Biografías / Biographies
Carl Sagan

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. Biography (Original English) - Carl Sagan’s Life and Legacy as Scientist, Teacher, and Skeptic
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David Morrison

Biografía (Español) - Vida y legado de Carl Sagan como científico, profesor y escéptico - David Morrison -  Traducción de Manuel Hermán -Fuente Ciencia Kanija

En este nuevo recuerdo de Carl Sagan (9 de noviembre de 1934 — 20 de diciembre de 1996), que murió hace diez años, un renombrado científico planetario y colega (y antiguo estudiante de Sagan) recuerda las inmensas contribuciones de Sagan a la investigación planetaria, la comprensión pública y el movimiento escéptico.

Carl Sagan era el científico más conocido en el pasado siglo XX, sirviéndonos como guía a los planetas durante la época dorada de la exploración del Sistema Solar. Fue un visionario y un comprometido defensor del pensamiento científico racional. Sagan murió el 20 de diciembre de 1996, cuando sólo tenía 62 años, y se le ha echado mucho de menos en la pasada década. Además de mi propio conocimiento y comprensión sobre sus contribuciones científicas y escépticas, he hecho un uso extensivo de dos excelentes biografías narrativas de William Poundstone (1999) y Keay Davidson (1999). Poundstone se centra más en la ciencia de Sagan, Davidson en su historia personal. Ninguno de los dos, sin embargo, enfatiza su papel como escéptico.

Sagan fue propulsado en su carrera pública y académica por su enorme talento, buena suerte, y en una intensa fijación en llegar al éxito. La búsqueda de su vida era comprender el Universo, especialmente nuestro sistema planetario, y comunicar la emoción del descubrimiento científico a otros. Profesor por naturaleza, amaba explicar cosas y nunca hizo sentir estúpido a nadie por preguntar. Aunque Sagan tenía unos intereses intelectuales amplios, el objetivo de su carrera dejaba poco tiempo para otras actividades: no jugó al golf ni seguía otros deportes, no cocinaba ni hacía fotografías, cantaba o tocaba algún instrumento, ni pertenecía a ninguna iglesia o sinagoga. Sus dos primeras esposas se quejaron de que dedicaba poco tiempo a sus matrimonios o sus hijos (Davidson 1999). Se centró en los objetivos de su carrera, y de esta forma el mundo se enriqueció.

A muchos científicos les gustaría ser capaces de comunicar al público sus descubrimientos. Sin embargo, pocos se convierten en expertos en explicar temas técnicos en términos que sean comprensibles rápidamente por el público de a pie. Incluso pocos están dispuestos a tomarse el tiempo de contestar pacientemente las preguntas de los periodistas, sentarse para la aplicación de maquillaje en apariciones televisivas, o devolver las llamadas de los reporteros puntualmente aún cuando interrumpa una comida o un experimento de laboratorio. Tal vez les gustaría ser grandes comunicadores, pero carecen de las habilidades y el compromiso. También reconocen que los premios académicos generalmente van a los mejores investigadores, mientras que sólo hay honores limitados a la excelencia en la enseñanza y menos aún para la comunicación pública. Sagan era diferente. Reconoció sus virtudes como profesor y comunicador y decidió hacer de ésto los aspectos principales de su carrera.

Nacido en 1934, Sagan creció en un barrio judío de clase obrera de Nueva York y asistió a escuelas públicas de Nueva York y Nueva Jersey. La Universidad de Chicago le proporcionó una beca de ayuda cuando entró en 1951, y continuó allí durante su trabajo de graduado, recibiendo su doctorado en Astronomía en 1960. Tras dos años como profesor posdoctoral de Biología en Berkeley y Stanford, se unió a la Facultad de Astronomía del Harvard College como Profesor Asistente. Al denegársele un puesto en Harvard, Sagan se marcho a la Universidad de Cornell en 1968, trabajando como Profesor de Astronomía David Duncan y Director del Laboratorio de Estudios Planetarios hasta su muerte en 1996.

Investigación

Aunque es más conocido entre el público como comunicador, Sagan se distinguió primero como investigador científico. Sus logros en investigación facilitaron el que sus compañeros académicos lo aceptasen como portavoz de la ciencia. Sagan amaba el proceso de investigación, especialmente cuando estaba combinado con la exploración de nuevos mundos. Como a menudo apuntaba, sólo una generación tuvo el privilegio de crecer cuando los planetas y sus lunas no eran más que tenues puntos de luz en el cielo nocturno, y verlos emerger como mundos únicos con sus propias historias geológicas y tal vez incluso biológicas. Sagan ayudó a definir dos nuevas disciplinas: la ciencia planetaria y la exobiología. Como principal consultor de la NASA, también ayudó a trazar la exploración del Sistema Solar con astronaves.

Con conocimientos tanto en Astronomía como en Biología, Sagan trajo una amplitud de miras única a los nuevos campos emergentes de la ciencia planetaria y la exobiología. En la época en que recibía su doctorado, su director de tesis Gerard Kuiper reconoció que “Algunas personas trabajan mejor especializándose en un programa principal de laboratorio; otras son mejores relacionando ciencias. El Dr. Sagan pertenece al último grupo” (en Davidson 1999).

Sagan fue una “persona de ideas” y un maestro de los argumentos físicos intuitivos y los cálculos “aproximados”. Normalmente dejaba a otros los detalles, y la mayoría de sus publicaciones fueron colaboraciones. Gran parte de este trabajo estuvo hecho con estudiantes, muchos de los cuales se convirtieron ellos mismos en líderes de las ciencias planetarias. En mucho de su último trabajo, incluyendo el famoso artículo TTAPS sobre el invierno nuclear (más sobre esto más adelante), su nombre aparecía el último en una lista de autores. A lo largo de los años 70 y en los 80, también editó la revista profesional más destacada de ciencias planetarias, Icarus.

Las primeras investigaciones importantes de Sagan trataron de la atmósfera de Venus. Los descubrimientos en radioastronomía hechos cuando estaba en el curso de posgrado sugerían que este planeta tenía una superficie muy caliente, en contraste con las primeras especulaciones sobre que el clima de Venus era más similar al de la Tierra. Parte de la tesis de Sagan consistía en el primer modelo invernadero para la atmósfera, en el cual la opacidad en el alto infrarrojo del dióxido de carbono y vapor de agua producían temperaturas de superficie de cientos de grados mayores de las que habría en el mismo planeta pero sin aire. Durante la década de los 60 mejoró estos modelos, trabajando principalmente con su antiguo estudiante James Pollack, para desarrollar y refinar lo que permanece hasta hoy como comprensión básica de la atmósfera de Venus.

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Marte era otro planeta que interesó a Sagan, y con Pollack modeló la atmósfera y desarrollo la idea, más tarde verificada por la Mariner 9 y la nave Viking, de que los cambios cuasi-estacionales observados en la superficie eran el resultado del soplo del viento sobre el polvo. También escribió una serie de artículos sobre Júpiter, centrándose en la química orgánica atmosférica.

Desde su niñez, Sagan había estado inspirado por el misterio del origen y distribución de la vida. Esta pasión le llevó a estudiar Biología y desarrollar colaboraciones con biólogos de renombre como Stanley Miller, y los galardonados con el primero Nobel Joshua Lederberg y George Muller. En los inicios de su carrera, recibió más aliento por parte de estos biólogos que de los astrónomos, muchos de los cuales consideraban que los estudios planetarios caían en el borde de la ciencia respetable, y que la exobiología quedaba aún más allá. Muchas de sus primeras publicaciones fueron sobre exobiología, y en varias ocasiones especuló sobre la vida no sólo en Marte sino también en Venus, Júpiter, e incluso la Luna. A pesar de incrementar su papel como escéptico científico, se permitió a sí mismo darse el gusto en esta amplia especulación, hasta que sus ideas terminaron dentro del reino de lo posible. Sagan fue también uno de los fundadores del interés internacional en SETI, la búsqueda de inteligencia extraterrestre por microondas, aunque él mismo no llevó a cabo ninguna búsqueda.

NASA valoró las contribuciones de Sagan a la exploración espacial de los planetas durante su “Época Dorada” (aproximadamente 1960–1990). Fue miembro de equipos científicos seleccionados para las misiones Mariner 2, Mariner 9, Viking, Voyager, y Galileo, entre otras. Con su mente rápida y su amplia visión, siembre fue un contribuyente bienvenido en el plan de las sesiones y en la interpretación “a primera vista” que seguía a la primera recepción de los datos de las naves. Su antiguo estudiante Clark Chapman escribió en 1977: “Un hombre con una vívida imaginación, mantiene vivos una amplia variedad de conceptos de entornos planetarios. Sugiriendo a menudo extravagantes alternativas y retando a los tradicionalistas a que las refutaran, ha inspirado dudas sobre muchas teorías aceptadas. El papel de Sagan es esencial para una ciencia saludable ya que el efecto de “subirse al carro” lleva frecuentemente a un consenso prematuro entre los científicos antes de que se hayan considerado alternativas igualmente plausibles, y mucho menos rechazadas racionalmente”.

La propia excitación de Sagan con el proceso del descubrimiento científico queda reflejado en la siguiente cita (Sagan 1973): “Incluso hoy, hay momentos en los que lo que hago me parece un improbable y excepcionalmente agradable sueño: estar involucrado en la exploración de Venus, Marte, Júpiter, y Saturno; intentar duplicar los pasos que llevaron al origen de la vida en una Tierra muy distinta de la que hoy conocemos; aterrizar instrumentos en Marte para buscar vida; y tal vez estar ocupado en un serio esfuerzo para comunicarnos con otros seres inteligentes, si es que están allí, fuera en la oscuridad del cielo nocturno”.

Comunicador y escéptico

Al mismo tiempo que construía una bibliografía envidiable (que creció hasta 250 páginas al final de su vida) y un récord de estudiantes exitosos, Sagan también estableció una creciente reputación como comunicador de la ciencia. Su aspecto juvenil, voz resonante, y capacidad para explicar conceptos científicos de forma que las personas corrientes y estudiantes pudiesen entenderlos hicieron de él un profesor y conferenciante popular. Logró galardones por docencia en Harvard y Cornell, e incluso en las épocas más ocupadas de su vida intentó mantenerse en la docencia de estudiantes universitarios.

En 1966 logró por primera vez una modesta atención nacional con su libro (junto con el astrónomo ruso I. S. Shklovskii) Intelligent Life in the Universe (Vida inteligente en el Universo). Al siguiente año, Sagan escribió un artículo optimista sobre el potencial de la vida en otros planetas para National Geographic, y realizó algunas breves apariciones televisivas. Ya estaba claro para algunos que Sagan encontraría un papel más amplio que el de investigador académico, una preocupación que probablemente contribuyó a la denegación de su plaza por la Universidad de Harvard en 1967. Los estudiantes lo adoraban, pero a algunos colegas les molestaba lo que percibían como un autoengrandecimiento y satisfacción hacia el público. Al contrario que Harvard, la Universidad de Cornell estaba buscando profesores con potencial para el estrellato, y le proporcionaron a Sagan una cátedra y el sólido trampolín académico que necesitaba para su futuro ascenso hacia la fama y la fortuna.

A lo largo de su carrera, Sagan se dedicó a la búsqueda de mejorar la comprensión pública de la naturaleza de la ciencia. Quería que cada ciudadano tuviese un “detector de chorradas” como defensa ante los farsantes del comercio y la política así como en ciencia. Sentía que era tarea de los científicos encarar estos temas de forma clara y pública. En The Cosmic Connection (La conexión cósmica) (1973), incluye extensas discusiones sobre vida extraterrestre así como una astronomía y ciencias planetarias más convencionales, e incluso explora el fenómeno OVNI y los escritos del pseudocosmólogo Immanuel Velikovsky. Sin embargo, Sagan se opuso a las tácticas que menospreciaban las creencias pseudocientíficas o atacaban a la religión, rechazando (por ejemplo) firmar una declaración contra la astrología debido a su tono autoritario.

Su interés en los falsos conceptos sobre ciencia le llevaron a organizar dos simposios públicos sobre temas en el límite de la ciencia en reuniones de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (AAAS). Ambos podría decirse que trataban temas científicos reales, no casos de fraude o extremismo religioso.

El primero de los simposios de la AAAS en 1969, trató de la realidad de los OVNIs Como muchos científicos de su generación, en el instituto, Sagan había estado atraido por la idea de que los OVNIs podrían estar visitándonos. En la AAAS, J. Allen Hynek y James McDonald defendían los estudios OVNI mientras que Sagan, Donald Menzel, y Lester Grinspoon atacaron esta postura. Los proponentes de ambos lados del tema eran científicos, aunque tomaban aproximaciones muy distintas a la interpretación de los anecdóticos informes de los avistamientos OVNI. (El tema de las abducciones alienígenas o contactos directos con extraterrestres, que desde entonces se ha convertido en algo común, no era un tema en aquel momento; el simposio de la AAAS se centró en la interpretación de las luces en movimiento en el cuelo y las señales de radar anómalas.)

Los proponentes de los OVNI argumentaban que incluso aunque no hubiese avistamientos individuales sobre el cual hacer un caso convincente de nave extraterrestre, el gran volumen de informes justificaba el examen y estudio continuado. Por el contrario, Sagan enfatizó la falta de fiabilidad de los testigos, la ausencia de pruebas físicas de OVNIs, y explicaciones alternativas incluyendo alucinaciones y autoengaños. Apuntó que “no existen casos que sean simultáneos y fidedignos ( informado de forma independiente por un gran número de testigos) y muy exóticos (no explicables en términos de fenómenos postulados razonablemente)”, y aplicó un estándar escéptico que a menudo se asocia con su nombre: afirmaciones extraordinarias requieren niveles extraordinarios de pruebas o evidencias.

El simposio de 1974 de la AAAS, sobre el trabajo de Velikovsky, era más arriesgado, dado que el mismo Velikovsky fue invitado a hablar bajo el patrocinio de la AAAS, algo que se tomó como una vindicación. Aunque Sagan promocionó el simposio, en realidad fue organizado por el historiador Owen Gingerich y los astrónomos Ivan King y Donald Goldsmith. La tesis de Velikovsky sobre catástrofes globales causadas por numerosos encuentros planetarios en tiempos históricos era indefendible científicamente pero había atraído un gran seguimiento popular. Al contrario que en el simposio sobre OVNIs, no había científicos que defendiesen esas ideas, publicadas en su libro de 1950 Worlds in Collision (Mundos en colisión descartado por Sagan [1973] como un “romance especulativo”). El anciano de 77 años Velikovsky se enfrentó en persona a sus críticos.

Keay Davidson (1999) describe el simposio en parte como apología de Velikovsky por previos desaires de astrónomos, y en parte un esfuerzo por asegurar al público el pensamiento crítico básico de la ciencia. La confrontación del patriarcal Velikovsky y su joven y descarado crítico fue un conflicto de egos por ambas partes. Sagan afinó sus comentarios, publicados en forma extendido en Scientists Confront Velikovsky (Los científicos se enfrentan a Velikovsky Goldsmith 1977), principalmente para el público y periodismo científico. Según la mayoría de las cuentas él fue el ganador con gran diferencia. Mucho gente acredita este debate como el inicio del fin del culto a Velikovsky, el cual se reduce hot a un puñado de oscuros excéntricos.

Sin embargo, el papel de Sagan le valió ganarse la enemistad de los que apoyaban a Velikovsky. Si mayor pecado era su falta de respeto por el anciano, quien rechazó firmemente aceptar ninguna modificación a sus puntos de vista de por entonces una antigüedad de un cuarto de siglo. La crítica de Sagan a Worlds in Collision también fue castigada por los seguidores de Velikovsky por su fallo en dirigirse contra todas sus afirmaciones, y por algunos descuidados cálculos que nunca fueron corregidos en los comentarios publicados por Sagan. Este simposio ha sido analizado extensivamente (por ejemplo, Bauer 1984), y aún eleva preguntas sin respuesta sobre las formas más efectivas de rebatir a los pseudocientíficos. Escenarios similares se repiten hoy con los científicos que debaten contra el creacionismo y el diseño inteligente. A veces me pregunto si Sagan se habría aventurado en esta cueva del león, y de hacerlo cómo habría sido un debate entre él y, digamos, el creacionista Duane Gish.

Ambos simposios de la AAAS tuvieron una alta cobertura mediática y contribuyeron a un creciente reconocimiento público. Un nuevo empuje llegó en 1973 con la publicación de The Cosmic Connection (La conexión cósmica), descrito en Science (Hartmann 1974) como “treinta y nueve genuinas excelentes conversaciones de sobremesa con Sagan”. Este descripción era más precisa de lo que el crítico pudiese haber pensado. Este libro, como todos los de Sagan, fue dictado. Al crear sus libros y artículos populares de esta forma, Sagan desarrolló simultáneamente sus habilidades únicas como orador y escritor. En sus conferencias, los oyentes quedaban impresionados por sus frases cuidadosamente construidas, y por la forma en que sus charlas (pronunciadas sin notas) estaban tan bien organizadas. El dictado resultó ser la forma perfecta para Sagan de organizar sus pensamientos y desarrollar su estilo de prosa a la vez. Esto le permitió “escribir” mientras viajaba o paseaba por la playa, y nunca necesitó aprender a escribir a máquina. También le permitió derivar múltiples valores del mismo material, habitualmente enviando sus mensajes en distintas conferencias, escribiéndolo para el artículo de una revista (para tales como Parade), y usarlo como base para el capítulo de uno de sus libros.

The Cosmic Connection ayudó a abrir la puerta a un medio para el que Sagan parecía destinado: la televisión. En noviembre de 1973, fue invitado a aparecer en el popular programa de televisión Tonight Show con Johnny Carson (él mismo un escéptico). Guapo, elocuente, con actitud informal, aunque discutiendo con gran entusiasmo de ciencia real (y a menudo llevando las últimas imágenes de las misiones de NASA como Viking y Voyager), cautivó tanto a la audiencia como a su anfitrión. Durante los siguientes trece años, Sagan apareció en The Tonight Show veintiséis veces. No importa lo presionado que estuviese por sus otras obligaciones, siempre estaba dispuesto a tomarse un respiro y volar a Hollywood para Carson. Él lo consideraba como “la mayor aula de la historia”.

En enero de 1974, Time hizo de su portada un artículo sobre la vida en el Universo, en el cual llamaba a Sagan “el principal abogado y el tábano perenne de la exploración planetaria”. Unas semanas más tarde Sagan publicó un artículo en TV Guide, la revista de mayor tirada de los Estados Unidos. Sagan estaba de pronto en el candelero, recibiendo atención de los medios normalmente reservados a unos pocos y selectos ganadores del Premio Nobel. En agosto de 1976, Newsweek puso su cara sonriente en su portada, un extraño elogio para cualquier científico. La descripción de la imagen afirmaba: “A la edad de 42, Carl Sagan se ha convertido en el principal portavoz y vendedor de la nueva ciencia de la exobiología, la búsqueda de vida extraterrestre. Presionando políticamente en Washington, apareciendo en programas de televisión, e impartiendo clases en Cornell, está construyendo un fresco soporte para el programa espacial y completa sus propias fantasías de encontrar vida allí fuera”. Dos años más tarde, recibió el tributo final para un escritor científico, al ganar en 1978 el Premio Pulitzer en la categoría de Ensayos Generales por su libro sobre el cerebro humano, The Dragons of Eden (Los dragones del edén).

Sagan fue miembro fundador del Comité para la Investigación Científica de las Afirmaciones Paranormales (CSCIOP). CSICOP se originó en 1976 en parte para dirigir la atención de la reprensible explotación mediática de las supuestas maravillas paranormales. (Siempre fue de gran ayuda para CSICOP y SKEPTICAL INQUIRER, y participó como principal portavoz en dos conferencias de CSICOP, Pasadena en 1987 y Seattle en 1994, cada una de las cuales llevó a un artículo principal en SI: “The Burden of Skepticism” (La carga del escepticismo), Otoño de 1987, y “Wonder and Skepticism” (Asombro y escepticismo), enero/febrero de 1995. La propia contribución de Sagan se centra menos en las críticas a los medios y más en la creación de noticias, usando los medios con habilidad para informar y entretener con la ciencia. Prefirió un acercamiento positivo, hablando sobre lo que era correcto más que exponiendo los errores ajenos.


Ann Druyan, tercera esposa de Carl Sagan - Born 1949. Is an author and media producer known for her involvement in many projects aiming to popularize and explain science. In her writings, Druyan has stressed the idea that people can have a sense of awe and wonder about the unity of the cosmos without introducing the concept of a god.

El hombre espectáculo de la ciencia

A finales de los 70, entre las misiones Viking a Marte y el anticipado encuentro de la Voyager con Júpiter, Sagan decidió probar la capacidad de la televisión para llevar la ciencia a una audiencia masiva. En asociación con el ingeniero y empresario Gentry Lee, un colega de las Viking, formó Carl Sagan Enterprises y comenzó el márketing de una nueva serie de televisión usando el ejemplo de Ascent of Man (El ascenso del hombre) de Jacob Bronowski. Desarrollaron un guión, recaudaron varios millones de dólares como apoyo, y contrataron al director de Bronowski, Adrian Malone. Al mismo tiempo Sagan se enamoró locamente de Ann Druyan, con quien trabajaría estrechamente el resto de su vida. Él y Annie se mudaron a Los Ángeles, y comenzó la producción en la Televisión Pública KCET en 1977 de una serie de 13 horas llamada Cosmos.

Su compromiso con Cosmos finalmente eclipsó el papel académico de Sagan. Sus clases fueron canceladas, y varios estudiantes graduados que habían llegado a Cornell para trabajar con él escogieron en su lugar a otro tutor. Sus colegas se quejaron y hubo un esfuerzo por dejar su laboratorio fuera del Edificio de Ciencia Espacial de Cornell. En Los Ángeles, el conflicto entre Sagan y Malone casi desbarata todo el esfuerzo de Cosmos. Cosmos salió al aire en septiembre de 1980. acompañado de un esfuerzo promocional que superó cualquier otro anterior en la televisión pública. La mayor parte de las críticas fueron entusiastas, y de pronto Sagan se convirtió en una celebridad. La serie ganó el Premio Peabody, y finalmente más de 400 millones de personas vieron Cosmos en docenas de países de todo el mundo. El libro que lo acompañaba, también llamado Cosmos, estuvo entre la lista de más vendidos del New York Times durante veintisiete semanas y lo hizo además famoso.

En octubre de 1980, Sagan apareció en la portada de Time, metiéndose en el “océano cósmico”. Time lo describe como el “Hombre espectáculo de la ciencia” y el “príncipe de los comunicadores”. Escribió: “Sagan envía un exuberante mensaje: la ciencia no es sólo vital para el buen funcionamiento futuro de la humanidad, sino que también puedes pasar un buen rato con ella. Observando con asombro – y sin duda con algo de envidia— a la nueva estrella llamada Sagan, alguno de sus colegas sintió que había dado un paso más allá de los límites de la ciencia. Se quejaban de que se dejaba llevar por el ego. También decían que tendía a exagerar su causa, a menudo no dando el crédito adecuado por su trabajo a otros científicos, y difuminando la línea entre los hechos y la especulación. Pero probablemente representaban una visión minoritaria. La mayoría de científicos, cada vez más sensibles de la necesidad del apoyo público y la comprensión de la ciencia, apreciaron en lo que Sagan se había convertido: El mejor vendedor de la ciencia de America”.

Sagan retornó a Cornell tras Cosmos, pero no podría volver al anonimato del campus. La gente lo paraba en la calle e interrumpía sus comidas en los restaurantes para decirle lo mucho que les gustaba Cosmos o para pedirle un autógrafo. Me confesó en esa época cómo los extraños se sentían cómodos al acercarse a él, dado que después de todo él había estado en sus salones (en la TV). También recibió extrañas llamadas y amenazas de muerte y provocar que la universidad eliminase su nombre de la puerta de su despacho y del directorio del Edificio de Ciencias Espacial.

La fama también trajo sus recompensas. Compró una casa espectacular imitando un templo egipcio, situada en el límite del barranco arbolado de Ithaca, contrató una plantilla de personal. Recibió un anticipo sin precedentes de Simon & Shuster de 2 millones de dólares para una novela de ciencia ficción que sería llamada Contact (Contacto), antes de que hubiese escrito una palabra. Contact se publicó en 1985, y más tarde se hizo una exitosa película protagonizada por Jodie Foster.

La popularidad de Sagan me hizo un servicio durante esa época. Conduciendo a lo largo de Texas Oeste, me pararon por exceso de velocidad. Cuando el oficial de policía empezó a escribir la multa, me preguntó a qué me dedicaba. Cuando mencioné que era estudiante de Carl Sagan, dejó la citación en el libro y se lanzó en una entusiasta loa de Carl y, por implicación, de sus amigos y estudiantes.

El periodista Joel Achenbach, en Captured by Aliens (Capturados por alienígenas 1999), apuntó que una vez que Sagan se había convertido en una superestrella con Cosmos, se convirtió en el bastón de luz público para la ciencia y la pseudociencia de la vida extraterrestre. Como el “guardián de las puertas” que había definido efectivamente el borde entre la ciencia y la pseudociencia, se le solicitó activamente ser juez de muchas figuras dudosas que buscaban en su bendición una legitimidad para sus intereses o creencias. Por ejemplo, Achenbach informó de esta entrevista con Richard Hoagland, el comunicador de la “Cara de Marte”. Hoagland explicó que en una reunión pública en 1985, Sagan comentó que esas misiones que la NASA planeaba para Marte deberían estar abiertas a descubrimientos inesperados. De acuerdo con Hoagland, cuando Sagan hizo estos comentarios, hizo un breve contacto directo con los ojos de Hoagland, que estaba entre la audiencia. En el extraño mundo de la pseudociencia, el inocente comentario de Sagan fue interpretado como un mensaje codificado alentando a Hoagland a proseguir en su apoyo de un origen artificial para la Cara — en lo que continua hasta hoy, a pesar de que las pruebas indican lo contrario. (Ver algunas ideas de Sagan sobre el tema de Hoagland/Caras de Marte en “Carl Sagan Takes Questions: More from his ‘Wonder and Skepticism’ CSICOP 1994 Keynote,” SKEPTICAL INQUIRER, July/August 2005.)

El papel de Sagan es especialmente interesante debido a que él mismo fue acusado de apartarse más allá de los límites de la verdadera ciencia en su persecución de pruebas para la vida en otros planetas y su defensa de SETI. Como Achenbach argumenta, que era precisamente debido a su actitud aparentemente de mente abierta hacia temas escabrosos el que muchos de los que vivían de estos temas se amargasen cuando Sagan se volvía contra ellos.

Haciendo un mundo mejor

La elevación de Sagan a la celebridad tuvo lugar al mismo tiempo que la escalada en el gasto armamentístico y la retórica de la Guerra Fría de Ronald Reagan. Comentó a sus colegas que intentó volver a la vida de profesor, pero que sentía que debía usar su nueva riqueza y poder para llevar a cabo objetivos de alcance más global. Como uno de los primeros opositores a la Iniciativa de Defensa Espacial (SDI) de Reagan o “Guerra de las Galaxias”, fue capaz de reunir voces objetoras desde la comunidad académica que cuestionaban tanto la base técnica del SDI como su potencial de efecto desestabilizador en el equilibrio nuclear.

En 1982, se presentó una oportunidad incluso más irresistible, gracias a la investigación que involucraba a dos de sus antiguos estudiantes, Jim Pollack y Brian Toon (ambos en el Centro de Investigación AMES de NASA). Con sus colegas Rich Turco y Tom Ackerman, estudiaron la influencia del polvo y los aerosoles atmosféricos en el clima global, trabajando para comprender los efectos de las tormentas de polvo en Marte y de las nubes de polvo que cubrieron la Tierra tras el impacto del asteroide que provocó la extinción de los dinosaurios. En 1982, se dieron cuenta de que el humo, especialmente el de la combustión petroquímica, tendría un efecto mucho mayor en el clima que el polvo de procedencia natural. De hecho, parecía que el humo procedente de la combustión en sólo unas pocas 100 ciudades, cuando se vertía a la estratosfera, podría llevar a un enfriamiento global severo (invierno nuclear).

Turco y Toon volaron a Ithaca a finales de 1982 para alistarse como ayudantes de Sagan, tanto por los aspectos técnicos de la investigación como por el significado de superar las objeciones de NASA basadas en las implicaciones políticas de este trabajo. Esta colaboración generó el artículo TTAPS (nombrado así por las primeras iniciales de sus autores, pero con un simbolismo obvio) N. Del T: tap significa dar golpes leves, llamar la atención sobre el invierno nuclear publicado en Science a finales de 1983. Los autores del TTAPS concluyeron que incluso un intercambio nuclear a una escala menor que la máxima, especialmente si fuese dirigida contra ciudades, podría causar un enfriamiento global y el colapso de la agricultura. La pérdida masiva de vida golpearía a los vencedores, a los vencidos y a las naciones no combatientes.

Sagan usó su prestigio para argumentar que estos nuevos hallazgos presentaban la guerra nuclear como algo obsoleto y socavar el concepto de represalia nuclear masiva. El debate era internacional, incluyendo a la URSS, donde estimuló un replanteamiento de las estrategias de lucha en la guerra nuclear. Pero las fuerzas pro-nucleares de los Estados Unidos contraatacaron vigorosamente, vilipendiando a Sagan personalmente en el proceso. El The National Review llamó al invierno nuclear “un fraude” y tituló el artículo de portada “El Sagan de la tierra plana cae tras el fin del mundo”.

Edward Teller, quien a la edad de setenta y tres años era probablemente el segundo científico más famoso de América, debatió con Sagan sobre el invierno nuclear antes de una convocatoria especial del Congreso. Sagan también lideró una delegación que se reunió con el Papa Juan Pablo II, quien posteriormente envió una nota papal contra la construcción de arsenales nucleares. Mucha gente acredita a esta teoría, y el apoyo de Sagan, como influyente en el movimiento hacia el desarme nuclear y el final de la guerra fría.

Sagan osciló entre los papeles de científico y abogado político. En este periodo, mientras atendía a una reunión del equipo científico de imágenes de la nave Galileo, Sagan se disculpó ante sus compañeros de equipo por su incapacidad para dedicar más tiempo a su misión, diciendo que estaba “poniendo la mayor parte de sus energías en salvar el mundo del holocausto nuclear”. La mayoría de los miembros del equipo estuvieron de acuerdo en que su esfuerzo debería, efectivamente, tener una mayor prioridad para Sagan que planear secuencias de imágenes para las lunas de Júpiter.

En paralelo a esta escalada en la carrera armamentística, la administración de Reagan recortó drásticamente el programa de exploración planetaria de NASA. En 1981 amenazaron con cerrar el altamente exitoso proyecto Voyager 2 antes de sus encuentros con Urano y Neptuno y convertir el Laboratorio de Propulsión a Chorro en un laboratorio contratista de defensa. Tras el accidente de la lanzadera espacial Challenger en 1986, el impulsó pareció abandonar a la NASA, justo cuando Sagan abogaba por un programa acelerado de exploración espacial en sus libros y conferencias. Al mismo tiempo la URSS, bajo la influencia de la reforma de Mikhail Gorbachev, pareció abrirse más a la colaboración internacional.

Sagan vio una oportunidad de conseguir dos objetivos de notable dimensión. Trabajando juntas en las misiones a Marte, los Estados Unidos y la URSS podrían ganar confianza y experiencia que finalmente desactivaría la guerra fría y permitiría la cooperación en otras áreas. Poniendo en común sus recursos, estas dos naciones podrían conseguir juntas lo que ninguna podría lograr sola — extender la presencia humana en el Sistema Solar — y a la vez asegurar la paz en la Tierra.

Sagan formó una relación de trabajo estrecha con Roald Sagdeev, el directo del Instituto de Investigación Espacial en Moscú, y juntos desarrollaron el programa de exploración planetaria soviético, con una información en directo sin precedentes de los sobrevuelos soviéticos del cometa Halley en 1986. En Rusia, se asoció con los cosmonautas rusos y funcionarios del gobierno así como con los científicos. Durante unos años, bajo su liderazgo, todo parecía posible. Entonces la URSS se desintegró, y muchos de sus científicos espaciales se encontraron sin empleo. Con los fallos de las tres últimas misiones planetarias de Rusia (todas destinadas a Marte), tanto la motivación como la capacidad de Rusia para cooperar en la exploración del Sistema Solar se evaporó.

Decepciones

En la época del encuentro final de la Voyager con Neptuno en 1989, parecía que la campaña de Sagan para promover la expansión humana a Marte estaba condenada. Su amigo ruso Sagdeev emigró a los Estados Unidos y se casó (de entre toda la gente) con la nieta de Dwight Eisenhower. Y tras una década de recortes de presupuestos, la NASA se vio incapaz de reunir los recursos para mantener incluso un modesto programa de exploración robótica del espacio. La grandes esperanzas de la era de la Viking y la Voyager se habían desvanecido. En una conferencia en el JPL en 1989, Sagan no pudo ocultar su frustración y decepción – la primera vez que lo vi incapaz de evocar una perspectiva optimista. Sin embargo, los peores golpes personales aún estaban por llegar.

En otoño de 1990, Sagan cometió su error científico más serio. Amenazado por su oposición a la invasión militar de Kuwait, Irak advirtió con quemar los pozos petrolíferos de la nación. Sagan se preocupó de que la cantidad de humo petroquímico generado por el incendio de estos campos petrolíferos pudiese generar un invierno nuclear a pequeña escala, poniendo en peligro los cultivos de toda Asia y amenazando la producción mundial de alimento. De los cuatros autores de TTAPS, sólo Turco apoyó esta hipótesis; Pollack, Toon, y Ackerman no veían que pudiese llegar tanto humo a la estratosfera. Sin embargo, Sagan hizo públicas unas graves predicciones. Aunque mantuvo sus predicciones como algo condicional, diciendo sólo que no podríamos demostrar que los masivos incendios de los campos petrolíferos no tendrían graves consecuencias climáticas (una “doble negación” lógica que usaba frecuentemente), sus advertencias apocalípticas tuvieron una amplia difusión. Los campos petrolíferos fueron incendiados en enero de 1991, oscureciendo el cielo de la mayor parte de Kuwait e interrumpiendo el ecosistema costero, pero sin efectos climáticos, incluso a escala local. Sagan fue ampliamente criticado, y el episodio tuvo el efecto posterior de minar la credibilidad del escenario del invierno nuclear.

El siguiente año Sagan fue nominado como miembro de la Academia Nacional de Ciencias. La membresía de la Academia requiere de una distinguida beca de investigación, pero esto raramente es suficiente para asegurar la membresía. También tienen un peso considerable el servicio público, así como factores políticos tales como dónde se nombró un trabajo y por quien es conocido. La mayoría de colegas estaban de acuerdo en que el registro investigador de Sagan era más que adecuado (Shermer 1999), y que su trabajo como editor de revistas, servicio al gobierno y contribución a la comprensión pública de la ciencia deberían haber asegurado su elección. Pero Sagan fue excluido en la primera ronda de votación, lo que requirió un debate completo y voto de los miembros de la Academia. En la votación final apenas consiguió el 50 por ciento de los votos, muy lejos de los dos tercios de mayoría requeridos para la elección de un miembro.

Dos años más tarde, la Academia Nacional otorgó a Sagan su prestigiosa Medalla al Mérito Público, tal vez en compensación parcial por su anterior rechazo. El daño ya estaba hecho, sin embargo: no solo un golpe personal, sino un ataque a su credibilidad como portavoz de la ciencia. Por todos sus logros – o tal vez debido a algunos de ellos – los influyentes miembros de la red académica de los “antiguos” nunca lo aceptaron.

Los problemas se multiplicaron. En 1993 el programa SETI de la NASA, que había defendido en ocasiones críticas en el pasado, fue cancelado bruscamente por el Congreso. Su libro sobre el invierno nuclear, escrito con Turco, vendió sólo unas miles de copias; nadie se preocupó mucho más por los temas de la guerra nuclear. Tal vez lo peor de todo, un libro en el que él y Annie habían puesto lo mejor de sí mismos, Shadows of Forgotten Ancestros (Las sombras de los ancestros olvidados), no recibió una bienvenida tan entusiasta como esperaban. Aunque algunos críticos lo consideraban como uno de los mejores trabajos de Sagan, no fue un líder de ventas. Al dejar de ser una estrella mediática, Sagan se fue deslizando fuera de la conciencia pública.

Una vela en la oscuridad

Las contribuciones más importantes en sus años finales fueron en la lucha contra la pseudociencia. A lo largo de la última década del milenio, creció este azote de irracionalidad pública, como la astrología, abducciones alienígenas, medicina alternativa, y un sinnúmero de cultos y modas New Age y “milenarios” que crecieron en popularidad. Sagan las reprimió, y tras la muerte de su amigo Isaac Asimov, fue la voz que se escuchaba más a menudo en defensa de la razón científica en los Estados Unidos.

Su plataforma más influyente era la proporcionada por la revista semanal Parade que venía como suplemento de un periódico, una de las publicaciones más ampliamente leídas de América. Su columna apareció allí regularmente durante más de una década, proporcionando una oportunidad única para la difusión y la educación. Discutió los últimos descubrimiento científicos, desacreditó a los “vendedores de humo”, y también profundizó en temas sensibles del público general tales como el aborto y los derechos de los animales. Sus artículos en Parade proporcionaron la base para muchos capítulos en sus tres libros finales, Pale Blue Dot (Un pálido punto azul), The Demon-Haunted World (Un mundo lleno de demonios), y Billions and Billions (Miles y miles de millones).

El The Demon-Haunted World, subtitulado Science as a Candle in the Dark (La ciencia como una vela en la oscuridad), fue una defensa apasionada de la ciencia contra la pseudociencia y la irracionalidad, como queda ilustrado en las siguientes citas. “Es mucho mejor comprender el Universo como es en verdad que persistir en un engaño, a pesar de lo satisfactorio y tranquilizador [que pueda ser]. . . . La superstición y la pseudociencia se mantienen en el camino [de comprender la naturaleza], proporcionando respuestas fáciles, esquivando el escrutinio escéptico, presionando con indiferencias nuestros botones del sobrecogimiento y rebajando la experiencia, haciéndonos profesionales rutinarios y cómodos así como víctimas de la credulidad. . . . [La pseudociencia] fluye con la credulidad. . . . Los arrendatarios del escepticismo no requieren de grados avanzados de maestría, como demuestran la mayor parte de los exitosos compradores de coches usados. La idea general de la aplicación democrática del escepticismo es que todo el mundo debería tener las herramientas esenciales para evaluar constructiva y efectivamente las afirmaciones de conocimiento. . . . Pero las herramientas del escepticismo generalmente no están disponibles a los ciudadanos de nuestra sociedad. . . .Aquellos que tienen algo que vender, aquellos que desean influir en la opinión pública, aquellos con poder, según sugeriría un escéptico, tienen un interés personal en desalentar el escepticismo” (Sagan 1995).

Aunque abogó con vigor por los conceptos del escepticismo científico, Sagan también elevó cuestiones sobre la estrategia. Escribió que “La principal dificultad que veo en el movimiento escéptico está en su polarización: Nosotros contra Ellos — en el sentido de que nosotros [los escépticos] tenemos un monopolio de la verdad; mientras que aquellos otros que creen en todas esas estúpidas doctrinas son imbéciles”. Tuvo problemas especialmente con sus actitudes antirreligiosas. Aunque él mismo no era creyente, Sagan tuvo interacciones constructivas con líderes religiosos, incluyendo al Papa y al Dalai Lama. Escribió: “No hay necesariamente un conflicto entre la ciencia y la religión. En un nivel, comparten objetivos similares y en consonancia, y cada una necesita de la otra”.

Aunque más exigente y por tanto menos popular que otros libros sobre astronomía y exploración planetaria, The Demon-Haunted World podría decirse que es su publicación más madura y valiosa. Expresando sus preocupaciones sobre la irracionalidad que impregna la sociedad moderna, escribió: “Sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligrosas en nuestro tiempo que en cualquier época anterior. Es peligroso y temerario para el ciudadano medio permanecer ignorante ante el calentamiento global, por ejemplo, o sobre el agotamiento del ozono, la contaminación del aire, residuos tóxicos y radiactivos, erosión del terreno, deforestación tropical, crecimiento exponencial de la población. . . . ¿Cómo puede afectar a la política nacional — o incluso a tomar decisiones inteligentes en nuestras vidas — si no comprendemos los temas subyacentes? . . . Sencillamente no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos unidos a la ciencia. Debemos sacar lo mejor de ella. Cuando por fin nos pongamos de acuerdo y reconozcamos su belleza y potencia, encontraremos, en temas espirituales así como en los prácticos, que hemos hecho un gran trato a nuestro favor”.

El ejemplo de Sagan ha contribuido a incrementar el esfuerzo de los científicos en llegar a los medios de comunicación y al público. Por primera vez en los años 80, organizaciones profesionales como la Sociedad Astronómica Americana y la Unión Geofísica Americana designaron delegados de prensa a jornada completa y comenzaron a patrocinar conferencias de prensa en sus reuniones anuales. Las misiones de la NASA también se comprometieron a identificar y animar a los científicos de los proyectos a hablar con la prensa, tanto de manera informal como portavoces de la NASA. A finales de los 90 esto se extendió a la bienvenida de equipos comerciales de cámaras de televisión de alta definición (HDTV) en las reuniones de alto nivel de la NASA y en encuentros de naves espaciales. Rompiendo con la tradición, la agencia espacial estaba ahora ansiosa por mostrar el lado humano de la exploración espacial científica. En los años 60, estaba casi sólo en su trabajo con la prensa, pero tal actividad se convirtió en algo relativamente común entre los científicos espaciales dos décadas más tarde. Ninguno, sin embargo, se ha aproximado al nivel de Sagan en carisma y reconocimiento público.

El Presidente de Cornell Frank Rhodes, hablando en la celebración del 60 cumpleaños de Sagan, resumió su impacto: “Quiero rendir homenaje a Carl Sagan . . . como la personificación de todo lo mejor de la vida académica . . . en la erudición, en la enseñanza y el servicio. . . . Carl es un ejemplo inspirador de un ciudadano global comprometido . . . . [Es] un maestro de la síntesis, y ha usado esta habilidad para comprometernos como sociedad en uno de las mayores cuestiones de nuestro tiempo. . . . Con la consciencia de un humanista y la consumada habilidad del científico, señala las necesidades de la sociedad en la que vivimos y nos enriquecemos con ello” (Terzian and Bilson 1997).

Referencias

Achenbach, Joel. 1999. Captured by Aliens: The Search for Life and Truth in a Very Large Universe. New York: Simon and Shuster.

Bauer, Henry. 1984. Beyond Velikovsky: The History of a Public Controversy. Urbana, Illinois: University of Illinois Press.

Chapman, Clark. 1977. The Inner Planets. New York: Scribner.

Davidson, Keay. 1999. Carl Sagan: A Life. New York: Wiley.

Hartmann, William. 1974. Review of The Cosmic Connection. Science 184: 663–664.

Morrison, David. 1999. Sagan and skepticism: Review of two Sagan biographies. Skeptic 17, (4): 29–31.

Poundstone, William. 1999. Carl Sagan: A Life in the Cosmos. New York: Henry Holt.

Sagan, Carl. 1973. The Cosmic Connection: An Extraterrestrial Perspective. New York: Doubleday. (Reissued 2000 as Carl Sagan’s Cosmic Connection: An Extraterrestrial Perspective. Cambridge: Cambridge University Press.)

———. 1987. The burden of skepticism. SKEPTICAL INQUIRER 12(1): 38–46.

———. 1995. Wonder and skepticism. SKEPTICAL INQUIRER 19(1): 24–30.

———. 1995. The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark. New York: Random House.

Shermer, Michael. 1999. The measure of a life: Carl Sagan and the science of biography. Skeptic 17(4): 32–39.

Terzian, Yervant, and Elizabeth Bilson, eds. 1997. Carl Sagan’s Universe, Cambridge: Cambridge University Press.


Biography - Carl Sagan’s Life and Legacy as Scientist, Teacher, and Skeptic

In this new remembrance of Carl Sagan, who died ten years ago, a noted planetary scientist and colleague (and former student of Sagan) recalls Sagan’s immense contributions to planetary research, the public understanding of science, and the skeptical movement.

Carl Sagan was the world’s best-known scientist in the late twentieth century, serving as our guide to the planets during the golden age of solar system exploration. He was both a visionary and a committed defender of rational scientific thinking. Sagan died on December 20, 1996, while only 62, and he has been greatly missed in the decade since. In addition to my own knowledge and insights about his scientific and skeptical contributions, I have made extensive use of the two excellent narrative biographies by William Poundstone (1999) and Keay Davidson (1999). Poundstone is stronger on Sagan’s science, Davidson on his personal history. Neither, however, emphasizes his role as a skeptic.

Sagan was propelled on his academic and public careers by enormous talent, good luck, and an intensely focused drive to succeed. His lifelong quest was to understand the universe, especially our planetary system, and to communicate the thrill of scientific discovery to others. A natural teacher, he loved to explain things and never made a questioner feel stupid for asking. Although Sagan had broad intellectual interests, his pursuit of his career left little time for other activities: he did not play golf or follow sports, take up cooking or photography, sing or play a musical instrument, or join a church or synagogue. His first two wives complained that he devoted insufficient time to his marriages or his children (Davidson 1999). He focused on his career goals, and the world was enriched thereby.

Many scientists would like to be able to communicate with the public about their discoveries. However, few become adept at explaining technical subjects in terms that are readily understood by the lay public. Even fewer are willing to take the time to answer journalists’ questions patiently, to sit still for application of makeup for television appearances, or to return reporters’ calls promptly even when they interrupt a meal or a lab experiment. They might like to be great communicators, but they lack the skills and the commitment. They also recognize that academic rewards generally come to the best researchers, with limited honor associated with excellence in teaching and even less for public outreach. Sagan was different. He recognized his talents as a teacher and popularizer and decided to make such outreach a major aspect of his career.

Born in 1934, Sagan grew up in a working-class Jewish neighborhood of New York and attended urban public schools in New York and New Jersey. The University of Chicago provided him scholarship support when he entered in 1951, and he continued there for graduate work, receiving his doctorate in astronomy in 1960. After two years as a postdoctoral fellow in biology at Berkeley and Stanford, he joined the Harvard College astronomy faculty as Assistant Professor. Denied tenure at Harvard, Sagan moved to Cornell University in 1968, serving as David Duncan Professor of Astronomy and Director of the Laboratory for Planetary studies until his death in 1996.

Research

Although best known to the public as a popularizer, Sagan first distinguished himself as a research scientist. His accomplishments in research made it much easier for his academic peers to accept him as a spokesperson for science. Sagan loved the research process, especially when it was combined with the exploration of new worlds. As he often noted, only one generation was privileged to grow up when the planets and their moons were little more than dim points of light in the night sky, and to see them emerge as unique worlds with their own geological and perhaps even biological history. Sagan helped define two new disciplines: planetary science and exobiology. As a leading consultant to NASA, he also helped chart the exploration of the solar system by spacecraft.

With training in both astronomy and biology, Sagan brought a unique breadth to the emerging new fields of planetary science and exobiology. At the time he received his doctorate, his thesis advisor Gerard Kuiper recognized that “Some persons work best in specializing on a major program in the laboratory; others are best in liaison between sciences. Dr. Sagan belongs in the latter group” (in Davidson 1999).

Sagan was an “idea person” and a master of intuitive physical arguments and “back of the envelope” calculations. He usually left the details to others, and most of his published papers were collaborations. Much of this work was done with students, many of whom went on to become leaders themselves in planetary science. On much of his later work, including the famous TTAPS paper on nuclear winter (more on this later), his name appears last among the listed authors. Throughout the 1970s and into the 1980s, he also edited the foremost professional journal in planetary science, Icarus.

Sagan’s most important early research dealt with the atmosphere of Venus. Discoveries in radio astronomy made when he was in graduate school first suggested that this planet had a very hot surface, in contrast to previous speculation that the climate of Venus was more Earth-like. Part of Sagan’s thesis consisted of the first computed greenhouse model for the atmosphere, in which the high infrared opacity of carbon dioxide and water vapor produced a surface temperature hundreds of degrees higher than that of an airless planet. Over the decade of the 1960s he improved these models, working primarily with his former student James Pollack, to develop and refine what remains to this day our basic understanding of the atmosphere of Venus.

Mars was another planet that interested Sagan, and with Pollack he modeled the atmosphere and developed the idea, later verified by the Mariner 9 and Viking spacecraft, that quasi-seasonal changes observed on the surface were the result of wind-blown dust. He also wrote a series of papers on Jupiter, focused on atmospheric organic chemistry.

From childhood, Sagan had been inspired by the mystery of the origin and distribution of life. This passion led him to study biology and develop collaborations with leading biologists such as Stanley Miller, and Nobel laureates Joshua Lederberg and George Muller. Early in his career, he received more encouragement from these biologists than from astronomers, many of whom considered planetary studies to lie on the fringes of respectable science, and exobiology to be beyond the pale. A number of his early publications were in exobiology, and at various times he speculated about life not only on Mars, but also on Venus, Jupiter, and even the Moon. In spite of his increasing role as a scientific skeptic, he permitted himself to indulge in this broad speculation, so long as his ideas remained within the realm of possibility. Sagan was also one of the founders of international interest in SETI, the microwave search for extraterrestrial intelligence, although he himself did not conduct any searches.

NASA valued Sagan’s contributions to the spacecraft exploration of the planets during its “Golden Age” (roughly 1960–1990). He was a member of science teams selected for the Mariner 2, Mariner 9, Viking, Voyager, and Galileo missions, among others. With his quick mind and breadth of vision, he was always a welcome contributor to planning sessions and the “quick look” interpretation that followed the first receipt of spacecraft data. His former student Clark Chapman wrote in 1977: “A man of vivid imagination, he keeps alive a wide variety of conceptions of planetary environments. By suggesting often outlandish alternatives and challenging traditionalists to disprove them, he has inspired doubts about many accepted theories. Sagan’s role is essential for healthy science because a bandwagon effect frequently leads to premature consensus among scientists before equally plausible alternatives have even been thought of, let alone rationally rejected.”

Sagan’s own excitement with the process of scientific discovery is captured in the following quote (Sagan 1973): “Even today, there are moments when what I do seems to me like an improbable, if unusually pleasant dream: to be involved in the exploration of Venus, Mars, Jupiter, and Saturn; to try to duplicate the steps that led to the origin of life on an Earth very different from the one we know; to land instruments on Mars to search there for life; and perhaps to be engaged in a serious effort to communicate with other intelligent beings, if such there be, out there in the dark of the night sky.”

Popularizer and Skeptic

At the same time he was building up an enviable bibliography (which grew to 250 pages by the end of his life) and a record of successful students, Sagan also established a growing reputation as a popularizer of science. His boyish good looks, resonant voice, and ability to explain scientific concepts in ways that lay persons and students could understand made him a popular teacher and public lecturer. He won teaching awards at Harvard and Cornell, and even in the busiest times of his life he tried to keep his hand in undergraduate teaching.

In 1966 he first achieved some modest national attention with his book (with the Russian astronomer I. S. Shklovskii) Intelligent Life in the Universe. The following year, Sagan wrote an upbeat article on the potential of life on the planets for National Geographic, and he made a few brief TV appearances. Already it was apparent to some that Sagan sought a broader role than that of academic researcher, a concern that probably contributed to denial of tenure by Harvard University in 1967. Students loved him, but some colleagues bristled at what they perceived as self-aggrandizement and pandering to the public. Unlike Harvard, Cornell University was looking for faculty with a potential for stardom, and they provided Sagan an endowed chair and the solid academic springboard he needed for his future rise to fame and fortune.


Carl Sagan with Immanuel Velikovsky at the 1974 AAAS debate. All photos by David Morrison.

Throughout his career, Sagan devoted himself to the quest to improve public understanding of the nature of science. He wanted every citizen to have a “baloney detector” as defense against sham in commerce and politics as well as science. He felt that it was the duty of scientists to face these issues squarely and publicly. The Cosmic Connection (1973), which includes extensive discussions of extraterrestrial life as well as more conventional astronomy and planetary science, even explores the UFO phenomenon and the writings of pseudo-cosmologist Immanuel Velikovsky. However, Sagan opposed tactics that demeaned pseudoscientific beliefs or attacked religion, refusing (for example) to sign a statement against astrology because of its authoritative tone.

His interest in popular misconceptions about science led him to organize two public symposia on fringe-science topics at meetings of the American Association for the Advancement of Science (AAAS). Both arguably concerned real scientific issues, not cases of fraud or religious extremism.

The first AAAS symposium, in 1969, dealt with the reality of UFOs. Like many scientists of his generation, in high school Sagan had been attracted to the idea that UFOs might be visiting spacecraft. At the AAAS, J. Allen Hynek and James McDonald defended UFO studies while Sagan, Donald Menzel, and Lester Grinspoon attacked this position. The proponents on both sides of the issue were scientists, although they took very different approaches to the interpretation of the anecdotal reports of UFO sightings. (The subject of alien abductions or direct contact with extraterrestrials, which has since become so common, was not an issue at that time; the AAAS symposium focused on the interpretation of moving lights in the sky and anomalous radar signals.)

UFO proponents argued that even though there was no individual sighting in which one could make a compelling case for extraterrestrial spacecraft, the sheer volume of reports justified continuing examination and study. In contrast, Sagan emphasized the unreliability of witnesses, the absence of physical evidence of UFOs, and alternative explanations including hallucination and self-delusion. He noted that “there are no cases that are simultaneously very reliable (reported independently by a large number of witnesses) and very exotic (not explicable in terms of reasonably postulated phenomena),” and he applied a skeptical standard that is often associated with his name: that extraordinary claims require extraordinary levels of evidence or proof.

The 1974 AAAS symposium, on the work of Velikovsky, was riskier, since Velikovsky himself was invited to speak under AAAS sponsorship, something he claimed as a vindication. While Sagan promoted the symposium, it was actually organized by historian Owen Gingerich and astronomers Ivan King and Donald Goldsmith. Velikovsky’s thesis of global catastrophes caused by numerous planetary encounters within historical times was scientifically indefensible but had attracted a wide popular following. Unlike the UFO symposium, there were no scientists to defend these ideas, published in his 1950 book Worlds in Collision (dismissed by Sagan [1973] as a “speculative romance”). Rather, the 77-year-old Velikovsky confronted his debunkers personally.

Keay Davidson (1999) describes the symposium as part apology to Velikovsky for previous slights from astronomers, and part an effort to reassure the public of science’s basic fair-mindedness. The confrontation of the patriarchal Velikovsky and his young, brash critic was a clash of egos on both sides. Sagan aimed his remarks, published in extended form in Scientists Confront Velikovsky (Goldsmith 1977), primarily at the public and science journalists. By most accounts he was the hands-down winner. Many people credit this debate as the beginning of the end for the Velikovsky cult, which is today reduced to a handful of obscure cranks.

However, Sagan’s role earned him the bitter enmity of Velikovsky supporters. His greatest sin was his lack of respect for the old man, who steadfastly refused to accept any modification of his then quarter-century-old views. Sagan’s critique of Worlds in Collision was also castigated by Velikovsky followers for its failure to address all of his claims, and for some slipshod calculations that were never corrected in Sagan’s published remarks. This symposium has been extensively analyzed (e.g., Bauer 1984), and it still raises unanswered questions about the most effective ways to counter pseudoscientists. Similar scenarios are replayed today by scientists who debate creationists and defenders of intelligent design. I sometimes ask myself if Sagan would have ventured into this lion’s den, and if so how a debate between him and, say, creationist Duane Gish, would have played out.

Both AAAS symposia were widely covered by the media and contributed to a growing public recognition. A further boost came in 1973 with the publication of The Cosmic Connection, described in Science (Hartmann 1974) as “thirty-nine genuine, vintage Sagan dinner conversations.” This description was more accurate than the reviewer may have realized. This book, like all of Sagan’s, was dictated. Creating his books and popular articles this way, Sagan simultaneously developed his unique speaking and writing styles. At his lectures, listeners were impressed by his carefully crafted sentences, and by the way his talks (delivered without notes) seemed to be so well organized. Dictation turned out to be the perfect way for Sagan to organize his thoughts and develop his prose style simultaneously. It allowed him to “write” while traveling or walking on the beach, and it never necessitated his learning to type. It also allowed him to derive multiple value from the same material, typically delivering his message in various lectures, writing it for a magazine article (for such outlets as Parade), and using it as the basis for a chapter in one of his books.

The Cosmic Connection helped open the door to a medium that Sagan seemed destined for: television. In November 1973, he was invited to appear on the popular Tonight Show with Johnny Carson (himself a skeptic). Handsome, articulate, informal in manner, yet enthusiastically discussing real science (and often bringing the latest photos from NASA missions like Viking and Voyager), he captivated both the audience and the host. Over the following thirteen years, Sagan appeared on The Tonight Show twenty-six times. No matter how pressing his other business, he was always willing to take a break and fly to Hollywood for Carson. He considered it “the biggest classroom in history.”

In January 1974, Time did a cover story on life in the universe, in which it called Sagan “the prime advocate and perennial gadfly for planetary exploration.” A few weeks later Sagan published an article in TV Guide, the largest circulation magazine in the United States. Sagan was suddenly hot, receiving media attention normally reserved for a select few Nobel Prize winners. In August 1976, Newsweek put his smiling face on its cover, a rare accolade for any scientist. Their thumbnail sketch stated: “At 42, Carl Sagan has become the leading spokesman and salesman for the new science of exobiology, the search for extraterrestrial life. Lobbying in Washington, appearing on television talk shows, and teaching at Cornell, he is building fresh support for the space program and fulfilling his own fantasies of finding life out there.” Two years later, he received the ultimate tribute for a science writer, winning the 1978 Pulitzer Prize for general nonfiction for his book about the human brain, The Dragons of Eden.

Sagan was a founding member of the Committee for Scientific Investigation of Claims of the Paranormal. CSICOP originated in 1976 in part to direct attention to egregious media exploitation of supposed paranormal wonders. (He was always supportive of CSICOP and the SKEPTICAL INQUIRER, and served as keynote speaker at two well-attended CSICOP conferences, Pasadena in 1987, Seattle in 1994, each of which led to a major article in SI: “The Burden of Skepticism,” Fall 1987, and “Wonder and Skepticism,” January/February 1995.) Sagan’s own contributions focused less on critiques of the media and more on creating news, skillfully using the media to inform and entertain about science. He preferred the positive approach, talking about what was correct rather than exposing errors in others.

Showman of Science

In the later 1970s, between the Viking mission to Mars and the anticipated Voyager encounters with Jupiter, Sagan decided to test the capacity of television to bring science to a mass audience. In partnership with engineer and entrepreneur Gentry Lee, a Viking colleague, he formed Carl Sagan Enterprises and began marketing a television series modeled on Jacob Bronowski’s Ascent of Man. They developed a script, raised several million dollars in support, and hired Bronowski’s director, Adrian Malone. At the same time Sagan fell rapturously in love with Ann Druyan, with whom he worked closely for the rest of his life. He and Annie moved to Los Angeles, and production at KCET Public Television started in 1977 on the 13-hour series called Cosmos.

His commitment to Cosmos finally eclipsed Sagan’s academic roles. His classes were canceled, and several graduate students who had come to Cornell to work with him chose other advisors instead. Colleagues complained, and there was an effort to force his laboratory out of the Cornell Space Science Building. In Los Angeles, clashes of will between Sagan and Malone almost derailed the entire Cosmos effort. Cosmos aired in September 1980, accompanied by a promotional effort that exceeded anything seen before in public television. Most reviews were enthusiastic, and suddenly Sagan became a celebrity. The series won the Peabody Award, and eventually more than 400 million people saw Cosmos in dozens of countries around the world. The accompanying book, also called Cosmos, was on the New York Times best seller list for seventy weeks and made him wealthy as well as famous.

In October 1980, Sagan appeared on the cover of Time, shown wading in the “cosmic ocean.” Time described him as the “Showman of Science” and the “prince of popularizers.” They wrote: “Sagan sends out an exuberant message: science is not only vital for humanity’s future well being, but it is rousing good fun as well. Watching with wonder—and no doubt a little envy—the whirling star named Sagan, some of his colleagues feel that he has stepped beyond the bounds of science. They complain that he is driven by ego. They also say that he tends to overstate his case, often fails to give proper credit to other scientists for their work, and blurs the line between fact and speculation. But they probably represent a minority view. Most scientists, increasingly sensitive to the need for public support and understanding of science, appreciate what Sagan has become: America’s most effective salesman of science.”


Sagan with Ann Druyan in 1980 during the filming of Cosmos.

Sagan moved back to Cornell after Cosmos, but he could not return to the anonymity of the campus. People stopped him on the street and interrupted his meals in restaurants to tell him how much they liked Cosmos or to ask for his autograph. He mused to me at the time how strangers felt comfortable approaching him, since after all he had been in their living rooms (on TV). He also received crank calls and death threats, requiring police patrols of his home and prompting the university to remove his name from his office door and from the Space Science Building directory.

Fame also had its rewards. He bought a spectacular home modeled on an Egyptian temple, perched on the edge of one of Ithaca’s wooded gorges, and hired a personal staff. He received an unprecedented advance from Simon & Shuster of $2 million for a science fiction novel to be called Contact, before he had written a word. Contact was published in 1985, and later made into a successful film starring Jodie Foster.

Sagan’s popularity did me a service at about this time. Driving across West Texas, I was stopped for speeding. As the police officer started to write a ticket, he asked what I did for a living. When I mentioned that I had been Carl Sagan’s student, he put away his citation book and launched into enthusiastic praise for Carl and, by implication, for his friends and students.

Journalist Joel Achenbach, in Captured by Aliens (1999), noted that once Sagan achieved superstardom with Cosmos, he became the public lightning rod for both the science and the pseudoscience of extraterrestrial life. As the “keeper of the gates” who effectively defined the border between science and pseudoscience, he was actively courted by many fringe figures who sought in his blessing a legitimization of their interests or beliefs. As an example, Achenbach reported this interview with Richard Hoagland, the popularizer of the “Face on Mars.” Hoagland explained that in a public meeting in 1985, Sagan commented that those planning NASA missions to Mars should be open to discovering the unexpected. According to Hoagland, when Sagan made these remarks, he briefly made direct eye-contact with Hoagland, who was in the audience. In the weird world of pseudoscience, Sagan’s innocent comment was interpreted as a coded message encouraging Hoagland to pursue his advocacy of an artificial origin for the Face—which he continues to this day, in spite of all the evidence to the contrary. (See some of Sagan’s thoughts on the Hoagland/Mars Face matter in “Carl Sagan Takes Questions: More from his ‘Wonder and Skepticism’ CSICOP 1994 Keynote,” SKEPTICAL INQUIRER, July/August 2005.)

Sagan’s role is especially interesting because he himself was accused of straying beyond the limits of proper science in his pursuit of evidence for life on other planets and his defense of SETI. As Achenbach argues, it was precisely because of his apparent open-minded attitude toward fringe topics that many on the fringe became so bitter when Sagan turned against them.

Making a Better World

Sagan’s rise to celebrity occurred simultaneously with Ronald Reagan’s escalation of arms spending and cold war rhetoric. He told colleagues that he intended to return to the life of a professor, but he also felt he should use his new wealth and power to accomplish objectives of more global scope. As an early opponent of Reagan’s Space Defense Initiative (SDI) or “Star Wars,” he was able to rally vocal objections from the academic community that questioned both the technical basis for SDI and its potential destabilizing effect on the nuclear balance.

In 1982, an even more compelling opportunity presented itself, thanks to research involving two of his former students, Jim Pollack and Brian Toon (both at NASA Ames Research Center). With colleagues Rich Turco and Tom Ackerman, they were studying the influence of dust and atmospheric aerosols on global climate, working to understand the effects of martian dust storms and of the dust cloud that enveloped Earth following the asteroid impact that caused the extinction of the dinosaurs. In 1982, they had realized that smoke, especially from petrochemical fires, would have a much greater effect on global climate than naturally occurring dust. In fact, it appeared that the smoke from as few as 100 burning cities, when lofted into the stratosphere, could lead to severe global cooling (nuclear winter).

Turco and Toon flew to Ithaca in late 1982 to enlist Sagan’s aid, for both the technical aspects of the research and as a means to overcome NASA objections based on the political implications of this work. This collaboration generated the TTAPS paper (named for the first initials of the authors, but with obvious symbolism) on nuclear winter published in Science in late 1983. The TTAPS authors concluded that even a less-than-full-scale nuclear exchange, especially if it were directed against cities, could cause global cooling and collapse of agriculture. The massive loss of life would hit victor, vanquished, or non-combatant nations alike.

Sagan used his prestige to argue that these new findings rendered nuclear war obsolete and undermined the concept of massive nuclear retaliation. The debate was international, including within the USSR, where it stimulated a rethinking of nuclear war-fighting strategies. But the pro-nuclear forces in the United States counterattacked vigorously, vilifying Sagan personally in the process. The National Review called nuclear winter “a fraud” and titled one cover story “Flat-Earth Sagan Falls off the End of the World.”

Edward Teller, who at seventy-three was probably the second best known scientist in America, debated Sagan on nuclear winter before a special convocation of Congress. Sagan also led a delegation to meet with Pope John Paul II, who subsequently issued a papal statement against the build-up of nuclear arsenals. Many people credit this theory, and its advocacy by Sagan, as influential in the move toward nuclear disarmament and the end of the cold war.

Sagan oscillated between roles as scientist and political advocate. In this period, while attending a meeting of the imaging science team for the Galileo spacecraft, Sagan apologized to his teammates for his inability to commit more time to this mission, saying he was “putting most of my energy into saving the world from nuclear holocaust.” Most team members agreed that this effort should indeed have a higher priority for Sagan than planning imaging sequences for the moons of Jupiter.

In parallel with its escalation of the arms race, the Reagan administration cut back drastically on NASA’s program of planetary exploration. In 1981 they threatened to close down the highly successful Voyager 2 spacecraft before its Uranus and Neptune encounters and to turn the Jet Propulsion Laboratory into a defense contractor lab. After the space shuttle Challenger accident in 1986, the momentum seemed to have left NASA, just when Sagan was advocating an accelerated exploration program in his books and lectures. At the same time the USSR, under the influence of Mikhail Gorbachev’s reforms, seemed more open to international collaboration.

Sagan saw an opportunity to achieve two goals of noble dimension. By working together on missions to Mars, the US and the USSR could build confidence and gain experience that would ultimately defuse the cold war and permit cooperation in other areas. By pooling their resources, these two space-faring nations could accomplish together what neither could afford alone—extending human presence into the solar system—and simultaneously ensure peace on Earth.

Sagan formed a close working relationship with Roald Sagdeev, the director of the Space Research Institute in Moscow, and together they opened up the Soviet planetary exploration program, with unprecedented live reporting of the Soviet flybys of Comet Halley in 1986. In Russia, he associated with Soviet cosmonauts and government officials as well as scientists. For a few years, under his leadership, anything seemed possible. Then the USSR disintegrated, and many of its space scientists found themselves unemployed. With the failure of Russia’s last three planetary missions (all destined for Mars), both the motivation and the capability of Russia to partner in exploration of the solar system evaporated.

Disappointments

By the time of the final Voyager encounter with Neptune in 1989, it was apparent that Sagan’s campaign to promote human expansion to Mars was doomed. His Russian friend Sagdeev was emigrating to the United States and marrying (of all people) Dwight Eisenhower’s granddaughter. And after a decade of budget cuts, NASA seemed unable to summon the resources even to maintain a modest program of robotic space exploration. The high hopes of the Viking and Voyager era were gone. In a 1989 lecture at JPL, Sagan could not conceal his frustration and disappointment—the first time I had seen him unable to summon an optimistic perspective. However, worse personal blows were about to fall.

In the autumn of 1990, Sagan made his most serious scientific blunder. Threatened with military opposition to its invasion of Kuwait, Iraq threatened to set fire to the nation’s oil wells. Sagan became concerned that the quantity of petrochemical smoke generated by these oil-field fires could generate a small-scale nuclear winter, endangering crops across Asia and threatening world food production. Of his four TTAPS co-authors, only Turco supported this hypothesis; Pollack, Toon, and Ackerman could not see how sufficient smoke could get into the stratosphere. However, Sagan went public with dire predictions. While he kept his predictions conditional, saying only that we could not show that massive oil-field fires would not have major climatological consequences (a “double negative” logic that he used frequently), his doomsday warning was widely reported. The oil fields were torched in January 1991, blackening the sky over most of Kuwait and disrupting the coastal ecosystem, but there were no climatic effects, even on a local scale. Sagan was widely criticized, and the episode had the further effect of undermining the credibility of the entire nuclear winter scenario.

The next year Sagan was nominated for membership in the National Academy of Sciences. Academy membership requires distinguished research scholarship, but that is rarely sufficient to ensure membership. Considerable weight is also given to public service, as well as more political factors such as where a nominee works and whom he or she knows. Most colleagues agreed that Sagan’s research record was more than adequate (Shermer 1999), and that his additional journal editorship, government service, and contributions to public understanding of science should have ensured his election. But Sagan was blackballed in the first voting round, requiring a full debate and vote by the Academy membership. In the final vote he barely received 50 percent yes votes, far short of the two-thirds majority required for election to membership.

Two years later, the National Academy awarded Sagan its prestigious Public Welfare Medal, perhaps in partial compensation for his earlier rejection. The damage was done, however: not only a stinging personal blow, but also an attack on his credibility as a spokesperson for science. For all his accomplishments—or perhaps because of some of them—influential members of the academic “old boys” network never accepted him.

Other problems multiplied. In 1993 the NASA SETI program, which he had defended on critical occasions in the past, was abruptly terminated by Congress. His book on nuclear winter, written with Turco, sold only a few thousand copies; no one cared much any more about issues of nuclear war. Perhaps worst of all, a book that he and Annie put a great deal of themselves into, Shadows of Forgotten Ancestors, did not receive the enthusiastic welcome they expected. Although some reviewers consider it one of Sagan’s best works, it was not a best seller. No longer a media star, Sagan was slipping from public consciousness.

A Candle in the Dark

Sagan’s most important contributions in his final years were in the struggle against pseudoscience. Throughout the last decade of the millennium, this scourge of public irrationality grew, as astrology, alien abductions, alternative medicine, and any number of other New Age and “millennial” fads and cults gained in popularity. Sagan fought back, and after the death of his friend Isaac Asimov, his was the voice most often heard in defense of scientific reason in the United States.

His most influential platform was provided by the weekly newspaper-supplement magazine Parade, one of the two most widely read publications in America. His column appeared there regularly for more than a decade, providing a unique opportunity for outreach and education. He discussed the latest discoveries in science, debunked the purveyors of flimflam, and also delved into sensitive topics of public concern such as abortion and animal rights. His articles in Parade provided the basis for many chapters in his final three books, Pale Blue Dot, The Demon-Haunted World, and Billions and Billions.

The Demon-Haunted World, subtitled Science as a Candle in the Dark, was a passionate defense of science against pseudoscience and irrationality, as illustrated in the following quotes. “It is far better to grasp the Universe as it really is than to persist in delusion, however satisfying and reassuring [that may be]. . . . Superstition and pseudoscience keep getting in the way [of understanding nature], providing easy answers, dodging skeptical scrutiny, casually pressing our awe buttons and cheapening the experience, making us routine and comfortable practitioners as well as victims of credulity. . . . [Pseudoscience] ripples with gullibility. . . . The tenants of skepticism do not require an advanced degree to master, as most successful used car buyers demonstrate. The whole idea of democratic application of skepticism is that everyone should have the essential tools to effectively and constructively evaluate claims to knowledge. . . . But the tools of skepticism are generally unavailable to the citizens of our society. . . .Those who have something to sell, those who wish to influence public opinion, those in power, a skeptic might suggest, have a vested interest in discouraging skepticism” (Sagan 1995).

While vigorously advocating the concepts of scientific skepticism, Sagan also raised questions about strategy. He wrote that “The chief difficulty I see in the skeptical movement is in its polarization: Us vs. Them—the sense that we [skeptics] have a monopoly on the truth; that those other people who believe all these stupid doctrines are morons.” He was especially troubled by anti-religious attitudes. While not a believer himself, Sagan had constructive interactions with religious leaders, including the Pope and the Dalai Lama. He wrote “There is no necessary conflict between science and religion. On one level, they share similar and consonant goals, and each needs the other.”

Although more demanding and hence less popular than his books about astronomy and planetary exploration, The Demon-Haunted World is arguably his most mature and valuable publication. Expressing his concerns about the irrationalism that pervades modern society, he wrote: “I know that the consequences of scientific illiteracy are far more dangerous in our time than in any time that has come before. It’s perilous and foolhardy for the average citizen to remain ignorant about global warming, say, or ozone depletion, air pollution, toxic and radioactive wastes, topsoil erosion, tropical deforestation, exponential population growth. . . . How can we affect national policy—or even make intelligent decisions in our own lives—if we don’t grasp the underlying issues? . . . Plainly there is no way back. Like it or not, we are stuck with science. We had better make the best of it. When we finally come to terms with it and fully recognize its beauty and power, we will find, in spiritual as well as in practical matters, that we have made a bargain strongly in our favor.”

Sagan’s example has contributed to increasing efforts by scientists to reach out to the press and the public. For the first time in the 1980s, such professional organizations as the American Astronomical Society and the American Geo¬physical Union appointed full-time press officers and began sponsoring press conferences at their annual meetings. NASA missions also undertook to identify and encourage project scientists to speak with the press, both informally and as official NASA spokespersons. In the late 1990s this extended to welcoming commercial HDTV crews into high-level NASA meetings and spacecraft encounters. Breaking with tradition, the space agency was now anxious to show the human side of scientific exploration. In the 1960s, Sagan was almost alone in his work with the press, but such activity had become relatively common among space scientists two decades later. None, however, has approached Sagan’s level of charisma or public name recognition.

Cornell’s President Frank Rhodes, speaking at Sagan’s sixtieth birthday celebration, summarized his impact: “I want to salute Carl Sagan . . . as the embodiment of everything that is best in academic life . . . in scholarship, teaching, and service. . . . Carl is an inspiring example of the engaged, global citizen . . . . [He is] a master of synthesis, and he has used that skill to engage us as a society in some of the biggest issues of our time. . . . With the conscience of a humanist and the consummate skill of the scientist, he addresses the needs of the society in which we live, and we are the richer for it” (Terzian and Bilson 1997).

References

Achenbach, Joel. 1999. Captured by Aliens: The Search for Life and Truth in a Very Large Universe. New York: Simon and Shuster.

Bauer, Henry. 1984. Beyond Velikovsky: The History of a Public Controversy. Urbana, Illinois: University of Illinois Press.

Chapman, Clark. 1977. The Inner Planets. New York: Scribner.

Davidson, Keay. 1999. Carl Sagan: A Life. New York: Wiley.

Hartmann, William. 1974. Review of The Cosmic Connection. Science 184: 663–664.

Morrison, David. 1999. Sagan and skepticism: Review of two Sagan biographies. Skeptic 17, (4): 29–31.

Poundstone, William. 1999. Carl Sagan: A Life in the Cosmos. New York: Henry Holt.

Sagan, Carl. 1973. The Cosmic Connection: An Extraterrestrial Perspective. New York: Doubleday. (Reissued 2000 as Carl Sagan’s Cosmic Connection: An Extraterrestrial Perspective. Cambridge: Cambridge University Press.)

———. 1987. The burden of skepticism. SKEPTICAL INQUIRER 12(1): 38–46.

———. 1995. Wonder and skepticism. SKEPTICAL INQUIRER 19(1): 24–30.

———. 1995. The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark. New York: Random House.

Shermer, Michael. 1999. The measure of a life: Carl Sagan and the science of biography. Skeptic 17(4): 32–39.

Terzian, Yervant, and Elizabeth Bilson, eds. 1997. Carl Sagan’s Universe, Cambridge: Cambridge University Press.

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