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1005 - Fuente Clarín
Lo
cambió todo. Lo dio vuelta todo. Lo innovó todo. Cambió la música de
rock, el rock como cultura, la visión sobre las drogas, las costumbres
sexuales, la ropa, el pelo y la cabeza de mucha gente; cambió la
industria de la música; la imagen de la guerra y de sus héroes; le
puso héroes a la paz y le puso ideas y emociones a toda una generación
que nunca más fue la misma y que jamás llegó a ser lo que sus mayores
tenían pensado para ella; sus canciones, en principio divertidas y
animadas, pasaron a hacer planteos ideológicos que abrieron un espacio
único para el movimiento hippie y para la rebelión de los
irrepetibles, inolvidables años 60.
Y todo, y mucho más, lo hizo John Lennon escudado detrás de una
guitarra y sus seis cuerdas que sonaban como orquesta; cobijado por un
talento descomunal que repartía generoso como si no fuera jamás a
terminarse; marcado por una existencia atropellada que empezó en un
bombardeo y terminó a balazos; señalado para siempre por una infancia
a empujones entre el desamor y el afecto prestados, que iban a
condicionar sus días hasta el final imprevisible y abrupto en el
edificio Dakota de Nueva York; y desteñido en sus últimos años por una
prisión que eligió como mujer para toda su vida y con la que vivió
casi feliz, casi ausente, como en aquellos empujones de la infancia
que no lo abandonaron jamás.
Fue, además, el padre intelectual, musical y moral de
Los
Beatles. Compuso algunas melodías y algunas palabras para esas
melodías que se transformaron en leyenda, en himnos, en profecía, en
conjeturas, en dudas y en símbolos de la resistencia contra los
poderes desquiciados que dieron vuelta para siempre la historia del
mundo en el siglo XX. Fue un poeta, como Byron; fue un músico, como
Bach; fue un activista por la paz, como Gandhi; encarnó una época y
murió joven y asesinado, como Kennedy, y fue un inconformista, un
rebelde, un indócil, un intransigente y un provocador, contradictorio,
lúcido y frágil: como Lennon. Y todo lo hizo Lennon resguardado detrás
de unos anteojitos redondos de mirar la vida de los miopes con los
ojos de la utopía. Vivió sólo cuarenta años. Sabemos, casi, quién fue.
Nunca sabremos quién pudo ser.
Imagina
Nació a las seis y media de la tarde del 9 de octubre de 1940 en el
Maternity Hospital de Liverpool, bajo las bombas de la Lutwaffe de
Adolfo Hitler que intentaba adueñarse de Inglaterra. Su madre, Julia
Stanley, elige el nombre del crío: John Winston Lennon. El segundo
nombre es devoción hacia Winston Churchill, ese león solitario que
defiende su tierra sólo con sangre sudor y lágrimas. El futuro
guerrero de la paz nace marcado por la Segunda Guerra.
El padre de Lennon, Fred, conoce poco de épica: le dice adiós a las
batallas y escapa al Africa donde lo apresan como desertor. Para
cuando pueda volver a Gran Bretaña, Julia se habrá unido a otro
hombre, John Dykins, y habrá puesto al pequeño John al cuidado de su
hermana, Mary Stanley, y de su marido, George Smith, en el 251 de
Menlove Avenue.
La elección es perfecta: Mary, la Tía Mimi, no tiene hijos y Julia
piensa que será ideal para su crío. Pero para John es el primer
desgarrón de su vida. En julio de 1946, a un año de terminada la
guerra, cuando está a punto de cumplir seis, papá Fred vuelve y se
alza con el chico para llevárselo a Blackpool: tiene intención de
viajar con él a Nueva Zelanda y dejarnos a todos sin Beatles. Julia
sale a buscarlo desesperada, lo encuentra y lo obliga a elegir: o papá
o mamá. En el segundo de sus desgarros, John elegirá a mamá, que lo
vuelve a dejar con Tía Mimi. Y el chico crece como un pájaro lastimado
en Liverpool. Liverpool es parte del secreto de John. Y de Los Beatles.
Es un puerto, mira al mar, la recorren calles grises que todavía
humean guerra, está repleta de pubs, ama el fútbol, soporta el castigo
del viento helado y lluvioso del noroeste amparada en unos tristes
edificios de ladrillo, altos como el cielo y con la estética de una
rata muerta; sus gentes hablan en un dialecto cerrado y secreto, son
orgullosos, provocadores, alternan entre la elegancia de sus casas
ricas y el ambiente fétido de los callejones con clubes subterráneos
donde tocan bandas de músicos; Liverpool tiene, como todo puerto, sus
personajes y su ambiente irreparables: mercachifles, contrabandistas,
putas, changarines, delincuentes que sueñan con el gran golpe,
borrachines sin sueños, poetas, criminales, arribistas, artistas,
artesanos, bohemios y chiflados. Paul McCartney dirá años después: “En
Liverpool siempre estabas rodeado de música. Era una ciudad muy
musical”. Y más que todo eso, el puerto de Liverpool es la entrada de
todo lo que viene de lejos, de Estados Unidos, por ejemplo, música
incluida.
En ese clima y entre esa gente crece John. Y se entibia el caldo de
cultivo de Los Beatles. John es un poco vago. El estudio le cae como
piedras. Dibuja, eso sí. Mucho. Tía Mimi dice que pasaba horas, feliz
con el dibujo la pintura, encerrado en su habitación que estaba sobre
la entrada de la casa. Tía Mimi coloca un parlante extra en la
habitación del chico para que pueda escuchar sus programas y su música
favoritos. Va al colegio: seis meses en Mosspits Lane, después en
Dovedale Primary School y por último a la que será su otra casa, la
Quarry Bank Grammar School. Tiene once años, es 1952, Inglaterra tiene
nueva reina, Isabel II, el mundo da una vuelta carnero cada diez
minutos, entra de lleno en la Guerra Fría y en las guerras civiles de
la posguerra; y John, que aprendió a odiar esa palabra y lo que
significa, se zambulle en la música.
¿De dónde saca su talento ese chico que ya se perfila como un rebelde
sin demasiado estudio, sin demasiado horizonte en la Liverpool barrida
por el frío y sin demasiadas esperanzas de ver otro paisaje que el de
los edificios de ladrillos rojos? Su hermanastra, Julia Baird, cree
que de su madre: “Tenía mucho más talento del que John nunca tuvo
–dirá años después para el libro Los Beatles, de David Pritchard y
Alan Lysaght–. Ella le enseñó a John los secretos del banjo, donde
tocaba That’ll Be the Day, de Buddy Holly.” Años después, en el ir y
venir entre la madurez y la infancia, Lennon cantará esa canción de
Buddy Holly e intentará acompañar los arreglos de Los Beatles con el
banjo.
Por ahora, lo que tiene es una guitarra de segunda mano. Regalo de Tía
Mimi que, sin saberlo, le traza camino: allí está, sólo hay que
recorrerlo. Y John empieza a caminar: toca la guitarra todo el día
hasta poner enferma a Mimi, que le advierte con la ciega ternura de
las tías: “La guitarra está bien como afición, John, pero no te hará
ganar dinero”. Al chico le importa nada el dinero. Esa música que le
llega a sus oídos de quince años lo encandila. Toca y escucha. Escucha
y toca. ¿Qué escucha? Un amigo le pone en las manos un disco de los
tantos que llegan por el puerto de Liverpool.
Canta Elvis Presley. Eso escucha John antes de ser Lennon. ¿Sueña con
ser como Elvis alguna vez? El 27 de agosto de 1965 Los Beatles, en la
cumbre de la gloria, visitarán a Elvis; pasarán horas a solas,
hablarán pocos saben ya de qué y se irán los cuatro con la réplica de
una pistola, regalo de El Rey. Pero para la gloria falta todavía.
John por ahora escucha a Elvis. Y también se empapa con Little
Richard, con ese Buddy Holly que trajo mamá Julia de la mano del
banjo, le asombra Ray Charles y lo deslumbra Chuck Berry. Años
después, maduro, talentoso, dirá: “Si intentás ponerle otro nombre al
rock and roll, deberías llamarlo Chuck Berry”.
Viajes con mi tía
El chico de quince años es un líder. Tiene un grupo de amigos con el
que hace música. Bueno, música: son cuatro delirantes que tocan
guitarra, armónica, y aporrean una tabla de lavar y un par de
platillos metálicos de batería incompleta. El escenario de los sueños
es el baño de la casa de Tía Mimi y la percusión la aportan los
utensilios de su cocina: el resultado es un estruendo de circo
ambulante al que los chicos llaman con pretensiones de innovadores
skiffle. Es algo parecido al jazz tradicional, con el toque de
Liverpool, claro: es barato hacer skiffle; tablas de lavar, cajas de
té para la percusión, una guitarra, voces, no cuestan nada. En
Liverpool nacen en dos años setecientos grupos, que en tres años serán
trescientas bandas de rock. “Todos los que teníamos entre quince y
dieciséis años estábamos en algún grupo de skiffle, que era una
especie de música folk americana y un sonido del tipo ‘gin ging-e-ging,
ging ging-a-ging’ con tablas de lavar. Y yo formé un grupo en la
escuela”, recordará años después Lennon. Es el líder. Lo bautiza, en
honor del colegio, The Quarrymen. Ese mismo año del nacimiento de la
primera banda dirigida por John Lennon, en Fort Worth, Texas, nace el
hombre que va a asesinarlo.
El 6 de julio de 1957 The Quarrymen tocan en los jardines de la
iglesia Woolton Parich. Uno de los miembros del grupo, Ivan Vaughan,
trae a un chico amigo, dos años menor que John, y lo presenta al
líder. El nuevo se llama Paul McCartney y en el deslucido y tímido
apretón de manos que se dan con John, queda sellada una de las
asociaciones creativas más importantes de la historia de la música;
nacen una amistad y una rivalidad a las que el talento hará sólidas y
la vanidad efímeras.
Menos de un año después, a John se le plantea una disyuntiva de líder:
¿es necesario integrar a otro guitarrista a la banda? Hay uno en
puerta, pero tiene tres años menos que todos; un petulante engreído al
que habría que enseñarle primero a limpiarse los mocos, pero que sabe
más acordes de guitarra que los que conocen juntos John y Paul. El 6
de febrero de 1958 George Harrison se incorpora a The Quarrymen. Así y
allí nacen Los Beatles; no saben aún que son Los Beatles. John tiene
todavía una cuenta a saldar con su pasado joven: su madre. Busca una
respuesta que no llegará: Julia Stanley es atropellada por el auto que
maneja un policía borracho y muere el 15 de julio de 1958, cuando John
tiene 17 años y nueve meses.
Dicen que sufre un trauma del que no se recupera. Es tan fácil
deslizarse por el tobogán de la psicología de potrero, que lo mejor es
evocar lo que queda de la catástrofe: una canción desgarrada –Julia–
que Lennon compone a los veintiocho años, una canción de amor para su
madre: “La mitad de lo que digo no tiene sentido / pero sólo lo digo
para llegar a ti, Julia (…) / Julia, mar de infancia, llámame / Así yo
canto una canción de amor, Julia (…) Julia, arena durmiente, nube
silenciosa, tócame / Así yo canto una canción de amor, Julia / Julia
me llama. Por eso canto una canción de amor para Julia”. John, la
infancia ha terminado. Es hora de ser Lennon.
Déjalo ser
Los
Beatles estallaron entre 1960 y 1963, como el mundo. Y la historia
del grupo es conocida. O no, pero es otra historia. Lennon se casa el
23 de agosto de 1962, en pleno furor del grupo, con Cynthia Powell. La
chica está embarazada y esa misma noche Los Beatles tocan en Chester.
En setiembre, cuando aparezca el primer simple de Los Beatles, Amame,
Lennon correrá a su casa con el acetato en la mano, para escucharlo
mil veces junto a su hermanastra Julia. En Liverpool saben que el
disco es un éxito porque cuando Radio Luxemburgo lo emite un viernes a
las diez de la noche, es tanta la audiencia que hay un apagón en la
ciudad. Sólo pasaba con Elvis. El mundo cambia en esos cuatro primeros
años en los que Los Beatles subieron y subieron sin parar hasta que se
deshicieron en la cumbre de la fama: nace el muro de Berlín, las dos
superpotencias casi se abrazan en una guerra atómica, dos tipos que
pelearon en serio por la paz mueren; uno de muerte natural, Juan XXIII,
y el otro con la cabeza destrozada a balazos en Dallas, John Kennedy;
en Vietnam lo que era un conflicto se transforma en guerra. Y Lennon
es el alma rebelde de Los Beatles, el líder espiritual, el
intelectual. Su rebeldía ya no es adolescente, ahora va en serio. Está
convencido de que el lugar que se buscó contra viento y marea sirve
para decir cosas, para expresar ideas, no sólo para gritar el alma del
rock and roll. El mismo es ya un hombre diferente, que tiene un hijo,
Julian Lennon, que nació en abril de 1963; que tiene también mucho
miedo de criarlo, de dañarlo como él sabe que un padre o una madre
pueden dañar a los hijos. Tiene 22. Ya es célebre y va camino a ser
millonario.
El 4 de noviembre de 1963
Los
Beatles salen al escenario del Price of Wales Theater de Londres.
Es la gala de la Royal Command y en la platea están la Reina Madre, la
princesa Margaret y su esposo, Lord Snowden. Lennon presente un tema:
Twist y gritos. Es un delirio y Los Beatles lo saben: van a sacudir un
poco las canastas de la realeza y de la respingada clase alta de su
país. Lennon pide al público que cante la canción con ellos y agrega:
“Por favor, la gente de los asientos más baratos puede aplaudir. Los
demás pueden hacer sonar sus joyas”. Y suenan. El 7 de febrero Los
Beatles llegan a Estados Unidos. Lennon dijo en enero que esperaba no
tener éxito en ese país. Ironiza el infante terrible. El país al que
llegan está todavía sacudido por el asesinato de Kennedy; además de
cambiar, el mundo se torna un poquitín difícil, y el público ve a Los
Beatles como un antídoto para su desesperado desconcierto. Los cuatro
se divierten. Les preguntan si no temen a las multitudes, dicen que si
no están en Dallas, no temen. Un periodista cargado de arrogancia les
pregunta en Washington: “¿Por qué creen que se han hecho tan famosos
así, de repente?”. Lennon contesta: “No lo sé. Debe ser el tiempo”.
Debía haber algo más que el tiempo porque se presentan en el show de
Ed Sullivan y la audiencia calculada es de 73 millones de personas en
aquel mundo pequeño de hace más de cuarenta años.
Con Lennon a la cabeza, Los Beatles empiezan a tomar decisiones
políticas. Son, a su manera, los primeros grandes ídolos de los
jóvenes, que cantan lo que ellos cantan y hablan como ellos hablan,
que se animan a decirles también que por aquí van, ¿quién los sigue? Y
los siguen. No van a Sudáfrica por el apartheid. En Filipinas rechazan
una invitación a cenar de Imelda Marcos, esposa del dictador
Ferdinando Marcos, y tienen que dejar el país de inmediato. Se oponen
a la guerra en Vietnam. En 1965 Lennon ya es millonario y su sociedad
con McCartney está en su madurez. Compra una casa para Tía Mimi.
Invierte con un ex Quarrymen en una cadena de supermercados.
Experimenta con drogas fuertes. Escribe y graba bajo la influencia y a
favor de las drogas. Desarrolla sonidos complejos y nuevas formas
sonoras, algunas mecánicas, graba canciones de un único acorde, o con
guitarras superpuestas. Lo que dice Lennon, con Los Beatles, es
simple, sencillo y duro de entender: el rock and roll es ahora
estudio, música y armonía, ya no más gritos, contorsiones y
voluntarismo. Quien quiera oír, que oiga.
¿Malas compañías?
Y conoce a Yoko Ono. Es el 9 de noviembre de 1966. Es el año de
Revólver, donde se incluye un tema de Lennon, I’m only sleeping,
escrito bajo la influencia de las drogas. Es también el año del
principio del fin. Yoko es vista como una invasora, y tal vez lo haya
sido, a ese grupo sólido como el acero que acaba de cambiar las reglas
de la promoción, de las giras, de los derechos de producción y de la
forma de enfrentar un fenómeno musical de masas.
En 1967 tres hechos cambian para siempre la historia de Lennon y la
del conjunto: muere por una sobredosis Brian Epstein, representante
del conjunto y amigo de Lennon; años más tarde se dirá que ambos
mantuvieron una relación homosexual que Yoko desmentirá con fiereza;
aparece La banda del Sargento Pepper, un punto de inflexión en la vida
musical del conjunto, y empiezan a chocar los intereses individuales
de Los Beatles.
En busca de la armonía interna recurren al Maharishi Yogui a quien
siguen con devoción, lo que provoca en el mundo entero el
descubrimiento de y la inclinación hacia la cultura de la India. Pero
Yogui parece haber resultado un tunante, ladino y astuto, más
interesado en los dólares que en la espiritualidad. Lennon lo lapida
al año siguiente con una canción, Sexy Sadie, que en principio iba a
llamarse Maharishi.
Mientras Los Beatles empiezan el largo camino del adiós y Lennon se
divorcia de su primera esposa, John y Yoko son arrestados por posesión
de marihuana el 18 de octubre de 1968, cuando dejan el departamento de
Ringo Starr. El 22 de noviembre aparece el extraordinario álbum doble
blanco de Los Beatles, llamado The Beatles, con un extraño Revolution
que incluye experimentos sonoros inducidos por Yoko. Pero a fines de
ese mes aparece el desafío: John y Yoko editan el primer álbum propio:
Dos vírgenes, que los muestra desnudos de frente y en la tapa. Las
autoridades lo juzgan pornográfico y confiscan treinta mil copias. Es
el primer gran intento de Lennon de independizarse de Los Beatles y de
ser él mismo, pero junto a Yoko Ono, a quienes Los Beatles llaman
Mono. Lennon contesta con una canción:Todos tienen algo que esconder
excepto yo y mi mono.
El final se acerca.
No se dejan ser
Las diferencias entre Lennon y McCartney hacen fracasar el proyecto
Déjalo ser que intentaba grabar una improvisación y ensayo de Los
Beatles para editarlo casi en crudo y dar luego un concierto desde
algún lugar espectacular. Lo dieron el 30 de enero de 1969 en la
azotea del edificio Apple, el sello grabador del conjunto. McCartney
quedó en la historia como el impulsor de la unidad en Los Beatles,
cuando su papel parece haber sido el opuesto en los tiempos en que los
cuatro apenas si se juntaban para grabar: habían dado el último
recital público el 29 de agosto de 1966 en el Clandestick Park de San
Francisco. El 10 de abril McCartney dice adiós a Los Beatles y Los
Beatles dicen adiós al mundo. Déjalo ser aparece casi un año después,
el 8 de mayo de 1970.
Antes del final, Lennon escribe, probablemente en su mansión de
Berkshire, Tittenhurst Park, una dolida carta a McCartney. La compañía
de discos de Los Beatles, Apple, estaba en proceso de disolución y Los
Beatles amenazaban o iniciaban demandas unos contra otros. Lennon se
queja con amargura por la forma en que Los Beatles trataron a Yoko Ono.
Después fustiga a su amigo de adolescencia por lo que piensa es una
actitud altanera y vanidosa: “¿Realmente pensás que la mayoría del
arte actual existe gracias a Los Beatles? No puedo creer que estés así
de loco. ¿No dijimos siempre que éramos parte de un movimiento y no el
movimiento en sí?”. Las ilusiones de ayer están hechas pedazos. La
carta confirma que Los Beatles se separaron para siempre meses antes
del anuncio oficial hecho en abril, y que John fue el primero en decir
adiós. Las seis páginas escritas a mano terminan con un esperanzado:
“A pesar de todo, cariños de nuestra parte para ustedes dos”. No se
sabe si Lennon la envió a Paul y a su entonces esposa, Linda. Es el
fin.
John vive ahora para Yoko, de quien Truman Capote llegó a decir que
era “una estúpida insoportable”. Se casan en Gibraltar, almuerzan con
Dalí. Hacen campaña por la paz en Ámsterdam donde dan cientos de
entrevistas en la cama, desnudos; John se borra el Winston que eligió
su madre y pasa a llamarse John Ono Lennon, graban juntos Dale una
oportunidad a la paz; en el festival de Toronto, Lennon toca junto a
Eric Clapton, a Klaus Voorman en el bajo, a Alan White en batería y a
Yoko Ono. Graban Live Peace in Toronto y el grupo se bautiza Plastic
Ono Band. No hay ni sombras del ayer. Un simple de John y la Plastic
Ono es prohibido por apología de la droga. El 14 de noviembre Apple
edita Album de casamiento, un disco de John y Yoko que en una canción,
Amsterdam, incluye el jadeo de ambos mientras hacen el amor.
Lennon se convierte en un personaje irritante para el poder al que
enfrenta con música y palabras, mientras parece hundirse en el mundo
oscuro, aletargado, imprevisible de las drogas. Devuelve su Orden del
Imperio Británico que le prendió en el pecho la Reina Elizabeth por la
injerencia británica en las guerras de Biafra y Vietnam, y empieza el
primer año de la última década de su vida con un problema policial: su
exposición de litografías eróticas es clausurada por Scotland Yard el
16 de enero de 1970. En diciembre aparece el álbum John Lennon/
Plastic Ono Band que es un éxito avalado, además, por los críticos.
Pero uno de sus temas, Héroe de la clase trabajadora es prohibido por
la BBC. El disco contiene en realidad los sentimientos más hondos de
Lennon expresados con sencillez y profundidad en temas como Mother,
Isolation y Love. Jamás volverá a vivir en Inglaterra de modo
permanente.
Se establece en 1971 en los Estados Unidos y se convierte en un
activista político de izquierda, antibelicista y con un enemigo
famoso: Richard Nixon, que preside los Estados Unidos, sugiere tirar
la atómica en Vietnam y hace espiar a Lennon por el FBI mientras le
pone trabas al expediente de su residencia. Lennon contesta con un
disco: Some Time in New York City, que muestra en la tapa una foto
trucada de Nixon y el premier chino Mao Tsé Tung, desnudos, en pleno
baile. El acoso cesa en 1974, cuando Nixon es barrido del poder por
obstruir la acción de la justicia en el caso Watergate. Lennon
conseguirá la residencia en Estados Unidos en 1975. Los últimos años
de su vida son de vértigo. Uno de sus temas, Imagine, grabado en 1971,
es un himno generacional y es la canción más premiada y conocida de
Lennon. Pero todo va barranca abajo. En 1973 se separa de Yoko y se
fuga a Los Angeles con su secretaria japonesa May Pang. Trabaja en su
disco Paredes y puentes, en el que colabora Elton John y en el que
Julian Lennon, de once años, canta un tema junto a su padre. El 28 de
noviembre de ese año, cuando se presenta en el Madison Square Garden
con Elton John, una de las asistentes al recital, en primera fila, es
Yoko. A la salida, John y Yoko son pareja otra vez. El 9 de noviembre
nace Sean, el hijo de ambos, y la historia oficial dice que el
matrimonio pasa esos años felices, con Yoko que administra el negocio
Lennon y unos terrenos en los que crían vacas de la raza Hilstein,
casas y propiedades en California, y con John que ve crecer a su hijo
como no vio crecer a Julian y como no lo vieron crecer a él.
Pero un libro, Nowhere Man (Hombre de ninguna parte), describe a
Lennon en esos últimos años de su vida como un virtual zombie,
sepultado por un consumo casi constante de cocaína y heroína, que lo
mantienen más de quince horas dormido en el amplio departamento del
edificio Dakota, que mira al Central Park y que siempre está poblado
de extraños. El libro, basado en los diarios secretos de Lennon que
leyó su autor, Robert Rosen, describe a una pareja que ya no hace el
amor: él pasa el día masturbándose y ella leyendo cartas de tarot con
la aspiración de convertirse en un ser de otra dimensión, de otra
estatura, capaz de maldecir a extraños y regalar la bienaventuranza a
los pocos elegidos que lo merezcan; un atajo, en suma, para dejar de
ser la estúpida insoportable que vio la perfidia punzante de Capote.
Son años sórdidos, de derrumbe, de desencanto y crueldad, en los que
despiertan a veces ramalazos de talento y escapadas sexuales y
regresos sin gloria a los brazos de Yoko, con aquel retintín de la
canción de antaño: “Julia, mar de infancia, llámame / Así yo canto una
canción de amor”.
No hay más tiempo para canciones. El 8 de diciembre de 1980 John y
Yoko toman algunas pocas decisiones: el diez por ciento de las
ganancias de ese año de la pareja irán a parar a obras de
beneficencia: se lo comunican a su abogado, Clark Morentz. Calculan
que los Lennon, con un capital cercano a los doscientos millones de
dólares, obtendrán siete millones y medio más en 1980 producto de
discos, de royalties y de la granja lechera de las vacas Hilstein. A
las once y media ambos juegan un poco con Sean, de cinco años;
almuerzan a las doce y media y a las tres de la tarde dejan el
edificio hacia los estudios Record Plant, en el oeste de la calle 44,
donde van a incorporar arreglos musicales al nuevo disco. En la
entrada del edificio, un chico de unos veinte o veinticinco años, con
camisa blanca y pantalones marrones, con anteojos de marco fino, se
acerca a Lennon y le pide un autógrafo. Va a asesinarlo horas después.
Busca fama. Por eso su nombre no se menciona en el cuerpo central de
este artículo. Lennon firma el último autógrafo de su vida.
La pareja trabaja hasta las nueve y media de la noche en Record Plant.
Cenan en un restaurante de la calle 51 y a las diez cuarenta y cinco
una limusina negra los deja en la puerta del edificio. Baja Yoko. Baja
John. Allí está el muchacho de la tarde, el del autógrafo. Lennon
parece reconocerlo, pero sigue caminando. Cuando lo ve de espaldas, el
joven saca un revólver y le pega seis balazos en la espalda. Lennon
cae. Los sueños también. Esos balazos, en plena noche, despiertan al
mundo.
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