Autobiografía
científica - Max Planck
Lo universalmente válido es lo absoluto. Lo invariante.
Mi decisión original de dedicarme a la ciencia nació del descubrimiento que
hice cuando aún era adolescente - y que nunca dejó de inspirarme entusiasmo
desde entonces - al comprender el hecho evidente de que las leyes del
razonamiento humano coinciden con las leyes que rigen las sensaciones que
recibimos del mundo que nos rodea y, en virtud de ello, que el razonamiento
puro puede permitir al hombre formarse una imagen del mismo. En este
sentido, es de fundamental importancia que el mundo exterior sea
independiente del hombre, algo absoluto, y, para mi la búsqueda de las leyes
aplicables a este absoluto representa la más sublime de las tareas
científicas.
Estas consideraciones fueron corroboradas y ampliadas con la excelente
instrucción que recibí durante muchos años en el Maximilian-Gymnasium, en
Münich, de mi profesor de matemáticas, Hermann Müller, hombre de edad
madura, de gran inteligencia y sentido del humor, hábil en el arte de lograr
que sus alumnos se formaran una idea y entendieran el significado de las
leyes físicas.
Mi mente captó con avidez, como una revelación, la primera ley cuya validez
universal absoluta me era conocida, independientemente de toda intervención
humana: el principio de la conservación de la energía. Nunca olvidaré el
relato que nos hizo Müller, como la mejor de sus anécdotas, aquella del
albañil que con gran esfuerzo logra transportar un pesado bloque de piedra
hasta el techo de una casa. El trabajo realizado no es vano; queda en el
mismo bloque de piedra, y quizás durante muchos años siga incólume y
latente, hasta que posiblemente algún día éste se desprenda y caiga sobre la
cabeza de un transeúnte.
Luego de graduarme en el Maximilian-Gymnasium ingresé a la Universidad, a la
que asistí durante tres años en Münich y durante otro año en Berlín. Estudié
física experimental y matemáticas; aún no habían sido incorporadas las
cátedras ni las clases de física teórica. En Münich asistí a los cursos del
físico Ph. von Jolly y de los matemáticos Ludwig Seidel y Gustav Bauer.
Mucho aprendí de estos tres maestros y guardo reverente recuerdo de su
memoria. Pero solo cuando llegué a Berlín comprendí que, en asuntos
relacionados con la ciencia, su importancia era local; y fue en Berlín donde
mi horizonte científico se amplió considerablemente bajo la orientación de
Hermann von Helmholtz y Gustav Kirchhoff, cuyos alumnos tenían toda clase de
oportunidades para proseguir sus actividades, conocidas en todo el mundo.
Debo confesar que no saqué ningún beneficio perceptible de los cursos
impartidos por ellos. Era evidente que Helmholtz jamás preparaba sus clases
debidamente. Hablaba titubeando e interrumpía su disertación para buscar los
datos necesarios en su pequeña libreta; mas aún, con frecuencia se
equivocaba en los cálculos que hacía en el pizarrón y era obvio que la clase
le aburría a él, casi tanto como a nosotros. Con el tiempo, sus clases
fueron quedando cada vez mas desiertas, hasta que por último sólo asistían a
ellas tres estudiantes, entre ellos yo y mi amigo Rudolf Lehmann-Filhés,
quien posteriormente se hizo astrónomo.
Kirchhoff era el extremo opuesto. Sus clase eran cuidadosamente preparadas,
cada frase estudiada y tenía una aplicación correcta. No faltaban ni
sobraban las palabras; pero daban la impresión de un texto memorizado,
carente de interés y monótono. Sentíamos admiración por él, pero no por lo
que decía.
Por esas circunstancias, la única forma de satisfacer mis ansias de adquirir
mayores conocimientos científicos fue la de estudiar por mi mismo los
tópicos que me interesaban y, naturalmente, estos tópicos se referían al
principio de la energía. Cierto día descubrí los tratados de Rudolf Clausius
cuyo estilo brillante y claridad de razonamiento me impresionaron
profundamente, y mi interés por sus artículos fue en aumento. Era de
especial valor para mí la exactitud con que formuló las dos leyes de la
termodinámica y la bien definida diferencia que él fue el primero en
establecer entre ambas leyes. Hasta ese momento y como consecuencia de la
hipótesis de que el calor desde una temperatura mas alta a una mas baja, era
análoga a la de hacer descender un peso desde una posición mas alta a una
inferior; y no era fácil eliminar esta opinión errónea.
Clausius basó su demostración de la segunda ley de la termodinámica en la
hipótesis de que "el calor no pasa espontáneamente de un cuerpo más frío a
otro más caliente". Pero esta hipótesis necesita una explicación
aclaratoria, porque no sólo intenta expresar que el calor no pasa
directamente de un cuerpo más frío a otro más caliente, sino también que es
imposible transmitir calor, por medio alguno, de un cuerpo más frío a otro
más caliente, sin que ocurra en la naturaleza algún cambio que sirva como
compensación.
En mi empeño por aclarar este punto todo lo posible, descubrí como expresar
esta hipótesis en una forma que consideré más simple y convincente diciendo
que: "El proceso de la conducción del calor no puede ser invertido
completamente, en forma alguna". Lo que expresa lo mismo que dijo Clausius,
sin necesidad de una explicación aclaratoria. A un proceso que de ninguna
manera puede ser invertido completamente lo denominé proceso natural. El
término adoptado en la actualidad universalmente es el de irreversible.
Sin embargo, parece imposible eliminar un error que tiene su origen en una
interpretación demasiado estrecha de la ley de Clausius y contra el cual
luché empeñosamente durante toda mi vida. Aún hoy comprobamos con frecuencia
que la irreversibilidad, en vez de tener la definición que acabo de
mencionar, es definida así: "Un proceso irreversible es aquel que no puede
ocurrir en sentido opuesto". Esta formulación es insuficiente, puesto que es
dable concebir un proceso que no puede ocurrir en sentido opuesto, pero que
en alguna forma sí puede ser invertido completamente.
Como el problema de si un proceso es reversible o irreversible solo depende
de la naturaleza de su estado inicial y de su estado final, y no de la
manera como se desarrolla; entonces, en el caso de un proceso irreversible,
el estado final es, en cierto modo, más importante que el inicial - como si
la naturaleza, por decirlo así, "prefiriera" el estado final al inicial.
Descubrí una medida de esta "preferencia" en la entropía de Clausius y
encontré el significado de la segunda ley de la termodinámica en el
principio de que, en todo proceso natural crece la suma de las entropías de
todos los cuerpos implicados en él. Estas ideas las expuse en mi tesis
doctoral, en la Universidad de Münich, la que terminé en 1879.
Mi tesis no tuvo eco alguno sobre los físicos de aquellos tiempos. Ninguno
de mis profesores de la Universidad comprendieron su contenido, como pude
deducir de mis conversaciones con ellos. Es evidente que aprobaron mi tesis
doctoral sólo porque conocían mis restantes actividades en el laboratorio
físico y en el seminario de matemáticas. Pero no encontré ningún interés, y
menos aprobación, entre los físicos que se ocupaban del problema. Es
probable que Helmholtz ni siquiera haya leído mi trabajo. Kirchhoff
expresamente desaprobó su contenido observando que el concepto de entropía,
cuya magnitud solo podía ser medida mediante un proceso reversible, y que en
consecuencia era definible, no debía se aplicado a los procesos
irreversibles.. Con Clusius no pude ponerme en contacto; no contestó a mis
cartas y no lo encontré cuando traté de verlo personalmente en su casa de
Bonn. Mantuve correspondencia con Carl Neumann, de Leipzig, pero sin
resultados fructuosos.
Sin embargo, debido a la gran importancia que yo le atribuía a la tarea que
me había impuesto a mí mismo, tales experiencias no podían desanimarme para
continuar mis estudios sobre la entropía que para mí era, después de la
energía, la propiedad mas importante de los sistemas físicos. Puesto que su
valor máximo indica un estado de equilibrio, todas la leyes del equilibrio
físico y químico derivan del conocimiento de la entropía. Me dediqué a esto
en detalle durante los años siguientes, en diversas investigaciones. Al
principio en algunas que versaban sobre cambios en los estados físicos, que
presenté para mi examen en Münich, en 1880, y posteriormente en estudios
sobre las mezclas de gases. Todas mis investigaciones tuvieron resultados
fructuosos. Pero, lamentablemente, como después lo supe, los mismos teoremas
habían sido obtenidos antes, y en cierto modo en forma aún más universal,
por el gran físico teórico norteamericano, Josiah Willar Gibbs, y así fue
como en este campo no logré ningún mérito.
Cuando era instructor en Münich, durante muchos años esperé en vano que se
me asignara una cátedra. Naturalmente que eran muy pocas mis posibilidades
para lograrlo porque la física teórica aún no era considerada como una
disciplina especial. Mi deseo de obtener renombre en el campo científico se
hizo mas vehemente.
Impulsado por ese deseo, decidí presentar un trabajo para optar al premio
que sería concedido en 1887 por la Facultad de Filosofía de Göttingen. El
tema que sería considerado era "La naturaleza de la energía". Luego de haber
terminado mi trabajo, en la primavera de 1885, me ofrecieron la cátedra de
física teórica, como profesor asociado, en la Universidad de Kiel. Esta
oferta fue para mi como un mensaje de liberación. Uno de los momentos mas
felices de mi vida fue, y lo seguirá siendo, aquél en que presenté mis
respetos al Director del Ministerio Althoff, en su alojamiento del Hotel
Marienbad, informandome sobre los detalles y condiciones de mi nombramiento.
Porque a pesar de que mi vida en la casa paterna era tan agradable como
cualquiera pudiera desearlo, aumentaban mis ansias de independizarme y de
tener un hogar propio.
Sospeché y, por cierto no sin fundamento, que la ocasión que se me
presentaba no era en realidad una recompensa a mis actividades científicas
sino, mas bien, que se debía al hecho de que Gustav Karsten, Profesor de
Física en Kiel, era íntimo amigo de mi padre. Sin embargo, esto no estropeó
mi decidida felicidad y me hice el firme propósito de justificar la
confianza que se depositaba en mí.
Poco después me transladé a Kiel, donde dí los toques finales a mi trabajo y
lo presenté en Göttingen. Gane el segundo premio. Además del mío, fueron
presentadas otras dos ponenecias sobre el mismo tema, las que no obtuvieron
premio. Naturalmente me extrañó que mi trabajo no hubiese ganado el primer
premio, pero descubrí las razones al leer los fundamentos de la decisión de
la Facultad de Göttingen. Los jueces hacían ciertas críticas de menor
importancia y luego expresaban: "Finalmente, se abstiene la Facultad de
aprobar las observaciones con que el autor trata de juzgar la ley de Weber".
En el fondo, esto se debía a que entre W. Weber, profesor de física en
Göttingen, y Helmholtz, había en ese entonces una notoria controversia
científica, en la que yo apoyaba expresamente a Helmholtz. Creo que no me
equivoco al considerar que éste fue el motivo principal para que la Facultad
de Göttingen, decidiera no otorgarme el primer premio. Pero aunque mi
actitud provocó el disgusto de los doctos de Göttingen, fue considerada con
simpatía por los de Berlín; pronto advertiría yo los resultados
consiguientes.
Apenas terminé el trabajo que presenté en Göttingen, volví a mi tema
favorito y escribí varias monografías las que publiqué bajo el título
general de "Sobre el principio del aumento de la entropía". Allí traté las
leyes de las reacciones químicas, de la disociación de los gases y,
finalmente, las propiedades de las soluciones diluidas. Respecto a estas
últimas, mi teoría llevó a la conclusión de que la disminución de los
valores del punto de congelación, observados en muchas soluciones salinas,
solo podía ser explicada por una disociación de substancias disueltas y que
este descubrimiento constituía una base termodinámica para la teoría de la
disociación electrolítica que había desarrollado casi en la misma época
Svante Arrhenius, en forma poco amistosa, puso en duda el valor de mis
argumentos, manifestando que su teoría se refería a los iones, o sea, a las
partículas cargadas eléctricamente. Yo sólo pude responder que las leyes de
la termodinámica eran válidas independientemente de que las partículas
estuvieran o no estuvieran cargadas.
En la primavera de 1889, después de la muerte de Kirchhoff, acepté la
invitación que se me hizo, por recomendación de la Facultad de Filosofía de
Berlín, de substituirlo en la Universidad para enseñar física teórica.
Primero fui profesor asociado y, desde 1892, profesor "full time". Estos
fueron los años en que mi pensamiento y mis perspectivas científicas
tuvieron mayor desarrollo. Fue la primer oportunidad que tuve de ponerme en
contacto más directo con los principales investigadores científicos de
aquella época, en especial con Helmholtz; también tuve la ocasión de
conocerlo personalmente y de respetarlo como hombre de igual modo que
siempre lo había respetado como científico. Por su personalidad, la
integridad de sus convicciones y la modestia de su carácter, era la
encarnación de la dignidad y la probidad de la ciencia. Además de estas
cualidades de carácter, poseía una verdadera bondad humana que me conmovía
profundamente. Cuando, durante una conversación, me miraba con sus ojos
serenos y penetrantes y, sin embargo, tan afables, me inundaba un
sentimiento de inmensa confianza y devoción fraternal y sabía que podía
confiarle, sin ninguna reserva, todo lo que pasaba por mi mente, porque
siempre encontraría en él a una persona que me juzgaría con justicia y
tolerancia; una sola palabra suya de aprobación aunque no contuviese elogio
alguno, me producía tanta satisfacción como el mejor de los éxitos.
Experimenté esas sensaciones en varias oportunidades; una, fue cuando me
expresó su gratitud por el elogio de su memoria en honor de Heinrich Hertz,
que hice ante la Sociedad de Física; otra ocasión, cuando aprobó mi teoría
sobre las soluciones químicas, poco antes de que yo ingresara la Academia
Prusiana de Ciencias. Recordaré hasta el final de mi vida la emoción que me
causaron esos instantes.
Además de Helmholtz, muy pronto estreché relaciones amistosas con Wilhelm
von Bezold, a quien conocí en Münich; y, también, con August Kundt, el
temperamental director del Instituto de Física, que se había ganado el
afecto universal por sus sentimientos genuinamente humanos.
No era fácil tratar con los demás físicos. Por ejemplo, Adolph Paalzow,
físico de la Escuela de Ingeniería de Charlottemburg, talentoso
experimentador y berlinés típico, siempre me trató con cordialidad pero
también siempre me hizo sentir que yo no le interesaba mucho. En aquellos
días yo era el único teórico, un físico sui generis por decirlo así, y esta
circunstancia no facilitó mi iniciación. También tuve la impresión de que
los maestros de Instituto de Física eran corteses conmigo pero con todo me
mantenían a distancia. Pero, con el transcurso del tiempo, a medida que nos
conocimos mejor, nuestras relaciones se fueron haciendo más amistosas; uno
de ellos, Heinrich Rubens, llegó a convertirse en mi íntimo amigo y nuestra
amistad sólo fue interrumpida por su muerte harto prematura.
Por capricho del destino, cuando recién me había presentado a mi trabajo en
Berlín se me encomendó transitoriamente una tarea muy distinta a la rama de
la física que yo había elegido. Justamente en esa época el Instituto de
Física Teórica había recibido un gran armonio de tonalidad pura, no
templada, producto del genio de Carl Eitz, profesor de escuela pública en
Eisleben, y construido para el Ministerio por la fábrica de pianos
Schiedmayer, de Stuttgart. Se me encomendó que usara este instrumento
musical para un estudio de la escala "natural", no templada. Me dedique al
problema con gran interés, particularmente con respecto al papel desempeñado
por la escala "natural" en nuestra música vocal moderna sin acompañamiento
instrumental. Estos estudios me llevaron al descubrimiento, hasta cierto
punto insospechado, de que la escala templada era positivamente mas grata al
oído humano en toda circunstancia que la escala "natural" no templada. Aún
en un acorde armónico mayor, el tercero natural suena débil e inexpresivo en
comparación con el tercero templado. Es indudable que este hecho puede ser
atribuido, en último término, a un hábito adquirido durante años y
generaciones, porque antes de Juan Sebastian Bach la escala templada no era
conocida universalmente.
Mi traslado a Berlín no solo me permitió entrar en relaciones con personajes
interesantes, sino que también aumentó visiblemente mis relaciones
científicas. En primer lugar, me interesé en la teoría extremadamente
fructuosa formulada por W. Nernst, de Göttingen. De acuerdo a la misma, las
tensiones eléctricas que ocurren en las soluciones electrolíticas con
concentraciones no homogéneas, son causadas por el efecto conjunto de la
fuerza eléctrica, debido a las cargas en movimiento y a la presión osmótica.
Tomando esta teoría como base, logré calcular la diferencia de potencial en
le punto de contacto de dos soluciones electrolíticas, y Nernst me escribió
después comunicándome que con sus mediciones mi fórmula había sido
confirmada.
En relación con los problemas de la teoría de la disociación eléctrica,
pronto entré en un nutrido intercambio epistolar con Wilhelm Ostwald, de
Leipzig. Nuestra correspondencia derivó en muchos debates críticos que jamás
se apartaron del tono amistoso. Ostwald, que por naturaleza era un firme
creyente de la sistematización, diferenciaba tres tipos distintos de energía
correspondiente a tres dimensiones espaciales, a saber: energía de
distancia, energia de superficie y energía de espacio.
Para él, la energía de distancia era fuerza de gravitación; la energía de
superficie, la tensión superficial de los líquidos; y la energía de espacio,
la energía de volumen. Yo le respondí, entre otros comentarios, que no
existía tal energía de volumen en el sentido que pretendía Ostwald. Por
ejemplo, la energía de un gas ideal en realidad ni siquiera depende del
volumen , sino de la temperatura del gas. Si se hace dilatar un gas ideal
sin que realice ningún trabajo, aumenta su volumen pero su energía sigue
siendo la misma; sin embargo, según Ostwald, su energía debía disminuir con
la disminución de la presión.
Otra controversia surgió en relación con el problema de la analogía entre la
transmisión del calor desde una temperatura más alta a una mas baja y la
sumersión de un peso desde una altura mayor a una menor. Yo había insistido
en la necesidad de distinguir con claridad entre ambos procesos, porque
diferían entre sí tan fundamentalmente como la primera y la segunda ley de
la termodinámica. Sin embargo, la opinión aceptada universalmente en
aquellos días se oponía a mi teoría y no pude lograr que mis colegas
compartieran mi punto de vista. De hecho, algunos físicos
hasta llegaron a considerar el razonamiento de Clausius como
innecesariamente complicado, confuso si se quiere; en particular, se negaron
a aceptar el concepto de irreversibilidad y, por lo tanto, se reusaron a
considerar al calor en una posición especial entre las formas de energía.
Oponiéndose a la teoría de la termodinámica de Clausius, crearon la llamada
"ciencia de la energética". El primer teorema básico de la energética,
exactamente como la teoría de Clausius, expresa el principio de conservación
de la energía; pero el segundo teorema, que se supone que establece el
sentido de todos los hechos, postula una analogía perfecta entre transmisión
del calor desde una temperatura mas alta a otra más baja y la sumersión de
un peso desde una altura mayor a otra menor.
Como consecuencia de este punto de vista, se abandonó el supuesto de la
irreversibilidad, para demostrar la segunda ley de la termodinámica; más
aún, se negó la existencia de un cero absoluto de la temperatura, basándose
en el argumento de que en las temperaturas, al igual que en las alturas,
solo pueden medirse diferencias.
Una de las experiencias mas dolorosas de mi vida científica es que salvo
rarísimas ocasiones - en realidad, podría decir que nunca - logré obtener
reconocimiento universal para un resultado nuevo, cuya exactitud pude
demostrar con una prueba concluyente, pero solamente teórica. Lo mismo
ocurrió en esta ocasión. Todos mis argumentos fueron ignorados. Era
sencillamente imposible competir con hombres de la autoridad de Ostwald,
Helm y Mach. Yo poseía la firme convicción de que algún día se demostraría
que eran ciertos mis argumentos sobre la diferencia fundamental entre la
transmisión del calor y la sumersión de un peso, pero me fastidiaba pensar
que no tendría la satisfacción de verme vindicado. Finalmente mi tesis fue
por todos aceptada, pero por consideraciones de índole completamente
distinta, que ninguna relación debía con los argumentos que había expuesto
en su favor - o sea, por la teoría atómica presentada por Ludwig Boltzmann.
Boltzmann logró establecer, para un gas dado en un estado determinado, una
función H, que tiene la propiedad de que su valor disminuye constantemente
con el tiempo. Por lo tanto basta identificar el valor negativo de esta
función H con la entropía. A la vez, este descubrimiento demostró que la
irreversibilidad es una característica de los procesos que ocurren en un
gas.
Así con el curso de los acontecimientos, mi postulado sobre la diferencia
fundamental entre la conducción del calor y un proceso puramente mecánico,
se impuso sobre las ideas sostenidas anteriormente por autoridades en la
materia. No obstante, mi contribución fue totalmente innecesaria porque aún
sin ella los resultados hubieran sido los mismos.
Naturalmente que esta lucha, en la que Boltzmann y Ostwald representaban
ideas opuestas, se realizó con cierto acaloramiento y tambien causó efectos
profundos, porque ambos antagonistas rivalizaban en agudez y talento
natural. Después de todo lo referido, en este duelo de inteligencias yo solo
podía desempeñar el papel de un subordinado de Boltzmann, cuyos servicios no
eran estimados por cierto y ni siquiera tomados en cuenta por él. Porque
Boltzmann sabía muy bien que mis ideas eran fundamentalmente distintas a las
suyas. Se sentía especialmente molesto por el hecho de que la teoría
atómica, base de todas sus investigaciones, no solo me era indiferente sino
que hasta cierto punto me mostraba hostil hacia ella. La razón era que, en
ese entonces, yo consideraba al principio del aumento de la entropía tan
firmemente válido como el mismo principio de la conservación de la energía,
mientras que Boltzmann solo lo consideraba como una ley de probabilidades;
dicho en otras palabras, como un principio que podía tener excepciones. El
valor de la función H también puede aumentar a veces. Boltzmann no tocó este
punto al deducir su "teorema H", y un talentoso discípulo mío, E. Zermelo,
hizo notar esta omisión al demostrar con rigor el teorema. De hecho Boltzman
omitió en su deducción toda mención de la indispensable suposición de la
validez de su teorema - o sea, la admisión del desorden molecular. Debe
haberlo considerado como algo obvio. De todos modos, su respuesta al joven
Zermelo tenía un tono sarcástico, que también en parte iba dirigido a mí,
porque el artículo de Zermelo había sido publicado con mi aprobación. Y así
fue como Boltzmann adoptó ese tono áspero que siempre siguió demostrándome
en adelante, tanto en sus artículos como en nuestra correspondencia
personal; sólo en los últimos años de su vida tuvo una actitud más amistosa
para conmigo, cuando le informé que mi ley de la radiación tenía una base
atómica.
Finalmente Bolzmann triunfó sobre Ostwald y los partidarios de la
energética, tal y como yo pensé que sucedería por lo antes expresado. La
diferencia básica entre la conducción del calor y un proceso puramente
mecánico, fue por todos reconocida. Esta experiencia también me dio la
oportunidad de conocer un hecho, notable para mí. Una nueva verdad
científica no se impone por el convencimiento de sus opositores, haciéndoles
reconocer la realidad, sino mas bien porque algún día los opositores
desaparecen y surge una nueva generación que ya está familiarizada con ella.
Por otra parte, las controversias que mencioné producían en mí poco interés,
porque mal podía esperarse que de ellas resultara algo nuevo. En
consecuencia, muy pronto dediqué mi atención a otro problema, el que debía
absorberme y exigirme la realización de otras investigaciones enteramente
distintas. Las mediciones efectuadas por O. Lummer y E. Pringsheim en el
Instituto Físico-Técnico Alemán, relacionadas con el estudio del espectro
térmico, llamaron mi atención hacia la ley de Kirchhoff, que expresa que en
una cavidad vacía, cuyas paredes son notablemente reflectoras, y que
contengan un número arbitrario de cuerpos emisores y absorbentes, llegará
con el tiempo a un estado en que todos los cuerpos tengan la misma
temperatura y la radiación - con todas sus propiedades, incluyendo la
distribución espectral de energía - no dependa de la naturaleza de los
cuerpos, sino única y exclusivamente de la temperatura. Así, esta llamada
distribución normal de la energía espectral representa algo absoluto y, como
siempre consideré la búsqueda de lo absoluto como el más grandioso objetivo
de toda actividad científica, me puse a trabajar afanosamente. Descubrí un
método directo para resolver el problema aplicando la teoría
electromagnética de la luz, de Marxwell. Es decir, supuse que la cavidad
estaba llena con osciladores lineales simples o resonadores, sujetos a
pequeñas fuerzas amortiguadoras y con períodos diferentes; esperaba que el
intercambio de energía causado por la radiación recíproca de los osciladores
diera lugar, con el tiempo, a un estado estacionario de la distribución
normal de energía correspondiente a la ley de Kirchhoff.
Esta amplia serie de investigaciones, algunas de las cuales podían ser
verificadas mediante comparaciones con datos observacionales conocidos,
tales como las mediciones de la amortiguación efectuadas por V. Bjerknes,
dieron como resultado el establecimiento de la relación general entre la
energía de un oscilador que tiene un período definido y la radiación de la
energía de la región espectral correspondiente en el campo circundante,
cuando el intercambio de energía es estacionario. De aquí se derivó el
notable resultado que dicha relación es absolutamente independiente de la
constante de amortiguación del oscilador - lo que para mí fue motivo de
satisfacción y agrado, porque permitió simplificar todo el problema mediante
la sustitución de la energía del oscilador por la energía de la radiación,
sustituyendo así una estructura complicada, con muchos grados de libertad,
por un sistema simple con solo un grado de libertad.
Este resultado era por cierto una forma preliminar de abordar el problema,
que ahora aparecía ante mis ojos en toda su magnitud. Mi primer intento de
solucionarlo fue infructuoso, porque mi esperanza secreta inicial de que la
radiación emitida por el oscilador difería, en cierta forma característica,
de la radiación absorbida, solo resultó ser un anhelo. El oscilador
únicamente reacciona ante aquellos rayos que es capaz de emitir y es por
completo insensible a las regiones espectrales adyacentes.
Aún más, mi sugerencia de que el oscilador era capaz de ejercer un efecto
unilateral - en otras palabras irreversible - sobre la energía del campo
circundante, provocó una fuerte protesta de parte de Boltazmann quien, con
su mayor experiencia en la materia, demostró que, de acuerdo con las leyes
de la dinámica clásica, cada uno de los procesos por mí considerados también
podían ocurrir en el sentido opuesto; y, de hecho, de manera tal que una
onda esférica emitida por un oscilador podía invertir el sentido de un
movimiento, contrayéndose progresivamente hasta llegar al oscilador y ser
absorbida por éste, de modo que el oscilador podría entonces volver a emitir
la energía absorbida antes en el mismo sentido en que había recibido la
energía. Naturalmente que yo pude descartar un fenómeno tan extraño como el
de ondas esféricas dirigidas hacia el interior, introduciendo una
estipulación específica: la hipótesis de una radiación natural que, en la
teoría de la radiación tiene la misma función que la hipótesis del desorden
molecular en la teoría cinética de los gases, lo cual garantiza la
irreversibilidad de los procesos de radiación. Pero los cálculos indicaban
de manera cada vez más evidente que aún faltaba un eslabón esencial, sin el
cual sería infructuosa la investigación a fondo de todo el problema. Y así,
no me restó otra alternativa que volver a estudiar el problema, esta vez
desde el extremo opuesto, o sea, partiendo de la termodinámica, mi propio
campo y donde me sentía sobre bases mas sólidas. En efecto, mis estudios
previos de la segunda ley de la termodinámica me fueron de gran utilidad,
porque desde un principio se me ocurrió relacionar la entropía, y no la
temperatura del oscilador, con su energía. Fue una extraña jugarreta del
destino el que algo que en ocasiones anteriores me había parecido
desagradable, o sea, la falta de interés de mis colegas por el curso que
habían tomado mis investigaciones, resultara ahora decididamente favorable.
Entre tanto, numerosos físicos eminentes trabajaban en el problema de la
distribución de la energía espectral, tanto desde el aspecto experimental
como del teórico, dedicando todos sus esfuerzos sólo a demostrar la
dependencia de la intensidad de la radiación, con respecto a la temperatura.
Por otra parte yo sospeché que la relación fundamental radica en la
dependencia de la entropía respecto de la energía. Como todavía no se le
daba su justo valor al significado del concepto de entropía, nadie reparó en
el método adoptado por mí y pude realizar mis cálculos detenidamente, con
toda minuciosidad, sin temor a la competencia ni a las interferencias.
Como, para la irreversibilidad del intercambio de energía entre un oscilador
y la radiación que lo activa, el segundo cociente diferencial de su entropía
respecto a su energía es de especial importancia, calculé el valor de esta
función en el supuesto de que la ley de distribución de la energía
espectral, de Wien, fuese válida. Esta ley era en ese entonces el foco del
interés general.
Así obtuve el notable resultado de que, basándome en esa suposición, el
recíproco de ese valor,
que aquí denominaré R, es proporcional a la energía. Esta relación es tan
sorprendentemente simple que, por un momento, pensé que era universalmente
válida y traté de demostrarlo teóricamente. Sin embargo pronto se comprobó
que esta opinión era insostenible frente a las mediciones posteriores;
porque, aún cuando en el caso de energías pequeñas y las respectivas ondas
cortas, la ley de Wien seguía siendo confirmada en forma satisfactoria, en
cambio para valores grandes de la energía y las respectivas ondas largas,
Lummer y Pringsheim descubrieron primero divergencias apreciables; y,
finalmente, las mediciones realizadas por H. Rubens y F.Kurlbaum, en rayos
infrarrojos del espato fluor y de la sal de roca, revelaron un comportamiento
que, aunque totalmente diferente, es también simple ya que la función R en
vez de ser proporcional a la energía, lo es al cuadrado de la energía para
valores grandes de la energía y la longitud de onda.
Así, los experimentos directos establecieron dos límites simples para la
función R. Ora pequeñas energías, R es proporcional a la energía; para
valores mas grandes de la energía, R es proporcional al cuadrado de la
energía. Es de suyo evidente que del mismo modo como todo principio de la
distribución de la energía espectral lleva a un cierto valor para R, así
también toda fórmula para R conduce a una ley definida de la distribución de
la energía. El problema radicaba en encontrar una fórmula para R tal que
llevara a la ley de la distribución de la energía establecida por las
mediciones. En consecuencia, era evidente que para el caso general había que
lograr que el valor R fuera igual a la suma de un término proporcional a la
primera potencia de la energía, y de otro término proporcional a la segunda
potencia de la energía, de manera que el primer término fuera decisivo para
los valores pequeños de la energía y el segundo término lo fuera para los
valores ,ás grandes. Así obtuve una nueva fórmula para la radicación que
presenté a consideración de la Sociedad Física de Berlín, en su reunión del
19 de Octubre de 1900.
A la mañana siguiente fui visitado por mi colega Rubens, quien venía a
informarme que esa misma noche, después de conocer las conclusiones a que se
había llegado en la reunión, había comparado mi fórmula con los resultados
dados por sus propias mediciones y había descubierto que concordaban
satisfactoriamente en todos sus puntos. También Lummer y Pringsheim, quienes
al principio creyeron haber encontrado divergencias, retiraron sus
objeciones porque, de acuerdo con lo que me dijo Pringsheim, las
divergencias observadas se debían a un error en los cálculos. Asimismo, las
mediciones realizadas posteriormente confirmaron otra vez mi fórmula de la
radiación; cuanto mas refinados eran los métodos aplicados para realizar las
medidas, más exacta resultaba la fórmula.
Pero, aunque la validez absolutamente precisa de la fórmula de la radiación
se verificara, mientras tuviera meramente el crédito de ser una ley
descubierta por una afortunada intuición, no se podría esperar que poseyera
algo mas que un significado formal. Por esta razón, el mismo día en que
formulé dicha ley me dedique a investigar su verdadero significado físico,
lo cual me llevó automáticamente al estudio de la interrelación de la
entropía con la probabilidad, en otras palabras, a continuar desarrollando
la idea de Boltzmann. Puesto que la entropía S es una magnitud aditiva,
mientras que la probabilidad W es multiplicativa, postulé simplemente que
S = k . log W, en donde k es una constante universal, e investigué si la
fórmula para W, que se obtiene cuando se reemplaza S por su valor
correspondiente a la ley de radiación mencionada anteriormente, podría ser
interpretada como una medida de probabilidad.
Como resultado descubrí que esto era realmente posible y que, en dicho
sentido, k representa la llamada constante absoluta de los gases, que no se
refiere a las moléculas gramos, sino a las moléculas reales. Es comprensible
que frecuentemente sea llamada la constante de Boltzmann. Sin embargo
digamos que Boltzmann nunca introdujo esta constante y, según mis
conocimientos, jamás pensó en investigar su valor numérico; porque, si lo
hubiera hecho, habría tenido que examinar el problema del número de átomos
reales, tarea que dejó en manos de su colega J. Loschmidt, mientras que él
en sus propios cálculos siempre tuvo en mente la posibilidad de que la
teoría cinética de los gases solamente representara una imagen mecánica. En
consecuencia, le bastó con llegar a los átomos-gramos. La letra K sólo
gradualmente fue aceptada. Aun varios años después de que fue introducida,
se seguían haciendo los cálculos con el número L de Loschmidt.
Ahora bien, como en el caso de la magnitud W descubrí que para interpretarla
como una probabilidad era necesario, introducir una constante universal, que
denominé h. Puesto que esta constante tiene la dimensión de una acción
(energía multiplicada por tiempo) le dí el nombre de
cuanto elemental de acción. Así, la naturaleza de la entropía como medida de
probabilidad, en el sentido indicado por Boltzmann, fue establecida también
en el dominio de la radiación. Esto se hizo especialmente claro en una
proposición - de cuya validez me convenció mi discípulo mas cercano, Max von
Laue, en el curso de varias conversaciones- según la cual, la entropía de
dos haces de luz individuales, lo que es completamente compatible con la
proposición de que la probabilidad de que ocurran dos reacciones mutuamente
dependientes es distinta al producto de las reacciones individuales.
Aunque el significado del cuanto de acción para la interrelación de la
entropía y la probabilidad fue establecido de manera concluyente, no
obstante, el papel desempeñado por esta nueva constante en el curso regular
y uniforme de los procesos físicos, seguía siendo una incógnita.
En consecuencia, de inmediato traté de unir de alguna manera el cuanto
elemental de acción h con el marco de la teoría clásica. Pero, en todos los
intentos, la constante misma se mostró inflexible. Era satisfactorio siempre
que fuera considerada como infinitamente pequeña, por ejemplo, el tratar con
energías más altas y períodos de tiempo mas largos. Pero en el caso general,
las dificultades surgían en un punto a otro y se hacían mas notorias al
considerar frecuencias mas altas. Ante el fracaso de todo intento de obviar
este obstáculo, se hizo evidente que el cuanto elemental de acción tiene
fundamental importancia en la física atómica y que su introducción inauguró
una nueva era en la ciencia natural, porque anunció el advenimiento de algo
sin precedentes y que estaba destinado a remodelar radicalmente las
perspectivas de la física y el pensamiento humano que, desde la época en que
Leibniz y Newton pusieron los cimientos del cálculo infinitesimal, estaban
basados en el supuesto de que todas las interacciones causales son
continuas.
Durante muchos años intenté sin éxito incorporar el cuanto elemental de
acción a la teoría clásica, dedicando a ello grandes esfuerzos. Muchos de
mis colegas vieron que esto casi se iba convirtiendo en tragedia, pero yo
pensaba en forma muy distinta, porque los conocimientos que adquirí fueron
inestimables. Supe que el cuanto elemental de acción desempeña en la física
una función mucho mas importante de la que supuse en un principio y esto me
hizo comprender claramente la necesidad de introducir métodos de análisis y
de razonamiento sustancialmente nuevos, para abordar los problemas atómicos.
El desarrollo de dichos métodos - en el que yo ya no podía participar
activamente- se debe, principalmente, a los esfuerzos de Niels Bohr y Erwin
Schrödinger. Bohr, con su modelo del átomo y su principio de
correspondencia, creó las bases para una razonable unificación de la teoría
cuántica con la teoría clásica. Schrödinger, mediante su ecuación
diferencial, creó la mecánica ondulatoria y, con ella, la dualidad entre
onda y corpúsculo.
He descrito hasta aquí la forma gradual en que la teoría cuántica se
convirtió para mi en el centro de interés dentro del campo de la física. Con
el tiempo, compartiría su importancia con otro principio que me llevaría a
un nuevo orden de ideas. En 1905,
Albert Einstein publicó un artículo en los
Annalen der Physik conteniendo las ideas básicas de la teoría de la
relatividad, las que en seguida provocaron en mí un vivo interés por su
desarrollo.
Para evitar una probable mala interpretación, quisiera dar algunas
explicaciones de carácter general. En el primer párrafo de este ensayo
autobiográfico, destaqué de qué forma siempre consideré la búsqueda de lo
absoluto como la mas sublime y noble de las tareas científicas. El lector
podría pensar que esto se contradice con el interés que he confesado sentir
por la teoría de la relatividad, pero, sería un error hacerlo, porque todo
lo que es relativo presupone la existencia de algo que es absoluto y
solamente tiene sentido cuando se yuxtapone a algo absoluto. La repetida
frase, "todo es relativo", es equívoca e insensata.
La teoría de la ralatividad
también está basada en algo absoluto, o sea, la determinación de
la matriz del continuo espacio-tiempo; y la tarea de descubrir lo absoluto,
que de por sí da sentido a algo que se considera relativo, es especialmente
estimulante.
Todo punto de partida forzosamente debe ser algo de carácter relativo. Todas
nuestras mediciones son relativas. El material que usamos en nuestros
instrumentos varía de acuerdo con su procedencia geográfica; su construcción
depende de la pericia del diseñador y del fabricante; su manejo está
condicionado a los objetivos que persigue el investigados. Nuestra tarea es
encontrar a través de todos estos factores y datos lo absoluto, lo que es
universalmente válido, la invariante que encierran.
Esto también es aplicable a la teoría de la relatividad. Me sentí atraído
por el problema de deducir de sus proposiciones aquello que le puede servir
de base absoluta e inmutable. La forma de realizarlo fue relativamente
sencilla. En primer lugar, la teoría de la relatividad le atribuye un
significado absoluto a una magnitud que, en la teoría clásica, el principio
de la mínima acción, también es invariante respecto a la teoría de la
relatividad; por consiguiente, el cuanto de acción también conserva su
significado en la teoría de la relatividad.
Esto es lo que traté de precisar en detalle, primero para masas puntuales y
luego para la radiación de los cuerpos negros. Estas investigaciones
pusieron de manifiesto, entre otros resultados, la inercia de radiación y la
invariancia de la entropía en los sistemas que tienen velocidades relativas.
Pero esto no es todo. Lo absoluto demostró tener raíces más profundas en el
dominio de las leyes naturales, de lo que se había supuesto durante mucho
tiempo. En 1906, W. Nernst publicó su teorema del calor, frecuentemente
mencionado como la "tercera ley de la termodinámica". Como enseguida lo
demostré, se refiere a la hipótesis de que la entropía, que hasta entonces
sólo había sido definida como una constante aditiva, posee un valor positivo
absoluto. Este valor, del cual se derivan todas la ecuaciones de equilibrio,
puede ser previamente calculado. En el caso de un sólido o de un líquido
químicamente homogéneo - en otras palabras, de un sólido o un líquido
compuesto de moléculas homogéneas- cuya temperatura absoluta sea cero, dicho
valor también será cero.
Este principio expresa un hecho importante, esto es, que el calor específico
de un sólido o de un líquido desaparece en el cero absoluto de temperatura.
Para otras temperaturas se derivan inferencias útiles, respecto a los puntos
de fusión de un cuerpo y la temperatura de transición de los cambios
alotrópicos. Si pasamos de los sólidos y líquidos químicamente homogéneos a
los cuerpos con moléculas heterogéneas, o a las soluciones y gases, la
entropía absoluta se calcula mediante consideraciones de análisis
combinatorio, en las que debe ser incluido el cuanto elemental de acción. En
esta forma se pueden obtener las propiedades químicas de cualquier cuerpo,
encontrándose el resultado completo de todo problema referente al equilibrio
físico-químico. Sin embargo, por lo que se refiere a los desarrollos
temporales de los procesos, deben considerarse otras fuerzas, y los
problemas relativos a dichas fuerzas no se resuelven considerando el valor
de la entropía.
Aunque debido a mi avanzada edad, mi participación directa en la
investigación científica va siendo cada vez menor, esto ha sido compensado
por el considerable aumento que he tenido en mi correspondencia científica,
lo que ha significado para mí un gran estímulo. En particular, quisiera
mencionar mi correspondencia con Cl. Schaefer, cuya Introducción a la Física
Teórica considero insuperable. En nuestro intercambio epistolar tratamos
sobre su presentación de la segunda ley de la termodinámica. También tuve
una interesante correspondencia con A. Sommerfeld, sobre el problema de la
cuantificación de los sistemas con varios grados de libertad, que culminó
con un intercambio final de tributos poéticos, que me tome la libertad de
citar aquí, aunque debo admitir con toda justicia que Sommerfeld subestimó
su habilidad en ese campo. Así fue como se refirió a mis estudios sobre la
estructura del espacio fase: " Allí donde arrancar flores fue mi único afán,
la tierra virgen lograste cultivar". La única respuesta que pude darle fue:
"Yo también, como tú, flores arranqué. Porque no combinar su belleza
haciendo un intercambio de flores para que en primorosa guirnalda brillen
más?"
He cumplido con un deseo muy íntimo de demostrar, hasta donde ha sido
posible, tanto los resultados de mis trabajos científicos como la posición a
que gradualmente he llegado respecto a problemas generales - tales como el
significado de las ciencia exactas, su relación con la religión, el nexo que
existe entre la causalidad y el libre albedrío - aceptando siempre
gustosamente las invitaciones que he recibido para pronunciar conferencias
en academias, universidades, sociedades culturales y ante el público en
general, que para mí han significado un estímulo personal que siempre
recordaré con gratitud durante el resto de mi vida.
* MAX KARL ERNST LUDWIG PLANCK * - "MAX
PLANCK" - Autobiografía Científica - Kiel 23.04.1858 - Gottingen
30.10.1947 - ALEMANIA.
Biography - Max Karl Ernst Ludwig Planck -
Source
Answers
The German physicist Max Karl Ernst Ludwig Planck (1858-1947)
discovered the quantum of action which provided the key concept for
the development of quantum theory.
Max Planck was born on April 23, 1858, in Kiel. The son of a
distinguished jurist and professor of law, he inherited and sustained
the family tradition of idealism, trustworthiness, conservatism, and
devotion to church and state. Planck studied at the University of Munich
(1875-1877) and the University of Berlin (1877-1878). At Berlin he took
courses from Hermann von Helmholz and Gustav Kirchhoff.
Returning to Munich, Planck completed his thesis for his doctorate in
1879. It was on the second law of thermodynamics, Planck's favorite
theme throughout his long and productive life. However, his keen insight
into the second law of thermodynamics gained him no professional
recognition whatsoever. Displaying his characteristically indomitable
will, Planck refused to become discouraged and to allow his researches
to be interrupted.
In 1880 Planck completed his Habilitationsschrift, which
enabled him to become a privatdozent (lecturer) at the University of
Munich. In that tenuous position he waited in vain for years to receive
an offer of a professorship, longing to be independent professionally,
as well as from his parents, with whom he was still living. He submitted
a paper, "The Nature of Energy, " In 1885 for a prize to be awarded by
the University of Göttingen in 1887. He received the second prize (the
first prize was not awarded), and in 1889, after the death of Kirchhoff,
he became associate professor at Berlin. Three years later he was
promoted to full professor. He remained in Berlin for the rest of his
life.
Planck's early years at Berlin were also the years during which his
scientific horizons expanded enormously. There was at the time great
interest in physical chemistry, and he contributed to this field, first,
by introducing key concepts such as thermodynamic potentials, and,
second, by applying these concepts to specific problems. Many of his
early researches are in his famous Lectures on Thermodynamics
(1897), in which he also introduced many of our modern definitions,
symbols, and examples.
Blackbody Radiation and Quantum of Action
In 1897 Planck returned to the second law of thermodynamics. What
attracted his attention were the experiments being carried out at the
National Physical Laboratory in Berlin-Charlottenburg on so-called
blackbody radiation, the radiation emitted by a "perfect emitter, " that
is, a body that reemits all of the radiation incident on it. Of
particular interest was the spectral energy distribution - the amount of
energy emitted at each radiant frequency - of blackbody radiation.
Planck sought to relate this radiation to the second law of
thermodynamics. In 1900 he obtained a new radiation formula by
interpolation between two experimentally determined spectral limits, the
high-frequency limit consistent with Wien's law and the low-frequency
limit consistent with the data of Planck's colleagues Rubens and Kulbaum.
Planck's law had been discovered.
Planck's law was no more than a "lucky intuition, " as Planck called
it. This was terribly unsatisfactory, and therefore he immediately began
"the task of investing it with a true physical meaning." "After a few
weeks of the most strenuous work of my life, " he recalled, "the
darkness lifted and an unexpected vista began to appear." Two crucial
insights were involved. The first involved a profound break in Planck's
conception of the second law of thermodynamics. In all of his earlier
researches, he had regarded the second law as "absolute" as the first -
both were laws that admitted of no exceptions. Now he found himself
driven inexorably to the conviction that Ludwig Boltzmann, not he, had
been correct in arguing that the second law is an irreducibly
statistical law: the entropy is directly related to the probability that
a given microscopic (atomic) state will occur.
Planck's second insight involved a sharp break with all earlier
physical theory. He found that to theoretically derive his interpolated
blackbody radiation law, it was necessary to assume, contrary to all
earlier assumptions, that the energy stored in the blackbody oscillators
is not indefinitely divisible but is actually built up out of an
infinite number of "bits, " or quanta of energy. He concluded that the
energy of each quantum is a multiple of the quantum energy hf,
where f is the frequency of the oscillator and h is now
universally known as "Planck's constant" or "Planck's quantum of action."
Other Scientific Work
When Planck in 1900 made the discovery that immortalized his name and
won for him the Nobel Prize in 1919 and numerous other honors, he was 42
years old. In subsequent years he continued to work at a steady pace and
contribute to topics of current interest. In addition to the work
already discussed, he studied the statistical aspects of white light,
dispersion, and the optical properties of metals; probed various topics
in statistical mechanics and kinetic theory; and applied quantum theory
to systems of many degrees of freedom, to molecular rotational spectra,
and to chemical bonding.
Planck was one of the first to champion Albert Einstein's 1905
special theory of relativity. Planck's deep interest in relativity, and
his general admiration and appreciation of Einstein's revolutionary
insights, made it natural that he should try to persuade Einstein to
join the Berlin faculty. He succeeded in bringing Einstein to Berlin in
1914.
Last Decades
As permanent secretary (1912-1938) of the mathematics-physics section
of the Prussian Academy of Science and as president (1920-1937) of the
Kaiser Wilhelm Gesellschaft (now called the Max Planck Gesellschaft),
Planck saw many of his esteemed Jewish colleagues, including Einstein,
persecuted. As James Franck, who resigned his Göttingen professorship in
protest against Hitler's policies, recalled, "Planck hated Hitler's laws,
but they were the Law and therefore must be obeyed as long as they were
in force." Planck at one point tried personally to convince Hitler of
the damage he was doing German science, but his words had no effect.
Planck's Berlin villa was destroyed by bombs. His son Erwin was involved
in the July 1944 attempt on Hitler's life and in 1945 died at the hands
of the Gestapo. Planck died in Göttingen on Oct. 4, 1947.
Further Reading
Planck described his life
and work at some length in his Scientific Autobiography and Other
Papers, translated by Frank Gaynor (1949), and more briefly in
The Philosophy of Physics, translated by W.H. Johnston (1936), and
A Survey of Physical Theory, translated by R. Jones and D.H.
Williams (1960). Planck's work is discussed in Philipp Frank,
Einstein: His Lifeand Times, translated by George Rosen (1947; 2d
rev. ed. 1957), and Max Jammer, The Conceptual Development of Quantum
Mechanics (1966). For a serious appraisal of Planck's work the
reader should also consult the writings in professional journals,
especially those of Martin J. Klein of Yale University, as well as the
obituary notices by Max Born in the Royal Society of London, Obituary
Notices of Fellows of the Royal Society, vol. 6 (1948-1949).
Max Planck -
Source Encyclopaedia
Britannica
Max Planck made many
contributions to theoretical physics, but his fame rests primarily on
his role as originator of the quantum theory. This theory revolutionized
our understanding of atomic and subatomic processes, just as Albert
Einstein's theory of relativity revolutionized our understanding of
space and time. Together they constitute the fundamental theories of
20th-century physics. Both have forced man to revise some of his most
cherished philosophical beliefs, and both have led to industrial and
military applications that affect every aspect of modern life.
Early life
Max Karl Ernst Ludwig Planck was born on
April 23, 1858, in Kiel, Germany, the sixth child of a distinguished
jurist and professor of law at the University of Kiel. The long family
tradition of devotion to church and state, excellence in scholarship,
incorruptibility, conservatism, idealism, reliability, and generosity
became deeply ingrained in Planck's own life and work. When Planck was
nine years old, his father received an appointment at the University of
Munich, and Planck entered the city's renowned Maximilian Gymnasium,
where a teacher, Hermann Müller, stimulated his interest in physics and
mathematics. But Planck excelled in all subjects, and after graduation
at age 17 he faced a difficult career decision. He ultimately chose
physics over classical philology or music because he had dispassionately
reached the conclusion that it was in physics that his greatest
originality lay. Music, nonetheless, remained an integral part of his
life. He possessed the gift of absolute pitch and was an excellent
pianist who daily found serenity and delight at the keyboard, enjoying
especially the works of Schubert and Brahms. He also loved the outdoors,
taking long walks each day and hiking and climbing in the mountains on
vacations, even in advanced old age.
Planck entered the University of Munich in
the fall of 1874 but found little encouragement there from physics
professor Philipp von Jolly. During his Wanderjahr (1877-78) at the
University of Berlin, he was unimpressed by the lectures of Hermann von
Helmholtz and Gustav Robert Kirchhoff, despite their eminence as
research scientists. His intellectual capacities were, however, brought
to a focus as the result of his independent study, especially of Rudolf
Clausius' writings on thermodynamics. Returning to Munich, he received
his doctoral degree in July 1879 (the year of Einstein's birth) at the
unusually young age of 21. The following year he completed his
Habilitationsschrift (qualifying dissertation) at Munich and became a
Privatdozent (lecturer). In 1885, with the help of his father's
professional connections, he was appointed ausserordentlicher Professor
(associate professor) at the University of Kiel. In 1889, after the
death of Kirchhoff, Planck received an appointment to the University of
Berlin, where he came to venerate Helmholtz as mentor and colleague. In
1892 he was promoted to ordentlicher Professor (full professor). He had
only nine doctoral students altogether, but his Berlin lectures on all
branches of theoretical physics went through many editions and exerted
great influence. He remained in Berlin for the rest of his active life.
Planck recalled that his "original decision
to devote myself to science was a direct result of the discovery . . .
that the laws of human reasoning coincide with the laws governing the
sequences of the impressions we receive from the world about us; that,
therefore, pure reasoning can enable man to gain an insight into the
mechanism of the [world]. . . ." He deliberately decided, in other
words, to become a theoretical physicist at a time when theoretical
physics was not yet recognized as a discipline in its own right. But he
went further: he concluded that the existence of physical laws
presupposes that the "outside world is something independent from man,
something absolute, and the quest for the laws which apply to this
absolute appeared . . . as the most sublime scientific pursuit in life."
The first instance of an absolute in nature
that impressed Planck deeply, even as a Gymnasium student, was the law
of the conservation of energy, the first law of thermodynamics. Later,
during his university years, he became equally convinced that the
entropy law, the second law of thermodynamics, was also an absolute law
of nature. The second law became the subject of his doctoral
dissertation at Munich, and it lay at the core of the researches that
led him to discover the quantum of action, now known as Planck's
constant h, in 1900.
In 1859-60 Kirchhoff had defined a blackbody
as an object that re-emits all of the radiant energy incident upon it;
i.e., it is a perfect emitter and absorber of radiation. There was,
therefore, something absolute about blackbody radiation, and by the
1890s various experimental and theoretical attempts had been made to
determine its spectral energy distribution--the curve displaying how
much radiant energy is emitted at different frequencies for a given
temperature of the blackbody. Planck was particularly attracted to the
formula found in 1896 by his colleague Wilhelm Wien at the
Physikalisch-Technische Reichsanstalt (PTR) in Berlin-Charlottenburg,
and he subsequently made a series of attempts to derive "Wien's law" on
the basis of the second law of thermodynamics. By October 1900, however,
other colleagues at the PTR, the experimentalists Otto Richard Lummer,
Ernst Pringsheim, Heinrich Rubens, and Ferdinand Kurlbaum, had found
definite indications that Wien's law, while valid at high frequencies,
broke down completely at low frequencies.
Planck learned of these results just before
a meeting of the German Physical Society on October 19. He knew how the
entropy of the radiation had to depend mathematically upon its energy in
the high-frequency region if Wien's law held there. He also saw what
this dependence had to be in the low-frequency region in order to
reproduce the experimental results there. Planck guessed, therefore,
that he should try to combine these two expressions in the simplest way
possible, and to transform the result into a formula relating the energy
of the radiation to its frequency.
Planck's formulation was hailed as
indisputably correct. To Planck, however, it was simply a guess, a
"lucky intuition." If it was to be taken seriously, it had to be derived
somehow from first principles. That was the task to which Planck
immediately directed his energies, and by December 14, 1900, he had
succeeded--but at great cost. To achieve his goal, Planck found that he
had to relinquish one of his own most cherished beliefs, that the second
law of thermodynamics was an absolute law of nature. Instead he had to
embrace Ludwig Boltzmann's interpretation, that the second law was a
statistical law. In addition, Planck had to assume that the oscillators
comprising the blackbody and re-emitting the radiant energy incident
upon them could not absorb this energy continuously but only in discrete
amounts, in quanta of energy; only by statistically distributing these
quanta, each containing an amount of energy h proportional to its
frequency, over all of the oscillators present in the blackbody could
Planck derive the formula he had hit upon two months earlier. He adduced
additional evidence for the importance of his formula by using it to
evaluate the constant h (his value was 6.55 10{sup -27} erg-second,
close to the modern value), as well as the so-called Boltzmann constant
(the fundamental constant in kinetic theory and statistical mechanics),
Avogadro's number, and the charge of the electron. As time went on
physicists recognized ever more clearly that--because Planck's constant
was not zero but had a small but finite value--the microphysical world,
the world of atomic dimensions, could not in principle be described by
ordinary classical mechanics. A profound revolution in physical theory
was in the making.
Planck's concept of energy quanta, in other
words, conflicted fundamentally with all past physical theory. He was
driven to introduce it strictly by the force of his logic; he was, as
one historian put it, a reluctant revolutionary. Indeed, it was years
before the far-reaching consequences of Planck's achievement were
generally recognized, and in this Einstein played a central role. In
1905, independently of Planck's work, Einstein argued that under certain
circumstances radiant energy itself seemed to consist of quanta (light
quanta, later called photons), and in 1907 he showed the generality of
the quantum hypothesis by using it to interpret the temperature
dependence of the specific heats of solids. In 1909 he introduced the
wave-particle duality into physics. In October 1911 he was among the
group of prominent physicists who attended the first Solvay conference
in Brussels. The discussions there stimulated Henri Poincaré to provide
a mathematical proof that Planck's radiation law necessarily required
the introduction of quanta--a proof that converted James (later Sir
James) Jeans and others into supporters of the quantum theory. In 1913
Niels Bohr also contributed greatly to its establishment through his
quantum theory of the hydrogen atom. Ironically, Planck himself was one
of the last to struggle for a return to classical theory, a stance he
later regarded not with regret but as a means by which he had thoroughly
convinced himself of the necessity of the quantum theory. Opposition to
Einstein's radical light quantum hypothesis of 1905 persisted until
after the discovery of the Compton effect in 1922.
Later life
Planck was 42 years old in 1900 when he made
the famous discovery that in 1918 won him the Nobel Prize for Physics
and that brought him many other honours. It is not surprising that he
subsequently made no discoveries of comparable importance. Nevertheless,
he continued to contribute at a high level to various branches of
optics, thermodynamics and statistical mechanics, physical chemistry,
and other fields. He was also the first prominent physicist to champion
Einstein's special theory of relativity (1905). "The velocity of light
is to the Theory of Relativity," Planck remarked, "as the elementary
quantum of action is to the Quantum Theory; it is its absolute core." In
1914 Planck and the physical chemist Walther Hermann Nernst succeeded in
bringing Einstein to Berlin, and after the war, in 1919, arrangements
were made for Max von Laue, Planck's favourite student, to come to
Berlin as well. When Planck retired in 1928, another prominent
theoretical physicist, Erwin Schrödinger, the originator of wave
mechanics, was chosen as his successor. For a time, therefore, Berlin
shone brilliantly as a centre of theoretical physics--until darkness
enveloped it in January 1933 with the ascent of Adolf Hitler to power.
In his later years, Planck devoted more and
more of his writings to philosophical, aesthetic, and religious
questions. Together with Einstein and Schrödinger, he remained adamantly
opposed to the indeterministic, statistical worldview introduced by
Bohr, Max Born, Werner Heisenberg, and others into physics after the
advent of quantum mechanics in 1925-26. Such a view was not in harmony
with Planck's deepest intuitions and beliefs. The physical universe,
Planck argued, is an objective entity existing independently of man; the
observer and the observed are not intimately coupled, as Bohr and his
school would have it.
Planck became permanent secretary of the
mathematics and physics sections of the Prussian Academy of Sciences in
1912 and held that position until 1938; he was also president of the
Kaiser Wilhelm Society (now the Max Planck Society) from 1930 to 1937.
These offices and others placed Planck in a position of great authority,
especially among German physicists; seldom were his decisions or advice
questioned. His authority, however, stemmed fundamentally not from the
official appointments he held but from his personal moral force. His
fairness, integrity, and wisdom were beyond question. It was completely
in character that Planck went directly to Hitler in an attempt to
reverse Hitler's devastating racial policies, and that he chose to
remain in Germany during the Nazi period to try to preserve what he
could of German physics.
Planck was a man of indomitable will. Had he
been less stoic, and had he had less philosophical and religious
conviction, he could scarcely have withstood the tragedies that entered
his life after age 50. In 1909, his first wife, Marie Merck, the
daughter of a Munich banker, died after 22 years of happy marriage,
leaving Planck with two sons and twin daughters. The elder son, Karl,
was killed in action in 1916. The following year, Margarete, one of his
daughters, died in childbirth, and in 1919 the same fate befell Emma,
his other daughter. World War II brought further tragedy. Planck's house
in Berlin was completely destroyed by bombs in 1944. Far worse, the
younger son, Erwin, was implicated in the attempt made on Hitler's life
on July 20, 1944, and in early 1945 he died a horrible death at the
hands of the Gestapo. That merciless act destroyed Planck's will to live.
At war's end, American officers took Planck and his second wife, Marga
von Hoesslin, whom he had married in 1910 and by whom he had had one
son, to Göttingen. There, on October 4, 1947, in his 89th year, he died.
Death, in the words of James Franck, came to him "as a redemption."
BIBLIOGRAPHY
Editions of Planck's works include The Theory of Heat Radiation (1914,
reprinted 1991; originally published in German, 2nd rev. ed., 1913);
Where Is Science Going?, trans. from German (1932, reprinted 1981),
discussing free will and determinism; and The Philosophy of Physics,
trans. from German (1936, reissued 1963). Planck described his life and
work in his Scientific Autobiography, and Other Papers, trans. from
German (1949, reissued 1968). HANS KANGRO, "Max Karl Ernst Ludwig Planck,"
in CHARLES COULSTON GILLISPIE (ed.), Dictionary of Scientific Biography,
vol. 11 (1975), pp. 7-17, contains an excellent short biography. ARMIN
HERMANN, Max Planck in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten (1973); and
HANS HARTMANN, Max Planck als Mensch und Denker (1953, reissued 1964),
are biographies in German. J.L. HEILBRON, The Dilemmas of an Upright
Man: Max Planck as Spokesman for German Science (1986), concentrates on
the moral dilemmas Planck faced. Technical books that treat Planck's
work and the history of quantum physics include EDMUND WHITTAKER, A
History of the Theories of Aether and Electricity, rev. and enlarged
ed., vol. 2, The Modern Theories, 1900-1926 (1953, reissued 1987); MAX
JAMMER, The Conceptual Development of Quantum Mechanics (1966, reissued
1989); ARMIN HERMANN, The Genesis of Quantum Theory (1899-1913) (1971;
originally published in German, 1969); ROGER H. STUEWER, The Compton
Effect: Turning Point in Physics (1975); HANS KANGRO, Early History of
Planck's Radiation Law (1976; originally published in German, 1970);
THOMAS S. KUHN, Black-Body Theory and the Quantum Discontinuity,
1894-1912 (1978, reprinted 1987); and JAGDISH MEHRA and HELMUT
RECHENBERG, The Historical Development of Quantum Theory (1982- ).
Nontechnical books include BARBARA LOVETT CLINE, The Questioners:
Physicists and the Quantum Theory (1965); EMILIO SEGRÈ, From X-Rays to
Quarks: Modern Physicists and Their Discoveries (1980); ILSE
ROSENTHAL-SCHNEIDER, Reality and Scientific Truth: Discussions with
Einstein, von Laue, and Planck (1980); and ALEX KELLER, The Infancy of
Atomic Physics: Hercules in His Cradle (1983). Especially noteworthy are
three articles by MARTIN J. KLEIN: "Max Planck and the Beginning of the
Quantum Theory," Archive for History of Exact Sciences, 1(5):459-479
(1962), "Planck, Entropy, and Quanta, 1901-1906," The Natural
Philosopher, 1:83-108 (1963), and "Thermodynamics and Quanta in Planck's
Work," Physics Today, 19:23-32 (1966). HENRY LOWOOD (compiler), Max
Planck: A Bibliography of His Non-Technical Writings (1977), lists more
than 600 articles published between 1879 and 1976. (R.H.St. [Roger H.
Stuewer]/Ed.)
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