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Ariel Sharon

030710 - 1. Trayectoria de soldado temerario e implacable

Hijo de judíos rusos que emigraron a Palestina en 1922, el padre, sionista y antiguo estudiante de medicina, se cambió el apellido Scheinerman por la forma hebrea Sharon, que era el nombre del valle en que se situaba el moshav o cooperativa agrícola donde se establecieron, Kfar Malal, a pocos kilómetros al nordeste de Tel Aviv. Con ese apellido vino pues al mundo el futuro militar y político, quien sería uno de los primeros sabras, esto es, israelíes nacidos en
Palestina, en alcanzar altos puestos de dirección en el Estado de Israel.

Para escapar de las desavenencias entre sus padres, en 1942, a los 14 años de edad, se alistó en el GADNA, un batallón paramilitar de juventudes dependiente de la Fuerza de Defensa Judía o Haganah, el ejército clandestino para la protección de la población judía frente a los ataques de los árabes y embrión de las futuras Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI, o Tzahal), que además estaba vinculado al mayoritario sionismo de izquierda.

Mientras cursaba la educación secundaria en Tel Aviv, Sharon fue admitido en la Haganah. En 1945 la organización le envió a un curso de adiestramiento para oficiales y dos años después le encomendó la instrucción de unidades especiales para la vigilancia de los kibbutz y demás asentamientos agropecuarios. Al día siguiente de proclamarse el Estado de Israel y de concluir el mandato británico sobre Palestina, el 15 de mayo de 1948, estalló la guerra abierta con los estados árabes. A Sharon le fue asignado el mando de una compañía de infantería en la Brigada Alexandroni, y en el curso de la contienda cayó muy gravemente herido durante una misión en Jerusalén.

En 1949, tras terminar la denominada guerra de Independencia de Israel (con la anexión de los territorios de Palestina adjudicados por la ONU a un futuro Estado árabe, y de la parte occidental de Jerusalén), Sharon se integró en la Inteligencia Militar, la Aman, y asumió la reunión de información sobre las actividades guerrilleras palestinas en las fronteras con Siria y Líbano.

Desde 1952, año en que asistió a clases de Historia de Oriente Próximo en la Universidad Hebrea de Jerusalén, comenzó a dirigir operaciones de comando contra territorio jordano como vindictas por los ataques terroristas sufridos por asentamientos judíos en el área de Jerusalén. En 1953 fue encargado por el primer ministro David Ben-Gurion de organizar la Unidad 101, una sección de las FDI especializada en misiones encubiertas como sabotajes, asesinatos selectivos y otras represalias típicas de la guerra sucia. Al frente de esta unidad Sharon comenzó a cimentar su fama de militar expeditivo y poco escrupuloso.

Así, el 14 de octubre de 1953 sus hombres penetraron en la localidad jordana de Qibya y asesinaron a 70 civiles palestinos, niños y mujeres en su mayoría, usando armas automáticas y dinamita; y en 1955, en una operación de comando liquidaron a una treintena de soldados egipcios en Gaza. Cuando en noviembre de 1956 Israel se alió a franceses y británicos contra el Egipto de Gamal Abdel Nasser e invadió Gaza y el Sinaí, Sharon adquirió renombre como el comandante de un batallón de paracaidistas que capturó el estratégico paso de Mitla, el cual comunicaba la desértica península del Sinaí con el extremo meridional del canal de Suez.

La acción de Mitla fue el episodio más vistoso por parte israelí de esta breve guerra que se saldó sin ganancias territoriales para el Estado judío, pero a Sharon le aparejó la severa amonestación del alto mando de las FDI por desobedecer las órdenes y actuar por su cuenta. Esta indisciplina, que azuzada por el calor de la lucha se manifestaría de nuevo en el futuro, entorpeció el ascenso en el escalafón de Sharon, que de lo contrario, considerando su historial repleto de medallas y servicios distinguidos, tal vez habría llegado a la cima. Desmovilizado en 1957 para asistir a un cursillo de teoría militar en la Escuela del Estado Mayor de Camberley, Gran Bretaña, al año siguiente regresó al servicio activo como comandante de una brigada de infantería, y posteriormente amplió su formación con clases de Derecho en la Universidad de Tel Aviv.

Sharon contrajo segundas nupcias con su cuñada, pintora de profesión, en 1963, después de que su primera esposa perdiera la vida en un accidente de tráfico. La tragedia familiar se repetiría dos años más tarde cuando el hijo tenido en el primer matrimonio, Gur, de 10 años, se mató de un disparo mientras jugaba con una pistola regalada a su padre. La segunda esposa, Lili, con la que tuvo otros dos hijos, falleció en 2000 víctima de un cáncer de pulmón.

En 1962 Sharon recibió el mando de otra brigada en un cuerpo de las FDI, en 1964 fue nombrado jefe del Mando Norte del Estado Mayor y en 1966, año en que se licenció en Derecho por la Universidad Hebrea de Jerusalén, se convirtió en jefe del Departamento de Instrucción del Ejército. La guerra de los Seis Días, iniciada el 5 de junio de 1967 como un ataque sorpresa de Israel a egipcios, jordanos y sirios, confirió un empujón a la carrera castrense de Sharon, siempre necesitado de acciones de guerra para ascender.

Promovido a general de brigada para la ocasión, su unidad acorazada fue una de las puntas de lanza que se lanzaron en galopada hacia el canal de Suez, alcanzando el paso de Mitla -ocupado ya por los paracaidistas- en menos de dos días y continuando hasta la misma orilla del canal en el área de Suez. Con todo, la fama y la gloria se la reservaron los generales Moshe Dayan (ministro de Defensa) y Yitzhak Rabin (jefe del Estado Mayor), al personarse ante el Muro de las Lamentaciones tan pronto como la parte oriental de Jerusalén y los Santos Lugares fueron tomados. Además de Jerusalén oriental, Israel salió de esta fulminante campaña engrandecido con los territorios del Sinaí, Cisjordania, Gaza y los Altos del Golán.

2. Halcón en lides políticas y militares

En 1969 Sharon fue nombrado jefe del Mando Sur del Estado Mayor. Su aspiración apuntaba, sin duda, a la jefatura del propio Estado Mayor, esto es, el mando supremo de las FDI, pero en 1972 el Gobierno laborista de Golda Meir se decantó por el general David Eleazar como recambio del general Chaim Bar-Lev. Frustrado, en junio de ese año Sharon optó por colgar el uniforme y meterse en política. En parte porque guardaba resentimiento a las elites laboristas que habían gobernado el Estado desde la independencia, Sharon se ofreció a la oposición derechista como un fichaje del que andaban necesitados: un héroe de guerra con tirón popular para encabezar una lista de candidatos.

En septiembre de 1973 fue el principal artífice del bloque Likud ("Consolidación"), formado por la alianza Gahal, que integraban a su vez el partido Herut de Menahem Begin y el Partido Liberal, dos pequeños partidos de extrema derecha escindidos en su día del Herut y disidentes del laborismo. A Sharon le fue concedido un puesto señero en las listas del Gahal de cara a las elecciones generales que debían celebrarse en octubre, pero un nuevo estallido bélico, el sorpresivo ataque de Egipto y Siria en la festividad judía del Yom Kippur, el 6 de octubre, dejó en suspenso todos los tejemanejes políticos y reclamó con urgencia a Sharon, que volvió a enfundarse el uniforme.

El general regresó al terreno que conocía perfectamente, el área del Sinaí próxima a Suez. El primer día de la guerra desobedeció la orden de Dayan de replegarse, ante la avalancha de las tropas egipcias (mucho mejor entrenadas y pertrechadas que en 1967), a posiciones defensivas a 120 km al este del canal y, por el contrario, lo rebasó, abriendo una brecha en la retaguardia enemiga. Sin embargo, sus hombres quedaron peligrosamente expuestos, así que acató al Estado Mayor y se replegó a la orilla derecha.

Sus ansias de pelea encontraron desahogo el día 15 cuando el Estado Mayor ordenó la contraofensiva general en el Sinaí: Sharon atravesó el canal en el área de los Lagos Amargos y estableció una sólida cabeza de puente a modo de cuña entre el II y III ejércitos egipcios, sitos respectivamente al norte, entre Port Said e Ismailía, y al sur, entre Ismailía y Suez.

En los días siguientes, Sharon, con miles de tropas y cientos de tanques de refuerzo a sus órdenes, profundizó su incursión en la retaguardia egipcia en varias decenas de kilómetros, llegando hasta los arrabales de Ismailía y cortando la carretera El Cairo-Suez, lo que completó el cerco del III Ejército egipcio adelantado en el Sinaí. La perspectiva de una catástrofe militar egipcia que Sharon iba a precipitar con su temeridad, apremió al presidente Anwar as-Sadat a aceptar un armisticio que fue firmado el 11 de noviembre.

Sharon, ya ampliamente conocido como Arik, salió de su cuarta guerra más aureolado que nunca, de manera que en las elecciones legislativas del 31 de diciembre no tuvo dificultad para ganar el escaño en la Knesset o Parlamento. Pese a la animosidad general contra el Partido Laborista (Avoda) y los mandos militares por su imprevisión y desaciertos en la reciente contienda, el Likud, con 39 escaños, volvió a perder. Al inquieto Sharon le debió aburrir la actividad como parlamentario de la oposición y al cabo de un año, en diciembre de 1974, dejó la Knesset y se aproximó al Avoda en el poder aspirando a puestos de más enjundia.

Primero aceptó un mando en la Reserva de las FDI y como tal estuvo encargado de la pacificación de la franja de Gaza, densamente poblada por palestinos. La brutalidad de sus métodos levantó tales protestas en la opinión pública israelí que el Gobierno hubo de cesarlo a mediados de 1975. A cambio, se puso al servicio de Rabin, a la sazón el nuevo primer ministro, como asesor especial de seguridad. Ocupaba esta función en 1976 cuando puso en marcha su propia fuerza política, el Partido de la Paz de Sión (Shlomzion), con el que volvió a la Knesset tras las elecciones del 17 de mayo de 1977 como uno de los dos diputados que consiguió.

La visión política de Sharon se ubicaba en el sionismo más recalcitrante: la construcción de Eretz Yisrael, el Gran Israel bíblico, como la garantía de unas fronteras seguras frente a la hostilidad indeclinable de los estados árabes. Esto suponía anexar al Estado la totalidad de Jerusalén, el Golán y Cisjordania, territorio llamado Judea y Samaria por Israel, que sería abierto de par en par a la colonización judía. Sharon llegó a proponer la expulsión de todos los palestinos de Cisjordania y su transferencia a Jordania, que consideraba el Estado natural por ellos reclamado.

Cuando Begin, vencedor en los comicios de 1977, se dirigió en busca de aliados para dotar de mayoría absoluta a su futuro gobierno, Sharon no se lo pensó dos veces y se alió al Likud, que presentaba planteamientos sionistas muy similares. En el gabinete de amplia coalición y de fuerte perfil derechista y religioso que Begin alineó el 21 de junio, Sharon figuró como ministro de Agricultura y además se hizo cargo del Comité interministerial de Colonización, con jurisdicción sobre los asentamientos judíos en Cisjordania. Cuando se le preguntó a Begin las razones del nombramiento, el veterano líder nacionalista declaró: "los árabes respetan la fuerza, y Sharon la encarna".

Mientras Begin negociaba un tratado de paz por separado con Egipto que iba a requerir la devolución del Sinaí arrebatado en 1967, Sharon, de buen grado, se encargó de acelerar la construcción de colonias en Cisjordania, política de hechos consumados que debería invalidar la segunda demanda de Sadat para la firma de la paz, la creación de una autonomía para los palestinos en los territorios ocupados, la cual daría lugar eventualmente a una entidad soberana. El ministro de los bulldozers concitó las iras de los palestinos al arrasar los poblados árabes para levantar con la misma rapidez asentamientos judíos, los cuales llegó a duplicar mientras estuvo en el cargo.

El celo de Sharon le llevó muchas veces a anticiparse a las decisiones de la Knesset, e incluso toleró la colonización salvaje del Sinaí para boicotear su devolución a Egipto tal como estipuló el Tratado de Camp David de marzo de 1979. Igual actitud, aunque esta vez con el respaldo del gabinete, adoptó en el Golán, como prolegómeno de su anexión formal el 14 de diciembre de 1981. Aunque no era ni entonces ni lo sería después un hombre religioso, Sharon apoyó a Gush Emunim ("Bloque de los Creyentes"), un movimiento religioso que recurriendo a argumentos mesiánicos perseguía la absorción por el Estado de todos los territorios poseídos por los antiguos reinos hebreos.

Después de las elecciones del 30 de junio de 1981, en las que renovó su escaño, a Sharon le fue concedida la importante cartera de Defensa en el nuevo Gobierno de Begin, una posición desde la que el temible halcón de halcones de la política israelí daría pábulo a la controversia y, finalmente, al escándalo.

3. La campaña de Líbano en 1982

Deseoso de poner fin de una vez al "problema palestino", el equipo de Begin, con Sharon como más entusiasta valedor, planeó la invasión a gran escala de Líbano, origen de las incursiones de los fedayines y cuartel general de la OLP de Yasser Arafat desde su expulsión de Jordania en 1970.

La Operación Paz de Galilea comenzó el 6 de junio de 1982 con la participación de decenas de miles de soldados y más de un millar de tanques. Con Sharon de director de operaciones, el Tzahal ocupó Tiro, Sidón y, a partir del día 13, el sector oriental de la capital, Beirut, extendiendo su control sobre dos tercios del país. Arafat, su estado mayor y el grueso de los combatientes palestinos, cuya liquidación física se pretendía, quedaron cercados en la parte occidental de Beirut, en la zona árabe-musulmana.

Sharon había prometido una guerra relámpago de 48 horas, pero ahora las FDI se exponían a una penosa lucha callejera. Begin ordenó arrasar las áreas de control palestino en Beirut occidental con bombardeos indiscriminados por tierra, mar y aire, pero, ante las presiones internacionales, aceptó la evacuación de Arafat y sus hombres bajo la protección de un contingente multinacional, operación que duró del 21 de agosto al 1 de septiembre. A esas alturas, Paz de Galilea arrojaba un balance estremecedor: unos 19.000 palestinos y libaneses, civiles en su mayoría y 5.000 de ellos en Beirut, habían muerto, mientras que las FDI contaron más de 600 bajas mortales y unos 3.000 heridos.

Sharon dio por logrados los objetivos de la invasión, pero el 15 de septiembre, al día siguiente de ser asesinado el presidente electo Bashir Gemayel, jefe del partido cristiano falangista Kataeb y aliado de los israelíes, ordenó a las tropas ocupar Beirut occidental para aplastar los últimos focos de resistencia de las milicias libanesas izquierdistas, una decisión que, se dijo, no fue consultada con Begin.

Como colofón a esta cadena de hechos acreedores de la execración general, el 16 de septiembre milicianos falangistas penetraron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Shatila y hasta el día 18 se dedicaron a asesinar impunemente a sus moradores, muchos de ellos mujeres, niños y ancianos, en un número nunca esclarecido a gusto de todos, pero sin duda elevadísimo.

Fuentes judiciales y de inteligencia israelíes establecieron un balance de víctimas de 460 como mínimo y de 800 como máximo, cifras en las que se movieron los partes de la Cruz Roja, la Policía libanesa y la mayoría de las cabeceras occidentales. Sin embargo, algunos medios informativos hablaron de más de 1.000 asesinados y la propia OLP cifró los muertos entre 3.000 y 3.500. La implicación de Israel en tan terrible crimen pareció incuestionable desde el primer momento, ya que las FDI y los servicios de inteligencia controlaban el sector y sin lugar a dudas conocían tanto los planes del Kataeb como su ejecución. De haberlo querido, los militares israelíes habrían detenido la matanza. De hecho, el propio Sharon reconoció el 21 de septiembre haber autorizado la entrada de los falangistas en los campos.

La horrenda masacre de Sabra y Chatila provocó un enorme revuelo internacional y abrió un trauma sin precedentes en la sociedad israelí, cuyos sectores izquierdistas y pacifistas tomaron las calles para clamar contra el Gobierno del Likud. Sharon, escarnecido como "señor de la guerra", "carnicero de Líbano" y -en una alusión irónica a sus ardores sionistas-, "rey de Jerusalén", se convirtió en el referente de las contradicciones de un país que se preguntaba dónde estaba el límite entre la legítima defensa y el expansionismo vengativo y cruel.

La tormenta doméstica no arreció y Sharon fue uno de los nueve altos dirigentes del Gobierno y el Ejército que hubieron de comparecer ante la Comisión especial presidida por el juez Kahan, presidente del Tribunal Supremo, puesta en marcha el 10 de octubre para investigar la matanza y depurar responsabilidades indirectas entre los responsables políticos.

Después de declarar Sharon que "no habría imaginado jamás" que tal tragedia pudiera llegar a producirse, el 8 de febrero de 1983 la comisión concluyó que el ministro era el principal responsable de los hechos, por delante de Begin, al atribuirle una "negligencia e imprevisión culpables", por lo que recomendó su destitución del Gobierno. El 14 de febrero, después de resistirse, Begin le convenció para que dimitiera como ministro de Defensa, pero, en señal de solidaridad, le mantuvo en el Ejecutivo como ministro sin cartera.

Fue este el punto más bajo de la carrera de Sharon, suficiente en cualquier otro caso como para ponerla término, pero él optó por aguantar el temporal y regresar al proscenio político a la primera oportunidad. En el Gobierno de unidad nacional formado por el laborista Shimon Peres en septiembre de 1984, Sharon fue recuperado como ministro de Industria y Comercio, una cartera poco susceptible de generar polémicas. En ella se mantuvo hasta el que el 12 de febrero de 1990 presentó la dimisión tras enfrentarse con el primer ministro de su partido, Yitzhak Shamir, al que acusó de "no hacer nada para liquidar el terrorismo" desde que en 1987 comenzara el levantamiento palestino o intifada en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza.

La espantada del pugnaz ex general sólo fue el preludio de la ruptura del Gobierno de unidad nacional; salido el Avoda el 13 de marzo en protesta por la renuencia de Shamir a emprender conversaciones con la OLP, el 11 de junio aquel recompuso el gabinete dando entrada a los partidos ortodoxos y de la extrema derecha, con Sharon reenganchado al frente de su ministerio favorito, el de Vivienda y Construcción. Hasta el final de la legislatura perteneció también a los comités de Exteriores y Defensa de la Knesset, y presidió el creado para supervisar la inmigración de los judíos soviéticos.

4. Retorno al primer plano de la actualidad

La victoria electoral y la subsiguiente llegada al Gobierno del Avoda, liderado por Rabin, en junio de 1992, mandó al Likud a la oposición por primera vez desde 1977. Sharon se mantuvo activo en la política desde su escaño en la Knesset, pero encontró más tiempo para dirigir sus negocios agropecuarios en su inmenso rancho en el desierto del Neguev, al norte del Sinaí, adquirido en 1973 y que le estaba convirtiendo en uno de los ganaderos más adinerados del país.

En los cuatro años siguientes Sharon alzó su voz para oponerse a los sucesivos acuerdos suscritos con los palestinos a partir de la Declaración de Principios de Washington en septiembre de 1993, que establecía la creación de una Autoridad Nacional Palestina (ANP, si bien el término "nacional" es rechazado por los israelíes y, de hecho, no consta en los documentos firmados) como entidad autonómica en los territorios ocupados, la retrocesión de soberanía y el repliegue militar israelí por fases, y la negociación para 1999 de los aspectos cardinales del proceso de paz, esto es, la cuestión de Jerusalén, el retorno de los refugiados, la definición de las fronteras y el estatus definitivo de la entidad palestina.

Nostálgico de las campañas que pudieran llevar al Tzahal a Damasco, Ammán o Suez, y enemigo jurado de cualquier concesión a los palestinos, el incombustible Sharon se mantuvo en la reserva política, aguardando el momento en que el electorado reclamara de nuevo al Likud en el poder. Aunque concitaba un rechazo amplio (más por temor que por odio) entre los israelíes, no dejó de cultivar una base de simpatizantes en el campo más derechista, entre los movimientos procolonización y los religiosos ultraortodoxos, a los que ofrecía perspectivas de su agrado con talante populista. El Likud ganó las elecciones generales del 29 de mayo de 1996 y su líder, Binyamin Netanyahu, un antiguo oficial de comandos, formó un gobierno de coalición con la pléyade de partidos del arco religioso-derechista el 18 de junio.

No podía faltar Sharon, que recibió un ministerio especialmente creado para él, el de Infraestructuras Nacionales. Netanyahu hablaba su lenguaje: no al Estado palestino, no a la devolución del Golán a Siria, no a la partición de Jerusalén, irrenunciable "capital eterna e indivisible" de Israel, y no al principio de "paz por territorios", que era la esencia de los acuerdos de 1993 y 1994 con la OLP. Para Netanyahu y Sharon, y para este último, aún con fuertes reticencias, lo más que cabía negociar era una "paz por paz", que otorgara a los palestinos una autonomía de tipo administrativo, limitada en competencias y territorios. Lo esencial de Cisjordania debería permanecer bajo soberanía política y control militar israelíes.

Con el visto bueno de Netanyahu, en marzo de 1997 las excavadoras de Sharon empezaron a construir un barrio judío en los arrabales de Jerusalén oriental, otra maniobra para reforzar la reclamación israelí sobre toda la ciudad, incluidas los sectores de mayoría musulmana, que provocó un parón decisivo en el ya ralentizado proceso de paz. El 7 de julio de ese año Sharon fue integrado con funciones consultivas en el equipo gubernamental que llevaba las negociaciones con los palestinos. Siempre en el extremo de los remisos, allí dejó a las claras su antagonismo al plan de Estados Unidos de entregar a la ANP un 13% adicional de Cisjordania, pues consideraba que toda retrocesión territorial superior al 9% dejaba a Israel cojo de seguridad e indefendible.

Netanyahu y Arafat sellaron el acuerdo en Wye Plantation, Estados Unidos, el 23 de octubre de 1998, 14 días después de que el primero nombrara a Sharon ministro de Asuntos Exteriores en sustitución del dimitido David Levy, un nombramiento que aplacó a los elementos más escorados a la línea dura de su coalición. Titular de la oficina desde el 13 de octubre, Sharon retuvo la cartera de Infraestructuras, una concentración de atribuciones que le convirtió en el número dos indiscutible del gabinete. Casualidad o no, el aumento de la influencia de Sharon coincidió con el anuncio por Netanyahu, en enero de 1999, de la suspensión de la aplicación de los acuerdos de Wye.

En las elecciones anticipadas del 17 de mayo de 1999 el Likud y
Benjamín Netanyahu fueron derrotados por el Avoda y su nuevo líder, Ehud Barak, otro multicondecorado general, ex jefe del Estado Mayor y considerado el heredero político del asesinado Rabin. Netanyahu presentó de inmediato la dimisión y Sharon asumió la jefatura, con carácter interino, de un partido minado por las disputas y las deserciones, instigadas por el controvertido liderazgo de Netanyahu. El 6 de julio Sharon cesó en el Ejecutivo con la asunción del gobierno de Barak e inició su andadura como líder de la oposición y, por ende, candidato hipotético a primer ministro, perspectiva que nadie hubiera creído hacía unos pocos años y, desde luego, temida por la mayoría, tanto árabes como judíos.

Sharon, que el 2 de septiembre de 1999 fue confirmado en el liderazgo del Likud, realizó una oposición destructiva al precario Gobierno de coalición, planteándole mociones de censura, lanzando invectivas contra Barak y regateándole cualquier apoyo, a medida que su frente partidista se desintegraba por las insuperables diferencias en su seno en torno a la decisión del primer ministro de cumplir con los acuerdos de Wye y alcanzar un tratado de paz definitivo con la ANP en 2000. Esta perspectiva se mostró inviable cuando las negociaciones en Camp David cara a cara entre Arafat y Barak terminaron en un rotundo fracaso el 25 de julio, entrando la situación en un tenso punto muerto.

5. El rédito electoral de un lance incendiario

En este clima de pesimismo general, el 28 de septiembre de 2000 Sharon realizó una inesperada visita, rodeado de una nube de guardaespaldas, a la Explanada de las Mezquitas de Jerusalén, lugar sagrado del Islam sito en la Ciudad Antigua del sector oriental. Este exiguo perímetro, nexo del Barrio Musulmán con el Barrio Judío, era el nudo gordiano al final del camino iniciado en la Conferencia de Madrid de 1991 y materia hipersensible, ya que la pujante ortodoxia israelí lo reclamaba a su vez como el Monte del Templo bíblico, vinculado a la llegada del Mesías de los judíos y parte de un todo con el contiguo Muro de las Lamentaciones, último vestigio del desaparecido templo salomónico.

Con su paseo por el lugar Sharon envió un mensaje a la opinión pública: Jerusalén era innegociable y los ultranacionalistas y ortodoxos tenían derecho a reclamar el control efectivo del recinto. De hecho, él mismo poseía una propiedad en el barrio musulmán.

Para el mundo árabe y los palestinos la acción de Sharon fue un desafío en toda regla, aunque los observadores internacionales coincidieron en señalar que el viejo zorro de la política israelí y experto conocedor de las reacciones de los árabes sabía muy bien lo que se hacía. Los enfrentamientos inmediatos en el recinto sagrado se extendieron rápidamente a otros puntos de la ciudad y sólo unas horas más tarde a Gaza, las ciudades controladas por la ANP y el resto de la Cisjordania ocupada.

La revuelta general palestina, una segunda intifada, con su espiral mortífera de represalias y contrarrepresalias, llevándose los palestinos la peor parte con mucho por el empleo sin contemplaciones por Israel de su fuerza militar, arrojó por la borda la escasa confianza que subsistía entre palestinos y judíos y abocó al atribulado proceso de paz al colapso.

Calificado prematuramente de "cadáver político" por su provocadora acción, Sharon, por el contrario, lo que hizo fue recibir adhesiones desde sectores externos a sus bases tradicionales. A medida que Barak, que no desautorizó al líder derechista pese a cargar con las consecuencias políticas de su acto, se hundía en el descrédito, la violencia palestina segaba vidas de decenas de israelíes, civiles o militares, y en el mundo árabe se multiplicaba la hostilidad al Estado judío, la opinión pública israelí fue deslizándose hacia los postulados de mano dura, las advertencias belicistas y la intransigencia del ex militar, el cual, dicho sea de paso, había titulado su libro de memorias Guerrero: la autobiografía de Ariel Sharon.

La situación era similar a lo sucedido en 1995-1996, cuando el asesinato de Rabin a manos de un ultra judío puso en bandeja, mediados una serie de atentados terroristas palestinos y una desastrosa operación militar en Líbano ordenada por Peres, la victoria electoral de la derecha.

Después de acelerar la convocatoria de elecciones generales anticipadas para 2001 (con fecha diferente para las legislativas y las de a primer ministro), planteando al apurado Barak unas exigencias tan elevadas para un gobierno de unidad nacional que no podía cumplir, Sharon perfiló su candidatura al puesto de primer ministro. Y ello a pesar de que en el Likud había preferencia por Netanyahu, a quien se le despejó un retorno triunfal después de un año de ostracismo al aprobar la Knesset una ley que facultaba a los no diputados la presentación de candidaturas a presidir el Ejecutivo.

Según las encuestas, el Likud batiría con facilidad a Barak si su candidato era Netanyahu, pero Sharon no cejó en su aspiración y se mostró dispuesto a retarle en unas primarias. Cuando los nuevos sondeos reflejaron que Sharon, lejos de ser un candidato problemático, estaba ganado una aceptación masiva, Netanyahu arrojó la toalla y el 1 de enero de 2001 respaldó la aspiración de su antiguo ministro.

Sharon desarrolló una campaña populista, repleta de guiños a los influyentes partidos religiosos (oraciones en el Muro de las Lamentaciones) y al colectivo de inmigrantes rusos (alocuciones en el idioma de sus padres). Respecto a los tratos con los árabes, indicó que su prioridad sería hacer la paz con Siria, frente en el que veía menos complicaciones, a pesar de reiterar que el Golán debía permanecer en manos israelíes.

Sus ofrecimientos a los palestinos ("nunca les he humillado, me respetan y les respeto; saben que pueden confiar en mí, que digo lo que pienso y que hago lo que prometo") fueron igualmente contradictorios, pues si por una parte habló de un Estado palestino desmilitarizado, por la otra descartó la retrocesión de nuevas áreas en Cisjordania, relegando la entidad palestina a su mínima expresión territorial. Para Sharon, lo esencial era la seguridad de Israel y, asegurada ella, luego "vendría la paz". Arafat, que durante la campaña fue referido como un "asesino" y un "mentiroso" por Sharon, afirmó que su victoria sería "un desastre", pero aseguró estar dispuesto al diálogo.

El 6 de febrero, superando todos los pronósticos, Sharon barrió a Barak con el 62,5% de los votos, en la victoria más espectacular nunca obtenida por un candidato del Likud sobre otro del Avoda. Tras conocer los resultados, Sharon advirtió que no iba a negociar nada con los palestinos en tanto no cesaran sus acciones violentas, de las que culpó directamente a la dirección de la ANP como planificadora e instigadora, declaró no vinculantes todos los acuerdos firmados por Barak y Arafat (Wye Plantation, Sharm el-Sheikh) y desechó como olvidable la propuesta verbal hecha por el primero en Taba, en enero de ese año, sobre la extensión de la autonomía palestina en Cisjordania y Jerusalén oriental y el reconocimiento de un Estado palestino a cambio de retrasar en varios años el tratado de paz definitivo.

Sin dudarlo, Sharon ofreció un gobierno de unidad nacional a los laboristas, que, sumidos en el caos tras la debacle electoral, acogieron la propuesta con división de opiniones. Barak, dimitido al frente del partido, y Peres aceptaron de principio las carteras de Defensa y Exteriores respectivamente, pero luego el primero se descartó. A Sharon le interesaba un gobierno de vasta coalición participado por cualquier partido "responsable, serio y que buscase la paz", pero la inclusión del Avoda le permitiría dulcificar ante el mundo su imagen de halcón. También se propuso y consiguió incluir el primer ministro no judío desde 1948, el musulmán druso Salah Tarif, miembro del Avoda.

Los atentados suicidas palestinos en ciudades israelíes, que crearon una psicosis de vulnerabilidad y agudizaron el odio hacia los árabes, aceleraron la formación del Gobierno de coalición, en el que participaron siete partidos. El Likud recibió ocho ministerios; otros ocho el Avoda; cinco el partido ultraortodoxo sefardí Shas; uno cada uno de los dos partidos rusojudíos, Israel e Inmigración (YBA) y Nuestra Casa es Israel (YB); uno el ultraderechista Partido de la Unión Nacional (IL), y uno el Partido Una Nación. El 7 de marzo la Knesset aprobó este gabinete por 72 votos contra 21 y a continuación Sharon prestó juramento de su puesto.

6. Estrategia de guerra antipalestina a ultranza

En todo el año 2001 prevalecieron en el drama de Palestina el lenguaje de las armas, la cerrazón política y los intentos, siempre fructuosos, de sabotear cualquier posibilidad de entendimiento, situando a la ya de por sí larga y dolorosa ocupación israelí en unos niveles de opresión insoportables para la población civil palestina, que sólo podían generar desesperación, ansias de venganza y fanatismo homicida. La sociedad israelí también padeció los estragos de la violencia, en este caso el terrorismo palestino, que daba pábulo a justificaciones ultranacionalistas, militaristas y hasta racistas, poniendo en peligro los mismos principios democráticos y laicos del Estado judío.

Sharon, que en muchos momentos pareció dejarse llevar exclusivamente por su aversión inveterada a Arafat, se atrincheró en la intransigencia, llegando a renegar de todos los compromisos adquiridos por Israel desde los primeros acuerdos de Oslo (en noviembre los calificó de "error trágico") y a ofrecer la alternativa de un nebuloso marco de paz de nuevo cuño, en el que la ANP podría acceder a la estatalidad siempre que se desmilitarizada y renunciara a nuevas adquisiciones territoriales, al retorno de los refugiados, a la evacuación de las colonias judías y, por supuesto, a la capitalidad en Jerusalén oriental.

Los canales de comunicación con la ANP fueron cerrándose y el presidente palestino, puesto contra las cuerdas y desbordado por los extremismos, incluso desde su propio partido, se embarcó en una inconsistente dinámica de resistencia armada y de retórica nacionalista. Ahora bien, la comunidad internacional en su conjunto, en particular los países árabes y la Unión Europea, se mostraron impotentes ante los padecimientos palestinos y supeditaron sus iniciativas políticas a lo que dispusiera en cada momento la nueva administración estadounidense de George W. Bush, quien en su papel de mediador desidioso y errático tendía invariablemente a asumir las posturas israelíes.

En el curso de los meses quedó medianamente claro que la estrategia del Gobierno Sharon, obligado por su opinión pública a responder adecuadamente a la oleada de ataques terroristas, excedió ese marco y se dirigió de paso a hundir las estructuras logradas desde la inauguración de la ANP, convenciendo a los palestinos de que todo acto de hostilidad contra Israel era inútil y conduciéndoles a una capitulación en las condiciones del vencedor: un Estado superreducido en Gaza y algunas ciudades de Cisjordania, privado de fuerzas armadas, del control de las fronteras y sobre el agua, así como económicamente subordinado y moteado de un sinfín de zonas de seguridad, áreas cerradas, asentamientos judíos y discontinuidades en las comunicaciones terrestres.

Al amparo de la respuesta a las agresiones terroristas, que la comunidad internacional aceptaba como legítima de todo Estado, las FDI intensificaron el acoso contra los centros del poder de la ANP y sus infraestructuras de comunicaciones, así como los métodos de castigo colectivo como la demolición de viviendas de particulares acusados de pertenecer o albergar a militantes buscados por terrorismo, la destrucción de instalaciones agrícolas, el cegado de canalizaciones de agua o el desarraigo de árboles. Estas actuaciones expeditivas podían ir precedidas de mandatos administrativas para expropiar terrenos a sus legítimos propietarios árabes a fin de levantar asentamientos de colonos o ampliar barrios urbanos.

Los atentados del 11 de septiembre contra Estados Unidos cometidos por la organización islamista Al Qaeda tuvieron unos altos réditos para Sharon, que no tuvo empacho en rentabilizar la consternación internacional por los miles de víctimas en Nueva York y Washington y en presentar a Arafat como el "Osama bin Laden de Israel" y como el "cabeza de una coalición de terroristas", permitiéndose, con la actitud condescendiente de la administración Bush, multiplicar sus operaciones de represalia al socaire de la lucha antiterrorista global.

Desde el mes de agosto anterior la violencia ejercida por ambas partes se había incrementado, y por la parte israelí supuso la ocupación temporal de las ciudades bajo jurisdicción de la ANP y el pleno funcionamiento de la política, con resabios de la inveterada ley del talión, de "liquidaciones" (oficialmente, "operaciones de comando antiterroristas") de dirigentes de organizaciones palestinas implicadas en atentados.

Sharon no se desasió de una espiral con inercia propia, y si a veces se contuvo a la hora de responder a la barbarie terrorista de grupos como Hamas o la Jihad Islámica, otras veces ordenó acciones militares sin suficiente justificación, que mataron a muchos civiles palestinos y que presentaron las trazas, en opinión muy extendida fuera de Israel (salvo en Estados Unidos), de intentos de sabotear cualquier resquicio de normalización. Lo más que ofrecía Sharon era empezar a negociar la creación del Estado palestino tal como él lo entendía al cabo de un período, de más o menos duración en función del momento de la oferta, en el que los palestinos cesarían absolutamente sus actos de violencia.

7. Desafío a la comunidad internacional

El primer ministro israelí se las arregló para proseguir su política palestina aún a costa de lloverle una abrumadora cascada de censuras internacionales, que en otro país y con otro líder habría surtido efecto. Esta situación de reproche diplomático -más simbólico que otra cosa- no era nueva para Israel, acostumbrado a valerse por sí mismo, pero Sharon incluso se atrevió a abusar de la vital alianza estratégica de Estados Unidos, poniendo en situación desairada en varias ocasiones al presidente Bush con sus tropelías bélicas, presentadas siempre como acciones de legítima autodefensa.

Si bien, en todo momento se tuvo la sensación de que la paciencia de las autoridades de Washington con su problemático socio era inagotable y que, de hecho, respaldaban lo esencial de sus tesis (sobre todo desde el Departamento de Defensa y la Consejería de Seguridad), por más que le lanzaran periódicos llamamientos a la contención y sonoras reconvenciones. Hábilmente, Sharon supo retractarse y cubrir de elogios a la administración Bush luego de criticarla con un lenguaje insólito, como a comienzos de octubre de 2001, cuando comparó la actitud de Estados Unidos hacia Israel con respecto al mundo árabe con la de las democracias europeas hacia Checoslovaquia en vísperas de su desmembramiento por la Alemania nazi.

A comienzos de diciembre de 2001, luego de amenazar a Siria por su política en Líbano, de ignorar la recomendación de la Comisión Mitchell de que suspendiera la construcción de nuevas colonias judías en Cisjordania por constituir una de las mechas de la violencia, de no darse por aludido en los intentos -fallidos- de la justicia belga de procesarle por crímenes de guerra en relación con los sucesos de Sabra y Chatila, y de salir indemne de varios amagos de desintegración de su gobierno por la exigencia de la extrema derecha de que terminase (incluso físicamente) con Arafat, Sharon respondió a la última oleada de atentados terroristas con masivas operaciones militares contra la ANP, que se centraron en edificios oficiales y demás atributos del poder de Arafat. Estas acciones, junto con ocupaciones temporales de ciudades, se sucedieron hasta enero del año siguiente.

Febrero y marzo de 2002 fueron meses extremadamente mortíferos, registrándose sólo en un día, el 8 de marzo, 46 muertos (39 palestinos 7 israelíes), en la jornada más sangrienta desde el inicio de la guerra. Las bajas por ambas partes eran ya diarias y la situación no tenía visos de parar, brindando el sólido argumento a los detractores de Sharon de que su promisión de traer la paz al golpeado pueblo israelí había fracasado clamorosamente; antes al contrario, desde que estaba en el poder, la violencia y la inseguridad estaban alcanzando niveles inauditos.

Paradójicamente, esta oposición al primer ministro no se le planteó desde el Avoda, cuyo nuevo líder no era sino el ministro de Defensa, el halcón Binyamin Ben-Eliezer, al tiempo que Peres enmudecía y renunciaba a ejercer su tradicional papel de paloma. La verdadera alternativa política a Sharon estaba en su propio partido, que, recogiendo las tesis de Netanyahu todavía más intransigentes y en trance de confundirse con las actitudes mesiánicas de los partidos ultraortodoxos y ultraderechistas, descartó la creación del Estado palestino y cerró toda perspectiva de diálogo con la ANP en tanto ésta no pusiera fin a la violencia y se sometiera a una profunda reforma administrativa.

Fuente Fundación CIDOB

 


 

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