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Max Planck

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Física cuántica. La Tele transportación Digital - Ciencias / Sciences - Albert Einstein

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Biografía y Autobiografía científica (Español) - Max Planck
 

Biografía 1 (Español) - Fuente 2002 Astrocosmo

Max Karl Ernst Ludwig Planck, físico alemán, premiado con el Nobel, considerado el creador de la teoría cuántica, de quién Albert Einstein dijo: "Era un hombre a quien le fue dado aportar al mundo una gran idea creadora". De esa idea creadora nació la física moderna, que intenta saber si "Dios juega o no a los dados", si el azar existe o no.

Como muchas veces suele ocurrir, las primeras inclinaciones intelectuales de Planck no estuvieron orientadas hacia la ciencia, sino que a la filología y la música, pero su profesor Hermann Müller, del Gimnasio Maximiliano, en Munich, le hizo desistir de sus aficiones.

Cuando ingresó en 1874 a la Universidad de Munich, y estudió un año en la Universidad de Berlín, dejó su pasión por los románticos alemanes como Brahms, Schubert y Schumann, para internarse en el laberinto que le abrieron sus profesores Hermann von Helmholtz y Gustav Robert Kirchhoff, quienes realizaron investigaciones que utilizó Planck, en 1900, para proponer su teoría de los cuantos (partículas comparables a un grano de luz), que dividió la física en dos etapas: la clásica, desarrollada en los siglos XVII, XVIII y XIX, y la moderna.

Así, Planck concluía unas investigaciones que comenzó en 1879, cuando hizo su tesis doctoral sobre el segundo principio de la termodinámica (rama de la física que se ocupa de la energía) del físico Sadi Carnot; ideas con las que el alemán Rudolf Clausius planteó su teoría de la entropía (cantidad de energía que se podía convertir en trabajo).

En el año 1880, ocupa su primer cargo académico en la Universidad de Kiel y, cinco años más tarde, es nombrado profesor titular de una de las cátedras de física, y desde 1889 hasta 1928 ocupó el mismo cargo en la Universidad de Berlín. En 1900 Planck formuló que la energía se radia en unidades pequeñas separadas denominadas cuantos. Avanzando en el desarrollo de esta teoría, descubrió una constante de naturaleza universal que se conoce como la constante de Planck. La ley de Planck establece que la energía de cada cuanto es igual a la frecuencia de la radiación multiplicada por la constante universal. Sus descubrimientos, sin embargo, no invalidaron la teoría de que la radiación se propagaba por ondas. Los físicos en la actualidad creen que la radiación electromagnética combina las propiedades de las ondas y de las partículas. Los descubrimientos de Planck, que fueron verificados posteriormente por otros científicos, promovieron el nacimiento de un campo totalmente nuevo de la física, conocido como mecánica cuántica y proporcionaron los cimientos para la investigación en campos como el de la energía atómica.

Durante el proceso en el cual Planck formulaba sus investigaciones, el lenguaje y la teoría necesarios, hoy conocidos como mecánica cuántica, estaban por aquel entonces evolucionando en los institutos de física de Europa. Planck, en sus sustentaciones teóricas, guarda una gran semejanza con las ideas de Goethe: basta una gran vía que permita la búsqueda para explorar todo le explorable, contemplando lo inexplorable. "Lo que se debe interpretar –decía Planck–... debe dirigirse hacia todo lo que sea explorable". Y de su exploración concluyó que el pensamiento causal y el físico son equivalentes.

La casualidad, como las direcciones en las que pueden caer las gotas de agua de una catarata, según un ejemplo del físico Richard Feynman, podían ser susceptibles de medición, según la teoría del quantum.

El estudio de la distribución de la energía en el campo de influencia de un cuerpo negro resume la teoría de Planck. La energía radiante se emite (el Sol) o absorbe (el cuerpo negro) sólo en múltiplos enteros de un cuanto, cuya magnitud es proporcional a la frecuencia de radiación absorbida o emitida.

Un cuerpo negro es un sistema ideal capaz de absorber toda la radiación que incide sobre él. Planck planteó una ecuación simple que describía la distribución de la irradiación de las variadas frecuencias, basado en una suposición: la energía no es divisible infinitamente; como la materia, está formada de partículas, a las que llamó quantum.

El tamaño de cada quantum, para cada radiación electromagnética, es directamente proporcional a su frecuencia: constante de Planck, que se representa con la h.

Los científicos sabían que el color de la luz que emite un cuerpo –la gama de sus longitudes de onda– está relacionado con el material del que está hecho el objeto y con su temperatura. Hablando en general, la luz azul, con longitudes de onda muy cortas, es la que prevalece en el espectro de los objetos muy calientes; las longitudes de onda rojas, o más largas, indican menos calor. Hay representadas también otras longitudes de onda, pero como regla general, cada temperatura se relaciona con una longitud de onda dominante, que proporciona al objeto resplandeciente un color característico. Para simplificar su análisis de la radiación, los teóricos del siglo XIX habían conjurado el cuerpo negro. Al contrario que los objetos reales, esta entidad imaginaria absorbe la radiación de todas las frecuencias, lo cual la hace completamente negra. También emite radiación de todas las frecuencias, independientemente de su composición material. Los experimentadores habían creado ingeniosos dispositivos para aproximar esta construcción teórica a los laboratorios, y habían aprendido mucho sobre las características de la radiación del cuerpo negro. Lo que les faltaba era una teoría para predecir la distribución o forma del espectro de radiación del cuerpo negro, es decir, la cantidad de radiación emitida a frecuencias específicas a varias temperaturas.

La mayoría de los científicos creían que la clave de este problema se hallaba en comprender la interacción entre radiación electromagnética y materia. En 1900, cuando Planck atacó el problema, aceptó la teoría electromagnética de la luz que sostenía que la luz era un fenómeno ondulatorio y que la materia –que se suponía que contenía pequeños cuerpos cargados eléctricamente, o partículas– irradiaba energía en la forma de ondas de luz cuando esas partículas cargadas eran aceleradas, La sabiduría aceptada decretaba también que la cantidad de energía radiada por una partícula cargada acelerada podía situarse en cualquier parte a lo largo de una gama continua.

Para el propósito de estudiar la radiación de un cuerpo negro, Planck imaginó las partículas cargadas como diminutos osciladores, acelerados y decelerados repetidamente de una forma sencilla, suave y regular, como si estuvieran unidos a un muelle ingrávido. Hasta ese momento, se mantenía firmemente dentro del reino de la física del siglo XIX. Pero a partir de ahí se desvió radicalmente

En el camino de calcular el equilibrio de energía entre los supuestos osciladores y su radiación de entrada y salida, Planck halló que necesitaba suponer la existencia de quantums, o ciertas pequeñas divisiones de energía, antes que una gama continua de posibles energías. Definió un quantum de energía como la frecuencia de la oscilación multiplicada por un número diminuto que no tardó en ser conocido como la constante de Planck. Luego utilizó estas suposiciones para resolver el problema del cuerpo negro; su solución matemática predijo perfectamente la radiación del espectro del cuerpo negro

El propio Planck nunca avanzó una interpretación significativa de sus quantums, y aquí quedó el asunto hasta 1905, cuando Einstein, basándose en el trabajo de Planck, publicó su teoría sobre el fenómeno conocido como efecto fotoeléctrico (arriba). Dados los cálculos de Planck, Einstein demostró que las partículas cargadas –que por aquel entonces se suponía que eran electrones– absorbían y emitían energías en cuantos finitos que eran proporcionales a la frecuencia de la luz o radiación. En 1930, los principios cuánticos formarían los fundamentos de la nueva física.

Aunque Planck sostuvo que la explicación era un modelo distinto al verdadero mecanismo de la radiación, Albert Einstein dijo que la cuantización de la energía era un avance en la teoría de la radiación. No obstante, Planck reconoció en 1905 la importancia de las ideas sobre la cuantificación de la radiación electromagnética expuestas por Albert Einstein, con quien colaboró a lo largo de su carrera.

En su carrera científica, Planck recibió muchos premios, especialmente, el Premio Nobel de Física, en 1918. En 1930 Planck fue elegido presidente de la Sociedad Káiser Guillermo para el Progreso de la Ciencia, la principal asociación de científicos alemanes, que después se llamó Sociedad Max Planck. Sus críticas abiertas al régimen nazi que había llegado al poder en Alemania en 1933 le forzaron a abandonar la Sociedad, de la que volvió a ser su presidente al acabar la II Guerra Mundial.

La oposición de Max Planck al régimen nazi, lo enfrentó con Adolfo Hitler. En varias ocasiones intercedió por sus colegas judíos ante el régimen nazi.

Planck sufrió muchas tragedias personales después de la edad de 50 años. En 1909, su primera esposa Marie Merck murió después de 22 años de unión matrimonial, dejándolo con dos hijos hombres y unas hijas gemelas. Su hijo mayor Karl murió en el frente de combate en la Primera Guerra Mundial en 1916; su hija Margarete murió de parto en 1917, y su otra hija, Emma también murió de parto en 1919. Durante la Segunda Guerra Mundial, su casa en Berlín fue destruida totalmente por las bombas en 1944 y su hijo más joven, Erwin, fue implicado en la tentativa contra la vida de Hitler que se efectuó el 20 de julio de 1944. Por consiguiente, Erwin murió de forma horrible en las manos del Gestapo en 1945. Todo este cúmulo de adversidades, aseguraba su discípulo Max von Laue, las soportó sin una queja. Al finalizar la guerra, Planck, su segunda esposa y el hijo de ésta, se trasladaron a Göttingen donde él murió a los 90 años, el 4 de octubre de 1947. Max Planck hizo descubrimientos brillantes en la física que revolucionó la manera de pensar sobre los procesos atómicos y subatómicos. Su trabajo teórico fue respetado extensamente por sus colegas científicos.

Entre sus obras más importantes se encuentran Introducción a la física teórica (5 volúmenes, 1932-1933) y Filosofía de la física (1936)

George Grosz - Arte - Ray Bradbury - Edgar A Poe por J Luis Borges

 

 

 


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Autobiografía científica - Max Planck

Lo universalmente válido es lo absoluto. Lo invariante.
Mi decisión original de dedicarme a la ciencia nació del descubrimiento que hice cuando aún era adolescente - y que nunca dejó de inspirarme entusiasmo desde entonces - al comprender el hecho evidente de que las leyes del razonamiento humano coinciden con las leyes que rigen las sensaciones que recibimos del mundo que nos rodea y, en virtud de ello, que el razonamiento puro puede permitir al hombre formarse una imagen del mismo. En este sentido, es de fundamental importancia que el mundo exterior sea independiente del hombre, algo absoluto, y, para mi la búsqueda de las leyes aplicables a este absoluto representa la más sublime de las tareas científicas.

Estas consideraciones fueron corroboradas y ampliadas con la excelente instrucción que recibí durante muchos años en el Maximilian-Gymnasium, en Münich, de mi profesor de matemáticas, Hermann Müller, hombre de edad madura, de gran inteligencia y sentido del humor, hábil en el arte de lograr que sus alumnos se formaran una idea y entendieran el significado de las leyes físicas.

Mi mente captó con avidez, como una revelación, la primera ley cuya validez universal absoluta me era conocida, independientemente de toda intervención humana: el principio de la conservación de la energía. Nunca olvidaré el relato que nos hizo Müller, como la mejor de sus anécdotas, aquella del albañil que con gran esfuerzo logra transportar un pesado bloque de piedra hasta el techo de una casa. El trabajo realizado no es vano; queda en el mismo bloque de piedra, y quizás durante muchos años siga incólume y latente, hasta que posiblemente algún día éste se desprenda y caiga sobre la cabeza de un transeúnte.

Luego de graduarme en el Maximilian-Gymnasium ingresé a la Universidad, a la que asistí durante tres años en Münich y durante otro año en Berlín. Estudié física experimental y matemáticas; aún no habían sido incorporadas las cátedras ni las clases de física teórica. En Münich asistí a los cursos del físico Ph. von Jolly y de los matemáticos Ludwig Seidel y Gustav Bauer. Mucho aprendí de estos tres maestros y guardo reverente recuerdo de su memoria. Pero solo cuando llegué a Berlín comprendí que, en asuntos relacionados con la ciencia, su importancia era local; y fue en Berlín donde mi horizonte científico se amplió considerablemente bajo la orientación de Hermann von Helmholtz y Gustav Kirchhoff, cuyos alumnos tenían toda clase de oportunidades para proseguir sus actividades, conocidas en todo el mundo.

Debo confesar que no saqué ningún beneficio perceptible de los cursos impartidos por ellos. Era evidente que Helmholtz jamás preparaba sus clases debidamente. Hablaba titubeando e interrumpía su disertación para buscar los datos necesarios en su pequeña libreta; mas aún, con frecuencia se equivocaba en los cálculos que hacía en el pizarrón y era obvio que la clase le aburría a él, casi tanto como a nosotros. Con el tiempo, sus clases fueron quedando cada vez mas desiertas, hasta que por último sólo asistían a ellas tres estudiantes, entre ellos yo y mi amigo Rudolf Lehmann-Filhés, quien posteriormente se hizo astrónomo.

Kirchhoff era el extremo opuesto. Sus clase eran cuidadosamente preparadas, cada frase estudiada y tenía una aplicación correcta. No faltaban ni sobraban las palabras; pero daban la impresión de un texto memorizado, carente de interés y monótono. Sentíamos admiración por él, pero no por lo que decía.

Por esas circunstancias, la única forma de satisfacer mis ansias de adquirir mayores conocimientos científicos fue la de estudiar por mi mismo los tópicos que me interesaban y, naturalmente, estos tópicos se referían al principio de la energía. Cierto día descubrí los tratados de Rudolf Clausius cuyo estilo brillante y claridad de razonamiento me impresionaron profundamente, y mi interés por sus artículos fue en aumento. Era de especial valor para mí la exactitud con que formuló las dos leyes de la termodinámica y la bien definida diferencia que él fue el primero en establecer entre ambas leyes. Hasta ese momento y como consecuencia de la hipótesis de que el calor desde una temperatura mas alta a una mas baja, era análoga a la de hacer descender un peso desde una posición mas alta a una inferior; y no era fácil eliminar esta opinión errónea.

Clausius basó su demostración de la segunda ley de la termodinámica en la hipótesis de que "el calor no pasa espontáneamente de un cuerpo más frío a otro más caliente". Pero esta hipótesis necesita una explicación aclaratoria, porque no sólo intenta expresar que el calor no pasa directamente de un cuerpo más frío a otro más caliente, sino también que es imposible transmitir calor, por medio alguno, de un cuerpo más frío a otro más caliente, sin que ocurra en la naturaleza algún cambio que sirva como compensación.

En mi empeño por aclarar este punto todo lo posible, descubrí como expresar esta hipótesis en una forma que consideré más simple y convincente diciendo que: "El proceso de la conducción del calor no puede ser invertido completamente, en forma alguna". Lo que expresa lo mismo que dijo Clausius, sin necesidad de una explicación aclaratoria. A un proceso que de ninguna manera puede ser invertido completamente lo denominé proceso natural. El término adoptado en la actualidad universalmente es el de irreversible.

Sin embargo, parece imposible eliminar un error que tiene su origen en una interpretación demasiado estrecha de la ley de Clausius y contra el cual luché empeñosamente durante toda mi vida. Aún hoy comprobamos con frecuencia que la irreversibilidad, en vez de tener la definición que acabo de mencionar, es definida así: "Un proceso irreversible es aquel que no puede ocurrir en sentido opuesto". Esta formulación es insuficiente, puesto que es dable concebir un proceso que no puede ocurrir en sentido opuesto, pero que en alguna forma sí puede ser invertido completamente.

Como el problema de si un proceso es reversible o irreversible solo depende de la naturaleza de su estado inicial y de su estado final, y no de la manera como se desarrolla; entonces, en el caso de un proceso irreversible, el estado final es, en cierto modo, más importante que el inicial - como si la naturaleza, por decirlo así, "prefiriera" el estado final al inicial. Descubrí una medida de esta "preferencia" en la entropía de Clausius y encontré el significado de la segunda ley de la termodinámica en el principio de que, en todo proceso natural crece la suma de las entropías de todos los cuerpos implicados en él. Estas ideas las expuse en mi tesis doctoral, en la Universidad de Münich, la que terminé en 1879.

Mi tesis no tuvo eco alguno sobre los físicos de aquellos tiempos. Ninguno de mis profesores de la Universidad comprendieron su contenido, como pude deducir de mis conversaciones con ellos. Es evidente que aprobaron mi tesis doctoral sólo porque conocían mis restantes actividades en el laboratorio físico y en el seminario de matemáticas. Pero no encontré ningún interés, y menos aprobación, entre los físicos que se ocupaban del problema. Es probable que Helmholtz ni siquiera haya leído mi trabajo. Kirchhoff expresamente desaprobó su contenido observando que el concepto de entropía, cuya magnitud solo podía ser medida mediante un proceso reversible, y que en consecuencia era definible, no debía se aplicado a los procesos irreversibles.. Con Clusius no pude ponerme en contacto; no contestó a mis cartas y no lo encontré cuando traté de verlo personalmente en su casa de Bonn. Mantuve correspondencia con Carl Neumann, de Leipzig, pero sin resultados fructuosos.

Sin embargo, debido a la gran importancia que yo le atribuía a la tarea que me había impuesto a mí mismo, tales experiencias no podían desanimarme para continuar mis estudios sobre la entropía que para mí era, después de la energía, la propiedad mas importante de los sistemas físicos. Puesto que su valor máximo indica un estado de equilibrio, todas la leyes del equilibrio físico y químico derivan del conocimiento de la entropía. Me dediqué a esto en detalle durante los años siguientes, en diversas investigaciones. Al principio en algunas que versaban sobre cambios en los estados físicos, que presenté para mi examen en Münich, en 1880, y posteriormente en estudios sobre las mezclas de gases. Todas mis investigaciones tuvieron resultados fructuosos. Pero, lamentablemente, como después lo supe, los mismos teoremas habían sido obtenidos antes, y en cierto modo en forma aún más universal, por el gran físico teórico norteamericano, Josiah Willar Gibbs, y así fue como en este campo no logré ningún mérito.

Cuando era instructor en Münich, durante muchos años esperé en vano que se me asignara una cátedra. Naturalmente que eran muy pocas mis posibilidades para lograrlo porque la física teórica aún no era considerada como una disciplina especial. Mi deseo de obtener renombre en el campo científico se hizo mas vehemente.

Impulsado por ese deseo, decidí presentar un trabajo para optar al premio que sería concedido en 1887 por la Facultad de Filosofía de Göttingen. El tema que sería considerado era "La naturaleza de la energía". Luego de haber terminado mi trabajo, en la primavera de 1885, me ofrecieron la cátedra de física teórica, como profesor asociado, en la Universidad de Kiel. Esta oferta fue para mi como un mensaje de liberación. Uno de los momentos mas felices de mi vida fue, y lo seguirá siendo, aquél en que presenté mis respetos al Director del Ministerio Althoff, en su alojamiento del Hotel Marienbad, informandome sobre los detalles y condiciones de mi nombramiento. Porque a pesar de que mi vida en la casa paterna era tan agradable como cualquiera pudiera desearlo, aumentaban mis ansias de independizarme y de tener un hogar propio.

Sospeché y, por cierto no sin fundamento, que la ocasión que se me presentaba no era en realidad una recompensa a mis actividades científicas sino, mas bien, que se debía al hecho de que Gustav Karsten, Profesor de Física en Kiel, era íntimo amigo de mi padre. Sin embargo, esto no estropeó mi decidida felicidad y me hice el firme propósito de justificar la confianza que se depositaba en mí.

Poco después me transladé a Kiel, donde dí los toques finales a mi trabajo y lo presenté en Göttingen. Gane el segundo premio. Además del mío, fueron presentadas otras dos ponenecias sobre el mismo tema, las que no obtuvieron premio. Naturalmente me extrañó que mi trabajo no hubiese ganado el primer premio, pero descubrí las razones al leer los fundamentos de la decisión de la Facultad de Göttingen. Los jueces hacían ciertas críticas de menor importancia y luego expresaban: "Finalmente, se abstiene la Facultad de aprobar las observaciones con que el autor trata de juzgar la ley de Weber". En el fondo, esto se debía a que entre W. Weber, profesor de física en Göttingen, y Helmholtz, había en ese entonces una notoria controversia científica, en la que yo apoyaba expresamente a Helmholtz. Creo que no me equivoco al considerar que éste fue el motivo principal para que la Facultad de Göttingen, decidiera no otorgarme el primer premio. Pero aunque mi actitud provocó el disgusto de los doctos de Göttingen, fue considerada con simpatía por los de Berlín; pronto advertiría yo los resultados consiguientes.

Apenas terminé el trabajo que presenté en Göttingen, volví a mi tema favorito y escribí varias monografías las que publiqué bajo el título general de "Sobre el principio del aumento de la entropía". Allí traté las leyes de las reacciones químicas, de la disociación de los gases y, finalmente, las propiedades de las soluciones diluidas. Respecto a estas últimas, mi teoría llevó a la conclusión de que la disminución de los valores del punto de congelación, observados en muchas soluciones salinas, solo podía ser explicada por una disociación de substancias disueltas y que este descubrimiento constituía una base termodinámica para la teoría de la disociación electrolítica que había desarrollado casi en la misma época Svante Arrhenius, en forma poco amistosa, puso en duda el valor de mis argumentos, manifestando que su teoría se refería a los iones, o sea, a las partículas cargadas eléctricamente. Yo sólo pude responder que las leyes de la termodinámica eran válidas independientemente de que las partículas estuvieran o no estuvieran cargadas.

En la primavera de 1889, después de la muerte de Kirchhoff, acepté la invitación que se me hizo, por recomendación de la Facultad de Filosofía de Berlín, de substituirlo en la Universidad para enseñar física teórica. Primero fui profesor asociado y, desde 1892, profesor "full time". Estos fueron los años en que mi pensamiento y mis perspectivas científicas tuvieron mayor desarrollo. Fue la primer oportunidad que tuve de ponerme en contacto más directo con los principales investigadores científicos de aquella época, en especial con Helmholtz; también tuve la ocasión de conocerlo personalmente y de respetarlo como hombre de igual modo que siempre lo había respetado como científico. Por su personalidad, la integridad de sus convicciones y la modestia de su carácter, era la encarnación de la dignidad y la probidad de la ciencia. Además de estas cualidades de carácter, poseía una verdadera bondad humana que me conmovía profundamente. Cuando, durante una conversación, me miraba con sus ojos serenos y penetrantes y, sin embargo, tan afables, me inundaba un sentimiento de inmensa confianza y devoción fraternal y sabía que podía confiarle, sin ninguna reserva, todo lo que pasaba por mi mente, porque siempre encontraría en él a una persona que me juzgaría con justicia y tolerancia; una sola palabra suya de aprobación aunque no contuviese elogio alguno, me producía tanta satisfacción como el mejor de los éxitos.

Experimenté esas sensaciones en varias oportunidades; una, fue cuando me expresó su gratitud por el elogio de su memoria en honor de Heinrich Hertz, que hice ante la Sociedad de Física; otra ocasión, cuando aprobó mi teoría sobre las soluciones químicas, poco antes de que yo ingresara la Academia Prusiana de Ciencias. Recordaré hasta el final de mi vida la emoción que me causaron esos instantes.

Además de Helmholtz, muy pronto estreché relaciones amistosas con Wilhelm von Bezold, a quien conocí en Münich; y, también, con August Kundt, el temperamental director del Instituto de Física, que se había ganado el afecto universal por sus sentimientos genuinamente humanos.

No era fácil tratar con los demás físicos. Por ejemplo, Adolph Paalzow, físico de la Escuela de Ingeniería de Charlottemburg, talentoso experimentador y berlinés típico, siempre me trató con cordialidad pero también siempre me hizo sentir que yo no le interesaba mucho. En aquellos días yo era el único teórico, un físico sui generis por decirlo así, y esta circunstancia no facilitó mi iniciación. También tuve la impresión de que los maestros de Instituto de Física eran corteses conmigo pero con todo me mantenían a distancia. Pero, con el transcurso del tiempo, a medida que nos conocimos mejor, nuestras relaciones se fueron haciendo más amistosas; uno de ellos, Heinrich Rubens, llegó a convertirse en mi íntimo amigo y nuestra amistad sólo fue interrumpida por su muerte harto prematura.

Por capricho del destino, cuando recién me había presentado a mi trabajo en Berlín se me encomendó transitoriamente una tarea muy distinta a la rama de la física que yo había elegido. Justamente en esa época el Instituto de Física Teórica había recibido un gran armonio de tonalidad pura, no templada, producto del genio de Carl Eitz, profesor de escuela pública en Eisleben, y construido para el Ministerio por la fábrica de pianos Schiedmayer, de Stuttgart. Se me encomendó que usara este instrumento musical para un estudio de la escala "natural", no templada. Me dedique al problema con gran interés, particularmente con respecto al papel desempeñado por la escala "natural" en nuestra música vocal moderna sin acompañamiento instrumental. Estos estudios me llevaron al descubrimiento, hasta cierto punto insospechado, de que la escala templada era positivamente mas grata al oído humano en toda circunstancia que la escala "natural" no templada. Aún en un acorde armónico mayor, el tercero natural suena débil e inexpresivo en comparación con el tercero templado. Es indudable que este hecho puede ser atribuido, en último término, a un hábito adquirido durante años y generaciones, porque antes de Juan Sebastian Bach la escala templada no era conocida universalmente.

Mi traslado a Berlín no solo me permitió entrar en relaciones con personajes interesantes, sino que también aumentó visiblemente mis relaciones científicas. En primer lugar, me interesé en la teoría extremadamente fructuosa formulada por W. Nernst, de Göttingen. De acuerdo a la misma, las tensiones eléctricas que ocurren en las soluciones electrolíticas con concentraciones no homogéneas, son causadas por el efecto conjunto de la fuerza eléctrica, debido a las cargas en movimiento y a la presión osmótica. Tomando esta teoría como base, logré calcular la diferencia de potencial en le punto de contacto de dos soluciones electrolíticas, y Nernst me escribió después comunicándome que con sus mediciones mi fórmula había sido confirmada.

En relación con los problemas de la teoría de la disociación eléctrica, pronto entré en un nutrido intercambio epistolar con Wilhelm Ostwald, de Leipzig. Nuestra correspondencia derivó en muchos debates críticos que jamás se apartaron del tono amistoso. Ostwald, que por naturaleza era un firme creyente de la sistematización, diferenciaba tres tipos distintos de energía correspondiente a tres dimensiones espaciales, a saber: energía de distancia, energia de superficie y energía de espacio.
Para él, la energía de distancia era fuerza de gravitación; la energía de superficie, la tensión superficial de los líquidos; y la energía de espacio, la energía de volumen. Yo le respondí, entre otros comentarios, que no existía tal energía de volumen en el sentido que pretendía Ostwald. Por ejemplo, la energía de un gas ideal en realidad ni siquiera depende del volumen , sino de la temperatura del gas. Si se hace dilatar un gas ideal sin que realice ningún trabajo, aumenta su volumen pero su energía sigue siendo la misma; sin embargo, según Ostwald, su energía debía disminuir con la disminución de la presión.

Otra controversia surgió en relación con el problema de la analogía entre la transmisión del calor desde una temperatura más alta a una mas baja y la sumersión de un peso desde una altura mayor a una menor. Yo había insistido en la necesidad de distinguir con claridad entre ambos procesos, porque diferían entre sí tan fundamentalmente como la primera y la segunda ley de la termodinámica. Sin embargo, la opinión aceptada universalmente en aquellos días se oponía a mi teoría y no pude lograr que mis colegas compartieran mi punto de vista. De hecho, algunos físicos
hasta llegaron a considerar el razonamiento de Clausius como innecesariamente complicado, confuso si se quiere; en particular, se negaron a aceptar el concepto de irreversibilidad y, por lo tanto, se reusaron a considerar al calor en una posición especial entre las formas de energía. Oponiéndose a la teoría de la termodinámica de Clausius, crearon la llamada "ciencia de la energética". El primer teorema básico de la energética, exactamente como la teoría de Clausius, expresa el principio de conservación de la energía; pero el segundo teorema, que se supone que establece el sentido de todos los hechos, postula una analogía perfecta entre transmisión del calor desde una temperatura mas alta a otra más baja y la sumersión de un peso desde una altura mayor a otra menor.

Como consecuencia de este punto de vista, se abandonó el supuesto de la irreversibilidad, para demostrar la segunda ley de la termodinámica; más aún, se negó la existencia de un cero absoluto de la temperatura, basándose en el argumento de que en las temperaturas, al igual que en las alturas, solo pueden medirse diferencias.

Una de las experiencias mas dolorosas de mi vida científica es que salvo rarísimas ocasiones - en realidad, podría decir que nunca - logré obtener reconocimiento universal para un resultado nuevo, cuya exactitud pude demostrar con una prueba concluyente, pero solamente teórica. Lo mismo ocurrió en esta ocasión. Todos mis argumentos fueron ignorados. Era sencillamente imposible competir con hombres de la autoridad de Ostwald, Helm y Mach. Yo poseía la firme convicción de que algún día se demostraría que eran ciertos mis argumentos sobre la diferencia fundamental entre la transmisión del calor y la sumersión de un peso, pero me fastidiaba pensar que no tendría la satisfacción de verme vindicado. Finalmente mi tesis fue por todos aceptada, pero por consideraciones de índole completamente distinta, que ninguna relación debía con los argumentos que había expuesto en su favor - o sea, por la teoría atómica presentada por Ludwig Boltzmann.

Boltzmann logró establecer, para un gas dado en un estado determinado, una función H, que tiene la propiedad de que su valor disminuye constantemente con el tiempo. Por lo tanto basta identificar el valor negativo de esta función H con la entropía. A la vez, este descubrimiento demostró que la irreversibilidad es una característica de los procesos que ocurren en un gas.

Así con el curso de los acontecimientos, mi postulado sobre la diferencia fundamental entre la conducción del calor y un proceso puramente mecánico, se impuso sobre las ideas sostenidas anteriormente por autoridades en la materia. No obstante, mi contribución fue totalmente innecesaria porque aún sin ella los resultados hubieran sido los mismos.

Naturalmente que esta lucha, en la que Boltzmann y Ostwald representaban ideas opuestas, se realizó con cierto acaloramiento y tambien causó efectos profundos, porque ambos antagonistas rivalizaban en agudez y talento natural. Después de todo lo referido, en este duelo de inteligencias yo solo podía desempeñar el papel de un subordinado de Boltzmann, cuyos servicios no eran estimados por cierto y ni siquiera tomados en cuenta por él. Porque Boltzmann sabía muy bien que mis ideas eran fundamentalmente distintas a las suyas. Se sentía especialmente molesto por el hecho de que la teoría atómica, base de todas sus investigaciones, no solo me era indiferente sino que hasta cierto punto me mostraba hostil hacia ella. La razón era que, en ese entonces, yo consideraba al principio del aumento de la entropía tan firmemente válido como el mismo principio de la conservación de la energía, mientras que Boltzmann solo lo consideraba como una ley de probabilidades; dicho en otras palabras, como un principio que podía tener excepciones. El valor de la función H también puede aumentar a veces. Boltzmann no tocó este punto al deducir su "teorema H", y un talentoso discípulo mío, E. Zermelo, hizo notar esta omisión al demostrar con rigor el teorema. De hecho Boltzman omitió en su deducción toda mención de la indispensable suposición de la validez de su teorema - o sea, la admisión del desorden molecular. Debe haberlo considerado como algo obvio. De todos modos, su respuesta al joven Zermelo tenía un tono sarcástico, que también en parte iba dirigido a mí, porque el artículo de Zermelo había sido publicado con mi aprobación. Y así fue como Boltzmann adoptó ese tono áspero que siempre siguió demostrándome en adelante, tanto en sus artículos como en nuestra correspondencia personal; sólo en los últimos años de su vida tuvo una actitud más amistosa para conmigo, cuando le informé que mi ley de la radiación tenía una base atómica.

Finalmente Bolzmann triunfó sobre Ostwald y los partidarios de la energética, tal y como yo pensé que sucedería por lo antes expresado. La diferencia básica entre la conducción del calor y un proceso puramente mecánico, fue por todos reconocida. Esta experiencia también me dio la oportunidad de conocer un hecho, notable para mí. Una nueva verdad científica no se impone por el convencimiento de sus opositores, haciéndoles reconocer la realidad, sino mas bien porque algún día los opositores desaparecen y surge una nueva generación que ya está familiarizada con ella.

Por otra parte, las controversias que mencioné producían en mí poco interés, porque mal podía esperarse que de ellas resultara algo nuevo. En consecuencia, muy pronto dediqué mi atención a otro problema, el que debía absorberme y exigirme la realización de otras investigaciones enteramente distintas. Las mediciones efectuadas por O. Lummer y E. Pringsheim en el Instituto Físico-Técnico Alemán, relacionadas con el estudio del espectro térmico, llamaron mi atención hacia la ley de Kirchhoff, que expresa que en una cavidad vacía, cuyas paredes son notablemente reflectoras, y que contengan un número arbitrario de cuerpos emisores y absorbentes, llegará con el tiempo a un estado en que todos los cuerpos tengan la misma temperatura y la radiación - con todas sus propiedades, incluyendo la distribución espectral de energía - no dependa de la naturaleza de los cuerpos, sino única y exclusivamente de la temperatura. Así, esta llamada distribución normal de la energía espectral representa algo absoluto y, como siempre consideré la búsqueda de lo absoluto como el más grandioso objetivo de toda actividad científica, me puse a trabajar afanosamente. Descubrí un método directo para resolver el problema aplicando la teoría electromagnética de la luz, de Marxwell. Es decir, supuse que la cavidad estaba llena con osciladores lineales simples o resonadores, sujetos a pequeñas fuerzas amortiguadoras y con períodos diferentes; esperaba que el intercambio de energía causado por la radiación recíproca de los osciladores diera lugar, con el tiempo, a un estado estacionario de la distribución normal de energía correspondiente a la ley de Kirchhoff.

Esta amplia serie de investigaciones, algunas de las cuales podían ser verificadas mediante comparaciones con datos observacionales conocidos, tales como las mediciones de la amortiguación efectuadas por V. Bjerknes, dieron como resultado el establecimiento de la relación general entre la energía de un oscilador que tiene un período definido y la radiación de la energía de la región espectral correspondiente en el campo circundante, cuando el intercambio de energía es estacionario. De aquí se derivó el notable resultado que dicha relación es absolutamente independiente de la constante de amortiguación del oscilador - lo que para mí fue motivo de satisfacción y agrado, porque permitió simplificar todo el problema mediante la sustitución de la energía del oscilador por la energía de la radiación, sustituyendo así una estructura complicada, con muchos grados de libertad, por un sistema simple con solo un grado de libertad.

Este resultado era por cierto una forma preliminar de abordar el problema, que ahora aparecía ante mis ojos en toda su magnitud. Mi primer intento de solucionarlo fue infructuoso, porque mi esperanza secreta inicial de que la radiación emitida por el oscilador difería, en cierta forma característica, de la radiación absorbida, solo resultó ser un anhelo. El oscilador únicamente reacciona ante aquellos rayos que es capaz de emitir y es por completo insensible a las regiones espectrales adyacentes.

Aún más, mi sugerencia de que el oscilador era capaz de ejercer un efecto unilateral - en otras palabras irreversible - sobre la energía del campo circundante, provocó una fuerte protesta de parte de Boltazmann quien, con su mayor experiencia en la materia, demostró que, de acuerdo con las leyes de la dinámica clásica, cada uno de los procesos por mí considerados también podían ocurrir en el sentido opuesto; y, de hecho, de manera tal que una onda esférica emitida por un oscilador podía invertir el sentido de un movimiento, contrayéndose progresivamente hasta llegar al oscilador y ser absorbida por éste, de modo que el oscilador podría entonces volver a emitir la energía absorbida antes en el mismo sentido en que había recibido la energía. Naturalmente que yo pude descartar un fenómeno tan extraño como el de ondas esféricas dirigidas hacia el interior, introduciendo una estipulación específica: la hipótesis de una radiación natural que, en la teoría de la radiación tiene la misma función que la hipótesis del desorden molecular en la teoría cinética de los gases, lo cual garantiza la irreversibilidad de los procesos de radiación. Pero los cálculos indicaban de manera cada vez más evidente que aún faltaba un eslabón esencial, sin el cual sería infructuosa la investigación a fondo de todo el problema. Y así, no me restó otra alternativa que volver a estudiar el problema, esta vez desde el extremo opuesto, o sea, partiendo de la termodinámica, mi propio campo y donde me sentía sobre bases mas sólidas. En efecto, mis estudios previos de la segunda ley de la termodinámica me fueron de gran utilidad, porque desde un principio se me ocurrió relacionar la entropía, y no la temperatura del oscilador, con su energía. Fue una extraña jugarreta del destino el que algo que en ocasiones anteriores me había parecido desagradable, o sea, la falta de interés de mis colegas por el curso que habían tomado mis investigaciones, resultara ahora decididamente favorable. Entre tanto, numerosos físicos eminentes trabajaban en el problema de la distribución de la energía espectral, tanto desde el aspecto experimental como del teórico, dedicando todos sus esfuerzos sólo a demostrar la dependencia de la intensidad de la radiación, con respecto a la temperatura. Por otra parte yo sospeché que la relación fundamental radica en la dependencia de la entropía respecto de la energía. Como todavía no se le daba su justo valor al significado del concepto de entropía, nadie reparó en el método adoptado por mí y pude realizar mis cálculos detenidamente, con toda minuciosidad, sin temor a la competencia ni a las interferencias.

Como, para la irreversibilidad del intercambio de energía entre un oscilador y la radiación que lo activa, el segundo cociente diferencial de su entropía respecto a su energía es de especial importancia, calculé el valor de esta función en el supuesto de que la ley de distribución de la energía espectral, de Wien, fuese válida. Esta ley era en ese entonces el foco del interés general.
Así obtuve el notable resultado de que, basándome en esa suposición, el recíproco de ese valor,
que aquí denominaré R, es proporcional a la energía. Esta relación es tan sorprendentemente simple que, por un momento, pensé que era universalmente válida y traté de demostrarlo teóricamente. Sin embargo pronto se comprobó que esta opinión era insostenible frente a las mediciones posteriores; porque, aún cuando en el caso de energías pequeñas y las respectivas ondas cortas, la ley de Wien seguía siendo confirmada en forma satisfactoria, en cambio para valores grandes de la energía y las respectivas ondas largas, Lummer y Pringsheim descubrieron primero divergencias apreciables; y, finalmente, las mediciones realizadas por H. Rubens y F.Kurlbaum, en rayos infrarrojos del espato fluor y de la sal de roca, revelaron un comportamiento que, aunque totalmente diferente, es también simple ya que la función R en vez de ser proporcional a la energía, lo es al cuadrado de la energía para valores grandes de la energía y la longitud de onda.

Así, los experimentos directos establecieron dos límites simples para la función R. Ora pequeñas energías, R es proporcional a la energía; para valores mas grandes de la energía, R es proporcional al cuadrado de la energía. Es de suyo evidente que del mismo modo como todo principio de la distribución de la energía espectral lleva a un cierto valor para R, así también toda fórmula para R conduce a una ley definida de la distribución de la energía. El problema radicaba en encontrar una fórmula para R tal que llevara a la ley de la distribución de la energía establecida por las mediciones. En consecuencia, era evidente que para el caso general había que lograr que el valor R fuera igual a la suma de un término proporcional a la primera potencia de la energía, y de otro término proporcional a la segunda potencia de la energía, de manera que el primer término fuera decisivo para los valores pequeños de la energía y el segundo término lo fuera para los valores ,ás grandes. Así obtuve una nueva fórmula para la radicación que presenté a consideración de la Sociedad Física de Berlín, en su reunión del 19 de Octubre de 1900.

A la mañana siguiente fui visitado por mi colega Rubens, quien venía a informarme que esa misma noche, después de conocer las conclusiones a que se había llegado en la reunión, había comparado mi fórmula con los resultados dados por sus propias mediciones y había descubierto que concordaban satisfactoriamente en todos sus puntos. También Lummer y Pringsheim, quienes al principio creyeron haber encontrado divergencias, retiraron sus objeciones porque, de acuerdo con lo que me dijo Pringsheim, las divergencias observadas se debían a un error en los cálculos. Asimismo, las mediciones realizadas posteriormente confirmaron otra vez mi fórmula de la radiación; cuanto mas refinados eran los métodos aplicados para realizar las medidas, más exacta resultaba la fórmula.

Pero, aunque la validez absolutamente precisa de la fórmula de la radiación se verificara, mientras tuviera meramente el crédito de ser una ley descubierta por una afortunada intuición, no se podría esperar que poseyera algo mas que un significado formal. Por esta razón, el mismo día en que formulé dicha ley me dedique a investigar su verdadero significado físico, lo cual me llevó automáticamente al estudio de la interrelación de la entropía con la probabilidad, en otras palabras, a continuar desarrollando la idea de Boltzmann. Puesto que la entropía S es una magnitud aditiva, mientras que la probabilidad W es multiplicativa, postulé simplemente que S = k . log W, en donde k es una constante universal, e investigué si la fórmula para W, que se obtiene cuando se reemplaza S por su valor correspondiente a la ley de radiación mencionada anteriormente, podría ser interpretada como una medida de probabilidad.

Como resultado descubrí que esto era realmente posible y que, en dicho sentido, k representa la llamada constante absoluta de los gases, que no se refiere a las moléculas gramos, sino a las moléculas reales. Es comprensible que frecuentemente sea llamada la constante de Boltzmann. Sin embargo digamos que Boltzmann nunca introdujo esta constante y, según mis conocimientos, jamás pensó en investigar su valor numérico; porque, si lo hubiera hecho, habría tenido que examinar el problema del número de átomos reales, tarea que dejó en manos de su colega J. Loschmidt, mientras que él en sus propios cálculos siempre tuvo en mente la posibilidad de que la teoría cinética de los gases solamente representara una imagen mecánica. En consecuencia, le bastó con llegar a los átomos-gramos. La letra K sólo gradualmente fue aceptada. Aun varios años después de que fue introducida, se seguían haciendo los cálculos con el número L de Loschmidt.

Ahora bien, como en el caso de la magnitud W descubrí que para interpretarla como una probabilidad era necesario, introducir una constante universal, que denominé h. Puesto que esta constante tiene la dimensión de una acción (energía multiplicada por tiempo) le dí el nombre de
cuanto elemental de acción. Así, la naturaleza de la entropía como medida de probabilidad, en el sentido indicado por Boltzmann, fue establecida también en el dominio de la radiación. Esto se hizo especialmente claro en una proposición - de cuya validez me convenció mi discípulo mas cercano, Max von Laue, en el curso de varias conversaciones- según la cual, la entropía de dos haces de luz individuales, lo que es completamente compatible con la proposición de que la probabilidad de que ocurran dos reacciones mutuamente dependientes es distinta al producto de las reacciones individuales.

Aunque el significado del cuanto de acción para la interrelación de la entropía y la probabilidad fue establecido de manera concluyente, no obstante, el papel desempeñado por esta nueva constante en el curso regular y uniforme de los procesos físicos, seguía siendo una incógnita.
En consecuencia, de inmediato traté de unir de alguna manera el cuanto elemental de acción h con el marco de la teoría clásica. Pero, en todos los intentos, la constante misma se mostró inflexible. Era satisfactorio siempre que fuera considerada como infinitamente pequeña, por ejemplo, el tratar con energías más altas y períodos de tiempo mas largos. Pero en el caso general, las dificultades surgían en un punto a otro y se hacían mas notorias al considerar frecuencias mas altas. Ante el fracaso de todo intento de obviar este obstáculo, se hizo evidente que el cuanto elemental de acción tiene fundamental importancia en la física atómica y que su introducción inauguró una nueva era en la ciencia natural, porque anunció el advenimiento de algo sin precedentes y que estaba destinado a remodelar radicalmente las perspectivas de la física y el pensamiento humano que, desde la época en que Leibniz y Newton pusieron los cimientos del cálculo infinitesimal, estaban basados en el supuesto de que todas las interacciones causales son continuas.

Durante muchos años intenté sin éxito incorporar el cuanto elemental de acción a la teoría clásica, dedicando a ello grandes esfuerzos. Muchos de mis colegas vieron que esto casi se iba convirtiendo en tragedia, pero yo pensaba en forma muy distinta, porque los conocimientos que adquirí fueron inestimables. Supe que el cuanto elemental de acción desempeña en la física una función mucho mas importante de la que supuse en un principio y esto me hizo comprender claramente la necesidad de introducir métodos de análisis y de razonamiento sustancialmente nuevos, para abordar los problemas atómicos. El desarrollo de dichos métodos - en el que yo ya no podía participar activamente- se debe, principalmente, a los esfuerzos de Niels Bohr y Erwin Schrödinger. Bohr, con su modelo del átomo y su principio de correspondencia, creó las bases para una razonable unificación de la teoría cuántica con la teoría clásica. Schrödinger, mediante su ecuación diferencial, creó la mecánica ondulatoria y, con ella, la dualidad entre onda y corpúsculo.

He descrito hasta aquí la forma gradual en que la teoría cuántica se convirtió para mi en el centro de interés dentro del campo de la física. Con el tiempo, compartiría su importancia con otro principio que me llevaría a un nuevo orden de ideas. En 1905, Albert Einstein publicó un artículo en los Annalen der Physik conteniendo las ideas básicas de la teoría de la relatividad, las que en seguida provocaron en mí un vivo interés por su desarrollo.

Para evitar una probable mala interpretación, quisiera dar algunas explicaciones de carácter general. En el primer párrafo de este ensayo autobiográfico, destaqué de qué forma siempre consideré la búsqueda de lo absoluto como la mas sublime y noble de las tareas científicas. El lector podría pensar que esto se contradice con el interés que he confesado sentir por la teoría de la relatividad, pero, sería un error hacerlo, porque todo lo que es relativo presupone la existencia de algo que es absoluto y solamente tiene sentido cuando se yuxtapone a algo absoluto. La repetida frase, "todo es relativo", es equívoca e insensata. La teoría de la ralatividad también está basada en algo absoluto, o sea, la determinación de la matriz del continuo espacio-tiempo; y la tarea de descubrir lo absoluto, que de por sí da sentido a algo que se considera relativo, es especialmente estimulante.

Todo punto de partida forzosamente debe ser algo de carácter relativo. Todas nuestras mediciones son relativas. El material que usamos en nuestros instrumentos varía de acuerdo con su procedencia geográfica; su construcción depende de la pericia del diseñador y del fabricante; su manejo está condicionado a los objetivos que persigue el investigados. Nuestra tarea es encontrar a través de todos estos factores y datos lo absoluto, lo que es universalmente válido, la invariante que encierran.

Esto también es aplicable a la teoría de la relatividad. Me sentí atraído por el problema de deducir de sus proposiciones aquello que le puede servir de base absoluta e inmutable. La forma de realizarlo fue relativamente sencilla. En primer lugar, la teoría de la relatividad le atribuye un significado absoluto a una magnitud que, en la teoría clásica, el principio de la mínima acción, también es invariante respecto a la teoría de la relatividad; por consiguiente, el cuanto de acción también conserva su significado en la teoría de la relatividad.

Esto es lo que traté de precisar en detalle, primero para masas puntuales y luego para la radiación de los cuerpos negros. Estas investigaciones pusieron de manifiesto, entre otros resultados, la inercia de radiación y la invariancia de la entropía en los sistemas que tienen velocidades relativas.

Pero esto no es todo. Lo absoluto demostró tener raíces más profundas en el dominio de las leyes naturales, de lo que se había supuesto durante mucho tiempo. En 1906, W. Nernst publicó su teorema del calor, frecuentemente mencionado como la "tercera ley de la termodinámica". Como enseguida lo demostré, se refiere a la hipótesis de que la entropía, que hasta entonces sólo había sido definida como una constante aditiva, posee un valor positivo absoluto. Este valor, del cual se derivan todas la ecuaciones de equilibrio, puede ser previamente calculado. En el caso de un sólido o de un líquido químicamente homogéneo - en otras palabras, de un sólido o un líquido compuesto de moléculas homogéneas- cuya temperatura absoluta sea cero, dicho valor también será cero.

Este principio expresa un hecho importante, esto es, que el calor específico de un sólido o de un líquido desaparece en el cero absoluto de temperatura. Para otras temperaturas se derivan inferencias útiles, respecto a los puntos de fusión de un cuerpo y la temperatura de transición de los cambios alotrópicos. Si pasamos de los sólidos y líquidos químicamente homogéneos a los cuerpos con moléculas heterogéneas, o a las soluciones y gases, la entropía absoluta se calcula mediante consideraciones de análisis combinatorio, en las que debe ser incluido el cuanto elemental de acción. En esta forma se pueden obtener las propiedades químicas de cualquier cuerpo, encontrándose el resultado completo de todo problema referente al equilibrio físico-químico. Sin embargo, por lo que se refiere a los desarrollos temporales de los procesos, deben considerarse otras fuerzas, y los problemas relativos a dichas fuerzas no se resuelven considerando el valor de la entropía.

Aunque debido a mi avanzada edad, mi participación directa en la investigación científica va siendo cada vez menor, esto ha sido compensado por el considerable aumento que he tenido en mi correspondencia científica, lo que ha significado para mí un gran estímulo. En particular, quisiera mencionar mi correspondencia con Cl. Schaefer, cuya Introducción a la Física Teórica considero insuperable. En nuestro intercambio epistolar tratamos sobre su presentación de la segunda ley de la termodinámica. También tuve una interesante correspondencia con A. Sommerfeld, sobre el problema de la cuantificación de los sistemas con varios grados de libertad, que culminó con un intercambio final de tributos poéticos, que me tome la libertad de citar aquí, aunque debo admitir con toda justicia que Sommerfeld subestimó su habilidad en ese campo. Así fue como se refirió a mis estudios sobre la estructura del espacio fase: " Allí donde arrancar flores fue mi único afán, la tierra virgen lograste cultivar". La única respuesta que pude darle fue: "Yo también, como tú, flores arranqué. Porque no combinar su belleza haciendo un intercambio de flores para que en primorosa guirnalda brillen más?"

He cumplido con un deseo muy íntimo de demostrar, hasta donde ha sido posible, tanto los resultados de mis trabajos científicos como la posición a que gradualmente he llegado respecto a problemas generales - tales como el significado de las ciencia exactas, su relación con la religión, el nexo que existe entre la causalidad y el libre albedrío - aceptando siempre gustosamente las invitaciones que he recibido para pronunciar conferencias en academias, universidades, sociedades culturales y ante el público en general, que para mí han significado un estímulo personal que siempre recordaré con gratitud durante el resto de mi vida.

* MAX KARL ERNST LUDWIG PLANCK * - "MAX PLANCK"  - Autobiografía Científica  - Kiel 23.04.1858 - Gottingen 30.10.1947 - ALEMANIA.


Biography - Max Karl Ernst Ludwig Planck - Source Answers
 

The German physicist Max Karl Ernst Ludwig Planck (1858-1947) discovered the quantum of action which provided the key concept for the development of quantum theory.

Max Planck was born on April 23, 1858, in Kiel. The son of a distinguished jurist and professor of law, he inherited and sustained the family tradition of idealism, trustworthiness, conservatism, and devotion to church and state. Planck studied at the University of Munich (1875-1877) and the University of Berlin (1877-1878). At Berlin he took courses from Hermann von Helmholz and Gustav Kirchhoff.

Returning to Munich, Planck completed his thesis for his doctorate in 1879. It was on the second law of thermodynamics, Planck's favorite theme throughout his long and productive life. However, his keen insight into the second law of thermodynamics gained him no professional recognition whatsoever. Displaying his characteristically indomitable will, Planck refused to become discouraged and to allow his researches to be interrupted.

In 1880 Planck completed his Habilitationsschrift, which enabled him to become a privatdozent (lecturer) at the University of Munich. In that tenuous position he waited in vain for years to receive an offer of a professorship, longing to be independent professionally, as well as from his parents, with whom he was still living. He submitted a paper, "The Nature of Energy, " In 1885 for a prize to be awarded by the University of Göttingen in 1887. He received the second prize (the first prize was not awarded), and in 1889, after the death of Kirchhoff, he became associate professor at Berlin. Three years later he was promoted to full professor. He remained in Berlin for the rest of his life.

Planck's early years at Berlin were also the years during which his scientific horizons expanded enormously. There was at the time great interest in physical chemistry, and he contributed to this field, first, by introducing key concepts such as thermodynamic potentials, and, second, by applying these concepts to specific problems. Many of his early researches are in his famous Lectures on Thermodynamics (1897), in which he also introduced many of our modern definitions, symbols, and examples.

Blackbody Radiation and Quantum of Action

In 1897 Planck returned to the second law of thermodynamics. What attracted his attention were the experiments being carried out at the National Physical Laboratory in Berlin-Charlottenburg on so-called blackbody radiation, the radiation emitted by a "perfect emitter, " that is, a body that reemits all of the radiation incident on it. Of particular interest was the spectral energy distribution - the amount of energy emitted at each radiant frequency - of blackbody radiation. Planck sought to relate this radiation to the second law of thermodynamics. In 1900 he obtained a new radiation formula by interpolation between two experimentally determined spectral limits, the high-frequency limit consistent with Wien's law and the low-frequency limit consistent with the data of Planck's colleagues Rubens and Kulbaum. Planck's law had been discovered.

Planck's law was no more than a "lucky intuition, " as Planck called it. This was terribly unsatisfactory, and therefore he immediately began "the task of investing it with a true physical meaning." "After a few weeks of the most strenuous work of my life, " he recalled, "the darkness lifted and an unexpected vista began to appear." Two crucial insights were involved. The first involved a profound break in Planck's conception of the second law of thermodynamics. In all of his earlier researches, he had regarded the second law as "absolute" as the first - both were laws that admitted of no exceptions. Now he found himself driven inexorably to the conviction that Ludwig Boltzmann, not he, had been correct in arguing that the second law is an irreducibly statistical law: the entropy is directly related to the probability that a given microscopic (atomic) state will occur.

Planck's second insight involved a sharp break with all earlier physical theory. He found that to theoretically derive his interpolated blackbody radiation law, it was necessary to assume, contrary to all earlier assumptions, that the energy stored in the blackbody oscillators is not indefinitely divisible but is actually built up out of an infinite number of "bits, " or quanta of energy. He concluded that the energy of each quantum is a multiple of the quantum energy hf, where f is the frequency of the oscillator and h is now universally known as "Planck's constant" or "Planck's quantum of action."

Other Scientific Work

When Planck in 1900 made the discovery that immortalized his name and won for him the Nobel Prize in 1919 and numerous other honors, he was 42 years old. In subsequent years he continued to work at a steady pace and contribute to topics of current interest. In addition to the work already discussed, he studied the statistical aspects of white light, dispersion, and the optical properties of metals; probed various topics in statistical mechanics and kinetic theory; and applied quantum theory to systems of many degrees of freedom, to molecular rotational spectra, and to chemical bonding.

Planck was one of the first to champion Albert Einstein's 1905 special theory of relativity. Planck's deep interest in relativity, and his general admiration and appreciation of Einstein's revolutionary insights, made it natural that he should try to persuade Einstein to join the Berlin faculty. He succeeded in bringing Einstein to Berlin in 1914.

Last Decades

As permanent secretary (1912-1938) of the mathematics-physics section of the Prussian Academy of Science and as president (1920-1937) of the Kaiser Wilhelm Gesellschaft (now called the Max Planck Gesellschaft), Planck saw many of his esteemed Jewish colleagues, including Einstein, persecuted. As James Franck, who resigned his Göttingen professorship in protest against Hitler's policies, recalled, "Planck hated Hitler's laws, but they were the Law and therefore must be obeyed as long as they were in force." Planck at one point tried personally to convince Hitler of the damage he was doing German science, but his words had no effect. Planck's Berlin villa was destroyed by bombs. His son Erwin was involved in the July 1944 attempt on Hitler's life and in 1945 died at the hands of the Gestapo. Planck died in Göttingen on Oct. 4, 1947.

Further Reading

Planck described his life and work at some length in his Scientific Autobiography and Other Papers, translated by Frank Gaynor (1949), and more briefly in The Philosophy of Physics, translated by W.H. Johnston (1936), and A Survey of Physical Theory, translated by R. Jones and D.H. Williams (1960). Planck's work is discussed in Philipp Frank, Einstein: His Lifeand Times, translated by George Rosen (1947; 2d rev. ed. 1957), and Max Jammer, The Conceptual Development of Quantum Mechanics (1966). For a serious appraisal of Planck's work the reader should also consult the writings in professional journals, especially those of Martin J. Klein of Yale University, as well as the obituary notices by Max Born in the Royal Society of London, Obituary Notices of Fellows of the Royal Society, vol. 6 (1948-1949).

Max Planck - Source Encyclopaedia Britannica

 

Max Planck made many contributions to theoretical physics, but his fame rests primarily on his role as originator of the quantum theory. This theory revolutionized our understanding of atomic and subatomic processes, just as Albert Einstein's theory of relativity revolutionized our understanding of space and time. Together they constitute the fundamental theories of 20th-century physics. Both have forced man to revise some of his most cherished philosophical beliefs, and both have led to industrial and military applications that affect every aspect of modern life.

Early life

Max Karl Ernst Ludwig Planck was born on April 23, 1858, in Kiel, Germany, the sixth child of a distinguished jurist and professor of law at the University of Kiel. The long family tradition of devotion to church and state, excellence in scholarship, incorruptibility, conservatism, idealism, reliability, and generosity became deeply ingrained in Planck's own life and work. When Planck was nine years old, his father received an appointment at the University of Munich, and Planck entered the city's renowned Maximilian Gymnasium, where a teacher, Hermann Müller, stimulated his interest in physics and mathematics. But Planck excelled in all subjects, and after graduation at age 17 he faced a difficult career decision. He ultimately chose physics over classical philology or music because he had dispassionately reached the conclusion that it was in physics that his greatest originality lay. Music, nonetheless, remained an integral part of his life. He possessed the gift of absolute pitch and was an excellent pianist who daily found serenity and delight at the keyboard, enjoying especially the works of Schubert and Brahms. He also loved the outdoors, taking long walks each day and hiking and climbing in the mountains on vacations, even in advanced old age.

Planck entered the University of Munich in the fall of 1874 but found little encouragement there from physics professor Philipp von Jolly. During his Wanderjahr (1877-78) at the University of Berlin, he was unimpressed by the lectures of Hermann von Helmholtz and Gustav Robert Kirchhoff, despite their eminence as research scientists. His intellectual capacities were, however, brought to a focus as the result of his independent study, especially of Rudolf Clausius' writings on thermodynamics. Returning to Munich, he received his doctoral degree in July 1879 (the year of Einstein's birth) at the unusually young age of 21. The following year he completed his Habilitationsschrift (qualifying dissertation) at Munich and became a Privatdozent (lecturer). In 1885, with the help of his father's professional connections, he was appointed ausserordentlicher Professor (associate professor) at the University of Kiel. In 1889, after the death of Kirchhoff, Planck received an appointment to the University of Berlin, where he came to venerate Helmholtz as mentor and colleague. In 1892 he was promoted to ordentlicher Professor (full professor). He had only nine doctoral students altogether, but his Berlin lectures on all branches of theoretical physics went through many editions and exerted great influence. He remained in Berlin for the rest of his active life.

Planck recalled that his "original decision to devote myself to science was a direct result of the discovery . . . that the laws of human reasoning coincide with the laws governing the sequences of the impressions we receive from the world about us; that, therefore, pure reasoning can enable man to gain an insight into the mechanism of the [world]. . . ." He deliberately decided, in other words, to become a theoretical physicist at a time when theoretical physics was not yet recognized as a discipline in its own right. But he went further: he concluded that the existence of physical laws presupposes that the "outside world is something independent from man, something absolute, and the quest for the laws which apply to this absolute appeared . . . as the most sublime scientific pursuit in life."

The first instance of an absolute in nature that impressed Planck deeply, even as a Gymnasium student, was the law of the conservation of energy, the first law of thermodynamics. Later, during his university years, he became equally convinced that the entropy law, the second law of thermodynamics, was also an absolute law of nature. The second law became the subject of his doctoral dissertation at Munich, and it lay at the core of the researches that led him to discover the quantum of action, now known as Planck's constant h, in 1900.

In 1859-60 Kirchhoff had defined a blackbody as an object that re-emits all of the radiant energy incident upon it; i.e., it is a perfect emitter and absorber of radiation. There was, therefore, something absolute about blackbody radiation, and by the 1890s various experimental and theoretical attempts had been made to determine its spectral energy distribution--the curve displaying how much radiant energy is emitted at different frequencies for a given temperature of the blackbody. Planck was particularly attracted to the formula found in 1896 by his colleague Wilhelm Wien at the Physikalisch-Technische Reichsanstalt (PTR) in Berlin-Charlottenburg, and he subsequently made a series of attempts to derive "Wien's law" on the basis of the second law of thermodynamics. By October 1900, however, other colleagues at the PTR, the experimentalists Otto Richard Lummer, Ernst Pringsheim, Heinrich Rubens, and Ferdinand Kurlbaum, had found definite indications that Wien's law, while valid at high frequencies, broke down completely at low frequencies.

Planck learned of these results just before a meeting of the German Physical Society on October 19. He knew how the entropy of the radiation had to depend mathematically upon its energy in the high-frequency region if Wien's law held there. He also saw what this dependence had to be in the low-frequency region in order to reproduce the experimental results there. Planck guessed, therefore, that he should try to combine these two expressions in the simplest way possible, and to transform the result into a formula relating the energy of the radiation to its frequency.

Planck's formulation was hailed as indisputably correct. To Planck, however, it was simply a guess, a "lucky intuition." If it was to be taken seriously, it had to be derived somehow from first principles. That was the task to which Planck immediately directed his energies, and by December 14, 1900, he had succeeded--but at great cost. To achieve his goal, Planck found that he had to relinquish one of his own most cherished beliefs, that the second law of thermodynamics was an absolute law of nature. Instead he had to embrace Ludwig Boltzmann's interpretation, that the second law was a statistical law. In addition, Planck had to assume that the oscillators comprising the blackbody and re-emitting the radiant energy incident upon them could not absorb this energy continuously but only in discrete amounts, in quanta of energy; only by statistically distributing these quanta, each containing an amount of energy h proportional to its frequency, over all of the oscillators present in the blackbody could Planck derive the formula he had hit upon two months earlier. He adduced additional evidence for the importance of his formula by using it to evaluate the constant h (his value was 6.55 10{sup -27} erg-second, close to the modern value), as well as the so-called Boltzmann constant (the fundamental constant in kinetic theory and statistical mechanics), Avogadro's number, and the charge of the electron. As time went on physicists recognized ever more clearly that--because Planck's constant was not zero but had a small but finite value--the microphysical world, the world of atomic dimensions, could not in principle be described by ordinary classical mechanics. A profound revolution in physical theory was in the making.

Planck's concept of energy quanta, in other words, conflicted fundamentally with all past physical theory. He was driven to introduce it strictly by the force of his logic; he was, as one historian put it, a reluctant revolutionary. Indeed, it was years before the far-reaching consequences of Planck's achievement were generally recognized, and in this Einstein played a central role. In 1905, independently of Planck's work, Einstein argued that under certain circumstances radiant energy itself seemed to consist of quanta (light quanta, later called photons), and in 1907 he showed the generality of the quantum hypothesis by using it to interpret the temperature dependence of the specific heats of solids. In 1909 he introduced the wave-particle duality into physics. In October 1911 he was among the group of prominent physicists who attended the first Solvay conference in Brussels. The discussions there stimulated Henri Poincaré to provide a mathematical proof that Planck's radiation law necessarily required the introduction of quanta--a proof that converted James (later Sir James) Jeans and others into supporters of the quantum theory. In 1913 Niels Bohr also contributed greatly to its establishment through his quantum theory of the hydrogen atom. Ironically, Planck himself was one of the last to struggle for a return to classical theory, a stance he later regarded not with regret but as a means by which he had thoroughly convinced himself of the necessity of the quantum theory. Opposition to Einstein's radical light quantum hypothesis of 1905 persisted until after the discovery of the Compton effect in 1922.

Later life

Planck was 42 years old in 1900 when he made the famous discovery that in 1918 won him the Nobel Prize for Physics and that brought him many other honours. It is not surprising that he subsequently made no discoveries of comparable importance. Nevertheless, he continued to contribute at a high level to various branches of optics, thermodynamics and statistical mechanics, physical chemistry, and other fields. He was also the first prominent physicist to champion Einstein's special theory of relativity (1905). "The velocity of light is to the Theory of Relativity," Planck remarked, "as the elementary quantum of action is to the Quantum Theory; it is its absolute core." In 1914 Planck and the physical chemist Walther Hermann Nernst succeeded in bringing Einstein to Berlin, and after the war, in 1919, arrangements were made for Max von Laue, Planck's favourite student, to come to Berlin as well. When Planck retired in 1928, another prominent theoretical physicist, Erwin Schrödinger, the originator of wave mechanics, was chosen as his successor. For a time, therefore, Berlin shone brilliantly as a centre of theoretical physics--until darkness enveloped it in January 1933 with the ascent of Adolf Hitler to power.

In his later years, Planck devoted more and more of his writings to philosophical, aesthetic, and religious questions. Together with Einstein and Schrödinger, he remained adamantly opposed to the indeterministic, statistical worldview introduced by Bohr, Max Born, Werner Heisenberg, and others into physics after the advent of quantum mechanics in 1925-26. Such a view was not in harmony with Planck's deepest intuitions and beliefs. The physical universe, Planck argued, is an objective entity existing independently of man; the observer and the observed are not intimately coupled, as Bohr and his school would have it.

Planck became permanent secretary of the mathematics and physics sections of the Prussian Academy of Sciences in 1912 and held that position until 1938; he was also president of the Kaiser Wilhelm Society (now the Max Planck Society) from 1930 to 1937. These offices and others placed Planck in a position of great authority, especially among German physicists; seldom were his decisions or advice questioned. His authority, however, stemmed fundamentally not from the official appointments he held but from his personal moral force. His fairness, integrity, and wisdom were beyond question. It was completely in character that Planck went directly to Hitler in an attempt to reverse Hitler's devastating racial policies, and that he chose to remain in Germany during the Nazi period to try to preserve what he could of German physics.

Planck was a man of indomitable will. Had he been less stoic, and had he had less philosophical and religious conviction, he could scarcely have withstood the tragedies that entered his life after age 50. In 1909, his first wife, Marie Merck, the daughter of a Munich banker, died after 22 years of happy marriage, leaving Planck with two sons and twin daughters. The elder son, Karl, was killed in action in 1916. The following year, Margarete, one of his daughters, died in childbirth, and in 1919 the same fate befell Emma, his other daughter. World War II brought further tragedy. Planck's house in Berlin was completely destroyed by bombs in 1944. Far worse, the younger son, Erwin, was implicated in the attempt made on Hitler's life on July 20, 1944, and in early 1945 he died a horrible death at the hands of the Gestapo. That merciless act destroyed Planck's will to live. At war's end, American officers took Planck and his second wife, Marga von Hoesslin, whom he had married in 1910 and by whom he had had one son, to Göttingen. There, on October 4, 1947, in his 89th year, he died. Death, in the words of James Franck, came to him "as a redemption."

BIBLIOGRAPHY

Editions of Planck's works include The Theory of Heat Radiation (1914, reprinted 1991; originally published in German, 2nd rev. ed., 1913); Where Is Science Going?, trans. from German (1932, reprinted 1981), discussing free will and determinism; and The Philosophy of Physics, trans. from German (1936, reissued 1963). Planck described his life and work in his Scientific Autobiography, and Other Papers, trans. from German (1949, reissued 1968). HANS KANGRO, "Max Karl Ernst Ludwig Planck," in CHARLES COULSTON GILLISPIE (ed.), Dictionary of Scientific Biography, vol. 11 (1975), pp. 7-17, contains an excellent short biography. ARMIN HERMANN, Max Planck in Selbstzeugnissen und Bilddokumenten (1973); and HANS HARTMANN, Max Planck als Mensch und Denker (1953, reissued 1964), are biographies in German. J.L. HEILBRON, The Dilemmas of an Upright Man: Max Planck as Spokesman for German Science (1986), concentrates on the moral dilemmas Planck faced. Technical books that treat Planck's work and the history of quantum physics include EDMUND WHITTAKER, A History of the Theories of Aether and Electricity, rev. and enlarged ed., vol. 2, The Modern Theories, 1900-1926 (1953, reissued 1987); MAX JAMMER, The Conceptual Development of Quantum Mechanics (1966, reissued 1989); ARMIN HERMANN, The Genesis of Quantum Theory (1899-1913) (1971; originally published in German, 1969); ROGER H. STUEWER, The Compton Effect: Turning Point in Physics (1975); HANS KANGRO, Early History of Planck's Radiation Law (1976; originally published in German, 1970); THOMAS S. KUHN, Black-Body Theory and the Quantum Discontinuity, 1894-1912 (1978, reprinted 1987); and JAGDISH MEHRA and HELMUT RECHENBERG, The Historical Development of Quantum Theory (1982- ). Nontechnical books include BARBARA LOVETT CLINE, The Questioners: Physicists and the Quantum Theory (1965); EMILIO SEGRÈ, From X-Rays to Quarks: Modern Physicists and Their Discoveries (1980); ILSE ROSENTHAL-SCHNEIDER, Reality and Scientific Truth: Discussions with Einstein, von Laue, and Planck (1980); and ALEX KELLER, The Infancy of Atomic Physics: Hercules in His Cradle (1983). Especially noteworthy are three articles by MARTIN J. KLEIN: "Max Planck and the Beginning of the Quantum Theory," Archive for History of Exact Sciences, 1(5):459-479 (1962), "Planck, Entropy, and Quanta, 1901-1906," The Natural Philosopher, 1:83-108 (1963), and "Thermodynamics and Quanta in Planck's Work," Physics Today, 19:23-32 (1966). HENRY LOWOOD (compiler), Max Planck: A Bibliography of His Non-Technical Writings (1977), lists more than 600 articles published between 1879 and 1976. (R.H.St. [Roger H. Stuewer]/Ed.)

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