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Oswald Spengler

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. Biography Oswald Spengler: An Introduction to his Life and Ideas (English)

Biografía (Español) -

Nació en la ciudad de Blankenburg, en Alemania Central, en 1880 como el mayor de cuatro hermanos y el único varón. La familia de su madre tenía una orientación más bien artística pero su padre, originalmente técnico minero y luego empleado de correos, le dio a la familia un modesto pero sólido nivel de clase media.

Nunca gozó de una salud demasiado buena. Durante toda su vida lo atormentaron frecuentes problemas, entre dolores de cabeza y ansiedades, aunque ello no le impidió concentrarse y concebir ideas de verdadera envergadura.

A la edad de diez años se mudó junto con su familia a la ciudad universitaria de Halle recibiendo una educación media clásica que incluyó griego, latín, matemáticas y ciencias naturales. Por esta época desarrolló también una fuerte inclinación por las artes, especialmente por la poesía, el drama y la música. En esta etapa fue influenciado por Goethe y Nietzsche, recibiendo de ellos una orientación general que no abandonaría a lo largo de su vida.

Primeros años

Después de la muerte de su padre en 1901, ingresó a la Universidad de Munich. Siguiendo la costumbre de la época, prosiguió sus estudios en otras universidades – primero en Berlín y luego en Halle – dedicándose principalmente a las culturas clásicas, a las matemáticas y a la física. Su educación universitaria fue mayormente financiada por una herencia recibida de una tía fallecida.

Su tesis doctoral en Halle versó sobre Heráclito, el “filósofo oscuro” de la Antigua Grecia de quien proviene la memorable y reiteradamente citada frase de “la guerra es el padre de todas las cosas”. Fracasó en el primer examen por “insuficientes referencias” – una característica bibliográfica que algunos críticos posteriores no han cesado de resaltar con mal disimulado placer. No obstante, aprobó el examen en un segundo intento, en 1904, y con una segunda disertación adicional calificó como profesor.

Su primer empleo fue en una institución en Saarbrücken. De allí se dirigió a Düsseldorf y a Hamburgo. Enseñó matemáticas, física, historia y literatura alemana, despertando la admiración y el respeto de todos sus alumnos. Sin embargo, la docencia no era su vocación. A la muerte de su madre recibió una herencia que le garantizó una razonable independencia económica y con ello en 1911 se le presentó la oportunidad de independizarse.

Se estableció en Munich. Comenzó a escribir un libro sobre la política de su época. Originalmente la obra estuvo pensada como una exposición y explicación de las corrientes políticas europeas de su tiempo que incluían una carrera armamentista en aumento, el “acorralamiento” de Alemania por parte de la Entente, una seguidilla de crisis internacionales y el aumento de la polarización entre las distintas naciones. Sin embargo, hacia fines de 1911, de pronto se dio cuenta de que los sucesos cotidianos sólo podían ser interpretados en términos globales o culturalmente totalizadores. Vio a Europa marchar hacia un suicidio que no sería sino el primer paso hacia el ocaso final de la cultura europea en el mundo y en la Historia.

La Primera Guerra Mundial

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) sólo le confirmó la validez de una tesis ya desarrollada. Su obra comenzó a ampliarse, mucho más allá de sus límites iniciales.

Por desgracia, la crisis económica lo afectó también a él. La mayor parte de sus inversiones resultó pulverizada por la guerra y terminó viviendo los años de la contienda en una real y marcada pobreza. No obstante, continuó con su trabajo – escribiendo muchas veces a la luz de una simple vela – y para 1917 estaba listo para publicar. Como es obvio, tuvo enormes dificultades para hallar a un editor. En parte, la obra no era lo que hoy llamaríamos “comercial”, pero principalmente el caos de guerra no favorecía precisamente el negocio editorial. Con todo, en el verano de 1918, coincidentemente con el colapso de Alemania, apareció el primer tomo de La Decadencia de Occidente, subtitulado “Forma y Realidad”.

Para gran sorpresa, tanto de Spengler como de su editor, el libro fue un éxito inmediato y sin precedentes. Ofrecía una explicación racional para el gran desastre europeo, presentándolo como parte de un gran proceso mundial prácticamente inevitable. Fue aceptado especialmente los lectores alemanes pero muy pronto el libro se volvió popular por toda Europa y rápidamente se lo tradujo a varios idiomas. En 1919 el nombre de Spengler estaba en boca de todo el mundo.

Pero así como la obra fue un éxito, también despertó envidias y celos entre los historiadores reputados de profesionales. Comenzaron, por de pronto, considerándolo como el trabajo de un “amateur”. Se levantaron voces criticando algunos errores puntuales pero, principalmente, el expreso y deliberado enfoque “acientífico” del autor. Frente a ello y en cuanto a la validez de sus tesis, aún hasta el día de hoy los lectores de Spengler sólo tendrían que responder: “Miren un poco a su alrededor. ¿Qué es lo que ven?”.

En 1922 Spengler publicó una segunda edición revisada del primer tomo, con revisiones y correcciones menores. Al año siguiente apareció el segundo tomo subtitulado “Perspectivas de la Historia Universal”. No hay correcciones posteriores. Spengler se declaró satisfecho de su trabajo y todas sus manifestaciones y publicaciones posteriores no son, en cierto sentido, más que ampliaciones y variaciones sobre el tema básico establecido en su obra principal.

La Decadencia de Occidente

La idea fundamental y los componentes principales de La Decadencia de Occidente no son difíciles de comprender ni de explicar. (Dicho sea de paso: la básica sencillez de la obra es precisamente una de las cosas que siempre exasperó a los críticos profesionales).

Por de pronto, para entender adecuadamente a Spengler, lo primero que hay que hacer es tomar conciencia del enfoque especial con el cual considera a la Historia. Él mismo lo califica de “fisiomático”, vale decir: observando las cosas directamente, sin aditamentos cientificistas. En otros autores, demasiadas veces el verdadero significado de las cosas termina oscurecido por toda una maraña de “hechos” mecánico-científicos – que son precisamente los únicos considerados por los “historiadores científicos” carentes de imaginación y renuentes a considerar cualquier cosa que esté más allá de lo evidentemente visible.

Utilizando este enfoque Spengler confiaba en que se podría descifrar el enigma de la Historia y más aún: hasta predeterminar esa Historia. Sus tesis básicas son las siguientes:

Cristóbal Colón Vida y obra - Textos sobre Música - W A Mozart Vida y obra - Mao Tse Tung Vida y obra - Mijail Bakunin Vida y obra

 

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Visión cíclica

La visión “lineal” de la Historia debe ser abandonada a favor de una visión cíclica. Hasta ahora la Historia, y en especial la de Occidente, ha sido considerada como una progresión lineal de lo bajo hacia lo alto, a modo de peldaños de una escalera, llevando hacia una progreso ilimitado. De este modo, la Historia de Occidente termina siendo considerada como un desarrollo progresivo: tenemos Historia griega, romana, medieval y moderna; o bien antigua, medieval y contemporánea. Este concepto, insistía Spengler, es tan sólo el producto del ego occidental – como si todo en el pasado apuntase a él, como si todo lo que sucedió sirvió tan sólo para posibilitar que él apareciese como el heredero más perfeccionado de la cadena evolutiva. Frente a esta visión simplista y secuencial, Spengler propone la noción de una Historia que se mueve por ciclos definidos, observables y – al menos básicamente – independientes.

Símbolos máximos

Los movimientos cíclicos de la Historia no son los que corresponden a las meras naciones, Estados, razas o acontecimientos. Son los relacionados con las Altas Culturas. La Historia consignada de la humanidad nos ofrece ocho de ellas: la índica, la babilónica, la egipcia, la china, la mejicana (maya y azteca), la árabe (o “mágica”), la clásica (Grecia y Roma) y la europeo-occidental.

Cada cultura tiene un carácter distintivo, un “símbolo máximo”. Para la cultura egipcia, por ejemplo, este símbolo fue el “camino” o “sendero” que puede descubrirse en la preocupación de los antiguos egipcios – tanto en religión como en el arte y la arquitectura – por las etapas secuenciales transitadas por el alma. El símbolo magno de la cultura clásica fue su preocupación por el “punto presente”, esto es: la fascinación con lo cercano, lo pequeño, con el “espacio” de la visibilidad inmediata y lógica. A esto se refiere la geometría euclidiana, el estilo bidimensional de la pintura clásica y el de la escultura de los relieves. Jamás se verá en ellas un punto de fuga en el fondo – en la medida en que haya un fondo en absoluto. También con esto se relaciona la inexpresividad facial de las esculturas griegas, haciendo patente que el artista no considera nada que se halle más allá de lo externo.

El símbolo máximo de la cultura occidental es el “alma fáustica” (de la leyenda del Doctor Fausto), que expresa la tendencia a ascender y a tratar de alcanzar nada menos que el “infinito”. Sucede que este símbolo es trágico, porque expresa el intento de alcanzar lo que el mismo interesado sabe que es inalcanzable.  Se ejemplifica en la arquitectura gótica; muy en especial en el interior de las catedrales góticas con sus líneas verticales y su aparente ausencia de “techo”.

El “símbolo máximo” lo impregna todo en la cultura y se manifiesta en el arte, en la ciencia, en la tecnología y en la política. Cada espíritu cultural se expresa especialmente en su arte y cada cultura tiene la forma de arte que mejor representa su propio símbolo. La cultura clásica se expresó principalmente en la escultura y en el drama. En la cultura occidental – después de la arquitectura de la época gótica – la gran forma representativa fue la música que es, de hecho, la expresión más perfecta del alma fáustica ya que trasciende los límites de lo visible para incursionar en el “ilimitado” mundo del sonido.

Desarrollo orgánico

Las Altas Culturas son organismos “vivientes”. Siendo orgánicas por naturaleza, deben pasar por los estadios de nacimiento, desarrollo, plenitud, decadencia y muerte. Esta es la “morfología” de la Historia. Todas las culturas anteriores han pasado por estas diferentes etapas y la Cultura Occidental simplemente no puede ser una excepción. Más aún: hasta es posible detectar en cual de esos estadios orgánicos se ubica actualmente.

El punto más alto de una cultura es su fase de plenitud, que es la “fase cultural” por antonomasia. El comienzo de la declinación y el decaimiento de una cultura está constituido por el punto de transición entre su fase “cultural” y su fase de “civilización” que le sigue de modo inevitable.

La fase de “civilización” se caracteriza por drásticos conflictos sociales, movimientos de masas, continuas guerras y constantes crisis. Todo ello conjuntamente con el crecimiento de grandes “megalópolis”, vale decir: enormes centros urbanos y suburbanos que absorben la vitalidad, el intelecto, la fuerza y el espíritu de la periferia circundante. Los habitantes de estas aglomeraciones urbanas – comprendiendo al grueso de la población – se convierten en una masa desarraigada, desalmada, descreída y materialista, sin más apetitos que el pan y el circo instrumentados para mantenerla medianamente conforme. De esta masa provienen luego los felahs subhumanos, típicos representantes de una cultura moribunda.

Con la fase de la civilización viene el gobierno del dinero y sus herramientas gemelas: la democracia y la prensa. El dinero gobierna al caos y sólo el dinero saca provecho del mismo. Pero los verdaderos portadores de la cultura – las personas cuyo espíritu todavía se identifica con el alma de la cultura – sienten repugnancia ante este poder plutocrático y sus felahs servidores. Consecuentemente, se movilizan para quebrar este poder y tarde o temprano tienen éxito en su empresa pero dentro del marco de una sociedad ya masificada. La dictadura del dinero desaparece pero la fase de la civilización termina dando lugar a la siguiente, que es la del cesarismo, en dónde grandes hombres se hacen de un gran poder, ayudados en esto por el caos emergente del último período de los tiempos plutocráticos. El surgimiento de los césares marca el regreso de la autoridad y del deber, del honor y de la estirpe de “sangre”, y el fin de la democracia.

Con esto llegamos a la fase “imperialista” de la civilización, en la cual los césares con sus bandas de seguidores combaten entre si por el control de la tierra. Las grandes masas o bien no entienden lo que sucede, o bien no les importa. Las megalópolis se deshabitan lentamente y las masas poco a poco “regresan a la tierra” para dedicarse a las mismas tareas agrarias que ocuparon a sus antepasados varios siglos atrás. El frenesí de los acontecimientos pasa por sobre ellos. Y en ese momento, en medio de todo ese caos, surge una “segunda religiosidad”; un anhelo a regresar a los antiguos símbolos de la fe de esa cultura. Las masas, fortificadas de ese modo, adquieren una especie de resignación fatalista y entierran sus esfuerzos en el suelo del cual emergieron sus antepasados. Contra este telón de fondo, la cultura y la civilización creada por ella, se desvanecen.

Ciclos vitales predecibles

El lapso de vida de toda cultura puede establecerse en alrededor de mil años. La cultura clásica existió desde el 900 AC hasta el 100 DC. La árabe (hebrea, semítica y cristiano-islámica) desde 100 AC hasta 900 DC. La occidental desde 1000 DC hasta 2000 DC. No obstante este lapso no es más que un promedio estadístico, en el mismo sentido en que la vida promedio de una persona puede fijarse aproximadamente en 70 años. El caso concreto puede ser que nunca llegue a dicha edad y puede también ser que la sobrepase por unos cuantos años. De hecho, la muerte de una cultura puede prolongarse por algunos siglos y también puede producirse de forma súbita debido a factores externos, como ocurrió con la cultura mejicana precolombina.

Por el otro lado, a pesar de que cada cultura tiene un alma propia y constituye esencialmente una entidad por si misma, el desarrollo del ciclo de vida es paralelo en todas las culturas. Para cada fase del ciclo en una cultura determinada, y para todos los acontecimientos que afectan su curso, existe una contrapartida en la Historia de cada una de las demás culturas. De este modo, Napoleón, que inició la fase de la civilización en la cultura occidental, tiene su contraparte en Alejandro Magno que inició el mismo proceso en la cultura clásica. De allí la “contemporaneidad” de todas las Altas Culturas.

En resumen, lo que Spengler propone es considerar a la Historia de los seres humanos como el registro de los ciclos que marcan el surgimiento y la caída de grandes culturas concebidas como formas vivientes suprahumanas, orgánicas por naturaleza, que deben necesariamente pasar por las etapas naturales de todo organismo: nacimiento, vida y muerte. Aun cuando constituyan entidades separadas, todas presentan un desarrollo paralelo con lo que los acontecimientos y las fases de una de ellas hallan sus correspondientes acontecimientos y fases en las demás. En consecuencia, desde la perspectiva de nuestro siglo es posible comprender la historia cíclica de las culturas anteriores a la nuestra y, de este modo, predecir la decadencia y caída de la Cultura Occidental.

La polémica

No hace falta decir que una teoría como la brevemente esquematizada, sacudió los cimientos del mundo intelectual (y semi-intelectual) de su época. Aún cuando pueden citarse como antecedentes a Giambattista Vico, a Nikolai Danilevsky y hasta a Nietzsche mismo, la tesis resultó ser por demás provocativa – aunque cabe indicar, para ser totalmente justos, que además de lo brillante de su exposición, Spengler contó a su favor con un momento excepcionalmente favorable como lo fue el fin de la Primera Guerra Mundial.

Es cierto que hay obras más fáciles de leer que La Decadencia de Occidente; como que también los hay más complejos. En parte, la razón de su gran éxito al momento de su aparición es, curiosamente, también el punto probablemente más criticado por sus adversarios: su estilo. Burlándose del “academicismo” que exigía afirmaciones prudentes y condicionales – apoyadas a cada paso con prolijas notas al pié y referencias bibliográficas – Spengler sencillamente le dio rienda suelta a sus opiniones y juicios. Muchos pasajes tienen un estilo marcadamente polémico, poco orientado hacia posibles desacuerdos.

Los dos tomos de la obra, haciendo abstracción ahora del estilo y de su metodología no convencional, constituyen en esencia una amplia justificación de las ideas presentadas, tomada de la Historia de las diferentes grandes culturas. Spengler utilizó el método comparativo que, de hecho, resulta ser el adecuado una vez que se admite como cierto que todas las fases de una Alta Cultura se corresponden con las de cualquier otra. Por otra parte, probablemente no hay ser humano en el mundo capaz de retener en su cerebro la totalidad de la Historia de la totalidad de las culturas, por lo que tampoco se le puede echar en cara a Spengler el que haya tratado algo superficialmente a las culturas de Méjico, la India, Egipto, Babilonia y China, concentrándose con mayor detalle en las culturas árabe, clásica y occidental. La parte más valiosa de su trabajo – y esto es algo reconocido hasta por sus críticos – es el paralelo efectuado entre la cultura clásica y la occidental.

Pero, aparte de ello, Spengler contaba con algo que, por lo general, brilla por su ausencia en las obras de los historiadores profesionales: un vasto y profundo conocimiento de las artes en general. Esto le permitió enfatizar su importancia en la interpretación del simbolismo y del sentido intrínseco de cada cultura. Además, incluso en el árido terreno de las matemáticas nos ofrece un pensamiento inquietante. Cuando analiza el significado de los números nos muestra que la matemática – casi unánimemente aceptada por el mundo académico como el “conocimiento universal” por excelencia – tiene significados diferentes en distintas culturas. Por más que parezca una paradoja, los números significan algo distinto según las personas que los utilizan.

La era de los Césares

Pero, por supuesto, el colocar al Occidente actual dentro del esquema histórico cíclico, fue lo que levantó la mayor cantidad de polémicas. Tal como lo indica el mismo título del libro, Spengler consideró que Occidente estaba condenado a tener el mismo destino esencial que habían tenido todas las culturas anteriores; es decir: decaer y, finalmente, perecer. Según su visión, Occidente se hallaba en la mitad de su fase de “civilización” la que, en términos genéricos, había comenzado con Napoleón. El advenimiento de los Césares (de quienes Napoleón habría sido nada más que un anticipo) se encontraba quizás sólo a un par de décadas. Con todo – y contrariamente a lo que suelen afirmar quienes únicamente lo han leído a medias y quienes jamás lograron entenderlo – Spengler no predicó ningún fatalismo ni predicó tampoco una ciega resignación ante el destino. En un ensayo publicado en 1922 insistió en que los hombres de Occidente tenían que seguir siendo hombres y hacer todo lo que estuviese a su alcance para aprovechar las enormes posibilidades que todavía tenían disponibles. Por sobre todo, debían aceptar un imperativo absoluto: destruir el dinero y la democracia, especialmente en el terreno de la política que es, por antonomasia, el territorio de las empresas de gran envergadura.

El “socialismo prusiano”

Después de la publicación del primer tomo de La Decadencia de Occidente, el pensamiento de Spengler se volcó cada vez más hacia la política cotidiana de Alemania. Después de haber sido testigo de la revolución comunista en Baviera y de la breve república soviética resultante, escribió un breve libro titulado “Prusianismo y Socialismo”. Su tesis principal fue que existía una trágica confusión en los términos. Proponía que conservadores y socialistas, en lugar de masacrarse mutuamente, marcharan juntos bajo la bandera del socialismo. En su opinión, el socialismo no era lo que Marx con su materialismo dialéctico había hecho de él sino esencialmente algo igual al espíritu prusiano: un socialismo de la comunidad alemana basado en su típico concepto ético del trabajo, la disciplina y la jerarquía orgánica como elementos opuestos al “dinero”. A este socialismo “prusiano” lo contrastó fuertemente contra la ética capitalista inglesa por un lado y contra el marxismo por el otro, deduciendo que este último se limitaba a proponer un “capitalismo para el proletariado”.

Su idea de corporaciones que no fuesen propiedad del Estado pero en las cuales éste tuviese un poder de dirección y control, sin llegar a asumir la responsabilidad directa por los distintos segmentos privados de la economía, se emparenta bastante con la posterior visión expuesta por Werner Sombart en su obra “Socialismo Alemán” (Deutscher Sozialismus – 1934).

Sin embargo, ni el “socialismo prusiano” de Spengler encontró un eco favorable en el mundo de su época, ni tampoco Spengler mismo halló la forma de establecer relaciones firmes con los políticos de su tiempo. En 1924 intentó apoyar al general Hans von Seekt pero el proyecto no prosperó. Volvió a sus estudios y trabajos publicando “Hombre y Técnica” en 1931. En él, advierte que el desarrollo de tecnologías avanzadas es algo propio y característico de Occidente y que los europeos no deberían entregarlas en forma indiscriminada a la periferia extra-europea. Previene que, de hacerlo, el hombre europeo algún día se verá amenazado y atacado por las razas de color que destruirán a Occidente utilizando justamente la tecnología occidental.

Ideología política

Algunos críticos – no precisamente los más brillantes –acusan a Spengler de haber sido algo así como “promotor” o “precursor” del nacionalsocialismo alemán que llegó al poder en Alemania con Hitler en 1933. La verdad es que Spengler no sólo jamás fue miembro del NSDAP sino que, incluso, no se llevó para nada bien con las autoridades del partido. Gregor Strasser y Ernst Hanfstängl intentaron reclutarlo sin éxito y, a pesar de que efectivamente votó por Hitler (y en contra de Hindenburg) en 1932, la verdad es que se entrevistó con Hitler una sola vez – en Julio de 1933. De dicha entrevista nunca surgió una simpatía mutua y mucho menos una colaboración.

Cuando en 1933 publicó “Años Decisivos ” (Die Jahre der Entscheidung) su visión crítica del nacionalsocialismo recién instalado en el poder se hizo más evidente todavía. En esencia, lo que Spengler le recriminaba a Hitler y a sus partidarios era una visión demasiado estrecha, demasiado chauvinista, de la cuestión europea. Aún dándole a las cuestiones raciales una importancia considerable, Spengler entendió a Europa como un único bloque geopolítico y cultural y las confrontaciones entre naciones europeas le parecían directamente proposiciones al suicidio.

Tanto es así que predijo la Segunda Guerra Mundial. Advirtió a Hitler y a su partido que no se le estaba prestando la atención debida a las fuerzas hostiles existentes fuera de Alemania: “... los nacionalsocialistas creen que pueden darse el lujo de ignorar al mundo que se les opone y construir sus castillos en el aire sin crear una reacción, quizás callada pero muy palpable, en el extranjero.” Al final, las autoridades prohibieron la venta del libro, aunque también es cierto que lo hicieron tarde y bastante después de que ya lograra una importante distribución.

Oswald Spengler murió de un paro cardíaco en su vivienda de Munich, el 8 de Mayo de 1938, el año anterior al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Falleció convencido de que había encontrado una satisfactoria explicación de la Historia y de que los acontecimientos de su tiempo confirmaban todas las tesis expuestas en La Decadencia de Occidente. Estuvo hasta el último momento persuadido de que el mundo occidental vive un período de decadencia y el hecho nunca dejó de preocuparle profundamente. Amaba esta cultura demasiado y le dolía verla caer en el ocaso.

Y a quienes piensan que estaba equivocado sólo cabría reiterarles lo ya apuntado antes en esta reseña: Miren un poco a su alrededor. ¿Qué es lo que ven?

Ojalá la pregunta y el libro de Spengler sirvan para reflexionar y recapacitar. Porque, a juzgar por lo que podemos ver todos los días y por cómo va nuestro mundo, hay solamente tres posibilidades: o bien Spengler tenía razón, o bien estamos haciendo algo muy mal, o bien ambas cosas son ciertas.


Biography - Oswald Spengler: An Introduction to his Life and Ideas - Keith Stimely (about the author)

Oswald Spengler was born in Blankenburg (Harz) in central Germany in 1880, the eldest of four children, and the only boy. His mother's side of the family was quite artistically bent. His father, who had originally been a mining technician and came from a long line of mineworkers, was an official in the German postal bureaucracy, and he provided his family with a simple but comfortable middle class home.

The young Oswald never enjoyed the best of health, and suffered from migraine headaches that were to plague him all his life. He also had an anxiety complex, though he was not without grandiose thoughts -- which because of his frail constitution had to be acted out in daydreams only.

When he was ten the family moved to the university city of Halle. Here Spengler received a classical Gymnasium education, studying Greek, Latin, mathematics and natural sciences. Here too he developed his strong affinity for the arts -- especially poetry, drama, and music. He tried his hand at some youthful artistic creations of his own, a few of which have survived -- they are indicative of a tremendous enthusiasm but not much else. At this time also he came under the influence of Goethe and Nietzsche, two figures whose importance to Spengler the youth and the man cannot be overestimated.

After his father's death in 1901, Spengler at 21 entered the University of Munich. In accordance with German student-custom of the time, after a year he proceeded to other universities, first Berlin and then Halle. His main courses of study were in the classical cultures, mathematics, and the physical sciences. His university education was financed in large part by a legacy from a deceased aunt.

His doctoral dissertation at Halle was on Heraclitus, the "dark philosopher" of ancient Greece whose most memorable line was "War is the Father of all things." He failed to pass his first examination because of "insufficient references" -- a characteristic of all his later writings that some critics took a great delight in pointing out. However, he passed a second examination in 1904, and then set to writing the secondary dissertation necessary to qualify as a high school teacher. This became The Development of the Organ of Sight in the Higher Realms of the Animal Kingdom. It was approved, and Spengler received his teaching certificate.

His first post was at a school in Saarbrücken. Then he moved to Düsseldorf and, finally, Hamburg. He taught mathematics, physical sciences, history, and German literature, and by all accounts was a good and conscientious instructor. But his heart was not really in it, and when in 1911 the opportunity presented itself for him to "go his own way" (his mother had died and left him an inheritance that guaranteed him a measure of financial independence), he took it, and left the teaching profession for good.

Historical Explanation of Current Trends

He settled in Munich, there to live the life of an independent scholar/philosopher. He began the writing of a book of observations on contemporary politics whose idea had preoccupied him for some time. Originally to be titled Conservative and Liberal, it was planned as an exposition and explanation of the current trends in Europe -- an accelerating arms race, Entente "encirclement" of Germany, a succession of international crises, increasing polarity of the nations -- and where they were leading. However in late 1911 he was suddenly struck by the notion that the events of the day could only be interpreted in "global" and "total-cultural" terms. He saw Europe as marching off to suicide, a first step toward the final demise of European culture in the world and in history.

The Great War of 1914-1918 only confirmed in his mind the validity of a thesis already developed. His planned work kept increasing in scope far, far beyond the original bounds.

Spengler had tied up most of his money in foreign investments, but the war had largely invalidated them, and he was forced to live out the war years in conditions of genuine poverty. Nevertheless he kept at his work, often writing by candle-light, and in 1917 was ready to publish. He encountered great difficulty in finding a publisher, partly because of the nature of the work, partly because of the chaotic conditions prevailing at the time. However in the summer of 1918, coincident with the German collapse, finally appeared the first volume of The Decline of the West, subtitled Form and Actuality.

Publishing Success

To no little surprise on the part of both Spengler and his publisher, the book was an immediate and unprecedented success. It offered a rational explanation for the great European disaster, explaining it as part of an inevitable world-historic process. German readers especially took it to heart, but the work soon proved popular throughout Europe and was quickly translated into other languages. Nineteen-nineteen was "Spengler's year," and his name was on many tongues.

Professional historians, however, took great umbrage at this pretentious work by an amateur (Spengler was not a trained historian), and their criticisms -- particularly of numerous errors of fact and the unique and unapologetic "non-scientific" approach of the author -- filled many pages. It is easier now than it was then to dispose of this line of rejection-criticism. Anyway, with regard to the validity of his postulate of rapid Western decline, the contemporary Spenglerian need only say to these critics: Look about you. What do you see?

In 1922 Spengler issued a revised edition of the first volume containing minor corrections and revisions, and the year after saw the appearance of the second volume, subtitled Perspectives of World History. He thereafter remained satisfied with the work, and all his later writings and pronouncements are only enlargements upon the theme he laid out Decline.

A Direct Approach

The basic idea and essential components of The Decline of the West are not difficult to understand or delineate. (In fact, it is the work's very simplicity that was too much for his professional critics.) First, though, a proper understanding requires a recognition of Spengler's special approach to history. He himself called it the "physiogmatic" approach -- looking things directly in the face or heart, intuitively, rather than strictly scientifically. Too often the real meaning of things is obscured by a mask of scientific-mechanistic "facts." Hence the blindness of the professional "scientist-type" historians, who in a grand lack of imagination see only the visible.

Utilizing his physiogmatic approach, Spengler was confident of his ability to decipher the riddle of History -- even, as he states in Decline's very first sentence, to predetermine history.

The following are his basic postulates:

1. The "linear" view of history must be rejected, in favor of the cyclical. Heretofore history, especially Western history, had been viewed as a "linear" progression from lower to higher, like rungs on a ladder -- an unlimited evolution upward. Western history is thus viewed as developing progressively: Greek ' Roman ' Medieval ' Renaissance ' Modern, or, Ancient ' Medieval ' Modern. This concept, Spengler insisted, is only a product of Western man's ego -- as if everything in the past pointed to him, existed so that he might exist as a yet-more perfected form.

This "incredibly jejune and meaningless scheme" can at last be replaced by one now discernible from the vantage-point of years and a greater and more fundamental knowledge of the past: the notion of History as moving in definite, observable, and -- except in minor ways -- unrelated cycles.

'High Cultures'

2. The cyclical movements of history are not those of mere nations, states, races, or events, but of High Cultures. Recorded history gives us eight such "high cultures": the Indian, the Babylonian, the Egyptian, the Chinese, the Mexican (Mayan-Aztec), the Arabian (or "Magian"), the Classical (Greece and Rome), and the European-Western.

Each High Culture has as a distinguishing feature a "prime symbol." The Egyptian symbol, for example, was the "Way" or "Path," which can be seen in the ancient Egyptians' preoccupation -- in religion, art, and architecture (the pyramids) -- with the sequential passages of the soul. The prime symbol of the Classical culture was the "point-present" concern, that is, the fascination with the nearby, the small, the "space" of immediate and logical visibility: note here Euclidean geometry, the two-dimensional style of Classical painting and relief-sculpture (you will never see a vanishing point in the background, that is, where there is a background at all), and especially: the lack of facial expression of Grecian busts and statues, signifying nothing behind or beyond the outward.

The prime symbol of Western culture is the "Faustian Soul" (from the tale of Doctor Faustus), symbolizing the upward reaching for nothing less than the "Infinite." This is basically a tragic symbol, for it reaches for what even the reacher knows is unreachable. It is exemplified, for instance, by Gothic architecture (especially the interiors of Gothic cathedrals, with their vertical lines and seeming "ceilinglessness").

The "prime symbol" effects everything in the Culture, manifesting itself in art, science, technics and politics. Each Culture's symbol-soul expresses itself especially in its art, and each Culture has an art form that is most representative of its own symbol. In the Classical, they were sculpture and drama. In Western culture, after architecture in the Gothic era, the great representative form was music -- actually the pluperfect expression of the Faustian soul, transcending as it does the limits of sight for the "limitless" world of sound.

'Organic' Development

3. High Cultures are "living" things -- organic in nature -- and must pass through the stages of birth-development-fulfillment-decay-death. Hence a "morphology" of history. All previous cultures have passed through these distinct stages, and Western culture can be no exception. In fact, its present stage in the organic development-process can be pinpointed.

The high-water mark of a High Culture is its phase of fulfillment -- called the "culture" phase. The beginning of decline and decay in a Culture is the transition point between its "culture" phase and the "civilization" phase that inevitably follows.

The "civilization" phase witnesses drastic social upheavals, mass movements of peoples, continual wars and constant crises. All this takes place along with the growth of the great "megalopolis" -- huge urban and suburban centers that sap the surrounding countrysides of their vitality, intellect, strength, and soul. The inhabitants of these urban conglomerations -- now the bulk of the populace -- are a rootless, soulless, godless, and materialistic mass, who love nothing more than their panem et circenses. From these come the subhuman "fellaheen" -- fitting participants in the dying-out of a culture.

With the civilization phase comes the rule of Money and its twin tools, Democracy and the Press. Money rules over the chaos, and only Money profits by it. But the true bearers of the culture -- the men whose souls are still one with the culture-soul -- are disgusted and repelled by the Money-power and its fellaheen, and act to break it, as they are compelled to do so -- and as the mass culture-soul compels finally the end of the dictatorship of money. Thus the civilization phase concludes with the Age of Caesarism, in which great power come into the hands of great men, helped in this by the chaos of late Money-rule. The advent of the Caesars marks the return of Authority and Duty, of Honor and "Blood," and the end of democracy.

With this arrives the "imperialistic" stage of civilization, in which the Caesars with their bands of followers battle each other for control of the earth. The great masses are uncomprehending and uncaring; the megalopoli slowly depopulate, and the masses gradually "return to the land," to busy themselves there with the same soil-tasks as their ancestors centuries before. The turmoil of events goes on above their heads. Now, amidst all the chaos of the times, there comes a "second religiosity"; a longing return to the old symbols of the faith of the culture. Fortified thus, the masses in a kind of resigned contentment bury their souls and their efforts into the soil from which they and their culture sprang, and against this background the dying of the Culture and the civilization it created is played out.

Predictable Life Cycles

Every Culture's life-span can be seen to last about a thousand years: The Classical existed from 900 BC to 100 AD; the Arabian (Hebraic-semitic Christian-Islamic) from 100 BC to 900 AD; the Western from 1000 AD to 2000 AD. However, this span is the ideal, in the sense that a man's ideal life-span is 70 years, though he may never reach that age, or may live well beyond it. The death of a Culture may in fact be played out over hundreds of years, or it may occur instantaneously because of outer forces -- as in the sudden end of the Mexican Culture.

Also, though every culture has its unique Soul and is in essence a special and separate entity, the development of the life cycle is paralleled in all of them: For each phase of the cycle in a given Culture, and for all great events affecting its course, there is a counterpart in the history of every other culture. Thus, Napoleon, who ushered in the civilization phase of the Western, finds his counterpart in Alexander of Macedon, who did the same for the Classical. Hence the "contemporaneousness" of all high cultures.

In barest outline these are the essential components of Spengler's theory of historical Culture-cycles. In a few sentences it might be summed up:

Human history is the cyclical record of the rise and fall of unrelated High Cultures. These Cultures are in reality super life-forms, that is, they are organic in nature, and like all organisms must pass through the phases of birth-life-death. Though separate entities in themselves, all High Cultures experience parallel development, and events and phases in any one find their corresponding events and phases in the others. It is possible from the vantage point of the twentieth century to glean from the past the meaning of cyclic history, and thus to predict the decline and fall of the West.

Needless to say, such a theory -- though somewhat heralded in the work of Giambattista Vico and the 19th-century Russian Nikolai Danilevsky, as well as in Nietzsche -- was destined to shake the foundations of the intellectual and semi-intellectual world. It did so in short order, partly owing to its felicitous timing, and partly to the brilliance (though not unflawed) with which Spengler presented it.

Polemic Style

There are easier books to read than Decline -- there are also harder -- but a big reason for its unprecedented (for such a work) popular success was the same reason for its by-and-large dismissal by the learned critics: its style. Scorning the type of "learnedness" that demanded only cautionary and judicious statements -- every one backed by a footnote -- Spengler gave freewheeling vent to his opinions and judgments. Many passages are in the style of a polemic, from which no disagreement can be brooked.

To be sure, the two volumes of Decline, no matter the opinionated style and unconventional methodology, are essentially a comprehensive justification of the ideas presented, drawn from the histories of the different High Cultures. He used the comparative method which, of course, is appropriate if indeed all the phases of a High Culture are contemporaneous with those of any other. No one man could possibly have an equally comprehensive knowledge of all the Cultures surveyed, hence Spengler's treatment is uneven, and he spends relatively little time on the Mexican, Indian, Egyptian, Babylonian, and Chinese -- concentrating on the Arabian, Classical, and Western, especially these last two. The most valuable portion of the work, as even his critics acknowledge, is his comparative delineation of the parallel developments of the Classical and Western cultures.

Spengler's vast knowledge of the arts allowed him to place learned emphasis on their importance to the symbolism and inner meaning of a Culture, and the passages on art forms are generally regarded as being among the more thought-provoking. Also eyebrow-raising is a chapter (the very first, in fact, after the Introduction) on "The Meaning of Numbers," in which he asserted that even mathematics -- supposedly the one certain "universal" field of knowledge -- has a different meaning in different cultures: numbers are relative to the people who use them.

"Truth" is likewise relative, and Spengler conceded that what was true for him might not be true for another -- even another wholly of the same culture and era. Thus Spengler's greatest breakthrough may perhaps be his postulation of the non-universality of things, the "differentness" or distinctiveness of different people and cultures (despite their fated common end) -- an idea that is beginning to take hold in the modern West, which started this century supremely confident of the wisdom and possibility of making the world over in its image.

Age of Caesars

But is was his placing of the current West into his historical scheme that aroused the most interest and the most controversy. Spengler, as the title of his work suggests, saw the West as doomed to the same eventual extinction that all the other High Cultures had faced. The West, he said, was now in the middle of its "civilization" phase, which had begun, roughly, with Napoleon. The coming of the Caesars (of which Napoleon was only a foreshadowing) was perhaps only decades away. Yet Spengler did not counsel any kind of sighing resignation to fate, or blithe acceptance of coming defeat and death. In a later essay, Pessimism? (1922), he wrote that the men of the West must still be men, and do all they could to realize the immense possibilities still open to them. Above all, they must embrace the one absolute imperative: The destruction of Money and democracy, especially in the field of politics, that grand and all-encompassing field of endeavor.

'Prussian' Socialism

After the publication of the first volume of Decline, Spengler's thoughts turned increasingly to contemporary politics in Germany. After experiencing the Bavarian revolution and its short-lived Soviet republic, he wrote a slender volume titled Prussianism and Socialism. Its theme was that a tragic misunderstanding of the concepts was at work: Conservatives and socialists, instead of being at loggerheads, should united under the banner of a true socialism. This was not the Marxist-materialist abomination, he said, but essentially the same thing as Prussianism: a socialism of the German community, based on its unique work ethic, discipline, and organic rank instead of "money." This "Prussian" socialism he sharply contrasted both to the capitalistic ethic of England and the "socialism" of Marx (!), whose theories amounted to "capitalism for the proletariat."

In his corporate state proposals Spengler anticipated the Fascists, although he never was one, and his "socialism" was essentially that of the National Socialists (but without the folkish racialism). His early appraisal of a corporation for which the State would have directional control but not ownership of or direct responsibility for the various private segments of the economy sounded much like Werner Sombart's later favorable review of National Socialist economics in his A New Social Philosophy [Princeton Univ. Press, 1937; translation of Deutscher Sozialismus (1934)].

Prussianism and Socialism did not meet with a favorable reaction from the critics or the public -- eager though the public had been, at first, to learn his views. The book's message was considered to "visionary" and eccentric -- it cut across too many party lines. The years 1920-23 saw Spengler retreat into a preoccupation with the revision of the first volume of Decline, and the completion of the second. He did occasionally give lectures, and wrote some essays, only a few of which have survived.

Political Involvement

In 1924, following the social-economic upheaval of the terrible inflation, Spengler entered the political fray in an effort to bring Reichswehr general Hans von Seekt to power as the country's leader. But the effort came to naught. Spengler proved totally ineffective in practical politics. It was the old story of the would-be "philosopher-king," who was more philosopher than king (or king-maker).

After 1925, at the start of Weimar Germany's all-too-brief period of relative stability, Spengler devoted most of his time to his research and writing. He was particularly concerned that he had left an important gap in his great work -- that of the pre-history of man. In Decline he had written that prehistoric man was basically without a history, but he revised that opinion. His work on the subject was only fragmentary, but 30 years after his death a compilation was published under the title Early Period of World History.

His main task as he saw it, however, was a grand and all-encompassing work on his metaphysics -- of which Decline had only given hints. He never did finish this, though Fundamental Questions, in the main a collection of aphorisms on the subject, was published in 1965.

In 1931 he published Man and Technics, a book that reflected his fascination with the development and usage, past and future, of the technical. The development of advanced technology is unique to the West, and he predicted where it would lead. Man and Technics is a racialist book, though not in a narrow "Germanic" sense. Rather it warns the European or white races of the pressing danger from the outer Colored races. It predicts a time when the Colored peoples of the earth will use the very technology of the West to destroy the West.

Reservations About Hitler

There is much in Spengler's thinking that permits one to characterize him as a kind of "proto-Nazi": his call for a return to Authority, his hatred of "decadent" democracy, his exaltation of the spirit of "Prussianism," his idea of war as essential to life. However, he never joined the National Socialist party, despite the repeated entreaties of such NS luminaries as Gregor Strasser and Ernst Hanfstängl. He regarded the National Socialists as immature, fascinated with marching bands and patriotic slogans, playing with the bauble of power but not realizing the philosophical significance and new imperatives of the age. Of Hitler he supposed to have said that what Germany needed was a hero, not a heroic tenor. Still, he did vote for Hitler against Hindenburg in the 1932 election. He met Hitler in person only once, in July 1933, but Spengler came away unimpressed from their lengthy discussion.

His views about the National Socialists and the direction Germany should properly be taking surfaced in late 1933, in his book The Hour of Decision [translation of Die Jahre der Entscheidung]. He began it by stating that no one could have looked forward to the National Socialist revolution with greater longing than he. In the course of the work, though, he expressed (sometimes in veiled form) his reservations about the new regime. Germanophile though he certainly was, nevertheless he viewed the National Socialists as too narrowly German in character, and not sufficiently European.

Although he continued the racialist tone of Man and Technics, Spengler belittled what he regarded as the exclusiveness of the National Socialist concept of race. In the face of the outer danger, what should be emphasized is the unity of the various European races, not their fragmentation. Beyond a matter-of-fact recognition of the "colored peril" and the superiority of white civilization, Spengler repeated his own "non-materialist" concept of race (which he had already expressed in Decline): Certain men -- of whatever ancestry -- have "race" (a kind of will-to-power), and these are the makers of history.

Predicting a second world war, Spengler warned in Hour of Decision that the National Socialists were not sufficiently watchful of the powerful hostile forces outside the country that would mobilize to destroy them, and Germany. His most direct criticism was phrased in this way: "And the National Socialists believe that they can afford to ignore the world or oppose it, and build their castles-in-the-air without creating a possibly silent, but very palpable reaction from abroad." Finally, but after it had already achieved a wide circulation, the authorities prohibited the book's further distribution.

Oswald Spengler, shortly after predicting that in a decade there would no longer be a German Reich, died of a heart attack on May 8, 1936, in his Munich apartment. He went to his death convinced that he had been right, and that events were unfolding in fulfillment of what he had written in The Decline of the West. He was certain that he lived in the twilight period of his Culture -- which, despite his foreboding and gloomy pronouncements, he loved and cared for deeply to the very end.

Bibliography

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Fennelly, John F. Twilight of the Evening Lands: Oswald Spengler a Half Century Later. New York: Brookdale Press, 1972.

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Hughes, H. Stuart. Oswald Spengler: A Critical Estimate. New York: Scribner's, 1952 [revised ed., 1962].

Oliver, Revilo P. "The Shadow of Empire: Francis Parker Yockey After Twenty Years," American Mercury (Houston), June 1966.

Spengler, Oswald. Aphorisms. Chicago: Gateway/ Henry Regnery, 1967.

Spengler, Oswald. The Decline of the West (Vol. 1, "Form and Actuality"; Vol. 2, "Perspectives of World History"). New York: Alfred A. Knopf, 1926 and 1928.

Spengler, Oswald. The Hour of Decision. New York: Alfred A. Knopf, 1934.

Spengler, Oswald. Man and Technics. New York: Alfred A. Knopf, 1932.

Spengler, Oswald. Selected Essays. Chicago: Gateway/ Henry Regnery, 1967.

Yockey, Francis Parker. Imperium: The Philosophy of History and Politics. Noontide Press, 1962.

About the author

Keith Stimely was born on April 9, 1957, in Connecticut, but grew up and was educated on the West coast. He studied at San Jose State University and the University of Oregon, from where he graduated in 1980 with a bachelor's degree in history. (This essay was written in December 1978 for a University of Oregon history class.) Stimely then joined the US Army, serving as a reserve officer. His interest in revisionist history began in high school, and in 1980 he spoke at the second IHR Conference (Pomona College). He joined this Journal's editorial staff in June 1982, and served as its chief editor from February 1983 until February 1985. He compiled the 1981 Revisionist Bibliography (no longer in print), and was a gifted artist and pianist. He died in Portland, Oregon, on December 19, 1992.

Bibliographic information

Author:

Stimely, Keith

Title:

Oswald Spengler: An Introduction to his Life and Ideas

Source:

The Journal for Historical Review (http://www.ihr.org)

Date:

March/April 1998

Issue:

Volume 17 number 2

Location:

Page 2

ISSN:

0195-6752

Attribution:

"Reprinted from The Journal of Historical Review, PO Box 2739, Newport Beach, CA 92659, USA. Domestic subscriptions $40 per year; foreign subscriptions $60 per year."

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