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Parte 1 / Parte 2

. Premio Nobel 1998
. Manifiesto contra la Guerra

251108 - Nació el 16 de noviembre de 1922 en una aldea de Ribetejo, en el seno de una familia de labradores y artesanos. Aunque en la década de 1940 publicó una primera novela con escasa repercusión, no se dedicó plenamente a la actividad literaria hasta después de la reinstauración de la democracia en Portugal, en 1974.

Durante ese tiempo se dedicó al periodismo y al activismo político —es miembro del Partido Comunista Portugués— para derribar la dictadura de Antonio Salazar. Había terminado en 1939 sus estudios medios y, por dificultades económicas, no pudo proseguir los universitarios. Posteriormente trabajó como traductor, asesor editorial, corrector y periodista y hoy es considerado uno de los novelistas más apreciados en el mundo entero.

Desde principios de la década de 1990, Saramago, casado con la periodista española Pilar del Río, ha fijado su residencia en Lanzarote (Canarias, España), aunque pasa temporadas en Lisboa.

Los críticos han descrito a Saramago como un fabulador que mezcla máquinas voladoras y masas de tierra a la deriva, con la sátira política y el revisionismo religioso. Sus obras, tanto en prosa como en verso, se han traducido a más de 20 idiomas.

La novela Manual de Pintura y Caligrafía (1977), obtiene un gran éxito de público y de crítica, pero es Alzado del suelo (1980) la obra en revela a Saramago como el gran novelista maduro y renovador portugués. Obra de denuncia social centrada en la represión salazarista contra los campesinos y los sindicatos agrarios, muestra la emergencia de un gran escritor y su constante compromiso con los oprimidos. Se trata de una novela histórica, situada en el la Alentejo entre 1910 y 1979, con un lenguaje campesino, una estructura sólida y documentada y un estilo humorístico y sarcástico que llamó enormemente la atención en su momento. Su primer gran éxito llegó en 1982 con la publicación de Memorial del convento, una historia de amor alejada de convencionalismos que sucede en el siglo XVIII, época de la Inquisición en Portugal, y que dio lugar a una obra de teatro y a una ópera. Su siguiente novela, El año de la muerte de Ricardo Reis (1984), también tuvo una excelente acogida. La acción transcurre en los primeros años de la dictadura de Salazar y cuenta las andanzas de un hombre atormentado por la creencia de que es tan sólo un personaje de un poema del famoso poeta portugués Fernando Pessoa. Siguieron obras de gran interés como La balsa de piedra (1986), en la que la península Ibérica se separa del continente europeo y navega a la deriva en el Atlántico, fábula en la que el autor plantea sus dudas sobre la Unión Europea y propone una vinculación de la Península Ibérica a su área natural de integración: África y América.

Posteriormente ha publicado Historia del cerco de Lisboa (1989); El evangelio según Jesucristo (1991), una controvertida visión de la vida de Jesús; Ensayo sobre la ceguera (1995), una aterradora fabulación sobre la absurda crueldad y la insolidaridad en el mundo actual en la que el autor desde planteamientos éticos advierte sobre "la responsabilidad de tener ojos cuando otros los perdieron"; Todos los nombres (1998), novela en la que, escéptico pero solidario, reflexiona sobre si cabrá la esperanza tras este nuevo milenarismo que la humanidad está viviendo; o La Caverna (2001) (Ver reseña).

En 1997 ha publicado Cuadernos de Lanzarote (1993-1995), un libro curioso en el que, a manera de diario, cuenta la vida cotidiana pero reflexionando sobre el ser humano, el espacio y el tiempo, como no cabía esperar menos de este escritor.

José Saramago recibió el Premio Nobel de Literatura en 1998, y es el primer portugués que lo recibe.

En 2002 ha publicado El hombre duplicado, obra en la que el autor se plantea cuestiones relacionadas con la identidad, tales como ¿En qué consiste la identidad? ¿Qué nos define cómo personas individuales y únicas? ¿Podemos asumir que nuestra voz, nuestros rasgos, hasta la mínima marca distintiva, se repitan en otra persona? o ¿Podríamos intercambiarnos con nuestro doble sin que nuestros allegados lo percibiesen?.

Obras:

Premio Nobel 1998

Con un sonrisa amable, Saramago irradiaba orgullo y felicidad cuando recibió el aplauso de los asistentes. Su frac estaba adornado con el Gran Collar de la Orden de Torre de Santiago de Espada, máxima condecoración portuguesa, otorgada la semana pasada y que hasta ahora sólo se había entregado a personalidades extranjeras.

Ante la Academia Sueca, el académico Kjell Espmark señaló que el autor portugués "ha creado un cosmos que no pretende ser una imagen coherente del universo".

Por la noche, en la cena oficial, la esposa de Saramago, la española Pilar del Río, lució un vestido en el que llevaba bordadas las palabras "Miraré a tu sombra si no quisieras que te mire. Quiero estar donde estará mi sombra, si allí estuvieran tus ojos", extraídas de "El evangelio según Jesucristo". José de Sousa, verdadero nombre del escritor de 78 años, recordó en el brindis los cincuenta años de la Declaración de los Derechos Humanos. "Las injusticias se multiplican, las desigualdades se agravan, la ignorancia crece, la miseria se expande. La misma esquizofrénica humanidad capaz de enviar instrumentos a un planeta para estudiar la composición de las rocas, asiste indiferente a la muerte de millones de personas a causa del hambre. Se llega más fácilmente a Marte que a nuestros semejantes." [LA VANGUARDIA, 11 de diciembre de 1998]

170303 - Ellos y Nosotros - Manifiesto contra la guerra - José Saramago - Texto íntegro del manifiesto contra la guerra leído por el Premio Nobel en Madrid.

Ellos creían que nos habíamos cansado de protestas y que les habíamos dejado libres para seguir en su alucinada carrera hacia la guerra. Se equivocaron. Nosotros, los que hoy nos estamos manifestando, aquí y en todo el mundo, somos como aquella pequeña mosca que obstinadamente vuelve una y otra vez a clavar su aguijón en las partes sensibles de la bestia. Somos, en palabras populares, claras y rotundas para que mejor se entienda, la mosca cojonera del poder.

Ellos quieren la guerra, pero nosotros no les vamos a dejar en paz. A nuestro compromiso, ponderado en las conciencias y proclamado en las calles, no le harán perder vigencia y autoridad (también nosotros tenemos autoridad) ni la primera bomba ni la última que vengan a caer sobre Irak. No digan los señores y las señoras del poder que nos manifestamos para salvar la vida y el régimen de Saddam Hussein.

Mienten con todos los dientes que tienen en la boca. Nos manifestamos, eso sí, por el derecho y por la justicia. Nos manifestamos contra la ley de la selva que Estados Unidos y sus acólitos antiguos y modernos quieren imponer al mundo. Nos manifestamos por la voluntad de paz de la gente honesta y contra los caprichos belicistas de políticos a quienes les sobra en ambición lo que les va faltando en inteligencia y sensibilidad. Nos manifestamos en contra del concubinato de los Estados con los súper-poderes económicos de todo tipo que gobiernan el mundo.

La tierra pertenece a los pueblos que la habitan, no a aquellos que, con el pretexto de una representación democrática descaradamente pervertida, al final les explotan, manipulan y engañan. Nos manifestamos para salvar la democracia en peligro.

Hasta ahora la humanidad ha sido siempre educada para la guerra, nunca para la paz. Constantemente nos aturden las orejas con la afirmación de que si queremos la paz mañana no tendremos más remedio que hacer la guerra hoy. No somos tan ingenuos para creer en una paz eterna y universal, pero si los seres humanos hemos sido capaces de crear, a lo largo de la historia, bellezas y maravillas que a todos nos dignifican y engrandecen, entonces es tiempo de meter mano a la más maravillosa y hermosa de todas las tareas: la incesante construcción de la paz. Pero que esa paz sea la paz de la dignidad y del respeto humano, no la paz de una sumisión y de una humillación que demasiadas veces vienen disfrazadas bajo la mascarilla de una falsa amistad protectora.

Ya es hora de que las razones de la fuerza dejen de prevalecer sobre la fuerza de la razón. Ya es hora de que el espíritu positivo de la humanidad que somos se dedique, de una vez, a sanar las innúmeras miserias del mundo. Esa es su vocación y su promesa, no la de pactar con supuestos o auténticos "ejes del mal".

Amenamente estaban Bush, Blair y Aznar charlando sobre lo divino y sobre lo deshumano, seguros y tranquilos en su papel de poderosos hechiceros, expertos en trucos de trilero y conocedores de eméritos de todas las trampas de la propaganda engañosa y de la falsedad sistemática, cuando en el despacho oval donde se encontraban reunidos irrumpió la terrible noticia de que los Estados Unidos de América del Norte habían dejado de ser la única gran potencia mundial.

Antes de que Bush pudiera asestar el primer puñetazo en la mesa, vuestro presidente José María Aznar se dio prisa en declarar que esa nueva gran potencia no era España. "Te lo juro, George", dijo. "Mi Reino Unido tampoco", añadió rápidamente Blair para cortar la naciente suspicacia de Bush. "Si no eres tú y tú no eres, ¿quién es entonces?", preguntó Bush. Fue Colin Powell, mal creyendo él mismo en lo que estaba pronunciando su propia boca, quien dijo "La opinión pública, señor presidente".

Ya habéis comprendido que esta historieta es un simple invento mío. Os pido por tanto que no le deis importancia. Pero sí la tiene que lo que ya es una evidencia para todos, la más exaltadora y feliz evidencia de estos conturbados tiempos: los hechiceros de Bush, Blair y Aznar, sin quererlo, sin proponérselo, nada más que por sus malas artes y peores intenciones, han hecho surgir, espontáneo e incontenible, un gigantesco, un inmenso movimiento de opinión pública. Un nuevo grito de "No pasarán", con las palabras "No a la guerra", recorre el mundo. No hay ninguna exageración en decir que la opinión pública mundial contra la guerra se ha convertido en una potencia con la cual el poder tiene que contar. Nos enfrentamos deliberadamente a los que quieren la guerra, les decimos NO, y si aun así siguen empecinados en su demencial afán y desencadenan una vez más los caballos del Apocalipsis, entonces les avisamos desde aquí que esta manifestación no es la última, que continuaremos las protestas durante todo el tiempo que dure la guerra, e incluso más allá, porque a partir de hoy ya no se tratará simplemente de decir "No a la guerra", se tratará de luchar todos los días y en todas las instancias para que la paz sea una realidad, para que la paz deje de ser manipulada como un elemento de chantaje emocional y sentimental con que se pretende justificar guerras.

Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos (todos ellos, uno por uno) la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor.

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