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Edvard Munch |
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La angustia de Munch
. Edvard munch según Octavio Paz
111209 -
Edvard Munch nació en Løten, Noruega, el 12 de diciembre de
1863. Murió en Ekely, cerca de Oslo, Noruega, el 23 de enero de
1944. Fue un pintor y grabador expresionista. Sus evocativas
obras sobre la angustia influyeron profundamente en el
expresionismo alemán de comienzos del siglo XX. En su propio
país se le considera el único artista noruego de resonancia
internacional.
El grito de 1893, originalmente llamado "Desesperación", es
su obra más conocida y considerada como un icono de la angustia
existencial. En realidad, existen varias versiones de esta
imagen, pues Munch acostumbraba a realizar variaciones de los
mismos temas. La versión más conocida de El grito fue robada del
Museo Munch de Oslo, el 22 de agosto de 2004, junto con una
versión de La Madonna. Ambas pinturas fueron recuperadas el 30
de agosto del 2006 con daños menores reparables.
El pintor noruego Edvard Munch es considerado un
precursor de la tendencia expresionista
en el arte moderno. En Alemania y Europa Central Munch fue reconocido
pronto como un innovador trascendental, y en el resto de Europa y el
mundo entero es cada vez más apreciado. Sus obras más conocidas son
las de la década de 1890, pero su producción posterior llama cada vez
más la atención, y parece inspirar particularmente a los pintores
actuales
Edvard Munch pasó su infancia y adolescencia
en la capital de Noruega, que por entonces se llamaba Cristianía (hoy,
Oslo). La familia Munch contaba con varias prominentes personalidades
artísticas y culturales, siendo digno de mención especial el conocido
historiador P.A. Munch. En su juventud, Edvard Munch vivió con su
familia en un barrio humilde de la capital, en condiciones materiales
por debajo de su rango social. El padre era un médico castrense
profundamente religioso y con ingresos modestos. Cuando Munch tenía
sólo cinco años, murió su madre de tuberculosis. De la misma
enfermedad moriría su hermana Sophie a los quince años de edad, en
1877. Munch estuvo enfermo con frecuencia. Enfermedad, muerte y dolor
son motivos frecuentes en su obra. Después de un año en la Escuela
Técnica de Arquitectura, decide ser pintor. Estudia a los viejos
maestros, asiste a las clases de la Academia de Dibujo y, durante
algún tiempo, corrige sus trabajos el pintor más prominente de
Noruega, Christian Krogh. En dos o tres ocasiones, abandona la ciudad
durante el verano para pintar en la improvisada "academia al aire
libre" de Frits Thaulow, asimilando en seguida un realismo de
inspiración francesa.
Realismo
Las pinceladas de Munch son cada vez más audaces,
menos atadas a las convenciones del realismo. En 1885 realiza un corto
viaje de estudios a París. Ese mismo año empieza la obra que abriría
el camino del éxito al pintor noruego: "Niña
enferma". Durante muchos meses lucha contra el motivo para
hallar una expresión válida de su dolorosa vivencia personal. El
resultado fue radical; la crítica, en parte, demoledora. Munch
renunciaba a la perspectiva y la forma plástica, logrando una fórmula
de composición casi icónica. La ruda textura de la superficie muestra
todas las huellas de un laborioso proceso creador.
Amor y angustia son polos magnéticos del arte de
Munch. En "Atardecer" (1888), introduce por primera vez el erótico
drama triangular, de momento en forma discreta y realista. "Inger
en la playa" (1989) muestra el talento del pintor para la
descripción lírica de un estado de ánimo, acorde con la corriente
neorromántica del arte pictórico noruego.
En el verano de 1889, Munch y su familia alquilan una casa en
Åsgårdstrand, una pequeña localidad costera al sudoeste de Cristianía.
Es el característico litoral de esa zona el que aparece como
"leitmotiv" portador de sentido de tantas composiciones de Munch.
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"Madonna", de Edvard Munch |
Los bohemios de Cristianía
En 1889 pinta el retrato de
Hans Jæger, adalid del grupo de
artistas "Christiania-Bohème". Las relaciones con Jæger y su círculo
de anarquistas radicales serán un hito significativo en la vida del
pintor y fuente de nueva inquietud y conflictos. Ahora, Munch inicia
una amplia producción biográfico-literaria que reasumirá en diversas
fases de su vida. Estos tempranos apuntes servirán de anuncio de
varios de sus motivos principales en los años noventa. A tono con las
ideas de Jæger, el pintor intenta ofrecer primeros planos verídicos de
los anhelos y angustias del hombre moderno; quiere pintar su propia
vida.
Los años en Francia
En el otoño de 1889 inaugura una exposición
individual en Cristianía y solicita una beca del Estado. Las obras más
importantes de los últimos años presentan una forma menos provocativa
que "Niña
enferma", y se le concede beca de viaje tres años seguidos.
El pintor se traslada a París, donde es alumno de Léon Bonnat durante
breve tiempo. Más significativos impulsos recibe orientándose en el
ambiente artístico parisino, donde, a la sazón, triunfaba el
posimpresionismo con diversos experimentos antinaturalistas: clima
liberador para Munch, a quien el realismo no le satisfacía. "La cámara
fotográfica no podrá competir con el pincel y la paleta", escribe,
"mientras no pueda utilizarse en el cielo y en el infierno".
Poco después de su llegada a París el primer otoño,
recibe la noticia de la muerte de su padre. La soledad y melancolía
del cuadro "Noche"
(1890) se ven a menudo con este trasfondo. El interior oscuro, con la
solitaria figura junto a la ventana, queda dominado totalmente por los
tonos azules: una pintura de tonalidades que pueden recordar los
matices cromáticos de James McNeill Whistler. Esta obra, moderna e
independiente, es también expresión de la "decadencia" propia de la
última década del siglo.
En el Salón de Otoño de Cristianía, en 1891, expone
Munch entre otros el cuadro "Melancolía",
continuación de la temática de "Atardecer" e "Inger
en la playa". En estas pinturas predominan líneas arqueadas
y superficies cromáticas más homogéneas: una simplificacion y
estilización del motivo emparentadas con los sintetistas galos.
"Simbolismo quiere decir que la naturaleza la configura nuestro propio
estado de ánimo", escribe Munch. Por aquel tiempo, hizo Munch los
primeros bocetos de su famosa obra "El
grito". También pinta varios cuadros en un estilo
impresionista, casi puntillista, con motivos del Sena y del
paseo de Karl Johan, de Cristianía.
Pero lo que a Munch le interesa es lo que se puede
captar por el espíritu, no a través de los sentidos. "El
grito" ha recibido con frecuencia el título de "primer
cuadro expresionista" y constituye verdaderamente el más típico
ejemplo de la "pintura anímica" de Munch. Su fuerza expresiva se debe
en gran medida a las técnicas y efectos pictóricos empleados y se hace
patente en la estridencia del colorido y la sinuosidad de las líneas.
La escena en general y en especial la figura que aparece en primer
plano han sido dibujadas de manera grotesca. Los colores tienen una
consistencia irreal. Pintado a partir del "infierno interior" de Munch,
el cuadro visualiza asimismo un aspecto de la desesperación
omnipresente a finales de siglo, con sus connotaciones de angustia y
sentimiento apocalíptico. La fuerza demoledora del motivo lo proyecta
a nuestra época, demostrando la vigencia del tema.
Cuando creó
"El grito" Munch estaba en Berlín.
La obra se ha convertido,
según los críticos, en un símbolo de la enajenación del hombre
moderno.
El cuadro vibra con una fuerte expresión de
conflicto y tensión: el personaje central apoyado en la baranda de un
puente, la boca abierta, el rostro entre las manos, la expresión de
angustia y la distorsión de colores.
El propio Munch describió las circunstancias
que rodearon la creación de la obra: "Estaba caminando a lo largo de
un sendero con dos amigos. Se estaba poniendo el sol, y de pronto el
cielo se tornó de un color rojo sangre".
"Hice una pausa, sintiéndome exhausto, y me
apoyé en la cerca. Había sangre y lenguas de fuego sobre el fiordo de
color negro azulado y sobre la ciudad".
"Mis amigos siguieron caminando y yo me quedé
ahí temblando de ansiedad y sentí un grito infinito que atravesaba la
naturaleza", agrega Munch
Robaron "El
Grito"
El 22 de Agosto, dos ladrones amenazaron con
armas a los guardias de seguridad del Museo Munch -ubicado en Oslo- y
se llevaron "El grito" y "Madonna", dos piezas del genial pintor
noruego.
Pero Gunnar Sorensen, a cargo del museo, dijo
a la BBC que el sistema de seguridad funcionó: la alarma silenciosa se
activó inmediatamente y la policía llegó al lugar en pocos minutos.
"Tener campanas sonando o artefactos
similares no tiene sentido", explicó Sorensen al defender la
utilización de alarmas silenciosas y agregó que, si hubiera comenzado
a sonar una alerta, "los ladrones podrían haberse puesto nerviosos y
eso podría haber causado algún daño al cuadro".
Sin seguro
John Oyaas, director general de Oslo
Forsikring -la compañía aseguradora de los principales bienes de la
ciudad-, informó que el cuadro estaba protegido contra daños por fuego
o agua y no contra robos, debido a que era "irremplazable".
"No está considerado un bueno uso de recursos
asegurar esa clase de obras de arte contra robos o hurtos", explicó
Oyaas, alegando que aunque la galería obtenga una compensación
económica, no puede utilizar ese dinero para reemplazarlo.
Expertos estiman el valor sólo
del cuadro "El grito" en unos 54 millones de euros. El óleo fue
pintado por Munch en 1893 y está considerado uno de los cuadros más
importantes de la historia del arte
"Gracias"
Sorensen dijo desconocer qué podría pasar con
el cuadro, pero expresó su confianza en que la pintura de Munch pueda
ser recuperada.
"No sé que harán los ladrones con él,
probablemente no puedan venderlo en el mercado abierto así que habrá
que ver, pero yo soy optimista".
Noruega ha lanzado una cacería en todo su
territorio para recuperar una de las cuatro versiones del cuadro.
Una de las otras tres fue robada hace 10
años, también en Oslo, pero fue recuperada a los pocos meses.
En esa ocasión, los ladrones activaron la
alarma pero el guardia la ignoró. Para "devolver la gentileza", los
que se llevaron el cuadro dejaron un mensaje de agradecimiento:
"Gracias por la mala seguridad".
El experto en recuperación de cuadros Tony
Russell, que contribuyó a recuperar esa versión en 1994, indicó a la
BBC que poco pueden hacer las galerías cuando los asaltantes llevan
armas de fuego.
"Es muy difícil establecer un sistema de
seguridad infalible cuando la gente está preparada para utilizar
violencia de ese tipo para conseguir sus objetivos".
Para Russell, es posible que los ladrones
intenten cobrar un rescate por la pieza, al museo o al gobierno, o la
utilicen para negociar con otros criminales.
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Berlin
En el otoño de 1892, Munch ofrece una amplia
presentación de su arte, que incluye los frutos de su estancia en
Francia. Esta exposición resulta en una invitación del Círculo de
Bellas Artes de Berlín, donde se expondrán las mismas obras. La
exposición es un "succés de scandal". El público y los pintores de más
edad interpretan el arte de Munch como una provocación anarquista y,
en protesta, se clausura la exposición.
Edvard Munch ya tenía, pues, cierta fama en Berlín
cuando decide quedarse en la capital alemana. Se introduce en un
círculo de escritores, artistas e intelectuales, donde abundan los
escandinavos. Entre los miembros de ese círculo están el escultor
noruego Gustav Vigeland, el escritor danés Holger Drachman, el poeta
polaco Stanislaw Przybyszewski y el alemán Julius Meier-Graefe,
historiador de arte. Sin embargo, más decisivo para Munch será su
encuentro con el dramaturgo sueco
August Strindberg. En el círculo que
frecuenta Munch se habla de filosofía de Nietzsche, simbolismo,
psicología, ocultismo y la cara oculta de la sexualidad.
En diciembre de 1893 expone Munch en "Unter den
Linden", mostrando una serie de cuadros que integran un ciclo que el
artista llamaría más tarde "El friso de la vida": evocadores motivos
como "La
tormenta", "Claro
de luna" y "Noche estrellada", donde se intuye el influjo
de Arnold Böcklin. Otros motivos iluminan la faceta nocturna del amor,
como "Rose
y Amelie" y "Vampiresa".
Varias obras tienen como tema la muerte; el cuadro que llama más la
atención es "Muerte
en la alcoba" (1893), obra donde se evidencia la deuda
artística de Munch con los sintetistas y simbolistas franceses. En
tonos chillones y descoloridos, el cuadro muestra una escena
congelada, como el trágico final de un drama. El motivo se basa en el
recuerdo de la muerte de su hermana Sophie, y toda la familia de Munch
está representada. El foco dramático del cuadro se centra en la figura
que representa al propio Munch. Al año siguiente, la temática de "El
friso de la vida" es ampliada con los motivos de "Angustia",
"Cenizas",
"Madonna"
y "Mujer en tres fases". Junto con otros tres historiadores, edita
Stanislaw Przybyszewski, en 1894, la primera publicación sobre Munch.
El lo califica de "realismo psíquico".
En Berlín de nuevo
En la primavera de 1896, Munch abandona Berlín y se
instala en París. Allí vuelve a frecuentar la compañía de
Strindberg y Meier-Graefe y dedica
cada vez más atención a los recursos gráficos. En Berlín se había
iniciado en el grabado al aguafuerte y la litografía, y ahora crea
delicadas litografías de colores y sus primeros grabados en madera, en
colaboración con el famoso impresor Auguste Clot. Munch también
pensaba publicar una colección con el título de "El espejo", una
versión gráfica de "El friso de la vida". Por su supremo dominio de
los recursos técnicos y su gran originalidad artística, Munch es
considerado, hoy día, como unos de los clásicos del arte del grabado.
En 1896 y 1897 en Paris realizó Munch carteles para el Théâtre de
L'oeuvre de Lugné-Poe, con motivo de dos representaciones de Ibsen. Le
encargaron asimismo dibujar las ilustraciones de "Les Fleurs du Mal",
de Baudelaire, trabajo que no llegó a terminar por muerte del editor.
En 1898 de vuelta a Noruega realiza las ilustraciones de una
edición de la revista alemana "Quickborn", con texto de Strindberg.
Finales de siglo
Hacia fines de siglo, Munch pinta una serie de
cuadros nuevos, varios de tamaño grande, influidos, en parte, por la
estética del estilo Jugend, en boga a la sazón. La tensión psicológica
es manifiesta en los motivos de "La brusca roja" y "Melancolía.
Laura". Una atmósfera más misteriosa y "supraindividual"
tienen "Metabolismo"
y "Fertilidad".
El cuadro de gran formato que conocemos actualmente con el nombre de
"Metabolismo" (1898) lo enmarcó Munch en madera labrada. La obra, a la
que primero se conoció con el nombre de "Adán y Eva", nos revela la
primacía de la idea de pecado original en el pesimismo de Munch
respecto de las relaciones amorosas. Motivos tales como el de "La cruz
vacía" y "Gólgota",
ambos pintados en 1900, nos muestran la inclinación de Munch hacia la
metafísica, resultado sin duda de sus vivencias de niño y adolescente
en un ambiente familiar pietista. La intensidad de una relación
amorosa que vivía Munch por este tiempo afianzó su vocación artística.
La época de finales de siglo se caracteriza por ser fase de ex-perimentación
constante. Aparece un nuevo estilo decorativo y más colorista, sin
duda bajo la influencia del arte "naif" y en especial de Maurice Denis.
Ya en 1899 pintó Munch "La
danza de la vida", versión osada y personal del tema del
ciclo biológico humano, en la que el artista da monumentalidad al arte
decorativo.
De estos años son también una serie de cuadros
paisajistas del fiordo de Cristianía, estudios de la Naturaleza
decorativos y de gran sensibilidad, a los que se les ha dado "status"
de obras maestras de la pintura simbolista nórdica. "Las
chicas del puente", cuadro clásico y lleno de atmósfera, lo
pintó en Åsgårdstrand en 1901.
Época turbulenta
Por entonces, los desgastados nervios de Munch le
llevan a una estancia en el sanatorio. También vive unas turbulentas
relaciones amorosas con una acomodada "bohemia" de Cristianía, que
terminan en una dramática escena con revolver y todo en
Åsgårdstrand, en 1902, en la que Munch se daña un dedo de la mano
izquierda. Para Munch, este suceso se convierte en una obsesión, en
torno al cual urde mitos paranoicos. En una serie de caricaturas
burlescas, vierte su desprecio por Tulla y sus antiguos amigos de la "Christiania-Bohème".
Los rasgos de Tulla aparecen también en el motivo de "La
muerte de Marat" (dos versiones, ambas de 1907), que
normalmente se cree representa "la lucha entre hombre y mujer a la que
llaman amor".
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"El Grito", de Edvard Munch |
1902 es un año señalado para la carrera artística de
Munch en el Continente. Su primer mecenas importante, Max Linde, de
Lübeck, acaba de editar una entusiasta publicación: "Edvard Munch y el
arte del futuro". Ahora vienen unos años productivos de febril
actividad expositora y encargos de retratos de personas prominentes.
Los retratos de Munch, a menudo de cuerpo entero, van convirtiéndose,
paulatinamente, en parte importante de su producción. Ya iniciado el
siglo XX, los niños y su mundo ocupan también un lugar importante en
la obra munchiana. El retrato colectivo "Los
hijos del Dr. Linde" (1904) se considera una obra maestra
del arte moderno del retrato.
Nerviosismo y una vida irregular acarrean crecientes
problemas alcohólicos. De aquel tiempo son los monumentales retratos
quiméricos de
Friedrich Nietzsche. Durante visitas
sucesivas a Weimar, retrató el artista también a la hermana del
filósofo, Elisabeth Förster-Nietzsche.
Henrik Ibsen murió en mayo de 1906 y
en otoño del mismo año hizo Munch bocetos para la escenografía de la
representación de Max Reinhardt de la pieza teatral "Los Dobles" en la
nueva "pequeña escena" del Deutsches Theater de Berlín. Con los
encargos de Max Reinhardt, Henrik Ibsen va adquiriendo un lugar cada
vez más importante en la conciencia del artista. El "Autorretrato
con vino" (1906) muestra una figura estática y meditabunda,
sentada sola a la mesa de un café claustrofóbico, representación
gráfica de corte trágico que guarda parentesco espiritual con el
personaje de Osvald en el drama de Ibsen.
Algunas obras de esa época hacen que los críticos
asocien a Munch con los fauvistas franceses, debido a su brutal estilo
pictórico, con toscos y simplificados efectos de colorido. El grupo "Die
Brücke" muestra interés por Munch, pero no consigue que participe en
sus exposiciones. Motivos de esta época revelan claras señales de una
orientación más extrovertida. "Hombres
bañándose" (1907-08) es un homenaje a la virilidad vital.
Sin embargo, los problemas de nervios y el alcohol le producen una
depresión, y Munch pasa ocho meses en una clínica de Copenhague. En
Noruega, entretanto, se reconoció por fin su labor artística y,
mientras se hallaba internado, le fue concedida la Orden de San Olav.
El regreso a Noruega
Desde 1909, y hasta su muerte, Edvard Munch
residiría en Noruega. Primero se establece en Kragerø, población
costera más al sur de la capital, donde pinta entre otros cuadros
varios clásicos paisajes de invierno. Tras una larga polémica, se
acepta el esbozo de Munch para la decoración de la nueva aula magna de
la Universidad de Cristianía. El pintor había trabajado con los
bocetos durante varios años, en grandes estudios al aire libre que se
había hecho construir. El tema central es "El
sol": un amanecer en el fiordo, con el astro despuntando
entre las rocas frente al hogar del pintor en Kragerø. La explosiva
composición se puede considerar también como un símbolo de la energía
desbordante y vitalizadora de la existencia. Formando pareja en el
aula universitaria cuelgan "La Historia" y "Alma mater". Bajo un
enorme roble hay un viejo contando a un adolescente la saga humana.
Al borde del agua, se halla una mujer con un niño de pecho, mientras
que unos muchachos exploran el entorno natural. Son motivos
"arquetípicos", con la grandiosa monumentalidad del Renacimiento
primigenio y el fresco colorido reminiscente de una pintura mural. El
efecto superficial es decorativo, imbuido del lírico trazo lineal de
Munch.
El pintor noruego también muestra interés por el
creciente movimiento obrero en varios de los motivos de aquella época,
algunos de carácter monumental. "Obreros
volviendo a casa" (1913-15) es, a la vez, un estudio del
movimiento y de la perspectiva: un tratamiento pictórico de fenómenos
ópticos.
Aislamiento
En 1916 compra Munch la finca "Ekely", a las afueras
de Cristianía (desde 1924, Oslo). Allí vive cada vez más aislado, en
voluntaria reclusión, austeramente, rodeado solamente de sus cuadros.
Sigue mostrando gran productividad, pero de mala gana se separa de sus
"criaturas", aunque sí presta sus cuadros a varias exposiciones
internacionales.
En la década de los veinte, Munch se dedica
especialmente a estudios y composiciones basados en modelos. Muchas de
estas obras tienen un carácter exuberante y optimista, mientras que en
otras continúa explorando los temas conflictivos de fin de siglo. En
el arte del grabado, su producción sigue siendo considerable; entre
otras obras, pueden mencionarse varios retratos litográficos.
El Museo Munch de Oslo
A la muerte de Munch, en 1944, quedó de manifiesto
que su gran colección de cuadros e ingente y desordenada cantidad de
apuntes autobiográficos las heredaba la municipalidad de Oslo. El
Museo de Munch, que se inauguró en
1963, alberga, pues, una colección única en el mundo de la obra del
artista. Allí se conserva también material que arroja luz sobre todas
y cada una de las fases por las que atravesó el genio creador de Munch.
Nasjonalgalleriet de Oslo es, por su parte, propietaria de una
selección escogida de cuadros de Munch, en especial de las obras
principales de su primera época. Encontramos también obras maestras
del pintor en la "Billedgalleri" de Bergen
Expresionismo
(del francés «expression»: expresión).
Corriente artística y literaria. Surgió a comienzos del siglo XX
(grupo de pintores alemanes que se unieron en 1905 en torno a la
revista «El puente»), pero alcanzó difusión después de la primera
guerra mundial. Representantes: Max Pechstein, Franz Mare, Ernest
Kirchner, Paul Klee (Alemania), Oskar Kokoschka (Austria), Marc
Chagall (Rusia) y otros. Influyeron en la formación del expresionismo
Cézanne, Van-Gogh, Edvard Munch, Ferdinand Hodler y James Ensor. El
fondo social del expresionismo radica en la protesta anárquica de la
intelectualidad burguesa y pequeñoburguesa contra las lacras del
capitalismo; su concepción estética es el subjetivismo extremo. «Hemos
de olvidar todas las leyes, únicamente nuestra alma es un auténtico
reflejo del universo» (Kokoschka); «el expresionista cree sólo en la
realidad creada por él mismo pese a toda otra realidad de la vida» (Kasimir
Edschmid). El primado de la forma sobre el contenido, de lo individual
sobre lo social, de lo irracional sobre lo lógico, ha hecho del
expresionismo una tendencia decadente, formalista. En sus obras, los
expresionistas tergiversan por completo el mundo real, viéndolo tan
sólo como pretexto para plasmar sus sentimientos desequilibrados y
darles forma objetiva. De ahí su inclinación a lo extraordinariamente
grotesco, a mezclar los planos de la representación, a desfigurar los
objetos, &c. El expresionismo se ha manifestado también en literatura
(Walter Hasenclever, Edschmid, en parte Leonid Andréiev, August
Strindberg y otros), en escultura (Alexander Archipenko, Wilhelm
Lehmbruck), en el teatro (K. J. Martin, Leopold Jessner
y otros), en el cine (Robert Wiene, Paul Leni), en música (Arnold
Schönberg). El expresionismo no ha sido homogéneo. Sus representantes
de izquierda (Georg Kaiser, Georges Grosz; más tarde, F. Evergut, y
otros) han criticado el capitalismo, se han manifestado contra la
guerra. Al expresionismo se adscribieron, al principio de su obra
creadora, Johannes Becher, Bertolt Brecht, O. Nagel. No obstante, en
su conjunto, el expresionismo poseía un carácter burgués,
antihumanista. En la actualidad, con el término de «expresionismo
abstracto» se designa el abstraccionismo
Síntesis de las características del expresionismo
Distorsiona las formas y recurre al uso de
colores fuertes y puros, con combinaciones al azar, todo esto con la
intención de alimentar sus obras de una desmedida fuerza psicológica y
expresiva.
Está presente el uso de las líneas buscando transmitir el ritmo de los
sentimientos.
Protagonizan las obras elementos como máscaras y
paisajes. Se deja de lado la representación objetiva de la figura
humana dando paso a rostros desfigurados y tristes.
Predominan los colores los colores azul, amarillo y verde,
contrastando con el blanco y negro.
Edvard Munch.
La dama y el esqueleto -
Octavio Paz -
México 1988
Hace ya muchos años, en una exposición celebrada en París, pude ver
algunas obras de Edvard Munch: El grito, Madona, varios retratos y
autorretratos, grabados, dibujos. La seducción fue instantánea y de
una especie particular que no puedo llamar sino abismal: como asomarse
a un precipicio. Desde entonces la pintura de Munch no cesó de
atraerme, La verdadera revelación la experimenté más tarde. En el
verano de 1985 mi mujer y yo pasamos una corta temporada en Oslo y uno
de los primeros lugares que visitamos fue el Museo Edvard Munch.
Volvimos varias veces: no sólo es uno de los mejores del mundo, entre
los consagrados a un artista y su obra, sino que puede verse como una
sorprendente asamblea de retratos simbólicos. Aclaro: esos cuadros no
cuentan una vida sino que nos revelan un alma. Nuestra impresión fue
más honda porque recorrimos las salas del museo bajo el imperio del
verano nórdico. La pasión que atraviesa la pintura de Munch nos
pareció una respuesta a la intensidad de la luz y a la vehemencia de
los colores. Erupción de vida: los árboles, las flores, los animales,
la gente, todo, estaba animado por una vitalidad a un tiempo inocente
y terrible. Las ventanas de nuestra habitación daban a un parque y
cada noche -era imposible dormir- veíamos deslizarse entre los árboles
las sombras de Oberón, Titania y su cortejo de elfos y trasgos.
También pasaban los personajes que habíamos visto unas horas antes en
el Museo Munch, elfos reconcentrados y perseguidos por su idea fija,
elfos sonrientes, enigmáticos, crueles. Pensé: el solsticio de verano
y su vegetación de sangre es un acorde de ritmo cósmico; el otro son
los desiertos blancos, azules y negros del solsticio de invierno.
Ambos combaten y se funden en la obra de Munch.
Hay artistas que se desarrollan en múltiples direcciones, como árboles
de muchas ramas; otros siguen siempre la misma ruta, guiados por una
fatalidad interior. Munch pertenece a la segunda familia. Aunque pintó
durante más de sesenta años y su obra es extensa, no es variada. En su
evolución se advierten titubeos, períodos de búsqueda y otros de
plenitud creadora, no esos cambios buenos y esas rupturas que nos
sorprenden en Picasso y en tantos otros artistas modernos. Su relativa
simplicidad estilística contrasta con su complejidad psicológica y
espiritual. Pero al hablar de "simplicidad estilística" temo haber
cometido una inexactitud; debería haber escrito unidad: las obras
pintadas en 1885 prefiguran a las que pintaría toda su vida. Esta
unidad no es carencia técnica; Munch utilizó diversos medios, del óleo
al grabado, y en todos ellos reveló maestría. Fue un innovador en el
dominio del grabado en madera y como dibujante nos ha dejado obras
memorables, en las que no sé si admirar más la seguridad de la línea o
la emoción del trazo. Fue un verdadero colorista, no por el equilibrio
de los tonos o la delicadeza de la paleta sino por la vivacidad y
energía del pincel. En suma, la unidad de su estilo fue el resultado
de una fatalidad personal: no una elección estética sino un destino.
Pero un destino libremente aceptado.
En sus comienzos, después de un breve período naturalista, hizo suya
la lección de los impresionistas. Por muy poco tiempo, pues muy
rápidamente dio el gran salto hacia su propia e inconfundible manera:
un expresionismo avant la lettre. Es comprensible que su ejemplo haya
influido profundamente en los expresionistas de Die Brücke, como Nalde
y Kirchner, en Max Beckmann y en los austríacos Kokoschka y Schiell.
Son conocidas las influencias y afinidades entre Orozco y los
expresionistas. Es muy probable que el artista mexicano haya conocido
la obra de Munch: las acuarelas y dibujos de la primera época (Escenas
de mujeres) presentan indudables parecidos con telas y grabados de
Munch que tienen también por temas bailes y escenas de burdel. Munch
fue un precursor del expresionismo pero esta tendencia no lo define
enteramente; no es difícil percibir en la pintura su presencia de una
corriente antagónica: el simbolismo. Extrañas nupcias entre la
realidad más real y la transrealidad. Munch fue un heredero de Van
Gogh y de Gauguin: más tarde, se interesó en el fauvinismo, con el que
tiene más de una afinidad. Pero la "ferocidad" de los fauves es más
epidérmica y carece de la angustiosa ambigüedad psicológica de Munch.
En un breve ensayo consagrado al pintor noruego, André Breton acertó a
delinear su verdadera genealogía espiritual: "Munch supo,
ejemplarmente, utilizar la lección de Gauguin, en un sentido muy
distinto al fauvinismo... Fiel al espíritu a las grandes
interrogaciones sobre el destino humano que marcan sobre las obras de
Gauguin y de Van Gogh, nos precipitó en el espectáculo de la vida, en
todo lo que éste ofrece de locura y perdición". La intervención de las
potencias nocturnas -el sueño, el erotismo, la angustia, la muerte-
une a Munch, por el puente de Gauguin, con la tradición visionaria de
la pintura. Así anunció, oblicuamente, algunas tentativas del
surrealismo.
El gran período creador se inició en Alemania, en 1892. Fueron los
años de su amistad con Strindberg y de su interés por el pensamiento
Nietzsche; asimismo, los de la serie de esas obras maestras, por su
intensidad y por su hondura, que él llamó El friso de la vida. Antes
había frecuentado, en sus años de París, la poesía de Mallarmé (nos
dejó un retrato del poeta) y siempre la de Dostoievski. La serie La
ruleta (1892 es un homenaje al novelista ruso. Leyó también a
Kierkegaard y admiró a Ibsen (decorados para Hedda Gabbler, carteles
para Pierre Gynt y Juan Gabriel Borkman). El pensamiento anarquista lo
marcó, como a otros artistas de esa época. Estas influencias
literarias y filosóficas tuvieron la misma función que las pictóricas:
iluminarlo por dentro. En pocos artistas las fuerzas instintivas e
inconscientes han sido tan poderosas y contradictorias como en Munch;
también en muy pocos han sido tan lúcida y valerosa la mirada
interior. Vasos comunicantes: el alma, y sus conflictos, se transformó
en la línea sinuosa y enérgica; el hervor de la pasión se volcó en el
chorro de pintura. El crítico Arne Eggun subraya que en 1893 Munch
empezó a salpicar sus telas con pigmentos para utilizar las manchas e
incorporarlas a la composición. Medio siglo antes de André Masson y de
David Alfaro Siqueiros, reconoció y usó las posibilidades del
accidente en la creación artística. Strindberg fue sensible a las
experiencias de su amigo y dos años después, señala Eggun, "publicó un
ensayo con el título de El azar en la creación artística". A Munch no
le interesaba la invención por sí misma; buscaba la expresión: "Al
pintar una silla -dijo alguna vez- lo que debe pintarse no es la silla
sino la emoción sentida ante ella". Sin embargo, para expresar hay que
inventar: las confecciones del artista se vuelven ficciones y las
ficciones emblemas vivientes del destino humano.
En la pintura de Munch aparecen una y otra vez, con escalofriante
regularidad, ciertos temas y asuntos. Repeticiones obsesivas, fatales,
pero, asimismo, voluntariamente aceptadas y quizá buscadas. Munch
llamó a estas repeticiones: copias radicales. Por una parte, son
documentos, instantáneas de ciertos estados recurrentes, unos de
extrema exaltación y otros de abatimiento no menos extremo; por otra,
son revelaciones del misterio del hombre, perdido en la naturaleza o
entre sus semejantes. Perdido en sí mismo.
Para Munch el hombre es un juguete que gira entre los dientes acerados
de la rueda cósmica. La rueda lo levanta y un momento después lo
tritura. En esta visión negra del destino humano se alían el
determinismo biológico de su época y su cristianismo protestante, su
infancia desdichada -las muertes tempranas de su madre y de una
hermana, la locura de otra,- y el pesimismo de Strindberg, su creencia
supersticiosa en la herencia y la sombra de Raskolnikov, sus
tempestuosos amores y su alcoholismo, su profunda comprensión del
mundo natural -bosques, colinas, cielos, mar, hombres, mujeres, niños-
y su horror ante la civilización y el feroz animal humano.
Munch trasciende su pesimismo a través de la misión transfiguradora
que asigna a la pintura. El artista no es el héroe solitario de los
románticos; es el testigo, en el antiguo sentido de las palabra: el
que da fe de la realidad de la vida y del sentido redentor del dolor
de los hombres. El arte es sacrificio y la obra es la
transubstentación de ese sacrificio.
En el mundo moderno el artista es un Cristo. Su cruz es femenina. La
Madona es la conjunción de todos los poderes naturales, es tierra y es
agua, es hierba y es plaga, la luna y una bahía pero sobre todo es
tigre. Es uno de los dientes de la rueda cósmica. La contradicción
universal -vida y muerte- encarna en la lucha entre los sexos y en esa
batalla la eterna vencedora es la mujer. Dadora de vida y de muerte,
mata para vivir y vive para matar.
Una de las "copias radicales" más repetidas y turbadoras de Munch es
la pareja Marat y Carlota Corday, llamada también La asesina o El
asesinato. La primera versión es de 1906 y al principio tenía como
título: Naturaleza muerta. Su comentario es revelador: "He pintado una
naturaleza muerta tan bien como cualquiera de Cézanne -se refiere a un
plato de frutas que aparece en el primer plano- con la única
diferencia de que, en el fondo del cuadro, pinté a una asesina y a su
víctima". Las últimas versiones de este cuadro son de 1933 y 1935, un
poco antes de su muerte. La comparación el el célebre óleo de David es
instructiva: los personajes abandonan el teatro de la historia, dejan
de ser personajes y se convierten en personas comunes y corrientes.
Así, alcanzan una ejemplaridad más profunda e intemporal: son imágenes
de la rotación de la rueda cósmica.
La mujer es uno de los ejes del universo de Munch. El otro es el
hombre o, más exactamente, su soledad: el hombre solo ante la
naturaleza o ante la multitud, solo ante sí mismo. Sus autorretratos
son numerosos y pertenecen a todas sus épocas. Nunca cesó de
fascinarlo su persona, pero en esa fascinación no hay complacencia: es
un juicio más que una contemplación y, más que un juicio una
disección.
Prometeo no encadenado a una roca sino sentado en una silla y
picoteado no por un águila sino por su propia mirada. Prometeo es un
hombre de hoy, uno de nosotros, no ha robado el fuego y paga una
condena por un pecado sin remisión: estar vivo. El lugar de su condena
no es una montaña en el Cáucaso ni las entrañas de la tierra: es una
habitación cualquiera en esta o aquella ciudad. O una calle por la que
desfilan transeúntes anónimos.
Munch fue uno de los primeros artistas que pintó la enajenación de los
hombres extraviados en las ciudades modernas. Su cuadro más célebre,
El grito, parece una imagen anticipada de ciertos paisajes de The
Waste Land.
Nada de lo que han hecho los pintores contemporáneos, por ejemplo
Edward Hopper, tiene la desolación y la angustia de esa obra. Oímos El
grito no con los oídos sino con lo ojos y con el alma. ¿Y qué es lo
que oímos? El silencio eterno. No el de los espacios infinitos que
aterró a Pascal sino el silencio de los hombres. Un silencio
ensordecedor, idéntico al inmenso e insensato clamor que suena desde
el comienzo de la historia. El grito es el reverso de la música de las
esferas.
Aquella música tampoco podía oírse con los sentidos sino con el
espíritu.
Sin embargo, aunque inaudible, otorgaba a los hombres la certidumbre
de vivir en un cosmos armonioso; El grito de Munch, palabra sin
palabra, es el silencio del hombre errante en las ciudades sin alma y
frente a un cielo deshabitado
La angustia de Munch -
José
A Samaniego, crítico de arte - 0804
A mano armada y en medio de
nutridos grupos de visitantes tempraneros, dos encapuchados se han
llevado obras de Edvard Munch (Löiten, 1863-Oslo, 1944), padre del
expresionismo y artista emblemático de su país, Noruega. El robo
sucedía a las nueve y cuarto de la mañana del domingo en el Museo
Munch de Oslo. Este museo, inaugurado en 1963, contiene «1.100
pinturas, cerca de 6.000 esbozos, dibujos y acuarelas, y alrededor de
18.000 grabados» (datos del «Diccionario Akal de arte del siglo XX».
Voz Munch). La base de este museo monográfico fue la donación a la
ciudad de sus papeles y obras realizadas por el artista a su muerte,
ocurrida un año antes de finalizar la II Guerra Mundial. El
expresionismo fue una de las vanguardias del siglo XX, tal vez la que
se consideraba menos innovadora en un principio. Pero dio origen a
varios grupos de artistas alemanes, como «El puente» y «El caballo
azul», una escuela de cine alemán (Murnau, Lang) en los años 20 y
fecundó la abstracción y el surrealismo mediante el mestizaje de
vanguardias a partir de la mitad del siglo.
Edvard Munch llegó a París en 1889, gracias a una beca del Estado
noruego. Vivió en contacto con los pintores y escultores de la
vanguardia europea en los años de fin de siglo hasta la I Guerra
Mundial, instalándose desde 1916 en su propiedad de Ekely. Viajó mucho
y expuso en París, Múnich, Berlín, Viena y Praga, relacionándose con
los movimientos artísticos de toda Europa. Su obra se reproducía en
grabados, de modo que era muy popular. De «El grito» se conocen dos
versiones pintadas y varias ediciones en litografía. Era una estampa
muy conocida, Munch fue un hombre nervioso y depresivo, cliente
habitual de médicos y psiquiatras. Su destino personal, sus angustias
y depresiones encajan perfectamente con el lado más oscuro del siglo
XX. Los cuadros robados pertenecen al Munch joven (1893) y más
espontáneo.
En «El grito» una figura cadavérica se lleva las manos a la cabeza
ante un grito insoportable.
¿Quién grita? Grita el hombre y grita la naturaleza y grita la propia
pintura, con sus colores agresivos («nubes como sangre verdadera»,
decía el autor) y las ondas sonoras que se arquean y multiplican,
configurando el paisaje como en una pesadilla. Este cuadro se ha
convertido en una imagen arquetípica del siglo XX. El hombre moderno
se angustia, porque el proyecto de la razón ilustrada, que pretendía
redimir a la humanidad a través del conocimiento y de la ciencia, se
ha venido abajo y ha tenido como resultado un siglo salvaje y
sobrecogedor. La relación del hombre con la naturaleza en el siglo XX
no es gozosa ni satisfactoria, sino tensa y exasperada. Los artistas
trasmiten el horror atómico, el ataque ecológico, la inhumanidad de
guerras y masacres, el innombrable Holocausto, la brutalidad del
ordenamiento económico mundial...
«Madonna» es una obra menos conocida pero igualmente intensa. El
título se refiere a los amables cuadros religiosos de la Virgen con el
Niño que de manera tan abundante pintaron los artistas durante el
Renacimiento, especialmente en Italia. «Madonna» significa en italiano
«mi señora». Pero la «Madonna» de Munch es literalmente una vampiresa
«come hombres», una mujer desnuda y con los ojos semicerrados, que
provoca y se ofrece pasivamente al espectador. Alrededor de su cabeza,
cubierta de negra cabellera larga y espesa, y siguiendo sus líneas, se
abre un amenazador cielo rojo y negro. Pero más curiosos e
interesantes son los bordes del cuadro, por donde pululan
espermatozoides que corren alrededor de la mujer, y un feto humano en
la parte baja del lienzo. El significado es diáfano. Munch vive en
medio de la depresión y de la angustia. Es una persona profundamente
insegura. Las relaciones sexuales son imposibles para él, puesto que
no es dueño de sí mismo. Tiene miedo a la mujer, la ve como una
«mantis religiosa», eso es claro. Le aterra la responsabilidad de un
hijo. Y se siente culpable. De modo que «Madonna» refleja las
tensiones entre padres e hijos, el fracaso de las relaciones
interpersonales entre hombre y mujer, los celos, el odio y la tristeza
del desamor, la disolución de la familia tradicional, en fin, esa otra
vertiente más íntima que explica la infelicidad del ser humano a lo
largo del siglo XX.
En la primavera de 1998 tuve la suerte de presenciar la exposición de
Munch organizada en uno de los palacios del Trocadero en París. Fue
para mí una experiencia inolvidable. Por eso, porque los cuadros de
Edvard Munch trascienden sus fronteras y resultan patrimonio de la
humanidad, todos hemos perdido con este robo. Ya nos hemos olvidado en
Asturias del robo de la Cámara Santa, cometido el 10 de agosto de
1977, cuando un joven de 20 años se coló a través de un andamio,
arrancó la lámina de oro de la Cruz de la Victoria, las diez ágatas de
la famosa caja y 50 piedras preciosas. Fue como si nos hubieran robado
el alma a los asturianos, porque esas piezas, por más que fueran
propiedad de la Iglesia, formaban parte de la identidad de Asturias y
del conjunto de España. No era una cuestión de religión, sino de
patrimonio.
Aprendamos de estos robos, tan frecuentes en el mundo y tratemos de
ponerles remedio, mediante la identificación y catalogación de las
obras, además de las medidas de seguridad. De todas maneras, mientras
en la sociedad de consumo sigan prevaleciendo los valores económicos
por encima de cualquier otra consideración, ¿por qué no se van a
seguir produciendo robos de obras de arte? Los ladrones tienen que
venderlas a alguien. ¿Quién las compra? Recordad las tumbas del
antiguo Egipto, dedicadas a los valores de la más sagrada
inmortalidad. Nada pudo impedir que fueran saqueadas.
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