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Leni Riefenstahl /
Anexo 01 /
Anexo 02 / Anexo
3
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Leni Riefenstahl |
111009 -
Dr. Simón Royo Hernández - UNED , España
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Leni Riefenstahl y la estética fascista; prueba de la
imposibilidad de un arte apolítico
La muerte de la cineasta
Leni Riefenstahl, el 9 de septiembre de
2003 a los 101 años, ha puesto su caso nuevamente ante el
análisis público, caso paradigmático de la conflictuada relación
entre el arte y la política, o más precisamente aún, entre el
mejor arte y la peor política. Y eso porque la peor política es
la que reduce la representatividad a simple espectáculo, siendo
el mejor arte el que es capaz de hacer pasar la ficción por
realidad.
Helene Bertar Amalie Riefenstahl nació en Berlín el 22 de agosto
de 1902. Tras una breve carrera como bailarina protagonizó como
actriz las películas de montaña de Arnold Fanck, aficionándose
al alpinismo, para pasar posteriormente a la dirección
cinematográfica, estrenándose en 1932 con La luz azul. En 1933,
deseando Hitler, recién subido al poder, encargar la realización
de un documental sobre el partido nacionalsocialista a una
artista en lugar de a los documentalistas del partido, contrató
el trabajo de Leni Riefenstahl que acabaría realizando cuatro
documentales para el nazismo: Der Sieg des Glaubens (La victoria
de la fe, 1933); Triumph des Willens (El triunfo de la voluntad,
1935), Tag der Freiheit, Unsere Wehrmacht (Día de libertad,
nuestras fuerzas armadas, 1935) y Olympia I y II (Parte I: Fest
der Völken; Parte II: Fest der Schönheit; 1936-38: Olimpia I:
Fiesta del pueblo & Olimpia II: Fiesta de la belleza). Estrenó
su última película Tiefland (Tierra baja, 1944) en 1954, cuando
las autoridades aliadas ya la habían juzgado considerando su
colaboración con el régimen nazi poco relevante y tras retirarse
el secuestro de su producción filmica.
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Luz azul, de Leni Riefenstahl |
La luz azul: una primera película.
La primera película protagonizada y dirigida por
Leni Riefenstahl surge cuando, cansada de su arriesgada carrera como
actriz en películas de montaña queda fascinada por los efectos
que conseguía su director mediante el corte de imágenes en los
talleres de montaje: “El estudio de montaje se convirtió para mí
en un taller mágico” –decía–, la creación de películas supuso su
iniciación como aprendiz de brujo. “Comencé a soñar. De mis
sueños nacieron imágenes. De forma neblinosa reconocí el
contorno de una muchacha que vive en las montañas, una criatura
de la naturaleza. La veía escalando, la veía a la luz de la
luna, y presencié como la perseguían y la apedreaban, y
finalmente soñaba cómo esa muchacha se desprendía de una pared
de roca y se precipitaba lentamente hacia las profundidades...
Como en un presentimiento, yo narré en La luz azul mi posterior
destino: Junta, la extraña muchacha de las montañas, que vive en
un mundo de ensueño, es perseguida y rechazada, perece, porque
sus ideales -en el film son simbólicamente los brillantes
cristales de roca- son destruidos. También yo había vivido hasta
el comienzo del verano de 1932 en un mundo de sueños, había
ignorado la dura realidad de la época y no había percibido
acontecimientos como la Primera Guerra Mundial con sus
dramáticas consecuencias” (Leni Riefenstahl Memorias. Editorial
Lúmen. Barcelona 1991).
El irracionalismo nebuloso es el suelo
nutricio de la cineasta alemana que, viviendo entre los ensueños
melancólicos del Romanticismo alemán tendrá por destino
participar en la formación del delirio colectivo que llevó a su
apogeo al fascismo nazi. La exaltación de la naturaleza y la
metáfora de la montaña pura, los olímpicos de arriba, y en el
sucio valle, los de abajo, impregnará también su última
película, Tierra baja. Desde luego ella es siempre la heroína,
que como todo buen profeta, como Jesucristo o Mahoma, es
apedreada y perseguida por el vulgo, por el populacho, volviendo
finalmente a las profundidades abismáticas de las que surgió
como promesa de un regreso futuro. Los ideales de Junta-Riefenstahl
encarnan el absurdo ideal nacionalsocialista que,
paradójicamente, al tiempo que fabrican borregos obedientes y
lobotomizados, les hacen creer individualmente a cada uno de
ellos que son superiores a los demás. Una suerte de masa de
singularidades fue formada de ese modo y continúa generándose en
un mundo actual en el que el fascismo está lejos de haber
desaparecido. Una ignorante cineasta que no comprendió jamás los
acontecimientos históricos y políticos en que vivió, creerá
durante toda su vida encarnar a un ser superior, al superhombre
en versión feminista, por el mero hecho de practicar el
alpinismo, rodar películas con la perfección tecnológica del
taylorismo-germánico, viajar a África o bucear y filmar las
profundidades oceánicas.
La Riefenstahl no era lo suficientemente intelectual como para
diferenciar entre las corrientes internas del Romanticismo
alemán y poder discriminarlas, por eso suscribirá tanto la
reivindicación de la Edad Media, de sus oscuridades y sus
leyendas, vikingas en Wagner, como la de la Grecia clásica (en
Olimpia I y II) apolínea, con sus mitos y su idealismo
figurativo. El Sturm und Drang sirvió de suelo nutricio al
nazismo.
Según Deleuze y Guattari el romanticismo alemán exonera al
héroe-individuo de servir al pueblo y a las masas mediante el
resguardo de la soledad, pero también se nos dice que “el
fascismo utilizó mucho menos a Verdi que el nazismo a Wagner”
(Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia 1980,
p.345). Lo sonoro (oído) prima sobre lo visual (vista) en
materia de desterritorialización habiendo un “fascismo potencial
de la música” (Deluze Op.cit. p.351): “Éxtasis o hipnosis. No se
mueve a un pueblo con colores. Las banderas nada pueden sin las
trompetas” (Ibid) de ahí que la cineasta nazi Leni Riefenstahl
emplease ambas en su película El triunfo de la voluntad (1935).
Se distingue aquí entre pueblo y masa, pero para nuestra
sorpresa el nazismo y la música de Wagner son clasificados como
fenómenos ligados al pueblo (y ciertamente estaban ligados a la
mistificación del pueblo ario) y no como un fenómeno de masas.
Pero en la obra de Riefenstahl lo que se percibe es un fascismo
potencial del cine puesto en obra, un cine dispuesto para
configurar la masa fascista en los términos en que había sido
descrita por Freud en su
Psicología de las masas y análisis del
yo (1923), como un ser colectivo producido mediante la
identificación, el enamoramiento y la hipnosis con relación a un Führer, líder y salvador. Yo distingo pueblo y masa de otra
manera, pues para mí el pueblo en el buen sentido de la palabra,
(no el ario ni el elegido), son las 110 millones de personas que
se manifestaron consciente y simultáneamente en 60 países contra
la guerra en Irak (febrero de 2003), mientras que las masas son
los millones de borregos que pueblan en manadas los grandes
centros comerciales.
Las relaciones entre música o cine (arte) y política constituyen
un tema tan vasto y complejo que no lo podremos dilucidar aquí
con exhaustividad, sino tan sólo apuntar al problema del vinculo
de la música de Wagner con el nazismo y el antisemitismo, a la
prohibición de representarla en Israel subvertida valientemente
por Barenboim en julio de 2001, al presidente de la Alemania
actual Schröeder, ya en el verano de 2003, siendo el primer
presidente alemán que visitaba el festival de Bayreuth desde la
Segunda Guerra Mundial, para desligarlo de sus pasadas ligaduras
con el nacionalsocialismo. Hay que separar el genio de Wagner y
sus obras musicales –independientes de su propio creador– de los
odiosos escritos antisemitas del compositor, como el titulado
“El judaísmo en la música” (1850) y de su aprovechamiento del
nazismo. Y es que Wagner murió en 1883, mucho antes de que
pudiera colaborar con un nacionalsocialismo que no existía aún,
siendo su obra fruto del Romanticismo y no del nazismo. Lo que
no es el caso de Leni Riefenstahl, cuyo cine no es que fuese
apropiado o expropiado por la ideología nazi, sino que estaba en
buena parte directa y primordialmente orientado a su servicio y
definido por sus ideales.
Cuando en agosto de 2002 Leni Riefenstahl alcanzó la edad de 100
años los medios de comunicación lo celebraron enormemente
poniéndola como ejemplo de vitalidad sin mencionar que ese
vitalismo que tan bien ejemplificaba tenía mucho que ver con su
obra y que su obra tenía mucho que ver con el nazismo. Incluso
en nuestros días, Víctor Gómez Pín, excelente racionalista
cartesiano, afirmaba en un artículo periodístico, que según
Malraux, “la indigencia de la condición humana (motivada por
nuestra caducidad), indigencia esta compartida por toda la
humanidad al margen de diferencias socio-económicas, ideológicas
o políticas, sólo podría ser redimida por el arte” (Artículo
publicado en El País del Miércoles 3 de Mayo del 2000). La
redención a través del arte fue un peligroso ideal que el
nacionalsocialismo recogería del romanticismo y del idealismo,
por lo que hay que ser un poco prudente al fomentar dicha
noción. “En las numerosas entrevistas que concedió después de la
guerra, y también en sus Memorias de 1987, la ex ninfa Egeria de
Adolfo Hitler se empeñaba en justificarse. Es cierto que estuvo
fascinada por el Führer desde 1932 y que creyó en la política
nacionalsocialista. Pero nunca fue racista, nunca trabajó para
la propaganda nazi, lo ignoraba todo sobre la represión de los
antifascistas, los judíos, los gitanos, y su única preocupación
fue siempre la belleza” (Lionel Richard Un centenario
hagiográfico para la cinesta nazi. La indecente rehabilitación
de Leni Riefenstahl. (Le Monde Diplomatique, edición española.
Octubre de 2002, nº84). Richard desmiente las justificaciones de
la Riefenstahl demostrando que hizo perseguir a judíos que
habían trabajado para ella por el mero hecho de serlo y que
utilizó gitanos de un campo de concentración para realizar su
última película.
La idea de la redención por el arte tiene una larga tradición,
entroncando con los aedos contra los que luchaba Platón y que,
con el Romanticismo, vendría a exaltar el arte y con él al
artista (teoría del genio) como aquello que puede romper el
principium individuationis (Schopenhauer) y fundirnos en una
sola voluntad. “Sólo como fenómeno estético están eternamente
justificados la existencia y el mundo” (Nietzsche, Nacimiento de
la Tragedia, 5, 1872). El problema es que esa voluntad común del
arte (no razón común) en cuanto potencia dionisíaca dotada de un
modelamiento apolíneo se podría encarnar en la generación de un
genio muy diferente del artístico, en la “generación del genio
militar” (Nietzsche, El Estado griego, 1872); con lo que vemos
que el surgimiento del Führer pudiera verse como el correlato
último de la fusión colectiva en una emoción estética común.
Reflejo de esto son las películas de Leni Riefenstahl, las
concentraciones futbolísticas, los eventos musicales y el
consumo conspicuo de bienes, servicios e imágenes, donde, como
estudió Freud, surgen los fenómenos de la identificación, el
enamoramiento y la sugestión hipnótica en las masas, y donde
opera el instinto gregario, uniendo las individualidades en un
sentimiento compartido que las lleva, finalmente, hacia su
inmolación y obediencia ciega a un Caudillo (Cfr. Freud el ya
citado Psicología de las masas y análisis del yo, 1923). El arte
en cuanto movilización de las pasiones compartidas, ya en el
mito, en el teatro, en la novela, en la política demagógica, en
las bellas artes, en el cine o en la publicidad, no aboca a la
razón común sino a la irracionalidad común de la horda
primitiva, a la Estética fascista de la que nos habla
Susan
Sontag. La redención a través del arte, con independencia de las
diferencias económicas, sociales, ideológicas y políticas, puede
llegar a ser un peligroso lema fascista.
La declarada ignorancia política y el antirracionalismo de
Leni Riefenstahl y los millones de europeos como ella, son uña y
carne, y nos asombraríamos de lo extendido que estuvo en Europa
el vicio de combatir un fascismo con otro. Temerosos de que la
razón tecnológica derivase en la construcción del hombre
máquina, ciegos a la razón teorética y volcados en la intuición,
la magia, el arte, el mito, la emoción y la sensibilidad,
numerosos europeos de los años 30 creyeron ver en el fascismo la
salvación del individuo frente a la masa amorfa, frente al
fascismo stalinista y al fascismo capitalista. Pero por
paradójico que parezca es precisamente a través de la exaltación
del individuo que se forman las masas estúpidas de borregos
alienados. A partir de la mentira acerca de la dignidad del
trabajo y de la dignidad del hombre surgirán los fascismos
contemporáneos, bajo la anulación del individuo identificado con
la totalidad. Arbeit macht frei, ponía en los campos de
concentración, siendo
Adolfo Hitler elegido porque prometía trabajo
para seis millones de parados y acabó matando a seis millones de
judíos, mientras que en la Unión soviética se condecoraría a
Stajanov por idear el trabajo a destajo. El Estado-nación
concebido como una sola voluntad que habría de convertirse en
Imperio, asunto conseguido actualmente por los
Estados Unidos de
Norteamérica, una voluntad orgánica en el stalinismo y el
nazismo pero inorgánica en el capitalismo; junto al robo de
soberanía propio de la noción de representación, a través del
Líder, Caudillo o Guía, en los dos primeros, que siguen un
modelo monárquico; y de los Líderes o Gestores en el segundo,
que se oriento hacia el modelo oligárquico de la empresa y la
banca (lo que permitió implantar la idea de que su
representatividad era nada más y nada menos que democracia);
supuso la guerra entre fascismos. Si el último se ha erigido en
triunfante fue porque de una declaración de los derechos
individuales tan esgrimida como incumplida surgirá la masa
amorfa consumidora de fútbol, coches y teléfonos móviles, a
quienes ya no se les dirá que su libertad, (identificada con la
libertad de comprar y vender, y ocultada la esclavitud de la
producción y la explotación), está supeditada a restricciones,
sino que se les convencerá de que son totalmente libres,
ilimitadamente libres, y los individuos se creerán tanto más
libres cuanto más esclavos sean, pensándose tanto más individuos
cuanta más empatía publicitaria corra por sus venas.
La ficción de la representatividad permitió a los Estados-nación
conservar el sueño de que seguía existiendo la política mientras
el imperialismo se consumaba a través de una economía que había
engullido la política sin que nadie se diese cuenta y que
conllevaba el que por fin pudiera lanzarse al imperialismo sin
provocar guerras políticas. El capitalismo ha sabido conciliar
una serie de elementos aglutinantes de las más diversas
dominaciones, pues ha proporcionado: 1º una teoría racional
simple (falsa) y fácilmente divulgable: la del liberalismo
económico, perfectamente confundida y simbiotizada con el
liberalismo político; 2º un sentimiento (imaginario) de libertad
generalizada, directamente proporcional al sometimiento (real)
padecido; 3º una serie de mitos fundadores del Estado-nación
capitalista, obstinadamente consagrados a la idealización del
enriquecimiento y a fomentar la ficción de que el individuo es
autónomo y libre, siendo el sujeto épico de la economía de
mercado el principal reclamo de Hollywood, y; 4º un imperialismo
que difícilmente puede ocultar hoy su carácter multinacional
pese al mantenimiento de la ficción de la existencia de la
política a través del mantenimiento del Estado-nación.
El nazismo y el stalinismo sucumbieron por falta de hipocresía,
por exigir a los individuos obediencia al Estado, aunque el
primero jugase la baza del individuo prometiéndole la libertad
de conducir un Völkswagen y de soñar con ser Odin al mismo
tiempo y el segundo prometiese ocuparse de conducir él mismo los
transportes del pueblo y exigiese soñar a cada individuo que era
el Estado mismo. El capitalismo, más sagaz, se dio cuenta de que
bastaba con la promesa del Völkswagen y de que a los esclavos lo
único que no podía hacérseles en nuestros tiempos cristianos era
recordarles su condición y hablarles de obediencia,
sometimiento, sumisión. Había que prometer la acumulación
ilimitada de riquezas sin cuento a cada esclavo y, a la vez,
procurarle el estresado olvido y el obnubilante sosiego de su
verdadera condición, con lo cual, todos hombres, todos dignos,
se lanzarían gozosos a una vida de máquinas
productoras-consumidoras con tal de que se les considerase como
si fuesen libres y pudiesen creerse libres. Leni Riefenstahl
ayudó a perfeccionar el arte de conseguir masas que se creen de
individuos, y que se creen libres sin serlo, si bien habría de
pasar el testigo a Hollywood, que lo cedería, a su vez, a lo que
hoy llamamos, no con mal nombre, mass media.
Pero no vayamos a creer que todo es lo mismo. Aunque haya
fascismo en el capitalismo así como lo hubo en el stalinismo y
en el nazismo, no puede decirse que, por poner sólo un ejemplo,
la seguridad social, la idea bismarckiana de proporcionar a cada
ciudadano cobertura médica, sea una idea fascista, pues también
la contemplaba la Constitución de Weimar. Hay que distinguir el
socialismo democrático del nacionalsocialismo y del stalinismo y
reivindicarlo frente al capitalismo salvaje. La sanidad
proporcionada por el Estado será fascismo cuando se trate de la
cobertura sanitaria del individuo-masa (cuando se trate a los
seres humanos como se trata a los animales de granja) y no lo
será cuando se trate de la cobertura sanitaria del ciudadano
(cuando se trate a cada ser humano como entidad respetable e
independiente). De nosotros depende que se instaure un Estado
socialista de derecho compuesto de ciudadanos individuados en
lugar de un Estado fascista compuesto por rebaños y masas.
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Olympia, de Leni Riefenstahl |
La Olympia de Riefenstahl
Fue la propia Riefenstahl quien propuso a la UFA el proyecto de
filmar los Juegos Olímpicos, pero como nunca habían sido los
juegos objeto de un largometraje ésta se mostró dubitativa ante
su propia propuesta. En 1932 se habían celebrado en Los Ángeles,
Estados Unidos, pero Hollywood los había ignorado, siendo objeto
tan sólo de los noticiarios. La cineasta comenzó a negociar con
el COI y pareció buscar la independencia respecto al patrocinio
oficial de la Alemania nazi, pero finalmente contaría con todos
los medios gubernamentales puestos a su alcance, con un
presupuesto prácticamente ilimitado y el respaldo del Tercer
Reich.
El film comienza con imágenes y esculturas de la antigua Grecia,
acompañadas de una música wagneriana compuesta por Herbert Windt
e interpretada por la Filarmónica de Berlín, creándose junto a
la belleza apolínea de las columnas del Partenón el deseo de
renacimiento del esplendor greco-romano. Figuras como el
Discóbolo de Mirón cobran vida en los atletas alemanes. La
antorcha olímpica viaja en manos de un atleta a otro desde la
antigua Grecia hasta la moderna Alemania, hasta llegar al gran
estadio presidido por
Adolfo Hitler. La secuencia quiere
indicarnos que la antorcha prometéica de la civilización fue
llevada desde la Grecia clásica a la Alemania nazi, para ser
alimentada y resguardada. Los ecos de toda la tradición del
Romanticismo alemán que buscaba hasta la exageración suscitar la
idea de que Alemania era la heredera de Grecia por excelencia,
resuenan, en las imágenes del largometraje. Desde la pugna
antiracionalista y naturalista del Hiperión de Hölderlin hasta
la idea heideggeriana de que sólo se puede pensar en la lengua
griega clásica o en el alemán moderno, hay una peligrosa línea
directa, de la que bebió el nacionalsocialismo, el cual, procuró
monopolizar para sí, únicamente, el legado griego y alimentó
ideológicamente al fascismo nazi. Sólo faltaría que alguien
cometiese el anacronismo de decir que los griegos clásicos
fueron nazis, nada de eso, lo que se demuestra en este artículo
es que los nazis se aprovecharon y apropiaron, indecentemente,
del legado griego, y que el relativo talento fílmico de la
Riefenstahl se puso al servicio de semejante mistificación.
Tras el principio del largometraje Olimpia I (Fest der Völken;
Fiesta del pueblo) desfilan las delegaciones de algunos de los
51 países participantes en la olimpiada de Berlín de 1936. Las
cámaras de Riefenstahl captan a los atletas de Alemania, Grecia,
Austria, Italia e incluso Francia, saludando a la romana todos
ellos al pasar frente a la tribuna desde donde observa Hitler,
mientras los grupos de Suecia, Inglaterra y Estados Unidos salen
también en las tomas sin hacer el conocido saludo fascista
tomado del imperio romano. El gesto es sintomático y darse
cuenta de las naciones que lo hacen y las que no lo hacen tiene
un hondo significado.
La confrontación deportiva es un simulacro de guerra por otros
medios, por eso los documentales de Riefenstahl se consagran a
la exaltación de las victorias deportivas alemanas, aunque no
puedan pasar por alto las de otros países. Cuando gana un atleta
de color la mayor parte del público chifla y vocifera
contrariado, igualmente, el comentarista siempre nombra a los
atletas indicando apellido y país excepto cuando el atleta es de
color (americanos y canadienses) en que se añade “negro”. La
primera victoria del atleta de color Jesse Owens se debe “a que
tenía el viento a favor” y cuando a los tres finlandeses que
habían obtenido los tres primeros puestos en una de las pruebas
de carrera se les muestra corriendo juntos el maratón, oímos
como comentario: “tres atletas, un país, una voluntad”. Las
victorias, dos medallas de oro individuales y una tercera en la
carrera de relevos, del joven norteamericano de color, de
diecinueve años, Jesse Owens, y de otros atletas negros, son
minusvaloradas en el film. Se ha dicho que Goebbels y sus
secuaces presionaron a Riefenstahl para que excluyera esas
victorias y que ella se negó a hacerlo, pero los éxitos de Owens
eran tan importantes que hubiese sido demasiado grotesco y
evidente su total silenciamiento; con lo cual se aprecia más
bien un sutil paso a segundo plano. Fuera de Alemania se dio
amplia publicidad a la noticia de que Hitler, indignado y
contrariado, había abandonado el estadio justo antes de un
triunfo de Owens, pero semejante desaire no se muestra ni se
menciona en la película.
Olympia: de los certámenes atléticos griegos a los de nuestros
días.
Todos los mamíferos, siendo cachorros, luchan jugando, y
desarrollan las capacidades para la caza o la huida con que la
naturaleza les ha dotado. El hombre no es una excepción y hemos
de suponer que los hombres primitivos actuarían de igual manera,
aunque ayudados por los utensilios de caza que eran capaces de
fabricar. Igual que la danza tiene su origen en el cortejo
nupcial animal, la lucha tiene su origen más remoto en la caza.
Pero tras la revolución neolítica, encontraría un segundo origen
en la guerra, para luego acabar alcanzando una finalidad
formativa o educativa en las sociedades excedentarias. Hace dos
mil setecientos años que se celebraron los primeros Juegos
Olímpicos, aunque con anterioridad ya se celebraban certámenes
atléticos, como ejemplifican los Juegos en honor a Patroclo del
Canto XXIII de la Ilíada. El deporte tiene por doquier un origen
bélico y los ejercicios atléticos eran los ejercicios que los
guerreros hacían para adiestrarse en la lucha y en el manejo de
las armas. La carrera y el salto eran fundamentales para atacar
y retirarse, recuérdese que Aquiles lleva el sobrenombre de, el
de los pies ligeros, el lanzamiento de jabalina remite al de la
lanza, el de peso al de pesadas piedras, el de martillo al uso
de la honda. Hace tres mil quinientos años ya se boxeaba en la
isla de Creta; el pugilato, como se le conoce en Grecia, será
uno de los deportes de combate que, junto con el bestial
pancracio o a la lucha, entrarían en los Juegos Olímpicos. Pero
tras superar sus arcaicos orígenes cinegéticos y bélicos, los
certámenes atléticos, adquirieron un importante papel en la
educación integral de la ciudadanía de las poleis griegas.
Desligados de la función bélica los deportes olímpicos de la
Grecia democrática se constituirían en parte fundamental de la
Paideia y constituirían a partir de entonces parte de la
educación integral del ser humano.
Ya existieron en la Grecia clásica unos pocos críticos,
contrarios al deporte especializado. Platón sitúa a la gimnasia
y a la música como elementos propios de la educación pública de
todos los ciudadanos, tanto hombres como mujeres (República
376e, 403c, 452a-b, 455d ss., 521d y ss.; Leyes 765d, 754c-d,
801d, 804e, 809a). Ataca duramente el régimen de vida y la
finalidad del sistema de entrenamiento de los atletas
profesionales (Rep. 403e, Leyes 796a.d y 830a) que acaban
arruinándose como seres humanos a causa de la dedicación en
exclusividad al deporte; condena de la especialización que
reaparece en Aristóteles (Política 1338b). La gimnasia debe
practicarse sin excesos “desde la niñez, a lo largo de toda la
vida” (Rep. 403c; Leyes 643b-c y 794a-b), incluso durante la
vejez (Aristóteles Política 1331a), buscando un equilibrio entre
la educación física y la intelectual, ya que Platón y
Aristóteles coinciden con el ideal de la educación ateniense
tradicional, en el que el cuidado del cuerpo, junto al del
espíritu, también hace mejores, moral e intelectualmente, a las
personas, ya que proporcionan cualidades como la valentía, la
honestidad, la resistencia, la belleza, el vigor y la salud.
El agonismo griego se caracteriza por la reunión de hombres “que
no compiten por dinero, sino por poner a prueba sus cualidades”
(Heródoto 8.26). A través de la rivalidad (agon) de los
certámenes atléticos, poético-musicales, teatrales, políticos
(asamblea) y filosóficos, se fomentaba el cultivo y desarrollo
de la excelencia (areté), distinguiéndose ya en la antigüedad
entre una rivalidad buena o positiva y otra mala o meramente
destructiva (las dos Érides de Hesíodo Trabajos y Días
vv.12-42). La discordia positiva es la que permite el
crecimiento mutuo y tiene esa finalidad, mientras que la
discordia negativa es la que busca la destrucción o el
sometimiento (esclavitud) del otro en lugar del mutuo
desarrollo.
Fácilmente se podrá incluir en nuestros días, leyendo lo
anterior, a la competencia del liberalismo económico moderno o
capitalismo en la Eris mala, que busca el sometimiento del otro
a través de la esclavitud laboral y el exclusivo crecimiento
económico a consta de la ruina física, moral e intelectual
propia y ajena. El capitalista es un especialista en el
enriquecimiento económico privado, siendo el egoísmo, la
maximización del beneficio, la única finalidad de todas sus
actividades; debido al equívoco que suscita la idea moderna de
que las cualidades físicas, morales o intelectuales, se pueden
comprar en el mercado.
Nunca los críticos del especialismo pudieron vencer la afición
popular y entre los vencedores de los juegos, aunque hubo muchos
ciudadanos empezaron a surgir profesionales. Se levantaban
estatuas a los vencedores alabando la belleza y destreza de su
arte, los poetas les cantaban como hijos de algún dios y sus
ciudades les trataban como héroes eternos. El Atleta triunfador
era uno de los hombres de mayor éxito social, ganaba la exención
de pagar impuestos y de hacer el servicio militar, el derecho a
la manutención vitalicia en el comedor de honor de la ciudad, la
inmunidad personal y la inmunidad de encarcelamiento, entre
otras ventajas dependiendo de la época. Al principio el
ciudadano que practicaba el deporte como parte de su formación
recibió estos homenajes, pero poco a poco empezó a ser
desplazado por los profesionales, especializados exclusivamente
en el deporte y embrutecidos en todo lo demás. En nuestros días
son los futbolistas y los actores quienes representan ese
desquiciamiento del cultivo del deporte y quienes aglutinan la
veneración estúpida de las masas y el enriquecimiento exagerado.
¿Qué son los cien años de Olimpiadas modernas frente a los más
de 1.200 años de las que se celebraron en la antigüedad?. Desde
el siglo VIII a.C. hasta el siglo IV d.C. se llevaron a cabo,
cada cuatro años, los Juegos antiguos. Luego tuvo Occidente un
largo periodo (quince siglos) durante el cual había perdido su
tradicional práctica de los deportes, hasta que en Atenas, en el
año 1896, se llevó a cabo la primera Olimpiada de los Juegos
Modernos.
“El carácter pecaminoso de lo corporal, y por supuesto la
aversión hacia la desnudez, es ya rasgo inherente a la tradición
religiosa judía, que reaparece en el cristianismo, y, en segundo
lugar, el atletismo y los juegos atléticos no pudieron quedar de
ninguna manera al margen del conflicto entre cristiandad y
paganismo, que precipitaría la muerte, por motivos religiosos,
de los antiguos juegos paganos, y con ellos del deporte griego
(...) La Iglesia radicalizó su actitud frente a todo lo relativo
al cuerpo, y en consecuencia, frente a la educación física, de
manera que, al quedar la educación y la cultura en sus manos
tras el colapso del Imperio Romano, la formación literaria de
tipo clásico sobrevivió, pero la formación física desapareció o,
mejor dicho, quedó reducida al simple entrenamiento del cuerpo
con vistas a la guerra. Esta situación, como es sabido, se
mantuvo durante muchos siglos, y sólo en época contemporánea la
educación del cuerpo ha comenzado a ocupar el lugar que le
otorgaron los griegos, el lugar que, en suma, le corresponde en
la formación integral del ser humano” (F. García Romero Los
juegos Olímpicos y el deporte en Grecia. Editorial AUSA.
Sabadell, 1992, 1.4.2.1. págs 169-170).
El cristianismo sintió profunda aversión por el cultivo del
cuerpo y de la mente, sustituyendo a ambos por el culto al
espíritu. La flagelación y mortificación del cuerpo sustituyó a
las prácticas deportivas y la plegaria y la teología desplazaron
o sojuzgaron a la sofística y a la filosofía. Si a Nietzsche no
puede calificársele de autor fascista, ni siquiera de autor
próximo al fascismo, es porque se dedicó a condenar de la manera
más potente jamás vista al cristianismo y a la era moderna,
siendo el filósofo más citado en el Mein Kampf de Hitler,
Schopenhauer, el pesimista y budístico pensador que Nietzsche
abandonó en su juventud por denigrador y negador de la vida
dirigiendo sus propuestas reflexivas hacia una vida plena y
alegre.
Leni Riefenstahl y el nazismo.
El telegrama de felicitación que envió a Hitler tras la
conquista de París o el uso de gitanos de un campo de
concentración para que realizaran el papel de los degenerados
campesinos de Tiefland, junto a las declaraciones de los diarios
de Goebbels, hacen muy difícil pensar que la cineasta no estaba
comprometida con el nazismo.
“Triumph des Willens me trajo innumerables dificultades después
de la guerra. Sí, era una película de encargo, propuesta por
Adolfo Hitler, pero hay que pensar que aquello ocurrió en 1934, en el
momento en el que acababa de llegar al poder, no mediante un
golpe de estado, sino por una mayoría parlamentaria elegida
libremente. Entonces Hitler representaba la esperanza de muchos
alemanes y era respetado por muchos extranjeros. El mismo
Winston Churchill declaró en aquella época que Alemania era
digna de envidia por tener ese Führer. Yo nunca he participado
en política ni he pertenecido nunca al partido. ¿Por qué tendría
que haber sido yo la única que adivinara el porvenir y supiera
entonces que Adolf Hitler iba a conducir a Alemania y al mundo a
la catástrofe?... ¿Porque soy mujer o porque la película estaba
demasiado bien hecha?” (Palabras de Leni Riefenstahl, en: Femmes
cinéastes, ou le triomphe de la volonté, Charles Ford,
Denoël/Gonthier, Paris, 1972; repetidas a lo largo del
documental de Ray Müller de 1993).
En el documental-entrevista sobre Riefenstahl de Ray Müller (Die
Macht der Bilder: Leni Riefenstahl, 1993; El poder de la imagen)
la cineasta, una vital y activa anciana de 90 años, se presenta
a sí misma como una revolucionaria innovadora de la técnica
cinematográfica, completamente ignorante de la política, que
habría cumplido los encargos del partido y gobierno nazis sin
haberse comprometido con el movimiento. A diferencia de algunos
de los intelectuales fascistas, Riefenstahl, no tenía cerebro
para saber que su trabajo formaría parte de un movimiento atroz,
pero lo que más sorprende de sus declaraciones es que una hábil
cineasta no siga sin saber, cincuenta años después, que toda su
estética entroncaba con una tradición de la que se alimentaba el
fascismo. Por eso cuando se le mencionaba la Estética fascista
en el documental citado, estudiada por
Susan
Sontag, decía
desconocer qué pudiera significar eso y no creer que existiese
algo semejante.
La estética fascista: prueba de la imposibilidad de un arte
apolítico.
El tiempo y el olvido lo curan todo, dicen, lo que ha llevado a
“la rehabilitación de figuras proscritas en las sociedades
liberales”, que no conocen la advertencia de Santayana según la
cual quien olvida su Historia está condenado a repetirla. De ahí
que se haya producido “el reciente ascenso de Riefenstahl a la
condición de monumento cultural” debido a las reivindicaciones
feministas y a la presencia en nuestras sociedades de una “idea
de lo bello” coincidente con la estética del culto al cuerpo de
acuerdo con el modelo griego winckelmaniano o apolíneo. “Los
filmes nazis son epopeyas... acerca del triunfo del poder... El
arte fascista despliega una estética utópica: la de la
perfección física. En la época nazi, pintores y escultores a
menudo mostraron el cuerpo desnudo, pero se les prohibió mostrar
imperfecciones corporales... La obra de Riefenstahl no tiene la
calidad de aficionado y la ingenuidad que encontramos en otro
arte producido en la época nazi, pero aun así, promueve muchos
de los mismos valores... Algo más importante aún: generalmente
se piensa que el nacionalsocialismo sólo representa brutalidad y
terror. Pero esto no es verdad. El nacionalsocialismo -más
generalmente el fascismo- también representa un ideal o, antes
bien, unos ideales que persisten aun hoy bajo otras banderas: el
ideal de la vida como arte, el culto a la belleza, el fetichismo
del valor, la disolución de la enajenación y el sentimiento
extático de la comunidad; el rechazo del intelecto, la familia
del hombre (bajo la tutela de los jefes). Estos ideales están
vivos y conmueven a muchas personas y resulta falaz así como
tautológico decir que Triumph des Willens y Olimpia nos afectan
sólo porque fueron hechas por una cineasta de genio... La actual
desnazificación y vindicación de Riefenstahl como indómita
sacerdotisa de lo bello -como cineasta y como fotógrafa- no
auguran nada bueno de la agudeza de la capacidad moderna de
detectar el anhelo fascista en nuestro medio” (Susan Sontag,
Bajo el signo de Saturno. Edhasa Barcelona 1987. Libro que
contiene su ensayo de 1974: “Fascinante fascismo” del que
citamos lo antecedente).
En sus fotos y grabaciones fílmicas de los Nuba de Somalia
durante los años 60, Riefenstahl iba buscando y encontró, una
tribu africana, con la complexión atlética apolínea
greco-latina. Un pueblo que por naturaleza ejemplificase su
ideal estético-corporal. Pero además declaró sentirse atraída
por una tribu donde “no padecían enfermedades” (Ray Müller,
1993). Y si bien no tiene que ser necesariamente fascista el
culto al modelo griego apolíneo del vigor corporal y la
exaltación de la salud, si puede llegar a serlo con sólo dar un
pequeño paso y considerar la ausencia de un determinado cuerpo
que responda a un canon de belleza o la ausencia de vigor o de
salud, como una “enfermedad”, en lugar de como una diferencia u
opción u forma vital alternativa, como puede serlo, por ejemplo,
el venerado cuerpo en forma de pera del luchador de sumo
japonés. El desprecio por las formas corporales no
correspondientes con el canon de belleza aria y de cualesquiera
malformación o enfermedad puede llevar fácilmente a la
pretensión de eliminar todo lo que no se corresponda con el
modelo.
El equívoco concepto de enfermedad y la ideología única.
La palabra “enfermedad” debería ser borrada de los vocabularios
pues representa un concepto totalitario en la mayor parte de los
casos en que se emplea, el loco, el disidente, el que no se
amolda a los patrones preestablecidos ya intelectual ya
corporalmente, es declarado enfermo y necesitado de un
tratamiento que lo devuelva al rebaño, cuando no resulta
derivado al exterminio. Las niñas anoréxicas se quitan a sí
mismas de en medio al morir de inanición por el modelo
esquelético de cuerpo femenino que impera en la sociedad de la
abundancia y el derroche. Quizá es relevante en la técnica
médica para declarar el estado de quien padece alguna dolencia
fisiológica frente al estado del que no la padece. Pero aunque
afortunadamente, ya nadie denomine enfermedad al dolor
menstrual, el hecho de que antaño así se hiciera, (por ejemplo
en la Biblia: libro del Levítico) es muestra de los equívocos y
defectos de semejante concepto. No hay que olvidar que, por
gremios profesionales, el más abundante en el partido nazi
hitleriano fue el de los médicos. Esto es debido a que son el
gremio más proclive a exportar a otros ámbitos los conceptos de
su especialidad y, concretamente, el peligroso dualismo
salud/enfermedad.
Nadie es perfecto o dicho de otro modo, todos somos
sano-enfermos y hay belleza en todo cuerpo si se sabe apreciar
la humanidad que habita en él.
Albert Camus advertía que no hay
que curarse de las enfermedades sino aprender a vivir con ellas.
Lo que sugiere que el ser humano tiene que potenciar lo mejor
que hay en él y procurar despotenciar y desfomentar lo peor de
su naturaleza, que no puede ser borrado sino, tan sólo,
minimizado. Mejor y peor no son criterios necesariamente
fascistas, ya que resulta a veces apropiado mantener criterios
de excelencia, pero pueden llegar a serlo si se discrimina lo
que se pueda considerar peor y no se le considera igual. La
democracia está basada en que pese a que seamos individuos
diferentes, o gracias a esa diversidad que no ha de olvidarse,
todos tenemos capacidad ciudadana y todos debemos tener los
mismos derechos y el mismo trato igual. A partir de ahí se podrá
elogiar e incluso premiar, con mesura, a quien demuestre saber
más matemáticas que los demás, pero eso no querrá nunca decir
que tenga que tener muchos más ingresos o muchos más derechos
que los demás. El que manifiesta haber adquirido o poseer unas
capacidades elogiables bueno será que gane el respeto de los
demás, pero malo será que adquiera mayor derecho a la existencia
que los otros.
Uno de los mayores vicios humanos en todos los tiempos ha
consistido en que un grupo, clan o partido, se han erigido como
los buenos, los sanos y los puros, sin aceptar que se pueda ser
diferente ni poseer otras cualidades distintas de las propias,
pasando a intentar exterminar todo aquello que no respondía a su
concepción del mundo. Todos podemos tener una concepción del
mundo que consideremos la mejor y, por tanto, derecho a intentar
fomentarla y convertirla en mayoritaria para el planeta; sin
embargo es totalmente inaceptable el intento de imponer las
propias propuestas a los demás por la fuerza, así como la
imposición más sutil mediante la astucia (por ejemplo del modelo
vigente de sociedad por los mass media). Las propuestas de
formas de vida han de ser aceptadas por cada cual de manera
libre, consciente y voluntaria. Y han de ser plurales y
diversas, sabiendo coexistir lejos de las imposiciones forzosas,
ya violentas, ya sutiles. Desgraciadamente el arte ha colaborado
siempre en la imposición sutil y esa resulta ser una de las
características fundamentales de un nuevo fascismo
contemporáneo, cuyo nacimiento está claramente evidenciado en la
obra de Leni Riefenstahl -
Observaciones Filosóficas
Bibliografía:
- Tchakhotine, Serge, "El Secreto del Éxito de Hitler", en M. de
Moragas, Sociología de la comunicación de Masas, T. III.
Propaganda y Opinión Pública, Madrid, Ediciones G. Gili, 4ª
edición, 1994.
- Susan Sontag, "La Fascinación del Fascismo", en El Fascismo en
América, México, Nueva Política, N° 1, enero – marzo de 1976
- Palmier, Jean Michel, "Del expresionismo al nazismo. Las artes
y la contrarrevolución en Alemania (1914 – 1933)", en María
Antonieta Macciochi, Elementos para un Análisis del Fascismo,
tomo II, España, El Topo Viejo
Leni Riefenstahl /
Anexo 01 /
Anexo 02 / Anexo
3
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