-
De agente secreto a responsable municipal
-
Fulgurante carrera al servicio de Yeltsin
-
Del Gobierno a la Presidencia: la guerra de Chechenia
-
Un nuevo estilo en el Kremlin
-
Paulatina aclaración de incógnitas
-
Recuperar el entendimiento con Occidente
-
Mantener la supremacía en el ámbito ex soviético
|
Vladimir Putin |
 |
| |
1. De agente secreto a responsable
municipal
Es el hijo único de un inválido de guerra que fue condecorado
por su actuación en la defensa de Leningrado contra el Ejército alemán
durante la Segunda Guerra Mundial. En 1970 se matriculó en Derecho por
la Universidad Estatal de Leningrado y nada más licenciarse, en 1975,
empezó a trabajar en la sede local del Comité de Seguridad del Estado
(KGB), concretamente en un departamento llamado Servicio Número Uno.
Este no se trataba todavía del célebre Primer Directorio Principal (FCD)
del KGB, encargado de la inteligencia extranjera, sino de un buró
subsidiario, existente en cada ciudad importante de la URSS, que
funcionaba también como oficina de reclutamiento. Durante 15 años
Putin fue un extremadamente discreto, por reservado, agente del KGB.
En 1984 siguió un cursillo de un año en el Instituto de Inteligencia
Bandera Roja, donde adquirió los conocimientos necesarios del idioma
alemán -además de nociones de español, francés e inglés- para servir
desde el año siguiente en Alemania Oriental, fundamentalmente en
Dresden y en Berlín. En el cuartel general del KGB en Karlshort
adquirió experiencia en la recogida de información. Sobre la
naturaleza de esta información, los que han tratado de aportar datos
de esta escasamente conocida etapa vital de Putin no se ponen de
acuerdo, aunque para la mayoría de las fuentes se trataría tanto de
expedientes políticos de ciudadanos de la RDA como informes
suministrados por los agentes de espionaje industrial.
También parece que realizó labores de enlace entre el KGB y el
servicio de seguridad germanooriental (SSD, más conocido como Stasi) y
de reclutamiento de agentes. En ese caso, o bien Putin no adquirió
responsabilidades especialmente importantes o bien su anonimato fue
completo, ya que cuando pasó al primer plano de actualidad el célebre
Markus Wolf aseguró no haber oído hablar de él en todos los años que
estuvo al frente del espionaje de la RDA.
En 1990, al poco de ser transferido del FCD al mucho menos prestigioso
directorio de personal y de prestar asesoría en asuntos de cooperación
internacional al rector de su antigua universidad, Putin abandonó el
servicio activo en el KGB y entró en el círculo de colaboradores de
Anatoli Sobchak, su antiguo profesor en la facultad de Derecho y, como
diputado en el Congreso Popular de la URSS, uno de los más preclaros
partidarios de la perestroika de Mijaíl Gorbachov.
El 20 de agosto de ese año, con Sobchak convertido ya en alcalde de
Leningrado y en plena incertidumbre por el golpe de Estado comunista
contra Gorbachov del día anterior, Putin se dio de baja de la reserva
del KGB (aunque algunos políticos demócratas de la ciudad creen que
durante un tiempo siguió rindiendo cuentas a su antigua organización)
y pasó a dirigir el comité de relaciones internacionales del
ayuntamiento leningradense.
A partir de marzo de 1994, disuelta ya la URSS y convertida Rusia en
Estado independiente, ejerció de primer teniente de alcalde de la
rebautizada San Petersburgo, un puesto cuyas competencias incluían la
seguridad ciudadana, en tanto que director del comité de emergencias y
supervisor de las fuerzas del orden público, y la sustitución de
Sobchak cuando realizaba sus frecuentes viajes al exterior, además de
la dimensión económica del anterior cargo citado, que retuvo.
La gestión de Putin en la antigua ciudad de los zares es valorada
positivamente por los analistas, ya que, moviendo los contactos de su
época como espía, contribuyó a que importantes firmas alemanas
hicieran inversiones en infraestructuras y participaran en joint
ventures con el consistorio, si bien las presuntas irregularidades en
la concesión de licencias de exportación de metales a productores
locales fueron objeto de algunas investigaciones por los diputados
locales.
2. Fulgurante carrera al servicio de Yeltsin
Las dotes de Putin para la organización y el análisis no pasaron
desapercibidos en Moscú. En septiembre de 1995 fue elegido para
encabezar la sección local de Nuestra Casa es Rusia (NDR), partido
centrista organizado por el primer ministro Víktor Chernomyrdin y que
entonces constituía el soporte político del presidente Borís Yeltsin.
Cuando Sobchak, que había caído en el descrédito entre escándalos de
corrupción y acusaciones de mala gestión, perdió las elecciones
municipales de junio de 1996 ante el candidato unitario de la
oposición democrática, Vladímir Yakovlev, Putin, que había dirigido la
campaña de su jefe, terminó también su trabajo como edil.
Siguió fiel al hombre (fallecido en febrero de 2000) que le había
abierto las puertas de la política, ayudándole durante su estancia en
Francia para recibir tratamiento médico y para resguardarse del acoso
judicial por los presuntos delitos de abuso de poder y malversación.
En agosto de 1996 se trasladó a Moscú y es en este momento cuando se
introdujo en los resortes del poder del Kremlin, que es como decir de
Rusia, aunque todavía en el más riguroso anonimato, lo que, no
obstante, facilitó su progresión meteórica. De adjunto de Pável
Borodin, jefe del departamento administrativo de la Administración
Presidencial (dirigida a su vez por el liberal Anatoli Chubáis),
encargado, entre otros menesteres protocolarios, de adjudicar las
residencias y vehículos oficiales a los altos funcionarios del
Kremlin, Putin pasó, el 26 de marzo de 1997, a jefe del directorio o
departamento principal, que controlaba todos los demás departamentos,
y luego, el 25 de mayo de 1998, a vicejefe de la Administración
Presidencial, encargado de las relaciones con los entes territoriales
de la Federación.
Este puesto, de indudable relevancia, le duró a Putin sólo dos meses:
el 25 de julio, en uno de sus típicos recambios fulminantes, Yeltsin
le nombró director del Servicio Federal de Seguridad (FSB), puesto con
rango ministerial, en lugar de Nikolai Kovalyov. El FSB, que empleaba
a 75.000 personas, había sido constituido el 12 de abril de 1995
mediante un decreto-ley de Yeltsin para sustituir al Servicio Federal
de Inteligencia (FSK), a su vez la agencia que interinamente había
reemplazado al KGB en diciembre de 1993.
El FSB sumaba a las competencias del FSK (las operaciones de
inteligencia en el extranjero) las tareas de seguridad interior
asumidas por el KGB, como la lucha contra el crimen organizado y el
terrorismo, así como la vigilancia de todo lo referente a la seguridad
nuclear y a la producción de minerales estratégicos, atribuciones
todas que ahora, con el debilitamiento general de la autoridad y el
imperio de ley, cobraban una especial importancia.
Cuando se conoció esta promoción la prensa rusa inquirió: "Quién es
Vladímir Putin?". En efecto, el flamante director del FSB era un
perfecto desconocido para el público ruso y sobre su ascenso no se
pusieron de acuerdo los observadores; para unos, obedecía a la
necesidad de poner al frente de un servicio reorganizado y reforzado
en sus funciones siguiendo la pauta del KGB a un competente ex oficial
familiarizado con las cuestiones de seguridad e inteligencia; otros,
sin embargo, hablaron de nombramiento "político" y establecieron su
lealtad a toda prueba y su aversión a robar protagonismo a sus jefes,
como las verdaderas cualidades por las que Yeltsin le había escogido.
3. Del Gobierno a la Presidencia: la guerra de
Chechenia
Mientras el baile de los primeros ministros seguía su curso (cuatro
cambios de titular entre marzo de 1998 y mayo de 1999) y Yeltsin, muy
mermado de salud y cada vez más criticado por los partidos ajenos a
las intrigas del Kremlin (a causa de su estilo de mando errático e
impulsivo y, en su opinión, su incapacidad para dirigir un país
abrumado por todo tipo de problemas), parecía no hallar a la persona
idónea para sucederle, la trayectoria de Putin ascendía imparable y
con el sigilo habitual.
En octubre de 1998 entró a formar parte del Consejo de Seguridad de la
Federación Rusa (SBRF, órgano que, junto con el también un tanto
difuminado en sus competencias aparato presidencial, representa una
estructura paralela del poder federal, fuera del control de la Duma
Estatal aun siendo más decisivo que el Gobierno Federal) y el 29 de
marzo de 1999, sin cesar en el puesto de director del FSB, se
convirtió en su secretario, reemplazando a Nikolai Bordyuzha. El 9 de
agosto de 1999 Yeltsin cesó a Serguéi Stepashin como primer ministro y
nombró a Putin primer viceprimer ministro y primer ministro en
funciones, por ser "la persona capaz de consolidar la sociedad y
obtener los apoyos necesarios para asegurar la continuidad de las
reformas".
Esta presentación hizo preguntarse a la prensa rusa sobre si lo que
pretendía Yeltsin era un colaborador dócil para, poniendo como
disculpa la desestabilización de la república de Daguestán por
guerrilleros chechenos, declarar el estado de emergencia y suspender
las cercanas elecciones legislativas y presidenciales, cuyo resultado,
en plena recomposición del campo opositor, se anticipaba más incierto
que nunca para el Kremlin. Precisamente a esta solución se habría
mostrado hostil Stepashin, a su vez un viejo compañero de Putin desde
sus años en San Petersburgo y que junto con su predecesor en el cargo,
Yevguieni Primakov, integraba la tríada de primeros ministros de
Yeltsin salidos de los servicios secretos.
La mayoría de los partidos y fracciones presentes en la Duma acogieron
positivamente el nombramiento de Putin, aunque con diferentes grados
de prudencia y escepticismo, ya que lo identificaban como el último
favorito de La Familia. Este término -y no como una simple
metáfora- aludía a la camarilla de colaboradores íntimos de Yeltsin,
cuya capacidad de influir en la alta política, se apreciaba, había
aumentado extraordinariamente en los últimos años a medida que la
salud de Yeltsin declinaba, y que precisamente ahora, con las
explosivas filtraciones sobre una corrupción a gran escala en el
entorno presidencial y las posibilidades sin precedentes, a tenor de
las encuestas, de que un candidato no del Kremlin -como el popular
alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov-, ganara las elecciones, se arriesgaba
a perder el poder y los privilegios.
El 16 de agosto Putin fue confirmado en la Duma con 233 votos a favor
-siete más de los necesarios-, 84 en contra y 17 abstenciones, y tomó
posesión de la jefatura del Gobierno. La mayoría de los miembros de
NDR, el grupo de diputados regionales y el Partido Liberal Democrático
del ultranacionalista Vladímir Zhirinovski, votaron por el primer
ministro, mientras que el Partido Comunista (KPRF) de Guennadi
Zyugánov (el grupo más nutrido de la cámara) y los reformistas
liberales del partido Yábloko mostraron un voto mucho más fraccionado.
Abundando en su fama de duro e imperturbable como el profesional del
espionaje que había sido, Putin, siempre con el beneplácito de Yeltsin,
elaboró la estrategia frente a la reactivación del conflicto checheno,
que ahora tomaba un alarmante cariz expansionista con el fomento del
secesionismo daguestaní y religioso con la divulgación por los
comandantes rebeldes del credo wahhabí, un fundamentalismo sunní
establecido en Arabia Saudí y más recientemente implantado en
Afganistán por el régimen de los Talibán.
La decisión de cortar la desestabilización del Cáucaso en su raíz
mediante la invasión y ocupación de Chechenia -donde desde los
acuerdos de paz con el Gobierno Federal, en agosto de 1996, la pugna
entre moderados y radicales había alcanzado, en apariencia, un punto
de no retorno- la adoptó Putin en el seno del SBRF, donde siguió
ejerciendo como miembro de pleno derecho en tanto que primer ministro.
En aquella fecha Putin puso en el cargo a Serguéi Ivanov, quien, al
igual que su sustituto al frente del FSB en agosto, Nikolai Patrúshev,
era también un natural de San Petersburgo y ex oficial del KGB, lo que
confirmó que el primer ministro y el delfín -todavía oficioso-
del presidente se estaba rodeando de colaboradores de la máxima
confianza y cortados por su mismo patrón.
Los sangrientos atentados en localidades de Daguestán y en el mismo
Moscú, donde el 9 y el 13 de septiembre dos grandes explosiones en
unos bloques de apartamentos mataron a decenas de personas,
movilizaron a la anonadada opinión pública a favor de un castigo
contundente a la República de Chechenia, pese a que la conexión
establecida por Putin, o incluso la propia naturaleza terrorista de
los atentado como cometidos por rebeldes checheno-daguestaníes, no fue
demostrada; algunos observadores incluso barajaron la autoría de los
mismos servicios secretos rusos, con inconfesables propósitos. El caso
es que la sensación de inseguridad de una población que ya conocía
bien los embates del crimen organizado alcanzó cotas máximas.
La segunda campaña de Chechenia, que comenzó con el ataque terrestre
del 30 de septiembre precedido por bombardeos aéreos desde el día 5,
fue presentada inicialmente por el Gobierno de Putin como una
operación antiterrorista limitada a la destrucción de los campamentos
guerrilleros dentro del territorio checheno, pero con el progreso de
las operaciones militares -lentas y penosas ante la encarnizada
resistencia que se encontró- reveló su verdadero objetivo: poner fin
definitivo a las veleidades independentistas chechenas, liquidar un
peligroso foco de perturbación para toda Rusia y levantar un obstáculo
para la aceptación por Azerbaidzhán, Kazajstán y Turkmenistán el hacer
pasar por la red de oleoductos rusos, ya en servicio o en
construcción, sus futuros suministros de gas y petróleo a Europa.
Putin, que deseaba consolidar su imagen de estadista implacable y
decidido a restaurar el orden y la disciplina en todo el territorio
federal sin reparar en medios, se guardó de caer en los errores de la
guerra de 1994-1996, cuando el poder federal pagó un elevado precio en
vidas y pertrechos para finalmente aceptar un acuerdo de alto el fuego
considerado desfavorable, ya que congelaba por unos años, no
eliminaba, la pretensión chechena de independencia, además de que la
retirada del poder federal de la república había asegurado su
soberanía de hecho.
El concepto de guerra total derivó en masivas violaciones de los
Derechos Humanos, hasta el punto de acusarse a las fuerzas federales
de ensañarse con la población civil y de prácticas genocidas. Putin,
que tenía toda la confianza de Yeltsin y observaba como la mano dura
en Chechenia elevaba vertiginosamente su popularidad en las encuestas
(un periódico llegó a definirle como el "Bruce Willis ruso"), dio
instrucciones para incrementar las ofensivas hasta el aplastamiento
total de la resistencia chechena.
Con Yeltsin la mayor parte del tiempo en el hospital o en reposo por
prescripción medida, Putin tomó las riendas efectivas del Estado, sin
ocultar -a partir de noviembre- su aspiración de sucederle en la
Presidencia. De cara a las elecciones legislativas del 19 de
diciembre, decisivas, en una etapa que se antojaba de final de
reinado, para la clarificación del equilibrio de fuerzas y de las
posibilidades de los presidenciables, el 23 de septiembre un grupo de
dirigentes regionales y del entorno del Kremlin lanzó el bloque
electoral Unidad (Yedinstvo) con el objeto de arañar el mayor
número posible de escaños al partido de Zyugánov y de favorecer las
aspiraciones de Putin, quien al día siguiente expresó el apoyo del
Gobierno a la iniciativa, ya que podía "ayudar a estabilizar la
situación política en Rusia".
En los comicios, Unidad, identificado por la población como "el
partido de Putin", obtuvo el 23,3% de los votos y 72 escaños, un
resultado bastante más positivo que el 10,1% y los 51 escaños ganados
por NDR en 1995, pero también porque el KPRF perdió una cincuentena de
escaños. La mayoría propresidencial en la Duma quedaba garantizada al
situarse la alianza centroizquierdista Patria-Toda Rusia (OVR) de
Luzhkov, Primakov y destacados dirigentes regionales, la Unión de
Fuerzas Derechistas (SPS) de los reformistas liberal-conservadores
Yégor Gaidar, Borís Némtsov y Serguéi Kirienko, y el Bloque
Zhirinovski, como las fuerzas tercera, cuarta y quinta más
representadas, respectivamente.
Todos estos líderes, así como Chernomyrdin y otros políticos,
expresaron entonces o en las semanas sucesivas su apoyo a la
candidatura presidencial de Putin, al que valoraron como un hombre
"capaz", "decente" y no constitutivo (en palabras de Gorbachov), de
"ningún peligro para la democracia". Validado en las urnas y
respaldado por buena parte de la clase política, Yeltsin se convenció
definitivamente de que su extremadamente leal colaborador era el
hombre idóneo para sucederle y asegurarle un retiro sin contratiempos,
de manera que el último día del año anunció su dimisión y el decreto
por el que Putin, conforme a la Constitución, asumía la jefatura del
Estado como presidente en funciones hasta la celebración de las
elecciones.
4. Un nuevo estilo en el Kremlin
Entre sus primeras disposiciones, Putin firmó el mismo 31 de diciembre
un decreto que concedía a Yeltsin inmunidad frente a cualquier
persecución, arresto o interrogatorio judicial, una renta mensual
correspondiente al 75% de su salario presidencial y garantías, como a
los demás miembros de su familia, de la protección del Estado y de un
tratamiento con privilegios especiales. El nombramiento de Putin fue
acogido positivamente en las capitales occidentales, que veían en él a
un estadista más predecible y concreto que Yeltsin, con el que tratar
la recomposición de la malparada cooperación Rusia-OTAN, eje de la
arquitectura de seguridad europea, a consecuencia de la guerra de
Kosovo.
Pero, por otro lado, el nuevo presidente ruso, con su papel de
halcón de la guerra de Chechenia, suscitaba grandes interrogantes
e inquietud por su propensión a los mensajes nacionalistas y de
construcción de una Rusia fuerte (el debate sobre la debilidad o la
fortaleza presentes de Rusia se animó con la llegada de Putin,
presentando cada parte una serie de argumentos que sustentaban sus
tesis con similar convicción). Ciertamente, en los meses siguientes
Putin, con sus disposiciones iniciales (restablecimiento de la
enseñanza militar en las escuelas, recuperación de la institución del
comisario político en los cuarteles) dio indicios que apuntaban a una
militarización de la sociedad y al aumento del control del Estado, sin
excluir el uso de los servicios de inteligencia para labores en
principio no contempladas en sus estatutos.
Putin rememoraba en muchos ciudadanos el antepenúltimo secretario
general del PCUS, Yuri Andropov (1982-1984), quien, como antiguo
director del KGB (una organización que, con sus ominosas actuaciones
como guardián del totalitarismo soviético, recupera ahora una cierta
aureola entre los rusos como el único cuerpo del Estado que se mantuvo
al margen de los hábitos corruptos y decadentes de los miembros del
aparato del Partido), hizo un diagnóstico crítico de la situación del
país e intentó una tímida reforma para disciplinar los malos hábitos
florecidos durante la etapa de Leonid Brezhnev, reforma que a su vez
inspiró a Gorbachov.
Al comenzar 2000, para una parte sustancial de los ciudadanos rusos
era perentorio un liderazgo enérgico que metiera en cintura a una
sociedad desvertebrada y desordenada, sin importar la suerte de las
minorías étnicas, las organizaciones criminales o los poderes
oligárquicos, e incluso la opinión de los gobiernos occidentales.
Ahora bien, otros analistas, aún aceptando el carácter enigmático de
Putin, recordaron el arraigo en Rusia, tras una década de reformas
renqueantes, de los hábitos de las sociedades democráticas. No pocas
instancias de poder dentro y fuera de Rusia vieron con agrado la
llegada al poder en Moscú de un dirigente joven y fuerte, capaz de
quebrar la impunidad sangrante de las mafias y de los poderosos
oligarcas financieros y mediáticos, beneficiarios de una
transición a un modelo capitalista donde las privatizaciones se
concibieron como una adjudicación incontrolada de las propiedades del
Estado a un reducido grupo de nuevos empresarios a cambio de apoyos
económicos, y de restaurar la autoridad federal en las repúblicas y
demás entes de la Federación.
Sobre el modelo económico, algunos observadores aseguraron que se
decantaría por las reformas radicales, que, con severos altibajos,
habían sido aplicadas por Yeltsin, pero esta vez sustentadas en un
régimen autoritario a la chilena, conformando una suerte de
capitalismo de estado; otros vislumbraron un modelo socialdemócrata
clásico y mixto, con la asunción por el Estado de sectores clave y
estratégicos y un retorno parcial a la planificación (que es
precisamente lo que propugnaban los comunistas de Zyugánov).
Ahora bien, tanto en uno como en otro caso, surgía la cuestión del
papel que los omnipresentes oligarcas, muchos de ellos ligados a las
prebendas del Kremlin, un tema más importante en cuanto que Putin no
iba a admitir otros núcleos del poder fuera del que ostentaba.
Se tenía en mente al magnate Borís Berezovski, hasta marzo de 1999
secretario ejecutivo de la Comunidad de Estados Independientes (CEI),
propietario de un imperio de la comunicación (incluyendo la televisión
ORT y el periódico Nezavisimaya gazeta) y estrechamente
vinculado a La Familia, si bien su poder e influencia estaban
declinando a ojos vista coincidiendo con el ascenso de Putin. Por lo
demás, los interlocutores internacionales de Rusia estaban convencidos
de que el nuevo mandatario ruso iba aportar previsibilidad y confianza
en una coyuntura de recuperación de la producción y estabilización
monetaria, iniciada tras la devaluación del rublo en 1998.
5. Paulatina aclaración de incógnitas
De momento, la prosecución de la campaña de Chechenia, desoyendo todos
los llamamientos foráneos a detener los atropellos contra la población
civil y a sentarse a negociar con el presidente Aslán Masjádov, abonó
la hipótesis de que el sometimiento de las fuerzas centrífugas de la
Federación tenía prioridad sobre las buenas relaciones con Occidente o
el refuerzo de los espacios de democracia y libertad para los
ciudadanos. Putin negó el derecho de otros países a inmiscuirse en lo
que consideraba una cuestión estrictamente interna de Rusia y
describió las operaciones militares como una operación de limpieza
antiterrorista.
En febrero de 2000 las tropas rusas completaron la conquista de Grozny
y tomaron los últimos núcleos urbanos chechenos, pero se expusieron a
una presumiblemente larga guerra de guerrillas, cuyos primeros y
mortíferos episodios de emboscadas a manos de partisanos bajados de
las montañas o infiltrados tras las líneas rusas demostraron que, a
pesar de las seguridades triunfalistas del presidente, el conflicto
checheno estaba lejos de solucionarse. El 8 de junio Putin impuso la
Administración Presidencial directa en la república y acto seguido
empezó a transferir responsabilidades al jefe de la administración
local provisional, el checheno Akhmed-hadji Kadyrov, lo que daba a
entender una estrategia de chechenización del conflicto y de
paulatina inhibición rusa.
El 26 de marzo de 2000 se celebraron las elecciones presidenciales y,
a pesar de la enquistación del conflicto checheno, Putin venció con un
incontestable 53% de los votos. Sus dos adversarios destacados,
Zyugánov y el líder de Yábloko, Grigori Yavlinski, obtuvieron el 29% y
el 6%, respectivamente. El 7 de mayo Putin inició su mandato
quinquenal y nombró primer ministro a Mijaíl Kasyánov, un antiguo
planificador y economista de bajo perfil político que desde mayo de
1999 dirigía el Ministerio de Finanzas. El 17 de mayo Kasyánov pasó la
preceptiva aprobación de la Duma y su anterior puesto en el Gobierno
fue ocupado por Aleksei Kudrin, un economista considerado liberal
procedente del círculo de Putin en San Petersburgo.
Por otro lado, el 27 de mayo el movimiento Unidad se constituyó como
un partido formal, se definió de ideología centrista y proclamó sin
ambages su naturaleza al servicio de Putin, citando incluso como
modelo al partido fundado en 1958 por los seguidores de Charles de
Gaulle para auparle a la presidencia de Francia primero y asegurarle
una mayoría parlamentaria después. Serguéi Shoigu fue confirmado en su
liderazgo, aunque Putin permaneció como un mero simpatizante no
adscrito.
A partir de las elecciones de marzo, Putin fue descorriendo los
numerosos velos que le habían envuelto desde su llegada al Kremlin, y
en un sentido confirmatorio de las aprensiones arriba mencionadas. En
primer lugar, en abril, se presentó la nueva Doctrina de Defensa, que
suponía una ampliación o continuación de la doctrina aprobada en 1993
y que, entre otros puntos, autoriza la intervención del Ejército en
conflictos armados dentro de la Federación (lo cual ya venía
produciéndose con prodigalidad) y en el ámbito exterior confiere a
Rusia el derecho a usar el arma nuclear sin ataque previo, si detecta
evidencias de un grave peligro para la seguridad nacional.
El presidente, que había empezado a insistir en lo inaceptable del
trato de privilegio y la concesión de favores políticos a empresarios
y financieros, de manera que su enorme influencia debía terminar, dio
indicios de una depuración en la Administración Presidencial ya el 3
de enero de 2000, cuando destituyó de su cargo de asesora presidencial
a la hija de Yeltsin, Tatyana Dyachenko, y a otros altos funcionarios,
si bien los observadores consideraron la medida una lógica renovación
de equipo, con la remoción de los confidentes y cortesanos de
Yeltsin que el público más asociaba con la intriga y el favoritismo.
Además, algunos de los oficiales destituidos fueron inmediatamente
destinados a otros puestos, con lo que en parte esta "limpieza" se
trató en realidad de una reestructuración.
El 11 de mayo se produjo un acto esclarecedor sobre el futuro de los
oligarcas (al menos, de los no identificados con los intereses del
Kremlin) en la Rusia de Putin: el aparatoso asalto por el FSB (que no
por la policía) de las oficinas de Media-Most, grupo de empresas de
comunicación (entre ellas la televisión NTV, el diario Segodnya
y la popular emisora de radio Eco de Moscú) perteneciente al
magnate Vladímir Gusinski, que durante la campaña presidencial vertió
opiniones críticas a Putin y se decantó por la fórmula Luzhkov-Primakov.
Luego, el 13 de junio, la Fiscalía General, presuntamente haciendo
caso omiso de los "consejos" del Kremlin (Putin, en visita en Madrid,
dijo sentirse "sorprendido" cuando conoció la noticia), emprendió una
operación judicial contra Media-Most que incluyó la detención por unos
días del propio Gusinski, acusado de fraude al Estado. Gusinski
rechazó la imputación y afirmó ser víctima de un chantaje
intimidatorio del poder para que cambiara la línea editorial de sus
empresas informativas. Se confirmó igualmente la ruptura con
Berezovski, quien en julio dimitió de su escaño en la Duma dispuesto a
crear su propio partido político, después de denunciar las políticas
"autoritarias" de Putin y de que la justicia empezara a investigarle
por casos de corrupción.
El 13 de mayo Putin, que había solicitado un "nuevo federalismo" y el
final del "caos legal" existente en las regiones, reorganizó por
decreto el sistema de emisarios del Kremlin en los entes que componen
la Federación: en vez de haber un delegado por cada entidad (89 en
total, entre sujetos nacionales -repúblicas y distritos- y
sujetos administrativos territoriales -territorios, regiones y
ciudades federales-), el presidente contaría con sólo siete
representantes, al frente de otros tantos "distritos federales" de
nueva creación. Se observó que la finalidad última de esta medida era
reforzar el poder del centro sobre las regiones y sujetar a los
numerosos dirigentes locales díscolos, aunque algunos iban más allá y
entreveían una eventual reordenación del sistema de sujetos de la
Federación
Nuevas decisiones reveladoras de los planes de Putin fueron la
creación, por decreto el 1 de septiembre, del Consejo de Estado de la
Federación Rusa, un órgano consultivo formado por los jefes de los
ejecutivos regionales y presidido por el jefe del Estado, que parecía
una reparación a los presidentes republicanos y gobernadores por la
pérdida de sus escaños en el Consejo de la Federación o Cámara Alta de
la Asamblea Federal.
Según la reforma, aprobada por el propio Consejo de la Federación el
26 de julio, este organismo pasaba a estar integrado por
representantes permanentes nombrados por los poderes ejecutivo y
legislativo de cada sujeto de la Federación, si bien hasta el 1 de
enero de 2002 iban a seguir en sus funciones los actuales 178
senadores, esto es, los jefes de los ejecutivos y legislativos de los
entes. Asimismo, el 9 de septiembre Putin firmó la nueva Doctrina de
Información elaborada por el SBRF, que provocó nuevos revuelos entre
los medios de comunicación por parecerles notoriamente restrictiva.
Esta serie de medidas cimentó la imagen de un Putin enérgico y con
iniciativa, pero cuando el luctuoso y misterioso episodio del
hundimiento del submarino nuclear Kursk en el mar de Barents, el 12 o
el 13 de agosto de 2000 (la fecha, como buena parte de los elementos
de la tragedia, no fue precisada), el presidente fue objeto de una
avalancha de críticas, sin precedentes en Rusia, por su actitud
excesivamente fría y pasiva en los primeros días de la crisis. Por lo
demás, aquella fue sólo parte del secretismo general y el desacierto
con que los militares y el Kremlin llevaron el asunto. Particularmente
vituperado fue el rechazo inicial de una ayuda internacional que quizá
pudo resultar decisiva para salvar con vida a algunos de los 118
tripulantes del submarino.
Aunque Putin perdió nuevos puntos ante los medios de comunicación y
hubo amagos de algo parecido a una catarsis en la opinión pública,
conmocionada ante la más cruda manifestación de la incuria que reinaba
en las Fuerzas Armadas -una situación proclive a ser generalizada al
conjunto del Estado-, la popularidad de Putin sólo se resintió
sensiblemente y no tardó en restablecer sus elevadas notas, de acuerdo
con las encuestas de opinión.
6. Recuperar el entendimiento con Occidente
Sin estridencias pero con firmeza, Putin ha defendido las posiciones
de Rusia en sus relaciones con Estados Unidos, que han estado
mediatizadas por la pretensión de este país de dotarse de un sistema
de Defensa Nacional Antimisiles (NMD) para protegerse de eventuales
ataques nucleares de los denominados "estados delincuentes", pero que
Rusia considera está dirigido contra ella.
En su primera cumbre presidencial con Bill Clinton, en Moscú el 4 de
junio de 2000, Putin recalcó que la NMD violaba el Tratado ABM de
1972, el cual establece en un centenar el tope de lanzaderas de
antimisiles por ambas partes, si bien admitió que el tratado se había
quedado anticuado y procedía su revisión ante la, efectivamente,
actuación fuera del marco de la no proliferación nuclear de ciertos
"países imprevisibles". No obstante, propuso a su homólogo desarrollar
un sistema antimisiles conjunto y extensible a los países europeos (si
bien limitado a la defensa no estratégica), lo que Clinton aceptó
tomar en consideración.
Los dos mandatarios volvieron a reunirse en cumbre del G-8 en Okinawa,
el 21 de julio, y en la denominada Cumbre del Milenio en la Asamblea
General de Naciones Unidas, el 6 de septiembre. El primero de los
encuentros estuvo dominado por la propuesta de Corea del Norte (uno de
los países a los que Estados Unidos se refiere a la hora de
desarrollar la NMD), expresada a Putin por el presidente Kim Jong Il
en Pyongyang el 19 de julio, de renunciar a su programa de misiles a
cambio de ayuda para desarrollar un programa espacial civil, la cual
el ruso consideró digna de tener en cuenta. En el segundo encuentro,
en Nueva York, se suscribió una declaración favorable a avanzar en la
reducción de los arsenales nucleares estratégicos, con un ánimo de
preservar el ABM y de afrontar los nuevos retos de la seguridad
internacional.
En este sentido, Putin es partidario de iniciar conversaciones para un
Tratado de Reducción de Armas Estratégicas START-III, toda vez que uno
de los principales obstáculos, la ratificación por la Duma del START-II
(que estaba pendiente desde 1993) se hizo conforme a los deseos del
presidente el 14 de abril. Siete días después, los parlamentarios
hicieron lo propio con el Tratado de Prohibición Total de Pruebas
Nucleares (CTBT) firmado en la ONU en septiembre 1996, con lo que
Rusia se puso por delante de Estados Unidos en los esfuerzos de
desnuclearización de las relaciones internacionales.
Para Rusia el START-II supone el recorte de su arsenal hasta las 3.000
cabezas nucleares, en un proceso que deberá completarse en 2007. Putin
va más allá y considera que las necesidades estratégicas del país
pueden cubrirse con 1.500 cabezas (en el momento de la firma del START-I,
en 1991, la URSS disponía de 11.000), una drástica reducción que
planteó en la reunión del SBRF del 11 de septiembre de 2000. Entonces
se impuso su propuesta de transferir el Mando de Misiles Estratégicos
a la Fuerza Aérea en 2002, como parte de un ambicioso programa de
reducción y modernización de las Fuerzas Armadas, cuya lamentable
capacidad de combate, fundamentalmente en el Ejército de Tierra y en
la Armada, Putin reconoció abiertamente.
En 2000 Putin realizó sus primeras visitas a capitales occidentales en
Londres (17 de abril), Roma (5 y 6 de junio, donde además fue recibido
en audiencia por el Papa en el Vaticano), Madrid (13 y 14 de junio),
Berlín (15 y 16 de junio) y Tokyo (4 y 5 de septiembre). En la capital
nipona no despejó con el primer ministro Yoshiro Mori el desencuentro
por la soberanía rusa de las islas Kuriles, que ha impedido la firma
de un tratado de paz entre ambos países desde el final de la Segunda
Guerra Mundial.
El 29 de mayo Putin tomó parte en Moscú con Romano Prodi y Javier
Solana en una cumbre Rusia-Unión Europea que fue calificada por las
partes como "muy constructiva" y el comienzo de "una nueva era de
cooperación". En su debut en el G-8 en Okinawa, donde no se habló una
sóla palabra sobre Chechenia, el canciller Gerhard Schröder le anunció
el reescalonamiento de parte de la deuda contraída por Rusia con
Alemania y de paso calificó de "brillantes" las explicaciones de su
reciente estancia en Corea del Norte.
La nueva amistad germano-rusa (por el contrario, las relaciones con
Francia se enfriaron por las fuertes críticas galas a la campaña de
Chechenia) quedó sellada en la cumbre de Berlín en junio de 2000,
cuando se adoptaron sendos acuerdos sobre la liberalización de
créditos para garantizar las exportaciones alemanas a Rusia y para
realizar nuevas inversiones de empresas alemanas en la extracción de
gas, y Schröder además respaldó la oferta de Putin de desarrollar un
programa paneuropeo de defensa abierto a la participación de Estados
Unidos.
7. Mantener la supremacía en el ámbito ex soviético
Putin realizó su primera visita a China el 18 de julio de 2000 y
coincidió con el presidente Jiang Zemin en el rechazo a la NMD y al
hegemonismo de Estados Unidos, por lo que estimaron necesario
profundizar la "cooperación estratégica" establecida en los últimos
años entre los dos países. Igual tipo de vínculo quedó definido con
India durante la visita del presidente a Nueva Delhi el 3 de octubre.
Otro elemento de inercia en las relaciones exteriores rusas salió a
relucir a la hora de evaluar las elecciones presidenciales en
Yugoslavia, el 24 de septiembre de 2000, ya que Moscú no reconoció la
victoria en las urnas del candidato de la oposición, Vojislav
Kostunica, hasta que la insurrección popular en Belgrado apartó a
Slobodan Milosevic del poder. Estas reticencias ante el eclipse
democrático de quien había sido el único y autoasignado aliado de
Moscú (aunque el autócrata serbio nunca dio facilidades a la
diplomacia rusa con sus desplantes) en una región dominada por los
gobiernos prooccidentales, no fueron óbice para que el ministro de
Exteriores, Igor Ivanov, se apuntara la primicia de felicitar a
Kostunica en Belgrado.
El 25 de enero de 2000 Putin celebró en Moscú su primera cumbre con
los jefes de Estado de la CEI, entidad que no termina de cuajar como
un remedo de la extinta Unión Soviética, ni siquiera en sus aspectos
de integración más elementales, por la dispersión de los intereses
nacionales y el establecimiento de alineamientos de países con
parecidas perspectivas de cooperación subregional e internacional.
Aunque los mandatarios elogiaron a Putin por su intención de parar el
avance de las dinámicas "separatistas y terroristas" en la CEI y su
profesión de fe en la organización, por lo bajo se expresaban
inquietudes hacia un refuerzo de los sectarismos y las tentaciones
neoimperiales rusas, que con Yeltsin ya se habían expresado en el
momento en que el Kremlin empezó a instrumentar la CEI para sus
objetivos de política exterior.
En la relación especial con Bielarús, que desde 1996 ha establecido
con Rusia varios tratados de unión muy ambiciosos, Putin ha exhibido
hasta ahora mayor cautela que su predecesor. En su visita al
presidente bielorruso en Minsk, el 16 de abril de 1999, Putin pidió la
"sincronización" de los planes de integración, cuya profusión y calado
excede las posibilidades de aplicación a corto plazo, y añadió que los
aspectos políticos y de seguridad no podían cimentarse "en una
económica débil", por lo que convenía concentrarse de momento en la
armonización de las políticas fiscales y tarifarias, a fin de
conseguir una unión aduanera efectiva. Por el contrario, las
relaciones con Ucrania atravesaban un momento pródigo en
desavenencias.
Casado con una antigua profesora de escuela y con dos hijas pequeñas,
Putin se presenta a sí mismo como un fiel de la Iglesia ortodoxa, un
hombre sin vicios y un entusiasta del deporte y la vida sana. Practica
el sambo, un tipo de lucha tradicional rusa del que fue varias veces
campeón en San Petersburgo, y el judo, del que es cinturón negro y
cuyas habilidades exhibió en unos combates de cortesía durante sus
visitas a Japón en 2000.
(Última actualización: 10 enero 2001)
|