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Barack Obama - Anexo 1:
Premio Nobel de la Paz
131208 -
Barack Hussein Obama -
Estados Unidos
- Presidente electo -
Nacimiento: Honolulu, Hawái, 04
de Agosto de 1961 - Partido
político: Demócrata -
Profesión:
Abogado
Resumen
La histórica elección del
demócrata
Barack Obama el
4 de noviembre de 2008 como el primer
presidente negro de
Estados Unidos, además de su alta carga
simbólica, acontece en unas circunstancias de
crisis global que magnifican la expectación
mundial por el posible cambio de rumbo en las
políticas de la debilitada superpotencia
norteamericana, en un sentido más multilateral y
dialogante. El hasta ahora senador por Illinois,
a sus 47 años, corona una carrera fulgurante
transmitiendo un fuerte mensaje de cambio y
reforma recibido con entusiasmo por un
electorado que reclama soluciones para el
sombrío legado de la administración republicana
de
George Bush. Rescatar a la economía del
crash financiero, la recesión y la
destrucción de empleo, corregir los
desequilibrios sociales, redirigir el esfuerzo
bélico de
Irak a
Afganistán y combatir el
cambio climático son los retos más
acuciantes del nuevo mandatario.
Biografía
1. Orígenes
familiares, formación académica y activismo
social
2. Carrera política como
senador demócrata en Illinois y Washington
D. C.
3. La aspiración presidencial:
definición de la plataforma y las primarias
demócratas
4. La campaña electoral: el
mensaje del cambio bajo la tormenta
económica
1. Orígenes familiares, formación
académica y activismo social
El presidente electo de
Estados Unidos nació en agosto de 1961
en Honolulu, Hawái, como el único hijo del
matrimonio formado por el kenyano Barack
Hussein Obama, entonces un estudiante de
Economía que disfrutaba de una beca
gestionada por uno de los más prominentes
políticos de su país, Tom Mboya, y la
estadounidense Ann Dunham, natural del
estado de Kansas y con ancestros
anglo-irlandeses. En el idioma swahili,
barack, nombre de raíces semíticas,
significa el bendito.
La pareja, con 24 y 18 años respectivamente,
se había conocido el año anterior en las
aulas del East-West Center de la Universidad
de Hawái, y en febrero de 1961, estando ella
embarazada de Barack Hussein junior,
celebró un casamiento interracial que hubo
de vencer la oposición de las dos familias;
seis meses después de la boda, el 4 de
agosto, nacía el niño. Éste no era el primer
vástago del padre, ya que Barack Obama
senior, que pese a su nombre y progenie
tribal musulmanes no era religioso y de
hecho se tenía por ateo, había estado
maridado en Kenya con una compatriota, Kezia,
quien le había dado dos hijos, un chico y
una chica. En realidad, indican
investigaciones periodísticas, Obama seguía
casado con Kezia, desposada con él en 1957
mediante una ceremonia tribal, a la que
había abandonado en Kenya y cuya existencia
ocultó a Dunham.
El divorcio puso término al matrimonio Obama-Dunham
a principios de 1964, culminando un período
de alejamiento y separación entre los
cónyuges que había comenzado en 1962, cuando
él marchó al continente, a Massachusetts,
para continuar su formación como economista
en la Universidad de Harvard, y ella,
llevándose al bebé consigo, se desplazó a
Seattle para tomar clases en la Universidad
de Washington. Al cabo de unos meses, Dunham
regresó a Honolulu para reunirse con sus
padres y reincorporarse a la Universidad
hawaiana.
Hacia 1966 Dunham volvió a casarse con un
estudiante extranjero del campus isleño, el
indonesio Lolo Soetoro un treintañero de
carácter risueño y musulmán no practicante
al que las circunstancias políticas en su
país le obligaron a retornar en 1967,
trayéndose con él a la esposa y el hijastro.
La familia fijó su hogar en Yakarta y en
1970 se incrementó en un miembro con el
nacimiento de un hijo biológica de la
pareja, Maya Kassandra. El niño Obama creció
y se educó en un ambiente de clase media
básicamente secular y con las necesidades
económicas cubiertas gracias al trabajo de
su padrastro como consultor geólogo, que
ejercía por cuenta del Gobierno para la
multinacional petrolera Mobil.
Fue en la capital indonesia donde Obama
cursó los primeros grados de la enseñanza
elemental, en un colegio católico
franciscano, donde le inculcaron doctrina
cristiana, y una escuela pública del
distrito de Menteng, donde leyó el Corán.
Sin embargo, añoraba Hawái, así que en 1971
pidió a su madre que le mandara de vuelta a
la que consideraba su verdadera casa,
Honolulu; allí quedó al cuidado de sus
abuelos maternos, Stanley y Madelyn, y
completó la formación primaria antes de
emprender la secundaria en un centro
privado, el Punahou School.
Al poco de regresar, en las Navidades de
1971, el muchacho tuvo en el estado
polinesio un reencuentro con su padre, al
que no veía desde la separación conyugal y
que, según relata él mismo en su voluminoso
libro de memorias Dreams from My Father:
A Story of Race and Inheritance
-publicado por primera vez en 1995 y
reeditado en 2004 con un gran éxito de
ventas-, ya no volvería a ver. Convertido
tras la independencia del país africano en
1963 y su licenciatura en Harvard dos años
más tarde en un alto funcionario económico
de los ministerios kenyanos de Transportes y
Finanzas, Barack Obama I mantuvo una agitada
vida sentimental en Nairobi, donde se casó
por tercera vez (con la estadounidense Ruth
Nidesand), volvió a divorciarse, regresó
temporalmente con su primera esposa y
finalmente se emparejó con una cuarta mujer;
en estas tres relaciones concibió
descendencia en cinco ocasiones más,
elevando a ocho los hermanastros del retoño
tenido como su segunda esposa
norteamericana.
Hombre de carácter difícil, incapaz de
asumir sus responsabilidades como marido y
padre, y de hecho un enigma para su hijo
hawaiano, quien apenas trató con él, el
progenitor del futuro estadista vio
naufragar su prometedora carrera profesional
por su adicción al alcohol y sus opiniones
críticas con determinadas políticas
económicas del régimen dictatorial del
presidente Jomo Kenyatta y el partido único
en el poder, el KANU. El asesinato en 1969
de su mentor y paisano de la etnia luo,
Mboya, cuando fungía de ministro de
Planificación Económica, probablemente por
órdenes de Kenyatta o de su entorno de
dirigentes kikuyus, le deslizó por una
cuesta abajo en la que perdió su trabajo en
el Gobierno y vio restringida la libertad de
movimientos. Provocados al parecer por la
bebida, sufrió una serie de accidentes de
tráfico, el último de los cuales, en 1982, a
los 46 años, le costó la vida.
Hasta
su graduación en 1979, el joven Obama,
llamado familiarmente Barry, se vio
periódicamente en Honolulu con su madre, que
en 1972 se separó de Soetoro y ocho años
después obtuvo el divorcio; el padrastro
indonesio iba a fallecer por causas
naturales en 1987 a los 51 años. En 1977
Dunham propuso a su hijo regresar con ella y
Maya a Indonesia, donde había terminado sus
estudios y se le abría un horizonte
profesional como trabajadora social, pero
Obama prefirió terminar el high school
en territorio estadounidense. Hasta su
muerte en 1995 a los 52 años víctima de un
cáncer ovárico, la antigua señora de Obama
destacó como antropóloga, especialidad en la
que se doctoró por la Universidad de Hawái,
consultora social y promotora de proyectos
de desarrollo rural y microcréditos
destinados a los campesinos pobres de
Indonesia.
En 1979, Obama, tras haber repartido los 18
años de su vida entre Hawái e Indonesia,
marchó a América para realizar el
preuniversitario en el Occidental College de
Los Ángeles. En este centro privado, uno de
los más afamados de la costa oeste en la
enseñanza de artes liberales, llevó,
reconoce en su sus memorias, un estilo de
vida lúdico pródigo en fiestas, alcohol y
drogas, de las que probó la marihuana y la
cocaína, experiencia esta última que en
agosto de 2008, en un foro de religiosos
evangélicos, valoró como su "mayor fallo
moral".
Los coqueteos con las drogas, asegura,
terminaron cuando entró en la universidad.
Allí se relacionó con estudiantes negros
radicales, profesores de izquierdas,
feministas y otros "marginados", ya que se
trataba de "demostrar tu lealtad a las masas
negras", "demostrar de qué lado estabas",
"para que no te confundieran con un
traidor". En esta época, indica a modo de
justificación, estaba "obsesionado conmigo
mismo" mientras intentaba reconciliar su
percepción social del racismo, ya
experimentado en su etapa escolar en Hawái,
y lo que significaba ser un afroamericano
con su herencia multirracial, que le
convertía en un negro mestizo, un mulato en
realidad.
En 1981 se matriculó en el Columbia College
de la Universidad homónima de Nueva York,
donde cursó una diplomatura en Ciencias
Políticas que orientó a las Relaciones
Internacionales. En su autobiografía cuenta
que su primera noche en Manhattan, con el
equipaje a cuestas, la durmió "acurrucado en
un callejón", y que aquel mes de agosto,
antes de empezar las clases, trabajó de
barrendero en el barrio de Upper East Side,
un entorno golpeado por el hacinamiento, la
suciedad y la delincuencia, donde halló
alojamiento en un piso de renta baja que
compartió con un amigo pakistaní.
En mayo de 1983 obtuvo el título de
Bachelor in Arts e inmediatamente
después le salió un trabajo en la consultora
comercial Business International
Corporation, en cuyo servicio de
publicaciones editó el boletín Financing
Foreign Operations y redactó artículos
para el semanario Business International
Money Report. En 1984 pasó al New York
Public Interest Research Group, una
organización no partidista y no lucrativa
dirigida por estudiantes y dedicada a la
implementación de políticas reformistas con
repercusión en la ciudadanía así como a la
formación de educadores y lobbystas
sociales. Durante otro año, Obama trabajó
como coordinador de su ONG en el City
College de la Universidad de Nueva York, en
Harlem.
Esta experiencia, y seguramente también la
inspiración de su madre, que en esos
momentos combinaba la preparación académica
con el trabajo de campo al lado de la
población rural indonesia en la lejana Java,
le animó a implicarse más a fondo en su
vocación de servicio público y el
voluntariado social. La oportunidad se le
planteó en 1985, cuando respondió a un
anuncio publicado en el diario The New
York Times por el activista Gerald
Kellman, responsable de la ONG Proyecto
Desarrollar Comunidades (DCP), que buscaba a
alguien que se ocupara de trabajar con los
negros pobres de Roseland, un deprimido
distrito proletario del sur de Chicago, urbe
que vivía un período de graves tensiones
interraciales azuzadas por una traumática
reconversión industrial. Entonces, por
primera vez en la historia de la ciudad,
ostentaba la alcaldía un negro, Harold
Washington, convertido en uno de los
principales referentes políticos de Obama.
Contratado con un salario de 10.000 dólares
al año e instalado en un pequeño despacho
parroquial, desde junio de 1985 Obama
dirigió un equipo humano de la DCP cuya
misión consistía en promover una
infraestructura de solidaridad social, con
talleres de formación ocupacional, tutorías
escolares y servicios de apoyo a inquilinos
de pisos de alquiler, en las barriadas
populares de Roseland y distritos
adyacentes.
La DCP trabajaba codo con codo con las
iglesias parroquiales católicas y
protestantes, ya que partía de las mismas
para tejer su red social, y Obama entabló
una estrecha relación con el reverendo
Jeremiah Wright, líder de la iglesia
congregacionista Trinity United Church of
Christ (TUCC), cuya feligresía era
predominantemente afroamericana, famoso
localmente por sus vehementes sermones
antirracistas, rayanos en el chovinismo
negro. Obama se unió a la TUCC y tomó a
Wright como su pastor y mentor. En tanto que
desarrollador de comunidades, el
veinteañero sacó a relucir una capacidad
para aleccionar y movilizar grupos de
ciudadanos, dotes que aplicó particularmente
en una campaña popular que exigía a las
autoridades la retirada de elementos con
amianto contaminante de los edificios del
polígono de vivienda protegida Altgeld
Gardens.
Las inquietudes políticas de Obama empezaron
a aflorar en esta época, al tomar conciencia
de que la acción social a pie de calle se
quedaba muy corta si lo que se perseguía era
propiciar reformas y cambios a una mayor
escala territorial; la clave estaba en la
legislación, su elaboración y su ejecución.
En mayo de 1988 puso término a sus
actividades en la DCP y retomó su formación
universitaria en las aulas de la Harvard Law
School de Cambridge, Massachusetts,
fijándose el objetivo de obtener una
titulación en Derecho.
En 1988 realizó también un viaje de dos
meses por Europa y Kenya, la patria de sus
ascendientes, donde conoció a muchos de sus
familiares paternos por vez primera. No era
el caso del mayor de sus hermanastros,
Abongo Roy, también llamado Malik,
primogénito del primer matrimonio del padre,
al que ya había conocido tres años atrás en
un encuentro en Washington, donde éste
realizaba un trabajo de consultor. De la
parentela kenyana, Abongo, convencido
musulmán y militante de la causa negra, fue
el deudo que más estrecha relación
estableció con Obama, vínculo que se
prolonga hasta nuestros días.
En el verano de 1989, mientras realizaba
unas prácticas legales en una firma de
abogados de Chicago aprovechando las
vacaciones universitarias, Obama conoció y
entabló una relación sentimental con
Michelle Robinson, nativa de la capital de
Illinois, de raza negra y recién licenciada
en Jurisprudencia por la Harvard Law School,
a la que el bufete había asignado el
cometido de asesorar al estudiante en
prácticas tres años mayor. Una de las
mejores amigas de Robinson era Sanita
Jackson, hija del conocido ministro baptista
y activista pro derechos civiles, así como
dos veces precandidato presidencial del
Partido Demócrata, Jesse Jackson.
La pareja se comprometió en 1991, el año en
que él culminó sus estudios en Harvard y
obtuvo el título de Juris Doctor, el
mismo que ella poseía, más la distinción
magna cum laude, y en octubre de 1992
contrajo una boda religiosa que fue oficiada
por el reverendo Wright en la TUCC. El
matrimonio iba a tener dos hijas, Malia Ann
y Natasha (Sasha), nacidas en 1998 y 2001.
Instalado con su esposa en Chicago, en el
barrio de Hyde Park, en cuyo perfil
demográfico abundaban los profesionales
liberales de clase media, Obama emprendió
una carrera profesional que trianguló entre
la abogacía, el mundo académico y el
activismo político, por el momento apartado
de la militancia partidista. Tres puertas
que encontró abiertas de par en par gracias
a la notoriedad que en círculos de abogados
bien conectados con el establishment
político le había granjeado su labor de
editor jefe, en el último año de carrera, de
la revista Harvard Law Review, donde
causó sensación por tratarse del primer
negro que desempeñaba el cargo en los 103
años de historia de la prestigiosa
publicación.
Entre
abril y octubre de 1992 dirigió el Illinois'
Project Vote, una campaña de concienciación
política dirigida a los miembros de la
comunidad afroamericana del estado
habitualmente ausentes de los comicios
porque no se molestaban en inscribirse en
los censos electorales. El proyecto de Obama
consiguió que decenas de miles de
potenciales votantes adquirieran la
condición de electores y luego acudieran a
las urnas, novedad que al parecer resultó
decisiva para la conversión de Carol Moseley
Braun, candidata del Partido Demócrata, en
la primera mujer de raza negra en acceder al
Senado de Estados Unidos. Ese mismo año
participó en la puesta en marcha en
Washington de Public Allies, una ONG
dedicada a impulsar el liderazgo social
entre los jóvenes. Obama figuró en la
primera junta directiva de Public Allies y
se dio de baja a principios de 1993, cuando
su esposa fue nombrada directora ejecutiva
de la organización en Chicago.
En 1993, mientras iniciaba su andadura la
Administración federal demócrata de Bill
Clinton, Obama empezó a dar clases de
Derecho Constitucional a tiempo parcial en
la Escuela de Derecho de la Universidad de
Chicago. Fuera de las aulas se asoció al
bufete de abogados Davis, Miner, Barnhill &
Galland, especializado en pleitos
relacionados con los derechos civiles de los
ciudadanos de color. Uno de los miembros,
Judson Miner, antiguo colaborador del
alcalde Washington, conocía a Obama desde
1991, cuando todavía estudiaba en la Escuela
de Derecho. Ya entonces, Miner ofreció al
prometedor alumno de final de carrera un
puesto en su bufete, y en los años
siguientes le hizo poco menos que de
relaciones públicas, dándole a conocer en
importantes círculos de influencia en
Illinois.
En 1993 también, Obama ingresó en el consejo
rector del Woods Fund of Chicago, una
fundación privada dedicada a las actividades
caritativas. En 1994 extendió su compromiso
a la Joyce Foundation, entidad que sufragaba
varios programas de dimensión social y que
se mostraba particularmente dinámica en la
protección medioambiental de los Grandes
Lagos y el control de la venta de armas de
fuego para reducir la violencia en las
calles. En 1995 se convirtió en el primer
presidente de la junta directiva del Chicago
Annenberg Challenge, un proyecto de reforma
educativa financiado por el magnate y
filántropo Walter Annenberg, y que involucró
a la mitad de las escuelas públicas de
Chicago.
2. Carrera política como senador
demócrata en Illinois y Washington D. C.
Para 1995, Obama, con 34 años, ya se había
hecho un hueco en los cenáculos del
establishment liberal de Chicago, a la
vez que mantenía una amplia agenda de
contactos en los movimientos sociales de
base. Tenía abundantes amistades y algunos
valiosos mentores, como el juez y ex
congresista federal Abner Mikva y el senador
estatal Emil Jones, los cuales venían
siguiendo sus pasos y dispensándole útiles
consejos. Había llegado el momento de
plasmar sus apetencias políticas
reformistas, que pasaban por la obtención de
un cargo público de elección popular. El
vehículo escogido fue, con toda lógica, por
convicciones personales y porque desde su
licenciatura venía codeándose con algunos de
sus máximos dirigentes en el estado, el
Partido Demócrata.
En septiembre de 1995, gozando de los
parabienes de Alice Palmer, que abandonaba
el escaño para optar a un asiento en la
Cámara de Representantes del Congreso de
Washington, y el veterano e influyente
Jones, Obama lanzó su postulación a senador
estatal por el distrito 13º de Illinois, que
incluía Hyde Park. El abogado fue lo
suficientemente firme en su ambición como
para negarse a devolver la candidatura a
Palmer cuando ésta fracasó en su aventura
federal y reclamó la retirada de su
delfín designado, y a continuación
frustrar su intento, compartido por otros
tres rivales, de forzar la convocatoria de
un proceso de primarias demócratas para que
los afiliados nominaran al candidato a
senador por el distrito. Así las cosas,
Obama llegó sin contrincantes
correligionarios a la elección del 5 de
noviembre de 1996 y con un avasallador 82,2%
de los votos derrotó a sus adversarios del
Partido Republicano y el llamado Partido de
Harold Washington (montado por seguidores
del fallecido alcalde), llevándose el
asiento en la Cámara alta de la Asamblea
General de Illinois.
El
8 de enero de 1997 Obama estrenó su mandato
legislativo estatal, que renovó con
facilidad en la siguiente cita electoral, el
3 de noviembre de 1998, próxima en el tiempo
por tratarse ésta de una legislatura corta,
de dos años, a la que seguían dos
legislaturas largas de cuatro años cada una.
En esta ocasión, el senador alcanzó el 89,2%
de los sufragios, prolongando su mandato
hasta 2003. Sin embargo, sus horizontes
políticos tenían un alcance federal, así que
el 21 de marzo de 2000 compitió en las
primarias demócratas para la nominación del
candidato del partido al distrito 1º de
Illinois en la Cámara de Representantes del
Congreso de Estados Unidos. El senador
estatal se vio las caras con el congresista
en ejercicio desde 1993, Bobby Rush, antiguo
líder local de los Panteras Negras, y salió
contundentemente derrotado con el 30,4% de
los votos.
Tras esta tentativa fallida, Obama se afanó
en mejorar las relaciones con los políticos
negros y los dirigentes de las iglesias que
habían apoyado a Rush, y que desconfiaban de
él porque su mestizaje racial y sus maneras
universitarias no le convertían, a sus ojos,
en un buen ejemplo de tribuno afroamericano.
En los comicios estatales del 8 de noviembre
de 2002 recibió en bandeja la reelección
automática de manos de los republicanos,
toda vez que éstos, conscientes de sus nulas
posibilidades en tan potente bastión
demócrata, no presentaron candidato. En
consecuencia, el 4 de noviembre de 2003 el
abogado inauguró su tercer mandato
consecutivo en el Legislativo de
Springfield.
Desde el cargo de presidente del Comité de
Salud y Servicios Humanos, Obama aprovechó
la mayoría legislativa recobrada por su
partido para elaborar, someter a debate y
sacar adelante más legislación relacionada
con la protección social de los ciudadanos
del estado. Asimismo, participó en la
adopción de normas centradas en el control
de la actuación policial en los
interrogatorios en las comisarías y la
persecución en caliente de presuntos
infractores de la ley.
Con todo, su ambición de introducirse en la
alta política federal permanecía intacta. El
2 de octubre de 2002 el senador, por primera
vez, proyectó su nombre más allá de los
límites de Illinois y se dio a conocer a
nivel nacional merced a un discurso
pronunciado en el centro de Chicago con
motivo de un acto pacifista en el que
criticó duramente los planes de la
Administración republicana de
George Bush de invadir Irak con el
pretexto de las supuestas armas de
destrucción masiva.
Yendo a contracorriente del sentir
mayoritario de los estadounidenses,
incluyendo muchos demócratas, y sintonizando
con las opiniones predominantes en el
extranjero, el orador se declaró contrario a
la "estúpida" y "precipitada" guerra en
ciernes porque el régimen de
Saddam Hussein, aun teniendo una
naturaleza criminal, no suponía en ese
momento una amenaza para la seguridad de
Estados Unidos y el resto del mundo.
Como si se dirigiera a un auditorio nacional
y no local, Obama arremetió contra los
"cínicos intentos" del núcleo neoconservador
de la Casa Blanca de "hacernos tragar sus
agendas ideológicas sin reparar en el coste
de vidas" y contra una estrategia energética
que sólo servía a los "intereses de la Exxon
y la Mobil". También, destacó los peligros
de una ocupación militar "de duración
incierta, precio incierto e inciertas
consecuencias", atreviéndose a profetizar
que la aventura bélica iba a "avivar las
llamas de Oriente Próximo y estimular lo
peor, más que lo mejor, del mundo árabe, así
como fortalecer el aparato de reclutamiento
de Al Qaeda".
Tan notable discurso, que suscitaría
paralelismos con los furibundos sermones
antibelicistas del pastor Wright si no fuera
por la ausencia de carga religiosa y la
articulación política del mensaje, permitió
a Obama mejorar su decolorada imagen entre
el electorado negro más militante de
Illinois e indujo a algunos observadores a
etiquetarlo como un demócrata del ala
izquierda. Con los patrocinios de Wright,
Jones y Jesse Jackson, y con la asistencia
técnica del consultor político David
Axelrod, el asambleísta lanzó su
precandidatura al Senado de Estados Unidos
el 21 de enero de 2003.
La
llegada a la bancada legislativa del
Capitolio fue para Obama una competición
básicamente interna, ya que primero hubo de
medirse nada menos que con seis rivales del
partido, el más potente de los cuales era el
empresario blanco Blair Hull, quien compensó
su inexperiencia política con una agresiva
campaña de propaganda pagada de su bolsillo
antes de ver arruinadas sus posibilidades
por un escándalo de presuntos malos tratos
conyugales. El 16 de marzo de 2004, Obama,
pulverizando todos los sondeos, se deshizo
de sus émulos con el 52,8% de los votos y
ganó la proclamación.
Superado el primer obstáculo, el candidato
demócrata se encontró con que su
contrincante republicano, Jack Ryan,
arrojaba la toalla tras airearse sus
infidelidades conyugales en un proceso de
divorcio y que el sustituto de éste, Alan
Keyes, era un negro de Maryland sin ninguna
base popular en Illinois. Convertirse en el
máximo favorito para el puesto senatorial
que en la legislatura saliente ocupaba el
republicano Peter Fitzgerald (quien había
declinado presentarse a la reelección) le
hizo a Obama merecedor del codiciado rol de
orador inaugural de la Convención Nacional
Demócrata, celebrada en Boston del 26 al 29
de julio y que proclamó oficialmente la
candidatura de John Kerry, senador por
Massachusetts, a la Casa Blanca en las
elecciones presidenciales de noviembre.
En el keynote address que escribió y
pronunció, Obama, convertido por unos
minutos en la figura política más mediática
del país, cautivó a la audiencia con una
introducción familiar y personal de la que
destacó el componente interracial como
acicate del tan traído y llevado sueño
americano, seguida de una loa de los
valores de la nación estadounidense y una
crítica a las políticas económicas y
sociales de la Administración republicana, y
rematada con invocaciones a la unidad y la
esperanza, elementos todos ellos que,
proclamó, Kerry encarnaba apropiadamente.
Su campaña al Senado federal fue como un
paseo militar para Obama, que el 2 de
noviembre, mientras Kerry perdía su envite
frente a Bush y el Partido Demócrata veía
magnificarse su minoría en el Congreso,
conquistó el escaño con el 70% de los votos.
Convertido en congresista electo, cesó como
legislador en Springfield y puso término
también a una década larga como profesor
universitario y abogado en Chicago. El 4 de
enero de 2005 Obama principió su carrera
política en Washington como el quinto
senador afroamericano en la historia de la
Unión, el tercero surgido de una elección
popular y el único en ejercicio en este
momento.
Como miembro de la minoría demócrata del
Senado, devenida ligera mayoría tras las
elecciones congresuales parciales del 7 de
noviembre de 2006 (que afectaron a un tercio
de la Cámara alta con exclusión del escaño
del representante junior de Illinois,
siendo el senador senior, o de más
antigüedad, del estado el también demócrata
Dick Durbin), Obama consolidó su reputación
de legislador de tendencias fuertemente
liberales –entendidas en este contexto como
progresistas- al participar en la
elaboración y promoción de proyectos y
enmiendas legislativos relativos a la
transparencia en la gestión gubernamental y
el manejo de fondos federales, la reducción
de armas convencionales y los beneficios
sociales para los soldados con lesiones de
combate.
En enero de 2007, consistente con su postura
muy crítica con la invasión y la ocupación
de Irak, y a rebufo del anuncio por Bush del
incremento del contingente expedicionario
para ganarle la batalla a la insurgencia y
el terrorismo (el llamado surge), el
senador presentó la Iraq War De-Escalation
Act, propuesta legislativa nunca debatida
que de haber sido aprobada habría supuesto
una retirada escalonada del país árabe de
todas las tropas de combate con compleción
en marzo de 2008.
Ahora bien, por otro lado, Obama no tuvo
inconvenientes en votar a favor, discrepando
con una parte de sus compañeros de bancada,
de leyes defendidas por el Ejecutivo
republicano y rodeadas de controversia, como
la Energy Policy Act de 2005, que modificó
la política energética del país al otorgar
facilidades fiscales y crediticias a las
empresas que invirtieran en el desarrollo de
"energías innovadoras" para frenar las
emisiones de efecto invernadero ligadas a
los combustibles fósiles, y la Secure Fence
Act de 2006, que autorizó la construcción de
un muro reforzado con vigilancia electrónica
a lo largo de más de 1.000 km de frontera
con México para entorpecer la inmigración
ilegal y el narcotráfico. Asimismo, en 2007
fue copatrocinador de la Iran Sanctions
Enabling Act, que endurecía las sanciones
contra Irán, cuyo Gobierno era acusado de
estar desarrollando un programa nuclear para
usos militares, al poner trabas a las
inversiones de compañías nacionales en el
sector energético iraní.
En su mandato legislativo, Obama fue miembro
de los comités senatoriales de Relaciones
Exteriores, Medio Ambiente y Obras Públicas,
Asuntos de los Veteranos, Salud, Educación,
Trabajo y Pensiones, y Seguridad Doméstica y
Asuntos Gubernamentales. Dentro del primer
Comité presidió el subcomité de Asuntos
Europeos, y como miembro del mismo realizó
varios viajes oficiales a Oriente Próximo,
Europa Oriental y África, donde sostuvo
reuniones con altas personalidades políticas
y gobernantes.
3.
La aspiración presidencial: definición de la
plataforma y las primarias demócratas
La publicación en octubre de 2006 de su
segundo libro, The Audacity of Hope:
Thoughts on Reclaiming the American Dream,
obra que tomaba el título del discurso
pronunciado en la Convención Demócrata de
2004 y que, a diferencia de Dreams from
My Father, presentaba un contenido
bastante más declarativo y político que
biográfico, fue interpretada como un serio
aviso de intenciones por parte de un
congresista de color, humildes orígenes y
exótico nombre que, pese a su cortísima
experiencia en los pasillos federales de
Washington y su no pertenencia a las élites
tradicionales o a una familia influyente,
parecía albergar la suprema ambición, que en
su caso, considerando tan potentes
handicaps, podía sonar a pretensión
quimérica: llegar al despacho oval de la
Casa Blanca. Las especulaciones en tal
sentido venían formulándose desde su
impactante subida a escena en la nominación
de Kerry dos años atrás, pese a que entonces
ni siquiera tenía despacho en Washington.
El 10 de febrero de 2007, al cabo de unas
semanas salpicadas de gestos inequívocos,
Obama lanzó oficialmente su precandidatura
demócrata en las escalinatas del Old State
Capitol de Springfield, antigua sede del
poder legislativo de Illinois y edificio muy
vinculado a
Abraham Lincoln, quien en 1858, antes de
ser elegido presidente, pronunció aquí un
famoso discurso contra la división política
en el estado. En su alocución, el senador
evocó a Lincoln, se refirió a las
"esperanzas y sueños comunes", y achacó a un
"liderazgo fracasado", en referencia a la
Administración Bush, el "trágico error" de
la guerra de Irak y el abandono de las metas
de acabar con la pobreza y dotar a Estados
Unidos de un sistema universal de salud.
Aseguró reconocer "cierta presuntuosidad,
una cierta audacia" en el anuncio que
realizaba y que su bagaje en Washington no
era muy amplio, pero sí lo suficiente como
para saber que las cosas "debían cambiar".
"Es hora de pasar página, aquí mismo y ahora
mismo", sentenció.
En marzo siguiente sacó a la venta su tercer
libro, Barack Obama in His Own Words,
que recogía una selección de extractos de
discursos y entrevistas, y luego escribió un
artículo, Renewing American Leadership,
que fue publicado como essay de
portada por la revista Foreign Affairs
en su número bimensual de julio y agosto. El
texto, anticipando planteamientos luego
expuestos en discursos y ruedas de prensa,
reclamaba un "final responsable" para la
guerra de Irak, la despolitización de los
análisis de inteligencia y un liderazgo
renovado para Estados Unidos que ni
pretendiera "retirarse" del mundo ni
intentara "intimidarlo para que se someta".
El aspirante presidencial apostaba por una
política exterior más abierta al
multilaterialismo, el diálogo y el consenso.
Ahora bien, esto no le convertía en un
pacifista por principios, como tampoco
repudiaba sin más la muy controvertida
Doctrina Bush de la autodefensa
preventiva, ya que él "no vacilaría en
usar la fuerza, unilateralmente de ser
necesario, para proteger al pueblo americano
o nuestros intereses vitales en caso de ser
atacados o amenazados de manera inminente".
La matización multilateral la hacía Obama al
considerar las opciones militares también
"en circunstancias más allá de la
autodefensa, en aras de la seguridad común
que apuntala la estabilidad global".
Los dos principales peligros del momento, la
posesión por Corea del Norte de un programa
de armas nucleares y la aparente búsqueda
por Irán de idéntica capacidad militar con
su programa de enriquecimiento de uranio
debían ser conjurados, pero confiando
primero en las medidas de presión aplicadas
por una "coalición internacional fuerte" y,
eventualmente, en la diplomacia, incluyendo
las "conversaciones directas". En agosto, el
senador afirmó que él no dudaría en ordenar
una acción militar contra bases de Al Qaeda
en Pakistán sin el consentimiento del
Gobierno de Islamabad –el cual reaccionó
airadamente al comentario-, y reclamó que se
enviaran más tropas a
Afganistán para combatir a los
talibanes, cuya escalada de ataques estaba
poniendo en dificultades a las tropas
internacionales y de la OTAN allí
desplegadas.
Apoyado en su inseparable estratega
político, David Axelrod, impulsado por una
afluencia de aportaciones financieras tan
impresionante como insospechada y sacando el
máximo partido de su brillantez
comunicativa, Obama encaró con prometedoras
perspectivas un proceso de primarias en el
que le salieron tres contrincantes de peso,
que le aventajaban en experiencia y en
preeminencia: John Edwards, antiguo senador
por Carolina del Norte y candidato a la
Vicepresidencia con Kerry en 2004; el
hispanoamericano Bill Richardson, embajador
en la ONU y secretario de Energía en la
pasada Administración demócrata así como
actual gobernador de Nuevo México; y, sobre
todo, Hillary Clinton, la famosa ex primera
dama, senadora por Nueva York desde 2001 y
hasta hacía poco presidenta del Comité
Directivo de Alcance del Partido Demócrata
en el Senado, cuyas ambición y energía
políticas eran de sobra conocidas.
Retirados Richardson y Edwards en enero, la
precampaña presidencial demócrata de 2008 se
convirtió en un duelo particular entre Obama
y Clinton, que alcanzó cotas de gran
aspereza, sin rehuir los ataques puramente
personales y el mutuo descrédito, insólitas
entre postulantes de un mismo partido. La
senadora por Nueva York, vendiendo
experiencia, metiéndose en el bolsillo a las
mujeres blancas, cortejando a los hispanos y
lanzando guiños al mismo electorado negro,
donde muchos seguían sin considerar al de
Illinois, con su oratoria integradora
carente de victimismo racial, un verdadero
afroamericano, disfrutó a lo largo de 2007
de una considerable ventaja en los sondeos.
Sin
embargo, en los caucuses de Iowa, que dieron
el banderazo de salida al proceso, Obama
comenzó poniéndose en cabeza en la carrera
por la obtención de delegados a la
Convención Nacional Demócrata. La elección
primaria de New Hampshire fue ganada por
Clinton, mientras que el supermartes
de principios de febrero, en el que se
celebraron primarias o caucuses en 24
estados, acabó en un empate técnico. Obama
dio un hachazo casi decisivo ese mismo mes
al apuntarse once victorias consecutivas,
pero Clinton prolongó la pugna, rechazando
los llamamientos a que abandonara, al
recobrar fuelle con sus victorias en los
importantes estados de Ohio, Texas y
Pensilvania. La dilatación del proceso por
la obstinación esperanzada de Clinton alarmó
a los dirigentes del partido, temerosos de
que el único beneficiario de la contienda
fratricida fuera el candidato del Partido
Republicano, John McCain, septuagenario
senador por Arizona, ex prisionero de guerra
en Vietnam, y con fama de moderado y
disidente dentro de su formación, quien
tenía asegurada su nominación desde marzo.
Blandiendo los eslóganes emblemáticos de
Change we can believe in y Yes, we
can, Obama siguió engordando su cuenta y
el 3 de junio, pronunciados ya todos los
estados y pasados en masa a su lado los
llamados superdelegados
(compromisarios no elegidos sino designados
y que no están sujetos a la disciplina
partidista de voto en la Convención), rebasó
el número de delegados, 2.118, necesarios
para asegurarse la nominación.
En todo este tiempo, también había ganado a
Clinton la batalla por los endorsements:
a favor de Obama se pronunciaron entre otros
Jackson, Kerry, Richardson, Ted Kennedy y
otros miembros de la mítica familia,
Edwards, el emérito senador Robert Byrd, el
ex presidente Jimmy Carter, el ex
vicepresidente Walter Mondale y muchos
prestigiosos ministros de anteriores
administraciones demócratas, a los que
posteriormente se sumó el ex vicepresidente
y candidato presidencial Al Gore. Fuera del
partido, recibió las adhesiones de multitud
de celebridades del mundo intelectual, la
música, el cine, las ONG y el periodismo,
sin faltar la muy influyente comunicadora
televisiva Oprah Winfrey, que hizo campaña y
recaudó fondos para él, mientras le
comparaba implícitamente con Martin Luther
King.
Todo este caudal de respaldos a Obama
neutralizó los posibles efectos negativos de
su pública ruptura con Jeremiah Wright y la
Trinity Church, forzada tras pronunciar el
polémico reverendo unos sermones cargados de
retórica nacionalista negra, que chocaban
frontalmente con los mensajes de unidad del
candidato, quien salió al paso del pequeño
escándalo llamando a "superar las viejas
heridas raciales".
El 7 de junio, la senadora Clinton, por fin,
renunció a su precandidatura y dio su apoyo
a Obama, haciendo suyo el lema Yes, we
can e instando a sus fieles a que
hicieran lo mismo. El primero en secundarla
fue su marido, el ex presidente Clinton. La
enorme acrimonia de las primarias demócratas
fue súbitamente reemplazada por los
llamamientos al cierre compacto de filas
–asumido de mala gana por las votantes
clintonianas más incondicionales- tras Obama
y contra McCain.
En julio, el candidato realizó un periplo
internacional, por Oriente Medio y Europa
Occidental, que, más que de presentación,
fue de exaltación, a la vista del entusiasmo
y las deferencias que halló en las siete
capitales visitadas, donde sostuvo reuniones
con los respectivos gobernantes. A lo largo
y ancho del mundo, las encuestas indicaban
que Obama era de largo el candidato
preferido por los no estadounidenses para
suceder a Bush, no teniendo los medios
reparos en hablar de verdadera obamamanía,
tales eran las expectativas que el aspirante
negro nutría por doquier.
En Kabul, Obama pidió un refuerzo urgente
del contingente militar de su país en
Afganistán. En Bagdad, contrastó su
propuesta de retirada escalonada de las
tropas de combate en un plazo de 16 meses a
partir de enero de 2009 -muy criticada por
McCain ante los éxitos de la surge en
la reducción de la violencia- con los deseos
del Gobierno irakí de llegar a ese escenario
antes de terminar 2010
En Jerusalén, transmitió a los dirigentes
israelíes la firmeza de las "relaciones
especiales" entre los dos países y su
"compromiso permanente" con la seguridad del
Estado judío, más ahora en que preocupaba
vivamente la amenaza iraní, considerada por
él la mayor a que hacía frente Oriente
Próximo. En este terreno, el candidato venía
destinando mucho más tiempo a exponer
posturas proisraelíes (ya había defendido la
campaña militar contra Hezbollah en Líbano
en 2006, las acciones de represalia contra
Hamas en Gaza y el estatus indiviso y
capitalino de Jerusalén) que a alentar la
convicción de que como presidente de Estados
Unidos sería un mediador aplicado y más
neutral en las empantanadas negociaciones
con los palestinos.
El 23 de agosto Obama desveló que su
compañero de fórmula para la Vicepresidencia
era el católico
Joe Biden, senador por Delaware desde
1973, presidente del Comité de Relaciones de
la Cámara alta y uno de los congresistas más
experimentados del país, así como
precandidato testimonial en las primarias
demócratas, de las que se había retirado
tras el caucus de Iowa. Al escoger a Biden,
Obama buscaba enmendar uno de los puntos
flacos de su currículum, su minúsculo
historial en los terrenos de la seguridad y
la política exterior, convertido por los
republicanos en un filón de propaganda
negativa.
El 27 de agosto, arropado protagónicamente
por el matrimonio Clinton, Obama fue
nominado por aclamación candidato
presidencial en la Convención Nacional
Demócrata celebrada en Denver.
Independientemente del resultado de su liza
con McCain, el senador por Illinois ya
estaba escribiendo historia, ya que nunca
antes un afroamericano había recibido esta
oportunidad en el condominio bipartidista.
4.
La campaña electoral: el mensaje del cambio
bajo la tormenta económica
<<Elecciones
2008>>
Salvo en las dos primeras semanas de
septiembre, cuando
McCain, impulsado por la efectista
irrupción como su acompañante de plancha de
la gobernadora de Alaska, Sarah Palin
(exponente de los planteamientos
ultraconservadores del republicanismo en
cuestiones sociales y morales), se puso
brevemente por delante, Obama encabezó a lo
largo de la campaña todos los sondeos de
intención de voto divulgados por los medios
periodísticos y los institutos demoscópicos,
si bien su margen de ventaja experimentó
fuertes oscilaciones, convirtiéndose en un
favorito sin certidumbres de victoria.
En sus articulados discursos, sin duda su
mayor arma electoral por la fuerte carga
retórica y emocional que les imprimía,
ilusionando y convenciendo a unos auditorios
entregados al carisma de quien algunos –en
la comunidad negra- ya contemplaban con
expectativas cuasi mesiánicas, y, en menor
medida, en los tres debates televisados que
sostuvo con
McCain, Obama hizo gala de un estilo
metódico, cerebral y calmoso, hábilmente
conjugado con rasgos de naturalidad,
claridad y simpatía, que anulaban las
percepciones de posible elitismo
intelectual.
El aspirante hizo una elocuente promoción
del concepto del cambio, un cambio integral,
en la manera de gobernar Estados Unidos, en
los principios rectores de la economía de
libre mercado y en el modo de relacionarse
con el resto del mundo. El lema Change we
can believe in, que dio título a su
cuarto libro, publicado en septiembre a modo
de manifiesto electoral, se transformó en
The change we need; en otras palabras,
de lo posible y lo esperanzador se pasaba a
lo ineludible y lo perentorio. Igualmente,
Obama presentó un repertorio de posturas y
promesas que, lejos de reflejar un programa
bien desarrollado en origen, fue adquiriendo
nitidez y detalle sobre la marcha, a veces
matizando pronunciamientos anteriores, y de
manera recurrente ajustándose a las
necesidades electoralistas conforme estas
iban surgiendo.
Así, endureció su discurso sobre Irán, país
al que amenazó con más fuertes sanciones
económicas y con el empleo de la fuerza como
último recurso, y dejó abierta la puerta a
una revisión de su plan de retirada militar
de Irak en año y medio, en función de la
situación de la seguridad y de las opiniones
de los comandantes sobre el terreno. A su
entender, se trataba de poner fin a la
guerra en el país árabe de una manera
"responsable". Su conocido escepticismo con
la ejecución discrecional de la pena de
muerte y la legislación permisiva de la
tenencia de armas de fuego por particulares
fue también revisado. En un sentido general,
se apreció una moderación de los enfoques
personales de Obama, que tomaron un cariz
más centrista en comparación con el
izquierdismo asomado en la contienda
con Clinton durante la precampaña.
En el libro-manifiesto Change We Can
Believe In: Barack Obama's Plan to Renew
America's Promise, el candidato
presentaba un plan de "esperanza para
América" estructurado en cuatro apartados.
El primero, titulado Reactivar la
economía: reforzando la clase media, se
ocupaba de los aspectos socioeconómicos, y
aquí Obama ofrecía: universalizar la red de
seguros sanitarios, integrando en el sistema
a 47 millones de estadounidenses sin
cobertura médica; reforzar las prestaciones
y consolidar la naturaleza pública del
programa Medicare (de asistencia
sanitaria gratuita a la tercera edad) y el
conjunto de la Social Security; subir
los impuestos a las rentas más altas, las
superiores a los 250.000 dólares anuales,
mantener o reducir la presión tributaria a
las demás (el 95%), con devoluciones
fiscales de 500 a 1.000 dólares a las
familias de la "clase media" –Biden aclaró
posteriormente que debían considerarse tales
las que ingresaran menos de 150.000
dólares-, y exenciones totales a las
personas mayores con rentas inferiores a los
50.000 dólares; y suprimir las tasas sobre
los beneficios de capital a las empresas
pequeñas, innovadoras o simplemente de nueva
creación, pero incrementarlas a las grandes,
particularmente las compañías petroleras.
En el segundo apartado de su plan,
Invertir en nuestra prosperidad: creando
nuestro futuro económico, el candidato
se comprometía a dar un gran salto educativo
así como a alcanzar la "independencia
energética", para él sinónimo de seguridad
nacional, lo que pasaba por una apuesta
decidida por las energías renovables y los
combustibles alternativos a los fósiles, y
por la reducción del consumo de petróleo
importado de fuera a unos precios
desbocados, poniendo como alternativas los
biocarburantes y la explotación de parte del
crudo atesorado por el subsuelo nacional,
las llamadas reservas estratégicas.
Como resultado, aseguraba, el país ahorraría
ingentes cantidades de dinero y crearía
cinco millones de puestos de trabajo
verdes. Además, el cumplimiento de los
criterios de eficiencia energética
permitiría reducir masivamente las emisiones
contaminantes de efecto invernadero,
reducción que, afirmaba con optimismo,
podría alcanzar en 2050 el 80% en relación
con los niveles de 1990. En este sentido,
Obama quería convertir a Estados Unidos en
"líder" mundial en la lucha contra el cambio
climático, dando un giro de 180 grados a la
política practicada por Bush. Ahora bien, el
demócrata no dijo si pensaba impulsar la
ratificación por el Congreso del Protocolo
de Kyoto de 1997.
El tercer apartado del plan, Reconstruir
el liderazgo de América: restaurando nuestro
lugar en el mundo, tenía asimismo
fuertes implicaciones económicas, ya que la
retirada de Irak, la eventual finalización
también de la guerra contra Al Qaeda y el
terrorismo global –con victoria, se
entendía-, la interrupción del desarrollo de
nuevo armamento nuclear –ligado a una activa
campaña internacional para frenar la
proliferación nuclear y prohibir, tratado
mediante, la fabricación de munición atómica
en todo el planeta-, el abandono de los
proyectos más dispendiosos del sistema de
defensa nacional antimisiles (NMD) y la
renuncia a situar armas en el espacio
exterior supondrían en conjunto una acusada
desmilitarización de la economía que
liberaría decenas de miles de millones de
dólares, dinero necesario para cubrir las
ayudas fiscales, el gasto social y las
inversiones energética y medioambiental,
amén de podar el colosal déficit
presupuestario legado por la Administración
Bush, que alcanzaba ya los 450.000 millones
de dólares, cantidad equivalente al 3,2% del
PIB.
Las medidas para aliviar las cargas deudoras
de los trabajadores, estimular el consumo e
incentivar las inversiones productivas y
generadoras de empleo adquirieron una
dramática prioridad precisamente en el
período álgido de la campaña, en septiembre
y octubre, cuando la crisis del mercado de
las hipotecas
subprime, arrastrada desde el año
anterior, desembocó en una descomunal
tormenta financiera (intervención estatal en
las entidades hipotecarias
Fannie Mae y Freddie Mac, quiebra del
gigante de la banca de inversiones
Lehman Brothers, rescate y
nacionalización de hecho por la Reserva
Federal de la aseguradora AIG para impedir
su bancarrota también), unida a un histórico
crash bursátil espaciado en varias
jornadas y al veloz agravamiento de la
contracción económica: así, en el tercer
trimestre del año el PIB estadounidense
había decrecido el 0,3%, y la recesión iba a
declararse con toda crudeza en el cuarto. La
superpotencia parecía abocada a su peor
crisis económica y financiera desde la Gran
Depresión de los años treinta del siglo XX.
La gravísima crisis de liquidez en el
mercado crediticio estadounidense, que
infectó a las demás economías mundiales,
intentó ser atajada por la Reserva Federal
con bajadas del tipo de interés y por el
Ejecutivo con el lanzamiento, en una medida
sin precedentes por su magnitud y su
heterodoxia antiliberal, de un plan
intervencionista de emergencia consistente
en
la inyección en el sistema financiero de
700.000 millones de dólares de dinero
público destinados a comprar activos de
inversión de los llamados tóxicos (toxic
assets), por estar respaldados en
hipotecas de alto riesgo. Obama, como
McCain, invocando acciones urgentes para
evitar la "catástrofe económica", salió a
apoyar la llamada Emergency Economic
Stabilization Act, que fue aprobada en
segunda lectura por las cámaras del Congreso
el 1 y el 3 de octubre.
La
triple calamidad financiera, económica y
bursátil perjudicó la candidatura del
republicano, cogido a contrapié y con serias
dificultades para demostrar que sus
propuestas económicas se apartaban
saludablemente de las políticas de la
Administración saliente de su propio
partido, e impulsó la del demócrata, visto
por la mitad de los ciudadanos, irritados
por que el Estado socorriera a los
responsables de la turbulencias y
preocupados por su bolsillo, como el mejor
preparado de los dos para afrontar el
tremendo desbarajuste e imponer a las
corporaciones las nuevas reglas del juego,
que forzosamente tendrían que ser menos
tolerantes con las prácticas especulativas y
las operaciones financieras de alto riesgo
movidas por el afán de lucro. Otro punto a
favor de Obama era su equipo de asesores
económicos de alto nivel, entre los que se
encontraban el magnate capitalista y
filántropo Warren Buffett -uno de los
hombres más ricos del mundo-, el presidente
del gigante de Internet Google, Eric Schmid,
el ex presidente de la Reserva Federal Paul
Volcker y los ex secretarios del Tesoro con
Clinton Robert Rubin y Lawrence Summers.
El seísmo en
Wall Street eclipsó también el efímero
efecto Palin, desinflado de todas
maneras por el rudo derechismo y,
principalmente, la patente falta de
preparación de la aspirante republicana a la
Vicepresidencia, que pudo terminar
convirtiéndose en un lastre para McCain, el
cual, de todas maneras, llevó una campaña un
tanto errática. En la recta final de la
campaña, los dos postulantes republicanos
pusieron unos acentos particularmente
demagógicos y agresivos a los ataques de
descalificación personal, adoptados luego de
agotarse el argumento de que el de Illinois
no tenía madera para comandar un país bajo
amenaza terrorista e involucrado en dos
guerras, en la esperanza de que la
movilización del voto del miedo en el
electorado conservador pudiera contrarrestar
el impacto adverso de las funestas noticias
económicas en las candidaturas propias.
Así, la gobernadora acusó a Obama de
"juntarse con terroristas", luego de dar
cuenta The New York Times (que
editorializó a favor del demócrata, como
otras grandes cabeceras de la prensa) de
unos contactos circunstanciales del senador
con el profesor universitario William Ayers,
antiguo cabecilla de un grupo subversivo de
extrema izquierda que perpetró atentados
contra edificios federales a principios de
los años setenta. Se trataba de otra
"relación peligrosa", como las del reverendo
Wright y el promotor inmobiliario Tony Rezko,
encarcelado por corrupción. Palin, esta vez
apoyándose en lo afirmado por el propio
fustigado, echó también en cara a Obama su
disposición a encontrarse cara a cara y sin
condiciones con el venezolano
Hugo Chávez, el iraní
Mahmoud Ahmadinejad, el norcoreano Kim
Jong Il, los hermanos Castro "y otros
peligrosos dictadores".
McCain, por su parte, no se quedó atrás
y sembró las dudas sobre el "verdadero Obama",
al tiempo que le tildaba de "peligroso" e
"izquierdista radical" –el demócrata le
llamó a su vez "riesgo para la seguridad
nacional"-, contribuyendo a asentar en las
bases republicanas más derechistas un
agitado estado de furia por la posible
llegada del "comunismo" a Estados Unidos de
la mano de un presidente "escogido por
terroristas", como no podía ser de otra
manera a la vista de tan sospechoso nombre,
tan anómala biografía y tan "apaciguadoras"
propuestas en política exterior. Las
virulentas reacciones sectarias en su propio
electorado, atizadas por varios medios de
comunicación, escaparon al control de la
campaña de McCain, quien, en un gesto
insólito, se vio obligado, micrófono en mano
y aguantando la presión de un auditorio
exaltado, a negar que su contrincante fuera
un "árabe", sino "un decente ciudadano y
padre de familia".
Las maniobras de intoxicación en torno a la
supuesta fe musulmana de Obama habían
circulado ya durante la precampaña contra
Clinton, cuando se filtraron unas fotos en
las que se veía al senador vestido con un
traje típico somalí, turbante inclusive,
tomadas durante un viaje a Kenya en 2006.
Ahora, Internet volvió a ser un excelente
medio de propagación de bulos sobre las
inconfesables "conexiones" del candidato con
el Islam, a ser posible radical. El nombre y
el apellido del aspirante a presidente, con
su resonancia tan poco americana y sí
árabe-musulmana, facilitaron los
chascarrillos malévolos a costa de un tal
Obama bin Laden, Barack Osama,
Baraka Obama y el todavía más
contundente Barack Saddam Hussein Osama,
entre otros juegos de palabras (para
completar las pullas, Joe Biden se prestaba
a ser llamado Joe bin Laden).
Todas estas maniobras consiguieron sin duda
detraer confianza en el demócrata por una
parte del electoral blanco indeciso. Y sin
embargo, Obama sacó un rendimiento
extraordinariamente fructífero de Internet,
atiborrado de webs, blogs, videos y
canciones creados a mayor gloria suya,
además de permitirle alcanzar cotas
históricas de recaudación económica para su
campaña: los 650 millones de dólares
recogidos en total, procedentes
exclusivamente de donaciones de particulares
y entidades privadas –el candidato rehusó
recibir fondos públicos-, más que duplicaron
lo ingresado por
McCain. El merchandising
electoral fue también copado por Obama,
cuyos lemas, logos y efigie se estamparon en
todo tipo de soportes. El demócrata se
convirtió en un icono sin ser aún el
presidente.
Por lo demás, el aspirante demócrata se
pronunció sobre una amplia variedad de
temas, dando a entender que si llegaba a la
Casa Blanca revocaría varias disposiciones
ejecutivas de Bush: así, prometió clausurar
el centro de detención de Guantánamo para
sospechosos de terrorismo y erradicar los
interrogatorios violentos y las torturas en
la guerra secreta contra
Al Qaeda y sus afines, ya que semejantes
prácticas suponían "una brutal traición a
nuestros valores fundamentales y una grave
amenaza para nuestra seguridad"; mostró su
disposición a suavizar el bloqueo de Cuba,
levantando las restricciones de los viajes y
el envío de remesas a los cubanos en la
isla; ofreció duplicar la ayuda humanitaria
de Estados Unidos a los países menos
desarrollados y llamó a situar una
estrategia para la reducción de la pobreza
en el centro de la política exterior; valoró
en términos muy críticos el Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (NAFTA,
con Canadá y
México), por lo que fue acusado de
proteccionista; se manifestó personalmente
contrario a los matrimonios homosexuales
pero también a que la Constitución definiera
el matrimonio como la unión de hombre y
mujer; y aceptó desbloquear la investigación
médica de células madre embrionarias con
fondos federales.
El elevado nivel de registros electorales,
el 73,5% de la población en edad de votar,
movilización que no tenía precedentes desde
la introducción del sufragio femenino en
1920, hacía presagiar una victoria de Obama,
impulsado decisivamente por una coalición
popular formada por tres, cuatro segmentos
sociales bien definidos: los jóvenes, muchos
de ellos nuevos votantes, las mujeres
solteras y las minorías raciales, muy
particularmente la negra, volcada con el
demócrata de una manera aplastante, en torno
al 95%, pero también la hispana, que por
primera vez apartó sus tradicionales
sentimientos de recelo y rivalidad con la
comunidad afroamericana, y se apuntó al
mensaje del cambio.
Con una participación nacional en torno al
64%, Obama se proclamó presidente con el
52,8% de los votos populares y 365 delegados
o votos electorales –necesitaba 270- de 28
estados, incluidos los determinantes de
Florida, Pensilvania, Ohio y Florida, frente
al 45,9% y los 173 votos de 22 estados idos
a McCain. El color azul tiñó también las
elecciones al Congreso, donde los demócratas
incrementaron sus mayorías en ambas cámaras:
en la Cámara de Representantes, con 435
miembros, pasaron de 235 a 255 escaños, y en
el Senado, con 100 miembros, de los que 35
se renovaron ahora, pasaron de 51
–incluyendo dos independientes prodemócratas-
a 58.
En la madrugada del 5 de noviembre, el
presidente electo, acompañado de su familia,
compareció ante una muchedumbre
enfervorizada en el Grant Park de Chicago
para pronunciar un discurso de aceptación y
agradecimiento en el que apeló a la unidad
de todos los estadounidenses sin distingos
de edad, raza u orientación sexual,
tendencia partidista o situación económica:
"(Todos) somos, y siempre seremos, los
Estados Unidos de América", proclamó, así
como que "el cambio ha llegado a América".
"Si hay alguien por ahí que todavía duda de
que América es un lugar donde todo es
posible, que todavía se pregunta si el sueño
de nuestros padres fundadores está vivo en
nuestros días, que todavía cuestiona el
poder de nuestra democracia, esta noche es
su respuesta", fue la frase con la que un
sorprendentemente tranquilo Obama comenzó su
alocución.
Entre tanto, a lo largo y ancho del país, se
sucedían las públicas demostraciones de
euforia, por momentos catártica, y
exaltación patriótica. Un entusiasmo
contagiado a otros lugares del mundo, desde
donde le llovieron las felicitaciones al
presidente electo, sin faltar el continente
africano y muy especialmente Kenya, donde la
población se echó a las calles para celebrar
la elección de quien veía como un medio
paisano, y el Gobierno decretó día festivo.
Tras tomarse un breve descanso, Obama, con
sus gestos y sus palabras, se encargó de
templar la desmedida exultación que su
victoria electoral había generado, hizo
hincapié en lo delicado de la situación por
la que el país atravesaba, e indicó que no
iba a quedarse de brazos cruzados hasta la
toma de posesión del 20 de enero de 2009,
cuando le tocaría enfrentar "el desafío
económico más importante de nuestras vidas"
y una crisis "de proporciones históricas".
"No va a ser rápido, no va a ser sencillo
salir del agujero en el que estamos", avisó,
rehuyendo todo triunfalismo.
En los días y semanas siguientes a su
elección, el ya ex senador –dimitió como tal
el 16 de noviembre- ha ido avanzando algunas
de las medidas que su administración piensa
adoptar "inmediatamente después" de tomar
posesión. En síntesis, buscará atajar la
recesión y la sangría laboral –la tasa de
paro se sitúa ya en el 6,5%, la más alta
desde 1994, tras la destrucción de 300.000
puestos de trabajo y la suma de 600.000
personas a las listas de desempleados sólo
en el catastrófico mes de octubre-, mediante
un desembolso masivo de dinero público,
probablemente parangonable en cuantía al
paquete de rescate del sistema financiero
montado por el Gobierno Bush con consenso
bipartidista.
El llamado Plan de Recuperación Económica,
que algunos observadores ya comparan con el
New Deal de
Roosevelt, con un horizonte operativo de
dos años y bastante más ambicioso y
dispendioso que las propuestas de campaña,
tal como lo contemplan sus promotores,
socorrerá fiscalmente a las familias de la
clase media acosadas por las hipotecas,
preservará o creará 2,5 millones de puestos
laborales, hará ingentes inversiones en
infraestructuras públicas y tecnologías
verdes, y considerará la ayuda al sector
industrial del automóvil, particularmente
golpeado por la crisis ante la caída en
picado del consumo, a condición de que las
empresas interesadas presenten un plan
"elaborado" de supervivencia.
(Cobertura informativa hasta 25/11/2008)
Nota de Atajo -
Subprime
Un crédito subprime es una modalidad
crediticia del mercado financiero de
Estados Unidos que se caracteriza por
tener un nivel de riesgo de impago superior
a la media del resto de créditos. Este tipo
de operaciones, concedidas a particulares o
empresas, tiene las siguientes
características:
La mayor parte de los créditos subprime son
de carácter hipotecario.
Las entidades financieras tienen un límite
máximo fijado por la FED de créditos de alto
riesgo, si bien este límite puede ser
superado por otras entidades intermediarias
que pueden adquirir mediante una cesión de
crédito los derechos al cobro de los
créditos subprime por parte de los bancos a
terceros, a cambio de pagar a la entidad
financiera un interés menor.
El tipo de interés de un crédito subprime es
superior a la media de los tipos de interés
para préstamos de las mismas características
dirigidos a usuarios solventes, variando
entre 1,5 y 7 puntos más.
El sistema de concesión de créditos en
Estados Unidos se basa en el establecimiento
de una tasa de evaluación del particular o
la empresa que solicita el préstamo, de tal
forma que aquellos que superan los 850
puntos en dicha evaluación obtienen créditos
prime a un tipo de interés bajo y con
amplias ventajas. Los que tienen una
evaluación entre 650 y 850 puntos se
consideran solventes y los tipos de interés
que se les aplican a las operaciones
crediticias se encuentran dentro de la media
nacional. Aquellos que tienen una puntuación
por debajo de 650 se consideran de alto
riesgo, y son aquellos que pueden recibir
los créditos subprime, con tipos de interés
más altos y más gastos en comisiones
bancarias.
En 2002 el volumen de créditos subprime de
las entidades financieras en
Estados Unidos representaba el 7% del
mercado hipotecario. En 2007 era del 12,5%.
Los créditos subprime, al igual que
cualquier otro, pueden ser negociados por
las entidades bancarias con otras empresas,
de tal forma que se pueden ceder los mismos
a cambio de obtener el pago de un interés
menor. La ventaja de la entidad financiera
al efectuar la cesión es poder garantizarse
el cobro del crédito de manera rápida. Las
empresas que adquieren créditos subprime
tratan de obtener un beneficio por la
diferencia entre lo pagado a la entidad
financiera y lo que efectivamente tienen
derecho a cobrar del particular deudor.
Los problemas que puede generar el impago de
los créditos subprime dentro de la economía
local y de la economía global está
determinado por tres factores:
El volumen total que representen los
créditos subprime sobre el total concedido.
El número de créditos cedidos a terceros en
operaciones de cesión de créditos y las
empresas titulares de los mismos. Cuando son
los bancos los que soportan la mayor parte
de la carga de los créditos subprime, el
riesgo afecta al sistema financiero; cuando
son empresas de otro tipo, el riesgo afecta
a distintos sectores económicos o bien a los
más importantes.
El impacto sobre la economía global, según
qué empresas, financieras o no de otros
países, hayan adquirido créditos subprime
-
Cidob
En Octubre del 2009, tras sólo 8 meses de
gobierno, le conceden el
Premio Nobel de la Paz
Barack Obama -
Anexo 1: Premio Nobel de la Paz
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