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Herbert Marcuse

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Herbert Marcuse, filósofo norteamericano de origen alemán (1898-1970) constituyó la base de la nueva izquierda y de su agenda para los tiempos por venir. A poco más de tres décadas del Mayo Francés de 1968, puede hacerse un balance sobre sus concepciones que constituyeron el credo critico de aquellas jornadas parisinas que se extendieron luego por todo el mundo. Demostró que el marxismo podía tener otra cara menos dogmática y burocrática y que sus libros eran una lectura crucial y cruzada de Hegel, Marx y Freud.

Fue como un relámpago en medio de la tormenta. Cuando la rebelión estudiantil-obrera de 1968 se extendió por toda Francia y sus ecos resonaron en Europa y América, el nombre de Herbert Marcuse fue enarbolado por las masas insurrectas. En Rosario, en junio de ese año, los estudiantes enfrentaron a la dictadura del general Juan Carlos Onganía, preanuncio del Cordobazo que llegaría un año después.

¿Quién era Marcuse? ¿Por qué se lo reclamaba a ese intelectual de edad madura como paradigma de los rebeldes? El viejo profesor de Harvard, de Columbia, de Brandeis y de la Universidad de California tenia, a los setenta años, una vida dedicada al trabajo científico. Había sido el más combativo intelectual entre los integrantes de la llamada Escuela de Frankfurt, el centro que a partir de 1923 reunió a la conciencia del marxismo crítico centroeuropeo, que no cedió por aquellos años al dogmatismo estalinista.

Curiosamente, el Instituto de Investigaciones Sociales de Frankfurt, al que pertenecieron Marcuse, Karl Korsch, Walter Benjamin, Erich Fromm, Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, entre otros, fue financiada por el empresario cerealero argentino, Félix Weil.
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En América latina, la revista cubana Pensamiento Crítico, de Fernando Martínez Heredia que apareció entre 1968 y 1970, fue la expresión más importante de esta concepción creadora del marxismo. 

De Hegel a Marx y la Revolución

Marcuse había nacido en Berlín, el 19 de julio de 1898, culminando sus estudios en 1921, en Friburgo de Brisgovia, bajo el influjo de Edmund Husserl, Martín Heidegger y Guillermo Dilthey. Los dos primeros fueron los representantes más lúcidos del idealismo alemán poshegeliano. Husserl fue un antipositivista racionalista; Heidegger un irracionalista ganado por el nazismo.

En 1932 publicó su Ontología de Hegel y teoría de la historicidad y al año siguiente, con el triunfo hitlerista, junto con sus amigos de la Escuela de Frankfurt, emigra primero a Suiza y luego a Francia y los Estados Unidos. El macarthismo lo persiguió en los cincuenta y sesenta; el gobernador de California, Ronald Reagan, lo hizo expulsar de la Universidad.

Cuando se produjo el Mayo Francés, Marcuse, que en 1965 había condenado la escalada norteamericana en Vietnam, expresó: "Creo que los estudiantes se rebelan contra nuestro modo de vida, y rechazan las ventajas de esta sociedad, así como sus males, y aspiran a un mundo donde la concurrencia, la lucha de las personas, entre ellas, el engaño, la crueldad y la represión no tendría razón de ser".

Marcuse fue en esa época lo que Michel Foucault fue en los ochenta, un avivador de ideas renovadoras antitotalitarias. En El marxismo soviético anunció la debacle del régimen posestalinista; y en las obras El hombre unidimensional; Eros y civilización y El final de la utopía, conjuntamente con La sociedad carnívora y Razón y revolución, formuló un diagnóstico crítico del mundo capitalista, vaticinando su ocaso.

La respuesta del comunismo oficial, de la vieja socialdemocracia y, curiosamente, de los liberales y capitalistas, fue que se trataba de un intelectual "anarquista", que se había vuelto "loco".

De la mano de Hegel, de Marx y Sigmund Freud estudió las sociedades industriales avanzadas, los peligros de la tecnocracia deshumanizadora, el surgimiento de sociedades excluyentes de las grandes masas y "cerradas", obturadas por un "positivismo cientificista" que negaba el pensamiento científico auténtico en nombre de determinismos totalitarios. 

Tecnocracia, posmodernidad e irracionalismo

El pensador alemán reveló la naturaleza irracionalista de una supuesta "racionalidad" tecnocrática, no desde el punto de vista del medioevo sino teniendo en cuenta todo el pensamiento y la historia del humanismo.

Para él, la filosofía, como el individuo y la sociedad misma, se volvió unidimensional, y copia acrítica del discurso de las ciencias sin reflexionar sobre las implicancias sociales e individuales de ese discurso.

Ante el mundo de la posmodernidad, Marcuse advirtió tempranamente: "Los individuos y las clases reproducen la represión mejor que en ninguna época anterior, pues el proceso de integración tiene lugar, en lo esencial, sin un terror abierto: la democracia consolida la dominación más firmemente que el absolutismo, y libertad administrada y represión institiva llegan a ser fuentes renovadas sin cesar de la produtividad".

Reclamó hasta su muerte, el 29 de julio de 1979, por la toma de conciencia de las nuevas generaciones, trascendiendo los mitos y los dogmas. Habló de formas de opresión y no solo de "proletarios"; abogó por las minorías discriminadas y por las mayorías marginadas. Revalorizó el papel de los intelectuales, solicitándoles su compromiso por los débiles y los indefensos.

Tampoco se hizo ilusiones. Sobre los intelectuales dijo que "nuestro papel es un papel limitado. En ningún caso debemos hacernos ilusiones. Pero todavía es peor sucumbir al derrotismo ampliamente difundido que presenciamos".

Vislumbró el derrumbe soviético y la crisis del mundo occidental capitalista. No era pesimista aunque no creía en el paso automático a nuevas formas de poder, de la sociedad y de cultura.

Diagnosticó un período de barbarización creciente, violencia, marginización, segmentación social, destrucción del medio ambiente y señaló el "paralelismo histórico con los bárbaros amenazando el imperio continuado de la civilización" y agregaba: "pero existe la posibilidad de que en este período, los extremos históricos se encuentren otra vez: los extremos históricos se encuentren otra vez: la conciencia más avanzada de la humanidad y la fuerza más explotada". Recordó, entonces, las palabras de Walter Benjamin escritas en los comienzos del nazismo: "sólo gracias a aquellos sin esperanza nos es dada la esperanza".


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