Ella tenía un rostro muy hermoso que,
lo supe enseguida, me perseguiría hasta el fin de mi
vida con su aire de indefinible tristeza... Frente a
semejante esplendor, no pude dejar de pensar en el
encuentro entre Mushkine y Nastasia en El idiota, cuando
él experimenta terror, piedad, amor. Ella vestía lo más
sobrio de la moda de ese verano, pero hasta yo misma me
di cuenta del sello de un gran couturier parisiense. Me
pidió enseguida que la llamara Annemarie y nos
convertimos inmediatamente en amigas. A su pedido, la
volví a ver al día siguiente.” Así describió Carson
McCullers su encuentro en octubre de 1940 con la suiza
Annemarie Schwarzenbach, escritora, periodista,
fotógrafa, arqueóloga, cuya vida y obra comenzaron a ser
recuperadas, investigadas y exaltadas en los –’90, más
de cincuenta años después de su muerte acaecida en 1942,
a los 34.
La genial escritora norteamericana, de 23, acababa de
llegar a Nueva York gracias al suceso de su primera
novela, El corazón es un cazador solitario. El hecho de
que Carson estuviera con su marido no impidió que la
joven se enamorase locamente de la bella y seductora
Annemarie, de 32. Pero la suiza mantenía por ese
entonces un tormentoso affaire con la exiliada alemana
Margot von Opel, también casada (con el riquísimo
industrial del mismo apellido), y no pudo corresponder a
la pasión de Carson McCullers, aunque se encariñó mucho
y apreció, además de su novela, las afinidades que las
acercaban: ambas habían publicado su primer libro a los
23, habían dejado una prometedora carrera de pianistas y
sufrido la dominación de madres autoritarias y
posesivas, ambas escribían sobre la soledad y el ansia
desesperada de amor. A Annemarie, en contra de toda
forma de discriminación desde muy joven, la conmovió el
espíritu sensible y democrático de Carson, capaz de
“poner en escena a personajes negros con la misma
precisión y sencillez, y en el mismo plano que a los
personajes blancos”.
Corresponsal en los Estados Unidos de varios
periódicos suizos, AS envió pronto su elogioso artículo
sobre la autora de El corazón..., en cuya primera
versión, no publicada, incluía parte de una carta que le
enviara CM hablándole de sus búsquedas y metas
literarias. Poco después, tiene lugar la separación de
las dos amigas, y entonces Annemarie le escribe a Klaus
Mann, su amigo del alma: “Pensé que estaba manejando
este asunto con prudencia y tacto, pero ella está tan
convencida de que soy su destino... Y ahora su marido la
ha dejado a causa de esta situación. Margot tiene razón
al pensar que una no es del todo irresponsable cuando
suceden episodios como éste”. En realidad, fue Carson
McCullers la que dejó a su esposo Reeves y se fue sola a
Vermont, a un importante encuentro de escritores. A su
regreso, intentó vanamente reencontrarse con Annemarie,
quien le confió su preocupación por carta al editor
Robert Linscott: “Me apena no estar en condiciones de
hacer algo por Carson. La quiero profundamente, desearía
que el mundo le resultara más fácil de afrontar, que
nunca nadie le hiciera daño. Pero ella es una candidata
segura a no poder admitir ciertas realidades”.
Ciertamente, AS sabía muy bien, en carne propia, de qué
estaba hablando.
Sin rencores, Carson McCullers le dedicaría su
segunda, magnífica novela Reflejos en un ojo dorado
(1941) para júbilo de Annemarie (“Que un talento tan
grande como el tuyo exista, que un libro como éste sea
leído, Carson querida, será una compensación para mí”,
le escribió desde el Africa. “Acuérdate de los momentos
en que nos comprendimos, cuánto nos quisimos. No olvides
nunca esta terrible obligación de escribir, no te dejes
estar y cuídate mucho”). Años después, en un ensayo,
Carson McCullers anotaría refiriéndose nuevamente al
aspecto de su amada, ya muerta: “Su cara era un
Donatello, su fino pelo como el de un muchacho, su
mirada azul oscuro te examinaba lentamente, su boca era
infantil y dulce”. Y Annemarie evocaría de Carson “su
rostro pálido de niña, sus grandes ojos grises
soñadores, su expresión inteligente e inocente, a la vez
triste y llena de osadía”.
El año próximo se cumple el centenario del nacimiento
de Annemarie Schwarzenbach, nacida el 23 de mayo de 1908
en Zurich, hija de un poderoso industrial textil de la
seda, Alfred Schwarzenbach, y de Renée Wille (hija del
general Ulrico Wille y de Clara von Bismarck, parienta
del canciller). Tercera entre cinco hijos e hijas,
Annemarie recibió instrucción primaria a domicilio, en
la suntuosa propiedad rural de Bocken. También aprendió
a tocar el piano y equitación. A partir de 1923, estuvo
un par de años en una escuela privada secundaria y
empezó a escribir para la revista del movimiento
Wandervogel. Luego estudió dos años en el instituto para
mujeres de Fetan donde obtuvo el título de bachiller. En
1928 logró viajar a París y hacer varios cursos en la
Sorbona. A los 21, publicó la nouvelle Erik en el diario
Neue Zürcher Zeitung, de Zurich, donde al año siguiente
le aceptaron un ensayo sobre la juventud. En 1930 conoce
a personas que tendrán mucho peso en su vida como Claude
Bourdet y Erika Mann –hija del escritor Thomas Mann–, de
quien se enamora sin reciprocidad, aunque ambas mujeres
mantienen una amistad con altibajos a lo largo de los
años. En ese mismo año escribe la nouvelle Ruth y se
encuentra con Klaus Mann, hermano de Erika. En 1931,
termina su doctorado de historia y aparece su primera
novela, Los amigos de Bernhard, mientras prepara otra
obra de ficción, hoy perdida. Comienza a trabajar en
periodismo y a viajar asiduamente.
A los 25, las cartas de la vida de Annemarie
Schwarzenbach están echadas: asumido el compromiso
antifascista, iniciada en el consumo de morfina,
estrechados los lazos de amistad con los hermanos Mann
con quienes comparte la actuación contra el nazismo,
amistades amorosas con varias mujeres, crisis de salud
agravadas por su dependencia de las drogas y el alcohol,
viajes en todas direcciones, vocación indeclinable por
la literatura, gusto por la investigación periodística
desde los más diversos enfoques, relación muy
conflictiva con esa madre tremenda que pretende
modelarla como un objeto artístico a su antojo, y que no
soporta que la chica (que está de acuerdo con ella en el
entusiasmo por los caballos y la música) se le escurra
de las manos a través de largos viajes a países exóticos
y lejanos, y –sobre todo– por medio de la literatura,
ese territorio donde Annemarie empieza a revelar
secretos que la “generala”, deseosa de salvar la fachada
aristocrática de cualquier escándalo, preferiría guardar
celosamente. De hecho, buena parte de los diarios
íntimos y otros textos de la escritora, muerta a los 34
por causa de una caída de la bicicleta, fueron hechos
desaparecer por su madre y su abuela, dos guardianas de
la compostura exterior.
En los ’90, pues, Annemarie Schwarzenbach comienza a
ser redescubierta y valorada, aparece una serie de
biografías, entre las cuales la de Vinciane Moescheler
(2000) y la de Dominique Laure Miermont (2004) publicada
por Payot, editorial francesa que ha dado a conocer
varios libros de AS. Asimismo se consigue en castellano
la historia de vida novelada Ella, tan amada, editada en
España por Anagrama (2006), de Melania G. Mazzucco,
basada en datos verídicos pero escrita en una especie de
trance mediúmnico. Uno de los viajes de AS a Oriente
inspiró el film The Journey to the Kafiristan (2001), de
Fosco Dubini.
El torbellino de una vida
Una de las fotos más misteriosas y turbadoras de
Annemarie Schwarzenbach –tan fotogénica ella sin una
brizna de maquillaje– es la que le tomó Marianne
Breslauer, discípula de Man Ray, en Berlín, 1932. Look
de efebo a lo Tadzio (el adolescente de Muerte en
Venecia, la novela de Thomas Mann filmada por Luchino
Visconti), poquitos años después de cruzarse con Gustav
von Aschenbach: el pelo corto al desgaire, la mirada
triste puesta en otra parte, la mitad del rostro en
sombra. “Ella me hizo el mismo efecto que a todo el
mundo con su extraña mezcla de hombre y mujer”, declaró
Breslauer en 2001, poco antes de morir. “Para mí,
Annemarie correspondía a la imagen del arcángel Gabriel
en el Paraíso... No del todo un ser vivo sino una obra
de arte.”
Es precisamente la foto que Annemarie le envía a
fines de 1934 a Claude Acchille Clarac, el diplomático
francés con quien se casará en Teherán, 1935, un
matrimonio que convenía a ambos en esa época –a él le
gustaban los hombres, quizá menos que a ella las
mujeres– y le aseguraba a Annemarie la nacionalidad
francesa, un posible recurso frente al ascendente
nazismo. En la dedicatoria, después de señalarle que su
madre Renée detestaba esa imagen debido a su apariencia
un poco mórbida, pregunta maliciosa: “¿Acaso tú,
querido, soportarás esa mirada? Es mi lado tenebroso...”
La poeta Catherine Pozzi, uno de los amores de Paul
Valéry, conoció a AS al año siguiente de haber sido
hecha esa extraordinaria foto y le escribió a su hijo
Claude Bourdet (quien poco después caería flechado por
la rubia fatalmente ambigua): “Cuánta gracia en ese
rostro serio, aunque su mirada irradia inquietud, como
solicitada por invisibles penas... Cerca de ella se
tiene un curioso sentimiento de inestabilidad, como si
trasmitiera el mal de Europa”. Obviamente, la poeta
percibió en ella el reflejo de los conflictos crecientes
que agitaban Europa.
La belleza enigmática, equívoca de la suiza viajera
con sed de infinito fascinaba a su paso, provocaba
comentarios de admiración, asociaciones con lo angélico
pese a su conducta escandalosa, a sus amores cambiantes,
a su afición a las drogas y el alcohol. El poeta Roger
Martin du Gard la vio como “un ángel inconsolable” y,
para no ser menos, Thomas Mann –que tenía debilidad por
ella y la nombra varias veces en su diario– la describió
como “un ángel devastado”.
Entre los múltiples talentos de Annemarie figuraba su
destreza para tocar el piano, desarrollada desde muy
chica bajo la mirada exigente de su madre, melómana
fervorosa que se desvivía por las óperas de Wagner, y
también por una mezzo alemana que las interpretaba, Emma
Krüger, a quien había conocido en 1910 haciendo
Lohengrin. Renée se rindió ante su voz y su calidad
interpretativa y mantuvo con la cantante una intensa
amistad ante la tolerancia de papá Alfred. Emma disponía
en Bocker del mejor de los cuartos de huéspedes, que
sólo ella (y el personal de limpieza) pisaba, incluida
la sala de baño con grifería de plata. A casa de
Annemarie caían compositores (Richard Strauss, Arthur
Honegger), pianistas (Wilhem Backhaus), directores de
orquesta (Arturo Toscanini, Bruno Walter). Criada en ese
ambiente propicio, con excelentes maestros y muy dotada
como intérprete, no extraña que la chica haya debutado
adolescente en Zurich, tocando el concierto de Schumann.
Su precoz virtuosismo llamó la atención de los
entendidos y una prometedora carrera pareció abrirse.
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Tapa
de la revista “Sie und er”. Noviembre, 1942. Con
Erika Mann. Venezia, 1932. |
Pero en esta etapa también aparece el interés de
Annemarie por la escultura (a la escritura ya se
dedicaba desde niña) para fastidio de mamá Renée, quien
–según le contó AS a Carson McCullers– llegó a golpearla
porque contradecía sus planes, lo que la reafirmó en su
deseo de soltarse de esa tutela sofocante. En el liceo,
la inquieta jovencita adhiere al Wandervogel, movimiento
juvenil neorromántico pro retorno a la naturaleza, de
tendencias pacifistas y socialistas, que cuestiona el
papel del Estado, la Iglesia, la familia, la escuela.
Annemarie escribe varios artículos en la revista del
movimiento, entre los cuales uno titulado El problema de
las muchachas: en tono provocativo y reivindicatorio,
critica la pasividad de las chicas en las discusiones,
la falta de un punto de vista personal, la pereza
mental. “Que los muchachos son más fuertes físicamente,
es algo evidente –anota–, pero en general nosotras las
mujeres no somos en absoluto inferiores a ellos.”
Visionaria a los 17, exhorta a las jóvenes a emanciparse
de la protección masculina, a constituir una fuerza
autónoma.
Adolescente, ya hace estragos en varones y mujeres:
un prestigioso teólogo, el pastor Ernst Merz, se enamora
de ella y se lo confiesa en una carta, pero a Annemarie
sólo le interesa mantener discusiones teológicas con él.
El coup de foudre absoluto lo recibe la estudiante que
ya dejó el piano, aunque no la música, a los 22, en
1930, cuando conoce a Erika Mann, de 25, linda,
dinámica, irónica, segurísima de sí misma, con mucha
iniciativa. Pero la hija del célebre escritor tiene una
fuerte liaison con una actriz, Therese Gieshe. Annemarie
sufre terriblemente por la decepción, a la vez que
comprende que Erika es muy valiosa para perderla, y se
hacen amigas. Una relación a la que pronto se suma Klaus,
el hermano inseparable, tanto que con Erika se hacen
pasar por gemelos. Para el joven, la lucha contra Hitler
es prioridad dominante y Annemarie se pliega convencida.
El Berlín de los tempranos años ’30 es un paraíso a
los ojos de AS: ciudad de gran efervescencia creativa,
suerte de capital artística de Europa en ese momento,
donde se respira el desprejuicio, donde conviven Fritz
Lang, Bertolt Brecht, Marlene Dietrich, Peter Lorre,
Kurt Weill, Max Beckmann..., y donde también la crisis
económica se hace sentir. Annemarie escribe notas
periodísticas, reseñas de películas. Viaja con los Mann
a Venecia, a los países escandinavos, mientras en
Alemania las elecciones legislativas marcan el avance
del partido nazi. En 1932, recibe su bautismo de morfina
en compañía de Klaus y Erika, con quienes lleva a cabo
actividades antifascistas: apoya a ella en el proyecto
del cabaret literario El molinillo de pimienta, que
ofrece sketches de claro contenido crítico. Y más tarde,
cuando Hitler ya ha sido nombrado canciller, se incendió
el Reichstag y empezó el boicot a los negocios judíos,
Annemarie –que está escribiendo El refugio de las cimas–
decide fundar una revista cultural que se convierta en
la voz de la oposición, de los exiliados, de los
perseguidos: Die Sammlung, que dirigirá Klaus Mann. La
publicación aparece el 1º de septiembre de 1933,
apadrinada por André Malraux, Aldous Huxley, Heinrich
Mann. Sin desinteresarse del destino de la revista, a la
que seguirá apoyando y consiguiéndole fondos y
colaboraciones, Annemarie decide viajar por primera vez
a Persia, pero antes va a Barcelona con Marianne
Breslauer. El deseo de Oriente es muy fuerte en ella y
está sostenido por sus conocimientos de arqueología y
sus firmes intereses humanistas. Turquía, Siria, Beirut,
Bagdad, Teherán... Annemarie se siente en armonía con
estos paisajes fuera del tiempo. También se muestra
receptiva, en sus cartas y en sus notas periodísticas, a
sus habitantes, a la situación de las mujeres, al
fatalismo religioso. Vive arriesgadamente, se
emborracha, se droga, visita prostitutas, pero no deja
de enviar sus artículos porque su familia –su madre– le
ha cortado los víveres.
Siempre dispuesta a nuevas aventuras, a su regreso
acompaña a Klaus a un congreso de escritores en Moscú,
en un período de relativa bonanza antes del terror
staliniano. Conoce al director holandés Joris Ivens y
fantasea con la idea de acompañarlo a filmar a la China.
El cabaret de Erika recibe en Zurich un ataque, al
parecer organizado por Renée Schwarzenbach, y Annemarie
toma partido por su amiga, aunque lamenta la ruptura
casi total con su familia. Viaja a Teherán para casarse
pero apenas resiste el papel de esposa de diplomático,
en un acceso de malaria recibe la visita de la hija del
embajador de Turquía y tiene lugar una breve historia de
amor que llevará al libro Muerte en Persia. Al tiempo se
recupera con otra mujer, la norteamericana Barbara
Wright, fotógrafa. Ambas se van a Persépolis, una
estadía feliz hasta que llega el momento de la
separación porque Barbara retorna a su país. Hacia donde
viajará Annemarie en dos oportunidades, en 1936 y 1938,
entre una ida a Persia y otra, quedándose varios meses
en cada oportunidad. En misión periodística, visita
ciudades industriales, investiga la situación de los
trabajadores y los problemas raciales en el sur.
Anita Forres, Gustava Tavez pasan por su vida,
también algunas curas de desintoxicación, antes de que
emprenda viaje a Afganistán con la célebre viajera Ella
Maillart. Una vida errante pero no azarosa, de mucho –y
arriesgado– compromiso político, de búsqueda de paraísos
perdidos reemplazados por paraísos artificiales, de
exaltación del sufrimiento que dio lugar a una
producción literaria de singular lirismo.