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. Supervielle según Juan Gelman
.
Poema Un poeta

José Ángel Valente - De Supervielle nos da ahora nueva noticia, excelente noticia, la colección «Adonais», de poesía, con la selección y versión de Leopoldo Rodríguez Alcalde. De la calidad de éste como traductor teníamos el ejemplo de su Antología de Poesía Francesa Religiosa (contemporáneos,) cuya estrechez, sin duda alguna debida a exigencias materiales, revela por otra parte en su talento crítico, su virtud de seleccionador. Este bien hilvanado libro de poemas de Jules Supervielle que él presenta, abre nuevo camino al lector español hasta una de las voces más seguras, con más garantías de permanencia, de las penúltimas etapas de la poesía francesa.

Un perfil sin pretensiones de Jules Supervielle, podría comenzar así: Montevideo, 1887; inmediatamente Francia, pasajeros retornos y más tarde América otra vez, generoso refugio, cuando ya París no era sino «ciudad abierta» y el Sena iba «cubierto de vigilantes sombras». ¿Pero qué significa su biografía? Ni el lugar ni el tiempo pesan excesivamente en sus poemas, vastos mundos «solo a sí mismos semejantes». Guillermo de Torre habla, refiriéndose a Supervielle, de un americanismo, incluso temático, claramente visible en sus primeros libros. Claro está que un espíritu tan puro, tan íntegro como el suyo, difícil, ente soporta cualquier localización o preferencia. Apenas si la geografía le sirve para dar noción de irreconciliables puntos, de distancias para siempre irreparables: «Las noches de Montevideo no se coronarán de celesles rosales pirenaicos, ni los montes de Janeiro «se tomarán pálidos bajo los delicados dedos de la nieve de Francia». Sin embargo, hay en él un hombre americano, un hombre sin historia, identificado con la Pampa, «que conoce la mitología», con el desierto «ignorante de los dioses del Olimpo que ritman todavía el viejo Mundo», con los ceibos y talas «que no conocen el griego ni el latín». Este un su americanismo, «su sentido virgen de los comienzos», al que se refiere Sénéchal.

Luego, su mundo poético aparenta una tradición europea y el fino humor francés levifica su prosa, iluminándola de gracia verdadera. Se adivina en Supervielle la presencia de Rilke; como en este gravita sobre el mundo interior del poeta uruguayo la cercanía, el pálpito de un ámbito invisible distinto del real, del visible y tan real como éste. Ámbitos de algún modo afines, ámbitos con difíciles interferencias. Pero la concepción del uruguayo es más limpia, más escueta que la de Rilke; carece del artificio rilkeano, no ha pasado, afortunadamente, por el alambique de una sensibilidad como la de éste, inaccesible, impar. En vez de bucear, de sumirse en lo oscuro, lo circunvala, lo abraza, concertándolo en ese puro propósito «de secundar lo oscuro en su esfuerzo hacia la luz».

Con nosotros lo reconcilia especialmente su ágil sentido del humor, su serio ironizar, bien compaginado casi, siempre con la mucha ternura. ¡Ah! aquellos muertos suyos fragmentarios, deferentes, tan deferentes para con los vivos, tan preocupados por ellos y con tan mala memoria de su muerte. Apenas si de la vida les quedaban más que inconexos fragmentos, insólitos fragmentos insignificantes: «una cereza en el agua de un lago», «una gaviota en una cama», «una perdiz en el cristal de una gran lámpara que humea». Y con todo, intentando forzadamente el retorno: el frustrado retorno del «Resucitado» o el de aquel hombrecito que por amor volvió, convertido en fox-terrier, a la Rue des Canettes, 27, cuando ya todo retorno era imposible, cuando ya los separaban de la vida un grave abismo y «tantos gestos y tantos perros crueles».

Por su parte, los vivos apenas advierten cuanto ignoran de la muerte, cuanto del ámbito no revelado todavía. Ignoran tanto hasta qué punto nos rodea lo invisible, que ni siquiera tienen la prudencia de aquel buey de un delicioso cuento suyo, que en el colmo del júbilo «temía aspirar un ángel», tan denso está el aire de espirituales criaturas.

Hay un poema especialmente significativo de este mundo de lo fragmentario, de lo sólo orillado y no definitivamente descubierto, «El Retrato», traducido por Rafael Alberti en «El Bosque sin Horas», la única selección castellana de poemas de Supervielle, antes de publicarse la presentada ahora por Leopoldo Rodríguez Alcalde. En él nos habla de lo escasos que son los despojos de los muertos. También a los vivos nos quedan tan solo inconexos residuos del paso de la muerte y el mismo asombro y el mismo querer trasponer impracticables barreras y el atronador silencio.

Me inclino sobre la fuente donde nace tu silencio
en un reflejo de hojas que tu alma hace temblar.
Sobre tu fotografía.

Puede ser que quede aún
una uña de tus manos entre las uñas de mis manos,
una de tus pestañas mezcladas con las mías,
uno de tus latidos extraviados entre los latidos de mi corazón.

Al parecer, pensaba Coleridge que era atributo de verdadera poesía el trasmutar lo familiar en extraño y lo extraño en familiar. En estos versos hay un legítimo sugerir, un puro deformar, enajenar, lo cotidiano –fotografía, uñas, pestañas, un latido del corazón– de su familiar sentido, insertándolo en el poema con esa nueva emoción reveladora. Su sugestividad es de la mejor casta. Poesía sugestiva, no difusa ni vaga; sugestiva a pesar de su íntima diafanidad, o precisamente apoyada en ella misma, porque, según infiere Eliot, «la sugestividad es la aureola alrededor de un centro claro y brillante, puesto que no se puede tener tan sólo la aureola».

Por esto, acerca de la afinidad de Supervielle con las direcciones superrealistas francesas, de la semejanza de un mundo poético con el explorado por éstas, nada mejor repetido que la afirmación de Rodríguez Alcalde en el prólogo de su traducción: «nada más lejos de la escritura automática, de la vaga fluidez onírica, que estos poemas de Supervielle, extrañamente lúcidos, sencillos y rotundos en su construcción. Lo cierto es que, con dificultad, hallaríamos algo más próximo y lejano a un tiempo de superrealismo que la poesía del uruguayo.

Sus raíces, sus impulsos primeros, coinciden; pero no sus respectivas expresiones; así como es absolutamente dispar el luminoso intento del último de trasplantar a cada poema, no en el misterio inaccesible, o, al menos, difícilmente comunicable, sino el misterio esencial clarificado, clarificado, pero íntegro, sin alterar, según expresión del propio poeta.

Estos son los principales caracteres de sus mundos y esta la nota espiritual de Jules Supervielle, reintegrado a Europa desde su cuna uruguaya, según una tradición singularmente representada en la historia de la poesía francesa

Un poeta

Yo no voy siempre solo al fondo de mi mismo
Sino que a veces llevo a otros seres conmigo.
Los que hayan entrado en mis frías cavernas,
¿Están seguros de salir aunque sólo un momento?
Yo acumulo en mi noche, como un barco que se hunde,
Sin distingo, el pasaje y la tripulación,
Y dejo a los ojos sin luz, y en los camarotes
Hago amistad con quienes gustan de lo profundo.

Jules Supervielle - Les Amis inconnus, 1934

Extrañezas - Jules Supervielle según el poeta Juan Gelman - Juan Gelman - 2001

Jules Supervielle (1894-1960) tenía “un corazón astrólogo”. Este montevideano que escribió en francés –como sus conciudadanos Lautréamont y Jules Laforgue– buscó su espejo íntimo en el cosmos. Rainer María Rilke lo consideraba un San Cristóbal capaz de instalar puentes entre la cotidianidad y la vida del espacio, como un extraterrestre que mirara con asombro lo que sucede aquí abajo, tornándolo irreal. Dice el uruguayo en el poema “47 Boulevard Lannes”: “Boulevard Lannes qué haces en medio del cielo/con tus edificios de piedra que olisquean los años”. O en “Gravitaciones”: “Basta una vela/para iluminar el mundo/a su alrededor/la vida hace su ronda secreta,/corazón lento que te acostumbras/y no sabes a qué”. Ese corazón es el motor de la sensibilidad de Supervielle y encuentra su identidad en la pérdida de identidad: “No sabe mi nombre/este corazón del que soy huésped,/no sabe nada de mí/cuántas regiones salvajes”.

Rilke señaló aprobadoramente semejante voluntad de anonimato y “la suave y preciosa libertad” de poemas de Supervielle escritos “como si nadie los hubiera escrito”. El no ser uno tiene en el autor de “La fábula del mundo” una connotación diferente a la del “yo soy otro” de Rimbaud o a la del “yo soy el otro” de Nerval: es nada religiosa y surge de la conciencia del “lejano interior” del cuerpo. Percibe que “la temperatura profunda del hombre” y la de “nuestros órganos/abandonados en sus caballerizas sangrientas” son fuente de diurna oscuridad. La otredad del cuerpo, su distancia y aun su disidencia originan para él una suerte de autoexilio que experimenta con las vísceras: “Cuando el flujo de la noche se desliza por mis labios.../como un viajero que llega de lejos/descubro mi paisaje humano como un intruso”. Esa sensación de extrañamiento de sí mismo se expande hasta borrar la identidad.
Supervielle, de muy niño, perdió a sus padres en un accidente y ese vacío marcó toda su obra. Sin embargo, en un poema dedicado a la madre que no pudo conocer, descubre en el cuerpo el misterio de la continuidad. En “Oloron Sainte-Marie”, escrito con motivo de la muerte de Rilke, recuerda una peregrinación a las tumbas de sus progenitores en compañía de Henri Michaux –ese otro gran explorador del paisaje corporal– y sugiere que la muerte del ser querido endurece la existencia de las vértebras, los músculos y los nervios, ésos “que hacen pensar a la carne/y razonar bajo la piel”. Esa vivencia conduce a apreciar la densidad de las cosas pequeñas, lo más cercano a la divinidad que Supervielle podía admitir: “Oh Dios muy atenuado/de las hojas/Dios pequeño y separado/se pisotea o se lo toma/con las hierbas de los prados”.

La desaparición de los padres fue tal vez acuñadora de una obsesión lacerante en Supervielle: la relación memoria/olvido. En “Brumas del pasado” –curioso título para el huérfano de 16 años que lo escribió– habla del “horrible olvido que me sumió en el vacío”. Cincuenta años después, en “Olvidadiza memoria” piensa el tema con más complejidad. Acepta la tentación –dice– de conservar el recuerdo y acostarlo en “el blanco lecho de la memoria/con las cortinas cerradas”, pero advierte que “ese recuerdo que se tensa contra el olvido” puede alejarnos de nosotros mismos. O cuestiona la permanencia del recuerdo –“nuestro amor será compartido por las sombras”– y su fiabilidad: “Recuerdo –cuando hablo así/ah se sabrá alguna vez quién es el que recuerda/en esta encrucijada caliente que murmura”. Pero aconseja en “Homenaje a la vida” tener valor para confiar el mundo a la memoria personal “como un claro jinete en su cabalgadura negra”.
 

“Con tanto olvido cómo hacer una rosa”, se pregunta Supervielle en “Olvidadiza memoria”, aunque más que la pérdida causada por esa “hermosa goma de matar” que es el olvido, destaca su posibilidad de transformaciónen su vaivén con la memoria, vaivén que alimenta el hacer y el deshacer del yo y del mundo: “Y que en la sombra finalmente nuestra memoria juegue/devolviéndonos el mundo de colores activos/la encina se convierte en árbol y las sombras, llanura/y aparece este lago ante nuestros ojos agrandados”. Maurice Blanchot supo señalar que esta poesía no tantea los vínculos con lo que alguna vez supimos, sino con lo que oscuramente somos. “Oh Señora de la profundidad/¿qué hace usted en la superficie?/oh Señora de mis aguas profundas/¿estaré tan cerca de las sombras/o viene usted para ayudarme a vivir/con todo su frágil equilibrio?”. Como Beckett, Supervielle revisó a fondo la extrañeza de ser quienes somos, y su dónde, cuándo, cómo, qué.
 


 

 

 

 

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