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Al califa y
su lugarteniente debemos la desaparición de la biblioteca. Según
Abulfaragius, Juan el Gramático quería que Amru le regalará la
biblioteca. Este respondió que él no podía decidir y
tenía que escribir al califa. Omar respondió diciendo que si esos libros
contenían las mismas doctrinas del Quran, no debían usarse porque El
Libro las contiene todas, pero si contenían doctrinas distintas, debían
ser destruidos. Sin pensarlo dos veces, Amru ordenó quemar los libros,
que ardieron por seis meses alimentando el fuego que calentaba las aguas
de los cuatro mil baños.
El renacimiento moderno tuvo lugar bajo el virreinato de Muhemad Alí
Pasha. La apertura del canal del Suez atrajo numerosos comerciantes y
especuladores, entre ellos el padre del poeta, que estaban encantados
con los privilegios de explotación del comercio con la India y la
exportación de algodón a Europa. De doce mil habitantes que tenía en mil
ochocientos treinta y dos, pasó a doscientos treinta y tres mil en mil
ochocientos ochenta y dos, cuando fue bombardeada y atacada por los
ingleses que se quedaron hasta mil novecientos treinta y dos, un año
antes de la muerte de Kavafis. Alejandría se había convertido en lo que
es hoy: la ciudad de veraneo de los cairotas. Al morir Kavafis, tenía
cerca del medio millón de habitantes. La novena edición de la
Encyclopaedia la describe así:
«La apariencia general es sin dudas chocante y sus alrededores son
arenosos, monótonos y estériles. Antiguamente estuvo rodeada por muros ,
pero en varias partes han sido destruidos para dar paso a mejoras. En el
barrio turco las calles son estrechas, irregulares y sucias; las casas
ruines y mal construidas. El barrio francés, de otro lado, tiene la
apariencia de un barrio europeo, con hermosas calles y plazas y
excelentes tiendas. Las calles han mejorado mucho con la pavimentación.
Los principales hoteles, tiendas y oficinas están en la Gran Plaza, cuyo
centro tiene un agradable paseo con árboles y bien provistos de sillas.
Hay también una fuente en cada esquina. En los suburbios hay numerosas y
bellas vistas, con hermosos jardines. Entre los principales edificios
públicos están el palacio del Pasha, el arsenal naval, la aduana, la
bolsa, dos teatros, varias mezquitas, iglesias y conventos. Hay una
importante escuela naval y numerosas otras instituciones educativas.
Entre las instituciones de caridad vale mencionar el hospital de los
Diáconos del Kaiser. Las principales calles, plazas y estaciones del
tren están iluminadas con gas.
Entre las reliquias que aún pueden verse están los dos obeliscos
conocidos como Las agujas de Cleopatra, traídos de Heliópolis a
Alejandría durante el reinado de Tiberio, y erigidos frente al templo
del César. Son de granito rojo y están cubiertos de jeroglíficos. Cerca
a los obeliscos están las ruinas de una antigua torre redonda, llamada
Torre Romana. Pero el más impresionante de todos es el estilizado Pilar
de Pompeyo. Por la descripción parece que fue levantado en honor del
emperador Dioclesiano y tuvo sobre sí una estatua del monarca. Al
suroeste están las catacumbas, que sirvieron de cementerios y se
construyeron excavando en las rocas calcáreas que forman la playa. Una
de ellas tiene una cámara que es memorable por su elegancia.
El clima es saludable y templado. El sopor del verano lo aligeran los
vientos que vienen del noroeste y así duran los nueve meses. En invierno
caen las lluvias y la atmósfera queda húmeda para el resto del año,
saturada por el vapor salino que trae el mar.»
A esta ciudad, a su historia, sus glorias y en especial a la vida que le
había procurado en su comercio con las gentes de los barrios populares,
las concurridas fiestas callejeras, cafés y hoteles de una noche, dedicó
Kavafis su obra, a pesar de que muchos de sus textos toquen asuntos del
mundo helénico, bizantino o persa. No hay duda que sus mejores momentos
los alcanza cuando el paisaje del poema es Alejandría. Kavafis creó la
ciudad en la poesía contemporánea. «Yo soy, —dijo refiriéndose al barrio
de mala muerte donde vivía-, el espíritu. Fuera está cuerpo».
Seis de sus poemas más populares, que tienen a Alejandría como metáfora
del destino, fueron escritos cuando no llegaba a los treinta y cinco
años. Como muchos de sus poemas juveniles -la juventud poética de
Kavafis oscila entre sus treinta y cuarenta y cinco años-, usan una
imaginada historia para compartir el dolor, la desazón de vivir en un
mundo ineludible. El más antiguo, Velas, pone en escena el temor al
futuro:
Frente a nosotros,
como una fila de velas encendidas,
-radiantes, cálidas y vivas-
están los días del futuro.
Los días del pasado son
esas velas apagadas.
Las más cercanas todavía humeantes,
las más lejanas encorvadas, frías,
derretidas.
No quiero verlas. Me entristece
recordar su brillo.
Frente a mí miro las velas encendidas.
No quiero mirar hacia atrás y asustarme:
cuán rápido la negra fila avanza,
cuán rápido las velas apagadas crecen.
Takeria
Si las velas, en sus sucesivas desapariciones son las distintas vidas de
nuestro pasado, el viaje de Ulises a la búsqueda del hogar y el amor,
que Penélope conserva tejiendo y destejiendo los días, más que las
experiencias de un cuerpo que se agota como las luces individuales de
las lámparas, es una búsqueda y comprensión de aquellos que hemos sido.
Ulises prudente frente a Aquiles desmesurado, cálculos precavidos del
procedimiento más oportuno frente a una carrera precipitada por el
camino más corto, la vida debe ser una continua búsqueda del significado
del viaje hacia Itaca, tocando distintos puertos, conociendo como premio
por la paciencia el amor de una joven, Nausícaa, y partiendo otra vez,
hasta llegar al puerto que el destino designa como fin de la
peregrinación para llegar a la sabiduría.
Cuando partas hacia Itaca
pide que tu camino sea largo
y rico en aventuras y conocimiento.
A Lestrigones, Cíclopes
y furioso Poseidón no temas,
en tu camino no los encontrarás
mientras en alto mantengas tu pensamiento,
mientras una extraña sensación
invada tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones, Cíclopes
y fiero Poseidón no encontrarás
si no los llevas en tu alma,
si no es tu alma que ante ti los pone.
Pide que tu camino sea largo.
Que muchas mañanas de verano hayan en tu ruta
cuando con placer, con alegría
arribes a puertos nunca vistos.
Detente en los mercados fenicios
para comprar finos objetos:
madreperla y coral, ámbar y ébano,
sensuales perfumes, -tantos como puedas-
y visita numerosas ciudades egipcias
para aprender de sus sabios.
Lleva a Itaca siempre en tu pensamiento,
llegar a ella es tu destino.
No apresures el viaje,
mejor que dure muchos años
y viejo seas cuando a ella llegues,
rico con lo que has ganado en el camino
sin esperar que Itaca te recompense.
A Itaca debes el maravilloso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino
y ahora nada tiene para ofrecerte.
Si pobre la encuentras, Itaca no te engañó.
Hoy que eres sabio, y en experiencias rico,
comprendes qué significan las Itacas.
Ithaki
Terminado el viaje, consciente o no, en la ciudad que cada uno llevamos,
terminaremos nuestros días. Consumido el tiempo que nos fue dado, si no
alcanzamos la riqueza que da el conocimiento, no habrá nuevos puertos y
todas la partidas serán inútiles:
Dices:
«Iré a otra tierra, a otro mar,
otra ciudad mejor que ésta encontraré.
Todos mis esfuerzos son una condena y
casi muerto está mi corazón.
¿Hasta cuándo podré, aquí, languidecer?
Adonde vea, cualquier cosa que mire,
veo las negras ruinas de mi vida aquí
donde he gastado tantos años,
desperdiciados, destruídos totalmente»
No encontrarás otra tierra, otro mar.
La ciudad te perseguirá.
Caminarás las mismas calles, envejecerás en los mismos barrios,
en las mismas casas encanecerás.
Aquí terminarás, no esperes nada mejor.
No hay barco para ti, no hay camino.
Como has destruido aquí tu vida,
en esta angosta esquina de la tierra,
así las has destruido en todo el mundo.
I polis
Muros, Ventanas y Monotonía son testimonio de la hostilidad social que
padecía Kavafis al finalizar el siglo.
Un monótono día sigue a otro
igualmente monótono.
Sucederán las mismas cosas una y otra vez,
los mismos momentos van y vienen,
un mes viene tras otro
y es fácil decir qué sucederá:
Las mismas cosas de ayer
y la mañana nunca parece el mañana.
Monotonía
El dios que abandona a Antonio culmina esta serie de poemas donde
Alejandría es sinónimo del destino. Kavafis logró con este texto uno de
los tonos más altos, utilizando como asunto un decir que aparece en Vida
de Antonio, de Plutarco, según el cual una ruidosa manifestación anunció
su muerte.
Marco Antonio había conocido a Cleopatra en el cuarenta y uno, en
Sicilia, y pasó con ella un verano después de la componenda Triumviri
republicae constituendae, con la cual Antonio, Lepidus y Octavio se
repartieron el imperio tras el asesinato del dictador a manos de Bruto.
En una visita que había hecho a Atenas en el treinta y nueve, Marco
Antonio se comportó como si fuese Dionisios, dios al que había siempre
querido parecerse. Por eso dice Plutarco: «a los que dan valor estas
cosas les parece que fue una señal dada a Antonio de que era abandonado
por aquel dios a quien hizo siempre ostentación de parecerse, y en quien
más particularmente confiaba». Antonio había abandonado sus dioses, a
sus mujeres y herederos, a Fadia, Antonia, Fulvia y Octavia por su
pasión por Cleopatra, cuyos hijos había designado sucesores. Alejandría,
a quien había elegido como nueva patria, y Cleopatra, su diosa, parecían
abandonarlo en su hora definitiva. Shakespeare interpreta su destino
como una tragedia de equívocos; Kavafis como el único recurso que resta
a un falto de carácter: la muerte sin gloria.
A medianoche, cuando oigas de repente
una invisible procesión que pasa
acompañada de exquisitas músicas y voces
no lamentes -en vano- las suerte que pierdes:
tus trabajos perdidos, tus planes
que terminaron en deseos.
Como quien lo esperaba, con valor.
di adiós, a Alejandría, que se aleja.
No te engañes, no digas que es un sueño.
que tu oído se equivoca.
No te engañes en vanas esperanzas.
Como quien lo esperaba, con valor,
como corresponde a alguien que merecía
una ciudad como ésta,
con paso firme acércate a la ventana
y escucha, con profunda emoción,
sin lamentos, sin súplicas cobardes,
como un último placer, los sonidos.
los maravillosos instrumentos, de esta secreta procesión,
y di adiós a Alejandría que así pierdes.
Apoleipei o
Theos Antoniom
En la búsqueda de los medios para expresar sus sentimientos eróticos o
representar los dobles parámetros de la sociedad para juzgar las
pasiones del individuo, Kavafis usó durante algún tiempo de asuntos
históricos, una veces reales, otras creados. Ese segundo grupo de poemas
donde Kavafis quiere confesarse ha sido llamado por Keeley, la
Alejandría mítica, frente a la Alejandría del destino del primer grupo.
Semihistóricos las más de las veces, poco a poco Kavafis va despojándose
de los destinos colectivos para confesar unas historias personales que
concluyen en el anonimato; los protagonistas, más que ellos, deben ser
nosotros.
Myrtias, un sirio del siglo cuarto, en Pensamientos peligrosos, cree que
mediante la voluntad y el estudio podrá reencontrar el camino del
ascetismo, perdido en su constante práctica de los placeres griegos.
Iantes, en De los hebreos, año cincuenta, tampoco puede vencer con la
voluntad las costumbres de la ciudad:
Pintor y poeta, corredor y lanzador de disco,
bello como Endimión, Ianthis, hijo de Antonio,
de familia muy afecta a la sinagoga.
«Mis mejores días son aquellos
cuando suspendo la búsqueda de la sensual belleza,
cuando abandono el elegante y difícil culto al helenismo,
con su extremada devoción
a los bien formados, corruptibles miembros,
y me transformo en quien quisiera ser:
un hijo de hebreos, los sagrados hebreos».
No pudo cumplir sus deseos.
El hedonismo y el arte de Alejandría
hicieron de él un hijo predilecto.
Ton Ebreon,
50 M.X.
Exiliados responde al postulado kavafiano de las posibilidades
históricas. El episodio tiene lugar durante la ocupación árabe de
Alejandría e inmediatamente después de la muerte del emperador bizantino
Miguel III a manos del coemperador Basil I, restaurador de la dinastía
macedónica. Los enemigos de Basil y los seguidores de Photio, patriarca
de Constantinopla depuesto por el nuevo emperador, confían vencer al
tirano, pero esa confianza en el destino es la ironía que hace memorable
el poema:
Aún sigue siendo Alejandría. Caminas un poco
a lo largo de la calle que lleva al hipódromo
y puedes ver palacetes y monumentos que te asombran.
A pesar de las guerras, a pesar de lo pequeña que es ahora,
sigue siendo una ciudad maravillosa.
Con excursiones, libros y
estudios el tiempo va pasando.
Cuando cae la tarde, nos reunimos frente al mar,
nosotros cinco (todos, claro, con nombres falsos)
y algunos de los griegos
que aún quedan en la ciudad.
Algunas veces hablamos de asuntos religiosos
(la gente aquí parece inclinarse hacia Roma)
y otros, de literatura.
El otro día leímos unos versos de Nonnos:
¡cuánta imaginación, qué ritmo, qué armonía!
Entusiasmados, como admiramos al Panopolitano.
Así pasan los días y nuestra estadía
no es desagradable porque, naturalmente,
no va a ser para siempre.
Hemos tenido buenas noticias: si nada sucede,
de lo que está en marcha en Smirna,
entonces, en abril nuestros amigos irán a Epiros.
Así, de una forma u otra nuestros planes se realizarán,
y fácilmente derrocaremos a Basil.
Cuando lo hagamos, llegará al fin, nuestro turno.
Exoristoi
Cesarión es Ptolomeo XVI, hijo de César y Cleopatra. En el treinta y
cuatro, Antonio lo hizo Rey de Reyes, pero Octavio, haciéndole regresar
a Alejandría con engaños, le dio muerte. Se dice que siguió al pie de la
letra las palabras de Homero (Ilíada, II, 204): No están los tiempos
como para muchos Césares. Kavafis crea la imagen de este muchacho cuyo
destino estaba marcado. Poema erótico-histórico que le permite darle un
rostro y unos miembros acordes a su deseo. Cesarión, que en la historia
es unas pocas líneas, gracias a la poesía queda inmortalizado, con una
belleza y un pavor que quizá no conoció el pequeño César a la hora de su
muerte.
En parte para verificar los sucesos de cierto período,
en parte para matar una hora o dos,
anoche tomé y leí
un volumen de inscripciones sobre los Ptolomeos.
Los elogios pródigos y las lisonjas son idénticas
para cada uno. Todos son brillantes,
gloriosos, poderosos, benévolos;
cada cosa que emprenden está llena de sabiduría.
Otro tanto para las mujeres de su tiempo, Berenices y Cleopatras,
ellas también, todas, son maravillosas.
Cuando encontré los datos que quería
iba a dejar el libro, pero una rápida
e insignificante mención al rey Cesarión
llamó mi atención...
Así llegaste con tu indefinible encanto.
Poco se ha escrito de ti en la historia,
y puedo modelarte libremente en mi mente.
Te hice bien parecido y sensible.
Mi arte da a tu rostro
una soñada, atractiva belleza.
Y tan bien te imaginé
que ayer, en alta noche,
mientras mi lámpara se apagaba -deliberadamente dejé que se apagara-
creí que entrabas en mi cuarto,
creí que ante mí estabas, como has debido estar
en esa vencida Alejandría que perdías,
pálido y agotado, perfecto en el dolor,
esperando que de ti se apiadasen
los abyectos que murmuraron: «demasiados Césares».
Kaisarion
Los epitafios
a Ignacio, Lanis y Iasis cuentan cómo han padecido la influencia de la
libre vida alejandrina. Ignacio muere Ignacio, pero había sido Kleón,
famoso por sus bienes y belleza; Lanis no quiso prestar su cuerpo para
la creación de un nuevo arquetipo, y Iasis fue consumido por las llamas
de los vicios alejandrinos. Todos piden clemencia a quien lea las
inscripciones de sus tumbas.
Aquel Lanis que amaste no está aquí, Marcos,
en esta tumba donde vienes a llorar y permaneces.
El Lanis que tú amaste está contigo
en tu casa, cuando te guardas a mirar el retrato
que aún guarda lo más valioso de él,
que guarda lo que más amaste.
¿Recuerdas, Marcos, cuando trajiste
al famoso pintor de Kyrynia, del palacio del procónsul?
Con cuánta astucia trató de persuadiros,
al ver a tu amigo,
que debía pintarlo como Jacinto
y así su retrato sería famoso.
Pero tu Lanis no quiso prestar su belleza;
con firmeza, se opuso al pintor
diciendo que no quería parecerse a
Jacinto, ni a ningún otro,
sólo a Lanis, hijo de Rametijos, un alejandrino.
Lanis tafos
Myris: Alejandría año trescientos cuarenta después de Cristo, es uno de
sus exquisitos bricolages, donde erotismo e ideología, tejen una
respuesta a la hipocresía. La representación de una farsa, hypokrisía,
que no puede compartir quien conoció al difunto ejerciendo los ritos
paganos, es apenas uno de los aciertos del poema. La doble vida de Myris,
expuesta en el texto, sugiere que al morir, el cuerpo que ha fingido
virtud, puede corromper. Kavafis entonces hace que el protagonista se
retire de la escena y conserve los recuerdos del placer como esa otra
realidad que no percibe el mundo ritual del cristianismo. Alejandría, el
paraíso en vida, esta aquí opuesto a Cristo, el paraíso tras la muerte.
La carne como espíritu versus la fe como paz. ¿Fue consciente Kavafis de
esas posibles connotaciones? No lo sabemos, pero la minucia del título
algo indica.
Cuando supe la noticia, que Myris había muerto,
fui a su casa, aun cuando evito
entrar en casa de cristianos
que tienen lutos o fiestas.
Me detuve en el zaguán. No quise entrar,
me di cuenta que los parientes del difunto
me miraban con sorpresa y disgusto.
Le tenían en un gran salón.
Desde el rincón donde yo estaba
pude ver los preciosos tapetes y los jarrones
de oro y plata.
Me quedé llorando en un rincón del corredor.
Pensé que sin Myris nuestras reuniones
y paseos no serían los mismos.
Pensé que nunca volvería a verle
en nuestras indecentes y maravillosas amanecidas
gozando, riendo y recitando versos,
con su perfecto sentido del ritmo.
Pensé que había perdido para siempre su belleza
para siempre, el joven que adoraba con pasión.
Unas viejas, cerca de mí, hablaron en voz baja
del último día de su vida:
el nombre de Jesús siempre en sus labios,
en sus manos la cruz.
Luego, cuatro sacerdotes cristianos
entraron al salón suplicando a Jesús o María,
(no conozco bien esa religión).
Sabíamos que Myris era cristiano,
desde el principio, cuando vino a nuestro grupo,
lo supimos. Pero vivía como nosotros,
más entregado al placer, gastando su dinero en diversiones.
Sin preocuparse de la opinión ajena
participaba en nocturnas disputas callejeras
cuando nos enfrentábamos a nuestros rivales.
Nunca habló de su religión.
Incluso una vez dijimos
que deberíamos llevarle a Serapión
pero, ahora recuerdo,
no pareció gustarle la broma.
Sí, ahora recuerdo otros dos incidentes:
cuando hicimos libaciones a Poseidón
se apartó del grupo y miró a otro sitio,
y cuando uno de nosotros, con el fervor, dijo
«El sublime y grande Apolo nos proteja y favorezca»
Myris, sin que lo notaran, dijo: «Conmigo no cuenten».
Los sacerdotes rezaban en voz alta
por el alma del joven.
Me di cuenta con cuanta diligencia,
con cuánto respeto por sus ritos
estaban preparando el funeral.
De repente, una rara sensación me invadió:
inefablemente sentí
cómo Myris se alejaba de mí;
sentí que él, cristiano como era, había
permanecido ligado a su gente,
mientras yo me iba convirtiéndo en un extraño.
Sentí incluso
cómo una doble duda me embargaba:
había sido engañado por mi pasión,
y siempre había sido un extraño para él.
Huí de esa horrible casa,
huí antes que mis recuerdos de Myris
pudieran ser robados, pervertidos por su cristianismo.
Myris,
Alexandria tou 340 M.X.
Lo que podemos llamar estética kavafiana viene, sin duda, del uso de la
lengua popular, en la que se puede menos pensar que cantar, pero con la
cual Kavafis medita un destino o retrata un recuerdo, sin que la verdad
de los hechos o los sentimientos determinen el efecto último del poema.
El poder de sugestión importa más que la realidad. Esa es la razón para
que muchos de sus poemas eróticos puedan ser calificados también de
filosóficos; es el pensamiento, y no la carne misma, la que evoca la
pasión que da una respuesta a una moral cazurra o farisea. Candelabro es
un buen ejemplo de esa maestría. Sólo los versos finales remiten a los
sentimientos; la visión de las llamas y su penetrante luz son metáforas
de la pasión, y el pensamiento puede decir para quien no es este tipo de
luz o ejercicio del placer:
En un cuarto -vacío, pequeño, cuatro paredes
cubiertas de tela verde-
un hermoso candelabro arde cálidamente;
y en su ardor, cada una de nuestras pasiones
arde también con violenta lascivia.
En el pequeño cuarto, donde brilla el
vívido fuego del candelabro,
la luz es única
No es para cuerpos tímidos
la voluptuosidad de estas llamas.
Polyleos
A partir de mil novecientos doce Kavafis comenzó a publicar y escribir
poemas abiertamente homosexuales. En ellos se complacía al recrear, más
que recuerdos, el goce de la pasión y el ardor de los deseos no
satisfechos. Ahora importaba menos la erudición y la historia pues había
descubierto que en los cuerpos de la juventud hay una sabiduría que
aquellos no aportan. La saciedad de los deseos será fuente de
conocimientos.
«Cinco razas, cinco lenguas, una docena de religiones —escribió
Lawrence Durrell en Justine refiriéndose a los placeres alejandrinos—;
el reflejo de cinco flotas en el agua grasienta, más allá de la
escollera. Pero hay más de cinco sexos y sólo el griego (Kavafis),
parece capaz de distinguirlos. La mercadería sexual al alcance de la
mano es desconcertante por su variedad y profusión. Es imposible
confundir Alejandría con un lugar placentero. Los amantes simbólicos del
mundo helénico son sustituidos por algo distinto, algo sutilmente
andrógino, vuelto sobre sí mismo. Oriente no puede disfrutar de la dulce
anarquía del cuerpo, porque ha ido más allá del cuerpo.. [...] Los
cuerpos hoscos de los jóvenes inician la caza de una desnudez cómplice,
y en estos pequeños cafés a los que solía ir Balthazar con el viejo
poeta de la ciudad los muchachos, nerviosos, juegan al chaquete bajo las
lámparas de petróleo y, perturbados por el viento seco del desierto —tan
poco romántico, tan sospechoso—, se agitan y se vuelven para mirar a los
recién llegados. Les cuesta respirar y en cada beso del verano reconocen
el gusto de la cal viva...»
Kavafis cuenta y recuerda los fracasos de cualquier relación erótica,
las grandes esperas y las míseras recompensas del comercio carnal: un
anciano se sienta, al fondo de un café, a recordar las cobardías
eróticas de su juventud y ve cómo el tiempo le engañó, cómo la prudencia
lo traicionó (Un viejo); la evocación de un recuerdo es el poema
(Vuelve); en una pobre habitación, mientras abajo unos obreros jugaban a
las cartas, se vivieron, casi en silencio, espléndidas horas, etc.
La habitación era barata y sórdida,
oculta sobre la dudosa taberna.
Desde la ventana podías ver la sucia
y estrecha callejuela. Desde abajo
venían las voces de algunos obreros,
que jugaban a las cartas y se divertían.
Y allí, en esa pobre y usada cama
tuve el cuerpo del amor, tuve los labios
voluptuosos y rosados de la embriaguez,
rosados de tanta embriaguez
que ahora, cuando escribo, después de tantos años,
en esta casa solitaria vuelvo a estar borracho.
Mia nyxta
Kavafis creó también una estética donde lo pobre, lo sucio, el desempleo
y la miseria podían ser objeto de belleza. Indiferente, como debió ser
en ideas políticas, su progresividad surge de los sujetos a quien se
dedicó a celebrar y que para los hombres y mujeres de su tiempo no
merecían el canto.
La poesía de Kavafis gozó de escasa difusión en la Grecia de la Belle
Epoque. Su prosaica frugalidad en el uso de adornos, su permanente
evocación del ritmo hablado y el uso de coloquialismos; su abierto
tratamiento del homosexualismo, su retorno al epigrama, su esotérico
sentido de la historia, su cinismo en política, su creación de un mundo
mítico le hicieron extraño a los sentidos de los poetas griegos de
entreguerras pero garantizaron la permanencia de uno de los mejores
testimonios del hombre y la mujer de este siglo perverso que acaba de
terminar.
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