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. Biografía
. Su aporte a la ciencia: Proteína NGF
. Autobiography

120509
- Miguel Mora - Un cerebro de 100 años

"Cuando ya no pueda pensar, quiero que me ayuden a morir con dignidad"


El 22 de abril cumplió 100 años Rita Levi-Montalcini. La científica italiana, premio Nobel de Medicina, soltera y feminista perpetua -"yo soy mi propio marido", dijo siempre- y senadora vitalicia produce todavía más fascinación cuando se la conoce de cerca. Apenas oye y ve con dificultad, pero no para: investiga, da conferencias, ayuda a los menos favorecidos, y conversa y recuerda con lucidez asombrosa

Sobrada de carácter, deja ver su coquetería en las preciosas joyas que luce, un brazalete que hizo ella misma para su gemela Paola, el anillo de pedida de su madre, un espléndido broche también diseñado por ella. Desde sus ojos verdes vivísimos, Levi-Montalcini escruta a un reducido grupo de periodistas en la sede de su fundación romana, donde cada tarde impulsa programas de educación para las mujeres africanas.

Por las mañanas visita el European Brain Research Institute, el instituto que creó en Roma, y supervisa los experimentos de "un grupo de estupendas científicas jóvenes, todas mujeres", que siguen aprendiendo cosas sobre la molécula proteica llamada Factor de Crecimiento Nervioso (NGF), que ella descubrió en 1951 y que juega un papel esencial en la multiplicación de las células, y sobre el cerebro, su gran especialidad. "Son todas féminas, sí, y eso demuestra que el talento no tiene sexo. Mujeres y hombres tenemos idéntica capacidad mental", dice.

Con ella está, desde hace 40 años, su mano derecha, Giuseppina Tripodi, con quien acaba de publicar un libro de memorias, La clepsidra de una vida, síntesis de su apasionante historia: su nacimiento en Turín dentro de una familia de origen sefardí, la decisión precoz de estudiar y no casarse para no repetir el modelo de su madre, sometida al "dominio victoriano" del padre; el fascismo y las leyes raciales de Mussolini que le obligaron a huir a Bélgica y a dejar la universidad; sus años de trabajo como zoóloga en Misuri (Estados Unidos), el premio en Estocolmo -"ese asunto que me hizo feliz pero famosa"-, sus lecturas y sus amigos (Kafka, Calvino, el íntimo Primo Levi), hasta llegar al presente.

Sigue viviendo a fondo, come una sola vez al día y duerme tres horas. Su actitud científica y vital sigue siendo de izquierdas. Pura cuestión de raciocinio, explica, porque la culpa de las grandes desdichas de la humanidad la tiene el hemisferio derecho del cerebro. "Es la parte instintiva, la que sirvió para hacer bajar al australopithecus del árbol y salvarle la vida. La tenemos poco desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan. Todas las tragedias se apoyan siempre en ese hemisferio que desconfía del diferente".

Laica y rigurosa, apoya sin rodeos el testamento biológico y la eutanasia. Y no teme a la muerte. "Es lo natural, llegará un día pero no matará lo que hice. Sólo acabará con mi cuerpo". Para su centenario, la profesora no quiere regalos, fiestas ni honores. Ese día dará una conferencia sobre el cerebro.

Pregunta. ¿Cómo es la vida a los cien años?

Respuesta. Estupenda. Sólo oigo con audífono y veo poco, pero el cerebro sigue funcionando. Mejor que nunca. Acumulas experiencias y aprendes a descartar lo que no sirve.

P. ¿Se arrepiente de no haber tenido hijos?

R. No. Era adolescente cuando decidí que nunca me casaría. Nunca habría obedecido a un hombre como mi madre obedecía a mi padre.

P. ¿Recuerda el momento en que decidió estudiar? ¿Qué dijo su padre?

R. Era el periodo victoriano. Mi padre era una persona de gran valor intelectual y moral, pero un victoriano. Desde niña estaba contra eso, porque veía a mi padre dominar todo, y decidí que no quería estar en un segundo plano como mi madre, a la que adoraba. Ella no mandaba. Dije a mi padre que no quería ser ni madre ni esposa, que quería ser científica y dedicarme a los otros, utilizar las poquísimas capacidades que tenía para ayudar a los que necesitaban. Que quería ser médica y ayudar a los que sufrían. Él me dijo: "No lo apruebo pero no puedo impedírtelo".

P. ¿Qué momentos de su vida han sido más emocionantes?

R. El descubrimiento que hice, que hoy es más importante que entonces. Cuando cada experimento confirmaba mi hipótesis, que iba completamente contra los dogmas de ese tiempo, viví momentos emocionantes. Quizás el más emocionante. Por el resto, el reconocimiento de Estocolmo me dio mucho placer, claro, pero fue menos emocionante.

P. Su tesis demostró que, de los dos hemisferios del cerebro, uno está menos desarrollado que el otro.

R. Sí, el cerebro límbico, el hemisferio derecho, no ha tenido un desarrollo somático ni funcional. Y, desgraciadamente, todavía hoy predomina sobre el otro. Todo lo que pasa en las grandes tragedias se debe al hecho de que este cerebro arcaico domina al de la verdadera razón. Por eso debemos estar alerta. Hoy puede ser el fin de la humanidad. En todas las grandes tragedias se camufla la inteligencia y el razonamiento con ese instinto de bajo nivel. Los regímenes totalitarios de Mussolini, Hitler y Stalin convencieron a las poblaciones con ese raciocinio, que es puro instinto y surge en el origen de la vida de los vertebrados, pero que no tiene que ver con el razonamiento. El peligro es que aquello que salvó al australopithecus cuando bajó del árbol siga predominando.

P. En cien años usted ha conocido esos totalitarismos. ¿Cómo se puede evitar que vuelvan?

R. Hay que comenzar en la infancia, con la educación. El comportamiento humano no es genético sino epigenético, el niño de dos o tres años asume el ambiente en el que vive, y también el odio por el diferente y todas esas cosas atroces que han pasado y que pasan todavía.

P. ¿Qué aprendió de sus padres? ¿Qué valores le transmitieron?

R. Lo más importante era comportarse de una manera razonable, saber lo que vale de verdad. Tener un comportamiento riguroso y bueno, pero sin la idea del premio o el castigo. No existía la idea del cielo y el infierno. Éramos religiosos, pero la actitud ante la vida no tenía que ver con la religión. Existía el sentido del deber, pero sin compensación post mortem. Debíamos comportarnos bien, eso era una obligación. Entonces no se hablaba de genética, pero era ese espíritu. Sin premio ni miedo.

P. Su origen es sefardí. ¿Hablaban español en casa?

R. No, nunca tuvimos mucha relación con esa lengua. Sabíamos que veníamos de la parte sefardí y no de la askenazi, pero no se hablaba de ello, no nos importaba mucho ser de una u otra. Spinoza me hacía feliz, era un gran referente cultural, y todo lo que sabíamos procedía de los grandes pensadores hebreos, pero no había un sentido de orgullo, de ser mejores, nunca pensamos así.

P. ¿Basta un siglo para comprender a Italia?

R. Es un país maravilloso, por el clima, por la historia del Renacimiento, y por sus enormes contribuciones, su historia formidable de capacidad y descubrimientos. Me sentí siempre judía e italiana, las dos cosas al 100%. No veía dificultad en eso.

P. ¿Cómo ve a Italia hoy?

R. Tiene un fortísimo capital humano, capacidad innovadora y de convivencia, orgullo del pasado, y no se siente demasiado afectada por las cosas negativas, como la mafia. Siempre sentí que era un país del que era una suerte formar parte y haber nacido. Ser italianos era parte de nosotros, nadie nos preguntaba si éramos italianos o no. También era una suerte ser judía. No conocí la Biblia, no tuve una educación religiosa, y me reflejaba en el capital artístico y moral italiano y judío. No pertenecí a una pequeña minoría perseguida, sabía que eso ocurría, pero no me sentía parte de ello. Desde niña me sentía igual que los demás. Cuando me preguntaban "¿cuál es tu religión?", contestaba: "Yo, librepensadora", y nadie sabía qué era eso. Y tu padre qué es: ingeniero.

P. ¿Cómo vivió el fascismo?

R. No siento rencor personal. Sin las leyes raciales, que determinaron que los judíos éramos una raza inferior, no hubiera tenido que recluirme en mi habitación para trabajar, en Turín y luego en Asti. Pero nunca me sentí inferior.

P. ¿Así que no sintió miedo?

R. Miedo, no; desprecio y odio sí, netamente por Mussolini. A mi profesor Giuseppe Levi lo seguí paso a paso y era feliz por lo que él valientemente osaba hacer y decir. Nunca sentí la persecución porque mis compañeros de universidad católicos me consideraban igual. Y no tuve sensación de peligro. Cuando empezaron las persecuciones, eran tan inmundas las cosas que se decían que no me daba por aludida. Estaba ya licenciada en 1936, había estudiado con Renato Dulbecco, católico, y Salvatore Luria, judío, y no tenía sensación de ser distinta.

P. ¿Cree que hay peligro de que vuelva el fascismo?

R. Sí, en los momentos críticos prevalece más la componente instintiva del cerebro, que se camufla de raciocinio y anima a los jóvenes a razonar como si fueran parte de una raza superior.

P. ¿Ha seguido la polémica sobre el Papa, los preservativos y el sida?

R. No comparto lo que ha dicho.

P. ¿Y qué piensa del poder que tiene la Iglesia? ¿Es demasiado?

R. Sí. Fui la primera mujer admitida en la Academia Pontificia y tuve una buena relación con Pablo VI y con Wojtyla, también con Ratzinger, aunque menos profunda que con Pablo VI, al que estimaba mucho. No la tuve en cambio con aquel considerado el Papa Bueno, Roncalli (Juan XXIII), que para mí no era bueno, porque era muy amigo de Mussolini y cuando comenzaron las leyes antifascistas dijo que había hecho un gran bien a Italia.

P. ¿Ha cambiado mucho su pensamiento a lo largo de la vida?

R. Poco, poco. Siempre pensé que la mujer estaba destruida porque el hombre imponía su poder por la fuerza física y no por la mental. Y con la fuerza física puedes ser maletero, pero no un genio. Lo pienso todavía.

P. ¿Le importó alguna vez la gloria?

R. Para mí, la medicina era la forma de ayudar a los que no tenían la suerte de vivir en una familia de alto nivel cultural como la mía. Esa línea recta no ha cambiado. La actividad científica y la social son la misma cosa. La ayuda a las mujeres africanas y la medicina son lo mismo.

P. ¿El cerebro sigue siendo un misterio?

R. No. Ahora es mucho menos misterioso. El desarrollo de la ciencia es formidable, sabemos cómo funciona desde el lado científico y tecnológico. Su estudio ya no es un privilegio de los expertos en anatomía, fisiología o comportamiento. Los anatomistas no han hecho gran cosa, quitando algunos. Ahora ya no hay barreras. Físicos, matemáticos, informáticos, bioquímicos y biomoleculares, todos aportan cosas nuevas. Y eso abre posibilidades a nuevos descubrimientos cada día. Yo misma, a los 100 años, sigo haciendo descubrimientos que creo importantes sobre el funcionamiento del factor que descubrí hace más de 50 años.

P. ¿Hará fiesta de cumpleaños?

R. No, me gustaría ser olvidada, ésa es mi esperanza. No hay culpa ni mérito en cumplir 100 años. Puedo decir que la vista y el oído han caído, pero el cerebro no. Tengo una capacidad mental quizá superior a la de los 20 años. No ha decaído la capacidad de pensar ni de vivir...

P. Díganos el secreto.

R. La única forma es seguir pensando, desinteresarse de uno mismo y ser indiferente a la muerte, porque la muerte no nos golpea a nosotros sino a nuestro cuerpo, y los mensajes que uno deja persisten. Cuando muera, solo morirá mi pequeñísimo cuerpo.

P. ¿Está preparada?

R. No hace falta. Morir es lógico.

P. ¿Cuánto desearía vivir?

R. El tiempo que funcione el cerebro. Cuando por factores químicos pierda la capacidad de pensar, dejaré dicho en mi testamento biológico que quiero ser ayudada a dejar mi vida con dignidad. Puede pasar mañana o pasado mañana. Eso no es importante. Lo importante es vivir con serenidad, y pensar siempre con el hemisferio izquierdo, no con el derecho. Porque ése lleva a la Shoah, a la tragedia y a la miseria. Y puede suponer la extinción de la especie humana. - El País

Biografía

Nació en Turín, Italia, el 22 de Abril de 1909. La mayor (junto con su hermana gemela Paola) de cuatro hijos de una familia sefardí. Su padre, Adamo Levi, hábil en matemática, era de profesión ingeniero eléctrico y su madre, Adele Montalcini, una pintora con gran talento.

Trabajó en una panadería para costearse los estudios hasta 1929, a pesar de su alergia a la levadura. Haciendo caso omiso a las exigencias paternas de no estudiar para ser buena madre y esposa, Rita se matriculó en la Facultad de Medicina de Turín en 1930. Se licenció en 1936. Trabajó como ayudante del famoso histólogo italiano Giusseppe Levi hasta que en 1938 el Manifesto della Razza, publicado por Benito Mussolini, prohibió a toda persona judía acceder a alguna carrera académica o profesional. Durante el trascurso de la Segunda Guerra Mundial, construyó un laboratorio en su propio hogar en donde estudiaba el crecimiento de las fibras nerviosas en embriones de pollo, lo que le valió como base para futuras investigaciones. Su primer laboratorio genético lo tuvo en su mismo cuarto. En 1943, su familia se traslado a Florencia, y con ella se llevó su laboratorio. En 1945 volvieron a Turín.

En septiembre de 1946 aceptó una invitación de la Universidad de Washington de Saint Louis, Missouri, Estados Unidos, bajo la supervisión del profesor Viktor Hamburger. Aunque en un principio la estancia debía de ser por un solo semestre, se quedó 30 años. Fue aquí donde hizo su trabajo de mayor importancia, sobre los factores de crecimiento, por el que en un futuro le darían el premio Nóbel. Se hizo profesora en 1958 y en 1962 estableció una unidad de investigación en Roma teniendo así que dividir su tiempo entre Roma y Saint Louis.

De 1961 a 1969 dirigió el Centro de investigación Neurobiológica de Roma y de 1969 hasta 1978 el laboratorio de biología celular.

El 1 de agosto de 2001, Carlo Azeglio Ciampi, entonces presidente de la república italiana, la designa senadora vitalicia.

Su aporte a la ciencia

Rita Levi-Montalcini (Turín, 1909) es una de las grandes figuras del siglo XX. Su padre, un ingeniero apasionado por las matemáticas, se negó durante años a permitirle que estudiara porque en la época se consideraba que las mujeres no hacían esas cosas. A los 20 años se le consintió por fin acceder al bachillerato superior y después a la Facultad de Medicina.

Era una joven investigadora cuando las leyes antijudías italianas de 1938 la obligaron a dejar la universidad y ocultarse para evitar la deportación. Durante la guerra trabajó como doctora para la Resistencia y las tropas aliadas. En 1947 fue invitada a trabajar como neuróloga en la Universidad Washington de San Luis (EE UU), donde descubrió la proteína NGF, estimuladora del crecimiento de las fibras nerviosas. El hallazgo le valió en 1986 el Premio Nobel de Medicina. Su hermana gemela Paola fue una gran pintora, y su hermano mayor, Gino, un célebre arquitecto. El pasado 20 de abril, dos días antes de cumplir 96 años, inauguró en Roma, donde vive, la sede del nuevo Instituto Europeo de Neurociencia. Es autora de numerosos libros, y los más recientes, como Tiempo de acción, que acaba de publicarse, se centran en la revolución digital y en la necesidad de cambiar la educación. Su vista es deficiente y necesita de su secretaria para utilizar Internet, una de sus herramientas favoritas, pero conserva la vitalidad, la ironía y la lucidez.

En la primavera de 1940, cuatro años después de que Mussolini promulgara el Manifiesto en defensa de la raza, la médica judía de 31 años Rita Levi-Montalcini convirtió su dormitorio en un pequeño laboratorio de biología. Sus padres habían decidido que la familia se quedara en Turín, y esa habitación era el único lugar de toda Italia donde Rita podía desarrollar su carrera de investigadora, mientras los departamentos universitarios se dedicaban a defender la raza de gente como ella. La familia se tuvo que mudar a Piamonte tras el bombardeo de Turín (1941), y después a Florencia durante la ocupación alemana de 1943, pero Rita siempre trasladó y reconstruyó su laboratorio casero en cada nuevo domicilio. Y, por increíble que resulte, aquellas investigaciones clandestinas la condujeron directamente al descubrimiento, una década después, de los factores de crecimiento, los verbos del lenguaje de las células, una pieza esencial de la biología del desarrollo por la que acabaría recibiendo el Premio Nobel en 1986.

La inspiración de Levi-Montalcini durante los años clandestinos fue el trabajo de Viktor Hamburger -otro científico depurado- sobre el desarrollo del sistema nervioso en el embrión de pollo. En 1947, poco después de acabar la guerra, Hamburger la invitó a profundizar en aquellos experimentos en su laboratorio de la Universidad de Washington, en Saint Louis. Allí, Levi-Montalcini se concentró en un fenómeno desconcertante: un tipo de tumor de ratón que, cuando se trasplantaba al embrión de pollo, causaba un drástico crecimiento de las fibras nerviosas relacionadas con la transmisión de los impulsos sensoriales. La científica comprobó que ese crecimiento nervioso no requería un contacto directo con el tumor, y supuso que éste liberaba al medio algún tipo de factor que, por sí solo, era capaz de estimular el desarrollo de ciertos nervios. Lo llamó factor de crecimiento nervioso (nerve growth factor, o NGF). Su teoría resultó correcta, y el NGF fue purificado poco después en ese mismo laboratorio. Las siglas que terminan en GF son ahora omnipresentes en cualquier libro de biología. El NGF descubierto por Levi-Montalcini fue sólo el primero de una larga serie de factores de crecimiento, todos similares en composición -son proteínas relativamente pe-queñas- y todos piezas esenciales del lenguaje que las células utilizan para comunicarse unas con otras y organizar el desarrollo progresivo del embrión y el feto. La embriología había dejado de ser una caja negra. El mero hecho de que el NGF producido por un tumor de ratón estimulara poderosamente las fibras nerviosas de una especie totalmente distinta ya estaba indicando otro hecho esencial: que el lenguaje de las células es un esperanto común a todos los animales.

Levi-Montalcini y sus colaboradores demostraron pronto que el NGF existe, y tiene la misma función, en los reptiles, las aves, los anfibios, los peces y los mamíferos, incluido, por supuesto, el ser humano. Los factores de crecimiento, y las decenas de componentes que están implicados en su funcionamiento -los receptores que los detectan, los intermediarios que propagan su señal por el interior de la célula-, pueden estropearse, y estas averías están detrás de numerosas malformaciones congénitas, procesos degenerativos y muchos tipos de cáncer. No es casual que Levi-Montalcini descubriera el NGF en un tumor. Familias de factores Los factores de crecimiento descubiertos por la científica italo-estadounidense son la clave para entender los principales fenómenos del desarrollo humano, empezando por el crecimiento del embrión, del feto y del niño. La popular hormona del crecimiento, por ejemplo, no actúa directamente, sino que ejerce su efecto estimulando al hígado y otros órganos a secretar toda una batería de factores de crecimiento, los IGF (factores de crecimiento similares a la insulina, o somatomedinas). Son estos IGF los que ordenan crecer a todos los tejidos del cuerpo, incluido el hueso. Si los niveles de IGF son bajos, surgen deficiencias de crecimiento. Los niveles demasiado altos son la causa de problemas como la acromegalia.

El crecimiento de la piel y las demás superficies del cuerpo (epitelios) es responsabilidad del factor de crecimiento epitelial (EGF), otro miembro de la familia descubierta por Levi-Montalcini. Y aún hay otro miembro más, el PDGF (factor de crecimiento derivado de plaquetas), que es el regulador esencial de los procesos de coagulación y cicatrizado. Las anomalías de estos factores tienen también su lado oscuro, y están detrás del endurecimiento de las arterias que conduce a menudo a la enfermedad cardiovascular. La eritropoyetina es otro factor de crecimiento (uno de los pocos que no acaban en GF) que estimula a las células de la médula ósea a producir glóbulos rojos, las células que transportan el oxígeno por la sangre. Otros dos factores de crecimiento estimulan a las mismas células a proliferar y diferenciarse en los dos principales tipos de células blancas de la sangre. Otros factores de crecimiento estimulan a las células del sistema inmune (linfokinas, incluidas las interleukinas), y otros (TGF) tienen una relación muy directa con muchos tipos de cáncer. Tal y como reconoció la Academia Sueca en 1986, el descubrimiento de los factores de crecimiento "es un ejemplo fascinante de cómo un observador inteligente puede extraer un concepto del caos aparente". No es fácil deducir principios generales de los sistemas biológicos, pero eso es justamente lo que Rita Levi-Montalcini aportó a la ciencia del siglo XX.

Autobiography

My twin sister Paola and I were born in Turin on April 22, 1909, the youngest of four children. Our parents were Adamo Levi, an electrical engineer and gifted mathematician, and Adele Montalcini, a talented painter and an exquisite human being. Our older brother Gino, who died twelve years ago of a heart attack, was one of the most well known Italian architects and a professor at the University of Turin. Our sister Anna, five years older than Paola and myself, lives in Turin with her children and grandchildren. Ever since adolescence, she has been an enthusiastic admirer of the great Swedish writer, the Nobel Laureate Selma Lagerlöf, and she infected me so much with her enthusiasm that I decided to become a writer and describe Italian saga "à la Lagerlöf". But things were to take a different turn.

The four of us enjoyed a most wonderful family atmosphere, filled with love and reciprocal devotion. Both parents were highly cultured and instilled in us their high appreciation of intellectual pursuit. It was, however, a typical Victorian style of life, all decisions being taken by the head of the family, the husband and father. He loved us dearly and had a great respect for women, but he believed that a professional career would interfere with the duties of a wife and mother. He therefore decided that the three of us - Anna, Paola and I - would not engage in studies which open the way to a professional career and that we would not enroll in the University.

Ever since childhood, Paola had shown an extraordinary artistic talent and father's decision did not prevent her full-time dedication to painting. She became one of the most outstanding women painters in Italy and is at present still in full activity. I had a more difficult time. At twenty, I realized that I could not possibly adjust to a feminine role as conceived by my father, and asked him permission to engage in a professional career. In eight months I filled my gaps in Latin, Greek and mathematics, graduated from high school, and entered medical school in Turin. Two of my university colleagues and close friends, Salvador Luria and Renato Dulbecco, were to receive the Nobel Prize in Physiology or Medicine, respectively, seventeen and eleven years before I would receive the same most prestigious award. All three of us were students of the famous Italian histologist, Giuseppe Levi. We are indebted to him for a superb training in biological science, and for having learned to approach scientific problems in a most rigorous way at a time when such an approach was still unusual.

In 1936 I graduated from medical school with a summa cum laude degree in Medicine and Surgery, and enrolled in the three year specialization in neurology and psychiatry, still uncertain whether I should devote myself fully to the medical profession or pursue at the same time basic research in neurology. My perplexity was not to last too long.

In 1936 Mussolini issued the "Manifesto per la Difesa della Razza", signed by ten Italian 'scientists'. The manifesto was soon followed by the promulgation of laws barring academic and professional careers to non-Aryan Italian citizens. After a short period spent in Brussels as a guest of a neurological institute, I returned to Turin on the verge of the invasion of Belgium by the German army, Spring 1940, to join my family. The two alternatives left then to us were either to emigrate to the United States, or to pursue some activity that needed neither support nor connection with the outside Aryan world where we lived. My family chose this second alternative. I then decided to build a small research unit at home and installed it in my bedroom. My inspiration was a 1934 article by Viktor Hamburger reporting on the effects of limb extirpation in chick embryos. My project had barely started when Giuseppe Levi, who had escaped from Belgium invaded by Nazis, returned to Turin and joined me, thus becoming, to my great pride, my first and only assistant.

The heavy bombing of Turin by Anglo-American air forces in 1941 made it imperative to abandon Turin and move to a country cottage where I rebuilt my mini-laboratory and resumed my experiments. In the Fall of 1943, the invasion of Italy by the German army forced us to abandon our now dangerous refuge in Piemonte and flee to Florence, where we lived underground until the end of the war.

In Florence I was in daily contact with many close, dear friends and courageous partisans of the "Partito di Azione". In August of 1944, the advancing Anglo-American armies forced the German invaders to leave Florence. At the Anglo-American Headquarters, I was hired as a medical doctor and assigned to a camp of war refugees who were brought to Florence by the hundreds from the North where the war was still raging. Epidemics of infectious diseases and of abdominal typhus spread death among the refugees, where I was in charge as nurse and medical doctor, sharing with them their suffering and the daily danger of death.

The war in Italy ended in May 1945. I returned with my family to Turin where I resumed my academic positions at the University. In the Fall of 1947, an invitation from Professor Viktor Hamburger to join him and repeat the experiments which we had performed many years earlier in the chick embryo, was to change the course of my life.

Although I had planned to remain in St. Louis for only ten to twelve months, the excellent results of our research made it imperative for me to postpone my return to Italy. In 1956 I was offered the position of Associate Professor and in 1958 that of Full Professor, a position which I held until retirement in 1977. In 1962 I established a research unit in Rome, dividing my time between this city and St. Louis. From 1969 to 1978 I also held the position of Director of the Institute of Cell Biology of the Italian National Council of Research, in Rome. Upon retirement in 1979, I became Guest Professor of this same institute.

From Les Prix Nobel. The Nobel Prizes 1986, Editor Wilhelm Odelberg, [Nobel Foundation], Stockholm, 1987

This autobiography/biography was written at the time of the award and later published in the book series Les Prix Nobel/Nobel Lectures. The information is sometimes updated with an addendum submitted by the Laureate. To cite this document, always state the source as shown above.

 


 

 

 

 

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