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Biografías |
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Liorna, 12 de julio de 1884, nacimiento de Amedeo
Modigliani, cuarto hijo de Flaminio Modigliani e Eugènie Garsin.
La precoz inclinación de Amedeo por la pintura se
manifiesta, a partir del verano 1898, con su presencia en el taller
del artista de Liorna Guglielmo Micheli.
En 1901, viaje de convalecencia con su madre , tras
una enfermedad pulmonar.
Descubre Nápoles, Amalfi, Capri, Roma y Florencia. Al
año siguiente se inscribe en la Escuela Libre del Desnudo de la
Academia de Bellas Artes de Florencia, donde profundiza el
conocimiento de la pintura impresionista italiana, llamada "Macchiaiola",
de los artistas de la vanguardia toscana y de su principal
exponente, el profesor Giovanni Fattori.
En 1903, frecuenta la Escuela Libre del Desnudo en
Venecia. Conoce al artista Ortiz de Zàrate con quien descubre la
Bienal de Venecia y las tendencias del arte europeo, con especial
atención en la obra de Cézanne y Van Gogh. Realiza el primer viaje a
Inglaterra.
LLega a Paris a comienzos de febrero de 1906. Tras
una breve estadía en el hotel de la Madeleine, alquila un atelier en
Montmartre. Se inscribe en los cursos de dibujo de la Academia
Colarossi.
En 1907 conoce al doctor Alexandre, y se instala en
el falansterio que éste creò en el número 7 de Rue Delta en
Montmartre, para trabajar en compañia de los otros pintores. Expone
en el Salón de 0toño en Paris.
En 1908, numerosas obras suyas se exhiben en el Salón
des Indépendents a Parigi en la sala de los pintores Fauves.
Conoce a Brancusi en la Cité Faulguière de
Montparnasse, esculpe con él en su atelier parisino y le invita
luego a Liorna en el verano de 1909.
En 1910, Salon des Indépendents: la crítica le es
favorable. En este año se dedica exclusivamente a esculpir bajo la
influencia de las formas arcaicas de los ídolos y de las máscaras
primitivas.
En 1911, expone un conjunto de esculturas y dibujos
en el atelier del artista Souza Cardoso en Montparnasse.
En compañia de su tía Laure visita Normandía.
Durante los primeros meses de 1912, pinta numerosos
retratos, entre ellos aquel del doctor Alexandre, pero vuelve a
Liorna en el verano para retornar fuerzas y trabajar en la escultura
directamente sobre piedra. En septiembre, vuelve a Paris: encuentra
Jaques Lipchitz, Augustus John e Jacob Epstein. Espone al Salon de
Otoño : «Cabezas: conjunto decorativo».
En 1913, el mercante de arte Chéron le propone el
primer contrato de trabajo remunerado para sus dipintos. Conoce al
pintor Soutine y trabaja con el en el atelier al 216 de Boulevard
Raspail.
Después de la declaración de guerra del 1914,
Modigliani ya no vuelve a ver su amigo Paul Alexandre y interrumpe
las relaciones con muchos otros artistas: periodo importante por su
pintura, que se convierte en la única forma de expresión. Abandona
la escultura. Conoce a la poetisa inglesa Béatrice Hastings, retoma
un atelier en Montmartre y comparte su entusiasmo con Diego Rivera y
Kisling. Max Jacob le presenta Paul Guillaume, que serà su mercante
hasta 1916. En ese año, expone 15 cuadros y 3 esculturas en el
atelier de Emile Lejeune en Paris.
Encuentro, decisivo para su carrera de artista, con
Léopold Zborowsky, poeta polaco en exilio.
En el marzo de 1917, Amedeo conoce a Jeanne Hébuterne,
joven alumna de la Academia Colarossi, con quien se instala en rue
de la Grande-Chaumière en Montparnasse, en un atelier que Zborowsky
alquila para ellos.
La primera exposición personal del artista italiano
tiene lugar en la Galeria Berthe Weill, sin embargo viene cerrada el
día de la inauguración, por ultraje al pudor...
El agravarse del estado de salud de Modigliani en
1918 le impone una estadía con Jeanne Hébuterne.
Pasan una temporada también en Cagnes con Foujita y
su mujer Fernande, Soutine, Survage, Cendrars y Osterlind.
Pinta cuatro paisajes de Cagnes, los únicos de toda
su carrera.
La Galeria Paul Guillaume en Paris presenta una
exposición colectiva de las obras de la pintura de los jóvenes:
Matisse, Picasso y Modigliani.
El 29 de noviembre, nace la pequeña Giovanna, hija de
Amedeo y Jeanne.
El 31 de mayo de 1919, Modigliani vuelve a Parigi:
Jeanne está nuevamente embarazada.
En Londres, Zborowsky organiza con los hermanos
Sitwels una exposición colectiva: «Arte Francesa Moderna» acompañada
por los primeros artículos elogiosos de la prensa.
El 22 de enero de 1920, Amedeo inconsciente viene
trasladado al Hospital de la Caridad donde fallece por meningitis
tubercolosa el sabado 24 de enero, sin retomar conocimiento.
Jeanne Hébuterne, con ocho meses de embarazo, se
suicida el día siguiente.
Modigliani viene sepultado el 27 de enero en el
Cementerio de Père Lachaise en Paris; Jeanne Hébuterne descansa a su
lado
Modigliani y Jeanne Hébuterne
Evelyne Deher - De "Les meilleures muses de l'historie"
En ese comienzo del año 1917, Montparnasse
mostraba su habitual animación. Escritores, artistas, creadores,
personalidades del espectáculo y de las artes se codeaban,
deambulando desde la Rotonde a la Cuupole. Los paseantes se cruzaban
con Jean Cocteau, Max Jacob, Francis Carco o Blaise Cendrars. Se
veía, sentado en una terraza, a Fujita o a Paul Guillaume, el muy
conocido marchante. La guerra parecía lejana, aunque ocupaba los
pensamientos. En el bulevar Montpamasse, se discutía de arte o de
literatura.
El barrio se había convertido en el de los pintores,
a semejanza de Montmartre. Muy cerca, en la calle de la Grande-Chaumiére,
entre los comercios de artículos para pintores, estaba la famosa
academia Colarossi, semillero de jóvenes talentos. Muchos eran
artistas pobres que ofrecían sus dibujos a los turistas por un
franco.
Se destacaba un elegante joven de rasgos
distinguidos, semejante a un arcángel. Como muchos otros, iba de
mesa en mesa, con su cartón de dibujo bajo el brazo. Respondía con
tina sonrisa y un gesto amistoso a los que lo llamaban.
-Hola, Modi, ¿qué tal?
Amedeo Modigliani vio de pronto, acercándose a su
encuentro, a uno de sus amigos, André Hébuterne, acompañado de una
encantadora joven.
-Hola, Modi, te presento a mi hermana Jeanne -dijo
André.
Ella le tendió la mano, sonriente.
-Mi hermano me ha hablado mucho de usted.
Como pintor, Modigliani apreció el rostro fino de
grandes ojos azules, el largo cabello castaño, y fue sensible al
encanto de la joven. Entablaron conversación. Jeanne Hébuteme
aprendía pintura en la academia Colarossi y, según su hermano,
manejaba bien los pinceles. Ella amaba el ambiente que reinaba en
Montpamasse, y desde hacía tiempo deseaba conocer a Modigliani. Como
se interesaba por su trabajo, él le propuso ir, en compañía de su
hermano, a visitar su taller de la Cité Falguiére donde se había
instalado cuatro años antes, abandonando la colina Montmartre, de la
que estaba cansado.
Jeanne Hébuteme admiró los estilizados retratos de
mujer del pintor. Su obra no se parecía a ninguna otra, y esa
originalidad la seducía, sin duda porque el hombre ya la había
conquistado. Modi tenía aires de gran señor a pesar de su pobreza,
la certeza de su talento y una llama dolorosa en la mirada que
revelaba su permanente angustia. Elle confió que su deseo era
expresarse mediante la escultura, le mostró lo que había hecho,
aunque eran piedras todavía informes. Carecía de materiales, de
dinero y, en escultura, apenas balbuceaba.
Volvieron a verse a diario. Modi estaba solo después
de una relación de dos años con una joven poeta inglesa. La
frescura, la jovialidad de Jeanne le agradaban. Contrastaba con la
seducción artificial de las mujeres que frecuentaban Montparnasse y
los talleres: modelos, mujeres semimundanas o mantenidas. Ella, por
su parte, veía en Modigliani a un genio y se lo decía.
En julio de 1917 decidieron vivir juntos y rentaron
un estudio en la calle de la Grande-Chaumiére, muy cerca de la
academia Colarossi. A partir de entonces, tocado por la ternura
amante de Jeanne, Modigliani sentó cabeza. Antes se refugiaba en el
alcohol, las drogas, mezclando a veces cocaína, haxis y vino, para
luego hacer escándalos en el Dúme y declamar a voz en cuello versos
de Rimbaud o de D'Annunzio. Por ella, dejó el alcohol y las drogas.
-No tienes necesidad de alcohol para ser grande, al
contrario. En cuanto al haxis, repites que te permite concebir
extraordinarias combinaciones de colores. De acuerdo, pero esas
combinaciones quedan en tu cabeza, no las pintas -dijo ella.
El lo admitió y siguió su consejo: pintar, pintar y
pintar, drogarse con el trabajo. Ese año ejecutó cerca de ciento
veinte telas. Estaba tuberculoso, lo sabía, y trabajaba con la
fiebre del que tiene los días contados.
Jeanne lo alentaba, lo sostenía, y los momentos de
desaliento eran frecuentes. Al principio ella se asombraba de que
Modi pintara sus retratos en una sola vez; de lo contrario perdía
interés en ellos. Luego había comprendido que su genio surgía como
un relámpago y que se extinguía con la misma rapidez. En pocos
instantes, él captaba la particularidad de su modelo y la traducía;
los detalles no contaban.
Ella calmaba como podía sus tormentos. El se
torturaba, comprendiendo que no sería el escultor soñado y que
tendría que limitarse a dos dimensiones. De carácter ansioso, el
menor incidente, una tela arruinada, lo ponía en un excesivo estado
febril. Cuando quería olvidar su decepción en el alcohol comprado en
secreto, ella se lo limitaba aun vaso y calmaba su cólera con besos,
sin quejarse nunca. Lo alentaba a frecuentar a aquellos de sus
amigos que le ayudaban en su carrera y le reconfortaban en la
adversidad.
El recibió un rudo golpe en octubre de 1917, cuando,
habiendo podido al fin exponer en la galería Weill, sus cinco
desnudos fueron considerados un ultraje al pudor.
-No te preocupes. Algún día valdrán una fortuna. La
novedad incomoda y tú te adelantas a tu época -decía ella
En la primavera de 1918, un feliz acontecimiento
terminó de dar a Modi el deseo de enmendarse: Jeanne estaba
embarazada. Modi tenía un rostro cadavérico y la pareja partió al
sur, en compañía de los padres de Jeanne y de sus fieles amigos, los
Zborowski. El aire puro sentó bien a los futuros padres. Jeanne
florecía, y, junto a ella, Modi recuperaba sus colores. Por un
tiempo, ella alentó la esperanza de que sanaría.
Pero el humor cambiante de Modi hacía difícil la
convivencia. Acortaron su estada en el sur.
Regresaron a la Grande-Chaumiére. Algo recuperado,
Modi retomó sus pinceles entusiasmado. Sentía a la enfermedad ganar
terreno, tosía cada vez más y adivinaba su futuro breve. Acababa de
comenzar una carrera con la muerte.
Pintaba su ansiedad con el frenesí de los
tuberculosos y alcanzaba la cima de su arte. Se multiplicaban los
retratos de Jeanne, consistentes en líneas despojadas. El rostro
oblongo se estiraba, la parte media de la nariz se alargaba
desmesuradamente así como el cuello. Bajo la frente alta, los ojos
se tomaban dos lagos azules. Y sin embargo, los rostros deformados
se asemejaban a Jeanne, más aún, la expresaban. Pintó también a su
amigo, Chaim Soutine, al que admiraba.
Avanzaba el mal, inexorable. Los esposos partieron
nuevamente al sur, donde nació la pequeña Jeanne a fines de
noviembre de 1918. Pero ese día no hizo recuperar a Modi sus
fuerzas; la enfermedad estaba demasiado adelantada. De regreso en
París, en la primavera, tosía más aún y escupía Sangre. Jeanne
escondía sus lágrimas, se esforzaba denodadamente por sonreír.
Habría querido poder darle su energía, su vitalidad, a fin de
prolongarle la vida, dispuesta a ofrecer la suya a cambio. Modi ya
no bebía, no se drogaba, no ocupaba sus noches en andanzas
destructivas al azar de lcS bares. Pero esa prudencia no bastaha
para frenar el curso de la enfermedad; a lo sumo la demoraba un
poco. Nada había podido contener el avance de la tuberculosis.
Continuaba pintando, obsesionado por su muerte
cercara, destrozado ante la perspectiva de dejar sola a Jeanne, a
quien amaba profundamente, desesperado por no haber podido triunfar
esculpiendo como hubiese querido. Fijaba a Jeanne en la tela para la
eternidad, como un testimonio de su amor.
Se angustiaba cada vez más. ¿Qué sería de ella sin
él? ¿Después de él? No soportaba que pudiese amar a otro. Jeanne le
juraba que él seguiría siendo su único amor, el único hombre de su
vida, y besaba la frente bañada en sudor.
En enero del año 1920, Modi se arrastraba. Hubo que
llevarlo al hospital de la Caridad. Jeanne, tragándose sus lágrimas,
lo acompañó.
El estaba tan débil que apenas podía hablar. Ella
miró sus ojos afiebrados, le apretó la mano derecha y se inclinó
sobre él, escuchando.
-Estamos de acuerdo para una dicha eterna -dijo en un
soplo.
Su cabeza cayó sobre la almohada. Modi murió ese ?4
de enero.
Todo París acompañó al pintor famélico al cementerio
del Pére-Lachaise. Y allí, entre las tumbas, comenzaron a planear
los buitres.
Marchantes y viles especuladores murmuraban cifras.
Ese día comenzaron a venderse las telas desdeñadas.
Al siguiente, Jeanne se arrojaba por la ventana del
quinto piso. Sin Modi, su vida perdía sentido.
Poco tiempo más tarde, él era célebre. La cotización
de sus obras aumentaba; se arrancaban sus telas de las manos, a
precios de oro. Hoy, los cuadros del pintor maldito han sido reproducidos miles de veces. Y siguen vinculados con el nombre de Modigliani los nostálgicos retratos de esa mujer dulce y melancólica cuyos ojos son dos lagos azules: Jeanne Hébuterne |
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