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. Fallece Edward Said

251108 - Nació en 1935, en un barrio de Jerusalén ocupado por cristianos palestinos, en el seno de una familia anglicana acomodada. En esa ciudad vivió hasta 1947, cuando se trasladó a Egipto y más tarde al Líbano. La guerra le obligó a exiliarse, primero a El Cairo y luego a Estados Unidos, donde estudió en las universidades de Princeton y Harvard.

Eminente musicólogo y profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia, escribió libros de temas muy variados, como lo demuestran sus títulos mas conocidos: 'La cuestión palestina" (1979) 'El final del proceso de paz', " Desde el último cielo", "Elaboraciones musicales" e "Imperialismo Cultural" (1993). Pero sin duda fue su obra "Orientalismo" la que le dio la fama de haber revolucionado la visión que Occidente tenía del Oriente.

Profundamente crítico, Said apoyaba la creación de un Estado palestino soberano y criticaba la política israelí de colonización en Cisjordania y la franja de Gaza, pero a la vez fue muy duro con Yasser Arafat, a quien acusó de haber establecido "una suerte de gobierno de Vichy para los palestinos". La respuesta de Arafat fue prohibir los libros de Said en los territorios palestinos.

Sus libros y numerosos artículos convirtieron a Edward Said en uno de los intelectuales palestinos más importantes. Apasionado defensor de la autodeterminación de los pueblos, criticó el fundamentalismo islámico, incluso se llamaba a sí mismo, "quizás un palestino judío". Profundo conocedor de las relaciones entre Oriente y Occidente, se expresó siempre con independencia de criterio. En 1998, recibió el máximo galardón literario del mundo árabe - el premio Sultán Owais -, con lo que se convirtió en el único estadounidense en recibir tal distinción

Hombre multifacético, excelente pianista, compartió con su gran amigo, el músico israelí de origen argentino, Daniel Barenboim, el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia en el año 2002, por la "generosa y encomiable tarea de ambos a favor de la convivencia y de la paz". El proyecto que ambos promueven, el West Eastern Divan, es un taller musical en el que participan músicos de diferentes países de Oriente Próximo y de Israel.

En su discurso de recepción del premio Príncipe de Asturias, Said aseguró haber dedicado su vida a luchar por la justicia para un pueblo, el palestino, cuya historia moderna "ha estado llena de sufrimientos". Destacó haber vivido "una vida privilegiada" como profesor universitario norteamericano mientras que, como palestino, tuvo que elegir entre odiar su pasado o dedicarse a escuchar y oír todos los problemas y seguir dando testimonio sobre la tragedia de su pueblo. Said reclamó el respaldo del mundo para demostrar que Palestina no es la tierra de un pueblo sino de dos, que no pueden exterminarse ni expulsarse sino vivir juntos, en paz y en seguridad.

Edward Said fue miembro del Parlamento palestino en el exilio durante 14 años, hasta su renuncia en 1991 por su oposición a Yasser Arafat, a quien criticaba su acercamiento sin contrapartida a Israel. A su juicio, los acuerdos de Oslo de noviembre de 1992, el primer pacto entre israelíes y palestinos, fueron un Versalles palestino, símbolo de la rendición palestina frente a Israel y a Estados Unidos. Said se oponía a la partición en dos Estados como solución al conflicto árabe-israelí, proponiendo como alternativa un Estado integral y democrático.

Sin embargo, la mayor controversia sobre su persona no tuvo que ver con sus libros o declaraciones, sino con haber arrojado una piedra contra la casilla de un guarda israelí en la frontera con Líbano en el año 2000, cuando ya se había retirado el ejército israelí. Cumplía así con la tradición de lanzar "piedras de celebración" al otro lado de la frontera con Israel. Un fotógrafo captó el momento, y la ampliamente difundida instantánea fue utilizada por sus críticos para acusarle de extremista. Después de un intenso debate, la Universidad de Columbia decidió no sancionarlo, aduciendo que la piedra no iba dirigida contra nadie en particular, que ninguna ley se había quebrantado y que su acto estaba protegido por los principios de libertad académica.

Consultado continuamente acerca de los problemas en Oriente Medio, Said sostenía que las causas de los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra Estados Unidos había que buscarlas en la Guerra Fría, en el fracaso político de algunos países musulmanes y en la idea generalizada de que la religión es la respuesta para los problemas modernos.

"No es cierto que las identidades duren para siempre, puesto que la dinámica de la historia muestra constantes evoluciones", afirmó el intelectual palestino, quien consideraba, además, que de las convicciones de los grupos que pretenden ser los auténticos representantes de una identidad o de la historia de un pueblo, suelen surgir el fundamentalismo y una total falta de comprensión de los demás.

Fallece Edward Said

250903 - Edward Said, un intelectual libre
- Juan Goytisolo - * El País. España, 2001.

A comienzos de la década de los ochenta redacté esta breve presentación de Edward Said con objeto de contribuir a la difusión de su obra en España, presentación que dirigí a media docena de editores amigos o conocidos:

'En 1978, la publicación de Orientalismo, del palestino Edward Said, profesor de literatura inglesa y comparada en la Universidad de Columbia, en Nueva York -conocido hasta entonces por sus excelentes estudios de crítica literaria-, produjo el efecto de un cataclismo en el ámbito selecto, un tanto cerrado y autosuficiente, de los orientalistas anglosajones y franceses. Su examen de las relaciones Occidente-Oriente, la minuciosa exposición de la empresa de conocimiento, apropiación y definición -siempre reductiva- de lo 'oriental' en todas sus formas sociales, culturales, religiosas, literarias y artísticas por parte de aquéllos en provecho exclusivo, no de los pueblos estudiados, sino de los que, gracias a su superioridad técnica, económica y militar, se apercibían para su conquista y explotación, ponían no sólo en tela de juicio el rigor de sus análisis, sino en bastantes casos la probidad y honradez de sus propósitos eruditos. Salvo raras excepciones, nos dice Said, el orientalismo no ha contribuido al entendimiento y progreso de los pueblos árabes, islámicos, hindúes, etc., objeto de su observación: los ha clasificado en unas categorías intelectuales y 'esencias' inmutables destinadas a facilitar su sujeción al 'civilizador' europeo. Fundándose en premisas vagas e inciertas, forjó una avasalladora masa de documentos que, copiándose unos a otros, apoyándose unos en otros, adquirieron con el tiempo un indiscutido -pero discutible- valor científico. Una cáfila de clisés etnocentristas, acumulados durante los siglos de lucha de la Cristiandad contra el Islam, orientaron así la labor escrita de viajeros, letrados, comerciantes y diplomáticos: su visión subjetiva, embebida de prejuicios, teñía sus observaciones de tal modo que, enfrentados a una realidad compleja e indomesticable, preferían soslayarla a favor de la 'verdad' abrumadora del 'testimonio' ya escrito'.

Con un rigor implacable, Said exponía los mecanismos de la fabricación del Otro que, desde la Edad Media, articulan el proyecto orientalista. La dureza del ataque, como señaló en su día Maxime Rodinson, convirtió a Orientalismo en el centro de una agria polémica cuyos ecos no se han desvanecido aún. Las críticas y defensas apasionadas del libro mostraban en cualquier caso que el autor había dado en el blanco: nadie puede permanecer indiferente a él. Pero mi iniciativa no dio resultado. El tema de la obra resultaba aún exótico en aquellos años y me resigné a acoger Orientalismo en una discreta colección que entonces dirigía y cuya difusión era escasa, por no decir nula. Por fortuna, las cosas han cambiado.

Como sus lectores españoles bien saben, la obra de Edward Said abarca un área muy vasta de conocimientos, algo bastante insólito, como veremos, en el universo arabomusulmán, tradicionalmente endogámico, replegado sobre sí mismo y con escasa curiosidad por el mundo exterior (compárese, por ejemplo, el número de libros escritos en Occidente sobre esta civilización tan cercana, pero inasimilable a la nuestra -sin duda, varios millares de títulos- con la cincuentena escasa de obras que los viajeros y ensayistas del Oriente Próximo y el Magreb escribieron sobre Europa antes de la Primera Guerra Mundial, y mediremos el abismo que separa el Occidente avanzado de esa nebulosa de culturas, creencias religiosas y lenguas capsuladas en el término 'oriental' forjado por nosotros. Quiero precisar aquí que España es un caso aparte: nuestra anorexia cognitiva y asimiladora tocante a otras culturas nos distancia también irremediablemente de Europa).

El lector de Edward Said puede escoger, según sus preferencias, entre las diferentes facetas de su obra: el excelente analista de la ficción autobiográfica de Joseph Conrad; el crítico literario de Intención y método y ; el musicólogo, cuyas inolvidables conferencias en el Collège de France tuve el privilegio de escuchar; el narrador del bellísimo viaje a la tierra nativa que, al serle arrebatada en su niñez, lo convirtió para siempre en un palestino errante; el analista político, implacable observador del mal llamado proceso de paz, consecuencia de los acuerdos de Oslo...

Pero quiero subrayar ahora un punto que me parece esencial para la comprensión de una labor tan rica y aguijadora. Como otros exiliados a lo largo de la historia, Said ha sabido sacar fuerza de la desdicha propia y la de su pueblo con miras a convertirla en la baza de un reto: el de transformar, conforme a la célebre frase de André Malraux, 'el destino en conciencia' y el de servirse de ésta para componer una obra cuya exigencia íntima y móvil desinteresado la sitúen por encima de los azares y circunstancias de todo compromiso político concreto. Said nunca ha sacrificado el juicio individual al prejuicio colectivo, y este rasgo de carácter, infrecuente en todas las sociedades, hace de él una rara avis dentro del palomar donde zurean las palomas amaestradas al servicio del poder de turno, ya sea político, empresarial o mediático.

Su condición de exiliado, primero en Egipto y luego en Estados Unidos, le ha concedido, como compensación personal, la fructuosa marginalidad de quien, en razón de las circunstancias, acampa en una zona fronteriza, en la periferia de Occidente y del Oriente Próximo, desde la que contempla su cultura a la luz de otras culturas, y su lengua, a la luz de otras lenguas. Conocedor profundo de la literatura e historiografía anglosajonas y francesas y de las claves de la dominación imperialista de Occidente sobre el mundo arabo musulmán, ha podido examinar a éste a la vez con intimidad y a distancia, con amor, pero sin indulgencia.

Ensayo tras ensayo, libro tras libro, Edward Said ha denunciado la perniciosa ausencia de autocrítica en los medios intelectuales árabes: el ensimismamiento de su cultura, su refugio suicida en el pasado, la negación y el no reconocimiento de las realidades que aborrecen y temen, el complejo de amor / odio respecto a Occidente, la falta de democracia real y la instrumentalización de las élites por los gobernantes. Un conjunto de males que le conduce a preguntarse en Palestina. Paz sin territorios: '¿Estamos condenados para siempre al subdesarrollo, la dependencia y la mediocridad?... ¿Estamos escogiendo ser una reproducción del África del siglo XIX a finales del siglo XX?'.

La desoladora experiencia de los últimos años prueba que las críticas agoreras de Said a Oslo eran bien fundadas. Después de un periodo de ni guerra ni paz, en el que se confió a la Autoridad Nacional Palestina la tarea de mantener un orden precario en sus guetos y bantustanes, el inocente paseo de Sharon por la Explanada de las Mezquitas y el comienzo de la segunda Intifada ponen de manifiesto, por si ello fuera aún necesario, la injusticia infinita que sufren los palestinos, injusticia que alimenta el terrorismo de los grupos islamistas y el subsiguiente recurso por Sharon a lo que no puede calificarse de otro modo que de terrorismo de Estado.

Tras el monstruoso atentado del 11 de septiembre y la guerra de Afganistán, vemos repetirse una variante de la situación creada por la guerra del Golfo y el apoyo occidental a los regímenes arabomusulmanes corruptos y represivos que se alinean prudentemente en su bando. La opción impuesta así a los pueblos del Oriente Próximo no puede ser más nociva: o una huida adelante, hacia un islamismo intolerante y retrógrado, o un sometimiento a aquellos regímenes que perpetúan su ignorancia y subdesarrollo económico y cultural.

Quisiera, para acabar, leer unos párrafos del reciente artículo de Edward Said, 'Oriente Próximo en un callejón sin salida', en el que, con la integridad e independencia que le caracterizan, pone el dedo en la llaga: el abandono por Occidente de los principios que predica en los países árabes (y añado yo, en África, Asia e Iberoamérica). 'Se deja solos en la lucha a los valientes que defienden la secularización, que protestan por los abusos contra los derechos humanos, que luchan contra la tiranía clerical e intentan hablar y actuar en nombre de un nuevo orden árabe democrático y moderno, no tienen apoyo de la cultura oficial y sus libros y sus carreras se arrojan a veces como carnaza para esa ira islámica que se va acumulando...'.

'El auténtico culpable es una educación primaria... hecha a base de remiendos del Corán, con ejercicios maquinales basados en libros de textos trasnochados de hace 50 años, clases inútilmente largas, maestros lamentablemente mal equipados y una incapacidad casi total para el pensamiento crítico... Este anticuado aparato educativo de unos extraños fallos en la lógica y en el razonamiento moral, y una escasa valoración de la vida humana, que llevan a brotes de entusiasmo religioso de la peor especie o una adoración servil del poder'...

Una crítica lúcida como la de Said, dirigida a la vez a los mecanismos de dominación de Occidente y a las raíces del subdesarrollo cultural, democrático y social de los países árabes, resulta más necesaria que nunca. Todos nos hallamos hoy enfrentados al horror sin paliativos de un terrorismo fanático y ciego, y a otros horrores, como los que son el pan diario de los palestinos, interesadamente encubiertos por la hipocresía de muchos gobiernos.

(*) Artículo aparecido en El País, de España. La redacción de este diario recuerda a sus lectores que en nuestras páginas sólo tienen cabida los textos externos que cuenten con los debidos permisos de reproducción de autores y/o publicaciones. Cualquier excepción, como la actual, se hace siempre en virtud del carácter no lucrativo de La Insignia, ante situaciones de evidente interés informativo o social y a condición de no provocar perjuicio alguno a la fuente de origen.


 

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