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Hablad de Poe con un americano: confesará acaso su genio, y hasta
puede que se muestre orgulloso de él; pero en tono sardónico,
superior, que deja traslucir al hombre positivo, os hablará de la vida
disoluta del poeta, de su aliento alcoholizado que hubiera ardido con
la llama de una vela, sus hábitos de vagabundo. Os dirá que era un ser
errante y heteróclito, un planeta desorbitado que rondaba sin cesar
desde Baltimore a Nueva York, desde Nueva York a Filadelfia, desde
Filadelfia a Boston, desde Boston a Baltimore, desde Baltimore a
Richmond. Y si, con el corazón conmovido por esos preludios de una
historia desconsoladora, dais a entender que tal vez no sea solamente
culpable el individuo, y que debe de ser difícil pensar y escribir
cómodamente en un país donde hay millones de soberanos —un país sin
capital, hablando con propiedad, y sin aristocracia—, entonces veréis
sus ojos desorbitarse y despedir rayos, la baba del patriotismo
doliente subir a sus labios, y América, por su boca, lanzar injurias a
Europa, su vieja madre, y a la filosofía de los antiguos días.
Repito que, por mi parte, he adquirido la convicción de que Edgar
A. Poe y su patria no estaban al mismo nivel. Los Estados Unidos son
un país gigantesco e infantil, envidioso, naturalmente, del viejo
continente. Orgulloso de su desarrollo material, anormal y casi
monstruoso, ese recién llegado a la Historia tiene una fe ingenua en
la omnipotencia de la industria; está convencido, como algunos
desdichados entre nosotros, de que acabará por tragarse al Diablo.
¡Tienen allá un valor tan grande el tiempo y el dinero! La actividad
material, exagerada hasta adquirir las proporciones de una manía
nacional, deja en los espíritus muy poco sitio para las cosas no
terrenas. Poe, que era de buena casta —y que, por lo demás, declaraba
que la gran desgracia de su país era no poseer una aristocracia
racial, dado, decía él, que en un pueblo sin aristocracia el culto de
lo Bello sólo puede corromperse, aminorarse y desaparecer; que acusaba
en sus conciudadanos, hasta en su lujo enfático y costoso, todos los
síntomas del mal gusto característico de los advenedizos; que
consideraba el Progreso, la gran idea moderna, como un éxtasis de
papanatas, y que denominaba los perfeccionamientos de la mansión
humana cicatrices y abominaciones rectangulares—, Poe era allá un
cerebro singularmente solitario. No creía más que en lo inmutable, en
lo eterno, en el self-same, y gozaba —¡cruel privilegio en una
sociedad enamorada de sí misma!— de ese grande y recto sentido a lo
Maquiavelo que marcha ante el sabio como una columna luminosa a través
del desierto de la Historia. ¿Qué hubiera pensado, qué hubiera escrito
el infortunado, si hubiese oído a la teóloga del sentimiento suprimir
el Infierno por amor al género humano, al filósofo de la cifra
proponer un sistema de seguros, una suscripción de cinco céntimos por
cabeza ¡para la supresión de la guerra y la abolición de la pena de
muerte y de la ortografía, esas dos locuras correlativas!, y a tantos
y tantos otros enfermos que escriben, “con la oreja inclinada hacia el
viento”, fantasías giratorias, tan flatulentas como el elemento que se
las dicta? Si añadís a esta visión impecable de la verdad, auténtica
dolencia en ciertas circunstancias, una delicadeza exquisita de
sentidos a la que atormentaría una nota falsa, una finura de gusto a
la que todo, excepto la exacta proporción, sublevara, un amor
insaciable a lo Bello, que había adquirido la potencia de pasión
morbosa, no os extrañará que para un hombre semejante la vida llegara
a ser un infierno y que haya acabado mal; os admirará que haya él
podido durar tanto tiempo.
II
La familia de Poe
era una de las más respetables de Baltimore. Su abuelo materno había
servido como quarter-master-general en la guerra de la Independencia,
y La Fayette le dispensaba una gran estimación y amistad.
Este, a raíz de su último viaje a los Estados Unidos, quiso ver a
la viuda del general y testimoniarle su gratitud por los servicios que
le había hecho su marido. El bisabuelo se había casado con una hija
del almirante inglés MacBride, que estaba emparentado con las más
nobles casas de Inglaterra. David Poe, padre de Edgar e hijo del
general, se enamoró perdidamente de una actriz inglesa, Isabel Arnold,
célebre por su belleza; se fugó y se casó con ella. Para unir más
íntimamente su destino al de ella, se hizo actor y apareció con su
mujer en diferentes teatros, en las principales ciudades de la Unión.
Los esposos murieron en Richmond, casi al mismo tiempo, dejando en el
abandono y en la penuria más completos a tres criaturas, una de las
cuales era Edgar.
Edgar A. Poe había nacido en Baltimore, en 1813. Doy esta fecha de
acuerdo con su propia afirmación, pues él se elevó contra la
aseveración de Griswold, que sitúa su nacimiento en 1811. Si alguna
vez el espíritu novelesco, para servirme de una frase de nuestro
poeta, ha presidido un nacimiento —¡espíritu siniestro y
tempestuoso!—, ciertamente, presidió el suyo. Poe fue, en verdad, hijo
de la pasión y de la aventura. Un rico negociante de la ciudad, mister
Allan, se entusiasmó con aquel lindo e infortunado a quien la
Naturaleza había dotado de un aspecto encantador, y como no tenía
hijos, le adoptó. El niño se llamó, pues, de allí en adelante Edgar
Allan Poe. Fue así criado en una grata holgura y con la esperanza
legítima de una de esas fortunas que dan al carácter una soberbia
certeza. Sus padres adoptivos se lo llevaron en un viaje que hicieron
a Inglaterra, Escocia e Irlanda, y antes de regresar a su país le
dejaron en casa del doctor Bransby, que dirigía un importante centro
de enseñanza en Stoke-Newington, cerca de Londres. Poe ha descrito en
William Wilson aquella extraña casa, construida en el viejo estilo
isabelino, y también sus impresiones de colegial.
Volvió a Richmond en 1822 y prosiguió sus estudios en América bajo
la dirección de los mejores profesores del lugar. En la Universidad de
Charlottesville, donde ingresó en 1825, se distinguió no sólo por una
inteligencia casi milagrosa, sino también por una profusión casi
siniestra de pasiones —una precocidad realmente americana— que fue,
por último, la causa de su expulsión. Conviene señalar de paso que Poe
había demostrado ya, en Charlottesville, una aptitud de las más
notables para las ciencias físicas y matemáticas. Más tarde la
empleará con frecuencia en sus extraños cuentos, y obtendrá de ella
medios absolutamente inesperados. Pero tengo razones para creer que no
es a ese orden de composiciones a las que él daba más importancia, y
que —quizá precisamente a causa de esa aptitud precoz— las consideraba
como fáciles juegos de manos, comparándolas con las obras de pura
fantasía. Unas desdichadas deudas de juego originaron una desavenencia
pasajera entre él y su padre adoptivo, y Edgar —hecho de los más
curiosos y que prueba, pese a lo que se ha dicho, una dosis de
caballerosidad muy grande en su impresionable cerebro—concibió el
proyecto de tomar parte en las guerras de los helenos y de ir a luchar
contra los turcos. Partió, pues, hacia Grecia. ¿Qué fue de él en
Oriente? ¿Qué hizo allí? ¿Estudió las costas clásicas del
Mediterráneo? ¿Por qué le encontramos nuevamente en San Petersburgo,
sin pasaporte, comprometido, y en qué clase de asunto, obligado a
recurrir al ministro americano, Henry Middleton, para librarse de la
sanción rusa y volver a su casa? Se ignora; existe ahí una laguna que
él sólo hubiese podido llenar. La vida de Edgar A. Poe, su juventud,
sus aventuras en Rusia y su correspondencia han sido anunciadas largo
tiempo por los periódicos americanos, pero no han aparecido nunca.
De regreso en América, en 1829, expresó el deseo de ingresar en la
escuela militar de West-Point; fue admitido, en efecto, y allí, como
en otras partes, dio pruebas de una inteligencia admirablemente
dotada, pero indisciplinable, siendo, al cabo de unos meses,
expulsado. Al mismo tiempo ocurría en su familia adoptiva un suceso
que debía tener las más graves consecuencias sobre su vida entera. La
señora Allan, por quien parece él haber sentido un afecto
verdaderamente filial, falleció, y el señor Allan se casó con una
mujer muy joven. Y en esta época tuvo lugar una desavenencia
doméstica, una historia rara y tenebrosa que no puedo contar, porque
no ha sido claramente explicada por ningún biógrafo. No es, por tanto,
extraño que él se haya separado definitivamente del señor Allan, y que
éste, que tuvo hijos de su segundo matrimonio, le haya excluido por
completo de su testamento.
Poco tiempo después de haber abandonado Richmond, Poe publicó un
pequeño tomo de poesías; fue realmente una aurora brillante. Para
quien sabe sentir la poesía inglesa, hay ya en él un acento
extraterreno, la serenidad en la melancolía, la deliciosa solemnidad,
la experiencia precoz —iba a decir, creo, la experiencia innata— que
caracterizan a los grandes poetas.
La miseria le hizo ser soldado una temporada, y es de suponer que
empleó los pesados ocios de la vida de guarnición en preparar los
materiales de sus futuras composiciones, composiciones extrañas que
parecen haber sido creadas para demostrarnos que la singularidad es
una de las partes integrantes de lo Bello. Al volver a la vida
literaria, el único elemento en que pueden respirar ciertos seres
déclassés, Poe fenecía en una extrema miseria, cuando un azar feliz le
hizo mejorar. El propietario de una revista acababa de fundar dos
premios: uno, para el mejor cuento; otro, para el mejor poema. Una
letra singularmente bella atrajo la mirada de Mr. Kennedy, que
presidía el jurado, y le dio deseos de examinar por sí mismo los
manuscritos. Y sucedió que Poe había ganado los dos premios, aunque
sólo uno le fue entregado. El presidente del jurado sintió la
curiosidad de ver al desconocido. El director del diario le llevó a un
joven de una belleza chocante, andrajoso, abrochado hasta la barbilla,
y que tenía el aspecto de un caballero tan orgulloso como hambriento.
Kennedy se portó bien. Presentó a Poe a un señor, Thomas White, que
fundaba en Richmond el Southern Literary Messenger. El señor White era
un hombre audaz, pero sin ningún talento literario; necesitaba un
ayudante. Poe se encontró así, muy joven —a los veintidós años—,
director de una revista cuyo destino descansaba por entero en él. El
creó esa prosperidad. El Southern Literary Messenger reconoció desde
entonces que era a aquel excéntrico maldito, a aquel borracho
incorregible, a quien debía su público y su fructuosa notoriedad. En
ese magazine es donde aparecieron por primera vez la Aventura sin par
de un tal Hans Pfaall y otros varios cuentos que los lectores verán
ahora desfilar ante sus ojos. Durante cerca de dos años, Edgar A. Poe,
con un maravilloso ardor, asombró a su público con una serie de
composiciones de un nuevo género y con artículos críticos cuya viveza,
claridad y severidad razonadas estaban hechas realmente para atraer
las miradas. Aquellos artículos se ocupaban de libros de todo género,
y la sólida cultura que el joven había adquirido le sirvió de mucho.
Conviene saber que aquella tarea considerable la realizaba él por
quinientos dólares; es decir, por dos mil setecientos francos al año.
Inmediatamente —dice Griswold, lo cual quiere decir; “¡Se creía, pues,
rico el muy imbécil!”— se casó con una muchacha bella, encantadora, de
un carácter amable y heroico, pero que no tenía un céntimo —añade el
propio Griswold en un tono de desdén—. Era la señorita Virginia Clemm,
una prima suya.
Pese a los servicios hechos a su diario, el señor White riñó con
Poe al cabo de dos años, aproximadamente. El motivo de esa ruptura
estuvo, sin duda, en los ataques de hipocondría y en las crisis
alcohólicas del poeta, accidentes característicos que ensombrecían su
cielo espiritual, como esas nubes lúgubres que dan de pronto al
paisaje más romántico un aire de melancolía en apariencia irreparable.
A partir de entonces, veremos trasladar su tienda al desventurado,
como un hombre del desierto, y transportar su ligero petate a las
principales ciudades de la Unión. Dirigió en todas partes revistas o
colaboró en ellas de una manera brillante. Difundió con deslumbradora
rapidez artículos críticos, filosóficos y cuentos henchidos de magia,
que aparecieron reunidos bajo el título de Tales of the Grotesque and
the Arabesque, título notable e intencionado, pues los adornos
grotescos y arabescos rechazan la figura humana, y ya se verá que por
muchos conceptos la literatura de Poe es extra o sobrehumana.
Sabremos, por notas ofensivas y escandalosas insertadas en los
periódicos, que Mr. Poe y su mujer se encuentran enfermos de peligro
en Fordham y en una absoluta miseria. Poco tiempo después de la muerte
de la señora Poe, el poeta sufrió los primeros ataques de delirium
tremens. Una nueva nota apareció de repente en un diario —ésta más que
cruel—, en la que se acusa su desprecio y su asco del mundo, creándole
uno de esos procesos tendenciosos, verdaderas requisitorias de la
opinión, contra los cuales tuvo él siempre que defenderse, una de las
luchas más estérilmente fatigosas que conozco.
Sin duda, ganaba dinero, y sus trabajos literarios le permitían
casi vivir. Pero poseo pruebas de que él tenía que vencer sin cesar
repugnantes dificultades. Soñó, como tantos otros escritores, con una
revista suya, quiso estar en su casa, y el hecho es que había sufrido
lo bastante para desear con ardor aquel cobijo definitivo de su
pensamiento. A fin de alcanzar ese resultado y conseguir una suma de
dinero suficiente, tuvo que recurrir a las lectures. Ya se sabe lo que
son esas lectures, una especie de especulación, el Colegio de Francia
puesto a disposición de todos los literatos, pues el autor no publica
su lecture sino después de haber sacado de ella todos los ingresos que
puede producir. Poe había dado ya en Nueva York una lecture de
“Eureka”, su poema cosmogónico, que había promovido incluso grandes
discusiones. Pensó aquella vez dar lectures en su tierra natal,
Virginia. Contaba, como escribió a Willis, con hacer una gira por el
Oeste y el Sur y confiaba en el concurso de sus amigos literarios y de
sus antiguas amistades de colegio y de West-Point. Visitó, pues, las
principales ciudades de Virginia y Richmond contempló de nuevo a aquel
a quien había conocido allí tan joven, tan pobre, tan derrotado. Todos
los que no habían visto a Poe desde el tiempo de su oscuridad
acudieron en masa para examinar a su ilustre compatriota. Y él
apareció apuesto, elegante, correcto, como el genio. Hasta creo que
desde hacía algún tiempo había él llevado su condescendencia al
extremo de hacer que le admitiesen en una sociedad de templanza.
Escogió un tema tan amplio como elevado: El principio de la poesía, y
lo desarrolló con esa lucidez que es uno de sus privilegios. Creía,
como verdadero poeta que era, que la finalidad de la poesía es de la
misma naturaleza que su principio, y que no debe fijarse en otra cosa
más que en sí misma.
La buena acogida que le dispensaron inundó su pobre corazón de
orgullo y de gozo; se mostraba de tal modo encantado, que hablaba de
establecerse definitivamente en Richmond y de acabar su vida en los
lugares que su infancia le había hecho dilectos. Sin embargo, tenía
asuntos en Nueva York, y partió el 4 de octubre, quejándose de
escalofríos y de debilidad. Como siguiera sintiéndose bastante mal, al
llegar a Baltimore, el 6, por la noche, hizo llevar su equipaje al
embarcadero, desde donde debía dirigirse a Filadelfia, y entró en una
taberna para tomar un excitante cualquiera. Allí, por desgracia, se
encontró con antiguos amigos y se detuvo más de la cuenta. A la mañana
siguiente, en las pálidas tinieblas del alba, fue encontrado un
cadáver en la vía pública. ¿Debe decirse así? No, un cuerpo vivo aún,
pero que la muerte había marcado ya con su real sello. Sobre aquel
cuerpo, cuyo nombre se ignoraba, no se hallaron ni papeles ni dinero,
y lo transportaron a un hospital. Allí murió Poe, la noche misma del
domingo 7 de octubre de 1849, a la edad de treinta y siete años,
vencido por el delirium tremens, ese terrible visitante que había ya
atacado su cerebro una o dos veces. Así desapareció de este mundo uno
de los más grandes héroes literarios, el hombre que había escrito en
El gato negro estas palabras fatídicas: “¿Qué enfermedad es comparable
al alcohol?”
Esa muerte es casi un suicidio, un suicidio preparado desde hacía
largo tiempo. Cuando menos, provocó el escándalo. Fue grande el
clamor, y la virtud dio salida a su canto enfático, libre y
voluntariosamente. Las oraciones fúnebres más indulgentes tuvieron que
dejar sitio a la inevitable moral burguesa, que se cuidó de no perder
una ocasión tan admirable. Mr. Griswold difamó; Mr. Willis,
sinceramente afligido, se comportó más que decorosamente. ¡Ay! El que
había franqueado las alturas más arduas de la estética, sumiéndose en
los abismos menos explorados del intelecto humano; el que, a través de
una vida que se asemeja a una tempestad sin calma, había encontrado
medios nuevos, procedimientos desconocidos para asombrar la
imaginación, para seducir los espíritus sedientos de Belleza, acababa
de morir en unas horas en un lecho del hospital. ¡Qué destino! ¡Y
tanta grandeza y tanto infortunio para levantar un torbellino de
fraseología burguesa, para convertirse en pasto y tema de los
periodistas virtuosos!
Ut declamatio fiars!
Estos espectáculos
no son nuevos; es raro que un sepulcro reciente e ilustre no sea un
lugar de cita de escándalo. Por otra parte, la sociedad no ama a esos
rabiosos desventurados, y ya sea porque perturbaban sus fiestas o ya
sea porque los considere de buena fe como remordimientos, tiene ella,
a no dudar, razón. ¿Quién no recuerda las declamaciones parisienses a
raíz de la muerte de Balzac, que murió, empero, de manera correcta? Y
en fecha más reciente aún —hace hoy, 26 de enero, un año justo—,
cuando un escritor de una honradez admirable, de una elevada
inteligencia, y siempre lúcido, fue discretamente, sin molestar a
nadie —tan discretamente, que su discreción parecía desprecio—, a
exhalar su alma en la calle más negra que pudo encontrar, ¡qué
asqueantes homilías, qué asesinato refinado! Un periodista célebre, a
quien Jesús no enseñara nunca maneras generosas, encontró la aventura
lo bastante jovial para celebrarla con un burdo retruécano. Entre la
nutrida enumeración de los derechos del hombre que la sabiduría del
siglo XIX repite tan a menudo y con tanta complacencia, se han
olvidado dos asaz importantes, que son: el derecho a contradecirse y
el derecho a marcharse.
Pero la sociedad mira al que se va como a un insolente; castigaría
de buena gana ciertos despojos fúnebres, como aquel infeliz soldado
atacado de vampirismo a quien la vista de un cadáver exasperaba hasta
el frenesí. Y con todo, puede decirse que, bajo la presión de
determinadas circunstancias, después de un serio examen de ciertas
incompatibilidades, con firmes creencias en ciertos dogmas y
metempsicosis; puede decirse, sin énfasis y sin juego de palabras, que
el suicidio es a veces el acto más razonable de la vida. Y así se
forma una compañía de fantasmas, ya numerosa, que nos visita
familiarmente, y en la que cada miembro viene a ensalzarnos su reposo
actual y a confiarnos sus persuasiones.
Confesemos, no obstante, que el lúgubre fin del autor de Eureka
suscitó algunas consoladoras excepciones, sin lo cual sería cosa de
desesperarse y el mundo resultaría insufrible. Mr. Willis, como ya he
dicho, habló con honradez, y hasta con emoción, de las buenas
relaciones que había mantenido siempre con Poe. Los señores John Neal
y George Graham llamaron al señor Griswold al orden. El señor
Longfellow —y ello es tanto más meritorio cuanto que Poe le había
maltratado cruelmente— supo alabar de una manera digna de un poeta su
elevada potencia como poeta y como prosista. Un desconocido escribió
que la América literaria había perdido su cabeza más poderosa.
Pero el corazón partido, el corazón desgarrado, el corazón
traspasado por siete puñales, fue el de la señora Clemm. Edgar era a
la vez su hijo y su hija. “¡Rudo destino —dice Willis, de quien tomo
estos detalles casi textualmente—, rudo destino el que ella velaba y
protegía! Porque Edgar A. Poe era un hombre embarazoso; aparte de que
escribía con una fastidiosa dificultad y con un estilo demasiado por
encima del nivel intelectual corriente para poderle pagar caro, estaba
siempre atosigado por apuros monetarios, y con frecuencia él y su
mujer enferma carecían de las cosas más precisas en la vida.” Un día,
Willis vio entrar en su despacho a una mujer, vieja, dulce, seria. Era
la señora Clemm. Buscaba trabajo para su querido Edgar. El biógrafo
dice que se sintió hondamente emocionado no sólo por el elogio
perfecto, por la exacta apreciación que hizo ella del talento de su
hijo, sino también por todo su aspecto exterior, por su voz suave y
triste, por sus maneras un poco anticuadas, pero bellas y nobles. “Y
durante varios años —añade— hemos visto a esa infatigable servidora
del genio, pobre y mal vestida, de diario en diario para vender unas
veces un poema, otras un artículo, diciendo en ocasiones que estaba
enfermo —única aplicación, única razón, invariable disculpa que ella
daba cuando su hijo se hallaba atacado momentáneamente de una de esas
esterilidades que conocen los escritores nerviosos—, sin permitir
nunca que sus labios soltasen una palabra que pudiera ser interpretada
como una duda, como una falta de confianza en el genio y en la
voluntad de su bienamado.” Cuando su hija murió, ella se consagró al
superviviente de la destrozada batalla con un ardor maternal
acrecentado, vivió con él, le cuidó, le vigiló, defendiéndole contra
la vida y contra él mismo. “En verdad —termina Willis con una elevada
e imparcial razón—, si la abnegación de la mujer, nacida con un primer
amor y mantenida por la pasión humana, glorifica y consagra su objeto,
¿qué no dice en favor del que le inspiró una abnegación como ésta,
pura, desinteresada y santa como un centinela divino?” Los detractores
de Poe hubieran debido, en efecto, darse cuenta de que hay seducciones
tan poderosas, que no pueden ser sino virtudes.
Es de imaginar lo terrible que fue la noticia para la desdichada
mujer. Escribió una carta a Willis, de la cual son estas líneas:
“He sabido esta mañana la muerte de mi bienamado Eddie… ¿Puede
usted comunicarme algunos detalles, algunas circunstancias?… ¡Oh, no
deje a su pobre amiga en esta amarga aflicción!… Dígale al señor X que
venga a verme; tengo que participarle un encargo de mi pobre Eddie… No
necesito rogarle que anuncie usted su muerte, y que hable bien de él.
Sé que lo hará. Pero recalque usted bien el hijo afectuoso que era
para mí, su pobre madre desolada…”
Esta mujer se me aparece grande y más que noble. Herida por un
golpe irreparable, sólo piensa en la reputación del que lo era todo
para ella, y no basta para contestarle con decir que era un genio; es
preciso que sepan que era un hombre recto y afectuoso. Es evidente que
esa madre —antorcha y hogar encendidos por un rayo del más alto cielo—
ha sido dada como ejemplo a nuestras razas, muy poco preocupadas de la
abnegación, del heroísmo y de todo cuanto es más que el deber. ¿No era
justo inscribir a la cabeza de las obras del poeta el nombre de la que
fue el sol moral de su vida? Aromará en su gloria el nombre de la
mujer cuya ternura sabía curar sus llagas, y cuya imagen volará sin
cesar por encima del martirologio de la literatura.
III
La vida de Poe, sus
costumbres, sus modales, su ser físico, todo lo que constituye el
conjunto de su personalidad, se nos aparece como algo tenebroso y
brillante a la vez. Su persona era singular, seductora, y, como sus
obras, estaba marcada por un indefinible sello de melancolía. Por lo
demás, él se hallaba notablemente dotado en todos los sentidos. De
joven había demostrado una rara aptitud para todos los ejercicios
físicos, y aun siendo pequeño de estatura, con pies y manos femeniles,
mostrando todo su ser ese carácter de delicadeza femenina, era más que
robusto y capaz de maravillosas pruebas de fuerza. En su juventud ganó
una apuesta como nadador que supera la medida ordinaria de lo posible.
Diríase que la Naturaleza da a aquellos de quienes quiere conseguir
grandes cosas un temperamento enérgico, así como da una poderosa
vitalidad a los árboles encargados de simbolizar el duelo y el dolor.
Esos hombres, de apariencia a veces enfermiza, están forjados como
atletas, son aptos para la orgía y para el trabajo, prontos a los
excesos y capaces de asombrosas sobriedades.
Hay algunos puntos relativos a Edgar A. Poe sobre los cuales
existe un acuerdo unánime, como, por ejemplo, su elevada distinción
natural, su elocuencia y su belleza, de la que, según dicen, se sentía
un tanto vanidoso.
Sus maneras, mezcla singular de altivez y de dulzura exquisita,
estaban llenas de firmeza. Su fisonomía, sus andares, sus gestos, sus
movimientos de cabeza, todo le señalaba, máxime en sus días buenos,
como un ser elegido. Toda su persona respiraba una solemnidad
penetrante. Estaba, en realidad, marcado por la Naturaleza, como esas
figuras de viandantes que atraen la mirada del observador y preocupan
su memoria. El propio pedante y agrio Griswold confiesa que, cuando
fue a visitar a Poe y le encontró pálido y enfermo aún por la muerte y
la enfermedad de su mujer, se sintió conmovido en alto grado no sólo
por la perfección de sus modales, sino también por su fisonomía
aristocrática, por la atmósfera perfumada de su habitación, muy
modestamente amueblada. Griswold ignora que el poeta posee más que
todos los otros hombres ese maravilloso privilegio, atribuido a la
mujer parisiense y a la española, de saber adornarse con nada, y que
Poe, enamorado de lo Bello en todas las cosas, hubiese encontrado el
arte de transformar una choza en un palacio de nueva clase. ¿No ha
escrito, con el talento más original y curioso, proyectos de
mobiliarios, planos de casas de campo, de jardines y de reformas de
paisajes?
Existe una carta encantadora de la señora Frances Osgood, que fue
una de las amigas de Poe, y que nos da sobre sus costumbres, sobre su
persona y sobre su vida doméstica los más curiosos detalles. Esta
dama, que era también un escritora distinguida, niega valientemente
todos los vicios y todas las faltas achacados al poeta.
“Con los hombres —dice a Griswold—, quizá fuese como usted le
describe, y como hombre puede usted tener razón. Pero yo afirmo el
hecho de que con las mujeres era muy distinto, y de que nunca ha
habido mujer alguna que haya conocido a Mr. Poe que no haya
experimentado hacia él un profundo interés. Siempre se me apareció
como un modelo de elegancia, de distinción y de generosidad…
”La primera vez que nos vimos fue en Astor House. Willis me había
dado en casa El cuervo, sobre el cual el autor, me dijo, deseaba
conocer mi opinión. La música misteriosa y sobrenatural de ese poema
extraño me penetró tan íntimamente, que, cuando supe que Poe deseaba
serme presentado, experimenté un sentimiento singular que se asemejaba
al espanto. Apareció él con su bella y orgullosa cabeza, sus ojos
sombríos que lanzaban una luz elegida, una luz de sentimiento y de
pensamiento; con sus maneras que eran una mezcla intraducible de
altivez y de suavidad. Me saludó, tranquilo, serio, casi frío; pero
bajo aquella frialdad vibraba una simpatía tan marcada, que no pude
por menos de sentirme impresionada a fondo. A partir de aquel momento,
hasta su muerte, fuimos amigos…, y sé que en sus últimas palabras tuve
mi parte de recuerdo, y que él me dio, antes que su razón fuese
derrocada de su trono de soberana, una prueba suprema de su fiel
amistad.
”Era, sobre todo en su interior, a la vez sencillo y poético,
donde el carácter de Edgar A. Poe se mostraba para mí bajo su mejor
aspecto. Bromista, afectuoso, ingenioso; tan pronto dócil como
indómito, lo mismo que un niño mimado, tenía siempre para su joven,
dulce y adorada mujer, y para todos los que acudían, aun en medio de
sus más fatigosas labores literarias, una palabra amable, una sonrisa
benévola, atenciones graciosas y corteses. Se pasaba horas
interminables ante su mesa, bajo el retrato de su Leonora, la amada y
la muerta, siempre asiduo, siempre resignado y fijando con su
admirable letra las brillantes fantasías que cruzaban su asombroso
cerebro, sin cesar en alerta. Recuerdo haberle visto una mañana más
alegre y jovial que de costumbre. Virginia, su dulce mujer, me había
rogado que fuese a verlos, y me era imposible resistir sus ruegos… Le
encontré trabajando en la serie de artículos que ha publicado bajo el
título The Literature of New York. "Vea usted —me dijo, desplegando
con una risa triunfal varios pequeños rollos de papel (escribía sobre
tiras estrechas, sin duda para adaptar su copia a la justificación de
los diarios)—; voy a mostrarle por la diferencia de tamaños los
diversos grados de estimación que tengo por cada miembro de su especie
literaria. En cada uno de estos papeles, uno de ustedes es vapuleado y
discutido particularmente. ¡Ven aquí, Virginia, y ayúdame!" Y los
desplegaron todos, uno por uno. Al final había uno que parecía
interminable. Virginia, riendo, retrocedía hasta un extremo de la
habitación, cogiéndolo por una punta, y su marido hacia otro rincón,
con la otra punta. "¿Y quién es el afortunado —dije— que ha juzgado
usted digno de esa inconmensurable ternura?" "¿Ustedes la oyen? ¡Como
si su vanidoso corazoncito no le hubiese ya dicho que es ella!"
“Cuando me vi obligada a viajar por motivos de salud, sostuve una
correspondencia regular con Poe, obedeciendo en esto a las vivas
instancias de su mujer, quien creía que podía yo tener sobre él una
influencia y un ascendiente saludables… En cuanto al amor y a la
confianza que existían entre su mujer y él, y que eran para mí un
espectáculo delicioso, no podría hablar de ellos con la convicción y
el calor suficientes. No menciono algunos pequeños episodios poéticos
a los cuales le impulsó su temperamento novelesco. Creo que era la
única mujer a quien él amó de verdad…”
En las novelas cortas de Poe no hay nunca amor. Al menos, Ligeia,
Eleonora, no son, hablando con propiedad, historias de amor, ya que la
idea principal sobre la que gira la obra es otra por completo. Acaso
él creía que la prosa no es lengua a la altura de ese singular y casi
intraducible sentimiento; porque sus poesías, en cambio, están
fuertemente saturadas de él. La divina pasión aparece en ellas,
magnífica, estrellada, velada siempre por una irremediable melancolía.
En sus artículos habla a veces del amor como de una cosa cuyo nombre
hace temblar la pluma. En The Domain of Arnhaim afirmará que las
cuatro condiciones elementales de la felicidad son: la vida al aire
libre, el amor de una mujer, el desapego de toda ambición y la
creación de una nueva Belleza. Lo que corrobora la idea de la señora
Frances Osgood referente al aspecto caballeresco de Poe por las
mujeres es que, pese a su prodigioso talento para lo grotesco y lo
horrible, no haya en toda su obra un solo pasaje que se refiera a la
lujuria, ni siquiera a los goces sensuales. Sus retratos de mujeres
están, por decirlo así, aureolados; brillan en el seno de un vapor
sobrenatural y están pintados con la manera enfática de un adorador.
En cuanto a los pequeños episodios novelescos, ¿puede a uno extrañarle
que un ser tan nervioso, cuya sed por lo Bello era quizá su rasgo
principal, haya cultivado a veces, con un ardor apasionado, la
galantería, esa flor volcánica, almizclada, para quien el cerebro
vehemente de los poetas es un terreno predilecto?
De su singular belleza personal, a la que se refieren varios
biógrafos, el espíritu puede, creo yo, hacerse una idea aproximada
recurriendo a todas las nociones vagas, características, contenidas en
la palabra romántica, palabra que sirve generalmente para representar
los géneros de belleza que consisten sobre todo en la expresión. Poe
tenía una frente amplia, dominadora, en la que ciertas protuberancias
revelaban las facultades desbordantes que están encargadas de
representar —construcción, comparación, causalidad— y donde
predominaban en un orgullo tranquilo el sentido de la idealidad, el
sentido estético por excelencia. Sin embargo, pese a esos dones, o aun
a causa de esos privilegios exorbitantes, aquella cabeza, vista de
perfil, no presentaba tal vez un aspecto agradable. Como en todas las
cosas excesivas por un sentido, un déficit podía originarse de la
abundancia, una pobreza de la usurpación. Tenía unos ojos grandes,
sombríos y luminosos a la vez, de un color incierto y tenebroso,
tendiendo al violeta; la nariz, noble y sólida; la boca, fina y
triste, aunque levemente sonriente; el cutis, moreno claro; el rostro,
de ordinario, pálido; la fisonomía, un poco distraída e
imperceptiblemente velada por una melancolía habitual.
Su conversación era de las más notables y con un fondo
sustancioso. No era eso que se llama un charlista presuntuoso —cosa
horrible—, y, además, su palabra, como su pluma, tenía horror a lo
convencional; pero una amplia cultura, un rico vocabulario, profundos
estudios, impresiones recogidas en varios países, hacían de su palabra
una enseñanza. Su elocuencia, esencialmente poética, llena de método y
moviéndose, empero, fuera de todo método conocido, arsenal de imágenes
sacadas de un mundo poco frecuentado por la mayoría de los espíritus;
un arte prodigioso para deducir de una proposición evidente y en
absoluto aceptable nociones secretas y nuevas, para abrir
sorprendentes perspectivas; en una palabra, el don de extasiar, de
hacer pensar, de hacer soñar, de arrancar las almas del fango de la
rutina: tales cosas eran sus deslumbradoras facultades, de las que
muchas personas han conservado recuerdo. Pero sucedía a veces —eso
cuentan, al menos— que el poeta, complaciéndose en un capricho
destructor, arrastraba de nuevo con brusquedad a sus amigos a la
tierra por obra de un cinismo desconsolador y derrocaba, brutal, su
obra, henchida de espiritualidad. Hay, por lo demás, que señalar una
cosa: que era muy poco exigente en la elección de sus oyentes, y creo
que el lector encontrará sin dificultad en la Historia otras
inteligencias grandes y originales para quienes toda compañía era
buena. Ciertos espíritus, solitarios en medio de la multitud, y que se
nutren en el monólogo, prescinden de la delicadeza en materia de
público. Es, en suma, una especie de fraternidad basada en el
desprecio.
De esa embriaguez —celebrada y reprochada con una insistencia que
podría hacer creer que todos los escritores de los Estados Unidos,
excepto Poe, son ángeles de sobriedad— hay que hablar, no obstante.
Existen varias versiones plausibles, y ninguna excluye las otras. Ante
todo, estoy obligado a hacer observar que Willis y la señora Osgood
afirman que una cantidad muy pequeña de vino o de licor bastaba para
perturbar por completo su organismo. Es, por cierto, fácil de suponer
que un hombre tan verdaderamente solitario, tan profundamente
desdichado, y que pudo considerar con frecuencia todo el sistema
social como una paradoja y una impostura; un hombre que, acosado por
un destino inexorable, repetía a menudo que la sociedad no implica más
que un tropel de miserables (Griswold refiere esto tan escandalizado
como un hombre que puede pensar lo mismo, pero que no lo dirá nunca);
es natural, digo, suponer que ese poeta, muy infantil en los azares de
la vida libre, con el cerebro cercado por un trabajo áspero y
continuo, haya buscado algunas veces una voluptuosidad de olvido en
las botellas. Rencores literarios, vértigos del infinito, dolores
hogareños, insultos de la miseria.
Poe huía de todo ello en la negrura, como de una tumba
preparatoria, de la borrachera. Pero, por buena que parezca semejante
explicación, no la encuentro lo bastante amplia, y desconfío de ella a
causa de su deplorable simplicidad.
He sabido que él no bebía como un ansioso, sino como un bárbaro,
con una actividad y una economía de tiempo totalmente americanas, como
si realizase una función homicida, como si tuviese algo en él que
matar, a worm that would not die. Se cuenta, además, que un día, en el
momento de volver a casarse (habían corrido las amonestaciones, y
cuando le felicitaban por aquel enlace que le aportaba las más
elevadas condiciones de felicidad y de bienestar, habría él dicho: “Es
posible que hayan corrido las amonestaciones; pero fíjense bien en
esto: ¡no me casaré!”), fue con una borrachera atroz a escandalizar en
la vecindad de la que debía ser su mujer, recurriendo así a su vicio
para librarse de un perjurio hacia la pobre muerta, cuya imagen vivía
siempre en él y a quien había cantado a maravilla en su Annabel Lee.
Considero, pues, en un gran número de casos el hecho infinitamente
precioso de premeditación como es sabido y comprobado.
Leo, por otra parte, en un largo artículo de Southern Literary
Messenger —esa misma revista cuya fortuna había él iniciado— que jamás
la pureza y la perfección de su estilo, jamás la claridad de su
pensamiento y su ardor en el trabajo fueron alterados por esa terrible
costumbre; que la confección de la mayoría de sus excelentes trozos
precedió o siguió a alguna de sus crisis; que después de la
publicación de Eureka se entregó lamentablemente a su inclinación, y
que en Nueva York, la mañana misma en que aparecía El cuervo, cuando
el nombre del poeta estaba en todas las bocas, él cruzaba Broadway
tambaleándose de un modo bochornoso. Observen ustedes que las palabras
precedido o seguido implican que la embriaguez podía servir de
excitante lo mismo que de descanso.
Ahora bien: es indudable que —parecidas a esas impresiones fugaces
y chocantes, tanto más chocantes en sus reapariciones cuanto más
fugaces son, que siguen a veces a un síntoma exterior, especie de
advertencia como el sonido de una campana, una nota musical o un
perfume olvidado, las cuales son también seguidas de un suceso análogo
a otro suceso ya conocido y que ocupaba el mismo lugar en una cadena
anteriormente revelada; semejantes a esos singulares sueños periódicos
que se repiten cuando dormimos— existen en la borrachera no sólo
encadenamientos de sueños, sino una serie de razonamientos que
necesitan, para reproducirse, del medio que les ha dado origen. Si el
lector me ha atendido sin repugnancia habrá adivinado ya mi
conclusión: creo que en muchos casos —no en todos, ciertamente— la
embriaguez de Poe era un medio mnemotécnico, un método de trabajo,
método enérgico y mortal, pero apropiado a su naturaleza apasionada.
El poeta había aprendido a beber, como un escritor escrupuloso se
ejercita llenando cuadernos de notas. No podía resistir el deseo de
hallar de nuevo las visiones maravillosas o aterradoras, las
concepciones sutiles que había encontrado en una tempestad precedente:
eran viejas amistades que le atraían, imperativas, y para reanudar su
relación con ellas tomaba el camino más peligroso, pero el más
directo. Una parte de lo que hoy produce nuestro goce es lo que le
mató.
IV
De las obras de ese
singular genio poco tengo que decir; el público mostrará lo que de
ellas piensa. Me sería difícil quizá, pero no imposible, esclarecer su
método, explicar su procedimiento, sobre todo en la parte de sus obras
cuyo principal efecto reside en un análisis bien manejado. Podría yo
introducir al lector en los misterios de su fabricación, extenderme
largamente sobre esa porción de genio americano que le hace
regocijarse de una dificultad vencida, de un enigma explicado, de un
tour de force realizado; que le impulsa a divertirse con una
voluptuosidad infantil y casi perversa en el mundo de las
probabilidades y de las conjeturas, y a crear mentiras a las cuales su
arte sutil presta una vida verdadera. Nadie negará que Poe es un
prestidigitador maravilloso, y sé que otorgaba sobre todo su
estimación a otra parte de sus obras. Tengo que hacer algunas
observaciones más importantes, muy breves, en suma.
No es por sus milagros materiales, que le han dado, empero, su
fama, por lo que él conquistará la admiración de las gentes que
piensan, sino por su amor a lo Bello, por su conocimiento de las
condiciones armónicas de la belleza, por su poesía profunda y
gimiente, siquiera trabajada, transparente y correcta como una joya de
cristal; por su admirable estilo, puro y singular —apretado como las
mallas de una cota—, complaciente y minucioso —y cuya más ligera
intención sirve para llevar suavemente al lector hacia un fin
deseado—, y, en fin, sobre todo, por ese genio especialísimo, por ese
temperamento único que le ha permitido pintar y explicar de una manera
impecable, sorprendente, terrible, la excepción en el orden moral.
Diderot, para escoger un ejemplo entre cientos, es un autor sanguíneo.
Poe es el escritor de los nervios, e incluso de algo más, y el mejor
que yo conozco.
En él, toda entrada en materia es atrayente sin violencia, como un
torbellino. Su solemnidad sorprende y mantiene el espíritu alerta.
Percibe uno en seguida que se trata de algo serio. Y lentamente, poco
a poco, se desenvuelve una historia cuyo interés todo se basa sobre
una imperceptible desviación del intelecto, sobre una hipótesis audaz,
sobre una dosificación imprudente de la Naturaleza en la amalgama de
las facultades. El lector, apresado por el vértigo, se ve obligado a
seguir al autor en sus atractivas deducciones.
Ningún hombre, lo repito, ha contado con mayor magia las
excepciones de la vida humana y de la Naturaleza, los ardores de
curiosidad de la convalecencia, los finales de estación cargados de
esplendores enervantes, los tiempos cálidos, húmedos y brumosos, en
que el viento del Sur ablanda y afloja los nervios como las cuerdas de
un instrumento, en que los ojos se llenan de lágrimas que no provienen
del corazón; la alucinación dejando lo primero sitio a la duda, y muy
pronto convencida y razonadora como un libro; lo absurdo instalándose
en la inteligencia y rigiéndola como una lógica espantosa, la histeria
usurpando el sitio de la voluntad, la contradicción asentada entre los
nervios y el espíritu, y el hombre desacorde hasta el punto de
expresar el dolor con la risa. Él analiza lo que hay de más fugaz,
sopesa lo imponderable y describe en una forma minuciosa y científica,
cuyos efectos son terribles, toda esa parte imaginaria que flota en
torno al hombre nervioso y le hace acabar mal.
El ardor mismo con que se arroja a lo grotesco por amor a lo
grotesco, a lo horrible por amor a lo horrible, me sirve para
comprobar la sinceridad de su obra y la unión del hombre con el poeta.
He observado ya que en varios hombres ese ardor era con frecuencia el
resultado de una amplia energía vital inocupada, a veces de una
obstinada castidad y también de una profunda sensibilidad contenida.
La voluptuosidad sobrenatural que el hombre puede experimentar viendo
correr su propia sangre; los movimientos repentinos, violentos,
inútiles; los fuertes gritos lanzados al aire, sin que el espíritu
mande a la garganta, son fenómenos a situar en el mismo orden.
En el seno de esta literatura en que el aire está enrarecido, el
espíritu puede experimentar esa gran angustia, ese miedo pronto a las
lágrimas y ese malestar del corazón que residen en los lugares
inmensos y singulares. Pero la admiración es más fuerte, ¡y, además,
el arte es tan grande! Los fondos y los accesorios son en ella
apropiados al sentimiento de los personajes. Soledad de la Naturaleza
o agitación de las ciudades, todo está descrito en ella nerviosa y
fantásticamente. Como a nuestro Eugene Delacroix, que ha elevado su
arte a la altura de la poesía grande, a Edgar A. Poe le complace
agitar sus figuras sobre fondos violáceos y verdosos en que se revelan
la fosforescencia de la podredumbre y el olor de la tormenta. La
naturaleza que llaman inanimada participa de la naturaleza de los
seres vivos, y, como ellos, se estremece con un temblor sobrenatural y
galvánico. El espacio se ahonda por el opio; el opio da en él un
sentido mágico a todos los tonos, y hace vibrar todos los ruidos con
una sonoridad más significativa. A veces, lejanías magníficas,
henchidas de luz y de color, se abren de repente en sus paisajes, y se
ve aparecer en el fondo de sus horizontes ciudades orientales y
arquitecturas vaporizadas por la distancia, donde el sol lanza lluvias
de oro.
Los personajes de Poe, o más bien el personaje de Poe —el hombre
de facultades sobreagudizadas, el hombre de nervios relajados, el
hombre cuya voluntad ardorosa y paciente lanza un reto a las
dificultades, aquel cuya mirada se clava con la rigidez de una espada
sobre objetos que se agrandan a medida que él los mira— es Poe mismo.
Y sus mujeres, todas dolientes y luminosas, muriendo de males extraños
y hablando con una voz que parece música, son él también, o, cuando
menos, por sus raras aspiraciones, por su saber, por su melancolía
incurable, participan mucho de la naturaleza de su creador. En cuanto
a su mujer ideal, a su Titánida, se revela bajo diferentes retratos,
esparcidos en sus poesías demasiado escasas, retratos, o, mejor, modos
de sentir la belleza, que el temperamento del autor aproxima y
confunde en una unidad vaga, pero sensible, en la que vive más
delicadamente acaso que en otra parte ese amor insaciable de lo Bello,
que es su gran título; es decir, el resumen de los títulos que él
posee al efecto y al respeto de los poetas.
Si tengo nueva ocasión, como espero, de hablar de este lírico,
haré el análisis de sus opiniones filosóficas y literarias, así como,
en general, de las obras cuya traducción completa tendría pocas
probabilidades de éxito entre un público que prefiere con mucho la
diversión y la emoción a la más importante verdad filosófica. |