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Primero aceptó un mando en la Reserva de las FDI y como tal estuvo
encargado de la pacificación de la franja de Gaza, densamente poblada
por palestinos. La brutalidad de sus métodos levantó tales protestas en
la opinión pública israelí que el Gobierno hubo de cesarlo a mediados de
1975. A cambio, se puso al servicio de Rabin, a la sazón el nuevo primer
ministro, como asesor especial de seguridad. Ocupaba esta función en
1976 cuando puso en marcha su propia fuerza política, el Partido de la
Paz de Sión (Shlomzion), con el que volvió a la Knesset tras las
elecciones del 17 de mayo de 1977 como uno de los dos diputados que
consiguió.
La visión política de Sharon se ubicaba en el sionismo más
recalcitrante: la construcción de Eretz Yisrael, el Gran Israel
bíblico, como la garantía de unas fronteras seguras frente a la
hostilidad indeclinable de los estados árabes. Esto suponía anexar al
Estado la totalidad de Jerusalén, el Golán y Cisjordania, territorio
llamado Judea y Samaria por Israel, que sería abierto de par en par a la
colonización judía. Sharon llegó a proponer la expulsión de todos los
palestinos de Cisjordania y su transferencia a Jordania, que consideraba
el Estado natural por ellos reclamado.
Cuando Begin, vencedor en los comicios de 1977, se dirigió en busca de
aliados para dotar de mayoría absoluta a su futuro gobierno, Sharon no
se lo pensó dos veces y se alió al Likud, que presentaba planteamientos
sionistas muy similares. En el gabinete de amplia coalición y de fuerte
perfil derechista y religioso que Begin alineó el 21 de junio, Sharon
figuró como ministro de Agricultura y además se hizo cargo del Comité
interministerial de Colonización, con jurisdicción sobre los
asentamientos judíos en Cisjordania. Cuando se le preguntó a Begin las
razones del nombramiento, el veterano líder nacionalista declaró: "los
árabes respetan la fuerza, y Sharon la encarna".
Mientras Begin negociaba un tratado de paz por separado con Egipto que
iba a requerir la devolución del Sinaí arrebatado en 1967, Sharon, de
buen grado, se encargó de acelerar la construcción de colonias en
Cisjordania, política de hechos consumados que debería invalidar la
segunda demanda de Sadat para la firma de la paz, la creación de una
autonomía para los palestinos en los territorios ocupados, la cual daría
lugar eventualmente a una entidad soberana. El ministro de los
bulldozers concitó las iras de los palestinos al arrasar los
poblados árabes para levantar con la misma rapidez asentamientos judíos,
los cuales llegó a duplicar mientras estuvo en el cargo.
El celo de Sharon le llevó muchas veces a anticiparse a las decisiones
de la Knesset, e incluso toleró la colonización salvaje del Sinaí para
boicotear su devolución a Egipto tal como estipuló el Tratado de Camp
David de marzo de 1979. Igual actitud, aunque esta vez con el respaldo
del gabinete, adoptó en el Golán, como prolegómeno de su anexión formal
el 14 de diciembre de 1981. Aunque no era ni entonces ni lo sería
después un hombre religioso, Sharon apoyó a Gush Emunim ("Bloque
de los Creyentes"), un movimiento religioso que recurriendo a argumentos
mesiánicos perseguía la absorción por el Estado de todos los territorios
poseídos por los antiguos reinos hebreos.
Después de las elecciones del 30 de junio de 1981, en las que renovó su
escaño, a Sharon le fue concedida la importante cartera de Defensa en el
nuevo Gobierno de Begin, una posición desde la que el temible halcón
de halcones de la política israelí daría pábulo a la controversia y,
finalmente, al escándalo.
3. La campaña de Líbano en 1982
Deseoso de poner fin de una vez al "problema palestino", el equipo de
Begin, con Sharon como más entusiasta valedor, planeó la invasión a gran
escala de Líbano, origen de las incursiones de los fedayines y cuartel
general de la OLP de
Yasser Arafat
desde su expulsión de Jordania en 1970.
La Operación Paz de Galilea comenzó el 6 de junio de 1982 con la
participación de decenas de miles de soldados y más de un millar de
tanques. Con Sharon de director de operaciones, el Tzahal ocupó Tiro,
Sidón y, a partir del día 13, el sector oriental de la capital, Beirut,
extendiendo su control sobre dos tercios del país. Arafat, su estado
mayor y el grueso de los combatientes palestinos, cuya liquidación
física se pretendía, quedaron cercados en la parte occidental de Beirut,
en la zona árabe-musulmana.
Sharon había prometido una guerra relámpago de 48 horas, pero ahora las
FDI se exponían a una penosa lucha callejera. Begin ordenó arrasar las
áreas de control palestino en Beirut occidental con bombardeos
indiscriminados por tierra, mar y aire, pero, ante las presiones
internacionales, aceptó la evacuación de Arafat y sus hombres bajo la
protección de un contingente multinacional, operación que duró del 21 de
agosto al 1 de septiembre. A esas alturas, Paz de Galilea
arrojaba un balance estremecedor: unos 19.000 palestinos y libaneses,
civiles en su mayoría y 5.000 de ellos en Beirut, habían muerto,
mientras que las FDI contaron más de 600 bajas mortales y unos 3.000
heridos.
Sharon dio por logrados los objetivos de la invasión, pero el 15 de
septiembre, al día siguiente de ser asesinado el presidente electo
Bashir Gemayel, jefe del partido cristiano falangista Kataeb y aliado de
los israelíes, ordenó a las tropas ocupar Beirut occidental para
aplastar los últimos focos de resistencia de las milicias libanesas
izquierdistas, una decisión que, se dijo, no fue consultada con Begin.
Como colofón a esta cadena de hechos acreedores de la execración
general, el 16 de septiembre milicianos falangistas penetraron en los
campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y hasta el día 18 se
dedicaron a asesinar impunemente a sus moradores, muchos de ellos
mujeres, niños y ancianos, en un número nunca esclarecido a gusto de
todos, pero sin duda elevadísimo.
Fuentes judiciales y de inteligencia israelíes establecieron un balance
de víctimas de 460 como mínimo y de 800 como máximo, cifras en las que
se movieron los partes de la Cruz Roja, la Policía libanesa y la mayoría
de las cabeceras occidentales. Sin embargo, algunos medios informativos
hablaron de más de 1.000 asesinados y la propia OLP cifró los muertos
entre 3.000 y 3.500. La implicación de Israel en tan terrible crimen
pareció incuestionable desde el primer momento, ya que las FDI y los
servicios de inteligencia controlaban el sector y sin lugar a dudas
conocían tanto los planes del Kataeb como su ejecución. De haberlo
querido, los militares israelíes habrían detenido la matanza. De hecho,
el propio Sharon reconoció el 21 de septiembre haber autorizado la
entrada de los falangistas en los campos.
La horrenda masacre de Sabra y Chatila provocó un enorme revuelo
internacional y abrió un trauma sin precedentes en la sociedad israelí,
cuyos sectores izquierdistas y pacifistas tomaron las calles para clamar
contra el Gobierno del Likud. Sharon, escarnecido como "señor de la
guerra", "carnicero de Líbano" y -en una alusión irónica a sus ardores
sionistas-, "rey de Jerusalén", se convirtió en el referente de las
contradicciones de un país que se preguntaba dónde estaba el límite
entre la legítima defensa y el expansionismo vengativo y cruel.
La tormenta doméstica no arreció y Sharon fue uno de los nueve altos
dirigentes del Gobierno y el Ejército que hubieron de comparecer ante la
Comisión especial presidida por el juez Kahan, presidente del Tribunal
Supremo, puesta en marcha el 10 de octubre para investigar la matanza y
depurar responsabilidades indirectas entre los responsables políticos.
Después de declarar Sharon que "no habría imaginado jamás" que tal
tragedia pudiera llegar a producirse, el 8 de febrero de 1983 la
comisión concluyó que el ministro era el principal responsable de los
hechos, por delante de Begin, al atribuirle una "negligencia e
imprevisión culpables", por lo que recomendó su destitución del
Gobierno. El 14 de febrero, después de resistirse, Begin le convenció
para que dimitiera como ministro de Defensa, pero, en señal de
solidaridad, le mantuvo en el Ejecutivo como ministro sin cartera.
Fue este el punto más bajo de la carrera de Sharon, suficiente en
cualquier otro caso como para ponerla término, pero él optó por aguantar
el temporal y regresar al proscenio político a la primera oportunidad.
En el Gobierno de unidad nacional formado por el laborista Shimon Peres
en septiembre de 1984, Sharon fue recuperado como ministro de Industria
y Comercio, una cartera poco susceptible de generar polémicas. En ella
se mantuvo hasta el que el 12 de febrero de 1990 presentó la dimisión
tras enfrentarse con el primer ministro de su partido, Yitzhak Shamir,
al que acusó de "no hacer nada para liquidar el terrorismo" desde que en
1987 comenzara el levantamiento palestino o intifada en los
territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.
La espantada del pugnaz ex general sólo fue el preludio de la ruptura
del Gobierno de unidad nacional; salido el Avoda el 13 de marzo en
protesta por la renuencia de Shamir a emprender conversaciones con la
OLP, el 11 de junio aquel recompuso el gabinete dando entrada a los
partidos ortodoxos y de la extrema derecha, con Sharon reenganchado al
frente de su ministerio favorito, el de Vivienda y Construcción. Hasta
el final de la legislatura perteneció también a los comités de
Exteriores y Defensa de la Knesset, y presidió el creado para supervisar
la inmigración de los judíos soviéticos.
4. Retorno al primer plano de la actualidad
La victoria electoral y la subsiguiente llegada al Gobierno del Avoda,
liderado por Rabin, en junio de 1992, mandó al Likud a la oposición por
primera vez desde 1977. Sharon se mantuvo activo en la política desde su
escaño en la Knesset, pero encontró más tiempo para dirigir sus negocios
agropecuarios en su inmenso rancho en el desierto del Neguev, al norte
del Sinaí, adquirido en 1973 y que le estaba convirtiendo en uno de los
ganaderos más adinerados del país.
En los cuatro años siguientes Sharon alzó su voz para oponerse a los
sucesivos acuerdos suscritos con los palestinos a partir de la
Declaración de Principios de Washington en septiembre de 1993, que
establecía la creación de una Autoridad Nacional Palestina (ANP, si bien
el término "nacional" es rechazado por los israelíes y, de hecho, no
consta en los documentos firmados) como entidad autonómica en los
territorios ocupados, la retrocesión de soberanía y el repliegue militar
israelí por fases, y la negociación para 1999 de los aspectos cardinales
del proceso de paz, esto es, la cuestión de Jerusalén, el retorno de los
refugiados, la definición de las fronteras y el estatus definitivo de la
entidad palestina.
Nostálgico de las campañas que pudieran llevar al Tzahal a Damasco,
Ammán o Suez, y enemigo jurado de cualquier concesión a los palestinos,
el incombustible Sharon se mantuvo en la reserva política,
aguardando el momento en que el electorado reclamara de nuevo al Likud
en el poder. Aunque concitaba un rechazo amplio (más por temor que por
odio) entre los israelíes, no dejó de cultivar una base de simpatizantes
en el campo más derechista, entre los movimientos procolonización y los
religiosos ultraortodoxos, a los que ofrecía perspectivas de su agrado
con talante populista. El Likud ganó las elecciones generales del 29 de
mayo de 1996 y su líder, Binyamin Netanyahu, un antiguo oficial de
comandos, formó un gobierno de coalición con la pléyade de partidos del
arco religioso-derechista el 18 de junio.
No podía faltar Sharon, que recibió un ministerio especialmente creado
para él, el de Infraestructuras Nacionales. Netanyahu hablaba su
lenguaje: no al Estado palestino, no a la devolución del Golán a Siria,
no a la partición de Jerusalén, irrenunciable "capital eterna e
indivisible" de Israel, y no al principio de "paz por territorios", que
era la esencia de los acuerdos de 1993 y 1994 con la OLP. Para Netanyahu
y Sharon, y para este último, aún con fuertes reticencias, lo más que
cabía negociar era una "paz por paz", que otorgara a los palestinos una
autonomía de tipo administrativo, limitada en competencias y
territorios. Lo esencial de Cisjordania debería permanecer bajo
soberanía política y control militar israelíes.
Con el visto bueno de Netanyahu, en marzo de 1997 las excavadoras de
Sharon empezaron a construir un barrio judío en los arrabales de
Jerusalén oriental, otra maniobra para reforzar la reclamación israelí
sobre toda la ciudad, incluidas los sectores de mayoría musulmana, que
provocó un parón decisivo en el ya ralentizado proceso de paz. El 7 de
julio de ese año Sharon fue integrado con funciones consultivas en el
equipo gubernamental que llevaba las negociaciones con los palestinos.
Siempre en el extremo de los remisos, allí dejó a las claras su
antagonismo al plan de Estados Unidos de entregar a la ANP un 13%
adicional de Cisjordania, pues consideraba que toda retrocesión
territorial superior al 9% dejaba a Israel cojo de seguridad e
indefendible.
Netanyahu y Arafat sellaron el acuerdo en Wye Plantation, Estados
Unidos, el 23 de octubre de 1998, 14 días después de que el primero
nombrara a Sharon ministro de Asuntos Exteriores en sustitución del
dimitido David Levy, un nombramiento que aplacó a los elementos más
escorados a la línea dura de su coalición. Titular de la oficina
desde el 13 de octubre, Sharon retuvo la cartera de Infraestructuras,
una concentración de atribuciones que le convirtió en el número dos
indiscutible del gabinete. Casualidad o no, el aumento de la influencia
de Sharon coincidió con el anuncio por Netanyahu, en enero de 1999, de
la suspensión de la aplicación de los acuerdos de Wye.
En las elecciones anticipadas del 17 de mayo de 1999 el Likud y
Netanyahu fueron derrotados por el Avoda y su nuevo líder, Ehud Barak,
otro multicondecorado general, ex jefe del Estado Mayor y considerado el
heredero político del asesinado Rabin. Netanyahu presentó de inmediato
la dimisión y Sharon asumió la jefatura, con carácter interino, de un
partido minado por las disputas y las deserciones, instigadas por el
controvertido liderazgo de Netanyahu. El 6 de julio Sharon cesó en el
Ejecutivo con la asunción del gobierno de Barak e inició su andadura
como líder de la oposición y, por ende, candidato hipotético a primer
ministro, perspectiva que nadie hubiera creído hacía unos pocos años y,
desde luego, temida por la mayoría, tanto árabes como judíos.
Sharon, que el 2 de septiembre de 1999 fue confirmado en el liderazgo
del Likud, realizó una oposición destructiva al precario Gobierno de
coalición, planteándole mociones de censura, lanzando invectivas contra
Barak y regateándole cualquier apoyo, a medida que su frente partidista
se desintegraba por las insuperables diferencias en su seno en torno a
la decisión del primer ministro de cumplir con los acuerdos de Wye y
alcanzar un tratado de paz definitivo con la ANP en 2000. Esta
perspectiva se mostró inviable cuando las negociaciones en Camp David
cara a cara entre Arafat y Barak terminaron en un rotundo fracaso el 25
de julio, entrando la situación en un tenso punto muerto.
5. El rédito electoral de un lance incendiario
En este clima de pesimismo general, el 28 de septiembre de 2000 Sharon
realizó una inesperada visita, rodeado de una nube de guardaespaldas, a
la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, lugar sagrado del Islam sito
en la Ciudad Antigua del sector oriental. Este exiguo perímetro, nexo
del Barrio Musulmán con el Barrio Judío, era el nudo gordiano al final
del camino iniciado en la Conferencia de Madrid de 1991 y materia
hipersensible, ya que la pujante ortodoxia israelí lo reclamaba a su vez
como el Monte del Templo bíblico, vinculado a la llegada del Mesías de
los judíos y parte de un todo con el contiguo Muro de las Lamentaciones,
último vestigio del desaparecido templo salomónico.
Con su paseo por el lugar Sharon envió un mensaje a la opinión pública:
Jerusalén era innegociable y los ultranacionalistas y ortodoxos tenían
derecho a reclamar el control efectivo del recinto. De hecho, él mismo
poseía una propiedad en el barrio musulmán.
Para el mundo árabe y los palestinos la acción de Sharon fue un desafío
en toda regla, aunque los observadores internacionales coincidieron en
señalar que el viejo zorro de la política israelí y experto conocedor de
las reacciones de los árabes sabía muy bien lo que se hacía. Los
enfrentamientos inmediatos en el recinto sagrado se extendieron
rápidamente a otros puntos de la ciudad y sólo unas horas más tarde a
Gaza, las ciudades controladas por la ANP y el resto de la Cisjordania
ocupada.
La revuelta general palestina, una segunda intifada, con su espiral
mortífera de represalias y contrarrepresalias, llevándose los palestinos
la peor parte con mucho por el empleo sin contemplaciones por Israel de
su fuerza militar, arrojó por la borda la escasa confianza que subsistía
entre palestinos y judíos y abocó al atribulado proceso de paz al
colapso.
Calificado prematuramente de "cadáver político" por su provocadora
acción, Sharon, por el contrario, lo que hizo fue recibir adhesiones
desde sectores externos a sus bases tradicionales. A medida que Barak,
que no desautorizó al líder derechista pese a cargar con las
consecuencias políticas de su acto, se hundía en el descrédito, la
violencia palestina segaba vidas de decenas de israelíes, civiles o
militares, y en el mundo árabe se multiplicaba la hostilidad al Estado
judío, la opinión pública israelí fue deslizándose hacia los postulados
de mano dura, las advertencias belicistas y la intransigencia del ex
militar, el cual, dicho sea de paso, había titulado su libro de memorias
Guerrero: la autobiografía de Ariel Sharon.
La situación era similar a lo sucedido en 1995-1996, cuando el asesinato
de Rabin a manos de un ultra judío puso en bandeja, mediados una
serie de atentados terroristas palestinos y una desastrosa operación
militar en Líbano ordenada por Peres, la victoria electoral de la
derecha.
Después de acelerar la convocatoria de elecciones generales anticipadas
para 2001 (con fecha diferente para las legislativas y las de a primer
ministro), planteando al apurado Barak unas exigencias tan elevadas para
un gobierno de unidad nacional que no podía cumplir, Sharon perfiló su
candidatura al puesto de primer ministro. Y ello a pesar de que en el
Likud había preferencia por Netanyahu, a quien se le despejó un retorno
triunfal después de un año de ostracismo al aprobar la Knesset una ley
que facultaba a los no diputados la presentación de candidaturas a
presidir el Ejecutivo.
Según las encuestas, el Likud batiría con facilidad a Barak si su
candidato era Netanyahu, pero Sharon no cejó en su aspiración y se
mostró dispuesto a retarle en unas primarias. Cuando los nuevos sondeos
reflejaron que Sharon, lejos de ser un candidato problemático, estaba
ganado una aceptación masiva, Netanyahu arrojó la toalla y el 1 de enero
de 2001 respaldó la aspiración de su antiguo ministro.
Sharon desarrolló una campaña populista, repleta de guiños a los
influyentes partidos religiosos (oraciones en el Muro de las
Lamentaciones) y al colectivo de inmigrantes rusos (alocuciones en el
idioma de sus padres). Respecto a los tratos con los árabes, indicó que
su prioridad sería hacer la paz con Siria, frente en el que veía menos
complicaciones, a pesar de reiterar que el Golán debía permanecer en
manos israelíes.
Sus ofrecimientos a los palestinos ("nunca les he humillado, me respetan
y les respeto; saben que pueden confiar en mí, que digo lo que pienso y
que hago lo que prometo") fueron igualmente contradictorios, pues si por
una parte habló de un Estado palestino desmilitarizado, por la otra
descartó la retrocesión de nuevas áreas en Cisjordania, relegando la
entidad palestina a su mínima expresión territorial. Para Sharon, lo
esencial era la seguridad de Israel y, asegurada ella, luego "vendría la
paz". Arafat, que durante la campaña fue referido como un "asesino" y un
"mentiroso" por Sharon, afirmó que su victoria sería "un desastre", pero
aseguró estar dispuesto al diálogo.
El 6 de febrero, superando todos los pronósticos, Sharon barrió a Barak
con el 62,5% de los votos, en la victoria más espectacular nunca
obtenida por un candidato del Likud sobre otro del Avoda. Tras conocer
los resultados, Sharon advirtió que no iba a negociar nada con los
palestinos en tanto no cesaran sus acciones violentas, de las que culpó
directamente a la dirección de la ANP como planificadora e instigadora,
declaró no vinculantes todos los acuerdos firmados por Barak y Arafat (Wye
Plantation, Sharm el-Sheikh) y desechó como olvidable la propuesta
verbal hecha por el primero en Taba, en enero de ese año, sobre la
extensión de la autonomía palestina en Cisjordania y Jerusalén oriental
y el reconocimiento de un Estado palestino a cambio de retrasar en
varios años el tratado de paz definitivo.
Sin dudarlo, Sharon ofreció un gobierno de unidad nacional a los
laboristas, que, sumidos en el caos tras la debacle electoral, acogieron
la propuesta con división de opiniones. Barak, dimitido al frente del
partido, y Peres aceptaron de principio las carteras de Defensa y
Exteriores respectivamente, pero luego el primero se descartó. A Sharon
le interesaba un gobierno de vasta coalición participado por cualquier
partido "responsable, serio y que buscase la paz", pero la inclusión del
Avoda le permitiría dulcificar ante el mundo su imagen de halcón.
También se propuso y consiguió incluir el primer ministro no judío desde
1948, el musulmán druso Salah Tarif, miembro del Avoda.
Los atentados suicidas palestinos en ciudades israelíes, que crearon una
psicosis de vulnerabilidad y agudizaron el odio hacia los árabes,
aceleraron la formación del Gobierno de coalición, en el que
participaron siete partidos. El Likud recibió ocho ministerios; otros
ocho el Avoda; cinco el partido ultraortodoxo sefardí Shas; uno cada uno
de los dos partidos rusojudíos, Israel e Inmigración (YBA) y Nuestra
Casa es Israel (YB); uno el ultraderechista Partido de la Unión Nacional
(IL), y uno el Partido Una Nación. El 7 de marzo la Knesset aprobó este
gabinete por 72 votos contra 21 y a continuación Sharon prestó juramento
de su puesto.
6. Estrategia de guerra antipalestina a ultranza
En todo el año 2001 prevalecieron en el drama de Palestina el lenguaje
de las armas, la cerrazón política y los intentos, siempre fructuosos,
de sabotear cualquier posibilidad de entendimiento, situando a la ya de
por sí larga y dolorosa ocupación israelí en unos niveles de opresión
insoportables para la población civil palestina, que sólo podían generar
desesperación, ansias de venganza y fanatismo homicida. La sociedad
israelí también padeció los estragos de la violencia, en este caso el
terrorismo palestino, que daba pábulo a justificaciones
ultranacionalistas, militaristas y hasta racistas, poniendo en peligro
los mismos principios democráticos y laicos del Estado judío.
Sharon, que en muchos momentos pareció dejarse llevar exclusivamente por
su aversión inveterada a Arafat, se atrincheró en la intransigencia,
llegando a renegar de todos los compromisos adquiridos por Israel desde
los primeros acuerdos de Oslo (en noviembre los calificó de "error
trágico") y a ofrecer la alternativa de un nebuloso marco de paz de
nuevo cuño, en el que la ANP podría acceder a la estatalidad siempre que
se desmilitarizada y renunciara a nuevas adquisiciones territoriales, al
retorno de los refugiados, a la evacuación de las colonias judías y, por
supuesto, a la capitalidad en Jerusalén oriental.
Los canales de comunicación con la ANP fueron cerrándose y el presidente
palestino, puesto contra las cuerdas y desbordado por los extremismos,
incluso desde su propio partido, se embarcó en una inconsistente
dinámica de resistencia armada y de retórica nacionalista. Ahora bien,
la comunidad internacional en su conjunto, en particular los países
árabes y la Unión Europea, se mostraron impotentes ante los
padecimientos palestinos y supeditaron sus iniciativas políticas a lo
que dispusiera en cada momento la nueva administración estadounidense de
George W. Bush, quien en su papel de mediador desidioso y errático
tendía invariablemente a asumir las posturas israelíes.
En el curso de los meses quedó medianamente claro que la estrategia del
Gobierno Sharon, obligado por su opinión pública a responder
adecuadamente a la oleada de ataques terroristas, excedió ese marco y se
dirigió de paso a hundir las estructuras logradas desde la inauguración
de la ANP, convenciendo a los palestinos de que todo acto de hostilidad
contra Israel era inútil y conduciéndoles a una capitulación en las
condiciones del vencedor: un Estado superreducido en Gaza y algunas
ciudades de Cisjordania, privado de fuerzas armadas, del control de las
fronteras y sobre el agua, así como económicamente subordinado y moteado
de un sinfín de zonas de seguridad, áreas cerradas, asentamientos judíos
y discontinuidades en las comunicaciones terrestres.
Al amparo de la respuesta a las agresiones terroristas, que la comunidad
internacional aceptaba como legítima de todo Estado, las FDI
intensificaron el acoso contra los centros del poder de la ANP y sus
infraestructuras de comunicaciones, así como los métodos de castigo
colectivo como la demolición de viviendas de particulares acusados de
pertenecer o albergar a militantes buscados por terrorismo, la
destrucción de instalaciones agrícolas, el cegado de canalizaciones de
agua o el desarraigo de árboles. Estas actuaciones expeditivas podían ir
precedidas de mandatos administrativas para expropiar terrenos a sus
legítimos propietarios árabes a fin de levantar asentamientos de colonos
o ampliar barrios urbanos.
Los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos cometidos por
la organización islamista Al Qaeda tuvieron unos altos réditos para
Sharon, que no tuvo empacho en rentabilizar la consternación
internacional por los miles de víctimas en Nueva York y Washington y en
presentar a Arafat como el "Osama bin Laden de Israel" y como el "cabeza
de una coalición de terroristas", permitiéndose, con la actitud
condescendiente de la administración Bush, multiplicar sus operaciones
de represalia al socaire de la lucha antiterrorista global.
Desde el mes de agosto anterior la violencia ejercida por ambas partes
se había incrementado, y por la parte israelí supuso la ocupación
temporal de las ciudades bajo jurisdicción de la ANP y el pleno
funcionamiento de la política, con resabios de la inveterada ley del
talión, de "liquidaciones" (oficialmente, "operaciones de comando
antiterroristas") de dirigentes de organizaciones palestinas implicadas
en atentados.
Sharon no se desasió de una espiral con inercia propia, y si a veces se
contuvo a la hora de responder a la barbarie terrorista de grupos como
Hamas o la Jihad Islámica, otras veces ordenó acciones militares sin
suficiente justificación, que mataron a muchos civiles palestinos y que
presentaron las trazas, en opinión muy extendida fuera de Israel (salvo
en Estados Unidos), de intentos de sabotear cualquier resquicio de
normalización. Lo más que ofrecía Sharon era empezar a negociar la
creación del Estado palestino tal como él lo entendía al cabo de un
período, de más o menos duración en función del momento de la oferta, en
el que los palestinos cesarían absolutamente sus actos de violencia.
7. Desafío a la comunidad internacional
El primer ministro israelí se las arregló para proseguir su política
palestina aún a costa de lloverle una abrumadora cascada de censuras
internacionales, que en otro país y con otro líder habría surtido
efecto. Esta situación de reproche diplomático -más simbólico que otra
cosa- no era nueva para Israel, acostumbrado a valerse por sí mismo,
pero Sharon incluso se atrevió a abusar de la vital alianza estratégica
de Estados Unidos, poniendo en situación desairada en varias ocasiones
al presidente Bush con sus tropelías bélicas, presentadas siempre como
acciones de legítima autodefensa.
Si bien, en todo momento se tuvo la sensación de que la paciencia de las
autoridades de Washington con su problemático socio era inagotable y
que, de hecho, respaldaban lo esencial de sus tesis (sobre todo desde el
Departamento de Defensa y la Consejería de Seguridad), por más que le
lanzaran periódicos llamamientos a la contención y sonoras
reconvenciones. Hábilmente, Sharon supo retractarse y cubrir de elogios
a la administración Bush luego de criticarla con un lenguaje insólito,
como a comienzos de octubre de 2001, cuando comparó la actitud de
Estados Unidos hacia Israel con respecto al mundo árabe con la de las
democracias europeas hacia Checoslovaquia en vísperas de su
desmembramiento por la Alemania nazi.
A comienzos de diciembre de 2001, luego de amenazar a Siria por su
política en Líbano, de ignorar la recomendación de la Comisión Mitchell
de que suspendiera la construcción de nuevas colonias judías en
Cisjordania por constituir una de las mechas de la violencia, de no
darse por aludido en los intentos -fallidos- de la justicia belga de
procesarle por crímenes de guerra en relación con los sucesos de Sabra y
Chatila, y de salir indemne de varios amagos de desintegración de su
gobierno por la exigencia de la extrema derecha de que terminase
(incluso físicamente) con Arafat, Sharon respondió a la última oleada de
atentados terroristas con masivas operaciones militares contra la ANP,
que se centraron en edificios oficiales y demás atributos del poder de
Arafat. Estas acciones, junto con ocupaciones temporales de ciudades, se
sucedieron hasta enero del año siguiente.
Febrero y marzo de 2002 fueron meses extremadamente mortíferos,
registrándose sólo en un día, el 8 de marzo, 46 muertos (39 palestinos 7
israelíes), en la jornada más sangrienta desde el inicio de la guerra.
Las bajas por ambas partes eran ya diarias y la situación no tenía visos
de parar, brindando el sólido argumento a los detractores de Sharon de
que su promisión de traer la paz al golpeado pueblo israelí había
fracasado clamorosamente; antes al contrario, desde que estaba en el
poder, la violencia y la inseguridad estaban alcanzando niveles
inauditos.
Paradójicamente, esta oposición al primer ministro no se le planteó
desde el Avoda, cuyo nuevo líder no era sino el ministro de Defensa, el
halcón Binyamin Ben-Eliezer, al tiempo que Peres enmudecía y
renunciaba a ejercer su tradicional papel de paloma. La verdadera
alternativa política a Sharon estaba en su propio partido, que,
recogiendo las tesis de Netanyahu todavía más intransigentes y en trance
de confundirse con las actitudes mesiánicas de los partidos
ultraortodoxos y ultraderechistas, descartó la creación del Estado
palestino y cerró toda perspectiva de diálogo con la ANP en tanto ésta
no pusiera fin a la violencia y se sometiera a una profunda reforma
administrativa.
Fuente
Fundación CIDOB |