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No debemos
entender la opción de Kafka como algo negativo, sino por el contrario,
como algo que le
permitió independencia absoluta y tomarse la libertad de no publicar o
destruir su exteriorización artística, escapó de todo provincialismo y
presiones de los grupos enfrentados estableciendo una vía propia que,
sin buscarlo, convirtió su obra en un valor de dimensiones globales.
(Felice Bauer y Franz Kafka, en la foto de la
derecha)
La difícil infancia de Kafka, caracterizada por los frecuentes cambios
de domicilio, dentro de Praga, los complejos, temores y severidad de su
padre, más el desarraigo en que se desarrollaba y muchas cosas más, lo
llevaron a trasladar el foco de su atención hacia lo interior. Describía
el mundo que le rodeaba pero no para hacer copartícipes a los demás,
sino que sí mismo, porque, claro está que cuando se escribe un diario
-con las características del de Kafka- se parte de que será para sí
mismo y no para hacerlo de conocimiento público.
La terrible soledad, pues su padres no le prestaban la atención debida
ya que desde tempranas horas de la mañana estaban en la tienda, y la
falta de afecto predispusieron un desarrollo diferente de su
imaginación, de su inseguridad abominable, siempre se sentía culpable y
estaba a la espera de terribles castigos, tal como queda patente en sus
novelas.
Alguien dijo que Kafka escribía para espantar los demonios, los
espíritus y las asfixiantes pesadillas que le asediaban aún cuando
estaba despierto.
Hermann Kafka nació en 1852 en Osek, localidad de Bohemia del Sur, en el
seno de una familia humilde. Su padre era carnicero y en casa se hablaba
checo. Fue un hombre de mucho talante que nunca olvidó las dificultades
de la infancia, el hambre y la pobreza. Estaba convencido de que lo
único importante en la vida era el reconocimiento público.
Hacerse de buen nombre en la Praga del año 1900 era factible a través de
la minoría alemana, integrada por las familias más adineradas y cultas
de la sociedad de entonces. Hermann Kafka optó por la nota alemana. A
pesar de haberlo estudiado en la escuela, el alemán de Hermann Kafka era
muy deficiente, aún a los 30 años de edad. Se trató de una empresa muy
difícil, porque sólo su esposa, Julie Lowy, tenía origen germano, ambos
eran judíos.
Julie Lowy y Hermann Kafka, tuvieron seis hijos. Georg murió a los dos
años de edad, mientras que Heinrich antes de cumplir seis meses. Franz,
el mayor, y sus tres hermanas, Elli, Valli y Otla, fueron educados en
escuelas alemanas, respondiendo a la obsesión de su padre.
Nacido en Praga el 3 de julio de 1883, Franz Kafka fue "un niño frágil
pero sano" dijo una vez su madre. Nació en la casa (U veze) de la Torre
número 27, en la propia línea que separaba el barrio judío y el alemán,
mezcla de culturas que marcaran su vida y su obra.
A lo largo de su vida Franz Kafka -con excepción de los últimos años
afectado por la enfermedad- apenas se alejó del radio de la Ciudad Vieja
de Praga. Cuentan que una vez que miraba desde una ventana hacia la
Plaza dijo: "allí estaba mi liceo, en aquel edificio que mira hacia
nosotros esta la Universidad y más allá hacia la izquierda mi oficina
-dibujó un círculo con el dedo y agregó- ahí se encierra toda mi vida".
LA VENTANA A LA CALLE
Quien vive en aislamiento, y querría, no
obstante, de vez en cuando integrarse; quien en razón de los
cambios de las horas del día, del clima, de las relaciones
profesionales, o de cosas por el estilo, querría sin más ni más
ver un brazo cualquiera al que poder agarrarse, no va a poder
aguantar mucho tiempo sin una ventana a la calle. Y lo que
sucede con él es que no busca absolutamente nada, y, como hombre
cansado que es, pasea su mirada, apoyado contra el antepecho de
su ventana, entre la gente y el cielo; y no quiere nada, y tiene
la cabeza un poco echada atrás; así y todo, los caballos abajo
lo arrastran consigo en su séquito de coches y ruido, y así,
finalmente, en la comunidad de los hombres.
Pero Kafka
no era sólo penumbra y sufrimiento. No son justos aquellos que le niegan
momentos de alegría, diversión, risas, deseos y placer. Dentro de su
particular estilo de vida las mujeres desempeñaron un papel muy
importante, aunque complicadísimo, como claramente se desprende de su
obra, donde llegamos a encontrar muchos perfiles eróticos.
Cuando sus hermanas crecieron, el universo femenino se fue convirtiendo,
por clara oposición a los caprichos de las posturas viriles de su padre,
en un refugio para el joven Franz Kafka.
Su madre se mantuvo siempre distante, pero a pesar de ello disponía de
una suavidad natural que contrastaba con la rudeza del padre. El trato
con las mujeres -debemos insistir de una manera muy particular- afinó y
cultivó su sensibilidad que le permitió comprender la lógica de los
sentimientos humanos.
Son pocos los trabajos sobre Kafka en los que se reconoce que a pesar de
sus traumas, debilidad, inseguridades y enfermedad fue un seductor de
grandes magnitudes. A lo largo de su vida buscó refugio en una mujer y
en la complementación amorosa la clave y el sentido de su plenitud.
Sus amores fueron trágicos, con compromisos matrimoniales que se
cancelaron a última hora. Sus amores fueron concretos, las mujeres que
dejaron huella en su vida tuvieron nombre: Felice Bauer, Grete Bloch,
Julie Wohryzek, y las más conocidas Milena Jesenská y Dora Dyamant. |