Google

Avizora - Atajo Google


 

Avizora Atajo Publicaciones

Biografías críticas

Biografías

Biografías
Álvaro Mutis

Ir al catálogo de monografías
y textos sobre otros temas

Glosarios - Biografías
Textos históricos

ENLACES RECOMENDADOS:

- Molière (Jean-Baptiste Poquelin)
- Manipulación del clima
- Literatura
- El amor romántico, última utopía de la ...
- Solzhetnitsyn, el poeta que enfrentó a Stalin

 

Google

Avizora - Atajo Google


Álvaro Mutis

. Mutis por Mutis
. 12 preguntas para un "Cervantes"
. Entrevista a Álvaro Mutis

0211 - Valvanera - En la ciudad de Bogotá, Colombia, nació Álvaro Mutis el 25 de agosto de 1923

Hijo del diplomático colombiano Santiago Mutis Dávila y de Carolina Jaramillo. Su padre graduado en derecho internacional, fue secretario de la Presidencia de la República y siguió la carrera diplomática; en 1925 viajó a Bélgica con su familia, como ministro consejero de la Legación en Bruselas. Álvaro tenía solo 2 años y allí vivió hasta los nueve, cuando su padre murió repentinamente, a los 33 años.

Esto determina que su madre decida abandonar Europa, junto a sus dos hijos Álvaro y Leopoldo que había nacido en 1928 para permanecer en Colombia y dedicarse al manejo de la hacienda Coello, que acababa de heredar

Los recuerdos de Bélgica, tan íntimamente ligados a su padre, y los de Coello, mas cercanos a su madre. Estos contrastes entre Europa y América, en uno de los principales temas de su obra.

En la vida de Álvaro su madre Carolina Jaramillo, tiene una gran influencia, fue una mujer de gran independencia, a quien poco le importaron las convenciones sociales; su hijo Álvaro y los personajes creados por él heredaron esta actitud ante la vida.

Álvaro Mutis no terminó sus estudios colegiales, iniciados en Bruselas en el colegio jesuita de San Michel, ya desde entonces devoraba libros de historia, de viajeros de siglos pasados y de literatura. En 1940 asiste al colegio de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá en ultimo intento por terminar el bachillerato. Su profesor de Literatura Española fue el notable poeta colombiano Eduardo Carranza y a dos cuadras del Colegio estaban los billares del Café Europa y los del Café París. Las clases de Carranza fueron para él una inolvidable y fervorosa iniciación a la poesía, pero como él mismo lo dice, el billar y la poesía, enseñada por Eduardo Carranza en el Rosario, le impidieron terminar el colegio.

A los dieciocho años Mutis contrajo matrimonio con Mireya Durán, con quien tuvo tres hijos, y empezó a trabajar en los oficios más disímiles. Desde entonces se dio cuenta que no iba a vivir de la literatura, pero, al mismo tiempo, fue consciente de su vocación por las letras.

Su primer trabajo fue como director de la Radio Nacional de Colombia, donde fue locutor de noticias, y actor de radionovelas. Siendo locutor de dicha emisora, compuso su primer poema, del que sólo queda este verso: «Un dios olvidado mira crecer la hierba»; ahí empezó su carrera literaria, en la que había una fuerte influencia de los escritores surrealistas. Sus primeros escritos, que significaron su ingreso a la vida literaria del país.

En 1948 publica doscientos ejemplares de un cuaderno de poesía "La balanza", en compañía de Carlos Patiño Roselli, con ilustraciones de Hernando Tejada. Por esos años dirige la publicidad de la Compañía Colombiana de Seguros y trabaja como jefe de relaciones públicas de la empresa de aviación LANSA e inicia su amistad con Gabriel García Márquez.

En 1954 se casa con María Luz Montané. De esta unión nacerá su hija María Teresa.

Debido al manejo caprichoso de unos dineros de la multinacional Esso, en la que era jefe de relaciones públicas, Álvaro Mutis se ve obligado a dejar Colombia y, con la ayuda de su hermano Leopoldo y unos amigos viaja a México en 1956, donde reside hasta nuestros días. Allí Octavio Paz, quien había escrito algunos elogiosos comentarios sobre su poesía, le abre las puertas de suplementos y revistas literarias. A México también llegó con dos con dos cartas de recomendación: una dirigida a Luis Buñuel y otra a Luis de Llano, gracias a las cuales consigue trabajo como ejecutivo en una empresa de publicidad y luego como promotor y vendedor de publicidad para televisión. A los tres años de su llegada a México, se hicieron efectivas las demandas en su contra y Mutis fue detenido en la cárcel de Lecumberri, durante 15 meses. Su experiencia en la cárcel cambió del todo su visión del dolor y el sufrimiento humanos, le hizo comprender que hasta en las peores condiciones hay posibilidad de gozar la vida y entró en contacto con personas que antes, en el medio frívolo en el que se moví, pasaban desapercibidas; además, se dio cuenta que la bondad y la crueldad se manifiestan en igual medida dentro y fuera de la cárcel.

En Lecumberri, Mutis dio forma a los relatos "Saraya", "El último rostro", "Antes de que cante el gallo" y "La muerte del estratega" (recopilados en Cuatro relatos, 1978); a algunos de los poemas de Los trabajos perdidos (1965) y al Diario de Lecumberri (1960); también montó, en colaboración con los presos de su crujía, una obra teatral llamada El Cochambres, basada en la vida de uno de los internados. 

A los pocos años de salir de la cárcel, se convirtió en gerente de ventas para América Latina de la Twentieth Century Fox, y luego de la Columbia Pictures, y continuó durante 23 años con su rutina interminable de viajes, hasta que en el año 1988 cumplió con el tiempo requerido para el retiro y pudo dedicarse a leer y a escribir. Desde entonces, publica un libro cada año.

Su obra ha sido muy reconocida y una muestra de ello han sido los muchos premios que le ha recibido: en 1974 el Premio Nacional de Letras de Colombia; en México ganó en 1985 el premio de la crítica de Los Abriles, por su libro Los emisarios (1984); en 1988 La Universidad del Valle le concedió el grado de doctor Honoris causa en Letras, y lo mismo hizo la Universidad de Antioquia en 1993; en 1988 recibió el premio Xavier Villaurrutia y fue condecorado con el Aguila Azteca por su libro Ilona llega con la lluvia (1987); en 1989 ganó en Francia el premio Médicis Étranger con La Nieve del Almirante (1986), considerado el mejor libro traducido al francés ese año, y recibió la Orden de las Artes y las Letras en el grado de Caballero de parte del gobierno de ese país; en 1990 le otorgaron en Italia el premio Nonino y el premio literario lila; y en 1993, como parte de la semana de homenaje al escritor con motivo de sus 70 años de vida, el gobierno colombiano le concedió la Cruz de Boyacá. Ha sido galardonado también con el Premio Cervantes en el 2001.

Mutis se ha convertido en uno de los escritores latinoamericanos que ha recorrido el mundo durante 50 años. Mutis, quien escribe un libro promedio por año, ha sido traducido a los idiomas francés, alemán, italiano, portugués, inglés, holandés, sueco, al alemán, al rumano, al inglés, al italiano, al francés y hasta al turco

Mutis por Mutis

Nací en Bogotá, Colombia, el 25 de agosto de 1923, día de San Luis Rey de Francia. No descarto la influencia de mi santo patrono en mi devoción por la monarquía. Hice mis primeros estudios en Bruselas. Regresé a Colombia y por períodos que, primero, fueron los de vacaciones y, luego, se extendieron más y más, viví en una finca de café y caña de azúcar que había fundado mi abuelo materno. Se llama "Coello" y se encuentra en las estribaciones de la Cordillera Central. Todo lo que he escrito está destinado a celebrar, a perpetuar ese rincón de la tierra caliente del que emana la substancia misma de mis sueños, mis nostalgias, mis terrores y mis dichas. No hay una sola línea de mi obra que no esté referida, en forma secreta o explícita, al mundo sin límites que es para mí ese rincón de la región de Tolima, en Colombia.

En un último intento para lograr el diploma de Bachiller, me matriculé en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, en Bogotá. Mi profesor de Literatura Española fue el notable poeta colombiano Eduardo Carranza, y a dos cuadras del Colegio estaban los billares del Café Europa y los del Café París. Las clases de Carranza son para mí una inolvidable y fervorosa iniciación a la poesía. El billar y la poesía pudieron más y nunca alcancé el mirífico título

En compañía de Carlos Patiño, alternando mis poemas con los suyos, publicamos un pequeño cuaderno titulado "La Balanza", que repartimos nosotros mismos entre algunos libreros amigos el 8 de abril de 1948. El día siguiente, nuestra obra se agotó por incineración. El 9 de abril fue la fecha del "Bogotazo", cuando ardió el centro de la ciudad por obra de los enardecidos partidarios del candidato presidencial Jorge Eliecer Gaitán, asesinado ese día en la capital

12 preguntas para un "Cervantes" 04/02/2002

El escritor colombiano Álvaro Mutis ha obtenido el premio Cervantes, el galardón más importante de las letras hispanas. El Premio le fue concedido por amplia mayoría de un jurado encabezado por el director de la Real Academia Española, Víctor García de la Concha, quien afirmó que Mutis es un "caballero andante de la palabra. Un ensayista y narrador que desde su primer libro, 'La Balanza', busca, como si se tratara de una saga, la coherencia del poeta".

Mutis nació en 1923 en el seno de una familia de diplomáticos y aristócratas; parte de su niñez la pasó con su padre Santiago en Bruselas, donde era diplomático. Allí se apasionó por la literatura francesa y por la historia. A pesar de ser un hombre que dice temer a las multitudes, Mutis es el escritor colombiano más conocido en Estados Unidos, América y Europa después del Nobel Gabriel García Márquez.

Desde hace más de cuatro décadas está radicado en México, donde se exilió voluntariamente debido a la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla (1953-57). Escribir es su labor y oficio, el cual alterna con conferencias en congresos internacionales y universidades. A Mutis le tocó triunfar en el exterior para que lo conocieran en Colombia. En abril de 1997 el autor colombiano fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, y en junio del mismo año obtuvo el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En octubre pasado, Mutis fue nuevamente distinguido, en esa ocasión con el Premio Internacional Neustadt de la Universidad de Oklahoma, considerado como el Nobel americano de literatura. Mutis es el decimotercero autor latinoamericano que obtiene el Cervantes, instituido en 1975 por el Ministerio español de Cultura para reconocer las más destacadas obras literarias en lengua española.

Pregunta. Recuerdo cuando usted dijo que los libros van buscando su lugar y su momento. Sin embargo, parece ahora que sus libros han encontrado un lugar y un momento en el premio Cervantes, sin duda un gran reconocimiento a la totalidad de su obra.

Respuesta. Estoy completamente de acuerdo con usted. Siempre he dicho que los premios son para los libros, no para el autor. El premio Cervantes le dará una oportunidad a mis libros que están parados en las vitrinas de librerías. Y así espero que el Cervantes les permita a estos libros alcanzar las manos de algún lector.

P. Usted se define también como un gran admirador del Quijote. Dice que a través de él se escapa de la rutina diaria, de lo gris y neutro de la vida de nuestro siglo.

R. Así es, pero también hay muchas otras consecuencias que tiene para mí la lectura del Quijote. Realmente no es una obra que leo cada año, pero es un libro que disfruto tremendamente. Siempre que lo leo vuelvo a reír como lo hice la primera vez. Entonces tenía catorce años y el libro me impacto. Además el Quijote es una lección de la vida profunda y definitiva.

P. En distintas entrevistas sostiene que le produce un profundo hastío esta época siniestra de barbaridad, de violencia, de crímenes organizados y masivos, de holocaustos aterradores. ¿Por qué llega a definirse como un hombre medieval perdido en este siglo?

R. Jamás he ocultado mi admiración por la Edad Media. Y es que durante el Medioevo existía por lo menos una comunicación de persona a persona, había una noción de individuo que hemos perdido completamente. Sin embargo, más acertado sería decir que hubiera preferido vivir en el siglo XVIII. Fue un siglo en el que la elegancia y el bien decir estaban puestos a marchar en la forma más bella: había cinismo y era una época de bien escribir, además de libertinaje. Nuestro presente me parece siniestro. Hemos caído y nos hemos vuelto sombras. Ya no existimos como seres. El hombre ha muerto. Vivimos a través de aparatos electrónicos. Tampoco sabemos quién es quién y lo que está sucediendo en el mundo es tan irracional y tan absurdo que realmente a veces me da la sensación de estar viviendo una novela de ciencia ficción.

P. También asegura que no tiene esperanzas de que el hombre pueda sobrevivir a su propia miseria.

R. Es así. Lo peor del caso es que hemos fallado como especie y diariamente lo demostramos. Somos la única especie que se dedica a destruir el medio que le da de vivir.

P. Si fallamos como especie también fallamos como civilización.

R. Desde luego. Mire usted lo que está pasando. El hombre ha vuelto a una edad oscura y tenebrosa. Y la respuesta militar de Estados Unidos contra Afganistán lo está demostrando. De haber tenido la oportunidad jamás hubiera escogido vivir en esta época. Me duele por mis hijos y aún más por nietos. No hemos sabido construir un planeta estable.

P. El hombre profundiza cada vez más en esa palabra que a usted le pone la piel de gallina: la globalización. ¿Qué es la globalización para Alvaro Mutis?

R. La globalización es una sandez típica de nuestro tiempo. Es un plan de mercado y es que le recuerdo que vivimos en un gran supermercado. Globalizarnos indica y supone la pérdida de la personalidad, la pérdida de la identidad nacional, la pérdida del amor por nuestro suelo, parte esencial nuestra. Todo esto lo hemos dejado de lado en nombre de la globalización y nos estamos convirtiendo, repito, en sombras. La globalización es un crimen.

P. ¿Piensa que América Latina tiene conciencia de lo que implica y significa la globalización, tal y como hoy la conocemos?

R. No hay conciencia y no la hay porque todo el continente va empujado por la miseria y la rutina. Lo peor del caso es que a nuestros gobernantes les parece que la globalización es perfecta. Triste es también reconocer que nuestros gobiernos no tienen la menor idea en lo que se están metiendo y a qué costos lo hacen.

P. Usted siempre se ha mostrado un gran admirador del sur de España y de la cultura árabe. Más allá afirma incluso que uno de los grandes errores de Occidente es no haber escuchado nunca ni reconocido la importancia del Islam.

R. Yo desciendo de gaitanos. En el billete de dos mil pesetas español está el retrato del hermano de mi bisabuelo, el sabio José Celestino Mutis. Somos gaitanos y yo soy ahora hijo adoptivo de Cádiz. Creo que el reino de los Omeyas, en Córdoba y Andalucía fue un ejemplo admirable de comprensión y tolerancia. Basta con ir a Toledo y ver Santa María la Blanca, y también apreciar la capilla donde iban los mozárabes a escuchar misa todos los días en la catedral convertida en mezquita. Obviamente hay extremistas árabes que están al borde de una demencia terrible, pero eso no es el Islam.

P. Quiero citarle a Borges cuando decía que la democracia es un engaño de la estadística. ¿Sigue considerando que la monarquía absoluta era la fórmula perfecta de gobierno?

R. Desde luego. El hombre gobernando por una ley que viene de lo alto. Por una condición que lo supera, sea quien sea el gobernante. Soy todavía monárquico legitimista y civilino, es decir, partidario del imperio sacro-romano. La democracia es un engaño barato, pero reconozco que la oportunidad de las monarquías absolutas ya pasó. No me interesa la política ni tampoco el desarrollo material instalado después del racionalismo. Lo que sí me interesa es el progreso interno del hombre.

P. ¿Por qué considera que la poesía es uno de los caminos que rescatan al hombre de su tremendo y triste destino?

R. Porque el poeta tiene la visión de descubrir lo que hay detrás de cada cosa, detrás de cada momento. Lo verdadero y lo escondido detrás de cada ser, objeto y trozo de naturaleza que se le presenta. Mire la visión extraordinaria de las Torres Gemelas de Nueva York que tuvo Rafael Alberti en 1980. Alberti se las imaginó y las vio destruidas. Esa es precisamente la magia y el poder de revelación poética.

P. Ante todo usted se considera poeta y después narrador. ¿Cuándo se produjo el cambio de rumbo de poesía a prosa, o sería más acertado decir que su prosa es una larga extensión de su poesía?

R. Lo que acaba de decir es lo correcto. Yo he considerado mis novelas como parte de mi poesía. Es el mismo ritmo, las mismas obsesiones, los mismos afectos. El ambiente en el que se desenvuelven los personajes de mis novelas es también el ambiente en el que viven y respiran mis poemas. Nunca he sentido que abandono un género para ir a otro. Tampoco hago distinciones. Soy poeta y narrador, pero no novelista. Para eso está Balzac, Dickens o Tolstói.

P. Finalmente, ¿ve alguna solución a la explosiva situación que vive Colombia, en medio del fuego entre paramilitares, la guerrilla de las FARC y el Ejército de Liberación Nacional?

R. Sobre mi país opino solamente cuando me encuentro en Colombia, asumiendo los riesgos que supone mantener ideas como las que tengo. Opinar fuera de Colombia supone también riesgos, pero mínimos. Solamente me gustaría decirle que sufro terriblemente con lo que está sucediendo en mi país. Allá están mis hijos y pienso en ellos cada minuto. Los veo viviendo en un país aterrador y aterrado por años de conflicto armado. Es como si Colombia compitiera por una vocación de masacre

Entrevista a Álvaro Mutis  - Marta Rivera de la Cruz 1997 / Fuente Universidad Complutense

Invitado por el Club de Debate de la Universidad Complutense, Álvaro Mutis visitó la Facultad de Ciencias de la Información para participar en un coloquio con los alumnos. La Facultad, que festeja sus veinticinco años de andadura académica, está un poco revuelta estos días: se celebran congresos, conferencias, seminarios. La reunión con Mutis coincide con la emisión en directo, desde el salón de actos, del programa de radio "Protagonistas", dirigido por Luis del Olmo. Sin embargo, son muchos los que han preferido escuchar a Mutis y el aula elegida para el coloquio se llena hasta la bandera.

Álvaro Mutis llega casi puntual, altísimo, sonriente, cómodo en su piel de escritor de moda y premiado reciente. Tiene la sonrisa constante, que a menudo quiebra en una carcajada sonora, inmensa. García Márquez lo definió una vez como "fabulosamente simpático". Al ver a Álvaro Mutis uno tiene la impresión de estar ante un hombre dichoso, que disfruta enormemente con sus tareas de creador, con el contacto con la gente, con el cultivo de la amistad. Mutis es un colombiano que vive en Méjico "En dondequiera que se viva - dijo una vez en entrevista concedida a Lionel Giraldo- como se quiera que se viva, siempre se es un exiliado. Somos exiliados de nuestra infancia, de nuestra vida misma". Precisamente al exilio brindó un poema de "Los elementos del desastre":

"... y olvido así quien soy, de dónde vengo
hasta cuando una noche
comienza el golpeteo de la lluvia
y corre el agua por las calles en silencio
y un olor húmedo y cierto
me regresa a las grandes noches del Tolima
en donde un vasto desorden de aguas
gira hasta el alba su vocerío vegetal
su destronado poder, entre las ramas del sombrío
chorrea aún en la mañana
acallando el borboteo espeso de la miel
en los pulidos calderos de cobre
Es entonces cuando peso mi exilio
y mido la irrescatable soledad de lo perdido

Exiliados de nuestra infancia. Si de ella somos, como decía Saint Exupery, Mutis pertenece al recuerdo vago de una Europa vista desde la óptica del hijo de un diplomático, allá en Bruselas, y luego de la del niño que regresa del continente para descubrir el trópico, la tierra caliente, las plantaciones inmensas, los cafetales, las quebradas, las tormentas apocalípticas, el universo particular de la finca "Coello", allá en Tolima, el paraíso irrecuperable. La vida de Mutis ha sido intensa, particular, a ratos extremadamente difícil, como el período tremendo que pasó en el penal de Lecumberri por causa de un error. Dieciocho meses privado de libertad, que le sirvieron, sin embargo, para enriquecer su experiencia personal. Así se lo reconocía en una entrevista concedida a Elena Poniatowska en la cárcel donde cumplía condena por un delito que no había cometido: "Estos meses de encierro los considero como una terrible pero fecunda experiencia humana, que me ha acercado a mi corazón y a mis asuntos. Yo antes era un "niño bien" , y de esta vida tan fácil viene naturalmente una insensibilización. Éste ha sido un trance importante, doloroso, pero se han abierto una cantidad de puertas a la sensibilidad y creo que por primera vez sé lo que es el contacto humano verdadero" .

Fue allí donde escribió su "Cuaderno del Palacio Negro", un testimonio inolvidable de su vida en la cárcel, y también cartas, muchas cartas: "Siempre he vivido para la relación humana. Pongo allí muchísimo. La segregación de mi mundo afectivo es terrible. Cómo quiero yo a mis amigos, caramba. He escrito muchas cartas, sí. Pero ni una sola ha quedado sin respuesta". Porque en la cárcel Mutis hizo muchas cosas. Exploró de forma exhaustiva la biblioteca de la penitenciaría. Y leyó, leyó.Y dirigió la puesta en escena de una obra teatral, "El cochambres", del también preso Rolando Rueda de León. Y siguió escribiendo. Y salió del penal con una experiencia tremenda a sus espaldas, y, sobre todo, sin rencores acumulados. Salió a la vida, a leer, a escribir, a publicar, a seguir dando forma a su Maqroll, que ya tenía vida propia. Leer, escribir, vivir. Y hablar, claro. Y cultivar a los amigos que quiere tanto y que le quieren tanto a él que García Márquez venció una vez más su miedo visceral a los aviones para estar a su lado en Oviedo cuando recogió el premio Príncipe de Asturias

Sin duda, este ha sido el "año español" de Álvaro Mutis: Premio Príncipe de Asturias de las Letras, Premio Reina Sofía de poesía. Dos premios casi de golpe, y los dos muy merecidos y muy propios para un monárquico confeso, como Álvaro Mutis, que una vez contó a la periodista Gloria Castaño "Hubiera querido vivir durante buena parte del reinado de su Muy Católica Majestad el Rey Felipe II, gozando del favor y del aprecio del monarca. En un vasto palacio madrileño, destartalado e incómodo, complicado en todas las intrigas del palacio real, participando en la caída de Antonio Pérez, siendo cómplice y gestor de la muerte del pálido infante don Carlos y formando parte de la comitiva que viajó a París para acompañar a la dulce esposa francesa del palido monarca (...) Hubiera querido morir en Coimbra, desterrado por el Conde Duque, alejado de la Corte y muertos ya mis viejos amigos don Pedro Calderón de la Barca y el venenoso arcediano de la catedral de Córdoba, don Luis de Góngora, me hubiese contentado para mi muerte con aquello que dicen las letanías del señor Mariscal: "Dadme un sitio seco, un ataúd de pino, las plegarias de un monje y una mortaja de lino"

Hace cuarenta años de eso. Ahora llegan los premios, que agradece profundamente: para mí el tener estos premios y el tener este contacto con ustedes es algo muy importante en la consolidación, en la afirmación de una serie de convicciones que he tenido desde niño.

Sin embargo, Álvaro Mutis reconoce que le aterra el lado público del éxito. Desde la concesión del Príncipe de Asturias "me han hecho unas trescientas entrevistas... ¡Y las que me quedan!"

Y a pesar de todo, ha aceptado la invitación de la Complutense para hablar con los estudiantes y la de la revista "Espéculo" para contestar algunas preguntas, que seguramente ya le habrán hecho o que es posible que le hagan. Es difícil encontrar a alguien que acepte con tanta bonhomía la esclavitud del triunfo. A lo mejor es que, por encima de todo, Mutis parece disfrutar intensamente con cada cosa que hace. Saluda a los estudiantes: Les quiero decir que estoy feliz de estar con ustedes, que estoy feliz de estar en este país porque tengo necesidad de España. A veces pienso que los españoles debieron haber hecho lo que los portugueses: instalar la corona en América y todo hubiera ido más suavemente. Pero, bueno, hay la idea del lugar común, de la madre patria, que no ha servido realmente para nada. ¿Por qué no decimos de una vez la patria, la otra patria, no la madre patria, que es una forma de distanciar en cierta forma, aunque parezca tan cariñoso? Mutis aboga por un proyecto común para España y Latinoamérica: creo que nosotros, los iberoamericanos, o sea, los españoles y los hispanoamericanos, tenemos todavía la posibilidad de escapar de la despersonalización y de este infierno llamado la globalización en donde nos quieren meter civilizaciones que bien poco tienen que ver con nosotros y con nuestra tradición

Mutis habla del placer de leer, "soy un lector devorante", dice, y recuerda a los estudiantes que debe leerse únicamente por gusto: A lo que quiero llegar es que la lectura obligada es nefasta. A los jóvenes aquí presentes, nunca lean nada por obligación. Lean por placer, tengan una profunda sospecha -estoy hablando de Literatura, ¿eh?, no de química ni de trigonometría ni ninguno de esos horrores- si les aburre un libro, acuérdense de mí, por favor, ciérrenlo y no sigan leyendo, y si es posible tírenlo. Lean cuando sientan que el libro comienza a formar parte de ustedes, cuando sientan que se crea una compañía. Todo libro que no sea una compañía ya es sospechoso. A veces cuesta trabajo llegar a ese estatus, a esa situación... a mí me pasa con la poesía de Antonio Machado, que no me puedo mover de dónde vivo a ningún sitio sin llevar conmigo "Campos de Castilla". Claro que este es un caso extremo... Pero, repito, al comienzo es posible que haya... no sé, un proceso de conquista. Pero sepan que sin el placer de esa comunicación con el libro todo es inútil. Y a modo de anécdota cuenta cómo fue un profesor suyo del bachillerato "de cuyo nombre no quiero acordarme... vaya, creo que esta frase ya la dijo alguien..." quien durante años le arruinó la lectura de Galdós y de Cervantes a base de exámenes y resúmenes obligados de los textos, y tuvo que pasar mucho tiempo hasta que Mutis se enfrentó por cuenta propia con las novelas de Galdós "nunca he disfrutado tanto con un libro como cuando me sumergí en los Episodios Nacionales". También recuerda las circunstancias de su acercamiento a Cervantes: "El primer ejemplar de "El Quijote" que me dieron a leer estaba expurgado, había que leerlo por obligación y escribir no sé cuántas planas sobre cada capítulo. Fue un suplicio espantoso lo tuve que hacer y no encontré ningún placer ni pude ver la maravilla que tenía delante. En una ocasión, cuando me quedé en la hacienda de mi abuelo que después fue de mi madre durante unas larguísmas vacaciones me encontré un Quijote y empecé a leerlo, y pensé: este es libro más divertido y más extraordinario que ha habido; y me ocurrió algo que me pasa cada vez que lo leo: me reconozco a mí mismo, esa mitad de Quijote y de Sancho que tenemos adentro está ahí, presentado con una profundidad, con una gracia, con una intensidad que hacen de la lectura una maravilla".

Y además de la lectura por placer, porque para Mutis no hay otro modo de acercarse al libro, habla el autor de la necesidad de releer: "El haber leído una vez, casi siempre -y lo digo en forma terminante- no basta. La relectura da sorpresas extraordinarias. Pueden pasar dos cosas: el libro que nos llamó la atención y que nos acompañó durante un tiempo, de pronto se vuelve a leer y se piensa, pero bueno, qué veía yo en esto... Porque uno está llevando a esa lectura una experiencia propia. Y cambiamos muchísimo. En la vida cambiamos mucho y de una forma muy radical. Así que puede suceder que un libro, en una segunda lectura, no nos diga nada. Pero puede suceder al contrario, y ese es el regalo más grande que puede hacer, es decir, pero cómo no vi yo esto, qué maravilla, pero yo me acordaba mal de este libro. A mí me acaba de ocurrir con "Lord Jim", de J. Conrad, que es un autor que quiero mucho. Pues releí "Lord Jim" hace seis meses y pensé: yo debí haber leído otro libro, porque este es radicalmente distinto al que yo recordaba. La vida te va cargando de experiencias a través de las cuales estás viendo cosas que en un momento dado el autor puso en el libro y tú no podías ver ni percibir, te pasaron por encima.

La última recomendación que hace Mutis a los lectores es la de la paciencia: :"cualquier relación, sobre todo al comienzo, está hecha de extrañezas. Con los libros pasa igual que con las mujeres y con los amigos: hay que tener paciencia para llegar a entenderlos y a quererlos. Ninguna relación es fácil al principio", y cuenta ante un divertido auditorio que hace días estuvo a punto de desistir de la lectura de un biografía sobre San Luis Rey de Francia: "entonces empezó a trabajarme adentro una especie de remordimiento. Y me dije: "bueno, pero un momento... este señor, el autor, ha dedicado toda su vida a este trabajo... «por qué no le doy yo un poco de mi tiempo?. Y volví. Y volví y tuve el premio magnífico de que las páginas que me faltaban de aquel trabajo árido entraban en el santo, en el hombre,y lo describían maravillosamente"

Y si leer es un gran placer para Mutis, confiesa a todo el mundo que escribir no lo es tanto : Cuando escritores, colegas míos cuya obra admiro, me dicen que sienten un placer infinito al escribir, no es que no les crea... es que me cuesta un trabajo horrible imaginar eso. Para mí escribir es una lucha con el idioma. El pintor tiene un lienzo en blanco, y lo va llenando de colores. Pero el lienzo está en blanco, entregado a él totalmente, a lo que él haga. El músico tiene una gama de sonidos, una manera de aprovechar esos sonidos. En cambio, los escritores nos las tenemos que ver con las palabras, con las que hablamos con el peluquero, peleamos con el taxista, discutimos con el amigo, hacemos una vida diaria que gasta y desgasta las palabras. Y esas mismas palabras son las que tenemos que sentarnos a usar para darles un brillo, para darles eficacia, para que nos ayuden a que Maqroll el Gaviero no haga más burradas de las que normalmente hace. Entonces esas palabras, cuando se unen unas con otras en una forma inesperada toman un brillo especial, saltan y se escapan de esa cosa usual, gris cotidiana... Ahí está el sufrimiento: en buscar la otra palabra, la manera de usar algo que está gastado y usarlo como nuevo. Y a mí eso me hace sufrir y me parece un infierno

Dice que no abre nunca un libro suyo una vez publicado "porque cada vez que lo hago digo, pero, ¡por Dios!, pero cómo no me di cuenta de ésto, pero, ¡por Dios!, cómo este hombre no acabo yo de hacer el trazo de su destino, pero por qué soy tan perezoso, qué torpeza es esto, pero cómo una mujer va a contestar esto cuando está abrazada a un hombre ... Y Maqroll a veces me ha regañado... Un día, cuando estaba escribiendo la penúltima obra mía, "Abdul Bassur, soñador de navíos", me quedé dormido y desperté y casi les puedo decir que oí a Maqroll diciendo: "así no hablo yo". Bajé a las ocho de la mañana, vi la frase y tuve que reconocer: tiene toda la razón, así no habla él. Eso no es ningún placer.

Sin embargo, la compensación del escritor viene después, "el saber que me leen personas en España, en América latina y en otros países, pero fundamentalmente en España, para mí es la justificación del trabajo siniestro de escribir".

Un trabajo siniestro, dice, y al que, sin embargo, se ha dedicado en cuerpo y alma y siempre a través de muchas otras ocupaciones, porque Mutis ha sido relaciones públicas de una petrolera, ejecutivo de la industria cinematográfica y hasta actor de radio. Pero el trabajo de escritor, tan doloroso, tan poco placentero, gana al final la partida a todo lo demás.

Antes de empezar lo que será la entrevista con Espéculo me recuerda las palabras de Pavese, "laborare stanca, trabajar cansa", dice, pero, a pesar de eso, Mutis ha trabajado y ha escrito mucho desde que Zalamea Borda publicó sus primeros textos en el suplemento literario de "El Espectador", de Bogotá. Obra en prosa, obra en verso, ambas de igual hondura. Gravitando sobre toda la obra, el personaje de Maqroll el Gaviero, seguramente el último héroe de la literatura contemporánea, "una esencia individual que sobrevive en un mundo épico", en palabras de Guillermo Sheridan. Un aventurero y protagonista de novelas que nació, sin embargo, en un poema de "Los elementos del desastre". Álvaro Mutis, que escribe sus poesías como si fuesen relatos y sus narraciones como si fueran poemas, se escandaliza cuando alguien le habla de la muerte de la poesía: "La poesía no puede morirse nunca; se acabará el mundo, morirá el último hombre y seguirá existiendo". Porque Mutis, parafraseando a Cardoza y Aragón, sigue defendiendo a ultranza que la poesía es la única prueba completa de la existencia del hombre, el principio y el final de todas las palabras". Decía Álvaro Mutis, en entrevista con Gabriela Rábago, "la inmensa recompensa está en el poema". Como escribía en "Los elementos del desastre": "Cada poema invadiendo y desgarrando / la inmensa telaraña del hastío"

—Queda claro que la poesía está viva y goza de buena salud. Pero, ¿y el realismo mágico? ¿Ha muerto?

— Lo que yo realmente dudo es que algún día haya existido. Ese tipo de fórmulas convencionales inventadas en Europa para explicar el fenómeno de Latinoamérica. Cuando se creó esta fórmula, esta idea del Realismo Mágico, ya creyeron arreglar todo. Todo es realismo mágico. Y encaja. Piensan en García Márquez, por ejemplo, piensan en "Cien años de soledad" y ya relacionan al autor con el realismo mágico, y se les olvida que ese mismo autor escribió "El coronel no tiene quien le escriba", que es la realidad misma, es un libro desnudo, maravilloso, despojado, donde no aparece nada que no sea cotidiano y terrible. Bueno, y en Francia esto ha llegado a convertirse en una manía: todo es Realismo Mágico si viene de Sudamérica. Yo quisiera que se sentaran y me dijeran cuál es el Realismo Mágico. El paisaje es así. Y el referirse al paisaje con cierta exaltación no tiene nada que ver, porque los escritores latinoamericanos están describiendo su verdad. Ni lo están magnificando ni les parece mágico; es que es así.

 —¿Cree usted, entonces, que el problema es que los europeos desconocemos la realidad latinoamericana y cada vez que algo nos sorprende lo relacionamos con la magia?

—Exactamente eso. Esa es la sordera, la tremenda ceguera

—Dicen que fueron su obra y la de García Márquez las primeras en las que el paisaje sudamericano no fue un mero adorno

—Bueno, eso no es exactamente así. Por ejemplo, José Eustaquio Rivera en "La Vorágine" tiene momentos maravillosos de descripción del paisaje. Y un escritor muy olvidado, Tomás Carrasquilla, ha descrito de un modo muy eficaz las minas de oro y el paisaje de la cordillera. Lo que sí sucede es que quizá los que escribimos más adelante incorporamos el paisaje como un personaje con alma, que actúa sobre los personajes y determina su destino. Pero eso no tiene nada que ver con el realismo mágico. Es que es así.

Es así. Cuando Mutis retrata la selva lo hace de un modo descarnado, hablando de un paisaje hostil al hombre, de una realidad atroz que corrompe al ser humano. En "La nieve del Almirante" leemos: "La selva tiene un poder incontrolable sobre la conducta de quienes no han nacido en ella", y esas palabras recuerdan a las que escribió Conrad sobre el Congo en "El corazón de las tinieblas":

Yo no conozco el Congo; sí "El corazón de las Tinieblas". Conrad es un escritor a quien yo admiro mucho. Yo creo que a veces comparan con ella "La nieve del almirante" porque las dos describen el remontar de un río. Tal vez si yo hubiese descrito el descenso de un río... Mire, la selva amazónica no tiene nada que ver con ningún otro paisaje del mundo, para mí es horrible, algo infernal. La primera condición del paisaje amazónico es su monotonía implacable. Lo que ves el primer día lo vas a seguir viendo durante todo el recorrido, pero con detalles que se pueden volver alucinantes, la misma boa con la boca abierta a la orilla del río, los mismos pájaros dando alaridos en los árboles, la misma inundación, porque no hay tierra, todo son charcos, y agua, y agua y humedad, y humedad, y muy poco color. Es alucinante. Y entonces uno se encuentra ya a esos suecos, noruegos, franceses, que han enloquecido, que están allí y han olvidado su idioma. Yo conocí a un señor que supe que era noruego porque me lo dijo gente del ejército que tenía los papeles de él. Pero aquel hombre había olvidado su propia lengua, y hablaba en una mezcla de español y del idioma de los indios. El poder destructor de la selva es terrible. Además, yo viví mucho la selva, porque cuando trabajé en la ESSO, la compañía petrolera colombiana, acompañé a dos ingenieros que iban a determinar las zonas donde había petróleo —por cierto, que no hacen una sola prospección, nada más que marcan en el mapa—. Yo los acompañe durante varias semanas por la selva, y descubrí todo ese horror.

En el recuento de las visiones de Maqroll podemos leer: "Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira, volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva". Siempre Maqroll, el referente eterno. Y, sin embargo, Mutis ha creado otros personajes inolvidables, en especial ciertos caracteres femeninos. Es imposible no recordar, a Flor, a Amparo, a Ilona, que llegó con la lluvia y se fue de repente después de una trampa del azar. Y Susana "Wita", la mujer del capitán: un personaje casi imperceptible, que aparece de una forma fugaz y que el autor hace morir, quizá para volverla eterna. Muerta ya Susana, dice de ella Maqroll:

"tenía esa rara condición de transmitir la felicidad, de hacerla brotar en cada instante, así, gratuitamente, sin razón alguna, porque sí, porque venía con ella, con sus gestos, con su risa, con su amor por la gente, por los animales, por los atardeceres en el trópico... cuando perdemos a alguien así, sabemos que una ración más de la escasa dicha que nos es concedida se ha ido para siempre"

Es el lamento más hermoso, la mejor elegía, las palabras que provocan una inmensa piedad, pero más por el vivo que por Susana muerte, más por el que sufre la pérdida que por la mujer eternizada para siempre en un recuerdo tan grande, en un recuerdo tan hermoso, y Álvaro Mutis sonríe con una ternura intensa y entorna los ojos cuando se le habla de Susana, la esposa de Wito:

"Ese es un personaje que yo quiero mucho. No quise desarrollarlo más y que estuviera más presente porque, como tenía que entrar después Ilona, sentía que me descompensaba un poco, que iba como a tomarle terreno a Ilona, a la que quería yo darle toda la novela que pudiera. Pero la esposa de Wito es un tipo de mujer que yo quiero muchísimo, y me alegra enormemente que después de tanto tiempo de terminar yo el libro alguien se acuerde de ella. Ése es el placer de escribir: encontrar a alguien que le recuerda a uno un personaje transitorio, pero al que yo doy mucha importancia y la quiero mucho. Gracias por hablarme de ella".

Es una palabra que escucharemos muchas veces de la boca de Mutis, que tiene una admirable tendencia a la gratitud, hija quizá de su vocación por disfrutar de todas las cosas de la vida. Mutis es generoso. Habla con los estudiantes sin prisa, con cariño, firma libros, hace preguntas a su vez, inquiere lugares de procedencia y ríe cuando un muchacho colombiano le dice que nació en Aracataca, "¡caramba, sólo eso faltaba!", y hay en su voz un matiz de afecto al recordar al señor de Macondo, su amigo eterno Gabriel García Márquez, Gabo, a quien. cedió el proyecto de componer "El general en su laberinto". El libro está dedicado a él: " Para Álvaro Mutis, que me regaló la idea de escribir este libro". Un reconocimiento justo que Mutis dice no merecer:

"Nunca regalé a Gabo..., eso es generosidad de él. Yo escribí esa novela, completa, una novela que tenía casi trescientas páginas. La leí y la quemé. Saqué un fragmento, que se llama "El último rostro", donde pensé que estaba concretado lo que yo quería decir de Bolívar. El resto no me gustó. Hubiera podido publicarse, pero no soy yo, es alguien tratando de demostrar una tesis. Y un día, pasado un tiempo, fue a mi casa Gabriel y me dijo, oiga, yo no puedo creer que usted haya quemado esa novela, dígame la verdad, y yo, pues sí la quemé, pregúntele a mi mujer, la quemé aquí, en la chimenea de la casa, y él, qué loco tan increíble, pero ¿por qué la quemó?, y yo, porque no me gustó. Y entonces él me dijo, pues yo la voy a escribir, y yo le contesté, me parece muy bien, nadie lo hará mejor. Aquí está toda la documentación, y le di los libros que yo había leído, la correspondencia de Bolívar, en fin, una serie de documentos históricos esenciales, y se lo llevó todo, y se marchó de mi casa diciendo "Ya sabrás de mí". Cuando terminó la novela me la dio, porque siempre me muestra sus originales antes que a nadie y me dijo, a ver, ¿va a quemar esta también? Y allí estaba el Bolívar que debía haber escrito yo. Pero lo escribió él. Perfecto.

Y así fue. García Márquez concibió un Bolívar distinto al retratado por Mutis en "El último rostro". Fue el propio Mutis, en declaraciones a Jean Luis Ezine, del "Nouvel Observateur", quien marcó la diferencia entre su personaje y el de García Márquez: "Él ve en el libertador a un hombre sagaz, lo que desgraciadamente no era; a un hombre capaz de cálculos políticos cuando se comportó sobre todo como un niño consentido: en fin, a un conductor de hombres dotado de una madurez que jamás poseyó, en un continente donde la madurez ha brillado siempre por su ausencia". Mutis entendió a Bolívar como un héroe romántico; García Márquez presentó a un hombre de carne y hueso, al borde del abismo, cercano al final. También se sabe cercano a ese final el Bolívar de "El último rostro", y así lo resume en una frase: "Ya hay pocas cosas que puedan herirme".

Pero Mutis hizo al Gabo un regalo más: el adjetivo "homérico", que García Márquez emplea por primera vez en "El amor en los tiempos del cólera", en 1985. Veintitrés años antes, en 1962, Mutis empleaba el término "homérico" para calificar una carcajada en el cuento "Isaac salvado de las jaulas".

—Acabo de descubrir esa circunstancia —se ríe—, eso de que Gabo empleara el adjetivo... Yo soy un gran lector de Homero, y es que además Homero es un ejemplo elocuente de lo que debe ser el éxito literario. Yo siempre pienso que el más grande poeta y escritor del occidente, Homero, no sabemos si se llamaba Homero, ni si existió, ni cuándo existió. "La Ilíada" y "La Odisea" no sabemos realmente quien las escribió. Y el caso es que no importa. Para mí ese anonimato es la mayor forma del éxito. Los libros son los que tienen que vivir, no uno. Es como los premios. ¿Usted cree que alguien serio que ha vivido una vida plena, intensa, llena de trabajos, de sinsabores, de maravillas, puede creer que le están dando un premio a él? Claro que no. El premio es para los libros, que salen como huerfanitos a las vitrinas de las librerías. Ellos son los que necesitan el premio. Y ellos son los que van a disfrutar el premio porque el lector va a entrar en la librería pidiendo el último premio Príncipe de Asturias. Ese es el libro, no soy yo, de veras no soy yo.

La literatura trascendiendo al hombre. Mutis ya lo ha escrito más veces, y recuerdo ahora el último poema de "Los elementos del desastre": "De nada vale que el poeta lo diga... el poema está hecho desde siempre. Viento solitario. Garra solitaria y quebradiza de un ave poderosa y tranquila, vieja en edad y valerosa en su trance".

Es quizá porque piensa así que Álvaro Mutis reniega de la función social del escritor, del compromiso político. Lo ha hecho siempre, y siempre ha confesado que no le interesa la política —"el último hecho político que me preocupa es la caída de Bizancio en manos de los infieles en 1453"— ni las luchas por el poder, y no cree que el escritor tenga por qué convertirse en ideólogo ni en abanderado de ninguna causa. Así lo afirmaba en 1952, en una entrevista en el programa de radio "Noticias literarias", dirigido por Felipe Lleras Camargo y J. M. Álvarez D'Orsonville, en Bogotá,: "La tan llevada y traída función social del escritor es una patraña en la cual se escudan los segundones de la literatura. Hablar de función social en la obra de arte es igual a que se hablara de función fisiológica cuando la prosa de determinados escritores nos conduce diligentemente a los caminos del más profundo sueño".

Más adelante, lo ratificaba ante García Márquez: "la única función que debe tener una obra de arte es crear valores estéticos permanentes. Si de casualidad o de carambola estos valores estéticos coinciden con una visión determinada de la situación del mundo o del país, eso no significa que las masas deban exigírsela al intelectual, para la solución de los problemas de las masas".

Han pasado muchos años y muchas cosas, pero Mutis sigue pensando lo mismo. El escritor debe dedicarse a la literatrua y huir del canto de sirenas del poder: El poder político es una maldición. Y todo compromiso que el escritor tenga con el poder político es una prostitución lamentable, un error brutal que va a pagar caro. Porque el político no perdona. Para el político el escritor es un escalón para subir, que rechaza una vez que llegó arriba. Si quiere saber alguien lo que es el horror de vivir en la política que lea las "Memorias de Ultratumba", de Chateaubriand, en donde está todo el viacrucis siniestro de alguien que de veras creyó que existía eso.

Literatura y sólo literatura. Leer y escribir. Es difícil precisar qué ha leído Mutis. Al hablar de sus referentes da los nombres de Tomás Rueda Vargas, Alfonso López, Aurelio Arturo, Conrad, Neruda, Dostoievski, Dickens, Joyce... cita a Cervantes, a Machado, a Gracián, a Borges, de quien dijo una vez en una conversación con José Miguel Oviedo: "Borges es un escritor para escritores". En 1976 confesaba a Guillermo Sheridan en una entrevista publicada en la Revista de la UNAM: "Creo que no hay una sola palabra, un solo tono de Borges en todo lo que escribo". Leído esto, el comentario que sigue es una insensatez, pero Álvaro Mutis parece invitar constantemente a ir más allá. Así que se lo digo, la vida de Maqroll es un aleph, y Mutis abre un poco más los ojos y se acaricia la barbilla antes de contestar

- No lo había pensado nunca. Pero es posible, me gusta. Un aleph.

Todo lo admite Álvaro Mutis. Lo admite y lo incorpora, inmediatamente, como motivo de reflexión. No rechaza nada. Lo escribió en una ocasión: "que vengan todas las influencias. Con ellas haremos la obra de arte". Y Maqroll, el héroe inmenso, puede colocarse en el epicentro del aleph. Dijo una vez el propio Mutis: "Maqroll es todo lo que quise ser y no fui. Todo lo que yo he sido y no he confesado. Lo que es Maqroll él, por su cuenta. Y lo que pienso ser, algún día, en otra reencarnación". Esta es la oración de Maqroll el Gaviero, y posiblemente también la de Álvaro Mutis: "¡Oh, señor! ¡Recibe las preces de este avizor suplicante y concédele la gracia de morir envuelto en el polvo de las ciudades, recostado en las graderías de una casa infame e iluminado por todas las estrellas del firmamento! Recuerda, señor, que tu siervo ha observado pacientemente las leyes de la manada. No olvides su rostro".

Maqroll el Gaviero, Maqroll el amigo, el amante y el lector, Maqroll el protagonista de una inmensa novela cuyo único escenario es el viaje. Maqroll es el ciudadano de un universo eterno, inabarcable, inacabable; es el hombre que trasciende a la muerte porque sabe que será inmortal en tanto siga vivo. Que sean las palabras de Mutis, que es como decir las palabras de Maqroll, las que pongan término a esta conversación infinita:

"Es preciso tener las más bellas palabras listas en la boca para que nos acompañen en el viaje por el mundo de las tinieblas.
Es menester lanzarnos al descubrimiento de nuevas ciudades. Generosas razas nos esperan.
Buscar e inventar de nuevo. Aún queda tiempo. Bien poco, es cierto. Pero es menester aprovecharlo"


 

AVIZORA.COM
Política de Privacidad
Webmaster: webmaster@avizora.com
Copyright © 2001 m.
Avizora.com