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La Malinche: la
lengua en la mano De acuerdo con Bernal Díaz del Castillo, Malintzin era una mujer nativa del pueblo de Painalla, en la provincia de Coatzacoalcos (en el actual estado de Veracruz), y “desde pequeña fue gran señora y cacica de pueblos y vasallos”. Sin embargo, su vida cambió cuando, aun siendo niña, su padre murió y su madre contrajo nuevas nupcias con otro cacique, de cuya unión nació un hijo varón, a quien se determinaría dejar el cacicazgo una vez que éste tuviera la edad suficiente para asumir el control del mismo, haciendo a un lado a la Malintzin como posible sucesora.
A los pocos días de este encuentro con los indígenas tabasqueños, Cortés se hizo nuevamente a la mar, con rumbo al septentrión, bordeando la costa del Golfo de México hasta alcanzar los arenales de Chalchiucueyehcan, explorados ya con anterioridad por Juan de Grijalva en su expedición de 1518 –en ellos se asienta ahora el moderno puerto de Veracruz–. Parece ser que durante este trayecto Malinche y el resto de las nativas fueron bautizadas bajo la religión cristiana por el clérigo Juan de Díaz; recordemos que para que pudiese haber unión carnal con estas nativas, los españoles tenían que reconocerlas antes como partícipes de la misma fe que ellos profesaban. Asentados ya en Chalchiucueyehcan, unos soldados se percataron de que Malintzin conversaba animadamente con otra naboría, una de aquellas mujeres enviadas por los mexicas para hacer tortillas a los españoles, y que la plática era en lengua mexicana. Sabedor Cortés de aquel hecho la mandó llamar, certificando que hablaba tanto el maya como el náhuatl; era pues, bilingüe. El conquistador quedó maravillado, porque con ello tenía resuelto el problema de cómo entenderse con los aztecas, y eso iba de acuerdo con su deseo de conocer el reino del señor Moctezuma y su ciudad capital, México-Tenochtitlan, de la cual ya había escuchado fantásticos relatos. Así pues, Malinche deja de ser una mujer más al servicio sexual de los españoles y se convierte en la inseparable compañera de Cortés, no sólo traduciendo sino también explicando al conquistador la forma de pensar y las creencias de los antiguos mexicanos; en Tlaxcala aconsejó cortar las manos de los espías para que así los indígenas respetaran a los españoles. En Cholula avisó a Cortés de la conspiración que supuestamente los aztecas y los cholultecas planeaban en su contra; la respuesta fue la cruel matanza que el capitán extremeño hizo de la población de esta ciudad. Y ya en México-Tenochtitlan explicó las creencias religiosas y la visión fatalista que imperaban en la mente del soberano tenochca; también peleó al lado de los españoles en la famosa batalla de la “Noche Triste”, en la que los guerreros aztecas, encabezados por Cuitláhuac, expulsaron de su ciudad a los conquistadores europeos antes de que fuera finalmente sitiada el 13 de agosto de 1521. Tras la caída a sangre y fuego de México-Tenochtitlan, Malintzin tuvo un hijo con Cortés, a quien dieron el nombre de Martín. Tiempo después, en 1524, durante la fatídica expedición a las Hibueras, el mismo Cortés la casó con Juan Jaramillo, en algún lugar cercano a Orizaba, y de aquella unión nació su hija María. Doña Marina, como fue bautizada por los españoles, murió misteriosamente en su casa de la calle de La Moneda, una madrugada del 29 de enero de 1529, según afirma Otilia Meza, quien dice haber visto el acta de defunción firmada por fray Pedro de Gante; quizá fue asesinada para que no declarara en contra de Cortés en el juicio que se le seguía a éste. Sin embargo, su imagen, plasmada en las coloridas láminas del Lienzo de Tlaxcala o en las memorables páginas del Códice Florentino, aún nos recuerdan que ella, sin proponérselo, fue la madre simbólica del mestizaje en México... |
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La Malinche: la lengua en la mano - Margo Glantz
Calar hondo para
descubrir el secreto de las tierras recién descubiertas, parece
haber sido una de las preocupaciones esenciales de Cortés. Esas
frases se repiten a menudo en la primera carta de relación y en
la segunda. En el pliego de instrucciones que Diego Velázquez le
entrega a Cortés, antes de salir de Cuba, se lee:
¿Cómo hacer para descubrir el secreto que también a ella la encubre? Todos los cronistas la mencionan a menudo, con excepción de Cortés, quien sólo una vez la llama por su nombre, en la Quinta Carta de Relación3. Coinciden, además (incluso el marqués del Valle), en señalar que Marina formaba parte de un tributo o presente entregado al Conquistador después de la batalla de Centla, a principios de 1519, en dicho tributo se incluyen veinte mujeres para moler maíz, varias gallinas y oro4. Forma parte de un paquete tradicional o, mejor, de un lote, semejante al constituido para el trueque o rescate, pero en el que por lo general no entran las mujeres; cuando ellas se añaden al lote, es un símbolo de vasallaje (los cempoaltecas «fueron los primeros vasallos que en la Nueva España dieron la obediencia a su majestad»)5 aunque también puede ser de alianza, como puede verse luego en las palabras del cacique tlaxcalteca Maxixcatzin: «démosles mujeres [a los soldados principales de Cortés] para que de su generación tengamos parientes»6.
López de Gómara formula de esta manera el
intercambio:
Desde el inicio de la Conquista uno de los recursos para conseguir intérpretes era apoderarse de los indios, para que, como califica Las Casas, «con color de que aprendiesen la lengua nuestra para servirse dellos por lenguas, harto inicuamente, no mirando que los hacían esclavos, sin se lo merecer»9.
Entremetida y
desenvuelta Pero me detengo un poco: ¿qué es, en realidad, un o una lengua? En el primer Diccionario de la lengua castellana, Covarrubias lo define como «el intérprete que declara una lengua con otra, interviniendo entre dos de diferentes lenguajes». A partir de esto -haré unas observaciones pertinentes- se deducen de las fuentes históricas, y es bueno volver a tomarlas en cuenta: 1. Antes de tener lengua, los españoles se entienden con los naturales usando de una comunicación no verbal, «diciéndoles por sus meneos y señas», según Las Casas10 o Bernal «y a lo que parecía [...] nos decían por señas que qué buscábamos, y les dimos a entender que tomar agua»11. 2. Luego, al apoderarse a la fuerza de los naturales «para haber lengua», no se espera una verdadera comunicación. Las Casas expresa verbalmente sus dudas, acerca del Melchorejo: «traía el Grijalva un indio por lengua, de los que de aquella tierra había llevado consigo a la isla de Cuba Francisco Hernández, con el cual se entendían en preguntas y respuestas algo»12; de quien también dice Gómara: «Mas como era pescador, era rudo, o más de veras simple, y parecía que no sabía hablar y responder»13. 3. Por su peso cae que el lengua debe saber hablar, «declarar una lengua con otra», «intervenir». Ni Juliancillo ni Melchorejo, los indios tomados durante el primer viaje de Hernández de Córdova, y distinguidos así con ese diminutivo paternalista, son capaces de cumplir al pie de la letra con su oficio de lenguas, que por otra parte no es el suyo. Tampoco lo pueden hacer la india de Jamaica, sobreviviente de una canoa de su isla que dio a través en Cozumel, y que ya hablaba maya14, ni el indio Francisco, nahua, torpe de lengua15, encontrados ambos durante el segundo viaje, el de Grijalva16. 4. El sexo de las lenguas que se eligen es por regla general el masculino, con algunas excepciones, la recién mencionada, la india jamaiquina, por ejemplo, y la Malinche. El Conquistador Anónimo afirma que los mexicas son «la gente que menos estima a las mujeres en el mundo»17. En consecuencia, sólo por azar se piensa en ellas, como bien lo prueba su escasez.
5. Los prisioneros de rescate o de guerra
utilizados como lenguas suelen ser deficientes, proceden de mala
fe («y creíamos que el intérprete nos engañaba»)18,
no sólo eso, los indígenas vueltos lenguas a fuerza,
traicionaban:
7. Salidos de territorio maya, el antiguo cautivo español ya no sirve como intérprete: «Todo esto se había hecho sin lengua, explica Gómara, porque Jerónimo de Aguilar no entendía a estos indios»21. En ese momento crucial aparece Malintzin, «ella sola, con Aguilar, añade el capellán de Cortés, el verdadero intérprete entre los nuestros de aquella tierra»22. Malintzin, la india bilingüe, entregada por Cortés a Alonso Hernández Portocarrero, muy pronto alejado de esta tierra como procurador de Cortés en España y quien la deja libre, en ese mismo año de 1519, al morir en la prisión española donde lo había puesto el obispo Rodríguez de Fonseca, amigo de Velázquez y enemigo jurado de Cortés. La mancuerna lingüística se ha sellado. Su ligazón es tan intensa que fray Francisco de Aguilar los fusiona, habla de ellos como si fueran uno solo, «la lengua Malinche y Aguilar»23, y el cronista mestizo Diego Muñoz Camargo24 los une en matrimonio, desde Yucatán: «habiendo quedado Jerónimo de Aguilar [...] cautivo en aquella tierra, procuró de servir y agradar en tal manera a su amo [...] por lo que vino a ganarle tanta voluntad, que le dio por mujer a Malintzin»; y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl25, reitera: «Malina andando el tiempo se casó con Aguilar». En realidad, es Cortés quien de ahora en adelante está ligado indisolublemente a la Malinche, «Marina, la que yo siempre conmigo he traído»26. Se ha formado un equipo perfecto de intérpretes sucesivos, tal como se ve dibujado en un códice inserto en la Descripción de la cuidad y provincia de Tlaxcala, de Muñoz Camargo: «El indio informa, Marina traduce, Cortés dicta y el escribiente escribe». 8. Cortés no necesita un simple lengua, necesita además faraute. En las Cartas de relación esa palabra se repite, varias veces: «dándoles a entender por los farautes y lenguas»27. López de Gómara especifica que cuando Cortés advirtió los merecimientos de Malintzin, «la tomó aparte con Aguilar, y le prometió más que libertad si le trataba verdad entre él y aquellos de su tierra, pues los entendía, y él la quería tener por su faraute y secretaria»28. En ese mismo instante, la Malinche ha dejado de ser esclava, ha trocado su función de proveedora -moler y amasar el maíz- y de camarada -ser la concubina de un conquistador- para convertirse en secretaria y faraute de Cortés. Lo ha logrado porque es, recuerda Bernal, de buen parecer, entrometida y desenvuelta.
Y aquí se dijo
entremetido el bullicioso
¿Qué es entonces un faraute, palabra casi
desaparecida de nuestra lengua? Un faraute es, con palabras de
Covarrubias:
No cabe duda de que todas esas acepciones le quedan como anillo al dedo a la Malinche. Una de las funciones del faraute es entonces la de lanzadera entre dos culturas diferentes. En parte también, la de espía, pero sobre todo la de intérprete de ambas culturas, además de modelador de la trama, como puede verse muy bien cuando en el Diccionario de la Real Academia se agrega: «El que al principio de la comedia recitaba o representaba el prólogo y la introducción de ella, que después se llamó loa». Y es en este papel justamente que aparece Malinche en la tradición popular recogida en el territorio de lo que fue el antiguo imperio maya29.
El bullicioso es el inquieto que anda de aquí
para allá, suerte de lanzadera, de entremetido, de farsante.
Todo bullicioso es hablador y Malintzin lo es, ése es su oficio
principal, el de hablar, comunicar lo que otros dicen,
entremeterse en ambos bandos, intervenir en la trama que Cortés
construye. Cumple a todas luces con el papel que se le ha
otorgado: es lengua, es faraute, es secretaria, y como
consecuencia, mensajera y espía.
...habían de ser
sordas y mudas
Parece ser que las niñas y las muchachas mexicas
no hablaban durante la comida, además se les sometía «a una
especial parsimonia en el hablar», al grado que Motolinía tenía
la impresión de que «habían de ser sordas y mudas»31.
De ser esto una regla general, la figura de Malinche es aún más
sorprendente. López Austin aclara:
Más tarde, sin embargo, Grijalva que nunca quiere
recibir nada, como reitera Díaz, acepta «a una india tan bien
vestida, que de brocado no podría estar más rica»33.
Aunque por este dato pudiera inferirse que también se incluían
los esclavos varones como parte de un rescate, lo cierto es que
en las crónicas sólo he encontrado esta excepción, y en la
inmensa mayoría de los casos se hace únicamente mención de lotes
de muchachas entregadas como esclavas. Entre ellos, el tantas
veces mencionado obsequio de veinte doncellas, entre las cuales
se encuentra Malintzin. Como regla general, aunque con
excepciones, las otras mancebas se mantienen en el anonimato34.
Más sorprendente es entonces, repito, el papel primordial que
jugó en la conciencia no sólo de los españoles sino también de
los indígenas, al grado de que, como es bien sabido, Cortés era
llamado, por extensión, Malinche. Diego Muñoz Camargo la
enaltece grandemente:
Figura legendaria, personaje de cuentos de hadas cuando se la hace protagonista de una historia singular, extrañamente parecida a la de Cenicienta: hija de caciques, a la muerte de su padre es entregada como esclava a los mayas, y como toda princesa que se precie de serlo, la sangre azul recorre con precisión su territorio corporal, presta a descender como Ión en Eurípides, José en la Biblia, Oliver Twist en Charles Dickens, o Juan Robreño en Manuel Payno, para habitar la figura del niño expósito, figura por esencia deambulatoria, aunque al mismo tiempo, ocupe quizá el hierático lugar de las damas de la caballería o la escultórica imagen de las predellas medievales40. ¡Quién sabe!, concretémonos ahora a su figura de lengua.
La de la voz En las crónicas españolas, Malinche carece de voz. Todo lo que ella interpreta, todos sus propósitos se manejan por discurso indirecto. En la versión castellana editada por López Austin del Códice florentino, Marina ocupa la misma posición en el discurso que ya tenía en los demás cronistas, es enunciada por los otros. Esta posición se altera, justo al final: los dos últimos parlamentos le corresponden en su totalidad a Marina. Lo señalo de paso, sería necesario intentar explicar esta discrepancia41. En general, y en particular en Bernal, las expresiones utilizadas van desde lo más generales como: «según dijeron», «y dijeron que», «y digo que decía», «les preguntó con nuestras lenguas», «y se les declaró», «les hizo entender con los farautes», «y les habló la doña Marina y Jerónimo de Aguilar». Más tarde, se van refinando las frases y se especifica mejor la función de los lenguas: «Y doña Marina y Aguilar les halagaron y les dieron cuentas», frase en donde se advierte que los farautes no sólo ejecutan lo que se les dice, sino una acción personal. Y se puede culminar con esta explicación de Bernal: «un razonamiento casi que fue de esta manera, según después supimos, aunque no las palabras formales», en la que se maneja la idea de que Malinche ha interpretado a su manera los mecanismos de pensamiento y las propuestas de los españoles. La interpretación es una acción consistente y continua. Su existencia es evidente. Se infiere en muchos casos o se subraya en muchos otros. Y sin embargo, en el cuerpo del texto se oye la voz de Cortés -y la de otros personajes- cuando se dirige a sus soldados, es decir, cuando no necesita interpretación; pero también cuando la necesita, esto es, cuando se dirige a sus aliados indígenas o a sus enemigos mexicas, por interpósita persona, la intérprete.
La voz es el atributo principal, o más bien
literal, de la lengua. Quien no tiene voz no puede comunicar.
Designar al intérprete con la palabra lengua define la función
retórica que desempeña, en este caso, la sinécdoque, tomar la
parte por el todo: quien se ve así despojado de su cuerpo, es
solamente una voz con capacidad de emisión, y es la lengua,
obviamente la que desata el mecanismo de la voz. La voz no es
autónoma y, sin embargo, por razones estratégicas y por su mismo
oficio, la lengua es un cuerpo agregado o interpuesto entre los
verdaderos interlocutores, el conquistador y los naturales. En
los códices es la Malinche la que aparece intercalada entre los
cuerpos principales42.
Este mismo hecho, el de ser considerados sólo por su voz,
reitera la desaparición de su cuerpo o, mejor, lo convierte en
un cuerpo esclavo. Si refino estas asociaciones, podría decir
que además de tener que prescindir de su cuerpo -por la
metaforización que sufren sus personas al ser tomados en cuenta
sólo por una parte de su cuerpo-, actúan como los ventrílocuos,
como si su voz no fuese su propia voz, como si estuvieran
separados o tajados de su propio cuerpo. Esta aseveración se
vuelve literal en una frase de fray Juan de Zumárraga, cuando
furioso ante los desmanes del lengua García del Pilar, enemigo
de Cortés, y aliado de Nuño de Guzmán, exclama:
El conquistador es rebautizado y adquiere el
nombre de la esclava, es el capitán Malinche y ella deja de ser
la india Malinalli para ser nombrada solamente Marina por el
cronista Bernal sabe muy bien que utilizar un apodo para
designar a Cortés produce extrañeza en los lectores. Por ello,
aclara de esta manera:
Retomando el hilo: vuelvo a plantear la pregunta que hice más arriba. ¿Por qué, entonces, Marina, la de la voz, nunca es la dueña del relato? Su discurso soslayado por la forma indirecta de su enunciación, se da por descontado, se vuelve, en suma, «un habla que no sabe lo que dice», porque es un habla que aparentemente sólo repite lo que otros dicen. Su discurso -para usar una expresión ya manoseada- es el del otro o el de los otros. La palabra no le pertenece. Su función de intermediaria, ese bullicio -y recordemos que la palabra bullicio implica de inmediato un movimiento y un ruido-, es una respuesta a la otra voz, aquella que en verdad habla, porque permanece, la voz escrita. ¿Será que al pertenecer Marina a una cultura sin escritura, dependiente sobre todo de una tradición oral, es la enunciada, en lugar de ser la enunciadora? ¿Acaso al haberse transferido su nombre a Cortés, el poder de su voz ha pasado a la de él? ¿Acaso, por ser sólo una voz que transmite un mensaje que no es el suyo, no significa? Apenas reproduce la de aquellos que carecen de escritura, según la concepción occidental, en voz «limitada -como dice De Certeau-, al círculo evanescente de su audición». Esta ausencia es la enunciación -este discurso indirecto, oblicuo, en que desaparece la voz de Marina- contrasta de manera violenta con la importancia enorme que siempre se le concede en los textos.
Cortar lengua
En su Crónica mexicana, don Hernando
Alvarado
Tezozómoc,
describe así el asombro de Moctezuma al enterarse de las
habilidades de Malinche:
Notas1 Hernán Cortés, Cartas de relación, pp. 9, 10, 14 y 15. Cf. Beatriz Pastor, Discursos narrativos de la Conquista: mitificación y emergencia, pp. 93 y 155.
2 H. Cortés, op. cit., p. 45.
3 Ibid., p. 242.
4
Cortés indica en la Quinta Carta, ya mencionada:
«Yo le respondí que el capitán que los de Tabasco le dijeran que
había pasado por su tierra, con quienes ellos habían peleado,
era yo; y para que creyese ser verdad, que se informase de
aquella lengua que con él hablaba, que es Marina, la que yo
siempre conmigo he traído, porque allí me la habían dado con
otras veinte mujeres». (Idem).
Cf.
Bernal Díaz del Castillo, Historia verdadera de la conquista
de la Nueva España,
pp.
87-88; Andrés de Tapia, «Relación», en Carlos Martínez Marín,
ed.,
Crónicas de la Conquista,
p.
446. Menciona sólo ocho fray Francisco de Aguilar, Relación
breve de la conquista de la Nueva España,
Ibid.,
p. 67.
También son ocho para Hernando Alvarado Tezozómoc, Crónica
mexicana, en Carlos Martínez Marín,
op. cit.,
p.
566; Francisco López de Gómara, Historia de la Conquista de
México,
p. 40; Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias,
pp.
242 y 244; Diego Muñoz Camargo, Historia de
Tlaxcala,
p.
188; Bartolomé Leonardo de Argensola, Conquista de México,
pp.
97-98. B. Díaz del Castillo, op. cit., p. 89.
6 Ibid., p. 174.
7 F. López de Gómara, op. cit., pp. 39-40. Los subrayados son míos, salvo indicación de lo contrario.
8 Silvio Zavala, El servicio personal de los indios en la Nueva España, p. 199. (Suplemento de los tres tomos relativos al siglo XVI).
9 B. de las Casas, op. cit., t. III, p. 208.
10 Ibid., p. 207.
B. Díaz del Castillo, op. cit., p. 9.
12 B. de las Casas, op. cit., t. III, p. 204.
13 B. López de Gómara, op. cit., p. 23.
14 B. Díaz del Castillo, op. cit., p. 25.
15 Ibid., pp. 34 y 36.
16 Cf. Margo Glantz, «Lengua y conquista», en Revista de la Universidad, núm. 465.
17 Anónimo, «El conquistador. Relación de algunas cosas de la Nueva España y de la gran ciudad Temextitlán, México, hecha por un gentilhombre del señor Fernando Cortés», en C. Martínez Marín, op. cit., p. 402.
18 Juan Díaz, «Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán...», en Martínez Marín, op. cit., p. 8. (Frag., pp. 1-16).
19 B. Díaz del Castillo, op. cit., p. 78.
20 Ibid., p. 71.
F. López de Gómara, op. cit., p. 46.
22 Ibid.
23 F. de Aguilar, op. cit., p. 413.
24 D. Muñoz Camargo, op. cit., p. 189.
25 Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, Historia de la nación chichimeca, p. 229.
26 H. Cortés, op. cit., p. 242.
27 Ibid., p. 16.
28 López de Gómara, op. cit.
29 Cf. Mercedes de la Garza, «Visión maya de la Conquista», en Mercedes de la Garza, ed., En torno al nuevo mundo, pp. 63-76, reeditado en el presente libro, además, la Malinche se ha convenido literalmente en faraute o corifeo de una obra dramática sobre la Conquista de México, Diálogo u original del baile de la conquista, en Guatemala Indígena, vol. 1, núm. 2, p. 104. Allí «los personajes son doce caciques aliados y dos hijas del rey Quicab, a las que llaman Malinche, porque en un momento de la obra una de ellas ofrece su ayuda y sus favores a Alvarado», y más tarde, en un canto entonada por ellas, narran la caída de los quichés: «Llanos del Pinal, si sabéis sentir,/ llorad tasa sangra de que vestís...», p. 71.
30 Pierluigi Crovetto, I segni del Diavolo e I segni di Dio. La carta al emperador Carlos V (2 gennaio 1555) di fray Toribio Motolonia, p. 8. 31 José María Kobayashi, La educación como conquista (empresa franciscana en México), p. 53.
32 Alfredo López Austin, Cuerpo humano e ideología, p. 329.
33 Juan Díaz, «Itinerario de la armada del rey católico a la isla de Yucatán», en C. Martínez Marín, op. cit., p. 13.
34 La investigadora norteamericana Francis Karttunen habla, en un ensayo («In their Own Voice: Mesoamerican Indigenous Women Then and Now», en Suomen Antropologi, 1, 1988, pp. 2-l l), de algunas mujeres de principios del México virreinal, cuya conducta parece ser semejante a la de la Malinche en cuanto a su autonomía, su inteligencia y su actividad decisiva; la información aparece en unos Huehuetlatolli (sabiduría antigua, máximas para el comportamiento habitual), documentos conservados en la Biblioteca Bancroft de la Universidad de California, Francis Karttunen y James Lockhan, «The Art of Nahuatl Speech: the Bancroft Dialogues», en UCLA Latinoamerican Studies, vol. 65, núm. 2. Y Pilar Gonzalbo, por su parte, ha encontrado numerosos ejemplos de españolas criollas, mestizas e indias, cuya conducta es absolutamente emancipada y que contradice la idea general de que la mujer se encontraba supeditada de manera superlativa al hombre. Sin embargo, los campos de actuación estaban perfectamente delimitados. El paso de uno a otro ámbito se identifica y se califica siempre como si se adoptara una actitud -y una actividad- varonil, tanto en las culturas prehispánicas como en el virreinato.
35 D. Muñoz Camargo, op. cit., pp. 186-187.
36 Cf. Georges Baudot, «Política y discurso en la Conquista de México: Malintzin y el diálogo con Hernán Cortés», en Anuario de Estudios Americanos, vol. XIV, pp. 67-82.
37 Agradezco a Cecilia Rossell haberme comunicado este dato, también reiterado por Ángeles Ojeda.
38 B. Díaz del Castillo, op. cit., p. 172.
39 Apud Manuel Romero de Terreros, Hernán Cortés, sus hijos y nietos, caballeros de las órdenes militares, pp. 14-15.
40 Cf. Sonia Rose-Fuggle, «Bernal Díaz del Castillo frente al otro: doña Marina, espejo de princesas y de damas», en La représentation de l'Autre dans l'espace ibérique et ibéro-américain, pp. 77-87. Citado por Georges Baudot en su texto «Malintzin, imagen y discurso de mujer en el primer México virreinal». Vid. supra.
Cf. Bernardino de Sahagún, Historia general de las cosas de la Nueva España.
42 He utilizado aquí algunas frases de mi artículo utilizado supra, núm. 16.
43 Apud José Luis Martínez, Hernán Cortés, p. 549.
44 El significado de bautizarse entre los indígenas sería, después de la Conquista, ser destruido. Cf. artículo de De la Garza, supra, núm. 29: «preparad ya la batalla -le dice- si no queréis ser bautizado [como sinónimo de destruido]», p. 71.
45 B. Díaz del Castillo, op. cit., pp. 193-194.
46 Ibid., p. 129.
47 Hernando Alvarado Tezozómoc, «Crónica mexicana», en C. Martínez Marín, op. cit., p. 566.
48 Ibid., pp. 557-558, preámbulo de C. Martínez Marín.
49 Francisco Javier Clavijero, Historia antigua de México, pp. 299-300.
50 Miguel Ángel Menéndez, Malintzin en un fuste, seis rostros y una sola máscara, citado por G. Baudot, en «Malintzin, imagen y discurso...», vid. supra.
Alvarado Tezozómoc, «Crónica mexicana», en C. Martínez Marín, op. cit., p. 568.
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