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Biografía -
Anexo 1
Domingo Faustino
Sarmiento según el Colegio Militar de la Nación Argentina
Conocido en
el mundo de las letras por sus escritos sociológicos y bibliográficos,
Domingo Faustino Sarmiento puso las bases del desarrollo económico
argentino al estimular durante su presidencia la enseñanza pública, el
comercio, la agricultura y los transportes.
Sarmiento nació el 14 de febrero de 1811 en San Juan, Argentina. A los
quince años comenzó a ejercer la enseñanza en su ciudad natal y
posteriormente inició su carrera política como legislador provincial.
En 1831 se exilió en Chile, donde trabajó como minero y maestro de
escuela.
Volvió a San Juan donde prosiguió sus tareas en la enseñanza y el
periodismo. Destacó en sus ataques contra Juan Manuel de Rosas, quién
lo obligó a exiliarse de nuevo en Chile en 1840. En este país su
actividad fue muy notable, tanto en la enseñanza, se le confió la
organización de la primera escuela del magisterio de Sudamérica, como
en el periodismo, publicando artículos en el Mercurio de Valparaíso y
en El Progreso de Santiago.
Durante sus años de exilio viajó y publicó obras literarias. Visitó
los Estados Unidos y Europa, donde conoció a pedagogos y escritores.
En 1845 publicó su primera gran obra: Civilización y barbarie: vida de
Juan Facundo Quiroga, y aspecto físico, costumbres y hábitos de la
República Argentina, novela bibliográfica en la que atacaba el régimen
de Rosas. A pesar de sus insuficiencias y su estilo poco cuidado, su
influencia fue considerable. Mayor vigor literario alcanzó Sarmiento
en Mi defensa (1843) y Recuerdos de provincia (1850), que pueden ser
consideradas como las primeras grandes manifestaciones de la narrativa
argentina.
En 1850 se incorporó al ejercitó de Justo José de Urquiza, que derrotó
a Rosas en 1852.
Sarmiento participó en la guerra como corresponsal. Fruto de eso fue
la publicación en ese mismo año de la Campaña del Ejército Grande. No
obstante, pronto se enemistó con el nuevo gobernante, por lo que
volvió a Chile, de donde regresaría en 1855. Entonces se estableció en
Buenos Aires, donde se puso al servicio de su administración a la vez
que militaba el partido de Bartolomé Mitre. Diputado el congreso
constituyente de Santa Fe, en 1860, fue nombrado gobernador de San
Juan dos años más tarde. Entre 1864 y 1868 desempeñó el cargo de
ministro plenipotenciario en Chile, el Perú y los Estados Unidos. En
este último país lo sorprendió su designación como Presidente de la
República Argentina, cargo y honor que recayó sobre él por motivos de
prestigio y, sobre todo por circunstancias políticas al llegarse a un
acuerdo entre los partidarios de Mitre y de Valentín Alsina.
Durante su periodo presidencial impulsó aquello por lo que había
luchado toda su vida: la educación y la cultura de su pueblo, actuando
sobre todo en el fenómeno de la enseñanza general y la organización
del magisterio, y también en la extensión de ideas liberales, que se
centraban en los principios democráticos, las libertades civiles y la
oposición a los regímenes dictatoriales. Pero también tuvo que
enfrentare a problemas internos que podrían haber tenido graves
consecuencias en el futuro del país, como la Insurrección federalista
de Entre Ríos 1870-1873 y un pronunciamiento de Mitre.
Al terminar su gobierno Sarmiento, continuó en la política, actuando
sobre todo en el campo de la educación. Como senador (elegido en
1875), como ministro del interior (nombrado en 1879) y como
superintendente general de escuelas (1881) promovió la expansión de la
red ferroviaria, facilitó la llegada de inmigrantes y fundó una
escuela de magisterio, una naval y diversos colegios militares y
bibliotecas provinciales.
A partir de 1880, tras la elección presidencial de Julio Argentino
Roca, Sarmiento fue alejado de la política y continuó su labor
literaria. Así, en 1883 publicó Conflictos y Armonías de las Razas en
América y, en 1885, editó su última obra La vida de dominguito,
biografía de su hijastro Domingo Fidel Sarmiento que murió en el
transcurso de la guerra contra Paraguay iniciada en 1865.
En los últimos años de vida Sarmiento seguía colaborando con pequeños
periódicos escribiéndoles sus obras. Murió en Asunción del Paraguay el
11 de septiembre de 1888.
Fue Domingo Faustino Sarmiento un político ilustre, un pedagogo
eminente para su época, un escritor pródigo y un orador destacado. De
temperamento agresivo, su pluma hería como una espada, y su continua
exasperada combatividad le acarreó numerosos problemas y enemistades.
Por otro lado, al haber permanecido durante muchos años fuera de
Argentina, sus contemporáneos lo acusaron de ignorar a menudo las
realidades de su propio país. En cualquier caso lo más destacado de su
actividad pública fue sin duda su empeño para elevar el nivel
educativo de su pueblo, objetivo que en parte consiguió. En sus años
de exilio viajó y publicó obras literarias. Visitó los Estados Unidos
y Europa, donde conoció a pedagogos, se incorporó al ejército de Justo
José de Urquiza, que derrotó a Rosas en 1852.
Obras
Facundo y su proyecto.
- Como casi todos los textos de Sarmiento.
Facundo responde a una circunstancia precisa e inmediata; como casi
todos ellos, también la trascienden, ampliando la motivación concreta.
En abril de 1845 llega a Chile Baldomero García, enviado de Rosas,
quien, entre otras cuestiones, trae como misión protestar por la
campaña antirrosista de los exiliados argentinos, en especial la de
Sarmiento.
Este hecho precipita la aparición de Facundo: el 1 de mayo se anuncia
como folletín en El Progreso, comienza a editarse al día siguiente, y
continúa por tres meses. El 28 de julio, El Progreso también publica
el libro: Civilización y Barbarie, vida de Facundo Quiroga.
Costumbres y ritos de la República Argentina, llamado siempre Facundo
a secas por Sarmiento, quedando este título consagrado por el uso.
Desde el año anterior Sarmiento pensaba en Quiroga como personaje
ejemplificador de su concepción de la barbarie, según lo revela su
artículo de Progreso de 28 de agosto de 1844.
Certifican asimismo el proyecto la carta a Anselmo Rojo de 22 de
febrero de 1845 -"pienso recolectar datos para la biografía de
Quiroga.
-Este ser un cuadro brillante y está mandando a la revista de Ambos
Mundos para que se publique"-, y los pedidos de información a Antonio
Aberastain y a Amaranto Ocampo.
La premura con que debió escribir la obra es reiterada por Sarmiento
una y otra vez: en el anuncio de Fin Progreso ("Un interés del
momento).
Premioso y urgente a mi juicio, me hace trazar rápidamente un cuadro
que había creído poder presentar algún día, tan acabado como me fuese
posible. He creído necesario hacinar sobre el papel mis ideas tales
como se presentan, sacrificando toda pretensión literaria a la
necesidad de atajar un mal que puede ser trascendental para
nosotros".), En la "Advertencia del autor" a la primera edición, en la
carta a Alsina y al general Paz (de 22 de diciembre de 1845); en esta
última amplía la intencionalidad política ("Remito a S. E. un ejemplar
del Facundo que he escrito con el objeto de favorecer la revolución y
preparar los espíritus.
Obra improvisada, llena de inexactitudes, no tiene otra importancia
que la de ser uno de tantos medios para ayudar a destruir un gobierno
absurdo y preparar el camino a otro nuevo.") De la carta a Rojo
citada, al privilegiar un destinatario europeo, de modo de incidir
sobre la imagen de Rosas ante Francia e Inglaterra para lograr un
apoyo directo en la lucha que argentinos y uruguayos sostienen desde
Montevideo.
Conviene retomar algunas de estas afirmaciones sarmientinas. Sarmiento
sale al paso ante posibles rectificaciones sobre la historia contada.
Se las hicieron, especialmente Alsina y
Alberdi.
Promete también revisar su trabajo. Nunca lo hace. Pues si bien es
cierto que corrigió y suprimió partes del texto en las sucesivas
ediciones, lo hizo siempre llevado por razones políticas del momento.
Cuando plantea una corrección consulta a Dalmacio Vélez Sarsfield y a
su hija Aurelia Vélez, que disienten en el consejo. El primero le
recomienda: "Me parece que el Facundo mentira (subrayado en el
original) ser siempre mejor que el Facundo verdadera historia" (carta
de octubre de1865), y Sarmiento decide en carta a la segunda: "No
tocar‚ con mis trémulas manos de viejo al Facundo por complacerla a
usted, cuyo juicio y cariñosa tutela respeto y acato..." Dudosa es
también su afirmación de "sacrificar" las pretensiones literarias.
Veamos el proyecto explícito de la "Introducción" y de la "Carta a
Alsina". El acápite de Villemain autoriza una historia apasionada; el
Curso de literatura de donde procede la cita, coloca a la obra en el
sistema de la literatura. Es ésta una elección expresa y marcada, más
allá del hecho de que la Historia perteneciera aún a las Bellas letras
y, por lo tanto, fuera objeto a considerar en el libro de Villemain,
"Pobre librejo", "estos ligeros apuntes" es la calificación del autor
(el mismo que no tocar con sus "trémulas manos de viejo" un texto cuya
eficacia expresa de este modo: "Y luego los ricos, no despojen al
pobre quitando la venda de los ojos a los que lo traducen - se refiere
a la traducción al italiano de Facundo -, cuarenta años justos después
de haber servido de piedra para arrojarla ante el carro triunfal de un
tirano, y cosa rara! El tirano cayó abrumado por la opinión del
mundo civilizado, formada por este libro extraño, sin pies ni cabeza,
informe, verdadero fragmento de peñasco que se lanza a la cabeza de
los titanes." O. C., v. 46).
El proyecto de Sarmiento en el Facundo es múltiple. En primer lugar se
propone explicar el enigma de la realidad nacional analizando las
causas de orden histórico, geográfico, social, desde el estudio de la
vida de Quiroga para entender el actual gobierno de Rosas. Justifica
teóricamente la elección de la biografía y del personaje, explica la
información y la documentación utilizada, tanto como el modo de
composición -"poner antes las decoraciones y los trajes americanos,
para mostrar enseguida al personaje", a fin de evitar comentarios y
explicaciones.
Recuerdos de provincia. - Sarmiento escribe su segunda
autobiografía en un momento muy particular. Presiente el fin del
rosismo y concentra sus ataques, ante los cuales Rosas reacciona con
un nuevo pedido de extradición en julio de 1849, rechazado por el
gobierno de Chile.
Recuerdos de provincia responde a esta presión ciñéndose a los
acontecimientos del Plata: Presentes en cuanto a la difamación de su
nombre por el rosismo; e inminentes, en cuanto una nueva situación
política parece abrirse ya para los exiliados, requiriendo un balance
de la propia participación en la lucha y en la elaboración del
programa futuro. Esta doble perspectiva se explicita claramente en la
obra. Para contener el ataque de Rosas, señala a los chilenos que su
situación de desterrado es similar a la de otros chilenos que en la
Argentina hallaron seguro refugio a su exilio, pero también la hermana
con la de muchos argentinos insignes ("De estos argentinos ilustres,
todos los que han desempeñado cargos públicos, están en el destierro o
han muerto en las matanzas y en las persecuciones que les ha suscitado
don Juan Manuel de Rosas..."), Por otra parte, señala a los argentinos
su lucha y su aporte, no sólo a través de la exposición de la historia
de su vida como Vida ejemplar, nacida y transcurrida al calor de la
patria, sino específicamente en la enumeración de sus obras,
detalladas al final del libro, una a una, como quien cierra un
curriculum. Pero, además, en el prólogo dedicatoria privilegia un
destinatario: sus compatriotas, "sus conciudadanos'", "un centenar de
personas", "los que no quieran juzgarme sin oírme, que eso no es
práctica de hombres cultos"; a ellos dirige la reivindicación de su
nombre y de su estima. Es también por ello que modera los ataques
radicalizados de obras anteriores, excepción hecha del enemigo común -
Rosas y las montoneras -. Basta comparar las referencias a Córdoba, a
los unitarios, a la colonia, de Facundo y de Recuerdos de provincia;
aquí aparecen atemperadas, marcadas por el esfuerzo de comprensión,
cuando no valorizadas a partir del afecto. Tulio Halperin Donghi,
entre otros, considera que influye en este cambio - su comparación
toma Mi de feas y Recuerdos de provincia- su viaje a Europa y el
fracaso de la revolución de 1848, que inclinan a Sarmiento hacia una
prudencia inexistente en su obra anterior ("ese doble descubrimiento
agrega nuevos matices a la vieja contraposición entre civilización y
barbarie, permite sobre todo valorar de modo nuevo una tradición local
cuyo provincialismo, cuya extrema simplicidad de ideales de vida están
lejos. De ser vistos como puros defectos"), cuyo propósito sería "el
de presentarse no como un revolucionario desarraigado sino como el
heredero de una larga tradición de servicio público". El sólo mérito
ha perdido valor: no es ya el hijo de sus obras y de su esfuerzo, sino
el eslabón de un linaje de hombres de bien que se remonta a tres
siglos, que lo califica y que contribuye a autorizar la fe, y un
cierto derecho, en un futuro personal relevante.
Este proyecto nítido, rotundamente perfilado, se expresa como una
particular responsabilidad y un sino compartido ("... mala estrella
común a muchos hombres de mi rito que tienen que levantar uno a uno
los andamios de su gloria, crearse el teatro, formar los espectadores,
para poder exhibirse enseguida"). Sin embargo, la amplificación de su
persona es de tal calibre que mereció la crítica acerba de algunos
contemporáneos de importancia. "Sólo esa vanidad ha podido inducirle a
hacer lo que hombre de pluma cuerdo no ha hecho hasta ahora: a
constituirse en apologista infatigable de sí mismo y a publicar con su
biografía la de toda la sacra ascendencia. El hombre ha errado el
tiro. Pensó conquistar así una posición excepcional, única. Se ha
convertido en blanco del ridículo y hazmerreír de todos los hombres
sensatos", expresa Echeverría en carta a
Juan Bautista Alberdi
de 12 de junio de 1850, quien a su vez califica a
Recuerdos de provincia Como "grueso volumen encomiástico que no dejó
dudas de que se ofrecía al país para su futuro representante". El
Proyecto enunciado da cuenta de algunos aspectos de Recuerdos de
Provincia, pero en modo alguno lo agotan. Muy por el contrario, la
obra ofrece perspectivas para diferentes lecturas que evidencian su
complejidad y su riqueza significativa. Toda autobiografía descansa en
la identificación entre autor -el ser real, referente fuera de la obra
-, narrador y protagonista. Tres "yo" aparentemente superpuestos,
cuyos desplazamientos y desajustes estructuran un nivel de análisis
prioritario y particularmente revelador. La selección de los hechos
ingresados al relato tanto como la distancia elegida entre el pasado
del personaje y el presente del narrador, confluyen para articular una
personalidad del Autor, entendida como mito personal.
Lejos está Sarmiento de obedecer a la intimidad vertida sin trabas, a
la exaltación de la sinceridad de las Confesiones de Rousseau: no soy
él yo romántico el que aflora en Recuerdos de provincia. Tampoco hay
aquí espacio para la melancolía, la nostalgia o el ensueño propios del
romanticismo más subjetivo. La intimidad de Sarmiento, y su
sinceridad. radican más bien en la posibilidad de palpar de cerca,
directa y concretamente, cómo edifica su imagen, tan sin tapujos, sin
pudor casi, sabiendo que así se lo percibe, asumiendo a la vez ese
efecto generalmente arrogante, pero también irónico. Los episodios
narrados, los comentarios apuntan a conformar un personaje definido
por su capacidad para la acción. Por ser hombre de ideas afianzadas en
una solidez proveniente del carácter y calidad de los maestros -
personas o libros -, de los estudios emprendidos y de la obra
cumplida. La fuerza de su ingenio ocupa sin vergüenza el primer plano.
Genio de carácter mesiánico, avalado su nacimiento por la calidad del
linaje y cuya vida expresa las mejores tendencias surgidas en la
patria. Su identidad se confunde con la Nación, puesto que su ser y la
patria fueron engendrados a un tiempo. Espíritu independiente, valor,
capacidad de mando, culto a los afectos familiares, responsabilidad
civil, pasión por el progreso y el bien público son las cualidades de
este personaje, probadas en actos que pocas veces dejan lugar a la
duda o a la vacilación. El narrador insiste en plasmar una
personalidad maciza, en bloque, como si pretendiera evitar indicios
claros de inquietudes, contradicciones y desasosiegos que, sin
embargo, conmueven su discurso.
Evolución de las ideas sociales de Sarmiento. - Al
abordar el tema de los fundamentos ideo1ógicos que operan en el
pensamiento de Sarmiento, es preciso señalar que nos guía un doble
prop6sito: el primero, establecer la línea evolutiva de su pensamiento
y el reflejo de la misma en la escritura sarmientina; el segundo,
esclarecer el contenido de los influjos que convergen en sus ideas,
precisando cada filiación originaria.
Porque aun cuando hay excelentes descripciones de las ideas
sarmientinas, en ellas suele explicarse tal o cual influencia
caracterizándola como romanticismo social, iluminismo o positivismo,
citándose nombres que se inscriben esquemáticamente en determinadas
corrientes culturales que son descriptas globalmente. Esta descripción
muchas veces está lejos de reflejar posiciones individuales o
tendenciales que inciden como fuerzas operantes en el ideario de
Sarmiento.
Conviene aclarar, sin embargo, que tal esquematismo puede derivar de
un hecho indudable: en el temperamento del sanjuanino hay una
condición auténticamente creadora, pragmática y no teórica, que
despista, pues lo aleja de una metódica y sistemática coherencia. Y
así Sarmiento opina a veces como
iluminista
o "utópico", romántico o positivista. Sin anunciar una nueva posición
su originalidad consiste en aprehender aquello que su propia intuición
le señala y a lo que acaba transformando en ideas que no son sino
"herramientas de trabajo", seleccionadas por su empirismo repentista
para el utilitarismo del momento.
En las Obras completas de Sarmiento abundan las referencias y citas de
autores que nos informan acerca de su formación intelectual; asimismo
son muchas sus confidencias sobre autores preferidos o el clima
intelectual de su entorno.
Se elabora así, no sin cierta dificultad, una carta informativa que
describe de manera más o menos directa cómo se ha ido gestando su
pensamiento, estableciendo la existencia de tres corrientes operativas
que hacen a la historia de la cultura: la iluminista, que conforma un
primer estadio; la romántica, derivada de un posterior romanticismo
social que se superpone a la etapa anterior, y un positivismo
ligeramente peculiar en los últimos años de su vida.
Las tres corrientes inciden desde distintos ángulos, desde distintos
espacios temporales, en un sistema de ideas que fundamentalmente
sirven al prop6sito primordial de Sarmiento: el logro de la unidad y
organizaci6n nacional que habría de inscribir al territorio nacional
en el registro de naciones progresistas y civilizadas.
El primer influjo intelectual que experimenta Sarmiento, se vincula
con su asistencia a la Escuela de la Patria. En ella, de cuyos
pormenores habla Sarmiento en Facundo, Recuerdos de provincia y
Educación popular, desarrolló el sentimiento de igualdad social y de
conciencia cívica de nacionalidad. Allí recibió el honor de ser
considerado el primer "ciudadano". El hecho es sintomático y revela
que durante los nueve altos de asistencia escolar, por lo demás el
único conocimiento sistemático que conoció, estuvo en contacto con un
ambiente cultural imbuido de enciclopedismo. En efecto, los hermanos
Rodríguez, preceptores de la escuela; adherían a la corriente iluminista que informaba los círculos revolucionarios porteños de
1810; el supuesto que la fundamentaba radicaba en el predominio de la
Razón. De este supuesto derivaban ideas políticas y económicas muy
precisas, o relativas a la tolerancia, la libertad, la igualdad y el
progreso que pronto serán lugares comunes.
Cabe aclarar, sin embargo, que si la doctrina era originariamente
francesa, con antecedentes ingleses, siendo sus transmisores asimismo
franceses -Voltaire,
Diderot, Montesquieu y demás epígonos-, la influencia renovadora
llegada al Plata no procedía de aquel origen sino de los núcleos
ilustrados de la metrópoli española.
Civilización y barbarie: vida de Juan Facundo Quiroga, y aspecto
físico, costumbres y hábitos de la República Argentina, novela
bibliográfica en la que atacaba el régimen de Rosas.
Mayor vigor literario alcanzó Sarmiento en Mi defensa (1843) y
Recuerdos de provincia (1850).
Campaña del Ejército Grande.
En 1883 publicó Conflictos y Armonías de las Razas en América.
En 1885, editó su última obra La vida de dominguito.
Domingo Faustino Sarmiento
según el Colegio Militar de la Nación Argentina
Estadista, literato, periodista, educador y soldado, don
Domingo Faustino Sarmiento nació en la ciudad de San Juan el 15 de
febrero de 1811. Fueron sus padres don José Clemente Sarmiento y doña
Paula Albarracín. Cursa sus únicos estudios regulares en la Escuela de
la Patria que dirigía Don Ignacio F. Rodríguez. Dedicado en un principio
a las labores comerciales, abandonó esas tareas para alistarse en las
tropas que combatían a Quiroga participando en varias de las acciones
contra el Tigre de los Llanos y sus seguidores. El 10 de junio de 1828
es nombrado Subteniente de la Segunda Compañía del Batallón de
Infantería Provincial de San Juan creado por el Gobernador Cnl. Manuel
Gregorio Quiroga y Carril. Al negarse a cubrir una guardia, es
encarcelado y puesto en libertad por mediación de sus parientes. En 1829
con el grado de Teniente se sumó a las fuerzas unitarias del Coronel
Vega y participó en lo combates de Niquivil y Tafín donde son derrotados
por los federales al mando del Cnl. Francisco Aldao. Más tarde, el 21 de
septiembre en el Combate del Potrero de Pilar, lugar situado a cinco
millas de Mendoza en el que murió trágicamente en medio de la calle al
ser alcanzado en su huida a caballo F. Narciso Laprida, cayó prisionero
salvando la vida por intervención del Gobernador Villafañe, amigo del
Presbítero Oro. El 13 de abril de 1830 con el grado de Ayudante Mayor,
se incorporó al Escuadrón de Dragones, cuya jefatura ejercía el
Comandante Bárcena alcanzando así un tercer grado en la jerarquía
militar. En agosto de ese año se lo destinó al primer Escuadrón de
Caballería Provincial, llegando a San Juan el Coronel Indalecio Chenaut,
comisionado por el Grl. Paz para formar un regimiento de 600 plazas,
llamando a Sarmiento a quién pide colaboración para el cumplimiento de
la misión que le fuera confiada. El ayudante trabaja al lado de Chenaut
durante un mes, y al cabo de este lapso vuelve al Escuadrón de dragones
de las milicias provinciales. Aunque no existen datos oficiales que lo
confirmen -afirma Augusto G. Rodríguez- que puede tenerse por seguro que
en esta época ya ostentaba Sarmiento el grado de Capitán. Triunfante
Quiroga en 1831, emigró a Chile en compañía de su padre; en el país
hermano hizo de todo; maestro de escuela en los andes bodeguero y
maestro en Pocuro, dependiente de tienda en Valparaíso, mayordomo de
minas en Copiapó. En ningún momento estas actividades lo desviaron del
estudio de idiomas, de la historia y otras asignaturas. Al enfermar de
cuidado volvió para reponerse a San Juan en 1836. Con don Ignacio
Cortínez y don Antonino Aberastain fundó el periódico El Zonda, en cuyas
columnas se ocupó de política y de educación pública. Hostilizado por
Benavidez siguió su prédica hasta que éste ordenó la suspensión del
periódico y el destierro inmediato de su redactor. Sarmiento pasó una
vez más los Andes y en Chile se dedicó a impulsar la educación y el
periodismo. Por su iniciativa el Gobierno fundó la primera Escuela
Normal de preceptores de la América del Sur (1842); él la dirige, y al
año siguiente fue nombrado miembro del Cuerpo Académico de la Facultad
de Filosofía y Humanidades. Publicó textos escolares, cartillas y
silabarios, escribiendo asimismo polémicos y comprometidos artículos en
diarios donde fue redactor fundador como "El Progreso" (1842- 1845) y el
"Heraldo Argentino" y en "El Mercurio". Ensayó el género autobiográfico
en Mi Defensa (1843), compuso un trabajo sobre fray Félix Aldao y su
obra cumbre y para muchos la más significativa de la literatura
hispanoamericana del siglo: Facundo, o Civilización y Barbarie. Después
viajó a través de Europa, Africa y los Estados Unidos en el lapso
1845-1848; enriqueciendo su formación de autodidacta. De vuelta en Chile
entrega a la estampa dos obras perdurables, en 1849: los Viajes y
Educación Popular, su libro preferido. Preconizó al año siguiente la
unión de los argentinos sobre bases federalistas en Argirópolis y narró
su vida en la mejor escrita y la más tierna de sus producciones:
Recuerdos de Provincia. Cuando Urquiza se pronunció contra Rosas, fue a
ofrecerle sus servicios, junto con el Teniente Coronel Bartolomé Mitre y
los Coroneles Aquino y Paunero. Se incorporó al Ejército Aliado y
Urquiza, quién le reconoció el grado de Teniente Coronel, lo nombró
redactor del Boletín de la Campaña. Cumplió con la labor encomendada
siguiendo como oficial en sus filas que nuclearon tropas argentinas,
uruguayas y brasileñas hasta la victoria de Caseros el 3 de febrero de
1852. Luego, al no entenderse con el vencedor de Rosas, pidió su retiro
del servicio activo. Su destierro voluntario en Chile duró hasta 1853,
año en que regresó al entonces Estado de Buenos Aires, cuyo gobierno el
8 de octubre le otorgó el grado de Tcnl. efectivo y le dio el alta en el
Ejército Provincial. Redactó "El Nacional", fue concejal fundador de la
Municipalidad porteña (1856), Director de Escuelas (1856-1862) y Senador
en la Legislatura de Bs. As. en 1857, 1860 y 1861. En 1857, el
Gobernador Pastor Obligado lo designó Jefe de Estado Mayor del Ejército
Bonaerense de Reserva, con el grado de Teniente Coronel que acampado en
Palermo estaba a las órdenes del Cnl. Martínez. Fue convencional en la
Constituyente de 1860, convocado para tratar la reforma de la
Constitución Nacional de 1853 y Ministro de Gobierno en la
administración del Grl. Bartolomé Mitre, del Estado de Bs. As. Después
de la derrota de Cepeda, el 23 de octubre de 1859 fue nombrado segundo
jefe de línea de defensa habiendo alcanzado a fortificar la quinta de
Lezama hasta la llegada del Grl. Mitre que asumió el mando. Tras la
victoria del ejército de Buenos Aires, después de Pavón, 17 de
septiembre de 1861 fue a las provincias cuyanas con la expedición del
General Paunero como Auditor de Guerra. Por decreto del Poder Ejecutivo
Nacional del 28 de marzo de 1863, el Cnl. Domingo Faustino Sarmiento fue
nombrado Director de la guerra y Comandante General de las fuerzas de
línea y milicias de San Juan, Mendoza y San Luis; el despacho que lo
acreditó en el grado le fue remitido al Cnl. Sarmiento por resolución
dictada tres días después de ser nombrado Director de la guerra contra
el Grl. Peñaloza. A poco de arribar a San Juan fue elegido Gobernador,
funciones que desempeño hasta 1864, en que fue designado Ministro
Plenipotenciario y Enviado extraordinario de la República Argentina
cerca de los gobiernos de Chile, Perú y Estados Unidos. Hallándose en el
país del Norte publicó la Vida del Chacho, en 1867, y al año siguiente
fue elegido Presidente de la República, llegando a Buenos Aires el 29 de
agosto de 1868. Durante su Presidencia (1868-1874) creó la instrucción
primaria, superior y
graduada y fundó con fondos nacionales escuelas
primarias, en varias provincias. De Europa importó
gabinetes de ciencias y colecciones de historia natural. Creó escuelas
normales anexas a los colegios nacionales de Corrientes y de Concepción
del Uruguay. Fundó el Colegio Militar, la Escuela Naval, y escuelas de
arboricultura y agronomía en San Juan, en Mendoza, y más tarde en
Tucumán y Salta. "Aún no acallados los ecos de la Guerra del Paraguay y
ya en el poder como Presidente de la Nación, surgió en la mente del
ilustre sanjuanino -señala Isaías J. García Enciso-, la inquietud de
organizar un instituto de formación de oficiales para el Ejército". EI 9
de agosto de 1869, antes de cumplir su primer año como Presidente,
Sarmiento envía un mensaje a la Cámara de Diputados adjuntando un
proyecto sobre creación de una escuela castrense. Después de ser tratado
y aprobado en ambas Cámaras el Poder Ejecutivo promulga la ley
correspondiente el 11 de octubre de 1869 "colocando -dice el mismo
autor- la piedra fundamental de un futuro promisorio en la formación de
los profesionales militares. Se ponía en marcha la empresa que tanto
necesita el país y que por tantos años esperó el Ejército. De ella
saldrían con los años, Presidentes de la Nación, ministros,
legisladores, conductores de sus ejércitos en paz y en guerra, soldados
todos de la Patria y en muchos aspectos arquitectos de su destino". En
su mensaje de apertura del H. Congreso de la Nación en el año 1872 el
Presidente D. F. Sarmiento así se expresaba textualmente: "Me es grato
anunciaros que la Escuela Militar funciona con el más cumplido éxito
hace ya un año y que los hábiles profesores que la dirigen llenan
satisfactoriamente los objetos de esta institución, que son dotar al
ejército de oficiales científicos, ya que el arte de la guerra, por el
material que requiere y sus medios poderosos de destrucción, pone el
valor al servicio de la ciencia y el genio". Al año siguiente en su
mensaje anual de apertura vuelve a referirse a ella: "La Escuela
Militar, ha hecho ya por los progresos rápidos de sus alumnos y la
solidez de la educación que reciben los cadetes, las bases de una mejora
gradual en el servicio de las armas, tal como lo requieren las
necesidades de la guerra moderna. El cuerpo de profesores que la dirigen
ha dejado satisfecho el propósito de su creación y los mejores sistemas
europeos sirven de norma a sus tareas". Estableció la enseñanza para
ciegos y sordomudos, e hizo practicar el censo escolar. Fundó el Museo
de Historia Natural, trajo a sabios como Burmeister y fundó la Academia
de Ciencias de Córdoba. Fomentó la obra edilicia de Buenos Aires y creó
el Jardín Zoológico y el Jardín Botánico. Ocupó luego una banca en el
Senado (1875-1879), donde reactualizó el credo de toda su vida y
pronunció discursos memorables. El 12 de julio de 1877 fue ascendido a
Coronel Mayor. Volvió a dirigir la instrucción primaria en la provincia
de Buenos Aires para entonces y en el orden nacional en 1881. En
momentos muy difíciles desempeñó efímeramente, en 1879, la cartera del
Interior. Publicó en 1883 su libro: Conflicto y armonías de las Razas en
América; fue en misión cultural a Chile, al año siguiente, y publicó en
1885, su último y combativo periódico "El Censor". Dio a conocer a un
sabio y a un héroe eminente en: Vida y eventos del Coronel Francisco J.
Muñiz y, en 1886, volcó todo su cariño y emoción de padre en Vida de
Dominguito. Tuvo amor al árbol y a la naturaleza toda y, viejo ya,
escribió un tratado de Selvicultura. Viajó al Paraguay en 1887 para
reposar su quebrantada salud, y volvió con el mismo objeto al año
siguiente. Publicó una serie de artículos tendientes a promover el
adelanto industrial del país vecino y conservó a pesar de sus achaques
físicos, el ritmo febril de actividad de sus mejores días. Su muerte,
acaecida el 11 de septiembre de 1888, conmovió profundamente al opinión
pública del continente. Su cadáver, de acuerdo a un deseo suyo, fue
envuelto en la bandera de los cuatro pueblos a los cuales sirviera: la
Argentina, Chile, el Paraguay y Uruguay. Sus restos fueron inhumados en
Buenos Aires el 21 de septiembre; al despedirlos, Carlos Pellegrini
sintetizó el sentir general proclamándolo el cerebro más poderoso que
haya producido América.
Biografía -
Anexo 1
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