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Vale la pena conocer a estos hombres singulares junto a
los que se educaría el divino Marqués. Dejemos, pues, que sea el mismo
conde de Sade, padre del marqués, el que nos describa su situación en
sus últimos años, cuando la edad ya le había apartado de sus primeros
desvaríos:
Lo que me ha impedido hacer fortuna es que siempre he sido demasiado
libertino para permanecer en la antecámara, demasiado pobre para poner a
los criados al servicio de mis intereses, demasiado orgulloso para
rendir homenaje a los favoritos, a los ministros, a la amante. Que les
hagan la cote los que esperan o desean llegar por sus propios medios, he
dicho cien veces. Yo soy libre. No lo he sido siempre, porque las
pasiones me dominaban, pero jamás he tenido la de la ambición.
He vivido mucho tiempo en el torbellino de las mentiras y las
maledicencias. Hasta ahora no he podido gozar de algo que los reyes no
podrían dar, porque no lo poseen: la libertad.
Después de muchas aventuras, acabó casándose con Marié-Éléonore, una
princesa de la familia Condé, que por aquel entonces tenía una gran
influencia en Francia. Fruto de este matrimonio nacería su hijo Donatien,
que pasaría a la historia como el marqués de Sade.
Los primeros años
El 2 de Junio de 1740, el conde de Sade,
Jean-Baptiste, y su esposa Marié-Éléonore vieron nacer al heredero
de la casa, al futuro conde de Sade, al que pusieron de nombre Donatien
Alphonse François. Mientras viviese su padre, el título que ostentaría
sería el de marqués, con el que la Historia acabaría conociéndolo.
El conde mantuvo siempre una gran preocupación por la educación de su
hijo, intentando relacionarlo con lo más elevado de la sociedad francesa
y realizando enormes sacrificios para que no le faltase nada, ni
siquiera de lo que no es necesario. Esto tuvo un efecto muy negativo en
su formación, y el propio marqués será quien diga, unos años más tarde,
que con tantos cuidados no se consiguió otra cosa que desarrollar sus
vicios. A esto contribuyeron también algunas mujeres amigas y parientes
del conde de Sade, que en diferentes épocas estuvieron al cuidado del
jovencito (que, por lo que se cuenta, les resultaba encantador).Dado que
su madre pertenecía a la familia de los Condé, tuvo la ocasión de pasar
los primeros años de su vida en un palacio cercano a París, rodeado de
todo el lujo y los cuidados que él mismo criticará más tarde.
Vale la pena mencionar aquí a un personaje que tuvo la ocasión de
conocer en aquel tiempo: el conde de Charolais, cuyo recuerdo sin duda
debió resultar útil al Marqués cuando, años más tarde, escribiese sus
obras. De entre otras muchas anécdotas espantosas, se cuenta que se
divertía probando su puntería sobre los obreros que reparaban los
tejados de la vecindad. Cuando más tarde se le detenía por asesinato, se
libraba pidiendo el indulto al rey de Francia, hasta que un día Luis XV
le dijo: "Señor, el perdón que me pedís se lo debo a vuestro rango y a
vuestra calidad de príncipe de la sangre, pero lo concedería más de buen
grado al hombre que os hiciese lo mismo".
Al cumplir cinco años, su padre decide que ya es hora de que se traslade
a Provenza, donde están las posesiones de la casa de Sade, de modo que
marchó al castillo de Saumane, muy diferente al palacio donde se había
criado hasta entonces, y mucho más parecido a los escenarios de su
futuras novelas: aislado, sombrío y lleno de mazmorras. Allí pasó
algunos años felices en compañía de unas mujeres amigas de su padre que
lo empeoraron, mimándolo, y de su tío el abad, que tanto le ayudaría en
su formación humanística y que tanto le inspiraría en el futuro, pues
allí pudo comprobar también el Marqués el libertinaje de este buen
ministro de Dios, que siempre estaba bien abastecido de prostitutas.
Junto a su tío, el marqués recibió una gran formación cultural. En la
biblioteca de la familia podrá leer a los más grandes autores antiguos y
modernos, y aprender de ellos lo suficiente para superarlos.
Volvió a París al cumplir los diez años, para entrar en el colegio
Louis-le-Grand, uno de los más prestigiosos del momento, regentado por
los jesuitas. Su padre debió realizar un gran esfuerzo económico para
ello, pues aquí se educaban los hijos de las más nobles familias de
Francia. Aquí nació la pasión del marqués por el teatro, pues era una
práctica habitual de la escuela realizar representaciones
periódicamente. También sugieren algunos que aquí recibió las primeras
impresiones en lo referente a la fustigación y también en lo referente a
la sodomía. Se consideraba en aquella época que el castigo del látigo o
las varas era un castigo noble, en contraposición a las bofetadas o los
tirones de orejas, por ejemplo. Incluso existían tratados sobre ello, y
realmente era una práctica habitual en los colegios, para reprimir a los
alumnos que no cumplían las normas disciplinarias. Respecto a la
sodomía, también existían muchas sospechas de que se practicaba más o
menos habitualmente y de que los maestros la fomentaban entre sus
alumnos y la practicaban con ellos. Es difícil decir hasta qué punto
estaba extendida esta práctica, porque este tipo de cosas siempre se
quieren exagerar o minimizar. Sin embargo, habiendo leído las obras del
marqués, parece difícil dudarlo.
Durante los periodos de vacaciones, pasa temporadas en el castillo de
Longeville, junto a una tal Mme. de Raimond y otras damas encantadoras
(a juzgar por los testimonios que nos han quedado) que se dedican a
juguetear con los sentimientos del jovencito y hacerle sentir los
primeros arrebatos de amor.
A los catorce años su padre lo saca el colegio para que se incorpore al
ejército. Poco tiempo después estalló la guerra con Prusia y, según
parece, Sade cumplió valerosamente con sus deberes militares. Todo el
mundo alaba en esta época "la extrema dulzura de su carácter". Su padre
se preocupa mucho por apartarle de las malas compañías, pues parece ser
que el ejército también estaba infestado de todos los vicios. Sin
embargo, el joven ya comenzaba a dar muestras de sus inclinaciones, y ya
nunca sería posible apartarlo de ellas. Vale la pena reproducir una
descripción que escribió el propio marqués de sí mismo a su padre
durante esta época:
"Me preguntáis sobre mi plan de vida y
mis ocupaciones. Os lo detallaré con sinceridad. Me reprochan que me
guste dormir y es cierto que tengo un poco ese defecto: me acuesto
temprano y me levanto tarde. Monto a caballo muy a menudo para examinar
la posición del enemigo y la nuestra. Cuando hemos estado tres días en
un campamento, conozco hasta el menor barranco, tan bien como el señor
mariscal. Obro en concordancia con mis ideas, ya sean buenas o malas;
las digo y soy elogiado o censurado en proporción con el escaso o ningún
sentido común que contengan. A veces hago visitas, pero sólo a M. de
Poyanne o a casa de mis antiguos camaradas de los carabineros o del
regimiento del rey. No las rodeo de ceremonia porque no me gustan las
ceremonias. De no ser por M. de Poyanne, no pondría los pies durante
toda la campaña en el cuartel general. Sé que esto no me favorece; hay
que hacer la corte para tener éxito, pero no me gusta hacerla. Sufro
cuando oigo a alguien decir a otro, para halagarle, mil cosas que a
menudo no piensa. Soy incapaz de interpretar un personaje tan tonto. Ser
cortés, honrado, orgulloso sin arrogancia, solícito si palabras
insulsas; satisfacer con frecuencia la pequeñas voluntades cuando no nos
perjudican, ni a nosotros ni a nadie; vivir bien, divertirse sin
arruinarse ni perder la cabeza; pocos amigos, quizás porque no existe
ninguno verdaderamente sincero y que no me sacrificara veinte veces si
entrara en juego el más ligero interés por su parte; igualdad en el
carácter, que me haga vivir bien con todo el mundo, sin entregarme , sin
embargo, a nadie, porque ya en el momento de hacerlo te arrepientes;
decir lo mejor, hacer los mayores elogios de personas que, a menudo sin
fundamento, han hablado muy mal de ti sin que lo sospecharas (porque
casi siempre engañan más los que tienen el aspecto más atractivo y
parecen buscar tu amistad). Estas son mis virtudes o aquellas a las que
aspiro".
En 1763, al acabar la Guerra de los Siete
años, se licencia. Su padre, que ya le buscaba esposa desde hacía
tiempo, consigue casarlo con Renée-Pélagie, hija del presidente de
Montreuil, una joven no muy agraciada, pero de buena posición económica
y de un carácter prudente y sincero. Ya por esta época el marqués era un
libertino rematado, y seguramente su padre pretendía apaciguar sus
costumbres por medio de esta unión.
El marqués libertino
Una vez casado, Sade se traslada a París,
con su esposa, al palacio de Montreuil. En un primer momento consigue
ganarse su afecto y el de toda su familia. Incluso la presidenta de
Montreuil, dama autoritaria y de moral estricta, se muestra encantada
con él, y el reciente embarazo de la señora de Sade hace aumentar la
felicidad familiar. Pero pronto su libertinaje empieza a salir a flote y
a crearle problemas.
A los tres meses sufre su primera detención: las declaraciones de una
joven con la que se había entregado a ciertos actos sacrílegos le
conducen al torreón de Vicennes, donde permanece 15 días. Las gestiones
de su suegra le permiten escapar airosamente de la situación y durante
una temporada se dedica a una de sus grandes pasiones: el teatro. Pero
se encuentra ya demasiado ligado al libertinaje como para abandonarlo
durante mucho tiempo. Los episodios con ciertas damas o con prostitutas
se suceden, alcanzando uno de sus puntos culminantes con su viaje a La
Coste junto a Mlle. Beavousin, una famosa cortesana.
Pero el auténtico escándalo llega a consecuencia de una escena sádica
ocurrida en Alcueril. Allí, el marqués practica algunas torturas
(azotes, cortes, cera incandescente, ...) con una joven llamada Rose
Keller, y ésta se atreve a denunciarlo. Es encarcelado y, después de
siete meses de gestiones, traslados y declaraciones, recupera la
libertad, gracias, una vez más, a las maniobras de su suegra, más
preocupada por evitar el escándalo que por ayudar a su yerno. Este caso
tuvo especial importancia porque hasta entonces, aunque muchos conocían
el libertinaje del marqués, se consideraba que formaba parte de la
habitual conducta licenciosa de los nobles. Pero a raíz de este suceso
de Alcueril, la prensa francesa y la extranjera se cebaron en Sade y
explotaron al máximo el escándalo. Es a partir de este momento cuando
comienza a surgir la leyenda del marqués de Sade como símbolo del mal.
Maurice Lever considera (y le creo) que muchas de estas acusaciones eran
injustas, no tanto porque fuesen infundadas (y en parte lo eran, pues el
pueblo siempre quiere que los malvados parezcan peores de lo que son
para poder castigarlos), sino porque, en todo caso, había muchas otras
personas a las que se podría haber denunciado por hechos parecidos o
mucho peores, pero que, gracias a sus influencias, permanecían inmunes e
incluso con fama de buenos ciudadanos. Sade tenía el inconveniente de
ser demasiado orgulloso para ir a la corte a arrastrase a los pies de
las personas influyentes. A pesar de su alta cuna y su fortuna, era un
personaje relativamente débil y aislado. Era, en fin, la cabeza de turco
perfecta: noble y libertino, pero sin poder suficiente para enfrentarse
a sus enemigos. El país necesitaba un personaje así para crucificarlo y
él fue ese personaje. Más tarde, estando, encarcelado, ya se quejaría de
esta injusticia.
Ante tal situación, el rey le obliga a permanecer en su residencia de La
Coste, en la que se dedica muy activamente al teatro. Pero en seguida
vuelve, aprovechando un permiso real para hacerse cuidar sus
hemorroides, y esto le permite asistir al nacimiento de sus segundo
hijo. También realiza un viaje de un mes a Holanda y se reincorpora al
ejército durante una corta temporada. En esta época la hermana de su
esposa, Anne Prospère, que era canonesa en un convento de jovencitas,
visitó La Coste con la intención de recuperarse de su delicado estado de
salud. Allí, la joven llama la atención del abad de Sade, que
naturalmente es rechazado; Donatien, en cambio, parece ser que sí
consiguió conquistarla. Pero cuando la presencia de su mujer, de sus
hijos, de su cuñada y de su apreciado tío le pueden devolver la alegría,
cuando su afición al teatro, a la que dedica tanto tiempo cada vez que
se retira a La Coste, puede contribuir también a darle la felicidad, un
suceso estúpido dio al traste con todo y marcó definitivamente su vida.
Un buen día el marqués decide hacer una escapada a Marsella, con la
intención de dar rienda suelta a su libertinaje. Lleva con él a su
criado Latour y le encarga que reclute a unas cuantas prostitutas para
una orgía. La orgía se produce y, a juzgar por los testimonios es
relativamente "normal", teniendo en cuenta los gustos del marqués. Un
poco de fustigación, activa y pasiva, unas cuantas escenas sodomitas
entre él y su criado, y únicamente la curiosidad de hacer ingerir a dos
de las cuatro jóvenes a las que invitó, pastillas de anís que contenían
cantárida, un afrodisíaco bien conocido desde la antigüedad, que el
marqués pretendía usar para provocar la excitación anal de las jóvenes e
incluso producirles ventosidades. Pero cometió el error de excederse en
la dosis, y las jóvenes enfermaron durante unos días. El caso se
denunció como si el marqués hubiese intentado asesinarlas, y el
resultado fue que al poco tiempo las autoridades se presentaron en La
Coste para conducirlo a presencia de la justicia. Sade creyó que todo
estaba perdido y huyó. Los jueces, por su parte, obraron con una cierta
mala fe y acabaron declarándolo culpable, aunque las jóvenes se
recuperasen unos días más tarde y no se dispusiera de pruebas
concluyentes. A él y a su criado se les acusaba del gravísimo delito de
sodomía y a él en particular de envenenamiento. Por ello fue quemado en
efigie en Aix y se le persiguió.
Esta condena agravó aún más el odio que siempre sintió por los jueces.
El marqués fue siempre un defensor de la libertad individual; le
molestaba que el estado, representado por un grupo de seres insensibles
que basaban su a autoridad en adoptar un aire grave, pusiese barreras a
los placeres del individuo. Esta repugnancia se nota especialmente en
que muchos de sus libertinos, pero sobre todo los más repulsivos, son
jueces o ejercen alguna actividad ligada con la justicia. Curval, el más
detestable de todos sus personajes es, probablemente el mejor ejemplo.
Este odio hacia los jueces y especialmente, el resentimiento hacia el
tribunal de Aix puede comprobarse en la descripción que se incluye en
uno de sus Cuentos, historietas y fábulas del sigloXVIII, El presidente
burlado:
Poca gente puede imaginarse a un
presidente del parlamento de Aix; es una especie de bestia de la que se
ha hablado a menudo, pero sin conocerla a fondo; rigorista por
profesión, meticuloso, crédulo, testarudo, vano, cobarde, charlatán y
estúpido por carácter, estirado en sus ademanes como un ganso,
pronunciando la erres como un polichinela; enjuto, largo, flaco y
hediondo como un cadáver, por lo general. Se diría que toda la bilis y
toda la severidad de la magistratura del reino habían buscado cobijo
bajo la Temis provenzal, para trasladarse desde allí en caso de
necesidad cada vez que un tribunal francés tiene que presentar alguna
queja o ahorcar a algún ciudadano.
Escapó a Italia en compañía de su cuñada, que al cabo de unos días
volvió a Francia con su hermana. El marqués también vuelve al cabo de un
tiempo, pero comete el error de revelarle a la presidenta su situación,
creyendo que le ayudará. Ésta se ha transformado en su peor enemigo, sin
duda enfadada por el idilio que mantenía con Anne-Prospère, por lo que
hace detener a Sade, que es enviado a Miolans. El marqués era una
persona especialmente sensible a la pérdida de libertad. Obsesionado con
la idea de salir de la cárcel, planea escaparse y lo consigue.
Durante una larga temporada se ve obligado a ir de un lugar a otro,
huyendo de los esbirros e la presidenta, y dejando a su esposa la
administración de sus asuntos. Ésta da muestras de una gran devoción y
se esfuerza al máximo para que sea perdonado, enfrentándose
continuamente a su madre. Durante el invierno de 1774-1775, Sade se
instala en La Coste junto a ella y contrata a varios jóvenes de uno y
otro sexo para tareas tan diversas como "ama de llaves", "secretario",
etcétera, pero en realidad, según suele admitirse, para montar sus
orgías particulares. Algunas de las jovencitas se quejan del trato del
marqués e intentan denunciarle, presentando como pruebas las marcas que
conservan en sus cuerpos, pero Sade y su mujer, que le ayuda en todo,
consiguen, tras muchos esfuerzos, impedir que las niñas hablen antes de
que sus cuerpos estén totalmente curados.
Pero por si acaso, Sade escapa a Italia, y se dedica a recorrer sus
ciudades, interesándose por todo, con vistas a escribir un Viaje a
Italia. También dedicó su tiempo a otros menesteres como seducir a una
madre de familia, a la que naturalmente tuvo que abandonar, dejándola en
una profunda desesperación, o alternar con otros libertinos y
sinvergüenzas como Ange Gourard o el cardenal de Bernis, amigos también
del famoso Casanova. ¿Se conocieron personalmente Casanova y el marqués
de Sade?. No dispongo de ninguna noticia al respecto, aunque no parece
del todo improbable. Ciertamente, el encuentro de los dos libertinos más
famosos de la historia habría sido una escena curiosa.
En junio de 1776, se ve obligado a volver a Francia. Cierto estafador
francés había huido a Italia bajo el pseudónimo de "conde de Mazan", que
era justamente el mismo que usaba el marqués de Sade. La policía
italiana lo buscaba para devolverlo a su país, lo cual dejaba a Sade en
una difícil situación, por lo que decidió irse por su propio pie. Una
vez allí, vuelve a reclutar jovencitas para su castillo de La Coste. El
padre de una de ellas, que hacía de cocinera y a la que Sade llamaba "Justine",
se presenta en el castillo y pretende llevársela a punta de pistola.
Como no lo consigue, se apresura a denunciar el caso. Sade, en ese
momento, viaja a París para visitar el lecho de su madre, que acaba de
morir. Naturalmente, la presidenta no pierde esta ocasión para
apresarlo. Sade es detenido y conducido a Vicennes.
Al poco tiempo se reabre el caso de Marsella y los nuevos jueces se dan
cuenta de que ha sido tratado de una manera un tanto arbitraria, por lo
que piden que el marqués se presente de nuevo ante el tribunal, para
reabrir el caso. Así se hace y con éxito, pues la sentencia acaba
diciendo que todo se reduce a una cuestión de libertinaje, y únicamente
le condenan a no poner los pies en Marsella durante tres años y a pagar
una multa. Pero cuando Sade ya se cree liberado, la presidenta consigue
que se mantenga su detención por otras causas y el inspector Marais se
prepara para conducirlo de nuevo a Vicennes. Ante tal perspectiva, el
marqués se escapa en cuanto encuentra una ocasión y se esconde en La
Coste, pero la policía se presenta allí a los pocos días y es conducido
de nuevo a su celda.
La cárcel
Aunque ya había estado encerrado en
varias ocasiones, es ahora cuando Sade experimenta con más crudeza y
durante más tiempo su estancia en prisión. Su reclusión está marcada por
una auténtica serie de obsesiones que expresa en sus cartas, la mayoría
de ellas dirigidas a su mujer. La más importante de esas obsesiones es,
lógicamente, la fecha de su salida de prisión. Constantemente abruma a
quienes le rodean con preguntas y el más mínimo signo modifica sus
suposiciones en uno u otro sentido. Le pide a su mujer una gran cantidad
de tarros de confitura y ésta le pregunta que para qué quiere tantos: ya
cree que su liberación es inmediata. Su mujer deja de escribirle durante
una temporada o le oculta datos al respecto: ya se cree condenado para
toda la vida.
Sobre todo, llama la atención la extraña manía que tiene el marqués con
ciertas cuestiones aritméticas. En cada cifra cree ver un signo,
constantemente compara, suma, resta y cree obtener respuestas a ciertas
preguntas, como si quienes le rodean hablasen un extraño lenguaje
numérico. De nada sirven las repuestas de su mujer asegurándole que todo
eso son imaginaciones suyas y que ella no tiene intención de comunicarle
nada a través de un juego tan extraño. Para ver hasta dónde había
llegado la paranoia del marqués en este aspecto, voy a citar un ejemplo,
tomado de una de sus cartas, al que se podrían añadir muchos otros
similares:
"He adivinado vuestro odioso enigma. El
día de mi salida es el 7 de febrero del 82 u 84 (la diferencia es muy
grande, y vos veis que no he adelantado más); el detestable e imbécil
juego de palabras es el nombre del santo de ese día, que es San Amand, y
como en febrero se encuentra Fèvre, habeis unido el nombre de ese
granuja con las cifras 5 y 7. Y de ahí vuestro juego de palabras, tan
vil como estúpido, por el cual, si mi salida es para dentro de 5 años (o
57 meses), el día de San Amand, 7 de febrero, Lefèvre unido al 7 y al 5
era vuestro amante".
¿Realmente se cree Sade todas esas
historias aritméticas? Parece que sí. Por otro lado, bien es cierto que
su mujer y él se veían obligados a utilizar medios un tanto exóticos de
despistar a los espías y comunicarse, ya que el correo era abierto y
revisado. A veces utilizaban zumo de limón o simplemente recurrían a
pseudónimos para referirse a ciertas personas que ambos conocían. Pero
todos estos extraños juegos de números nunca existieron, evidentemente,
en otro lugar que en la cabeza del pobre preso, al que la reclusión le
resultaba cada día más inaguantable.
Hay que tener en cuenta, además, que Sade siempre fue muy aficionado a
todas estas combinaciones numéricas. Las cifras representaron siempre
algo muy importante para él. Una de las cartas que escribió a su mujer
desde prisión, por ejemplo, comienza así:
"Hoy, jueves 14 de diciembre de 1780,
hace 1400 días, 200 semanas y casi 46 meses que estamos separados. He
recibido sesenta y ocho provisiones por quincenas y cien cartas tuyas, y
esta es la que hace 114 de las mías".
También en las escenas libertinas plasma
a menudo su obsesión por las combinaciones de números; las mismas orgías
que inventa no parecen a menudo otra cosa que un intento por agotar
todas las combinaciones posibles. Así, por ejemplo, al ser detenido por
el caso de Marsella, la policía encontró escrita en la pared de la
habitación donde ocurrrieron los hechos, la cuenta que el marqués iba
haciendo de los azotes que recibía: 215, 179, 225 y 240. Cuatro series
de azotes que completan 859 en total.
Otra de sus obsesiones más importantes es la del paseo y el ejercicio
físico, que dice necesitar como el aire que respira. Para un hombre tan
activo como él, interesado por todo, ávido de experiencias y
acostumbrado a la libertad total, la reclusión debió ser un castigo muy
duro, y en sus cartas se puede comprobar que, dejando a un lado su
tendencia natural a exagerarlo todo, realmente sufría muchísimo.
También intenta, por supuesto, justificar su conducta y demostrar que es
inocente, al menos lo suficiente como para no merecer una reclusión tan
larga y en estas condiciones. Ya he mencionado antes que el marqués de
Sade fue empleado, probablemente, como cabeza de turco para contentar al
pueblo, que estaba ya harto de los abusos de los nobles. El marqués era
consciente de ello y se queja amargamente de que otros peores que él
anden libres, mientras él se encuentra encerrado por culpa de unos
hechos relativamente insignificantes. Vale la pena reproducir, a pesar
de su extensión, un fragmento de una de sus cartas a la señorita de
Rousset, en la que desplega toda su retórica sobre el tema, no sólo
porque expresa la opinión que tenía sobre su proceso y los jueces que lo
habían llevado, sino porque es una auténtica manifestación de sus
opiniones sobre las libertades de los individuos.
"Si me remonto a la época de mis
desgracias, de vez en cuando me parece oír a estas siete u ocho pelucas
empolvadas de blanco, con quienes estoy en deuda, uno volviendo de
acostarse con una joven honesta a la que deshonró, otro de hacerlo con
la mujer de su amigo, éste escapándose totalmente avergonzado de un
callejón, pues le perjudicaría mucho que alguien descubriese lo que
acaba de hacer, aquel de allá huyendo de un tugurio a menudo mucho más
infame aún. Me parece verlos, repito, colmados de lujuria y de crímenes,
sentándose ante los documentos de mi proceso, y a su jefe exclamando
lleno de entusiasmo por el patriotismo y el amor a la ley: ¡Cómo! ¡Voto
al diablo, colegas míos! ¿Este pequeño aborto que no es ni presidente ni
magistrado en el tribunal de cuentas, ha querido gozar como un consejero
de la cámara alta? ¿Este pequeño hidalgo campesino ha osado creer que le
estaba permitido parecerse a nosotros? ¡Vamos! ¡Es el colmo! Sin tener
armiño ni ribete, se le metió en la cabeza que había una naturaleza para
él, del mismo modo que para nosotros, como si la naturaleza pudiese ser
analizada, violada, por otros que no sean los intérpretes de sus leyes y
como si pudieran haber otras leyes que no fueran las nuestras. ¡La
cárcel, voto a bríos! ¡La cárcel, señores! No hay más que eso en el
mundo, sí, seis o siete años en un cuarto cerrado para ese pequeño
insolente... Sólo allí, señores, es donde se aprende a respetar las
leyes de la sociedad, y el mejor de todos los remedios para quien se
atreve a infringirlas es obligarle a maldecirlas. Además, hay aquí otra
cosa... para el señor de... que, como sabéis, tiene que ver con todo
esto (eso era entonces, a Dios gracias ya no es así). Es una magnífica
oportunidad para hacer un pequeño obsequio a su amante: la extorsión
podrá valorarse entre doce y quince mil francos... No dudemos un
minuto... Pero, ¿y el honor del tipo... su mujer, sus bienes... sus
hijos? ¡Pardiez, hermosas razones!... ¡Acaso ha de ser eso lo que debe
impedirnos ceder ante el ídolo del prestigio!¿Honor..., mujeres...,
hijos? ¿No son esas las víctimas que inmolamos todos los días?... ¡La
cárcel, señores! ¡La cárcel, os digo!, y mañana nuestros primos,
nuestros hermanos serán capitanes de barco.-Cárcel, sea, reponde con
lengua pastosa el presidente Michaut, que acaba de hacer un
cálculo.-¡Cárcel, señores, cárcel!, dice con voz un tanto áspera el
bello Darval, garabateando ocultamente bajo un abrigo un billete amoroso
para una muchacha de la ópera.-Cárcel, sin réplica, agrega el pedagogo
Damon, con la cabeza todavía embotada por la comida de la cantina.-¡Eh!
¿Quién puede dudar de la cárcel?, concluye con una voz chillona el
pequeño Valère, alzándose de puntillas y mirando su reloj para no llegar
tarde a la cita con madame Gourdane.
Véase pues en qué consisten el honor la vida, la fortuna y la reputación
del ciudadano en Francia. La bajeza, la adulación, la ambición, la
avaricia empiezan su ruina y la imbecilidad la termina.
Miserables criaturas arrojadas un instante sobre la superficie de este
pequeño montón de lodo, ¿está pues escrito que la mitad del rebaño
persiga a la otra mitad? ¡Oh hombre! ¿es a ti a quien corresponde juzgar
lo que está bien y lo que está mal? ¡Nada tiene de extraño que sea un
mezquino individuo de tu especie quien quiera asignar límites a la
Naturaleza, decidir lo que ella tolera, anunciar lo que ella prohíbe!
Tú, a cuyos ojos la más fútil de las operaciones está aún por resolver,
tú, que no puedes explicar ni el menor de sus fenómenos, defíneme el
origen de las leyes del movimiento, las de la gravitación, y
desarróllame la esencia de la materia: ¿es o no es inerte? Si no se
mueve, dime cómo la Naturaleza, que nunca está en reposo, ha podido
crear algo que exista desde siempre, y si se mueve, si es la causa
cierta y legítima de las generaciones y mutaciones perpetuas, dime qué
es la vida y demuéstrame qué es la muerte; dime qué es el aire, razona
con exactitud sobre sus diferentes efectos, explícame por qué encuentro
caracolas en lo alto de las montañas y ruinas en el fondo del mar. Tú
que decides si una cosa es crimen o no lo es, tú que haces ahorcar por
aquello que en el Congo vale coronas, esclarece mis ideas sobre el curso
de los astros, su suspensión, su atracción, su movilidad, su esencia,
sus periodos, demuéstrame a Newton antes que a Descartes, y a Copérnico
antes que a Ticho-Brahé; explícame solamente por qué una piedra cae
cuando se lanza desde lo alto, sí, hazme palpable este hecho tan simple
y te perdonaré el ser moralista cuando seas mejor físico. Tú quieres
analizar las leyes de la Naturaleza, y tu corazón, tu corazón donde ella
se graba es en sí mismo un enigma que tú no puedes resolver. Tú
pretendes definir estas leyes y no puedes decirme por qué motivo cuando
las arterias se hinchan demasiado pueden trastornar al instante una
cabeza y convertir el mismo día al hombre más honesto en un malvado. Tú,
tan infantil en tus sistemas como en tus descubrimientos, tú, que desde
hace tres o cuatro mil años inventas, cambias, das vueltas, argumentas,
no nos has ofrecido aún como recompensa a nuestras virtudes más que el
Eliseo de los griegos, y como castigo por nuestros crímenes su fabuloso
Tártaro; tú, que, tras tantos razonamientos diversos, tantos trabajos,
tantos volúmenes polvorientos compilados sobre esta materia sublime,
únicamente has logrado poner un esclavo de Tito en e lugar de Hércules,
y una mujer judía en el de Minerva, quieres profundizar, filosofar sobre
los extravíos humanos, quieres dogmatizar sobre el vicio y la virtud,
mientras te es imposible decir que son uno u otro, cuál es más ventajoso
para el hombre, cuál conviene más a la Naturaleza, y si no nacería tal
vez de este contraste el equilibrio profundo que los hace a ambos
necesarios. Tú quieres que el universo entero sea virtuoso, y no te das
cuenta de que todo perecería al instante si en la Tierra tan sólo
hubiera virtudes; tú no quieres entender que, al ser necesario que haya
vicios, es tan injusto de tu parte castigarlos, como lo sería burlarte
de un tuerto... ¿Y cuál es el resultado de tus falsas combinaciones, de
las barreras odiosas que querrías imponer a la que se burla de ti?...
Desgraciado, me estremezco al decirlo: hay que llevar a la rueda a quien
se venga de su enemigo, y colmar de honores a quien asesina a los de su
rey; hay que destruir a quien te roba un escudo y colmarte de
recompensas, a ti, que te crees con derecho a exterminar en nombre de
tus leyes a quien no tiene otra culpa que la de haber nacido para el
sagrado mantenimiento de sus derechos. ¡Ah! ¡Abandona tus insensatas
sutilezas! Goza, amigo mío, goza y no juzgues... goza, te digo, deja a
la Naturaleza el cuidado de moverte a su antojo, y al Ser Eterno el de
castigarte. Si crees no ser más que un infractor, una pobre hormiga
podrida sobre este pedazo de tierra, arrastra tu pajilla hasta el
almacén, haz incubar tus huevos, alimenta a tus hijitos, ámalos, sobre
todo no les arranques la ceguera del error: las quimeras recibidas, te
lo concedo, hacen más feliz que las tristes verdades de la filosofía.
Goza de la antorcha del universo: no es por sofismas, sino para iluminar
placeres por lo que su luz brilla ante tus ojos. No pierdas la mitad de
tu vida para hacer desgraciada a la otra, y tras algunos años de vegetar
bajo esta forma un tanto extraña, pese a lo que tu orgullo pueda pensar
respecto a ello, duérmete en el regazo de tu madre para despertar bajo
otra constitución, gracias a nuevas leyes que no entiendes mejor que las
primeras. Piensa, en una palabra, que es para hacer felices a tus
semejantes, para cuidarlos, para ayudarlos, para amarlos, que la
Naturaleza te coloca entre ellos, y no para juzgarlos ni castigaros, y
menos aún para encerrarlos".
En Vicennes permanece encerrado entre
1778 y 1785. Luego es trasladado a la Bastilla hasta pocos días antes de
la revolución. Lo que impidió que el marqués de Sade se encontrase en la
Bastilla el histórico día en que fue asaltada es curioso y guarda
incluso una cierta relación con el propio asalto.
Es bien sabido lo maniático que era el marqués con ciertos detalles y
costumbres, una de las cuales era la del paseo. Siempre necesitó
moverse, estar al aire libre y realizar ejercicio; pero especialmente
durante su encierro, el paseo diario se había convertido en una
necesidad. Un día, las autoridades de la Bastilla decidieron negárselo y
el marqués, furioso, cogió un hierro y comenzó a golpear los barrotes de
su celda, que daba a la calle, para llamar la atención de las personas
que paseaban por allí, gritando que los presos estaban siendo degollados
por sus carceleros. Ante los enormes problemas que ocasionaba, las
autoridades decidieron trasladarlo al manicomio de Charenton. No duró
mucho tiempo allí, ya que a los pocos días, el pueblo toma la Bastilla y
libera a los pesos del antiguo régimen, devolviendo al maqués de Sade,
como a tantos otros franceses, la libertad.
El período revolucionario
Nada más ser liberado el marqués, su
mujer se apresura a separarse de él, no se sabe bien por qué. El caso es
que el ciudadano Sade se encuentra totalmente libre y desligado de sus
anteriores vínculos, pero al mismo tiempo aislado y sin recursos. Ante
las nuevas ideas que dominan Francia y la situación tan peligrosa para
un antiguo noble, decide adoptar la profesión de escritor. A partir de
ahora será "M. Sade, homme de lettres". Se apunta en la Sociedad de
Autores y dedica todos sus esfuerzos a que se representen sus obras de
teatro.
Vale la pena dedicar un poco de atención a estas obras, porque sin ellas
nuestro concepto sobre la calidad literaria del marqués y el análisis de
su personalidad podrían quedar deformados. Son obras de teatro inocentes
y "normales", como las que habría podido escribir cualquier otro autor,
y no peores, por lo que se dice. Desgraciadamente, la fama de las
novelas sádicas es tan grande que las ha ocultado hasta el punto de que
a menudo se las ignora. Yo, al menos, no sé ni siquiera si existe alguna
traducción al castellano de alguna de ellas, y no lo creo. Parece como
si nuestro siglo se esforzase en fijarse en lo que el siglo de Sade
quiso ignorar y viceversa. Se critica a Sade por su libros escandalosos,
cuyas ediciones y traducciones se multiplican y, en cambio, se ignoran
estos otros, considerándolos poco interesantes. El caso es que, a pesar
de su inocencia, algunas de estas obras fueron rechazadas por cuestiones
morales, con unos argumentos que hoy nos parecerían inauditos, pero que
en ese momento, con los ánimos tan exaltados como estaban ante la
situación del país, eran comprensibles. Curiosamente, la más inmoral de
todas, la historia del conde Oxtiern, fue la primera en representarse,
no sin un cierto escándalo.
Paralelamente, pero a escondidas, Sade trabajaba en la redacción y
publicación de sus novelas (Justine, Aline y Valcour, Juliette,..). El
carácter radical de muchas de estas obras obligó siempre a Sade a
esconderse y a negar ser el autor de tales manuscritos. La misma Justine,
a pesar de ser indiscutiblemente suya y su obra más famosa, siempre
sufrió este rechazo. Ya estaba la situación bastante delicada como para
atreverse a declararse autor de libros como estos. Si los publicaba era,
en gran parte, porque necesitaba el dinero. Ocurre que, aunque de manera
más o menos velada, las novelas picantes gozaban de cierto prestigio en
una parte del público, y Sade ve en ello una buena oportunidad de
conseguir el dinero que tanto necesita. Sin embargo, no quiere que se le
confunda con la mayoría de escritores eróticos, a los que desprecia
extraordinariamente. En la Historia de Juliette comenta las obras de
estos autores, considerándolas miserables folletos hechos en los cafés y
burdeles, que prueban en sus mezquinos autores dos vacíos a la vez: el
de la mente y el del estómago. La lujuria, hija de la opulencia y la
superioridad, sólo puede ser tratada por personas de cierto temple,...
por individuos en fin, que, acariciados primero por la naturaleza, lo
sean a continuación después por la fortuna por haber ensayado ellos
mismos lo que nos traza con su pincel lujurioso; y esto es absolutamente
imposible para los granujas que nos inundan con los despreciables
folletos de los que hablo.
En este momento es cuando conoce a Marie-Constance Renelle, a la que
dedica Justine. Esta mujer a la que el apoda "Sensible", estaba casada
con un tal Quesnet, que marchó a las indias, dejándola a ella y a su
hijo en Francia. Sade sintió un gran afecto por ella y la contrató como
ama de llaves. Incluso le leía sus obras para que ella diese su opinión,
igual que hacía Rousseau. Constance se convirtió a partir de entonces en
su mujer de hecho, y le ofreció un valioso apoyo en los momentos
difíciles. Vale la pena reproducir unas frases que el marqués dirigió al
hijo de Constance:
"Piensa, amigo mío, que la existencia de
tu madre se ha repartido para componer la tuya: esta existencia de que
disfrutas sólo es, hablando con propiedad, una emanación de la suya...
Piensa, amigo mío, que el tributo de ternura y respeto que le debes no
es nada comparado con los cuidados que te ha prodigado... Te he dicho a
menudo que una madre es una amiga que la naturaleza sólo nos da una vez
y que nada en el mundo puede sustituir cuando tenemos la desgracia de
perderla. Entonces no encontramos nada que pueda ocupar su lugar; los
rasgos envenenados de los hombres, su maldad, sus calumnias, su
perversidad, nos alcanzan sin obstáculo. Nos refugiamos en el seno de
una amigo, de una esposa, pero ¡qué diferencia, mi querio Quesnet! Ya no
encontramos las atenciones desinteresadas de una madre, esta
sensibilidad preciosa, no alterada por ningún interés particular. En una
palabra amigo mío, ya no son las manos de la naturaleza."
Durante los difíciles años de la
revolución francesa, se ve obligado, como tantos otros, a abandonar las
viejas costumbres e ideales y acoplarse a los nuevos tiempos. Sin
embargo, Sade nunca dejó de ser un aristócrata. Ya fuese un niño jugando
en el palació de los Condé, un marqués provenzal residente en el
castillo de la Coste, un prisionero en Vicennes o un ciudadano en las
calles de París, siempre fue un noble y siempre despreció al pueblo.
Cuando se le dice que hay que fijarse en los méritos de la persona, y no
en su pasado, responde:
"Es cierto cuando las virtudes hacen
olvidar su nacimiento; entonces hay que estimarles incluso más que al
noble inútil o ignorante que, al no ofrecer a la sociedad más que el
pergamino merecido por sus antepasados, sólo se presenta para hacer
notar más la diferencia entre él y sus abuelos. Pero cuando el hijo de
un jardinero de Virty, el de un banquero de Avignon, o el de un alguacil
de esclavos de galera, recién salidos de la bajeza y la crápula, sólo
aportan a los puestos donde su bajeza les ha colocado los vicios
vergonzosos de su origen, todo los sumerge de nuevo sin que se den
cuenta en el fétido pantano adonde les condenó la Naturaleza, y su nariz
que asoma a la superficie de la tierra les da el aspecto, creo yo, de un
sapo asqueroso y sucio que intenta salir del fango y sólo consigue
hundirse todavía más y confundirse con él."
Se cuenta también una anécdota por sí
misma insignificante, pero que permite hacerse una idea de la visión tan
romántica de la vida que tenía el marqués. Un día trasladaban a Luis XVI
en su carroza, poco antes de ser condenado, y en ese momento un hombre
se acerca rápidamente a ella, echa una carta por la ventanilla y
desaparece entre la multitud. Este hombre era el marqués de Sade. La
carta se titulaba Petición de un ciudadano de París al rey de los
franceses, y en ella el marqués le reprochaba el despotismo de su
reinado y le pedía que, si volvía a reinar como antes, lo hiciese
pensando más en la nación y no en los propios intereses de la corte.
Otra muestra de su carácter la dio en el momento en el que el pueblo
decide quemar los archivos en los que se guardan los títulos
nobiliarios. Su primera reación entonces es escribir a Gaufridy, su
notario, pidiéndole que abandone cualquier otra tarea (a pesar de lo
apurado de la situación) y se ocupe ante todo de conservar sus papeles.
Sin embargo, dadas las circunstancias, decide ejercer en la práctica el
oficio de actor que tanto le gusta, y se hace pasar por un
revolucionario. Se une a la causa aportando sus dotes literarias e
incluso llega a ser presidente de su sección. Los discursos que redacta
en aquella época, defendiendo las ideas revolucionarias, la mayoría de
las cuales son diametralmente opuestas a las suyas, revelan, por un lado
el riesgo al que estaba sometido, y por otro lo mucho que se debió
divertir representando esa pantomima. Sobre sus opiniones respecto a la
revolución, se ha conservado una carta que, probablemente, es más
sincera que sus declaraciones públicas:
"A este respecto, no vayais a tomarme por
un "enragè". Os aseguro que soy simplemente imparcial, enfadado de haber
perdido mucho, más enfadado aún de ver a mi soberano con grilletes,
desconcertado por lo que vos, caballeros de provincias, no conoceis ni
por las tapas: que es imposible hacer y seguir haciendo bien las cosas
mientras las sanciones del monarca sean reprimidas por treinta mil
espectadores armados y veinte piezas de artillería; pero añorando muy
poco, por otra parte, al antiguo régimen. Está claro que me ha hecho
demasiado desgraciado para que lo llore. Tal es mi profesión de fe, y la
hago sin temor."
Un buen día, sin embargo, se ve obligado
a abandonar su puesto de presidente. Se discutía sobre la pena de muerte
y al marqués le impresionó tanto la sola idea de la guillotina, que se
mareó y tuvo que abandonar la sala. Este y otros incidentes minúsculos e
insignificantes por sí mismos, pero que, en épocas como estas, resultan
tan importantes, acabaron haciendo sospechar a sus camaradas, que
comenzaron a mover hilos para que fuese condenado como enemigo de la
revolución.
Sorprende sin duda ver al marqués marearse ante la idea de la pena de
muerte, él que ha escrito obras plagadas de crímenes y atrocidades. ¿A
qué se debe esta disparidad? Nunca se sabrá, pero quizás resulte más
comprensible si pensamos en la diferencia que separa al crimen del
libertino, realizado por placer, con premeditación, y con mil detalles
destinados a excitar la sensibilidad, del crimen de estado, frío y seco,
que pretende justificarse a sí mismo como necesario, como una
consecuencia de ciertas leyes que limitan la libertad del hombre y que,
bajo la apariencia de defender el orden y la paz de la sociedad,
esconden la tiranía de quienes tienen poder suficiente para imponerlas.
El marqués de Sade fue, más que un ilustre libertino, un ilustre
defensor de la libertad del ser humano, un enemigo de las restricciones
impuestas por la sociedad, un hombre que se planteó siempre la cuestión
de hasta dónde puede llegar una persona que pueda llevar a la práctica
sus caprichos, sin que las pesadas normas que le imponen sus
conciudadanos vengan a restringirlos. De ahí que para él la pena de
muerte fuese la máxima aberración.
Bajo el Terror de Robespierre, Sade es arrestado y se le envía a la
guillotina. Varias acusaciones estúpidas, que pretenden desenterrar los
hechos por los que ya cumplió condena bajo la monarquía, vienen a
desembocar en una acusación que lo considera enemigo de la revolución.
Con eso basta en esta época para morir. El propio marqués escribió:
"Es preciso ser prudente con la
correspondencia, jamás el despotismo abrió tantas cartas como abre ahora
la libertad."
De este modo, el terrible marqués, que ya
ha pasado media vida en prisión por culpa de ciertas faltas
insignificantes y que no ha perjudicado a nadie tras la toma de la
Bastilla e incluso ha apoyado la causa revolucionaria, es conducido
hacia la muerte, al igual que muchos otros inocentes, por los discípulos
de Rousseau, por los defensores de la libertad. Sin embargo, en el
último momento, cuando ya le llevaban en el carro junto a los otros
condenados, las autoridades le dejan en libertad. ¿Por qué? Se especula
con hipótesis referentes a la incompetencia burocrática del momento, al
caos reinante, o también a las acciones de Constance que, desde fuera,
hacía cuanto podía para que el marqués fuese liberado. Sea como fuere,
Sade se libró de la muerte y decidió apartarse totalmente de la
política, en vista de lo inestable de la situación.
El escritor
Nada más ser liberado el marqués, su
mujer se apresura a separarse de él, no se sabe bien por qué. El caso es
que el ciudadano Sade se encuentra totalmente libre y desligado de sus
anteriores vínculos, pero al mismo tiempo aislado y sin recursos. Ante
las nuevas ideas que dominan Francia y la situación tan peligrosa para
un antiguo noble, decide adoptar la profesión de escritor. A partir de
ahora será "M. Sade, homme de lettres". Se apunta en la Sociedad de
Autores y dedica todos sus esfuerzos a que se representen sus obras de
teatro.
Vale la pena dedicar un poco de atención a estas obras, porque sin ellas
nuestro concepto sobre la calidad literaria del marqués y el análisis de
su personalidad podrían quedar deformados. Son obras de teatro inocentes
y "normales", como las que habría podido escribir cualquier otro autor,
y no peores, por lo que se dice. Desgraciadamente, la fama de las
novelas sádicas es tan grande que las ha ocultado hasta el punto de que
a menudo se las ignora. Yo, al menos, no sé ni siquiera si existe alguna
traducción al castellano de alguna de ellas, y no lo creo. Parece como
si nuestro siglo se esforzase en fijarse en lo que el siglo de Sade
quiso ignorar y viceversa. Se critica a Sade por su libros escandalosos,
cuyas ediciones y traducciones se multiplican y, en cambio, se ignoran
estos otros, considerándolos poco interesantes. El caso es que, a pesar
de su inocencia, algunas de estas obras fueron rechazadas por cuestiones
morales, con unos argumentos que hoy nos parecerían inauditos, pero que
en ese momento, con los ánimos tan exaltados como estaban ante la
situación del país, eran comprensibles. Curiosamente, la más inmoral de
todas, la historia del conde Oxtiern, fue la primera en representarse,
no sin un cierto escándalo.
Paralelamente, pero a escondidas, Sade trabajaba en la redacción y
publicación de sus novelas (Justine, Aline y Valcour, Juliette,..). El
carácter radical de muchas de estas obras obligó siempre a Sade a
esconderse y a negar ser el autor de tales manuscritos. La misma Justine,
a pesar de ser indiscutiblemente suya y su obra más famosa, siempre
sufrió este rechazo. Ya estaba la situación bastante delicada como para
atreverse a declararse autor de libros como estos. Si los publicaba era,
en gran parte, porque necesitaba el dinero. Ocurre que, aunque de manera
más o menos velada, las novelas picantes gozaban de cierto prestigio en
una parte del público, y Sade ve en ello una buena oportunidad de
conseguir el dinero que tanto necesita. Sin embargo, no quiere que se le
confunda con la mayoría de escritores eróticos, a los que desprecia
extraordinariamente. En la Historia de Juliette comenta las obras de
estos autores, considerándolas miserables folletos hechos en los cafés y
burdeles, que prueban en sus mezquinos autores dos vacíos a la vez: el
de la mente y el del estómago. La lujuria, hija de la opulencia y la
superioridad, sólo puede ser tratada por personas de cierto temple,...
por individuos en fin, que, acariciados primero por la naturaleza, lo
sean a continuación después por la fortuna por haber ensayado ellos
mismos lo que nos traza con su pincel lujurioso; y esto es absolutamente
imposible para los granujas que nos inundan con los despreciables
folletos de los que hablo.
En este momento es cuando conoce a Marie-Constance Renelle, a la que
dedica Justine. Esta mujer a la que el apoda "Sensible", estaba casada
con un tal Quesnet, que marchó a las indias, dejándola a ella y a su
hijo en Francia. Sade sintió un gran afecto por ella y la contrató como
ama de llaves. Incluso le leía sus obras para que ella diese su opinión,
igual que hacía Rousseau. Constance se convirtió a partir de entonces en
su mujer de hecho, y le ofreció un valioso apoyo en los momentos
difíciles. Vale la pena reproducir unas frases que el marqués dirigió al
hijo de Constance:
"Piensa, amigo mío, que la existencia de
tu madre se ha repartido para componer la tuya: esta existencia de que
disfrutas sólo es, hablando con propiedad, una emanación de la suya...
Piensa, amigo mío, que el tributo de ternura y respeto que le debes no
es nada comparado con los cuidados que te ha prodigado... Te he dicho a
menudo que una madre es una amiga que la naturaleza sólo nos da una vez
y que nada en el mundo puede sustituir cuando tenemos la desgracia de
perderla. Entonces no encontramos nada que pueda ocupar su lugar; los
rasgos envenenados de los hombres, su maldad, sus calumnias, su
perversidad, nos alcanzan sin obstáculo. Nos refugiamos en el seno de
una amigo, de una esposa, pero ¡qué diferencia, mi querio Quesnet! Ya no
encontramos las atenciones desinteresadas de una madre, esta
sensibilidad preciosa, no alterada por ningún interés particular. En una
palabra amigo mío, ya no son las manos de la naturaleza."
Durante los difíciles años de la
revolución francesa, se ve obligado, como tantos otros, a abandonar las
viejas costumbres e ideales y acoplarse a los nuevos tiempos. Sin
embargo, Sade nunca dejó de ser un aristócrata. Ya fuese un niño jugando
en el palació de los Condé, un marqués provenzal residente en el
castillo de la Coste, un prisionero en Vicennes o un ciudadano en las
calles de París, siempre fue un noble y siempre despreció al pueblo.
Cuando se le dice que hay que fijarse en los méritos de la persona, y no
en su pasado, responde:
"Es cierto cuando las virtudes hacen
olvidar su nacimiento; entonces hay que estimarles incluso más que al
noble inútil o ignorante que, al no ofrecer a la sociedad más que el
pergamino merecido por sus antepasados, sólo se presenta para hacer
notar más la diferencia entre él y sus abuelos. Pero cuando el hijo de
un jardinero de Virty, el de un banquero de Avignon, o el de un alguacil
de esclavos de galera, recién salidos de la bajeza y la crápula, sólo
aportan a los puestos donde su bajeza les ha colocado los vicios
vergonzosos de su origen, todo los sumerge de nuevo sin que se den
cuenta en el fétido pantano adonde les condenó la Naturaleza, y su nariz
que asoma a la superficie de la tierra les da el aspecto, creo yo, de un
sapo asqueroso y sucio que intenta salir del fango y sólo consigue
hundirse todavía más y confundirse con él."
Se cuenta también una anécdota por sí
misma insignificante, pero que permite hacerse una idea de la visión tan
romántica de la vida que tenía el marqués. Un día trasladaban a Luis XVI
en su carroza, poco antes de ser condenado, y en ese momento un hombre
se acerca rápidamente a ella, echa una carta por la ventanilla y
desaparece entre la multitud. Este hombre era el marqués de Sade. La
carta se titulaba Petición de un ciudadano de París al rey de los
franceses, y en ella el marqués le reprochaba el despotismo de su
reinado y le pedía que, si volvía a reinar como antes, lo hiciese
pensando más en la nación y no en los propios intereses de la corte.
Otra muestra de su carácter la dio en el momento en el que el pueblo
decide quemar los archivos en los que se guardan los títulos
nobiliarios. Su primera reación entonces es escribir a Gaufridy, su
notario, pidiéndole que abandone cualquier otra tarea (a pesar de lo
apurado de la situación) y se ocupe ante todo de conservar sus papeles.
Sin embargo, dadas las circunstancias, decide ejercer en la práctica el
oficio de actor que tanto le gusta, y se hace pasar por un
revolucionario. Se une a la causa aportando sus dotes literarias e
incluso llega a ser presidente de su sección. Los discursos que redacta
en aquella época, defendiendo las ideas revolucionarias, la mayoría de
las cuales son diametralmente opuestas a las suyas, revelan, por un lado
el riesgo al que estaba sometido, y por otro lo mucho que se debió
divertir representando esa pantomima. Sobre sus opiniones respecto a la
revolución, se ha conservado una carta que, probablemente, es más
sincera que sus declaraciones públicas:
"A este respecto, no vayais a tomarme por
un "enragè". Os aseguro que soy simplemente imparcial, enfadado de haber
perdido mucho, más enfadado aún de ver a mi soberano con grilletes,
desconcertado por lo que vos, caballeros de provincias, no conoceis ni
por las tapas: que es imposible hacer y seguir haciendo bien las cosas
mientras las sanciones del monarca sean reprimidas por treinta mil
espectadores armados y veinte piezas de artillería; pero añorando muy
poco, por otra parte, al antiguo régimen. Está claro que me ha hecho
demasiado desgraciado para que lo llore. Tal es mi profesión de fe, y la
hago sin temor."
Un buen día, sin embargo, se ve obligado
a abandonar su puesto de presidente. Se discutía sobre la pena de muerte
y al marqués le impresionó tanto la sola idea de la guillotina, que se
mareó y tuvo que abandonar la sala. Este y otros incidentes minúsculos e
insignificantes por sí mismos, pero que, en épocas como estas, resultan
tan importantes, acabaron haciendo sospechar a sus camaradas, que
comenzaron a mover hilos para que fuese condenado como enemigo de la
revolución.
Sorprende sin duda ver al marqués marearse ante la idea de la pena de
muerte, él que ha escrito obras plagadas de crímenes y atrocidades. ¿A
qué se debe esta disparidad? Nunca se sabrá, pero quizás resulte más
comprensible si pensamos en la diferencia que separa al crimen del
libertino, realizado por placer, con premeditación, y con mil detalles
destinados a excitar la sensibilidad, del crimen de estado, frío y seco,
que pretende justificarse a sí mismo como necesario, como una
consecuencia de ciertas leyes que limitan la libertad del hombre y que,
bajo la apariencia de defender el orden y la paz de la sociedad,
esconden la tiranía de quienes tienen poder suficiente para imponerlas.
El marqués de Sade fue, más que un ilustre libertino, un ilustre
defensor de la libertad del ser humano, un enemigo de las restricciones
impuestas por la sociedad, un hombre que se planteó siempre la cuestión
de hasta dónde puede llegar una persona que pueda llevar a la práctica
sus caprichos, sin que las pesadas normas que le imponen sus
conciudadanos vengan a restringirlos. De ahí que para él la pena de
muerte fuese la máxima aberración.
Bajo el Terror de Robespierre, Sade es arrestado y se le envía a la
guillotina. Varias acusaciones estúpidas, que pretenden desenterrar los
hechos por los que ya cumplió condena bajo la monarquía, vienen a
desembocar en una acusación que lo considera enemigo de la revolución.
Con eso basta en esta época para morir. El propio marqués escribió:
"Es preciso ser prudente con la
correspondencia, jamás el despotismo abrió tantas cartas como abre ahora
la libertad."
De este modo, el terrible marqués, que ya ha pasado media
vida en prisión por culpa de ciertas faltas insignificantes y que no ha
perjudicado a nadie tras la toma de la Bastilla e incluso ha apoyado la
causa revolucionaria, es conducido hacia la muerte, al igual que muchos
otros inocentes, por los discípulos de Rousseau, por los defensores de
la libertad. Sin embargo, en el último momento, cuando ya le llevaban en
el carro junto a los otros condenados, las autoridades le dejan en
libertad. ¿Por qué? Se especula con hipótesis referentes a la
incompetencia burocrática del momento, al caos reinante, o también a las
acciones de Constance que, desde fuera, hacía cuanto podía para que el
marqués fuese liberado. Sea como fuere, Sade se libró de la muerte y
decidió apartarse totalmente de la política, en vista de lo inestable de
la situación.
Fuente El divino marqués - el_divino_marques@yahoo.es |