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El hombre
quiere que lo dejen en paz - Por
Thomas Burmeister
Jerome David Salinger, el fantasma de la literatura
estadounidense vive en una casa solitaria en los bosques de New
Hampshire. En el caso de que alguien intente acercarse, corre el riesgo de
que le disparen con perdigones. Desde hace décadas, J. D. Salinger, que el
1 de enero de 2004 cumplió 85 años, no está para nadie
(Lo vemos en la foto con su esposa Collen O`Neill, alrededor de medio siglo
menor)
Con el adolescente Holden Caulfield, que se quiebra frente a la frialdad y
la hipocresía de los adultos, Salinger creó un personaje comparado por los
críticos con el Werther de Goethe, en cuanto a su importancia en la
literatura mundial.
La novela de Salinger El guardián entre el centeno, traducida a casi 40
lenguas, sigue ocupando un lugar de culto más de medio siglo después de su
publicación.
Durante un tiempo, Jerome David Salinger, hijo de un vendedor de quesos
judío oriundo de Polonia, disfrutó del impresionante éxito de su novela en
los salones neoyorquinos. William Faulkner dijo sobre ésta que era “la
obra maestra de su generación”.
Pero The Catcher in the Rye, aparecida en 1951 tras diez años de trabajo,
no fue la única novela de Salinger. También publicó algunos cuentos.
Luego se sentó en su coche, viajó seis horas en dirección noreste y se
encerró. “Prohibido el paso”, puede leerse en un cartel ubicado a la
entrada de la propiedad de Salinger, cercana a la población de Cornish, de
apenas 1 mil 700 habitantes.
En varias ocasiones, según se cuenta, el hombre de dos metros de estatura
y cabello blanco expulsó a los visitantes no deseados con su escopeta.
Pero hace tiempo que no se sabe nada sobre él.
“Cuando se le deja tranquilo, no pasa nada”, dice una mujer del
ayuntamiento local. De todas partes de Estados Unidos y de cada rincón del
mundo llegaron hasta Cornish, en las últimas décadas, admiradores de
Salinger con la esperanza de ver al ermitaño más famoso de Estados Unidos.
De acuerdo a la descripción del camino, difundida en Internet, doblan
hacia la derecha, donde está el pequeño cementerio de cerco blanco, siguen
la Platt Road, luego la Lang Road y finalmente suben la Sander Hill Road.
Las mayores posibilidades de ver la casa de Salinger se dan en invierno
por la falta de hojas en los árboles.
A la gente de Cornish no le gusta mucho este turismo. “El hombre quiere
que lo dejen en paz y eso hay que respetarlo”, dice Emily Cromwell, desde
hace años bibliotecaria del pueblo. “Tenemos un ejemplar de cada una de
sus obras. No hace falta toda una estantería”, añade.
Quizá eso cambie. Desde hace un tiempo corre el rumor de que el misterioso
autor escribe como un “poseso (endemoniado)” en su apartada colina.
La periodista y escritora, Joyce Maynard, que tenía 19 años cuando
Salinger la dejó vivir con él durante un tiempo hace casi tres décadas,
informó al respecto en 1998 en su libro de memorias At Home in the World.
En un overol azul, Salinger escribe y medita todos los días y por la noche
esconde bajo llave todos los manuscritos. “Sólo puedo soportar la sociedad
allí afuera mientras tenga puestos mis guantes de goma”, dijo, al parecer,
Salinger a Maynard. También le habló de su deseo urgente de tomar el
próximo tren a la Antártida.
Si es verdad que Salinger escribe y si no quema todas las páginas en algún
momento, entonces algún día de las colinas de New Hampshire surgirá una
nueva sensación literaria. Pero es totalmente incierto si lo que Salinger
deje como legado se acercará a El guardián entre el centeno. El listón
está muy alto.
Salinger mismo dejó claro el criterio para una gran novela cuando le hizo
decir a Holden: “Lo que más valoro es cuando uno queda completamente
agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder
llamarlo por teléfono en cualquier momento
El escritor de la brevedad
sustancial - Por Flavia Costa
Si
queda aún algún aficionado a la lectura, de ésos que leen y siguen. Y ese
aficionado está dispuesto a tomar en serio a un escritor, acaso su
escritor favorito, y a sus escritos. Y si ese escritor se llama J.D.
Salinger, y desde 1953 no quiere aparecer por nada del mundo en ninguna
parte, ni en las solapas de sus libros, ni en fotografías, ni en
entrevistas, y defiende esa intimidad a punta de fusil desde una cabaña
inexpugnable del inexpugnable estado de New Hampshire, Estados Unidos. Y
si finalmente el lector supiera —es un lector casi fanático— que la obra
de su escritor favorito tiene relación directa con su biografía, y por lo
tanto desentrañar una y la otra son parte de una misma trama narrativa,
moral y metafísica, para decirlo con palabras quizá pomposas pero
verdaderas, decía, ese lector incondicional, ¿se atrevería a escribir una
biografía de cierta densidad sobre su escritor sin sentirse un patán, un
traidor imperdonable? Y más importante: ¿podría responder por qué, a
cuarenta años de que su escritor no publica una línea (se dice que tiene
quince títulos escondidos), sigue siendo idolatrado por sus lectores, en
quienes provoca la hipnótica y difusa esperanza de que aquellos textos
inéditos vean la luz?
Primera prueba del encantamiento: su novela El guardián entre el
centeno lleva vendidos desde entonces más de 60 millones de ejemplares
en todo el mundo desde su publicación en 1951. En 2002, sólo en los
Estados Unidos, vendió 521 mil, y es en su país el segundo best-seller de
calidad de un escritor del siglo XX. Famosa es, por otro lado, la anécdota
de que Mark Chapman llevaba consigo un ejemplar de este libro cuando
asesinó a John Lennon en diciembre de 1980. En su momento hubo un largo y
sesudo debate sobre el caso: la novela llegó a asociarse con el satanismo
y está prohibida en algunas escuelas norteamericanas; en el resto es
lectura obligatoria.
Semejante interés no es sólo un fenómeno estadounidense. De hecho en estos
días, el sello Edhasa anunció que en el primer semestre de 2004 editará la
obra completa de Salinger (la ya conocida en castellano). La idea es
devolver a las librerías cuatro clásicos hoy agotados que, según la
percepción del más sereno de los editores, no deberían faltar en una
librería razonable.
Con respecto a la pregunta que formulábamos al principio, la de quién se
atreve a biografiar a J.D., cabe decir que en estos años se enfrentaron a
ella cientos de lectores devenidos escritores gracias, entre otras cosas,
al impulso de Salinger; a su contagiosa, casi virósica religión de la
literatura. Sin embargo no son tantos los que se atrevieron desafiar al
jefe de los Comanches. Lo intentó hace diez años un autor llamado Ian
Hamilton, pero Salinger le hizo dos veces juicio, y los ganó. Para poder
publicar su libro, el hombre tuvo que reescribirlo en dos oportunidades.
¿La razón? Unas cartas que Hamilton encontró en el archivo de la
universidad de Texas. Salinger logró impedir que las citara y luego que
siquiera las parafraseara.
También lo había intentado mucho antes Warren French y años después Peter
Alexander. Los tres cuentan casi lo mismo: que Salinger era hijo de un
próspero importador de quesos del Upper East Side de Manhattan, que
estudió en una escuela militar, obtuvo calificaciones famélicas y se negó
a trabajar en la empresa familiar. Quería ser actor, o escritor. Estuvo en
la Segunda Guerra, participó en el desembarco en Normandía y, según su
hija, fue uno de los primeros soldados estadounidenses en llegar a los
campos de exterminio nazi. Cuando regresó de Europa siguió escribiendo. En
1951, después de varios años de esfuerzos visibles para ser famoso, y
cuando estaba comenzando a serlo en grande, de pronto decidió recluirse y
ya nadie más lo vio.
El mayor misterio del eremita sigue estando, no obstante, en sus libros.
Un rasgo destacado de la obra de Salinger es su lacónica economía, y —en
un cómodo segundo lugar, aunque tiene su importancia— su potencial
carácter de punta de iceberg de "algo mayor" que quizá nunca conoceremos.
Cuando se habla de la obra de Salinger, se habla sólo de aquella parte de
su producción que él legitimó en la edición y las constantes reediciones,
y que consiste, básicamente, en cuatro volúmenes de historias publicadas
en The New Yorker: El guardián entre el centeno (traducida
al castellano también como El cazador oculto), su novela más
extensa; los Nueve cuentos, editados en 1953; Franny y Zooey,
de 1962, compuesto por dos novelas breves que The New Yorker
publicó en 1955 y 1957 respectivamente; y Levantad carpinteros la viga
maestra que, junto a "Seymour: Una Introducción", apareció como libro
en 1963.
Tenemos hasta aquí (a) la gran novela de iniciación norteamericana de la
posguerra: la historia de Holden Caulfield, protagonista de El guardián.
Y tenemos también el ciclo de los siete hermanos Glass, que se cuenta en
Franny and Zooey (ellos son los dos hermanos menores), en
Levantad carpinteros (contado por Buddy, segundo hermano y alter ego
de Salinger), y en dos, acaso tres, de los Nueve cuentos: "Un día
perfecto para el pez banana" (donde se narra el suicidio del hermano
mayor, esa especie de genio asesor y santo portátil de la familia llamado
Seymour), "En el bote" (protagonizado por la tercera hermana, Beatrice o
Boo Boo) y "El hombre que ríe", posiblemente protagonizado por Buddy a la
edad de ocho años.
Existe un quinto texto, Hapworth 16, 1924, que fue publicado en
The New Yorker en 1965; su narrador es Seymour a los siete años. Se
hicieron dos ediciones piratas que fueron rápidamente sacadas de
circulación por orden del juez. Varias veces en los últimos años se
anunció que al fin saldría en volumen, autorizado por J.D., pero hasta
ahora, nada.
Existen otros relatos sueltos, nunca traducidos al castellano (Salinger
controla como mastín aun los derechos de traducción), que tienen cierta
restringida circulación gracias a las hemerotecas universitarias de los
EE.UU.. Si vale la pena mencionarlos es porque agregan una tercera serie:
la saga del soldado Babe Gladwaller. Este personaje, apenas modificado,
reaparece como el Sargento X de "Para Esmé, con amor y sordidez", uno de
los más conmovedores y autobiográficos de los Nueve cuentos. Es
probable que haya sido el mismo Salinger quien no regresó de la guerra con
"todas sus fa-cul-ta-des intactas". Y están los otros, los textos
fantasmales que J.D. habría escrito en estas décadas de ermitaño, cuya
existencia se desea más que se deduce.
Esto es todo. En conjunto, un corpus breve pero sustancioso. El caso más o
menos típico del autor de una obra concisa pero de enorme impacto, que
tiene el poco frecuente mérito de haber fundado en pocos cientos de
páginas una voz, un mundo propio, una entera cultura. Como destaca Rodrigo
Fresán, salingeriano irredimible y uno de sus principales fogoneros en la
Argentina en los 80 y 90: "Un rasgo importante de sus textos, lo que en su
momento fue novedoso para mí, fue el desafío de crear todo un mundo propio
a partir de los Glass. La idea de que una de las responsabilidades del
escritor es inventar todo un ecosistema que lo contenga tanto a él como a
sus criaturas y a su lector ideal. Como también el que su literatura
exista más en función de sus lectores que de sus colegas. Salinger 'ataca'
al lector y lo ilumina y, cuando quiere darse cuenta, en muchos casos, ese
lector está terminalmente enfermo: ahora quiere escribir para transmitir
el mandato y propagar la plaga".
La de Salinger es una prosa impecable, zumbona sin ser arrogante,
tersamente coloquial. El suyo es un universo de tópicos y personajes más o
menos intercambiables; un elenco restringido de caracteres que transmigran
de relato en relato, cambiando a veces de nombre pero no de atributos: el
hermano mayor, el sabio protector y maestro, puede llamarse Vincent
Caulfield o Seymour Glass. La niña encantadora y maravillosamente cuerda
puede ser Franny, Esmé o Mattie (la hermanita de Gladwaller). El artista
mártir, el hermano muerto, la belleza perversa también bailotean entre las
páginas como miembros de un clan invisible pero de maneras rigurosas.
De todos los relatos, El guardián entre el centeno representa —lo
dice Luis Gusmán en estas páginas— el nombre propio, la peculiar
experiencia de la intimidad literaria en medio de (y gracias a) la
sociedad de consumo y la cultura de masas. Inaugura un "yo" que habla en
secreto a un "vos" y establece, entre ambos, una complicidad
indestructible. Aquella primera frase: "Si en serio querés que te cuente,
lo primero que vas a querer saber es dónde nací, y cómo fue mi jodida
infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme y todo, toda esa mierda
bien David Copperfield, pero la verdad es que no tengo ganas de entrar a
hablar de eso", es una declaración de principios: nosotros, vos y yo,
lector y escritor, somos —se diría aquí— del mismo palo. Ellos, los
phony, los vulgares, truchos, insinceros, hipócritas, snob y
artificiales, son el otro radical e intolerable. No importa que esa
intimidad sea compartida por millones de lectores que se creen todos
apelados como seres únicos: al contrario, ése es el truco. Efecto
paradojal y calculado de la mass-culture: el primerísimo primer plano, la
mirada a cámara del conductor de TV, la caída de ojos de la estrella de
cine, el susurro sibilante de la voz del galán radiofónico son la retórica
erotizante que permite hablar a un ustedes masivo y anónimo como si fuera
un vos íntimo y singular.
Con Holden Caulfield, ese muchacho que se fuga un fin de semana en busca
de la iluminación en Nueva York, Salinger obró ese milagro. Quizá no es un
hecho menor que, tal como el propio J.D. admite en 1941 en una carta a su
amiga Elizabeth Murray, el chico Caulfield es un retrato de él mismo
cuando tenía esa edad. (Esa carta, una de las que Hamilton no pudo
publicar pero que sí cuenta con detalle, muestra a un Salinger inmaduro y
ambicioso: según su biógrafo, es un muchacho callado, tímido, solitario,
pero también fanfarrón y "convencido de haber sido ordenado para un alto
sacerdocio literario").
Pero así como hay varios Salinger (Fresán dice que hay al menos tres: el
Salinger 'para todos', el de El guardián; el Salinger para fans y
adoradores: el de "Un día perfecto para el pez banana"; y el Salinger para
Salinger: el solipsista de "Seymour: Una Introducción"), también hay
varios lectores. Al menos, claramente dos: el adorador de Holden Caulfield,
el adolescente rebelde que denuncia el universo falso de los adultos. Y el
devoto de los Glass, los siete niños adultizados que tratan a la humanidad
toda como si se tratara de sus propios hijos.
No es impensable que la de los Glass sea la posición espiritual que adopta
Salinger-Caulfield una vez que se decide a atravesar ese "mundo falso" de
los adultos y, mediante un tránsito literario, místico e intelectual, se
coloca más allá de la línea del peligro. Por complexión anímica, digamos,
siempre está un poco al costado del mundo, pero poco a poco se humaniza:
el sarcasmo ingenioso y burlón deja paso a una combinación paternal de
escatología zen y pietismo cristiano. La parábola que los textos trazan en
conjunto es la de una iniciación interior para sabelotodos.
De allí que la familia Glass resulta, en cierta medida, la más intensa y
salingeriana de las criaturas de J.D.. Los Glass encarnan creencias y
lecturas del autor: una mezcla de Uspanisads del hinduismo, Maester
Eckhart, Max Müller, Lao Tsé combinado con Kafka, Kierkegaard, Tolstoi y
Dostoievski. Un vitalismo trascendental, una doctrina ética y estética que
se sintetiza en las palabras que Buddy le escribe a Zooey, el niño que ha
"nacido para actuar" pero debe enfrentar para eso el deseo de su madre,
ella misma ex artista de vodevil: "Actúa, Zachary Martin Glass, cuando y
donde quieras —escribe Buddy—, puesto que crees que debes hacerlo, pero
hazlo con todas las fuerzas. Si haces cualquier cosa que sea
hermosa en un escenario, algo indefinible que produzca un goce, algo que
esté por encima y más allá del ingenio y la técnica teatral, S. y yo
alquilaremos smokings y sombreros de copa y te esperaremos solemnemente en
la salida de actores con ramilletes de boca de dragón".
Los cuentos de Salinger fueron bien saludados en Estados Unidos desde sus
comienzos. A fines de los años 30, publicar en Esquire o The
New Yorker era, inclusive para un muchacho cultivado como Jerry
Salinger, el súmum de la sofisticación. Y pasada la guerra, a comienzos de
los 50, su nombre fue rápidamente integrado al equipo de los narradores
sobrios, elegantes y un poco cáusticos del New Yorker. William
Faulkner lo señaló como uno de los mejores de su generación y Scott
Fitzgerald lo celebró públicamente como su sucesor (así como Norman Mailer
estaba llamado a reemplazar a Hemingway y Gore Vidal, a John Marquand).
También en la Argentina tuvo una entusiasta y casi simultánea recepción:
varios autores de la generación de los 60 recuerdan la importancia que
tuvo en algún momento la historia de Holden Caulfield en la formación
literaria de Miguel Briante, Ricardo Piglia, Luis Gusmán o Germán García,
entre muchos otros. Se lo consideraba, junto a Updike, Vidal, Truman
Capote, el continuador natural de Faulkner, Dos Passos, Fitzgerald o
Hemingway.
Pero algo misterioso sucedió a partir de un momento. Quiero decir, además
de su misantropía, que en definitiva no era un hecho tan misterioso como
estrafalario, tal vez un poco demasiado histérico. De un momento a otro,
pasó de niño mimado a ser un escritor "dentro de sus límites,
interesante", como lo juzgó John Updike en su crítica a Franny y Zooey.
Truman Capote dejó correr la voz de que realmente había escrito ya unos
cuantos otros libros, pero que habían sido rechazados por su editor. "Es
un muerto literario", afirmó.
El mayor golpe lo asestó Mary McCarthy, en un conocido artículo para
Harper's. Lo comparó con Hemingway pero no por una buena razón: dijo
que ambos "miran el mundo en términos de aliados y enemigos (.) El
guardián entre el centeno está basado en un esquema de exclusiones: los
personajes se dividen entre quienes pertenecen al club y quienes no". En
general, caracterizó la obra de Salinger como "narcicista y conservadora".
En la Argentina, el papel del desacralizador estuvo a cargo de Jaime Rest.
En el número 5 de Punto de vista (1979), el que fuera profesor
adjunto de Borges escribió una crítica pequeña y desarmante donde decía
que en los textos de Salinger "ninguna palabra está fuera de lugar, como
tampoco lo está ninguno de los atuendos que exhiben los modelos en los
anuncios comerciales". Rest desconfiaba del espiritualismo "a la moda" y
los ataques neurasténicos de sus personajes. Y finalizaba su artículo
diciendo que sus admiradores "exageran estrepitosamente sus méritos
comparándolo al excepcional e incorporable Mark Twain, y al más modesto
pero sin duda notable Fitzgerald".
Quizá fue un efecto de saturación: demasiado éxito para demasiados pocos
textos. Quizá fue su carencia completa de créditos académicos. Quizá no le
perdonaron su "juvenilismo" ni su falta de compromiso en causas sociales y
políticas como la guerra de Vietnam, o tal vez fue el precio que Jerry
Salinger pagó por su propia educación espiritual. Sea como sea, hubo que
esperar a los 90 para que se lo volviera a reconocer entre los
verdaderamente buenos del siglo XX. Cuando cumplió 80 años, The New
York Times y The New York Review of Books le dedicaron
sendos homenajes y la rueda volvió a comenzar.
El escritor Juan Forn, él también un lector ávido y un difusor generoso de
Salinger en las últimas dos décadas, comenta que "ciertos libros, leídos
en cierto momento, convierten a sus lectores en miembros de una suerte de
secta secreta. Eso pasa con los libros de Salinger, como con los de Julio
Cortázar o Henry Miller. Mucho más cuando el personaje está rodeado de un
mito tan potente. Ahora, cuando se desmigaja el mito, queda la literatura.
En este caso, una mezcla artesanal, bien controlada, de pathos, emoción,
dominio endemoniado de la técnica y una emocionalidad descarada que, por
su sola falta de escrúpulos, es simplemente asombrosa".
Dicen que Jerry sigue escribiendo todos los días, inclusive hoy, a sus 85
años recién cumplidos. Debe ser algo digno de leerse, si no le perdió la
mano.
Crítica de "El guardián en
el centeno" o "El cazador oculto" de J D
Salinger - Por Miguel de Loyola
Con un estilo desenfadado, que apela en forma directa a un tú
correspondiente al lector, Salinger nos introduce en la problemática del
adolescente de todos los tiempos, el que busca explicación y el sentido de
su vida, una vez traspasado ese umbral seguro de la infancia.
El personaje, narrador protagonista, después de aclararle al lector
algunas cosas que le parecen importante, recorre un largo periplo desde
Pency hasta su casa en Nueva York en busca de respuestas a su
problemática. Respuestas que no encuentra en el camino. Por el contrario,
el anecdotario revela que cada acontecimiento vivido, lo va hundiendo más
en el estado depresivo que viene devastando su vida estudiantil. Salvo, el
recuerdo y el encuentro con su hermana menor Phoebe, a quien Holden ama y
admira más que a ninguna otra persona en el mundo. A Holden lo han
expulsado de distintos colegios por motivos de rendimiento, y ese viaje de
retorno a su casa otra vez con malas noticias, lo dilatará todo lo
posible.
Este hecho singular, induce a pensar en la posible tesis planteada por
Salinger en la novela respecto del quiebre emocional que significa pasar
de un estado de conciencia a otro. Junto al descubrimiento de la realidad
del yo, hecho que se produce en plena adolescencia, sobreviene el quiebre
existencial que a muchos jóvenes y a otros no tan jóvenes, los conduce al
rechazo de la realidad, llevándolos por el mundo angustiados y sin rumbo.
Holden siente cercanía con Phoebe porque ella no ha perdido la inocencia
del niño, no ha entrado todavía al mundo infinito del yo, por donde vaga
sin sentido el protagonista. Y busca aferrarse a ella, porque a su edad
los paradigmas están todavía firmes.
La novela, desde luego, ofrece diversas lecturas. Pero en lo fundamental
acota el mundo adolescente, y de ahí su cercanía con el lector joven que
se descubre a sí mismo en un Holden desorientado y sorprendido como él
mismo.
El guardan entre el centeno
guarda sino mucha, alguna relación con la novela En el camino, de
Jack Kerowac. Existe cierta similitud en el estilo narrativo, ambas en
primera persona y con protagonistas jóvenes y desenfadados que le hablan
al lector como si se tratara de algún amigo a quien le están contando sus
peripecias. En ambas novelas los protagonistas viajan. Aunque en el caso
de Kerouac, el viaje del adolescente es todavía más errático y no lo
conduce a ninguna parte. En el guardián... Holden termina en una clínica
siquiátrica.
En una de las conversaciones de Holden con el profesor Antolini, a quien
considera el mejor profesor que ha tenido, pero del cual terminará
desilusionándose también después de pasar la noche en su casa. Este, a
propósito de la conversación que sostienen ambos, cita al psicoanalista
Wilhelm Stekel a modo de iluminar el futuro de la vida de Holden, y le
dice "lo que distingue al hombre insensato del sensato, es que el primero
ansía morir orgullosamente por una causa, mientras que el segundó aspira a
vivir humildemente por ella". Sabemos que Holden es la oveja negra de la
familia. Su hermano mayor es una lumbrera que ya ha llegado a Hollywood
escribiendo historias y guiones de cine. Phoebe a su edad también lo
parece. Allie, hermano muerto, también vive en la conciencia de la familia
como un héroe. En cambio él se siente un bueno para nada, a pesar de ser
un alumno destacado a la hora de escribir composiciones. Pero no son
precisamente los hechos concretos los que atormentan Holden, sino la
propia angustia existencial de saberse vivo y enfrentado al futuro.
Biography -
Fuente Kirjasto
American novelist and short story writer. Salinger published one novel
and several short story collections between 1948-59. His best-known work
is THE CATCHER IN THE RYE (1951), a story about a rebellious teenage
schoolboy and his quixotic experiences in New York.
"What really knocks me out is a
book that, when you're all done reading it, you wish the author that
wrote it was a terrific friend of yours and you could call him up on
the phone whenever you felt like it. That doesn't happen much,
though." (Holden Caulfied in The
Catcher in the Rye)
J.D. Salinger was born and grew up in the
fashionable apartment district of Manhattan, New York. He was the son of
a prosperous Jewish importer of Kosher cheese and his Scotch-Irish wife.
In his childhood the young Jerome was called Sonny. The family had a
beautiful apartment on Park Avenue. After restless studies in prep
schools, he was sent to Valley Forge Military Academy (1934-36), which
he attended briefly. His friends from this period remember his sarcastic
wit. In 1937 when he was eighteen and nineteen, Salinger spent five
months in Europe. From 1937 to 1938 he studied at Ursinus College and
New York University. He fell in love with Oona O'Neill, wrote her
letters almost daily, and was later shocked when she married Charles
Chaplin, who was much older than she.
In 1939 Salinger took a class in short
story writing at Columbia University under Whit Burnett, founder-editor
of the Story Magazine. During World War II he was drafted into
the infantry and was involved in the invasion of Normandy. Salinger's
comrades considered him very brave, a genuine hero. During the first
months in Europe Salinger managed to write stories and in Paris meet
Ernest Hemingway. He was also involved in one of the bloodiest episodes
of the war in Hürtgenwald, a useless battle, where he witnessed the
horrors of war.
In his celebrated story 'For Esmé - With
Love and Squalor' Salinger depicted a fatigued American soldier. He
starts a correspondence with a thirteen-year-old British girl, which
helps him to get a grip of life again. Salinger himself was hospitalized
for stress according to his biographer Ian Hamilton. After serving in
the Army Signal Corps and Counter-Intelligence Corps from 1942 to 1946,
he devoted himself to writing. He played poker with other aspiring
writers, but was considered a sour character who won all the time. He
considered Hemingway and Steinbeck second rate writers but praised
Melville. In 1945 Salinger married a French woman named Sylvia - she was
a doctor. They were later divorced and in 1955 Salinger married Claire
Douglas, the daughter of the British art critic Robert Langton Douglas.
The marriage ended in divorce in 1967, when Salinger's retreat into his
private world and Zen Buddhism only increased.
Salinger's early short stories appeared
in such magazines as Story, where his first story was published
in 1940, Saturday Evening Post and Esquire, and then in
the New Yorker, which published almost all of his later texts. In
1948 'A Perfect Day for Bananafish' appeared, which introduced Seymour
Glass, who commits suicide. It was the earliest reference to the Glass
family, whose stories would go on to form the main corpus of his
writing. The 'Glass cycle' continued in the collections FRANNY AND ZOOEY
(1961), RAISE HIGH THE ROOF BEAM, CARPENTERS (1963) and SEYMOUR: AN
INTRODUCTION (1963). Several of the stories are narrated by Buddy Glass.
'Hapworth 16, 1924' is written in the form of a letter from summer camp,
in which the seven-year-old Seymour draws a portrait of him and his
younger brother Buddy. "When I look back, listen back, over the
half-dozen or slightly more original poets we've had in America, as well
as the numerous talented eccentric poets and - in modern times,
especially - the many gifted style deviates, I feel something close to a
conviction that we have only three or four very nearly nonexpendable
poets, and I think Seymour will eventually stand with those few." (from
Seymour, An Introduction)
Twenty stories published in Collier's,
Saturday Evening Post, Esquire, Good Housekeeping,
Cosmopolitan, and the New Yorker between 1941 and 1948
appeared in a pirated edition in 1974, THE COMPLETE UNCOLLECTED STORIES
OF J.D. SALINGER (2 vols.). Many of them reflect Salinger's own service
in the army. Later Salinger adopted Hindu-Buddhist influences. He became
an ardent devotee of The Gospels of Sri Ramakrishna, a study of
Hindu mysticism, which was translated into English by Swami Nikhilananda
and Joseph Campbell.
Salinger's first novel, The Catcher in
the Rye, became immediately a Book-of-the-Month Club selection and
won huge international acclaim. It sells still some 250 000 copies
annually. Salinger did not do much to help publicity, and asked that his
photograph should not be used in connection with the book.
The first reviews of the work were mixed,
although most critics considered it brilliant. The novel took its title
from a line by Robert Burns, in which the protagonist Holden Caulfied
misquoting it sees himself as a 'catcher in the rye' who must keep the
world's children from falling off 'some crazy cliff'. The story is
written in a monologue and in lively slang. The 16-year old restless
hero - as Salinger was in his youth - runs away from school during his
Christmas break to New York to find himself and lose his virginity. He
spends an evening going to nightclubs, has an unsuccessful encounter
with a prostitute, and the next day meets an old girlfriend. After
getting drunk he sneaks home. Holden's former schoolteacher makes
homosexual advances to him. He meets his sister to tell her that he is
leaving home and has a nervous breakdown. The humor of the novel places
it in the tradition of Mark Twain's classical works, The Adventures
of Huckleberry Finn and The Adventures of Tom Sawyer, but its
world-view is more disillusioned. Holden describes everything as 'phoney'
and is constantly in search of sincerity. Holden represents the early
hero of adolescent angst, but full of life, he is the great literary
opposite of Goethe's young Werther.
From time to time rumors spread that
Salinger will publish another novel, or that he is publishing his work
under a pseudonym, perhaps such as Thomas Pynchon. "Yet a real
artist, I've noticed, will survive anything. (Even praise, I happily
suspect.)," Salinger wrote in Seymour - An Introduction. From the
late 60's he has avoided publicity. Journalists have assumed, that
because he doesn't give interviews, he has something to hide. In 1961
Time Magazine sent a team of reporters to investigate his private
life. "I like to write. I love to write. But I write just for myself and
my own pleasure," said Salinger in 1974 to a New York Times
correspondent. However, according to Joyce Maynard, who was close to the
author for a long time from the 1970s, Salinger still writes, but nobody
is allowed to see the work. Maynard was eighteen when she received a
letter from the author, and after an intense correspondence she moved in
with him.
Ian Hamilton's unauthorized biography of
Salinger was rewritten, when the author did not accept extensive quoting
of his personal letters. The new version, In Search of J.D. Salinger,
appeared in 1988. In 1992 a fire broke out in Salinger's Cornish house,
but he managed to flee from the reporters who saw an opportunity to
interview him. Since the late 80s Salinger has been married to Colleen
O'Neill. Maynard's story of her relationship with Salinger, At Home
in the World, appeared in October 1998.
For further reading:
J.D. Salinger and the Critics,
ed. by William F. Belcher and James E. Lee (1962);
Salinger: A Critical and Personal Portrait,
ed. by Henry A. Grunwald (1962);
J.D. Salinger by Warren
French (1963, 1976); 'If You Really Want to
Know': A Catcher Casebook, ed. by Malcolm
M. Marsden (1963); J.D. Salinger
by James E. Miller, Jr. (1965);
J.D. Salinger by J.
Lundquist (1979); Salinger: Modern Critical
Views, ed. by H. Bloom (1987);
In Search of J.D. Salinger
by Ian Hamilton (1988); World Authors
1900-1950, ed. by Martin Seymour-Smith and
Andrew C. Kimmens (1996); Cult Fiction by Andrew Calcutt and Richard
Shepard (1998); Dream Catcher
by Margaret Ann Salinger (2000) - For further
information:
News and Reviews from the Archives of The New York Times;
Reviews of Dream Catcher by Margaret Salinger;
J.D. Salinger - salinger.org
- Film adaptations: My Foolish Heart (1949), story J.D.
Salinger, script Julius J. and Philip G. Epstein, dir. Mark Robson.
- When the director
Elia Kazan asked for permission to produce The Catcher in the
Rye on Broadway, Salinger replied: 'I cannot give my
permission. I fear Holden wouldn't like it.'
Selected bibliography:
-
The Catcher in the Rye, 1951 -
Sieppari ruispellossa, trans. into Finnish in 1951 by
Pentti Saarikoski;
trans. into Finnish in 2004 by Arto Schroderus
-
Nine Stories, 1953 - trans. Yhdeksän
kertomusta
-
Franny and Zooey, 1961 - Franny ja
Zooey, trans. by
Pentti Saarikoski
-
Raise High the Roof Beam, Carpenters and Seymour: An
Introduction, 1963.
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