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Karl Marx |
040810 -
Federico Engels
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1887 - Carlos Marx, el hombre hombre que dio por vez primera una
base científica al socialismo, y por tanto a todo el movimiento obrero
de nuestros días, nació en Tréveris, en 1818.
Comenzó a estudiar
jurisprudencia en Bonn y en Berlín, pero pronto se entregó
exclusivamente al estudio de la historia y de la filosofía, y se
disponía, en 1842, a habilitarse como profesor de filosofía, cuando el
movimiento político producido después de la muerte de Federico
Guillermo III orientó su vida por otro camino. Los caudillos de la
burguesía liberal renana, los Camphausen, Hansemann, etc., habían
fundado en Colonia, con su cooperación, la "Reinische Zeitung"
1;
y en el otoño de 1842, Marx, cuya crítica de los debates de la Dieta
provincial renana había producido enorme sensación, fue colocado a la
cabeza del periódico. La "Rheinische Zeitung" publicábase,
naturalmente, bajo la censura, pero ésta no podía con ella
2.
El periódico sacaba adelante casi siempre los artículos que le
interesaba publicar: se empezaba echándole al censor cebo sin
importancia para que lo tachase, hasta que, o cedía por sí mismo, o se
veía obligado a ceder bajo la amenaza de que al día siguiente no
saldría el periódico. Con diez periódicos que hubieran tenido la misma
valentía que la "Rheinische Zeitung" y cuyos editores se hubiesen
gastado unos cientos de táleros más en composición se habría hecho
imposible la censura en Alemania ya en 1843. Pero los propietarios de
los periódicos alemanes eran filisteos mezquinos y miedosos, y la "Rheinische
Zeitung" batallaba sola. Gastaba a un censor tras otro, hasta que, por
último, se la sometió a doble censura, debiendo pasar, después de la
primera, por otra nueva y definitiva revisión del
Regierungspräsident. Más
tampoco esto bastaba. A comienzos de 1843, el gobierno declaró que no
se podía con este periódico, y lo prohibió sin más explicaciones.
Marx, que entretanto se había casado con la hermana de von Westphalen,
el que más tarde había de ser ministro de la reacción, se trasladó a
París, donde editó con A. Ruge los "Deutsch-Französische Jahrbücher"
3,
en los que inauguró la serie de sus escritos socialistas, con una
"Crítica de la filosofía hegeliana del Derecho". Después, en
colaboración con F. Engels, publicó "La Sagrada Familia. Contra Bruno
Bauer y consortes", crítica satírica de una de las últimas formas en
las que se había extraviado el idealismo filosófico alemán de la
época.
El
estudio de la Economía política y de la historia de la gran Revolución
francesa todavía le dejaba a Marx tiempo para atacar de vez en cuando
al Gobierno prusiano; éste se vengó, consiguiendo del ministerio
Guizot, en la primavera de 1845 -y parece que el mediador fue el señor
Alejandro de Humboldt-, que se le expulsase de Francia
4.
Marx trasladó su residencia a Bruselas, donde, en 1847, publicó en
lengua francesa la "Miseria de la Filosofía", crítica de la "Filosofía
de la Miseria", de Proudhon, y, en 1848, su "Discurso sobre el libre
cambio". Al mismo tiempo encontró ocasión de fundar en Bruselas una
Asociación de obreros alemanes
5,
con lo que entró en el terreno de la agitación práctica. Esta adquirió
todavía mayor importancia para él al ingresar en 1847, en unión de sus
amigos políticos, en la Liga de los
Comunistas, liga secreta, que llevaba ya largos años de
existencia. Toda la estructura de esta organización se transformó
radicalmente; la que hasta entonces había sido una sociedad más o
menos conspirativa, se convirtió en una simple organización de
propaganda comunista -secreta tan sólo porque las circunstancias lo
exigían-, y fue la primera
organización del Partido Socialdemócrata Alemán. La Liga existía
dondequiera que hubiese asociaciones de obreros alemanes; en casi
todas estas asociaciones, en Inglaterra, en Bélgica, en Francia y en
Suiza, y en muchas asociaciones de Alemania, los miembros dirigentes
eran afiliados a la Liga, y la participación de ésta en el naciente
movimiento obrero alemán era muy considerable. Además, nuestra Liga
fue la primera que destacó, y lo demostró en la práctica, el carácter
internacional de todo el movimiento obrero; contaba entre sus miembros
a ingleses, belgas, húngaros, polacos, etc., y organizaba,
principalmente en Londres, asambleas obreras internacionales.
La
transformación de la Liga se efectuó en dos congresos celebrados en
1847, el segundo de los cuales acordó la redacción y publicación de
los principios del partido, en un manifiesto que habían de redactar
Marx y Engels. Así surgió el
Manifiesto del Partido Comunista que apareció por vez primera
en 1848, poco antes de la revolución de Febrero, y que después ha sido
traducido a casi todos los idiomas europeos.
La
"Deutsche-Brüsseler-Zeitung"
6,
en la que Marx colaboraba y en la que se ponían al desnudo
implacablemente las bienaventuranzas policíacas de la patria, movió
nuevamente al Gobierno prusiano a maquinar para conseguir la expulsión
de Marx, pero en vano. Mas, cuando la revolución de Febrero provocó
también en Bruselas movimientos populares y parecía ser inminente en
Bélgica una revolución, el Gobierno belga detuvo a Marx sin
contemplaciones y lo expulsó. Entretanto, el gobierno provisional de
Francia, por mediación de Flocon, le había invitado a reintegrarse a
París, invitación que aceptó.
En
París, se enfrentó ante todo con el barullo creado entre los alemanes
allí residentes, por el plan de organizar a los obreros alemanes de
Francia en legiones armadas, para introducir con ellas en Alemania la
revolución y la república. De una parte, era Alemania la que tenía que
hacer por sí misma la revolución, y de otra parte, toda legión
revolucionaria extranjera que se formase en Francia nacía delatada,
por los Lamartines del gobierno provisional, al gobierno que se quería
derribar, como ocurrió en Bélgica y en Baden.
Después de la revolución de marzo, Marx se trasladó a Colonia y fundó
allí la "Neue Rheinische Zeitung", que vivió desde el 1 de junio de
1848 hasta el 19 de mayo de 1849. Fue el único periódico que defendió,
dentro del movimiento democrático de la época, la posición del
proletariado, cosa que hizo ya, en efecto, al apoyar sin reservas a
los insurrectos de junio de 1848 en París
7,
lo que le valió la deserción de casi todos los accionistas. En vano la
"Kreuz-Zeitung"
8
señalaba el "Chimborazo de insolencia" con que la "Neue Rheinische
Zeitung" atacaba todo lo sagrado, desde el rey y el regente del
imperio hasta los gendarmes, y esto en una fortaleza prusiana, que
tenía entonces 8.000 hombres de guarnición: en vano clamaba el coro de
filisteos liberales renanos, vuelto de pronto reaccionario, en vano se
suspendió el estado de sitio decretado en Colonia, en el otoño de
1848; en vano el Ministerio de Justicia del imperio denunciaba desde
Francfort al fiscal de Colonia artículo tras artículo, para que se
abriese proceso judicial; el periódico seguía redactándose e
imprimiéndose tranquilamente, a la vista de la Dirección General de
Seguridad, y su difusión y su fama crecían con la violencia de los
ataques contra el gobierno y la burguesía. Al producirse, en noviembre
de 1848, el golpe de Estado de Prusia, la "Neue Rheinische Zeitung"
incitaba al pueblo, en la cabecera de cada número, para que se negase
a pagar los impuestos y contestase a la violencia con la violencia.
Llevado ante el Jurado, en la primavera de 1849, por esto y por otro
artículo, el periódico salió absuelto las dos veces. Por fin, al ser
aplastadas las insurrecciones de mayo de 1849, en Dresde y la
provincia del Rin
9,
y al iniciarse la campaña prusiana contra la insurrección de Baden-Palatinado,
mediante la concentración y movilización de grandes contingentes de
tropas, el gobierno se creyó lo bastante fuerte para suprimir por la
violencia la "Neue Rheinische Zeitung". El último número -impreso en
rojo- apareció el 19 de mayo.
Marx se trasladó nuevamente a París, pero pocas semanas después de la
manifestación del 13 de junio de 1849
10
el Gobierno francés lo colocó ante la alternativa de trasladar su
residencia a la Bretaña o salir de Francia. Optó por esto último y se
fue a Londres, donde ha vivido desde entonces sin interrupción.
La
tentativa de seguir publicando la "Neue Rheinische Zeitung" en forma
de revista (en Hamburgo, en 1850)
11,
hubo de ser abandonada algún tiempo después, ante la violencia
creciente de la reacción. Inmediatamente después del golpe de Estado
de diciembre de 1851 en Francia, Marx publicó "El 18 Brumario de Luis
Bonaparte" (Boston, 1852; segunda edición, Hamburgo, 1869, poco antes
de la guerra). En 1853, escribió las "Revelaciones sobre el proceso de
los comunistas en Colonia" (obra impresa primeramente en Basilea, más
tarde en Boston y reeditada recientemente en Leipzig).
Después de la condena de los miembros de la Liga de los Comunistas en
Colonia
12,
Marx se retiró de la agitación política y se consagró, de una parte,
por espacio de diez años, a estudiar a fondo los ricos tesoros que
encerraba la biblioteca del Museo Británico en materia de Economía
política, y de otra parte, a colaborar en "New-York Tribune"
13,
periódico que, hasta que estalló la guerra norteamericana de Secesión
14,
no sólo publicó las correspondencias firmadas por él, sino también
numerosos artículos editoriales sobre temas europeos y asiáticos
salidos de su pluma. Sus ataques contra lord Palmerston, basados en
minuciosos estudios de documentos oficiales ingleses, fueron editados
en Londres como folletos de agitación.
Como primer fruto de sus largos años de estudios económicos apareció
en 1859 la "Contribución a la crítica de la Economía política. Primer
cuaderno" (Berlín, Duncker.) Esta obra contiene la primera exposición
sistemática de la teoría del valor de Marx, incluyendo la teoría del
dinero. Durante la guerra italiana
15,
Marx combatió desde las columnas de "Das Volk"
16,periódico
alemán que se publicaba en Londres, el bonapartismo, que por entonces
se teñía de liberal y se las daba de libertador de las nacionalidades
oprimidas, y la política prusiana de la época, que, bajo la manto de
la neutralidad, procuraba pescar en río revuelto. A propósito de esto,
hubo de atacar también al señor Karl Vogt, que por entonces hacía
agitación en pro de la neutralidad de Alemania, más aún, de la
simpatía de Alemania, por encargo del príncipe Napoleón (Plon-Plon) y
a sueldo de Luis Napoleón. Como Vogt acumulase contra él las calumnias
más infames, infundadas a sabiendas, Marx le contestó en "El señor
Vogt" (Londres, 1860), donde se desenmascara a Vogt y a los demás
señores de la banda bonapartista de seudo-demócratas, demostrando con
pruebas de carácter externo e interno que Vogt estaba sobornado por el
imperio decembrino. A los diez años justos, se tuvo la confirmación de
esto; en la lista de las gentes a sueldo del bonapartismo, descubierta
en las Tullerías en 1870
17
y publicada por el gobierno de septiembre
18,
aparecía en la letra "V" esta partida: "Vogt: le fueron entregados, en
agosto de 1859... 40.000 francos".
Por
fin, en 1867, vio la luz en Hamburgo el tomo primero de "El Capital,
Crítica de la Economía política", la obra principal de Marx, en la que
se exponen las bases de sus ideas económico-socialistas y los rasgos
fundamentales de su crítica de la sociedad existente, del modo de
producción capitalista y de sus consecuencias. La segunda edición de
esta obra que hace época se publicó en 1872; el autor se ocupa
actualmente de la preparación del segundo tomo.
Entretanto, el movimiento obrero de diversos países de Europa había
vuelto a fortalecerse en tal medida, que Marx pudo pensar en poner en
práctica un deseo acariciado desde hacía largo tiempo: fundar una
asociación obrera que abarcase los países más adelantados de Europa y
América y que había de personificar, por decirlo así, el carácter
internacional del movimiento socialista tanto ante los propios obreros
como ante los burgueses y los gobiernos, para animar y fortalecer al
proletariado y para atemorizar a sus enemigos. Dio ocasión para
exponer la idea, que fue acogida con entusiasmo, un mitin popular
celebrado en el Saint Martin's Hall de Londres, el 28 de septiembre de
1864, a favor de Polonia, que volvía a ser aplastada por Rusia. Quedó
fundada así la Asociación
Internacional de los Trabajadores. En la Asamblea se eligió un
Consejo General provisional, con residencia en Londres. El alma de
este Consejo General, como de los que le siguieron hasta el Congreso
de La Haya
19,
fue Marx. El redactó casi todos los documentos lanzados por el Consejo
General de la Internacional, desde el Manifiesto Inaugural de 1864,
hasta el manifiesto sobre la guerra civil de Francia en 1871. Exponer
la actuación de Marx en la Internacional, equivaldría a escribir la
historia de esta misma Asociación que, por lo demás, vive todavía en
el recuerdo de los obreros de Europa.
La
caída de la Comuna de París colocó a la Internacional en una situación
imposible. Viose empujada al primer plano de la historia europea, en
un momento en que por todas partes tenía cortada la posibilidad de una
acción práctica y eficaz. Los acontecimientos que la erigían en
séptima gran potencia le impedían, al mismo tiempo, movilizar y poner
en acción sus fuerzas combativas, so pena de llevar a una derrota
infalible al movimiento obrero y de contenerlo por varios decenios.
Además, por todas partes pugnaban por colocarse en primera fila
elementos que intentaban explotar, para fines de vanidad o de ambición
personal, la fama, que tan súbitamente había crecido, de la
Asociación, sin comprender la verdadera situación de la Internacional
o sin preocuparse de ella. Había que tomar una decisión heroica, y
fue, como siempre, Marx quien la tomó y la hizo prosperar en el
Congreso de La Haya. En un acuerdo solemne, la Internacional se
desentendió de toda responsabilidad por los manejos de los
bakuninistas, que eran el eje de aquellos elementos insensatos y poco
limpios; luego, ante la imposibilidad de cumplir también, frente a la
reacción general, las exigencias redobladas que a ella se le
planteaban y de mantener en pie su plena actividad, más que por medio
de una serie de sacrificios, que necesariamente habrían desangrado el
movimiento obrero, la Internacional se retiró provisionalmente de la
escena, trasladando a Norteamérica el Consejo General. Los
acontecimientos posteriores han venido a demostrar cuán acertado fue
este acuerdo, tantas veces criticado por entonces y después. De una
parte, quedaron cortadas de raíz, y siguieron cortadas en adelante,
las posibilidades de organizar en nombre de la Internacional vanas
intentonas, y de otra parte, las constantes y estrechas relaciones
entre los partidos obreros socialistas de los distintos países
demostraban que la conciencia de la identidad de intereses y de la
solidaridad del proletariado de todos los países, despertada por la
Internacional, llega a imponerse aun sin el enlace de una asociación
internacional formal que, por el momento, se había convertido en
traba.
Después del Congreso de La Haya, Marx volvió a encontrar, por fin,
tiempo y sosiego para reanudar sus trabajos teóricos, y es de esperar
que en un período de tiempo no muy largo pueda dar a la imprenta el
segundo tomo de "El Capital".
De
los muchos e importantes descubrimientos con que Marx ha inscrito su
nombre en la historia de la ciencia, sólo dos podemos destacar aquí.
El
primero es la revolución que ha llevado a cabo en toda la concepción
de la historia universal. Hasta aquí, toda la concepción de la
historia descansaba en el supuesto de que las últimas causas de todas
las transformaciones históricas habían de buscarse en los cambios que
se operan en las ideas de los hombres, y de que de todos los cambios,
los más importantes, los que regían toda la historia, eran los
políticos. No se preguntaban de dónde les vienen a los hombres las
ideas ni cuáles son las causas motrices de los cambios políticos. Sólo
en la escuela moderna de los historiadores franceses, y en parte
también de los ingleses, se había impuesto la convicción de que, por
lo menos desde la Edad Media, la causa motriz de la historia europea
era la lucha de la burguesía en desarrollo contra la nobleza feudal
por el Poder social y político. Pues bien, Marx demostró que toda la
historia de la humanidad, hasta hoy, es una historia de luchas de
clases, que todas las luchas políticas, tan variadas y complejas, sólo
giran en torno al Poder social y político de unas u otras clases
sociales; por parte de las clases viejas, para conservar el poder, y
por parte de las ascendentes clases nuevas, para conquistarlo. Ahora
bien, ¿qué es lo que hace nacer y existir a estas clases? Las
condiciones materiales, tangibles, en que la sociedad de una época
dada produce y cambia lo necesario para su sustento. La dominación
feudal de la Edad Media descansaba en la economía cerrada de las
pequeñas comunidades campesinas, que cubrían por sí mismas casi todas
sus necesidades, sin acudir apenas al cambio, a las que la nobleza
belicosa defendía contra el exterior y daba cohesión nacional o, por
lo menos, política. Al surgir las ciudades y con ellas una industria
artesana independiente y un tráfico comercial, primero interior y
luego internacional, se desarrolló la burguesía urbana, y conquistó,
luchando contra la nobleza, todavía en la Edad Media, una
incorporación al orden feudal, como estamento también privilegiado.
Pero, con el descubrimiento de los territorios no europeos, desde
mediados del siglo XV, la burguesía obtuvo una zona comercial mucho
más extensa, y, por tanto, un nuevo acicate para su industria. La
industria artesana fue desplazada en las ramas más importantes por la
manufactura de tipo ya fabril, y ésta, a su vez, por la gran
industria, que habían hecho posible los inventos del siglo pasado,
principalmente la máquina de vapor, y que a su vez repercutió sobre el
comercio, desalojando, en los países atrasados, al antiguo trabajo
manual y creando, en los más adelantados, los modernos medios de
comunicación, los barcos de vapor, los ferrocarriles, el telégrafo
eléctrico. De este modo, la burguesía iba concentrando en sus manos,
cada vez más, la riqueza social y el poder social, aunque tardó
bastante en conquistar el poder político, que estaba en manos de la
nobleza y de la monarquía, apoyada en aquélla. Pero al llegar a cierta
fase -en Francia, desde la gran Revolución-, conquistó también éste y
se convirtió, a su vez, en clase dominante frente al proletariado y a
los pequeños campesinos. Situándose en este punto de vista -siempre y
cuando que se conozca suficientemente la situación económica de la
sociedad en cada época; conocimientos de que, ciertamente, carecen en
absoluto nuestros historiadores profesionales-, se explican del modo
más sencillo todos los fenómenos históricos, y asimismo se explican
con la mayor sencillez los conceptos y las ideas de cada período
histórico, partiendo de las condiciones económicas de vida y de las
relaciones sociales y políticas de ese período, condicionadas a su vez
por aquéllas. Por primera vez se erigía la historia sobre su verdadera
base; el hecho palpable, pero totalmente desapercibido hasta entonces,
de que el hombre necesita en primer término comer, beber, tener un
techo y vestirse, y por tanto,
trabajar, antes de poder luchar por el mando, hacer política,
religión, filosofía, etc.; este hecho palpable, pasaba a ocupar, por
fin, el lugar histórico que por derecho le correspondía.
Para la idea socialista, esta nueva concepción de la historia tenía
una importancia culminante. Demostraba que toda la historia, hasta
hoy, se ha movido en antagonismos y luchas de clases, que ha habido
siempre clases dominantes y dominadas, explotadoras y explotadas, y
que la gran mayoría de los hombres ha estado siempre condenada a
trabajar mucho y disfrutar poco. ¿Por qué? Sencillamente, porque en
todas las fases anteriores del desenvolvimiento de la humanidad, la
producción se hallaba todavía en un estado tan incipiente, que el
desarrollo histórico sólo podía discurrir de esta forma antagónica y
el progreso histórico estaba, en líneas generales, en manos de una
pequeña minoría privilegiada, mientras la gran masa se hallaba
condenada a producir, trabajando, su mísero sustento y a acrecentar
cada vez más la riqueza de los privilegiados. Pero, esta misma
concepción de la historia, que explica de un modo tan natural y
racional el régimen de dominación de clase vigente hasta nuestros
días, que de otro modo sólo podía explicarse por la maldad de los
hombres, lleva también a la convicción de que con las fuerzas
productivas, tan gigantescamente acrecentadas, de los tiempos
modernos, desaparece, por lo menos en los países más adelantados,
hasta el último pretexto para la división de los hombres en dominantes
y dominados, explotadores y explotados; de que la gran burguesía
dominante ha cumplido ya su misión histórica, de que ya no es capaz de
dirigir la sociedad y se ha convertido incluso en un obstáculo para el
desarrollo de la producción, como lo demuestran las crisis
comerciales, y sobre todo el último gran crac
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y la depresión de la industria en todos los países; de que la
dirección histórica ha pasado a manos del proletariado, una clase que,
por toda su situación dentro de la sociedad, sólo puede emanciparse
acabando en absoluto con toda dominación de clase, todo avasallamiento
y toda explotación; y de que las fuerzas productivas de la sociedad,
que crecen hasta escapársele de las manos a la burguesía, sólo están
esperando a que tome posesión de ellas el proletariado asociado, para
crear un estado de cosas que permita a caba miembro de la sociedad
participar no sólo en la producción, sino también en la distribución y
en la administración de las riquezas sociales, y que, mediante la
dirección planificada de toda la producción, acreciente de tal modo
las fuerzas productivas de la sociedad y su rendimiento, que se
asegure a cada cual, en proporciones cada vez mayores, la satisfacción
de todas sus necesidades razonables.
El
segundo descubrimiento importante de Marx consiste en haber puesto
definitivamente en claro la relación entre el capital y el trabajo; en
otros términos, en haber demostrado cómo se opera, dentro de la
sociedad actual, con el modo de producción capialista, la explotación
del obrero por el capitalista. Desde que la Economía política sentó la
tesis de que el trabajo es la fuente de toda riqueza y de todo valor,
era inevitable esta pregunta: ¿cómo se concilia esto con el hecho de
que el obrero no perciba la suma total de valor creada por su trabajo,
sino que tenga que ceder una parte de ella al capitalista? Tanto los
economistas burgueses como los socialistas se esforzaban por dar a
esta pregunta una contestación científica sólida; pero en vano, hasta
que por fin apareció Marx con la solución. Esta solución es la
siguiente: El actual modo de producción capitalista tiene como premisa
la existencia de dos clases sociales: de una parte, los capitalistas,
que se hallan en posesión de los medios de producción y de sustento, y
de otra parte, los proletarios, que, excluidos de esta posesión, sólo
tienen una mercancía que vender: su fuerza de trabajo, mercancía que,
por tanto, no tienen más remedio que vender, para entrar en posesión
de los medios de sustento más indispensables. Pero el valor de una
mercancía se determina por la cantidad de trabajo socialmente
necesario invertido en su producción, y también, por tanto en su
reproducción; por consiguiente, el valor de la fuerza de trabajo de un
hombre medio durante un día, un mes, un año, se determina por la
cantidad de trabajo plasmada en la cantidad de medios de vida
necesarios para el sustento de esta fuerza de trabajo durante un día,
un mes o un año. Supongamos que los medios de vida para un día exigen
seis horas de trabajo para su producción o, lo que es lo mismo, que el
trabajo contenido en ellos representa una cantidad de trabajo de seis
horas; en este caso, el valor de la fuerza de trabajo durante un día
se expresará en una suma de dinero en la que se plasmen también seis
horas de trabajo. Supongamos, además, que el capitalista para quien
trabaja nuestro obrero le paga esta suma, es decir, el valor íntegro
de su fuerza de trabajo. Ahora bien; si el obrero trabaja seis horas
del día para el capitalista, habrá reembolsado a éste íntegramente su
desembolso: seis horas de trabajo por seis horas de trabajo. Claro
está que de este modo no quedaría nada para el capitalista; por eso
éste concibe la cosa de un modo completamente distinto. Yo, dice él,
no he comprado la fuerza de trabajo de este obrero por seis horas,
sino por un día completo. Consiguientemente, hace que el obrero
trabaje, según las circunstancias, 8, 10, 12, 14 y más horas, de tal
modo que el producto de la séptima, de la octava y siguientes horas es
el producto de un trabajo no retribuido, que, por el momento, se
embolsa el capitalista. Por donde el obrero al servicio del
capitalista no se limita a reponer el valor de su fuerza de trabajo,
que se le paga, sino que, además crea una
plusvalía que, por el momento,
se apropia el capitalista y que luego se reparte con arreglo a
determinadas leyes económicas entre toda la clase capitalista. Esta
plusvalía forma el fondo básico del que emanan la renta del suelo, la
ganancia, la acumulación de capital; en una palabra, todas las
riquezas consumidas o acumuladas por las clases que no trabajan. De
este modo, se comprobó que el enriquecimiento de los actuales
capitalistas consiste en la apropiación del trabajo ajeno no
retribuido, ni más ni menos que el de los esclavistas o de los señores
feudales, que explotaban el trabajo de los esclavos o de los siervos,
y que todas estas formas de explotación sólo se diferencian por el
distinto modo de apropiarse el trabajo no pagado. Y con esto, se
quitaba la base de todas esas retóricas hipócritas de las clases
poseedoras de que bajo el orden social vigente reinan el derecho y la
justicia, la igualdad de derechos y deberes y la armonía general de
intereses. Y la sociedad burguesa actual se desenmascaraba, no menos
que las que la antecedieron, como un establecimiento grandioso montado
para la explotación de la inmensa mayoría del pueblo por una minoría
insignificante y cada vez más reducida.
Estos dos importantes hechos sirven de base al socialismo moderno, al
socialismo científico. En el segundo tomo de "El Capital" se
desarrollan estos y otros descubrimientos científicos no menos
importantes relativos al sistema social capitalista, con lo cual se
revolucionan también los aspectos de la Economía política que no se
habían tocado todavía en el primer tomo. Lo que hay que desear es que
Marx pueda entregarlo pronto a la imprenta.
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