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Gonzalo Rojas

. Murió el poeta Gonzalo Rojas
. Su obra
.
Premio Cervantes 2003: Retrato de Gonzalo Rojas

11
- Gonzalo Rojas nace el 20 de diciembre de 1917, en el puerto de Lebu (VIII Región, CHILE). Estudia en el Internado de Concepción y, posteriormente, en la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile, carrera que abandona en su tercer año para ingresar al Instituto Pedagógico de la misma universidad.

Durante el transcurso de sus estudios trabaja como inspector en el Instituto Barros Arana, alfabetizador de los mineros en Atacama, es jefe de redacción de la revista Antártica en Santiago y, nuevamente, profesor en Valparaíso. Entre los años 1938-1941 participa, más bien como disidente, en el grupo surrealista Mandrágora fundado por Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa. Siete años más tarde aparece La miseria del hombre (1948), su primer libro de poemas, provocando reacciones encontradas entre los críticos oficiales que no fueron compartidas por Gabriela Mistral: "su libro(...) me ha removido y, a cada paso admirado y, a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito".

En 1952, habiendo obtenido el grado de Licenciado en Filología Clásica, gana -por concurso-, las cátedras de Literatura Chilena y Teoría Literaria en el Departamento de Español de la Universidad de Concepción donde permanece hasta 1970, fecha en que es nombrado por el Presidente de la República, Salvador Allende, Consejero Cultural en China. En su permanencia en la universidad organiza y dirige importantes actividades culturales como las Escuelas Internacionales de Verano en cuyo marco se realizaron el Primer Encuentro Nacional de Escritores (1958) y el Primer Encuentro de Escritores Americanos (1960). Para Carlos Fuentes y José Donoso estas reuniones, habrían sido el comienzo del boom latinoamericano, pues abrieron un espacio de reflexión -como el propio poeta lo propusiera-, en torno a las imágenes de América Latina y del hombre actual. Esta intensa actividad académica no le impide el ejercicio poético, en busca de la palabra diamantina que habitará en Contra la muerte (1964), libro celebrado unánimemente por la crítica.

El golpe militar chileno (septiembre, 1973) lo sorprende en La Habana, donde se desempeña como Encargado de Negocios; no sólo la historia de su país tiene un giro violento también, su vida. El poeta es ahora un exiliado, un "indocumentado" a quien no sólo se le ha arrebatado su rango de diplomático sino también se le ha expulsado de todas las universidades chilenas por "significar un peligro para el orden y la seguridad nacional". La Universidad de Rostck -Alemania Oriental- lo acoge como profesor, pero sin dictar clases, situación que lo perturba e incomoda. Entonces parte a Venezuela (1975), ha sido contratado por la Universidad Simón Bolívar, allí llega con Hilda, su segunda mujer, y el hijo de ambos, Gonzalo.


250411 - Murió el poeta chileno Gonzalo Rojas - Página 12

Falleció tras encontrarse en un estado de extrema gravedad desde hace dos meses, producto de un infarto cerebral. Rojas, considerado uno de los más grandes poetas latinoamericanos y uno de los últimos surrealistas vivos, recibió en 2003 del premio Cervantes. "Los poetas no escribimos más de cinco poemas que valgan la pena", afirmó en una entrevista reciente. El Gobierno chileno decretó dos días de duelo oficial.

La muerte de Gonzalo Rojas se produjo "tras sufrir un accidente vascular cerebral en febrero pasado que lo mantuvo en estado delicado por cerca de dos meses", dijo su hijo Gonzalo Rojas-May Ortiz a radio Cooperativa. "Tuvo una vida maravillosa, estuvo en China, Cuba, Alemania", evocó su informar el fallecimiento de su padre, nacido el 20 de diciembre de 1917 en Lebu, tierra de indígenas mapuches y pescadores.

Considerado uno de los poetas más relevantes de Chile, Rojas había sido trasladado en las últimas semanas a la capital chilena a causa de un debilitamiento de sus defensas, con el objeto de ser monitoreado por especialistas a pedido de su familia, según informó la agencia de noticias Ansa.

Miembro prominente de la generación de 1938, su poesía está más cerca de Huidobro (y del peruano César Vallejo) que de Neruda o Parra. Estudió Derecho y Pedagogía en la Universidad de Chile y ejerció la docencia en Valparaíso; también en Concepción, donde fundó el Departamento de Español de esa casa de estudios.

Rojas continuó una tradición clásica en su país: ejercer, como escritor, la diplomacia (tal como Neruda y Jorge Edwards, entre otros notables). Y así conoció la China de Mao y la Cuba de Fidel Castro.

"La miseria del hombre", su primer libro, se publicó en 1948. Las críticas no fueron favorables, pero la razón para tardar en publicar su segundo volumen es la necesidad de estudiar y encontrar una voz propia. Eso consigue en "Contra la muerte", de 1964. "Mientras mi primer libro había tenido un grado de audiencia dispar, pero intensa, el segundo tuvo una acogida mayor. Sin presumir, puedo decir que situó mi nombre en América Latina", dijo entonces el poeta.

En 1979 publicó "Transtierro"; en 1980, "Antología breve" y "50 poemas"; en 1981, "Del relámpago"; en 1986, "El alumbrado y otros poemas"; en 1988, "Antología personal", "Esquizotexto y otros poemas" y "Materia de testamento"; en 1990, "Desocupado lector"; en 1991, "Zumbido" y "Antología del aire"; su "Poesía esencial" es de 2006; y el año pasado, "Con arrimo y sin arrimo".

Rojas cultivó en su vida amistades y distancias con César Vallejo, Pablo Neruda, Octavio Paz, Jorge Luis Borges y Vicente Huidobro. "Ellos fundaron la identidad latinoamericana", dijo en el living de su hogar en Chillán, la tierra que lo vio crecer, emigrar y volver, en una entrevista con la agencia Dpa. "Los poetas no escribimos más de cinco poemas que valgan la pena", afirmó.

Su tercer libro de poemas Oscuro (1977) se publica en Caracas, a partir de este momento su poesía escrita sin prisas, desde lo profundo comienza a leerse en todo el continente y es aplaudida sin reservas por la crítica internacional. Recibe invitaciones para leer su creación poética, dictar conferencias y cursos en universidades norteamericanas y europeas; es objeto de homenajes y sus libros comienzan a publicarse en México, Madrid y New York. Las ediciones se suceden unas a otras: Transtierro (Versión antológica: 1979), Antología breve (1980), 50 poemas (1980), El alumbrado y otros poemas (1987), Antología personal (1988), Schizotext and Other Poems (1988), Materia de Testamento (1988), figura como uno de los libros más vendidos en Madrid ese año, éste como otros del autor se construye desde una escritura cuya metáfora es el tapiz, poemas antiguos y nuevos convergen con la misma frescura en tres vertientes: la numinosa, la erótica y la repentina. Desocupado lector (1990), Antología de aire (1991), Las hermosas. Poesías de Amor (1991), Zumbido (edición para bibliófilos: 1991), La miseria del hombre (edición crítica: 1995).

Gonzalo Rojas regresa a Chile en 1979, haciendo uso de la beca Guggeheim, sabe que las puertas de las universidades permanecerán cerradas, pero aún así elige Chillán, 400 kilómetros al sur de la capital, como lugar de residencia permanente; desde allí se desplazará a universidades de Alemania, Estados Unidos, México y España. El 5 de junio de 1992 recibe el Primer Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el 13 de noviembre del mismo año, el máximo galardón que otorga Chile a sus escritores, el Premio Nacional de Literatura; el reconocimiento internacional no cesa para este poeta circular, sediento de absoluto y de pasión erótica, a los premios anteriores se sumarán el Octavio Paz de México y el José Hernández de Argentina


Su Obra

Un libro pequeño, exiguo en apariencia y publicado en 1986, con una portada de Roberto Matta, podría ser la carta de presentación de Gonzalo Rojas. Me refiero a El alumbrado en el que se conjugan armónica o disarmónicamente acaso, las vertientes de una poesía rotunda en lo testimonial ("Llamándote aquí: cambio", "Sebastián Acevedo", "Ningunos") y centelleante -como ya lo ha señalado la crítica- por la inminencia de un sentido en permanente fuga. En efecto, el mismo Gonzalo Rojas en entrevistas y/o conferencias afirma su proceso de creación literaria como una aproximación constante y evasiva a la vez hacia el sentido y a la poesía como una aventura en las inmediaciones del ser: "No somos más que eso, nos aproximamos a descifrar la cifra de lo real o de lo terrestre (...). El instante es esa suerte de relámpago intuitivo, penetrante, descifrante, pero a la vez aproximante, nada más. Tengo que enlazar unas cosas con otras. Así es como voy desrazonando. Cuando digo que me importa la idea de hesitación y la enlazo con la idea de aproximación de Heráclito es porque eso mismo me propone la certeza de no alcanzar a decir lo que quiero decir".

Es esta perspectiva El alumbrado tiene la peculiaridad de remitirnos a la genealogía poética de Rojas, pues no solo toca sus preferencias literarias sino que también indaga en los misterios del juego poético, poniendo su acento en lo numinoso, en la realidad contingente y en lo erótico, constituyéndose así en una obra central y referente de un proyecto iniciado en 1948 con La miseria del hombre. Si bien es cierto que éste, el primero de sus libros, contiene la semilla de su obra posterior, es decir de todo aquello que caracteriza la creación poética de Rojas, El alumbrado es un texto clave para comprender una poesía que intenta descifrar el mundo desde la fragmentación y desde la asfixia.

Sí, porque es el peculiar ritmo de esta poesía lo que singulariza a Rojas, haciendo oír la quebrazón y la recompostura, el silabeo y la palabra, la repetición y lo genuino, lo definitivo y lo nuevo. Tanto es así y quizás esto valga para la estirpe de los grandes poetas que esta poesía no cabe en los "ismos" vanguardistas ni siquiera en el surrealismo, en el que merodeó, allá por el 38 atraído por "cierto airecillo disidente" que el surrealismo de la Mandrágora ofrecía frente al parisino. Sin embargo, hastiado de su ortodoxia discutible, de "su afrancesamiento literatoso y su falta de genio", pero imbuido de aquella poética que intentaba conectar poesía y acción transformando la vida y el mundo, abandona a los mandragoristas y se marcha al Norte del país donde enseñará a leer a los mineros en un silabario que el mismo Rojas hizo con textos de Heráclito en la inmensidad de los Andes. Posteriormente, y en esa misma línea -el de la poesía activa- organizará en Concepción los Encuentros de Escritores chilenos en 1958 y de Escritores americanos en 1959 y 1962, que según Pedro Lastra "constituyen un caso ejemplar en la literatura hispanoamericana de este tiempo, y creo -sin hipérbole-que para justipreciar su importancia pueden compararse con algunas de las realizaciones fundadoras que conoció el siglo XIX como intento por definir nuestra identidad".

Una voz original en el concierto de los poetas mayores de nuestro país, que sin embargo se autodefine como poeta coral y visionario, no se caracteriza por una obra abundante. Recordemos que entre el primero de sus libros y el segundo median largos años de silencio durante los cuales el oficio parece reafirmarse en esa búsqueda de "genuidad" de las cosas y de fidelidad consigo mismo, que lo lleva a la repetición y ahondamiento incansable de los mismos temas y poemas a través de toda su obra:

              "Míseros los errantes, eso son nuestras sílabas: tiempo, no
              encanto, no repetición
              por la repetición, que gira y gira
              sobre
              sus espejos, no
              la elegancia de la niebla, no el suicidio:
                                                                        el tiempo,
              paciencia de estrella, tiempo y más tiempo". ("Numinoso")
 

Pero, además de la repetición o lo analógico, está también la persistencia de la atmósfera poética de Rojas: "La miseria del hombre sigue siendo mi cantera" y "quod scripsi scripsi". Todo está ahí y perdura; el respiro-asfixia, el desenfado, el vaivén pendular de lo muy abierto a lo críptico, el desollamiento, el tono, la ambigüedad riente. Aprendí a escribir demorándome y en eso ando todavía". De modo que la circularidad, la permanencia en el tiempo se imponen como una especie de conjuro, que otorga un propósito a este quehacer tan macizo y personal: por una parte se trata de la comunicación del mundo, en cuya forma entrecortada y de estertores, se perciben las mutaciones y metamorfosis de la realidad circundante; una especie de oración que reclama para su efectividad poética su inclusión en un libro que jamás tendrá un orden definitivo. Todos los críticos y exégetas de Rojas concuerdan en afirmar esta suerte de inconclusión conforme a lo inasible del ser y a lo inaprehensible del sentido, postulados por el poeta.

Por otro lado, si de aproximaciones se trata, habría que referirse a la parte visceral de esta escritura, a pesar de la autoconciencia manifiesta en la poética implícita y hasta explícita de sus textos poéticos. En su poema "En cuanto a la imaginación de las piedras" se puede rescatar como líneas directrices de este quehacer más que literario vital, las siguientes palabras: "casi todo lo de carácter/ copioso es poco fidedigno", "su único vestido es el desollamiento", "son ciegas de nacimiento y ven a Dios", "les gusta la poesía con tal que no suene". En todas ellas, el escritor parco, visionario y enemigo de la altisonancia precisa con rigor un oficio que, un poco más allá, enriquece con la incorporación del gozo y el placer de la escritura: "-Distráete, animal,/ le dije, záfate de tu persona deja/ que el placer te bañe". Es así como esta poesía se abre a la trascendencia, ya no sólo el desollamiento y la austeridad de la palabra, sino por medio de la exarcebación de los sentidos y el placer de la carne que, con el paso del tiempo ha ido decantándose hasta elevarse como una de las voces más originales y poderosas de una poesía erótica rallana en el misticismo. El reconocimiento de los orígenes como condición y dato de su propia originalidad provee los textos rojianos de un fresco y novedoso cruce con la tradición. Especial relieve cobra el diálogo con el Arcipreste de Hita, pues si los poemas del Libro de Buen Amor violaban las convenciones sociales y morales de la época para confirmarlas con mayor fuerza, mediante el tono apologético y moralizante, los poemas de Rojas pueden ser descritos como el repliegue de la carne, como el triunfo de la ascesis sobre el deseo. ("De lo que contesçió al Arcipreste con la serrana bicicleta e de las figuras della", "De una mujer de hueso de la que quise escapar").

Siguiendo el itinerario de este último libro, no es extraño encontrar las huellas de los místicos como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz porque, como lo ha señalado Bataille, la experiencia mística y la erótica -siendo de distinta naturaleza- poseen ambas una intensidad extrema originada en la visión interior. Permanece sin embargo, un sentimiento de irreverencia, de sutil ironía, propia del fin de siglo, que parece burlarse de los ruidos cotidianos o del sentido que la razón quiere imponerle a estos estados extremos. O tal vez porque para Rojas el sentimiento de gozo y angustia que experimenta el ser en su desbordamiento proviene del vértigo de la nada: "entonces es cuando ahondo en tu amapola,// y entro en la epifanía de la inmediatez/ ventilada por la lozanía, y soy tacto / de ojo, apresúrate, y escribo fósforo si/ veo simultáneamente de la nuca al pie".

Aunque nos aproximemos a la obra de Rojas desde puntos de vista distintos y a veces periféricos, lo cierto es que rápidamente confluyen y se enlazan, así por ejemplo su poesía erótica entabla un diálogo con el misticismo español, pero también con lo oscuro y con la muerte. Respecto de esta última, toda la poesía de Rojas es una afirmación contra la muerte. En su libro homónimo y en el resto de su obra, la poesía y la palabra, el amor y la mujer son figuras de vida, afirmación de lo vital, permanencia confiada a los poderes genésicos de la poesía hecha cántico, celebración y conjuro. ¿Acaso no leemos o sentimos la convocación de los ancestros sanguíneos y espirituales, al igual que el reconocimiento de los padres fundacionales de nuestra América mestiza? Esta tercera vertiente de Rojas, extraviada en el inmenso concierto de su filiación espiritual y que traspasa las fronteras latinoamericanas (Rimbaud, Mallarmé, Lautréamont, Laforgue, Hölderlin, Blake, Novalis, Bataille, Apollinaire, Celan, etc.) alcanza su formulación más estricta en una petición que tiene como correlato el Padrenuestro:

              "-Piedad, Muerto, por nosotros que
              íbamos errantes, danos éste y no otro
              ahí para morar, ésta por
              música majestad, y no otra,
              para oír al Padre".
 

"Torreón del Renegado" a quien pertenece este fragmento constituye uno de los poemas más hermosos de Rojas pues confirma su parentesco, pero sobre todo su identidad con la naturaleza poderosa de Chile y con las voces que surgen de la tierra. De las tres palabras perdidas y de las que nos advierte en "A quien pueda importar", una 'Iñche' en mapuche no se perderá ni en la imaginación ni en el agua del Renegado. De esta materia: piedra, nieve aullante, cumbre y descumbre se nutre la palabra rojiana y por esa razón ocupa un lugar destacado junto a la Mistral, Huidobro, Neruda y De Rokha. Más allá, Vallejos, Rulfo, por la estética e imaginación común con las piedras.

Rupturista, iconoclasta, alejado de la tradición y de las modas engañosas, fiel al fulgor diamantino de la palabra, es, sin embargo un hombre de su tiempo, que en su "Materia de testamento" señala sin temor el rechazo a un período de la historia nacional: "al año 73 la mierda, al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,/ al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado/ a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg". Como todo artista, Rojas no es ajeno al compromiso social, pero artífice y orfebre del verbo este ha sido su medio para combatir la injusticia social, el abuso y la rapacidad. Poemas como "Sebastián Acevedo", "Ningunos", "Veneno con lágrimas", "Llamándote aquí: cambio" constituyen el testimonio de un pueblo mudo, a quien Rojas prestó su voz y su esperanza de cambio.

La miseria del hombre (1948), Contra la muerte (1964), Oscuro (1977), Transtierro (1979), Del relámpago (1981), 50 poemas (1982), El alumbrado (1986), Antología personal (1988), Materia de testamento (1988), Antología de aire (1991), Desocupado lector (1990), Las hermosas (1991), Zumbido (1991), Río turbio (1996), América es la casa y otros poemas (1998), Obra selecta (1999) son los fragmentos que se escriben desde antes del año 48 y siguen escribiéndose de este Libro-Mundo que, entre relámpagos, este sagitario: poeta del aire, del fuego, de la materia, de la belleza , del amor, de la muerte y de la vida, este poeta de sintaxis quebrada y de energía portentosa nos devela el Ser , a través del oficio mayor ,"y escribe, escribe con él, lo invisible escribe, lo que le dictan / los dioses / a punto de estallar escribe, la hermosura, /la figura de la Eternidad / en la tormenta.

Más que los múltiples galardones y homenajes recibidos por el poeta tanto en Chile como en el ámbito internacional, llama la atención la vigencia y vitalidad de su obra, debido al trabajo riguroso, de lenta y morosa espiración que el poeta le impone a sus palabras, cargándolas de sentidos y de fulgores imprevistos y, sin embargo, tan actuales. La poesía de Gonzalo Rojas seduce, atrae, emociona por esa calidez y el gozo irrefrenable con que construye la pasión y el deseo absorbidos en el murmullo confuso del lenguaje


El poeta chileno Gonzalo Rojas recibió este viernes, de manos del rey Juan Carlos de España, el premio Cervantes, la mayor distinción literaria de la lengua de Castilla.

"Ya Cervantes lo dijo todo en esta lengua de nacer y seguir naciendo, desde la meseta hermosa hasta los últimos parajes insulares, de los trópicos a la Antártida", dijo el poeta en su discurso de aceptación del premio, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares.

Cuando lo visité recientemente en su casa de Chillán, en la zona central de Chile, don Gonzalo me contó que estaba preparando la lectura que tendría que hacer en la ceremonia de entrega del premio.

"Anoche estaba desvelado y me puse a releer las primeras páginas del Quijote", me dijo.

"Qué maravilla de libro, hijo mío, qué maravilla".

Según don Gonzalo, a quien también le han otorgado el Premio Nacional de Literatura de Chile, el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y el Octavio Paz de Poesía y Ensayo, el Cervantes debería haber ido a parar a manos de algún escritor menos conocido.

"Los premios no me interesan mucho, aunque debo admitir que algunos ayudan a vivir".

"El Premio Nacional de Chile, que acá pagan mensualmente, me ha sido muy útil en ese sentido", dijo.

El barco azul

En abril de 1935, cuando tenía 17 años, Gonzalo Rojas escribió, a bordo de una nave que lo llevaba a Perú, el primer poema que le publicaron, "La litera de arriba".

Total me leí el libro de Joaquín
Cifuentes Sepúlveda: "El Adolescente
Sensual", a una semana
de "El Artista Adolescente";
cuánto espejo
en el oleaje de Talcahuano a Iquique con las gaviotas
inmóviles como cuerdas en el arpa del cielo
amenazante.
Más y más Dédalo,
me recojo en el mío.

"¿Viste? Ya en esa época me había leído bien a Joyce", me dijo, mientras recorríamos de popa a proa su otro barco, su larga casa azul de Chillán.

"La casa la mandé a construir por teléfono, desde Estados Unidos".

Niñez en Lebu

Me mostró una foto.

"Éste era mi padre. Era minero en Lebu. Murió cuando yo tenía cuatro años. Mi madre se hizo cargo de los ocho hijos".

Recordé un poema en que habla del padre, "Uno escribe en el viento", y que termina con un verso que dice "Hubo una vez un niño...". "¿Cómo fue ese niño?", le pregunté.

"Ése soy yo. Todavía soy ese niño al que le gustaban el mar, las piedras y un potro colorado que mi padre me regaló. Me gustan mucho los caballos. Mira cuántos hay en mi casa y en mi poesía".

"Sigo siendo ese niño. Seguramente a ti te pasa igual. La infancia es la edad más fecunda y es muy decisiva para la creación poética. Por eso, no quiero dejar de jugar".

Le dije que, sin embargo, en otro poema suyo, "Los niños", me parece leer que, ya desde que uno viene al mundo, pierde sus alas, deja de ser ángel y se convierte en algo feo.

"Sí, tal vez cuando lo escribí pensaba así".

Sin compromiso

Mencioné que, excepto en algunos poemas como "Uno escribe en el viento" y "Carbón", dedicado a su padre, yo no recordaba muchas referencias explícitas a temas sociales en su obra.

"Mi ejercicio", me corrigió, "escribir para mí no es más que un ejercicio".

"Efectivamente. Nunca he sido un poeta... ¿cómo los llamaban?... comprometido".

"Mi amigo Pablo Neruda era hijo de un ferroviario y escribió mucho sobre esas cosas".

"Yo soy hijo de un minero y no lo hice".

"Pero...¿en qué año estamos? ¿en el 2004?... de Neruda lo que se leerá en el 3004 serán sus poemas de "Residencia en la tierra", no su poesía política".

Le pregunté si no considera que el "Canto General" sea un gran libro.

"Indudablemente es un libro fundamental de lo que yo llamo el segundo Neruda. Pero no me parece que sea lo mejor que escribió".

Poquitico

"Lo que pasa es que Neruda escribió demasiado, para mi gusto".

De Neruda lo que se leerá en el 3004 serán sus poemas de 'Residencia en la tierra', no su poesía política

"Una vez estábamos en una reunión, creo que en 1960, y un amigo que era muy pícaro le preguntó: Pablo, ¿qué cree usted de la poesía de Gonzalo Rojas?".

"Mi amigo, muy intrigante pero muy simpático, vino al otro extremo de la mesa y me dijo: dice Neruda que tú no eres un mal poeta, pero que escribes poquitico".

"Dile que él es un genio, pero que escribe demasiadito, le contesté. Él fue y se lo dijo. A Neruda eso le encantó, según entiendo. Al final, muy sonriente, me dio un fuerte abrazo fraternal".

Exilio

Como Pablo Neruda, Gonzalo Rojas fue diplomático durante el gobierno de Salvador Allende.

Estaba trabajando en la embajada chilena en La Habana cuando, como escribe en "Diáspora 60", "llovió largo el 73, un año sucio".

Al morir mi querido amigo Allende, Chile cambió y no pude regresar

"Al morir mi querido amigo Allende, Chile cambió y no pude regresar".

"Quise ir a México y a otros lugares, pero no me dejaron".

"Finalmente fui a parar a la República Democrática Alemana, con mi esposa Hilda. Me ofrecieron un puesto en la Universidad de Rostok".

"Allí, aunque me pagaban puntualmente todos los meses, no me dejaban enseñar".

"Un buen día me cansé y le dije a Hilda "nos vamos de aquí" y así lo hicimos. Los representantes diplomáticos del gobierno militar chileno por supuesto me ponían trabas en todas partes".

"Pero, con la ayuda de un amigo que tenía una caja llena de pasaportes en blanco, logramos salir adelante".

"Estuvimos un tiempo en Venezuela, donde enseñé en la Universidad Simón Bolívar".

"Luego pasamos muchos años entre Chile y Estados Unidos. Ese cuadro que mirabas en la pared me lo envió mi amigo Matta cuando estábamos allá".

La desabrida

"En su poema 'Alegato', usted dice "me echaron, me amarraron y me echaron" de Chile. Pero hace varios años que regresó. ¿Cree que Chile ya lo recibió?"

De la república asesinada y de la otra me echaron. / De las antologías me echaron. / De las décadas salobres me echaron. De lo que no pudieron / es del aire.
"Alegato", 1988

"No del todo. Muchos jóvenes me leen pero, en general, Chile sigue siendo un país muy conservador".

"¿Y, a los 86 años, continúa usted escribiendo?"

Don Gonzalo fue hasta la proa de su barco azul y regresó con un largo poema de amor que acababa de pulir, "La desabrida".

"Es un texto muy atrevido", me dijo, "no creo que a mucha gente le vaya a gustar".

"Empecemos por el final, o casi el final. Yo estaba en Jerusalén, con una amiga italiana, Oriana, ahí escribo su nombre, a quien le entraron tremendos deseos de orinar y no encontraba dónde".

"Le dije: "Mea ahí mismo, sobre esas piedras. En Jerusalén todas las piedras son sagradas". Y lo hizo. Por eso escribo:

¡Habráse visto encima
de esos peñascos sagrados!
¡La pinta! Pensar
que las santas mujeres lavaron el bellísimo
cuerpo del Ensangrentado, y ella ahí mea
que mea flaca, fea, feroz
encima del mismo Dios
".

Cada vez menos

Seguimos conversando, durante horas, sobre sus lecturas, sus hijos, el Lebu de su niñez, sus viajes, sus poetas favoritos.

Me habla de Juan Rulfo, Jorge Luis Borges, César Vallejo, Octavio Paz, Ezra Pound, Santa Teresa, Lautreamont, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Julio Cortazar.

Le pregunta a mi amigo Dimas si todavía se lee a Miguel Hernández en Alicante.

"Cada vez la poesía tiene menos lectores. En general, queda muy poca gente que sepa leer de verdad ", nos dice.

China

Pasamos a otra habitación. Nos muestra fotos de sus hijos, nos habla de las visitas de sus nietos, nos enseña una cama que él y su difunta esposa compraron en China.

"Tiene más de 300 años", dice y nos cuenta sobre Pekín y un encuentro con Mao Tse Tung.

"Yo había leído algunos de sus poemas, pero me asombró lo bien informado que estaba sobre la poesía contemporánea y sobre el tema más aburrido del mundo, la teoría literaria, que yo enseñé durante tantos años".

Los dioses

Finalmente entramos a la habitación donde trabaja y sueña Gonzalo Rojas.

"Mira esta foto donde estoy con mi querido Allende. Y en aquella esquina están mis dioses".

Había fotografías de, entre otros, la Mistral, Borges y Neruda. Saco mi cámara digital para hacerle un retrato junto a ellos.

"Espera, que estas otras dos amigas no pueden faltar", dice, mientras pone una botella de whisky sobre un libro de Santa Teresa.

Por la ventana entraba la luz suave del atardecer de Chillán.

Don Gonzalo vio la foto en la pantalla de mi cámara y me dijo que le gustaba mucho. Prometí enviarle una copia.

Al día siguiente, un ladronzuelo huyó con mi cámara y con la voz juguetona del poeta.


 

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