei en la VII
Cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN),
reconfigurada desde diciembre de 1997 como ASEAN+3 para formalizar el
diálogo comercial con tres países no miembros pero socios
privilegiados de la organización: Japón, China y Corea del Sur.
En 2002 dio la impresión de que el activismo internacional de Koizumi
sirvió para restar relieve a la acumulación de fracasos en política
interna, donde las reformas económicas prometidas fueron posponiéndose
para mejor ocasión a la par que se sucedían los escándalos políticos.
El 18 y 19 de febrero, cuando los sondeos domésticos de opinión más
ingratos eran y se solapaban a las críticas desde el extranjero por la
pasividad del Ejecutivo ante la contracción de los precios y la
enormidad, todavía, de los impagados crediticios de los bancos, el
primer ministro tuvo acogido en Tokyo a Bush, quien le agradeció su
alineamiento internacional y rompió una lanza por el éxito de la
reforma económica japonesa, aunque cortésmente le pidió que no cayera
en la tentación de propiciar una depreciación mayor del yen con
finalidades de competitividad comercial. Koizumi aprovechó esta visita
para anunciar un plan antideflacionario.
El 17 de septiembre Koizumi se marcó otro tanto con su histórico viaje
a Corea del Norte, allá donde nunca antes había ido un jefe de
Gobierno nipón. Los radicales desacuerdos en una serie de temas habían
impedido hasta la fecha el establecimiento de relaciones diplomáticas
normales. El encuentro de Koizumi con el dictador comunista
Kim
Jong Il despertó gran expectación en Corea del Sur porque podía
resultar útil a la sunshine policy, la estrategia de
acercamiento y reconciliación lanzada por Kim Dae Jung que perseguía
poner fin al estado de guerra, vigente sobre el papel, entre ambas
Coreas a falta de un tratado de paz que completara el mero armisticio
firmado en 1953. Precisamente, la sunshine policy surcoreana se
estaba viendo afectada negativamente por los planes del TMD y la
decisión de Estados Unidos de condicionar la reanudación del diálogo
bilateral, demandado insistentemente por Pyongyang, a una serie de
cesiones unilaterales en el capítulo de armamentos de destrucción
masiva.
El programa nuclear norcoreano se encontraba congelado desde 1994 en
virtud a un acuerdo por el que Pyongyang renunció a sus vetustos
reactores nucleares, susceptibles de producir plutonio para usos
militares, y Washington se comprometió a construirle dos plantas
nucleares con tecnología y financiación occidentales para usos
estrictamente civiles, y a suministrarle gratuitamente 500.000
toneladas anuales de petróleo para subvenir las necesidades
energéticas del país mientras durasen aquellas obras.
Japón y Corea del Sur formaron con Estados Unidos la Organización para
el Desarrollo de la Energía en la península Coreana (KEDO), consorcio
para canalizar las dotaciones económicas y dirigir las actividades de
suministro energético a Corea del Norte, que también quedó obligada a
someterse a un régimen de inspecciones periódicas de sus instalaciones
por la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), cosa que
hasta la fecha no se había producido. A comienzos de año el Gobierno
de Bush había citado a Corea del Norte como uno de los países del “eje
del mal” (los otros dos eran Irak e Irán), y ahora siguió con gran
interés lo que allí ventilaba su mejor aliado en Extremo Oriente.
A los japoneses les interesaba grandemente amansar a los siempre
imprevisibles norcoreanos, que les habían dado unos cuantos sustos en
los últimos años, como el lanzamiento en agosto de 1998 de un misil
balístico de largo alcance, el Taepodong 1, que sobrevoló el
archipiélago nipón a la altura de la isla de Honshu y que cayó en el
océano Pacífico, y el incidente del supuesto barco espía hundido por
la guardia costera japonesa en aguas territoriales del mar de la China
Oriental en diciembre de 2001.
En Pyongyang Koizumi encontró a un Kim Jong Il sonriente que le
ofreció concesiones en materia de seguridad, centradas en la promesa
de extender la moratoria de los ensayos con misiles balísticos más
allá de su expiración en enero de 2003, y una disculpa (insólita en el
lenguaje de este régimen singularmente autista y replegado sobre sí
mismo) por el rapto por agentes secretos norcoreanos de 11 ciudadanos
japoneses en los años setenta y ochenta, cuatro de los cuales,
informó, continuaban vivos y los restantes, o ya habían muerto o
estaban desaparecidos, con lo que el anuncio de que se iban a
emprender los trámites para la devolución a Japón de los primeros si
tal era su deseo quedó empañado por la conmoción de conocer la triste
suerte de los segundos.
En Tokyo algunos indignados diputados cercanos a los familiares de las
víctimas declararon que lo que imperaba en Corea del Norte no era otra
cosa que el terrorismo de Estado. Además, se tenía la convicción de
que el régimen comunista había raptado a muchos más japoneses de los
que ahora reconocía; no están muy claras las razones de estos
secuestros, para la creencia más extendida es que guardaban relación
con el desarrollo de labores forzosas de inteligencia y espionaje.
Por su parte, Koizumi emitió la disculpa de rigor por la barbarie
colonial de 1910-1945, pero rehusó hablar de ayudas económicas
directas, cosa que, como sucedió con Corea del Sur en 1965, vendría
únicamente después del establecimiento de relaciones diplomáticas,
aspecto que iba a centrar unas conversaciones bilaterales a
desarrollar en las próximas semanas. Una vez de vuelta en Tokyo,
Koizumi informó que había llamado por teléfono a Bush para proponerle
la exclusión de Corea del Norte del ominoso trío del “eje del mal”,
siendo la respuesta del estadounidense que iba a “considerar
seriamente” tal posibilidad.
Sin embargo, no se había cumplido un mes desde el histórico encuentro
en Pyongyang cuando Koizumi vio virtualmente volatilizadas las
expectativas de realizaciones en los tratos con el régimen de Kim Jong
Il al reconocer éste, el 16 de octubre, que, tal como sospechaban los
servicios de inteligencia occidentales, se había embarcado en un
programa atómico secreto de enriquecimiento de uranio para usos
militares, lo cual era una flagrante contravención del acuerdo de 1994
y podía interpretarse como que Corea del Norte había conseguido
fabricar la bomba atómica. Al igual que en 1993 a instancias del
difunto Kim Il Sung, padre del actual autócrata, la crisis nuclear
norcoreana estaba servida.
En la X Cumbre de la APEC, celebrada en Los Cabos, México, el 26 y el
27 de octubre, Koizumi suscribió con Bush y Kim Dae Jung una
declaración tripartita que demandaba el desmantelamiento verificable
del programa nuclear de Pyongyang, cuyo desafío de regusto
chantajista, tal era la opinión general, perseguía arrancar a Estados
Unidos unas negociaciones en pie de igualdad en torno a un tratado
bilateral de no agresión, al margen de las negociaciones intercoreanas
de paz. La administración Bush había dejado claro que aquella no era
la cuestión y que Corea del Norte lo que tenía que hacer era respetar
la no proliferación nuclear, así que en noviembre decidió interrumpir
los envíos de petróleo. La sanción fue secundada por Japón y Corea del
Sur en tanto que miembros de la KEDO
El 4 y el 5 de noviembre Koizumi tomó parte en la VIII Cumbre de la
ASEAN+3 en Phnom Penh y después asistió a la escalada nuclear de los
norcoreanos, que el 12 de diciembre anunciaron la reactivación del
reactor de Yongbyon, capaz de sintetizar plutonio, el 23 de diciembre
desprecintaron los sistemas de vigilancia y seguridad que la AIEA
mantenía en esa planta, y el 10 de enero de 2003 comunicaron que se
retiraban del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). Ese mismo día
Koizumi se encontraba en Moscú y transmitió a Corea del Norte un
llamamiento conjunto con el presidente
Vladímir Putin para que detuviera su escalada y regresara a los
compromisos adquiridos.
El 13 de febrero el ministro de Defensa de Koizumi, Shigeru Ishiba,
advirtió que Japón podría lanzar un ataque preventivo contra Corea del
Norte, como legítima medida de autodefensa, si llegaba a la conclusión
de que estaba preparando un ataque con misiles balísticos contra el
archipiélago. A los pocos días, el 24 de febrero, Corea del Norte
hizo, en efecto, un ensayo de misil, si bien se trató de una unidad
antinaval de corto alcance que cayó a 60 km de la costa norcoreana en
el mar del Japón.
Tokyo se apresuró a quitar hierro al incidente, que parecía destinado
a impresionar más los surcoreanos, ya que al día siguiente tenía lugar
la transferencia presidencial de Kim Dae Jung a su sucesor electo, Roh
Moo Hyun. El Gobierno nipón declaró que no se había violado la
declaración de Pyongyang sobre la moratoria de pruebas con misiles
balísticos. Pero el 10 de marzo Corea del Norte lanzó otro misil de
corto alcance, que esta vez se adentró 160 km en el mar del Japón,
haciendo cundir la preocupación y suscitando graves interrogantes
sobre la vulnerabilidad del país. Koizumi y su gabinete se mantuvieron
silenciosos, no sacaron a colación la TMD y prefirieron no dar pábulo
al alarmismo cuando, a los pocos días, se divulgaron rumores de que
Corea del Norte preparaba un tercer ensayo, esta vez con un misil de
medio alcance Nodong, capaz de alcanzar cualquier punto del
archipiélago japonés.
A estas alturas del curso político, la inminente invasión por Estados
Unidos y el Reino Unido de Irak con el pretexto principal –falaz, a la
postre- de que el régimen de
Saddam Hussein estaba burlándose de las inspecciones
internacionales y escondía armas de destrucción masiva, químicas y
bacteriológicas, prohibidas por el Consejo de Seguridad de la ONU tras
su derrota en Kuwait en 1991, acaparó los pronunciamientos
internacionales de Koizumi, que, pesase a quien pesase, no vaciló en
cerrar filas con Bush.
El 19 de marzo, en la víspera del estallido de la guerra, el primer
ministro salió a respaldar el ultimátum de 48 horas lanzado por Bush a
Saddam el día anterior y afirmó que la decisión de Estados Unidos de
atacar se había tornado “inevitable” y que no era necesaria un nuevo
pronunciamiento del Consejo de Seguridad luego de la ambigua
resolución 1.441 (que fijó una fecha límite a Irak para que aceptara
el régimen de inspecciones pero sin explicitar el recurso a la guerra
en caso de incumplimiento) aprobada el 8 de noviembre de 2002, para
dar validez jurídica a la operación en ciernes, si bien expresó su
contrariedad por la incapacidad del Consejo para adoptar una postura
común sobre tan grave asunto desde aquella fecha.
Lógicamente, el japonés figuró entre la treintena de gobiernos
mundiales que aceptaron ser citados por el Departamento de Estado de
Estados Unidos como partidarios de la invasión de Irak, que comenzó el
20 de marzo y terminó el 9 de abril con la entrada de las tropas
estadounidenses en Bagdad, si bien hasta el 1 de mayo Bush no dio por
terminados los combates. En un tema de agenda aparte, los días 30 y 31
de aquel mes Koizumi estuvo de nuevo en Rusia con motivo del 300º
aniversario de la ciudad de San Petersburgo.
Aprovechó para sostener su primer encuentro con el nuevo presidente y
líder comunista chino,
Hu
Jintao, y con Putin volvió a hablar de los proyectos de
construcción de un oleoducto desde Siberia hasta la costa rusa del
Pacífico y de un gasoducto desde la isla de Sajalín a Japón, en los
que Tokyo estaba muy interesado. Estos planes de inversión conjunta
estaban ligados al principal y sempiterno escollo en las relaciones
ruso-japonesas, la reclamación por el país asiático de la devolución
de las islas Kuriles, ocupadas por la URSS al cabo de la Segunda
Guerra Mundial. Sobre el particular, los portavoces del Gobierno
japonés comentaron que se habían producido “progresos”, pero tras la
reunión de San Petersburgo la parte rusa se encargó de minimizar las
expectativas de un acuerdo cuya inexistencia ha impedido hasta el
momento a Japón y Rusia, en tanto que heredera de la URSS, firmar el
tratado de paz pendiente desde 1945, luego, técnicamente, los dos
países continúan en estado de guerra.
Desde mediados de 2003, la nada satisfactoria evolución de la economía
y la posible participación en la ocupación militar de Irak fueron los
dos grandes temas que pautaron las intenciones políticas de Koizumi a
corto plazo. 2002 terminó siendo, de nuevo, un año muy malo, con una
tasa del PIB del 0,3% -una de las más mezquinas de la OCDE-, una
deflación del 0,9% y el desempleo pertinazmente situado en el 5%. Los
dos últimos trimestres del año finalizado habían dado pábulo a una
esperanza de recuperación, pero en el primer trimestre de 2003 la
economía volvió a registrar el crecimiento cero.
Koizumi seguía sin decidirse a lanzar la gran reforma estructural del
sistema, que, según algunos observadores, podría acercarse a la
revolución liberal-derechista desatada por Margaret Thatcher en el
Reino Unido en 1979, posiblemente porque no las tenía todas consigo,
con un partido lleno de voces discrepantes, que, de hecho, evocaban el
temor general de la población a la reconversión traumática de un
modelo socioeconómico que se agotaba a ojos vista, y privado de la
mayoría absoluta parlamentaria que le permitiera gobernar sin el Kt y
el Ht.
Ahora mismo, la batalla política concernía a los planes con respecto a
Irak. En parte por deseo propio, en parte urgido por Estados Unidos,
el Gobierno tomó la arriesgada decisión de enviar tropas de tierra al
país árabe, que estaba lejos de pacificarse por la emergencia de un
movimiento de resistencia de los partidarios de Saddam (a la sazón,
fugitivo) y los golpes terroristas de probable matriz islamista, y
sometido a un régimen de ocupación prácticamente monopolizado por
Estados Unidos y su aliado británico, cuyo soporte civil, la llamada
Autoridad Provisional de la Coalición (APC), no contaba aún con el
reconocimiento del Consejo de Seguridad de la ONU, luego, en un
sentido estricto, si la guerra había sido ilegal, la actual ocupación
militar de Irak también violaba el derecho internacional.
Estos argumentos que compartían una parte importante de la comunidad
internacional y también de la opinión publica nacional no
impresionaron a Koizumi, que estaba decidido a no repetir la situación
de 1990-1991 durante la crisis del Golfo, gobernando Toshiki Kaifu,
cuando Tokyo se escudó en su Constitución pacifista para no sumar
tropas a la gran coalición internacional que desalojó a Irak de Kuwait
–con la autorización expresa de la ONU en esta ocasión- y salió del
paso haciendo honor a su condición de gigante económico y enano
político, es decir, aflojando su bien surtida faltriquera y poniendo
sobre la mesa la gigantesca cantidad de 13.000 millones de dólares
Ahora, Japón iba a entregar mucho menos dinero: en la Conferencia de
Donantes a Irak celebrada en Madrid el 23 y el 24 de octubre de este
año Japón aportó 1.500 millones de dólares como donación a fondo
perdido para 2004 y 3.500 millones más en créditos para el trienio
2005-2007. Se trató de la segunda mayor contribución a la
reconstrucción de Irak después de Estados Unidos y en Tokyo los
manifestantes contra la implicación en Irak no dejaron de expresar su
hartazo de que su país fuera siempre el “cajero automático” de otros
cuando había que arrimar el hombro en una crisis internacional, máxime
tratándose de una situación que, como la presente, había sido
provocada por potencias invasoras actuando por su cuenta y riesgo.
Puesto que la vigente Ley de Cooperación en la Paz Internacional
requería el consentimiento del gobierno del país destinatario de las
tropas, el cese de las hostilidades sobre el terreno y unas
condiciones para trabajar allí con imparcialidad, típicamente en el
contexto de una operación organizada y comandada por la ONU, y que en
Irak, ni había gobierno, ni regía la ONU, ni imperaba el sosiego, ni
cabía la neutralidad, Koizumi precisaba de un nuevo instrumento legal
que, haciendo encaje de bolillos jurídico, no atentara contra la
Constitución.
Así, el Gobierno elaboró el proyecto de la denominada Ley sobre
Medidas Especiales para la Asistencia a la Reconstrucción de Irak, que
autorizaba el despacho de soldados de las Fuerzas de Autodefensa, un
contingente en torno al millar de hombres, zapadores e ingenieros en
su mayor parte, para unirse a la División Multinacional del Sur-Este (MND-SE)
que se estaba constituyendo con la participación de británicos,
italianos y holandeses, correspondiendo el mando operativo a los
primeros, para conducir las tareas del régimen de ocupación en las
provincias meridionales de Basora, Maysán, Dhi Qar y Al Muthanná.
Los efectivos japoneses, recogía el proyecto de ley, irían allí en
misión de “asistencia humanitaria”, de “apoyo logístico” y de
“asistencia a la seguridad”, cosa esta última que no quería decir
capacidad para el combate, sino sólo “ayuda en las tareas de
mantenimiento del orden público”, según el Gobierno. En cuanto a la
base de derecho internacional para este despliegue, el Gobierno
consideraba suficientes las resoluciones 687 (1991) y 1.441 (2002),
las mismas que habían esgrimido Estados Unidos, el Reino Unido y
España para justificar la guerra en el Consejo de Seguridad, más la
aprobada el 22 de mayo del año en curso, la 1.483, que, entre otros
puntos, reconocía a Estados Unidos y el Reino unido como “potencias
ocupantes” revestidas de “autoridad sujeta al derecho internacional”.
Sin embargo, la 1.483 no reconocía expresamente a la APC ni bendecía
la presencia de tropas de otras nacionalidades.
Los cuatro partidos de la oposición intentaron entorpecer las
votaciones parlamentarias del proyecto de ley por todos los medios
posibles, alargando los debates plenarios con interpelaciones,
sometiendo enmiendas e incluso presentando mociones de censura, contra
el ministro de Defensa, el ministro de Exteriores, el jefe del
Gabinete y el propio Koizumi, todas las cuales fueron derrotadas (la
de Koizumi, el 24 de julio). El oficialismo resistió la presión y no
sufrió defecciones en el grupo parlamentario liberaldemócrata, tal que
el 29 de julio, después de recibir la aprobación de la Dieta (el 4 de
julio) y de la Cámara de Consejeros (el 26 de julio), la Ley para la
Asistencia a la Reconstrucción de Irak entró en vigor.
Con este triunfo en la mano, Koizumi afrontó muy confiado la prueba de
la elección interna del JMt, que tocaba celebrar el 20 de septiembre y
de la que iba a salir el presidente del partido para los próximo tres
años, que era como decir el primer ministro de la nación, al menos
hasta las siguientes elecciones a la Dieta; éstas, de acuerdo con el
calendario de la legislatura, correspondían en 2004, pero cabían pocas
dudas de que Koizumi, si era reelegido por el partido, disolvería las
cámaras y convocaría comicios anticipados para aprovechar el tirón
victorioso. Además, estaba la buena noticia de que en el segundo
trimestre del año el PIB había crecido el 1%.
En el cálculo de Koizumi, no obstante el rechazo o reluctancia
mayoritarios del electorado a la implicación japonesa en la posguerra
irakí, cabía la obtención de la mayoría absoluta por el JMt en
solitario, lo cual le permitiría abordar la enmienda de la
Constitución para transformar las Fuerzas de Autodefensa y pisar el
acelerador –o más bien, poner en marcha el motor- de las reformas
económicas pendientes: las privatizaciones empresariales, la
liquidación de los créditos morosos, el recorte de los astronómicos
déficit y deuda públicos, y la supresión de subsidios agrícolas.
El 20 de septiembre, con 399 votos sobre 657, Koizumi derrotó
fácilmente a los tres diputados conmilitones que le habían arrojado el
guante, a saber: Shizuka Kamei, antiguo ministro de Obras Públicas y
responsable de formulación de políticas del partido, que venía
atacando al primer ministro como si de un líder de la oposición se
tratara, exigiéndole que mutara sus políticas económicas de austeridad
por otras de carácter expansivo y denostando su predilección por una
“sociedad de estilo americano donde los débiles son devorados”; el
respetado ministro de Exteriores con Obuchi, Masahiko Komura, defensor
también del gasto público para estimular la economía, pero con
moderación; y, Takao Fujii, antiguo ministro de Transportes, que
pregonaba una inyección de dinero público nada menos que de 10
billones de yenes.
Los comentaristas del proceso sostuvieron que muchos delegados del
partido pudieron haber votado por Koizumi, no por simpatías
ideológicas, sino por un criterio práctico: con este líder capaz de
preservar su carisma a pesar de la inercia económica, los escándalos
de corrupción y el alboroto de Irak, el JMt tenía garantizado tras las
elecciones el control del Ejecutivo y la mayoría en la Dieta. En
efecto, el 10 de octubre Koizumi disolvió las cámaras y convocó para
el 9 de noviembre unas elecciones generales que bautizó como “de la
reforma”. En ese momento, contaba con un 60% de popularidad según los
sondeos.
El profundo deterioro de la situación de la seguridad en Irak y la
campaña electoral aconsejaron postergar hasta después de los comicios
el despliegue de los soldados en Irak, misión que merced a la
resolución 1.511 aprobada por el Consejo de Seguridad de la ONU el 16
de octubre, sí iba a gozar de legitimidad a efectos del derecho
internacional.
La cita con las urnas deparó una sensación un poco agridulce a Koizumi,
pues el JMt vio confirmada su primacía con el 34,9% de los sufragios y
237 diputados, una ganancia de 4 con respecto a las elecciones de
2000, pero se quedó a falta de otros 4 para la mayoría absoluta, luego
budistas y conservadores, que sumaron 38 actas (las mismas que hasta
ahora, sólo que las tres pérdidas por el Ht engrosaron el grupo del Kt),
seguirían siendo socios del Gobierno. El ganador moral de las
elecciones fue el Mt, que rebotó desde los 127 escaños de 2000 hasta
los 177 ahora, gracias a la reciente absorción (el 24 de septiembre)
del Jt de Ozawa y a la capitalización del descontento por la situación
económica y la controversia de Irak (Kan hizo bandera del no envío de
soldados al país musulmán). Más aún, en el cómputo del voto según el
sistema proporcional, que adjudica 180 de los 480 escaños de la Dieta,
el Mt, con el 37,4%, aventajó en más de dos puntos al JMt.
El 19 de noviembre Koizumi pasó el trámite de la investidura por la
Dieta para un nuevo período de Gobierno con mandato hasta 2007. El
mismo día se supo que una docena de soldados japoneses ya había sido
desplegada discretamente, casi clandestinamente, en Samawah, en la
provincia de Al Muthanná, colocándose bajo mando holandés y con la
misión de explorar el terreno. Sólo cinco días antes Koizumi había
comunicado en Tokyo al secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald
Rumsfeld, que no era seguro que las tropas pudieran estacionarse en
Irak este año debido a los últimos ataques de la resistencia y
atentados terroristas con vehículos suicidas contra las fuerzas
ocupantes, el más grave de los cuales, cometido el 12 de noviembre en
Nasiriyah, se cebó con el contingente italiano. Koizumi pidió un
esfuerzo para mejorar los niveles de seguridad antes de enviar a las
tropas.
El 25 de noviembre un porfiado Koizumi ratificó el compromiso
adquirido por su país con la coalición mandada por Estados Unidos en
Irak y aseguró que Japón no iba a dejarse intimidar por ninguna
amenaza terrorista. Sin embargo, las encuestas del momento reflejaban
la preocupación creciente entre los japoneses por que la implicación
en Irak pudiera convertir en objetivos a batir por los grupos
insurgentes a los compatriotas civiles y militares presentes allí, e
incluso extender al archipiélago el espanto terrorista de Al Qaeda y
grupos afines, padecido estos días por Arabia Saudí y Turquía, dos
países que estaban cooperando con Estados Unidos en Irak.
El asesinato el 29 de noviembre de dos diplomáticos japoneses cerca de
Tikrit, el mismo día en que siete agentes de inteligencia españoles
caían abatidos en una emboscada de carretera al sur de Bagdad y horas
antes de que dos civiles surcoreanos corrieran igual suerte también en
el área de Tikrit, mostró crudamente cuán pertinentes eran los temores
suscitados. El doble crimen llenó de consternación a la opinión
pública japonesa y colocó en una situación altamente comprometida a
Koizumi, que se declaró “furioso” con unos “ataques indiscriminados”
que sólo pretendían “llevar a Irak al caos”. El 4 de diciembre el
primer ministro decidió iniciar el despliegue de 1.100 soldados de los
tres ejércitos de autodefensa a partir de enero de 2004 tras llegar a
la conclusión de que se iba a poder mantener un cierto nivel de
seguridad en los alrededores de Samawah.
(Última actualización: 5 diciembre 2003)
Fuente CIDOB |