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. Rosa Luxemburgo: reforma o revolución

09 - Tony Cliff - Rosa Luxemburg nació en la pequeña población polaca de Zamosc, el 5 de marzo de 1871. Desde muy joven fue activista del movimiento socialista. Se unió a un partido revolucionario llamado Proletariat, fundado en 1882, alrededor de 21 años antes de que se fundara el Partido Social Demócrata Ruso (bolcheviques y mencheviques).
 

Proletariat estuvo desde sus comienzos, tanto en principios como en programa, señaladamente adelantado con respecto al movimiento revolucionario en Rusia. Mientras el movimiento revolucionario ruso estaba todavía restringido a actos de terrorismo individual llevados a cabo por una heroica minoría de intelectuales, Proletariat organizaba y dirigía a miles de trabajadores en huelga. No obstante, en 1886, Proletariat fue prácticamente decapitado por la ejecución de cuatro de sus líderes, el encarcelamiento de otros veintitrés bajo largas condenas a trabajos forzados y el destierro de otros doscientos. Sólo se salvaron del naufragio pequeños círculos, y a uno de ellos se unió Rosa Luxemburg a los 16 años. Alrededor de 1889, su actuación llegó a oídos de la policía y tuvo que abandonar Polonia, ya que sus camaradas pensaron que podría realizar tareas más útiles en el exterior que en prisión. Fue a Zurich, en Suiza, que era el centro más importante de emigración polaca y rusa. Ingresó en la universidad, donde estudió ciencias naturales, matemáticas y economía. Tomó parte activa en el movimiento obrero local y en la intensa vida intelectual de los revolucionarios emigrados.

Apenas dos años más tarde, Rosa ya era reconocida como líder teórico del partido socialista revolucionario de Polonia. Llegó a ser colaboradora principal del diario del partido, Sprawa Rabotnicza, publicado en París. En 1894, el nombre del partido, Proletariat, cambió por el de Partido Social Demócrata del Reino de Polonia; muy poco después, Lituania se añadió al título. Rosa siguió siendo líder teórico del partido -el SDKPL- hasta el fin de su vida.

En agosto de 1893, representó al partido en el Congreso de la Internacional Socialista. Allí, siendo una joven de 22 años, tuvo que lidiar con veteranos muy conocidos de otro partido polaco, el Partido Socialista Polaco (PPS), cuyo principio más importante era la independencia de Polonia, y que demandaba el reconocimiento de todos los miembros de mayor experiencia del socialismo internacional.

La ayuda para el movimiento nacional en Polonia tenía tras de sí el peso de una larga tradición: también Marx y Engels habían hecho de esto un principio importante en su política. Impertérrita ante todo esto, Rosa cuestionó al PSS, acusándolo de tendencias claramente nacionalistas y de propensión a desviar a los trabajadores de la senda de la lucha de clases; se atrevió a tomar una posición diferente a la de los viejos maestros y se opuso al slogan de "independencia para Polonia" (Para una elaboración de la posición de Rosa Luxemburg sobre la cuestión nacional, véase el Capítulo 6.) Sus adversarios acumularon injurias sobre ella: algunos, como el veterano discípulo y amigo de Marx y Engels, Wilhelm Liebknecht, llegó a acusarla de ser agente de la policía secreta zarista. No obstante, ella se mantuvo en sus trece.

Intelectualmente crecía a pasos agigantados. En 1898, se dirigió al centro del movimiento obrero internacional en Alemania, que la atrajo irresistiblemente.

Comenzó a escribir asiduamente, y después de un tiempo llegó a ser uno de los principales colaboradores del periódico teórico marxista más importante de la época, Die Neue Zeit. Invariablemente independiente en el juicio y en la crítica, ni siquiera el tremendo prestigio de Karl Kautsky, su director -"Papa del marxismo", como se le llamaba-, lograba apartarla de sus opiniones elaboradas, una vez que estaba convencida de ellas.

Rosa entregó cuerpo y alma al movimiento obrero en Alemania. Era colaboradora regular de numerosos diarios socialistas -y en algunos casos directora-, dirigió muchos mítines populares y tomó parte enérgicamente en todas las tareas que el movimiento le requería. Desde el principio hasta el fin, sus disertaciones y artículos eran trabajos creativos originales, en los que apelaba a la razón más que a la emoción, y en los que siempre abría a sus oyentes y lectores un horizonte más amplio.

En este momento, el movimiento de Alemania se dividió en dos tendencias principales, una reformista -con fuerza creciente- y la otra revolucionaria. Alemania había gozado de creciente prosperidad desde la crisis de 1873.
 

El nivel de vida de los trabajadores había ido mejorando ininterrumpidamente, aunque en forma lenta: los sindicatos y cooperativas se habían vuelto más fuertes. En estas circunstancias, la burocracia de estos movimientos, junto con la creciente representación parlamentaria del Partido Social Demócrata, se alejaba de la revolución y se inclinaba con gran ímpetu hacia los que ya proclamaban el cambio gradual o el reformismo como meta. El principal vocero de esta tendencia era Eduard Bernstein, un discípulo de Engels. Entre 1896 y 1898, escribió una serie de artículos en Die Neue Zeit sobre "Problemas del Socialismo", atacando cada vez más abiertamente los principios del marxismo. Estalló una larga y amarga discusión. Rosa Luxemburg, que acababa de ingresar en el movimiento obrero alemán, inmediatamente salió en defensa del marxismo. De forma brillante y con magnífico ardor atacó el propagado cáncer del reformismo en su folleto ¿Reformismo o revolución?. (Para una elaboración de su crítica del reformismo, véase el Capítulo 2).


Poco después, en 1899, el "socialista" francés Millerand participó de un gobierno de coalición con un partido capitalista. Rosa siguió atentamente este experimento y lo analizó en una serie de brillantes artículos referentes a la situación del movimiento francés en general, y a la cuestión de los gobiernos de coalición en particular (véase el Capítulo 2). Después del fiasco de Macdonald en Gran Bretaña, el de la República de Weimar en Alemania, el del Frente Popular en Francia en la década de los 30 y los gobiernos de coalición posteriores a la Segunda Guerra Mundial en el mismo país, queda claro que las enseñanzas impartidas por Rosa no son únicamente de interés histórico.

Entre 1903-1904, Rosa se entregó a una polémica con Lenin, con quien disentía en la cuestión nacional (véase el Capítulo 6), y en la concepción de la estructura del partido y la relación entre el partido y la actividad de las masas (véase el Capítulo 5).


En 1904, después de "insultar al Káiser", fue sentenciada a nueve meses de prisión, de los cuales cumplió solo uno.

En 1905, con el estallido de la primera revolución rusa, escribió una serie de artículos y panfletos para el partido polaco, en los que exponía la idea de la revolución permanente, que había sido desarrollada independientemente por Trotsky y Parvus, pero sostenida por pocos marxistas de la época. Mientras que tanto los bolcheviques como los mencheviques, a pesar de sus profundas divergencias, creían que la revolución rusa había de ser democrático-burguesa, Rosa argüía que se desarrollaría más allá del estadio de burguesía democrática y que podría terminar en el poder de los trabajadores o en una derrota total. Su slogan era "dictadura revolucionaria del proletariado basada en el campesinado".1

Sin embargo, pensar, escribir y hablar sobre la revolución no era suficiente para Rosa Luxemburg. El motto de su vida fue: "En el principio fue el acto". Y aunque no gozaba de buena salud en ese momento, entró de contrabando en la Polonia rusa tan pronto como pudo (en diciembre de 1905). En ese momento el punto culminante de la revolución había sido superado. Las masas todavía estaban activas, pero ahora vacilantes, mientras la reacción alzaba su cabeza. Se prohibieron todos los mítines, pero los obreros todavía los celebraban en sus fortalezas: las fábricas. Todos los periódicos de los trabajadores fueron suprimidos, pero el del partido de Rosa seguía apareciendo todos los días, impreso clandestinamente. El 4 de marzo de 1906 fue arrestada y detenida durante cuatro meses, primero en la prisión y posteriormente en un fuerte. A causa de su mala salud y de su nacionalidad alemana, fue liberada y expulsada del país.2


La revolución rusa dio vigor a una idea que Rosa había concebido años atrás: que las huelgas de masas -tanto políticas como económicas- constituían un elemento cardinal en la lucha revolucionaria de los trabajadores por el poder, singularizando a la revolución socialista de todas las anteriores. A partir de allí elaboró aquella idea en base a una nueva experiencia histórica. (Véase el Capítulo 3)

Al hablar en tal sentido en un mitin público fue acusada de "incitar a la violencia", y pasó otros dos meses en prisión, esta vez en Alemania.

En 1907, participó en el Congreso de la Internacional Socialista celebrado en Stuttgart. Habló en nombre de los partidos ruso y polaco, desarrollando una posición revolucionaria coherente frente a la guerra imperialista y al militarismo. (Véase el Capítulo 4)


Entre 1905 y 1910, la escisión entre Rosa Luxemburg y la dirección centrista 3 del SPD -del que Kautsky era el portavoz teórico- se hizo más profunda. Ya en 1907, Rosa había expresado su temor de que los líderes del partido, al margen de su profesión de marxismo, vacilarían frente a una situación que requiriera acción. El punto culminante llegó en 1910, cuando se produjo una ruptura total entre Rosa y Karl Kautsky por la cuestión de la vía de los trabajadores hacia el poder. Desde ese momento, el SPD se dividió en tres tendencias diferenciadas: los reformistas, que progresivamente fueron adoptando una política imperialista; los así llamados marxistas de centro, conducidos por Kautsky (ahora apodado por Rosa Luxemburg "líder del pantano"), quien conservaba su radicalismo verbal pero se limitaba cada vez más a los métodos parlamentarios de lucha; y el ala revolucionaria, de la que Rosa Luxemburg era la principal inspiradora.

En 1913, publicó su obra más importante: La acumulación de capital. (Una contribución a la explicación económica del imperialismo). Ésta es sin duda, desde El Capital una de las contribuciones más originales a la doctrina económica marxista. Este libro -como lo señalara Mehring, el biógrafo de Marx- con su caudal de erudición, brillantez de estilo, vigoroso análisis e independencia intelectual, es de todas las obras marxistas, la más cercana a El Capital. El problema central que estudia es de enorme importancia teórica y política: los efectos que la expansión del capitalismo en territorios nuevos y atrasados, tiene sobre sus propias contradicciones internas y sobre la estabilidad del sistema. (Para un análisis de esta obra véase el Capítulo 8.)


El 20 de febrero de 1914, Rosa Luxemburg fue arrestada por incitar a los soldados a la rebelión. La base de esta acusación fue una arenga en la que declaró: "Si ellos esperan que asesinemos a los franceses o a cualquier otro hermano extranjero, digámosles: 'No, bajo ninguna circunstancia'". En el Tribunal se transformó de acusada en acusadora, y su disertación -publicada posteriormente bajo el título Militarismo, guerra y clase obrera- es una de las más inspiradas condenas del imperialismo por parte del socialismo revolucionario. Se la sentenció a un año de prisión, pero no fue detenida ahí mismo. Al salir de la sala del tribunal fue de inmediato a un mitin popular, en el que repitió su revolucionaria propaganda antibélica.

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, prácticamente todos los líderes socialistas fueron devorados por la marea patriótica. El 3 de agosto de 1914, el grupo parlamentario de la socialdemocracia alemana decidió votar a favor de créditos para el gobierno del Káiser. Sólo quince de los ciento once diputados mostraron algún deseo de votar en contra. No obstante, después de serles rechazada su solicitud de permiso, se sometieron a la disciplina del partido, y el 4 de agosto, todo el grupo socialdemócrata votó por unanimidad en favor de los créditos. Pocos meses después, el 3 de diciembre, Karl Liebknecht ignoró la disciplina del partido para votar de acuerdo con su conciencia. Fue el único voto en contra de los créditos para la guerra.

La decisión de la dirección del partido fue un rudo golpe para Rosa Luxemburg. Sin embargo, no se permitió la desesperación. El mismo día que los diputados de la socialdemocracia se unieron a las banderas del Káiser, un pequeño grupo de socialistas se reunió en su departamento y decidió emprender la lucha contra la guerra. Este grupo, dirigido por Rosa, Karl Liebknecht, Franz Mehring y Clara Zetkin, finalmente se transformó en la Liga Espartaco. Durante cuatro años, principalmente desde la prisión, Rosa continuó dirigiendo, inspirando y organizando a los revolucionarios, levantando las banderas del socialismo internacional. (Para más detalles de su política antibélica, véase el Capítulo 4.)

El estallido de la guerra, separó a Rosa del movimiento obrero polaco, pero debe de haber obtenido profunda satisfacción, porque su propio partido en Polonia permaneciera en todo sentido leal a las ideas del socialismo internacional.


La revolución rusa de febrero de 1917 concretó las ideas políticas de Rosa: oposición revolucionaria a la guerra y lucha para el derrocamiento de los gobiernos imperialistas. Desde la prisión, seguía febrilmente los acontecimientos, estudiándolos a fondo con el objeto de recoger enseñanzas para el futuro. Señaló sin vacilaciones que la victoria de febrero no significaba el final de la lucha, sino solo su comienzo; que únicamente el poder en manos de la clase trabajadora podía asegurar la paz. Emitió constantes llamamientos a los trabajadores y soldados alemanes para que emularan a sus hermanos rusos, derrocaran a los junkers y al capitalismo. Así, al mismo tiempo que se solidarizarían con la revolución rusa, evitarían morir desangrados bajo las ruinas de la barbarie capitalista.


Cuando estalló la Revolución de Octubre, Rosa la recibió con entusiasmo, ensalzándola con los términos más elevados. Al mismo tiempo, no sustentaba la creencia de que la aceptación acrítica de todo lo que los bolcheviques hicieran fuera útil al movimiento obrero. Previó claramente que si la Revolución Rusa permanecía en el aislamiento, un elevado número de distorsiones mutilarían su desarrollo; bien pronto señaló tales distorsiones en el proceso de desarrollo de la Rusia soviética, particularmente sobre la cuestión de la democracia. (Véase el Capítulo 7.)

El 8 de noviembre de 1918, la revolución alemana liberó a Rosa de la prisión. Con todo su energía y entusiasmo se sumergió en la lucha revolucionaria. Lamentablemente las fuerzas reaccionarias eran poderosas. Líderes del ala derecha de la socialdemocracia y generales del viejo ejército del Káiser unieron sus fuerzas para suprimir al proletariado revolucionario. Miles de trabajadores fueron asesinados; el 15 de enero de 1919 mataron a Karl Liebknecht; el mismo día, el culatazo de rifle de un soldado destrozó el cráneo de Rosa Luxemburg.

El movimiento internacional de los trabajadores perdió, con su muerte, uno de sus más nobles espíritus. "El más admirable cerebro entre los sucesores científicos de Marx y Engels", como dijo Mehring, había dejado de existir. En su vida, como en su muerte, dio todo por la liberación de la humanidad.
 

Notas

1. No por nada Stalin denuncia a Rosa póstumamente en 1931 como trotskista (véase J.V.Stalin, Works Tomo XII, pp86-104).

2. Había adquirido la nacionalidad alemana mediante un matrimonio simulado con Gustav Lübeck. (N. de la T.)

3. Centrista fue un término que se aplicaba a aquellos que mantenían una posición intermedia, vacilante, entre los revolucionarios consistentes y los reformistas declarados. (N. del T.)

Rosa Luxemburgo: reforma o revolución - Pepe Gutiérrez- Álvarez

Previa 1. Educado a no desaprovechar la prensa escrita bajo el franquismo, aprendiendo a leer entre líneas o a entresacar partes y autores de interés en medio de la paja, uno no puedo por menos que tener muy en cuenta lo que significa Público en relación al resto de la prensa estatal. Por supuesto, hay partes con las que no comulgo, e informaciones con las que no estoy de acuerdo, pero en su conjunto, creo que se trata de una apuesta a la que hay que apoyar. Es el tuerto en el país de los ciegos o algo por el estilo. Todavía tendrán que cambiar un poco las cosas para que podamos aspirar a algo mejor.
Previa 2. No hay que decir que existen diversas ediciones y reediciones de Reforma y revolución, pero esta vale un euro y llega hasta el quiosco más apartado. Pone el libro al alcance de mayorías que saben poco de Rosa…Está claro que el libro no opone reforma o revolución, ni mucho menos: dice que las reformas están bien, sobre todo cuando ayudan a los trabajadores a avanzar. Nuestra izquierda institucional actual no llega ni tan siquiera a reformista, en el mejor de los casos puede mejorar tal o cual gestión o atenuar al o cual ataque, siempre a la defensiva, siempre desde la gestión de la lógica del sistema…Las reformas decía Lenin, son el subproducto de la revolución. Sea porque la revolución todavía no está al orden del día, sea porque llegan porque la burguesía teme la evolución. Cuando esta llega, las clases dominantes pueden aceptar todas las reformas que sean necesarias. Hacen lo que dicen los franceses, recular para mejor saltar.

Algo se avanzó en los años treinta, todavía más en los años setenta, y algo se ha vuelto a publicar en los últimos tempos, pero de la extensa obra legada por Rosa Luxemburgo apenas existen en España unas pocas traducciones aparecidas de forma dispersa y en épocas distintas a partir, sobre todo, de 1968. Prescindiendo del menor o mayor grado de oportunismo en estas publicaciones, todas ellas tienen un común denominador: se trata de traducciones descontextualizadas, con pobres o insuficientes notas introductorias originales, en su mayor parte subjetivas y parciales, que nos dicen en general muy poco sobre la vida y obra de Rosa Luxemburgo.

Si a ello se añade el hecho de que la obra luxemburguiana no tiene nada de sistemática ni constituye ningún «todo acabado», y que sus teorías —es decir, la evolución de sus posiciones teórico- políticas— vienen razonadas en decenas de artículos, panfletos, ensayos, discursos, en su mayoría en forma de colaboraciones en los distintos órganos socialdemócratas de la época (polacos, alemanes, franceses, rusos, italianos), aparece claramente la necesidad de ofrecer, aunque sea de modo esquemático, una mínima orientación bibliográfica que pueda contribuir a disipar algo la enorme confusión que puede existir en torno a su pensamiento y a facilitar la lectura a aquéllos que opten por una aproximación directa a la obra de una de las teóricas del marxismo peor conocidas hoy en nuestro país.

Pero ello tampoco es tarea fácil: tras su muerte (enero de 1919) comienza también la dispersión de su obra. El contexto histórico- político de la época, las polémicas en el seno del Partido Comunista alemán del que fuera fundadora, el posterior proceso de estalinización y de dogmatización, como su consecuencia más duradera, de la teoría marxista bajo la forma de una determinada «ortodoxia», ha hecho que la recuperación y la desideologización del conjunto de su obra fuera una difícil y larga labor de búsqueda, de relectura, de aglutinar esfuerzos por reunir poco a poco sus dispersos escritos y recomponer su pensamiento real. Tan sólo desde 1970 puede contarse con una edición bastante completa de sus escritos y discursos, como a continuación detallaremos. Una advertencia: en las notas bibliográficas que siguen nos limitamos a las ediciones que nos parecen más asequibles al público español, por lo que se obvian entre otras, y pese a su indiscutible importancia, las referencias a ediciones publicadas desde hace pocos años en la URSS y en Polonia —gracias, en este último país, a la labor del historiador Feliks Tych principalmente, cuya aportación ha sido decisiva para la recuperación de buena parte de los escritos polacos de Luxemburgo.
En pocas palabras…Rosa Luxemburgo nació en 1871, pocos días antes de la instauración de la Comuna de París, en Zamosc, una de las comunidades judeos-polacas más fuertes y cultas en el sudeste de Polonia. Fue la más joven de cinco hermanos (tres hombres y dos hembras), en una familia bastante acomodada en la que brillaba por su cultura y sensibilidad su madre. Con ellos se trasladó a Varsovia cuando tenía poco más de dos años ya los cinco contrajo una grave enfermedad en las caderas y tuvo que pasarse un año en la cama durante el cual aprendió a leer sola. Un error de diagnóstico hizo que la enfermedad fuera mal tratada; jamás se recuperó totalmente y ranqueó toda su vida. Este defecto que no fue obstáculo para que llevara una agitada vida sentimental (aunque sí pudo neutralizar su notable belleza), sirvió de pasto para bromas y caricaturas en la prensa reaccionaria.

Tenía trece años cuando ingresó en la escuela secundaria para mujeres en la capital polaca, lo que era casi una hazaña para alguien de su origen judío; ya que esto sólo era posible para los hijos de los funcionarios zaristas. Se graduó en 1887, pero a pesar de sus notas excelentes se le negó la medalla de oro por su actitud rebelde contra las autoridades académicas. En esta fecha ya había entrado en contacto con el pequeño grupo llamado Partido Proletario, relacionado con los populistas rusos. También ya era conocida en los medios policíacos...

En 1889, cuando estaba a punto de ser detenida, abandonó su país natal para continuar sus estudios y su lucha política fuera. Pasó la frontera oculta en el heno de una carreta llevada por un campesino al que había convencido a su vez un clérigo al que se presentó Rosa diciéndole que tenía que pasar la frontera para llevar a cabo una boda que sus padres le prohibían. A finales del mismo año llegó a Zurïch donde iba a permanecer los nueve años siguientes. La Universidad de esta ciudad era una de las pocas de su tiempo que permitían a las mujeres en pie de igualdad con los varones, y Rosa estudió en ella matemáticas y ciencias naturales (una de sus grandes pasiones que no pudo cultivar como quiso). Luego estudió en la Facultad de Derecho y en 1897 consiguió el doctorado en ciencias políticas con una tesis sobre El desarrollo económico de Polonia (publicada en Leipzig en 1898), que ha sido comparada por su valor con el trabajo de Lenin sobre El desarrollo del capitalismo en Rusia, y que supuso con éste uno de los escasos intentos del período de investigar desde una óptica marxista las peculiaridades de la evolución capitalista en un país atrasado.

Durante este tiempo de universitaria, Rosa no cesó en sus actividades políticas. Mantuvo un estrecho contacto con el grupo de Plejanov que tenía su centro en la misma ciudad y se inició en la teoría del marxismo para revelarse en 1898 como una de sus principales «autoridades". En 1892 se encontraba entre los fundadores del Partido Socialista Polaco que significó un primer intento serio de reunificar a las diferentes corrientes socialistas de su país. No tardó en entrar en contradicción con parte de sus compatriotas y con las opiniones marxistas tradicionales sobre la cuestión nacional.

Desde Marx y Engels hasta Bebel y Liebknecht, los marxistas creían que la lucha por la independencia polaca era una de las claves de las reivindicaciones democráticas en Europa ya que atentaba contra el imperialismo zarista. Una de las corrientes socialistas polaca, la encabezada por Pilsudski, llegaba más lejos y planteaba que esta independencia era prioritaria a la cuestión social. Rosa invirtió estos términos y defendió el internacionalismo obrero y la revolución como la antesala de la libre unión entre las naciones.

Otro de los fundadores y dirigentes de la socialdemocracia polaca fue Leo Jogiches, que sería su “alter ego"; la amó y además la complementó en el terreno político. Jogiches llegó a Zurïch poco después que Rosa, proveniente de Vilma. Pronto se conocieron e iniciaron sus relaciones de amantes que duraron hasta 1907, pero que de hecho se prolongaron irregularmente hasta la muerte de ambos. Los dos eran del mismo acero, aunque a él le correspondió las tareas más ingratas como fueron el trabajo clandestino en Polonia y las tareas organizativas, dejando -aunque no abandonando ya que Jogiches tenía sus propios criterios y una notable capacidad analítica- en manos de Rosa los problemas de la teoría. Esto no quiere decir que ella fuera «más débil" pues a pesar de su aguda sensibilidad, Rosa demostró su gran integridad en una lucha que nunca fue fácil. Se enfrentó sin resuello contra las tendencias oportunistas del aparato socialdemócrata, sufrió persecuciones constantes, procesos políticos -que tendía a invertir convirtiéndose en acusadora-, encarcelamientos, y finalmente la muerte a sabiendas de que le podía llegar en cualquier momento.

Entre sus dotes militantes, se puede decir que Rosa Luxemburgo fue sobre todo una escritora y una agitadora, aunque no resultó sin embargo una gran organizadora. No le interesaba el funcionamiento del partido, ni sus detalles complejos y farragosos, y este fue un terreno donde crecieron los estalines de la socialdemocracia alemana. Había llegado a Alemania en 1897 cuando concluyó sus estudios académicos e inmediatamente se adhiere a la socialdemocracia y se hace cargo de la redacción del Siichsische Arbeiterzeitung. Participa en el congreso donde tiene lugar la primera controversia contra el revisionismo, contra el que escribe su obra quizás más brillante, Reforma o revolución.

En ésta obra ya clásica, logra demostrar cómo Bernstein se equivocaba al considerar como instrumentos «adaptación, del capitalismo el crédito, las organizaciones patronales, las comunicaciones, etc., y la supuesta estabilidad de las empresas medianas y de las clase medias, como la muestra de la inexactitud de las leyes del capitalismo según Marx. Demuestra también que, por el contrario, parecen ser un instrumento de la más grande anarquía, fomentan el desarrollo ulterior de las contradicciones internas del sistema, aceleran su descomposición. El punto de vista de Bernstein es el del «capitalista aislado" de la vulgar teoría económica burguesa".

Señala también cómo es imposible la perspectiva bernsteniana de unos sindicatos arrancando poco a poco a los capitalistas el beneficio industrial y unas cooperativas que le arrancan el beneficio comercial, porque los «sindicatos no son más que la defensa organizada de la fuerza de trabajo contra los ataques del beneficio", defensa cada vez más difícil. Las cooperativas de producción solamente pueden sobrevivir con un mercado asegurado y aislado, es decir sobre la base de las cooperativas de consumo, y éstas sólo son viables a muy pequeña escala. La pretensión de demostrar que las sociedades por acciones significan una redistribución de la propiedad es errónea y, además, desplaza la problemática hacia un espacio amarxista, de las relaciones de producción a las relaciones de propiedad. En vez de plantear la lucha en el terreno de la producción, esfera determinante de todo el sistema capitalista, Bernstein lo hace en el terreno de la distribución.

Rosa no niega la posibilidad ni la necesidad de las reformas, ni las opone a la revolución, pero se niega a considerar la vía reformista como una revolución distendida en el tiempo y la vía revolucionaria como una serie de reformas concentradas. Reforma y revolución no son dos métodos, sino dos factores distintos: “Esta es la razón por la que la gente que se pronuncia en favor de un método de reforma legislativa en lugar de la conquista del poder político y la revolución social y en contradicción con ellas, realmente no elige un camino más tranquilo, calmado y lento para el logro de una misma finalidad, sino que lo que elige es una finalidad distinta. En lugar de apoyar el establecimiento de una nueva sociedad apoya las modificaciones superficiales de la vieja".

Para Rosa, los utópicos no eran precisamente los revolucionarios que sabían que el capitalismo llevaría el mundo al desastre, sino los gradualistas o evolucionistas que de forma mucho más descabellada que los más ingenuos protosocialistas del pasado, querían vaciar con una cuchara el mar salado capitalista y llenarlo de agua dulce socialista.

Aunque pasó la mitad de su existencia en Alemania, nunca se sintió a gusto en este país y con el tiempo llegó Rosa a desesperar de la zafiedad de los burócratas sindicales, de los notables parlamentarios y de los cuadros que estaban haciendo su carrera en el aparato del partido. Al llegar por primera vez a Berlín descubrió «un lugar repugnante, frío, feo, macizo, una verdadera barraca; y los encantadores prusianos con sus arrogancias, como si se les hubiera obligado a tragarse el palo con el que se les azota diariamente". Esta actitud se extiende a algunos socialdemócratas. Así cuando uno de ellas le mostró una actitud despectiva hacia Tolstoy, escribió: “...en cualquier aldea servia hay más humanidad que en toda la socialdemocracia alemana junta".

Sin embargo, este juicio no es enteramente representativo. Rosa fue la cabeza visible de una fracción muy importante del partido en la que había personalidades, de la talla de Clara Zetkin, Karl Liebknecht, Frank Mehring, Paul Levi, etcétera. Fue muy amiga de los Kautsky, en particular de Louise Kautsky, y mantenía unas relaciones muy entrañables con los representantes de la vieja guardia como Bebel, Singer y otros. Hay que tener en cuenta que en aquella época el SPD era “el partido" de la Internacional Socialita, contaba con un porcentaje tal de votos que parecía posible conseguir una mayoría parlamentaria y estaba implantado en toda la sociedad. Su poderío se extendía a través de numerosos diarios, cooperativas, casas del pueblo, etc. A su lado, los rusos y lo polacos eran unos auténticos «grupúsculos".

A pesar de la hostilidad de la derecha del partido, Rosa logró tener en éste una carrera meteórica. En un principio, algunos trataron marginarla en la organización femenina, pensando que con esta ocupación no tendría tiempo de levantar la bandera de la izquierda. Ella, aunque colaboró muy estrechamente y en la sombra con Clara Zetkin, se negó a ello. De hecho su dimensión feminista la delegó en Clara y lo que escribió sobre el tema son artículos coyunturales por lo general, para la revista de las mujeres con seudónimos u oculta bajo el colectivo de redacción. Estaba convencida de que era con su ejemplo concreto como mejor podía contribuir a una lucha con la que estaba identificada.

Sus actividades son incesantes: participa en los congresos del partido y de la Internacional, dirige y colabora en múltiples periódicos y revistas, es la responsable de la política de formación del partido, colabora con polacos y rusos en tareas políticas, toma parte en todas las polémicas que sacuden al partido ya la Internacional... En enero de 1904 es condenada a tres años de prisión por su intervención en el Congreso de Dresde. Sus ataques al militarismo prusiano y a la monarquía hacen temblar a muchos dirigentes y notables socialdemócratas. Cumple parcialmente su encarcelamiento y en diciembre de 1905 marcha a Polonia para batirse durante unos días en las barricadas de Varsovia que vive la misma fiebre de la revolución rusa. Entre marzo y agosto estará de nuevo en la cárcel, esta vez en su país natal. Por su discurso en el Congreso socialista de Manhheim de 1906 se ve de nuevo detrás de los barrotes durante dos meses. Desde hace tiempo la prensa burguesa la describe como una sanguinaria.

Entre 1903 y 1904 toma parte en la controversia que conmueve a los marxistas rusos. Nunca fue menchevique -en los temas rusos estuvo "siempre muy cerca de las posiciones de Trotsky-, pero se mostró totalmente discrepante con los planteamientos “ultracentralistas" de Lenin que le parecen: “...impregnado no ya de un espíritu positivo y creador, sino del espíritu del vigilante nocturno. Toda su preocupación está dirigida a controlar la actividad del partido y no fecundarla, a restringir el movimiento antes que a desarrollarlo, a destrozarlo, antes que a unificarlo"."

Después de la guerra imperialista (y en el último año de ésta), la Revolución de Octubre es el acontecimiento que va a escindir definitivamente a reformistas y revolucionarios en la socialdemocracia internacional. Rosa la recibe con una gran satisfacción, aunque hay que decir que no es demasiado optimista: "¿No te alegras de lo de los rusos?, escribe a Louise Kautsky. A mí me parece que no van a poder sostenerse en ese aquelarre, no porque las estadísticas arrojen un desarrollo económico excesivamente atrasado en Rusia, como afirma tu inteligente esposo, sino porque la socialdemocracia de los países desarrollados occidentales están compuestas por miserables cobardes que observan tranquilamente cómo los rusos se de sangran. Pero morir así vale más que morir por la patria, es una hazaña histórica cuya huella no se borrará con los siglos" (24-XI-1917).

Este apoyo entusiasta a la revolución no es obstáculo para que al mismo tiempo se convierta en uno de los críticos más severos, dentro del campo revolucionario, de la política bolchevique. Critica la disolución de la Asamblea Constituyente, el reparto de la tierra entre los campesinos y la firma del tratado de paz de Brest Litovsk. En opinión de los dirigentes bolcheviques se equivoca en las tres cosas, no comprende que es imposible la coexistencia de la Asamblea Constituyente -cuya representatividad era muy parcial- y de los consejos obreros, y su posición cambiará cuando ella misma se ve enfrentada al mismo problema; subestima la importancia de un pacto con el campesinado, en un país donde éste constituye la inmensa mayoría de la población, a la que no puede contraponerse una débil clase obrera, tras el argumento de que con ello se dificulta la posterior socialización de la tierra, y muestra de paso que ella y Trotsky entendían cosas distintas cuando ambos defendían la fórmula de la dictadura del proletariado apoyada en el campesinado (frente a la después abandonada fórmula leninista de dictadura democrática del proletariado y el campesinado). Trotsky hablaba de dirección, y ella de dominación. Finalmente continúa oponiéndose al derecho de autodeterminación como consigna del poder soviético.

Tiene indiscutiblemente razón, en cambio, cuando clama por las libertades políticas dentro del nuevo régimen («La libertad es siempre, cuando menos, la libertad de pensar del que piensa de otra manera") y critica las medidas represivas tomadas, muchas veces necesarias, se elevan a categoría de regla. Esto no quiere decir que tuviera alguna confusión sobre la violencia de los oprimidos y la del opresor, así escribe el 24 de noviembre de 1918 en Rote Fahne: “(Aquellos) que enviaron a 1,5 millones de jóvenes alemanes a la masacre sin pestañear, que durante cuatro años apoyaron con todos los medios disponibles el derramamiento de sangre más grande que con el hundimiento del sistema capitalista, o sea hacer la guerra a la guerra. Esta tesis era una premonición de la que defenderán los espartaquistas y los bolcheviques desde 1914. En 1914, ante los preparativos de guerra de los gobiernos europeos, la Internacional Socialista se hace pedazos. Unos se alinean claramente junto con sus respectivas burguesías {ahora la culpa la tenían las burguesías extranjeras), otros declaran defender «la patria de la Gran Revolución Francesa," contra el «militarismo prusiano" o los «logros del movimiento obrero alemán” contra la «barbarie zarista", y finalmente, otros como Kautsky, vienen a decir que si bien la Internacional ha mostrado su utilidad en tiempos de paz, pero que ya no lo era en tiempos de guerra.

Contra unos y otros Rosa Luxemburgo escribe: “En tiempos de paz son válidas en el interior del país, la lucha de clases y, en el exterior, la solidaridad internacional; en tiempos de guerra, por el contrario, en el interior del país la solidaridad de clase y, en el exterior, la lucha entre los trabajadores de diferentes países. El llamamiento histórico del Manifiesto Comunista experimenta así una adición esencial y, después de la corrección introducida por Kautsky, reza: ¡Proletarios de todos los países, uníos en tiempos de paz y degollaros mutuamente en tiempo de guerra! Es decir, que hoy: Cada tiro un ruso, cada bayoneta un francés, y mañana, después de firmada la paz: Os abrazo, multitud, beso a toda la humanidad. Porque la Internacional es fundamentalmente un instrumento de paz, pero no es una herramienta eficaz en la guerra".

En 1915, Rosa, con Karl Liebknecht -el único diputado que con Otto Rühle ha votado en contra de los créditos de guerra- y un grupo de amigos, comenzaron a publicar una serie de panfletos contra la guerra firmados como «cartas de Espartaco", por lo que no tardarían en ser llamados Spartakusbund. En 1916, ya con un peso social detrás, el grupo se integra en el partido socialdemócrata independiente, una fracción pacifista de la socialdemocracia. Durante la guerra las diferencias entre espartaquistas e independientes fueron más bien secundarias, pero los primeros “(…) fenómeno tan fluido que refleja en sí todas las fases de la lucha política y económica... Huelgas económicas y políticas, huelgas de masas y huelgas parciales, huelgas de demostración y huelgas de combate, huelgas que afectan a sectores parciales o a ciudades enteras, luchas reivindicativas pacíficas o batallas callejeras, combates de barricadas... la ley .del movimiento de estos fenómenos aparece claramente: no reside en la huelga de masas en sí misma, en sus peculiaridades técnicas, sino en la relación de las fuerzas políticas y sociales de la revolución. . . representa el movimiento mismo de la masa proletaria, la forma de manifestación de la lucha proletaria en el curso de la revolución."

Con este cuadro, Rosa Luxemburgo les dice a unos ya otros: es inútil que pretendáis frenar o desencadenar la huelga de masas a vuestro antojo, porque ésta forma necesariamente parte del proceso revolucionario; vuestra tarea es prever, estimular, aprender, dirigir.
En el Congreso de la Internacional que tuvo lugar en París el año 1900, Rosa Luxemburgo inauguró su militancia internacionalista impulsando una resolución que condenaba el militarismo y que fue aceptada por unanimidad, aunque muy pocos serían tan consecuentes como ella. Años más tarde, en el Congreso de Stuttgart, Rosa en representación de los polacos y que formaba junto con Lenin y Martov la delegación rusa, llevó la iniciativa para impulsar una nueva resolución que complementaba una presentada ya por Bebel que repetía la acostumbrada promesa de votar contra los presupuestos de guerra. La enmienda luxemburguista subrayaba que los socialdemócratas no sólo tenían que utilizar todos los medios a su alcance para evitar la guerra, sino que, suponiendo que ésta estallara, deberían de hacer todo lo posible para «aprovechar la crisis económica y político que entiende como organizativo. Ella confiaba más en la espontaneidad natural de las masas -sobre todo después de la revolución roa de 1905 que en los aparatos y creía, junto con Marx, que era la praxis revolucionaria lo que fortalecía la conciencia obrera. El partido no debía de ser la fracción distinta del movimiento, una fracción delimitada por el programa revolucionario y la lucha contra el oportunismo, tenía que ser el movimiento propio de la clase obrera, del que tenía que derivarse una organización capaz de «adentrarse a la evolución de las cosas y tratar de precipitarlas". No obstante, esta concepción espontaneista de Rosa sufrió diversas modificaciones ulteriormente, por ejemplo, en sus últimos artículos insiste en el hecho de que «las masas tienen necesidad de una dirección clara y de dirigentes despiadadamente resueltos"."

Otra polémica importante que llevó entonces -desde 1905- fue sobre la huelga de masas. La huelga general estaba considerada como la llave de la revolución por anarquistas y anarcosindicalistas y como «el disparate general" por los funcionarios reformistas; otra interpretación era la del «centro ortodoxo," 16 encarnado en este punto por Kautsky e Hilferding que la consideraban como un medio que podía ser necesario pero acondicionado a la actividad parlamentaria.

Su trabajo sobre la revolución rusa fue escrito en la cárcel el verano de 1918 y enviado a Paul Levi que lo publicará en 1922, cuando ostentaba el cargo de secretario general del PC alemán que era entonces el partido de las tres L. La de Lenin, Luxemburgo y Liebknecht. La voluntad de Levi era desprestigiar el bolchevismo y recortó algunas partes que no dejan lugar a dudas sobre su posición: “Todo lo que un partido podía dar en cuanto a coraje, clarividencia revolucionaria y coherencia, Lenin, Trotsky y sus camaradas lo han brindado en buena medida. El honor y la capacidad revolucionaria que le falta a la socialdemocracia occidental, lo tienen los bolcheviques. Su insurrección de Octubre no fue sólo la salvación de la Revolución Rusa; fue también la salvación del honor del socialismo internacional”.

La revolución rusa, según Rosa, tenía la virtud de plantear la cuestión de la actualidad de la revolución socialista internacional (actualidad que ella explicitó claramente cuando al escribir el programa del PC alemán afirmó que el programa mínimo era ahora el programa máximo), pero que le competía fundamentalmente a Alemania de consolidar la perspectiva de una revolución internacional.

En 1918 Alemania se hallaba en pleno auge revolucionario, de todas partes surgieron consejos obreros, y establecieron una coordinación, el Consejo de Comisarios del pueblo, compuesto por tres socialdemócratas y tres socialistas independientes que, desde distintos niveles de responsabilidad, trataron desde el primer momento de contener la revolución en el cuadro republicano constitucionalista. Rosa Luxemburgo fue entonces una de las principales fundadoras del comunismo alemán, cuyo objetivo era la revolución inmediata aunque carecía de la influencia y la capacidad que habían mostrado los bolcheviques. En opinión de Liebknecht no había que esperar a conseguir la mayoría, pero Rosa dudaba de que se dieran todas las condiciones para dar un paso tan decisivo.

A finales de 1918, la socialdemocracia estaba demostrando que era capaz de hacerse cargo con la situación. Durante la crisis que siguió al armisticio, la derecha y la izquierda socialista llegaron en varias ocasiones al enfrentamiento, librando en ocasiones batallas de gran calibre en las calles de Berlín. Los dirigentes socialdemócratas, con el apoyo más o menos explícito de los mandos militares, fueron consolidando gradualmente su autoridad, y en su programa los consejos obreros jugaban un papel transitorio y subordinado a la restauración de una democracia burguesa. A finales de año habían conseguido que los independientes salieran del Consejo de los Comisarios del Pueblo. Por aquellas fechas comenzaba a dudarse quién ejercía la autoridad real, si los generales o los comisarios. Las luchas callejeras fueron haciéndose cada vez más duras, y con el apoyo de los socialdemócratas el ejército y la policía fueron recobrando su terreno. Para éstos no se trataba sólo de restablecer el orden sino de acabar de paso con sus enemigos. Entre éstos, los comunistas serían las primeras víctimas, aunque no las únicas.

El 15 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht eran arrestados por un grupo militarista encabezado por el socialdemócrata Gustav Noscke que más tarde sería condecorado por el régimen nazi. Su asesinato fue extremadamente brutal y significó un hito sin antecedentes en la historia del movimiento obrero. Kautsky y Bernstein comentaron que ambos se lo habían buscado por ser consecuentes con las ideas que habían hecho nacer y crecer a la joven socialdemocracia alemana surgida al calor de la Primera Internacional e inspirada en el Manifiesto Comunista. Dos semanas después de que el cuerpo de Rosa fuera destrozado, el PC alemán, adoptaba en su programa algunas de sus concepciones básicas, como estas que tratan del socialismo: “El fundamento de la sociedad socialista reside en el hecho de que la gran masa trabajadora cesa de ser una masa regimentada, llevando y regulando ella misma toda la vida política y económica, de acuerdo con una libre y consciente autonomía.

En el Estado español no se puede hablar de una corriente “luxemburguista” propiamente dicha, en el panorama del movimiento obrero español, aunque sí cabe hacerlo de una divulgación de sus escritos, en los años treinta, sobre todo en los setenta. Más que de una corriente política “luxemburguista” propiamente dicha, aquí cabría más bien hablar de una relativa influencia de Rosa Luxemburgo (1871-1919), de una extendida admiración, todo ello en un abanico extenso de expresiones políticas que irían desde la izquierda socialista hasta los grupos que se han reclamado a la vez, del marxismo y el anarquismo o de un horizonte más o menos intermedio. Pero no hay que olvidar que Rosa fue militante socialista y comunista, lo fue en Alemania y Polonia, consideró la Internacional como la tarea más importante, y que no escribió una sola línea al margen de las luchas concretas…

Nunca tuvo nada que ver con algo parecido ni de lejos con ninguna secta… - Kaosenlared
 


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